Alarma ancestral ante la sobreexplotación del peyote

El huichol es un pueblo entregado a la planta del peyote, llave de sus memorias ancestrales y corazón de su principal deidad. Sin embargo, este cactus sagrado se ha visto amenazado en su hogar, en Wirikuta, debido al progreso del mundo moderno, a actividades como la minería, y por causa de la narrativa que gira alrededor de sus efectos alucinógenos.

Si bien el marco legal mexicano la considera tanto una especie protegida como una droga cuya posesión es objeto de castigo, no es menor el riesgo de que esta planta desaparezca y con ella una historia milenaria.

El empleo de plantas alucinógenas ligado a fenómenos y prácticas religiosas por parte de la población indígena de Latinoamérica tiene un arraigo milenario. Los ritos y costumbres son parte indispensable de su identidad ya que les permiten, desde un punto de vista antropológico, crear una conexión con sus dioses y su entorno.

América es la masa continental donde se han encontrado más plantas (una centena) con unas sustancias conocidas como alcaloides psicoactivos que una vez dentro del organismo provocan diversas reacciones en el cuerpo humano.

Los nativos consumían con frecuencia flora del tipo alucinógeno para ampliar la conciencia y entrar en trance. No se trataba de un lance recreativo, sino espiritual, la construcción de un nexo con el universo de su fe, un enlace entre su mundo físico y el metafísico.

Por esa vía, atribuían propiedades sagradas a las especies que, cargadas de estimulantes, modificaban su percepción sensorial. Generalmente, chamanes y sacerdotes eran los únicos autorizados para administrarse estos 'poderes'. El consumidor podía experimentar alucinaciones, perder la noción del tiempo y el espacio, sufrir la alteración del sistema nervioso central, etcétera.

Las bondades del reino vegetal también sirvieron para desarrollar tratamientos contra algunas enfermedades.

PROTAGONISTA

En Sudamérica, los incas solían mascar hoja de coca al realizar sus peregrinajes sagrados por la cordillera andina. Habitantes de Perú, Bolivia, Ecuador y el norte de Argentina, comían el llamado cactus San Pedro, cuyo principal alcaloide es la mezcalina; hasta el día de hoy es una tradición vigente en esas tierras. En la región amazónica, los nativos encontraron en la Ayahuasca (una bebida hecha a base de varias plantas endémicas) la herramienta para alcanzar un estado pleno de conciencia.

El peyote, según el Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), posee propiedades antibióticas, es utilizado como analgésico y se prescribe para tratar heridas como parte de la medicina tradicional indígena.

Rubén Rojas, biólogo del Museo del Desierto en Saltillo, define al protagonista de estas líneas como una cactácea que se haya en el enorme desierto chihuahuense, el cual se extiende a cerca de 10 entidades mexicanas. En suelo nacional existen dos variedades: al norte, en zonas como Real de Catorce, el Lophophora williamsii, y al sur, el Lophophora diffusa también conocido como peyote queretano.

No posee espinas, en su lugar tiene una especie de vello. Su desarrollo abarca periodos de entre 10 y 15 años.

Lo componen 50 alcaloides, la mezcalina (un derivado de la fenilalanina), por su propiedad psicotrópica, es la responsable de producir los efectos alucinógenos.

El uso ceremonial del peyote data de miles de años atrás. La edad de una de las pruebas más longevas, grupos endémicos de lo que ahora es el estado de Texas, en la cueva de Shumla, fue estimada en 5 mil 700 años.

Durante la Conquista, el empleo de esta planta fue considerado “pecado” por la Iglesia Católica. Al parecer, el llamado Edicto de Fe, promulgado a finales del siglo XVI, fue el primer decreto que censuró la ingesta de drogas en lo que hoy es México.

Froylan Enciso, autor del libro Nuestra Historia Narcótica, confirma que fue bajo el dominio español que se prohibió el peyote. Los inquisidores denunciaron que esa cactácea tenía aspectos 'demoniacos'. En 1620 se declaró que su uso era un culto satánico. Una investigación de Nidia A. Olvera Hernández publicada en el portal de Animal Político, muestra como la Santa Inquisición determinó sanciones y una persecución muy radical contra los consumidores.

