René Delgado

Restan dos semanas para acudir a las urnas y, aun cuando la tensión derivada del concurso electoral tiende a disminuir, falta traspasar algunas aduanas.

Los obstáculos por salvar son cinco e involucran a autoridades gubernamentales y electorales, así como a los principales protagonistas de la contienda. Se trata de los atentados de origen criminal o político contra candidatos a puestos municipales o legislativos; el impulso de prácticas ilegales o antidemocráticas, significadas en la compra o coacción del voto; las actitudes de soberbia presumiendo el triunfo; los actos de desesperación ante la previsible derrota; y la tentación de impugnar sin fundamento el resultado, jugando con la nulidad.

A la autoridad gubernamental y la electoral corresponde actuar con prontitud y firmeza frente a los dos primeros; a los candidatos presidenciales, moderar y madurar su conducta aun en el último jalón o esfuerzo. Sólo así se podrá transitar de la sana incertidumbre electoral a la imprescindible certeza política que, por la adversidad proveniente del exterior, es fundamental para mantener en lo posible la estabilidad económica y social.

Incurrir en omisiones, errores o excesos al cierre de la contienda, la jornada o la calificación electoral podría acarrear un elevado costo nacional, cuando el entorno demanda correr con pies de plomo y, luego, conciliar y cerrar filas.

***

En las últimas dos semanas, la combinación de varios ingredientes contribuyó a distender la atmósfera.

El acercamiento al Consejo Mexicano de Negocios resultaba clave en el curso final de la campaña para Andrés Manuel López Obrador y, a partir de las versiones del encuentro, se atemperó la confrontación e, incluso, se plantó un principio de entendimiento entre ellos. Importante también, pero no primordial, era el respectivo diálogo de Ricardo Anaya y José Antonio Meade con ese sector del empresariado. Las diferencias entre aquellos y el Consejo eran menores ante la magnitud de las que se presumían con el abanderado de la coalición Juntos Haremos Historia.

A su vez, la consonancia -matices de por medio- de la macroencuesta de preferencia electoral realizada por Coparmex-Fundación Este País con otros estudios de opinión serios, convalidó los reportes del posicionamiento y la distancia entre los candidatos al momento de levantarse esos sondeos.

Asimismo -y a reserva de conocer más adelante otros estudios de opinión-, la realización del tercer y último debate no sugirió ni sugiere un ajuste mayor en la situación de los presidenciables. Y, claro, el inicio del campeonato mundial de futbol -coincidente cada doce años con las elecciones en México- resta presencia a la contienda.

Sin desconocer que, al final, en toda elección cuentan sólo los votos, los ingredientes mencionados han distendido el ambiente que, por lo demás, no se cifra ni se cifraba en la duda de quién encabezaba la preferencia, sino en el carácter y el calado de su propuesta.

***

Es, en ese marco, donde los obstáculos a salvar durante las próximas semanas adquieren particular importancia.

Ante el homicidio de ciento catorce políticos y candidatos desde el pasado ocho de septiembre, fecha de inicio del proceso electoral, no basta la reiterada promesa de que el domingo primero de julio se votará en libertad y en seguridad. El único respaldo a la palabra empeñada es procurar justicia. No hay más. Presentar y consignar, al menos, a algunos de los homicidas que, por motivos criminales o políticos, liquidaron a quienes no querían ver en puesto de elección. Insistir en la pura declaración sin la acción abre la puerta a la actuación de esos grupos el día de los comicios.

Las notas, videos y fotos publicados por Reforma de operadores priistas y perredistas pretendiendo comprar o coaccionar el voto, reclaman la actuación rápida y decidida del fiscal electoral si pretende darle credibilidad a su función y a la elección. No proceder con prontitud y parar en seco esas prácticas antes de la jornada electoral vicia el proceso. De nada valdrá y servirá actuar después, cuando se haya lastimado ya la elección.

Si bien Andrés Manuel López Obrador, el puntero de la preferencia electoral, puede respirar con cierta tranquilidad y administrar su ventaja, cometería un error si asume una actitud de soberbia y, en la presunción anticipada de la victoria aún no coronada, insufla a los sectores radicales de su partido para desconocer un hecho innegable: parte de la ventaja del candidato deriva de su corrimiento al centro político. Uno de los muchos desafíos de López Obrador será cumplir las expectativas generadas a militantes, simpatizantes y aliados, integrantes, valga la paradoja, de un diverso universo y sostener las garantías ofrecidas a quienes temen de él acciones radicales o populistas.

Por último, desde luego los otros candidatos están impelidos a dar el último tirón, pero igual a contener a los desesperados, conversos y radicales que, también, hay en el seno de su respectiva organización. Es claro que, en la desesperación, hay a quienes tienta la idea de descarrilar los comicios en su último tramo, o bien, plantear su anulación aun sin elementos. Ante el desafío de las fuerzas derrotadas sería un desastre caer en tentaciones siniestras.

Sería peligroso ignorar las aduanas faltantes y descuidar la conclusión del proceso electoral frente a la adversidad proveniente del exterior y la urgencia de conciliar al país para encarar la circunstancia. Madurez, mesura y sensatez son exigencia. No entenderlo así pondría en juego la posibilidad nacional.

EL SOCAVÓN GERARDO RUIZ

La evidencia aflora día tras día; aquí, allá o acullá; en esta o aquella obra. Ni qué decir.

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Reforma
Ciudad de México
Sábado 16 junio 2018.

René Delgado

La temporada obliga a marcar las diferencias, no las coincidencias. Así es la temporada. Las elecciones son para eso, pero hay un problema: el suelo donde están parados los candidatos presidenciales es un polvorín.

La moneda vuela a la altura del precio incontenible de la gasolina. La virtual suspensión de la renegociación del Tratado de Libre Comercio y la amenaza de una guerra comercial alertan de un sacudimiento económico. La deuda de los estados y la Federación llenan los barriles sin petróleo. La corrupción persiste y se tolera. El problema de las pensiones ahí está, aun cuando nadie lo mencione. Las reformas estructurales -particularmente, energética, educativa y político-electoral- exigen su revisión. La violencia criminal y política aumenta, no cesa. La inseguridad pública tiende a derivar en una crisis de seguridad nacional. El irresponsable desmantelamiento del aparato de procuración de justicia colapsa al de impartición de justicia. La ausencia de gobierno es mayúscula. La configuración de las coaliciones integradas a partir del desfiguramiento de los partidos anticipa un desastre político. Todo en medio de un malestar y crispamiento social de doble mecha corta, tentados a expresarse como sea.

Agregar a ese cuadro ingredientes de desestabilización con fuego real o de artificio es en extremo peligroso. Nunca es bueno jugar con cerillos. Menos, si se está parado sobre un polvorín.

***

Prometer en tono distinto el cambio con futuro, el avance contigo o la cuarta transformación del país sin reparar en la situación interna y externa, así como en la estrechez del margen de maniobra es -dicho con suavidad- una quimera. Sólo garantizar el control o la contención de la circunstancia sería una osadía política, digna de reconocimiento. Si después de ello cabe sentar los cimientos de una propuesta distinta a la prevaleciente, mérito mayor de aquel que pudiera hacerlo.

