René Delgado   

    
Aún cuando se quiere establecer un paralelismo con la crisis sanitaria y económica del 2009, la de hoy es distinta. El país se encuentra ante una realidad inédita y peligrosa para la salud, la economía, la política y el porvenir.

El momento demanda un mínimo de unidad y disposición para actuar de conjunto con velocidad, pero sin descuidar el ritmo, así como también tomar, asumir y cumplir sin chistar medidas extraordinarias. Sólo así se podrá hacerle frente a "un extraño enemigo", el Covid-19.

No entender de ese modo la emergencia podría terminar por lastimar a la nación no sólo durante la pandemia, sino también después. De ese tamaño es la situación.

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La idea del "extraño enemigo" no apela a un chabacano ánimo patriotero, sino a la intención de engarzarla al concepto manejado por el presidente Emmanuel Macron al hablar de la pandemia.

"Estamos en guerra, en una guerra sanitaria -dijo el mandatario francés en su alocución del lunes-. Es cierto, no luchamos ni contra un Ejército ni contra una nación, pero el enemigo está ahí, invisible y evasivo, y avanza. Esto requiere nuestra movilización general".

Tras darle ese carácter a la crisis sanitaria y anunciar medidas radicales e insólitas para contener el virus y sus consecuencias, Macron señaló que la circunstancia reclama "una nueva solidaridad" e instó a los franceses "a hacer nación". Sí, se vive una guerra contra un enemigo desconocido e invisible y, por lo mismo, es menester guardar unidad y disciplina, movilizarse -así sea, aislándose-, solidarizarse con quienes sufrirán más la embestida y luchar.

Vale rescatar esa concepción porque, en el caso nacional, un muy buen número de actores y activistas políticos -pesos pesados y mosca- están haciendo de la pandemia, motivo para vulnerar la posibilidad de darle un solo frente al virus, tomar ventajas en la peligrosa circunstancia y deshacer, en vez de "hacer nación".

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Imaginar cuántas vidas podrá cobrar el coronavirus y si la de uno va entre ellas angustia, desde luego, pero también inquieta qué tan confrontado o fracturado social y políticamente quedará el país como para encarar la consecuente crisis económica.

Ahí es donde irrita ver la irresponsable actitud de esos actores y activistas de muy diversa talla. Pareciera no animarlos la idea de dar la batalla contra el virus formando un solo ejército, sino instalarse desde ahora en la posguerra, en el paisaje después de la desgracia, y calcular qué beneficio podrán derivar de la circunstancia o qué tan bien posicionados quedarán ante la elección del año entrante y la siguiente. Causan la impresión de darles lo mismo vulnerar la autoridad o descuidar la investidura en un momento crítico.

Eluden la guerra porque lo suyo es la posguerra, sin importarles mucho la derrota, así se disfracen de inocentes zopilotes, halcones o palomitas.

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No faltan ganas de encarnizarse con el villano, el inepto o el oportunista escogido a capricho y tundirlo hasta debilitarlo, inhabilitarlo o verlo sucumbir. ¡Y vaya que más de algún político, activista, intelectual o periodista han sucumbido a esa tentación!

No es para menos, la estrechez de miras con que actúan bastantes de los actores y activistas políticos exhibe un vasto catálogo de cínicos, necios o mezquinos y, sin duda, se podría seleccionar al favorito para batirlo, así vaya de por medio la expansión del virus y deje por memoria un lúgubre recuerdo, acompañado de un cuadro económico y político sellado por la devastación. Hacer de la pandemia ocasión para acabar con el adversario -cualquiera que éste sea- es hacer de la canalla política y la ruina nacional, el emblema de la podredumbre de un país sin dirigentes ni remedio.

Más vale no animar ese juego ni concursar en él.

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Es imposible ir a la guerra contra un enemigo común sin antes declarar una tregua en la lucha interna, sin suspender los rejuegos con segundas intenciones, sin declarar un cese a la hostilidad y la polarización o sin dar muestra de disposición a escuchar y variar la compostura. Insistir en esa actitud es tanto como capitular antes del contagio comunitario y contar, después, los muertos para ver a quién pueden achacarse. Qué importa, si se da por sentada la derrota de antemano.

Lo increíble es que, siendo tan obvia esa precondición para resistir y remontar la pandemia, actores y activistas jueguen a banalizar o exagerar la emergencia; a precipitar decisiones y acciones que, al final, entorpecerán una actuación coordinada y nacional; a profundizar la desconfianza y la incertidumbre en la población; o a subrayar diferencias sin deseo de encontrar coincidencias.

En ese esquema se entiende que el Ejecutivo jure acatar sin cumplir las recomendaciones, incurra en la provocación del contagio o haga gala de su fervor. Se entiende que un senador del PAN levante un acta en la Fiscalía General de la República por tentativa de homicidio y lesiones contra el secretario y el subsecretario de Salud, mientras sus colegas se disputan la coordinación de su bancada a costa de escandalizar. Se entiende que los diputados de Morena aprovechen la emergencia para asegurar su reelección. Se entiende que la oposición no dé pie con bola, dada la nulidad de las direcciones partidistas.

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Jugar a sálvese el que pueda y cárguese a la cuenta de mi adversario la derrota, hará -retomemos el himno- temblar en sus centros la tierra sin que nada bueno ahí pueda germinar. Qué absurdo ir a la guerra sin ganas de dar la batalla ni suspender el pleito interno, capitulando de antemano.

Es hora de ayudar y dejar respirar a la gente, sobre todo, a los especialistas.

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Reforma
René Delgado
Ciudad de México
Sábado 21 de marzo de 2020.


René Delgado
    
Creciente la tensión política y la desconfianza de los inversores, la nueva e inquietante circunstancia sanitaria, económica y social llama a poner en cuarentena a la grilla -política sin sustancia-, bajarle a la polarización y abrirle espacio a la prudencia.

Si estamos ante una realidad desconocida, cuyo efecto mayor está por llegar -la pandemia del covid-19, un virus con gran capacidad infectiva, aunque con bajo índice de letalidad-, la clase política debería dejar de actuar como lo viene haciendo. Insistir en politizar e ideologizar cualquier asunto, incluida ahora la crisis sanitaria, complicará aún más el momento que, en un descuido, podría derivar en un desastre.

Mal no harían los políticos -la supuesta clase dirigente- en moderar posturas y mesurar conductas, cediendo el foro a quienes traen la enorme responsabilidad de indicar cómo encarar el apuro sanitario y económico. Sin constituir un alivio en sí, un poco de recaudo y silencio político, además de un menor protagonismo, disminuirían al menos el estrés y el miedo.

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Aun sin la amenaza del coronavirus, la situación nacional no era halagüeña.

El acuerdo para emprender obra de infraestructura seguía en el papel; los programas sociales, en trámite de aterrizar; la austeridad, a punto de afectar la operación administrativa; el ejercicio del gasto público, en retraso; el desabasto de medicamentos, en foco de inquietud; el anuncio de la política de energía, en promesa; el trabajo legislativo, en constante acelere sin concluir ni cuadrar el marco jurídico del proyecto; la violencia criminal, en incesante desafío al Estado; la industria petrolera nacional, en vilo; el combate a la corrupción, en práctica selectiva; la oposición, en estado de coma; la conferencia presidencial matutina, en ruta de problema; el crecimiento, en cero... la única certeza, la incertidumbre.

