René Delgado  

    
Más allá de la voluntad o el deseo, algunos signos sugieren operar ajustes en la actuación presidencial, así como en su equipo de colaboradores.

Si el Ejecutivo requiere de este año para asegurar los pilares de su proyecto y dar los resultados prometidos, está impelido a moderar el discurso, bajarle a la expectativa y, sobre todo, a tirar lastre. Sólo así podrá ampliar el margen de maniobra y ensanchar el compás de espera.

Suena absurdo, pero es hora de rescatar la virtud política, afinar el rumbo, revisar prioridades y fijar ritmo a la acción para asegurar el gobierno.

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Alguna vez se caracterizó, aquí, a Andrés Manuel López Obrador como un político que se crece ante el castigo y se pierde en la victoria. No sobra recordarlo.

El envidiable instinto y músculo político mostrado por el tabasqueño desde su ruptura con el perredismo (septiembre 2012) hasta el primer tramo del periodo de transición (septiembre 2018) se viene trastocando: elasticidad en rigidez; sentido del humor en sarcasmo; humildad en soberbia; sentido de realidad en espejismo; innovación política en viejo recurso; tenacidad en terquedad; oído en tapia; suma en resta; aliados en grilletes; sencillez en simplicidad; compromiso en marometa; medida radical en acción desbocada; parecer en dogma; multiplicación en división...

Exagerada, la virtud política del mandatario toca los linderos del vicio político. Los extremos se tocan, como él mismo dice.

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Aparte de la resistencia y las zancadillas de quienes la repudian, la pretendida transformación nacional se ha topado con varios problemas y ha incurrido en tropiezos a causa de sus propios errores o enredos.

Faltan recursos económicos, dominio pleno de la administración, planeación probada de los proyectos de gobierno, conocimiento y pericia en algunos colaboradores. En paralelo a esa situación, algunos problemas estructurales -destacadamente el de seguridad- tienen una dimensión muy superior a la estimada. Junto a ello, el apresuramiento en echar a andar nuevas instituciones, programas o medidas ha provocado dificultades o penas, justamente, a quienes se quiere beneficiar. Por si algo faltara, al entorno económico y político internacional lo tiñen la incertidumbre y la inestabilidad.

Por fortuna social y también por mérito presidencial, el país no se ha descarrilado como otras naciones. Sin embargo, visto el cuadro interno y externo ante el cual se encuentra, la administración está obligada a recalcular con mucho mayor cuidado sus pasos y verificar, una y otra vez, si los colaboradores son o no los operadores indicados y funcionales.

Una mala decisión o un traspié, en el contexto señalado, podría significar no un tropiezo más, sino una caída con fractura expuesta.

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Con el margen de maniobra constreñido y la presión del tiempo, la acción de gobierno reclama exactitud en el movimiento, rapidez en la reacción y certeza en la postura. De ahí, la urgencia del ajuste en la actuación presidencial y en el equipo de colaboradores.

El tono y la tonada dieron de sí, hoy el peso y la importancia de la voz de Andrés Manuel López Obrador exige, quizá, restarle tiempo a la expresión y añadirle esmero. De la sencillez se ha pasado a la simplicidad del dicho y, con frecuencia, a la contradicción (notoria sobre todo en el capítulo de la política exterior).

A un año de ocupar Palacio, el soberano ya no puede seguir describiendo el legado que recibió, sino empezar a escribir el suyo. El pasado ya quedó atrás y el futuro aún está lejos, pero ello no justifica ignorar el presente, la realidad prevaleciente.

La reiteración de la frase ingeniosa o coloquial que permitió calar en el ánimo popular se ha convertido en un búmeran.

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Parte de la fortaleza del liderazgo presidencial deriva de la honestidad y sencillez en su conducta, así como de su disposición al trabajo; desgastar, manchar o debilitarla por dar cobijo o amparo a colaboradores o aliados sin igual proceder o tocados por el protagonismo, es un error.

Defender, tolerar o, incluso, halagar a personajes incapaces de acreditar su compromiso con el proyecto impulsado, prestancia profesional, rectitud y ambición política o trayectoria en el servicio público no los salva y sí, en cambio, arrastra a la figura presidencial. Someter a un innecesario desgaste la imagen del Ejecutivo puede hacerle perder la viga maestra de su popularidad. (Manuel Bartlett debería reflexionar si no rendiría un mejor servicio a la causa dejando el puesto que ocupa, vista la pérdida de credibilidad que le endosó al Ejecutivo y a la Secretaría de la Función Pública).

Soltar lastre, pintar la raya y reaccionar con rapidez ante el desvarío de colaboradores o aliados es un imperativo, si el mandatario quiere invertir y crecer su capital político, al tiempo de requerir un periodo mayor de gracia.

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Son varios los signos que sugieren llevar a cabo estos ajustes. Empero, en estos primeros días del año, cuatro revelan que el malestar social puede resurgir, sin reparar mayormente en el propósito y carácter de esta administración.

La manifiesta resistencia de los zapatistas a la construcción del Tren Maya; la trompicada visita presidencial a Anenecuilco; el anuncio de la caravana en Defensa de la Vida y la Paz; y la sorda, pero constante molestia de quienes, con un familiar enfermo, no encuentran debida atención en los centros de salud.

Sin minusvalorar otros, esos signos incorporan un ingrediente que no puede perderse de vista.

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Sí, es mucho lo que hay que corregir, pero ello no supone empezar todo de nuevo. Es hora de recuperar la virtud política, ajustar la actuación presidencial y al equipo de colaboradores; sólo así ampliará el margen de maniobra y alargará el compás de espera.

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Reforma
Sobreaviso
René Delgado
Ciudad de México
Sábado 12 de enero de 2020.


René Delgado
    
El trajín y la bulla constante vienen en desmedro de la acción y la palabra, las aplana y las iguala. Impiden apreciar cuanto se hace y, desde luego, escuchar cuanto se dice.

El tráfago y el parloteo, a veces, son recurso útil al propósito de distraer la atención de los asuntos o las cuestiones importantes que otro, el contrario o el adversario, pretende colocar al centro. Del ardid no es raro que la oposición eche mano, es una herramienta. Se entiende. Lo incomprensible es que el partido y el Gobierno en el poder no sepan cuándo detenerse, moderar el tono o guardar silencio.

En esa trampa está cayendo la administración lopezobradorista. De la virtud de fijar y dominar la agenda y el debate nacional -frecuentemente reducido a una discusión pública sin consecuencia- está haciendo un vicio. Minusvalora el reposo y la pausa, incluso cuando el éxito de alguna medida toca a su puerta.

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Asombra cómo de manera recurrente la administración, el grupo parlamentario y el partido lopezobradorista, en su trajín y bulla constante, opacan cuando no sabotean sus propios aciertos, muestran falta de coordinación en su actuación de conjunto e incapacidad en la regulación del flujo informativo. Comunican de más e informan de menos; anuncian más de lo que hacen; y lo que hacen bien, lo anuncian mal.

