René Delgado    

Pasado mañana, los estrategas de los candidatos presidenciales se verán obligados a hacer el balance del eventual efecto del debate y realizar los ajustes necesarios en la campaña electoral.

Por el ritmo y tono que va adquiriendo la contienda, esos ajustes habrán de operarse en todas y cada una de las candidaturas. Ojalá los partidos y candidatos, la administración e, incluso, el empresariado no tiendan a radicalizar las posturas y, por lo mismo, a polarizar aún más a la sociedad. Una cosa es la sana incertidumbre electoral, otra, la insana desconfianza política.

Sería una pena que, de nuevo y después de dieciocho años, la coalición y el candidato ganadores carecieran de las condiciones para transformar el triunfo electoral en la conquista del gobierno. Las décadas perdidas por el país ya son muchas. El malestar social no da para toparse, otra vez, con la administración de los problemas y no el gobierno y la solución de estos. Y, en esa posibilidad, no puede ignorarse la violencia que, desde hace tiempo, domina la forma de relacionarnos y amenaza con romper el ya de por sí deshilado tejido social.

La deuda política de Vicente Fox y Felipe Calderón no la atemperó Enrique Peña Nieto.

El postulado del todavía jefe del Ejecutivo tricolor, asegurando que la suya no sería una administración, sino un gobierno se desbarrancó cuando todavía no cumplía dos años de ejercicio. Desde finales de 2014, se desvaneció el anhelo de que la alternancia no fuera simple turno en el no poder presidencial, sino alternativa del desarrollo nacional. Esta vez, la crisis sexenal se dio no al final del mandato, sino cuando todavía no cumplía ni el primer tercio.

El entusiasmador proyecto de impulsar un Pacto por México y emprender las reformas lo vulneraron la impunidad y la complicidad ante la corrupción, así como la indolencia frente a la violencia que, desde años, castiga, amedrenta y sangra a México.

Como añadido, el carácter cupular de aquel Pacto terminó por desfigurar a los partidos como instrumentos ciudadanos. Si los partidos se olvidaron de sus bases y simpatizantes, la administración ignoró al conjunto de sus gobernados. En rechazo a una política abierta e incluyente, la élite practicó una política cerrada y excluyente. En el colmo del error, calculó mal el derrame social de las reformas y, algo peor, diseñó mal algunas de ellas y otras las instrumentó de pésima manera.

Hoy, parte del problema es el repudio a una administración manchada por la corrupción, enclaustrada en un sentimiento de incomprensión y necia en imponer la forma de entender la realidad; así como el debilitamiento de las estructuras partidistas. Queriéndolo transformar se desmanteló el régimen.

Los errores cometidos e ignorados por la administración -entre otros, el de la comunicación-, así como la lucha tribal al interior de los partidos por dominar su dirección impulsaron, más allá del tesón y los aciertos propios de Andrés Manuel López Obrador, las posibilidades de su triunfo electoral.

Esos errores y, luego, la jaloneada selección del candidato -dicho con elegancia- de la fuerza en el gobierno y la agrupada en Por México al Frente, fortalecieron la posibilidad del tabasqueño.

Ante ese panorama es evidente que, tras el debate de mañana -mueva o no la preferencia electoral-, los estrategas de los concursantes se verán impelidos a matizar sus decisiones, o bien, a tomar otras distintas en torno al camino a seguir en el siguiente tramo de la campaña.

El grupo hegemónico en el PRI así como la propia administración deben revalorar si pueden seguir dando golpes sin resultados a Ricardo Anaya que, paradoja, benefician a Andrés Manuel López Obrador, y dejar de arrastrar en su desesperación a las instituciones, cuando su candidato no ubica ni domina su rol e insiste en fincar su posibilidad en su trayectoria, sin mostrar pizca de carácter. Sin un candidato competitivo, usar las instituciones como ariete sólo puede conducir a un desastre, no al reposicionamiento de aquel. El daño provocado a la Procuraduría General de la República, la Fiscalía y el Tribunal Electoral es inquietante.

Vista la radicalización del empresariado ante el temor de que López Obrador pretenda cancelar la construcción del nuevo aeropuerto de la Ciudad de México, el equipo del tabasqueño está obligado a ponderar si no es menester recentrar la postura de su candidato. Si la reanimada postura extrema de López Obrador responde a una estrategia, su estiramiento puede resultarle contraproducente. Ese tema ilustra la actitud pendular cuando no contradictoria que, en más de un asunto, adopta el tabasqueño. Cuidar eso y sostener el acierto de fijar la agenda a los competidores no es cosa sencilla.

A los estrategas de Ricardo Anaya les urge relanzar a su candidato y desplegar las banderas propias de su propuesta a fin no sólo de consolidarlo en la segunda posición, sino de plantarlo como un auténtico competidor por la Presidencia de la República. De no ser así, tanto el Frente como el priismo tendrán que explorar la posibilidad de reconstruir el puente roto entre ellos.

El equipo de Margarita Zavala debe mostrar que, en efecto, su candidatura es independiente con ánimo de competir y no de protagonizar una revancha sin sentido. Jaime Rodríguez Calderón puede seguir como va, ha dejado en claro su función, como también que a un bronco se le puede domesticar con un poco de alfalfa y sin quitarle la pinta.

Radicalizar posturas, polarizar aún más a la sociedad y confundir una elección con una eliminación, más de una vez le ha dejado enormes costos al país. Tras el debate vendrán, pues, las definiciones.

El socavón Gerardo Ruiz

En mala hora, habilitar como escudero del nuevo aeropuerto al padrino del socavón.

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Reforma
René Delgado
Ciudad de México
Sábado 21 abril 2018.


René Delgado

Los exabruptos de la política esquizofrénica de Donald Trump son inaceptables. En relación con México, los arrebatos del hombre que, más de un año después, no acaba de entender, asir ni dominar las riendas de la Presidencia de los Estados Unidos inciden justo cuando por la naturaleza del juego electoral mexicano, se pueden y deben subrayar las diferencias en la comprensión y la solución de los problemas nacionales. Trump contamina dolosamente la sana incertidumbre electoral. Sólo la ignorancia y la vesania del mandatario, así como su desesperación por disfrazar el fraude de su mandato ante sus fans, explican la vileza de intervenir en México a partir de insultos y hostilidades.

Calibrando ese factor externo incontrolable y la incapacidad controlable de la Cancillería mexicana para definir una estrategia frente al acecho del vecino, los aspirantes a ocupar la Presidencia de la República tendrán que defender y ejercer el derecho al disenso partidista, sin vulnerar la unidad nacional. Un juego nada sencillo en temporada electoral.

Sin restarle mérito al pronunciamiento del Senado mexicano, seguido por el mensaje del presidente Enrique Peña Nieto formulado antier, se echa de menos que no se hayan acompañado de las acciones previstas por el más simple manual diplomático ante actitudes tan ofensivas como las del hombre del zacate en la cabeza.

¿Cuáles son esas acciones que acusan recibo de la grosería, sin profundizar el desencuentro? Una, la nota formal de protesta de la Cancillería mexicana al Departamento de Estado; dos, el llamar a consulta al embajador mexicano, Gerónimo Gutiérrez, en clara señal de desacuerdo con la actitud de Trump; y, tres, pedir explicaciones en la Cancillería a la embajadora Roberta Jacobson sobre las pretensiones del gobierno que representa. (Apena que toque a ella dar la cara).

