Fernando Gómez Echeverry, nacido en Palmira, y autor de “La soledad del cuarto oscuro”, editada por Penguin Random House.Hernán Puentes

La soledad del cuarto oscuro es la cuarta novela del periodista y escritor vallecaucano Fernando Gómez Echeverry, director de las revistas Don Juan y Bocas. Los fracasos y triunfos de un fotógrafo en una ciudad sitiada por la delincuencia son la trepidante historia de una novela que reivindica el trabajo fuera y dentro de las salas de redacción.

El personaje narrador de su más reciente novela es un fotógrafo que quiere emular a Robert Capa. ¿Cuáles fueron las figuras que lo llevaron a usted por el camino del periodismo y de la literatura?

Hemingway, Saint Exupéry, Gabo, su majestad Adolfo Bioy Casares, Salinger, el insuperable Fitzgerald, John Dos Passos, Camus, Capote, Tom Wolfe, Henry Miller, Antonio Tabucchi... en esta novela, sobre todo Tabucchi. La historia de La soledad del cuarto oscuro me llegó hace 20 años. Yo acababa de descubrir a Tabucchi con La línea del horizonte y sentí que necesitaba ese tono, esa delicadeza en las palabras, ese respeto que siente por sus personajes, pero me di cuenta de que todavía no podía escribirla, que todavía no tenía las herramientas para tratar de emularlo; no creo que lo haya logrado: Tabucchi es una cima lejana. Pero por lo menos no me hubiera sentido avergonzado de dárselo, contarle todo lo que su literatura ha significado para mí y pedirle que le regalara una mirada.

El mundo del periodismo –que usted conoce muy bien por ser director de varios medios nacionales– tiene cierto atractivo para los novelistas. En su opinión, ¿cuáles son los rasgos de la condición humana que afloran en las salas de redacción?

El periodismo es pura pasión; el mejor periodismo es visceral, las noticias, las historias, las crónicas, las grandes fotos se sienten, hacen daño o nos dan grandes satisfacciones. Nos persiguen en la noche, nos hablan. No hay nada tan apasionante como hablar con un periodista sobre una historia que todavía no ha escrito; en esas charlas se nota lo que significa una historia para un periodista. Las historias se empiezan a escribir en ese momento; en ese instante se sabe que las personas que entrevistaron van a tener una historia veraz, inteligente y poderosa en el papel, que los hechos que vieron van a quedar para siempre en un archivo. Por eso las salas de redacción –las salas de redacción que respeto y disfruto– son un hervidero de ideas, mucha discusión y mucha terquedad, si no es así, es un lugar sin corazón y no hay periodistas que merezcan ese título.

Además de los trajines diarios del periodismo, su novela deja testimonio de un momento muy peculiar de la historia de Cali: el del ascenso del narcotráfico. ¿Cuál ha sido su relación con esa ciudad? ¿Qué le atrae y le molesta de ella?

Soy vallecaucano, soy de Palmira, sobre todo soy de Palmira, pero soy –de muchas maneras– parte de Cali. Estudié en la Universidad del Valle, soy hincha del Cali, mi vida no está completa si no voy varias veces al año y camino por el centro o por el Oeste, si no compro libros en la Atenas o voy a Salerno. Me gusta ir de arriba abajo por San Antonio, me gusta visitar La Tertulia y comer empanadas en el Obelisco, me gustan los cine-clubes, me gusta llevar a mis hijos al zoológico, mi vida periodística empezó en La Palabra y en El Tiempo-Cali. Me gusta caminar por el Norte a las cinco de la tarde. Y también detesto el narcotráfico y su herencia maldita. En los años noventa me gustaba tomar cerveza en Martin's o pasar la noche en bares alternativos como Plaza Sésamo, nunca estuve en la rumba pesada de la salsa. Y –creo– fui afortunado. En los años noventa, las discotecas eran el lugar favorito de los mafiosos y no era raro terminar con un tiro en el pecho por mirar a la novia de un lavaperros o porque el traqueto de turno decidió que eras una persona indeseable. Los valores se trastocaron. Fueron años en los que el dinero sucio compró todo, lavó todo, pero la ciudad seguía de fiesta con los muertos en el piso.

Usted también ha cultivado la fotografía como expresión estética. Según su experiencia, ¿cuáles son los elementos artísticos que unen la fotografía con la escritura?

Las fotografías y la literatura cuentan historias y crean o presentan personajes en su mayor expresión; no es gratuito que Avedon y Capote hayan hecho un libro juntos y que, en muchas ocasiones, el retrato de Avedon haya sido más preciso. En los últimos hechos me he convertido en un coleccionista de libros de fotografía y también he hecho muchas fotografías. Y lograr una buena imagen es tan difícil como redactar un buen párrafo. Hoy en día vivimos en una producción continua de imágenes y frases: Instagram, Facebook, Twitter... hay millones de imágenes y frases ingeniosas en la red, pero ¿cuántos fotógrafos han superado la muerte del soldado republicano de Capa? ¿Hay tuiteros que puedan superar a Cioran? No digo que estén mal, solo digo que la competencia por la inmediatez le ha puesto un problema más a la capacidad de crear, de ver y de sentir, pero al mismo tiempo ha convertido la escritura y la fotografía en elementos cotidianos en la vida de todos. Yo hago revistas, y esencialmente las revistas presentan imágenes y palabras; creo que son un buen matrimonio. Y me siento cómodo entre ambos.