Preocupante de por sí el cuadro político y económico, a él se sumaron la furia social de las mujeres en reclamo de una vida libre de violencia, el desplome del precio del petróleo, el vaivén de los mercados y el arribo de la pandemia que, ahora, hace estragos en la salud y la economía mundial.

Aun sin llegar el coronavirus, la situación nacional no era halagüeña.

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Si bien la postura presidencial de negar o minusvalorar la realidad o, incluso, de asegurar que era otra, podía justificarse en la intención de mantener arriba el ánimo social de su base de apoyo, lo cierto es que le restó credibilidad a su palabra. Sin desconsiderar el desgaste supuesto en el ejercicio del poder, la caída de su popularidad da cuenta de ello.

Los "otros datos", el "eso ya se acabó", el "no hay desabasto" o el "vamos bien" sin aceptar errores, tropiezos ni problemas en el concepto, el diseño o el aterrizaje de los planes, a más de uno hizo pensar que sus colaboradores malinformaban al mandatario, o bien, que éste no los escuchaba. En todo caso, tal negación o distorsión de la realidad golpeó la credibilidad del mandatario ante quienes sufrían la consecuencia o no recibían el supuesto beneficio y, claro, otros actores de poder comenzaron a leer en el rebote de la palabra presidencial una creciente incertidumbre.

Quizá por eso, hoy, al verse aproximar la pandemia, afloran dudas sobre si la estrategia es la correcta, si la información en torno a ella es cierta y si, en verdad, se cuenta con la infraestructura y la capacidad para encararla. Y, desde luego, también surgen las posturas de quienes ven en la ocasión la oportunidad de debilitar al mandatario y sacar raja política al momento.

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Por eso y dada la delicadeza de la circunstancia, no estaría de más poner en cuarentena a la grilla, bajarle a las posturas ideológicas y la polarización, alentar una reflexión política profunda y declarar una tregua para concentrar el esfuerzo en atender la crisis sanitaria y evitar, en lo posible, un mayor deterioro de la economía.

Si una recomendación es evitar lugares concurridos, mal no le vendría al Ejecutivo suspender la realización diaria de la conferencia matutina -quizá, dándole otra periodicidad-, reducir las giras a los estados de la República y dejar la escena a los especialistas, así como a la información justa y precisa.

Aparte de mandar un mensaje ejemplar de prudencia y disciplina, el mandatario podría medir, como hicieron las mujeres, el peso de su ausencia y, a partir de ello, reajustar la política de comunicación y contacto social para replantear sus términos. En las últimas semanas, la conferencia diaria y las giras no arrojan los resultados de antes. El Ejecutivo se muestra a la defensiva, molesto o reactivo sin poder fijar la agenda.

Otra opción, complementaria de la anterior, sería ensayar otro tipo de comunicación a través de las plataformas digitales y fijar claramente el mensaje a posicionar, sin verse obligado a hablar de todo aquello cuanto aborda en la conferencia matutina y que, hoy, le resta seriedad a la comunicación oficial.

La palabra y la presencia en reposo darían oportunidad de revisar el límite y el horizonte de la acción de gobierno ante la circunstancia, así como de revalorar qué proyectos es preciso sostener, ajustar o cancelar para, superada la crisis sanitaria y aquilatado el daño, relanzar el proyecto. Hacer lo de siempre, cuando la situación es diferente, no surtirá el efecto deseado.

Bajarle a la reyerta política repercutiría en la postura contestataria de la oposición que, de no ser por el dicho presidencial, no tiene mucho que decir y menos proponer. Sanear el ambiente político es tarea en puerta, por ello, no estaría de más poner en cuarentena a la confrontación y guardar el protagonismo que ocupa sin llenar la escena. Una escena delicada en extremo.

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Reforma
René Delgado
Ciudad de México
Sábado 14 de marzo de 2020.


René Delgado

    
Entre sus acepciones, asistir significa estar o hallarse presente, ayudar, servir e, incluso, acompañar a alguien en un acto público. Pues bien, a partir de la voluntad electoral y la realidad local y global, nos toca asistir de un modo u otro a un punto de quiebre de la historia nacional.

Un giro de cuyo efecto y nuevo curso se carece de certeza, así algunos auguren una hecatombe y otros vaticinen una maravilla. Ahí se explican la zozobra y el sosiego, la inquietud y el entusiasmo, el ansia y el interés. Tales actitudes son normales. Implican dejar la zona conocida y habitada, fuese de bienestar o malestar, la certidumbre como gloria o condena. Por eso, la resistencia o el apoyo a la idea de explorar el más allá sin mapa ni hoja de ruta. Ojalá y en las papelerías vendieran guías para incursionar en lo desconocido, fácil resultaría dar la vuelta en la siguiente esquina de la historia y llegar adonde se quisiera.

Lo importante en todo caso está en definir cómo asistir a este momento, apostando al fracaso de la exploración y exigiendo regresar al punto de partida, jugando a descubrir un mejor territorio económico, social y político sin calcular los pasos o intentando cepillar el filo de la polarización y el encono que, cuando no neutraliza, frena o entorpece ensayar un nuevo derrotero sin tentar peligros.

No en vano, un quiebre supone un crujimiento, un ruido sordo y seco, que solo en caso de fractura implica una derrota, en este caso, nacional.

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Justo por estar en ese punto de quiebre es que, día a día, afloran expresiones y manifestaciones inconcebibles, plausibles o execrables, desequilibradas por lo general.

Con o sin disfraz, a diario cobran presencia valores y disvalores, acciones disparatadas, posturas incomprensibles y actos increíbles, ocultando en la cotidianidad el momento histórico que el país transita con una natural dosis de confusión, de aciertos y errores cuya consecuencia final configura una incógnita hasta ahora.

Todos los días ocupan espacio lo mejor y lo peor, la inteligencia y la ocurrencia, la generosidad y la mezquindad, la esperanza y la desesperación, la grandeza y la pequeñez, la zancadilla y el tropiezo, la trascendencia y el oportunismo, la humildad y la vanidad, la miseria y los miserables, el pudor y la impudicia, el saqueo y la restitución, el civismo y el cinismo, la pusilanimidad y la resolución, la condescendencia y la intransigencia... y, como una constante, la tentación de formar filas en un bando, atrincherarse y no moverse en defensa de la posición, como si la inmovilidad fuera la opción ante un cambio.

Ese resistir e impulsar arroja por resultado un país detenido. Incapaz de reaccionar en el peor momento, cuando se han removido los pilares de algunas instituciones, sin fijar los pivotes de las nuevas. Un impasse que no marca un compás de espera, sino un callejón sin salida. Un limbo insoportable, donde unos apelan al futuro originalmente concebido sin advertir su inexistencia y otros resucitan la historia como refugio sin asumir que aquello fue. En ambos casos ignorando el presente donde están parados, inertes. Sin reconocer cómo se está perdiendo el tiempo y deteriorando la atmósfera y, con ello, la oportunidad de construir de conjunto una alternativa.

