Hasta que se topó con el escándalo de IBM, Pinetta había vivido bien del periodismo. Viajó como enviado especial a medio mundo, publicó algunas exclusivas y escribió varios libros.

En la estación Carlos Gardel del metro de Buenos Aires, con la frente marchita y la mente todavía luminosa, Santiago Pinetta, de 83 años, se acerca la mano a unos ojos afectados por cataratas para ver bien el billete que le acaba de dar un pasajero. Dos minutos después, una joven le ofrece un cafecito en un vaso de plástico. "La solidaridad de la gente es impresionante", comenta antes de relatar cómo cambió su vida tras la divulgación en 1994 de uno de los mayores escándalos de corrupción de Argentina: el caso IBM-Banco Nación. Una revelación que le costó cuatro atentados y una progresiva marginación profesional que le arrojó a la indigencia.

Con una carrera periodística brillante en los principales medios de comunicación argentinos, a Pinetta le cambió la vida el descubrimiento de las irregularidades en la licitación realizada por el Banco Nación (la principal entidad financiera pública del país) para informatizar sus más de 500 sucursales. La multinacional IBM logró un jugoso contrato de 250 millones de dólares gracias, según la investigación de Pinetta, a las coimas (sobornos) millonarias que entregó a altos cargos del banco y a funcionarios del gobierno del peronista Carlos Menem. Pinetta fue avisado de los chanchullos en la concesión por una fuente interna del Banco Nación. Con todos los detalles a punto para armar su "noticia bomba", el reportero escribió un libro, La nación robada, que ninguna editorial quiso publicar. Tuvo que recaudar fondos entre sus amigos para que una imprenta modesta sacara a luz el libro. Ningún medio importante lo reseñó. Curiosamente, la mancha negra de la corrupción sólo obtuvo espacio en una revista llamada Humor. El periodista puso sus pruebas en manos de la Justicia y con el paso de los años varios funcionarios fueron procesados por fraude y condenados a penas reducidas. Ninguno de los implicados pisó nunca una cárcel. La Justicia recuperó sólo una pequeña parte de los 37 millones de dólares pagados en sobornos. Quien no levantaría cabeza nunca más fue el héroe de la historia.

"Los sicarios de IBM me hicieron cuatro atentados después de mis denuncias. Me dieron palizas, me atropelló un taxi y hasta me grabaron en el cuerpo las siglas IBM con un estilete", cuenta Pinetta a EL MUNDO en el pasillo de la estación Carlos Gardel, en el tanguero barrio del Abasto porteño.

Hasta que se topó con el escándalo de IBM, Pinetta había vivido bien del periodismo. Viajó como enviado especial a medio mundo, publicó algunas exclusivas y escribió varios libros. Su suerte cambió en 1994 tras la publicación de La nación robada: "Los colegas no me daban trabajo; tuve que hipotecar un hermoso departamento para salir adelante. Luego sufrí un accidente cerebro vascular". Sin trabajo y a las puertas de la jubilación, Pinetta entró en un agujero negro del que todavía no ha logrado salir. Vive en un pequeño estudio en Buenos Aires que le alquila uno de sus nueve hijos vivos, y por las tardes se deja caer unas horas por el metro para extender la mano y llevarse unos pesos a casa. La exigua pensión de 6.000 pesos (unos 350 euros) no le alcanza para llegar a fin de mes. Sólo el gasto en medicamentos (padece una enfermedad coronaria, artrosis y cataratas) se lleva buena parte del presupuesto.
La Casa Rosada movió los hilos para despojarlo de los aportes a la Seguridad Social que había realizado durante años. Su futuro también estaba hipotecado.
Sus revelaciones no cayeron nada bien en los círculos de poder. La corrupción en el gobierno de Menem era moneda corriente. La Casa Rosada -denuncia Pinetta- movió los hilos para despojarlo de los aportes a la Seguridad Social que había realizado durante años. Su futuro también estaba hipotecado.

Hijo de un reconocido periodista y de una poetisa, Santiago Pinetta recibió de sus padres una educación exquisita. "La cultura que me dieron mis padres fue extraordinaria", comenta. Y se lanza a recitar extractos del Ricardo III de Shakespeare. "Hoy en día hemos perdido los valores de la educación y la cultura. Y sigue habiendo corrupción", se lamenta. A sus 83 años, Pinetta es consciente de que le queda poco tiempo para revertir su situación. Pese a los sinsabores que ha sufrido en las últimas dos décadas, asegura que no se arrepiente de haber revelado el escándalo de IBM-Banco Nación. "Gracias a mi investigación se salvó el banco más importante de Argentina. Yo sabía que cuando presentara el libro, aparecerían los sicarios de IBM. El propio fiscal encargado de la denuncia me dijo que no siguiera adelante, pero nunca me rendí. Con el tiempo, no me quedó más remedio que pedir la ayuda de la gente".

Hace unas semanas Pinetta fue "resucitado" públicamente al aparecer en un reportaje de televisión. Su caso volvió a ocupar algún espacio en los medios de comunicación. Tal vez por ello -cuenta el octogenario reportero- recibió hace unos días la llamada del actual presidente del Banco Nación, Javier González Fraga, nombrado recientemente por el gobierno conservador de Mauricio Macri: "Espero que me den alguna compensación para que pueda vivir con dignidad". A finales de marzo recibió un homenaje en el Congreso por parte de los periodistas parlamentarios. En el metro de Carlos Gardel no hay nadie que le aplauda o le entregue diplomas. Muchos transeúntes apenas se fijan en ese viejo enjuto que mendiga unos pesos. Una sombra con un pasado de novela: "Estuve en el bombardeo de la Plaza de Mayo en el 55, en Indochina, en Hiroshima y Nagasaki... Todo para llegar a este triste final. Pero todavía tengo esperanzas. Soy príncipe y mendigo".

El Mundo
César G. Calero
Buenos Aires, Argentina
Jueves 24 de mayo de 2017.


Autoridades registran 1,473 delitos de tipo sexual en la sardinera naranja
 
Descender a las catacumbas del Sistema de Transporte Colectivo Metro es llevar consigo el lastre que como ciudadano se carga en la superficie.

Acoso, inseguridad, insalubridad, sobrepoblación, hacinamiento, anarquía, pobreza, desolación y estrés. La mala calidad de vida se multiplica a lo largo de las 12 líneas del sistema administrado por el ex diputado de Nueva Alianza Jorge Gaviño.

Apenas suena la alarma que advierte la apertura de puertas, los usuarios padecen empujones, pisotones, acoso sexual; experimentan el temor de que sus cosas pueden ser tomadas por extraños; sufren un viaje incómodo y lento.

Abordar cualquiera de las 12 líneas del Sistema de Transporte Colectivo Metro de la Ciudad de México es, para los usuarios, tomar un pasaje al infierno.

Viajar en el Metro de la ciudad más grande del mundo no es experimentar el romance por chilangolandia, pues la sardinera naranja va saturada de enojo, frustración y contratiempos para llegar al trabajo, a la escuela, o al hogar.

