René Delgado

El priismo ya puede ir pensando qué hacer tras haber sido despojado de su partido.

Hoy, el Revolucionario Institucional no ampara, cobija ni impulsa al conjunto de su militancia, sólo a la nueva cúpula nativa o adoptiva del grupo Atlacomulco, los cuadros sometidos por interés propio o compartido, los técnicos disfrazados de ciudadanía sin ambición ni propuesta, así como a los residuos del calderonismo. La cúpula no suma: resta o transa. Y, sin importar el modo, exige asegurar el voto duro y tentar al blando.

Los ajustes en el equipo de la administración, el partido y la campaña envían un muy claro mensaje a la militancia tricolor: sólo quienes se dobleguen y disciplinen ante el grupo dominante del partido contarán con cierta posibilidad de participar en la lucha por el poder que, en la coyuntura, algo de sobrevivencia tiene.

Pese a la soberbia en la conducta, el titubeo en la expresión de la élite tricolor revela temor. Pavor a verse desplazada del poder o, quizá, a conocer por dentro la residencia del Altiplano o a vivir en fuga permanente y, claro, está resuelta a todo. Así y leal a su dogma neoliberal, decidió privatizar el partido y poner en práctica la política del miedo por el miedo a la política. Otro cantar, si todo fuera transar o canjear.

En la contienda electoral, el priismo en su conjunto ya no se juega la principal posición política de mando. La decisión de a quién postular les fue arrebatada y, ahora, está por verse si el beneficiario de ella la hace suya. El priismo sólo se juega su porvenir.
 
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Si al arranque de la administración sorprendió positivamente el carácter incluyente del Ejecutivo en la composición del gabinete y la coordinación legislativa, al cierre de su gestión llama la atención el carácter excluyente de su recomposición. (Ahí está la nota de Reforma, ayer en su portada).

Tras su victoria electoral, Enrique Peña Nieto pudo jugar a placer con las fichas durante su gestión. No lo hizo, las repartió y, aun cuando colocó cuñas aquí, allá y acullá, sumó e integró un equipo variopinto.

Ahora, sin embargo, ocurre lo contrario. El Ejecutivo recogió las fichas para sólo incluir a quienes le garanticen obediencia, lealtad es otra cosa. Hoy, el gabinete ya no incluye, excluye. No refleja pluralidad tricolor, sino unidad monocolor y la disciplina que demanda el jefe del grupo instalado en la administración, el partido y el equipo de campaña.

Son pocos los secretarios de Estado comprometidos con la investidura, la función y el servicio. Y son varios los secretarios dispuestos a servir al rejuego electoral, convirtiendo la dependencia a su cargo en ariete contra el adversario y respaldo al ungido. Desarrollo Social, tienda de campaña. Relaciones Exteriores, destapador del hoy precandidato. Y, ahora, hasta Hacienda busca su espacio en la contienda.

Los mismos coordinadores parlamentarios legislan en perjuicio -valga el absurdo- del Poder Legislativo y en beneficio del Poder Ejecutivo. No responden a la representación que ostentan, sólo a la voz del amo.

Más allá del supuesto interés por darle continuidad a las reformas estructurales, en aras del partido y el precandidato, la administración no repara en poner en peligro la estabilidad económica y política del país a sabiendas de su fragilidad. Qué importa la próxima generación frente a la próxima elección.

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En el partido tricolor, la salida de Manlio Fabio Beltrones y la entrada de Enrique Ochoa marcaron los nuevos tiempos del priismo.

No se quería más a un cuadro con liderazgo ni ideas propias y entonces, como algunos priistas dicen, a Beltrones le dieron un regalo o partido envenenado. La coyuntura requería de un subalterno dócil, atento a la instrucción. Un gerente dispuesto a conducirse como golpeador ante el contrario y como amanuense a la hora de tomar dictado. Un ruletero resuelto a ir a donde le indicara el pasajero o su patrocinador, bromean algunos priistas.

En ese esquema, la Asamblea Nacional salió a pedir de boca. Se botaron los candados que imposibilitaban al simpatizante José Antonio Meade y, curiosamente, al militante que hoy coordina la campaña, Aurelio Nuño. No deja de asombrar que el precandidato se declare -spot del Partido Verde- un ciudadano sin militancia ¡política! y un buen funcionario y postule como gran propuesta -spot del PRI- cumplir los buenos deseos a lo largo del año y no sólo al final. Un ciudadano sin ambición, militancia ni convicción política o un burócrata cumplido no garantizan un buen candidato, tampoco un buen mandatario y mucho menos a un estadista.

Dada la dirección del partido y el perfil del simpatizante postulado, al priismo le falta digerir otras sorpresas. La más reciente: hacer también suyo a un converso y golpeador profesional, un ex priista, un calderonista domesticado -no un panista rebelde- como el portavoz de su abanderado. La siguiente: regar la margarita o tolerar al bronco si les restan votos a ya saben quiénes.

Desde luego, por los servicios prestados a la cúpula, ya recibirán su fuero quienes cumplieron sin chistar la liturgia y los representantes de los negocios hechos desde la función pública.

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El grupo dueño del PRI practica la política del miedo hacia adentro y hacia afuera del partido, por el miedo a la política. A ver si el priismo se somete o se rebela ante la institucionalidad y la disciplina que hoy lo condenan.
 
· EL SOCAVÓN GERARDO RUIZ
 
"2018 es el año en el que vamos a consolidar las transformaciones que emprendió el gobierno del señor Presidente de la República, licenciado Enrique Peña Nieto, con el propósito de sentar las bases de un mejor futuro para el país". Eso escribe el secretario Gerardo Ruiz Esparza.

Reforma
Sobreaviso
René Delgado
Ciudad de México
Sábado 13 enero de 2018.


 René Delgado

No hay focos rojos... porque el tablero electoral está desconectado.


Y, claro, sin el semáforo de riesgos encendido, con o sin culpas se tolera la prefiguración de un cuadro electoral cada vez más complicado y adverso que, en un descuido, podría colocar en un predicamento no a éste o aquel otro candidato o partido, sino a la estabilidad económica, política y social del país.

En concierto o desconcierto, el variado elenco de responsables de asegurar el proceso electoral está poniendo, de buena o mala fe, su granito o camión de arena para arribar a un final sin garantías y, entonces, según le vaya al partido en el poder, determinar de qué recurso echar mano.

Puede rechazarse, pero se están fraguando las condiciones para llevar a cabo o no un fraude electoral, una trastada política que -a diferencia de las ocasiones anteriores-, quizá, llevaría a romper más de un vidrio. Si la violencia ya es costumbre nacional, su derrame en la política no puede descartarse.

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El gobierno -por así llamar a la administración- ha jugado y juega con las variables económicas no en función de la estabilidad -la palabra correcta sería estancamiento-, sino de su efecto electoral sobre el candidato oficial de su partido.

Si durante el periodo previo a la postulación de José Antonio Meade la administración no dudó en contribuir a la volatilidad del peso, en atención a la peregrina idea de restablecer una liturgia política insostenible, ahora nada le preocupa contribuir a la inflación al contener artificialmente el precio de los combustibles. La sola idea o temor de que en cualquier momento se asestará otro gasolinazo está disparando el precio de productos básicos.