Unos y otros se gritan y descalifican, abordando del mismo modo asuntos trascendentes y banales, sin dirigirse la palabra. Absurdo por completo.

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En tal situación, ese giro detenido de la historia se ha topado con dos fenómenos imprevistos en su agenda: la rebelión de las mujeres y el surgimiento de un virus.

El lunes 9 de marzo, las mujeres están resueltas a hacerse presentes a partir de su ausencia y, por esa vía, exigir el cambio del patrón cultural de sometimiento y desdén, impuesto ancestralmente en su contra. No, no quieren solo resolver este o aquel otro feminicidio, que es la expresión más bárbara y brutal en contra de ellas, sino sentar las bases de otra cultura, donde la agresión y la discriminación multimodal no sean la cotidianidad en la casa, el trabajo, la escuela, el deporte, el arte, la calle e, incluso, en el transporte que las lleva de un infierno a otro.

Ante ese giro dentro del giro, la clase política no acaba de entender la furia social de las mujeres. Corre de una postura a otra o rebota en la contradicción, intentando no sufrir muy severas consecuencias, declarándose feminista de corazón por veinticuatro horas o fascista de ocasión, ofreciendo a las mujeres restaurar la pena de muerte a sus agresores a cambio de recibir votos en su alforja. Increíbles las posturas.

De la inteligencia, el dolor, la rabia y la creatividad mostradas por las mujeres depende no solo el curso del giro dentro del giro, sino también la posibilidad de salir del pasmo y la atonía política en que el país se encuentra.

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La llegada al país del coronavirus es la otra sorpresa.

No solo el eventual efecto del virus en la salud, sino también en la economía y el ánimo social incorpora un nuevo ingrediente en la escena, marcada por la parálisis política. Obliga a mover las piezas en el tablero nacional, cuidando atender sin temer la situación, además de atemperar el encono y la polarización a fin de emprender acciones de consuno.

Ahondar las trincheras y las diferencias teniendo enfrente el peligro de una pandemia sería gravísimo.

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La rebelión de las mujeres y la llegada del coronavirus (quizá, pronto el hartazgo ante la violencia criminal y la inseguridad) dictan moverse para atender la situación, salir del pasmo político, moderar posturas y conductas, acordar y avanzar.

De no ser así, el punto de quiebre puede derivar en el quiebre del punto donde el país se encuentra detenido.

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Reforma
Sobreaviso
René Delgado
Ciudad de México
Sábado 29 de febrero de 2020.


René Delgado

    
Al modo de Juan Pirulero, cada actor político atiende su juego: buscar clientelas, entusiasmar a la base, descuidar ciudadanos, cultivar la parcela, fijar o cuestionar la agenda, atraer reflectores, cavar trincheras, ganar algún cachito de gloria, encontrar y envolverse en alguna bandera, burlar o descalificar al adversario, tirarse de los cabellos, comerse las uñas, tronarse los dedos y, así, no muy conscientes, dar al traste... con la política, al tiempo de abrirle la puerta a la desestabilización y animar la furia social.

Increíble. Con la mano en la cintura y enorme irresponsabilidad, el Ejecutivo denuncia supuestos intentos golpistas en su contra. El presidente del INE reclama alcanzar acuerdos a partir del consenso, mientras él da madruguetes. El coordinador de los senadores panistas no descarta reponer la pena de muerte, animado por la idea de un correligionario. Los gobernadores fingen demencia, se pegan a la pared o se agachan. Los legisladores hacen, deshacen y rehacen leyes, creyendo así modificar la realidad. Los jerarcas eclesiales mejor ya ni abren la boca, a excepción del vicario de Morena. El dirigente priista se hace guaje ante la idea de pedir perdón a la ciudadanía. La dirigencia de Morena entra en disputa y, entonces, algunos legisladores aprovechan para salirse del redil o tirar pa'l monte. Los ultras del neoliberalismo exigen a los empresarios lanzarse ya contra el presidente de la República y dejar de tomar atole. Algunos ministros y magistrados retrasan resoluciones para no meterse en líos, aunque los problemas se alarguen y alarguen.

Y, claro, cuando la realidad pone contra la pared a la clase política y sus huestes, la niegan, viendo detrás de ella una mano negra, azul o morena, o bien, asegurando que alguien la mece o le da cuerda. Eso sí, todos juran actuar en nombre de la justicia, la democracia y la igualdad, en bien de la patria, recargando en el contrario la culpa.

Sólo la violencia y el crimen están de fiesta... mientras la esperanza democrática se diluye.

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Más de un foco rojo del malestar social titila aceleradamente, pero la clase política y sus acólitos están tan metidos en lo suyo que ni cuenta se dan, y nada les dice lo sucedido en el vecindario latinoamericano.

Si, de súbito y de modo brutal, la estabilidad entró en crisis en Chile, Ecuador o Colombia por problemas aparentemente controlados, aquí, viendo cómo crece la furia social por la violencia contra las mujeres, la inseguridad pública, la falta de medicamentos o servicios, las pensiones de retiro, la operación disfuncional de la Universidad, el Gobierno del crimen en más de una región o el deterioro de los servicios públicos, la clase política interpreta de modo singular esa realidad.

La mira a partir de una óptica bipolar: son pretextos para sabotear mis planes y mi mandato o, si bien es grave cuanto sucede, lo verdaderamente importante es la oportunidad de sacarle raja política.

Bajo esa interpretación, las ocurrencias de un lado o del otro brotan casi de manera espontánea. Radicalizar castigos y penas, aun cuando la impunidad sea la reina dominante; encargar al Ministerio Público los escolares cuyos padres no pasen a recogerlos, aun cuando esa institución no ate ni desate; elaborar decálogos de bote pronto; discutir si debe aplicarse mano dura o blanda, o de plano sacar las manos; disponer patrullas en las escuelas; crear fiscalías especiales; guardar un minuto de silencio cada que sea necesario; banalizar la gravedad del asunto con un fúchila, guácala; y, desde luego, elevar una y otra vez la infaltable enérgica condena, aparte de exigir que caiga todo el peso de la ley sobre los autores del crimen en turno, a sabiendas de la levedad de aquella.

Así, sin pensar, acordar, elaborar ni sostener políticas serias de corto, mediano y largo plazo, lo más lejos que se llega es a ir poblando el país de memoriales y antimonumentos para venerar el recuerdo sin remontarlo, mientras la clase política deja escapar por tercera ocasión la posibilidad de hacer de la alternancia una alternativa.

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Saben la clase política y su porra de la fragilidad de la economía y las finanzas, donde un paso en falso puede quebrarla, así como de la crisis en la cual se encuentra el régimen de partidos. Sin embargo, juegan no a dar respuesta a la ciudadanía, sino a ofrecerle explicaciones históricas de cuanto le sucede o, desde la oposición, a exponerle un catálogo viejo de recriminaciones al gobierno.

