René Delgado

En meses o semanas, el presidente Enrique Peña Nieto verá su poder aún más disminuido. El reloj sexenal marca casi la hora.

Una gran interrogante es cómo quiere cerrar y entregar su administración, además de cuidarse las espaldas y blindar en lo posible su proyecto que, por su diseño e implementación, no acaba de consolidarse.

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Apenas se nomine al candidato tricolor, el halo del mandatario perderá intensidad entre los suyos y su margen de maniobra, siempre estrecho, se reducirá aún más ante aquéllos y los demás actores. Ahí, quizá, se explique la contradicción de pretender postergar lo más posible "el destape" y, a la vez, sufrir la tribulación de ver cómo avanzan y cobran ventaja los competidores.

Por su naturaleza, el momento del presidente Peña Nieto es complejo. Reconocer y asumir el agotamiento de un ciclo no es fácil, en la circunstancia, menos. El jefe del Ejecutivo y el partido está a punto de tomar decisiones importantes, al tiempo de encarar múltiples frentes que, de fallar en su atención o usarlos como ariete electoral, podrían multiplicarse y complicar aún más su situación.

Como añadido, en el círculo estrecho de colaboradores, el mandatario no cuenta con un equipo de cuadros capaces, experimentados, confiables y sin ambiciones, dispuesto a acompañarlo y ayudarlo a cerrar la gestión y conducir con inteligencia y cuidado el proceso sucesorio y electoral. Cuenta con uno, pero lo trae lejos.

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Hacia dentro y fuera de la administración y el partido, las tareas a realizar son varias, si el mandatario no quiere perder el control del proceso sucesorio y el electoral, además del país.

Controlar y disciplinar a los colaboradores o correligionarios que, queriendo la candidatura, no la harán suya. La frustración de ellos, así como la simpatía o antipatía que les suscite el nominado, podría hacerlos tirar en dirección distinta e, incluso, contraria a la que el tricolor requiere para darle un carácter competitivo y no sólo testimonial a su gallo.

Fijar el rol del propio mandatario en el proceso electoral y, de incidir en él, determinar la estrategia a seguir. Si la idea es repetir la experiencia en el Estado de México, esto es, poner al gobierno y al partido detrás del candidato oficial, comprar y coaccionar el voto, impulsar candidatos artificiales a fin de fragmentarlo y suplantar funcionarios de casillas, la revuelta social será una variable que considerar. Si, por el contrario, la intención es preservar la muy relativa estabilidad política y económica a partir de la toma de distancia del candidato y la campaña, la derrota es una probabilidad.

Tener mano izquierda pero firme con los gobernadores. Ahora que la cárcel es posible destino si pierden la comarca, se aplicarán a fondo para asegurar el retiro dorado y no el embarrotado. Hacer gala de la inteligencia y mando para diseñar e instrumentar una política provisional de contención del crimen, la violencia y la inseguridad que puede amenazar al concurso electoral. Esto, desde luego, si no se cae en la tentación de usar ese terrible recurso como ariete.

En medio de ese complicado cuadro, otra tarea es integrar la línea de defensa tanto en el Banco de México como en el Congreso. ¿Cuáles cuadros son los indicados para cubrir esos dos frentes, tanto en defensa de la economía como de las reformas emprendidas, cuando el elenco es reducido?

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En este último punto, hay un detalle. La insistencia de equiparar el eventual triunfo de Andrés Manuel López Obrador con la gestión del venezolano Nicolás Maduro, puede resultar un boomerang y convertir al presidente Peña Nieto en el autor de la reedición del "error de diciembre".

Esa equiparación, en efecto, puede provocar miedo al electorado. Pero la sobreexplotación del recurso puede acarrear consecuencias económicas, antes de que el propio Ejecutivo concluya su mandato. Y cuidado, quien está avivando la hoguera del populismo es el partido que comanda el mandatario y puede también abrasarlos.

A veces los deseos se cumplen no cuando uno quiere.

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Otra interrogante a resolver cuanto antes por el mandatario es: cuándo llevar a cabo el ajuste en el gabinete con motivo de la designación del candidato oficial, ¿antes o después de su destape?

En esto radica la paradoja ya señalada. El presidente Peña Nieto cuenta con un solo hombre capaz, confiable, leal y, sobre todo, sin ambiciones sucesorias, pero lo trae subiendo y bajándose de aviones, alejado del acontecer nacional. De ser cierto el autodescarte de Luis Videgaray en el juego electoral, su jefe debería valorar dónde le conviene colocarlo, dentro o fuera del país... o en el Congreso.

Dada la incontenible esquizofrenia de Donald Trump, la renegociación del Tratado de Libre Comercio es un albur. Y en el frente exterior, ahí sí, al mandatario no le faltan cuadros. El mismo embajador Gerónimo Gutiérrez goza de la formación, experiencia y trayectoria requerida para encabezar la Secretaría de Relaciones Exteriores y, a la vez, hay diplomáticos con el empaque necesario y suficiente para reemplazarlo en Washington. Asimismo, Ildefonso Guajardo y Juan Carlos Baker en la Secretaría de Economía cuentan con tablas en materia comercial.

Con tanto frente abierto al interior, justo cuando el mandatario está impelido a tomar decisiones importantes, no le sobraría reponderar dónde es más útil Luis Videgaray. La cosa es que esa decisión urge tomarla antes del arranque de la renegociación del Tratado y antes de la nominación del candidato presidencial tricolor.

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La clave para descifrar el momento presidencial radica en cómo quiere cerrar y entregar su administración, cuidarse las espaldas y blindar su proyecto. Si ese dilema no está en el horizonte del mandatario, ni sentido tiene el planteamiento.

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Reforma
Sobreaviso
René Delgado
Sábado 8 de julio de 2017.


René Delgado


En la figura de un loco solitario se quiso explicar y sepultar el asesinato de Luis Donaldo Colosio, borrando así la presunción de una acción perversa y concertada. Se dijo que, quizá, la tensión política, contaminada por una atmósfera violenta, contribuyó a amartillar la pena de aquella triste tarde de marzo.

Hoy, se está recargando aquella tensión y atmósfera, sumándole agravantes. La violencia de estos días es criminal y tiene varios frentes. El malestar social expresa, a veces, los síntomas de la revuelta. La advertencia sobre la grave circunstancia más de una vez ha sido dicha.

Ojalá los dirigentes políticos y los acólitos que, día a día, le ponen un grano de sal a la tensión y una pizca de pimienta a la atmósfera, no estén suspirando por la aparición de un loco solitario.

Jugar con esa idea descabellada no los salvaría, terminaría por condenarlos.

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La angustia, la ocurrencia y la celada anti-política pintadas de supuesta estrategia están dictando acciones ajenas al rescate nacional, propias de un acto desesperado de sobrevivencia... y, de seguir creyendo que así se puede llegar en mejores condiciones al 2018, un desfiladero o una fractura no puede descartarse.