Luis, estudiante universitario, todos los días sale de su casa con el temor a la indiferencia social que se vive en el Metro, al temor de encontrarse con otra balacera como la que vivió en Balderas.

Pasajeros que han sido víctimas de asaltos o ataques sexuales reprochan que la vigilancia sea nula, particularmente en estaciones donde existen luminarias fundidas, como en Isabel la Católica, Tacubaya y Merced.

“Un celular, me lo quitaron adentro, me enseñaron una punta y tuve que dejarlo. Cuando bajé del tren el policía sólo me dijo que era normal, que siempre asaltan ahí y que por eso debemos de tener más cuidado”, dijo un usuario a Gaceta Ciudadana.

En la estación Hidalgo de la Línea 3, un joven de 24 años, con la cara pálida, a punto de llorar, se sienta y empieza a maldecir a diestra y siniestra.

“No se vale. Antes de subirme, justo cuando se abren las puertas, me acorralaron como cuatro personas, se empujaban para supuestamente abordar el Metro, cuando siento una mano dentro de la bolsa del pantalón, yo tome por afuera de mi pantalón la mano del sujeto que estaba a punto de robarme para meterle un golpe en la cara cuando siento en mis costillas un objeto puntiagudo.

“Al voltear, otros dos me tenían entre sus manos, empujando una punta sobre mis costillas, ya no hice nada y sólo me dijeron ‘afloja y llégale’. Todavía alcancé a verlos riendo cuando se iban”, explicó con la cara desencajada por el enojo.

Otra de las estaciones a la que la gente le teme es a la de la Raza, donde Fany, otra usuaria, vivió una de las escenas más aterradoras de su vida.

“Caminaba sola por el Túnel de la Ciencia para ir a tomar el Metro con dirección a Universidad; eran como las nueve de la noche de un martes, detrás de mi venía un tipo muy sospecho. No le tomé importancia sino hasta cuando atravesamos el túnel y caminó aprisa para abrazarme por la espalda, como si fuera mi conocido. Me quedé petrificada y muerta de miedo. El hombre me dijo que sacara todas mis cosas y se las entregara, y para que no me hiciera nada le di todas mis cosas. Se fue corriendo en dirección contraria”, comentó a Gaceta Ciudadana.

Los ñus y los cocodrilos

La masa de usuarios en el Metro (5.5 millones por día) es como la migración de los ñus: el desafío consiste en librar el río (12 líneas, 198 estaciones) y no ser devorado por los cocodrilos.

Tan solo en el 2016 hubo más de 1,600 detenciones de delincuentes, mayormente por robo.

El portal “Ciudadanos en Red”, publicó cifras de la Procuraduría General de Justicia de la Ciudad de México sobre la incidencia del delito de robo a pasajeros del Metro, y en ellos se menciona que en los primeros 11 meses de 2016 se iniciaron 673 averiguaciones. La cifra incluye robos cometidos con y sin violencia.

Esto representa un incremento del 66% en comparación con los 404 atracos registrados oficialmente por la Fiscalía Especializada en Delitos cometidos en el Metro en el mismo periodo de 2015.

La sensación de inseguridad se manifiesta tanto en la superficie como en el subterráneo.

Un estudio del Centro de Opinión Pública de la Universidad del Valle de México realizado en 2016 señala que el 70% de los capitalinos, independientemente de si utilizan el transporte público o privado, se preocupan por sufrir un asalto o robo.

Los delitos de tipo sexual (acoso, tocamientos y abusos) se han reducido 15 por ciento, según la Procuraduría local, aunque el Instituto de las Mujeres y el Consejo de Seguridad Pública llevan registrados mil 473 faltas en lo que va del año.

Sin embargo, a pesar de las acciones emprendidas, las acciones en contra de quienes realizan las mismas prácticas entre hombres brillan por su ausencia.

Durante el recorrido que realizó GC, el reportero vivió el acoso de un sujeto que en la estación Merced se le colocó atrás y al verse sorprendido sólo sonrió, acercándose más. En la siguiente estación se buscó a un policía para denunciar el acoso, pero ningún uniformado se encontraba en los andenes para recibir la queja.

Las cucarachas y el estrés

De todo ocurre en el Metro: una avería, un retraso en los convoyes, el desquicio de los usuarios que quieren llegar puntual a sus hogares, una horda iracunda apretujada sobre la puerta, una riña, un acoso, un robo, un accidente, una balacera, un desmayo, un suicidio, un concierto o el encuentro de dos miradas empáticas.

Sin embargo, la inseguridad en la sardinera naranja y sus situaciones cotidianas, afirman especialistas, genera estrés.

Y es que el desempeño del usuario en el Metro va desde el sprint de los 10 metros planos o la famosa lucha cuerpo a cuerpo para tomar la escalera, primero, y agarrar lugar (sentado) después.

“¿Me permites?, yo también voy a pasar”, le dice una mujer de cabellera china a otra delgada de lentes, quien no cede el paso y avanza para bajar en Chilpancingo.

“No mames”, ya se me hizo tarde, dice un usuario en Puebla. En la misma estación una señora se da por vencida: “ya perdí mi trabajo; es la tercera vez que llego tarde”.

Dentro del tren pocos usuarios ponen atención a lo que los rodea o pierden la mirada en un punto. Van pegados a sus celulares, escuchando música; sentados sobre la articulación del vagón de la Línea 2. Se encierran en juegos como “Piano keys” o en lecturas como “El nazi y el psiquiatra” o “Secretos de una mente millonaria” o, como si faltara tensión a la cosa, en lecturas de diarios de nota roja.

Esa “receta” la aplica Sirenia Antolín Álvarez, quien diario viaja de Culhuacán a las inmediaciones de la Voca 4 (una ocasión pretendió hacer el viaje en auto particular. No le quedaron ganas. Tres horas se tardó).

Cuando viaja en el Metro agarra su libro o escucha música para destensarse de su viaje que ahora “sólo” le ocupa hora y media.

Es consciente de los empujones, que los vagones vayan repletos porque, dice, “ya somos muchas cucarachas en la cocina”.

Gaceta Ciudadana
Por Cristian Núñez
Kevin Ruiz, Ernesto Osorio
y José Antonio Sandoval
Ciudad de México
Viernes 19 de mayo de 2017.


Santiago, Chile— A comienzos de este siglo tres periodistas realizaron, sin saberlo, el mismo proyecto: vivir entre seis meses y un año con el sueldo mínimo, “disfrazándose” de obreros manuales, camareros, lavaplatos, limpiadores.

El colombiano Andrés Felipe Solano publicó 'Salario mínimo'; la estadounidense Barbara Ehrenreich, 'Por cuatro duros', y la francesa Florence Aubenas, 'El muelle de Ouistreham'. En los tres se detalla en primera persona cómo afecta al cuerpo, al ánimo y a la calidad del trabajo el vivir con tan poco, el no tener margen económico para decir ‘no’, el estar permanentemente sujeto a los caprichos del jefe, el comer mal y matarse corriendo detrás de una liebre que siempre corre más rápido.