Pese al discurso oficial antipopulista, la administración pretende no irritar a su clientela electoral y ha dado lugar a un absurdo: el precio libre, pero controlado, de los combustibles. Se manipula el Impuesto Especial sobre Producción y Servicios al ritmo de la necesidad política.

La gran interrogante es cuánto tiempo aguantará sin dar el golpe al precio y, si ese lapso, cubre las pobres expectativas de su candidato que, por lo demás, causa ternura al asegurar que el precio de los combustibles lo fija el mercado internacional.

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La violencia y la delincuencia están al alza, pero como de ellas se ha hecho una costumbre, unos muertos de más o de menos no inquietan a la autoridad electoral ni gubernamental.

A ninguna de ellas escandaliza que aparezcan cuerpos sin vida aquí, allá o acullá. Bajo la justificación de la criminalidad incontenible, la falta de una policía profesional y la división del trabajo, no hay por qué instrumentar un programa que garantice el desarrollo pacífico de la campaña electoral o el derecho ciudadano a votar en libertad y seguridad.

Bajo esa óptica, si entre los asesinados del día, la semana o el mes ahora se anotan nombres de alcaldes, funcionarios, dirigentes o precandidatos -Reforma estima once tan sólo durante diciembre-, estos deben agregarse sin más a la lista de ciudadanos fallecidos porque, en una democracia, todos los muertos son iguales. Sin embargo, si un Estado no es capaz de garantizar la vida y la seguridad de quienes representan o pretenden representar a la sociedad, menos puede garantizarlas a la sociedad.

Frente al problema, la autoridad electoral se lava las manos. Lo suyo, dice Lorenzo Córdova, es organizar el proceso, no garantizar la seguridad y, por eso mismo, el Instituto Electoral no elabora mapas de riesgos, ni advierte focos rojos. Y, a su vez, a la autoridad gubernamental no le llama la atención el asesinato de políticos como una operación criminal, interesada en que la incertidumbre electoral no desvanezca la certeza de su actividad siniestra.

Dejar en la impunidad el asesinato de políticos o la violencia política como la ocurrida por tercera ocasión en la campaña de la precandidata de Morena al gobierno de la capital, Claudia Sheinbaum, es ponerle cartuchos al arma de la eliminación y quitarle el seguro a una elección. Pueden firmarse pactos de civilidad al mayoreo, son como los homicidios, letra muerta. El punto es actuar de manera contundente contra quienes atentan contra la vida y la democracia.

La impunidad, en sentido contrario al postulado de Meade, es estar con los victimarios, no con las víctimas del crimen.

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Encargar la fiscalización del gasto de los partidos a un ex colaborador del hoy precandidato del PRI y validar el otorgamiento de beneficios en especie o efectivo (tarjetas de promesas o programas sociales) durante la campaña electoral es cargar con pólvora los dados del juego electoral.

La decisión de aquellos consejeros de nombrar a Lizandro Núñez Picazo, ex funcionario del SAT y, por lo mismo, colaborador de José Antonio Meade, como jefe de la Unidad de Fiscalización del Instituto Electoral es, por decir lo menos, un error inconcebible. Le restan legitimidad a su actuación y abren el telón a la sospecha.

La decisión de los magistrados de echar abajo el reforzamiento de la prohibición de ofertar dinero o mercancías como parte de la propaganda electoral es, en cierto modo, legalizar la compra y la coacción del voto.

Si esos son los árbitros y los jueces del concurso, pues, desde ahora se puede dudar de su imparcialidad.

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Pueden la autoridad electoral y gubernamental asegurar que no hay focos rojos encendidos a partir de desconectar el tablero de la corriente de la realidad. Pueden sin querer o adrede configurar las condiciones de un fraude a realizar en caso necesario, pero no pueden ignorar que están jugando con la estabilidad de la nación.

· EL SOCAVÓN GERARDO RUIZ
 
Ojalá postulen al secretario de Comunicaciones y Transportes al Senado de la República, no hay mal que por fuero no venga.

 
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Reforma
Sobreaviso
René Delgado
Domingo 7 enero 2018.


René Delgado

La temporada invita a desear felicidad, paz y prosperidad. Empero, el gozne que vincula y articula esa tríada de anhelos con la posibilidad de alcanzarlos carece del perno de su realización. Sin esa bisagra aflora la amenaza de anular el futuro, haciendo del presente un tiempo continuo.

Si la felicidad deriva del estado en el cual las condiciones económicas y las relaciones sociales sostienen e impulsan el bienestar y el desarrollo nacional, hoy ese ánimo se identifica más con la tristeza. La moneda vuela, la inflación crece, la desigualdad aumenta y la atracción de inversiones se tambalea. En tal circunstancia, la prosperidad tiene el resuello de un sueño asfixiado.

Si la paz social es algo más que la ausencia de conflicto, y se distingue por la capacidad del Estado para garantizar los derechos y la dignidad de quienes caminan por la avenida donde confluyen el esfuerzo y la voluntad compartida de resolver civilizada y armoniosamente problemas y diferendos, tal estatuto no se advierte. En más de una ciudad o plaza no cuelgan adornos de temporada, sino cuerpos sin vida.

La violencia hoy es hábito con tinte de costumbre, donde las víctimas son símbolo del desencuentro nacional. La impunidad criminal y la pusilanimidad política marcan la rutina de muerte que ya no asombra ni sacude a quienes dicen representar a la ciudadanía y velar por ella. El número de muertos no empata con un Estado de derecho, sí con un Estado en guerra.

El puente entre la tristeza nacional, la intranquilidad social y la violencia criminal es la corrupción que hunde al país y le impide recolocar un horizonte distinto al de la descompostura y la degradación. La corrupción ante la cual zapatean de gusto los administradores cuando se enriquecen gracias a ella y ante la cual dan patadas de ahogado, cuando su eventual combate les presenta la cárcel como su próximo destino.

Sólo la mentira de quienes niegan el presente y prometen el futuro como el imperativo de permanecer en el poder a como dé lugar, explica el ansia por enviar buenos deseos sin alas. Fracasaron en la política y la economía, jugaron con ambas hasta anular un porvenir con bienestar y paz.

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A lo largo de este siglo, la pregunta de cuándo y cómo se quebró el país yace sin respuesta. La única certeza es que la espiral de impunidad y pusilanimidad donde éste y los dos anteriores gobiernos insertaron a la nación aún no concluye. Y decir gobiernos es un decir.

No hay respuesta por parte de ellos ni una reflexión autocrítica, pero hay datos y prácticas que explican lo ocurrido.

La alternancia sin alternativa; la reducción de la democracia sólo al ámbito electoral; la victoria electoral sin desembocadura en la conquista del gobierno; el sobajamiento del ciudadano a la condición de elector; el relevo de los Poderes de la Unión sin renovarlos; la confusión entre poder y tener; la incertidumbre electoral sin conclusión en la certeza política; el ejercicio del no poder con ribetes imperiales; el pragmatismo rayano en el oportunismo político; el vicio de reformar y reformar la Constitución, sin diseñar bien ni cumplir sus leyes; la falta de políticas públicas transexenales acordadas y comprometidas; la aventura de declarar y continuar una guerra perdida de antemano... explican en parte lo ocurrido.

