La famosa defensora de la salud y los derechos comunitarios, que ganó una demanda histórica sin formación académica y sin doblegarse a la presión patriarcal, regresa a la actualidad luchando contra la opacidad de los grandes centros de datos para la IA. Y convertida en ejemplar ecofeminista que ha demostrado, además, que el conocimiento lego es tan legítimo como el de científicos y teóricos
Hace 26 años que su historia de activismo ambiental y defensa de los derechos de las comunidades se convirtió en uno de los negocios más rentables de Hollywood. Erin Brockovich, la película dirigida por Steven Soderbergh y estrenada en el año 2000, recaudó casi 260 millones de dólares y convirtió a Julia Roberts, su protagonista, en la actriz mejor pagada de la historia hasta aquel momento: se embolsó 20 millones de dólares, además de ganar el Oscar a Mejor actriz protagonista. Pero Erin Brockovich (Lawrence, Kansas, 1960), la ‘de verdad’, la mujer que se enfrentó en cuerpo y alma a Pacific Gas and Electric Company (PG&E), no quedó en una ‘simple’ heroína más dibujada por las ansias capitalistas, y a menudo patriarcales, de Hollywood.

Julia Roberts y Albert Finney, en la película ‘Erin Brockovich’. Getty Images
La poderosa empresa de servicios públicos de gas y electricidad en California llevaba años contaminando con cromo hexavalente —altamente cancerígeno— las aguas de la desértica localidad de Hinkley, y Brockovich, sin formación universitaria, madre soltera de tres hijos y con unas graves secuelas físicas y psicológicas tras un accidente de coche, se enfrentó a un gigante. Y contra todo pronóstico, ganó. La demanda culminó en 1996 con un histórico acuerdo de indemnización de 333 millones de dólares a repartir entre unos 600 residentes y exresidentes.
Definida a menudo como una ‘activista con escotazo’, su melena rubia y su físico despampanante —fue Miss Pacific Coast en 1981, con tan solo 21años— se utilizaron en numerosas ocasiones como arma arrojadiza para volcar toneladas de machismo y desprecio sobre su persona. Pero, de algún modo, esta mujer, que por entonces ya se había divorciado en dos ocasiones y trabajaba como asistente legal en un pequeño bufete de abogados, había sido educada por sus padres —él, ingeniero industrial; ella, periodista y socióloga—, en la resiliencia y la autoconfianza más absolutas. Por algo es un gran referente feminista.
Un icono ecofeminista contra las Big Tech
Hoy, casi tres décadas después, y convertida desde entonces en un producto de los que tanto gustan a la sociedad de Estados Unidos —una superestrella con programas de televisión, libros bestsellers y cotizada conferenciante—, Erin Brockovich vuelve a la actualidad. Y demuestra una vez más que, producto o no de esta cultura pop que a veces devora (sobre todo) a sus heroínas, lo cierto es que sus logros nunca fueron ficción. Y nunca estuvieron más de actualidad. Si en los años noventa se enfrentó a la poderosa PG&E, actualmente vuelca de nuevo su activismo contra la proliferación opaca e indiscriminada en EE UU de las plantas de datos para la inteligencia artificial (IA). Y con un modus operandi más organizado, potente en las redes sociales y pertrechado con la infraestructura de su propia consultoría ambiental, Brockovich Research & Consulting.
Además, ha creado el Brockovich Data Center Reporting, una plataforma interactiva de participación ciudadana para recabar todo tipo de datos acerca de la implantación masiva de estos enormes complejos por parte de gigantes tecnológicos como Meta, Google o Microsoft. Cuestiona el enorme secretismo con el que estas compañías adquieren terrenos para ejecutar sus proyectos con extensiones que se miden por miles de hectáreas, y cuyo alto consumo energético y de agua genera un grave estrés hídrico. Gran parte del agua utilizada en las torres de refrigeración no vuelve al ciclo local de inmediato porque se evapora en el proceso, reduciendo la disponibilidad real del acuífero. Además, otros graves perjuicios son la contaminación acústica las 24 horas, el uso de químicos persistentes (PFAS), la generación de residuos electrónicos y la escasez de empleos locales de calidad en comparación con el espacio que ocupan.

La activista, en 2019 durante en un acto de protesta por la falta de ayudas a las víctimas de los incendios de 2017 y 2018 en California. Jessica Christian (San Francisco Chronicle/Hearst Newspapers via Getty Images)
Pero al impacto de Brockovich como activista ambiental hay que añadir su valor como referente feminista. Y eso, a pesad de que ella siempre ha preferido definirse como defensora de los derechos del consumidor y de la salud de la mujer que como feminista o, menos aún, como ecofeminista. Exigir hoy transparencia a los gigantes de Silicon Valley requiere la misma valentía con la que plantó cara a los ejecutivos del gas en el Hinkley de los años noventa. Ahí es donde reside la vigencia de su mito. Brockovich demostró que no hacía falta adaptar ni su cuerpo, ni su vestuario ni su lenguaje a las normas de la masculinidad corporativa para lograr vencer a una gran compañía. Su figura sigue dinamitando el cliché de la activista ortodoxa: su feminismo y su ecofeminismo no nacieron de la teoría ni de la academia, sino del estómago, del orgullo de clase y de la intuición. Pero nacieron. Y de qué manera.