Si como meta y objetivo la oposición se planteara hacer del pataleo y el escándalo la zancadilla para hacer tropezar al gobierno, se entendería la actitud aun cuando careciera de justificante. No así, cuando la misma administración o su partido tropiezan a causa de la palabrería, la ambición desbocada, la exageración del mandato popular recibido, el gusto por la luz de los reflectores, el ansia de ocupar la tribuna o el simple afán de aparecer en el reparto estelar de los actores de la pretendida cuarta transformación.

Es paradójico que, por momentos, el más fuerte y duro enemigo del grupo en el poder sea el grupo en el poder. Se echa de menos a un jefe de gabinete -un secretario non entre pares-, así como una política de comunicación e información que acompañe y trascienda la conferencia presidencial matutina.

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En las últimas semanas, la administración tuvo varios aciertos en el campo económico, sobre todo, en el ámbito de la inversión, el comercio y el trabajo, acompañados de indicadores positivos relacionados con la paridad de la moneda, la inflación y la calificación de las finanzas públicas. Sin embargo, la incapacidad de alinear y administrar el flujo informativo terminó por desvanecer esa buena racha de noticias.

La falta de articulación y alineamiento en la actuación de los distintos actores, en vez de dejar respirar a la información, la asfixió.

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La celebración de la firma de las adendas al tratado de comercio con Estados Unidos y Canadá fue sofocada por la confusión generada por la propia Secretaría de Relaciones Exteriores. Más allá de la atropellada actuación del subsecretario Jesús Seade, la coordinación de comunicación social de esa dependencia también enredó el asunto.

El comunicado oficial 447 de Relaciones Exteriores del pasado lunes 16 es un monumento al embrollo. En una de sus partes dice: "... el representante comercial de Estados Unidos, embajador Robert E. Lighthizer, ha informado mediante comunicación oficial que el gobierno de EUA no designará 'inspectores laborales' en México. Los agregados laborales referidos en dicha iniciativa de ley realizarán inspecciones (sic) y se ceñirán a las leyes de nuestro país en la materia".

O sea, no habrá inspectores laborales, sino agregados que harán inspecciones laborales. Vaya forma de disipar dudas.

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Unos cuantos días después, se echó abajo otra oportunidad para dejar respirar la información y administrar la comunicación.

Ante la posibilidad de subrayar el avance en la ratificación del tratado por parte de la Cámara de Representantes de Estados Unidos; el monto del aumento salarial que rompe una inercia de casi medio siglo y sacude la vida sindical, así como las relaciones obrero-patronales; la superación de la meta fijada en materia inflacionaria; o bien, la suma de la inversión derivada del acuerdo entre el sector público y privado en obra de infraestructura, se optó por abrir otros temas. Funcionarios, legisladores y dirigentes del partido en el poder cambiaron el foco de atención y animaron discusiones absurdas, incluso, peligrosas.

El afán protagónico, el ingobernable desbocamiento, la ambición incontenible o el ansia de imponer políticas borraron aquellos asuntos de la agenda y colocaron otros.

¿Cuáles fueron los nuevos temas? La reapertura del capítulo de la separación Estado-Iglesia que, sin duda, es pasto seco en el marco de la polarización; la lamentable confrontación entre la Federación y los estados en materia de seguridad pública que, obviamente, deja mal parados al Ejecutivo y los gobernadores; la gana de los ultras de Morena por echar de sus filas a quienes no se alineen a la pretendida transformación, como consideran que lo hace la senadora Lilly Téllez; o el cubetazo de agua fría a la inversión privada, reponiendo el carácter dominante de Pemex y la Comisión Federal de Electricidad en el ámbito de la industria energética que resta certidumbre al acuerdo político de emprender obras de infraestructura en conjunto.

Difícil de entender esa manía.

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De no fijar, controlar y administrar las políticas prioritarias; de no escoger qué batallas dar y qué pleitos evitar; de no gobernar la comunicación y la información; de no someter las ambiciones políticas anticipadas y el protagonismo desmesurado, el trajín y la bulla terminarán por frustrar la posibilidad de transformar la realidad.

Salvar las zancadillas es necesario; evitar los tropiezos, fundamental.

Reforma
Sobreaviso
René Delgado
Ciudad de México
Sábado 28 de diciembre 2019.


René Delgado

Cuando un político desahuciado hace del ridículo prueba de su vigencia, siempre termina peor de cómo empezó su carrera. Vicente Fox y Felipe Calderón corren ese peligro por separado, pero unidos por el cordón de la desvergüenza.

El primero, tropezando una y otra vez en su reinserción política, creyendo que su reciclamiento, auspiciado por la nulidad del encargado de Acción Nacional, Marko Cortés, puede recolocarlo en la palestra. El segundo, promoviendo un partido matrimonial para reaparecer en escena sin sentido, después de haber destrozado el partido king-size que llegó a encabezar.

Antes de pedir respaldo a su eventual reaparición y de plantarse en la escena como si durante su gestión nada hubiera ocurrido, ambos deben una explicación de qué fue lo que hicieron al ocupar la Presidencia de la República, cuando menos en el capítulo de la seguridad pública.

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Radicalmente distinta la forma en que Fox y Calderón llegaron a la otrora residencia oficial de Los Pinos, los vincula el hecho de haberla ocupado sin habitar. De la frivolidad y la pusilanimidad política hicieron su gloria, el estilo personal de su gestión presidencial. Fueron muy diferentes, pero con un gran parecido: practicaron el ejercicio del no poder.

Ahora, más allá de los resbalones que protagonizan en el afán de recobrar presencia y calentar una curul en cuanto puedan, comparten por denominador común el arresto del hombre que encumbraron como el policía estrella del panismo, el gendarme albiazul, Genaro García Luna, probable ejemplar redivivo de política y delito.

Los cargos formulados en Estados Unidos contra el ex director de la Agencia Federal de Investigación y ex Secretario de Seguridad lo sientan en el banquillo de los acusados, pero a Fox y Calderón los condena políticamente. Y, eso, no lo resuelve ni un hilo de tweets, como tampoco fingir demencia o amnesia, sobre todo, cuando más de una vez, de modo distinto y reiterado, supieron o fueron enterados de probables ilícitos o irregularidades cometidas por el funcionario que endosaron.

Si ambos ex mandatarios esperan el desenvolvimiento y la conclusión del juicio de su ex colaborador en Brooklyn para entonces determinar qué decir o hacer, harán gala del dominio de la artimaña política, pero no de entereza para fijar una postura. Por lo demás, si están convencidos de la verticalidad, inocencia, honestidad y prestancia de su ex colaborador, obligado sería que salieran en su defensa.

Parapetarse en el silencio o el asombro no corresponde a quienes ostentaron, quizá, sin tener, la jefatura del Estado y del Gobierno.

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A diferencia de sus víctimas inocentes a las que les negó esos derechos, Genaro García Luna sí tendrá un proceso judicial debido acompañado de la presunción de inocencia o, bien, la oportunidad de canjear su condición judicial por aquella que más le convenga.

