René Delgado

Prohibidos los animales en el circo, hoy los reyes de las pistas son los políticos. Uniformados de payasos, luego luego sacan la risa, aunque más tarde meten el miedo.

Producto de pactos y errores cometidos con antelación y de conjunto, la troupe ahora concursa por diferenciarse a partir de una divisa absurda: a ver quién convierte el disparate en acierto indubitable. ¡Qué competencia! Cambian de roles y disfraces en graciosa lucha por conquistar al respetable electorado que mira con curiosidad, no exenta de azoro, cómo juegan con fuego y sonríen frente al desastre. Pero, hombre, así es ahora la política: arte de sacar de la chistera un tinaco, una despensa, un plástico o una puntada inolvidable.

¡Viva México! Sí, pero sobre todo los políticos capaces de carcajearse ante la calamidad, cualquiera que ésta sea.

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¡Ah! ¡Qué pléyade de standuperos ha germinado en el vivero tricolor!

Qué Cirque du Soleil, qué Ringling Brothers ni qué nada. ¡La carpa instalada en Insurgentes Norte esquina con Los Pinos es reserva natural del más grande espectáculo!

Ahí está el nuevo Resortes, haciendo actos de contorsionismo político. También el primer priista que, en aparente falta de dominio de la conjugación de los verbos, confunde el futuro con el pasado y asombra asaz con la oferta de no regresar a donde quieren llevarnos.

Junto con ellos, el pastor de los senadores tricolores, garantía de solaz esparcimiento. Le asesta pastelazo tras pastelazo a su colega tricolor en la Cámara de Diputados, le roba su lugar al administrador del partidazo y, en el colmo de su insuperable sketch, organiza una votación al más puro estilo tricolor, estableciendo restricciones: en la boleta sólo anota los nombres indicados, según esto, dictados desde lo más alto de las alturas. De risa loca, la consulta a los padres de la patria.

A su vez, el gerente del partido se distingue de más en más por su progreso en el manejo del discurso a manera de tolete idiológico (no ideológico, idiológico). Lo de él no son los conceptos, sino los adjetivos. Sal y gas pimienta les pone a sus palabras.

No sólo ellos son los reyes. Hay más. Ahí está el alumno destacado del laboratorio de prácticas profesionales, el Instituto Matías Romero, siempre volando y ensayando algún nuevo dislate diplomático. Qué ingenio el suyo, ojalá Donald Trump reconociera el empeño de ese dreamer mexicano. Y ni qué decir de ese gran, pero gran artista de la pista o el paso exprés, el secretario de Comunicaciones y Transportes, el hombre bala, el funcionario misil catapultado contra el socavón sin enterrarse. ¡Qué temple y qué cachaza! De rechupete el numerito, de donde siempre sale ileso. Debería hacer dueto con el secretario en Desarrollo.

Lo importante, como quiera, es el elenco en su conjunto, desfile de saltimbanquis, pasarela de estadistas clandestinos ofreciendo show y ayuda sobre las ruinas de Oaxaca y Chiapas... no las prehispánicas, sino las más recientes. Y qué cosa oírlos pronunciar aquella fantástica divisa revolucionaria que, refraseada por ellos, dice: "Patria o suerte: ¡ganaremos!".

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Los de enfrente -perdón, los del Frente- tampoco cantan mal las rancheras.

Ahí está El Niño Maravilla que de los viejos lobos tricolores de mar ha hecho un espectáculo de focas. Un afortunado muchacho que encontró en la ex lideresa de las aeromozas y Chucho El Roto a los compañeros ideales para montar el musical: Amor en el Aire o el Vacío. El tiburón joven enamorado de la rémora con dotes de sirena, apadrinados por ese gran estratega y pescador veracruzano, el hombre naranja de hace algunos años, que alerta del fin del régimen sin tener muy claro si hay otro.

Venga la melé de doctrinas y ocurrencias metiendo al centro la muy bien recibida idea ciudadana, bátanse en la licuadora los ingredientes a partir de la receta de echar atrás lo pactado y a disfrutarlo, acompañado del enorme pastel con fecha de caducidad homologada en julio del año entrante. Hay betún, harina y cerezas, rebanadas y migajas para todos... así que no hay por qué pelearse, sí por qué aliarse. ¡Vivan la hoz y el crucifijo, el rosario y el martillo, brille el yunque bajo los rayos del sol azteca! ¡Qué puesta en escena tan colosal y en tan corto tiempo! Ni caso ponerse a deshojar la margarita, ese botón vino sin pétalos.

De quienes hay que cuidarse es de los cinco chiflados que, en un golpe de magia, se cambian de camiseta al centro de la pista y juran traer la misma ropa. Numerazo el de los corderos disfrazados de lobos hambrientos, pero pastoreados.

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Y, claro, concentrando la luz de los reflectores en la pista principal, el gran fenómeno, el político que cruza los pantanos sin mancharse y los desiertos sin tomar agua.

El líder carismático ocupado ahora en aclarar afuera que no es lo que se piensa, pero la aclaración confunde a sus interlocutores. El tragafuegos que jura no comer lumbre. El foco de atracción al que se acercan los mejores y los peores. El hombre sin barbas qué remojar ni cola que le pisen.

El político que repudia el dedazo, pero no el dedito y aborrece, a veces sí y a veces no, las encuestas.
 
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 Mención aparte merece también la rutina en entreactos del gobernador y candidato independiente. Denle licencia, pónganle redes. No gobierna, no es independiente, tampoco bronco ni candidato, pero se esmera en crear la ilusión.

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Qué de gritos, qué de apachurros. Qué risa y qué miedo. El circo de la República ya da de qué hablar sin abrir la temporada. Ojalá no retiemble más en su centro la Tierra y tampoco llueva porque, ahora sí, está claro: el interés superior de la nación es inferior al de la elección.

Siga el desfile, venga la pasarela... así sea sobre las ruinas.

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Reforma
Sobreaviso
René Delgado
Ciudad de México
Domingo 17 de septiembre de 2017.


René Delgado

Pueden tomarse precauciones, prever posibles daños y recomendar conductas, pero no más: escapa aun a la voluntad humana, sobre todo a la científica, el control del poder de la naturaleza. No así, el control de la naturaleza del poder. Ahí, sí se pueden tomar decisiones, emprender acciones y asumir conductas antes, no después del desastre. Está en la voluntad, sobre todo en la política, someter y acotar a las fuerzas del poder.

No es lo mismo el poder de la naturaleza que la naturaleza del poder.

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Vale el parangón. Si bien era imposible conjurar el temblor de antenoche generado por el poder de la naturaleza en poco más de tres minutos, sí era posible conjurar el cimbramiento del Congreso de la Unión provocado a todo lo largo de la semana por la naturaleza del poder.

Las dirigencias políticas y parlamentarias de los partidos Revolucionario Institucional y Acción Nacional se lavan y frotan las manos frente a la crisis constitucional provocada voluntariamente por ellos en el Congreso de la Unión. Calculan quién sacó más raja del error, en vez de reparar en su incapacidad o perversión política. Ambas dirigencias humillaron al Poder Legislativo. Unos instando al Poder Judicial, otros rogándole al Ejecutivo meter la mano. Judicialización y presidencialismo de la política, supuestamente abominados por ambos.

