René Delgado

Afuerza de golpes, muchos de ellos con sello de muerte y dolor, la realidad va derrotando la voluntad presidencial.


Puede el mandatario alardear diciendo que "la política es como caminar siempre en la cuerda floja, hay que correr riesgos y hay que tomar decisiones". Sin embargo, al hacer suyo ese axioma, incurre al menos en tres errores: no siempre se tiene que caminar en la cuerda floja, no es lo mismo correr riesgos que peligros y el punto fino no es tomar decisiones, sino asegurar -hasta donde sea posible- que sean las correctas.

De no abandonar esa idea de la política y rectificar el concepto y la práctica de ella, la duración del sexenio puede ser mucho más corta y obligar al Ejecutivo no a gobernar, sino a administrar un desastre. El propósito presidencial de hacer dos sexenios en uno, sobre la base de trabajar el doble, no quedaría exento de culminar en un absurdo: no concluir ni uno, aun mostrando ojeras por el desvelo.

 · · ·

 A punto de cumplir dos años de haber sido electo y en menos de quince días, el Ejecutivo ha recibido, en el campo social, económico, criminal, diplomático y político, avisos del peso de la realidad sobre el deseo.

Avisos de cómo el poder de la naturaleza -la epidemia, el temblor y faltan los huracanes- puede desfigurar la naturaleza del poder y descarrilar por completo un proyecto si no se reajusta el margen de maniobra, se redefinen las metas y se construyen alianzas económicas y políticas, ante la consecuencia de esos fenómenos.

Avisos de cómo mover el engranaje de la estructura económica sin asegurar su funcionamiento y a costa de vulnerar la confianza -contracción del 10.5 por ciento según el FMI, presiones de inversores y amagos del embajador estadounidense recomendando no apostarle a México- puede hundir aún más la economía, prolongar la recesión y colocar al país en una situación social peor a la que se quería remontar.

Avisos de cómo el crimen organizado y desorganizado, al secuestrar a un general de brigada, asesinar a un juez y su esposa, colocar un carro bomba en una refinería, poner de cabeza a esta o aquella ciudad y atentar contra el secretario de Seguridad de la sede de los Poderes, puede descarrilar al Estado, agregando un factor de terror e inestabilidad a la circunstancia.

Avisos de cómo, en pos de ser reelegido, a Donald Trump poco le importa hacer uso del mandatario vecino, someterlo a capricho y jugar con él como si fuera un llavero, lo que puede terminar por acabar con la autoridad e investidura del invitado. Sólo la ingenuidad ampara la idea de ir a Estados Unidos a celebrar la entrada en vigor del nuevo tratado comercial y agradecer las facilidades para conseguir ventiladores, sin verse involucrado en una contienda electoral ajena.

Avisos de cómo dejar crecer al ala radical del movimiento que facilitó el acceso al poder puede vulnerar el ejercicio de éste, desatar el fuego amigo y provocar divisiones donde deberían cerrar filas. ¿Por qué John Ackerman, diciéndose devoto y fiel seguidor del Ejecutivo y guardián contumaz de la pretendida transformación, socava al uno y la otra?

Todos esos avisos llegaron en menos de quince días, en la antevíspera del segundo aniversario de la elección de Andrés Manuel López Obrador, dejando sentir que la esperanza se convierte en desasosiego, el anhelo en pesadilla, la voluntad en simple ilusión... en negro presagio del curso del sexenio.

 · · ·

Practicar el funambulismo sobre una cuerda floja con los ojos vendados y sin cubrebocas semeja una osadía, pero en la circunstancia exhibe a un político desesperado, no a un estadista en ciernes.

No supone tomar riesgos, sino exponerse al peligro. En otro Sobreaviso ya se había escrito: el riesgo implica la posibilidad de ganar o perder; el peligro no, sólo perder. Quien corre peligros creyendo tomar riesgos deja ver una confusión, así como la tentación de dejar al azar el desenlace, no la solución de los problemas.

Sostener las decisiones tomadas antes de recibir esa serie de inquietantes avisos borra al candidato que hace dos años, sobre la base del pragmatismo, la flexibilidad y el arte de remontar adversidades ajustando con rapidez la compostura, accedió al poder y revela a un político necio, no tesonero, incapaz de ajustar objetivos y políticas, dispuesto a jugarse el todo por la nada y, sin querer, a renunciar al afán de hacer de la alternancia una alternativa.

Elaborar fórmulas expresivas próximas a la ocurrencia, distantes de las ideas y chocantes con la realidad está entrampando el discurso y la práctica política presidencial, conduciéndolo no a la salida sino al fondo del callejón donde se interna de más en más. Recorrer carreteras pensando que, así, estrecha su cercanía con la gente cuando, incluso por razones sanitarias, está impedido a tomar contacto con ella, lo alejan de su base. Pernoctar, refugiarse y ofrecer conferencias en los cuarteles, a donde quería devolver a la Fuerza Armada, afirma su relación con el pueblo uniformado, no con el pueblo desuniformado en más de un sentido.

En estos días terribles, en la gestión presidencial pesan más los tropiezos propios que las zancadillas impuestas.

 · · ·

El próximo miércoles, Andrés Manuel López Obrador cumple dos años de haber ganado la elección y sin haber conquistado aún el gobierno. Cierto, el poder de la naturaleza afectó la naturaleza del poder, pero el ejercicio de éste ha sido atropellado y la circunstancia lo ha complicado.

El sexenio antepasado nació muerto, el anterior duró sólo dos años y, ahora, el Ejecutivo está impelido a revisar con urgencia cómo ejercer el poder, no el no poder, durante el periodo correspondiente al mandato... sin caminar a ciegas como un funámbulo en la cuerda floja.

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Reforma
René Delgado
Ciudad de México
Sábado 27 de junio de 2020.


René Delgado

Pese al ansia, no vamos de vuelta a la normalidad. Mucho menos, a "la nueva normalidad". No, vamos de regreso a la anormalidad política de siempre, pero radicalizada durante los últimos meses.

Anormalidad en la cual, conforme pasan los días y se complica de más en más la circunstancia, se profundiza la división y la confrontación, dejando ver aristas cada vez más filosas. Justo cuando el momento reclama unidad en el esfuerzo conjunto para atemperar el impacto de la recesión, la desunión cobra visos de un conflicto superior. Un choque donde las partes, argumentando actuar por el bien de México, contribuyen a agravar la situación.

Menuda responsabilidad en el asunto la del presidente Andrés Manuel López Obrador, presto a buscar adversarios en vez de aliados y a encararlos con o sin motivo. Empero, parte de esa responsabilidad también recae sobre otros actores que, diciendo discrepar del mandatario, terminan por coincidir con él, al enrarecer de igual modo la atmósfera. Con tal de figurar, sacar ventajas o posicionarse ante lo que pueda venir, poco les importa atizar el fuego o exagerar hasta la paranoia la situación.