Por lo pronto, el momento exige, sí, subrayar las diferencias, pero no convertirlas en motivo de ruptura. Exagerar las diferencias sin fincarlas en propuestas y sin mirar la circunstancia, es convocar a un juego eliminatorio. Eliminar no es sinónimo de elegir, sino de excluir, quitar, separar, matar... justo lo contrario a la política, justo el alimento del odio y el hartazgo social.

Ninguna democracia nace de la eliminación del contrario, ahí muere. Cuando ello ocurre, a la palabra "adversario" la reemplaza la de "enemigo".

***

El eje de la campaña electoral aún en curso se ha caracterizado por una paradoja.

Desde su propia perspectiva, las coaliciones Por México al Frente y Todos por México -curiosa la semejanza del nombre por cuanto revela su cercanía y distancia- han coincidido en repudiar y descalificar la propuesta de la coalición Juntos Haremos Historia, sin distinguir y presentar la propia. La propuesta del frente abanderado por Ricardo Anaya se resume en la continuidad con ajustes, instrumentada por un indefinido y abstracto gobierno de coalición; la de la coalición encabezada por José Antonio Meade se sintetiza en el continuismo sin ajustes, instrumentada por el grupo tricolor empoderado que, ahora, se debilita y resquebraja.

Una segunda y absurda paradoja. Esas dos coaliciones se han enfrascado en un pleito que, en el empeño por eliminarse entre sí, ha dejado el campo libre a la liderada por Andrés Manuel López Obrador, Juntos Haremos Historia. El priismo no logra desbarrancar a Ricardo Anaya y éste no consigue caminar al ritmo que quisiera y ambos niegan haber dejado escapar a su presa. Y la Procuraduría... ¡ay! la Procuraduría.

Algo más. Anaya denuncia el supuesto pacto entre Morena y la administración, anhelando en silencio reponer el que tuvo y Meade niega rotundamente la existencia de ese pacto, suspirando que su acuerdo con la administración se sostenga. Ambos disputándose el apoyo de ¡Vicente Fox!

Ante esa disputa y en condición de impulsar la mística del triunfo inevitable y ampliar su fortaleza en el Legislativo y las gubernaturas en juego, Andrés Manuel López Obrador no repara en la generación de expectativas, superiores a la posibilidad de realizarlas si se toma en cuenta la descomposición del cuadro económico.

***

Una peculiaridad más. Esta vez, la incertidumbre electoral no deriva de la competencia entre los candidatos.

Desde el arranque de la contienda y según los estudios de preferencia electoral, la ventaja favorece considerablemente a Andrés Manuel López Obrador. Los esfuerzos de Ricardo Anaya y los de José Antonio Meade en ningún momento han colocado en un apuro al puntero y sí, en cambio, a ellos mismos. La incertidumbre no deriva del desconocimiento de quién podría ganar, sino del conocimiento de quienes podrían perder.

Ahí se explica el ahínco en imbuir miedo a elegir al puntero. Surge del pavor de quienes temen no el cambio de reglas en el juego, sino quedar fuera del juego. Por eso, los llamados telefónicos atemorizantes y los videos difamatorios, hechos desde el anonimato de quienes, por el pavor a perder, ocultan su nombre.

Es una pena el repunte de esas prácticas, cuando se venían restableciendo puentes.

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Jugar a descarrilar el concurso electoral en el último tramo o a generar expectativas por arriba de la posibilidad, a sabiendas del grado de descompostura del cuadro económico, político y social en un entorno adverso, es jugar con cerillos... sobre un polvorín.

 EL SOCAVÓN GERARDO RUIZ

Quienes conocen el trazo del tren Ciudad de México-Toluca y saben del soporte construido en el kilómetro 41, detrás del Monumento al Caminero, en el cauce del río Ocoyoacac, miran con miedo la obra. ¿Tienen motivo?

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Reforma
Sobreaviso
René Delgado
Ciudad de México
Lunes 11 de junio 2018.


René Delgado

Sobreaviso


La administración encara una circunstancia en extremo delicada, cualquier movimiento en falso puede hacerla resbalar en una situación aún más compleja y arrastrar a la elección, si no es que al próximo gobierno.
Puede parecer exagerado, pero el momento exige al presidente Enrique Peña Nieto conjurar la vulneración de la soberanía nacional, popular y territorial; atemperar la tensión política con la élite empresarial; y controlar, en lo posible, los daños que le depara a su partido la desastrosa campaña presidencial de su candidato. Todo sin dejar de asegurar el proceso electoral en puerta, cuyos hilos se le están yendo de la mano.

No es hora de entrar por la puerta de atrás al debate electoral, pretendiendo defender o ensalzar el legado de la administración, sino de garantizar un mínimo de seguridad y estabilidad, cuando menos, ahí donde se puede.

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En relación con la soberanía nacional, la provocación de Donald Trump imponiendo aranceles plantea la posibilidad de una guerra comercial.

Vale para los propósitos de una negociación dura aplicar el principio de reciprocidad: responder a los aranceles al acero y el aluminio con la imposición de otros, en los productos estadounidenses generados en el territorio donde el presidente Trump tiene su base social.

El recurso, bueno como primera reacción, tiene un límite. De ir a un escalamiento, México carece de parque para continuar: la dependencia es innegable. Resta suspender la negociación, recurrir a la Organización Mundial del Comercio, diseñar una estrategia con Canadá -si, finalmente, este país tiene interés en el comercio trilateral y no bilateral como, ahora, pretende Trump.

El margen de maniobra es reducido y la acción exige velocidad teniendo en frente la elección. Sería una pena que la actual administración tomara decisiones que, a la postre, afectarán a la siguiente gestión.

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Con tropiezos, idas y vueltas, encuentros y desencuentros, aflojamiento y estiramiento, la relación de Andrés Manuel López Obrador con la élite empresarial es una montaña rusa, pero poco se sabe de la relación entre ese segmento empresarial y el presidente Enrique Peña Nieto.

Ha trascendido el desencuentro que tuvieron, pero no hay claridad del estado que guarda esa relación, y el ingrediente puesto por Donald Trump exige entendimiento entre los sectores políticos y económicos nacionales. ¿Qué hay al respecto?

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La ola de violencia criminal, oficialmente reconocida, coloca en un apuro a la administración.

El crimen desafía a la autoridad en el campo electoral. Emite por anticipado y según el caso su voto de plomo o de oro. En más de un municipio elimina a quienes no quiere ver en la boleta y subsidia a quienes quiere ver triunfar. Y, de acuerdo con especialistas, bajo el manto de la impunidad criminal, algunos actores políticos aprovechan el recurso de la violencia para salir del adversario o el desvío de fondos públicos para impulsar al aliado.

Esa violencia criminal o política pone en riesgo la soberanía popular y, si bien las autoridades estatales y municipales tienen responsabilidad en garantizar el derecho a votar y ser votado, la autoridad federal no puede resbalar la propia.