El abandono de la economía interna a partir de la cómoda expulsión de personas, la exportación de mercancías o la explotación brutal de recursos naturales; la vocación por administrar problemas sin resolverlos; la facilidad de impulsar reformas a partir de acuerdos cupulares sin necesidad de hacer política abierta e inclusiva; la vergonzante práctica del dogma neoliberal en la era del fin de las ideologías; la sobra de ocurrencias en sustitución de la falta de ideas... también explican lo sucedido.

***

La desbocada frivolidad de Vicente Fox, el primer populista antipopulista; la gana de Felipe Calderón de legitimarse a punta de bayoneta y convertir el territorio nacional en una fosa; y la decisión de Enrique Peña Nieto de no hacer un corte de caja de lo que recibía, de pretender transformar al país sin tomarlo mucho en cuenta ni prescindir de la corrupción como el lubricante de los arreglos y de rendirse al momento de perder la iniciativa política y ser descubierto en su debilidad trazan un vínculo entre las tres gestiones.

Una liga que, si no revela un acuerdo, sí marca una coincidencia profunda entre esas tres figuras, cabezas de administraciones fallidas y gobiernos ausentes: ninguna se propuso hacer de la alternancia una alternativa; confundieron el cambio de régimen con su continuidad; optaron por restaurar en vez de construir.

Quizá, por eso, su manifiesto repudio a Ricardo Anaya y Andrés Manuel López Obrador.

***

Pese a presentarse como los fabricantes y garantes del futuro, a las tres administraciones el presente las condena.

Ahí se explica por qué Fox, Calderón y Nieto respaldan a un simpatizante ayer del panismo y hoy del priismo. Ese cuadro, disfrazado de ciudadano sin ambición de poder ni interés por la política, les garantiza no exponer su fracaso ni ponerle rejas a su tranquilidad.

José Antonio Meade no tiene propuesta porque lo suyo es garantizar el continuismo. Encarna la última línea de defensa de un proyecto frustrado. Pueden los defensores, promotores y simpatizantes del presente continuo formular votos por la felicidad, la paz y la prosperidad que ellos mismos cancelaron.

Otro cantar se oye en las voces de la sociedad dispuesta a reconocer el presente sin renunciar al futuro.

EL SOCAVÓN GERARDO RUIZ

Concluye el año, un puente se ha tendido sobre el socavón del Paso Exprés de Cuernavaca y un puente de silencio sobre los responsables del agujero. A ver si resisten.

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Reforma
Sobreaviso
René Delgado
Ciudad de México
Sábado 23 diciembre 2017.


La ambición electoral ha invertido los términos de la relación del Revolucionario Institucional con el gobierno. Ya no se puede hablar del partido del gobierno, ahora es menester hablar del gobierno del partido.

Si a lo largo del año la administración antepuso el interés electoral al nacional, ahora está resuelta a clausurar su gestión y poner el aparato administrativo -aun a costa de la estabilidad económica y social- al servicio del partido.

No anima el hambre de poder esa aventura, sino el temor al poder si lo gana y lo ejerce una fuerza distinta al tricolor. No es el coraje por conservarlo, es el miedo a perderlo.

El camino recorrido durante el sexenio -con duración apenas de un par de años- fue de la ilusión a la decepción.

Al primer bienio lo marcaron la generación de expectativas, así como la audacia y la osadía para -a partir de una política cupular- darle un marco jurídico a la idea de transformar a México. En ese primer momento no se percibieron dos cuestiones. Una, la pésima elaboración legislativa de las iniciativas que, a la postre, haría patinar a más de una reforma y, dos, la voraz práctica de la corrupción que puso a la administración contra la pared.

Durante el segundo bienio -periodo en el cual debió aparecer el gobierno- vulneraron a la administración el pasmo y el titubeo al descubrirse su pusilanimidad frente a los derechos humanos y la honestidad. Ahí, la administración perdió la iniciativa y el ritmo, trastabilló y transitó de la política proactiva a la reactiva, agravada por el error en el diseño de la comunicación.

Y, hasta ahora, al tercer bienio lo caracterizan ominosos signos políticos. El boicot, la mediatización o el desmantelamiento de las demandas ciudadanas con propuesta, relacionadas con la transparencia, la rendición de cuentas, la seguridad y el combate a la corrupción. La administración ya no quiere "transformar" a México, sino contenerlo y servir de agencia electoral al partido. Por ello, abdica algunas responsabilidades y renuncia a cumplir con deberes y tareas fundamentales en un Estado medianamente de derecho.

Hoy, el interés electoral predomina sobre el nacional aun a costa de las supuestas reformas estructurales y la estabilidad económica y social. El Salón Morelos de Los Pinos se ha convertido, en estos días, en el salón de usos múltiples del Partido Revolucionario Institucional.

El cierre del sexenio es delicado y, en un descuido, peligroso.

El manifiesto abandono de la construcción de una policía profesional en combinación con el desmantelamiento del aparato de procuración de justicia y la delegación de la seguridad pública en las Fuerzas Armadas -a partir de una legislación inadecuada para darle un marco jurídico a la tarea impuesta a soldados y marinos- habla del desinterés por garantizarle a la ciudadanía su derecho a la vida, la integridad y el patrimonio. Puede criticarse la propuesta lopezobradorista de perdonar al crimen, pero tolerarlo a partir de la negligencia, la pusilanimidad o, peor aún, la complicidad, no es una contrapropuesta.

El boicot presupuestal e instrumental del Sistema Nacional Anticorrupción revela el temor de hablar de la soga en la casa del ahorcado. La atención prestada a los grupos de la sociedad interesados en acabar o atemperar esa práctica fue la celada para llevarlos al terreno de la participación y, luego, timarlos en la legislación y la habilitación de ese sistema.

La decisión de impulsar a cuadros simpatizantes como los abanderados de un partido incapaz de construir un cuadro propio sin tacha, revela un fracaso insólito en lo que fue una gran oportunidad. Esa decisión trasluce eso y, a la vez, una enorme irresponsabilidad. Poner en juego el saneamiento de Petróleos Mexicanos, el Seguro Social, así como la reforma educativa y la hacienda pública hace manifiesto el propósito de aferrarse al poder no tanto para continuar una obra, como para escapar del miedo a perderlo y verse obligado a rendir cuentas de lo hecho y lo deshecho.

La paradoja de la decisión de cerrar así el sexenio es el fervor del priismo ante la liturgia que los arrodilla frente al ícono desportillado de un presidencialismo que sólo existe en su imaginación.

Justo cuando la inflación va para arriba como los homicidios, cuando la moneda vuela al ritmo de los desatinos internos y externos, cuando el precio libre de la gasolina es controlado y la desigualdad se profundiza dejando oír el crepitar del malestar social, el priismo venera a la figura presidencial cuando ésta va en declive en su aceptación, calificación y popularidad.

