Rolando Cordera Campos

Por más que tratemos de olvidar a la economía y sus veleidades, cargadas de ominosos mensajes, no es posible. La economía, máquina diabólica, pero cargada siempre de promesas, llena todos nuestros espacios de vida y comunicación; somos una sociedad económica en la que se compran y se venden toda clase de bienes, hasta nuestras propias capacidades resumidas en el vocablo trabajo asalariado. Asumirnos como parte de dicha maquinaria obliga a preguntar(nos) cómo modular sus despropósitos y defendernos de su cadena de tentaciones cuyo eslabón primario es la de ser todos actores maximizadores y racionales.

De esto se trataba la revolución capitalista para los capitalistas, la de los ricos estudiada por Carlos Tello y Jorge Ibarra, que alcanzó su cumbre a finales del siglo XX e inicios del actual: el arribo a una sociedad económica con alcances planetarios, articulada por un mercado mundial y, con el tiempo, unos órdenes políticos estandarizados por la democracia representativa y la jibarización de los estados nacionales. Así ordenaba el mandato emanado de las crisis de las décadas de los 70 y 80, cuando se fraguó la globalización neoliberal y, casi en paralelo, emergió una nueva potencia capaz de crecer y concentrar, cambiar sus estructuras demográficas y laborales y hasta presentarse como una alternativa al Prometeo desatado por la globalización y el derrumbe del comunismo soviético.

En medio de la catástrofe económica y bajo la tormenta social por ella desatada, Roosevelt puso en práctica duras enseñanzas de la crisis, apostó por un magno experimento político que veía a los trabajadores desolados como sus protagonistas y al nuevo y gran Estado como facilitador para una nueva gobernanza. Hacer de la economía una con rostro social era el reto; una que entre sus funciones asegurara el bienestar básico de y para todos. Proteger a los hombres y las mujeres de la cuna a la tumba, como postulara preclaramente Lord Beveridge en Inglaterra.

Así marchó el mundo hasta que la combinatoria hecha posible por Roosevelt y los suyos empezó a fallar y los ricos se embarcaran en su revolución. Nosotros fuimos los adelantados de este proceso, pioneros del vuelco institucional y estructural con una retórica que quería trascender, si bien no eliminar, algunos de los compromisos sociales que nuestra Revolución volvió veredictos históricos.

A poco más de tres décadas de esta gran transformación mexicana, en pos de una economía abierta y de mercado y de una acelerada globalización, ya se puede hablar de resultados. El recuento no es halagüeño.

Ayer, inmersos en una crisis que parecía no tener fin, maniatados por el fardo de la deuda externa, los mexicanos se pusieron a prueba frente al mundo y descubrieron no tanto la magia del mercado, aunque sí las oportunidades de sus aperturas, así como las posibilidades de la política democrática con Cuauhtémoc Cárdenas a la cabeza. Las autodesignadas élites del poder y el capital compartieron esperanzas en esa apertura y el libre comercio mientras que, desde el centro y el sur de la República, millones gestaron expectativas de mejora pronta, aunque modesta, y emprendieron su gran viaje al norte; el de México y más allá. Y algo lograron, aunque a un costo social y familiar muy alto.

Con la transición a la democracia sobre rieles y los primeros resultados promisorios de nuestra conversión en gran exportador de manufacturas, no sólo ligeras sino de media y hasta alta tecnología, se dio por cierta la fórmula de mercado libre igual a empleos crecientes y salarios en ascenso. Empero, la fórmula falló y el crecimiento no dio para superar el magno vuelco laboral de la década de los 80 que condujo a la informalidad de masas.

La pobreza se instaló como forma de vi-da y cultura para grandes masas del campo y la ciudad, y la desigualdad no encontró correctivo ni en el mercado ni en la política democrática. Y aquí estamos, de cara a la necesidad de enfrentar otra gran prueba histórica, vuelta existencial por la pandemia y el hundimiento económico.

No es esta prueba la de la Cuarta Transformación, con todo y lo que pueda portar de efectiva y duradera renovación económica y social. Lo que hay que demostrar(nos) es que mantenemos viva la capacidad de reorientar nuestras coordenadas básicas y de adaptación a las inciertas condiciones del mundo en la pospandemia; que podemos convertir esa capacidad adaptativa en fuerza productiva, propiciar cambios sustanciales en unas relaciones sociales de producción que han desembocado en una inicua cultura del privilegio. Fácil no es, mucho menos si la política democrática es circo y la cultura política mero adjetivo.