En vez de adoptar acciones políticas y legislativas tendientes a garantizar la elección presidencial del año entrante y ventilar la atmósfera, atendiendo el reclamo ciudadano, a la clase dirigente sólo le apura ensayar cuanto sea necesario con tal de asegurar su prevalencia. Cierra puertas y ventanas, agranda al interior su laberinto, pacta entre ella y echa mano de la política del miedo aunque a ella misma la espante... Quiere impedir a toda costa que alguien sin credencial de su selecto club pretenda desplazarlos de lo que consideran su condominio y patrimonio exclusivo.

No le interesa crear las condiciones para que, en libertad y seguridad, los electores resuelvan, por sí, el destino que les pertenece.

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Los homicidios dolosos rompieron récord en el primer cuatrimestre del año como no ocurría desde 1997. El clamor ciudadano por combatir la corrupción recibe por respuesta el engaño y el acoso -incluido el espionaje-, y la condena partidista de esa práctica sólo busca tomar ventaja en el concurso electoral. A la pobreza se le exprime el jugo y se le extiende tarjeta o credencial con restricciones, cuidando de mantenerla en los niveles de hace un cuarto de siglo. La manifiesta intervención del gobierno federal en los comicios escapa a la vista de la autoridad electoral que, al final, terminará por validarla o invalidarla. A los periodistas asesinados en el ejercicio profesional de su libertad, se les garantiza una corona mortuoria de flores secas y la promesa de un fiscal atento. La violencia criminal anima a un spot electoral.

La podredumbre política no llama la atención de la clase dirigente. Nada la insta a decidir qué hacer con la seguridad pública; a nombrar al fiscal anticorrupción; a aliarse con la ciudadanía que, increíblemente, aún les tiende puentes; a dejar de condicionar la ayuda asistencial al voto ciego; a cuidar, en vez de comprar, a la prensa; a descartar el uso y abuso de la tragedia como ariete para golpear al adversario en turno.

Nada les recomienda actuar debidamente en cada uno de esos campos, siendo que podría servir al propósito de asegurar la elección presidencial y garantizar al electorado su participación libre y plena.

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No, el foco de atención de la clase política está en otro lado. No en rescatar al país sino en salvarse ella, así sea al precio de provocar un nuevo desastre. Tiene la mira puesta en sobrevivir y, luego, repartirse los restos del naufragio y seguir en el ejercicio del no poder.

De ahí la tentación de emprender acciones políticas, ruines y legislativas de último minuto. Inventar un frente con disfraz antipriista, siendo que la fuerza tricolor está en la lona. Abortar el proyecto del cuarto polo, con la idea de gastar los intereses sin invertir un centavo. Atrapar en la red de la corrupción al adversario, a fin de sumarlo y sumirlo en el pantano. Legislar sobre las rodillas la segunda vuelta electoral y, si es necesario, la tercera y la cuarta vuelta, con tal de repetir o alternar y compartir lo que quede durante el sexenio entrante. Echar mano del miedo para, aunque sea de ese modo, reintentar la hazaña que tan buen resultado le rindió en 1994. Espantar con el petate de Chávez, aunque aquí los muertos se vayan a la fosa sin petate.

El temor a la derrota y a su propio porvenir los hace jugar con el mismo fuego que a punto de incendiar al país estuvo en aquel año, como también en 2006.

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Más de una vez, la gente ha pagado y sufrido la desvergüenza y la ineptitud de la clase dirigente que, con tal de ostentar sin ejercer ese título, le da por coger la caja de cerillos. Avivar la tensión y sobrecalentar la atmósfera no la va a sacar de su apuro. Jugar con el miedo cuando la rabia hace espuma en la boca es un peligro. A ver si no se les aparece un loco solitario, en vez de salvarlos podría terminar por condenarlos y lastimar al país de nuevo.

CIERRE DE UN CICLO
 
A los lectores, consejeros, colaboradores y fuentes informativas les participo del cierre de mi ciclo al frente de la Dirección Editorial de Reforma, no así del término de mi colaboración con el Diario.

A quienes nos hacen rodar sobre los rodillos y navegar en el ciberespacio, a los compañeros y directivos del Grupo -destacadamente a Alejandro Junco de la Vega- les reitero mi orgullo por haber contribuido a hacer latir el Corazón de México y la esperanza de haber correspondido a su profesionalismo, confianza y gallardía a lo largo de casi veinticuatro años.

Gracias a todos.

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Reforma
Sobreaviso
René Delgado
Sábado 27 de mayo de 2017.


René Delgado

Estamos, de nuevo, en el pasado. Otra vez, la pregunta ya no es cuántos días le restan al sexenio, sino qué otras calamidades pueden ocurrir en lo que concluye. Es, como con Felipe Calderón, la degradación de la política, la fiesta de la sangre y el año de Hidalgo prorrogado: el descuartizamiento del anhelo democrático.

El daño provocado al país en la alternancia compartida por el panismo y el priismo no tiene paralelo. El derecho a la vida, la integridad y el patrimonio; a la libertad y el libre tránsito; a votar y ser votado; a ser informado y escuchado; a expresar y participar... lejos están de contar con la garantía del Estado, sufren restricción, deterioro o retroceso.

El sello de la estancia del panismo y el priismo en la residencia de Los Pinos fue y es la frivolidad, la negligencia, la pusilanimidad, el cinismo y, claro, la incapacidad de gobernar. La expectativa generada al arranque del milenio, hoy yace de seguro en alguna fosa aún no descubierta, en alguno de los tantos hoyos negros donde ambas fuerzas políticas quisieran sepultar su desvergüenza.

Irrita oírlos vociferar en coro que el país se juega en el 2018 su futuro, cuando su meta ha sido prolongar el presente o rescatar el pasado.

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El saldo de los dieciséis años en que Vicente Fox, Felipe Calderón y Enrique Peña ocuparon sin habitar la residencia de Los Pinos, en que se terciaron la banda presidencial al pecho sin asumir la investidura, no corresponde al de un país que consolidó su democracia y abatió la brecha de la desigualdad.

La transición a la democracia se estrelló en la ruta. El Estado de derecho se debilitó. La alternancia se tradujo en turno, no en alternativa. La orfandad de los gobernadores ante el fin del presidencialismo se refugió en una conferencia de ladrones. Los partidos se partieron y olvidaron a la ciudadanía. El debate abierto derivó en acuerdo cerrado. El Legislativo regresó a ser apéndice del Ejecutivo. El crimen organizado le ganó a la política desorganizada. La reconfiguración de la Policía se abandonó a costa del Ejército. Las divisas del petróleo se evaporaron y el crudo residual se ordeñó. La pobreza y la desigualdad se profundizaron. Y, otra vez, del dolor, la sangre y la corrupción se hizo ariete electoral, no causa política.

El entusiasmo que, en su arranque, suscitaron Vicente Fox y Enrique Peña se resume en la decepción que, de cabo a rabo, marcó a la administración de Felipe Calderón, el ex Presidente que hace víctima de la violencia intrapolítica a su esposa y se enorgullece de haber sembrado de cadáveres el país, en vez de cruzarse de brazos.

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En ese marco, no deja de ser curioso el perredismo. Siempre buscando la alianza electoral con el panismo que éste transforma, después, en alianza política con el priismo desde los tiempos de Carlos Salinas de Gortari.