Esas acciones no ahondan el conflicto, pero sí señalan oficialmente el desacuerdo. No se espera a ver en qué consisten las amenazas, se fija una primera postura. Ninguna de ellas acompañó los señalamientos oficiales o los tweets del canciller Luis Videgaray. Y, claro, a partir de la reacción, podrían tomarse otras más fuertes: suspender temporalmente y por grado la cooperación e, incluso, la renegociación del Tratado. El canciller debe, desde hace tiempo, una explicación a la nación.

Es comprensible que en el afán de no agravar el conflicto y vulnerar la renegociación del Tratado de Libre Comercio, la administración mexicana minimice los exabruptos de Donald Trump, pero estos revisten ya un carácter hostil. Ante la evidencia, el Ejecutivo mexicano debería reconsiderar su estrategia. La tolerancia o la indiferencia ya no son el tono indicado del discurso.

Si el año pasado la administración de Enrique Peña Nieto convocó a la unidad nacional ante las embestidas de Donald Trump, al tiempo de invocar la división nacional ante la elección en el Estado de México, ¿cuál será el punto de equilibrio entre la unidad en el marco de la disputa electoral? En ese punto, el canto en coro de los candidatos presidenciales en valiosa consonancia con el Ejecutivo tiene un límite. La unidad no puede concluir en una medrosa complicidad. Ni el disenso, en un atentado contra la unión ante la amenaza externa.

El equilibrio es un desafío, sobre todo, cuando Donald Trump escuda su fracaso interior en la agresión exterior y cuando confunde los fenómenos con los problemas. Los fenómenos sociales -la migración es uno- se pueden intentar administrar; los problemas -el déficit es uno- se pueden intentar solucionar. Pero no se pueden solucionar los fenómenos, como tampoco administrar los problemas.

Lo más lamentable del efecto de los exabruptos es la distracción sobre los asuntos nacionales que, poco a poco, venían configurando el eje del debate entre los candidatos. Al menos, cuatro asuntos exigían concentrar la atención. Uno. El diálogo con criminales entablado por Salvador Rangel, obispo de la diócesis de Chilpancingo-Chilapa, Guerrero, reponía categóricamente sobre la mesa qué ruta seguir frente al crimen tras el fracaso de la guerra iniciada por Felipe Calderón y seguida por Enrique Peña Nieto. Las posturas de José Antonio Meade, Ricardo Anaya y Margarita Zavala, en contraste con la de Andrés Manuel López Obrador, no acaban de entrarle de lleno al asunto. Las frases hechas no detienen la sangre ni atenúan el dolor.

Dos. El ríspido debate sobre el Nuevo Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México no cuestiona la necesidad de esa instalación como su ubicación y transparencia en los contratos de su edificación. Una obra de esa magnitud exige contar con certeza plena de la corrección de su planteamiento.

Tres. La urgencia de abatir la corrupción demanda abrir la discusión, no bastan las prendas personales, en particular, de José Antonio Meade o de Andrés Manuel López Obrador para dar por sentado que, a partir de ellos, la realidad será otra. Tampoco resuelve el asunto subir a un sitio web su ropa interior para saber si tienen o no resorte.

Cuatro. En el marco de violencia y del vínculo entre crimen y política, la seguridad personal de los candidatos no puede quedar sujeta a capricho de estos. Luis Donaldo Colosio perdió la vida y el país sufrió en la política y la economía el efecto de su homicidio. Ese debate rebasa a los propios candidatos.

Donald Trump sabe de la fragilidad del momento mexicano y disfruta irritar a México con sus exabruptos y diluir, así, su propio fracaso. Es inaceptable dejarlo intervenir en el concurso electoral.

El socavón Gerardo Ruiz

En apoyo a José Antonio Meade, el secretario de Comunicaciones debería presentar su declaración diez de diez.

Reforma
Sobreaviso
René Delgado
Ciudad de México
Sábado 7 abril 2018.


René Delgado

El 20 de marzo se lanzó un ultimátum. Claro y fuerte lo pronunció Juan Pablo Castañón, en nombre del Consejo Coordinador Empresarial.

"A los candidatos les decimos: ya basta de agravios, de respuestas fáciles y superficiales que sólo apelan al encono social y a la división; ya es tiempo de un debate serio, profundo y responsable sobre el país que estamos construyendo".

Tres días después, justo ante la Cámara de la Industria de la Construcción, Andrés Manuel López Obrador reiteró sus objeciones al Nuevo Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México y, al efecto, propuso instalar una mesa técnica -empresarios, gobierno y Morena- para analizar el asunto y determinar la procedencia o no de la obra.

Consecuente, Juan Pablo Castañón aceptó al vuelo la idea. Empero, de inmediato lo impugnaron su gremio, la administración e, incluso, los otros candidatos. Se cayó y se calló el acuerdo. Luego, el 25 de marzo, el empresariado llamó ya no a debatir, sino a dar certeza jurídica a la inversión, a no politizar los asuntos "de trascendencia para la competitividad" y, de paso, modificó la convocatoria, el carácter y la composición de la mesa originalmente aceptada:

"... la reunión a la que se ha convocado a los equipos técnicos de los candidatos a Presidente de la República, es informativa de las características del nuevo aeropuerto y de ninguna manera pretende tener carácter sancionador de la validez de una obra que ya ha recibido las certificaciones nacionales e internacionales suficientes para su realización". (Las cursivas son propias; la cita, del comunicado del CCE).

Esos cinco o seis días resumen la contradicción en la cual rebota la circunstancia. Se exige contenido y profundidad al dicho de los candidatos presidenciales, pero no cuestionar lo hecho hasta ahora. Sin decirlo, se pide debatir con la vista al frente y sin mirar atrás, a partir de la máxima: a lo hecho, pecho. Sin embargo, es difícil fijar la vista en el horizonte cuando no se sabe bien a bien dónde está uno parado y, sobra decirlo, mucho de lo hecho ha deshecho al país.

Vista la acción, la reacción y la contra-reacción de lo sucedido, cabe preguntar si en verdad se quieren debatir o no los asuntos del interés público. Si se quiere aprovechar o no la campaña para deliberar en serio y abiertamente sobre el presente y el futuro nacional y, a resultas de ello, elegir qué camino tomar.

Después de todo, entre las características de toda elección democrática está generar una sana incertidumbre para concluir en una clara certeza, subrayar las diferencias para fijar la distinción y, obviamente, posibilitar la opción, a partir del contraste y el cotejo de propuestas.

***

Hoy, como no ocurría hace tiempo, el país está ante la oportunidad de revisar qué sí ha funcionado y qué no, qué seguir haciendo y qué no, qué replantear y qué no y, desde luego, contrastar las posturas frente a lo hecho y por hacer.

Muchas de las políticas, acciones y obras emprendidas durante los últimos años se tomaron sin sujetarlas a debate. La política cupular -cuando no personal- le dio un portazo a la discusión pública prensando en el quicio de la puerta el derecho de audiencia, acomodando a capricho las prioridades nacionales y, por si ello no bastara, despreciando la importancia de comunicar e informar en serio de los planes, si así se les puede llamar.