Su novela se lee en una o dos sentadas. ¿Cuáles son las herramientas que usa para lograr una prosa tan ágil?

Me gusta Joyce, me gusta Beckett, me gusta Faulkner, tengo un par de libros de Gertrude Stein y tengo la colección de obras completas de Pynchon y Malcolm Lowry. Me encanta perderme en sus párrafos cenagosos y densos, pero Hemingway me parece el gran revolucionario de la literatura en el siglo XX. Mi primer puñetazo literario fue El viejo y el mar; recuerdo que estaba en cuarto de primaria, un profesor nos pidió que lo leyéramos, lo leí en una tarde y deliré con las peleas del viejo contra los tiburones. Mi mayor ambición siempre ha sido alcanzar su velocidad. Nadie lo ha logrado, nadie ha logrado que los ojos vuelen sobre las páginas con esa soltura. También envidio la capacidad de Salinger de contar una historia compleja a partir de una situación. Todavía me asombro de todos los mecanismos que tuvo que utilizar en “Levantad, carpinteros, la viga del tejado”. O, para volver a Hemingway, me quito el sombrero ante su capacidad para crear un universo tan complejo en “Por quién doblan las campanas”: 500 páginas para volar un puente, escribir una historia de amor memorable, retratar la Guerra Civil Española y finalmente dejar al lector con las agujas de pino clavadas en el pecho. En fin: creo que todo escritor es una suma de autores. Los míos siempre han sido los mismos: Hemingway, Fitzgerald, Salinger, Capote, García Márquez, Camus, Bioy Casares y tipos como Soriano, ¡qué grande era Soriano! Cada vez que puedo, releo “Triste, solitario y final”.

El Espectador
Ángel Castaño Guzmán
Bogotá, Colombia
Viernes 17 de marzo de 2017.

“La democracia no puede funcionar sin alguien que le pida cuentas a la estructura de poder.”

Nueva York.- Walter Robinson estaba complaciendo a la multitud. Famoso ahora como el periodista de investigación interpretado por Michael Keaton en “Spotlight”, Robertson y otros periodistas de The Boston Globe estuvieron en Manhattan hace unas semanas, contando historias de guerra en la sala de redacción de ProPublica, poco antes del estreno de la película en Nueva York.

Al hablar de un momento a fines de 2001, cuando el equipo Spotlight del Boston Globe estaba informando sobre el escándalo de pedofilia entre los sacerdotes, Robinson, a quien llamaban Robby, vio algo que le pareció extraño en la pantalla de la computadora de un colega: “Líneas que iban de un lado y líneas que iban por otro lado.” Él preguntó qué era eso.

Con el sentido de oportunidad de un comediante, Robinson dijo la respuesta como un chiste sobre él mismo: “Es una hoja de cálculo.” Como era su intención, esto provocó risas entre los periodistas de ProPublica, que viven en el mundo cargado de números que es el periodismo de investigación actual, en el que las bases de datos y las hojas de cálculo han reemplazado el zumbar de las rotativas en el sótano.

Esta anécdota ofrece una pequeña imagen de lo que ha cambiado en 14 años. Pero algo más evidente es que plantea serias preocupaciones. Las herramientas digitales son una bendición para el periodismo y la distribución digital puede hacer que un reportaje se vuelva global. Pero la economía de la era digital ha diezmado al personal de los periódicos.

Ahora la pregunta es cómo continuar con este trabajo tan importante, sobre todo en el nivel local. The New York Times y otras cuantas empresas informativas van a subsistir y seguirán haciendo investigaciones valiosas, pero no pueden reemplazar la fuerza de los periódicos locales. Esos periódicos han perdido casi la mitad de sus reporteros en los últimos años.

The New York Times tiene seis reporteros dedicados a la investigación en el área metropolitana de Nueva York. Michael Luo, que dirige el equipo, me dijo que algunas investigaciones pueden ser “éxitos rápidos” pero otras pueden tardar meses en “identificar algo que nadie más haya identificado y en ir más a fondo que ningún otro”. Por ejemplo, la investigación de Kim Barker sobre las llamadas casas tres cuartos de Nueva York para adictos en recuperación llevó seis meses.