Ni caso insistir en el diálogo o la mediación en aras de un acuerdo. El Ejecutivo ha endurecido el oído y los contrarios, la pierna. Lejos de tender, destruyen puentes de entendimiento, al tiempo de agregar nuevos y peligrosos ingredientes al absurdo ejercicio de ahondar el desencuentro.
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Los nuevos elementos que tensan todavía más el ambiente son: la creciente judicialización de la política; el inoportuno replanteamiento del pacto federal que, en un descuido, puede concluir en un impacto; el desbordamiento de la polarización, metiéndose con familiares del adversario en turno; y el tonto impulso a la discusión sobre la posibilidad de un golpe de Estado o de la deposición del Ejecutivo.

El común denominador de las posturas en esos asuntos es doble. En el reclamo de conducirse dentro del marco institucional, unos y otros se apartan de él, y en el afán de imponer esta o aquella política, unos y otros renuncian a la política.

En ese rejuego se privilegia la fuerza sobre la organización, la inteligencia y la estrategia política, arrojando por resultado la paralización. Mayor absurdo no puede haber: reactivar la economía a partir de la parálisis política. Eso no es normal, sino anormal.
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La falta de coordinación, agenda y acuerdo entre los múltiples polos de poder de Morena, así como el afán presidencial de reformar leyes o modificar políticas sin negociar ni construir acuerdos con los sectores o factores involucrados en el acto, están dando lugar a la judicialización de la política.

Por la vía de amparos, acciones o controversias judiciales, a los tribunales van a dar un buen número de leyes, acuerdos o políticas y tal situación da lugar a la toma de decisiones por parte de jueces ante la incapacidad de los políticos de resolver sus diferencias y, en el curso del proceso judicial, se paraliza la acción de gobierno.

Se puede celebrar, sí, que aun siendo los jueces quienes resuelvan las diferencias, éstas se mantengan en un marco institucional, pero no se puede dejar de lamentar el fracaso de la política. El Ejecutivo se puede quejar de un sabotaje legal y los contrarios de verse obligados a recurrir a la instancia judicial para encontrar respuesta a su postura, pero ninguna de las partes puede ocultar su fracaso en dirimir las diferencias. Eso no es normal.
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Los gobernadores de Coahuila, Jalisco, Michoacán, Nuevo León y Tamaulipas, con el agregado de los de Colima y Durango, reclaman un nuevo pacto federal para darle nueva institucionalidad al reparto de las participaciones federales. Sin embargo, se apartan de la institucionalidad al enarbolar su reclamo.

Si esos gobernadores, en verdad, están pensando por la República en su conjunto, asombra que no utilicen el órgano que ellos mismos se dieron para institucionalizar su relación con el gobierno federal. La Conferencia Nacional de Gobernadores no es el instrumento que utilizan para formular su planteamiento y, entonces, aflora la duda de si su postura responde al interés de la República, al de su entidad, o bien, al de ellos en lo personal.

No es normal exigir institucionalidad apartándose de ella. Tal anormalidad puede concluir no en un pacto, sino en un impacto.
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La polarización registra ya derrames sobre los familiares de quienes son el blanco de la satanización o descalificación en las redes sociales y, cuando la agresión o la hostilidad verbal incide en ese campo, se tocan fibras muy sensibles.

Resulta fácil para algunos insertar en el pleito político a los familiares de su presa que, coincidan o no con la postura de su madre, padre, hermano o hijo, puede acelerar el paso del tweet socarrón o grosero a la acción directa o violenta.
Rebasar el límite de lo tolerable en las redes puede enredar a los usuarios y complicar en el terreno de lo íntimo un problema. Eso tampoco es normal.
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Con enorme ligereza, el Ejecutivo juega con la imposibilidad de sufrir un golpe de Estado y, del mismo modo, a algunos activistas de ultraderecha los tienta la posibilidad de deponerlo. Sin querer, se corresponden.

Lo uno y lo otro son palabras mayores que en nada ayudan a distender y normalizar las relaciones políticas y, en un descuido, pueden acelerar a quienes en el enrarecimiento de la atmósfera jueguen, como en otras esferas, a hacer justicia por su propia mano. Eso tampoco es normal.
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Vamos de regreso a la anormalidad política sin superar la crisis sanitaria ni acabar de resentir el efecto de la crisis económica. En tal situación, es increíble profundizar el desencuentro y creer que eso es normal.

Reforma
René Delgado
Ciudad de México
Sábado 6 de junio de 2020.


René Delgado  


Hoy revive aquella escena de la joven Sandra emparejando en su bicicleta al Jetta blanco, en el cual Andrés Manuel López Obrador se trasladaba al Palacio Legislativo para rendir protesta como presidente de la República.

Sin dejar de pedalear de pie -porque días atrás le habían robado el asiento de la giant amarilla de montaña- y asediada por los motociclistas que escoltaban el automóvil, la joven tuvo un brevísimo intercambio de palabras con quien, minutos más tarde, se terciaría la banda presidencial al pecho. La joven amonestó al político, diciéndole: "En ti confiamos, tú no tienes derecho a fallarnos". A lo cual, el político respondió de manera afirmativa.

La escena se le quedó grabada a López Obrador. Tanto que, desde la tribuna de San Lázaro, tras rendir protesta como jefe del Ejecutivo, el ya mandatario relató: "Ahora que venía para acá se me emparejó un(a) joven en bicicleta y me dijo: 'Tú no tienes derecho a fallarnos'. Y ese es el compromiso que tengo con el pueblo: no tengo derecho a fallar".

El mandatario rubricó el compromiso.

 · · · Esa escena revive hoy porque, en estos días, el presidente López Obrador enfrenta un desafío enorme, quizá, el mayor del sexenio: salvar vida y trabajo de infinidad de mexicanos.

Encara el reto sin prestar oído a quienes, sin ánimo de frenar, neutralizar o reventar su proyecto, formulan y proponen medidas para afrontar la emergencia económica derivada de la epidemia y evitar un colapso mayor al previsible.

En esa condición y con esa actitud, sin disposición a compartir el peso de la responsabilidad, si el mandatario falla, no podrá ver más a los ojos a la ciclista, como tampoco a quienes prima y dedica su gestión ni, desde luego, a la nación.

 · · · Suena injusto y desmesurado recargar tamaña responsabilidad en el Ejecutivo, pero él se la ha echado a cuestas al hacer de la soledad política, la concentración del mando y la voluntad personal, las únicas palancas para atemperar la crisis y sostener el proyecto que impulsa, sin lograr asegurarlo. Encabeza con respaldo social, pero a solas, un ensayo cuyo resultado puede arrastrarlo a un abismo, junto con su proyecto y la nación.

Si de suyo y por sí sola la transformación pretendida del país exigía sumar, cohesionar y unir fuerzas para, en verdad y sin rupturas, dar un salto equilibrado en el desarrollo social y nacional y darle un nuevo horizonte al Estado, la compleja circunstancia económica, social y política derivada de la epidemia demandaba redoblar aquel esfuerzo.

Pero no, Andrés Manuel López Obrador optó por el peor de los mecanismos de autodefensa: aislarse y repudiar cualquier acercamiento o apoyo, si no empata con el imperio de su instinto.