Alianza en el desarrollo de un modelo económico que margina a infinidad de mexicanos, circunscribe su beneficio a los exportadores y que hoy se tambalea con Donald Trump al frente de la Casa Blanca, la de Washington. Alianza política para impulsar una democracia bipartita y tutelada. Alianza parlamentaria y legislativa, fincada en el canje, la cuota y la transa. Alianza en la incapacidad de garantizar la seguridad pública y presentarla como una adversidad incontrolable. Alianza con tufo de complicidad, donde la supuesta identidad encontrada entre ambos partidos se borra.

Asombra la ingenuidad o la perversidad del perredismo que, en su debacle, entierra su vocación de poder a cambio de conservar con vida una que otra canonjía. Algo es algo.

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Ahí se explica, aunque no como gesto de civilidad, la presencia de Josefina Vázquez Mota en Palacio Nacional cuando Enrique Peña Nieto asumió la Presidencia de la República. Gesto recompensado después con beneficios a la fundación Juntos Podemos y, ahora, correspondido con la postulación artificial al gobierno de la entidad donde la mujer sólo pernocta, y con realizar un mejor imposible: desbarrancarse hasta el tercer o cuarto lugar.

Ahí se explica por qué algunos secretarios de Estado visten o combinan la camiseta azul o roja, según la temporada política. Ahí se explica por qué, uno u otro partido, asume el poder y firma a ciegas el acta de entrega-recepción sin hacer ningún corte de caja o, peor aún, encubriendo las trapacerías del antecesor. Y también se explica por qué el priismo y el panismo transitan por la vida sin hacer el balance autocrítico de su gestión.

Ahí es donde la democracia adquiere tinte de simulacro; y la inseguridad y la corrupción, de tradición irrenunciable.

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En ese cuadro es donde las elecciones en el Estado de México, Coahuila, Nayarit y Veracruz revisten una importancia superior a la de su manifiesto objetivo.

En particular, la gubernatura del Estado de México se torna en anuncio de tormenta. La disputa una fuerza ajena al pactismo, repelente por lo pronto a los arreglos bajo cuerda. Y la pelea en la tierra del mandatario, de su primo y de la dinastía Del Mazo, del legendario grupo Atlacomulco, de uno de los precandidatos tricolores a la Presidencia de la República, de los consorcios desarrollados a la sombra del compadrazgo y el favoritismo. En la tierra donde el PRI cifra su posibilidad o su debacle de cara al año entrante y los siguientes.

De ahí que al grito de "el futuro está en peligro", el priismo corra en fuga hacia el pasado que tan buen sabor de boca le ha dejado y pida auxilio a sus socios-adversarios en aras de mantener, entre ellos, el secreto de ejercer el no poder.

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Falta por ver otras calamidades, pero lo que está fuera de duda es que el país no sólo está en las mismas de antes, sino frente al peligro de perder otra vez el tiempo y el horizonte.

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Reforma
Sobreaviso
René Delgado
Ciudad de México
Domingo 14 de mayo de 2017.


René Delgado


Con tanto candidato a reo, el Partido Revolucionario Institucional debería cambiar de giro, dejar de postularlos a los palacios de gobierno y aprovechar su expertise para, al tiempo de cumplir con su sentencia tras las rejas, intentar la recuperación del control de los penales, donde hace falta tanto gobierno.

Tiene el tricolor a un ex gobernador preso, a otro detenido, a dos en fuga, a otro señalado, a uno más sujeto a proceso y, en el colmo del cinismo, a otro en rebeldía, buscando fuero a través de otro partido. Aparte de esas celebridades, el tricolor cuenta con un gran elenco de cuadros en funciones y fuera de ellas que, si bien han sido beneficiarios de la decisión de no perseguirlos dentro del país mientras dure el sexenio, tarde que temprano darán de qué hablar. Sea porque, más adelante, afloren las tropelías que cometieron o porque los exhiban o los pesquen fuera.

Como quiera, es menester reconocerlo: aunque la oposición ya le ofrece competencia en la generación de cuadros de esa calaña, el PRI sigue siendo una gran cantera. La canalla política encuentra hogar en él. Tanto que, en unos días, el 4 de mayo, con la autoridad moral que lo caracteriza y con flamante título de "académico titular", Raúl Salinas de Gortari ofrecerá una conferencia: "Empoderamiento Ciudadano a través de la Tecnología". Habrase visto.

 
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Desde luego, el priismo rechaza ser una fábrica de maleantes con cargo al Estado o, bien, integrar un cártel del crimen organizado con registro como partido ante el INE. Y en el gracioso esfuerzo por sacudirse esa fama que, mes a mes, confirma y engrandece alguno de ellos, su dirigente Enrique Ochoa practica el lavado de prestigio.

Poco antes de ser requerido por la justicia el candidato tricolor a reo, sin temblarle la mano, Ochoa alienta el inicio del proceso de expulsión de las filas del partido. Cuadro distinguido o no, el dirigente ordena defenestrarlo con urgencia y, a veces, lleva el deslinde aún más lejos: pide perseguirlo a la autoridad correspondiente.

Con cierta ingenuidad, pero sin el menor rubor, Ochoa considera que basta con echar a los malos elementos del Revolucionario Institucional para que el instituto quede impoluto, rechine de limpio y la gente vea en él una opción política aceptable.

 
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Tan simplón planteamiento pasa por alto varias cuestiones.

Uno. Son ya tantos los malos elementos tricolores, sujetos o no a juicio, que resulta imposible considerarlos meras excepciones. Integran una legión y, con su conducta impune, una cultura. Quizá por ello, el presidente de la República considera que la corrupción es un fenómeno cultural.

Dos. El partido rechina, pero no de limpio. Rechina porque la corrupción que antes lubricaba su mecanismo y lo hacía funcionar tanto a él como al gobierno, hoy corroe al régimen en su conjunto. Las oposiciones, lejos de jalar al tricolor a otra cultura en el servicio público, se vieron arrastradas por éste.

Tres. El priismo ya no es una opción política porque si, antes, justificaba robar sin perder las riendas del gobierno, hoy ya no gobierna. En el mejor de los casos administra problemas, pero no los gobierna, menos aún los resuelve. Por la evidencia, mantiene la práctica del robo, aunque su voracidad le ha hecho perder estilo: antes robaba y diluía el vicio en el gobierno. Entonces, se le toleraba socialmente la corrupción. Hoy, sin gobernar, el robo resulta intolerable.

 
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Quizá justamente por la conciencia de lo robado a lo largo del sexenio, se explica por qué el grupo tricolor empoderado, con su coro de legisladores y otros cómplices, manifiesta preocupación por tres asuntos, pero sin ocuparse debida y decididamente de ellos: la corrupción, la criminalidad y la compra y coacción del voto.

