La periodista Soledad Gallego-Díaz se convertirá en la primera mujer en dirigir El País, el diario más leído de España, justo después de la formación de un gobierno mayoritariamente femenino, informó este viernes el grupo editor Prisa.

La designación de esta periodista nacida en 1951 en Madrid fue respaldada el jueves por un 97,2% de los casi 300 periodistas de la redacción que participaron en una votación no vinculante.

Todavía debe ser nombrada formalmente por el consejo de administración del periódico, precisó un portavoz del grupo Prisa, propietario de uno de los periódicos más leídos en el mundo hispánico con sus ediciones en América Latina.

Soledad Gallego-Díaz entró en El País poco después de su fundación en 1976. Empezó su trayectoria como periodista política antes de iniciar una larga carrera internacional como corresponsal en Bruselas, Londres, París, Nueva York y Buenos Aires.

También fue directora adjunta del periódico históricamente cercano al partido socialista PSOE, siendo la primera mujer en la dirección.

Su designación se produce en plena ola feminista en España y tras la formación del gobierno más femenino de su historia con 11 ministras y 6 ministros, además del presidente del gobierno socialista Pedro Sánchez.

Soledad Gallego-Díaz releva a Antonio Caño, en el cargo desde 2014. Su mandato se caracterizó por un alejamiento de las tradicionales posturas izquierdistas del periódico y una crítica feroz contra Pedro Sánchez, secretario general del PSOE desde ese mismo año.

El Espectador
Madrid / Bogotá
Viernes 8 de junio de 2018.


•    Tom Wolfe: Punto final al viejo nuevo periodismo

•    Tom Wolfe: Un icono lleno de contradicciones

•    Tom Wolfe, gran intérprete de la sociedad estadounidense, muere a los 88 años.

•     Cáustico y brillante, creó escuela con sus artículos y triunfó con 'La hoguera de las vanidades'.

Thomas Wolfe era un icono. Su vestimenta, a mitad de camino entre el dandi y el clown, según quien la juzgara, era reflejo adecuado de las contradicciones de su estilo.

Tom Wolfe, el dandi de traje blanco que revolucionó el oficio de cronista en los sesenta, murió el lunes en Nueva York a los 88 años. Cáustico, brillante, demoledor, narró con audacia la sociedad estadounidense tanto desde la realidad como desde la ficción, con libros de gran éxito (La hoguera de las vanidades o Elegidos para la gloria) y artículos de leyenda. Su agente literario, Lynn Nesbit, informó del fallecimiento a causa de una infección, sin aportar más detalles. Con Wolfe se va uno de los últimos precursores del nuevo periodismo, ese club de reporteros que decidió aplicar a la prensa las técnicas de la novela.

Nació en 1930 en Richmond, la capital del Estado de Virginia, y era nieto de un carabinero confederado. Se doctoró en estudios americanos por Yale y, tras comenzar trabajando de redactor de un periódico de Massachusetts llamado Springfield Union, a mediados de los 60 dio el salto a revistas como New York y Esquire. Se lanzó entonces a explorar nuevas formas de narrativa periodística.

Un reportaje de Gay Talese de 1962, sobre el boxeador Joe Louis, le abrió esa veta: vio que se podían contar las noticias, las historias de la calle, de otra forma. Así comenzó a cultivar unos textos preciosistas en las descripciones, que desarrollaban los personajes y jugaban con el punto de vista. Importó, en definitiva, las fórmulas de la literatura de ficción a la crónica de los hechos. Junto a Talese, Truman Capote o Joan Didion, cimentó un nuevo estilo que plasmó en el libro El nuevo periodismo. En 1987 dio el salto a la ficción con La hoguera de las vanidades, su obra más conocida y aún considerada como la gran novela de Nueva York, que, a partir de un joven triunfador que atropella a un chico negro en el Bronx, cuenta las cloacas de la metrópolis.

Escribía con bisturí y mala sombra. Así diseccionó sin piedad la opulencia cínica de Nueva York en La hoguera, los conflictos raciales de Atlanta (en Todo un hombre) o, ya en su última etapa, descuartizó Miami para hablar de la inmigración (en Bloody Miami). Así se pronunciaba también sobre cualquier asunto político o social de actualidad, mordaz, penetrante. “Un intelectual es alguien que sabe sobre un asunto, pero que, públicamente, solo habla de otras cosas. Y cuando [ Noam] Chomsky empezó a denunciar públicamente la guerra, ¡de repente se convirtió en un intelectual! Aquí un intelectual tiene que indignarse sobre algo”, apuntó en una extensa entrevista con EL PAÍS, en 2005.

Su actitud literaria y vital, de pura sátira, le granjeó críticas y adversarios, como recuerda su legendaria enemistad con el también periodista y escritor Norman Mailer. Wolfe pisó muchos callos. Uno memorable fue el de la crónica de 1970 en The New York Magazine titulada Estas veladas radicales chic, en la que relató cargado de ironía la fiesta que Leonard Bernstein y unos amigos de la crema estadounidense habían organizado en la elegante casa del compositor en Manhattan, un dúplex de 13 habitaciones ubicado en Park Avenue, con el fin de recaudar fondos para los Panteras Negras. El texto destrozó a sus protagonistas y la expresión radical chic se popularizó. Según Wolfe, le empezaron a llamar conservador a partir de entonces. “Muchos me preguntaron: ‘¿Cómo pudiste hacerles quedar mal?’ ¿Yo? ¿Acaso invité yo a los Panteras Negras a mi casa para que me entretuviesen? Lo hicieron ellos, porque pensaron que era muy chic”, decía en otra entrevista en 2014.

Burla de todo lo establecido

Había crecido en un ambiente religioso y conservador, no tenía problemas en defender su voto a George W. Bush y la decisión de atacar Irak ni en burlarse de todo lo establecido. Llevaba casado desde 1978 con Sheila Berger, que fue directora de arte de la revista Harper, con la que tuvo dos hijos. En los últimos años vivía bastante retirado de los focos en su lujoso piso del Upper East Side, pero nunca, ni en sus últimas apariciones, se le podía ver sin esos elegantes trajes blancos y sombreros, marca de la casa.

La puntuación hiperbólica y el uso histriónico de las onomatopeyas han envejecido peor, pero su forma de narrar la vida, en textos de largo aliento, prolijos en detalles, y aun así llenos de energía, es adorada en las facultades de periodismo, donde El nuevo periodismo sigue siendo un manual de referencia. El nuevo-nuevo periodismo, el que empezaba a adaptarse a la revolución digital, sin embargo, no acababa de gustar a Wolf de los últimos años, quien lo veía sinónimo de prisas y brevedad, incompatibles con su concepción del relato. También abominaba del uso de la primera persona.