Hoy, cuando el dolor y el luto tocan a la puerta y tiran hojas al calendario, el Ejecutivo persiste en confrontar, en vez de conciliar; en abrir frentes, en vez de cerrarlos; en enclaustrarse, en vez de abrirse; en avanzar por su sendero, en vez de explorar otros derroteros; en contar lo que fue, en vez de construir lo que sigue; y en distraer -ahí está su pobre concepto de la prensa-, en vez de concentrar la atención en el corazón o pulmón del problema... y, con ello, hace exclusivamente suya la gravísima responsabilidad de fallar en un momento crucial que, sin duda, lo colocará en la historia, pero no necesariamente en el monumento al cual aspira.

A un jefe de gobierno y Estado no debe tentarlo la idea de concebirse como un llanero solitario, destinado a ser héroe o mártir. Incurrir en ese garlito es de una fatuidad inaceptable.

 · · · Cosa curiosa, habiendo experimentado con éxito durante la campaña electoral una política de apertura, suma y alianza, así como una actitud flexible y pragmática ante la dificultad, Andrés Manuel López Obrador olvidó ese ejercicio en el gobierno.

Entronizado en Palacio y, quizá, confundiendo la elección con una revolución, el mandato con una carta poder sin límite y la resistencia a su proyecto -que, desde luego, la hubo y la hay- con un germen golpista, giró el estilo. Cerrazón, resta y rivalidad, así como rigidez y credo, ganaron terreno en su discurso y actitud hasta culminar en un absurdo: un político desinteresado en la política.

Claro, el presidente López Obrador tiene adversarios, pero no todos quienes cuestionan su proyecto o lo instan a reparar en el sentido, estrategia, ritmo y despliegue del mismo forman fila con la resistencia. Y es un error clasificar a todos en el mismo casillero, como también lo es suponer que la epidemia con su consecuencia económica no reclama repensar y replantear los términos de aquel proyecto.

No aceptar ni entender que las condiciones de la gestión presidencial las modifica la emergencia, no escuchar a los colaboradores que sí cumplen con lealtad el encargo sin acatar en silencio las consignas y no distinguir entre quienes tienden puentes en vez de derribarlos, es malo para el presidente López Obrador y peligroso para el país.

 · · · Hay propuestas, planes e ideas que, sin atentar contra el proyecto presidencial, buscan atemperar la crisis económica derivada de la epidemia, conjurar la crisis política en ciernes y desactivar un estallido social.

No queda mucho tiempo para encontrarle salida al laberinto nacional, pero si aun así el Ejecutivo desoye voces distintas a la suya y llega a acuerdos sin capitular, aferrándose a la soledad política y la voluntad personal, tendrá que asumir la carga completa de la responsabilidad... y, si falla, reconocer que los pobres serán después, no los primeros.

Aun cuando algunos dicen que el mandatario se la está jugando, más vale que recuerde el compromiso adquirido con la nación y la ciclista y entienda que con vidas y trabajos no se juega.

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Reforma
René Delgado
Ciudad de México
Sábado 25 de abril de 2020.


René Delgado


Hace años -treinta, por lo menos- el país vive en el desacuerdo, inserto en una lucha por el poder y el proyecto de nación. Un litigio con arreglos y desarreglos por arriba y por debajo de la mesa, donde el fraude, el magnicidio, la frivolidad, la violencia, la corrupción y el abuso han compuesto el mazo de cartas de los jugadores y, así, más de una vez se ha estado al borde del colapso. El nombre del juego ha sido el del engaño y la sospecha.

La epidemia nos ha regresado al rejuego de reconocer un cambio de gobierno, pero no un gobierno de cambio. Otra vez, estamos en la vieja pugna por el poder y el proyecto, anteponiendo esa lucha al sincero afán de rescatar vida y trabajo, salud y empleo.

Por eso, hablar de un acuerdo respetable y respetado para encarar la tercera fase de la crisis sanitaria y el inicio de la económica produce el efecto contrario al esperado. En vez de acercar, aleja las posiciones, amagando derivar en una crisis política que, no es improbable, podría llevar al estallido de la crisis social preexistente. Se proponen acuerdos para vulnerar su posibilidad.

Un virus con enorme velocidad de contagio y capacidad letal, una recesión superior a la peor conocida, un desentendimiento político con ribetes de fractura... en suma, una crisis de crisis llama a la puerta y los actores y factores de poder, como si no supieran, preguntan quién toca.

***

El poder de la naturaleza más que la naturaleza del poder ha unido al país. Sin embargo y por cuanto se ve, esta vez será la excepción. Quizá, cuando la sombra del dolor y la muerte coloque su crespón en la conciencia y la memoria y los parques sirvan de fosa, los actores y factores de poder reaccionen de un modo distinto frente al problema, con un tardío dejo de humanidad.

Cosas de la vida -y ésta no es una muletilla-, cada que tiembla, la subcultura de la sospecha y la desconfianza ha sido sacudida, borrada por la solidaridad. La tragedia, pero sobre todo el afán de sacar de los escombros a quienes aún respiran o no, ha hecho a un lado la suspicacia ante el desconocido y, con él, mano a mano se han movido piedras, losas y varillas con tal de salvar a otro desconocido y unidos rescatarse a sí mismos en un gesto de grandeza.

Esta vez no. La naturaleza del poder ha prevalecido sobre el poder de la naturaleza que amenaza no sólo con contagiarnos, sino también con arrebatarnos la vida, el empleo y la sonrisa.

***

El pavor a que la ocasión -y la ocasión es una desgracia- sirva a la tentación de llevar el mandato presidencial más allá de un límite aceptable o, lo contrario, al despropósito de maniatar ese mandato cuanto antes, ha atrincherado a los actores y factores de poder en un juego infame, dejando en medio a la gente por la que unos y otros juran aferrarse a su postura. Se proponen acuerdos para ahondar el desacuerdo, no para remontarlo. Ni quien ceda.

La epidemia nos ha regresado al rejuego de reconocer un cambio de gobierno, pero no un gobierno de cambio. Otra vez, estamos en la vieja pugna por el poder y el proyecto, anteponiendo esa lucha al sincero afán de rescatar vida y trabajo, salud y empleo.

Al paso de los días, las mortajas serán el tapabocas de quienes, aprovechando el viaje, han arrancado su precampaña presidencial o de quienes de la circunstancia han hecho oportunidad para jugar fuera del área o de quienes toman ventaja de la tragedia para avanzar en su proyecto.

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Si en más de un país el virus ha tambaleado a los gobiernos y puesto en duda el liderazgo de los jefes de Estado, aquí, el desacuerdo y la desconfianza entre los actores y factores de poder agregan un granito: el vicio de la sospecha.

Los adoradores del mercado dicen 'ya lo perdimos', refiriéndose a Andrés Manuel López Obrador, como si alguna vez hubiera sido suyo y hasta hoy cobraran conciencia de que la opción presidencial corría por un sector social distinto al de ellos, el vasto universo de los pobres. Y otros, en este caso el mandatario, advierten en la crítica o la recomendación no el consejo, sino la gana de echar abajo su proyecto, si no es que a él mismo. Y, desde luego, están los consejeros espontáneos que, sin reconocer el inevitable ajuste del modelo neoliberal ante la ausencia de uno distinto, insisten en hacer lo de siempre y mirar hacia adelante para regresar a lo de antes. Nada de ensayar algo diferente, así sea este un gobierno de cambio.