Por consecuencia, tienen razón quienes consideran tan injusto como prematuro dar por sentada la culpabilidad de García Luna, pero la sola sospecha de haber servido y protegido al crimen y no a la ciudadanía desde la Secretaría de Seguridad constituye un brutal revés a quienes lo fueron encumbrando. Si duele ver cómo a veces, por la vía de recursos fiscales, la misma ciudadanía subsidia al crimen a través de la traición de policías que ponen a disposición de aquel su investidura, autoridad, vehículos, equipo y armas; imaginar que una Secretaría de Estado le sirvió de escudo, escuece el alma.

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Si, en efecto, el dirigente panista, Marko Cortés, pretende resucitar a Vicente Fox para encontrar en su chocarrera figura un foco de atracción electoral y recompensarlo con una curul en el Congreso, debería explicar sus motivos. Tan dado a descalificar cuanto ocurre, no sobraría que calificara lo ocurrido.

En ese punto, si Cortés no aclara los términos de la renovada relación de su dirección con el expresidente, podría decirse que no se conduce como un compañero, sino como un cómplice.

Allá él, si insiste en reciclar a Fox.

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Si, en efecto y pese a lo ocurrido, Felipe Calderón insiste en llamar a sus seguidores a sumarse a formar filas en su nuevo partido, por un mínimo de decoro político debería exponer y explicar su postura frente al arresto de uno de sus colaboradores favoritos.

En esto, hoy más que nunca resulta absurda la denominación popular de la formación política que impulsa Calderón: México Libre.

El título correcto sería el de México Preso porque, a partir de la supuesta guerra que Calderón declaró al crimen, uno de cuyos principales cruzados fue García Luna, muchas libertades -tránsito, expresión, profesión, sólo por mencionar algunas- se vieron conculcadas, limitadas o socavadas por la actividad criminal. Retenes, límites a la prensa, derecho de piso, extorsión, impuestos por el crimen son parte de la herencia de aquella aventura.

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Claridad y firmeza sobre el asunto también se echan de menos en el presidente Andrés Manuel López Obrador.

Indagar, aquí, la compostura del ex secretario de Seguridad, Genaro García Luna, al saber de las gravísimas acusaciones que le imputan no pueden evadirse bajo el argumento de "no hacer leña del árbol caído" o sujetarse a una consulta popular. Hay o no Estado de derecho.

Siendo la inseguridad el flagelo que agobia y lastima al país, es menester investigar la alianza entre el crimen y la política para poder restablecer la frontera entre una actividad y la otra.

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Si la impunidad criminal ha hecho un enorme daño al país, no menos daño ha hecho la pusilanimidad política.

Vicente Fox y Felipe Calderón está obligados a fijar postura frente a la situación que afronta su policía estrella. Si no están dispuestos a cumplir con ese deber político, al menos podrían evitar hacer el ridículo. Terminarán peor de como empezaron.

Reforma
René Delgado
Ciudad de México
Sábado 21 de diciembre de 2019.

René Delgado   

La concatenación de hechos dispares arroja por resultado una mejor perspectiva nacional y recoloca a la administración ante una nueva oportunidad, la pregunta es: ¿por qué si se logró desvanecer parcialmente la incertidumbre económica, por qué no se intenta atemperar la falta de certeza política?

El empeño, la apertura y el esfuerzo oficial desplegados en el ánimo de construir acuerdos hacia afuera, con un gobierno hostil y grosero -como lo es el de Donald Trump- que bien podría considerarse adversario, obliga a plantear por qué no se replica el ejercicio hacia adentro. Si un adversario externo es sujeto de ese trato, no otro puede dispensarse al adversario interno.

La conjugación de la certidumbre económica y la certeza política podría reimpulsar y enrielar al país en una vía menos accidentada y más segura, en la posibilidad cierta de transformar la realidad. Colocados en esa tesitura, ahí sí, cabría afirmar que no hay mejor política exterior que la interior.

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En el propósito de anular la imposición de aranceles a causa del flujo migratorio; de desactivar la intención estadounidense de clasificar como grupos terroristas a las organizaciones criminales con producción y operación aquí y negocios allá, y de asegurar el nuevo tratado comercial con Estados Unidos y Canadá, por fuerza, la administración lopezobradorista flexibilizó la postura y se mostró dispuesta a tratar, dialogar, negociar, hacer concesiones y acordar con quien muy probablemente no quisieran ver ni en pintura.

Hay, desde luego, quienes hacen ya un escándalo tanto de la experiencia como de la eventual secuela del resultado obtenido, pero nomás de imaginar que aquellas amenazas se hubieran cumplido y el tratado comercial quedara en suspenso, el Ejecutivo mexicano se estaría tronando los dedos y el país, los huesos. Se estaría en una situación todavía más complicada que la prevaleciente.

La pretensión lopezobradorista de constituirse en gobierno y transformar la realidad se hubiera quedado en discurso sin sustento y, quizá, la administración hubiera protagonizado lo mismo que las anteriores gestiones: preocuparse por que no ocurriera nada, en vez de ocuparse en hacer algo.

Aun sin conocer a ciencia cierta el calado de las concesiones hechas y el costo final de ellas, se consiguió sortear la coyuntura, los terribles efectos que hubiera acarreado y, claro, disipar parcialmente la incertidumbre económica.

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De modo colateral al anuncio de la aceptación de los gobiernos de Canadá, Estados Unidos y México de las adendas del tratado comercial, tuvo registro un suceso que, de aquilatarse en su peso y valor, podría contribuir a distender la atmósfera.

En la ceremonia realizada el martes en Palacio Nacional estuvieron presentes los coordinadores parlamentarios de la oposición en el Senado. La concurrencia de esos líderes a la sede del Ejecutivo puede quedar en una simple cortesía política, corrida por el presidente López Obrador a instancias del senador morenista Ricardo Monreal. Sí, pero si el gesto deviene en actitud de acercamiento, sin duda, podría dar pie a un diálogo serio y, eventualmente, a negociaciones y acuerdos en favor de emprender -sin la crispación, la polarización y los sobresaltos vistos- las reformas legislativas que aún requiere la administración para configurar el marco jurídico de la transformación pretendida y desatar a fondo la acción política.

Tal actitud exigiría, desde luego, replantear el límite y el horizonte del mandato popular recibido por el Ejecutivo, pero no otra cosa demandaría a la oposición y la resistencia desplegada por partidos, fuerzas y grupos contrarios al poder establecido.

Si el Ejecutivo tiene claras las coordenadas de su margen de maniobra hacia el exterior y las ajusta con tal de no ver descarrilarse la situación y su proyecto, no otra cosa debería hacer hacia el interior.

Sumar a la certidumbre económica la certeza política, permitiría a unos y a otros, si no respirar tranquilos, sí respirar de manera menos agitada. Al país le daría una perspectiva mucho más segura.

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En favor del acercamiento con la oposición rema, paradójicamente, el arresto en Estados Unidos del exsecretario de Seguridad Genaro García Luna.