En esta elección, más allá de filias y de fobias, la fortaleza de la candidatura presidencial de Andrés Manuel López Obrador hace difícil eliminarlo como se hizo en el 2006; la posibilidad de la candidatura de Ricardo Anaya hace difícil doblarlo llevándolo ante un juez, y la debilidad de la candidatura de José Antonio Meade hace difícil impulsarlo como se hizo con su jefe.

Esa circunstancia obliga a considerar que, esta vez, el concurso sí reviste -por absurdo que parezca- un carácter electoral. No se reducirá a la automática ratificación del modelo económico y social seguido desde Carlos Salinas de Gortari hasta la fecha -las administraciones de Vicente Fox y Felipe Calderón no significaron un cambio-, un modelo que pese a la evidencia social desconsideró problemas imposibles de ignorar. Cuestiones que, incluso, las reformas emprendidas este sexenio no consideraron y mucho menos resolvieron.

No se volteó a ver esos problemas y sí, en cambio, se acendró de modo voraz una práctica que vulnera la posibilidad de las reformas y las obras: la corrupción y la inseguridad.

***

Inútil exigir a los candidatos sustanciar sus propuestas, sin disposición a abrir enteramente los oídos. Debatir puede doler y demandar rehabilitación, pero ese dolor será menor que el provocado por la exclusión y la desigualdad social o por el saqueo de los recursos.

Ante el enojo y malestar social, urge abrir, debatir y replantear los problemas relacionados con la inseguridad, la desigualdad, la impunidad y la pusilanimidad que tienen al país hundido en el miedo, la pobreza, la injusticia y la desesperanza.

Cierto, el aeropuerto es una obra de vital importancia para la economía. Empero, si muchas de las obras emprendidas por la administración llevan por sello el de la corrupción y, con frecuencia, el de la ocurrencia, más vale tener claridad de la correcta ubicación y los términos de construcción del mismo. Ayer, en estas planas, otro colaborador relataba las irregularidades ya acusadas por la Auditoría en esa obra.

***

La campaña dio inicio. En noventa y dos días habrá que elegir. Ojalá los candidatos enriquezcan el debate y sus propuestas; ojalá encuentren oído.

Curioso, tras las dudas sobre el nuevo aeropuerto aparece la sombra del secretario Gerardo Ruiz Esparza.

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Reforma
Sobreaviso
René Delgado
Ciudad de México
Sábado 31 marzo 2018.


 René Delgado

La administración cierra dando palos de ciego hacia afuera y hacia dentro.

Por los indicios, el temor a perder el poder la precipita a jugar con la idea de entregarse al adversario externo y eliminar al adversario interno. Y decir jugar es eso, no tomar decisiones serias. Si, al inicio de año, se preveían la renegociación del Tratado de Libre Comercio de América del Norte y el proceso electoral como los riesgos principales para la estabilidad política y económica, hoy juega a convertirlos en peligro.

A los caprichos y desplantes de Donald Trump, el canciller Luis Videgaray sonríe obsequioso, mientras dobla la cerviz y pone en ridículo al jefe de Gobierno. A la falta de carisma del candidato oficial, el encargado de la Procuraduría, Alberto Elías Beltrán, ofrece doblar al adversario panista y, así, dar satisfacción al jefe del Partido. Y, entre el jefe de Gobierno y el jefe de Partido, el jefe de Estado languidece.

En el reparto de palos sin sentido, se afronta el trance de gestar la crisis sexenal que, una y otra vez y tras dolorosos sacrificios, obliga al país a ponerse de pie para caer de nuevo.

· · ·
 
Si desde Gustavo Díaz Ordaz -a excepción del traspaso de poder de Ernesto Zedillo- la crisis sexenal estrella los anhelos nacionales, la amenaza de ésta incorpora ingredientes singulares. Arrancó no al final, sino apenas al concluir el primer bienio, justo cuando la administración debió erguirse en gobierno. Premió, en vez de castigar errores -Luis Videgaray los opera profundamente agradecido. Y combinó y conjugó elementos políticos, sociales, criminales y, a determinar, si no económicos.

Del genio original de la administración se hizo artificio. Del afán de mover a México, estancamiento. De la decisión, titubeo. De la osadía, miedo. De la corrupción voraz, tradición cupular.

En tal circunstancia, las políticas interior y exterior naufragaron. La interior derivó en transa y complicidad, cuando no en asunto de gendarmería. La exterior se confundió, primero, con turismo de levita, ahora, con ejercicio de sumisión y entrega. De la comunicación en torno a ellas se hizo práctica de silencio, evasión, propaganda y, últimamente, reclamo por el descontento y malestar social.

De a poco, impunidad y pusilanimidad estamparon su sello en la gestión.

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Nunca la Cancillería había celebrado sus fracasos. Hoy, festeja ser objeto de una extorsión que, si todo resulta como Donald Trump exige, quizá no se consume. Ninguna lección se desprendió del error de invitar al hoy presidente estadounidense, cuando todavía no lo era; de organizar una visita presidencial a Estados Unidos y anularla en la víspera; tampoco de reintentar el encuentro entre los mandatarios para abortarlo a raíz de un ríspido telefonema. De error en error, se pretende tropezar con el acierto.

Ahora, el jefe del Ejecutivo trata con el yerno y asesor disminuido del presidente Trump, y la Cancillería, oronda, comunica: "En relación con una posible reunión entre el presidente Enrique Peña Nieto y el presidente Donald Trump, los funcionarios de ambos países acordaron que la realización de dicho encuentro dependerá del nivel de progreso alcanzado en los acuerdos vinculados con la relación integral, incluyendo el TLCAN y otros temas en materia de seguridad, migración y cooperación económica".

El dictador de Corea del Norte, Kim Jong-un, ha de estar muerto de risa por el servicio prestado por la Cancillería mexicana a Estados Unidos en relación con él y aceptar, por recompensa, una amenaza con ribetes de chantaje.

¿Y el Senado mexicano? Bien gracias, desinteresado en pedir cuentas al canciller Videgaray de lo que trata sin informar a esa soberanía y en saber por qué se brinca protocolos y en qué términos negocia con el vecino.

Hoy la política exterior mexicana es extensión de la estadounidense que, sobra decirlo, es la anti-política.

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En materia de política interior ocurre un hecho curioso.

Una y otra vez se presumen las reformas estructurales, particularmente, en el campo de la energía, las telecomunicaciones y la educación, pero se oculta el brutal fracaso de la reforma político-electoral que forma parte de ellas y cuyas lagunas integran la mar de agujeros.

Esa reforma, hoy, tiene descabezado al aparato de procuración de justicia, rebasado al Instituto Nacional Electoral y hecho un rompecabezas sin armar el gobierno de coalición. Y, sin mencionarlos, en el campo de la seguridad pública, interior y nacional, los yerros profundizan la fosa en que se ha convertido al país. Esos proyectos sin concepto ni estrategia presagian un problema político, social y criminal, superior al visto.