Espinosos tiempos mexicanos, diría Neruda; lejos de encrucijadas esperanzadoras como las que soñara Carlos Fuentes. Hundidos en el Laberinto que con mayúsculas calificó el poeta Paz como de la Soledad.

Pero el reto como oportunidad vuelve a presentársenos desde el norte.

La Jornada
Rolando Cordera
Ciudad de México
Lunes 25 de enero de 2021.


Rolando Cordera Campos


Para empezar a crecer, a un ritmo que la caída de 2020 deje de verse como fatalidad de nuestro corto y mediano plazos, hay camino sinuoso por delante. Crecer a 3.0 o 3.5 por ciento este nuevo año es mejor que nada o que seguir decreciendo, pero desde ningún punto de vista, práctico ni discursivo, es suficiente para sanar las heridas que, en pérdidas de empleos, salarios y empresas formadas a pesar de nuestro estancamiento relativo de decenios, han ayudado a redefinir, en parte, la faz social del país.

La 'ayudadita' externa con la que el gobierno apoya sus expectativas de recuperación y alivio, sin embargo, podría cifrarse no solo en un nuevo aumento de las remesas, gracias en parte al 'paquete' apenas acordado por el Congreso americano, sino en una suerte de encadenamiento de los efectos macroeconómicos de ese paquete y el que lo antecedió, con el impacto de innovaciones y adaptaciones tecnológicas de amplio espectro y mayor profundidad, 'en lo físico' y no sólo en lo informático, según propone Paul Krugman en su primer artículo del año para The New York Times.

En sus palabras: “(…) aunque no deberíamos minimizar las durezas encaradas por millones de familias, en promedio los americanos han ahorrado como locos y emergerán de la pandemia con hojas de balance más fuertes que antes (…) Así que estoy en el campo que espera un crecimiento rápido una vez que la gente se sienta segura para gastar su dinero (…) O’ Connell y sus republicanos harán lo que hacen cada vez que llega un gobierno demócrata, que es tratar de sabotearlo, pero esta vez la economía no necesitará apoyo público tanto como lo requirió en los años de Obama”.

Sin duda, se trata de una auténtica travesura de la macroeconomía que deriva en incrementos en el ahorro seguidos por aumentos extraordinarios en el consumo. Además, Krugman vaticina un buen desempeño de la economía sostenido en otras variables que las consabidas medidas de auxilio y alivio que se esperan de la política fiscal clásicamente anticíclica. Así, estaríamos ante la posibilidad de un auge que traería consigo la afirmación de cambios significativos en las pautas energéticas, del transporte, de la biotecnología y de la biomedicina.

Cómo engancharnos a ese eventual boom de nuestros socios y vecinos deja de ser especulación, para volverse obligada reflexión cuidadosa, pero urgente sobre los componentes de nuestra política económica y social. Es cierto que las remesas seguirán constituyendo un soporte importante del consumo y hasta de la inversión local en vastas regiones de México, pero será parcial e insuficiente. Por ello, el reto va más allá de los usos imaginarios de esos envíos por parte de las familias que los reciben y que podrían buscar con ellos formas modestas de apalancar un gasto de inversión que redundaría en mayores y mejores (por sostenidos) ingresos para muchos.

Parece necesario contar con mecanismos de financiamiento efectivos para traducir las millonarias remesas en multimillonarias inversiones de pequeño y mediano alcance, pero reproducible, para familias y localidades. Se trata de ir más allá de esos afluentes cuya importancia económica ha crecido sin dejar de ser limitada.

El gobierno y la empresa, vinculada o por ligarse a la economía internacional, sobre todo a través del TMEC, tendrían que configurar estrategias de incorporación y aprovechamiento, no solo del auge en sus términos macro de consumo, importaciones y ventas foráneas, sino de las oleadas de innovación y renovación tecnológica y productiva de las que habla Krugman.