Es de pena el nivel de la clase política, sobre todo, de aquellos integrantes que desahuciados hoy ven la oportunidad de resurgir no de las cenizas, sino del basurero, o de quienes sin liderazgo ni visión descalifican porque sólo eso saben hacer. De pena, la tozudez de esa porción del empresariado que, a fuerza de hacer sentir que hay votos de a peso y de peso, hasta a sus propios líderes desconocen, exigiendo endurecer la pierna mientras cínicamente despiden empleados o ahorran a costa de ellos, jurando preservar la fuente de trabajo. De pena, la necedad de autoconcebirse como héroe, prócer, víctima o mártir, cuando el puesto es de jefe de gobierno y Estado, sí, con margen de servir a los pobres, pero sin ignorar al resto. De pena, los intelectuales que, con toga de ilustradores, recuerdan con nostalgia cuando fueron con Carlos Salinas a encender la luz en Chalco y, luego, exigieron en voz baja cobrar el servicio a los beneficiarios y hoy los asquea ayudar a fondo perdido a los pobres.

***

Sí, en un país hundido por años en el desacuerdo, instar a un acuerdo es incomprensible, pero urge construir un lenguaje común, tender puentes, salir de la subcultura de la desconfianza, la sospecha y el doble juego a fin de cuidar la vida y el trabajo.

Romper, en verdad, el molde de la confrontación y el desacuerdo, escapar de la prisión de los engaños, mirar hacia adelante y privilegiar hazañas, no traiciones y cobardías.

Estos no son días santos, son de muertos. La nación agradecería que actores y factores de poder pensaran en ella y no sólo en ellos mismos.

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Reforma
René Delgado
Ciudad de México
Sábado 11 de abril de 2020.


René Delgado

Menuda cachaza, más impunes que inmunes se conducen los partidos ante la crisis sanitaria. No sufren efectos ni merma y, aun cuando hablan mucho de ella, les importa un bledo. Tienen y gastan recursos de los cuales se podría echar mano en la emergencia y se hacen ojo de hormiga. En nombre de la democracia, los partidos cuidan una cartera que no es de ellos.

Como por décadas lo han hecho y sobre todo a partir de 2003, defienden el privilegio de gastar exorbitantes recursos económicos, el dinero de los mexicanos que reciben a través del financiamiento público.

Pese al ancestral reclamo ciudadano de bajarle el costo a la democracia, reduciendo las prerrogativas partidistas -en cifras redondas, 10 mil millones de pesos este año-, a las organizaciones políticas les da igual el llamado, como también si alguna emergencia golpea a quienes dicen representar y expresar: la ciudadanía. Gastan y no producen una política correspondiente al monto de lo que cobran.

En esto, asombra otra vez el silencio de la autoridad, el Instituto Nacional Electoral.

 · · · De muy vieja data es la demanda de racionalizar el gasto partidista y hoy, como hace ya casi tres años -cuando el sismo de 2017-, la epidemia provocada por el Covid-19 replantea la urgencia de parar el tiradero de recursos que jubilosamente derrochan los partidos.

En rigor y a raíz de la iniciativa presentada por Morena -a través de los diputados Mario Delgado y Tatiana Clouthier-, el doce de diciembre pasado, se echó abajo la posibilidad de reducir a la mitad el monto del financiamiento público a las formaciones políticas. Con los más rocambolescos, por no decir cínicos, pretextos, hasta los aliados del partido en el poder, esto es, el Partido Verde y del Trabajo, y desde luego Acción Nacional, el Revolucionario Institucional y Movimiento Ciudadano repudiaron la idea de disminuir las prerrogativas y el costo de la democracia.

Desechada esa iniciativa -recién refrescada por el dirigente de Morena, Alfonso Ramírez Cuéllar-, los partidos evitaron perder ingresos en el presupuesto de este año. Ahora, urge retomar el asunto porque si no se legisla al término de mayo, no podrá realizarse esa reforma sino hasta después de la conclusión de los comicios del año entrante. No sobra recordarlo, cualquier modificación a la legislación electoral puede llevarse a cabo hasta noventa días antes del inicio de un proceso y la elección intermedia inicia su proceso el primero de septiembre.

Fija en la Constitución la fórmula que, año tras año, les garantiza y aumenta una multimillonaria cantidad de recursos a dilapidar, los partidos ni una coma le quieren quitar a ese creciente cuerno de la abundancia.

 · · · No se trata de impulsar un acto caritativo y que, a causa de la epidemia, los partidos devuelvan parte de los 5 mil 240 millones de pesos que reciben del presupuesto federal o de los otros 5 mil 139 millones de pesos provenientes de los presupuestos estatales.

No, no es un asunto coyuntural provocado por la emergencia, es un asunto estructural generado por haber establecido en el artículo 41 de la Constitución la fórmula referida. Si aquello fue un acierto en el origen, hoy es un valladar a la racionalización del gasto. El financiamiento público a los partidos es exagerado, con o sin epidemia.

Aun cuando el presidente López Obrador quisiera tener a los partidos en su conferencia matutina entregando un cheque para comprar ventiladores e insumos médicos, es menester corregir de fondo el problema.

 · · · Quizá un recorte a las prerrogativas debería encuadrarse en una reforma integral del sistema electoral en su conjunto*, pero lo cierto es que, con ese argumento, una y otra vez los partidos han eludido y evadido bajar su costo. Y, eso sí, la coyuntura sanitaria posibilita revisar la estructura del financiamiento público a los partidos.

Varios justificantes del modelo del financiamiento de los partidos ya no encuentran razón de ser o han pervertido el juego político. El dinero público no ha frenado el ingreso de dinero privado -a veces criminal- a los partidos. De a tiro por elección, algún escándalo, llámese Pemexgate, Amigos de Fox o sobornos de Odebrecht, pone al descubierto cómo los partidos baten dinero limpio y sucio en las campañas.

Asimismo, el multimillonario monto de las prerrogativas ha convertido la dirección de los partidos en botín de disputa entre los grupos o las corrientes hegemónicas al interior de ellos. Esa lucha por controlar, administrar y gastar los recursos ha avasallado a las militancias y, a la vez, ensanchado la distancia con la ciudadanía. En suma, ha dado lugar a una política cupular y cerrada en los partidos.

La autoridad electoral, el Instituto, si bien ha logrado dominar la organización y el arbitraje de los comicios, no ha conseguido fiscalizar debidamente el gasto de los partidos, como tampoco evitar la compra y coacción del voto.

Reducir el financiamiento público metería a los partidos en otra dinámica no exenta de riesgos, pero sin duda los haría cerrar la distancia con la ciudadanía.

 · · · En vez de querer sacar raja política de la epidemia o de adornarse devolviendo parte del financiamiento público que reciben, los partidos deberían de modificar el artículo 41 constitucional en atención de quienes dicen representar y expresar: la ciudadanía. Es inaceptable que, en un país con tantos apuros sociales y económicos, haya partidos millonarios con electores pobres o, ahora, enfermos.