En tal condición, la administración está forzada a decidir si presenta o no ante un Ministerio Público o un juez al candidato presidencial panista. El titubeo es ya insostenible sobre todo porque, con o sin Ricardo Anaya, el candidato oficial nomás no cala en la preferencia electoral. El dictador venezolano, Nicolás Maduro, ha de estar muerto de risa de ser acusado por México de perseguir a sus adversarios políticos.

Eliminar al adversario sin contar con un candidato competitivo podría terminar por asegurar al grupo tricolor hegemónico el segundo lugar en la competencia.

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Inconcebible la tentación oficial de convertir en peligro los riesgos que por sí solos amagan al país.


· EL SOCAVÓN GERARDO RUIZ
 
¿La ausencia del secretario de Comunicaciones y Transportes, Gerardo Ruiz Esparza, en la entrega de los premios de Administración Pública y a la Cultura de la Igualdad de Género a su dependencia fue porque los entregaría, además del secretario de Marina, el almirante Vidal Francisco Soberón, la secretaria de la Función Pública, Arely Gómez, quien le puso lupa al socavón?

 
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Reforma
Sobreaviso
René Delgado
Ciudad de México
Sábado 10 marzo 2018.


René Delgado      

A ver si mañana no se fisura la estatua de Plutarco Elías Calles al conmemorarse el aniversario del Revolucionario Institucional, al tronar de las matracas y al retumbar de la batucada de Peee-Pepe-Pepe-Pepe-Peee... tan creativa y conceptuosa como los postulados de campaña en boga.

El marco de la celebración tricolor es patético. El todavía encargado del partido, Enrique Ochoa, no abordará la tribuna porque no las trae todas consigo. El primer priista de la nación, Enrique Peña Nieto, se guardará porque, ni modo, es hora de ceder el espacio. Y, entonces, el orador en la fiesta del partido será un simpatizante: el candidato José Antonio Meade que no acaba de articular su discurso, convencer a los priistas de hacerlo suyo, fijar los ejes de su campaña ni de remontar el tercer sitio que conserva incólume en la preferencia electoral.

Ojalá y no vaya a abrir la boca el camandulero contravoz del candidato, alguno de los panistas falderos -adiestrados por el PRI- o el responsable de reposicionar al simpatizante a como dé lugar, el agente Alberto Elías Beltrán. La situación del partido, el gobierno y la campaña no dan para eso y, por lo mismo, la fiesta tiene un tinte funeral.

¡Qué modo de celebrar un año más del Institucional!

Tan proclive a consultarlo, quizá José Antonio Meade debería pedir el parecer de Vicente Fox sobre la estrategia desatada por el partido y el gobierno contra el candidato panista, Ricardo Anaya.

Valdría la pena porque si las tenazas del partido y el gobierno no aprietan hasta lastimar a Anaya, en vez de debilitarlo en la contienda electoral, terminarán por fortalecerlo y debilitar aún más a las instituciones usadas como ariete. Fox sabe del asunto. En su momento y a partir de otro motivo judicial, aquél intentó descarrilar a Andrés Manuel López Obrador y, al final, reculó, dejando mal parado al procurador Rafael Macedo de la Concha y al ministro Mariano Azuela, así como a las instituciones implicadas... Mejor parado sólo quedó el tabasqueño.

Si no van hasta el final, en menudo lío se habrán metido Meade y sus estrategas.

Sin descartar que el abanderado panista tenga cuentas que rendir sobre sus negocios inmobiliarios, familiares o personales, el asedio oficial del cual hoy es objeto despide el tufo de una persecución política, no el aroma de un súbito celo por procurar justicia.

En esa causa, los administradores de la campaña tricolor y el propio candidato ya se embarcaron. Decidieron recorrer ese camino y, ahora, difícilmente podrán apartarse de él. Corrieron al fondo de un callejón y si proceden contra Anaya, muy pocos creerán que los anima un desconocido y acendrado sentido de justicia; y si se echan para atrás o nomás no pueden, la conclusión será obvia: los dobló, de nuevo, el muchacho maravilla.

¿De quién fue la ingeniosa, no genial, idea de lanzarse a esa aventura? Al grito de ¡órale, va!, ¿quién embarcó a todos, incluyendo al candidato?

El punto delicado es que José Antonio Meade adoptó la estrategia, sin darse una mínima distancia ante ella.

Fundir la carpeta de investigación con el manual de propaganda, echarle porras al encargado de la Procuraduría y vituperar al señalado podría terminar por arrastrar al candidato oficial a una situación aún más compleja. Hacerlo caer en la trampa tendida por él mismo y sus estrategas, sin salir del sótano electoral donde se encuentra.

Si la estrategia falla, Meade, el más inocente -eso dice él de sí mismo- de los candidatos presidenciales postulados por el priismo, no podrá deslindarse del enredo. No podrá pintar su raya, por haberla borrado él mismo.

Si al candidato oficial tanto lo irritan los presuntos y turbios negocios inmobiliarios de un competidor o la supuesta e inexplicable sobrevivencia del otro competidor sin trabajar, igual deberían irritarlo el espionaje gubernamental a ciudadanos, el desvío de recursos públicos, el encubrimiento de quienes reciben sobornos y los traspasan al partido con el que simpatiza...

Señalar la corrupción de los otros, sin mirar el saqueo de los propios, conjuga de manera extraña la honestidad con la complicidad.

A ver si la figura de Plutarco Elías Calles no se fisura al ver cómo se judicializa y desinstitucionaliza la política. ¡Feliz aniversario!


El socavón Gerardo Ruiz

El secretario Gerardo Ruiz replica el anterior Sobreaviso.

"Estimado r. Delgado:

"Con relación a los comentarios publicados en su columna de hoy sobre mi persona le comunico lo siguiente: fue un hecho público que estuve presente en el sitio del accidente en el Paso Exprés el mismo día que ocurrió apenas pude llegar al sitio, en donde declaré a los medios de comunicación. Fue hecho público que personalmente le di el pésame a la esposa y novia, así como a familiares de los señores Mena, víctimas en el accidente, y les ofrecí el apoyo que requirieran, hecho que atestiguaron representantes de los medios de comunicación. Fue hecho público y declarado a medios de comunicación, que solo la SCT atendió a la familia y le siguió ofreciendo apoyo indefinido. Fue hecho del conocimiento público que la SCT, de manera exclusiva y con la aprobación de las familias afectadas, gestionó la indemnización legal de las empresas y su entrega a los deudos. Fue hecho público que una servidora pública de alto nivel de la SCT mantuvo contacto con las familias de los señores Mena hasta que ella misma consideró que ya no la requerían.

"Estos comentarios reflejan la realidad de los hechos, motivo por el cual le pido precisar la información en su columna.

"Atentamente

Gerardo Ruiz Esparza".

Ante la réplica, sólo queda agregar: Es hecho público y notorio que no asumió la responsabilidad.

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Reforma
Sobreaviso
René Delgado
Ciudad de México
Sábado 3 febrero 2018.


Si, en algunos casos, la Procuraduría General de la República servía al presidente de la República para procurar o denegar justicia y amedrentar al adversario político, ahora esa particular función se ha ampliado al Partido Revolucionario Institucional.