Con la independencia, vino la transformación de las instituciones coloniales que se encargaban de regular las sustancias psicoactivas. La idea teológica sobre el particular se fue dejando de lado. Así transcurrió más de una centuria hasta que la presión de Estados Unidos, en los años setenta del siglo pasado, impuso una nueva prohibición.

WIRIKUTA

En todo México, las únicas personas que tienen derecho a transportar y consumir peyote de forma legal son los miembros de las comunidades wixárika (en español se pronuncia ‘virrárica’), conocidos también como huicholes. Residen en distintos puntos de la Sierra Madre Occidental, en los estados de Nayarit, Jalisco, Zacatecas y Durango.

El wixárika es uno de los pocos pueblos mesoamericanos que han logrado conservar con un alto grado de pureza sus costumbres más arraigadas. Gran parte de esto fue posible gracias a que, durante la evangelización en tiempos de la Colonia, los franciscanos no pudieron tener una presencia constante en el complicado terreno donde habita este pueblo.

Los huicholes profesan un profundo respeto por su entorno natural: cada animal que sacrifican y cada vegetal que cosechan para alimentarse cuenta con la aprobación de sus dioses. A lo largo del occidente mexicano, esta comunidad tiene varios sitios sagrados. La unión de esas locaciones sobre un mapa arroja un rombo, el Ojo de Dios. En esta representación quedan inscritos los cinco rumbos del universo wixárika. Al centro, se encuentra Te’ akata, el corazón palpitante de la sierra, que también es el centro de su universo. Hacia el norte, se divisa, Hauramanaka, en Cerro Gordo, Durango. Al sur está el Xapawiyemeta, en la zona del Lago de Chapala, en Jalisco, donde por allí también se encuentra el inframundo. Al poniente, en la región de San Blas, Nayarit, se localiza el océano del que emergieron los primeros ancestros. Finalmente, al oriente está Wirikuta, en Real de Catorce, San Luis Potosí, el lugar sagrado de los wixárika, donde se encuentra el cerro del Quemado y al cual, dos o tres veces por año, las diferentes comunidades huicholas acuden en peregrinación.

Wirikuta se halla en un valle del desierto potosino, que su vez forma parte del extenso desierto de Chihuahua. Su territorio abarca los municipios de Catorce, Charcas, Matehuala, Villa de Guadalupe, Villa de la Paz y Villa de Ramos. Tiene una extensión de aproximadamente 141 mil hectáreas y, según la mitología huichol, en ese lugar se creó el mundo.

Por la importancia religiosa que le otorga el pueblo wixárika, esta zona fue declarada como sitio sagrado natural el 7 de octubre del año 200. También se encuentra incluida por la UNESCO en la Red Mundial de Sitios Sagrados Naturales desde 1988. Alberga al menos 250 especies de aves, entre ellas el águila real, emblema del escudo nacional.

La leyenda huichola narra que, al principio de los tiempos, cuando todos los seres vivientes (plantas, animales y seres humanos) convivían entre sí y formaban una misma sociedad, el Venado Azul guio a los ancestros desde el océano hasta el altiplano potosino.

En su investigación titulada Pueblos Indígenas de México y Agua: Huicholes (Wixárika), publicada en el sitio oficial de la UNESCO, Johannes Neurath, investigador del INAH, explica que cuando los antepasados emergieron no existía la luz solar y todo era oscuridad. Las únicas fuentes lumínicas eran la luna y las estrellas. El también doctor por la UNAM describe que, como en los tiempos antiguos ‘no se podía ver bien’, las divinidades organizaron la primera peregrinación en busca del nacimiento del sol, a la cabeza del grupo iba el dios venado.

El viaje se alargaba y algunos integrantes de la procesión se fueron rezagando; unos acabaron como piedras, montañas, peñas y todo tipo de relieves; otros se convirtieron en elementos que sus descendientes necesitarían para vivir: agua dulce, animales, plantas comestibles como el maíz.

Al llegar al sitio del alumbramiento, conocido como el cerro del Quemado, el ente del Dios Venado se convirtió en el hikuri o peyote, así cuando en las peregrinaciones se habla de “cazar al venado”, se hace referencia a la recolección de esta cactácea.