Hoy los periodistas no necesitamos disfrazarnos de nada para tener la experiencia de vivir con el sueldo mínimo. Y el aprendizaje de las dificultades psicológicas, mentales y físicas de vivir con muy poco que plantean esos libros ahora llega a nuestro gremio y afecta el periodismo que hacemos.

En Hispanoamérica, los sueldos de los periodistas nunca fueron para tirar cohetes, pero con la crisis económica y la crisis de los modelos de negocios de los medios provocada por el auge de internet, la situación se ha deteriorado de manera alarmante.

Hace algunas semanas, el sindicato español CNT publicó un informe alertando sobre la caída de los pagos de medios de España a sus colaboradores. La agencia oficial EFE paga en promedio un poco menos de 20 dólares por crónica o reportaje. El diario El Mundo paga 76 dólares por un artículo para la web; El Economista, casi cien dólares por el contenido que llena una página. Y así en casi todos.

Es menos que lo que se paga por jornada de trabajo en la construcción o la limpieza de edificios. Si se calcula lo que un periodista cuidadoso debe emplear en la confección de un reportaje bien investigado, escrito, editado y chequeado, debería pagarse al menos 200 dólares para que sea compatible con el sueldo mínimo, que en España es de 825 euros (900 dólares) mensuales por 172 horas de trabajo.

En América Latina la situación no está mejor. Los autores famosos ganan más, pero para un periodista que se está abriendo camino, se paga entre 50 y 100 dólares por reportajes o crónicas de unas mil palabras (el tamaño de esta columna).

Cada vez se viaja menos y los hechos que suceden fuera de los centros del poder quedan sin cubrir, bajo un manto de silencio, no debido a la represión y las amenazas de los lobos autoritarios (que también padecemos) sino a la falta de dinero para contar las noticias.

Según un reciente estudio, los periodistas novatos de Colombia cobran un promedio de 400 mil pesos colombianos (136 dólares). Un sueldo medio para los que comienzan raya los 682 dólares. En países con alta inflación como Argentina o en economías deprimidas como las de Centroamérica es un sueño conseguir que paguen 100 dólares por un artículo.

Helena Calle, una joven periodista de Bogotá, calculó su ganancia mensual en “900 mil pesos (307 dólares) por ser periodista, ghost writer, transcriptora, traductora, community manager, contadora, vendedora y asistente editorial. Los jóvenes somos muy baratos”, concluye Calle, “y la mayoría de las empresas tienen filas y filas de practicantes, chicos y chicas recién desempacados de las facultades de comunicación”. Consulté a una decena de periodistas veinteañeros en seis países y las respuestas fueron muy parecidas.

Ante la inestabilidad y angustia del freelance, muchos ven la obtención de un empleo fijo como un sueño realizado. Pero también ha desmejorado la situación de los periodistas “de planta”: según la Asociación de la Prensa de Madrid los sueldos han caído un 17 por ciento en el último lustro y más de la mitad de los empleados de un medio ganan menos de 27 mil dólares al año.

En toda Iberoamérica las plantillas de los principales medios se achican y los despidos están a la orden del día. En Argentina, un conglomerado tan potente como Editorial Atlántida acaba de despedir a 25 trabajadores. En el último año, el poderoso diario Clarín despidió a 180 trabajadores de la redacción y 270 de su planta de impresión. Y otros medios se han sumado a esta tendencia.

Así expresaba el clima general el periodista argentino Juan Pablo Csipka: “Yo me siento un sobreviviente. El llegar y que te digan: ‘No, a partir de mañana no vengas más’ como espada de Damocles. En estas condiciones es que se reclama mayor excelencia y calidad, recargando labores de treinta personas sobre las espaldas de diez”.

La periodista mexicana Cecilia González, corresponsal de la agencia Notimex en Buenos Aires, lleva la cuenta del desastre en su país de adopción: “El año pasado, según el Foro de Periodismo Argentino, perdieron su trabajo mil 499 periodistas o trabajadores de medios de comunicación. Otras organizaciones gremiales elevan la cifra de despidos a entre 2 mil 500 y 4 mil”.

Sin embargo, en este panorama preocupante sigue existiendo un vivero de jóvenes entusiastas que quiere entrar en “el mejor oficio del mundo”, como decía Gabriel García Márquez. Ellos buscan referentes y modelos fuera de los medios tradicionales.

Un ejemplo son los periodistas jóvenes que fundan nuevos medios digitales, donde tratan de implementar un nuevo modelo de negocio con independencia, creatividad y vigor narrativo. En los últimos premios de la Fundación para un Nuevo Periodismo Iberoamericano (FNPI) fueron estos medios, como El Faro de El Salvador o La Silla Vacía de Colombia, los que se llevaron los principales galardones. Medios nuevos como estos atraen a un público cansado del periodismo tradicional y contratan a jóvenes ansiosos de vivir de lo que aman y contar sin cortapisas.

Recientemente, Ignacio Escolar (41 años), el director de uno de estos medios —eldiario.es de Madrid—, inauguró el año académico de la Escuela de Periodismo de la Universidad Alberto Hurtado de Chile. “La gran amenaza del periodismo ya no es cómo se investiga, se escribe o se publica, sino cómo se paga”, les dijo Escolar a un centenar de chicos de entre 18 y 20 años.

Escolar comenzó eldiario.es con 12 periodistas y el presupuesto de su primer año era menos que lo que costó la fiesta de lanzamiento del anterior medio que dirigió, un diario en papel. Hoy tiene más de 60 y cuatro cabeceras en las principales ciudades españolas.

¿Qué futuro le espera a los estudiantes que lo escuchaban? En sus preguntas se notaba el entusiasmo pero también la inquietud. Al presentarlo, Mónica Rincón, la periodista chilena de CNN comenzó citando a Eduardo Galeano: “Sueñan las pulgas con comprarse un perro…”.

En la sala abarrotada, los alumnos de periodismo sabían perfectamente a qué se refería.

The New York Times
Santiago de Chile
Miércoles 17 de mayo de 2017.


Fernando Gómez Echeverry, nacido en Palmira, y autor de “La soledad del cuarto oscuro”, editada por Penguin Random House.Hernán Puentes

La soledad del cuarto oscuro es la cuarta novela del periodista y escritor vallecaucano Fernando Gómez Echeverry, director de las revistas Don Juan y Bocas. Los fracasos y triunfos de un fotógrafo en una ciudad sitiada por la delincuencia son la trepidante historia de una novela que reivindica el trabajo fuera y dentro de las salas de redacción.

El personaje narrador de su más reciente novela es un fotógrafo que quiere emular a Robert Capa. ¿Cuáles fueron las figuras que lo llevaron a usted por el camino del periodismo y de la literatura?