A la vuelta de los años es claro que la flama de la violencia criminal se puede administrar, subir o bajar sobre la base de disminuir o acrecentar la presencia de las fuerzas federales y se ha visto que, a partir de la relación de las autoridades locales con las federales, se puede regular aquella.

La autoridad electoral debe administrar, vigilar y normar el proceso electoral; la autoridad federal está obligada a asegurarlo y garantizarlo. El operativo Escudo Titán no está arrojando los resultados esperados y el crimen está poniendo en peligro la soberanía popular. No basta decir estamos actuando, hay que actuar.

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El incremento del robo de mercancías, combustibles e insumos de la producción, a partir del dominio criminal de ductos y vías carreteras o férreas, así como el cobro de cuotas a empresas, comercios e, incluso, a sus empleados, desafían en un punto neurálgico a la administración: la economía.

Por un lado, el crimen le disputa al Estado la soberanía territorial y, por el otro, le disputa el monopolio fiscal. En más de un lugar o plaza de la República, trabajadores, comerciantes y empresarios pagan un doble tributo: el fiscal y el criminal. Ahí está, con dolor en la memoria, aquella lideresa de locatarios en Acapulco, solicitando facilidades hacendarias para poder cumplir oportunamente con el tributo criminal que no concede plazos en el pago.

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En ese cuadro se inserta el efecto que sobre el priismo puede tener la derrota electoral.

En ese terreno se advierten diferencias al interior del grupo que se apropió del PRI y, desde luego, el malestar de las corrientes excluidas en la decisión de postular a José Antonio Meade. De suyo grave la pérdida de la Presidencia de la República, a ella se suma la falta de competitividad del partido en la mayoría de los estados de la República con la gubernatura en juego y, en el arrastre, la disminución de su presencia en el Congreso de la Unión... con la consecuente pérdida de las millonarias prerrogativas.

Incorporar como el cuarto sector del priismo al calderonismo residual no es una alternativa.

El mandato presidencial concluye el primero de diciembre, no antes. Es mucho lo que está en juego. Es menester gobernar, aun cuando no se haya hecho a lo largo del sexenio.

 EL SOCAVÓN GERARDO RUIZ

Al parecer, el secretario de Comunicaciones y Transportes aceptará de buen talante las sanciones y castigos derivados del socavón del Paso Exprés de Cuernavaca... siempre y cuando no lo incluyan a él.

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Reforma
René Delgado
Ciudad de México
Sábado 2 de junio de 2018.

René Delgado

Menudo error. A la administración se le olvidó gobernar.

Hechizada por el trámite y la instrumentación de las reformas hoy sujetas a revisión, se le pasó prestar atención a minucias tales como la seguridad pública que, hoy, deriva en amenaza a la seguridad nacional y la democracia.

Ahora, el crimen intensifica y diversifica su actuar en los campos de su tradicional dominio... y en otros más. Golpea no sólo a la sociedad, sino también a la economía: a centros neurálgicos del funcionamiento del Estado -vías de comunicación, banca y suministro de energía-. Por si ello no bastara, emite con anticipación su voto, amedrentando o eliminando aquí o allá a quienes no quiere ver en la boleta.

La administración vive un apuro, su candidato ni se diga. El crimen trabaja con denuedo y a los observadores extranjeros les inquieta la incapacidad oficial de dar garantías para votar y ser votado. Los invitados a certificar la pureza del proceso electoral miran con azoro la anormalidad democrática en que transcurre la campaña. Y, quizá, les asombra el dicho presidencial describiendo a México como una historia de éxito, mientras la gobernabilidad se desmorona.

No es una burla oficial, es un agravio cuanto está ocurriendo.

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Desde que la administración elevó a rango de monumento a los indicadores macroeconómicos y los venera en el retablo de la estadística, optó por ignorar la realidad y la sociedad. Se desentendió de ambas.

Los reclamos ciudadanos le parecieron un zumbido, un ruido impertinente en la sinfonía de las reformas y los indicadores. Un ronroneo, digno de acallar con un spot: "¡Ya chole con tus quejas!", rezaba a finales de 2015 aquella propaganda de los genios de la comunicación oficial. Desde hace tiempo, la administración está sentida por la incomprensión. Malagradecida, nomás falta que digan a la sociedad.

Pese al creciente malestar, la administración mantiene la actitud. Insiste en regañar a la sociedad por su enojo y malhumor. "Piensen con la cabeza", le recomienda el jefe del Ejecutivo y, a manera de sedante, le recita el logro molido del porvenir que nomás no llega. Nada de lamentar tragedias, es hora de celebrar la felicidad.

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El problema es que, en plena campaña electoral, el crimen ha resuelto encarar al Estado, y la administración nomás no halla qué hacer.

El diccionario de la criminalidad engrosa de más en más el lomo de su edición en piel. Asalto, atentado, amenaza, cobro de piso, colgado, cuota, decapitado, encobijado, entambado, desaparición, descuartizamiento, diluido, ejecución, extorsión, feminicidio, huachicoleo, levantado, mutilación, ordeña, robo, saqueo, secuestro, trata, tortura, víctima, violación... forman ya parte del vocabulario cotidiano. Y el lenguaje criminal incorpora palabras día a día, contando en cada una de ellas una historia de horror. Historias familiares o personales que, en la lógica oficial, no reflejan la historia nacional. La distorsionan.

En estos días, sin embargo, la expansión de la industria criminal coloca en un predicamento a la administración en el templo de su veneración. A la vulneración de la seguridad pública se suma la de la seguridad nacional, considerando como tal la economía.

El incremento del robo de vehículos y del transporte de mercancías vía carretera o ferrocarrilera; el aumento del cobro de piso a empresas o industrias; el crecimiento de la succión de ductos de combustible; y, ahora, el hackeo del sistema de pagos electrónicos interbancarios, golpean a la administración justo donde le duele: la confianza en la inversión y la certeza del Estado de derecho.

Si el descuido de la seguridad pública no alteró, a su parecer, su proyecto económico y sólo le acarreó el repudio social, el descuido de la seguridad nacional pega en el corazón de la economía: la inversión.

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El impulso del transporte vía férrea derivó, en cierta medida, del incremento del robo en el autotransporte de mercancías carretero. Si, ahora, el crimen es capaz de descarrilar trenes en cuestión de minutos y contratar un ejército de saqueadores, el problema es en extremo delicado.

Aun cuando suene absurdo, no importa tanto el monto del robo o la merma provocada por el daño, como la evidencia de la incapacidad oficial para ejercer el dominio y el control de las vías de comunicación terrestres, las venas de la economía. En Orizaba se taponó una arteria.

Si el aumento en el asalto a ferrocarriles es consecuencia de los operativos contra la ordeña de ductos, como refieren algunas fuentes, asombra que, tras acumular una pérdida de treinta mil millones de pesos durante el año pasado, a causa de más de diez mil piquetes en las tuberías, la autoridad haya considerado hacer algo al respecto. En doble sentido, el Estado perdió y pierde energía.