Margarito Díaz González, representante del pueblo wixárika en el Consejo de Seguridad de Wirikuta, asegura que, para su comunidad, este integrante del reino vegetal tiene impreso en las fibras su cosmovisión, es un libro que contiene la información de la creación y composición del mundo. El contacto con el hikuri también representa un contacto material con sus antepasados. “El peyote para nosotros es la planta sagrada. Cada año tenemos que ir a Wirikuta a recolectarlo en tiempos de octubre, antes del inicio de nuestras cinco fiestas sagradas”, explica. Dentro de la creencia wixárika, el consumo del producto divino lleva al individuo a que, a través de alucinaciones, descubra cómo nació el dios Venado, el abuelo Fuego, la manera en que el sujeto debe actuar, cómo proteger a la familia, a la comunidad, al entorno natural.

“La peregrinación parte desde San Blas, y depende de lo que el marakáme (chamán) nos diga para seguir nuestro camino. Llegando a Zacatecas (donde también tenemos un sitio sagrado) pedimos permiso para entrar a Wirikuta, en el cerro del Quemado, que es donde creemos está nuestro patrón. De ahí en adelante tenemos que pagar manda a los cinco puntos cardinales. De regreso, ofrecemos el peyote al Cerro Gordo en Durango, en Chapala dejamos otras ofrendas, luego vamos a San Blas, y después subimos a Santa Catarina, Jalisco, y ahí terminamos nuestra ofrenda”, detalla Díaz González.

Antes, el éxodo se realizaba a pie. La travesía duraba cerca de 45 días. En el mundo moderno, hay indígenas que se transportan en automóvil.

El marakáme o chamán posee las aptitudes para comunicarse con los dioses y la naturaleza. Es el único que puede encontrar el peyote para el grupo (la planta “siempre se esconde”). El primer ejemplar que se encuentra es extraído con todo y raíz para ser trasplantado a los campos de cultivo de las comunidades wixárikas con el fin de garantizar el éxito de las cosechas.

El marakáme decide la cantidad de hikuri a ofrendar en cada sitio. Es untado con sangre de animales, como el becerro, ofrecidos en sacrificio.

Respecto al consumo, es un acto que debe realizarse con sumo respeto. Si lo come alguien con malas intenciones, el peyote, al tratarse de un ser consciente y con espíritu, podría enojarse y hacerle daño a la persona.

El libro Patrimonio Cultural y Turismo: Vigías del Patrimonio Cultural, Fundamentos para la Acción, editado por el extinto Conaculta en 2013, contiene que el conjunto de bienes de un pueblo se puede dividir en material (monumentos, edificios) e inmaterial (tradiciones, danzas, leyendas). Los elementos de la naturaleza (animales, plantas, montañas, áreas naturales, etcétera) son incluidos en su propia rama patrimonial.

Para Francisco Navarro Sada, sociólogo por la Universidad Autónoma de Baja California, hablar de patrimonio es referirse a elementos dotados de valor, significado y sentido de pertenencia, por una comunidad o tradición.

“Cuando hablamos de patrimonio natural nos estamos refiriendo al territorio que está vinculado a un pueblo o a una cultura (…) Es importante señalar que el territorio determina a cada cultura: el clima, la geografía, la hidrografía, lo que da la tierra de sustento. Esto determina de alguna manera la vestimenta, formas de alimentación, vivienda, religión, etcétera”, comenta.

Debido al vínculo que posee el pueblo huichol con la demarcación potosina, el sociólogo opina que la comunidad wixárika se vería sumamente afectada en caso de una extinción del peyote. No sólo por el impacto ambiental que significaría, sino porque esta comunidad se encuentra entregada en su totalidad a esa planta cargada de valor simbólico. Se trata de un fenómeno que une el patrimonio natural con el patrimonio cultural inmaterial. La conservación de la zona sagrada, señala Navarro Sada, es importante tanto en el ámbito ambiental como en el cultural.

Una gran prueba que enfrentan en tierra quemada es el de las 22 concesiones otorgadas en 2009 por el gobierno mexicano a la minera canadiense First Majestic Silver Corp con miras a explorar el área en busca de minerales. Datos del periódico El Financiero muestran que la empresa habría hecho una inversión de 100 millones de pesos en conceptos como la creación de 700 empleos directos para los habitantes de una de las zonas más desprotegidas en San Luis Potosí.