Más que ante una nueva 'ola' de innovaciones, estamos ante un 'tsunami', una revolución tecnológica que cubrirá economías enteras, fenómeno del que no podemos ni debemos tratar de escapar. Como lo ha expuesto con claridad y eficacia José Ramón López Portillo (La gran transición: retos y oportunidades del cambio tecnológico exponencial, México, FCE, 2019), la transformación productiva y cultural está en curso y nosotros, incluso sin quererlo, por geopolítica y geoeconomía, por tratado y por historia, estamos en las vecindades del epicentro de estas mudanzas. Hay que tratar, y pronto, de ser actores en ellas y dejar de ser pasivos receptores de algunas de sus ganancias.

Además de la salud, plataforma de acción universal urgente y vital, la infraestructura, la energía, la educación, la formación de cuadros jóvenes para que puedan inscribirse en el contexto de cambio, tendrían que ser parte de un programa nacional que nos ponga de cara al nuevo siglo XXI que nos dejan la pandemia y la caída económica y productiva. El escenario bien puede estar ya con nosotros, como sugiere Krugman y con detalle estudia López Portillo. Ni modo, tendremos que hablar de nuevo de transición, grande y compleja y, por qué no, promisoria… Después del diluvio.

El Financiero
Rolando Cordera
Ciudad de México
Sábado 9 de enero de 2021.


Rolando Cordera Campos
 

No hay duda de que tenemos un registro vergonzoso en desigualdad, tanto del ingreso entre las familias como entre los salarios, las ganancias y el resto de los excedentes que resultan del proceso productivo. Somos una sociedad muy desigual, una de las más desiguales del continente más desigual del mundo, y así ha sido por décadas antes, en y después del régimen neoliberal.

En diferentes administraciones, como con el llamado desarrollo compartido, los gobiernos han ofrecido reducir la desigualdad y mejorar el bienestar. Promesas benefactoras y hasta justicieras no han faltado, de ahí la crueldad de los contrastes.

Tampoco han faltado programas de diferente alcance destinados a amainar la pobreza y la marginación, desde la rural hasta la que se extendía a las periferias urbanas. Todas merecieron la atención de los gobiernos que buscaban no salirse del gran trayecto retórico e ideológico de la Revolución.

Para bien y para mal de la memoria revolucionaria que refrescamos en estos días, los datos duros se mantuvieron duros y, algunos de estos programas, como los del gobierno del presidente López Portillo agrupados en el COPLAMAR, contribuyeron a alimentar y enriquecer nuestra información sobre el tema que, más allá de ser un problema sectorial, pasó a volverse causa nacional.

Mucha gente se formó gracias a esos programas hasta gestar una suerte de sensibilidad pública, alojada en esos servidores, que no ha sido posible borrar del todo, a pesar del cambio de aires y humores dentro del propio Estado.

Un país del tamaño demográfico y económico de México, que presume haber tenido la primera Constitución social, no debería presentarse sin sonrojo ante el mundo y sus propios habitantes con la cantidad de pobres y pobres extremos que pueblan ciudades y pueblos, con cuotas de desigualdad tan inicuas. Puede concederse que   la revolución no fue el fruto directo de la lucha de clases, pero como dijo nadie menos que el jefe Carranza, una vez terminada la lucha armada no podía sino venir la de las clases, con sus glorias y amarguras. Así fue y ha sido sin las más de las veces incurrir en polarizaciones ni sectorizaciones, contra las que aconseja sabiamente el rector Graue al entregar los premios Universidad Nacional.

Pero, lo que sí puede afirmarse hoy, a más de treinta años de extravío económico, es que haberle dado “la vuelta” a la confrontación organizada de las clases nos ha degradado en la imaginación y la sensibilidad. Como sociedad y como Estado.

Nos ha llevado a creer en un mundito aséptico, ajeno al mundo real y desprotegido ante los cambios abruptos que reconfiguran el planeta.

La libertad de mercado, la productividad y la competencia se dijo, mejorarían los niveles de vida y salario de los más, y la justicia de mercado haría superflua la proclamada como social por la Constitución.

El mundo entero da cuenta palmariamente del fracaso de esta fórmula de pretensiones universales. La evidencia abruma.

No es la economía; son la política, el poder y el abuso los que explican esta situación ignominiosa. Arraigada en los sentimientos y reflejos del espíritu público y los poderes de la Unión.