Si no se esclarece y castiga el robo cibernético a la banca, poco importará la cantidad sustraída. La gran pérdida se cifrará en la desconfianza en esa institución central de la economía. Si persiste el cierre de almacenes, minas, refresqueras e industrias por negarse a pagar derecho de piso y prevalece el doble tributo -fiscal y criminal-, la inversión terminará por frenar su ritmo.

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Los atentados contra electores y candidatos revelan la ausencia de garantías para votar y ser votado, los atentados a las vías por donde corre la economía revelan la ausencia de gobierno.

Hoy, no mañana, la democracia, la economía y el Estado de derecho están en peligro. Convendría gobernar, aunque sea un rato, al final de la gestión.

 EL SOCAVÓN GERARDO RUIZ

Se cae un avión certificado para volar con seguridad, se zafa otra vez un doble remolque autorizado... ah, qué lata con las comunicaciones.

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Reforma
Sobreaviso
René Delgado
Ciudad de México
Sábado 26 mayo 2018.


René Delgado

Mañana será un día clave en el porvenir de José Antonio Meade y el PRI, sobre todo, a partir del relanzamiento sin efecto de su campaña y el retiro de la candidatura de Margarita Zavala.

Si el simpatizante tricolor con alma albiazul y, por lo mismo, sin definición, arrojo ni carácter político no se planta y descuella en el debate, su suerte estará echada. Sus padrinos y patrocinadores voltearán a otro lado e intentarán, en lo posible, asegurar su presencia en la contienda por el Legislativo, pero ya no por el Ejecutivo a través de su original abanderado.

Meade camina en la cuerda floja con los ojos cerrados. El momento exige un funámbulo experimentado.

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La privatización o el secuestro del PRI por parte del grupo en el poder, ahora dividido, plantea un serio problema no sólo al reducido clan y su candidato, sino también al conjunto de la militancia, en particular a los cuadros excluidos del juego donde quedó inserto su partido.

En el afán de asegurar la continuidad y el control del proyecto, ese grupo se apoderó de la candidatura y postuló a un hombre con oficio en la administración, pero no en la política. Un funcionario destacado. Un servidor más comprometido con la vieja élite albiazul o la nueva tricolor, que con el público. Un simpatizante con algunas prendas profesionales, pero pocas políticas. Tanto así que, aun hoy, no está claro si él lleva las riendas de su propia campaña.

De ese modo, el clan hegemónico tricolor excluyó y marginó a otros cuadros que, sin formar parte de su grupo, sí garantizaban un mayor desempeño y rendimiento político. Políticos que, sin manifestarlo, ahora se deslindan de cuanto acontece, o bien, juegan a la posguerra a partir de asumir por anticipado la derrota de su partido. La baraja del priismo sí contaba con otras cartas, pero el grupo fuerte quería la mano completa. Nada de andar partiendo y repartiendo cartas. Hoy, esa reducida élite se pelea entre sí el mazo de su ilusión.

Ese clan no pudo escapar a la contradictoria rutina establecida por él mismo. Sumar, luego restar. Mostrar arrojo y decisión, luego pasmo y titubeo. Operar sin calcular, luego dudar y desesperar.

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Armado a medias el entramado jurídico de las reformas que impulsó, ese grupo no pudo: se distrajo y se enredó en vez de gobernar.

Soltó las amarras de la operación política que le permitió cambiar artículos, leyes y reglamentos; instrumentó sin ritmo ni estrategia las reformas; desatendió la seguridad pública hasta profundizar la violencia, despreció los derechos humanos y, algo peor, fomentó la voracidad sobre los recursos públicos y la licitación de contratos.

Dejó en exclusiva el monopolio opositor a Morena, al sumar y sumir en arreglos, transas, negocios y cuotas a sus aliados en el Pacto por México y, más tarde, desentenderse de ellos para reubicarlos como adversarios. Despidió con buenos y malos modos a los cuadros tricolores sin membrecía en su selecto grupo. Cobijó a quienes, siendo suyos, aparecían con las manos en la corrupción, persiguiendo sólo a los prescindibles. Poco a poco, ese clan fue tomando o retomando el control de dependencias gubernamentales y el partido, perfilando la ambición de reconcentrar el poder y reelegirse. La procuraduría, la hacienda, la fiscalía, la cancillería, el partido -dirección, asamblea y candidatura-, más tarde la gobernación, todo para sí, y alargaron la cadena de errores, cometiendo otros.

Con júbilo cerraron la distancia entre la administración y el partido y, hasta con chistes sin sentido del humor -"no se despisten"-, celebraron la reposición de la liturgia del "destape", usando y desechando a los demás "tapados". Se les escapó un detalle. La vieja liturgia ya no garantizaba el acto central de la ceremonia, que el finalmente "destapado" fuera el sucesor. Hasta inventaron candidatos independientes que, al final, mostraron su dependencia y el cobre de su funcionalidad o, incluso, disfuncionalidad.

Apareció, entonces, el "destapado" sin acabar de entender bien el asunto de la candidatura sin póliza de cobertura amplia y la campaña.

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Al peso de la losa de abanderar un partido desprestigiado y una administración sin aceptación, el candidato José Antonio Meade no dudó en sumarle algunas piedras a la carga, mientras presumía cómo él perdía peso.

Diciendo pretender ir hacia adelante, una y otra vez retrocedió. Festejó cuantas veces pudo, foto de por medio, contar con el consejo y el apoyo de un exmandatario panista, el populista Vicente Fox, y ninguno del PRI. Incorporó como su contravoz a un panista, que luego se mordió la lengua. Integró a una estratega en comunicación albiazul que, hasta ahora, no ha abierto la boca. Invitó a un frustrado candidato independiente a comer tacos con él y jugar futbol a su favor. Más tarde, con título de simpatizante se arrogó, según él, la decisión de echar al presidente del partido que lo adoptó, sin hacerlo suyo. Agradeció una y otra vez el apoyo y el abrazo de los peores ejemplares del priismo, jurando ser muy distinto a ellos. Veneró el triunfo del PRI en el Estado de México, instando a repetirlo con él. Y, luego, vistió el chaleco rojo cuando ya no hacía calor.

***

La suma de errores combinados tendrá mañana al candidato y al partido tricolor en la cuerda floja, si José Antonio Meade no muestra temple, arrojo ni simpatía ante los electores y avanza hacia atrás y no al revés, la suerte de su participación en la contienda estará marcada por una realidad y una percepción muy difíciles de revertir. Y, entonces...

 EL SOCAVÓN GERARDO RUIZ

Al parecer, en la Secretaría de Comunicaciones y Transportes están buscando el paso exprés para salir, ahora, del tren... de acontecimientos por venir.

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Reforma
René Delgado
Domingo 20 de mayo de 2018.


René Delgado

La ríspida confrontación política y la creciente violencia criminal son un peligro, una amenaza no sólo a la elección sino también a la estabilidad, a la democracia en su conjunto.

Asombra que las autoridades gubernamentales lejos de perseguir y castigar esa violencia criminal, animen la confrontación política. La tarea de la administración concluye hasta el primero de diciembre, no antes. Garantizar el derecho a votar y ser votado, cuidar del proceso electoral y evitar su descarrilamiento es -en el terreno de la seguridad- su responsabilidad.