¿Qué pretenden, tirar el tablero antes de empezar el juego? ¿Usar como ariete electoral, instituciones y asuntos públicos o lo que sea en pos del poder? ¿Hacer de la elección, eliminación? ¿Convertir los comicios en ruleta rusa ciudadana? Si así arranca la disputa, la naturaleza de esa lucha provocará una catástrofe. El país ya lo ha sufrido.

Una cosa es erguirse ante una calamidad desatada por la naturaleza, otra tropezarse de nuevo frente a una catástrofe provocada por la política.
 
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Es difícil dilucidar si la crisis salvada a partir del ardid de parar el reloj parlamentario es o era, por un lado, el afán priista de convertir en automático al procurador en fiscal o, por el otro, tender una cortina de humo sobre la fortuna familiar del dirigente panista y el uso personal del partido. Se puede parar el reloj, no el tiempo.

Lo uno o lo otro perfiló como telón de fondo la disputa por el poder presidencial y la ausencia de escrúpulos en la gana de retenerlo o recuperarlo. La naturaleza del poder sembró un huracán político.

La insolencia priista de meterle la mano al PAN y ahondar su posible fractura, operada por Emilio Gamboa en el Senado con apoyo en la pandilla encabezada por Ernesto Cordero, y el propósito de socavar la autoridad de Ricardo Anaya, armado por Enrique Ochoa desde el PRI a partir del vituperio, tuvieron por respuesta la parálisis de la Cámara de Diputados, instrumentada por el dirigente panista en cooperacha con los restos del perredismo.

Si al inicio del sexenio esas tres fuerzas pactaron hacer fortaleza de su debilidad, al cierre del sexenio están dispuestas a romper y fracturar, aun cuando no hayan conseguido recuperarse del todo ni consolidar su fuerza propia o construir un liderazgo en serio. El priismo no conquistó el gobierno, ni restauró el presidencialismo; el panismo en vías de recuperación, pero -aún convaleciente- ahondó su pugna interna; y el perredismo hizo del naufragio su hábitat, de sus posiciones y posturas, un negocio a plazo e interés fijo; y de la alianza con el panismo, un salvavidas.

Las tres fuerzas que pactaron hacer de la política materia cupular de transa y reparto proporcional de cuotas, hoy lamentan no haber pensado y legislado bien las reformas impulsadas con su voto, cuyos beneficios y perjuicios, efectos y defectos, comienzan a sentirse.

Se les fue el punto en el tejido y se enredaron. Hoy, no les importa romper la chambrita.

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Es evidente que al PRI y a Morena les conviene dispersar el voto, no reconcentrarlo en tres frentes o alianzas.

Al priismo, en particular, el tercer frente de panistas, perredistas y la movida ciudadana le rompe la estrategia y el modelo aplicado en el Edomex. Los tricolores entienden la divisa divide y vencerás como una profecía. No advierten que un mal cálculo estratégico en la posibilidad y los recursos puede terminar por agotar y aniquilar el esfuerzo, en vez de coronarlo. Dividir o polarizar sin gobernar puede quebrar instituciones, frágiles de por sí.

Es obvio que a la dirección panista le conviene correr por los carriles de la candidatura propia y la frentista, si implica vulnerar al adversario interno, prorrogar la postulación del abanderado y conservar el mando del partido. Y es obvio que las tribus perredistas hegemónicas requieren aliarse a la izquierda de la derecha, así sea título de apéndice, por instinto de sobrevivencia.

Si en esos afanes los partidos van a echar mano de cuanto sea para acomodar sus intereses, más valdría declarar una moratoria legislativa y parlamentaria y sólo sacar los asuntos imprescindibles. Después de las elecciones podría abordarse con mayor perspectiva lo no perentorio y sí importante.

Los partidos ex pactistas ya dejaron ver que el interés superior de la nación es inferior al interés electoral de los partidos. Si antes sonreían entre sí y se afilaban las uñas, ahora muestran las garras. Cuidado.

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Sectores y grupos activos de la sociedad deben someter a control la naturaleza del poder, evitando ser vencidos en vez de convencidos.

En temporada de huracanes sembrados por el sobrecalentamiento global y temblores generados por el poder de la naturaleza, los partidos andan con la tentación de recalentar el ambiente nacional y dinamitar, a causa de la naturaleza del poder, lo construido.

Una cosa es que se caiga sin querer un edificio, otra tirarlo adrede.

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Reforma
René Delgado
Ciudad de México
Sábado 9 de septiembre de 2017.

René Delgado

A saber cuál sea el plan de salida del presidente Enrique Peña Nieto, pero demasiados problemas y errores, propios y ajenos, están yendo a reventar a las puertas de Palacio. Esa situación se traduce en una atmósfera enrarecida con olor a incertidumbre. Pero si mañana, en vez de ventilarse ese ambiente se sobresatura, no habrá por qué extrañarse si esos problemas y errores se descomponen hasta despedir un tufo de desasosiego con tinte de inestabilidad.

La negligencia y pusilanimidad del secretario Gerardo Ruiz Esparza arrastra al mandatario al socavón. La corrupción salpica al Ejecutivo y su partido. El lento aprendizaje de Luis Videgaray no asegura su titulación. La apertura de los candados para postular candidato presidencial tricolor amplía la baraja, pero acelera a los jugadores. Los tímidos actos de campaña de los secretarios de Estado, entusiasmados con la idea de concursar, son actos fallidos de gobierno. La felicitación en persona a Miguel Riquelme por su elección en Coahuila es precipitación en Los Pinos y mecha de malestar afuera. La inminente designación del Fiscal General de la Nación polariza al Senado. Y si los muertos sufragaran de nuevo, el número de homicidios dolosos garantizaría un enorme caudal de votos.

A las puertas de Palacio llegan esos problemas y, al parecer, el Príncipe no los mira. Desde el balcón observa absorto el siglo XXI sin atreverse a abandonar el presidencialismo de mediados del siglo XX.

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Vista en retrospectiva y a la luz de la filosofía oficial en boga, la tradición de dejar llegar los problemas a las puertas de Palacio no implica novedad.

A menos de dos años de haberse coronado, grandes y pequeñas contrariedades comenzaron a alcanzar al soberano y, absurdamente, éste invirtió los roles: se convirtió en el secretario de sus colaboradores -ojalá, la palabra indicada sea ésa- y no los colaboradores en sus secretarios. El Ejecutivo asumió como suyo cuanto problema surgía o error se cometía y los colaboradores no tardaron en parapetarse detrás de él, en vez de ponerse al frente o a su lado.

Del desacierto en el diseño de la comunicación presidencial, mejor ni hablar. Sus estrategas emboscaron al Ejecutivo en Los Pinos, pretextando protegerlo. Lo exhibieron donde no debían, y lo ocultaron donde mejor se desenvolvía.

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Después de sacar adelante el marco jurídico de las reformas estructurales, la administración no pudo constituirse en gobierno. Bien que mal, pudo con la operación legislativa a partir de una política cupular, fincada en canjes y cuotas, pero no pudo con la operación ejecutiva a partir de liderar y coordinar un equipo eficiente, capaz de aterrizarlas.