Otros cambios sorprendían al viejo Wolfe. En 2013, en una presentación en Barcelona de su libro Bloody Miami, alguien preguntó por una posible independencia de Cataluña. “Si Nueva York tiene un alcalde blanco [Bill de Blasio] casado con una intelectual afroamericana que antes decía que era lesbiana y con un hijo con peinado afro quiere decir que el mundo está cambiando y también os podría pasar a vosotros”, dijo.

Y más sorpresas sacudirían Estados Unidos años después. Tom Wolfe ha muerto con Donald Trump, un personaje tan prototípico de La hoguera de las vanidades, la encarnación pura del yuppie Sherman McCoy, sentado en la presidencia de Estados Unidos. Es un epílogo perfecto para la sátira de Wolfe.

Un icono lleno de contradicciones

Tom Wolfe deploraba la pusilanimidad de los novelistas contemporáneos

En plena resaca del éxito de su obra más conocida, La hoguera de las vanidades (1987), Tom Wolfe publicó su manifiesto sobre el arte de escribir novelas: como dejaron sentados los grandes del género, Charles Dickens, Honoré de Balzac o Émile Zola, se trataba de adentrarse en los escondrijos del sistema social y, con la ayuda de una pluma y un cuaderno, documentarse. Deplorando la pusilanimidad y el ombliguismo de los novelistas norteamericanos contemporáneos, invocó el ejemplo de Zola, quien en 1884 descendió a las minas de Anzin a fin de documentarse para escribir Germinal: “Se necesita un batallón de zolas para adentrarse en este país tan salvaje, extraño, imprevisible y barroco, y reclamar lo que nos pertenece. Si los novelistas no hacen frente a lo obvio, la segunda mitad del siglo XX pasará a la historia como la época en que los periodistas se adueñaron de la riqueza de la vida norteamericana usurpando los recursos de la literatura”. Al poner en práctica sus ideas, Wolfe revolucionó la expresión periodística de su tiempo.

Reducido al máximo, el entonces naciente Nuevo Periodismo consistía en reconocer que, como verdadero intérprete de los nuevos tiempos, el periodista tenía la obligación de imprimirle al lenguaje de la no ficción el rigor y la perfección artística hasta entonces reservados al discurso novelístico. Ha transcurrido más de medio siglo desde entonces, pero la lección de Wolfe y quienes junto a él gestaron tal cambio, sigue vigente. Doctor en literatura por Yale, el escritor sabía perfectamente lo que hacía. Se inició en el periodismo haciendo reportajes para The Washington Post. En 1962 se trasladó a Nueva York, donde sus colaboraciones para el Herald Tribune, lo convirtieron —para bien y para mal, nunca le faltaron enemigos— en el centro de atención de los círculos literarios del país. Su singularísimo estilo —lenguaje delirante, ingenio maléfico y burlón, una perspicacia inigualable para llegar al fondo de personas y cosas, un dominio magistral de la sátira y la ironía— crearon escuela. Las revistas más prestigiosas del país, Esquire, New York y Rolling Stone compitieron ferozmente por su firma. Wolfe llegó hasta el fondo en la disección de fenómenos de gran complejidad: la generación beat; la cultura de las drogas; los Panteras Negras; la contracultura de los años sesenta; la carrera espacial; el mundo del arte, la lacra inextirpable del racismo; la vida universitaria. Sus títulos, muchos de ellos trabalenguas intraducibles (The Electric Kool-Aid Test, The Pump House Gang, Radical Chic & Mau-Mauing the Flak Catchers, Mauve Gloves and Madmen, Clutter and Vine), etiquetaban a la perfección su estilo: delirante, único y, pese a sus muchos imitadores, irrepetible.

Provocativa y demoníaca, su risa daba al traste con todo. Sobre todo, Thomas Wolfe era un icono. Su vestimenta, a mitad de camino entre el dandi y el clown, según quien la juzgara, era reflejo adecuado de las contradicciones de su estilo. Como novelista, su triunfo fue desmesurado, aunque cada título despertó menos interés que el anterior. Para muchos, su primera novela, Lo que hay que tener (1979), sigue siendo la mejor. La que más proyección le daría fue sin duda La hoguera de las vanidades (1987). Lo que vino después: Todo un hombre (1998), Soy Charlotte Simmons (2004), Bloody Miami (2012), evidencian una progresiva pérdida de fuerza.

Desde las páginas del The New Yorker, John Updike lo fulminó sin contemplaciones, pero jueces tan severos y respetables como Norman Mailer o Harold Bloom supieron ver en él a un novelista de talento. Probablemente, fue Mailer quien lo diagnosticó mejor al señalar que el problema consistía en que Wolfe había optado por escribir mega-best-sellers, y estaba condenado a padecer las consecuencias.

El País
Amanda Mars
Eduardo Lago
Washington, DC. EU.
Martes 15 de mayo de 2018.

A lo largo 46 años estuvo al frente de su puesto de periódicos

Margarita Alcalá Cruz falleció este viernes, a la edad de 76 años.

Desde su puesto de periódicos, ubicado en el Portal Morelos, vivió gran parte de la historia de Puebla.

Vio la transformación del Centro Histórico de Puebla y de la vida político-económica de Puebla, cuando desde niña acompañaba a su papá Don Ascensión Alcalá al puesto de periódicos, que él tenía desde 1928.

Era la tercera de cinco hermanos, estudió hasta el nivel de Secundaria, y a partir de 1971 ella se hizo cargo del puesto de periódicos al fallecer sus padres.

Desde su puesto de periódicos, en la esquina de la ahora Juan de Palafox y 2 sur, vio la transformación del tranquilo y también ruidoso Centro Histórico. Vio las violentas manifestaciones; vio correr a los estudiantes perseguidos. Un día ella también corrió junto con su hijo, Mario Romero Alcalá, cuando la nube de gas lacrimógeno lanzado por los policías empezó a envolverlos.

Doña Mago fue testigo -a lo lejos- de reuniones impensables entre políticos en torno a una taza de café ya fuera en el Royalty, en el café del hotel del Portal, hoy Italian Coffe, o en la Pizzería Vitorio’s.

Sí, todos los reporteros pasábamos por su puesto de periódicos, para comprar un diario o una revista; para recoger un boletín, también para entregarle boletines y que los repartiera a los reporteros.

Orientaba a los reporteros sobre dónde eran las conferencias de prensa, también cuándo y qué hora habría una reunión donde no querían la presencia de reporteros.

Si se andaba en busca de algún político, líder sindical, maestro o hasta de un empresario, Doña Mago sabía dónde estaba y con quién; si había pasado por Reforma o por la 2 sur o si estaba en Sanborns, en Aguirre o en algún otro restaurante.

Así era Doña Mago, la jefa de información.

Durante casi cinco décadas Doña Mago estuvo en su puesto de periódicos que luego se transformaría en kiosco.

