Entre las obsesiones de Enrique Serna (Ciudad de México, 67 años) siempre ha estado el imperio azteca. Su fascinación por los símbolos y los rituales de los mexicas han llevado al escritor a trabajar durante cinco años en su nueva novela histórica, El dios hambriento (Alfaguara, 2026), un relato sobre la génesis del imperio más dominante de la época prehispánica. Serna habla con EL PAÍS desde una terraza con vistas al Templo Mayor, la sede del poder en Tenochtitlán, sobre la obra que se sitúa en los años de la consolidación de la Triple Alianza y, principalmente, en la antagónica relación entre Nezahualcóyotl, el gobernante de Texcoco, y su primo Tlacaélel, el consejero de tlatoanis [emperadores] mexicas. Serna suma este relato a su veta de ficción histórica en el que destacan obras como El vendedor de silencio —la historia de Carlos Denegri, un reportero sin escrúpulos a mediados del Siglo XX— y El seductor de la patria, un relato biográfico sobre el dictador Antonio López de Santa Anna. El autor sugiere que tras la publicación de El dios hambriento dejará reposar la novela histórica por un tiempo para “ya no leer por deber, sino por placer”.
Pregunta. ¿Por qué elige la época prehispánica para su regreso a la novela histórica?
Respuesta. Desde niño el imperio mexica me atraía poderosamente con una mezcla de fascinación y morbo. Siempre tuve metida en el inconsciente la idea de transportarme a ese mundo en una novela, pero diferentes accidentes de mi vocación me apartaron de ese camino y después volví a él. A partir del año 2017, cuando escribí el argumento de una teleserie sobre la Conquista que iba a producir Televisa, un proyecto que no se concretó, mi asesora histórica me recomendó muchas lecturas que reavivaron esa ilusión infantil. Entonces decidí lanzarme, pero no para escribir algo sobre la Conquista, porque me temo que las novelas más leídas sobre el México prehispánico ocurren justamente en ese periodo, como si eso fuera el único acontecimiento novelable que hubo en el mundo prehispánico. Yo quise irme más atrás, a la génesis del imperio mexica, que es cuando la alianza de los mexicas y los acolhuas vence a los tepanecas de Azcapotzalco, que fueron la principal potencia militar a principios del Siglo XV y empieza a expandirse el imperio. Narro una rivalidad que hubo entre Nezahualcóyotl y Tlacaélel, que son los dos protagonistas masculinos de mi novela.

Enrique Serna en Ciudad de México. Rodrigo Oropeza
P. ¿Cómo es ese primer momento en su vida en el que se siente atraído por la historia prehispánica?
R. Sobre todo por la estética, por la piedra de los sacrificios, el calendario azteca, la Coatlicue. Que son figuras bellas, pero al mismo tiempo son aterradoras. Esas imágenes me marcaron mucho. De niño tenía pesadillas en las que me llevaban a la piedra de los sacrificios. En la secundaria, me aprendí los nombres de todos los tlatoanis. La destrucción de la gran Tenochtitlán me provocaba un sentimiento de pérdida, lamentaba mucho que ese mundo maravilloso hubiera desaparecido. Entonces, la única manera de volver a estar vivos en la gran Tenochtitlán ahora es por medio de la ficción. Y a eso me lancé. Comprendo que pocos escritores se hayan aventurado por ese camino, porque los mexicanos contemporáneos ya lo vemos como un mundo muy lejano. Pero hay muchos vasos comunicantes entre el México prehispánico y el contemporáneo, que se notan incluso en nuestra lengua, porque el náhuatl y el español mexicano de hoy no son lenguas divorciadas. Su matrimonio fecunda nuestro lenguaje.
P. ¿Aprendió náhuatl para trabajar en este libro?
R. Solo tomé clases durante un año, no llegué a aprender la lengua, pero quería aprender etimologías y cómo se formaban las palabras en una lengua aglutinante como lo es, por ejemplo, el japonés.
P. ¿Cómo usó su conocimiento sobre el náhuatl en esta obra?
R. Soy un escritor que trata de caracterizar a los personajes por medio del habla. Mi estilo es bastante coloquial y no quería renunciar a eso porque es una de las maneras como puedes construir un personaje. Me aventuré a hacer un experimento para el que no tenía referentes, tratando de darle vitalidad a ese lenguaje. Mi novela está narrada en tercera persona. El narrador puede utilizar un lenguaje que es el mío como escritor, pero cuando trato de entrar al alma de los personajes o hacerlos hablar, ese lenguaje es el que traté de que no sonara anacrónico.
P. ¿Qué dificultades tiene contar un periodo de la historia del que no existe tanta información?
R. Es al mismo tiempo una ventaja y una desventaja porque la historia del México antiguo está llena de enigmas sin respuesta. Es un campo fértil para las conjeturas novelescas. De modo que los novelistas podemos llenar muchos huecos del conocimiento del pasado que quedaron como misterios. No estamos queriendo llenar una laguna histórica, pero sí proponer las soluciones que la imaginación nos pueda dar para esos enigmas.
P. Está el caso de Nezahualcóyotl que en el imaginario colectivo es un poeta, pero en su novela es mucho más.
R. A mí me interesaba contar el tránsito del idealismo al pragmatismo político. En este caso Nezahualcóyotl es un hombre que tiene ideales muy altos y muy nobles, porque él es un representante de la herencia tolteca. Él no solamente era poeta, sino arquitecto, astrónomo, en fin, era como un humanista del Renacimiento. Quería el poder para hacer algo bueno con él. Lo que narra mi novela es qué tuvo que aceptar y tolerar para recuperar su reino, del cual lo habían expulsado los usurpadores que mataron a su padre cuando él tenía 15 años. Va desarrollando un resentimiento muy fuerte que se va transformando después en voluntad de poder. Entonces, por un lado, están políticos como Nezahualcóyotl y Moctezuma, carismáticos, que tratan de ganarse a la gente y, por otro Tlacaélel que trata de imponerse por medio del terror.