El impresionante informe del INE sobre la brutal caída del padrón de militantes de los partidos políticos -a excepción de ese baluarte que es el Partido Verde- habla del engaño con que proceden a afiliar cuadros y, si no del engaño, de la creciente decepción política generada por ellos. Esa crisis habla de partidos sin discurso, pobres en su militancia, multimillonarios en sus recursos y, por lo mismo, dispuestos a pelear su dirigencia aun cuando pierdan la dirección y el rumbo. Ese informe habla de la fascinación por practicar la política ficción.

Si esos partidos son los pilares de la democracia, esta puede derrumbarse.

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En tal situación, frágil la economía y las finanzas y en crisis el ejercicio de la política, no advertir que la furia social puede desatar un problema de mucha mayor proporción es tanto como jugar, si cabe y vale el término, a un autopoliticidio. Al absurdo de ver cómo los supuestos políticos profesionales liquidan a la política y le abren la puerta a una situación aún más compleja que la de hoy.

La furia social y la violencia criminal ponen de nuevo al Estado contra la pared e, increíblemente, la clase política se empeña en seguir jugando a Juan Pirulero.

Reforma
René Delgado
Ciudad de México
Domingo 23 de febrero de 2020.


René Delgado

Al ver por años, semana tras semana, el catálogo del horror desplegado por el crimen es obligado preguntar: pero ¿qué fue lo que hicimos o dejamos de hacer?

Cuando se mira a un adolescente y un joven muertos por jugar a "las maquinitas", justo cuando la maña llegó a cobrar el derecho de piso; a niños armados para nutrir la espiral de violencia; al hambre y el éxodo en la sierra de Guerrero porque el fentanilo desplazó a la amapola; brazos, cabezas o torsos tirados a la vera de un camino o cuerpos colgados en un puente; a un policía muerto por cumplir con su deber y a otro muy vivo por faltar a él; a una madre doliente enterrar a un desconocido, creyendo que es su hijo desaparecido; a un obispo consagrar un matrimonio en la catedral tomada por la fuerza de un cártel; un jaripeo transformado en un presidio; a un chofer mutilado porque su patrón no apagó a distancia el geolocalizador del autotransporte de mercancía; a un migrante reclutado por el crimen; a una persona sin orejas o dedos porque tardó el pago de su rescate; a infinidad de mujeres incorporadas a fuerza a la prostitución; a un franelero convertido en halcón; a un paisano pagar al Estado y al crimen el peaje por cruzar la frontera...

Cuando se mira eso desde hace infinidad de años, es hora de preguntar: ¿qué fue lo que hicimos? Todos, no éste, el anterior o el anteanterior gobierno.

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El crimen ya no sólo le disputa al Estado el monopolio del uso de la fuerza y el del tributo. También le compite en el control del mercado del combustible, el agua, el transporte terrestre de pasaje y carga y, desde luego, en múltiples regiones, la autoridad política y social. Y, por si algo faltara, el crimen le complica al Estado la vecindad con la potencia de al lado, cuyo gobierno exige lo que no ofrece y hace del chantaje el músculo de su capricho político.

No, no se trata de cargar esa deplorable situación a la administración de hoy, ayer o antier, sino de llamar la atención del conjunto de la clase política sobre la urgencia de acordar y diseñar una auténtica política de seguridad de largo plazo que, aun cuando pasen años -no podrá ser de otro modo-, permita someter al crimen y garantizar la vida, la integridad, el patrimonio, así como las libertades y derechos a la ciudadanía.

Es imposible. No se van a corregir en un sexenio los errores cometidos durante más de veinte años. Por ello, seguir alimentando la fantasía de que, en quince minutos, a los cien días, al primer año, al inicio de la segunda mitad o al término de no importa qué sexenio se sentirá una mejora es y será tanto como convertirse en cómplices del crimen.

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Si antes se paliaba lo urgente a costa de postergar lo importante, ahora resolver lo importante se está volviendo urgente. Se está llegando a un punto de quiebre del Estado, sin que ello implique que la violencia criminal toque fondo.

Aun así, desde hace años no se advierte disposición gubernamental ni opositora para acordar y formular una política transexenal de seguridad que, sin importar qué fuerza ocupe más adelante el gobierno, quede fija y sólo se administre. No, se ve algo peor. El cambio constante de políticas e instituciones, uniformes y cromática de los vehículos oficiales y, desde luego, de leyes en el Estado de derecho inexistente, todo para generar la ilusión de que se hace algo mejor a lo anterior, aun cuando lo anterior sea presente.

Lejos de llegar a un acuerdo respetable y respetado en la materia, se insiste en hacer del fracaso ajeno, la victoria propia. Derivar ganancias de la ruina del contrario. Cuanto peor le vaya a este o aquel gobierno en seguridad, mayor la posibilidad de sustituirlo, de tomar el turno para hacer lo mismo.

Sangre qué derramar siempre habrá suficiente.

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Algo de eso también se advierte en algunos especialistas y activistas empeñados en diseñar e instrumentar sistemas de prevención, persecución y penalización del delito, propios de un país de leyes, cuando México no es uno de ellos.

Se ignora adrede la situación excepcional impuesta por el crimen y, por no faltar a la corrección política, se desarrollan modelos ajenos o inaplicables a la circunstancia nacional. Se exige al Estado respetar y garantizar plenamente derechos y libertades, a sabiendas de que estos han sido conculcados por el crimen desde hace años. Hablar del estado de excepción o de la suspensión de garantías, justo donde éstas ya no prevalecen, es motivo de silencio, no de análisis ni de debate. Se simula que el nivel de inseguridad no es tal que obligue a pensar en suspender garantías para recuperarlas. Se olvida, sin borrar, el artículo 29 constitucional.

De eso, mejor ni hablar, como tampoco de la pérdida de la frontera entre crimen y política, aun cuando un secretario de Seguridad esté siendo juzgado en Estados Unidos por servir y proteger al crimen y no a la ciudadanía.

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El país viene ensayando desde finales del siglo pasado distintos modelos de seguridad y justicia sin dar margen al resultado de la experimentación, regalando así enormes ventajas al crimen.

Profesionales o no, las bandas criminales festejan, como ni los partidos lo hacen, la alternancia en el poder político. La alternancia política es jauja para ellas. Al no haber políticas y modelos de seguridad de largo plazo ni lealtad, continuidad y honestidad política en la transmisión del poder entre partidos de distinto signo, el campo criminal es una pradera.

La memoria del horror criminal ya no tiene espacio, las estampas de violencia en la conciencia nacional han perdido fuerza y su reiteración ha anestesiado la capacidad de asombro, por eso vale preguntar: pero ¡qué fue lo que hicimos!

Reforma
Sobreaviso
René Delgado
Ciudad de México
Sábado 8 de febrero de 2020.


René Delgado


En solidaridad con Sergio Aguayo.

De nuevo, el país resbala por el tobogán del desencuentro que vulnera sus posibilidades, frena el desarrollo, desvanece el horizonte y anima la confrontación.

El factor de la esperanza despertado e impulsado por el presidente Andrés Manuel López Obrador comienza a perder efecto y los términos de la discusión polarizada sobre el éxito o el fracaso de la transformación pretendida empañan el debate serio y, peor aún, el diálogo y el acuerdo. La discusión discurre ya no sólo por la vertiente de la vicisitud económica, sino también de la social y la política.