Pero no todo fue tranquilidad para ella y para los demás voceadores de los Portales.

Hubo ocasiones en que muy temprano, cuando apenas empezaba acomodar los periódicos y las revistas, llegaba un grupo de hombres y ‘compraban’ todos los ejemplares de una revista en particular o de un diario, porque publicaron cierta información que era ‘incómoda’ para algún personaje.

Más reciente en 2011, ella y los demás vendedores de periódicos en los Portales enfrentaron a los inspectores del ayuntamiento poblano, que sin mediar palabra y de forma violenta a plena luz del día les decomisaron periódicos, revistas, cigarros y dulces; acción que realizaron durante dos días. El pretexto: debían regularizarse, pese a que todos tienen permiso para operar.

Doña Mago contaba anécdotas de políticos, empresarios y hasta de algunas familias conocidas de Puebla; leía lo que publicaban los periódicos locales y “los de México”.

No a todos los que platicaban con ella les enseñaba parte de su ‘archivo personal’ de recortes de periódicos o revistas sobre alguna información importante o interesante, que tenía ahí en su puesto de periódicos.

Recordaba cuando vendía cientos o miles de ejemplares al día de periódicos y revistas.

Decía que la venta empezó a bajar desde finales de los ochenta con la crisis económica, y en los últimos años con la presencia del internet y porque la gente lee menos “ya es poco lo que se vende”, afirmaba.

Se extrañará el contacto obligado con Doña Mago, la involuntaria jefa de información.

Balance Financiero
Socorro López Espinosa
Ciudad de Puebla, Mex.
Sábado 07/10/2017.


La nación pasa en estos momentos por una “situación de excepción”; está “comprometido el bien público de manera grave e intensa”, dice


México está pasando por una “situación de excepción”, en la cual está “comprometido el bien público de manera grave e intensa” y ofrece “grandes peligros” para los comunicadores, señaló el periodista colombiano Javier Darío Restrepo, autor del Consultorio Ético de la Fundación para el Nuevo Periodismo Iberoamericano (FNPI) Gabriel García Márquez.

“La situación de ustedes, es una situación de excepción, porque por una parte está comprometido el bien público de una manera grave e intensa y por otra ofrece grandes peligros para los periodistas. Es toda la sociedad la que tiene que actuar mancomunadamente, porque es toda la sociedad la que está amenazada”, afirmó.

En entrevista vía telefónica desde Bogotá, Restrepo señaló que es necesario que los medios mexicanos se solidaricen entre ellos para que los criminales sepan que “cuando se ofende a uno se les ofende a todos”.

Dijo que no sólo por razones de orden técnico sino de protección personal, los medios deben aprender a trabajar en equipo creando, por ejemplo, un consejo de redacción en el que se discuta el abordaje que se va a dar a las coberturas sobre el narcotráfico, y acordar no publicar las amenazas de la delincuencia organizada, como el contenido de las mantas y mensajes que dejan los narcotraficantes en las escenas del crimen.

¿Qué impresión le deja la situación de violencia en contra de periodistas en México?

—La reacción que pueden tomar es estar muy unidos. El mensaje a mandar es que lo que es contra un periodista, es con todos. Eso lo aprendí de ustedes. Hace años estuve con Jesús Blancornelas en Tijuana, él lo dijo: ‘Cuando a un periodista lo amenacen porque está escribiendo sobre tal cosa, todos los otros periodistas escriben sobre eso. Es una notificación de que no hay periodistas aislados y cuando se ofende a uno se les ofende a todos’.

¿Qué otras medidas se pueden tomar al respecto?

—Trabajar en equipo. En las redacciones cada uno se siente propietario de un tema o una fuente y no permite que nadie se meta. Tiene que acabarse eso. Los crímenes de los narcotraficantes, las mantas y cosas como esas se tratan entre todos, en consejos de redacción conjuntos para medir las consecuencias de una información, cuando va a caer mal o puede ser peligrosamente tratada. [Ello] da medidas de prudencia que a veces uno aisladamente no llega a tomar.

¿Con respecto a las autoridades?

—Estar urgiendo a que protejan a los periodistas de manera gremial: presionar constantemente y examinar si se está haciendo. Cuando ocurre un caso desgraciado de estos, de que matan a un periodista, investigar qué tanta era la protección que había para denunciar los vacíos que haya en esa materia.

¿A qué se refiere con los consejos de redacción para analizar?

—No sólo por razones de orden técnico, sino por protección personal, se está imponiendo cada vez más trabajar en equipo y un frente común de periodistas. La situación de ustedes, como lo fue la nuestra cuando teníamos ese problema respirándonos en la nuca, es una situación de excepción. Está comprometido el bien público y de una manera grave e intensa, y ofrece grandes peligros para los periodistas. Toda la sociedad tiene que actuar mancomunadamente porque es toda la sociedad la que está amenazada. La creación de conciencia de que el problema del narcotráfico no es simplemente de policía, es social, de política social, y es toda la sociedad y su cultura misma la que está amenazada, porque ellos están permeando con su manera de ver la vida a toda la sociedad.

¿De qué manera?

—En su libro El miedo es el mensaje, Javier Contreras analiza la situación en México y cómo [los narcotraficantes] están presionando y manipulando a los medios. Aparece una manta que puede contener amenazas, anuncios que hacen, su voz. La voz de un delincuente cuando amenaza, no debe tener eco en los medios de comunicación, porque con una fotografía o una crónica tiene una difusión que ni se hubieran soñado. Los medios de comunicación, por falta de examen crítico de la información, se convierten en idiotas útiles al servicio de los delincuentes, por eso es muy importante analizarlo, no sólo por el periodista que cubre ni por el periódico que va a publicar, debe haber una unión entre los periódicos donde se estudien estos casos para beneficio de todos.

¿La situación en México se está acercando a las agresiones que sufrieron los periodistas colombianos en la época del narcoterror?

—Hubo un momento en que consideramos que habíamos llegado al fondo de esta situación. Fue cuando varios periodistas estaban secuestrados por los narcotraficantes. En ese momento, en que por todas partes había amenazas, los periodistas llegamos a sentir que se había llegado a lo máximo de esa situación crítica.

¿Es el momento de prender las alarmas por esta situación?

—Es difícil prever cuál debe ser el futuro. Si las autoridades no son más efectivas, el poder de estos bandidos se va a extender. Más aún, pueden tener como apoyo a los políticos. Habría que mirar hasta qué punto los políticos están permeados por narcotraficantes o los están financiando. Las noticias y analistas de la información tienen que dirigirse hacia allá, el desarrollo que tenga será el que la sociedad quiera. Si es apática, indiferente, esto va a continuar aumentando. En la medida en que la sociedad tome conciencia de que debe combatir conjuntamente el mal, es más posible que comience a reducirse porque se le va cerrando el cerco.