Más allá de la conclusión del enjuiciamiento del exfuncionario mexicano, su detención surte tres efectos de inmediato. Uno, revela el grado de penetración del crimen y la corrupción en las más altas esferas del Estado y el grave peligro de la asociación del crimen y la política; en suma, reivindica la necesidad de explorar rutas y ensayar estrategias distintas a la sola persecución a sangre y fuego de la delincuencia organizada. Dos, golpea la estrategia seguida por los Gobiernos de Acción Nacional en contra del crimen y obliga a ese partido a revisar su postura. Y, tres, el arresto de García Luna es la condena de Vicente Fox y Felipe Calderón que, prestos a calentar una curul en la próxima legislatura, hoy quedan como los padrinos del policía estrella que, presumiblemente, sirvió y protegió no a la ciudadanía, sino al crimen.

Está, pues, ese otro ingrediente que obliga a Acción Nacional a revisar el tenor de la oposición que practica.

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Cierto, la velocidad es clave en un cambio de régimen, pero no el desbocamiento. Cierto, la fortuna también juega sus cartas, pero la política no puede depender solo del azar.

La talla de la obra de gobierno pretendida por el presidente López Obrador exige asegurar su alcance, ajustando cuantas veces sea necesario su límite y horizonte, su posibilidad real y concreta.

Sintonizar la política exterior y la política interior podría dar certidumbre y certeza. La oportunidad ahí está de nuevo, el cambio sin ruptura de eso depende.

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Reforma
René Delgado
Ciudad de México
Sábado 14 de diciembre 2019.


René Delgado 
    
La queja en torno a la falta de certeza en los objetivos y las acciones de la administración adquiere, por momentos, un tinte de añoranza por el pasado reciente. Aquel donde el país -con un radio de giro limitado a la derecha- marchaba lubricado por la corrupción, impulsado por las transas y los arreglos cupulares, esquilmado por el crimen y conducido por una reducida élite de una rapacidad voraz.

Falta saber, desde luego, el resultado, el calado y el efecto de las acciones emprendidas o desatadas por la actual gestión. Sin embargo y aun cuando es prematuro, hay quienes ya presagian el fracaso, pintan la acuarela del desastre y, sin reconocer el absurdo, instan a regresar al punto de partida. Advierten un retroceso y, curiosamente, recomiendan regresar a lo de antes. Meter reversa, según esto, para retomar el camino conocido y avanzar. El país o una buena parte iba mal, pero -eso sí- había certeza.

Inquietan no sin motivo cuatro cuestiones. Uno, que las acciones de gobierno partan de un mal diagnóstico y, en tal virtud, agraven en vez de resolver problemas. Dos, que el ala radical o los aliados torpes del lopezobradorismo quieran ir más allá de donde el margen lo permite o confundan el cambio con la revancha, o bien, la elección con una revolución. Tres, que conversos afiliados a la causa incidan en las conductas supuestamente aborrecidas. Y, cuatro, que el propio presidente López Obrador no repare en el modo, ritmo y tono de su proceder.

Lo cierto es que, sin una carta de navegación probada -no la hay-, la administración ensaya un nuevo derrotero. Y algunos sectores y actores, a veces beneficiados o privilegiados por las anteriores gestiones, resisten experimentar o explorar una ruta distinta a la conocida. Se iba a un desfiladero, pero el camino y el paisaje no lo sugerían.

El punto es que, como hacía tiempo no ocurría, se está ante lo incierto y, no hay por qué asombrarse, a pocos les gusta estar frente a lo desconocido. No en vano el refrán: más vale malo por conocido... Se está ahí con un añadido: el entorno económico y el vecino poderoso no ayudan, complican el cuadro.

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Tanto por lo que se presumía o sabía, como por las constantes e indignantes revelaciones que ahora afloran, la corrupción -en su múltiple y muy variada expresión- venía corroyendo la estructura del país. Funcionaba, pero a saber por cuánto tiempo más.

Incluso, cabe una terrible posibilidad. Extraer, de súbito, ese lubricante de la maquinaria del Estado puede terminar por desbielarla. Tanto compenetró ese aceite a los metales, al andamiaje del sistema que, de pronto y como se ha llegado a ver, hay áreas vinculadas del sector público y del privado que, sin ese unto, no operan. Crujen y amagan con tronar.

El afán de encubrir esa forma de operar alteró hasta el vocabulario. El moche se aplicaba a la práctica de bajar recursos públicos; el diezmo, a la licitación de contratos públicos hecha a la medida del interesado; la mordida, a la dádiva para evadir una sanción, brincar un trámite o hacer algo prohibido; la propina, a la posibilidad de ocupar un espacio público privatizado por un particular; la cooperación impuesta, al encargado de levantar la pluma en la caseta de peaje tomada; el derecho de piso, al cobrador del tributo impuesto por el crimen por trabajar... Vocablos todos que se resumen en una palabra: extorsión.

La extorsión, una de las tantas formas de corrupción, se volvió una forma de relacionarnos, entendernos y operar.

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La naturalización de la extorsión como lubricante para el funcionamiento de algunas actividades y acciones, se sofisticó en el terreno político. Ahí, las políticas del canje y la transa, de las cuotas y los cuates alcanzaron un grado de complejidad superior en el reparto y la distribución del poder.

Parte de la inoperancia de la oposición y la liviandad de los contrapesos encuentran ahí y hoy explicación. Obviamente y como las anteriores, la nueva gestión busca acumular y reconcentrar el poder, pero la alfombra roja a esa posibilidad la extiende en muy buena medida la relación establecida entre los partidos Revolucionario Institucional y Acción Nacional, incluidos en el paquete los últimos rayos del sol azteca. Y favorece también esa posibilidad la forma en que esa élite política integró y configuró los contrapesos.

Los hay, pero son contados los cuadros opositores con autoridad moral y destreza política para operar y funcionar en la nueva circunstancia. La mayoría resiste con temor. A más de uno lo inhibe o persigue su pasado y, aun así, los partidos los sostienen, porque removerlos rompería los arreglos internos de su organización. Privilegian la política hacia dentro, no hacia fuera y, así, debilitan o anulan su actuación al exterior. Figuran como opositores, pero no lo son. No pueden.

En cuanto a los contrapesos, su situación no es muy distinta. El cambio en la correlación de fuerzas políticas los dejó en el desamparo o los huesos. Ejemplo de la semana, Eduardo Medina Mora: su origen marcaba su destino, sobre todo, después de la alternancia. (Véanse, si interesa, el Sobreaviso del 21 de febrero de 2015 y del 14 de marzo de 2015, "¿Ministro sin toga ni birrete?" y "Un embajador en la Corte"). Producto de un acuerdo entre el PRI y el PAN y de los servicios prestados al correspondiente grupo en el poder, Medina Mora vistió un traje que no le quedaba, aunque supuestamente estaba hecho a su medida.

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Quejarse por la falta de certidumbre esconde, sin querer, la nostalgia por la certeza supuesta en la carrera emprendida por el país hacia el abismo. Es incierto, en efecto, el destino de la actual administración, pero es un alivio ensayar algo distinto para salir de la impunidad, la inseguridad y la desigualdad.

Reforma
René Delgado
Sábando 5 octubre 2019.