Alicia H. Puleo, reconocida filósofa y codirectora del curso online ‘Ecofeminismo: pensamiento, cultura y praxis’ de la Universidad de Valladolid —lleva seis ediciones y ha sido replicado en otras universidades de América Latina—, sostiene que, efectivamente, Erin Brockovich sí es un referente feminista. Y también ecofemista. Aunque ella nunca se haya definido como tal: “Es parte de este movimiento porque ha luchado, y sigue luchando, por defender la tierra, la casa común en la que habitamos todos y todas. Además, rechaza el carácter androcéntrico de la autoridad y reivindica las emociones y el poder sentir la cercanía con esa gente que ha sufrido”.
En este mismo sentido, Eva Saldaña, directora ejecutiva de Greenpeace España, sostiene que el liderazgo femenino en el activismo climático y medioambiental no es una cuestión biológica como algunos aseguran, pues “constituiría una visión esencialista”. Pero sí que muchos de estos liderazgos parten de la posición estructural de la mujer en la sociedad, ya que, “al haber recaído históricamente sobre ellas la carga de los trabajos de cuidados y la sostenibilidad de la vida, son ellas las primeras en detectar y sufrir las consecuencias de la degradación ambiental. Se caracterizan por ‘poner la vida en el centro’; buscan la protección del entorno y el bienestar colectivo, en contraposición al modelo de dominación y opresión que siempre pone el beneficio de unos pocos por encima de las personas, el planeta y la democracia”. Charles Barthold es profesor de la británica Open University, investigador docente de Gestión de Recursos Humanos (HRM) y Estudios Organizacionales, y doctor por la Universidad de Leicester, además de coautor, junto a David Bevan y Hervé Corvellec, del artículo Una postura ecofeminista en la práctica crítica: desafiando la verdad corporativa en el Antropoceno (2022), en el que analizan tres referentes ecofeministas: la norteamericana Rachel Carson (fallecida en 1964) y su lucha contra el diclorodifeniltricloroetano; la india Vandana Shiva (de 73 años) contra los organismos genéticamente modificados y Erin Brockovich contra el cromo hexavalente. Sobre esta última, el docente refuerza su perfil ecofeminista explicando que “existe un vínculo inherente entre el feminismo y el ecologismo, especialmente ligado a una ética del cuidado que reconoce el entretejido entre los seres humanos y su entorno. Por el contrario, el patriarcado asume el dualismo ontológico entre los seres humanos y el resto de la naturaleza”.
La legitimidad del conocimiento lego
La activista ambiental rompió, sin ni siquiera proponérselo, con todos los estereotipos asociados a las defensoras del medio ambiente conocidas hasta entonces. A cambio, tuvo que bregar con numerosas críticas y discriminaciones. Por el hecho de mujer, y exhibir, además, una feminidad más propia —pensarían muchos—, de una actriz de Hollywood que de una defensora del medio ambiente. Pero también por su falta de formación académica. No fueron pocos los abogados y juristas con los que trató durante el caso Hinkley intentaron echar por tierra sus investigaciones, negándose incluso a tratarla como interlocutora válida.

Erin Brockovich, fotografiada en su casa en la época en la que se rodó la película sobre su vida. Mel Melcon (Los Angeles Times via Getty Images)
Pero Brockovich demostró —y sigue demostrando—, que empatizar con el dolor de una comunidad y evidenciar síntomas y perjuicios contra la salud invisibilizados de forma consciente es tan legítimo como estudiar mil carreras. Que el conocimiento lego en cuanto a saber cotidiano, intuitivo y basado en la experiencia personal, es tan legítimo como el no lego (conocimiento experto o especializado). “Lo que ella nos enseña”, asegura el profesor Alfredo Menéndez Navarro, catedrático de Historia de la Ciencia de la Universidad de Granada, “es que la experiencia de las personas afectadas puede permitir detectar problemas que todavía no han sido identificados por las instituciones científicas o administrativas y los expertos. El caso de Brockovich puede entenderse dentro del proceso de democratización del conocimiento sobre los riesgos en el que comunidades y ciudadanos no se limitan a reclamar el derecho a saber, sino que adquieren capacidad para investigar, producir conocimiento y cuestionar las definiciones establecidas del riesgo”. Y añade el profesor, autor del artículo académico La reivindicación del saber lego en la defensa de la salud pública (2011), basado en la película Erin Brockovich que, si bien no tenía formación científica ni jurídica, “fue capaz de escuchar a los afectados, conectar experiencias individuales, buscar documentación y poner ese conocimiento local en relación con registros oficiales y conocimiento experto”. En su artículo lo describe como “epidemiología de escala humana”.