¿El caso del periodista Javier Valdez se está convirtiendo en emblemático como fue para ustedes la muerte de Guillermo Cano?

—Para nosotros, la muerte de Guillermo Cano nos motivó a la reflexión. Él sabía que lo iban a matar porque estaba recibiendo amenazas continuamente. Sin embargo, actuó con una mayor decisión denunciando lo que estaba sucediendo. Su columna de opinión le servía para estimular la conciencia de los lectores sobre la gravedad de lo que estaba sucediendo y la vergüenza. Él sentía vergüenza de pertenecer a una sociedad que estaba arrodillada frente a los bellacos del narcotráfico. Cuando Pablo Escobar intentó darle un viraje político a su acción, nadie se lo creyó porque los medios habían creado muy clara la conciencia de que se trataba de un delincuente común y corriente, con más armas que los demás.

¿Se podría comparar el caso de Javier Valdez con la trascendencia que adquirió para ustedes el asesinato de Guillermo Cano?

—Sí, Javier Valdez se puede convertir para ustedes en un emblema. Era de unas altas calidades morales como periodista. Eso puede ser un factor estimulante para los periodistas: caer en la cuenta de que están cumpliendo un papel social que puede convocar a la opinión pública para buscar soluciones al problema, que están ejerciendo un liderazgo moral y, a través de la información, mostrar cuál es la situación y cuáles son las posibles salidas a ella. El de ustedes tiene que ser un periodismo de propuesta, no sólo limitarse a contar lo que sucedió. Esto significa multiplicar fuentes que están reflexionando sobre el tema desde sus distintas profesiones y pueden estarle diciendo a la gente las salidas. Propuesta, no sólo en los términos negativos de los desastres que está haciendo esta gente.

El Universal
Teresa Moreno
Ciudad de México
Domingo 28 de mayo de 2017.


Hasta que se topó con el escándalo de IBM, Pinetta había vivido bien del periodismo. Viajó como enviado especial a medio mundo, publicó algunas exclusivas y escribió varios libros.

En la estación Carlos Gardel del metro de Buenos Aires, con la frente marchita y la mente todavía luminosa, Santiago Pinetta, de 83 años, se acerca la mano a unos ojos afectados por cataratas para ver bien el billete que le acaba de dar un pasajero. Dos minutos después, una joven le ofrece un cafecito en un vaso de plástico. "La solidaridad de la gente es impresionante", comenta antes de relatar cómo cambió su vida tras la divulgación en 1994 de uno de los mayores escándalos de corrupción de Argentina: el caso IBM-Banco Nación. Una revelación que le costó cuatro atentados y una progresiva marginación profesional que le arrojó a la indigencia.

Con una carrera periodística brillante en los principales medios de comunicación argentinos, a Pinetta le cambió la vida el descubrimiento de las irregularidades en la licitación realizada por el Banco Nación (la principal entidad financiera pública del país) para informatizar sus más de 500 sucursales. La multinacional IBM logró un jugoso contrato de 250 millones de dólares gracias, según la investigación de Pinetta, a las coimas (sobornos) millonarias que entregó a altos cargos del banco y a funcionarios del gobierno del peronista Carlos Menem. Pinetta fue avisado de los chanchullos en la concesión por una fuente interna del Banco Nación. Con todos los detalles a punto para armar su "noticia bomba", el reportero escribió un libro, La nación robada, que ninguna editorial quiso publicar. Tuvo que recaudar fondos entre sus amigos para que una imprenta modesta sacara a luz el libro. Ningún medio importante lo reseñó. Curiosamente, la mancha negra de la corrupción sólo obtuvo espacio en una revista llamada Humor. El periodista puso sus pruebas en manos de la Justicia y con el paso de los años varios funcionarios fueron procesados por fraude y condenados a penas reducidas. Ninguno de los implicados pisó nunca una cárcel. La Justicia recuperó sólo una pequeña parte de los 37 millones de dólares pagados en sobornos. Quien no levantaría cabeza nunca más fue el héroe de la historia.

"Los sicarios de IBM me hicieron cuatro atentados después de mis denuncias. Me dieron palizas, me atropelló un taxi y hasta me grabaron en el cuerpo las siglas IBM con un estilete", cuenta Pinetta a EL MUNDO en el pasillo de la estación Carlos Gardel, en el tanguero barrio del Abasto porteño.

Hasta que se topó con el escándalo de IBM, Pinetta había vivido bien del periodismo. Viajó como enviado especial a medio mundo, publicó algunas exclusivas y escribió varios libros. Su suerte cambió en 1994 tras la publicación de La nación robada: "Los colegas no me daban trabajo; tuve que hipotecar un hermoso departamento para salir adelante. Luego sufrí un accidente cerebro vascular". Sin trabajo y a las puertas de la jubilación, Pinetta entró en un agujero negro del que todavía no ha logrado salir. Vive en un pequeño estudio en Buenos Aires que le alquila uno de sus nueve hijos vivos, y por las tardes se deja caer unas horas por el metro para extender la mano y llevarse unos pesos a casa. La exigua pensión de 6.000 pesos (unos 350 euros) no le alcanza para llegar a fin de mes. Sólo el gasto en medicamentos (padece una enfermedad coronaria, artrosis y cataratas) se lleva buena parte del presupuesto.
La Casa Rosada movió los hilos para despojarlo de los aportes a la Seguridad Social que había realizado durante años. Su futuro también estaba hipotecado.
Sus revelaciones no cayeron nada bien en los círculos de poder. La corrupción en el gobierno de Menem era moneda corriente. La Casa Rosada -denuncia Pinetta- movió los hilos para despojarlo de los aportes a la Seguridad Social que había realizado durante años. Su futuro también estaba hipotecado.

Hijo de un reconocido periodista y de una poetisa, Santiago Pinetta recibió de sus padres una educación exquisita. "La cultura que me dieron mis padres fue extraordinaria", comenta. Y se lanza a recitar extractos del Ricardo III de Shakespeare. "Hoy en día hemos perdido los valores de la educación y la cultura. Y sigue habiendo corrupción", se lamenta. A sus 83 años, Pinetta es consciente de que le queda poco tiempo para revertir su situación. Pese a los sinsabores que ha sufrido en las últimas dos décadas, asegura que no se arrepiente de haber revelado el escándalo de IBM-Banco Nación. "Gracias a mi investigación se salvó el banco más importante de Argentina. Yo sabía que cuando presentara el libro, aparecerían los sicarios de IBM. El propio fiscal encargado de la denuncia me dijo que no siguiera adelante, pero nunca me rendí. Con el tiempo, no me quedó más remedio que pedir la ayuda de la gente".