René Delgado
    
Entender la posibilidad del cambio como una apuesta supone por naturaleza ganar o perder. En esa tesitura y pese a la voluntad, el deseo, la fuerza y la enjundia de la porra y la contraporra, nada permite asegurar de antemano el resultado ni el beneficio del país.

Eventualmente -y sería terrible-, se puede empatar. Ello implicaría, sin embargo, un elevado costo: ni se terminaría de desmontar la vieja estructura ni de montar la nueva, dejando por saldo un país desvencijado aún más disfuncional, un tiempo perdido, un sentimiento de frustración y, todo ello, el despilfarro de la oportunidad de replantear el horizonte nacional.

El afán de dar la batalla contra la impunidad, la inseguridad y la desigualdad concluiría en un vano y vacuo esfuerzo. Un ejercicio que, en su nulidad, dejaría expuesta la incapacidad de encontrar la salida al laberinto que, desde hace décadas, frustra un desarrollo nacional más equilibrado, justo y compartido, y anima el desencuentro y no el reencuentro.

Ese estadio supondría más peligros que riesgos. Partidos los partidos, frágil la democracia, enconadas las posturas, agotadas las opciones, estancada la economía, boyante la violencia criminal y a punto la social..., de brujos adivinar la expresión del hartazgo y el malestar.

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La tensión dominante en estos últimos días advierte la amenaza de convertir la oportunidad política en una calamidad.

Los excesos y la intolerancia mostrados por quienes impulsan y resisten el cambio evidenciaron la falta de ánimo, disposición, sacrificio y capacidad para tender puentes. Sin un entendimiento mínimo entre las partes no se va a resolver el desafío planteado por el entorno económico y la falta de recursos, ni se podrá sentar la base necesaria, común y compartida para realizar la transformación que el país exige. Si, en verdad, se quiere darle perspectiva a la nación en su conjunto y no sólo a éste o aquel otro sector, es menester tender, no dinamitar puentes.

Sacar del rancho al payaso con botas para "darle en la madre a la Cuarta Transformación" habla del hundimiento, no del replanteamiento de Acción Nacional. Reivindicar la vía armada como auténtico germen del cambio democrático no llama a remontar el pasado, sino a regresar a él. Solicitar sin ton ni son la desaparición de poderes aquí o allá habla de una absoluta pérdida de la noción política. Sostener como coordinadores de la oposición en el Senado a personajes sin autoridad política ni moral para parlamentar o negociar privilegia los arreglos hacia dentro de los partidos, no los acuerdos hacia afuera de ellos.

Alimentar la idea de encontrar la verdad verdadera de la desaparición de los jóvenes normalistas demanda arrostrar, quizá, la verdad completa, cierta e incómoda. Descalificar con sorna al adversario agrava, no alivia el desencuentro. Amparar el pasado ante los tribunales y exigir seguir ahí, es aceptar el resultado electoral y anular la consecuencia. Sonreír sin actuar ante la provocación de jóvenes fascistas revela el enredo de confundir el uso legítimo de la fuerza con reprimir. Escudriñar con rigor inusitado el presente confiesa cierta complicidad con el pasado. Entorpecer el paso en vez de cuidarlo se vincula más con tender trampas que con señalar pasillos.

Así, la apuesta por el cambio es un volado. Victoria o derrota. Ganar o perder. Águila o sol. Verso y reverso de lo mismo.

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De incrementarse esa tensión, los bandos se colocarán ante una disyuntiva: radicalizar la postura y echar mano de cuanto se puede para imponer su parecer y derrotar al contrario, o bien, moderar la postura, fijar límites y horizontes y construir acuerdos para avanzar de conjunto, en vez de retroceder en bola.

Cabe fingir, desde luego. Unos y otros asumir, con disfraz, la mediocridad y la simulación como la savia que corre por vasos y tejidos de su actuación, alma profunda de su ser. Ladrar sin morder, prometer sin concretar, impulsar sin empujar, oponer sin proponer, resistir sin vigor, cuestionar sin preguntar, generar expectativas sin respaldo de posibilidad. En suma, conjugar en futuro el verbo regresar.

Como sea, así difícilmente se saldrá del empantanamiento político y el estancamiento económico. Matizar la postura no supone, sin embargo, entonar el himno del "gradualismo-a-paso-lento" que tanto adoran quienes promueven cambiar sin mover un dedo y se benefician de la construcción de andamiajes de lujo sin cimientos. Ese gradualismo que, en su lentitud, desmaya y revive el infierno.

Una apuesta es un juego. Se puede suspender la ampliación del aeropuerto de Santa Lucía, sin retomar Texcoco. Se puede retomar el puro combate al crimen y cavar más fosas. Se pueden suspender becas y ayudas y que cada uno se rasque con sus uñas o sople el cañón de su arma. Se pueden seguir exportando mercancías y personas o marginando pobres. Se puede empatar a cero.

No, se trata de no perder más el tiempo y darle sentido a la alternancia, antes que la frustración retiemble en su centro.

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Si bien se han reconfigurado con acierto algunos símbolos del poder y algunos emblemas de su finalidad, falta fijar claramente el signo del cambio.

Entre zancadillas y tropiezos, la nueva gestión no acaba de dominar la administración ni establecer bien el marco jurídico requerido por su proyecto, desplegar con paso firme sus planes y constituirse en gobierno.

Entre zancadillas y tropiezos, la resistencia da de tumbos. La oposición no sale, se pierde en su marasmo. Los grupos de presión desaceleran sin frenar al adversario. Los duros críticos de hoy son los complacientes comparsas de ayer. En su conjunto, asumen el resultado electoral pero no la consecuencia política.

Es hora de recapitular y construir futuro. No de apostar a ver qué sale.

Reforma
Sobreaviso
René Delgado
Ciudad de México
Sábado 28 de septiembre 2019.


René Delgado
    
La oposición partidista pretende reconstituirse no a partir del acierto en su actuación, sino del error del adversario en su acción. Está extraviada y teme salir del laberinto.

Pese a la evidencia del cambio radical en los términos de hacer política, la oposición insiste en hacer lo de antes, lo de siempre, temerosa de explorar nuevos derroteros. Incapaz de salir de la zona de confort que es moverse en los salones, pasillos del poder y de los arreglos internos, no quiere gastar suela en otros espacios o verse a la intemperie. Su apuesta no es dar pasos firmes y acertados, sino apostarle al tropiezo del contrario o intentar tenderle zancadillas. Y, así, es inofensiva.

La práctica de oponer sin proponer, de resistir atrincherada en la crítica, el grito, el lamento o la negociación maniatada no le depara ningún porvenir a la fuerza, es un decir, opositora. En un par de años se verá si prevalece o sucumbe, pero -de seguir por donde va- su extinción no es improbable.

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Hace una semana se abordaba en este espacio cómo a Morena le provoca indigestión el ejercicio del poder, cierto, pero a la oposición le provoca agruras el no poder.