***

A fuerza de homicidios y amedrentamiento, aquí o allá y sin importar la filiación partidista, quizá a fin de preservar acuerdos o dominar territorios, el crimen determina quién puede y quién no aparecer en la boleta electoral. El crimen elimina, no elige. Y, al parecer, a la autoridad poco le importa esa forma de participación política criminal, que bien se podría denominar la elección del revólver.

Las cifras de Etellekt Consultores -especializados en riesgos- son elocuentes. Del ocho de septiembre del año pasado, fecha de arranque del actual proceso electoral, a este ocho de mayo sumaban 305 agresiones las cometidas contra dirigentes y cuadros partidistas, así como contra alcaldes y exalcaldes, precandidatos y candidatos, fundamentalmente del ámbito municipal. A resultas de esas agresiones son ya 93 los ejecutados, contándose entre ellos 35 precandidatos y candidatos. Adicionalmente, "44 familiares de actores políticos" fueron ultimados.

A esa cifra terrible, de acuerdo con la nota principal del Excélsior de ayer, se suma otro dato no menos importante. Un millar de candidatos a representaciones o puestos municipales, estatales o federales declinaron su aspiración por temor al crimen, obligados por sus partidos o por cuestiones personales.

No en vano hace unos días, la magistrada presidente del Tribunal Electoral, Janine Otálora, advirtió en una conferencia: "podrían encontrarse en la violencia, formas alternas, ilegales e inaceptables de decidir quién esté y quién no esté en la boleta electoral". Señalamiento al cual se agrega el reiterado llamado del consejero presidente del Instituto Nacional Electoral, Lorenzo Córdova, a frenar de tajo la violencia y moderar el tono y la rispidez del debate electoral (Entredichos de reforma.com).

Ciertamente, dada la dimensión de los puestos en juego en esta elección -más de 3,500 posiciones- la cifra de ejecutados es marginal, pero no puede negarse que el crimen está interfiriendo en el proceso electoral y si la confrontación electoral se radicaliza aún más, la violencia podría contaminar la política y ésta a la violencia. Ya una vez, "un loco solitario" tomó la vida de Luis Donaldo Colosio y a punto estuvo de descarrilar la República. Tampoco puede justificarse tanto morir por simples ajustes de cuentas.

El escenario es en extremo peligroso. Y, justo al escribir estas líneas, las alertas informativas instaladas en el celular reportan una ejecución más, otra más. El turno correspondió, ahora, al candidato de Morena a la alcaldía de Apaseo el Alto en Guanajuato, José Remedios Aguirre...

¿Cuántos más caerán antes de llegar al primero de julio?

***

Ese escenario lo conoce y lo vivió el secretario de Gobernación, Alfonso Navarrete Prida. Por eso asombra que no le dé la debida importancia a la crispación política y la violencia criminal.

El 10 de enero es fecha importante para el funcionario. Ese día, hace veinticuatro años, llegó a Gobernación como secretario particular del doctor Jorge Carpizo, quien asumía la Secretaría en medio de una crisis producto de la combinación de la violencia y la política. El 10 de enero de este año, Navarrete regresó a Gobernación como secretario y, ahora, afronta un cuadro difícil: crispación política y creciente violencia.

Desde luego, la violencia de estos días es distinta a la de 1994. Aquella tenía causas sociales y políticas y era focalizada y selectiva. La de hoy es criminal, dirigida y multipolar.

Por eso asombra que, pese a cuanto está ocurriendo, la administración no manifieste vivo y rápido interés en perseguir y castigar las ejecuciones cometidas por el crimen que atentan contra el proceso electoral y, lejos de atemperar el tono y la rispidez del discurso político, lo alienta. Se retroalimentan impunidad criminal y pusilanimidad política.

El presidente de la República, Enrique Peña Nieto, no ceja en el afán de mostrarse como jefe de campaña de su candidato y, burla burlando, no ceja en el afán de inclinar la balanza a favor de su partido. No se planta como autoridad de gobierno, sino como debatiente sin aspiración en el concurso electoral, donde jura no participar. Si de "pensar con la cabeza" se trata, no estaría de más mirar el espejo.

Y al velador de la Procuraduría, Alberto Elías Beltrán, poco le importa usar como ariete la dependencia a su cargo contra el adversario electoral, en vez de ir por homicidas. Los magistrados electorales José Luis Vargas y Felipe Alfredo Fuentes Barrera a la cabeza confunden la investidura con el vestido y se miden la toga que no les queda. ¿Será verdad que estudian la posibilidad de anular le elección?

Juegan con las instituciones, enrarecen la atmósfera política cuando la violencia campea.

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No frenar la violencia, no atemperar el discurso sólo promete, en nombre de "la anormalidad democrática", hundir en la incertidumbre a la República.

 EL SOCAVÓN GERARDO RUIZ

¡Ah, qué curioso! Según el tema a debate, en Los Pinos presentan al secretario del ramo correspondiente. Eso no ocurrió en la defensa de la construcción en sus términos del nuevo aeropuerto, no llevaron a Gerardo Ruiz Esparza. ¿Por qué será?

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Reforma
René Delgado
Ciudad de México
Domingo 13 de mayo 2018.


René Delgado

Borrar dieciocho años en menos de sesenta días, políticamente -o sea, sin abandonar los cauces legales y civilizados- es en extremo difícil. Y, antes de ir a las urnas, el primer voto a emitir consiste en desactivar la tentación de hacerlo a como dé lugar. El puro intento implicaría el peligro de arrastrar al país a un escenario mucho más complejo al prevaleciente.
Polarizar al electorado poniéndole, otra vez, el cuchillo entre los dientes o convertir la elección en una eliminación, cuando la violencia criminal y social se expresa diaria y brutalmente, podría descarrilar no sólo el proceso electoral sino desgarrar el ya de por sí deshilvanado tejido político y social.

Antes de animar la confrontación, de alimentar la rabia o de azuzar al miedo, los actores políticos, formales e informales, deben cobrar conciencia del terreno donde están parados.

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Sin restarle mérito a la hazaña de Andrés Manuel López Obrador de concebir y armar un movimiento en menos de seis años, en la construcción de la posibilidad de su triunfo electoral contribuyen en muy buena medida las administraciones de los partidos Acción Nacional y Revolucionario Institucional. A su pesar, ambas fuerzas le ayudaron. Y, además, esas administraciones terminaron por desvertebrar a sus respectivas organizaciones políticas.

Vicente Fox, Felipe Calderón y Enrique Peña Nieto desperdiciaron o perdieron la oportunidad de convertir la alternancia política en una alternativa nacional. La redujeron a una cuestión de turno en el ejercicio del no poder.

El populismo que hoy aterra a Vicente Fox fue su práctica presidencial. Tuvo todo para transformar el régimen: condiciones económicas, legitimidad política y ánimo social, pero hizo de la popularidad, el chistorete y la frivolidad el sello del hito histórico supuesto en la derrota del partido tricolor. Da risa verlo condenar el populismo, sin dejar de militar en él.