Hace unas semanas Pinetta fue "resucitado" públicamente al aparecer en un reportaje de televisión. Su caso volvió a ocupar algún espacio en los medios de comunicación. Tal vez por ello -cuenta el octogenario reportero- recibió hace unos días la llamada del actual presidente del Banco Nación, Javier González Fraga, nombrado recientemente por el gobierno conservador de Mauricio Macri: "Espero que me den alguna compensación para que pueda vivir con dignidad". A finales de marzo recibió un homenaje en el Congreso por parte de los periodistas parlamentarios. En el metro de Carlos Gardel no hay nadie que le aplauda o le entregue diplomas. Muchos transeúntes apenas se fijan en ese viejo enjuto que mendiga unos pesos. Una sombra con un pasado de novela: "Estuve en el bombardeo de la Plaza de Mayo en el 55, en Indochina, en Hiroshima y Nagasaki... Todo para llegar a este triste final. Pero todavía tengo esperanzas. Soy príncipe y mendigo".

El Mundo
César G. Calero
Buenos Aires, Argentina
Jueves 24 de mayo de 2017.


Autoridades registran 1,473 delitos de tipo sexual en la sardinera naranja
 
Descender a las catacumbas del Sistema de Transporte Colectivo Metro es llevar consigo el lastre que como ciudadano se carga en la superficie.

Acoso, inseguridad, insalubridad, sobrepoblación, hacinamiento, anarquía, pobreza, desolación y estrés. La mala calidad de vida se multiplica a lo largo de las 12 líneas del sistema administrado por el ex diputado de Nueva Alianza Jorge Gaviño.

Apenas suena la alarma que advierte la apertura de puertas, los usuarios padecen empujones, pisotones, acoso sexual; experimentan el temor de que sus cosas pueden ser tomadas por extraños; sufren un viaje incómodo y lento.

Abordar cualquiera de las 12 líneas del Sistema de Transporte Colectivo Metro de la Ciudad de México es, para los usuarios, tomar un pasaje al infierno.

Viajar en el Metro de la ciudad más grande del mundo no es experimentar el romance por chilangolandia, pues la sardinera naranja va saturada de enojo, frustración y contratiempos para llegar al trabajo, a la escuela, o al hogar.

Luis, estudiante universitario, todos los días sale de su casa con el temor a la indiferencia social que se vive en el Metro, al temor de encontrarse con otra balacera como la que vivió en Balderas.

Pasajeros que han sido víctimas de asaltos o ataques sexuales reprochan que la vigilancia sea nula, particularmente en estaciones donde existen luminarias fundidas, como en Isabel la Católica, Tacubaya y Merced.

“Un celular, me lo quitaron adentro, me enseñaron una punta y tuve que dejarlo. Cuando bajé del tren el policía sólo me dijo que era normal, que siempre asaltan ahí y que por eso debemos de tener más cuidado”, dijo un usuario a Gaceta Ciudadana.

En la estación Hidalgo de la Línea 3, un joven de 24 años, con la cara pálida, a punto de llorar, se sienta y empieza a maldecir a diestra y siniestra.

“No se vale. Antes de subirme, justo cuando se abren las puertas, me acorralaron como cuatro personas, se empujaban para supuestamente abordar el Metro, cuando siento una mano dentro de la bolsa del pantalón, yo tome por afuera de mi pantalón la mano del sujeto que estaba a punto de robarme para meterle un golpe en la cara cuando siento en mis costillas un objeto puntiagudo.

“Al voltear, otros dos me tenían entre sus manos, empujando una punta sobre mis costillas, ya no hice nada y sólo me dijeron ‘afloja y llégale’. Todavía alcancé a verlos riendo cuando se iban”, explicó con la cara desencajada por el enojo.

Otra de las estaciones a la que la gente le teme es a la de la Raza, donde Fany, otra usuaria, vivió una de las escenas más aterradoras de su vida.

“Caminaba sola por el Túnel de la Ciencia para ir a tomar el Metro con dirección a Universidad; eran como las nueve de la noche de un martes, detrás de mi venía un tipo muy sospecho. No le tomé importancia sino hasta cuando atravesamos el túnel y caminó aprisa para abrazarme por la espalda, como si fuera mi conocido. Me quedé petrificada y muerta de miedo. El hombre me dijo que sacara todas mis cosas y se las entregara, y para que no me hiciera nada le di todas mis cosas. Se fue corriendo en dirección contraria”, comentó a Gaceta Ciudadana.

Los ñus y los cocodrilos

La masa de usuarios en el Metro (5.5 millones por día) es como la migración de los ñus: el desafío consiste en librar el río (12 líneas, 198 estaciones) y no ser devorado por los cocodrilos.

Tan solo en el 2016 hubo más de 1,600 detenciones de delincuentes, mayormente por robo.

El portal “Ciudadanos en Red”, publicó cifras de la Procuraduría General de Justicia de la Ciudad de México sobre la incidencia del delito de robo a pasajeros del Metro, y en ellos se menciona que en los primeros 11 meses de 2016 se iniciaron 673 averiguaciones. La cifra incluye robos cometidos con y sin violencia.

Esto representa un incremento del 66% en comparación con los 404 atracos registrados oficialmente por la Fiscalía Especializada en Delitos cometidos en el Metro en el mismo periodo de 2015.

La sensación de inseguridad se manifiesta tanto en la superficie como en el subterráneo.

Un estudio del Centro de Opinión Pública de la Universidad del Valle de México realizado en 2016 señala que el 70% de los capitalinos, independientemente de si utilizan el transporte público o privado, se preocupan por sufrir un asalto o robo.

Los delitos de tipo sexual (acoso, tocamientos y abusos) se han reducido 15 por ciento, según la Procuraduría local, aunque el Instituto de las Mujeres y el Consejo de Seguridad Pública llevan registrados mil 473 faltas en lo que va del año.

Sin embargo, a pesar de las acciones emprendidas, las acciones en contra de quienes realizan las mismas prácticas entre hombres brillan por su ausencia.

Durante el recorrido que realizó GC, el reportero vivió el acoso de un sujeto que en la estación Merced se le colocó atrás y al verse sorprendido sólo sonrió, acercándose más. En la siguiente estación se buscó a un policía para denunciar el acoso, pero ningún uniformado se encontraba en los andenes para recibir la queja.

Las cucarachas y el estrés

De todo ocurre en el Metro: una avería, un retraso en los convoyes, el desquicio de los usuarios que quieren llegar puntual a sus hogares, una horda iracunda apretujada sobre la puerta, una riña, un acoso, un robo, un accidente, una balacera, un desmayo, un suicidio, un concierto o el encuentro de dos miradas empáticas.

Sin embargo, la inseguridad en la sardinera naranja y sus situaciones cotidianas, afirman especialistas, genera estrés.