 * Si puede asómese al debate sobre financiamiento a los partidos, transmitido en Entredichos, el 6 de febrero: https://youtu.be/o-ZfrI_MBBk   Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.

Reforma
Sobreaviso
René Delgado
Ciudad de México
Sábado 4 de abril de 2020.


René Delgado   

    
Aún cuando se quiere establecer un paralelismo con la crisis sanitaria y económica del 2009, la de hoy es distinta. El país se encuentra ante una realidad inédita y peligrosa para la salud, la economía, la política y el porvenir.

El momento demanda un mínimo de unidad y disposición para actuar de conjunto con velocidad, pero sin descuidar el ritmo, así como también tomar, asumir y cumplir sin chistar medidas extraordinarias. Sólo así se podrá hacerle frente a "un extraño enemigo", el Covid-19.

No entender de ese modo la emergencia podría terminar por lastimar a la nación no sólo durante la pandemia, sino también después. De ese tamaño es la situación.

***

La idea del "extraño enemigo" no apela a un chabacano ánimo patriotero, sino a la intención de engarzarla al concepto manejado por el presidente Emmanuel Macron al hablar de la pandemia.

"Estamos en guerra, en una guerra sanitaria -dijo el mandatario francés en su alocución del lunes-. Es cierto, no luchamos ni contra un Ejército ni contra una nación, pero el enemigo está ahí, invisible y evasivo, y avanza. Esto requiere nuestra movilización general".

Tras darle ese carácter a la crisis sanitaria y anunciar medidas radicales e insólitas para contener el virus y sus consecuencias, Macron señaló que la circunstancia reclama "una nueva solidaridad" e instó a los franceses "a hacer nación". Sí, se vive una guerra contra un enemigo desconocido e invisible y, por lo mismo, es menester guardar unidad y disciplina, movilizarse -así sea, aislándose-, solidarizarse con quienes sufrirán más la embestida y luchar.

Vale rescatar esa concepción porque, en el caso nacional, un muy buen número de actores y activistas políticos -pesos pesados y mosca- están haciendo de la pandemia, motivo para vulnerar la posibilidad de darle un solo frente al virus, tomar ventajas en la peligrosa circunstancia y deshacer, en vez de "hacer nación".

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Imaginar cuántas vidas podrá cobrar el coronavirus y si la de uno va entre ellas angustia, desde luego, pero también inquieta qué tan confrontado o fracturado social y políticamente quedará el país como para encarar la consecuente crisis económica.

Ahí es donde irrita ver la irresponsable actitud de esos actores y activistas de muy diversa talla. Pareciera no animarlos la idea de dar la batalla contra el virus formando un solo ejército, sino instalarse desde ahora en la posguerra, en el paisaje después de la desgracia, y calcular qué beneficio podrán derivar de la circunstancia o qué tan bien posicionados quedarán ante la elección del año entrante y la siguiente. Causan la impresión de darles lo mismo vulnerar la autoridad o descuidar la investidura en un momento crítico.

Eluden la guerra porque lo suyo es la posguerra, sin importarles mucho la derrota, así se disfracen de inocentes zopilotes, halcones o palomitas.

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No faltan ganas de encarnizarse con el villano, el inepto o el oportunista escogido a capricho y tundirlo hasta debilitarlo, inhabilitarlo o verlo sucumbir. ¡Y vaya que más de algún político, activista, intelectual o periodista han sucumbido a esa tentación!

No es para menos, la estrechez de miras con que actúan bastantes de los actores y activistas políticos exhibe un vasto catálogo de cínicos, necios o mezquinos y, sin duda, se podría seleccionar al favorito para batirlo, así vaya de por medio la expansión del virus y deje por memoria un lúgubre recuerdo, acompañado de un cuadro económico y político sellado por la devastación. Hacer de la pandemia ocasión para acabar con el adversario -cualquiera que éste sea- es hacer de la canalla política y la ruina nacional, el emblema de la podredumbre de un país sin dirigentes ni remedio.

Más vale no animar ese juego ni concursar en él.

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Es imposible ir a la guerra contra un enemigo común sin antes declarar una tregua en la lucha interna, sin suspender los rejuegos con segundas intenciones, sin declarar un cese a la hostilidad y la polarización o sin dar muestra de disposición a escuchar y variar la compostura. Insistir en esa actitud es tanto como capitular antes del contagio comunitario y contar, después, los muertos para ver a quién pueden achacarse. Qué importa, si se da por sentada la derrota de antemano.

Lo increíble es que, siendo tan obvia esa precondición para resistir y remontar la pandemia, actores y activistas jueguen a banalizar o exagerar la emergencia; a precipitar decisiones y acciones que, al final, entorpecerán una actuación coordinada y nacional; a profundizar la desconfianza y la incertidumbre en la población; o a subrayar diferencias sin deseo de encontrar coincidencias.

En ese esquema se entiende que el Ejecutivo jure acatar sin cumplir las recomendaciones, incurra en la provocación del contagio o haga gala de su fervor. Se entiende que un senador del PAN levante un acta en la Fiscalía General de la República por tentativa de homicidio y lesiones contra el secretario y el subsecretario de Salud, mientras sus colegas se disputan la coordinación de su bancada a costa de escandalizar. Se entiende que los diputados de Morena aprovechen la emergencia para asegurar su reelección. Se entiende que la oposición no dé pie con bola, dada la nulidad de las direcciones partidistas.

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Jugar a sálvese el que pueda y cárguese a la cuenta de mi adversario la derrota, hará -retomemos el himno- temblar en sus centros la tierra sin que nada bueno ahí pueda germinar. Qué absurdo ir a la guerra sin ganas de dar la batalla ni suspender el pleito interno, capitulando de antemano.

Es hora de ayudar y dejar respirar a la gente, sobre todo, a los especialistas.

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Reforma
René Delgado
Ciudad de México
Sábado 21 de marzo de 2020.


René Delgado
    
Creciente la tensión política y la desconfianza de los inversores, la nueva e inquietante circunstancia sanitaria, económica y social llama a poner en cuarentena a la grilla -política sin sustancia-, bajarle a la polarización y abrirle espacio a la prudencia.

Si estamos ante una realidad desconocida, cuyo efecto mayor está por llegar -la pandemia del covid-19, un virus con gran capacidad infectiva, aunque con bajo índice de letalidad-, la clase política debería dejar de actuar como lo viene haciendo. Insistir en politizar e ideologizar cualquier asunto, incluida ahora la crisis sanitaria, complicará aún más el momento que, en un descuido, podría derivar en un desastre.

Mal no harían los políticos -la supuesta clase dirigente- en moderar posturas y mesurar conductas, cediendo el foro a quienes traen la enorme responsabilidad de indicar cómo encarar el apuro sanitario y económico. Sin constituir un alivio en sí, un poco de recaudo y silencio político, además de un menor protagonismo, disminuirían al menos el estrés y el miedo.

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Aun sin la amenaza del coronavirus, la situación nacional no era halagüeña.