De principio a fin, Felipe Calderón hizo de su mandato un desastre. No supo cómo remontar los términos de su acceso a Los Pinos y, en el afán de legitimarse a partir de la fuerza y a costa de la política, metió al país en una guerra contra el crimen. Una aventura que, lejos de arrojar el resultado deseado, hizo del país una fosa. Casi un cuarto de millón de vidas ha cobrado hasta hoy la ocurrencia. Calderón apreció más la casaca militar que la investidura presidencial y no dio la talla en ninguna.

Ahí, la dificultad de Ricardo Anaya para deslindarse sin romper con las administraciones impulsadas por su propio partido.

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El presidente Enrique Peña Nieto ensayó y entusiasmó, en un primer momento, con el Pacto por México, pero tres cuestiones echaron por tierra su proyecto. Una, el acierto de hacer fortaleza de la debilidad de la oposición panista y perredista, incorporándola al Pacto, terminó por vulnerar a su propio partido, así como a los otros dos, dejando el monopolio de la oposición al movimiento de López Obrador. Los integrantes de la partidocracia se redujeron y la distancia con la ciudadanía se alargó.

Dos, la minusvaloración del hartazgo social ante la violencia y la inseguridad, así como ante la corrupción y la impunidad, golpeó la instrumentación y expectativa generada por las reformas. Además, frustró la posibilidad de transitar de la administración al gobierno.

Y, tres, la suma del conjunto del priismo al inicio de su administración concluyó en su resta hacia al final, concentrando las decisiones en un grupo reducido y los beneficios en una élite.

A lo largo de esos dieciocho años y en alianza sibilina desde 1988, el panismo y el priismo, junto con sus administraciones, parecían impulsar una democracia tutelada del centro a la derecha, apartada de la gente. Ahí cobraron fuerza las agrupaciones de la sociedad civil organizada y el surgimiento de movimientos sociales.

La política cupular y excluyente fortaleció la política social e incluyente.

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Hoy, las acciones y omisiones practicadas por las administraciones en lo que va del siglo les estallan a los grupos hegemónicos de los partidos albiazul y tricolor, en una circunstancia especial.

El desencuentro experimentado entre Ricardo Anaya y la cúpula tricolor dificulta la posibilidad de reparar puentes entre ellos, y sus partidos viven una crisis a su interior. Asimismo, sus respectivas candidaturas afrontan problemas: Ricardo Anaya es víctima del éxito de haber constituido el Frente que lo apoya, sostener esa coalición obliga a guardar equilibrios paralizantes; el grupo tricolor que impulsó a José Antonio Meade ganó la candidatura, pero perdió al partido y, aun cuando intenta corregir el desacierto, su abanderado no logra consolidarse como un competidor.

Tal desencuentro y circunstancia ayuda y fortalece a Andrés Manuel López Obrador, quien supo encontrar el lenguaje, la actitud y los asuntos emblemáticos que calan en y entusiasman a importantes sectores de la sociedad.

Revertir esa situación por la vía política supondría una hazaña de muy difícil realización, intentarlo por una vía no política podría dar lugar a una crisis superior a la de 1994: una fractura que, dada la fragilidad del país hacia dentro y hacia afuera, precipitaría lo que supuestamente se quiere evitar: incertidumbre política, inestabilidad económica y enojo social.

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Faltan menos de sesenta días para ir a las urnas, pero desde hoy debe votarse a favor de que los actores políticos y los factores de poder se mantengan dentro de los canales fijados por la ley y la civilidad... sólo así se podrá evitar un susto mayor, producto de la rabia o el miedo.

El socavón Gerardo Ruiz

Si en el eventual gobierno de José Antonio Meade "no habrá estafas maestras, ligas, escándalos ni naves industriales", ¿habrá socavones?

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Reforma
Sobreaviso
René Delgado
Ciudad de México
Sábado 5 de Mayo de 2018.


René Delgado

Las noticias de estos días indignan y sublevan. Escurren sangre y saliva, violencia y demagogia. A los criminales sólo los estremece perder plazas en su territorio; a los candidatos presidenciales, puntos en las encuestas.

La impunidad criminal y la pusilanimidad política hacen fiesta de la tragedia. Danzan al calor del fuego, mientras cocinan vidas y votos. Los asesinos ponen los muertos; los políticos culpan de ellos a su adversario. Los sicarios recargan las armas de su oficio, los políticos acomodan la estadística de su negligencia. Quizá porque los ejecutados ya no votan, unos y otros celebran a diario el Día de Muertos. En su salsa y en su tinta. Mezcla infame de urnas fúnebres y electorales.

Anima la fiesta el canto verde y turquesa, acompañado por algunos despistados, bajo la batuta tricolor del Congreso de la Unión, cuerpo de la coalición "Todos por México" y alma de "Todos por el resto". Ese coro legisla a contrarreloj y parlamenta con tartamudeo en defensa propia. Disminuido el Estado de derecho, qué importa si leyes o nombramientos están mal hechos, si traen dedicatoria o borran su espíritu. Esos legisladores cumplen sin honrar el compromiso.

Y, en el espectáculo, descuella el ahijado de los magistrados Alfredo Fuentes Barrera, José Luis Vargas Valdez, Mónica Soto Fregoso e Indalfer Infante Gonzales, que siguen tan campantes. Deslegitimaron al Tribunal, pero esos magistrados sacaron diez en dictado y, ahora, Jaime Rodríguez Calderón ya elevó su preferencia a costa de las manos de los amputados. La claque aplaude su iniciativa de convertir los derechos humanos en desechos humanos. El fascismo también es una opción.

Qué bueno que las elecciones, como dijo el presidente de la República en gira por Europa, se desarrollan en plena normalidad democrática. Ojalá se use tinta y no sangre para marcar el dedo de quienes voten.

Después de doscientos mil muertos y más de treinta y seis mil desaparecidos durante el anterior y el actual sexenio, la autoridad no acompaña a José Antonio Meade, Ricardo Anaya ni a Margarita Zavala para repudiar y tergiversar la amnistía propuesta por Andrés Manuel López Obrador. Menos cuando ellos ofrecen hacer más de lo mismo para obtener un peor resultado: más sangre, más muertos, más armas, más diversificación del crimen.

Pueden decir que están con las víctimas no con los victimarios, que no van a liberar delincuentes ni a pactar con criminales. En los hechos, las administraciones donde ellos participaron -Meade en ambas- otorgaron la amnistía vergonzosa: la de la impunidad, la que olvida sin perdonar, la indiferente ante el dolor y la vida.

Qué pena que Andrés Manuel López Obrador no explique cabalmente su propuesta de amnistía y cambie, una y otra vez, los términos de su eventual instrumentación: considerando a las víctimas o sus familiares, sometiéndola a consulta o convocando a un foro. Si, en verdad, la considera debería defenderla con argumentos, no con frases hechas o generalidades sin sustento.