Y es que el desempeño del usuario en el Metro va desde el sprint de los 10 metros planos o la famosa lucha cuerpo a cuerpo para tomar la escalera, primero, y agarrar lugar (sentado) después.

“¿Me permites?, yo también voy a pasar”, le dice una mujer de cabellera china a otra delgada de lentes, quien no cede el paso y avanza para bajar en Chilpancingo.

“No mames”, ya se me hizo tarde, dice un usuario en Puebla. En la misma estación una señora se da por vencida: “ya perdí mi trabajo; es la tercera vez que llego tarde”.

Dentro del tren pocos usuarios ponen atención a lo que los rodea o pierden la mirada en un punto. Van pegados a sus celulares, escuchando música; sentados sobre la articulación del vagón de la Línea 2. Se encierran en juegos como “Piano keys” o en lecturas como “El nazi y el psiquiatra” o “Secretos de una mente millonaria” o, como si faltara tensión a la cosa, en lecturas de diarios de nota roja.

Esa “receta” la aplica Sirenia Antolín Álvarez, quien diario viaja de Culhuacán a las inmediaciones de la Voca 4 (una ocasión pretendió hacer el viaje en auto particular. No le quedaron ganas. Tres horas se tardó).

Cuando viaja en el Metro agarra su libro o escucha música para destensarse de su viaje que ahora “sólo” le ocupa hora y media.

Es consciente de los empujones, que los vagones vayan repletos porque, dice, “ya somos muchas cucarachas en la cocina”.

Gaceta Ciudadana
Por Cristian Núñez
Kevin Ruiz, Ernesto Osorio
y José Antonio Sandoval
Ciudad de México
Viernes 19 de mayo de 2017.


Santiago, Chile— A comienzos de este siglo tres periodistas realizaron, sin saberlo, el mismo proyecto: vivir entre seis meses y un año con el sueldo mínimo, “disfrazándose” de obreros manuales, camareros, lavaplatos, limpiadores.

El colombiano Andrés Felipe Solano publicó 'Salario mínimo'; la estadounidense Barbara Ehrenreich, 'Por cuatro duros', y la francesa Florence Aubenas, 'El muelle de Ouistreham'. En los tres se detalla en primera persona cómo afecta al cuerpo, al ánimo y a la calidad del trabajo el vivir con tan poco, el no tener margen económico para decir ‘no’, el estar permanentemente sujeto a los caprichos del jefe, el comer mal y matarse corriendo detrás de una liebre que siempre corre más rápido.

Hoy los periodistas no necesitamos disfrazarnos de nada para tener la experiencia de vivir con el sueldo mínimo. Y el aprendizaje de las dificultades psicológicas, mentales y físicas de vivir con muy poco que plantean esos libros ahora llega a nuestro gremio y afecta el periodismo que hacemos.

En Hispanoamérica, los sueldos de los periodistas nunca fueron para tirar cohetes, pero con la crisis económica y la crisis de los modelos de negocios de los medios provocada por el auge de internet, la situación se ha deteriorado de manera alarmante.

Hace algunas semanas, el sindicato español CNT publicó un informe alertando sobre la caída de los pagos de medios de España a sus colaboradores. La agencia oficial EFE paga en promedio un poco menos de 20 dólares por crónica o reportaje. El diario El Mundo paga 76 dólares por un artículo para la web; El Economista, casi cien dólares por el contenido que llena una página. Y así en casi todos.

Es menos que lo que se paga por jornada de trabajo en la construcción o la limpieza de edificios. Si se calcula lo que un periodista cuidadoso debe emplear en la confección de un reportaje bien investigado, escrito, editado y chequeado, debería pagarse al menos 200 dólares para que sea compatible con el sueldo mínimo, que en España es de 825 euros (900 dólares) mensuales por 172 horas de trabajo.

En América Latina la situación no está mejor. Los autores famosos ganan más, pero para un periodista que se está abriendo camino, se paga entre 50 y 100 dólares por reportajes o crónicas de unas mil palabras (el tamaño de esta columna).

Cada vez se viaja menos y los hechos que suceden fuera de los centros del poder quedan sin cubrir, bajo un manto de silencio, no debido a la represión y las amenazas de los lobos autoritarios (que también padecemos) sino a la falta de dinero para contar las noticias.

Según un reciente estudio, los periodistas novatos de Colombia cobran un promedio de 400 mil pesos colombianos (136 dólares). Un sueldo medio para los que comienzan raya los 682 dólares. En países con alta inflación como Argentina o en economías deprimidas como las de Centroamérica es un sueño conseguir que paguen 100 dólares por un artículo.

Helena Calle, una joven periodista de Bogotá, calculó su ganancia mensual en “900 mil pesos (307 dólares) por ser periodista, ghost writer, transcriptora, traductora, community manager, contadora, vendedora y asistente editorial. Los jóvenes somos muy baratos”, concluye Calle, “y la mayoría de las empresas tienen filas y filas de practicantes, chicos y chicas recién desempacados de las facultades de comunicación”. Consulté a una decena de periodistas veinteañeros en seis países y las respuestas fueron muy parecidas.

Ante la inestabilidad y angustia del freelance, muchos ven la obtención de un empleo fijo como un sueño realizado. Pero también ha desmejorado la situación de los periodistas “de planta”: según la Asociación de la Prensa de Madrid los sueldos han caído un 17 por ciento en el último lustro y más de la mitad de los empleados de un medio ganan menos de 27 mil dólares al año.

En toda Iberoamérica las plantillas de los principales medios se achican y los despidos están a la orden del día. En Argentina, un conglomerado tan potente como Editorial Atlántida acaba de despedir a 25 trabajadores. En el último año, el poderoso diario Clarín despidió a 180 trabajadores de la redacción y 270 de su planta de impresión. Y otros medios se han sumado a esta tendencia.

Así expresaba el clima general el periodista argentino Juan Pablo Csipka: “Yo me siento un sobreviviente. El llegar y que te digan: ‘No, a partir de mañana no vengas más’ como espada de Damocles. En estas condiciones es que se reclama mayor excelencia y calidad, recargando labores de treinta personas sobre las espaldas de diez”.

La periodista mexicana Cecilia González, corresponsal de la agencia Notimex en Buenos Aires, lleva la cuenta del desastre en su país de adopción: “El año pasado, según el Foro de Periodismo Argentino, perdieron su trabajo mil 499 periodistas o trabajadores de medios de comunicación. Otras organizaciones gremiales elevan la cifra de despidos a entre 2 mil 500 y 4 mil”.

Sin embargo, en este panorama preocupante sigue existiendo un vivero de jóvenes entusiastas que quiere entrar en “el mejor oficio del mundo”, como decía Gabriel García Márquez. Ellos buscan referentes y modelos fuera de los medios tradicionales.