En ese panorama, hay asuntos -unos sintomáticos, otros emblemáticos, casi todos importantes- cuya definición y solución podrían distender el ambiente y, quizá, reponer las bases del entendimiento. La pregunta es por qué no se definen o resuelven. Hay, pues, dudas razonables sobre la compostura y la actitud de distintos actores políticos.

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¿Se puede provocar daño moral a Humberto Moreira? Lastimar el decoro, el honor y la reputación del político coahuilense con la fama pública que arrastra, en verdad, resultaría una hazaña. Esa fama la labró el propio exgobernador y es difícil pensar en añadirle capítulos, cuando él mismo ha hecho de ella una enciclopedia. Por eso, no asombra el lance del político contra el académico y articulista Sergio Aguayo, al cual reclama diez millones de pesos para reparar el supuesto daño provocado al decirle que despide un hedor a corrupción. Esa actitud forma parte de su naturaleza, de su congruencia incongruente. En gente como él, se entiende sin justificar la manía de socavar el significado de la palabra y la libertad de expresión.

Asombroso, eso sí, que un magistrado con posible conflicto de interés, como Francisco José Huber Olea Contró, obsequie el capricho de Moreira e imparta injusticia en nombre del derecho. Eso es lo asombroso, lo vergonzante: que sea el Congreso local quien llame al Consejo de la Judicatura del Poder Judicial de la Ciudad de México, presidido por el magistrado Rafael Guerra Álvarez, a indagar la conducta de Olea Contró. ¿Por qué, en medio de un serio problema de credibilidad, el Poder Judicial local se cruza de brazos ante un asunto que ahonda su desprestigio?

En el agravio, ese sí un verdadero daño, cometido en contra de Sergio Aguayo, se juega la libertad de expresión. ¿Hasta dónde habrá que llegar para defenderla?

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¿Por qué se detiene y encarcela a los migrantes, y no a los traficantes de personas? Ante la vergonzante política migratoria adoptada en el país a causa del chantaje practicado por el gobierno estadounidense de Donald Trump, hasta el lenguaje ha sido trastocado. No, no se está rescatando y protegiendo a los migrantes centroamericanos, se les está deteniendo y encarcelando. Esa es la realidad.

Lo increíble del asunto es que, según el dicho del secretario de Seguridad, Alfonso Durazo, "el 80 por ciento de la movilización organizada de migrantes tiene atrás tráfico de personas". Si se tiene esa valiosísima información, ¿por qué no en vez de detener y encarcelar migrantes, se hace eso con los traficantes de personas?

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¿Por qué no se corrige al refranero de Gobernación? Vez que el subsecretario de Gobernación Ricardo Peralta interviene en un conflicto, lejos de resolverlo lo complica.

Así ocurrió con los taxistas, el magisterio, los grupos de autodefensa y, ahora, en medio del desencuentro presidencial con los familiares de víctimas del crimen, Peralta enciende la confrontación con un lamentable tweet: "A chillidos de marrano, oídos de chicharronero". Luego, el funcionario -quien por ley debe promover la construcción de acuerdos y no de desacuerdos- jura que su mensaje no era para quienes reclaman paz y justicia, sino en mera reivindicación de los refranes populares. Así como así. Peralta no resuelve conflictos, los agrava y coloca en apuros a otros funcionarios, sea la jefa del gobierno capitalino, el secretario de Educación o, incluso, a su jefa Olga Sánchez Cordero o al propio presidente López Obrador.

¿Cuándo se corregirá al refranero de Gobernación? Sí hay lastres en la administración.

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¿Por qué no resolver casos emblemáticos de la criminalidad? Cada vez es más notoria la molestia presidencial ante el cuestionamiento de su estrategia de seguridad como también ante el reclamo de paz y justicia.

El Ejecutivo toma la crítica o el reclamo como un asunto personal y no como un problema que, a lo largo del siglo y no sólo a partir de su sexenio, ha lastimado grandemente a la población. Aun cuando así lo piense, el clamor por recuperar la seguridad no es de ahora, sino desde hace tiempo: no se reclama hoy lo que se calló ayer. Nada de eso.

Al margen de los resultados que, quizá, más adelante arroje su estrategia, la solución de algunos de los casos más emblemáticos lo ayudaría a contar con ese margen de tiempo y maniobra que requiere. Pero, si ni esos casos se resuelven, ¿por qué pensar que los de mañana sí?

Ha transcurrido un año desde la tragedia de Tlahuelilpan, Hidalgo, así como del asesinato del activista Samir Flores que resistía la termoeléctrica de Huexca, Morelos. Tres meses han transcurrido de la detención y liberación de Ovidio Guzmán en Culiacán, Sinaloa, así como de la masacre de las mujeres y los niños en Bavispe, Sonora... y no hay respuesta cabal. ¿Por qué no empeñarse en resolver en serio al menos los casos que sacuden al país? ¿Por qué no mandar señales del combate a la impunidad?

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Hay, pues, asuntos y casos emblemáticos cuya solución podría contribuir a generar otra atmósfera, un cierto entendimiento y no perder la esperanza. Definirlos o resolverlos disipararía dudas.

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Reforma
Sobreaviso
René Delgado
Ciudad de México
Domingo 2 de febrero de 2020.


René Delgado
    
Otra vez la violencia criminal nubla el horizonte y coloca contra la pared al Estado, al tiempo de poner en duda la pertinencia y la eficacia con que la administración encara el problema. Resurgen el dolor y la rabia, el coraje y el miedo, pero sobre todo el insoportable presentimiento de estar, de nuevo, a la deriva.

Desde finales del siglo pasado -en enero de 1999 se creó la Policía Federal Preventiva- la crisis de inseguridad ha arrastrado y desgarrado al país, dejando un trazo indeleble de sangre en el suelo, hasta convertir el territorio en una fosa de una profundidad insondable.

En la obligación fundamental de garantizar las libertades -en primerísimo lugar, la vida- el Estado ha fallado y la alternancia política no ha significado una alternativa, sino la certeza de un fracaso o la oportunidad para expandir el imperio criminal.

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Cinco administraciones -dos del PRI, dos del PAN y, ahora, la de Morena- han ensayado y ensayado el ejercicio del no poder con el crimen. Peor aún, en más de una ocasión, han dormido con el enemigo, el traidor con o sin uniforme formado, pagado y acreditado por el Estado que termina por servir y proteger al crimen, no a la ciudadanía. Cosa de preguntar a Vicente Fox y Felipe Calderón por Genaro García Luna o a Enrique Peña Nieto por los criminales ungidos como gobernadores.

Cada administración ha inventado algún nuevo cuerpo policial, creado o borrado alguna dependencia relacionada con la seguridad y modificado la legislación, echando al cesto de la basura lo ensayado antes y asegurando que, ahora sí, se hará lo indicado.