Si, a fin de cuentas, prevalece la ruta -no puede decirse estrategia- seguida contra la criminalidad, por un mínimo de congruencia los candidatos presidenciales alineados en esa idea deberían derogar la Ley de Amnistía vigente, promulgada en enero de 1994 con motivo del levantamiento armado en Chiapas, y repudiar a sus diputados en la Asamblea Legislativa de la Ciudad de México por haber aprobado otra, apenas el martes pasado. Hasta el cinismo tiene un límite.

Deberían hacer eso y anunciar cuántas cárceles van a construir para meter a la base social del crimen que suma millones. Ese dato podrían acompañarlo de la cifra de empleos que generará la edificación y administración de tanto centro penitenciario. Entre fosa y fosa clandestina, se podría construir una cárcel.

Minimizar, ignorar o simplificar el hartazgo social ante el crimen y la corrupción, cuyo denominador común es el delito practicado con o sin antifaz, con o sin credencial, de cuello blanco o redondo, de casimir o mezclilla, es no entender los ejes de la campaña electoral, el motor del malestar social.

Ofrecer por futuro un paraíso, parados en un charco de sangre o hundidos en el socavón de la corrupción pone en evidencia la talla chica de los candidatos presidenciales, su pequeñez para reconducir por un mejor sendero al país. Tal situación arroja por única certeza no la posibilidad de un futuro distinto, como la prolongación de un presente insoportable.

No se puede decir "en mi gobierno no habrá estafas maestras ni moches ni ligas ni escándalos ni naves industriales" y, mientras eso ocurre, cruzarse de brazos. No se puede pedir cuentas de sus propiedades a los adversarios y guardar silencio frente a los sobornos entregados por la constructora Odebrecht. No se puede presumir que la próxima residencia del presidente de la República será la cárcel y, luego, cerrar la boca, mientras se revisa la nitidez de los papeles de las compras hechas. No se puede asegurar que el ejemplo personal cundirá como política nacional, ni que se barrerá de arriba abajo la escalera de la corrupción, si no se trae escoba.

Tal desdén por la vida y tal desdén por el ciudadano -reducido a la condición de elector sin opciones- no es augurio de mejores días, sino de un conflicto de mayores proporciones. La conjugación de la violencia criminal y de la pusilanimidad política forma un grumo en el corazón de México, coágulo que tapona el anhelo de vivir mejor, en paz y con justicia, sin miedo.

Si ese es el alma del concurso electoral, más vale traer más parque, leña y urnas. La fiesta de la tragedia va a continuar.

El socavón Gerardo Ruiz

El Paso Exprés no oculta el socavón, monumento a la ignominia.

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Reforma
Sobreaviso
René Delgado
Ciudad de México
Sábado 28 de abril de 2018.


René Delgado    

Pasado mañana, los estrategas de los candidatos presidenciales se verán obligados a hacer el balance del eventual efecto del debate y realizar los ajustes necesarios en la campaña electoral.

Por el ritmo y tono que va adquiriendo la contienda, esos ajustes habrán de operarse en todas y cada una de las candidaturas. Ojalá los partidos y candidatos, la administración e, incluso, el empresariado no tiendan a radicalizar las posturas y, por lo mismo, a polarizar aún más a la sociedad. Una cosa es la sana incertidumbre electoral, otra, la insana desconfianza política.

Sería una pena que, de nuevo y después de dieciocho años, la coalición y el candidato ganadores carecieran de las condiciones para transformar el triunfo electoral en la conquista del gobierno. Las décadas perdidas por el país ya son muchas. El malestar social no da para toparse, otra vez, con la administración de los problemas y no el gobierno y la solución de estos. Y, en esa posibilidad, no puede ignorarse la violencia que, desde hace tiempo, domina la forma de relacionarnos y amenaza con romper el ya de por sí deshilado tejido social.

La deuda política de Vicente Fox y Felipe Calderón no la atemperó Enrique Peña Nieto.

El postulado del todavía jefe del Ejecutivo tricolor, asegurando que la suya no sería una administración, sino un gobierno se desbarrancó cuando todavía no cumplía dos años de ejercicio. Desde finales de 2014, se desvaneció el anhelo de que la alternancia no fuera simple turno en el no poder presidencial, sino alternativa del desarrollo nacional. Esta vez, la crisis sexenal se dio no al final del mandato, sino cuando todavía no cumplía ni el primer tercio.

El entusiasmador proyecto de impulsar un Pacto por México y emprender las reformas lo vulneraron la impunidad y la complicidad ante la corrupción, así como la indolencia frente a la violencia que, desde años, castiga, amedrenta y sangra a México.

Como añadido, el carácter cupular de aquel Pacto terminó por desfigurar a los partidos como instrumentos ciudadanos. Si los partidos se olvidaron de sus bases y simpatizantes, la administración ignoró al conjunto de sus gobernados. En rechazo a una política abierta e incluyente, la élite practicó una política cerrada y excluyente. En el colmo del error, calculó mal el derrame social de las reformas y, algo peor, diseñó mal algunas de ellas y otras las instrumentó de pésima manera.

Hoy, parte del problema es el repudio a una administración manchada por la corrupción, enclaustrada en un sentimiento de incomprensión y necia en imponer la forma de entender la realidad; así como el debilitamiento de las estructuras partidistas. Queriéndolo transformar se desmanteló el régimen.

Los errores cometidos e ignorados por la administración -entre otros, el de la comunicación-, así como la lucha tribal al interior de los partidos por dominar su dirección impulsaron, más allá del tesón y los aciertos propios de Andrés Manuel López Obrador, las posibilidades de su triunfo electoral.

Esos errores y, luego, la jaloneada selección del candidato -dicho con elegancia- de la fuerza en el gobierno y la agrupada en Por México al Frente, fortalecieron la posibilidad del tabasqueño.

Ante ese panorama es evidente que, tras el debate de mañana -mueva o no la preferencia electoral-, los estrategas de los concursantes se verán impelidos a matizar sus decisiones, o bien, a tomar otras distintas en torno al camino a seguir en el siguiente tramo de la campaña.

El grupo hegemónico en el PRI así como la propia administración deben revalorar si pueden seguir dando golpes sin resultados a Ricardo Anaya que, paradoja, benefician a Andrés Manuel López Obrador, y dejar de arrastrar en su desesperación a las instituciones, cuando su candidato no ubica ni domina su rol e insiste en fincar su posibilidad en su trayectoria, sin mostrar pizca de carácter. Sin un candidato competitivo, usar las instituciones como ariete sólo puede conducir a un desastre, no al reposicionamiento de aquel. El daño provocado a la Procuraduría General de la República, la Fiscalía y el Tribunal Electoral es inquietante.

Vista la radicalización del empresariado ante el temor de que López Obrador pretenda cancelar la construcción del nuevo aeropuerto de la Ciudad de México, el equipo del tabasqueño está obligado a ponderar si no es menester recentrar la postura de su candidato. Si la reanimada postura extrema de López Obrador responde a una estrategia, su estiramiento puede resultarle contraproducente. Ese tema ilustra la actitud pendular cuando no contradictoria que, en más de un asunto, adopta el tabasqueño. Cuidar eso y sostener el acierto de fijar la agenda a los competidores no es cosa sencilla.