En el juego de la simulación, el tricolor acepta legislar un complejo sistema anticorrupción, pero posterga o evade nombrar a los funcionarios que serían la bujía del mismo: el fiscal y los magistrados especializados. Al Revolucionario Institucional le fascina reformar leyes, no conductas. No es improbable que pretendan alargar la entrada en función de ese sistema hasta estar seguros de no estar tejiendo la cuerda de su horca. Dado el temor a perder la sucesión presidencial o a que, aun perdiéndola, ésta no recaiga en algún socio-cómplice-opositor, es comprensible su resistencia a echar a andar ese sistema. Un efecto no deseado de la alternancia es que, sin desterrar la corrupción ni asegurar la permanencia en el poder, la voracidad ha aumentado y la complicidad también.

Si bien no escapa a la vista del priismo que la lucha emprendida por el panismo contra el crimen ha fracasado y ensangrentado al país, insiste en la estrategia fallida porque, borrada la frontera entre crimen y política, si en verdad se planteara en otros términos ese combate, se podrían morder la cola. En la cultura de la simulación, los partidos niegan pactar con el crimen, pero ocultan formar parte de la asociación con él.

La compra y coacción del voto, cuando la estancia en el poder es ya un asunto de sobrevivencia, es recurso imprescindible. No se trata de convencer para vencer, sino de vencer tanto para prevalecer como para no verse en la circunstancia de rendir cuentas de lo hecho y pagar por ello. Poco importa cuánto cuestan las elecciones, sea dinero limpio, sucio o lavado, el punto es entender esa práctica como una inversión: se requiere de dinero para hacer política y, luego, política para hacer dinero.

Quizá ahí se explica por qué al priismo le preocupa la corrupción y por qué no se ocupa de ella.

 
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Puede el Revolucionario Institucional postular candidatos a los palacios de gobierno, lo cierto es que muchos de ellos guardan en el clóset un traje a rayas.
 
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Reforma
Sobreaviso
René Delgado
Sábado 15 de abril de 2017.


René Delgado


Cantilena repetida hasta el cansancio estos días es la denuncia del populismo como un peligro para México. Hay, sin embargo, otro peligro igual o peor. El peligro del elitismo que, desde su propio dogma -desde luego, también tiene el suyo-, ignora la realidad, degrada la política y, ciego, defiende sus postulados sin preocuparse por la desigualdad y la pobreza porque el futuro, ese gran momento sin fecha de caducidad, será distinto.

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La plegaria del elitismo empata con el ruego populista.

Condenado sea el populismo sin revelar que éste -como dice Daniel Innerarity- es el elitismo invertido. Censurado sea el gobierno popular, desde la imposición cupular del gobierno. Repudiado sea el populismo por instalarse en el pasado, sin creer en el presente perpetuo. Descalificada sea la solución mágica de los problemas, a partir de fórmulas complejas sin respuesta a ellos. Cubierta de gloria sea la libertad económica, sujetando a toque de queda los derechos sociales y políticos. Fustigada sea la demagogia populista, con base firme en la compra y coacción del voto.

Los elitistas son el otro polo de una batería inservible -léase, régimen-, necios en generar la chispa que ponga en marcha al país eliminando al otro polo. Ingenuos. Tanto se quieren diferenciar que, al final, se parecen.

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Los elitistas son personajes singulares. Veneran en los espejos de Palacio los acuerdos cupulares. Memorizan y entonan el himno nacional más de una vez al día, pero en el fondo no lo recuerdan. Les gusta ser honrados, pero no honestos. Defienden al Ejército en cada discurso, pero lo clavan en cada emergencia. Les fascina darse baños de pueblo con valla, siempre y cuando les preparen la tina después de hacerlo.

Los elitistas son más solemnes que serios. Nunca estrenan trajes -como dice un empresario que los conoce-, los inauguran. Cuando se ven obligados a usar corbata de listón, la costumbre los traiciona: primero la cortan y, luego, se la anudan al cuello. Si un colaborador del sector agropecuario los invita a visitar el campo, corren volando por sus zapatos de golf. Su versatilidad carece de límite, se mandan cortar camisas de vestir con acabado de guayabera por si es necesario mostrarse casuales de imprevisto. Sufren, eso sí, algunas obsesiones, les molesta que el aire acondicionado atente contra el gel estructural del cabello.

Los elitistas se declaran globalifílicos y, como nada les cuesta, les fascina viajar por el mundo sin hacer patria, rendir cuentas o escribir un diario. Se dan vuelo en la materia. Igual se declaran modernos y no dudan en tomarse selfies cada que pueden, siempre y cuando haya no menos de dos decenas de fans atrás de ellos. Son selfies, pero compartidos. Desde luego, conceden la mayor importancia a las redes sociales y entienden que el chiste es no verse atrapados en ellas. Juran no ser mochos, aunque persignan con el moche. Usan el Metro al inaugurarlo y, después, no saben responder cuánto cuesta el boleto porque, en aquel memorable día, no traspasaron ningún torniquete. Les enfada la queja del tráfico pesado porque cuando ellos viajan en convoy, los semáforos siempre están en siga.

Asumen su pasado sin caer en la nostalgia que frene su paso firme al futuro resplandeciente. Ya no se dicen revolucionarios ni institucionales, como tampoco hombres o mujeres de acción, sino transformadores que, cada quincena, decretan o legislan una reforma estructural, donde esculpen en papel maché su monumento.

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En el terreno electoral y administrativo, los elitistas son especiales. Se desviven por ganar elecciones a como dé lugar, pero no por armar gobiernos en serio. Se inclinan por administrar problemas, no por gobernar soluciones. Tienen predilección por emprender duras acciones, hipotecando al futuro los beneficios, y les irrita que la gente traiga flojo el cinturón y resista sacrificarse ahora y disfrutar después.

En el área de obra pública, les encantan tres cosas: los contratistas, poner la primera piedra y, meses después, inaugurar la obra aunque nunca la terminen. Privilegian las obras de superficie visibles, sobre las obras de fondo imperceptibles. Siempre consideran que primero es lo urgente y después lo importante.

En el combate a los monopolios, no comprenden la queja por pagar doble tributo al fisco y al crimen. Por qué está mal visto que al romper un monopolio se queden con un cacho. Por qué se insiste en que sólo el Ejército debe ejercer la fuerza, si muchos grupos armados ya les compiten.

Su filosofía es olímpica en el campo deportivo, les gusta competir pero no ganar. Saltan a la cancha de la administración declarándose delanteros, pero juegan ratoneramente porque, a su entender, es mejor no recibir goles que anotarlos. Correrse al centro y dejar la banda derecha les parece ocioso.

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En los escasos momentos de reflexión a solas, a los elitistas los asaltan las dudas de siempre.

¿De quién fue la ocurrencia de inventar las escaleras, habiendo elevadores privados y helicópteros? ¿Por qué los mercados son tan fascinantes y los marchantes tan fastidiosos? ¿Por qué si quieren salvar al país en secreto, sus índices de aprobación son tan bajos? ¿Por qué si sus planes fallan, la gente no acepta atribuir el error al entorno económico?

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Sí, el populismo es un peligro para México, pero también el elitismo. Populistas y elitistas saben del fracaso de su modelo, pero les da flojera pensar en uno compensado porque todavía no hay manuales. Es más fácil agitarse sin moverse, polarizar a la gente y, a partir de la fuerza sin inteligencia, ver después qué rayos hacen con el resultado. Creen que son sinónimos paraíso y espejismo.
 