Así, de la Policía Federal Preventiva se pasó a la Policía Federal, para luego crear la Gendarmería Nacional y, ahora, la Guardia Nacional, siempre dejando el peso real de la acción a las Fuerzas Armadas. Así, apareció, desapareció y reapareció la Secretaría de Seguridad. Así, se han reformado, deformado y contrarreformado las leyes, el catálogo de delitos y las sanciones. Intocada, solo la impunidad.

Lo más siniestro de esa pesadilla es la evidente incapacidad del conjunto de los partidos políticos para acordar, elaborar y desarrollar una política de Estado transexenal que deje dormir, serena, a la nación. Sin importar su bandería política, los partidos han optado por venerar el futuro, ignorar el pasado e instar a soportar el presente. Desean sin decirlo que a la administración en turno -cualquiera que esta sea- le vaya mal para fincar sobre los muertos y las tumbas la posibilidad de reemplazarla.

Hoy, de nuevo, la violencia criminal juega a la ruleta rusa con la ciudadanía.

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El saldo de la embestida criminal se ha vuelto una estadística, cuyos decimales o porcentajes increíblemente se litigan como si la política de seguridad fuera un juego de azar y como si detrás de los números no hubiera una persona muerta, desaparecida, herida, desplazada o ultrajada.

La violencia hecha costumbre ha provocado la pérdida de la capacidad de asombro, pero aun así el saldo es escalofriante: 275 mil asesinados; 61 mil desaparecidos; 378 mil desplazados; 3 mil fosas clandestinas... E increíblemente se desconoce el número de heridos o de quienes, sin haber sido lastimados en su integridad física, vieron menoscabado o perdido su patrimonio. Del costo económico de la inseguridad, mejor ni hablar.

La historia de la inseguridad a lo largo del siglo corresponde a la de una catástrofe y, obviamente, el calendario se ha plagado de efemérides negras, una colección macabra de bárbaros sucesos.

No en vano, cada vez son más los antimonumentos o los memoriales. La negligencia honrada.

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A lo largo de las tres últimas décadas, en seis ocasiones la gente ha salido a marchar en reclamo de paz y justicia sin encontrar cabal respuesta.

En noviembre de 1997, junio de 2004, agosto de 2008, mayo de 2011, noviembre de 2014 y, ahora, este enero de 2020, en caminos, calles y plazas la gente ha reclamado a Ernesto Zedillo, Vicente Fox, Felipe Calderón, Enrique Peña Nieto y Andrés Manuel López Obrador garantizar derechos y libertades en relación con la seguridad y el eco de ayer y los coros de hoy resuenan sin surtir efecto.

El reclamo de seguridad ha sido oído, pero no escuchado ni atendido en serio. Incluso, más de un mandatario ha entendido el reproche ciudadano como un insulto u ofensa a su investidura y ha respondido con un agravio. "Si los mataron es porque en algo andaban". "Hagamos un esfuerzo colectivo para que vayamos hacia delante y podamos realmente superar este momento de dolor". "Qué flojera". "No los voy a recibir yo, los va a recibir el gabinete de seguridad para no hacer un show, un espectáculo".

Espeluznante.

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El crimen, de seguro, está de plácemes.

Lejos de doblegar a la delincuencia organizada o desorganizada, el Estado ha sido doblegado por aquella e, incluso, ésta ha conseguido confrontarlo con la ciudadanía. De plácemes porque, después de años de actividad febril, ha restringido libertades y ha hecho caer al Estado en la misma tentación, llevándolo a jugar a su terreno. De plácemes porque ha conseguido rebajar al Estado a un simple competidor en el campo donde uno y otro se disputan el monopolio de la fuerza y el tributo, a partir del deterioro de los derechos y la reducción del ciudadano a la condición de posible víctima o presunto sospechoso.

De plácemes, los criminales. En más de una región, han impuesto un Estado de excepción ante la ausencia del Estado de derecho.

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Mañana, por sexta vez, la gente llegará a la Plaza de la Constitución que, hoy, es mejor reconocerla como simple zócalo de la rabia y el dolor. Ahí los recibirá el gabinete de seguridad.

¿Qué le dirá la autoridad a la gente, después de casi un cuarto de siglo sin seguridad? ¿Le dará un abrazo de salva?

Reforma
Sobreaviso
René Delgado
Ciudad de México
Sábado 25 de enero 2020.


René Delgado  

    
Más allá de la voluntad o el deseo, algunos signos sugieren operar ajustes en la actuación presidencial, así como en su equipo de colaboradores.

Si el Ejecutivo requiere de este año para asegurar los pilares de su proyecto y dar los resultados prometidos, está impelido a moderar el discurso, bajarle a la expectativa y, sobre todo, a tirar lastre. Sólo así podrá ampliar el margen de maniobra y ensanchar el compás de espera.

Suena absurdo, pero es hora de rescatar la virtud política, afinar el rumbo, revisar prioridades y fijar ritmo a la acción para asegurar el gobierno.

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Alguna vez se caracterizó, aquí, a Andrés Manuel López Obrador como un político que se crece ante el castigo y se pierde en la victoria. No sobra recordarlo.

El envidiable instinto y músculo político mostrado por el tabasqueño desde su ruptura con el perredismo (septiembre 2012) hasta el primer tramo del periodo de transición (septiembre 2018) se viene trastocando: elasticidad en rigidez; sentido del humor en sarcasmo; humildad en soberbia; sentido de realidad en espejismo; innovación política en viejo recurso; tenacidad en terquedad; oído en tapia; suma en resta; aliados en grilletes; sencillez en simplicidad; compromiso en marometa; medida radical en acción desbocada; parecer en dogma; multiplicación en división...

Exagerada, la virtud política del mandatario toca los linderos del vicio político. Los extremos se tocan, como él mismo dice.

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Aparte de la resistencia y las zancadillas de quienes la repudian, la pretendida transformación nacional se ha topado con varios problemas y ha incurrido en tropiezos a causa de sus propios errores o enredos.

Faltan recursos económicos, dominio pleno de la administración, planeación probada de los proyectos de gobierno, conocimiento y pericia en algunos colaboradores. En paralelo a esa situación, algunos problemas estructurales -destacadamente el de seguridad- tienen una dimensión muy superior a la estimada. Junto a ello, el apresuramiento en echar a andar nuevas instituciones, programas o medidas ha provocado dificultades o penas, justamente, a quienes se quiere beneficiar. Por si algo faltara, al entorno económico y político internacional lo tiñen la incertidumbre y la inestabilidad.

Por fortuna social y también por mérito presidencial, el país no se ha descarrilado como otras naciones. Sin embargo, visto el cuadro interno y externo ante el cual se encuentra, la administración está obligada a recalcular con mucho mayor cuidado sus pasos y verificar, una y otra vez, si los colaboradores son o no los operadores indicados y funcionales.

Una mala decisión o un traspié, en el contexto señalado, podría significar no un tropiezo más, sino una caída con fractura expuesta.

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Con el margen de maniobra constreñido y la presión del tiempo, la acción de gobierno reclama exactitud en el movimiento, rapidez en la reacción y certeza en la postura. De ahí, la urgencia del ajuste en la actuación presidencial y en el equipo de colaboradores.