El gobierno que proclama poner a los pobres primero tiene que asumir cuanto antes, que la mejor e insustituible política social para ello es el buen empleo y que no hay mejor empleo que el contratado libremente a través de intermediarios legítimos y democráticamente aceptados. No hay sucedáneo alguno conocido para el ejercicio libre del trabajo organizado; los sindicatos, corporativos y no, son auxiliares útiles de la lucha de clases de los trabajadores por sus derechos fundamentales.

Por ello para que el tema del “outsourcing” no se vuelva otra faramalla y negocio, debe estar inscrito en el asunto mayor, central, de la justicia laboral sin la cual no hay justicia social.

Los pobres nunca irán primero si los proletarios mantienen el orden actual de trabajos y salarios infames y abuso oficial y patronal.

La Jornada
Rolando Cordera
Ciudad de México
Martes 24 de noviembre de 2020.


Rolando Cordera Campos  
  
La manera como en medio de la convulsión política actual abordamos nuestros problemas y contradicciones no ofrece caminos buenos de solución. Vamos del grito al ditirambo para descubrir las virtudes de una retórica de la descalificación a ultranza, sin adjetivos ni diferencias. Y ahora, frente a las explosiones en el Cono Sur, nuestros principios consagrados en la Constitución nos parecen insuficientes. O así los entendemos, como insuficientes y hasta contraproducentes, habida cuenta de los enormes desafíos que esos conflictos encarnan.

Parece un tanto infantil que uno de los temas centrales del debate nacional sea el asilo al ex presidente Evo Morales. Un hombre que hizo historia en su país y en el mundo y enfiló a la sufrida Bolivia por los rumbos de un auténtico desarrollo. Pudo, con el auxilio de su gobierno, mantener un crecimiento económico suficiente para redistribuir algo de sus frutos y mejorar la situación de la mayoría de su población. Y esto, desde una perspectiva étnica, indígena, negada por centurias por su élite y, a final de cuentas, por la mayor parte de la opinión pública del enorme continente americano poblado, por cierto, por una mayoría indígena multivariada pero consistentemente distinta de la criollada, heredera de las guerras de independencia y autodecretada clase dirigente hasta el fin de los días y de la historia.

Resulta que Evo hereda a su modo toda esta formidable herencia y, auxiliado por comprometidos colaboradores, logra lo que nadie concedía: un crecimiento económico sostenido y una creciente capacidad institucional del Estado y de la sociedad para redistribuir sin mayores implicaciones muchos de los frutos de ese crecimiento.

Pecados mayores los cometidos por un indio. Pero asociados tempranamente al reclamo redistributivo que ahora recorre el mundo y nuestra región.

Se trata de un reclamo ciudadano extendido a una noción de ciudadanía social inseparable de la democracia moderna. La que, se supone, se impusocomo noción universal al final de las dictaduras y de la guerra fría.

Los desatinos de Evo y su grupo al relegirse injustificadamente no tienen por qué soslayarse en nuestro intercambio. No debió buscar una relección por encima de la voluntad popular y no debió incurrir en la tentación irredenta de alterar las decisiones de la ciudadanía volcadas en las urnas. Todos estos, sin duda, pecados capitales en una democracia como la que el propio Evo ayudó a construir y consolidar en su nación.

Lo que resulta intransitable desde la perspectiva republicana mexicana, es la campaña montada contra la decisión del gobierno de asilar al ex presidente Morales, haciendo así honor a nuestros principios fundamentales. Menos aún si este rechazo se viste de discursos golpistas y convocatorias a nuestras fuerzas armadas para actuar contra el gobierno constituido y reconocido por todos.

Admitir y aprobar el ejercicio del derecho de asilo no quiere decir, nunca fue así, condonar errores o celebrar formas de gobernar. Quiere decir, simplemente, seguir en las filas civilizadas de que diera cuenta para orgullo de todos el presidente Cárdenas. Y que prosiguieran presidentes tan contradictorios como López Mateos o Luis Echeverría. En su momento, ambos nos llenaron de orgullo, pero no nos llevaron a compartir sus decisiones en muchas e importantes materias.

La turbulencia y la incertidumbre no vino en el avión con Evo. Su exacerbación es, en todo caso, fruto del abuso que se hace de la decisión del gobierno de protegerlo y reafirmar unos principios que para nada están en desuso.