Es alentador que algunos periódicos pequeños hayan redoblado sus esfuerzos de investigación, demostrando así que no es necesario un personal numeroso para hacer un trabajo importante. En The Post and Courier de Charleston, Carolina del Sur, el editor principal, Mitch Pugh, estableció un equipo de investigación de cuatro personas, en una sala de redacción con solo 72 personas. Su serie sobre la mortalidad de la violencia doméstica provocó reformas y le valió el Pulitzer por servicio público de este año.

“Si vamos a pedirles a los lectores que gasten su dinero en nosotros, el servicio público y de investigación tiene que ser nuestra piedra angular”, me comentó Pugh.

Mientras tanto, han llegado nuevos actores. Además de las organizaciones no lucrativas a nivel nacional –como ProPublica, el Centro de Reportaje de Investigación y el Centro de Integridad Pública– ahora también las hay en muchas ciudades. (The Texas Tribune quizá sea la más destacada.)

Las estaciones locales de radio pública también están haciendo su esfuerzo. En KPCC, por ejemplo, estación de radio pública en California del sur, el personal de Melanie Sill elaboró una base de datos sobre tiroteos de la policía. Existe “un compromiso creciente de hacer periodismo de investigación y de responsabilidad en estaciones de todo el país”, aseguró Jim Schachter de WNYC, que este año ganó un premio nacional por su investigación sobre los excesos cometidos por el departamento de policía de la ciudad. El jefe de información de NPR, Michael Oreskes, me dijo que para él es muy importante apoyar el trabajo de investigación local.

Esta actividad explica el aumento sin precedentes de la membresía de la asociación Reporteros y Editores de Investigación, que en su reunión de junio pasado atrajo a Filadelfia a 1,800 periodistas, muchos de ellos de diarios y televisoras alternativas. Al ver a los jóvenes periodistas atestar las sesiones para cultivar su oficio, su sentido de misión me pareció vigorizante.

Pero, ¿qué hay del futuro? La transición del periodismo de investigación no va a ser suave, advierte Richard Tofel, presidente de ProPublica. Ya que las grandes ciudades siguen dominadas por ciertos periódicos, no hay una brecha que permita crear una gran necesidad de nuevos actores, financiándose mediante formas novedosas, como la filantropía.

Tofel me dijo que “sigue habiendo una cantidad irracional de publicidad impresa” que apoya la economía de los periódicos. “Pero la próxima recesión va a ser muy cruel con los periódicos.” Para cuando termine, “los periódicos que salgan siete días a la semana van a ser la excepción, no la regla”.

¿Podrá cumplir con su trabajo lo que quede de los periódicos, junto con los nuevos actores?

“Tendrán que hacerlo”, señala Tim Redmond, ex director editorial de The San Francisco Bay Guardian, diario alternativo ya difunto. Él lanzó después 48 Hills, empresa informativa en línea sin ánimos de lucro con un personal de dos reporteros. “La democracia no puede funcionar sin alguien que le pida cuentas a la estructura de poder.”

Pero no es probable que esto se acerque mucho a la investigación que inició el equipo Spotlight de The Globe en 2001. Y cuando los periódicos vuelvan a batirse en retirada, el periodismo de investigación saldrá muy golpeado.

De por sí ya es inquietante que los periódicos locales hayan abandonado muchas fuentes y dejado de cubrir reuniones públicas. Importante por sí mismo, ese tipo de periodismo también alimenta las mejores investigaciones. Y es difícil de calibrar la efectividad a largo plazo de las nuevas empresas.

El periodismo de investigación de altura requiere habilidad, tiempo, agallas, visión y dinero. Cada vez hay más financiamiento, como el de la Fundación Knight, que ha puesto millones de dólares en la causa. Y precisamente la semana pasada, The Globe anunció una nueva beca para trabajo de investigación suscitada por la película “Spotlight”.

Espero que el éxito de esa película ponga de relieve la importancia de este trabajo y que tenga efectos de mayor alcance. Eso no es imposible. Después de todo, en los años setenta la película sobre el escándalo de Watergate, “All the President’s Men” inspiró a toda una generación de jóvenes periodistas.

El futuro es incierto. Lo que es seguro es que los ciudadanos valoran el trabajo de investigación. “La gente no se entera de la corrupción a menos que se la muestren”, afirma Martin Baron, editor de The Globe durante la investigación sobre la pedofilia y actualmente editor de The Washington Post. Cuando los lectores ven que los medios sacan a la luz las transgresiones, generalmente expresan su aprecio: “Si no fuera por ustedes, nadie haría este trabajo.”

La clave quizá esté en el apetito por el periodismo de investigación. Y así, por el bien de la democracia (y por su propia sobrevivencia), las empresas informativas, ya sean nuevas o antiguas, deben ponerse como prioridad seguir escarbando, con el interés público en mente.

The New York Times
Margaret Sullivan
New York, Estados Unidos
Domingo 20 de diciembre de 2015.

 

El mundo es comprendido por el paradigma, es la forma por la cual es entendido el mundo, el hombre y por supuesto las realidades cercanas al conocimiento.

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