El escritor Enrique Serna. Rodrigo Oropeza
P. Su obra suele tener entre sus temas principales la gestión del poder. ¿Cuál es la principal diferencia en El dios hambriento respecto a otros de sus libros?
R. En este caso, Tlacaélel es un personaje que utiliza la religión como instrumento de dominación política. Logra hacerle creer a su pueblo que él es un portavoz de Huitzilopochtli [dios de la guerra] y de esta manera se convierte en una autoridad religiosa y política al mismo tiempo. Él es el creador de la teocracia militarista. El que impuso el dogma de que los guerreros mexicas tenían que cautivar prisioneros para sacrificarlos a Huitzilopochtli y así garantizar que el sol siguiera apareciendo todas las mañanas. Los convirtió en fanáticos y creó una enorme maquinaria de dominación. Todo esto me surgió también de una idea de Miguel León Portilla, que en la filosofía náhuatl hace una analogía entre el nazismo y el imperio mexica, diciendo que había una coexistencia de la ideología de la barbarie y la filosofía humanista representada en Alemania por Heidegger. Me pareció que era muy atractivo mostrar esa rivalidad porque ya no se trataba solo de personas, sino de visiones de la existencia.
P. ¿Usted cree que ese modelo de ejercicio del poder sigue vigente hoy en día?
R. Lo que ya no está vigente es esa utilización de la religión. El que alguien se pueda endiosar a ese extremo como Tlacaélel. Claro, hay otros tipos de endiosamiento en la actualidad, sobre todo en esta época de populismo desenfrenado en varias partes del mundo, en donde de pronto surgen caudillos que despiertan una enorme oleada de fanatismo.
P. En El dios hambriento hay dos personajes femeninos, Chimalma y Quilaztli, que son dueñas de sus decisiones. ¿Por qué decide mostrarlas así, cuando en la época era poco probable que lo fueran?
R. Quería contrarrestar la egolatría masculina que predominaba en aquella época en todos los rituales del poder, en la familia, etcétera. Mostrar esa otra cara de la moneda con dos mujeres que en este caso son inteligentes y valientes. Se sabe poco sobre las mujeres en la época, pero de lo que se sabe es que la mujer tenía que estar relegada siempre a estar junto al fogón, ser una matrona, que fuera intachable. Esas eran sus principales virtudes: la lealtad al marido, la crianza de los hijos, etcétera. Pero no es del todo insólito un personaje como Chimalma, que es poeta y tlacuila [ilustradora de códices], porque sí hubo poetas. Una hija de Tlacaélel, por cierto, fue poeta. En el mundo de los nobles era más fácil que eso sucediera.
P. ¿Qué información sobre la cultura mexica le sorprendió en la investigación para este libro?
R. Muchos aspectos, sobre todo los conflictos que provocaba la poligamia porque en aquel tiempo los nobles tenían a todas las mujeres que pudieran mantener, entonces podía ocurrir que un tlatoani tuviera 15 concubinas. Muchas veces ellos no lograban aprenderse los nombres de todos los hijos que habían procreado con ellas. Los hijos de las concubinas segundonas quedaban relegados en el reparto de riquezas y títulos, y esto generaba un rencor muy profundo contra los hermanos privilegiados de la familia. Y esta fue una de las principales causas de las guerras en aquel tiempo. Las luchas familiares desencadenaron todas las guerras. Eran guerras entre familias, porque además las familias reales de diferentes reinos estaban emparentadas entre sí.
P. ¿Considera que sus novelas son guías para quienes desean conocer la historia de México?
R. Esta novela no requiere un conocimiento previo de la época en la que transcurre. Le puede servir como introducción a los lectores. No pienso nunca en un lector que tenga necesariamente una gran cultura literaria o histórica, pero sí que esté dispuesto a hacer un esfuerzo imaginativo para transportarse al mundo imaginario que estoy retratando. No había una novela de esta época que tratara de mostrar ese grado de complejidad en los personajes, y creo que la etnografía tiende a borrar las diferencias entre los individuos, por eso la novela puede aportar algo interesante del conocimiento del pasado.
El País
Sonia Corona
Ciudad de México
Viernes 14 de agosto de 2026.


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