No al margen, sino de nuevo al centro: la UNAM y su rector, relecto por la Junta de Gobierno en jornadas ejemplares de auscultación y deliberación, son puestos bajo fuego por unas bandas de malhechores bien adiestrados para la violencia, la agresión y la destrucción. Razón inobjetable para cerrar filas en defensa de la UNAM y en apoyo de sus instituciones, el rector, el Consejo Universitario y sus órganos colegiados, su Junta de Gobierno. Lo que no quiere decir congelar la deliberación sobre una institución de nuevo asediada que algunos truhanes quieren convertir en teatro de operaciones y batalla.

La Jornada
Rolando Cordera Campos
Ciudad de México
Domingo 17 de noviembre de 2019.


Rolando Cordera Campos

En prácticamente toda la comunidad de augures y arúspices del desempeño económico mexicano se esperaba un descenso en las previsiones para éste y el próximo año. Las cifras sobre el crecimiento reciente estimadas por el Inegi, sobre un avance mínimo en el primer trimestre de 2019 con respecto al del año pasado confirmaron estas apreciaciones y el declive del crecimiento trimestral respecto del inmediato anterior refuerza esta perspectiva. Más aún, estas conjunciones introducen elementos adicionales de preocupación sobre lo que puede ocurrir si, además, el rumbo de la economía mundial empieza a inclinar el pico y nos lleva a las goteras de una nueva recesión.

Este panorama debería llevar a una deliberación cuidadosa en los corredores del poder del Estado y en los salones de los capitanes y comandantes de la riqueza y el capital domiciliados en nuestro país. Pocos o nadie, se atreverían a señalar al nuevo gobierno como el responsable principal de estas tendencias, pero de poco va a servir esta deseable deliberación si el Presidente se empeña en abordar la circunstancia económica como un litigio entre los suyos y los demás, sus adversarios conservadores y fifís, auxiliados ahora por quienes se dedican al riesgoso e ingrato negocio de las previsiones y los modelos económicos.

Ni los viejos paradigmas ni la fideísta celebración de las matemáticas como disciplina maestra del análisis económico permiten creer que la economía sea una ciencia exacta. Sus hallazgos y predicciones son siempre tentativos y cargados de márgenes de error. Alguna vez dijo el viejo Galbraith que estos ejercicios no servían para mucho más que para darle lustre o respetabilidad a la astrología y no le faltaba razón. Sin embargo, tenemos que admitir que estas prácticas y otras más complejas y sofisticadas forman parte del quehacer de los Estados y sus gobiernos, de las fuerzas armadas y las agencias de inteligencia, así como de los comandos de la gran empresa y los vaticanos del dinero como el Banco de la Reserva Federal de Estados Unidos, el Banco de Inglaterra o el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial.

Por más que frente a sus fallas reforcemos nuestros respectivos escepticismos, tenemos que admitir que, en parte al menos, estas proyecciones, escenarios y panoramas sobre el porvenir coadyuvan a la toma de decisiones y, sin duda, también a la configuración y reconfiguración de visiones ideológicas y justificaciones de las decisiones del poder. La parafernalia que rodea a la política económica estaría incompleta si no se contara con algún juego de proyecciones.

Ha sido así y ahora se lleva a cabo febrilmente, porque lo que domina y angustia el espíritu público naciona y global es la incertidumbre y el temor al futuro.

En lugar de estigmatizar estos ejercicios, los Estados y las empresas deben invertir recursos y respeto en los gabinetes públicos y privados dedicados a imaginar y estilizar lo que viene, aun sabiendo que el grado de error de esas predicciones no sólo es grande, sino que puede ser mayor en la medida que la disputa hegemónica global se acentúe y los poderes instalados en los Estados y en la alta finanza se sientan forzados a apelar a un enfrentamiento político militar, apenas disfrazado de medidas de defensa comercial o protección de las monedas.

Así ocurrió antes, en tiempos peligrosos como los de la Gran Depresión de entre guerras, pero también en momentos de aparente estabilidad, como cuando el presidente estadunidense Richard Nixon, sin consultar a nadie, rompió las reglas de oro de Bretton Woods y lanzó al mundo a la desventura cada día más agresiva de una globalización sin reglas ni cuerdas para paliar las caídas financieras. Puede parecer exagerada esta visita al arcano de la economía, pero así puede ponerse de grave este momento líquido del mundo post Gran Recesión que muchos anuncian como un mundo post global, con todas las consecuencias de una ruptura de ese tamaño.