Es evidente que la administración del partido no va tras el voto popular sino del cupular, no va por los votos de a peso sino por los votos de peso y por los pesos para los votos, agitando la bandera del miedo a revisar el modelo económico, la situación social y la estrategia de seguridad. Si al poder arriba un partido distinto al de ellos, las cosas podrían cambiar y siempre es más seguro continuar por la misma senda, aunque no esté muy claro el destino.

Pueden la administración del partido y el partido de la administración intentar, una vez más, ganar a como dé lugar, fragmentar, comprar o presionar el voto, fracturar al régimen electoral y poner en riesgo la estabilidad nacional, pero no podrán explicar por qué echaron al cesto de la corrupción y la pusilanimidad la segunda oportunidad en su historia.

Allá quienes simpatizan con ellos y se enredan en su bandera, siendo que ésta puede terminar por asfixiarlos.

El socavón Gerardo Ruiz

Con tanto bache y socavón en la capital, el candidato natural a ganarse el gran agujero era el secretario más creativo del sexenio. A saber, por qué el PRI no lo postuló.

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Reforma
Sobreaviso
René delgado
Ciudad de México
Sábado 9 diciembre 2017.

René Delgado

Hacía tanto, pero tanto que el priismo no profesaba la liturgia del "tapado" y "el dedazo" que, por falta de práctica y pérdida de la memoria, está convirtiendo el rito de la ceremonia en un vodevil extraño... además de peligroso.

Los "tapados" andan "destapados" sin distraerse, dicen; al "destapador", su compadre quiere madrugarlo o torcerle "el dedazo"; y lo más curioso: el escenario no le garantiza un final feliz al espectáculo tricolor. El tapado-destapado no tiene escriturada la habitación principal de la residencia de Los Pinos, o sea, el despacho del Ejecutivo.

Pueden algunos priistas sentirse fascinados por estar al centro de la pista donde se presenta el numerito montado, pero su risa es nerviosa. La pista o cancha donde retozan los precandidatos está bien pareja, pero inclinada, muy inclinada.

A ver si no también resbala por la pendiente el beneficiario de la inclinación.

El presidente de la República podrá decir "andan bien despistados, todos, ¿eh?" y el canciller podrá retractarse al decir "no hay que confundir eso (la zalamera presentación de José Antonio Meade ante los diplomáticos extranjeros) con otra cosa", pero no "todos" andan despistados o confundidos. Sólo los propios priistas.

En estos días, no "todos" están para juegos o charadas políticas. No lo están porque morir por andar en bicicleta o por defender los derechos humanos o por el solo hecho de ser mujer no puede mirarse con indiferencia. No, porque resulta inaceptable que la crítica legítima, la interprete como acoso la administración. No, porque ante la corrupción se sigue apelando al olvido y la tradición. No, porque se está jugando con las instituciones y la estabilidad en función de un capricho y un interés electoral.

El país no está para bromas y, entonces, es muy difícil conjeturar que "todos" disfrutan el ritual, donde el priismo tropieza y se levanta para caer de nuevo, poniendo en peligro el proceso electoral y la economía.

Pueden los priistas jugar "tapados", allá ellos. No "todos" están en eso.

El PRI, esa máquina electoral con la mira siempre puesta en el futuro ante la imposibilidad de justificar el pasado y explicar el presente, cascabelea. Trae la típica combustión rápida y violenta de la mezcla aire-combustible que le impide avanzar a la velocidad y en la dirección deseadas.

Aun así, la fuerza tricolor quiere realizar su mejor imposible. Prolongar el ejercicio del no poder del mandatario. Achicar la ventaja de Andrés Manuel López Obrador, al tiempo de derruir al Frente Ciudadano por México que le rompe su estrategia. Evitar que el tardío destape y su secuela golpeen a la economía. Asegurar la totalidad del voto duro del priismo, parte del panista y, además, del indeciso, a partir del perfil de su abanderado. Practicar "el dedazo" sin desperdiciar la "democrática" precampaña. Gastar un dineral en el concurso sin que se note mucho, tras renunciar a las prerrogativas.

Nomás que el aire -la atmósfera política, social y económica- y el combustible -la preferencia electoral- no le dan la mezcla requerida para salir y llegar reposicionado a las urnas. El PRI cascabelea.

En la restauración de la liturgia tricolor, los tapados-destapados y el destapador han echado mano de cuanto han podido para exhibirse, disminuir a sus adversarios internos y externos, y posicionarse... bajo dos premisas falsas: importa el programa no el nombre y nadie se encarta ni descarta porque las cartas son del Presidente.

Niegan usar como arena de su pleito a instituciones y políticas públicas o realizar actos anticipados de campaña, pero el Poder Legislativo sufre los efectos; el aparato de procuración de justicia, ni se diga; el peso vuela al ritmo de los desatinos de éste o de aquel lado del Río Bravo; y, ahora, está en duda si el cuerpo diplomático extranjero forma o no parte, sin querer, de la cargada involuntaria.

Si la reunión del 17 de octubre, encabezada por el presidente Peña Nieto para hablar de la reconstrucción después de los sismos, fue foro del mandatario para hablar de tapados y damnificados, por qué no van a usar como ariete lo que sea.

Los tropiezos en la liturgia derivan de tres cálculos mal hechos por la dirigencia tricolor, la de a de veras.

Uno. Inclinaron la cancha demasiado y, sin embargo, no pueden prescindir de los precandidatos de relleno sin lastimarlos. La reforma de estatutos y reglamentos, así como la convocatoria para designar candidato, cargan los dados a favor de un simpatizante y, sin embargo, éste no crece en las encuestas. Tanto hicieron a favor y tanto exhibieron a José Antonio Meade que éste comenzó a recibir besos anticipados de los panistas amaestrados, del dirigente de los burócratas, ahora del canciller y falta por ver a Margarita Zavala. Besos de embeleso, pero con tufo a azufre.

Dos. El "destape" exige esforzarse por derruir al Frente Ciudadano por México cuanto antes y, si no, conocer a su abanderado para determinar si el destapado-tapado tricolor, en verdad, tiene el perfil adecuado. Nominarlo antes es un albur, pero el hueco en el Banco de México es un agujero grande.

El tercero. La precampaña enreda la liturgia. El priismo no sabe si alargar la existencia de varios precandidatos antes de desecharlos o si lanzar un precandidato único, pero el criterio de la autoridad electoral es que la precampaña exige dos o más participantes. ¿Aceptarán los de relleno?

La liturgia se ha vuelto un mazacote.

Puede seguir el priismo profesando su liturgia y jugar "tapados", pero no a costa del país.

El socavón Gerardo Ruiz

El tren a Querétaro es una pesadilla en chino; el tren rápido a Toluca, un retraso; y el Paso Exprés de Cuernavaca, un paso lento. ¡Qué creativo secretario!

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Reforma
Sobreaviso
René Delgado
Ciudad de México
Lunes 27 noviembre 2017.

René Delgado

El nombre del candidato oficial aún es desconocido, pero no su apellido.

La oportunidad es buena entonces para recordar su origen y cuna política porque, aun cuando, quizá, se pretenda, es imposible desvincular el nombre de pila del nombre de familia... y el apellido corresponde al de Partido Revolucionario Institucional.