Hemingway, Saint Exupéry, Gabo, su majestad Adolfo Bioy Casares, Salinger, el insuperable Fitzgerald, John Dos Passos, Camus, Capote, Tom Wolfe, Henry Miller, Antonio Tabucchi... en esta novela, sobre todo Tabucchi. La historia de La soledad del cuarto oscuro me llegó hace 20 años. Yo acababa de descubrir a Tabucchi con La línea del horizonte y sentí que necesitaba ese tono, esa delicadeza en las palabras, ese respeto que siente por sus personajes, pero me di cuenta de que todavía no podía escribirla, que todavía no tenía las herramientas para tratar de emularlo; no creo que lo haya logrado: Tabucchi es una cima lejana. Pero por lo menos no me hubiera sentido avergonzado de dárselo, contarle todo lo que su literatura ha significado para mí y pedirle que le regalara una mirada.

El mundo del periodismo –que usted conoce muy bien por ser director de varios medios nacionales– tiene cierto atractivo para los novelistas. En su opinión, ¿cuáles son los rasgos de la condición humana que afloran en las salas de redacción?

El periodismo es pura pasión; el mejor periodismo es visceral, las noticias, las historias, las crónicas, las grandes fotos se sienten, hacen daño o nos dan grandes satisfacciones. Nos persiguen en la noche, nos hablan. No hay nada tan apasionante como hablar con un periodista sobre una historia que todavía no ha escrito; en esas charlas se nota lo que significa una historia para un periodista. Las historias se empiezan a escribir en ese momento; en ese instante se sabe que las personas que entrevistaron van a tener una historia veraz, inteligente y poderosa en el papel, que los hechos que vieron van a quedar para siempre en un archivo. Por eso las salas de redacción –las salas de redacción que respeto y disfruto– son un hervidero de ideas, mucha discusión y mucha terquedad, si no es así, es un lugar sin corazón y no hay periodistas que merezcan ese título.

Además de los trajines diarios del periodismo, su novela deja testimonio de un momento muy peculiar de la historia de Cali: el del ascenso del narcotráfico. ¿Cuál ha sido su relación con esa ciudad? ¿Qué le atrae y le molesta de ella?

Soy vallecaucano, soy de Palmira, sobre todo soy de Palmira, pero soy –de muchas maneras– parte de Cali. Estudié en la Universidad del Valle, soy hincha del Cali, mi vida no está completa si no voy varias veces al año y camino por el centro o por el Oeste, si no compro libros en la Atenas o voy a Salerno. Me gusta ir de arriba abajo por San Antonio, me gusta visitar La Tertulia y comer empanadas en el Obelisco, me gustan los cine-clubes, me gusta llevar a mis hijos al zoológico, mi vida periodística empezó en La Palabra y en El Tiempo-Cali. Me gusta caminar por el Norte a las cinco de la tarde. Y también detesto el narcotráfico y su herencia maldita. En los años noventa me gustaba tomar cerveza en Martin's o pasar la noche en bares alternativos como Plaza Sésamo, nunca estuve en la rumba pesada de la salsa. Y –creo– fui afortunado. En los años noventa, las discotecas eran el lugar favorito de los mafiosos y no era raro terminar con un tiro en el pecho por mirar a la novia de un lavaperros o porque el traqueto de turno decidió que eras una persona indeseable. Los valores se trastocaron. Fueron años en los que el dinero sucio compró todo, lavó todo, pero la ciudad seguía de fiesta con los muertos en el piso.

Usted también ha cultivado la fotografía como expresión estética. Según su experiencia, ¿cuáles son los elementos artísticos que unen la fotografía con la escritura?

Las fotografías y la literatura cuentan historias y crean o presentan personajes en su mayor expresión; no es gratuito que Avedon y Capote hayan hecho un libro juntos y que, en muchas ocasiones, el retrato de Avedon haya sido más preciso. En los últimos hechos me he convertido en un coleccionista de libros de fotografía y también he hecho muchas fotografías. Y lograr una buena imagen es tan difícil como redactar un buen párrafo. Hoy en día vivimos en una producción continua de imágenes y frases: Instagram, Facebook, Twitter... hay millones de imágenes y frases ingeniosas en la red, pero ¿cuántos fotógrafos han superado la muerte del soldado republicano de Capa? ¿Hay tuiteros que puedan superar a Cioran? No digo que estén mal, solo digo que la competencia por la inmediatez le ha puesto un problema más a la capacidad de crear, de ver y de sentir, pero al mismo tiempo ha convertido la escritura y la fotografía en elementos cotidianos en la vida de todos. Yo hago revistas, y esencialmente las revistas presentan imágenes y palabras; creo que son un buen matrimonio. Y me siento cómodo entre ambos.

Su novela se lee en una o dos sentadas. ¿Cuáles son las herramientas que usa para lograr una prosa tan ágil?

Me gusta Joyce, me gusta Beckett, me gusta Faulkner, tengo un par de libros de Gertrude Stein y tengo la colección de obras completas de Pynchon y Malcolm Lowry. Me encanta perderme en sus párrafos cenagosos y densos, pero Hemingway me parece el gran revolucionario de la literatura en el siglo XX. Mi primer puñetazo literario fue El viejo y el mar; recuerdo que estaba en cuarto de primaria, un profesor nos pidió que lo leyéramos, lo leí en una tarde y deliré con las peleas del viejo contra los tiburones. Mi mayor ambición siempre ha sido alcanzar su velocidad. Nadie lo ha logrado, nadie ha logrado que los ojos vuelen sobre las páginas con esa soltura. También envidio la capacidad de Salinger de contar una historia compleja a partir de una situación. Todavía me asombro de todos los mecanismos que tuvo que utilizar en “Levantad, carpinteros, la viga del tejado”. O, para volver a Hemingway, me quito el sombrero ante su capacidad para crear un universo tan complejo en “Por quién doblan las campanas”: 500 páginas para volar un puente, escribir una historia de amor memorable, retratar la Guerra Civil Española y finalmente dejar al lector con las agujas de pino clavadas en el pecho. En fin: creo que todo escritor es una suma de autores. Los míos siempre han sido los mismos: Hemingway, Fitzgerald, Salinger, Capote, García Márquez, Camus, Bioy Casares y tipos como Soriano, ¡qué grande era Soriano! Cada vez que puedo, releo “Triste, solitario y final”.

El Espectador
Ángel Castaño Guzmán
Bogotá, Colombia
Viernes 17 de marzo de 2017.

El ganador de la Medalla al Mérito Académico 2006 falleció anoche a los 90 años

El historiador, escritor, columnista Juan María Alponte falleció anoche a los 90 años, indicó la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM, donde fue profesor de tiempo completo.

El cuerpo del académico, que guio a varias generaciones con sus conocimientos en filosofía, historia, sociología y ciencia política, es velado desde las 8 de la mañana en el Panteón Francés. Posteriormente será cremado, el sábado 5 de diciembre al medio día.

El columnista y colaborador de este diario, cuyo verdadero nombre era Enrique Ruíz García, charló con EL UNIVERSAL sobre sus 45 años de docencia en México, país a donde llegó en 1968, expulsado de España por el gobierno de Francisco Franco.

Articulista en diversos medios de comunicación, Alponte escribía en esta casa editorial la columna "México y el mundo".

El Universal
Ciudad de México
Viernes 4 de diciembre de 2015.