El Presidente y su gobierno no pueden ni deben estigmatizar a quienes se dedican a imaginar o inventar el futuro. Más bien deben y creo que pueden, si se dejan auxiliar por ejemplo por el Banco de México, revisar esas y otras proyecciones para ofrecer a la sociedad visiones alternativas y sobre todo para convocar a las fuerzas sociales y políticas a preparar opciones de política frente a una caída mayor, para encarar la cual no tenemos hoy previsiones intelectuales ni fichas con las cuales defender la actividad productiva y sobre todo proteger a los más vulnerables.

La negación de la realidad y sus perspectivas más creíbles o la desestimación de los cálculos, datos y cifras con que juegan los futuristas, apelando a otras cifras que nunca aparecen, no puede sino ahondar la disonancia cognoscitiva que amenaza con apoderarse de diferentes capas de la vida social y política y que, en medio de una emergencia financiera o económica, no puede sino llevarnos a más inestabilidad y malentendidos. Lo que necesitamos es crecer económicamente más, pero para ello es indispensable poner en juego palancas yherramientas, como la reforma fiscal y hacendaria, cuyo uso y disposición requieren de amplios acuerdos y mucha sintonía en cuanto al diagnóstico y sus posibles y más probables escenarios.

Nada de esto se va a lograr si el diálogo se polariza y el litigio se enrarece.

La Jornada
Rolando Cordera
Ciudad de México
Domingo 5 de Mayo de 2019.


Rolando Cordera Campos

Este viernes, convocados por la Facultad de Economía de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), nos reunimos en la Feria Internacional del Libro de Minería algunos de los autores del número 46 de ECONOMÍAunam, para comentarlo y promover su lectura. Gracias a la iniciativa de David Ibarra, quien preside su consejo editorial, 26 mexicanos ofrecieron sus ideas y experiencia para hacer de este volumen de la revista una auténtica Revista-Libro lleno de ideas y reflexiones valiosas sobre nuestro presente y porvenir. (Intervenimos en la FIL-Minería, David Ibarra, Francisco Suárez Dávila, Ramón Carlos Torres, Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano y quien esto escribe).

Reunidos bajo del retador título de Los retos de México, los autores abordaron algunos de los temas obligados de nuestra vapuleada economía política, del lento crecimiento de la economía por más de 30 años, a la perenne desigualdad que, junto con la pobreza y la vulnerabilidad masivas, define nuestra imagen y pinta nuestro futuro. Crecer más y mejor, con empleos dignos y un ambiente cuidado y protegido, sería así uno de los retos principales que los mexicanos de hoy encaran. La traída y llevada” Cuarta Transformación” tendrá que vérselas con estos retos primigenios y asumirlos como criterios de evaluación insoslayables.

Una de las virtudes de la revista, es haber podido atraer colaboraciones no económicas sin las cuales el inventario de retos y reflexiones sobre la realidad y su perspectiva quedaría trunco. Las incursiones de Julia Carabias, Diego Valadés, Sergio García Ramírez y José Woldenberg sobre y desde sus respectivas querencias y especialidades, dan cuenta de las complejidades y promesas que una economía política como la que se quiere practicar en ECONOMÍAunam tiene por delante.

La desigualdad y su persistencia, junto con la falta evidente de movilidad social, cruzan el panorama trazado en los diferentes artículos. Junto con la falta de un crecimiento económico socialmente satisfactorio por su capacidad incluyente y redistributiva, estos son los principales testigos de cargo contra la gran transformación de nuestra economía política intentada a fines del siglo pasado. También ponen en aprietos a la democracia y el pluralismo logrados en el mismo periodo, implantados, sin duda, en la ciudadanía emergente, como se mostró en la última elección del pasado mes de julio, pero hasta ahora incapaces de generar formas de gobierno y deliberación sensibles y responsables ante la injusticia social flagrante y el crecimiento económico mediocre que nos aquejan.

De esto y más tienen que hacerse cargo de la 4 T y el discurso renovador enarbolado por sus abanderados. La amenaza de una caída económica, que nos lleve a una recesión abierta, está con nosotros y a entender sus dimensiones y alcances debería abocarse el flamante consejo instalado el lunes pasado, dedicado a promover la inversión, el crecimiento y el empleo. Las variables cruciales de un desarrollo efectivo y promisorio.

