El mundo asiste a la emergencia de un nuevo fascismo. La gran diferencia con la pesadilla que vivimos en el siglo XX es que los monstruos de aquellos tiempos engañaban a las masas con la promesa de un futuro purificado, rico y estable mientras los de ahora aceleran sin frenos hacia la catástrofe al grito de sálvese quien tenga dinero. La alianza de etnonacionalistas, tecnoligarcas y fanáticos religiosos ha dado la espalda a un porvenir común
Este verano, a medida que el calor implacable y la sequía hacían bajar sus niveles de agua, el Danubio empezó a mostrar sus secretos. Como si fueran monstruos que surgían del fango del tiempo, empezaron a aparecer restos hundidos de la Segunda Guerra Mundial.
En Serbia, el río, al secarse, dejó al descubierto al menos 20 barcos nazis, algunos de ellos aún cargados de munición sin detonar. En Hungría, dejó al aire una motocicleta militar nazi cubierta de barro caliente, cerca de las medallas y las placas de identificación oxidadas de dos soldados alemanes. En Eslovaquia, un transeúnte vio que asomaba en el río casi desaparecido una enorme bomba de 680 kilos plantada por la Royal Air Force. Las autoridades tuvieron que transportar con cuidado el arma, que llevaba más de 80 años sumergida, y detonarla bajo tierra, a gran profundidad.
Muchos observadores tienen la sensación de que estas apariciones fantasmales y amenazadoras del pasado de Europa son, más que una curiosidad histórica, una metáfora demasiado literal: la forma que tiene la naturaleza de confirmar la frase de William Faulkner de que “el pasado nunca muere. Ni siquiera es pasado”.
La impresión de que la historia se repite se apoya en muchos datos. A lo largo de todo el Danubio, en la última década ha habido un auge de la nostalgia por una época en la que la “civilización europea” dominaba de forma absoluta, y cada nueva oleada de extrema derecha coquetea con más descaro que la anterior con políticas y consignas raciales que se suponía que habían quedado enterradas al desaparecer el Tercer Reich.
La magnitud de este renacimiento quedó patente a principios de 2025 en la Conferencia de Seguridad de Múnich. Allí, el vicepresidente de Estados Unidos, J. D. Vance, recién investido, reprendió a los líderes europeos por mantener un cortafuegos político que aislaba a partidos de extrema derecha antes intocables. Además, se desvivió por reunirse con el partido alemán Alternativa por Alemania (AfD), que ha difundido propuestas para la “remigración” de grandes cantidades de gente y cuyo antiguo colíder llegó a decir que la época nazi no era más que una “caca de pájaro” en la historia del país. Este septiembre, el partido logró un avance electoral histórico en Sajonia-Anhalt, al obtener un 43,8 por ciento de los votos.
Más al este, a orillas del Danubio, el Partido de la Libertad de Austria (FPÖ), fundado en 1956 por un antiguo funcionario nazi, goza de la mayor popularidad de su historia y Walter Rosenkranz, miembro destacado del partido, ocupa el segundo cargo más importante del país. El año pasado, el jefe de gabinete de Rosenkranz tuvo que dimitir cuando se supo que una investigación oficial sobre los “Separatistas Sajones”, de extrema derecha, había descubierto un alijo de munición y parafernalia nazi en una propiedad vinculada a él, aunque él negó vivir allí.
Da la casualidad de que el grupo que está en el centro de la polémica tiene las iniciales “SS”, como da la casualidad de que Elon Musk, acérrimo partidario de la AfD y de otros grupos de la extrema derecha europea, expresó su gratitud a los votantes de Trump en enero de 2025 con un gesto que muchos interpretaron como un saludo nazi. (Musk restó importancia a la crítica y publicó en su plataforma X: “Francamente, necesitan mejores artimañas. La crítica de que ‘todo el mundo es Hitler’ está muuuuy manida”).