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Reforma
Sobreaviso
René Delgado
Ciudad de México
Domingo 26 de marzo de 2017.

René Delgado

Allá por mayo de 2013, con motivo de la crisis por la cual atravesaba la monarquía española y en defensa de ella por los servicios prestados a la democracia, el líder histórico socialdemócrata Felipe González formuló un parangón: "no hay que jugar con las cosas de comer".

Tal advertencia sobre el peligro de jugar con valores fundamentales de la democracia y el Estado se le quedó grabada a un empresario mexicano que con frecuencia la refiere, pero no la escuchó y mucho menos la entendió la clase política mexicana. Hoy, sobre el tablero electoral, se están colocando asuntos o problemas delicados que, por jugar con ellos, se podrían caer de la boca y, con ello, perder el alimento que nutre con pobreza a la famélica estabilidad social, económica y política del país.

Esa manía de utilizar asuntos o problemas claves como ariete para golpear al adversario favorito, o sacar raja de la ruina de una administración incapaz de erigirse en gobierno, puede o no reportar beneficios a quien los emplea. Sí, pero también puede terminar de corroer los muy frágiles pilares que sostienen a la democracia y el Estado de derecho. Si a más de un año de la elección del próximo presidente de la República y al centro de una compleja situación dentro y fuera del país ya no se repara en salvaguardar aquello con lo cual no se debe de jugar, no habrá por qué asombrarse si, en el concurso de la incompetencia electoral, se anula la viabilidad de México como país.

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El año de 1994 constituye la experiencia más reciente y más amarga de lo que le puede ocurrir al país cuando, en la miope ambición por conservar el poder y asegurar un proyecto, todo se pone en juego y se termina por engendrar una crisis de crisis.

Fractura en el poder, levantamiento social armado, secuestro de empresarios, magnicidios, consumo brutal de la reserva internacional y, al final, el error del cual Carlos Salinas de Gortari aún intenta desembarazarse. Tal fue el sello de ese año. De no ser por el puente crediticio extendido por William Clinton que entendía el peligro de tener por vecino a un país desestabilizado, aquella crisis de crisis a saber en qué hubiera concluido.

Hoy, el cuadro nacional es aún más complicado y, pese a ello, la clase política se resiste a usar lentes para leer el tamaño del problema frente al cual se encuentra. El Ejército lastimado, el crimen desatado, los partidos desvencijados, los Poderes de la Unión desacreditados, el malestar social enardecido, el tejido de la red diplomática deshilvanado, las policías inutilizables, la corrupción rampante, la economía trastabillante y, por si algo faltara, el Atila del Norte, Donald Trump, no entiende a su país ni al mundo y mucho menos al vecindario.


Si resbalones, desacuerdos, pleitos, ambiciones e irresponsabilidades políticas en 1994 pusieron al país contra las cuerdas, hoy el menor incidente podría ponerlo contra la lona. Por eso asombra que la clase política juegue con los alimentos.

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Hoy, todos los precandidatos se sienten cancilleres en vía de convertirse en estadistas y, en nombre de los migrantes, contra el muro y a favor del comercio, visitan Estados Unidos con ánimo de conquistar la simpatía electoral dentro y fuera del país. Dudan qué deben hacer, pero no en aparecer allá porque, en sentido contrario al viejo adagio, quien no se mueve no sale en las redes sociales ni en las portadas. Y allá van, de rebozo o abrigo o con ínfulas de catedráticos con dominio del español y el inglés, cada uno tratando de memorizar el acordeón a recitar. Importa figurar, no ser.

No les interesa el resultado de su gira porque, en todo caso, el responsable de las gestiones diplomáticas será el jefe de la administración, el presidente de la República, que tiene muy claro un asunto: si el Estado importa, ese es el Estado de México.

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En defensa del Estado... de México, el mandatario envía, ahí sí, muy bien coordinados a miembros del gabinete con una misión claramente establecida: impulsar a su primo, Alfredo del Mazo, quien no tiene muy claro si el parentesco lo beneficia o perjudica pero, sin titubear, protagoniza el rol del escudero encargado de preservar la cuna y, de no salir muy bien las cosas, el sepulcro político del pariente, si la corneta política llama a la retirada.

Dentro del marco legal, por supuesto, antes de acatar la veda, los gobiernos federal y estatal echan las despensas, las becas, los programas sociales por la ventana electoral, ansiosos por no perder ese enclave que podría vaticinar la pérdida de la casa de Los Pinos.

Claro que importa el Estado, pero el de México, el otro es lo de menos.

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En la confusión de jugar con lo fundamental en lo electoral, el spot propagandístico de Acción Nacional que convierte a un ratero en su portavoz, no tiene desperdicio.

Un asaltante con profunda conciencia política roba al pasaje de un microbús, les advierte a sus víctimas del daño que les ha propinado el PRI mientras él se vanagloria de "asaltar parejo". Queriendo sacar raja de la inseguridad y el crimen en el Estado de México, de seguro sin querer, Acción Nacional postula al ladrón como su candidato. Un ladrón por otro, resumen de la alternancia. A lo mejor traicionó el inconsciente al creativo productor, pero el spot no apoya a Josefina Vázquez Mota.

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Pese a la experiencia, recomendaciones y circunstancia, la administración, los partidos y los precandidatos juegan con cuestiones fundamentales que, por razones de seguridad y estabilidad, no deberían de insertarse en el concurso electoral y, al tiempo, descuidan y olvidan tareas para garantizar el mismo proceso electoral.

Desde niños lo saben pero, como no razonan ni memorizan, muy poco les importa: con la comida no se juega.
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Reforma
Sobreaviso
René Delgado
Ciudad de México
Sábado 18 de marzo de 2017.

René Delgado

A más de complicar la circunstancia nacional, Donald Trump ha alterado y afectado el calendario y el tablero electoral. Es un efecto colateral que poco a poco aflora con más fuerza.

Ahí, quizá, se explica la urgencia de la administración por renegociar el Tratado de Libre Comercio y la intervención de su jefe, Enrique Peña Nieto, en la contienda electoral. Quizá, también explica la postergación de la salida del gobernador del Banco de México, Agustín Carstens.

No están claros los términos ni el calendario de la renegociación del Tratado, pero su retraso dificulta la nominación del candidato presidencial tricolor y el panorama donde éste se podría insertar. Ante ese cuadro, Enrique Peña Nieto da muestras de oscilar entre el jefe de Estado con un problema nacional y el jefe de partido con un apuro electoral.

Por lo pronto, en el reciente Consejo Nacional del Revolucionario Institucional, el jefe de Estado archivó el asunto de la unidad nacional en tanto que el jefe de partido desempolvó el expediente de la unidad partidista.

La amenaza externa se entrevera con el calendario electoral y está por verse el resultado, si no hay destreza para conducir el Estado y el partido. Una cosa es cambiar de caballo a la mitad del río, otra pretender jinetear dos en el caudal.