ECONOMÍAunam y otras iniciativas similares deben servir para desatar una deliberación urgente sobre nuestra economía política y, como lo ha propuesto el Grupo Nuevo Curso de Desarrollo también de la UNAM, sobre un cambio en la orientación de la política económica prevaleciente. La economía y la política económica no son entelequias ni abstracciones privativas de minorías selectas. Son procesos sociales y políticos que nos involucran a todos, lo sepamos o no.

Que la mayoría se entere y haga cargo de sus dolorosas cargas, sobre todo cuando éstas se deciden por minorías, forma parte del encargo democrático en que nos hemos comprometido y el nuevo gobierno debe encabezar, ilustrar y promover. La economía no puede seguir en la impunidad que le permiten el enclaustramiento y la opacidad a los que se le ha remitido.

La Jornada
Rolando Cordera Campos
Ciudad de México
Lunes 15 de abril de 2019.


•    De la excelencia en la medición de la desigualdad se debe pasar a la reflexión sobre el  compromiso de construir estrategias para superarla, expuso Rolando Cordera, coordinador del Programa Universitario de Estudios del Desarrollo


México es un país con una gran desigualdad y urge definir los mecanismos que midan adecuadamente esta situación lacerante y sirvan para diseñar políticas que brinden soluciones, afirmó el rector de la UNAM, Enrique Graue Wiechers.

Al inaugurar el Seminario Internacional “Medición de la distribución del ingreso y la desigualdad”,organizado por el Programa Universitario de Estudios del Desarrollo (PUED) y el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI), expuso que en el país hay 55.3 millones de pobres, y una tercera parte de la población se encuentra en condiciones de vulnerabilidad. Además, 35 millones de mexicanos están en rezago educativo: sólo seis de cada 10 jóvenes tienen acceso al bachillerato y tres de cada 10 a la educación superior.

“Medir la desigualdad adecuadamente es totalmente urgente para nuestro país porque es la única forma para evaluar políticas públicas encaminadas a superar esta brutal brecha”, expresó.

En el auditorio Jesús Silva Herzog, del Posgrado de la Facultad de Economía, el rector Graue señaló que “tener una correcta medición de la pobreza es una responsabilidad moral, ética y política. El seminario nos debe permitir llegar a nuevas conclusiones que encaminen al país a una mejor condición de equidad social”.

Al respecto, el coordinador del PUED, Rolando Cordera Campos, explicó que importa llegar a la excelencia en la medición de la desigualdad, pero sobre todo, entender sus dinámicas, cómo evoluciona e impacta en el resto de la actividad humana.

La desigualdad, añadió, es una preocupación institucional en el actual mundo convulso y exige construir perspectivas de mediano y largo plazos que permitan generar nuevas políticas y estrategias para enfrentarla.

Nos preocupa que de la discusión de esa medición pasemos a preguntarnos sobre la ética de nuestro conocimiento, por el compromiso moral y político que podamos generar a partir de éste, a fin de construir una verdadera estrategia que combine progreso técnico y crecimiento económico con equidad para enfrentar la desigualdad, superarla y llegar a nuevas plataformas de convivencia social, expresó.

En su oportunidad, el vicepresidente de la Junta de Gobierno del INEGI, Enrique de Alba, destacó que la medición de la distribución del ingreso y la desigualdad es clave para comprender la estructura y dinámica económica y social de un país, por ello se requiere de fuentes de información confiables.

Hasta el momento, reiteró, no hay consenso de las metodologías para tener la mejor medición, por lo tanto es necesario contrastarlas, evaluar sus fortalezas, debilidades y lograr acuerdos.

En la inauguración del seminario estuvieron presentes el integrante de la Junta de Gobierno de la UNAM, Mario Luis Fuentes; la directora del Instituto de Investigaciones Económicas (IIEc), Verónica Villarespe Reyes; el jefe de la División de Estudios de Posgrado de la Facultad de Economía (FE), Carlos Guerrero de Lizardi; funcionarios del sector público y privado, del INEGI y académicos de esta casa de estudios, así como el coordinador de las Humanidades, Alberto Vital.


Puebl@Media
Ciudad de México
Jueves 17 de noviembre de 2016.

 

El mundo es comprendido por el paradigma, es la forma por la cual es entendido el mundo, el hombre y por supuesto las realidades cercanas al conocimiento.

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