El tono y la tonada dieron de sí, hoy el peso y la importancia de la voz de Andrés Manuel López Obrador exige, quizá, restarle tiempo a la expresión y añadirle esmero. De la sencillez se ha pasado a la simplicidad del dicho y, con frecuencia, a la contradicción (notoria sobre todo en el capítulo de la política exterior).

A un año de ocupar Palacio, el soberano ya no puede seguir describiendo el legado que recibió, sino empezar a escribir el suyo. El pasado ya quedó atrás y el futuro aún está lejos, pero ello no justifica ignorar el presente, la realidad prevaleciente.

La reiteración de la frase ingeniosa o coloquial que permitió calar en el ánimo popular se ha convertido en un búmeran.

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Parte de la fortaleza del liderazgo presidencial deriva de la honestidad y sencillez en su conducta, así como de su disposición al trabajo; desgastar, manchar o debilitarla por dar cobijo o amparo a colaboradores o aliados sin igual proceder o tocados por el protagonismo, es un error.

Defender, tolerar o, incluso, halagar a personajes incapaces de acreditar su compromiso con el proyecto impulsado, prestancia profesional, rectitud y ambición política o trayectoria en el servicio público no los salva y sí, en cambio, arrastra a la figura presidencial. Someter a un innecesario desgaste la imagen del Ejecutivo puede hacerle perder la viga maestra de su popularidad. (Manuel Bartlett debería reflexionar si no rendiría un mejor servicio a la causa dejando el puesto que ocupa, vista la pérdida de credibilidad que le endosó al Ejecutivo y a la Secretaría de la Función Pública).

Soltar lastre, pintar la raya y reaccionar con rapidez ante el desvarío de colaboradores o aliados es un imperativo, si el mandatario quiere invertir y crecer su capital político, al tiempo de requerir un periodo mayor de gracia.

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Son varios los signos que sugieren llevar a cabo estos ajustes. Empero, en estos primeros días del año, cuatro revelan que el malestar social puede resurgir, sin reparar mayormente en el propósito y carácter de esta administración.

La manifiesta resistencia de los zapatistas a la construcción del Tren Maya; la trompicada visita presidencial a Anenecuilco; el anuncio de la caravana en Defensa de la Vida y la Paz; y la sorda, pero constante molestia de quienes, con un familiar enfermo, no encuentran debida atención en los centros de salud.

Sin minusvalorar otros, esos signos incorporan un ingrediente que no puede perderse de vista.

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Sí, es mucho lo que hay que corregir, pero ello no supone empezar todo de nuevo. Es hora de recuperar la virtud política, ajustar la actuación presidencial y al equipo de colaboradores; sólo así ampliará el margen de maniobra y alargará el compás de espera.

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Reforma
Sobreaviso
René Delgado
Ciudad de México
Sábado 12 de enero de 2020.


René Delgado
    
El trajín y la bulla constante vienen en desmedro de la acción y la palabra, las aplana y las iguala. Impiden apreciar cuanto se hace y, desde luego, escuchar cuanto se dice.

El tráfago y el parloteo, a veces, son recurso útil al propósito de distraer la atención de los asuntos o las cuestiones importantes que otro, el contrario o el adversario, pretende colocar al centro. Del ardid no es raro que la oposición eche mano, es una herramienta. Se entiende. Lo incomprensible es que el partido y el Gobierno en el poder no sepan cuándo detenerse, moderar el tono o guardar silencio.

En esa trampa está cayendo la administración lopezobradorista. De la virtud de fijar y dominar la agenda y el debate nacional -frecuentemente reducido a una discusión pública sin consecuencia- está haciendo un vicio. Minusvalora el reposo y la pausa, incluso cuando el éxito de alguna medida toca a su puerta.

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Asombra cómo de manera recurrente la administración, el grupo parlamentario y el partido lopezobradorista, en su trajín y bulla constante, opacan cuando no sabotean sus propios aciertos, muestran falta de coordinación en su actuación de conjunto e incapacidad en la regulación del flujo informativo. Comunican de más e informan de menos; anuncian más de lo que hacen; y lo que hacen bien, lo anuncian mal.

Si como meta y objetivo la oposición se planteara hacer del pataleo y el escándalo la zancadilla para hacer tropezar al gobierno, se entendería la actitud aun cuando careciera de justificante. No así, cuando la misma administración o su partido tropiezan a causa de la palabrería, la ambición desbocada, la exageración del mandato popular recibido, el gusto por la luz de los reflectores, el ansia de ocupar la tribuna o el simple afán de aparecer en el reparto estelar de los actores de la pretendida cuarta transformación.

Es paradójico que, por momentos, el más fuerte y duro enemigo del grupo en el poder sea el grupo en el poder. Se echa de menos a un jefe de gabinete -un secretario non entre pares-, así como una política de comunicación e información que acompañe y trascienda la conferencia presidencial matutina.

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En las últimas semanas, la administración tuvo varios aciertos en el campo económico, sobre todo, en el ámbito de la inversión, el comercio y el trabajo, acompañados de indicadores positivos relacionados con la paridad de la moneda, la inflación y la calificación de las finanzas públicas. Sin embargo, la incapacidad de alinear y administrar el flujo informativo terminó por desvanecer esa buena racha de noticias.

La falta de articulación y alineamiento en la actuación de los distintos actores, en vez de dejar respirar a la información, la asfixió.

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La celebración de la firma de las adendas al tratado de comercio con Estados Unidos y Canadá fue sofocada por la confusión generada por la propia Secretaría de Relaciones Exteriores. Más allá de la atropellada actuación del subsecretario Jesús Seade, la coordinación de comunicación social de esa dependencia también enredó el asunto.

El comunicado oficial 447 de Relaciones Exteriores del pasado lunes 16 es un monumento al embrollo. En una de sus partes dice: "... el representante comercial de Estados Unidos, embajador Robert E. Lighthizer, ha informado mediante comunicación oficial que el gobierno de EUA no designará 'inspectores laborales' en México. Los agregados laborales referidos en dicha iniciativa de ley realizarán inspecciones (sic) y se ceñirán a las leyes de nuestro país en la materia".

O sea, no habrá inspectores laborales, sino agregados que harán inspecciones laborales. Vaya forma de disipar dudas.

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Unos cuantos días después, se echó abajo otra oportunidad para dejar respirar la información y administrar la comunicación.

Ante la posibilidad de subrayar el avance en la ratificación del tratado por parte de la Cámara de Representantes de Estados Unidos; el monto del aumento salarial que rompe una inercia de casi medio siglo y sacude la vida sindical, así como las relaciones obrero-patronales; la superación de la meta fijada en materia inflacionaria; o bien, la suma de la inversión derivada del acuerdo entre el sector público y privado en obra de infraestructura, se optó por abrir otros temas. Funcionarios, legisladores y dirigentes del partido en el poder cambiaron el foco de atención y animaron discusiones absurdas, incluso, peligrosas.

El afán protagónico, el ingobernable desbocamiento, la ambición incontenible o el ansia de imponer políticas borraron aquellos asuntos de la agenda y colocaron otros.