Las direcciones del Revolucionario Institucional y de Acción Nacional, encarnadas por Alejandro Moreno y Marko Cortés, están más ocupadas en sostenerse en el puesto que en concebir, guiar, articular y coordinar la actuación de los distintos polos de poder de su respectiva formación. Carecen de la aceptación del conjunto del partido que administran y, sin liderazgo, buscan conciliar los intereses internos a fin de figurar como dirigentes, aun cuando no lo sean. No hay línea en la actuación de esos partidos porque su respectiva dirigencia no puede trazarla y mucho menos tirarla.

Tal conducta limita su actuación y, en esa medida, sus decisiones tienen la firmeza y solidez de una gelatina.

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Ese afán de asegurar puestos, buscar arreglos hacia dentro y guardar las formas provoca que las coordinaciones parlamentarias de la oposición, particularmente en el Senado, no recaigan en quienes tienen mayor autoridad, representatividad, margen de maniobra y posibilidad.

Los coordinadores parlamentarios en el Senado se mueven con tiento y tibieza por dos razones. Unos porque saben que su pasado -su anterior actuación- los condena y, en cualquier momento, podrían ser exhibidos y, así, su margen de maniobra es en extremo reducido. Otros porque, simple y sencillamente, carecen de la experiencia y el liderazgo político necesario para encabezar a su grupo parlamentario y, por lo mismo, actúan sin ton ni son.

Unos y otros son producto de la negociación hacia el interior de su partido y no de la prestancia, pulcritud e inteligencia requerida para encarar al movimiento en el poder. Sobra decirlo, pero esa situación quizá mantiene los equilibrios hacia dentro de esos partidos, pero amplía el margen de maniobra de quien supuestamente quieren acotar.

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La falta de liderazgo en los partidos opositores y, por lo mismo, de la articulación para dar un solo frente, genera una actuación contradictoria de los polos de poder de un mismo partido opositor.

Un ejemplo. Los legisladores de la oposición critican a la Federación por pretender allegarse más recursos y, en el contraste, los gobernadores del mismo partido opositor, tan acostumbrados a disfrutar de la hamaca, critican la falta de recursos provenientes de la Federación. Ni por asomo, a unos y otros se les ocurre hacer suya la bandera de emprender la reforma hacendaria que el momento exige.

Esos polos de poder se conducen sin directriz, tropezándose con sus mismos pies y, en esa condición, abren distintos y muy navegables canales de negociación a quien dicen resistir.

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Tal es el miedo a ensayar o explorar otras formas de hacer política que, ante la falta de resultados de la que están acostumbrados a practicar, los partidos de oposición quieren suplir su incapacidad trasladando al Poder Judicial decisiones que ellos no pueden revertir.

Sin decirlo, la oposición quiere que la Corte haga aquello que ellos no pueden y, de insistir en esa vía, podrían terminar por colapsar a ese otro poder o someterlo a un desgaste innecesario. La oposición quiere que la Corte se convierta en el partido que ellos no pueden reconfigurar y conducir. Que allá hagan lo que no puedo.

Los ministros están obligados a cuidar de la Constitución, pero no a suplir a los partidos de oposición que no saben qué hacer. La oposición judicializa la política, aunque se queja de ello.

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La acción directa y comprometida fuera de los salones, pasillos y medios del poder ni por asomo se les ocurre a los partidos de oposición.

El activismo y el proselitismo del movimiento en el poder y, sobre todo, del jefe del Ejecutivo ha arrinconado a la oposición y a ésta le da miedo salir de su laberinto porque, estar a la intemperie, gastando suela y retomando contacto con la ciudadanía en temporada no electoral, no es lo suyo. Hace mucho abandonó ese otro espacio político y le aterra verse en la calle, siendo -vaya paradoja- que es donde está.

Busca la oposición qué causa ciudadana encabezar, pero es tal la distancia que tomaron frente a la ciudadanía que, al sumarse a ella, ésta la repudia. Años de regocijarse en los acuerdos cupulares y vivir de las prerrogativas los tienen hoy contra la pared.

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Pretender que el tiempo o el error del adversario será la garantía de su sobrevivencia o el premio a su incapacidad, quizá, les permita declararse satisfechos de permanecer a salvo en su propio laberinto, pero eso los presenta como una opción de no poder. Vaya oposición.

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Reforma
Sobreaviso
René Delgado
Sábado 14 de septiembre 2019.


René Delgado

    
Sin querer, Martí Batres y Porfirio Muñoz Ledo mencionaron la soga que le viene a la medida a Jaime Bonilla.

La frustrada tentación reeleccionista del senador y el diputado a fin de prolongar su mandato al frente de su respectiva Cámara legislativa impacta la desmesurada ambición del gobernador electo de Baja California que, campante, intenta cometer un atraco político: echarse tres años extra de gobierno al bolsillo, pese a haber sido electo por dos. Tal fue la chuza provocada por Morena -quién lo dijera- que, a su pesar, el militante principal con licencia, Andrés Manuel López Obrador, tuvo que aplicarse a fondo y dar un manazo sobre la mesa.

Ahora, algún oculista y otorrino deberían ayudar a Jaime Bonilla, quien sufre de ese mal tan común en los soberbios: no ve ni escucha.

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Mal, muy mal parados quedaron importantes cuadros y dirigentes de Morena que, quién iba a decir, al provocar un zafarrancho con tufo de embriaguez por el poder, generaron una circunstancia absurda con múltiples efectos, igualando su compostura a la del resto de los partidos. Si lo suyo no es la venganza, al parecer, la revancha sí que lo es.

Esa constelación de personajes paralizó la actividad legislativa colocándola al borde de una crisis, distrajo el debate sobre el mensaje presidencial del domingo, tensó innecesariamente la relación con las fracciones parlamentarias opositoras, exhibió el problema de legislar sobre las rodillas y, al final, obligó al mandatario a tomar postura en un asunto donde, no es por presumir, ya no quería intervenir.

El sainete por fortuna en ese nivel quedó, pero expuso el mayor desafío de la fuerza en el gobierno. Sin el liderazgo de López Obrador, la dirección de Morena se mueve al ritmo de los intereses de éste o aquel grupo. Si los cuadros y la militancia que no han perdido el sentido de la razón de su agrupamiento no moderan y acotan a quienes comen ansias por hacer de él patrimonio en litigio de ambiciones grupales o personales, el movimiento tendrá por sólo impulso el de la inercia y terminará por repetir la historia de las organizaciones a las que el aroma del poder las marea, embriaga y, luego, las desmadeja.

Mal salen del lance Yeidckol Polevnsky, Mario Delgado y Ricardo Monreal, así como los legisladores ya mencionados. No asombra que la oposición parlamentaria y partidista le ponga piedras al proyecto del Ejecutivo, sí que lo hagan quienes deberían allanarle el camino.

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Qué bueno que Andrés Manuel López Obrador salió a fijar postura y jalar las riendas.

El argumento presidencial de ya no intervenir en asuntos relacionados con Morena podía justificarse -no necesariamente entenderse- en la idea de guardar distancia, pero también suponía evadir dos cuestiones importantes: una, reconocer un hecho incontrovertible: sin el andamiaje institucional necesario y sin una dirección atinada, el liderazgo lopezobradorista es clave en esa organización; y, la otra, escapar a fijar postura frente a asuntos directamente relacionados con la democracia no hablaba bien de quien, más allá de la posición y el cargo que ahora ocupa, se hacía de la vista gorda frente al abuso político.