El acuerdo para emprender obra de infraestructura seguía en el papel; los programas sociales, en trámite de aterrizar; la austeridad, a punto de afectar la operación administrativa; el ejercicio del gasto público, en retraso; el desabasto de medicamentos, en foco de inquietud; el anuncio de la política de energía, en promesa; el trabajo legislativo, en constante acelere sin concluir ni cuadrar el marco jurídico del proyecto; la violencia criminal, en incesante desafío al Estado; la industria petrolera nacional, en vilo; el combate a la corrupción, en práctica selectiva; la oposición, en estado de coma; la conferencia presidencial matutina, en ruta de problema; el crecimiento, en cero... la única certeza, la incertidumbre.

Preocupante de por sí el cuadro político y económico, a él se sumaron la furia social de las mujeres en reclamo de una vida libre de violencia, el desplome del precio del petróleo, el vaivén de los mercados y el arribo de la pandemia que, ahora, hace estragos en la salud y la economía mundial.

Aun sin llegar el coronavirus, la situación nacional no era halagüeña.

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Si bien la postura presidencial de negar o minusvalorar la realidad o, incluso, de asegurar que era otra, podía justificarse en la intención de mantener arriba el ánimo social de su base de apoyo, lo cierto es que le restó credibilidad a su palabra. Sin desconsiderar el desgaste supuesto en el ejercicio del poder, la caída de su popularidad da cuenta de ello.

Los "otros datos", el "eso ya se acabó", el "no hay desabasto" o el "vamos bien" sin aceptar errores, tropiezos ni problemas en el concepto, el diseño o el aterrizaje de los planes, a más de uno hizo pensar que sus colaboradores malinformaban al mandatario, o bien, que éste no los escuchaba. En todo caso, tal negación o distorsión de la realidad golpeó la credibilidad del mandatario ante quienes sufrían la consecuencia o no recibían el supuesto beneficio y, claro, otros actores de poder comenzaron a leer en el rebote de la palabra presidencial una creciente incertidumbre.

Quizá por eso, hoy, al verse aproximar la pandemia, afloran dudas sobre si la estrategia es la correcta, si la información en torno a ella es cierta y si, en verdad, se cuenta con la infraestructura y la capacidad para encararla. Y, desde luego, también surgen las posturas de quienes ven en la ocasión la oportunidad de debilitar al mandatario y sacar raja política al momento.

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Por eso y dada la delicadeza de la circunstancia, no estaría de más poner en cuarentena a la grilla, bajarle a las posturas ideológicas y la polarización, alentar una reflexión política profunda y declarar una tregua para concentrar el esfuerzo en atender la crisis sanitaria y evitar, en lo posible, un mayor deterioro de la economía.

Si una recomendación es evitar lugares concurridos, mal no le vendría al Ejecutivo suspender la realización diaria de la conferencia matutina -quizá, dándole otra periodicidad-, reducir las giras a los estados de la República y dejar la escena a los especialistas, así como a la información justa y precisa.

Aparte de mandar un mensaje ejemplar de prudencia y disciplina, el mandatario podría medir, como hicieron las mujeres, el peso de su ausencia y, a partir de ello, reajustar la política de comunicación y contacto social para replantear sus términos. En las últimas semanas, la conferencia diaria y las giras no arrojan los resultados de antes. El Ejecutivo se muestra a la defensiva, molesto o reactivo sin poder fijar la agenda.

Otra opción, complementaria de la anterior, sería ensayar otro tipo de comunicación a través de las plataformas digitales y fijar claramente el mensaje a posicionar, sin verse obligado a hablar de todo aquello cuanto aborda en la conferencia matutina y que, hoy, le resta seriedad a la comunicación oficial.

La palabra y la presencia en reposo darían oportunidad de revisar el límite y el horizonte de la acción de gobierno ante la circunstancia, así como de revalorar qué proyectos es preciso sostener, ajustar o cancelar para, superada la crisis sanitaria y aquilatado el daño, relanzar el proyecto. Hacer lo de siempre, cuando la situación es diferente, no surtirá el efecto deseado.

Bajarle a la reyerta política repercutiría en la postura contestataria de la oposición que, de no ser por el dicho presidencial, no tiene mucho que decir y menos proponer. Sanear el ambiente político es tarea en puerta, por ello, no estaría de más poner en cuarentena a la confrontación y guardar el protagonismo que ocupa sin llenar la escena. Una escena delicada en extremo.

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Reforma
René Delgado
Ciudad de México
Sábado 14 de marzo de 2020.


René Delgado

    
Entre sus acepciones, asistir significa estar o hallarse presente, ayudar, servir e, incluso, acompañar a alguien en un acto público. Pues bien, a partir de la voluntad electoral y la realidad local y global, nos toca asistir de un modo u otro a un punto de quiebre de la historia nacional.

Un giro de cuyo efecto y nuevo curso se carece de certeza, así algunos auguren una hecatombe y otros vaticinen una maravilla. Ahí se explican la zozobra y el sosiego, la inquietud y el entusiasmo, el ansia y el interés. Tales actitudes son normales. Implican dejar la zona conocida y habitada, fuese de bienestar o malestar, la certidumbre como gloria o condena. Por eso, la resistencia o el apoyo a la idea de explorar el más allá sin mapa ni hoja de ruta. Ojalá y en las papelerías vendieran guías para incursionar en lo desconocido, fácil resultaría dar la vuelta en la siguiente esquina de la historia y llegar adonde se quisiera.

Lo importante en todo caso está en definir cómo asistir a este momento, apostando al fracaso de la exploración y exigiendo regresar al punto de partida, jugando a descubrir un mejor territorio económico, social y político sin calcular los pasos o intentando cepillar el filo de la polarización y el encono que, cuando no neutraliza, frena o entorpece ensayar un nuevo derrotero sin tentar peligros.

No en vano, un quiebre supone un crujimiento, un ruido sordo y seco, que solo en caso de fractura implica una derrota, en este caso, nacional.

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Justo por estar en ese punto de quiebre es que, día a día, afloran expresiones y manifestaciones inconcebibles, plausibles o execrables, desequilibradas por lo general.

Con o sin disfraz, a diario cobran presencia valores y disvalores, acciones disparatadas, posturas incomprensibles y actos increíbles, ocultando en la cotidianidad el momento histórico que el país transita con una natural dosis de confusión, de aciertos y errores cuya consecuencia final configura una incógnita hasta ahora.

Todos los días ocupan espacio lo mejor y lo peor, la inteligencia y la ocurrencia, la generosidad y la mezquindad, la esperanza y la desesperación, la grandeza y la pequeñez, la zancadilla y el tropiezo, la trascendencia y el oportunismo, la humildad y la vanidad, la miseria y los miserables, el pudor y la impudicia, el saqueo y la restitución, el civismo y el cinismo, la pusilanimidad y la resolución, la condescendencia y la intransigencia... y, como una constante, la tentación de formar filas en un bando, atrincherarse y no moverse en defensa de la posición, como si la inmovilidad fuera la opción ante un cambio.