Luego comenzaron los problemas y los errores. Se toleró a las brigadas armadas de autodefensa y, después, se les abominó. En muestra de un raro equilibrio, se indultó a un gobernador y se castigó a otro en Michoacán por vínculos criminales. Se dejó impune al gobernador Ángel Aguirre Rivero, asumiendo la responsabilidad de la desaparición de los cuarenta y tres normalistas de Ayotzinapa. Se atraparon capos sin desmantelar cárteles y brotaron bandas más violentas. Se solapó la casa de Malinalco del alter ego, quizá, en defensa propia de la de Las Lomas y se usó sin éxito a Virgilio Andrade como el tintorero incapaz de quitar manchas. Se encargó a Arturo Escobar prevenir el delito. Se recargó la seguridad en las Fuerzas Armadas, sin reestructurar en serio a las policías. Se ignoró cuanto acontecía en Veracruz, Quintana Roo y Chihuahua, hasta que el saqueo se salió de las alforjas. Se redujo la política exterior a viajes sin destino, porque no pudo fijarse la política interior como punto de partida. Y se dejó crecer el río de sangre y dolor del calderonismo.

Esa ya es historia, pero explica en parte el presente.

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Hoy, a diferencia de ayer, los viejos problemas y errores que revientan a las puertas de Palacio inciden en un momento delicado y coinciden en una circunstancia complicada.

Ahora, el calendario marca la hora en que el Ejecutivo debe realizar una triple operación. Calibrar con precisión si el suspirante predilecto puede y tiene con qué abanderar tanto al partido como a él, al tiempo de apurar la cicatrización de los frustrados. Asegurar que los problemas y las adversidades no vulneren la estabilidad, justo al cierre de la administración y el inicio de la campaña. Y, desde luego, preparar la salida hasta donde sea posible.

Muchos de los problemas y errores que se dejaron correr y crecer, ahora revientan con más fuerza. En particular cuatro: el relativo a la corrupción, tanto en su persecución como en su prevención; el mazacote legislativo presentado como reforma electoral que, en canje de la reforma energética, se elaboró sobre las rodillas y hoy amenaza al proceso y tambalea al Instituto; el retraso de la salida del gobernador del Banco de México que, ahora, sí puede resultar inoportuna; y el nombramiento del Fiscal General de la Nación que, en cuestión de días, podría tensar aún más la relación de la administración con parte del panismo y el perredismo.

Como añadido, el factor Trump -antes exagerado, ahora disminuido por el canciller Videgaray- amenaza con complicar aquella triple operación, poniendo un revólver contra la sien del comercio establecido, consciente de la fragilidad y debilidad de su vecino. Falta por ver qué sigue en Venezuela, donde al parecer en breve vendrá un arreglo y en el cual México podría quedar mal parado.

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Tal es el cúmulo de cabos sueltos que hacer los amarres necesarios se ve difícil, sobre todo, si se sigue dejando que los problemas y los errores lleguen a las puertas del Palacio y se miren desde la óptica del pasado.

Reforma
Sobreaviso
René Delgado
Ciudad de México
Lunes 28 de agosto de 2017.


René Delgado

Por triste y chistosa, en la cartelera política no hay comedia más entretenida en estos días que la protagonizada por los partidos de la Revolución Democrática, Acción Nacional y Revolucionario Institucional. Su orfandad, o sea, la carencia de liderazgo y el arrumbamiento de su respectiva doctrina, les hace cometer locuras increíbles, la más reciente: abrirse para cerrarse.

Simulan ya no importarles quién vaya a abanderarlos en la contienda electoral del año entrante, porque el punto es sobrevivirla y, si se puede, quedarse con la Presidencia de la República aun cuando no sepan qué hacer con ella.

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La elección del año entrante pinta como un referéndum en torno al modelo de desarrollo y esos tres partidos corren en dirección contraria a los polos donde deberían agruparse.

El aliado natural del panismo es el priismo y el del perredismo es el morenismo. La evidencia es obvia, sin embargo, las dirigencias albiazul, tricolor y negriamarilla fingen no darse cuenta. Es comprensible porque, asumirlo, exigiría sacrificar las pequeñas ganancias conquistadas por el grupo hegemónico partidista que controlan. La patria es primero, desde luego; pero antes las prerrogativas, los privilegios y las prebendas.

Bajo esa miope mirada inventan fórmulas y pócimas para ensayar chistosísimos experimentos políticos sin tener muy claro qué es lo que quieren y proponen.

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En nombre de la apertura a la ciudadanía, el priismo rompe los candados que le impiden postular a un simpatizante que, técnico y moderno, propone el matrimonio doctrinario de Plutarco Elías Calles y Manuel Gómez Morin. Un cuadro al que poco le importa el color de la camiseta, siempre y cuando lo vista.

Al panismo que -según Carlos Castillo Peraza- se alzó con la victoria cultural de sus postulados sobre los del priismo desde 1988, aún le cuesta emparentarse con su supuesto adversario histórico y practica una política esquizofrénica: electoralmente se alía al perredismo y políticamente al priismo. Y, hoy, junto con la cúpula perredista, busca al estadista encubierto que abandere la idea de que la-izquierda-y-la-derecha-unidas-jamás-serán-vencidas. Bajo el ardid de integrar un frente amplio que no acaba de definir qué propone y a qué se opone, la dirigencia panista defiende sus pequeños intereses y niega estar ante la posibilidad de aliarse política y electoralmente al priismo.

La dirigencia formal e informal del perredismo impulsa la política del despecho. Si Andrés Manuel López Obrador sólo invita a las bases perredistas a unirse a su movimiento y no a la dirigencia, mejor es integrar un frente con el panismo. Nada le dice la experiencia de esa alianza con los albiazules, en cuanto conquistan la posición en juego, el panismo los deja colgados de la brocha o les da el esquinazo para acordar con el priismo. Sin hablar, desde luego, del fracaso de sus gobiernos aliancistas.

Los tres partidos se abren para cerrarse.

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Tristes y chistosas las dirigencias de los tres partidos, sus precandidatos hacen juego con ellas. Combinan. De ellos, son contados quienes manifiestan clara y contundentemente su legítima ambición de terciarse al pecho la banda tricolor.

La mayoría de los precandidatos tricolores simpatizantes, militantes o semisimpatantes -es la nueva categoría-, niegan descartarse del juego, pero tampoco se encartan en serio. ¡Piden permiso! Y, aun con permiso, sólo en voz baja dicen estar interesados en ocupar la residencia oficial de Los Pinos, pero en voz alta aseguran estar en lo suyo y lo suyo es cumplir con su tarea y servirle al jefe. Juegan, pero no se la juegan. Se toman la selfie, pero no la foto en plano abierto.

El dirigente Ricardo Anaya no niega, pero tampoco afirma su ambición y jura que, de ser necesario, se envolverá en la bandera del Frente Amplio para arrojarse desde lo más alto del Instituto Nacional Electoral a fin de registrar la alianza, aunque su nombre no aparezca en la ansiada boleta. Y el perredismo sufre mucho porque, a excepción de Miguel Ángel Mancera que por lo demás no es militante con credencial pero sí con afiliados, nomás no tiene cuadro presentable con talla y peso.