De no acreditar imparcialidad, objetividad y pulcritud en su desempeño, será menester reconocerla como la Procuraduría General del Revolucionario. De ser así, el entierro de esa institución podrá llevarse a cabo sin rendirle honores.

De mil modos se ha expuesto la importancia de garantizar autonomía e independencia a la Fiscalía General de la República, pero el más sólido de ellos lo está ofreciendo la propia Procuraduría, encargada a Alberto Elías Beltrán.

En la velocidad y eficacia de su actuación ante distintos casos, la dependencia deja ver a quién sirve en realidad. En varios asuntos del interés general no ha dado señal de estar avocada ni empeñada en atenderlos y en uno, del interés del Partido Revolucionario Institucional, se ha conducido con diligencia inaudita.

En el tratamiento de unos y otros casos aflora la urgencia de estructurar en serio la nueva Fiscalía y nombrar a un titular a la altura.

Tres casos donde la Procuraduría no muestra gana de atender y responder al interés general son los siguientes:

Uno. El martes pasado, Mexicanos Contra la Corrupción reseñó cómo hace ocho meses denunció el espionaje cometido contra once periodistas, activistas y defensores de los derechos humanos a partir del malware Pegasus, adquirido por la propia Procuraduría.

El organismo ciudadano da cuenta de las numerosas omisiones de la Fiscalía Especial para la Atención de Delitos cometidos contra la Libertad de Expresión de la PGR para atender la denuncia. En el colmo del cinismo, viéndose obligada -a través de un amparo- a responder ante un juez el porqué de su negligencia, la Fiscalía señaló que llevará a cabo las diligencias "en el momento que lo considere oportuno".

Ocho meses no han sido suficientes para procurar justicia. No existe en la administración la voluntad de esclarecer ese grave asunto. No es de su interés, no le conviene atenderlo y sí, en cambio, puede perjudicarla.

Dos. El lunes 16 de octubre, al dejar la Procuraduría, Raúl Cervantes informó de la conclusión de la investigación relativa a los sobornos de la constructora Odebrecht -que, quizá, hayan tenido derrame en la campaña presidencial de Enrique Peña Nieto. "Ya con ello -afirmó Cervantes-, en los siguientes días, se harán las imputaciones correspondientes ante el Poder Judicial Federal".

Han transcurrido cien días. Jornadas insuficientes para que el encargado Alberto Elías presente ante un juez la investigación concluida por su ex jefe.

No existe en la administración la voluntad de esclarecer ese grave asunto. No es de su interés, no le conviene atenderlo y sí puede perjudicarla.

Tres. El pasado 3 de febrero, el gobierno de Chihuahua y la Secretaría de Gobernación llegaron a un acuerdo que conjuró, por fortuna, una crisis política derivada de la retención de fondos a la administración del gobernador Javier Corral por investigar la triangulación de recursos federales al Partido Revolucionario Institucional.

En ese acuerdo, la Procuraduría se comprometía a llevar a cabo las solicitudes de detención inmediata con fines de extradición en contra del ex gobernador (de Chihuahua) César Duarte Jáquez, "con el objeto de garantizar celeridad y certeza en la impartición de justicia". No se sabe si Duarte ha sido localizado, sí que su detención y extradición podría poner en apuros a la administración y al partido oficial.

¿Qué significa "celeridad" en la Procuraduría? Es evidente que cuando un litigio puede perjudicar a la administración o al partido oficial, la procuración de justicia afloja el paso y la voluntad.

En contraste, asombra la diligencia de la Procuraduría al investigar una denuncia "sobre hechos posiblemente constitutivos del delito de operaciones con recursos de procedencia ilícita" que podrían involucrar al candidato presidencial Ricardo Anaya.

La dependencia abrió carpeta el 26 de octubre pasado, realizó diversas diligencias como cateos, solicitar alertas migratorias, citar a personas e, incluso, convertir a algunas de ellas en testigos protegidos. Y, ahora, ya localizó en Canadá a una persona clave en el asunto. Rápida y eficiente.

A diferencia de los otros, este asunto sí conviene a la administración y beneficia a su partido y candidato.

¿Estamos frente a la Procuraduría General del Revolucionario? Urge el fiscal autónomo e independiente.

El socavón Gerardo Ruiz

¡Qué contraste! Ambos son secretarios de Estado del mismo gobierno y, sin embargo, la actitud y la conducta son diametralmente distintas cuando se ven obligados a encarar un problema.

Uno, al ocurrir el incidente, jamás se presentó al lugar de los hechos ni dió el pésame a los deudos de las víctimas. No, sólo envió a una emisaria a ver si con una compensación los deudos superaban "el mal rato", supuesto en la muerte del jefe de familia y uno de sus hijos. Y, generoso, el secretario les hizo llegar un par de mochilas a los menores que habían perdido a su padre.

El otro, apenas pudo, se presentó en el lugar de los hechos, asumió la responsabilidad de lo ocurrido, dio el pésame a los deudos de las víctimas fallecidas y les ofreció asistencia y ayuda que hizo llegar de inmediato.

El primero es el secretario Gerardo Ruiz Esparza; el segundo, el secretario de la Defensa, Salvador Cienfuegos. ¡Qué diferencia!


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Reforma
René Delgado
Ciudad de México
Sábado 24 febrero de 2018.


René Delgado     

El presidente Enrique Peña Nieto se ha de estar tronando los dedos.

El nombramiento de Enrique Ochoa como dirigente del priismo, el ajuste con dedicatoria de los estatutos del tricolor, la convocatoria para designar candidato presidencial convertida en el retrato del elegido y la sustracción de la chistera de un simpatizante como el abanderado no han dado, hasta ahora, el resultado ansiado: José Antonio Meade lejos de salvar al PRI, se hunde con él. El uno no jala al partido y el otro no lo impulsa. Dos meses después de iniciar la carrera, ambos siguen en el punto de partida viendo azorados la polvareda levantada por los otros dos competidores.

Borrada la distancia entre el gobierno y el partido -error operado y celebrado, en su momento, por César Camacho- y reivindicada la liturgia del dedazo, la responsabilidad de postular a un simpatizante que no emociona dentro ni fuera del priismo es del presidente de la República y dirigente del Partido. Concluida la precampaña, de seguro, tanto Enrique Peña Nieto como José Antonio Meade se han de plantear -a saber, si en consonancia o disonancia- qué próximo paso dar.

Ojalá al canciller Luis Videgaray no se le ocurra pedir opinión a Donald Trump sobre el particular, ahora que acuda con su jefe a la Casa Blanca. La de allá, desde luego.

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Actos de prestidigitación, malabarismos, ardides, liturgias y, vamos, hasta el contravoz le fallaron al grupo tricolor encabezado por el mandatario: el abanderado es leal al grupo, pero no simpático a la militancia propia y prestada, como tampoco al electorado.

Los estudios de opinión pública -destacadamente el de Reforma- confirman que, al menos hasta ahora, el elegido concursa en la contienda a título de testigo, no de competidor. Sus increíbles estrategas han logrado darlo a conocer, pero no a querer y él, por momentos parsimonioso, parece dar por sentado que la maquinaria lo llevará a donde pretende sin mover un dedo, porque el dedazo ya fue dado.