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Qué bueno que Porfirio Muñoz Ledo rectificó. Confundió la posición con la postura, pero corrigió. Se reivindicó a sí mismo.

Dos frases pronunciadas adrede y sin querer por el legislador pusieron de relieve la grandeza y la pequeñez que cohabitan en los protagonistas políticos del momento. Resumen lo sublime y lo grotesco. "Se puede tener el poder y no pasar a la historia; y pasar a la historia sin tener el poder". Cierto. "Chinguen a su madre, qué manera de legislar". Cierto también.

Lo lamentable es que, ahora, siendo necesario reformar la Ley Orgánica del Congreso de la Unión y muchas otras, será difícil llevarlo a cabo, por haberlo pretendido hacer sobre las rodillas. La miopía de legislar al ritmo de la coyuntura en curso, con dedicatoria personal, al gusto del capricho transitorio, en atención al interés a satisfacer, a fin de eliminar requisitos imposibles de cumplir o queriendo transformar la realidad a punta de enmiendas inútiles, ha hecho de las leyes un mazacote.

Pese a los neoconservadores que no quieren moverle una coma al marco jurídico del régimen político y electoral, jurando que es divino, es evidente que requiere de un replanteamiento profundo. México es un país de leyes sin apego a derecho.

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Con eso de que no hay mal que por bien no venga, ahora el gobernador electo de Baja California tiene un problema: ver, escuchar y entender lo ocurrido y dicho estos días. Domar su ambición y evitar ponerse la soga al cuello, arrastrando con él a su amigo, el presidente de la República, y a Morena.

Insistir en prorrogar su mandato más allá del límite establecido por la ley es un golpe a la democracia, un atraco político que Morena debería ser el primero en censurar e impedir. Así Bonilla diga que registró su candidatura a la gubernatura por cinco y no por dos años, es evidente el afán de cometer una trapacería. Aun con el plomero Amador Rodríguez Lozano, que pretende emplear como secretario de Gobierno, no puede prorrogar su mandato. Hacerlo es, simple y llanamente, un acto de corrupción política, el saqueo de la democracia.

La sola duda es si rectificará por sí mismo o si será menester obligarlo. Bonilla puede tirar de la soga o zafarse de ella.

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Dirigentes, cuadros y militantes de Morena están ante una disyuntiva: acompañar y amparar a la administración que encumbraron, transformarla en gobierno e impulsar su proyecto, o bien, abandonarla a su suerte y sumarse al resto de los partidos. Igualarse con ellos en vez de marcar que, en efecto, son distintos.

Hay gente de valía en ese movimiento, ojalá reaccione bien y cuanto antes.

Reforma
Sobreaviso
René Delgado
Sábado 07 de septiembre 2019.


René Delgado
    
 
El afán de acelerar o frenar, de apoyar o resistir la acción gubernamental revela la talla de la disputa por el poder, pero sobre todo la importancia del objetivo en juego: modificar o conservar el concepto del Estado y, con él, el régimen político y el modelo económico. De ese tamaño es la pugna.

En medio del litigio por fijar el límite y el horizonte del mandato presidencial, entre zancadillas y tropiezos, Andrés Manuel López Obrador llega a su primer informe de gobierno que, aun con el amplio respaldo popular, marca un punto de inflexión. Aquel donde, tras establecer con firmeza que no será el simple administrador en turno del proyecto adoptado más de treinta años atrás y sí el promotor de ajustes profundos, rectifica algunas decisiones a fin de generar confianza a la inversión y atemperar el estancamiento económico.

A saber si en el mensaje previo a la presentación del informe, el mandatario reflexiona en serio y en torno a la voluntad y la posibilidad o si mantiene el tono y la tonada del discurso conocido. Al margen de ello, la circunstancia nacional e internacional insta a reconsiderar y recalcular los pasos a dar, a no convertir la oportunidad en calamidad.

El país vive un momento tan interesante como inquietante que, en su vértigo, abre espacio a la confusión que rebota entre el entusiasmo y el miedo.

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El resultado electoral del año pasado movió los referentes que normaban el quehacer político.

Hace poco más de veinte años (1997), el electorado optó por poner en práctica "el gobierno dividido" -el Ejecutivo en unas manos y el Legislativo en otras- y el ensayó no prosperó. El ejercicio fue pervertido por la falta de madurez y la incapacidad de los partidos para construir acuerdos equilibrados. De "el gobierno dividido" se hizo el "gobierno detenido" y, luego, algo peor: "el gobierno coludido" que, a partir de la política de cuates y de cuotas con buena dosis de corrupción, movió el engranaje de la acción gubernamental.

La política cupular se entronizó. Distorsionó el mandato electoral y provocó efectos colaterales, nocivos en extremo. Las multimillonarias prerrogativas ahondaron la distancia entre partidos y ciudadanía. Las dirigencias de los partidos avasallaron a las militancias. Y, de paso, la política cupular satanizó a la política popular -entendiendo por ésta, aquella cercana a la gente- equiparándola en automático con el populismo.

Así, las reformas de segunda generación se vieron vulneradas desde su origen. Algunas se canjearon por otras sin realizarlas con esmero (destacadamente la político-electoral y la hacendaria). Otras se vieron vulneradas al verse salpicadas por la corrupción y unas más se instrumentaron no con la gente, sino contra ella. Su origen selló su destino.

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El giro electoral del año pasado borró aquellos referentes del quehacer político.

Por variadas razones se dio un amplio respaldo al candidato ganador, al hoy Ejecutivo, y a la vez se le concedió a su partido la mayoría en el Legislativo. El electorado cambió los términos de la política seguida durante las dos últimas décadas y, aun así, hay actores que no lo advierten. Resisten reconocerlo. Se votó por hacer algo distinto, no lo mismo.

Hoy, sin embargo, se quiere hacer política con referentes que ya no corresponden a la realidad y eso trae confundida a la oposición que no ata ni desata y deja sin amortiguadores las diferencias entre el gobierno y porciones de la ciudadanía. Sí, la oposición está confundida... pero también el partido-movimiento encabezado por López Obrador que, al degustar el sabor del poder, da muestras de indigestión y gula.

A Morena se le atora el bocado. Ganó la elección, pero todavía no domina el gobierno ni conquista el poder y, sin embargo, se deleita ante un manjar que todavía no cocina. Al tiempo que el mandatario mira con recelo a los aliados de ocasión. Quiere empleados, no aliados.

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Hacer política a partir de parámetros distintos y sin referentes establecidos no es sencillo, menos cuando se pretende sacudir al régimen político y el modelo económico.

Esa realidad pone en evidencia que el diseño del régimen político y electoral, aun cuando sus guardias lo consideren una maravilla, fue concebido y desarrollado sin gran visión, con enorme costo económico y político. E igual ocurre con algunos órganos autónomos impulsados en los últimos años y décadas; su diseño derivó de aquel concepto cupular de la política. Requieren de un replanteamiento, no necesariamente de su desaparición.