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La parte más dramática de la comedia es que, en el fondo, tricolores, albiazules y negriamarillos carecen de cuadros formados en la práctica y la doctrina de su organización, así como en el servicio público o la representación popular de cara a la ciudadanía. Por eso ahora andan pidiendo prestado.

Tanto cerraron los canales de participación dentro de sus propias filas, tanto concentraron el mando en el grupo hegemónico dominante, tanto se acostumbraron a hacer política a partir de las prerrogativas y las prebendas que, ahora, se abren para cerrarse y ver la posibilidad de sobrevivir, aunque no ganen.

Se desplumaron a sí mismos de tanto limitar la política a los cuates y las cuotas. La endogamia y el dinero los echaron a perder. Y, por si algo faltara, los enanos les crecieron, los partidos chicos -la contienda en puerta sería la oportunidad para salir de ellos- están de plácemes porque sus frijolitos pesan y se cotizan en la lotería en que se insertaron los supuestos gigantes de la política.

Quizá, los tres partidos deberían postular como candidato presidencial a Gerardo Ruiz Esparza: una tapadera con garantía. Un político que, cuando se le hace un socavón, tiende un puente y mantiene el paso. Todo como si nada. A lo mejor, como a las víctimas del socavón, le ayuda a las dirigencias a pasar el mal rato.

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Desde hace años, los partidos le cerraron la puerta a la ciudadanía y a sus propios cuadros, hoy frente a la asfixia dicen abrirse. En el fondo, sólo quieren ventilar el ambiente para cerrar de nuevo. Qué triste y chistoso. Qué comedia.

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Reforma
Sobreaviso
René Delgado
Ciudad de México
Sábado 12 de agosto de 2017.


René Delgado

En tres operaciones y un capricho, el presidente Enrique Peña Nieto se juega su resto en estos días. Un capital de por sí disminuido, pero a fin de cuentas el sobrante que, bien o mal invertido, determinará el legado de su herencia y los términos de su salida.

Esas operaciones son el control de la asamblea priista que ampliará o reducirá su margen de maniobra para designar un candidato cercano a él, aunque ya no sea quien quería; el arranque de la renegociación del Tratado de Libre Comercio de América del Norte que perfilará el curso de la economía nacional; y la estrategia de equiparar a Andrés Manuel López Obrador con Nicolás Maduro que, en un descuido, podría incentivar una fuga de capitales en éste y no en el próximo sexenio. El capricho, sobra decirlo, es Gerardo Ruiz Esparza que lejos de reparar, profundiza el socavón de la administración.

Las operaciones no son sencillas, importantes variables escapan al jefe del Ejecutivo. El capricho es la tentación autoritaria o la inocultable atadura que lo hace conservar a un colaborador insostenible, así sea éste el emblema de la corrupción, la negligencia y la pusilanimidad.

Si el mandatario mal invierte su resto, su herencia será la de una crisis política y el quiebre de su partido, una crisis económica que arrastrará al país, a él y a quien lo suceda, y una crisis diplomática marcada no por plantar postura soberana frente a otro país semejante, sino por someterla al dictado de una potencia. El capricho, en esa circunstancia, será la decisión de convertir el socavón en el mausoleo de una administración que nunca pudo constituirse en gobierno.

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Por esos azares que los políticos nunca consideran, el calendario y la agenda hicieron de agosto el mes donde el jefe del Ejecutivo pondrá en juego su resto.

Tan pronto como la semana entrante, el priismo fijará no tanto los términos de la selección de su abanderado a la elección presidencial, como la posibilidad de presentarse a la contienda unido y en condiciones competitivas, ocupando hoy el tercer lugar de las preferencias electorales.

Si el grupo tricolor, encabezado por el presidente Enrique Peña Nieto, pretende doblegar a la militancia e imponer las condiciones para, en cuestión de meses, postular como candidato a uno de los suyos, el partido del gobierno podría sufrir una fractura expuesta o interna que, más allá de su carácter, disminuiría las posibilidades, aun cuando su candidato resultara simpático a una porción de la ciudadanía.

Si el mandatario no calibra bien la correlación de fuerzas al interior de su partido y sus operadores no dan la talla, manifiesta o calladamente, grupos del priismo podrían jugar las contras durante la campaña o, de plano, correrse a diestra o siniestra en apoyo al abanderado de otra fuerza.

La operación no es sencilla, el PRI carece de los votos necesarios para sacar adelante a su candidato. Sin embargo, postular a un priista descafeinado o empanizado con posibilidad de atraer el voto ciudadano tampoco es garantía si no cuenta con el respaldo de la estructura y la maquinaria del partido.

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Al margen del resultado de la asamblea tricolor, a la siguiente semana arrancará en Washington la primera ronda de la renegociación del Tratado de Libre Comercio de América del Norte.

En ese campo, la administración sí cuenta con un equipo de operadores avezados. Empero, el mandamás del equipo estadounidense es un esquizofrénico y, si bien esa ronda no tendrá un carácter conclusivo, sí perfilará el tenor de las siguientes y, con ello, el curso que pueda seguir la economía mexicana.

El punto frágil del equipo mexicano es que, a fin de contar con un plan B, resolvió revisar y ampliar acuerdos a contrarreloj con el Pacífico, Europa, Brasil y Argentina. Se entiende el esfuerzo, pero esos operadores se ven presionados y asediados por la cantidad de frentes abiertos.

Todo sin mencionar el antecedente establecido por la administración mexicana que, al perfilarse durante la campaña las posibilidades del hoy presidente Donald Trump, se precipitó y dejó ver docilidad y debilidad ante su socio principal. Y, claro, además está la esquizofrenia y desesperación de ese socio, un factor de incertidumbre, cualquiera que sea el curso de la renegociación del Tratado.

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Ir y venir, viajar y acumular millas no supone construir una política exterior, quizá hable de un pasajero con gran resistencia ante el constante cambio de horarios, pero no de un canciller excepcional formado en unos cuantos meses.

La firmeza con que el secretario Luis Videgaray responde a Nicolás Maduro y defiende a su jefe, Enrique Peña Nieto, ante los arrebatos del lamentable mandatario venezolano es la debilidad de oído cuando por enésima vez Donald Trump reitera en Hamburgo la tontería de pretender que México pague el muro en la frontera con Estados Unidos. El común denominador de ambas reacciones es la falta de ubicación no frente a la circunstancia mundial, sino a la nacional.

El punto no es si México debe tolerar al sátrapa venezolano, sino si cuenta con resortes y autoridad para defender una auténtica postura soberana hacia el sur, el norte, el este y el oeste.

Videgaray debería revisar, al menos, si vale la pena sacarle raja electoral al desastre del gobierno de Nicolás Maduro equiparándolo con lo que podría ser el gobierno de Andrés Manuel López Obrador. No vaya a ser que la política del miedo cobre fuerza antes de que concluya este sexenio y reediten, sin querer, el error de diciembre de Salinas.

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Se juega, pues, su resto el presidente Enrique Peña Nieto en estos días. Si las operaciones le resultan, ¡hombre!, debería abandonar el capricho. Gerardo Ruiz Esparza es capaz de transformar el socavón en la fosa del sexenio.