Es bueno recordarlo ahora porque, cuando surja su nombre, más allá de sus virtudes y vicios, brotará también su ansia por imaginarse con la banda tricolor terciada al pecho y, ante la sola posibilidad, entenderá como un asunto personal la crítica a su apellido: el sello de casa que lo impulsa y frena.

No siempre se puede aislar o separar la biografía de la historia, el primer nombre del último ni el futuro anhelado del pasado ineludible.

***

Al candidato oficial le pesará explicar cómo su familia desperdició la oportunidad de reivindicarse ante la sociedad y la historia, habiendo regresado a la casa de donde fue echado casi dieciocho años atrás. No la aprovechó para rectificar la conducta que lo expulsó de ella y sí, en cambio, ratificó los términos de su deshonra: la pusilanimidad, la complicidad y la impunidad, haciendo de la corrupción práctica voraz.

Del pacto para alcanzar un acuerdo nacional pasó al impacto del desacuerdo nacional, poniendo en juego la estabilidad.

***

Uno. El Revolucionario Institucional sobrevivió fuera de Palacio doce años y, a excepción de algunos de los cuadros que lo condujeron en esa larga y sinuosa travesía, el partido como tal eludió plantearse su reinserción en el ejercicio del poder al punto de caer en la práctica del no poder.

Supo, si se quiere, diseñar la estrategia para recolocarse en la escena, ganar la elección presidencial pero no conquistar el gobierno. La falta de reflexión le impidió convencer de la razón de su retorno; la sobra de recursos, acariciar de nuevo el sueño.

No hizo el balance del motivo por el cual salió de Palacio, como tampoco el corte de caja del estado en que recibió la administración al regresar a ella. No pintó su raya ante el calderonismo y, entonces, su responsabilidad adquirió tinte de complicidad.

***

Dos. Reinstalado en Palacio, a ritmo de bienio, la administración del PRI pasó de la osadía al titubeo y la parálisis. De ahí, al miedo y la desesperación. No supo transformar la victoria electoral en la conquista del gobierno.

Tras el relativo logro legislativo de darle marco jurídico a la reestructura pretendida -en más de un caso, leyes mal hechas que hoy tienen en vilo a más de una estructura, institución y proceso-, el Revolucionario Institucional cometió errores que terminaron por arrastrar la posibilidad de su gobierno y entró en pánico escénico.

Vinieron entonces la indecisión y la parálisis, más tarde el desentendimiento, recubierto de un sentimiento de incomprensión. Conclusión: borró y pervirtió el principal postulado de su regreso: los priistas sanguíneos y consanguíneos no supieron gobernar.

***

Tres. Al cometer aquellos errores, la administración envió un mensaje indigerible: importa más una casa en Las Lomas que una residencia en Los Pinos.

De mil y un formas, se intentó explicar la injustificable conducta y, quizá, tal impostura dio rienda suelta a muchos de los hoy ex gobernadores y ex funcionarios sujetos a investigación, proceso o extradición judicial. Cuadros que, al ser descubierta su rapaz voracidad -en muchos casos, desde el exterior-, el PRI comenzó a expulsar y, luego, al crecer su número, optó por ignorar siendo que, en su credo, encarnaban la nueva generación de priistas.

Al incorporar la persecución judicial y la cárcel como parte del arsenal y de la escena política, hoy a más de un priista le provoca escalofrío el ruido de una reja al cerrarse.

***

Cuatro. En el campo de los derechos humanos, el PRI hizo de las fosas clandestinas o el encubrimiento de los crímenes de Estado el entierro de su credibilidad.

Al regresar a Palacio, el priismo prometió una estrategia no distinta, sencillamente una estrategia frente al combate al crimen. Sin embargo, continuó la aventura de Felipe Calderón, añadiendo un ingrediente: la mentira. Tlatlaya primero, Iguala después y más tarde una serie de matanzas donde los caídos cambiaban de posición después de muertos. No sólo borró la promesa, generó una más cruel realidad.

El número de homicidios dolosos y la diversificación de la industria criminal ya no es récord de la administración de Calderón, sino de la actual. Si, como antes, los muertos votaran, el PRI perdió un caudal de votos.

***

Cinco. Ausente el gobierno, la política interior se convirtió en una agencia de negociaciones para postergar la solución de los conflictos y, entonces, de la política exterior ni la sombra quedó. De la escuela de Tlatelolco se hizo un taller de aprendizaje experimental con un gran desfile de alumnos.

El país flota porque ya no pesa.

***

El nombre del candidato oficial aún no se conoce, sí su apellido.

Podrá el candidato intentar desvincularse del Revolucionario Institucional. Decir que, a diferencia de su familia, él no hará de la casa de gobierno una tienda de campaña; que modificará conductas en vez de reformar leyes; que ya no consagrará derechos en la Constitución para anularlos o dificultarlos en el reglamento; que ya no hará de las arcas públicas caja personal de ahorros y de las licitaciones, pagarés a sí mismo o a un hombre de paja...

Podrá intentarlo, pero hay un hecho ineludible: si bien el nombre cuenta, pesa el apellido. A saber, si el candidato oficial podrá resolver su postulación en gloria inesperada o sacrificio absurdo.

 EL SOCAVÓN GERARDO RUIZ

Sobra, hoy, explicar por qué se tiene más presente al socavón de Gerardo Ruiz Esparza que al Paso Exprés de Cuernavaca.

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Reforma
Sobreaviso
René Delgado
Sábado 11/11/2017.


René Delgado

Si la oposición hizo del conflicto postelectoral el colofón de los comicios, ahora el PRI integra el conflicto preelectoral como su prefacio.

En ese esquema, sin duda, el desarrollo, el clímax y la conclusión de las elecciones será un problema... Por lo pronto, más de una institución política y más de un asunto del interés público resienten el efecto del jaloneo que, a la vez, impulsa la volatilidad de la moneda, animada por la incertidumbre en torno al Tratado de Libre Comercio.

La tensa atmósfera provocada por el partido oficial y sus operadores en la administración, el Parlamento y el Tribunal Electoral se explica en una hipótesis: si finalmente prospera el Frente Ciudadano por México, la estrategia ensayada por el tricolor en los comicios del Estado de México y Coahuila se viene abajo y complica las posibilidades del priismo.

Vulnerar alianzas; acrecentar el número de candidatos; inflar artificialmente a algunos de los competidores; comprar, coaccionar y fragmentar el voto; y, así, ganar la más grande minoría de sufragios le funcionó al priismo sobre todo en el Estado de México y, probada la estrategia, no quiere modificarla, sobre todo, estando en el tercer lugar de las preferencias electorales.

De ahí, el giro en la ofensiva original del priismo. Aflojó la equiparación de Andrés Manuel López Obrador con el torpe mandatario venezolano Nicolás Maduro y abandonó parcialmente la condena del supuesto populismo que, llegado el caso, se instalaría en México. El nuevo objetivo fue y es vulnerar el liderazgo del panista Ricardo Anaya y la perredista Alejandra Barrales en el ánimo de restarle posibilidades al Frente que, por lo demás, aún no tiene su prueba de fuego: determinar el mecanismo de selección de su candidato y, desde luego, postularlo con el apoyo de sus respectivas bases y el entusiasmo ciudadano.