Ese resistir e impulsar arroja por resultado un país detenido. Incapaz de reaccionar en el peor momento, cuando se han removido los pilares de algunas instituciones, sin fijar los pivotes de las nuevas. Un impasse que no marca un compás de espera, sino un callejón sin salida. Un limbo insoportable, donde unos apelan al futuro originalmente concebido sin advertir su inexistencia y otros resucitan la historia como refugio sin asumir que aquello fue. En ambos casos ignorando el presente donde están parados, inertes. Sin reconocer cómo se está perdiendo el tiempo y deteriorando la atmósfera y, con ello, la oportunidad de construir de conjunto una alternativa.

Unos y otros se gritan y descalifican, abordando del mismo modo asuntos trascendentes y banales, sin dirigirse la palabra. Absurdo por completo.

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En tal situación, ese giro detenido de la historia se ha topado con dos fenómenos imprevistos en su agenda: la rebelión de las mujeres y el surgimiento de un virus.

El lunes 9 de marzo, las mujeres están resueltas a hacerse presentes a partir de su ausencia y, por esa vía, exigir el cambio del patrón cultural de sometimiento y desdén, impuesto ancestralmente en su contra. No, no quieren solo resolver este o aquel otro feminicidio, que es la expresión más bárbara y brutal en contra de ellas, sino sentar las bases de otra cultura, donde la agresión y la discriminación multimodal no sean la cotidianidad en la casa, el trabajo, la escuela, el deporte, el arte, la calle e, incluso, en el transporte que las lleva de un infierno a otro.

Ante ese giro dentro del giro, la clase política no acaba de entender la furia social de las mujeres. Corre de una postura a otra o rebota en la contradicción, intentando no sufrir muy severas consecuencias, declarándose feminista de corazón por veinticuatro horas o fascista de ocasión, ofreciendo a las mujeres restaurar la pena de muerte a sus agresores a cambio de recibir votos en su alforja. Increíbles las posturas.

De la inteligencia, el dolor, la rabia y la creatividad mostradas por las mujeres depende no solo el curso del giro dentro del giro, sino también la posibilidad de salir del pasmo y la atonía política en que el país se encuentra.

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La llegada al país del coronavirus es la otra sorpresa.

No solo el eventual efecto del virus en la salud, sino también en la economía y el ánimo social incorpora un nuevo ingrediente en la escena, marcada por la parálisis política. Obliga a mover las piezas en el tablero nacional, cuidando atender sin temer la situación, además de atemperar el encono y la polarización a fin de emprender acciones de consuno.

Ahondar las trincheras y las diferencias teniendo enfrente el peligro de una pandemia sería gravísimo.

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La rebelión de las mujeres y la llegada del coronavirus (quizá, pronto el hartazgo ante la violencia criminal y la inseguridad) dictan moverse para atender la situación, salir del pasmo político, moderar posturas y conductas, acordar y avanzar.

De no ser así, el punto de quiebre puede derivar en el quiebre del punto donde el país se encuentra detenido.

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Reforma
Sobreaviso
René Delgado
Ciudad de México
Sábado 29 de febrero de 2020.


René Delgado

    
Al modo de Juan Pirulero, cada actor político atiende su juego: buscar clientelas, entusiasmar a la base, descuidar ciudadanos, cultivar la parcela, fijar o cuestionar la agenda, atraer reflectores, cavar trincheras, ganar algún cachito de gloria, encontrar y envolverse en alguna bandera, burlar o descalificar al adversario, tirarse de los cabellos, comerse las uñas, tronarse los dedos y, así, no muy conscientes, dar al traste... con la política, al tiempo de abrirle la puerta a la desestabilización y animar la furia social.

Increíble. Con la mano en la cintura y enorme irresponsabilidad, el Ejecutivo denuncia supuestos intentos golpistas en su contra. El presidente del INE reclama alcanzar acuerdos a partir del consenso, mientras él da madruguetes. El coordinador de los senadores panistas no descarta reponer la pena de muerte, animado por la idea de un correligionario. Los gobernadores fingen demencia, se pegan a la pared o se agachan. Los legisladores hacen, deshacen y rehacen leyes, creyendo así modificar la realidad. Los jerarcas eclesiales mejor ya ni abren la boca, a excepción del vicario de Morena. El dirigente priista se hace guaje ante la idea de pedir perdón a la ciudadanía. La dirigencia de Morena entra en disputa y, entonces, algunos legisladores aprovechan para salirse del redil o tirar pa'l monte. Los ultras del neoliberalismo exigen a los empresarios lanzarse ya contra el presidente de la República y dejar de tomar atole. Algunos ministros y magistrados retrasan resoluciones para no meterse en líos, aunque los problemas se alarguen y alarguen.

Y, claro, cuando la realidad pone contra la pared a la clase política y sus huestes, la niegan, viendo detrás de ella una mano negra, azul o morena, o bien, asegurando que alguien la mece o le da cuerda. Eso sí, todos juran actuar en nombre de la justicia, la democracia y la igualdad, en bien de la patria, recargando en el contrario la culpa.

Sólo la violencia y el crimen están de fiesta... mientras la esperanza democrática se diluye.

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Más de un foco rojo del malestar social titila aceleradamente, pero la clase política y sus acólitos están tan metidos en lo suyo que ni cuenta se dan, y nada les dice lo sucedido en el vecindario latinoamericano.

Si, de súbito y de modo brutal, la estabilidad entró en crisis en Chile, Ecuador o Colombia por problemas aparentemente controlados, aquí, viendo cómo crece la furia social por la violencia contra las mujeres, la inseguridad pública, la falta de medicamentos o servicios, las pensiones de retiro, la operación disfuncional de la Universidad, el Gobierno del crimen en más de una región o el deterioro de los servicios públicos, la clase política interpreta de modo singular esa realidad.

La mira a partir de una óptica bipolar: son pretextos para sabotear mis planes y mi mandato o, si bien es grave cuanto sucede, lo verdaderamente importante es la oportunidad de sacarle raja política.

Bajo esa interpretación, las ocurrencias de un lado o del otro brotan casi de manera espontánea. Radicalizar castigos y penas, aun cuando la impunidad sea la reina dominante; encargar al Ministerio Público los escolares cuyos padres no pasen a recogerlos, aun cuando esa institución no ate ni desate; elaborar decálogos de bote pronto; discutir si debe aplicarse mano dura o blanda, o de plano sacar las manos; disponer patrullas en las escuelas; crear fiscalías especiales; guardar un minuto de silencio cada que sea necesario; banalizar la gravedad del asunto con un fúchila, guácala; y, desde luego, elevar una y otra vez la infaltable enérgica condena, aparte de exigir que caiga todo el peso de la ley sobre los autores del crimen en turno, a sabiendas de la levedad de aquella.

Así, sin pensar, acordar, elaborar ni sostener políticas serias de corto, mediano y largo plazo, lo más lejos que se llega es a ir poblando el país de memoriales y antimonumentos para venerar el recuerdo sin remontarlo, mientras la clase política deja escapar por tercera ocasión la posibilidad de hacer de la alternancia una alternativa.

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Saben la clase política y su porra de la fragilidad de la economía y las finanzas, donde un paso en falso puede quebrarla, así como de la crisis en la cual se encuentra el régimen de partidos. Sin embargo, juegan no a dar respuesta a la ciudadanía, sino a ofrecerle explicaciones históricas de cuanto le sucede o, desde la oposición, a exponerle un catálogo viejo de recriminaciones al gobierno.