Sin embargo, el engranaje de la misma maquinaria tricolor cruje y cascabelea, al tiempo que el ruletero o chofer de ella da de volantazos y claxonazos sin ton ni son y, en el colmo de la adversidad, el entorno -sobre todo, el relacionado con delincuencia criminal y política, así como con corrupción o acciones emprendidas sin medir las consecuencias- cobra nuevas y viejas facturas. Eso sin mencionar los problemas postergados o escondidos que, con su tic tac, suenan como bombas de tiempo. Maldita realidad.

Quizá, al ser ungido formalmente como candidato y sentirse firme en la posición, José Antonio Meade tome decisiones y emprenda acciones en el ánimo de recolocarse, pero de no ser así y de no crecer en el ánimo electoral, tanto él como el partido y su jefe se verán en un muy serio apuro.

La gran interrogante que, de seguro, se formulan en Los Pinos y las oficinas tricolores es cuánto tiempo podrá otorgarse a la aventura política, antes de verse urgidos por rectificar decisiones. Desde luego, es posible que al paso de los días y al incurrir en errores los contrincantes, la situación de José Antonio Meade mejore.

La duda, sin embargo, es cuál es el lapso a conceder a esa eventualidad.

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Hasta ahora, Andrés Manuel López Obrador y Ricardo Anaya están en jauja, producto del trabajo político realizado.

El tabasqueño se mantiene arriba en la preferencia electoral sin crecer como quisiera y el queretano se consolida en la segunda posición sin acercarse como quisiera a la primera posición. Empero, a cuatro meses y medio de medirse ante el electorado en las urnas y no ante la opinión pública en las encuestas, nada puede darse aún por seguro.

López Obrador requiere correr con pies de plomo cuidándose de sí mismo y abriéndose sin entregarse al pragmatismo, rayano en el oportunismo, que ya debilita su fortaleza. Anaya requiere correr con tenis, delegar las tareas que no puede concentrar, taponar la sangría de cuadros y asegurar que la alianza con el perredismo y el movimiento naranja se traduzca en organización y votos.

A ambos los vincula, curiosamente, el PRI. El origen de López Obrador es ése y el destino de Anaya ha sido aliarse con él, no con el perredismo. Ambos conocen al tricolor y saben de lo que son capaces de hacer los operadores y mecánicos de su engranaje con tal de permanecer en el poder, asociarse en el poder o cubrirse la espalda. A ambos los separa, curiosamente, el mismo tricolor. Uno no comulga con el proyecto económico impulsado por aquel, el otro sí.

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El grupo tricolor comandado por el presidente de la República y jefe del partido se ha de estar tronando los dedos y pensando qué hacer si, finalmente, la condición de su abanderado no cambia y la maquinaria no camina a ritmo de marcha, aun cuando ya hayan logrado alinear a otros factores y actores -algunos medios, algunos magistrados, algunos empresarios, algunos activistas- que también influyen en el rejuego electoral.

Es cierto, ese grupo ha de estar pensando qué hacer, pero también Andrés Manuel López Obrador y Ricardo Anaya deben pensar qué hacer si, ante la imposibilidad de competir con su propio candidato, el grupo tricolor los busca y tienta ante la idea de llegar a algún arreglo para impulsar, por lo bajo, a uno de ellos dos.

Qué paradoja, la precampaña no movió mucho la situación y la situación está muy movida.

· EL SOCAVÓN GERARDO RUIZ
 
"En el caso del Socavón del paso exprés de Cuernavaca, sí hay responsables, sí hay sanciones que no se han aplicado, sí hay impunidad". Eso dice la introducción del estudio de Impunidad Cero. Superada la presentación de esa investigación, ¿el secretario Gerardo Ruiz Esparza duerme el sueño de los justos?

 
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Reforma
Sobreaviso
René Delgado
Ciudad de México
Sábado 17 febrero 2018.


 René Delgado


"Desconocer los avances es faltar a la verdad, desinformar a la ciudadanía y degradar la política". Eso afirma el presidente Enrique Peña Nieto, pero también podría decir lo contrario: "Desconocer los retrocesos es faltar a la verdad, desinformar a la ciudadanía y degradar la política".

Aun cuando incomoda y desvanece la ilusión, la realidad sí existe y exhibe a un país que, entre avances y retrocesos, camina dando tumbos sin asegurar el paso ni la dirección y, a veces, en la posibilidad del tropiezo, amenaza con desplomarse.

Quizá el juicio de la historia -afectado como tantos otros tribunales por un enorme rezago- le dé la razón al mandatario en el futuro, pero no en el presente: la República vive un peligroso proceso de degradación en sus relaciones políticas y sociales. Un proceso donde la corrupción, la mal hechura y la imposición de las reformas estructurales vulneran su propia posibilidad y, además, se ven afectadas por la práctica de la anti-política.
 
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En estos días, el garlito tan socorrido por el priismo hace crisis en dos reformas, una emprendida y una eludida: la político-electoral y la de seguridad.

La trampa, no está de más mencionarla, consiste en reformar y reformar leyes a partir de cuatro condiciones: garantizar un derecho en la Constitución; anularlo, neutralizarlo o dificultarlo en la reglamentación; dejar resquicios para tergiversar o contradecir su espíritu; e incumplir o pervertir su contenido en la práctica política que, esa sí, debe ser la de siempre.

Buenos para modificar leyes con efecto equívoco, los priistas -junto con sus aliados permanentes u ocasionales de oposición o no- son malos para modificar conductas. Cuentas deben a la nación los coordinadores parlamentarios de la anterior y la actual legislatura y una reflexión profunda, el jefe del Ejecutivo.
 
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En su vertiente electoral, la reforma político-electoral resultó un mazacote legislativo que, pese a la crítica hecha por varios de los consejeros de hoy, tiene en vilo la eficacia del Instituto Nacional Electoral. Esa reforma fue producto del canje del voto en favor de la reforma energética y se hizo al aventón y, hoy, no sin responsabilidad, los consejeros pagan los platos rotos por los legisladores.

A los consejeros se les culpa de todas las ineficiencias del régimen electoral elaborado sobre las rodillas y, en el colmo, los magistrados les pegan en los dedos cuando se salen del renglón. Los jueces actúan como guardianes del régimen, no como jueces de un concurso electoral. De origen, el nombramiento de buena parte de esos magistrados puso en duda su autonomía e independencia y, hoy, árbitros y jueces de la justa no logran acreditar su imparcialidad y vertical compostura. Tampoco su disposición a cooperar entre sí y garantizar el derecho ciudadano a elegir en libertad y seguridad. En el capítulo electoral, se tomaron decisiones con gran irresponsabilidad y, sobre todo, sin ánimo de modificar conductas.

Modifíquese la ley electoral, pero no la conducta política fue, al parecer, la divisa de esa reforma estructural. A título de ilustración, algunos ejemplos. Precampañas con candidatos únicos. Fiscalización de gastos de los partidos sin reportes. Precandidatos presidenciales independientes con sello político dependiente. Leyes electorales sin reglamentos.
 