Ángeles Mastretta cumple esta semana 66 años. Hace 30 la escritora de Puebla debutó con ‘Arráncame la vida’. Está entre los que desconfían del Gobierno mexicano

¿Qué está pasando en México?
Tantas cosas, hay tantos Méxicos... Vivo en un México apacible al que llegan como dardos horribles noticias. Es imposible que no oigas al país en el que quieres vivir. Por más que me esconda entre los árboles y los pájaros vivos es un país lacerado, empeñado en la incomprensión.

¿Qué es lo peor de lo que ocurre?
 La idea de que vivo en un país sitiado por la muerte. Cuando se mataban, pero eran narcos contra narcos, podía vivir con eso, en un país en el que hay narcotráfico y eso me daba toda la explicación del por qué: los gringos consumen, nosotros producimos y el Gobierno persigue a los narcos porque EE UU nos impone la persecución. Pero de repente empiezas a ver que EE UU ya no te impone la persecución, legaliza drogas que nosotros tenemos prohibidas mientras aquí nos matamos por ellas.

¿Es sólo la droga la que propicia este vendaval terrorífico?
Es con lo que empezó, lo que jaló la hebra. Supongo que cuando concedes el permiso para matar porque no te queda otro remedio, te das el permiso para matar. Si le dices a tu ejército que puede matar y perseguir a la gente legitimas la violencia en todas partes. Y hay una desconfianza muy seria en el Gobierno. Como la mayoría de la gente pertenezco a los que no confían.

¿No hay buenas intenciones? No creo que nadie se meta a gobernar para ser malo.
Hubo matanzas antes, las hay ahora. No cesa la costumbre de matar. Lo que hay realmente es una guerra; me costó trabajo aceptar la palabra. Primero era una guerra de persecución al narco. Y ahora, en muchos pueblos lo que hay es una guerra civil porque la mitad de los hijos se fueron al narco y la otra mitad no, porque una familia entera se fue y otra no. Y muchísimos pueblos se van quedado vacíos. Cuando llega una banda y lo toma, se van. Una sociedad rota.

¿El odio es la consecuencia o la causa?
 Por esperanzada quiero decir que es la consecuencia, porque de ahí derivo que puede ser fácil acabar con eso. La gente se recupera del odio más rápidamente que en una guerra civil como la española. Creo que incluso en la revolución mexicana el olvido fue más rápido. ¡Cuántos años han pasado desde el franquismo y todavía buscan a los desaparecidos! Cuarenta años después de la revolución mexicana nadie andaba buscando quién había tenido la culpa.

Y ahora el olvido es imposible porque está presente. Y porque hay mucho más empeño en recordar: está pasando en este momento. Les digo a mis hijos que una de las razones por las que me alegro de no estar aquí cuando ellos tengan 45 ó 50 años es que no voy a seguir oyendo que están muertos los que esperaban que estuviera vivos.

¿Es el peor momento de México en su tiempo de vida?
Sí. Tuve una infancia feliz y una adolescencia consternada, pero mi consternación de adolescente fue por constatar que el mundo era más difícil de lo que yo había imaginado. Ahora no se sabe qué puede ocurrir. Yo vivo instalada en el quizá.

Es matar por matar lo que sucede. No, es permiso para matar. Lo que sorprende es la cantidad de gente dispuesta a matar y a morir. Muchísima. Pensábamos que cuando esa gente acabara de matar ya no iba a haber más que quisiera hacerlo... ¡Pero es que ya vamos por 100.000 dispuestas a matar y morir!

¿Qué luz hay en México ahora?
Cuando suena la puerta de casa abro sin preguntar. Creo que esa es la luz: que puedes confiar aún en otros.

El País
Juan Cruz
Ciudad de México
Domingo 4 de octubre de 2015.

Doce periodistas nacionales e internacionales relatan cómo ha sido el oficio al filo de la navaja en medio de un conflicto bélico.

Cuando el periodismo camina en suelos de vidrios rotos el miedo, la censura y la sangre en la tierra son su sala de redacción. El rostro de la noticia, la guerra civil. "En Siria la primavera no ha funcionado, se ha marchitado. Está secuestrada por los fanáticos religiosos del Estado Islámico", reflexiona el periodista Antonio Pampliega sobre el libro 'Siria. La primavera marchita' (2015, Libros.com). Una obra que retrata el sentimiento puro de los reporteros en medio un conflicto de un país al que no pertenecen. ¿Podríamos imaginar un solo día en medio de una guerra civil?

El grupo de periodistas nacionales e internacionales trae la respuesta. Fabio Bucciarelli, Natalia Sancha, Antonio Pampliega, Catalina Gómez y Sergi Cabezas son algunos de los valientes informadores que han desmenuzado "la voz del pueblo sirio" a través de la tinta, las fotografías y el papel. Pampliega asegura que el bastión de las narraciones son las historias de los refugiados que están en medio de una región repleta de barriles explosivos y sublevaciones entre los rebeldes y la maquinaría bélica de un régimen liderado por Bashar al-Asad y fortalecido por el ISIL [Estado Islámico de Irak y Levante].

"Este libro es doblemente importante, porque contamos con voces nuevas que conocen en profundidad la realidad de esta guerra que lleva cuatro años y que se ha convertido en un agujero negro para la información desde la entrada del ISIL. Hemos querido también, dar testimonios al círculo que bordea la dictadura con la historia de Natalia Sanchas", relata el periodista.

Pampliega no se arrepiente de su labor informativa, pero lamenta que el libro sea "poco valorado". "La repercusión por desgracia va ser mínima. Parece que la gente no quiere saber lo que pasa en Siria. Sin embargo, cuando los lectores leen cada línea dicen: ¡Joder!", añade con tono decepcionante.

El ciclo de los relatos periodísticos ha culminado con 'Siria. La primavera marchita'. Gracias a una campaña de crowdfunding ha podido publicarse esta obra, que es la continuación de 'Siria. Más allá de Bab Al-Salam' (2012, Libros.com). Una ONG que trabaja en Oriente recibirá el aporte de los derechos de autor, donado por los 12 periodistas del libro.

Para Antonio Pampliega la paz no existe. Recuerda la lágrima en el rostro de una madre que lloraba por su hijo y que rezaba para que los periodistas en Siria contarán lo que estaba pasando: ésa es su motivación. Teme a la violencia del ISIL. Ha sufrido la pérdida de compañeros como la de James Foley [reportero decapitado en agosto de 2014], por eso titubea ante la idea de volver a Oriente Medio. Añora retratar la reconstrucción del pueblo sirio, porque su compromiso está con ellos. Espera que las 300.000 víctimas de la guerra [de las cuales 8.000 son niños], sean rememoradas a lo largo de la historia. "Desde que el hombre es hombre se ha estado matando. Decía el fotógrafo Gervasio Sánchez: El día que las guerras no sean rentables dejará de haber guerra...", destaca Pampliega.

El Mundo
Ivette Leonardi
Cristina Zueger
Madrid. España
Jueves 14 de mayo de 2015.