Por su parte, Alicia H. Puleo también pone en valor el carácter autodidacta de Brockovich, asegurando que la falta de formación científica no es óbice para poner en valor su trabajo y resultados. “El ecofeminismo es tanto una teoría como una práctica”, afirma la filósofa validando el trabajo de la activista en el terreno de la práctica.
Eva Saldaña, de Greenpeace España, destaca a Erin Brockovich en cuanto a “referente de cómo la empatía y la indignación frente a la injusticia pueden transformarse en una fuerza política transformadora. Vivimos en un mundo dominado por el saber tecnocrático y patriarcal que invisibiliza los impactos ecológicos y sociales a favor del crecimiento económico a toda costa”. Y sostiene que “no es necesario pertenecer a ninguna élite política para frenar la destrucción; es más, debe legitimarse la resistencia desde la ciudadanía y las bases comunitarias, que es donde ocurre la mayor parte de las veces, reivindicando y protegiendo nuestro pleno derecho a la protesta”. La experta destaca, además, la importancia del ‘conocimiento ciudadano’ que surge de la vivencia cotidiana, el cuidado, el vínculo y la observación del territorio, del intercambio y las redes de apoyo mutuo, de resolver problemas reales aterrizados en un entorno o comunidad concreta, de las experiencias de vida compartidas”.
Romper con la hegemonía del saber no lego es también relevante en la época de bulos y fake news que vivimos. “No podemos utilizar la defensa del conocimiento lego para legitimar la desinformación. Hay una diferencia fundamental entre el conocimiento situado de una comunidad que se somete a contraste, que busca evidencias y que dialoga con el conocimiento científico, y una afirmación falsa que se presenta como verdadera simplemente porque alguien la comparte desde su experiencia o convicción personal”, advierte Alfredo Menéndez Navarro.
¿Necesitamos más referentes así?
Para Alicia H. Puleo, autora de textos clave como Ecofeminismo para otro mundo es posible y Ser Feministas. Pensamiento y Acción, ambos de la Editorial Cátedra, o Claves ecofeministas. Para rebeldes que aman a la tierra y a los animales (Plaza y Valdés Editores), la respuesta es clara: “Figuras como la de ella son hoy más necesarias incluso que en el pasado. A pesar de que vamos camino al colapso ecológico y civilizatorio” —hay quien habla ya de ‘Piroceno’ debido a la cantidad de grandes incendios ocurridos en medio mundo—, “en la sociedad parece predominar la indiferencia y un hedonismo narcisista de vivir el momento sin pensar ni en el futuro ni en los demás. Y tampoco en la propia vida ni en la del resto de criaturas de la tierra. Hay mucha gente que sí se preocupa, pero la gran mayoría no toma conciencia del peligro que está aquí, no es algo del futuro”. Y opina que las nuevas generaciones podrían aprender mucho de Brockovich, “de su sentido de la justicia, que nace de la indignación ante los derechos vulnerados y el engaño. Y también del valor de la tenacidad, porque la tenacidad en el trabajo encaminado a una meta de justicia es fundamental. Sin eso, todo queda en postureo”.
Eva Saldaña, directora ejecutiva de Greenpeace España, también destaca la importancia de perfiles como el de la activista norteamericana “en un momento de multicrisis, con siete de los nueve límites planetarios traspasados. Brockovich, como muchas otras mujeres, comunidades y colectivos que hoy encarnan diversas luchas, aporta a las nuevas generaciones valores clave: la determinación para cuestionar la autoridad cuando ésta atenta contra la vida, la importancia de la acción comunitaria y la certeza de que defender la naturaleza es, al mismo tiempo, defender los derechos humanos y la justicia social”.
“Las generaciones más jóvenes podrían utilizar a Erin Brockovich y al ecofeminismo como una fuente de inspiración intelectual en términos de ontología y ética”, sugiere el profesor Charles Barthold. Y explica que “podrían reflexionar sobre su práctica activista, capaz de combinar el radicalismo con la obtención de resultados a través de victorias legales, alejándose de los dobles desafíos de mantener los principios ideológicos intactos y la cooptación pragmática que concurren a menudo hoy en día”. Y añade que “el liderazgo tiende a percibirse como inherentemente masculino mientras que las mujeres tienden a ser desplazadas. Este es un problema real para la democracia, y podría ser una de las razones por las que la acción climática no se toma lo suficientemente en serio”, asegura. Y es que, como sentencia la filósofa, profesora y escritora Alicia H. Puleo, “necesitamos más Erin Brockovich”.
El País
Lidia A. Costa
Madrid / Ciudad de México
Jueves 27 de agosto de 2026.


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