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En su vertiente política, particularmente en lo tocante a la procuración de justicia, la creación de la Fiscalía General de la Re- pública es una pesadilla para el priismo: quiere cambiar la fachada, pero no la es- tructura del edificio destinado a procurar justicia, sobre todo, después de haber incorporado la cárcel como parte de la arena política.

Al ver la dimensión del cambio hecho en la teoría, al priismo le castañean los dientes e intenta pervertirlo en la práctica. Tanto así que quiere nombrar al fiscal sin Fiscalía, postulando un incondicional que procure justicia suavecita con los suyos y resiste engranar esa Fiscalía con el Sistema Nacional Anticorrupción, donde el fiscal es un fantasma y el auditor un recuerdo.

Quiere, diría el clásico, mover a México sin cambiarlo de sitio.
 
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Curiosamente una reforma estructural que urgía, incluso por razones humanitarias, fue eludida: la de seguridad pública.

Sangre, dolor y delincuencia que han hecho de la violencia una forma bárbara de relacionarnos no conmovieron al Ejecutivo y al Legislativo. Pese a muertos y desaparecidos, índices de delincuencia, inseguridad y miedo, en el último año de gobierno, la administración anda viendo si hay algo qué hacer al respecto, siempre y cuando no sea distinto a lo hecho. Y, en el entretanto, los partidos postulan a uno que otro presunto delincuente si atrae votos.

En ese rubro no hay reforma ni avance, sólo un retroceso que advierte un brutal fracaso y, aun así, prevalece la política de los palos de ciego.

Hágase y deshágase una Secretaría de Seguridad Pública; póngase un teléfono único; elévese el calibre de las bocas de fuego y redúzcase la política social; elabórese, dictamínese, promúlguese sin efecto una ley de Seguridad Interior mal hecha, sujeta a revisión; llévese a consulta popular el mando mixto; mídase la capacidad de fuerza de la Policía Federal y, sobre todo, hágase lo mismo.

El espíritu reformista se desvaneció en ese campo. Cientos de miles de muertos y desaparecidos lo hubieran agradecido.

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Hablar sólo de avances cuando estos llevan manchas de sangre, impunidad, corrupción, indolencia, pusilanimidad, negligencia, despilfarro y degradación... es engañar a la ciudadanía.

 
 
· EL SOCAVÓN GERARDO RUIZ
 
Mal hizo el secretario en tapar el socavón. Pudo hacer el puente sin taparlo y echar ahí el estudio de Impunidad Cero que, de nuevo, condena su pusilanimidad.
 
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Reforma
Sobreaviso
René Delgado
Ciudad de México
Sábado 10 febrero 2018.


René Delgado

Avanzan hacia el final las precampañas y afloran varios absurdos. Sucesos sobre los cuales conviene reflexionar y, quizá, fijar postura.
En la barahúnda y el vértigo de acontecimientos, esas paradojas se diluyen o pasan sin percibirse. Empero, al final, repercutirán no sólo en las elecciones sino también en el modo de hacer política.

La democracia, entonces, se verá enriquecida o empobrecida y los canales de participación en ella, fortalecidos o debilitados.

Sí a los votos, no a las armas. La lucha de María de Jesús Patricio Martinez, la indígena nahua de Tuxpan, Jalisco, por alcanzar las firmas necesarias para aparecer como candidata presidencial, no se ha valorado en su justa dimensión. Esa campaña no responde, como ella misma dice, al afán de ocupar Los Pinos, pero sí a la necesidad de abrir espacio a los grupos indios y fortalecer su presencia. Ver y ser vistos, participar y ser tomados en cuenta.

Esa decisión implica una postura de fondo en torno al propósito de llamar la atención sobre esa comunidad marginada y abandonada, así como en el giro de participar en la política.

No se mira, sin embargo, con atención esa postura. Vamos, ni siquiera los percances y agresiones sufridos por quienes impulsan y acompañan la caravana de Marichuy han suscitado un gesto de solidaridad o un comentario de parte de "los profesionales" de la política. Ellos siguen en lo suyo, viendo y oyendo sólo aquello de su particular interés.

A diferencia de hace veinticuatro años, el Congreso Nacional Indígena y su Concejo de Gobierno resolvieron recorrer los caminos de la República, no subirse a las montañas y tomar las armas. El ¡Ya basta! dado con bocas de fuego por el movimiento zapatista, encabezado entonces por el subcomandante Marcos, hoy se da con bocas resecas de quienes una y otra vez han sido marginados o excluidos del desarrollo y, por fortuna, no se rinden.

Optar por los votos y no por las armas debería de aquilatarse en su justo valor y alentarse.

Endogamia sin medida. Cerrar el círculo de participación política a los afines, en particular a los familiares, data de hace siglos. No hay novedad. Heredar, seguir o dar los pasos de los ancestros e incursionar en la política ha dado cuadros espléndidos y lamentables. Por lo demás, sería injusto que por tener un vínculo sanguíneo, a esas mujeres u hombres se les negara el derecho a desarrollar esa actividad y desplegar su propio talento. En la política, los apellidos pesan para bien o para mal y trazar el propio sendero no es sencillo.

De eso, a la pretensión de heredar -en el periodo inmediato- el Palacio de Gobierno al pariente o el cónyuge, moviendo los resortes del poder y del gobierno para asegurar la herencia sucesoria, hay una distancia. La ley no lo impide, pero el pudor lo cuestiona.

Sin restarle méritos a quienes están hoy ante esa posibilidad, no deja de llamar la atención el hecho. Sería interesante saber qué piensan sobre el particular los gobernadores Graco Ramírez y Miguel Ángel Yunes, así como el ex gobernador Rafael Moreno Valle. Igual interesaría conocer el punto de vista de sus respectivos hijos y esposa, Rodrigo Gayosso, Miguel Ángel y Martha Érika.

¿En tiempos donde el clamor ciudadano exige abrir y rendir cuentas, los eventuales sucesores tendrían cabeza y corazón para revisar la actuación de sus antecesores? ¿A quién responderían, a la familia o a la sociedad?

Independientes dependientes. Por lo visto, los candidatos independientes con posibilidad de aparecer en la boleta electoral para la elección presidencial serán los políticos de siempre, con abrigo ciudadano.

El instrumento creado para abrir espacio a la participación ciudadana y garantizar el derecho a ser votados, terminó siendo recurso extra para quienes han hecho carrera sin destino en un partido y, luego, por ardor, diferencias, transa, revanchas u oportunismo resolvieron correr por el acotamiento abierto no para ellos.

Tarea de la autoridad electoral revisar si, en verdad, los posibles candidatos dependientes a la Presidencia de la República recabaron las firmas necesarias sin importar los vicios y transas de los partidos y, luego, de estos acreditar la verticalidad política que hoy no los distingue.

Partidos partidos. A los dirigentes, formales o informales, de las coaliciones partidistas, cuyos candidatos presidenciales resulten derrotados, se les va a atorar la lengua si algún día explican a sus militantes por qué el fiasco de la aventura emprendida.

Ante la urgencia o la desesperación de acumular posibles votos, candidatos y partidos han arrumbado principios que, de ganar, tendrán por recompensa un sinnúmero de posiciones políticas. Empero, de perder, ahondarán la crisis al interior de los partidos que, quizá, deriven en fracturas: más partidos que nunca.