Miembros de la comunidad wixárika ven en este proyecto de desarrollo minero una amenaza a su patrimonio natural. Argumentan que se pone en riesgo el ecosistema por la pretensión de la compañía de extraer millones de litros de agua de los acuíferos, primero, en la instalación de una mina subterránea y, segundo, dentro de los trabajos de extracción. Cabe señalar que estos cuerpos de agua se han formado por la filtración de las escasas lluvias a través de las montañas del desierto y su regeneración sería prácticamente nula. La explotación de esos mantos afectaría directamente a las plantas que habitan el ecosistema del altiplano potosino.

En su estudio titulado Conflictos socio-ambientales: la minería en Wirikuta y Cananea, la doctora Miriam Alfie Cohen, investigadora del departamento de Ciencias Sociales de la Universidad Autónoma Metropolitana, consigna que la población del área está dividida; una parte de los ejidatarios aboga por el proyecto minero y la generación de plazas laborales en una región donde la pobreza es alarmante; otra, señala que la actividad minera acabará con la emergente industria turística con Real de Catorce como objetivo gracias a la mitificación del peyote.

Un tercer interesado es el pueblo huichol y su defensa del peyote: “Los de la minería querían explotar ahí. Sin embargo, ahí está el corazón de todo, no nomas de nosotros, cuando nosotros vamos a pagar manda no es sólo por nosotros, sino por toda la ciudadanía, todo el pueblo, todo el país, todo el mundo”, asevera Margarito Díaz.

En septiembre de 2010 el pueblo wixárika inicio una lucha por la defensa de su lugar tradicional. A su movimiento se unieron organizaciones no gubernamentales, asociaciones civiles e incluso artistas como Rubén Albarrán, líder de la banda de rock mexicano Café Tacvba.

Gracias a las protestas, en mayo de 2012, se anunció la suspensión momentánea del proyecto de First Majestic. Al pueblo huichol le fueron concesionadas 45 mil hectáreas del sensible territorio. Empero, más del 70 por ciento de la tierra concesionada a capital foráneo se siguió explotando.

Otra amenaza es el exceso de visitas por parte de turistas nacionales y extranjeros que llegan atraídos por los efectos alucinógenos de la planta. Los visitantes suelen entrar a la zona protegida sin el permiso de la comunidad indígena y, como desconocen el método apropiado para extraer y consumir el peyote, suelen cortar cualquier opción de regeneración.

La planta se debe cortar, cuando mucho, dos dedos debajo de la cabeza. Si se arranca desde la raíz se evita que vuelva a emerger. Ante la poca cantidad de agua disponible en el entorno, su crecimiento es lento. Desde que germina hasta que se convierte una cactácea adulta capaz de florecer y reproducirse, pueden pasar hasta 10 años. Con la extracción tan acelerada que existe, el riesgo de extinción no es menor.

“A nosotros nos afecta el saqueo del peyote cuando el gobierno del estado y la PGR no intervienen como se debe en la vigilancia. El otro día, ejidatarios del altiplano potosino nos enseñaron con evidencia que camiones con toneladas de hikuri salieron de Wirikuta, y sin embargo nunca fue decomisada esa carga”, denuncia.

Según el Código Penal federal, el castigo para quien trafique, transporte, comercie, suministre gratuitamente o saque del país alguno de los narcóticos señalados en la ley de salud (entre los que figura el peyote), va de los diez a los veinticinco años de prisión sin derecho a fianza y sanciones desde los 1 mil 200 pesos hasta l.3 millones de pesos. Además, el peyote goza de protección legal. Aparece en la norma oficial mexicana NOM-059-SEMARNAT-2010 elaborada para cuidar especies de flora y fauna silvestre.

La Secretaría de Medio Ambiente y Recursos Naturales también advierte que arrancar peyote del campo es un delito federal, así lo establece la Ley de Equilibrio Ecológico y Protección al Ambiente. Como ya se mencionó, los miembros de la etnia wixárica son los únicos autorizados para ello.