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Reforma
Sobreaviso
René Delgado
Ciudad de México
Sábado 05 de agosto de 2017.

René Delgado

Por violaciones menores a derechos fundamentales como las cometidas o solapadas por esta administración, más de un gobierno ya habría caído. Tal posibilidad no pasa de ahí porque el país carece de instituciones fuertes y autoridades firmes en los otros poderes, institutos e instancias partidistas que, en una democracia consolidada, servirían al propósito de balancear, apoyar y acotar al Ejecutivo y fortalecer el Estado de derecho.

Sin esa precondición y con una sociedad que no acaba de transformar su enojo en exigencia inteligente y acción organizada, la administración se ríe y burla del malestar social y, por momentos, lo reta a ir más allá de la queja y la crítica. Segura, quizá, que la furia no pasara de la revuelta y, de ser así, podría sofocarla con una mano en la cintura y otra en el tolete. A fin de cuentas, una revuelta -por las acepciones de su significado- es simple alboroto y, a la vez, repetición de vuelta que, justo por eso, no rompe paradigmas ni escapa del punto de partida.

Sólo así se entiende por qué la administración se desinteresa por cerrar bien su gestión y sí, en cambio, se desvive por prevalecer a través de algún integrante de su grupo. Al parecer, el alma de esa codicia no sólo deriva del privilegio de mandar sin obedecer ni atender, sino también del miedo a ser juzgado precisamente por haberlo hecho. Y, sobra decirlo, cuando el miedo hace presa a su víctima, cometer locuras no es algo extraordinario.

La violación de derechos fundamentales no es menor y sí grave.

Desatender a los familiares de personas muertas o desaparecidas. Privilegiar la persecución sobre la prevención del delito. Descuidar el derecho a la vida, la integridad, el patrimonio y la seguridad de las personas. Mantener en la pobreza a millones de seres y aprovechar su rentabilidad política. Dar largas al combate decidido al saqueo de recursos públicos o a la extorsión en el otorgamiento de obras y servicios públicos. Oír sin escuchar. Usar los aparatos y recursos de seguridad para espiar no a quienes atentan contra el Estado de derecho, sino a quienes se empeñan en fortalecerlo. Socavar la democracia, convirtiendo el voto en mercadería sujeta a compra y venta y reduciendo la participación ciudadana al ejercicio electoral sin mucho de dónde escoger. Borrar la frontera entre política y crimen, negando haber pactado. Cubrir bajo el manto de la impunidad a colaboradores directos o no que hacen de la posición, puesto de enriquecimiento y ejercicio de negligencia...

La violación de derechos no es menor y sí grave.

Si sólo el grupo tricolor incurriera en esos vicios, pero no los otros poderes, institutos y partidos, el deterioro político y el malestar social contarían con instrumentos y recursos para contener y acotar las malas prácticas que tienen a México contra la pared. El país no se encontraría en la complicada encrucijada donde se ubica, una situación lamentable donde su rescate día a día se dificulta.

La alternancia en el Legislativo y el Ejecutivo en la escala federal, estatal o municipal no generó una alternativa. Hay políticos y servidores públicos de excepción, hombres y mujeres extraordinarios, pero no integran una fuerza. La alternancia se redujo a turno y, algo peor, la oposición panista y perredista lejos de jalar al priismo a la cultura democrática del ejercicio del poder, fue arrastrada por éste a la subcultura de la simulación y la corrupción, la complicidad con dividendos.

Los dirigentes y cuadros partidistas protagonizan y escenifican ser distintos, pero no marcan diferencia. Son, alguna vez ya se había dicho aquí, muy igualados.

Si esa complicidad -ya no sólo en el grupo priista, sino en el conjunto de la clase dirigente- se limitara al robo de recursos públicos, la extorsión de recursos privados o la transa de puestos y cargos, el país estaría frente a un problema difícil de resolver. La situación, sin embargo, es todavía más complicada.

A la corrupción, se agregó la perversión política. La elaboración y canje de leyes hechas sobre las rodillas que, al aplicarse, resultan un galimatías. (Ahí está la reforma electoral que abominan los partidos, siendo que sus legisladores la elaboraron y designaron por cuota a quienes deberían de aplicarla). El otorgamiento de derechos en las leyes que, luego, se anulan o limitan en su reglamento o instrumentación. La conformación de institutos y sistemas que, en su estructura, dirección o presupuesto, se neutralizan o nulifican.

Pese al propósito declarativo, esos nuevos instrumentos no sólo no se consolidan sino que se reblandecen. Son como el socavón del Paso Exprés de Cuernavaca, tienen vicios en su diseño y estructura que, en el apuro, la clase dirigente atribuye a los encargados -consejeros, magistrados, comisionados y comités- que gustosos aceptaron operarlos. Encargados a quienes, a sabiendas de los defectos de la obra, los entusiasmó el cargo, pero no mucho la función.

Apoyados en el tripié de la corrupción, la transa y la perversión, y afectados por una miopía incorregible y una complicidad irreversible, la clase dirigente se interna en un laberinto. Incurre en la violación de derechos fundamentales, desatiende a la ciudadanía, carece de las instituciones que amortigüen sus desatinos y no halla cómo conservar sus privilegios o, en la derrota, cómo escapar a su propia condena.

En estos días, solo la articulación de los organismos y movimientos ciudadanos que, pese a la adversidad o la perversidad política, van por más o exigen cambios ahora, oxigena la atmósfera enrarecida por la voracidad y el miedo de quienes aún hoy se dicen los profesionales de la política y exhiben su fiasco como una gema.

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Reforma
Sobreaviso
René Delgado
Ciudad de México
Martes 25 de julio de 2017.


René Delgado

En meses o semanas, el presidente Enrique Peña Nieto verá su poder aún más disminuido. El reloj sexenal marca casi la hora.

Una gran interrogante es cómo quiere cerrar y entregar su administración, además de cuidarse las espaldas y blindar en lo posible su proyecto que, por su diseño e implementación, no acaba de consolidarse.

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Apenas se nomine al candidato tricolor, el halo del mandatario perderá intensidad entre los suyos y su margen de maniobra, siempre estrecho, se reducirá aún más ante aquéllos y los demás actores. Ahí, quizá, se explique la contradicción de pretender postergar lo más posible "el destape" y, a la vez, sufrir la tribulación de ver cómo avanzan y cobran ventaja los competidores.

Por su naturaleza, el momento del presidente Peña Nieto es complejo. Reconocer y asumir el agotamiento de un ciclo no es fácil, en la circunstancia, menos. El jefe del Ejecutivo y el partido está a punto de tomar decisiones importantes, al tiempo de encarar múltiples frentes que, de fallar en su atención o usarlos como ariete electoral, podrían multiplicarse y complicar aún más su situación.

Como añadido, en el círculo estrecho de colaboradores, el mandatario no cuenta con un equipo de cuadros capaces, experimentados, confiables y sin ambiciones, dispuesto a acompañarlo y ayudarlo a cerrar la gestión y conducir con inteligencia y cuidado el proceso sucesorio y electoral. Cuenta con uno, pero lo trae lejos.