Un buque de guerra nazi de la Segunda Guerra Mundial emerge en el Danubio, en Serbia, durante la sequía de pasado mes de agosto. Andrej ISAKOVIC (AFP / Getty Images)
Andrej ISAKOVIC (AFP / Getty Images)
Igual que los buques de guerra hundidos que están saliendo a la luz a medida que baja el nivel del Danubio, el fascismo parece estar resurgiendo en Europa, Estados Unidos y otros países. Sin embargo, después de haber acabado de escribir un libro sobre los rasgos distintivos del fascismo contemporáneo, no acaban de gustarnos las comparaciones históricas lineales. Por el contrario, si queremos comprender a la extrema derecha actual, más nos valdría no quedarnos en las reliquias oxidadas y prestar más atención a la alarmante sequedad del lecho del río.
El fascismo siempre aparece en épocas de crisis agudas. Es lo que sucedió, sin duda, con Benito Mussolini y Adolf Hitler cuando se abrieron paso a puñetazos hasta el poder. La Primera Guerra Mundial había acabado con la vida de millones de personas, destrozado economías y abarrotado las ciudades de huérfanos, viudas y veteranos mutilados que vivían en la pobreza.
Sin embargo, ver ahora unos sistemas fluviales tan poderosos e importantes sometidos a una presión semejante (mientras que, a miles de kilómetros, las inundaciones glaciales arrasan pueblos enteros) nos recuerda que las crisis actuales son muy diferentes de las que, hace un siglo, empujaron a las poblaciones a buscar líderes autoritarios y chivos expiatorios. Hoy tienen una escala más planetaria y, por consiguiente, una dimensión más existencial y apocalíptica.
Hitler y Mussolini demostraron que estaban dispuestos a desatar una violencia monstruosa e ilimitada. Pero ambos murieron antes del famoso test de Trinity, la primera prueba nuclear: no conocieron un mundo en el que los seres humanos controlaran el poder de las armas nucleares. Tampoco sabían que los tubos de escape y las chimeneas podían alterar la química de nuestro planeta. Ni podían imaginar aquellos dictadores que un solo ciudadano particular pudiera poseer más riqueza y poder tecnológico que la gran mayoría de los países.
Los fascistas actuales no han conocido un mundo sin esas armas y esos peligros de dimensión planetaria y han construido su ideología violenta en paralelo.
Eso, por sí solo, significa que no estamos ante una repetición del autoritarismo histórico. Es, más bien, una continuación que nos lleva a todos a unos escenarios en los que no habíamos estado. Este nuevo y escalofriante fenómeno es lo que denominamos “el fascismo del fin de los tiempos”.
En la década de 1950, después de escapar de los nazis, el filósofo judío-alemán Günther Anders reflexionaba en sus escritos sobre el drástico cambio que introdujo la era atómica: “Como somos los primeros seres humanos responsables del apocalipsis, también somos los primeros que vivimos bajo su amenaza”. Por primera vez, observó, estaba sobre la mesa la perspectiva de la extinción humana, el omnicidio. “Todas las demás supremacías suponían una amenaza parcial; aniquilaban solo entidades concretas: ‘solo’ seres humanos, ‘solo’ ciudades, ‘solo’ reinos, ‘solo’ culturas; pero nosotros seguíamos librándonos (si interpretamos que ese ‘nosotros’ significa la humanidad)”.
Hoy no existen esas garantías, sobre todo porque la inteligencia artificial agrava una serie de riesgos existenciales: entre otras cosas, consume cantidades masivas de energía que contribuyen al calentamiento global, facilita unos niveles de concentración de riqueza que ponen en peligro la democracia y aumenta la amenaza de una tecnología incontrolable.
Hace 30 años, el filósofo y teórico italiano Umberto Eco —que vivió durante el régimen de Mussolini en Italia— señaló que el fascismo siempre tiene “un complejo de Apocalipsis” y explicó que, “si hay que derrotar a los enemigos, deberá haber una batalla final, tras la cual el movimiento tendrá el control del mundo”.
Pero, tal como comprendía Anders, aunque la violencia que los fascistas ejercían contra los grupos marginados de su propio país y contra sus enemigos externos era, en efecto, apocalíptica, más que el verdadero fin del mundo, lo que estaban imaginando era la destrucción de partes concretas de él. En general, preveían un futuro en el que las guerras terminarían y surgiría una entidad nacional purificada, rica y estable.