Al inicio de la década de los 40s, antes de cumplir los 18 años, Scherer García ingresó al diario Excelsior.

Ciudad de México.- Esta madrugada, alrededor de las 4:30 horas falleció el periodista Julio Scherer García.

El fundador de Proceso, murió de un choque séptico. Llevaba poco más de dos años enfermo, principalmente de problemas gastrointestinales. En abril, cumpliría 89 años.

El 17 de octubre pasado hizo lo que sería su última visita a la redacción que tanto amó.

Al despedirse, a las puertas de las oficinas del semanario que fue su vida durante sus últimos 38 años, dijo a este reportero, los ojos húmedos, que Proceso había costado muchos sacrificios y trabajo y se despidió intentando una sonrisa.

Prometió, un hilo su voz, que regresaría para el aniversario 38 del semanario. Ya no pudo.

Siempre lejos de los reflectores, renuente a las entrevistas, fiel a su estilo de vida, sus funerales serán privados.

Al inicio de la década de los cuarentas del siglo pasado, antes de cumplir los 18 años, Scherer García ingresó al diario Excélsior. Tuvo una carrera fulgurante. Inició como mandadero de la redacción y unos días antes de cumplir los 22 años ya publicaba en el vespertino Últimas Noticias y un año después en Excelsior, en cuyas páginas se pueden encontrar notas, entrevistas y reportajes bajo su firma, de septiembre de 1949 a abril de 1976.

Julio Scherer asumió la dirección del entonces el diario más importante del país, a los 42 años, el primero de septiembre de 1968. Desde esa posición, acabó confrontado con los presidentes Gustavo Díaz Ordaz (1964-1970) y Luis Echeverría (1970-1976).

A su salida de Excelsior, el 6 de junio de 1976, luego de una maniobra orquestada desde la presidencia de Echeverría, junto con decenas de compañeros de aquel diario fundó el semanario Proceso, cuyo primer número apareció el 6 de noviembre de 1976.

Scherer García, quien asumió la dirección de Proceso a los 50 años, nunca dejó la actividad reporteril. El 7 de diciembre de 2014, un mes antes de su muerte, de 88 años, publicó su último texto a propósito del fallecimiento del también periodista y escritor, su amigo, Vicente Leñero.

Considerado el mejor periodista mexicano de la segunda mitad del siglo pasado y de lo que va del actual, Scherer García estudió la carrera de derecho y de filosofía en la UNAM, pero pronto acabó por dirigir todos sus esfuerzos a lo que sería su máxima pasión: el periodismo.

No hubo tema que no tocara: pobreza, menores de edad, desastres, tragedias, conflictos estudiantiles, protestas laborales, religión, grilla política, asuntos internacionales, pintura, literatura y las artes en general, aunque el de la corrupción gubernamental aparece como una constante.

Bajo su dirección, Proceso publicó portadas memorables como aquella titulada El hermano incómodo, del 19 de noviembre de 1994, acompañada de una foto del recientemente exonerado Raúl Salinas de Gortari.

O esa de La casa de Durazo en el Ajusco en julio de 1983, sobre las corruptelas del que fuera jefe de la policía capitalina en el sexenio de José López Portillo, junto a otro reportaje sobre El Partenón, una narco mansión construida para ese siniestro personaje en Zihuatanejo, Guerrero.

Recordada también es la portada de enero de 1983 con el título El refugio de López Portillo en Acapulco, cuyo reportaje en interiores se destacó curiosamente con la cabeza: Una casita blanca de 2 millones de dólares en Puerto Marqués.

El 8 de enero de 1994, el país en un hilo por la declaración de guerra del Ejército Zapatista de Liberación Nacional, en la redacción de Proceso se recibió una invitación del EZLN dirigida a Scherer García para que este, junto con la Premio Nobel, Rigoberta Menchú y el obispo Samuel Ruíz, fungieran como intermediarios ante la eventualidad de un diálogo con el gobierno.

La respuesta del entonces director de Proceso lo pintó de cuerpo entero:

“Agradezco la inclusión de mi nombre al lado del obispo Samuel Ruiz y de la señora Rigoberta Menchú. Sin embargo, mi condición de periodista me obliga a la imparcialidad, difícil de sostener en la doble condición de mediador y cronista de los acontecimientos que vivimos. Debo, pues, cumplir exclusivamente con las reglas de mi profesión”.

Julio Scherer García escribió un total de 22 libros entre 1965 y 2013. Después del primero, titulado Siqueiros: La Piel y la entraña (1965) (FCE 2003), debieron pasar 19 años para publicar el segundo, el inolvidable Los Presidentes (Grijalbo 1986).

El director fundador de Proceso y hasta su muerte, presidente del Consejo de Administración de CISA, la empresa que edita el semanario, se ocupó en sus libros de expresidentes, de la matanza de Tlatelolco, de las cárceles, de sus más renombrados presos, de los presidentes de Chile, Salvador Allende y Augusto Pinochet, y de temas como el de los secuestros y la delincuencia de menores de edad, así como en un par de ellos, a su vida, su única, de periodista.

Después de Los presidentes escribió:

El poder: historias de familia (Grijalbo 1990); Estos años (Océano 1995); Salinas y su imperio (Océano (1997); Cárceles (Alfaguara 1998); Parte de Guerra, en coautoría con Carlos Monsiváis (Aguilar 1999); Máxima seguridad (Random House Mondadori 2001); Pinochet, vivir matando (Alfaguara 2000 y Nuevo Siglo-Aguilar 2003); Tiempo de saber: Prensa y poder en México, en coautoría con Carlos Monsiváis (Aguilar 2003); Los patriotas. De Tlatelolco a la guerra sucia (Nuevo Siglo Aguilar 2004); El perdón imposible (FCE) (Versión ampliada de Pinochet, vivir matando); El indio que mató al padre Pro (FCE 2005); La pareja (Plaza & Janes (2005); La terca memoria (Grijalbo 2007); La reina del Pacífico (Grijalbo 2008); Allende en llamas (Almadía 2008); Secuestrados (Grijalbo (2009); Historias de muerte y corrupción (Grijalbo (2011); Calderón de cuerpo entero (Grijalbo 2012); Vivir (Grijalbo 2012) y Niños en el crimen (Grijalbo 2013).

Scherer García recibió en 1971 el premio María Moors Cabat y en 1977 fue reconocido como el periodista del año por Atlas Word Press Review de Estados Unidos.

En 1986 se le entregó el premio Manuel Buendía 1986 y dos años después rechazó el Premio Nacional de Periodismo, que en ese entonces entregaba el presidente de la república en turno.

En 2001 recibió el reconocimiento Roque Dalton y en el 2002, quizá el reconocimiento que más lo conmovió: el Premio Nuevo Periodismo CEMEX-FNP, promovido por el escritor Gabriel García Márquez, en la modalidad de homenaje.

Un año después, aceptó el Premio Nacional de Periodismo, cuando su organización y entrega se había ciudadanizado.

Ya el 20 de marzo de 2014 recibió el grado de Doctor Honoris Causa de la Universidad Autónoma Benito Juárez de Oaxaca.