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Hacia dentro y fuera de la administración y el partido, las tareas a realizar son varias, si el mandatario no quiere perder el control del proceso sucesorio y el electoral, además del país.

Controlar y disciplinar a los colaboradores o correligionarios que, queriendo la candidatura, no la harán suya. La frustración de ellos, así como la simpatía o antipatía que les suscite el nominado, podría hacerlos tirar en dirección distinta e, incluso, contraria a la que el tricolor requiere para darle un carácter competitivo y no sólo testimonial a su gallo.

Fijar el rol del propio mandatario en el proceso electoral y, de incidir en él, determinar la estrategia a seguir. Si la idea es repetir la experiencia en el Estado de México, esto es, poner al gobierno y al partido detrás del candidato oficial, comprar y coaccionar el voto, impulsar candidatos artificiales a fin de fragmentarlo y suplantar funcionarios de casillas, la revuelta social será una variable que considerar. Si, por el contrario, la intención es preservar la muy relativa estabilidad política y económica a partir de la toma de distancia del candidato y la campaña, la derrota es una probabilidad.

Tener mano izquierda pero firme con los gobernadores. Ahora que la cárcel es posible destino si pierden la comarca, se aplicarán a fondo para asegurar el retiro dorado y no el embarrotado. Hacer gala de la inteligencia y mando para diseñar e instrumentar una política provisional de contención del crimen, la violencia y la inseguridad que puede amenazar al concurso electoral. Esto, desde luego, si no se cae en la tentación de usar ese terrible recurso como ariete.

En medio de ese complicado cuadro, otra tarea es integrar la línea de defensa tanto en el Banco de México como en el Congreso. ¿Cuáles cuadros son los indicados para cubrir esos dos frentes, tanto en defensa de la economía como de las reformas emprendidas, cuando el elenco es reducido?

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En este último punto, hay un detalle. La insistencia de equiparar el eventual triunfo de Andrés Manuel López Obrador con la gestión del venezolano Nicolás Maduro, puede resultar un boomerang y convertir al presidente Peña Nieto en el autor de la reedición del "error de diciembre".

Esa equiparación, en efecto, puede provocar miedo al electorado. Pero la sobreexplotación del recurso puede acarrear consecuencias económicas, antes de que el propio Ejecutivo concluya su mandato. Y cuidado, quien está avivando la hoguera del populismo es el partido que comanda el mandatario y puede también abrasarlos.

A veces los deseos se cumplen no cuando uno quiere.

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Otra interrogante a resolver cuanto antes por el mandatario es: cuándo llevar a cabo el ajuste en el gabinete con motivo de la designación del candidato oficial, ¿antes o después de su destape?

En esto radica la paradoja ya señalada. El presidente Peña Nieto cuenta con un solo hombre capaz, confiable, leal y, sobre todo, sin ambiciones sucesorias, pero lo trae subiendo y bajándose de aviones, alejado del acontecer nacional. De ser cierto el autodescarte de Luis Videgaray en el juego electoral, su jefe debería valorar dónde le conviene colocarlo, dentro o fuera del país... o en el Congreso.

Dada la incontenible esquizofrenia de Donald Trump, la renegociación del Tratado de Libre Comercio es un albur. Y en el frente exterior, ahí sí, al mandatario no le faltan cuadros. El mismo embajador Gerónimo Gutiérrez goza de la formación, experiencia y trayectoria requerida para encabezar la Secretaría de Relaciones Exteriores y, a la vez, hay diplomáticos con el empaque necesario y suficiente para reemplazarlo en Washington. Asimismo, Ildefonso Guajardo y Juan Carlos Baker en la Secretaría de Economía cuentan con tablas en materia comercial.

Con tanto frente abierto al interior, justo cuando el mandatario está impelido a tomar decisiones importantes, no le sobraría reponderar dónde es más útil Luis Videgaray. La cosa es que esa decisión urge tomarla antes del arranque de la renegociación del Tratado y antes de la nominación del candidato presidencial tricolor.

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La clave para descifrar el momento presidencial radica en cómo quiere cerrar y entregar su administración, cuidarse las espaldas y blindar su proyecto. Si ese dilema no está en el horizonte del mandatario, ni sentido tiene el planteamiento.

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Reforma
Sobreaviso
René Delgado
Sábado 8 de julio de 2017.


René Delgado


En la figura de un loco solitario se quiso explicar y sepultar el asesinato de Luis Donaldo Colosio, borrando así la presunción de una acción perversa y concertada. Se dijo que, quizá, la tensión política, contaminada por una atmósfera violenta, contribuyó a amartillar la pena de aquella triste tarde de marzo.

Hoy, se está recargando aquella tensión y atmósfera, sumándole agravantes. La violencia de estos días es criminal y tiene varios frentes. El malestar social expresa, a veces, los síntomas de la revuelta. La advertencia sobre la grave circunstancia más de una vez ha sido dicha.

Ojalá los dirigentes políticos y los acólitos que, día a día, le ponen un grano de sal a la tensión y una pizca de pimienta a la atmósfera, no estén suspirando por la aparición de un loco solitario.

Jugar con esa idea descabellada no los salvaría, terminaría por condenarlos.

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La angustia, la ocurrencia y la celada anti-política pintadas de supuesta estrategia están dictando acciones ajenas al rescate nacional, propias de un acto desesperado de sobrevivencia... y, de seguir creyendo que así se puede llegar en mejores condiciones al 2018, un desfiladero o una fractura no puede descartarse.

En vez de adoptar acciones políticas y legislativas tendientes a garantizar la elección presidencial del año entrante y ventilar la atmósfera, atendiendo el reclamo ciudadano, a la clase dirigente sólo le apura ensayar cuanto sea necesario con tal de asegurar su prevalencia. Cierra puertas y ventanas, agranda al interior su laberinto, pacta entre ella y echa mano de la política del miedo aunque a ella misma la espante... Quiere impedir a toda costa que alguien sin credencial de su selecto club pretenda desplazarlos de lo que consideran su condominio y patrimonio exclusivo.

No le interesa crear las condiciones para que, en libertad y seguridad, los electores resuelvan, por sí, el destino que les pertenece.

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Los homicidios dolosos rompieron récord en el primer cuatrimestre del año como no ocurría desde 1997. El clamor ciudadano por combatir la corrupción recibe por respuesta el engaño y el acoso -incluido el espionaje-, y la condena partidista de esa práctica sólo busca tomar ventaja en el concurso electoral. A la pobreza se le exprime el jugo y se le extiende tarjeta o credencial con restricciones, cuidando de mantenerla en los niveles de hace un cuarto de siglo. La manifiesta intervención del gobierno federal en los comicios escapa a la vista de la autoridad electoral que, al final, terminará por validarla o invalidarla. A los periodistas asesinados en el ejercicio profesional de su libertad, se les garantiza una corona mortuoria de flores secas y la promesa de un fiscal atento. La violencia criminal anima a un spot electoral.

La podredumbre política no llama la atención de la clase dirigente. Nada la insta a decidir qué hacer con la seguridad pública; a nombrar al fiscal anticorrupción; a aliarse con la ciudadanía que, increíblemente, aún les tiende puentes; a dejar de condicionar la ayuda asistencial al voto ciego; a cuidar, en vez de comprar, a la prensa; a descartar el uso y abuso de la tragedia como ariete para golpear al adversario en turno.