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El problema del giro dado por la dirigencia tricolor, en el ánimo de retomar más adelante la estrategia original, es delicado: el conflicto que está generando golpea duramente al Poder Legislativo, profundiza la crisis prevaleciente en el campo de la procuración de justicia y agrega variables ajenas a su control.

El golpeteo directo sobre la figura del dirigente panista, Ricardo Anaya, no tuvo el resultado esperado y la intención de fracturar al partido albiazul en el Senado no provocó el desgrane a la velocidad y cantidad previstas y sí, en cambio, desestabilizó al Congreso de la Unión. A casi dos meses del arranque del periodo ordinario, el Poder Legislativo no consigue fijar una agenda compartida de trabajo, desatiende tareas importantes y cae y recae en crisis que paralizan o afectan su actividad, arrastrando con ello asuntos del interés público.

El colmo del absurdo es que la ofensiva desatada por el priismo contra los dirigentes partidistas, integrantes del Frente, ha contribuido a consolidar la posibilidad de éste.

La desesperación del tricolor por reposicionarse antes del arranque de la campaña electoral lo está llevando a cometer locuras que, en un resbalón, podrían complicar la situación del país, la del propio partido oficial y, desde luego, de quien finalmente sea su abanderado.

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Fallida la intención de vulnerar el liderazgo del panismo, de fracturar de un golpe a ese partido y, por lo mismo, al Frente, así como fracasada la estrategia de exhibir la mezquindad de las oposiciones por no renunciar a las prerrogativas partidistas y eliminar la totalidad de los legisladores plurinominales en apoyo a los damnificados por los sismos, el priismo patina frente a otro problema.

Indigerible la idea de demostrar que la corrupción es un fenómeno cultural que abarca a todos por igual, postergada una y otra vez la posibilidad de instrumentar las reformas elaboradas para combatirla e incorporada la cárcel como parte del escenario político, el priismo no ata ni desata qué hacer frente al problema. Sólo profundiza la crisis en el ámbito de la procuración de justicia y exhibe su incapacidad para encararla.

Lejos de presentar las imputaciones contra quienes están involucrados en los presuntos sobornos de Odebrecht, tal cual lo anunció Raúl Cervantes hace ya casi dos semanas, al momento de renunciar a la Procuraduría, la administración cesó al fiscal electoral, Santiago Nieto, quien investigaba el derrame de los supuestos sobornos a la campaña del hoy presidente Enrique Peña Nieto. En algún momento, Nieto deberá rendir cuentas de su actuación frente a las causas de su remoción y sus contradicciones.

Lo cierto es que, en medio del conflicto preelectoral, la República no tiene procurador ni fiscal general, no tiene fiscal anticorrupción y, ahora, tampoco electoral y, como agregado, está en duda si el encargado del despacho de la Procuraduría satisface los requisitos para ocupar esa oficina.

La procuración de justicia de momento está suspendida. De ese tamaño es la crisis.

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Se entiende que si el PRI arranca la campaña en el tercer lugar de las preferencias electorales y la posibilidad de fragmentar el voto la disuelve el Frente Ciudadano por México, el tricolor está en un apuro. Sin embargo, inaugurar la era del conflicto preelectoral y poner en juego instituciones y asuntos nacionales por intereses electorales, abre la posibilidad de que el país se encuentre frente a escenarios verdaderamente complicados, en buena medida, generados por el temor a perder Los Pinos y lo que de ahí derive.

 EL SOCAVÓN GERARDO RUIZ

El secretario ya logró abrir un sentido del Paso Exprés de Cuernavaca, pero no ha respondido a las observaciones de la Secretaría de la Función Pública que, según dicen, forma parte de la misma administración a la cual pertenece la Secretaría de Comunicaciones y Transportes.

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Reforma
René Delgado
Ciudad de México
Domingo 29 octubre 2017.


René Delgado

No es inusual. En temporada electoral y sin importar en qué latitud del orbe, partidos y gobiernos hacen de cada asunto o problema, materia combustible de la paranoia por conservar, recuperar o alcanzar el poder. Echan mano de cuanto pueden.

El límite en el uso de esas cuestiones como ariete contra el adversario lo fijan la cultura y el desarrollo político, así como la ética de la responsabilidad de los actores principales. A veces, cuando hay conciencia cabal de los protagonistas y cuidado de los asuntos de Estado, también establece el límite la circunstancia prevaleciente en el país donde se realizan los comicios. No se recurre a cuestiones o instrumentos que pueden generar daños al país o descarrilarlo.

En México, el partido oficial está rebasando el linde y la administración está ignorando el calendario y la circunstancia, así como el malestar social.

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Aun antes del inicio del proceso electoral y muchísimo antes del arranque en sí de la campaña, la administración y su partido no escatimaron esfuerzo en el intento de debilitar a la dirigencia de Acción Nacional y, luego, en fracturar la bancada parlamentaria de ese partido (la del perredismo ya estaba rota) hasta provocar una fisura en el panismo. La respuesta fue del calibre de la ofensiva, el grupo hegemónico albiazul -con respaldo y apoyo del Frente que pretende integrar- no dudó en llevar a una crisis al Poder Legislativo. El parlamento derivó en el guion de un pleito; el Congreso, en la arena donde el tricolor quiere protagonizar la pelea estelar.

Ese capítulo de la lucha por recolocarse del mejor modo posible ante la contienda electoral lo desvaneció el sismo y la tragedia en el Istmo de Tehuantepec y más tarde el temblor que golpeó y lastimó el centro de la República. Como quiera, ese episodio fue -al menos hasta ahora- la más obvia y grosera expresión de cuanto el partido oficial está dispuesto a hacer con tal de mejorar su posibilidad en las elecciones del año entrante.

Y mejorar, en la subcultura del tricolor, supone a veces no resolver o superar los problemas propios, sino generar enredos al contrincante. Obtener ventajas a partir de las zancadillas.

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Ardides semejantes al anterior hay y ha habido otros, no tan espectaculares, pero sí peligrosos.

Entre ellos, combinar estrategias partidistas con posturas diplomáticas, como emparentar a Andrés Manuel López Obrador con Nicolás Maduro al tiempo de embarcar la política exterior en una aventura; pervertir reclamos ciudadanos al son de la demagogia electoral y el dolor, como prometer renunciar a las prerrogativas partidistas y eliminar la totalidad de los legisladores plurinominales; desatender el problema de la inseguridad y la violencia, porque no hay condiciones políticas adecuadas; priorizar los asuntos de interés partidista, como lo es interesarse por el Fiscal General sin estructurar la Fiscalía; e, incluso, jugar con el calendario natural, político y electoral como si los estrategas tricolores fueran capaces de controlar la salida y la puesta del sol.

El principito -desde luego, el de Antoine de Saint Exúpery- podría declararse simpatizante del PRI.

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Hasta hoy, los daños a las políticas e instituciones nacionales provocados por el partido oficial y sus operadores son reparables.