Y el 3 de octubre pasado, otorgada por el Proyecto Cultural Revueltas, recibió la medalla John Reed por su trayectoria periodística y sus contribuciones a la libertad de expresión.

Inhuman los restos de Julio Scherer en el Panteón Francés

Los restos de Julio Scherer García, fallecido la madrugada de este miércoles, a los 88 años de edad, fueron inhumados la tarde de este miércoles (16:00 horas, tiempo local) en el Panteón Francés de San Joaquín, al noroeste de la capital del país.

Quien es considerado uno de los baluartes del periodismo mexicano, merced su trabajo al frente del diario Excélsior y, posteriormente de la revista Proceso, fue acompañado en esta última travesía por su familia, entre ella sus hijos Julio, María Esther y Gabriela; amigos, colaboradores y periodistas.

La ceremonia de velación fue íntima y duró no más de tres horas. Los restos de don Julio resposan en la tumba 27-241, junto a los de su esposa, Susana Ibarra.

Previamente, los restos del periodista fueron velados también en el Panteón Francés. Aunque se anunció que sería un acto familiar, a las exequias acudieron amigos y colaboradores del fundador del semanario Proceso, así como periodistas y trabajadores de esta revista y periodistas de otros medios.

Entre los personajes de la política que asistieron figuran Francisco Labastida, ex gobernador de Sinaloa y candidato a la Presidencia de la República en 2000, Porfirio Muñoz Ledo, Genaro Borrego y José Narro, rector de la UNAM, quien anunció que, previo acuerdo con la familia, la máxima casa de estudios le ofrecerá un homenaje al periodista.

Proceso / La Jornada
Alejandro Caballero
Ciudad de México
Miércoles 07 de enero de 2015.

Gonzalo Álvarez del Villar              

Querido y entrañable Vicente:
         
En 1976 llegó el golpe a Excélsior y, poco tiempo después, en Los Periodistas, consignas que fui yo quien te habló en aquella infame amanecida del 8 de julio para informarte que había sido quitada, a la mala, la página signada por los editorialistas y que Regino Díaz Redondo nos daría el golpe. Minutos después llegaste y lo demás es historia.

Hay personas y momentos fundamentales en la vida de cada individuo que, con una actitud, con un consejo, determinan tu camino.

Así me sucedió contigo, Vicente.

En el ya lejano 1972, cuando empezaste a dirigir Revista de Revistas, de Excélsior, te pedí, a mis inexpertos 18 años, trabajo. Bien podías haberme bateado –utilizando una expresión del deporte que te encantaba– o decirme que estaba haciendo teatro –por utilizar un término de otra de tus pasiones– o de plano darme largas. Pero no, en cambio me pediste un tema.

–Cuánto le costó cada gol al América, te respondí.

Te me quedaste viendo con esa larga, profunda mirada. Y la respuesta:

–Hecho, en una semana lo quiero aquí.

Trabajo me costó, pero finalmente entregué el texto, el cual se publicó con cierta notoriedad en nuestra Revista de Revistas.

Ahí cambió mi destino.

Después llegaron más órdenes y el sufrir, el mío y el tuyo, después de cada entrega:

Te recuerdo inclinado sobre la mesa, atacando un escrito. El codo recargado en la mesa y con la mano izquierda mesándote el cabello, suspirando, mientras que la derecha enarbolaba un plumón negro con el que reescribías sobre el texto escrito en máquina de escribir. A un lado el cenicero, rebosante de colillas. Hacías pedazos mis textos.

A tu lado, en silencio, veía como rehacías el documento. Y al final sólo me lo extendías, con la instrucción:

–Rehazlo.

Y ahí me ponía yo, teclazo a teclazo, a volver a escribir lo que dictaba el plumón, con tu letra clara, totalmente legible. Al acabar regresaba contigo. Le dabas una rápida leída. Y lo aprobabas.

No sabes, Vicente, maestro, que ahora, a la distancia, con qué gusto recuerdo esos momentos y más aún cuando te entregué un texto con el campeón mundial de squash, un hindú. Lo leíste de jalón, ya sin el plumón en ristre. Eran cinco cuartillas. Lo acabaste y lo tiraste al cesto de la basura. Me dejaste helado. Carcajada de por medio lo rescataste del cesto y me lo diste.

–Está muy bien, muuuy bien y el final excelente, me dijiste, haciendo referencia al remate: y el nombre del juego responde al sonido onomatopéyico que produce el golpe de la raqueta con la pelota: squash, squash, squash…

No sabes, querido Vicente, como me diste seguridad después de ese texto.

Y luego vinieron más. Las correcciones se redujeron. Las órdenes, variaron. Rememoro una con un mago: Blackaman, que llegué contentísimo después de hacerla. La escribí con gusto, describiendo sus actos, a su ayudante, al público. Entré a tu despecho. Te la entregué. La leíste, hiciste unos apuntes y la instrucción.

–Vas a volver con Blackaman y le vas a preguntar esto, esto y esto. La nota es buena, sólo buena, que te responda éstas otras preguntas y quedará mejor.

Ahí, otra clase de periodismo.

Eras muy poco afecto a felicitar de viva voz a tus reporteros. Pero había señales. Cuando alguno te entregaba un buen artículo lo premiabas con un presente. El primero que me diste, lo recuerdo como si fuera ayer. Al regresar de una comida con el inolvidable Hero Rodríguez Neumnann, te acercaste a mi escritorio y me extendiste un libro.

–Éste es otro clásico de novela negra, me dijiste sabiendo mi gusto por un género que compartíamos: La Llave de Cristal, de Dashiel Hammett. Luego hubo otro presente: La Mirada del Adiós, de Ross MacDonald, pseudónimo de Kenneth Millar.

Y luego llegaron más libros. Pláticas respecto a la novela negra. Y yo, libro que te quería regalar, o bien ya lo habías leído o lo tenías en tu biblioteca para leerlo en fecha próxima. Hasta que hallé uno: El Secuestro de la Señorita Blandish, de un prolífico escritor inglés de novela negra, que en su vida estuvo en Estados Unidos, James Hadley Chase, y que todas sus novelas las ubicaba en EU.

La novela te encantó, me pediste más de ese autor, pero no te satisficieron. “Muy simplonas, con una gran velocidad, sí. Y algunas tramas son buenas, pero no muy trabajadas”, me dijiste cuando te entregué otro libro. Otra enseñanza: trabajar más a fondo un asunto.

Maestro al fin, me pediste que diagramara una primera plana de Revista de Revistas y otra del diario. Como pude te entregué unos bosquejos mal hechos. Y tu pregunta:

– ¿De dónde te los fusilaste?

–De ningún lado. Me los inventé. ¿Crees que si me los hubiera fusilado estarían así de malos?

–No hay nada de malo en copiar. Así se aprende y luego agarras tu propio estilo.

Una lección más.

Llegó 1974 y el Mundial de Futbol, en Alemania. Te pedí autorización para pedirle a Julio Scherer la oportunidad de estar en la redacción de deportes, ante la ausencia de los reporteros que ya estaban en Europa. Me lo concediste.