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Es, desde luego, derecho del presidente de la República jefaturar su partido, respetando las limitaciones legales establecidas. Sin embargo, a veces, lo que la ley permite, la realidad lo niega y pone en juego la ética en la responsabilidad. Y, en este tiempo, la circunstancia insta a sacrificar o, al menos, restringir la militancia partidista en defensa de la política presidencial.

Dada la incertidumbre provocada por Donald Trump que no consigue integrar, asentar y delinear en serio su gobierno, pero sí descuadrar la escena internacional, es un riesgo reaccionar sin cuidado frente a sus desplantes o combinar la jefatura del Estado con la del partido. En el ámbito de la relación bilateral México-Estados Unidos, el momento reclama actuar con prisa pero con pies de plomo y visión de Estado.

En tal tesitura, asombra el manifiesto interés de Enrique Peña Nieto por participar, desde ahora, en calidad de dirigente partidista en la contienda electoral. El tono y el contenido de algunos fragmentos del discurso pronunciado en el Consejo de su partido, sobrecalientan la enrarecida atmósfera política.

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Tras abogar por la unidad nacional ante el exterior sin aceptar ni proponer un acuerdo al interior, la actuación del mandatario como jefe de partido borra las coincidencias ante la amenaza externa y subraya las diferencias internas. Privilegia lo electoral sobre lo estatal.

Decir que mientras las oposiciones "se encaminan a la división, las pugnas internas o la demagogia autoritaria, nosotros (los priistas) nos mantenemos cohesionados y con la unidad necesaria para vencer", enciende la contienda y pierde de vista la división del gabinete y el descontento de algunos "cuadros distinguidos" del priismo.

Asegurar, en relación con el costo político del incremento del precio de la gasolina, que "si algo quedó demostrado (...) es que la oposición sigue sin estar lista para ser gobierno", reabre el debate sobre el tino y el sentido de adelantar una medida con tal costo social.

En ese tenor, señalar que "a México no sólo hay que defenderlo del exterior, de hecho, hay que defenderlo aquí mismo", precisando que: "Hoy nuevamente hay riesgos de retroceso. Al igual que hace seis años, están resurgiendo las amenazas que representan la parálisis de la derecha, o el salto al vacío de la izquierda demagógica", es señalar que dentro y fuera hay enemigos y lo mejor es ocupar cada quien su trinchera.

La aclaración final del discurso es singular: "El PRI es un partido que sabe acordar, que pacta para gobernar y para transformar. Pero que quede bien claro: nunca, pero nunca pactará para dejarse derrotar. Nosotros, los priistas, y está en nuestra genética, siempre salimos a ganar". Es singular porque no cierra, reaviva el debate, no sobre la genética, sino sobre la condición de ese partido.

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La solicitud formulada a Agustín Carstens de postergar su salida del Banco de México hasta finales de noviembre, el afán de acelerar la renegociación del Tratado de Libre Comercio para concluirla a fines de año y, ahora, el llamado de Enrique Peña Nieto -en calidad de dirigente partidista- a la unidad y la disciplina tricolor, al tiempo de golpetear a la oposición y acelerar la contienda preelectoral, tienen por común denominador la fecha del destape del candidato presidencial tricolor.

Probablemente, en el último trimestre del año, el jefe de partido designará a su gallo cuando la oposición habrá tomado ventaja y cuando su margen de maniobra lo determinarán seis factores. El resultado electoral en el Estado de México, Coahuila y Nayarit; el avance, retraso o resultado de la renegociación del tratado comercial; la defensa de los migrantes mexicanos; la postura tomada frente al muro fronterizo; la estabilidad económica y financiera... y la baraja disponible de aspirantes a abanderar el tricolor.

"No ha sido esta administración una que destaque por su capacidad y habilidad para atender distintos frentes al mismo tiempo. Ahora, su figura principal, Enrique Peña Nieto, ha mandado la señal de pretender jefaturar al Estado y al partido. En la circunstancia nacional es una apuesta elevada. Y visto que, como el propio mandatario dice, el futuro del país está en juego, convendría aclarar quién lleva las relaciones exteriores: un canciller o un precandidato. Daría tranquilidad y certeza a la República saber, desde ahora, la definición de Luis Videgaray al respecto.

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ReForma
René Delgado
Sobreaviso
Ciudad de México
Sábado 11 de marzo de 2017.


René Delgado

Justo cuando el hechizo del Partido Revolucionario Institucional debería destacar no sólo la recuperación del poder, sino su propia transformación y, por lo mismo, la capacidad de reestructurar al país y estar en condición de repetir en la Presidencia de la República, esa fuerza no podrá ocultar un tono funeral en su festejo.

De seguro, el dirigente Enrique Ochoa intentará echar mano de la prestidigitación en el discurso celebratorio, pero la realidad exhibirá el truco y sepultará la ilusión.

El PRI recuperó el poder, pero no lo ejerció. Ganó la elección, pero no conquistó el gobierno. Alternó, pero no construyó la alternativa. Restauró viejas prácticas, pero no recolocó al presidencialismo al centro del universo político. Emprendió las reformas estructurales, pero salvo algunos capítulos de la laboral, la de telecomunicaciones, y la de energía, no pudo con la fiscal, la electoral y la educativa. Anunció el rescate de la seguridad pública y la honestidad en el servicio público, pero lega el reavivamiento de la violencia criminal y oficial, así como la voracidad sobre el dinero de los contribuyentes.

Ese partido que se repostuló ante la nación asumiendo la corrupción como cultura y la compra y coacción del voto como tradición, pero presumiendo su sabiduría en el arte de gobernar, hoy se perfila a la contienda por la Presidencia de la República como mero testigo de una competencia ajena.

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Ciertamente, la adversidad del entorno económico cifrado en la caída del precio del petróleo y la volatilidad del peso y, más tarde, la adversidad del entorno político cifrado en el triunfo de Donald Trump, complicaron la agenda, el plan de ruta y el calendario del proyecto de la administración. Sí, pero cuando ésta tuvo la oportunidad de corregir los errores propios -los normalistas desaparecidos en Iguala, la adquisición de la casa blanca y la de Malinalco y la reforma educativa contra los maestros- que vaticinaban su fracaso, titubeó, perdió la iniciativa, se pasmó, sometió a su partido y se precipitó en el marasmo que hoy la debilita.

A sus ochenta y ocho años de edad, el Revolucionario Institucional carece de la capacidad de articulación y reflexión imprescindible para rehacerse y recolocarse en unos meses en la palestra política, con la fuerza y el vigor de un auténtico competidor. Tanto así que, como en Veracruz, juega ahora en el Estado de México a prevalecer por sí o por interpósitos panistas afines a la idea de reducir la alternancia a una cuestión de turno en el ejercicio de no poder, pero sí tener. Son los comicios en el Estado de México el ensayo de si no soy yo, sé tú, siempre y cuando no sea aquel. El montaje preliminar de la puesta en escena del pantano donde el priismo se refleja en 2018, el de la alianza no declarada de los supuestos adversarios a muerte, dispuestos a acostarse juntos en el sepulcro. Sobran los priistas empanizados y los panistas en-prisados. Los únicos confundidos en esa operación son los perredistas, dueños de la franquicia, garantía del bienestar político sin aspiración de poder, que no saben si esa alianza los incluye o no.