Es importante destacar que esa promesa de un futuro estable no era solo para los ricos, sino también para la base trabajadora. Los nazis prometían a sus seguidores arios tierras de cultivo arrebatadas a los eslavos y casas arrebatadas a los judíos, conectadas por infraestructuras nuevas y sólidas, construidas gracias a obras públicas gigantescas. Era un sueño espantoso y sanguinario, pero, para los miembros del grupo al que se dirigían, tenía beneficios tangibles.
Eso es lo que diferencia por completo a Donald Trump y los demás líderes de extrema derecha de su órbita de predecesores. Durante las campañas electorales se exhiben diversas promesas de una edad de oro: el regreso al empleo industrial de los años cincuenta, con esposas tradicionales e hijos obedientes aguardando en casa, o la esperanza de que las criptomonedas den rienda suelta a la libertad económica. Pero da la impresión de que los robots quieren acaparar los puestos de trabajo y, aparte de enriquecer espléndidamente a la familia Trump, las criptomonedas tampoco están siendo lo que se pensaba.
Mientras tanto, no parece que los políticos y las élites empresariales que sostienen el fascismo del fin de los tiempos tengan ningún plan para un futuro al alcance de quienes no son ricos. En lugar de ello, predicen unos “tiempos difíciles” permanentes, como dijo en una ocasión el director ejecutivo de Palantir, Alex Karp, e imaginan un mundo en el que sobrevivirán grupos relativamente pequeños, protegiéndose a sí mismos y su riqueza en medio del caos, los conflictos y los sucesivos desastres.
Es decir, el fascismo del fin de los tiempos ofrece poco más que la oportunidad de creer en una de sus visiones de supervivencia atrincherada. Puede que esa visión sea el sueño de fundirse con máquinas “superinteligentes” para no formar parte de lo que los programadores de Silicon Valley denominan ya con naturalidad “la clase marginal permanente”. Puede que sea la idea de mantener a “los nuestros” a salvo dentro de un Estado-nación purificado en lo racial, fortificado y protegido frente a los necesitados en un mundo en llamas. Puede que sea (si uno es suficientemente rico) una plaza en uno de los cohetes de Musk y un chip de Neuralink, dado que él asegura que quiere salvaguardar el destino de nuestra especie convirtiéndonos en “multiplanetarios”. En ninguno de estos casos se tienen en cuenta ni la suerte de este mundo ni la posibilidad de un futuro compartido y sostenible.
Hay que dejar claro que el fascismo del fin de los tiempos no es un bloque monolítico; el fascismo siempre es mucho más caótico. En realidad, es una alianza conflictiva y peligrosa entre tres grandes facciones: los fundamentalistas religiosos, los partidarios de la aceleración tecnológica y los etnonacionalistas militantes.
No hace mucho tiempo, la visión verdaderamente apocalíptica del mundo era patrimonio exclusivo de los recovecos más marginales de la derecha religiosa. Sus teócratas y creyentes sinceros examinaban la actualidad en busca de señales de que se avecinaba el día del Juicio Final, convencidos de que se los llevarían al cielo mientras los restos de la civilización humana se hundían en el caos y el Armagedón. Ahora, estos extremistas han logrado convertirse en una fuerza de peso dentro de los gobiernos de Estados Unidos e Israel, donde ejercen una política de conflicto militar estratégico con el objetivo de cumplir lo que ellos consideran una profecía bíblica. Durante una una entrevista reciente para un podcast evangélico, Vance reflexionó sobre la posibilidad de que sus acciones pudieran provocar “el fin de los tiempos” y confesó que no le “sorprendería que el Anticristo estuviera entre nosotros”; exactamente lo que dice su mecenas y mentor, Peter Thiel.
En realidad, Silicon Valley se ha impregnado de una actitud mesiánica y milenarista, y los gigantes tecnológicos compiten por crear deidades digitales que, según dicen, o traerán la tierra prometida o lo destruirán todo. (Sam Altman dijo en una ocasión que la IA, “probablemente, casi con toda seguridad, provocará el fin del mundo, pero, mientras tanto, habrá empresas fantásticas”). Un nihilismo muy parecido es el que sostiene la obsesión por las “invasiones” fronterizas y la ideología del “gran reemplazo”, así como la afirmación apocalíptica de que la inmigración es una forma de “suicidio” y “borrado” cultural (que es la única parte de la alianza con verdadero atractivo para las masas).