En un principio Julio no quiso, pues –me dijo– “tu padre va a dirigir la sección… y es complicado una relación familiar y profesional…”

–Entonces mándame a la Primera de Noticias, le reviré.

–Déjame pensarlo, me dijo Julio.

Con el tiempo supe, Vicente, que Julio te pidió consejo. Y tú diste el aval para que trabajara con Pedro, mi padre, y realmente, fue una delicia. Conocí a Manuel Seyde, a Paco Ponce, a su padre, Fausto, el 'Brujo',  Miguel Aguirre… Y la experiencia siguió. Después del Mundial me quedé en deportes, pero siempre colaborando con RR y con tus consejos:

–Investiga, Gonzalo, profundiza. No te quedes en la superficie. Investiga, pregunta, lee, escribe…

Una lección más.

La dispersión de la vida nos separó. De vez en cuando te hablaba para pedirte consejo, yo ya trabajando en ‘unomasuno’ y luego en dependencias públicas.

Cuando el campeón mundial de ajedrez, el ruso Veselin Topolov, vino a México en 2006 anunció una exhibición de simultáneas en la Casa del Lago. Supe que estarías ahí como uno de sus múltiples rivales, no me lo podía perder. Te derrotó en 15, 16 jugadas. Pensativo, iniciaste el camino a casa. “Pensé que duraría más”, confesaste. Y para levantarte el ánimo te dije:

–Vicente, la verdad, la verdad…, lo tuyo es la literatura, el periodismo, no el ajedrez.

Sólo sonreíste. Y me retaste a un duelo. “Te voy a ganar, como siempre”, te dije para picarte. No caíste y la partida quedó en promesa, sólo en eso.

Generoso como siempre lo fuiste, cuando te pedí, primero, que le dieras una leída a mi novela (Susana te Llama) accediste de buena gana, pero pasaron meses sin respuesta. “A lo mejor ni le gustó”, me dije.

Por esa época publicaste La Vida que se va, una novela que dice más o menos qué sucedería si a una persona se le ocurre atravesar la calle en una esquina y no en otra. Y de repente choca con quien será el amor de su vida. Y, si siguió de frente en la calle, se encontró a un vendedor de lotería que le dio el premio gordo…

–Excelente tu novela, Vicente, te dije por teléfono.

–Qué, ¿ya la leíste?, me preguntaste.

–Claro, de jalón en dos, tres días.

–Cabrón…

–…

–Sí, ya no jodes. A mí me costó casi dos años en escribirla y te la lees en tres días… No tiene madre. Je je je.

Días después recibí tu llamada.

–Tenemos que vernos.

Establecimos lugar, día y hora.

Bajo el brazo traías el original de mi novela. Nos sentamos, pedimos café. Tuvimos una larga charla. Me diste unos consejos más. La novela te gustó y meses después me hiciste el honor de presentarla en la Sala Adamo Boari, en Bellas Artes, inmueble donde el jueves 4 de diciembre se te hizo un homenaje póstumo.

Fuiste espléndido en tus comentarios. Y al final de la presentación otro consejo: “ya deja a un lado todo el asunto ése de la dizque comunicación social, ponte a escribir, o regresa al periodismo”.

El tiempo, nuevamente, estuvo de acuerdo contigo. Regresé a mi origen: al periodismo.
Lamento que al pasar la vida no haya tenido más tiempo que dedicarte. Lamento tu partida, como amigo, como un ser que siempre me tendió la mano cuando te necesité. Pero también me duele tu partida porque contigo se va una voz lúcida, critica, de ésas que ya escasean. Juicioso, claro, conciso.

Y hoy, Vicente, no te digo adiós, porque decir adiós es morir un poco. Hoy te digo hasta pronto, hasta siempre...

Gonzalo Álvarez del Villar
Agencia Quadratín
Ciudad de México
Viernes 5 de diciembre de 2014.

El periodista, dramaturgo y guionista mexicano Vicente Leñero falleció este miércoles, a los 81 años de edad, informó el Conaculta.

Familiares expresaron a REFORMA que, aunque hoy no habrá ningún acto público, el escritor será homenajeado mañana al mediodía en el Palacio de Bellas Artes.

"Lamentamos el sensible fallecimiento de Vicente Leñero, uno de nuestros grandes intelectuales: dramaturgo, narrador y periodista congruente", publicó en Twitter el presidente del Conaculta, Rafael Tovar y de Teresa.

Perfil de Vicente Leñero

Vicente Leñero y Otero, nació en Guadalajara, Jalisco el 9 de junio de 1933

Novelista, guionista, periodista, dramaturgo e ingeniero civil mexicano.

En 1959, se graduó en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) como ingeniero civil, pero su interés, facilidad e ingenio para la escritura fue lo que con el tiempo lo convirtió en uno de los periodistas más destacados en México, incluso como un ejemplo con su obra, para quienes se inclinaron por la profesión del periodismo.

En 1961, publicó la novela La voz adolorida, con la que retrata el realismo psicológico de sus primeros escritos.

Con Los albañiles (1963), ganó el Premio Biblioteca Breve, la cual destaca por su estructura compleja y simbolismo. En ella narra la historia de un velador en una construcción.

Su incursión al teatro

Leñero inició el teatro en 1970 con la adaptación de su novela Los albañiles; siguió con guiones como La carpa (1971) y Los hijos de Sánchez, de Oscar Lewis (1972).

Dos de sus trabajos notables fueron “Pueblo rechazado” y “El juicio”, considerados como precursores del género documental del teatro en México.

Literatura documental

La gota de agua y Asesinato: el doble crimen de los Flores Muñoz, entre otros libros, fueron obras que Leñero encumbró en la década de los 80.

El cine también fue tocado por Leñero

Para el séptimo arte, Vicente Leñero fue guionista de la cinta El crimen del padre Amaro (2002), que por su contenido, es considerada una de las películas mexicanas más polémicas y exitosas. Leñero adaptó la novela homónima de Eça de Queirós al México contemporáneo.

Participó en el guion de la película El garabato (2008), basada en una obra suya de nombre homónimo.

Periodista de tiempo completo

Vicente Leñero publicó crónicas, notas, artículos y colaboraciones en el periódico Excélsior y en las revistas Claudia y Proceso.

Dirigía el taller literario “Sólo los Jueves” en la Sociedad General de Escritores de México.

Premios y galardones

El 11 de marzo de 2010 fue nombrado miembro de número de la Academia Mexicana de la Lengua. Tomó posesión de la silla XXVIII el 12 de mayo de 2011 con el discurso "En defensa de la dramaturgia”.

El 21 de septiembre de 2011 fue galardonado, junto a José Agustín, con la Medalla Bellas Artes de México que otorga el Instituto Nacional de Bellas Artes (INBA)

Reforma / Excélsior
Ciudad de México
Miércoles 3 diciembre de 2014.

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El mundo es comprendido por el paradigma, es la forma por la cual es entendido el mundo, el hombre y por supuesto las realidades cercanas al conocimiento.

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