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La misma composición o descomposición, según se quiera ver, del conjunto de la dirección del partido tricolor revela que, pese a la calamidad en puerta, la nueva y la vieja generación del PRI se dan la mano antes de aplaudir al primer priista de la nación que los conduce, firme, al desfiladero.
Los nuevos rostros del PRI son los de antes, los viejos rostros del PRI son los de después, es la política endogámica que tras el antifaz oculta el temor a qué será de ellos, si a las cero horas del día primero de diciembre de 2018 acaba el hechizo tricolor que los sacó de la pesadilla de verse fuera de Los Pinos, pero les provocó insomnio en vez de sueño o anhelo.

Día a día, ese equipo dirigente del brazo de los alicaídos líderes del gabinete presidencial -el poder no se ejerce, pero se comparte- se esmera en impulsar, sin querer, la campaña presidencial de su principal adversario, generando confusión entre sus propias huestes que, prestas a la cargada, dudan si decantarse en dirección contraria a la acostumbrada.

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No es para menos, gobierno y partido lo han hecho todo.

Adoran en secreto a Javier Duarte que, en el arte de la fuga, supera a Joaquín Guzmán Loera sin gastar un solo quinto en túneles. Sonríen ante el brillo de la constelación de exgobernadores acusados de corrupción al contratar reputados abogados, vivir bajo el amparo o residir sin tapujos allende la frontera. Aplauden el fomento de la vivienda de interés político, en vez de la de interés social. Sienten el descontento por el gasolinazo y, sensibles, optan por electrocutar a los consumidores con las nuevas tarifas eléctricas. Saben de la pérdida del poder adquisitivo del electorado, y no dudan en ponerse de ejemplo de cómo malgastar cuando se pueda, aunque sólo ellos puedan. Recrean a los cadetes del Colegio Militar frente al asedio del exterior y, en sentida parodia, se entregan envueltos en papel celofán sin ponerse moños. Explican el repunte de la violencia en los estados donde hubo alternancia como parte del natural reacomodo, producto de la pluralidad, la competencia y diversificación de la industria criminal. Envidian la capacidad recaudatoria de la extorsión, aunque niegan el doble tributo.

Partido y gobierno han hecho todo, incluso cerrar la distancia entre ellos hasta borrar la línea que pudiera sugerir una diferencia.

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Entusiasmar al rebaño tricolor y llamarlo a la unidad ante el exterior y la próxima elección presidencial, cuando la administración -emanada de su partido- ha hecho y hace lo indecible por desanimarlo y dividirlo, dejará ver qué resta del hechizo tricolor.

Reforma
Sobreaviso
René Delgado
Ciudad de México
Sábado 4 de marzo de 2017.

René Delgado

Quizá por la costumbre de someter desde el poder, la administración acepta sin mayor reparo el sometimiento ante el poder del gobierno de Estados Unidos. Sólo así se explica la actitud obsequiosa y conciliadora -dicho con suavidad- con que la administración priista atiende y recibe los insultos y las agresiones de Donald Trump y sus sheriffs.

No acaba Trump de establecer qué quiere y, sobre todo, qué puede, y la administración de acá se desvive en darle satisfacción. No acaba el hombre de sentarse y asentarse en la Oficina Oval -gobernar también es cuestión de asentaderas-, y ya se precipita la administración a negociar sus caprichos, mostrando comprensión. No acaba de integrar su equipo y fijar líneas de acción, y ya se calcula qué ofrecerle. No acaba el espontáneo de perfilar su grado de bipolaridad, y la administración ya se mueve al ritmo de su locura.

Al paso de los días, la conducta de la administración antes, durante y después de que Donald Trump asumiera el poder revela cómo venera el poder: con adoración y miedo. Imponiéndolo donde puede y doblegándose donde la somete.

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Sí, en estos últimos días, los operadores del presidente Enrique Peña Nieto han respingado ante el sometimiento, pero no se han resuelto a resistirlo.

Aceptan el muro, pero no pagarlo. Consienten reabrir el Tratado, pero no descartarlo. Toleran la deportación de nuestros paisanos y otros nacionales, pero no masiva. Admiten la criminalización de los indocumentados, pero piden no maltratarlos. Acuden allá y reciben aquí a los interlocutores, pese a los modales. Se declaran ahora orgullosos latinoamericanos, pero no dejan de mirar y anhelar el norte, pese al problema de seguridad nacional supuesto en depender de ese sólo polo. Piden la unidad ante el exterior, pero rechazan el acuerdo al interior.

Tan dados a plantarse en su postura hacia dentro del país, el mandatario y sus operadores se descuadran hacia afuera, y la duda los hace presa de sus titubeos e indecisiones, dentro y fuera. Tan dados a dar largas a la atención y solución de los problemas internos, se desbocan en resolver las intenciones de Donald Trump, aun cuando ni él las tenga claras.

Es el espectáculo del bufón que se burla de los siervos y teme no sacarle una sonrisa al rey... sin advertir que el rey va desnudo.

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Es temerario formular estos juicios a partir de lo que se alcanza a ver desde el graderío de la política, pero la administración no muestra interés en elaborar una política de información y comunicación ante la difícil circunstancia. Entre sus fracasos, el de la comunicación vulnera acelerada y brutalmente sus posibilidades.

Un ejemplo. Fuera de grabadora pero casi pidiendo publicarlo, se anuncia la petición presidencial al gobernador del Banco de México, Agustín Carstens, de permanecer en el puesto hasta noviembre. Se funda la solicitud en la idea de asegurar la estabilidad económica y financiera en la complicada coyuntura pero, sin explicación cabal y oficial del giro, la decisión abona las especulaciones. Hay quienes piensan que, como siempre, se patea el bote hacia adelante, en vez de encarar el problema desde ahora y perfilar manifiestamente al responsable de reemplazar a Carstens en el Banco. En ese contexto, hay quienes ligan la postergación de esa salida con la precipitación de tener claridad en la relación con Estados Unidos hacia finales de año y, así, tener margen de maniobra electoral ante el destape de quien, al final, abandere al tricolor en la contienda por la Presidencia de la República.

En esa lógica, estos últimos consideran que al Banco se iría José Antonio Meade que, como suspirante presidencial, se achicharró con el gasolinazo y, a sustituirlo en Hacienda, el hoy director de Pemex, José Antonio González. Se verían, entonces, las posibilidades del canciller Luis Videgaray que ha hecho del error su escalera al cielo o, en su caso, las de otros gallos propios o ajenos, por no decir empanizados.

Tal desinformación obliga a considerar que, tras el supuesto afán de fijar una política de Estado frente al imperio en decadencia, la administración juega a fijar una política (electoral) de partido. Y, ahí, cobra sentido la marginación del secretario Miguel Ángel Osorio Chong en la política estatal, a fin de anular su participación en la política electoral.