Nada les recomienda actuar debidamente en cada uno de esos campos, siendo que podría servir al propósito de asegurar la elección presidencial y garantizar al electorado su participación libre y plena.

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No, el foco de atención de la clase política está en otro lado. No en rescatar al país sino en salvarse ella, así sea al precio de provocar un nuevo desastre. Tiene la mira puesta en sobrevivir y, luego, repartirse los restos del naufragio y seguir en el ejercicio del no poder.

De ahí la tentación de emprender acciones políticas, ruines y legislativas de último minuto. Inventar un frente con disfraz antipriista, siendo que la fuerza tricolor está en la lona. Abortar el proyecto del cuarto polo, con la idea de gastar los intereses sin invertir un centavo. Atrapar en la red de la corrupción al adversario, a fin de sumarlo y sumirlo en el pantano. Legislar sobre las rodillas la segunda vuelta electoral y, si es necesario, la tercera y la cuarta vuelta, con tal de repetir o alternar y compartir lo que quede durante el sexenio entrante. Echar mano del miedo para, aunque sea de ese modo, reintentar la hazaña que tan buen resultado le rindió en 1994. Espantar con el petate de Chávez, aunque aquí los muertos se vayan a la fosa sin petate.

El temor a la derrota y a su propio porvenir los hace jugar con el mismo fuego que a punto de incendiar al país estuvo en aquel año, como también en 2006.

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Más de una vez, la gente ha pagado y sufrido la desvergüenza y la ineptitud de la clase dirigente que, con tal de ostentar sin ejercer ese título, le da por coger la caja de cerillos. Avivar la tensión y sobrecalentar la atmósfera no la va a sacar de su apuro. Jugar con el miedo cuando la rabia hace espuma en la boca es un peligro. A ver si no se les aparece un loco solitario, en vez de salvarlos podría terminar por condenarlos y lastimar al país de nuevo.

CIERRE DE UN CICLO
 
A los lectores, consejeros, colaboradores y fuentes informativas les participo del cierre de mi ciclo al frente de la Dirección Editorial de Reforma, no así del término de mi colaboración con el Diario.

A quienes nos hacen rodar sobre los rodillos y navegar en el ciberespacio, a los compañeros y directivos del Grupo -destacadamente a Alejandro Junco de la Vega- les reitero mi orgullo por haber contribuido a hacer latir el Corazón de México y la esperanza de haber correspondido a su profesionalismo, confianza y gallardía a lo largo de casi veinticuatro años.

Gracias a todos.

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Reforma
Sobreaviso
René Delgado
Sábado 27 de mayo de 2017.


René Delgado

Estamos, de nuevo, en el pasado. Otra vez, la pregunta ya no es cuántos días le restan al sexenio, sino qué otras calamidades pueden ocurrir en lo que concluye. Es, como con Felipe Calderón, la degradación de la política, la fiesta de la sangre y el año de Hidalgo prorrogado: el descuartizamiento del anhelo democrático.

El daño provocado al país en la alternancia compartida por el panismo y el priismo no tiene paralelo. El derecho a la vida, la integridad y el patrimonio; a la libertad y el libre tránsito; a votar y ser votado; a ser informado y escuchado; a expresar y participar... lejos están de contar con la garantía del Estado, sufren restricción, deterioro o retroceso.

El sello de la estancia del panismo y el priismo en la residencia de Los Pinos fue y es la frivolidad, la negligencia, la pusilanimidad, el cinismo y, claro, la incapacidad de gobernar. La expectativa generada al arranque del milenio, hoy yace de seguro en alguna fosa aún no descubierta, en alguno de los tantos hoyos negros donde ambas fuerzas políticas quisieran sepultar su desvergüenza.

Irrita oírlos vociferar en coro que el país se juega en el 2018 su futuro, cuando su meta ha sido prolongar el presente o rescatar el pasado.

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El saldo de los dieciséis años en que Vicente Fox, Felipe Calderón y Enrique Peña ocuparon sin habitar la residencia de Los Pinos, en que se terciaron la banda presidencial al pecho sin asumir la investidura, no corresponde al de un país que consolidó su democracia y abatió la brecha de la desigualdad.

La transición a la democracia se estrelló en la ruta. El Estado de derecho se debilitó. La alternancia se tradujo en turno, no en alternativa. La orfandad de los gobernadores ante el fin del presidencialismo se refugió en una conferencia de ladrones. Los partidos se partieron y olvidaron a la ciudadanía. El debate abierto derivó en acuerdo cerrado. El Legislativo regresó a ser apéndice del Ejecutivo. El crimen organizado le ganó a la política desorganizada. La reconfiguración de la Policía se abandonó a costa del Ejército. Las divisas del petróleo se evaporaron y el crudo residual se ordeñó. La pobreza y la desigualdad se profundizaron. Y, otra vez, del dolor, la sangre y la corrupción se hizo ariete electoral, no causa política.

El entusiasmo que, en su arranque, suscitaron Vicente Fox y Enrique Peña se resume en la decepción que, de cabo a rabo, marcó a la administración de Felipe Calderón, el ex Presidente que hace víctima de la violencia intrapolítica a su esposa y se enorgullece de haber sembrado de cadáveres el país, en vez de cruzarse de brazos.

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En ese marco, no deja de ser curioso el perredismo. Siempre buscando la alianza electoral con el panismo que éste transforma, después, en alianza política con el priismo desde los tiempos de Carlos Salinas de Gortari.

Alianza en el desarrollo de un modelo económico que margina a infinidad de mexicanos, circunscribe su beneficio a los exportadores y que hoy se tambalea con Donald Trump al frente de la Casa Blanca, la de Washington. Alianza política para impulsar una democracia bipartita y tutelada. Alianza parlamentaria y legislativa, fincada en el canje, la cuota y la transa. Alianza en la incapacidad de garantizar la seguridad pública y presentarla como una adversidad incontrolable. Alianza con tufo de complicidad, donde la supuesta identidad encontrada entre ambos partidos se borra.

Asombra la ingenuidad o la perversidad del perredismo que, en su debacle, entierra su vocación de poder a cambio de conservar con vida una que otra canonjía. Algo es algo.

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Ahí se explica, aunque no como gesto de civilidad, la presencia de Josefina Vázquez Mota en Palacio Nacional cuando Enrique Peña Nieto asumió la Presidencia de la República. Gesto recompensado después con beneficios a la fundación Juntos Podemos y, ahora, correspondido con la postulación artificial al gobierno de la entidad donde la mujer sólo pernocta, y con realizar un mejor imposible: desbarrancarse hasta el tercer o cuarto lugar.

Ahí se explica por qué algunos secretarios de Estado visten o combinan la camiseta azul o roja, según la temporada política. Ahí se explica por qué, uno u otro partido, asume el poder y firma a ciegas el acta de entrega-recepción sin hacer ningún corte de caja o, peor aún, encubriendo las trapacerías del antecesor. Y también se explica por qué el priismo y el panismo transitan por la vida sin hacer el balance autocrítico de su gestión.

Ahí es donde la democracia adquiere tinte de simulacro; y la inseguridad y la corrupción, de tradición irrenunciable.