Es llamativo que, en todas estas visiones bunkerizadas, no haya ningún plan para abordar en serio las razones de nuestras crisis colectivas más acuciantes; más bien, parece haber cierto empeño en acelerar la hecatombe en todos los frentes.
Y eso nos lleva de nuevo a este verano europeo de calor y sequía sin precedentes. Durante el mismo verano brutal que ha sacado a la luz esas reliquias nazis, en Europa se registró un exceso de mortalidad de 16.000 personas en una sola semana y ardieron enormes extensiones del continente, con el consiguiente desplazamiento de cientos de miles de residentes. Mientras los españoles huían en busca de seguridad, Santiago Abascal, líder del partido de extrema derecha español Vox, señaló con el dedo al “fanatismo climático” y a la corrupción gubernamental que, según él, habían facilitado los incendios.
Abascal también se apresuró a cambiar de tema y a desviar la atención de las catástrofes climáticas que estaban experimentando los europeos a la supuesta emergencia migratoria en el norte de África. Calificó falsamente a las decenas de miles de migrantes que entraron en Ceuta a finales de julio de “ejército invasor” dedicado a violar y saquear (sin tener en cuenta que Ceuta forma parte de España solo debido a siglos de verdaderas invasiones, ni que casi todos los migrantes fueron devueltos a Marruecos casi de inmediato, aunque muchos se ahogaron durante la tragedia). Abascal contó con el respaldo del coro de la derecha mundial, en el que estaban todos, desde Trump hasta el presidente argentino, Javier Milei, alimentando un ambiente de pánico e histeria en torno al espectáculo de Ceuta, que desencadenó protestas contra los inmigrantes en España.
Es una estrategia que ya conocemos: Trump siempre habla de la “invasión” inminente como parte fundamental de sus campañas electorales. José Antonio Kast, el presidente chileno elegido en marzo, prometió durante la campaña construir trincheras y muros en las fronteras con Bolivia y Perú. Marine Le Pen, que hoy disfruta de un retorno tal vez imparable en Francia, arremetió en 2019 contra los inmigrantes y dijo que eran unos “nómadas” a quienes “no les importa el medio ambiente; no tienen patria”.
Todo esto nos hace pensar que el fascismo del fin de los tiempos —con sus fronteras fortificadas, su ayuda exterior diezmada y su obsesión por hacerse con los recursos ocultos bajo el hielo que se derrite en Groenlandia— es tal vez una forma retorcida y sádica de adaptación al cambio climático. Ahora que la realidad del calentamiento global es ya innegable, lo único que queda por negar es la humanidad de nuestros semejantes. ¿Cómo, si no, se puede justificar que dejemos que tantos mueran de hambre en las áridas tierras de Somalia, o que se ahoguen tratando de sobrevivir frente a las costas del norte de África, o que mueran en los centros de detención del ICE en Estados Unidos?
Los estudios demuestran que los partidos de extrema derecha atraen en particular a los hombres jóvenes. Forman parte de una generación que teme no llegar nunca a tener una vivienda propia, pero que se resarce con el placer que les proporciona fastidiar a los progresistas con un troleo constante en internet. Convencidos de que les han robado el futuro, comparten memes que dan una imagen romántica de los autoritarismos históricos.
Igual que los teóricos de la conspiración no tienen razón sobre los datos, pero aciertan con las emociones, los fascistas del fin de los tiempos saben conectar con unos sentimientos muy arraigados de inseguridad y malestar, incluido lo insólito de un mundo en el que las estaciones se confunden y cada vez resulta más difícil distinguir lo real de lo falso. Nos dicen que la razón por la que ya no reconocemos nuestras ciudades es la cantidad de locales de kebab y minaretes y los inmigrantes que vienen a “reemplazarnos”, y no, por ejemplo, los patrones climáticos irreconocibles, ni los ejecutivos tecnológicos que tanta prisa tienen en sustituirnos a todos por robots e invocar a sus deidades digitales.