Hoy, poco se repara en el absurdo de ver codo con codo a simpatizantes ocasionales y conversos profesionales, instruyendo militantes ajenos; a contrarios, celebrando estar juntos sin motivo; a oportunistas, festejando acomodarse a muy buen precio.

El drama vendrá cuando las coaliciones derrotadas regresen a buscar refugio, donde ya no habrá madriguera.

La lucha por conquistar o conservar el poder o participar de él ha revelado absurdos que, al calor de la contienda, pasan desapercibidos. Prácticas, tentaciones y operaciones que urge considerar porque, al final, influirán en el porvenir de la cultura política... y, claro, en la posibilidad de retomar o no la transición a la democracia.

El socavón Gerardo Ruiz

Tan dado, ahora, a anunciar cuanto hace bien o mal, al secretario de Comunicaciones y Transportes se le ha pasado explicar por qué el monto del incremento de la autopista México-Cuernavaca. ¿Será por el costo de tapar el agujero?

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Reforma
René Delgado
Ciudad de México
Sábado 27 de enero de 2018.


René Delgado


Aun cuando, en el discurso, los políticos empoderados o encandilados del tricolor invocan y convocan a debatir los problemas o el porvenir de la nación, bajo la dermis, ruegan no hacerlo.

Los aterra debatir ante los contrincantes y el electorado. Deliberar los obligaría a reconocer la realidad, argumentar, revisar aciertos y errores, contrastar posturas y, desde luego, convencer. Y lo suyo no es eso. Lo de ellos es imponer, no proponer; autorizar, no pedir permiso; mandar, no obedecer; ganar posiciones, no fijar posturas; acordar en corto, no en largo; meter miedo, no valor al cambio; vencer sin convencer; y, ni modo, practicar el populismo que condenan.

Pese a postular el debate, lo rehúyen, eluden o revientan y, de ser posible, descalifican o vituperan al adversario con propuestas. Y, en eso, mérito extraño, son buenos. Ahora bien, cuando no pueden por sí mismos vulnerar o anular el debate, nunca les falta el testaferro, portavoz o corneta presto a hacerlo. Les sobran.

Estos días, destinados a discutir el rumbo del país, subrayar diferencias y cotejar ideas, los empeños del grupo tricolor hegemónico se concentran en otra cosa: endulzar o coaccionar al electorado, vociferar contra el adversario, prometer sin fundamento y afinar la maquinaria -fuerza sin inteligencia- que, acelerada y absurdamente, nada mueva.

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Ni perdón, ni olvido... ni nada. Se puede o no estar de acuerdo con las diez propuestas que, en materia de seguridad pública, ha lanzado Andrés Manuel López Obrador y debe detallar Alfonso Durazo. Lo inconcebible es dejar de debatir si la estrategia de la guerra contra el crimen, emprendida y sostenida por las administraciones de Felipe Calderón y Enrique Peña Nieto, es la indicada.

La sangría y el dolor, el incremento de la delincuencia y la violencia, el abusivo empleo de las Fuerzas Armadas ante el fracaso en la construcción de un nuevo modelo policial y la conversión del país en una fosa instan a debatir qué hacer.

Si conviene reponer o no la Secretaría de Seguridad, integrar la Guardia Nacional, establecer el mando único e impulsar una amnistía para lograr la paz -sólo por mencionar los temas más polémicos de la propuesta- debe debatirse, no descalificarse.

La simplificación de la propuesta hecha por el precandidato del PRI y el presidente de la República es lamentable. La falta de argumentación evidencia la idea de hacer lo mismo y defender el fracaso.

No basta decir estamos con las víctimas, no con los victimarios; no basta decir la calle es para los ciudadanos y la cárcel para los delincuentes; no basta decir no puede haber perdón ni olvido para los delincuentes.

Los índices de impunidad derrumban la postura oficial ante el problema. En sentido contrario al postulado, revelan que se está con los victimarios; que las calles son de los delincuentes; que se perdona y olvida a los criminales.

No debaten, conjugan impunidad criminal con pusilanimidad política.

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Una respetuosa y urgente mentada de... La propuesta del precandidato tricolor José Antonio Meade de deponer las diferencias y hacer una pausa para concluir el Sistema Nacional Anticorrupción y abatir la impunidad pierde seriedad al descalificar a los precandidatos convocados: "unos proponen perdonar a los delincuentes, otros no hablan del tema porque carecen de ideas".

¿Quiere Meade convocar o condenar a sus adversarios? Refuerza la contradicción esa misma noche con un tweet videograbado: "Exhorto a los demás precandidatos para que, sin adjetivos, explícitamente, sin ambigüedades, respalden este llamado a que se aprueben los nombramientos del SNA".

Aclara si la propuesta es o no un simple ardid el flamante portavoz de Meade, Javier Lozano. No deja duda. A Ricardo Anaya lo llama hipócrita, mentiroso y pequeño dictador. A Andrés Manuel López Obrador lo apoda "Andrés Manuelovich" porque, en la cabeza del portavoz de Meade, los rusos patrocinan su aspiración. ¡Qué respetuosa convocatoria!

Respaldar en un granadero el llamado de Meade anula, no convoca al diálogo.

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Si quiere dialogar, cállese. El gobernador panista Javier Corral es linchado por las voces priistas. Nada que se le niegan recursos federales a Chihuahua por denunciar el saqueo del ex gobernador César Duarte e investigar el desvío triangulado de fondos al PRI en ese estado.

En coro, funcionarios, dirigentes, portavoces y legisladores se lanzan contra el gobernador Corral y, luego, resulta que el singular encargado de la Procuraduría, Alberto Elías Beltrán, descubre de súbito -en tres de once causas penales- elementos para solicitar la extradición del ex gobernador Duarte. No está claro si informa a la nación del hallazgo o le da el pitazo al interesado, como tampoco si esas causas son las buenas. Desde el año pasado contaba con ellas la Procuraduría, pero justo en la antevíspera del arranque de la Caravana por la Dignidad de Chihuahua, Alberto Elías Beltrán -a quien, al parecer, se le traspapeló el caso de los sobornos de la constructora Odebrecht- anuncia a Duarte y al país que solicitará la extradición.

Dicho de otro modo, si quiere dialogar... cállese.

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Cuando se elude o sabotea el debate; cuando se regaña al electorado por enojarse; cuando no hay ideas y se da voz a los garroteros; cuando se dice que vamos bien sin mirar la realidad y se promete el paraíso, poco importan el candidato y la campaña. Cuenta la fuerza, el dinero, la maquinaria y los mecánicos cómplices, así sean magistrados. ¿Allá van?

· EL SOCAVÓN GERARDO RUIZ
 
Sin conocer la consecuencia de las observaciones hechas a la construcción del Paso Exprés de Cuernavaca, hay quien pide echarle un ojo a la línea 3 del Tren Ligero que la SCT construye en Guadalajara. ¿Pues qué pasa ahí?

 
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Reforma
Sobreaviso
René Delgado
Sábado 20 enero 2018.

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El mundo es comprendido por el paradigma, es la forma por la cual es entendido el mundo, el hombre y por supuesto las realidades cercanas al conocimiento.

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