“Queremos tener audiencia con el gobierno estatal para que también intervenga la PGR de San Luis. El 11 de agosto tenemos otra reunión y los encargados de los centros ceremoniales tenemos que ver que se llegue a un tope de extracción de los peyotes, porque realmente están dejando ya ‘pelón’. Están saqueando realmente el peyote”, advierte Díaz González.

El líder huichol comparte que se han registrado casos donde los efectos del peyote han sido negativos para los visitantes. Esto se debe, comenta, a que esas personas llegaron hasta la planta sin la debida preparación. El ritual indica que la mente y el cuerpo humanos deben estar preparados y en plena armonía con la naturaleza antes de ingerir la planta.

“Los turistas no están autorizados por nosotros para consumir peyote. Ellos van nomás a hacer campamento, a dar la vuelta de acuerdo con las instrucciones del vigilante. Ellos no tienen por qué traer peyote ni por qué consumirlo, no están autorizados. Esto es simplemente para evitar problemas, hasta los indígenas se han perdido por comer peyote porque no van preparados, no van limpios, no van quitados de pecado”, explica.

El representante huichol reconoce que incluso integrantes de la etnia colaboran con los turistas en su búsqueda por el beneficio económico que les deja: “Si llegan (los visitantes) con el peyote es gracias a que los guían los marakáme, porque ellos si van solos no hallan nada. Es muy oculto, es muy secreto. Nosotros siempre les hemos recomendado que no lo hagan en esa forma. Algún día eso tiene que cambiar y tiene que haber un tope para que haya regla”.

La comunidad wixárika estableció módulos de vigilancia en las localidades potosinas de Yoliátl (municipio de Villa de Ramos), San Juan y Coyotillo (municipio de Charca), Las Margaritas (Catorce) y uno más en el cerro del Quemado, donde siempre hay un vigilante observando y atendiendo a la gente. Pese a esto, los saqueadores se las ingenian para extraer el fruto del desierto.

Un problema que se suma a las cuitas de la etnia es el de los “huicholes falsos”, personas que se disfrazan con los trajes tradicionales de la comunidad y se hacen pasar por marakámes. Los descubren porque no saben hablar la lengua madre. Díaz González indica que el kilogramo de peyote en el altiplano cuesta más de cinco mil pesos.

La comunidad indígena lleva cerca de cuatro años insistiendo ante la Procuraduría General de la República para que cuando se hagan decomisos de peyote, en vez de incinerar el hikuri como lo marca la ley, sea devuelto a la tierra siempre que se encuentre en buen estado. En la dependencia responden que no tienen autorizado devolver la planta al desierto.

Frente a dicho fenómeno, el sociólogo Navarro considera que los huicholes deben emprender acciones de divulgación para la conservación del patrimonio dirigidas a los turistas. Lo deseable es que el contenido informe, por un lado, sobre el valor cultural, práctico y simbólico del peyote en el contexto de ese pueblo; por otro, datos técnicos sobre la germinación, crecimiento y la manera correcta de cortar la planta.

“Esto se puede compartir de distintas maneras: en un sitio web, por redes sociales, con folletos en puntos clave. También habría que detectar por dónde y a dónde llegan los turistas, de manera que puedan establecerse estrategias muy claras para hacer llegar la información”, recomienda.

COAHUILA Y PEYOTE

El denominado desierto de Chihuahua es una mancha natural que se extiende hasta Texas, Estados Unidos. Tan colosal ecosistema abarca la mayor parte de Coahuila, demarcación donde el hikuri también está presente y no es la única planta con propiedades alucinógenas.

El biólogo Rubén Rojas menciona como ejemplos que presentan al menos un tipo de alcaloide al pachycereus pecten-aboriginum (cardón o pitahaya), el atrophytum asterias (falso peyote) y otras cactáceas de las familias de las coryphantas o las mamillarias, entre otros.

En el Museo del Desierto de Saltillo, afirma el científico, se resguardan cerca de 200 ejemplares de peyote. Los cuales son observados diariamente para verificar su estado y desarrollo.

Según el ingeniero Tomas Heinrichs, funcionario de la Procuraduría Federal de Protección al Ambiente (Profepa) en Coahuila, las dos centenas son originarias de San Luis Potosí y fueron rescatadas hace un par de años por la delegación potosina.