Sin embargo, de ir más allá e insistir en obtener Los Pinos por el Estado -tal cual se intituló un anterior Sobreaviso- con tal de prevalecer, podría llevar la renovación de los poderes Ejecutivo y Legislativo a una descomposición mayor a la predominante.

Convertir la contienda electoral en una ruleta rusa puede resultarle tentador al tricolor. Sin embargo, es muy difícil restaurar un régimen cuando sus propios creadores remataron el engranaje, las palancas y el mecanismo que, por momentos, le hicieron vivir la gloria de mandar sin obedecer.

Las vueltas que da la política. De Andrés Manuel López Obrador es la expresión "al diablo con sus instituciones"; del partido oficial, su puesta en práctica. Menuda paradoja.

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El inventario de recursos empleados por la administración y su partido en el propósito de golpear y disminuir a sus adversarios integra ya un largo listado y, en combinación con el calendario y la circunstancia por la cual atraviesa el país, errar en su uso podría arrastrar no sólo las posibilidades del propio partido en el poder, sino también al país.

Jugar con la idea de que la estabilidad financiera y monetaria puede resistir la salida del gobernador del Banco de México y el relevo del secretario de Hacienda, cuando la política comercial se tambalea con motivo de la difícil renegociación del Tratado de Libre Comercio de América del Norte, es peligroso. Jugar con que los secretarios de Estado no se distraen un ápice de su tarea mientras se empeñan en placear su ambición sucesoria es un engaño. Cesar a los funcionarios que, al cumplir con su deber, chocan con el partido oficial es peligroso. Alinear la administración al rejuego del partido es peligroso.

La pregunta es: ¿cuál es el límite?

 EL SOCAVÓN GERARDO RUIZ ESPARZA

Si, conforme al dicho presidencial, socavones hay en todas partes del mundo y no suponen corrupción, es menester pedirle perdón al gran secretario de Comunicaciones y Transportes, incorporar su inmaculada figura en el Monumento al Caminero y achacar las irregularidades detectadas en la construcción del Paso Exprés de Cuernavaca a la creativa imaginación de la Función Pública. ¡Viva, entonces, el santuario* Gerardo Ruiz Esparza!

* Santuario -según la Real Academia Española- es, en su primera acepción: Templo en que se venera la imagen o reliquia de un santo de especial devoción. En su tercera: Tesoro de dinero o de objetos preciosos que se guarda en un lugar.

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Reforma
Sobreaviso
René Delgado
Ciudad de México
Sábado 21 octubre 2017.


René Delgado


De la urna fúnebre a la urna electoral. Del minuto de silencio a la hora del escándalo. De la solemnidad a la frivolidad. Del pésame por lo ocurrido al pésame por lo que viene. De la tregua impuesta a la lucha abierta. Del montaje de tiendas de campaña a la instalación de cuartos de guerra. Del rostro compungido al descaro manifiesto. De remover escombros a aprovechar la pepena. De la demolición del hogar inhabitable al apuntalamiento del régimen insostenible. De las despensas a las despensas. De los nervios del temblor al temblor de los nervios. De los muertos a los muy vivos. Del duelo al duelo. De la ruina nacional al palacio de gobierno.

Ni un día más de luto frente a la feria y el concurso por la residencia de Los Pinos, el inmueble fracturado desde el sismo del 85 y cuyos habituales inquilinos resisten dejar. Personajes que confunden lo de más con lo demás, las ideas con las puntadas, las cúpulas con los cimientos, las devoluciones con las donaciones, el desastre de fondo con los fondos del desastre, las posiciones con las posturas, los intereses con los principios y la elección con la eliminación. Si confunden eso, obviamente no distinguen entre una losa y una lápida.

La clase política regresa, feliz, a la anormalidad. ¿Sin horizonte, por qué va a tener límite?

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El poder de la naturaleza sacudió a la naturaleza del poder, pero -medio capoteada la tragedia- el PRI ya está de vuelta en lo suyo, retener el poder a como dé lugar y sin tener claro para qué.

Frente al apuro de encontrarse en el sótano electoral y ante las posibilidades de Andrés Manuel López Obrador, esta vez el priismo quiere al PAN no sólo de aliado político sino también de comparsa electoral y, si no, a quebrarlo desde fuera, a fracturarlo desde dentro o sencillamente a hundirlo.

Qué caso impulsar un precandidato unitalla que les viene bien al priismo y al panismo, si este último anda con una tentación distinta a la estratagema.

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Desde el fraude electoral de 1988, el priismo y el panismo encontraron un modo de vida concubino, a partir de un proyecto económico común y un proyecto político bipartidista. Juntos, pero no casados, del centro a la derecha y de la derecha al centro, firmes en taponar la posibilidad de la izquierda. Un modelo singular en el que, eventualmente, el panismo podía entablar alianzas electorales con la izquierda para luego, a la hora de decidir y no de elegir, reestablecer el vínculo político con el priismo. Entre ambos partidos dieron lugar a la alternancia sin alternativa, al turno en el ejercicio del no poder, al uso del gasto y los recursos públicos como botín.

En ese modelo de vida compartida, el priismo y el panismo podían exhibir sus diferencias sin subrayarlas, usar en condominio y en beneficio propio la fuerza del corporativismo sindical petrolero o educativo, aplicar con nombre distinto los mismos programas de asistencialismo o de seguridad, repartirse proporcionalmente viejas y nuevas posiciones y, claro, asociarse hasta la complicidad en la corrupción o la violación de los derechos humanos. Pusilanimidad e impunidad, binomio de su credo. A fin de cuentas, los hermanaban la economía neoliberal y la democracia tutelada.

De ahí la extrañeza del priismo frente al grupo que dirige hoy al panismo.

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¿Qué pasó durante y después de la elección en el Estado de México y Coahuila? Faltan elementos para entender lo sucedido, pero algo se rompió entre el priismo y el panismo.

Algo que, ahora, estando el priismo contra la pared electoral, quiere llevar al paredón a Ricardo Anaya y, si se puede, al perredismo. Si tan bien le funcionó al tricolor pulverizar el voto en el Estado de México, de dónde rayos la peregrina idea de integrar un frente opositor que reconcentra el voto y le provoca escalofrío al tricolor.

Ahí se explica la embestida del PRI contra la dirigencia albiazul que, lamentablemente, interrumpió el sismo, pero ahí está de nuevo, duro y a la cabeza. Intentando fracturar o, al menos, debilitar al PAN desde dentro y desde fuera, impulsando a una pandilla de rebeldes, encabezados por un cordero. Rebeldes sin causa, pero con intereses.

El priismo echa de menos al calderonismo rabiosamente dócil y dispuesto que, lamentablemente, cuando ganó el gobierno perdió al partido y cuando perdió el gobierno no pudo ya recuperar al partido. Pese a ello, el priismo no ceja: le da forraje a los corderos y cultiva margaritas.

Ayuno de ideas y sobrado de ocurrencias, en el despecho y la desesperación, el priismo se tropieza una y otra vez al embestir a la dirigencia panista, diestra en el arte de la evasión y el escapismo. El priismo se debilita aún más, creyendo cobrar fuerza. Queriendo atraer al voto albiazul, descuida su propio voto duro.