A los estrategas de Ricardo Anaya les urge relanzar a su candidato y desplegar las banderas propias de su propuesta a fin no sólo de consolidarlo en la segunda posición, sino de plantarlo como un auténtico competidor por la Presidencia de la República. De no ser así, tanto el Frente como el priismo tendrán que explorar la posibilidad de reconstruir el puente roto entre ellos.

El equipo de Margarita Zavala debe mostrar que, en efecto, su candidatura es independiente con ánimo de competir y no de protagonizar una revancha sin sentido. Jaime Rodríguez Calderón puede seguir como va, ha dejado en claro su función, como también que a un bronco se le puede domesticar con un poco de alfalfa y sin quitarle la pinta.

Radicalizar posturas, polarizar aún más a la sociedad y confundir una elección con una eliminación, más de una vez le ha dejado enormes costos al país. Tras el debate vendrán, pues, las definiciones.

El socavón Gerardo Ruiz

En mala hora, habilitar como escudero del nuevo aeropuerto al padrino del socavón.

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Reforma
René Delgado
Ciudad de México
Sábado 21 abril 2018.


René Delgado

Los exabruptos de la política esquizofrénica de Donald Trump son inaceptables. En relación con México, los arrebatos del hombre que, más de un año después, no acaba de entender, asir ni dominar las riendas de la Presidencia de los Estados Unidos inciden justo cuando por la naturaleza del juego electoral mexicano, se pueden y deben subrayar las diferencias en la comprensión y la solución de los problemas nacionales. Trump contamina dolosamente la sana incertidumbre electoral. Sólo la ignorancia y la vesania del mandatario, así como su desesperación por disfrazar el fraude de su mandato ante sus fans, explican la vileza de intervenir en México a partir de insultos y hostilidades.

Calibrando ese factor externo incontrolable y la incapacidad controlable de la Cancillería mexicana para definir una estrategia frente al acecho del vecino, los aspirantes a ocupar la Presidencia de la República tendrán que defender y ejercer el derecho al disenso partidista, sin vulnerar la unidad nacional. Un juego nada sencillo en temporada electoral.

Sin restarle mérito al pronunciamiento del Senado mexicano, seguido por el mensaje del presidente Enrique Peña Nieto formulado antier, se echa de menos que no se hayan acompañado de las acciones previstas por el más simple manual diplomático ante actitudes tan ofensivas como las del hombre del zacate en la cabeza.

¿Cuáles son esas acciones que acusan recibo de la grosería, sin profundizar el desencuentro? Una, la nota formal de protesta de la Cancillería mexicana al Departamento de Estado; dos, el llamar a consulta al embajador mexicano, Gerónimo Gutiérrez, en clara señal de desacuerdo con la actitud de Trump; y, tres, pedir explicaciones en la Cancillería a la embajadora Roberta Jacobson sobre las pretensiones del gobierno que representa. (Apena que toque a ella dar la cara).

Esas acciones no ahondan el conflicto, pero sí señalan oficialmente el desacuerdo. No se espera a ver en qué consisten las amenazas, se fija una primera postura. Ninguna de ellas acompañó los señalamientos oficiales o los tweets del canciller Luis Videgaray. Y, claro, a partir de la reacción, podrían tomarse otras más fuertes: suspender temporalmente y por grado la cooperación e, incluso, la renegociación del Tratado. El canciller debe, desde hace tiempo, una explicación a la nación.

Es comprensible que en el afán de no agravar el conflicto y vulnerar la renegociación del Tratado de Libre Comercio, la administración mexicana minimice los exabruptos de Donald Trump, pero estos revisten ya un carácter hostil. Ante la evidencia, el Ejecutivo mexicano debería reconsiderar su estrategia. La tolerancia o la indiferencia ya no son el tono indicado del discurso.

Si el año pasado la administración de Enrique Peña Nieto convocó a la unidad nacional ante las embestidas de Donald Trump, al tiempo de invocar la división nacional ante la elección en el Estado de México, ¿cuál será el punto de equilibrio entre la unidad en el marco de la disputa electoral? En ese punto, el canto en coro de los candidatos presidenciales en valiosa consonancia con el Ejecutivo tiene un límite. La unidad no puede concluir en una medrosa complicidad. Ni el disenso, en un atentado contra la unión ante la amenaza externa.

El equilibrio es un desafío, sobre todo, cuando Donald Trump escuda su fracaso interior en la agresión exterior y cuando confunde los fenómenos con los problemas. Los fenómenos sociales -la migración es uno- se pueden intentar administrar; los problemas -el déficit es uno- se pueden intentar solucionar. Pero no se pueden solucionar los fenómenos, como tampoco administrar los problemas.

Lo más lamentable del efecto de los exabruptos es la distracción sobre los asuntos nacionales que, poco a poco, venían configurando el eje del debate entre los candidatos. Al menos, cuatro asuntos exigían concentrar la atención. Uno. El diálogo con criminales entablado por Salvador Rangel, obispo de la diócesis de Chilpancingo-Chilapa, Guerrero, reponía categóricamente sobre la mesa qué ruta seguir frente al crimen tras el fracaso de la guerra iniciada por Felipe Calderón y seguida por Enrique Peña Nieto. Las posturas de José Antonio Meade, Ricardo Anaya y Margarita Zavala, en contraste con la de Andrés Manuel López Obrador, no acaban de entrarle de lleno al asunto. Las frases hechas no detienen la sangre ni atenúan el dolor.

Dos. El ríspido debate sobre el Nuevo Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México no cuestiona la necesidad de esa instalación como su ubicación y transparencia en los contratos de su edificación. Una obra de esa magnitud exige contar con certeza plena de la corrección de su planteamiento.

Tres. La urgencia de abatir la corrupción demanda abrir la discusión, no bastan las prendas personales, en particular, de José Antonio Meade o de Andrés Manuel López Obrador para dar por sentado que, a partir de ellos, la realidad será otra. Tampoco resuelve el asunto subir a un sitio web su ropa interior para saber si tienen o no resorte.

Cuatro. En el marco de violencia y del vínculo entre crimen y política, la seguridad personal de los candidatos no puede quedar sujeta a capricho de estos. Luis Donaldo Colosio perdió la vida y el país sufrió en la política y la economía el efecto de su homicidio. Ese debate rebasa a los propios candidatos.

Donald Trump sabe de la fragilidad del momento mexicano y disfruta irritar a México con sus exabruptos y diluir, así, su propio fracaso. Es inaceptable dejarlo intervenir en el concurso electoral.

El socavón Gerardo Ruiz

En apoyo a José Antonio Meade, el secretario de Comunicaciones debería presentar su declaración diez de diez.

Reforma
Sobreaviso
René Delgado
Ciudad de México
Sábado 7 abril 2018.

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El mundo es comprendido por el paradigma, es la forma por la cual es entendido el mundo, el hombre y por supuesto las realidades cercanas al conocimiento.

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