¿Cuáles fueron los nuevos temas? La reapertura del capítulo de la separación Estado-Iglesia que, sin duda, es pasto seco en el marco de la polarización; la lamentable confrontación entre la Federación y los estados en materia de seguridad pública que, obviamente, deja mal parados al Ejecutivo y los gobernadores; la gana de los ultras de Morena por echar de sus filas a quienes no se alineen a la pretendida transformación, como consideran que lo hace la senadora Lilly Téllez; o el cubetazo de agua fría a la inversión privada, reponiendo el carácter dominante de Pemex y la Comisión Federal de Electricidad en el ámbito de la industria energética que resta certidumbre al acuerdo político de emprender obras de infraestructura en conjunto.

Difícil de entender esa manía.

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De no fijar, controlar y administrar las políticas prioritarias; de no escoger qué batallas dar y qué pleitos evitar; de no gobernar la comunicación y la información; de no someter las ambiciones políticas anticipadas y el protagonismo desmesurado, el trajín y la bulla terminarán por frustrar la posibilidad de transformar la realidad.

Salvar las zancadillas es necesario; evitar los tropiezos, fundamental.

Reforma
Sobreaviso
René Delgado
Ciudad de México
Sábado 28 de diciembre 2019.


René Delgado

Cuando un político desahuciado hace del ridículo prueba de su vigencia, siempre termina peor de cómo empezó su carrera. Vicente Fox y Felipe Calderón corren ese peligro por separado, pero unidos por el cordón de la desvergüenza.

El primero, tropezando una y otra vez en su reinserción política, creyendo que su reciclamiento, auspiciado por la nulidad del encargado de Acción Nacional, Marko Cortés, puede recolocarlo en la palestra. El segundo, promoviendo un partido matrimonial para reaparecer en escena sin sentido, después de haber destrozado el partido king-size que llegó a encabezar.

Antes de pedir respaldo a su eventual reaparición y de plantarse en la escena como si durante su gestión nada hubiera ocurrido, ambos deben una explicación de qué fue lo que hicieron al ocupar la Presidencia de la República, cuando menos en el capítulo de la seguridad pública.

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Radicalmente distinta la forma en que Fox y Calderón llegaron a la otrora residencia oficial de Los Pinos, los vincula el hecho de haberla ocupado sin habitar. De la frivolidad y la pusilanimidad política hicieron su gloria, el estilo personal de su gestión presidencial. Fueron muy diferentes, pero con un gran parecido: practicaron el ejercicio del no poder.

Ahora, más allá de los resbalones que protagonizan en el afán de recobrar presencia y calentar una curul en cuanto puedan, comparten por denominador común el arresto del hombre que encumbraron como el policía estrella del panismo, el gendarme albiazul, Genaro García Luna, probable ejemplar redivivo de política y delito.

Los cargos formulados en Estados Unidos contra el ex director de la Agencia Federal de Investigación y ex Secretario de Seguridad lo sientan en el banquillo de los acusados, pero a Fox y Calderón los condena políticamente. Y, eso, no lo resuelve ni un hilo de tweets, como tampoco fingir demencia o amnesia, sobre todo, cuando más de una vez, de modo distinto y reiterado, supieron o fueron enterados de probables ilícitos o irregularidades cometidas por el funcionario que endosaron.

Si ambos ex mandatarios esperan el desenvolvimiento y la conclusión del juicio de su ex colaborador en Brooklyn para entonces determinar qué decir o hacer, harán gala del dominio de la artimaña política, pero no de entereza para fijar una postura. Por lo demás, si están convencidos de la verticalidad, inocencia, honestidad y prestancia de su ex colaborador, obligado sería que salieran en su defensa.

Parapetarse en el silencio o el asombro no corresponde a quienes ostentaron, quizá, sin tener, la jefatura del Estado y del Gobierno.

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A diferencia de sus víctimas inocentes a las que les negó esos derechos, Genaro García Luna sí tendrá un proceso judicial debido acompañado de la presunción de inocencia o, bien, la oportunidad de canjear su condición judicial por aquella que más le convenga.

Por consecuencia, tienen razón quienes consideran tan injusto como prematuro dar por sentada la culpabilidad de García Luna, pero la sola sospecha de haber servido y protegido al crimen y no a la ciudadanía desde la Secretaría de Seguridad constituye un brutal revés a quienes lo fueron encumbrando. Si duele ver cómo a veces, por la vía de recursos fiscales, la misma ciudadanía subsidia al crimen a través de la traición de policías que ponen a disposición de aquel su investidura, autoridad, vehículos, equipo y armas; imaginar que una Secretaría de Estado le sirvió de escudo, escuece el alma.

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Si, en efecto, el dirigente panista, Marko Cortés, pretende resucitar a Vicente Fox para encontrar en su chocarrera figura un foco de atracción electoral y recompensarlo con una curul en el Congreso, debería explicar sus motivos. Tan dado a descalificar cuanto ocurre, no sobraría que calificara lo ocurrido.

En ese punto, si Cortés no aclara los términos de la renovada relación de su dirección con el expresidente, podría decirse que no se conduce como un compañero, sino como un cómplice.

Allá él, si insiste en reciclar a Fox.

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Si, en efecto y pese a lo ocurrido, Felipe Calderón insiste en llamar a sus seguidores a sumarse a formar filas en su nuevo partido, por un mínimo de decoro político debería exponer y explicar su postura frente al arresto de uno de sus colaboradores favoritos.

En esto, hoy más que nunca resulta absurda la denominación popular de la formación política que impulsa Calderón: México Libre.

El título correcto sería el de México Preso porque, a partir de la supuesta guerra que Calderón declaró al crimen, uno de cuyos principales cruzados fue García Luna, muchas libertades -tránsito, expresión, profesión, sólo por mencionar algunas- se vieron conculcadas, limitadas o socavadas por la actividad criminal. Retenes, límites a la prensa, derecho de piso, extorsión, impuestos por el crimen son parte de la herencia de aquella aventura.

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Claridad y firmeza sobre el asunto también se echan de menos en el presidente Andrés Manuel López Obrador.

Indagar, aquí, la compostura del ex secretario de Seguridad, Genaro García Luna, al saber de las gravísimas acusaciones que le imputan no pueden evadirse bajo el argumento de "no hacer leña del árbol caído" o sujetarse a una consulta popular. Hay o no Estado de derecho.

Siendo la inseguridad el flagelo que agobia y lastima al país, es menester investigar la alianza entre el crimen y la política para poder restablecer la frontera entre una actividad y la otra.

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Si la impunidad criminal ha hecho un enorme daño al país, no menos daño ha hecho la pusilanimidad política.

Vicente Fox y Felipe Calderón está obligados a fijar postura frente a la situación que afronta su policía estrella. Si no están dispuestos a cumplir con ese deber político, al menos podrían evitar hacer el ridículo. Terminarán peor de como empezaron.

Reforma
René Delgado
Ciudad de México
Sábado 21 de diciembre de 2019.

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El mundo es comprendido por el paradigma, es la forma por la cual es entendido el mundo, el hombre y por supuesto las realidades cercanas al conocimiento.

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