Un cerillo le quemó la estrategia y, lo peor, al intentar sofocarlo, el priismo se quema los dedos, si no es que el dedazo.

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En la vuelta a la habitual anormalidad y en el esfuerzo por disolver al frente que lo angustia, el priismo se tropieza y pierde la brújula.

Deja de lado y al garete pendientes políticos y legislativos importantes arrastrados desde antes del sismo e ignora el enredo en que se está metiendo en materia de política comercial, monetaria, financiera y diplomática.

La gran interrogante es si el electorado, después de luchar contra el poder de la naturaleza, la emprenderá contra la naturaleza del poder. Si votará por el entierro del régimen insepulto o, condescendiente, lo dejará descomponerse a la intemperie.

EL SOCAVÓN GERARDO RUIZ
 
En sintonía con el PRI, el Paso Exprés de Cuernavaca perdió su ritmo hace 94 días. El secretario Gerardo Ruiz, como su partido, está desesperado por retomar el paso, aunque sea lento y por la lateral.

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Reforma
Sobreaviso
René Delgado
Ciudad de México
Sábado 14 octubre 2017.

René Delgado

Ante tanta ocurrencia y dislate político, más vale evitar el mareo.

Síntomas para sacar de su cajita el dramamine son la sensación de aturdimiento ligero y vértigo, pero los motivos pueden ser muchos y variados. Algunos de ellos pueden ser los siguientes.

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Uno. La decisión del partido tricolor de facilitar la postulación de un simpatizante puede ser un espejismo. La apertura de los candados estatutarios en tal sentido, quizá, lleva un mensaje distinto al manifiesto: generarle al simpatizante una ilusión y aclararle al hidalgo militante-suspirante que satisface los requisitos una cuestión: no está en la lista aunque aparezca en ella. ¡Chong! Dicho de otro modo, el retiro de los candados podría servir no para ampliar el abanico de posibilidades, sino para cerrarlo.

No se vaya con la finta, prevenga el mareo.

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Dos. Cuando el aparente agraciado por la apertura de los candados mencionados recibe de golpe la luz de los reflectores y la cargada de quienes jamás lo consideraron, quién quita y le esté dando la mordida a una manzana envenenada. Al ser sobreexpuesto, la proyección de su sombra cobija, oculta y protege a quien, probablemente, sea el auténtico beneficiario de la jugada. Educación y salud se necesitan para estar en forma política y entender tan sofisticada forma de resucitar el dedazo. ¡No meadigas!

En este caso, ingiera pastillas a discreción y, de ser posible, tómese de un barandal.

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Tres. Cuando el coordinador de los senadores del PRI, Emilio Gamboa, entre chiste y broma, recorta la lista de precandidatos tricolor recién ampliada y, luego, pide a su rebaño elegir de a mentis su gallo, no abre ni democratiza la decisión del partidazo, crea las condiciones para que el jefe-jefe del partido decida a gusto, argumentando responder al sentir de la militancia.

En este caso, el mareo puede provocar una sensación más intensa de vértigo.

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Cuatro. Cuando los priistas eligen a un cordero panista para presidir al Senado y fracturan a Acción Nacional, no puede descartarse una posibilidad.

Al calor de un calderón, aumentativo de caldero -técnicamente: caldera pequeña con asa sujeta a dos argollas en la boca-, los panistas filopriistas muy probablemente se inclinen por la candidatura presidencial, si se le hace, del simpatizante priista con posibilidades.

Esos panistas ya no deshojan la margarita porque Zavala ya dejó las filas albiazules, pero saben de qué tallo político asirse. Son los lobos los que se disfrazan de cordero, no los corderos los que se disfrazan de lobo.

En este caso, ante el vértigo, lo recomendable es consultar al médico político de cabecera.

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Cinco. Si, durante meses, le piden apoyar la campaña electoral de un cavernícola skinhead con copete y corbata en beneficio del país y, ya instalado aquel en la Casa Blanca -la de Washington, desde luego-, le solicitan abanderar la postura de Estados Unidos y no la del ex presidente español José Luis Rodríguez Zapatero ante Venezuela a fin de halagar al hombre del zacate en la cabeza, así como respaldar la expulsión del embajador de Corea del Norte con el objeto de congraciarse con el vecino loco de al lado y no con el loco remoto y, constantemente, le ruegan aguantar en silencio los insultos y las groserías del hombre naranja con tal de no hacer más grande el problema, ¡cuidado!

Esos gestos, esa entrega, doblez e incondicionalidad ante las locuras del vecino no aseguran la prevalencia del Tratado de Libre Comercio de América del Norte y sí, en cambio, hipotecan la política exterior mexicana.

Aun cuando no sienta mareo, pero sí una sensación de maltrato, tómese la caja completa.

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Seis. Si el dirigente del PRI, Enrique Ochoa, le promete que la democracia le va a costar cero centavos, porque va a cancelar las prerrogativas partidistas y reducir a cero a los legisladores plurinominales, pero no ha dialogado, concertado y acordado la presunta decisión con los otros partidos involucrados, más vale sentarse y dejar pasar la sensación de mareo.

Cuando un político radicaliza una postura llevándola al extremo, no pretende cumplir una fantástica promesa, sino desgastar a sus adversarios, exhibiéndolos como tacaños y crear la ilusión a los ciudadanos damnificados que el tricolor ya es otro después del temblor, aunque siga siendo el mismo.

En este caso, antes de tomar pastillas, exíjale al dirigente tricolor que entable negociaciones en serio para bajarle el costo a la democracia, en vez de hacer una subasta de ocurrencias.

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Siete. Cuando los magistrados electorales descalifican una y otra vez las decisiones de los consejeros y, en la contradicción de criterios, el ganón es el partido tricolor o sus candidatos, no se confunda.

Antes de que le zumben los oídos y pierda el equilibrio, cobre conciencia de que los magistrados no forman parte de un tribunal imparcial, sino de un sector tricolor clandestino.

Hay desde luego otros motivos para sentir mareo, una forma de detectar el malestar provocado por ocurrencias y dislates políticos puede ser también la sensación de náuseas y vómitos, zumbido de oídos, pérdida del equilibrio, problemas de visión acompañados de la percepción de que las cosas saltan o se mueven y, desde luego, dificultad para ponerse de pie y avanzar. Consulte a su médico político.

 EL SOCAVÓN GERARDO RUIZ

Han pasado 87 días de la apertura del socavón en el Paso Exprés de Cuernavaca. Si está por bautizar el agujero con el nombre de Gerardo Ruiz Esparza, dirija su solicitud a Avenida Insurgentes Sur 1089, Col. Nochebuena, Delegación Benito Juárez, 3720, Ciudad de México. Nuevo domicilio de la Secretaría de Comunicaciones y Transportes, donde el secretario sigue como si nada.

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Reforma
Sobreaviso
René Delgado
Ciudad de México
Sábado 7 /octubre/ 2017.

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El mundo es comprendido por el paradigma, es la forma por la cual es entendido el mundo, el hombre y por supuesto las realidades cercanas al conocimiento.

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