Un ejemplo son los periodistas jóvenes que fundan nuevos medios digitales, donde tratan de implementar un nuevo modelo de negocio con independencia, creatividad y vigor narrativo. En los últimos premios de la Fundación para un Nuevo Periodismo Iberoamericano (FNPI) fueron estos medios, como El Faro de El Salvador o La Silla Vacía de Colombia, los que se llevaron los principales galardones. Medios nuevos como estos atraen a un público cansado del periodismo tradicional y contratan a jóvenes ansiosos de vivir de lo que aman y contar sin cortapisas.

Recientemente, Ignacio Escolar (41 años), el director de uno de estos medios —eldiario.es de Madrid—, inauguró el año académico de la Escuela de Periodismo de la Universidad Alberto Hurtado de Chile. “La gran amenaza del periodismo ya no es cómo se investiga, se escribe o se publica, sino cómo se paga”, les dijo Escolar a un centenar de chicos de entre 18 y 20 años.

Escolar comenzó eldiario.es con 12 periodistas y el presupuesto de su primer año era menos que lo que costó la fiesta de lanzamiento del anterior medio que dirigió, un diario en papel. Hoy tiene más de 60 y cuatro cabeceras en las principales ciudades españolas.

¿Qué futuro le espera a los estudiantes que lo escuchaban? En sus preguntas se notaba el entusiasmo pero también la inquietud. Al presentarlo, Mónica Rincón, la periodista chilena de CNN comenzó citando a Eduardo Galeano: “Sueñan las pulgas con comprarse un perro…”.

En la sala abarrotada, los alumnos de periodismo sabían perfectamente a qué se refería.

The New York Times
Santiago de Chile
Miércoles 17 de mayo de 2017.


Fernando Gómez Echeverry, nacido en Palmira, y autor de “La soledad del cuarto oscuro”, editada por Penguin Random House.Hernán Puentes

La soledad del cuarto oscuro es la cuarta novela del periodista y escritor vallecaucano Fernando Gómez Echeverry, director de las revistas Don Juan y Bocas. Los fracasos y triunfos de un fotógrafo en una ciudad sitiada por la delincuencia son la trepidante historia de una novela que reivindica el trabajo fuera y dentro de las salas de redacción.

El personaje narrador de su más reciente novela es un fotógrafo que quiere emular a Robert Capa. ¿Cuáles fueron las figuras que lo llevaron a usted por el camino del periodismo y de la literatura?

Hemingway, Saint Exupéry, Gabo, su majestad Adolfo Bioy Casares, Salinger, el insuperable Fitzgerald, John Dos Passos, Camus, Capote, Tom Wolfe, Henry Miller, Antonio Tabucchi... en esta novela, sobre todo Tabucchi. La historia de La soledad del cuarto oscuro me llegó hace 20 años. Yo acababa de descubrir a Tabucchi con La línea del horizonte y sentí que necesitaba ese tono, esa delicadeza en las palabras, ese respeto que siente por sus personajes, pero me di cuenta de que todavía no podía escribirla, que todavía no tenía las herramientas para tratar de emularlo; no creo que lo haya logrado: Tabucchi es una cima lejana. Pero por lo menos no me hubiera sentido avergonzado de dárselo, contarle todo lo que su literatura ha significado para mí y pedirle que le regalara una mirada.

El mundo del periodismo –que usted conoce muy bien por ser director de varios medios nacionales– tiene cierto atractivo para los novelistas. En su opinión, ¿cuáles son los rasgos de la condición humana que afloran en las salas de redacción?

El periodismo es pura pasión; el mejor periodismo es visceral, las noticias, las historias, las crónicas, las grandes fotos se sienten, hacen daño o nos dan grandes satisfacciones. Nos persiguen en la noche, nos hablan. No hay nada tan apasionante como hablar con un periodista sobre una historia que todavía no ha escrito; en esas charlas se nota lo que significa una historia para un periodista. Las historias se empiezan a escribir en ese momento; en ese instante se sabe que las personas que entrevistaron van a tener una historia veraz, inteligente y poderosa en el papel, que los hechos que vieron van a quedar para siempre en un archivo. Por eso las salas de redacción –las salas de redacción que respeto y disfruto– son un hervidero de ideas, mucha discusión y mucha terquedad, si no es así, es un lugar sin corazón y no hay periodistas que merezcan ese título.

Además de los trajines diarios del periodismo, su novela deja testimonio de un momento muy peculiar de la historia de Cali: el del ascenso del narcotráfico. ¿Cuál ha sido su relación con esa ciudad? ¿Qué le atrae y le molesta de ella?

Soy vallecaucano, soy de Palmira, sobre todo soy de Palmira, pero soy –de muchas maneras– parte de Cali. Estudié en la Universidad del Valle, soy hincha del Cali, mi vida no está completa si no voy varias veces al año y camino por el centro o por el Oeste, si no compro libros en la Atenas o voy a Salerno. Me gusta ir de arriba abajo por San Antonio, me gusta visitar La Tertulia y comer empanadas en el Obelisco, me gustan los cine-clubes, me gusta llevar a mis hijos al zoológico, mi vida periodística empezó en La Palabra y en El Tiempo-Cali. Me gusta caminar por el Norte a las cinco de la tarde. Y también detesto el narcotráfico y su herencia maldita. En los años noventa me gustaba tomar cerveza en Martin's o pasar la noche en bares alternativos como Plaza Sésamo, nunca estuve en la rumba pesada de la salsa. Y –creo– fui afortunado. En los años noventa, las discotecas eran el lugar favorito de los mafiosos y no era raro terminar con un tiro en el pecho por mirar a la novia de un lavaperros o porque el traqueto de turno decidió que eras una persona indeseable. Los valores se trastocaron. Fueron años en los que el dinero sucio compró todo, lavó todo, pero la ciudad seguía de fiesta con los muertos en el piso.

Usted también ha cultivado la fotografía como expresión estética. Según su experiencia, ¿cuáles son los elementos artísticos que unen la fotografía con la escritura?

Las fotografías y la literatura cuentan historias y crean o presentan personajes en su mayor expresión; no es gratuito que Avedon y Capote hayan hecho un libro juntos y que, en muchas ocasiones, el retrato de Avedon haya sido más preciso. En los últimos hechos me he convertido en un coleccionista de libros de fotografía y también he hecho muchas fotografías. Y lograr una buena imagen es tan difícil como redactar un buen párrafo. Hoy en día vivimos en una producción continua de imágenes y frases: Instagram, Facebook, Twitter... hay millones de imágenes y frases ingeniosas en la red, pero ¿cuántos fotógrafos han superado la muerte del soldado republicano de Capa? ¿Hay tuiteros que puedan superar a Cioran? No digo que estén mal, solo digo que la competencia por la inmediatez le ha puesto un problema más a la capacidad de crear, de ver y de sentir, pero al mismo tiempo ha convertido la escritura y la fotografía en elementos cotidianos en la vida de todos. Yo hago revistas, y esencialmente las revistas presentan imágenes y palabras; creo que son un buen matrimonio. Y me siento cómodo entre ambos.