“Este peyote se rescató y la Profepa de allá nos solicitó a nosotros que nos coordináramos con el museo para que ahí se conservaran”, relata.

Cuando el gobierno incauta un cargamento del vegetal en riesgo de extinción, si su condición es buena y aún conserva la raíz, lo envían a zonas donde pueda ser replantado. Si carece de raíz o está podrido, lo incineran.

Se puede encontrar peyote en la mayor parte del territorio coahuilense, especialmente en terrenos de Saltillo, Parras de la Fuente y Cuatro Ciénegas.

Rubén Rojas asegura que en ciertas zonas de la entidad, carentes de una actividad turística como la de Real de Catorce, es posible observar un buen número de ejemplares.

Estación Marte, localidad de General Cepeda, goza de popularidad por ésta causa. Miguel Sánchez, un joven que suele vender peyote para uso medicinal en Torreón, narra que hace aproximadamente cinco años viajó por primera vez a ese lugar para recolectar la planta.

“Nos fuimos de mochilas. Es un monte, un cerro, había demasiados peyotes en ese entonces. Ahora ya está como cerrado, creo que hay rejas para que no te pases. Total, fuimos a cortarlo y traíamos las mochilas llenas (…) Antes no había tanta ley por el ‘rollo’ del peyote”, relata.

Miguel recuerda que su primer 'viaje' con mezcalina comenzó con vómito, después sintió su cuerpo relajado y a la media hora iniciaron las alucinaciones, sintió que caminaba descalzo sobre las piedras del cerro y que su mano era de colores.

En Torreón, dice, el precio del peyote va desde los 80 hasta los 150 pesos dependiendo del tamaño. Él obtiene el producto a través de otro comerciante que viaja periódicamente a la sierra de Durango y que le vende las piezas a 35 o 40 pesos. El joven obtiene una ganancia de más del 120 por ciento por unidad y vende unas cinco al mes.

Sánchez afirma que el ser humano puede comerse de tres a cinco ejemplares de una sentada. Cuando se consume en pocas cantidades, sus efectos suelen ser similares a los de la marihuana. Al aumentar la cantidad, arriba el delirio.

La situación del peyote en México es muy particular: por un lado, es objeto de infracciones a la ley de salud al tratarse de una droga; por otro, goza de la protección de la SEMARNAT al ser una especie endémica en peligro de extinción.

José Vázquez Navarro, catedrático de la UJED y presidente de la Asociación Lagunera de Cactología, invita a la ciudadanía a brindar un trato más consciente a la naturaleza, a respetar a las plantas endémicas de la región y a evitar la extracción. Explica que en cualquier ecosistema, cada elemento forma parte de una cadena y alterar un eslabón afecta a todos los demás.

“Ahí evolucionaron. Hubo un cambio en el clima hace 60 millones de años. El lugar se fue haciendo árido, las plantas buscaron la manera de mantenerse, las que lograron adaptarse sobrevivieron. Hay una manera responsable de hacer turismo en las áreas naturales protegidas, senderos bien definidos por donde la gente puede ver, tomar fotos y apreciar la naturaleza que se dio en este lugar y las relaciones que existen y que subsisten a pesar de todo”, expone.

También invita a tener sumo cuidado con las cactáceas. La facilidad con la que pueden trasplantarse acaba compensada por una presencia nociva: “Mientras no tenga heridas, la planta está protegida. Pero a la hora de que tiene una herida y hay un medio húmedo, siempre hay microbios en el suelo que pueden dañar los vasos por donde conduce agua, y la planta se pudre debido a esta contaminación. A veces la extraemos y rompemos las raíces, y cuando la trasplantamos y le ponemos agua, se muere. Se requiere conocimiento científico para mudar una cactácea. La recomendación es que respetemos la naturaleza”, indica.

La extracción sin control del peyote, coincidieron los entrevistados, requiere, además de reflexiones, acciones concretas para conservar este elemento milenario del patrimonio cultural y natural del país.

El Siglo de Torreón
Saúl Rodríguez
@BeatsoulRdz
Torreón, Coahuila, México
Sábado 1 de julio de 2017.

 

El mundo es comprendido por el paradigma, es la forma por la cual es entendido el mundo, el hombre y por supuesto las realidades cercanas al conocimiento.

Síguenos en Twitter