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En ese cuadro es donde las elecciones en el Estado de México, Coahuila, Nayarit y Veracruz revisten una importancia superior a la de su manifiesto objetivo.

En particular, la gubernatura del Estado de México se torna en anuncio de tormenta. La disputa una fuerza ajena al pactismo, repelente por lo pronto a los arreglos bajo cuerda. Y la pelea en la tierra del mandatario, de su primo y de la dinastía Del Mazo, del legendario grupo Atlacomulco, de uno de los precandidatos tricolores a la Presidencia de la República, de los consorcios desarrollados a la sombra del compadrazgo y el favoritismo. En la tierra donde el PRI cifra su posibilidad o su debacle de cara al año entrante y los siguientes.

De ahí que al grito de "el futuro está en peligro", el priismo corra en fuga hacia el pasado que tan buen sabor de boca le ha dejado y pida auxilio a sus socios-adversarios en aras de mantener, entre ellos, el secreto de ejercer el no poder.

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Falta por ver otras calamidades, pero lo que está fuera de duda es que el país no sólo está en las mismas de antes, sino frente al peligro de perder otra vez el tiempo y el horizonte.

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Reforma
Sobreaviso
René Delgado
Ciudad de México
Domingo 14 de mayo de 2017.


René Delgado


Con tanto candidato a reo, el Partido Revolucionario Institucional debería cambiar de giro, dejar de postularlos a los palacios de gobierno y aprovechar su expertise para, al tiempo de cumplir con su sentencia tras las rejas, intentar la recuperación del control de los penales, donde hace falta tanto gobierno.

Tiene el tricolor a un ex gobernador preso, a otro detenido, a dos en fuga, a otro señalado, a uno más sujeto a proceso y, en el colmo del cinismo, a otro en rebeldía, buscando fuero a través de otro partido. Aparte de esas celebridades, el tricolor cuenta con un gran elenco de cuadros en funciones y fuera de ellas que, si bien han sido beneficiarios de la decisión de no perseguirlos dentro del país mientras dure el sexenio, tarde que temprano darán de qué hablar. Sea porque, más adelante, afloren las tropelías que cometieron o porque los exhiban o los pesquen fuera.

Como quiera, es menester reconocerlo: aunque la oposición ya le ofrece competencia en la generación de cuadros de esa calaña, el PRI sigue siendo una gran cantera. La canalla política encuentra hogar en él. Tanto que, en unos días, el 4 de mayo, con la autoridad moral que lo caracteriza y con flamante título de "académico titular", Raúl Salinas de Gortari ofrecerá una conferencia: "Empoderamiento Ciudadano a través de la Tecnología". Habrase visto.

 
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Desde luego, el priismo rechaza ser una fábrica de maleantes con cargo al Estado o, bien, integrar un cártel del crimen organizado con registro como partido ante el INE. Y en el gracioso esfuerzo por sacudirse esa fama que, mes a mes, confirma y engrandece alguno de ellos, su dirigente Enrique Ochoa practica el lavado de prestigio.

Poco antes de ser requerido por la justicia el candidato tricolor a reo, sin temblarle la mano, Ochoa alienta el inicio del proceso de expulsión de las filas del partido. Cuadro distinguido o no, el dirigente ordena defenestrarlo con urgencia y, a veces, lleva el deslinde aún más lejos: pide perseguirlo a la autoridad correspondiente.

Con cierta ingenuidad, pero sin el menor rubor, Ochoa considera que basta con echar a los malos elementos del Revolucionario Institucional para que el instituto quede impoluto, rechine de limpio y la gente vea en él una opción política aceptable.

 
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Tan simplón planteamiento pasa por alto varias cuestiones.

Uno. Son ya tantos los malos elementos tricolores, sujetos o no a juicio, que resulta imposible considerarlos meras excepciones. Integran una legión y, con su conducta impune, una cultura. Quizá por ello, el presidente de la República considera que la corrupción es un fenómeno cultural.

Dos. El partido rechina, pero no de limpio. Rechina porque la corrupción que antes lubricaba su mecanismo y lo hacía funcionar tanto a él como al gobierno, hoy corroe al régimen en su conjunto. Las oposiciones, lejos de jalar al tricolor a otra cultura en el servicio público, se vieron arrastradas por éste.

Tres. El priismo ya no es una opción política porque si, antes, justificaba robar sin perder las riendas del gobierno, hoy ya no gobierna. En el mejor de los casos administra problemas, pero no los gobierna, menos aún los resuelve. Por la evidencia, mantiene la práctica del robo, aunque su voracidad le ha hecho perder estilo: antes robaba y diluía el vicio en el gobierno. Entonces, se le toleraba socialmente la corrupción. Hoy, sin gobernar, el robo resulta intolerable.

 
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Quizá justamente por la conciencia de lo robado a lo largo del sexenio, se explica por qué el grupo tricolor empoderado, con su coro de legisladores y otros cómplices, manifiesta preocupación por tres asuntos, pero sin ocuparse debida y decididamente de ellos: la corrupción, la criminalidad y la compra y coacción del voto.

En el juego de la simulación, el tricolor acepta legislar un complejo sistema anticorrupción, pero posterga o evade nombrar a los funcionarios que serían la bujía del mismo: el fiscal y los magistrados especializados. Al Revolucionario Institucional le fascina reformar leyes, no conductas. No es improbable que pretendan alargar la entrada en función de ese sistema hasta estar seguros de no estar tejiendo la cuerda de su horca. Dado el temor a perder la sucesión presidencial o a que, aun perdiéndola, ésta no recaiga en algún socio-cómplice-opositor, es comprensible su resistencia a echar a andar ese sistema. Un efecto no deseado de la alternancia es que, sin desterrar la corrupción ni asegurar la permanencia en el poder, la voracidad ha aumentado y la complicidad también.

Si bien no escapa a la vista del priismo que la lucha emprendida por el panismo contra el crimen ha fracasado y ensangrentado al país, insiste en la estrategia fallida porque, borrada la frontera entre crimen y política, si en verdad se planteara en otros términos ese combate, se podrían morder la cola. En la cultura de la simulación, los partidos niegan pactar con el crimen, pero ocultan formar parte de la asociación con él.

La compra y coacción del voto, cuando la estancia en el poder es ya un asunto de sobrevivencia, es recurso imprescindible. No se trata de convencer para vencer, sino de vencer tanto para prevalecer como para no verse en la circunstancia de rendir cuentas de lo hecho y pagar por ello. Poco importa cuánto cuestan las elecciones, sea dinero limpio, sucio o lavado, el punto es entender esa práctica como una inversión: se requiere de dinero para hacer política y, luego, política para hacer dinero.

Quizá ahí se explica por qué al priismo le preocupa la corrupción y por qué no se ocupa de ella.

 
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Puede el Revolucionario Institucional postular candidatos a los palacios de gobierno, lo cierto es que muchos de ellos guardan en el clóset un traje a rayas.
 
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Reforma
Sobreaviso
René Delgado
Sábado 15 de abril de 2017.

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El mundo es comprendido por el paradigma, es la forma por la cual es entendido el mundo, el hombre y por supuesto las realidades cercanas al conocimiento.

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