Su novela se lee en una o dos sentadas. ¿Cuáles son las herramientas que usa para lograr una prosa tan ágil?

Me gusta Joyce, me gusta Beckett, me gusta Faulkner, tengo un par de libros de Gertrude Stein y tengo la colección de obras completas de Pynchon y Malcolm Lowry. Me encanta perderme en sus párrafos cenagosos y densos, pero Hemingway me parece el gran revolucionario de la literatura en el siglo XX. Mi primer puñetazo literario fue El viejo y el mar; recuerdo que estaba en cuarto de primaria, un profesor nos pidió que lo leyéramos, lo leí en una tarde y deliré con las peleas del viejo contra los tiburones. Mi mayor ambición siempre ha sido alcanzar su velocidad. Nadie lo ha logrado, nadie ha logrado que los ojos vuelen sobre las páginas con esa soltura. También envidio la capacidad de Salinger de contar una historia compleja a partir de una situación. Todavía me asombro de todos los mecanismos que tuvo que utilizar en “Levantad, carpinteros, la viga del tejado”. O, para volver a Hemingway, me quito el sombrero ante su capacidad para crear un universo tan complejo en “Por quién doblan las campanas”: 500 páginas para volar un puente, escribir una historia de amor memorable, retratar la Guerra Civil Española y finalmente dejar al lector con las agujas de pino clavadas en el pecho. En fin: creo que todo escritor es una suma de autores. Los míos siempre han sido los mismos: Hemingway, Fitzgerald, Salinger, Capote, García Márquez, Camus, Bioy Casares y tipos como Soriano, ¡qué grande era Soriano! Cada vez que puedo, releo “Triste, solitario y final”.

El Espectador
Ángel Castaño Guzmán
Bogotá, Colombia
Viernes 17 de marzo de 2017.

El ganador de la Medalla al Mérito Académico 2006 falleció anoche a los 90 años

El historiador, escritor, columnista Juan María Alponte falleció anoche a los 90 años, indicó la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM, donde fue profesor de tiempo completo.

El cuerpo del académico, que guio a varias generaciones con sus conocimientos en filosofía, historia, sociología y ciencia política, es velado desde las 8 de la mañana en el Panteón Francés. Posteriormente será cremado, el sábado 5 de diciembre al medio día.

El columnista y colaborador de este diario, cuyo verdadero nombre era Enrique Ruíz García, charló con EL UNIVERSAL sobre sus 45 años de docencia en México, país a donde llegó en 1968, expulsado de España por el gobierno de Francisco Franco.

Articulista en diversos medios de comunicación, Alponte escribía en esta casa editorial la columna "México y el mundo".

El Universal
Ciudad de México
Viernes 4 de diciembre de 2015.

Ángeles Mastretta cumple esta semana 66 años. Hace 30 la escritora de Puebla debutó con ‘Arráncame la vida’. Está entre los que desconfían del Gobierno mexicano

¿Qué está pasando en México?
Tantas cosas, hay tantos Méxicos... Vivo en un México apacible al que llegan como dardos horribles noticias. Es imposible que no oigas al país en el que quieres vivir. Por más que me esconda entre los árboles y los pájaros vivos es un país lacerado, empeñado en la incomprensión.

¿Qué es lo peor de lo que ocurre?
 La idea de que vivo en un país sitiado por la muerte. Cuando se mataban, pero eran narcos contra narcos, podía vivir con eso, en un país en el que hay narcotráfico y eso me daba toda la explicación del por qué: los gringos consumen, nosotros producimos y el Gobierno persigue a los narcos porque EE UU nos impone la persecución. Pero de repente empiezas a ver que EE UU ya no te impone la persecución, legaliza drogas que nosotros tenemos prohibidas mientras aquí nos matamos por ellas.

¿Es sólo la droga la que propicia este vendaval terrorífico?
Es con lo que empezó, lo que jaló la hebra. Supongo que cuando concedes el permiso para matar porque no te queda otro remedio, te das el permiso para matar. Si le dices a tu ejército que puede matar y perseguir a la gente legitimas la violencia en todas partes. Y hay una desconfianza muy seria en el Gobierno. Como la mayoría de la gente pertenezco a los que no confían.

¿No hay buenas intenciones? No creo que nadie se meta a gobernar para ser malo.
Hubo matanzas antes, las hay ahora. No cesa la costumbre de matar. Lo que hay realmente es una guerra; me costó trabajo aceptar la palabra. Primero era una guerra de persecución al narco. Y ahora, en muchos pueblos lo que hay es una guerra civil porque la mitad de los hijos se fueron al narco y la otra mitad no, porque una familia entera se fue y otra no. Y muchísimos pueblos se van quedado vacíos. Cuando llega una banda y lo toma, se van. Una sociedad rota.

¿El odio es la consecuencia o la causa?
 Por esperanzada quiero decir que es la consecuencia, porque de ahí derivo que puede ser fácil acabar con eso. La gente se recupera del odio más rápidamente que en una guerra civil como la española. Creo que incluso en la revolución mexicana el olvido fue más rápido. ¡Cuántos años han pasado desde el franquismo y todavía buscan a los desaparecidos! Cuarenta años después de la revolución mexicana nadie andaba buscando quién había tenido la culpa.

Y ahora el olvido es imposible porque está presente. Y porque hay mucho más empeño en recordar: está pasando en este momento. Les digo a mis hijos que una de las razones por las que me alegro de no estar aquí cuando ellos tengan 45 ó 50 años es que no voy a seguir oyendo que están muertos los que esperaban que estuviera vivos.

¿Es el peor momento de México en su tiempo de vida?
Sí. Tuve una infancia feliz y una adolescencia consternada, pero mi consternación de adolescente fue por constatar que el mundo era más difícil de lo que yo había imaginado. Ahora no se sabe qué puede ocurrir. Yo vivo instalada en el quizá.

Es matar por matar lo que sucede. No, es permiso para matar. Lo que sorprende es la cantidad de gente dispuesta a matar y a morir. Muchísima. Pensábamos que cuando esa gente acabara de matar ya no iba a haber más que quisiera hacerlo... ¡Pero es que ya vamos por 100.000 dispuestas a matar y morir!

¿Qué luz hay en México ahora?
Cuando suena la puerta de casa abro sin preguntar. Creo que esa es la luz: que puedes confiar aún en otros.

El País
Juan Cruz
Ciudad de México
Domingo 4 de octubre de 2015.

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El mundo es comprendido por el paradigma, es la forma por la cual es entendido el mundo, el hombre y por supuesto las realidades cercanas al conocimiento.

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