El punto delicado es que, si bien se puede ajustar o desmontar esa estructura, no hay planos de la que se requiere.

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La compleja circunstancia está dando lugar a una situación singular.

Algunos sectores aceptan el resultado electoral, pero rechazan la consecuencia política. Y, del otro lado, algunos confunden la elección con una revolución y claman ir más allá del mandato recibido. Unos no quieren cambiar nada, sólo administrarlo bien; otros quieren cambiar todo, sin responder por qué y cómo. Curiosamente, los extremos de esas fuerzas en tensión miran al pasado reciente o remoto como el mejor refugio, como si la opción nacional fuera recuperar el salinismo o el echeverrismo.

Son contados los actores y factores de poder que median entre esas dos posturas y, sin ignorar el pasado, intentan fijar metas comunes hacia el futuro.

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En medio de la adversidad económica y el riesgo de la inestabilidad política, entre zancadillas y tropiezos, el presidente Andrés Manuel López Obrador llega al primer informe del estado que guarda la administración. Un punto de inflexión donde las rectificaciones hechas en el campo económico ojalá sean anticipo de una reflexión profunda.

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Reforma
Sobreaviso
René Delgado
Ciudad de México
Sábado 31 de agosto de 2019.


René Delgado
    
 
Qué absurdo. En el marco de la polarización y la ausencia de un debate serio y, aún bajo la amenaza creciente de una recesión, se pierde tiempo valioso y se reniega de la política.

De un lado, algunas demandas que hoy reciben atención y encuentran respuesta son cuestionadas, cuando no repudiadas, por quienes las abanderaban. Tal es el rechazo que se intenta deslegitimar, obstaculizar o frenar al gobierno, al tiempo que -en otro absurdo- se le exige actuar.

De otro lado, cuando algún cuadro de Morena o funcionario del gobierno presta oído a posturas serias y sustentadas, distintas a la oficial, o propone recalibrar acciones, los radicales de la Cuarta Transformación se le van encima. Le reprochan dialogar con quienes no hay por qué hablar, así tengan algo que aportar, o no actuar con el debido fervor y disciplina.

Ciertamente, el modo presidencial -más mesurado estos últimos días- no siempre contribuye a distender o relajar esa atmósfera que, a la postre, dificulta dinamizar la política y la economía en beneficio del país. Comoquiera, en la tensión y confrontación prevaleciente, se advierte un problema de más fondo: hay quienes resisten la consecuencia política derivada de la elección y hay quienes consideran que, instalados en el gobierno, no hay por qué escuchar críticas ni sugerencias.

Si en lugar de buscar un entendimiento se siguen tendiendo zancadillas, el tropiezo lo sufrirá no sólo el gobierno, también el país en su conjunto. Cambiar sin cambiar es una ilusión insostenible.

Abarátese la democracia, pero sin reducir su costo. Desde hace años, muy diversos sectores han cuestionado el costo de la democracia mexicana, el monto de las prerrogativas destinadas a los partidos y el gasto del Instituto Nacional Electoral. Hoy que los morenistas Tatiana Clouthier y Mario Delgado formalizan la intención de reducir a la mitad el financiamiento público de los partidos, quienes ayer reclamaban hacerlo resisten la idea. Pretextan infinidad de motivos para no recortar las prerrogativas, siendo que éstas -por su monto creciente-, lejos de fortalecer, debilitan la relación partidos-ciudadanos y no garantizan que los partidos no echen mano de fuentes indebidas de financiamiento. ¿Cómo justificar que faltando recursos para atender necesidades fundamentales y en el marco de una política de austeridad todos pongan, menos los partidos?

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Combátase la corrupción y la impunidad, pero sin llevar gente a prisión. Ante la decisión de vincular a proceso con prisión preventiva justificada a Rosario Robles por el ejercicio indebido del servicio público que provocó daños por más de cinco mil millones de pesos al erario, aflora la especie -alentada por los abogados defensores- de que se está ante una presa política y no frente a una política presa. Más allá de las pifias cometidas por la defensa de Robles, se entiende su postura, el afán de politizar la justicia, pero no la de muchos personajes que, habiendo reclamado una y otra vez acabar con la impunidad, hoy cuestionan el encarcelamiento de Robles. ¿Qué hubiera pasado si vinculada a proceso en libertad, la ex secretaria se da a la fuga, tal como lo hizo su compañero de gabinete Emilio Lozoya?

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Resístase el neopresidencialismo, pero repúdiese la revocación de mandato. Teme el dirigente de la Coparmex, Gustavo de Hoyos, que en la figura de Andrés Manuel López Obrador se esté forjando un "presidencialismo neoimperial", dada la reconcentración de poder en el Ejecutivo. Sin embargo, y como los partidos opositores, se pronuncia contra la revocación del mandato porque, dice, México tiene como un activo político el que, aquí, "los presidentes empiezan cuando tienen que empezar y terminan cuando deben de terminar" (Entredichos del 12 de agosto). ¿Entonces, todo se reduce a un juego de zancadillas? Si el temor es de tal magnitud, la reacción debería ser de igual dimensión.

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Qué necesidad de dialogar, ni qué nada. El secretario de Hacienda, Arturo Herrera, desayuna con dos predecesores, José Antonio González Anaya y José Antonio Meade, quienes son vistos al salir de Palacio Nacional. Se abre el concurso de especulaciones en torno al motivo del encuentro y, lo peor, algunos acólitos de la Cuarta Transformación le exigen a Herrera rendir cuentas sobre lo conversado. ¿Dónde queda la política?

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Valorar la acción antes de actuar. El diputado morenista Alfonso Ramírez Cuéllar, presidente de la Comisión de Presupuesto, viene haciendo recomendaciones tanto en relación con el gasto, las finanzas, los recortes y algunas acciones de gobierno proponiendo alternativas para evitar precipitaciones o sacudimientos. Su opinión no encuentra eco y sí, en cambio, algunos correligionarios, de pronto, descalifican su proceder.

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El listado de contradicciones o posturas radicales como las referidas podría extenderse. El punto es que sostener ese tono en la relación de los distintos actores y factores de poder puede no sólo frustrar la urgente y evidente necesidad de transformar al país, sino también colocarlo en una situación aún más compleja.

No se puede condicionar el reconocimiento del Ejecutivo a partir de la exigencia de continuar, sin corrupción y del mejor modo posible, la política económica seguida durante los últimos años. No se postuló para ello ni fue electo para eso. No puede el mandatario, con todo y su legitimidad, desconocer a los factores que inciden en el crecimiento y desarrollo del país si quiere transformarlo.

El viento de una recesión sopla cada vez más fuerte, es menester trabajar en favor de un entendimiento que permita encarar el posible vendaval, sin perder la gran oportunidad de reponer el horizonte.

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Reforma
Sobreaviso
René Delgado
Ciudad de México
Sábado 17 de agosto 2019.

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El mundo es comprendido por el paradigma, es la forma por la cual es entendido el mundo, el hombre y por supuesto las realidades cercanas al conocimiento.

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