Por su parte, los líderes de extrema derecha ven el lado positivo de toda esta incertidumbre y desorientación. Entienden muy bien cómo prospera la política reaccionaria en periodos de inestabilidad y conflicto, y cómo la precariedad puede hacer que las personas se vuelvan unas en contra de otras mientras se aferran, cada vez con más desesperación, a cualquier migaja de protección y privilegio que tienen.
Hace un siglo surgieron unas dinámicas similares con consecuencias desastrosas en toda Europa. En cambio, Estados Unidos, ante unas crisis igual de graves, emprendió un rumbo diferente. Mientras el país se recuperaba con esfuerzo de la Gran Depresión y los demagogos racistas encontraban un público receptivo, los sindicalistas y los líderes políticos construyeron una alternativa.
Franklin Delano Roosevelt sostuvo que el Congreso debía aumentar el gasto público para luchar contra el fascismo en el país. “La democracia” —dijo en un discurso radiofónico— “ha desaparecido en otras grandes naciones, no porque a los ciudadanos de esas naciones les desagradara la democracia, sino porque se habían cansado del desempleo y la inseguridad, de ver a sus hijos pasar hambre mientras ellos estaban paralizados e impotentes ante la confusión y la debilidad del Gobierno, por la falta de liderazgo. Al final, desesperados, prefirieron sacrificar la libertad con la esperanza de tener algo que comer”. El New Deal ayudó a quitar aire a los extremistas políticos porque fomentó la estabilidad y dio satisfacción a las necesidades reales de la gente.
Como hemos visto, la historia no se repite en bucle. Sin embargo, la lección fundamental de Roosevelt sigue siendo válida: no es posible hacer frente a la amenaza fascista si no se combaten las causas materiales genuinas que hacen que a la gente le sea más difícil resistirse a los líderes autoritarios y a los chivos expiatorios. Hoy, esas causas tienen un aspecto distinto al de la década de 1930. Desde luego, seguimos necesitando financiar generosamente los servicios esenciales que cubren las necesidades básicas de la vida e invertir en empleos bien remunerados y socialmente productivos. Pero además debemos hacerlo sin dejar de abordar los riesgos existenciales mundiales que definen nuestra época: el cambio climático, las armas nucleares, la IA generativa, y la riqueza y el poder sin control.
La gente ya está presionando para que se adopten este tipo de soluciones. Lo vemos en la rápida expansión del movimiento que exige una gobernanza democrática de la IA y que está consiguiendo paralizar la construcción de centros de datos hasta que esa gobernanza sea realidad, en las campañas mundiales para cobrar más impuestos a los multimillonarios e incluso fijar un límite a la riqueza y en el histórico número de políticos estadounidenses que votan a favor de que se dejen de enviar armas a Israel y se oponen a la escalada del conflicto en Irán. También lo vemos en el renovado interés por la acción climática de los candidatos rebeldes del Partido Demócrata, partidarios de un New Deal Verde y una sanidad universal.
Queda mucho camino por recorrer hasta que tengamos respuestas proporcionales a las crisis que afrontamos, pero cada vez hay más gente corriente y más líderes políticos conscientes de algo sencillo y urgente: que la mejor manera de ayudar a sus vecinos a resistir la llamada del fascismo apocalíptico es mejorar sus vidas aquí y ahora.
Naomi Klein (Montreal, Canadá, 1970) es ensayista y profesora de Justicia Climática en la Universidad de Columbia Británica (Canadá). Ha analizado los cambios políticos, económicos y sociales del último cuarto de siglo en libros como No logo (2001), La doctrina del shock (2007) y Doppelganger. Un viaje al mundo del espejo (2024), todos publicados en Paidós.
Astra Taylor (Winnipeg, Canadá, 1979) es directora de cine documental, escritora, activista y música. Es autora, junto a Klein de End Times Fascism: And the Fight for the Living World (El fascismo del fin de los tiempos y la lucha por el mundo viviente, sin edición en español), publicado el 15 de septiembre.
Este artículo es una versión actualizada y traducida de un texto publicado en el Financial Times el pasado 5 de septiembre. Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia.
El País
Naomi Klein
Astra Taylor
Madrid / CDMX
Domingo 20 de septiembre de 2026.


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