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¿La administración reconoce la frontera entre la precipitada política de Estado frente al vecino del norte y la angustiada política electoral del partido que pierde día a día la posibilidad de presentar un candidato presidencial competitivo? ¿Distingue lo estatal de lo electoral?

A finales de año se sabrá si la administración, ante el interés electoral, sacrificó o defendió el interés nacional.

· No todos los Ministros son iguales
 
A raíz de la crítica hecha en el Sobreaviso anterior a "los ministros de Justicia de un país injusto (que) declinan tener el gesto solidario de reducir su exorbitante sueldo porque irían contra la ley", una fuente respetada y respetable de la Suprema Corte proporcionó esta información:
 
Los ministros no fueron consultados sobre la petición de disminuir su salario. La respuesta fue firmada por el secretario general de la Corte, por instrucciones del presidente, sin conocimiento ni consentimiento del Pleno. Los ministros se enteraron por la prensa de esta situación. Hay malestar interno por haberse respondido sin considerar a los integrantes del Pleno. Algunos ministros estarían de acuerdo en una renuncia temporal a una parte de su salario como símbolo de solidaridad y sensibilidad social. En suma, los ministros no se han pronunciado sobre el tema de sus salarios.

¿Aclarará algo el ministro presidente de la Corte, Luis María Aguilar?

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Reforma
Sobreaviso
René Delgado
Sábado 25 Feb. 2017.


René Delgado        

Siempre es difícil pedir a otro lo que uno niega a los demás.

Desde hace tiempo y de modos muy distintos se instó al presidente de la República a unirse a la nación y encarar, con ella, los problemas internos, causa del malestar social, el descreimiento en las instituciones, el abatimiento de la esperanza democrática y, desde luego, el descrédito de la propia figura presidencial. Se desoyó ese llamado y se desecharon las oportunidades que la propia adversidad ofrecía para girar y fortalecer los puntos de apoyo de la administración, acortando la distancia con la ciudadanía.

No por ello es momento de regatear la unidad nacional en torno al mandatario frente a la amenaza externa, pero tampoco de otorgarla sin impulsar un acuerdo al interior que, dentro y fuera, le dé perspectiva al país. Sí a la unidad nacional al exterior, pero a partir de un acuerdo al interior. Pedir lo uno sin lo otro es una ilusión.

No puede la administración convocar a la unidad nacional, sin acercarse a la nación.

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En medio de la circunstancia donde, hoy, se conjugan los problemas internos y externos en presagio de un tiempo mexicano atroz, lo único claro es que la política de siempre no va a arrojar el resultado pretendido.

Y el resultado pretendido no puede ser otro, sino el de asegurar la vigencia de las instituciones frente al desbocamiento del malestar, atemperar las medidas económicas que lastiman a la gente, fortalecer la seguridad pública y la estabilidad en los destinos turísticos que, hoy, son la única entrada regular de divisas, y cuidar con celo y honradez el proceso electoral del año entrante a fin de garantizar, lo mejor posible, la transmisión del poder.

Dicho en breve, la acción gubernamental en este último tramo del sexenio sólo puede tener por objeto fortalecer el Estado de derecho, dar congruencia y consonancia a la política interior y exterior, conducir la política económica y social sin tinte electoral, retomar el camino de la transición a la democracia y defender la soberanía.

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La política de siempre no sirve ante la realidad prevaleciente.

Es un sinsentido practicar una diplomacia reactiva y servil frente a un gobierno, como el de Donald Trump, que aún no se establece ni acaba de fijar sus posibilidades. Un sinsentido insistir en la comunicación oficial que confunde información con propaganda, lanza cada tercer día un mensaje sin contenido, y cierra el oído al reclamo de rendir cuentas. Un sinsentido continuar la política cupular que margina a la ciudadanía interesada en participar con propuestas. Un sinsentido cuidar al preferido a costa de la división y descoordinación del gabinete, creyendo que en cuanto pase lo que está ocurriendo habrá forma de reposicionar al favorito en las preferencias electorales.
Lo que está sucediendo demanda un gobierno y una estrategia de emergencia nacional y, para eso, no sirve la política de siempre. Esa política no atempera el problema, lo agrava... hacia adentro y hacia afuera.

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Hoy, hay quienes piden guardar la demanda ciudadana de atender el problema interno en favor de la unidad nacional que exige la amenaza externa.

Es imposible. Invocar a tener fe ciega en un gobierno ciego supone hacer de la ceguera generalizada el credo nacional. Supone renunciar a ver de lejos y de cerca, hacia adentro y hacia afuera, a darle la dimensión justa al problema y a tener perspectiva. La ceguera compartida es aceptar la oscuridad como hogar de las necesidades y los anhelos. Por lo demás, a nadie escapa el socorrido recurso político de crear o crecer artificialmente a un enemigo nacional interno o externo para, bajo la justificación de confrontarlo unidos, evadir la responsabilidad de atender los problemas que dividen al país y, en verdad, vulneran sus posibilidades.

Sí, Donald Trump es un peligro para México, pero también la pusilanimidad política, la corrupción voraz y la impunidad criminal, la negligencia. Y, mientras el gobierno estadounidense no se asiente y establezca el límite y el horizonte de su locura, es imposible determinar qué hacer y qué no.
Lo que sí es posible y realizable, justo para fortalecer la unidad ante el gobierno del troglodita, es actuar frente a los males nacionales cuyas variables se pueden controlar. Esa posibilidad depende en mucho de, vaya paradoja, la disposición presidencial para practicar la unidad con la nación y recibir, en reciprocidad, la unidad de la nación con él.

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El armado del acuerdo en favor de la unidad sí es posible.

Tal posibilidad exige, desde luego, abrir el gobierno a quienes revisten capacidad, credibilidad y dan confianza a la ciudadanía. Y, a la vez, cerrarlo en definitiva a quienes son emblema de pusilanimidad. ¿Cómo explicar la reincorporación de Luis Videgaray que hace de cada error su mejor acierto y de Virgilio Andrade que entiende la función pública como ejercicio de encubrimiento y complicidad? Se puede integrar un gabinete de emergencia, hay cuadros capaces y confiables. Hacer lo de siempre con los mismos, lejos está de ser fórmula de solución.

Si, al arranque de la administración, el presidente de la República tuvo la audacia de convocar a los partidos establecidos para pactar las reformas que consideraba fundamentales para su proyecto, hoy podría convocar no sólo a los partidos sino también a los grupos activos de la sociedad -ciudadanos, académicos, gremiales, patronales e intelectuales- para acordar un pacto integral de corto y mediano alcance no para la administración, sino para la nación en su conjunto.

Convocar a la unidad exige determinar en qué estamos de acuerdo. Sí a la unidad, sí al acuerdo. No hay tiempo, urge acordar para conjurar el desencuentro teniendo enfrente una amenaza que demanda unir esfuerzos.

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Reforma
Sobreaviso
René Delgado
Ciudad de México
Sábado 11 de febrero de 2017.

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El mundo es comprendido por el paradigma, es la forma por la cual es entendido el mundo, el hombre y por supuesto las realidades cercanas al conocimiento.

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