El impresionante informe del INE sobre la brutal caída del padrón de militantes de los partidos políticos -a excepción de ese baluarte que es el Partido Verde- habla del engaño con que proceden a afiliar cuadros y, si no del engaño, de la creciente decepción política generada por ellos. Esa crisis habla de partidos sin discurso, pobres en su militancia, multimillonarios en sus recursos y, por lo mismo, dispuestos a pelear su dirigencia aun cuando pierdan la dirección y el rumbo. Ese informe habla de la fascinación por practicar la política ficción.

Si esos partidos son los pilares de la democracia, esta puede derrumbarse.

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En tal situación, frágil la economía y las finanzas y en crisis el ejercicio de la política, no advertir que la furia social puede desatar un problema de mucha mayor proporción es tanto como jugar, si cabe y vale el término, a un autopoliticidio. Al absurdo de ver cómo los supuestos políticos profesionales liquidan a la política y le abren la puerta a una situación aún más compleja que la de hoy.

La furia social y la violencia criminal ponen de nuevo al Estado contra la pared e, increíblemente, la clase política se empeña en seguir jugando a Juan Pirulero.

Reforma
René Delgado
Ciudad de México
Domingo 23 de febrero de 2020.


René Delgado

Al ver por años, semana tras semana, el catálogo del horror desplegado por el crimen es obligado preguntar: pero ¿qué fue lo que hicimos o dejamos de hacer?

Cuando se mira a un adolescente y un joven muertos por jugar a "las maquinitas", justo cuando la maña llegó a cobrar el derecho de piso; a niños armados para nutrir la espiral de violencia; al hambre y el éxodo en la sierra de Guerrero porque el fentanilo desplazó a la amapola; brazos, cabezas o torsos tirados a la vera de un camino o cuerpos colgados en un puente; a un policía muerto por cumplir con su deber y a otro muy vivo por faltar a él; a una madre doliente enterrar a un desconocido, creyendo que es su hijo desaparecido; a un obispo consagrar un matrimonio en la catedral tomada por la fuerza de un cártel; un jaripeo transformado en un presidio; a un chofer mutilado porque su patrón no apagó a distancia el geolocalizador del autotransporte de mercancía; a un migrante reclutado por el crimen; a una persona sin orejas o dedos porque tardó el pago de su rescate; a infinidad de mujeres incorporadas a fuerza a la prostitución; a un franelero convertido en halcón; a un paisano pagar al Estado y al crimen el peaje por cruzar la frontera...

Cuando se mira eso desde hace infinidad de años, es hora de preguntar: ¿qué fue lo que hicimos? Todos, no éste, el anterior o el anteanterior gobierno.

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El crimen ya no sólo le disputa al Estado el monopolio del uso de la fuerza y el del tributo. También le compite en el control del mercado del combustible, el agua, el transporte terrestre de pasaje y carga y, desde luego, en múltiples regiones, la autoridad política y social. Y, por si algo faltara, el crimen le complica al Estado la vecindad con la potencia de al lado, cuyo gobierno exige lo que no ofrece y hace del chantaje el músculo de su capricho político.

No, no se trata de cargar esa deplorable situación a la administración de hoy, ayer o antier, sino de llamar la atención del conjunto de la clase política sobre la urgencia de acordar y diseñar una auténtica política de seguridad de largo plazo que, aun cuando pasen años -no podrá ser de otro modo-, permita someter al crimen y garantizar la vida, la integridad, el patrimonio, así como las libertades y derechos a la ciudadanía.

Es imposible. No se van a corregir en un sexenio los errores cometidos durante más de veinte años. Por ello, seguir alimentando la fantasía de que, en quince minutos, a los cien días, al primer año, al inicio de la segunda mitad o al término de no importa qué sexenio se sentirá una mejora es y será tanto como convertirse en cómplices del crimen.

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Si antes se paliaba lo urgente a costa de postergar lo importante, ahora resolver lo importante se está volviendo urgente. Se está llegando a un punto de quiebre del Estado, sin que ello implique que la violencia criminal toque fondo.

Aun así, desde hace años no se advierte disposición gubernamental ni opositora para acordar y formular una política transexenal de seguridad que, sin importar qué fuerza ocupe más adelante el gobierno, quede fija y sólo se administre. No, se ve algo peor. El cambio constante de políticas e instituciones, uniformes y cromática de los vehículos oficiales y, desde luego, de leyes en el Estado de derecho inexistente, todo para generar la ilusión de que se hace algo mejor a lo anterior, aun cuando lo anterior sea presente.

Lejos de llegar a un acuerdo respetable y respetado en la materia, se insiste en hacer del fracaso ajeno, la victoria propia. Derivar ganancias de la ruina del contrario. Cuanto peor le vaya a este o aquel gobierno en seguridad, mayor la posibilidad de sustituirlo, de tomar el turno para hacer lo mismo.

Sangre qué derramar siempre habrá suficiente.

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Algo de eso también se advierte en algunos especialistas y activistas empeñados en diseñar e instrumentar sistemas de prevención, persecución y penalización del delito, propios de un país de leyes, cuando México no es uno de ellos.

Se ignora adrede la situación excepcional impuesta por el crimen y, por no faltar a la corrección política, se desarrollan modelos ajenos o inaplicables a la circunstancia nacional. Se exige al Estado respetar y garantizar plenamente derechos y libertades, a sabiendas de que estos han sido conculcados por el crimen desde hace años. Hablar del estado de excepción o de la suspensión de garantías, justo donde éstas ya no prevalecen, es motivo de silencio, no de análisis ni de debate. Se simula que el nivel de inseguridad no es tal que obligue a pensar en suspender garantías para recuperarlas. Se olvida, sin borrar, el artículo 29 constitucional.

De eso, mejor ni hablar, como tampoco de la pérdida de la frontera entre crimen y política, aun cuando un secretario de Seguridad esté siendo juzgado en Estados Unidos por servir y proteger al crimen y no a la ciudadanía.

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El país viene ensayando desde finales del siglo pasado distintos modelos de seguridad y justicia sin dar margen al resultado de la experimentación, regalando así enormes ventajas al crimen.

Profesionales o no, las bandas criminales festejan, como ni los partidos lo hacen, la alternancia en el poder político. La alternancia política es jauja para ellas. Al no haber políticas y modelos de seguridad de largo plazo ni lealtad, continuidad y honestidad política en la transmisión del poder entre partidos de distinto signo, el campo criminal es una pradera.

La memoria del horror criminal ya no tiene espacio, las estampas de violencia en la conciencia nacional han perdido fuerza y su reiteración ha anestesiado la capacidad de asombro, por eso vale preguntar: pero ¡qué fue lo que hicimos!

Reforma
Sobreaviso
René Delgado
Ciudad de México
Sábado 8 de febrero de 2020.

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El mundo es comprendido por el paradigma, es la forma por la cual es entendido el mundo, el hombre y por supuesto las realidades cercanas al conocimiento.

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