René Delgado
    
 
Qué absurdo. En el marco de la polarización y la ausencia de un debate serio y, aún bajo la amenaza creciente de una recesión, se pierde tiempo valioso y se reniega de la política.

De un lado, algunas demandas que hoy reciben atención y encuentran respuesta son cuestionadas, cuando no repudiadas, por quienes las abanderaban. Tal es el rechazo que se intenta deslegitimar, obstaculizar o frenar al gobierno, al tiempo que -en otro absurdo- se le exige actuar.

De otro lado, cuando algún cuadro de Morena o funcionario del gobierno presta oído a posturas serias y sustentadas, distintas a la oficial, o propone recalibrar acciones, los radicales de la Cuarta Transformación se le van encima. Le reprochan dialogar con quienes no hay por qué hablar, así tengan algo que aportar, o no actuar con el debido fervor y disciplina.

Ciertamente, el modo presidencial -más mesurado estos últimos días- no siempre contribuye a distender o relajar esa atmósfera que, a la postre, dificulta dinamizar la política y la economía en beneficio del país. Comoquiera, en la tensión y confrontación prevaleciente, se advierte un problema de más fondo: hay quienes resisten la consecuencia política derivada de la elección y hay quienes consideran que, instalados en el gobierno, no hay por qué escuchar críticas ni sugerencias.

Si en lugar de buscar un entendimiento se siguen tendiendo zancadillas, el tropiezo lo sufrirá no sólo el gobierno, también el país en su conjunto. Cambiar sin cambiar es una ilusión insostenible.

Abarátese la democracia, pero sin reducir su costo. Desde hace años, muy diversos sectores han cuestionado el costo de la democracia mexicana, el monto de las prerrogativas destinadas a los partidos y el gasto del Instituto Nacional Electoral. Hoy que los morenistas Tatiana Clouthier y Mario Delgado formalizan la intención de reducir a la mitad el financiamiento público de los partidos, quienes ayer reclamaban hacerlo resisten la idea. Pretextan infinidad de motivos para no recortar las prerrogativas, siendo que éstas -por su monto creciente-, lejos de fortalecer, debilitan la relación partidos-ciudadanos y no garantizan que los partidos no echen mano de fuentes indebidas de financiamiento. ¿Cómo justificar que faltando recursos para atender necesidades fundamentales y en el marco de una política de austeridad todos pongan, menos los partidos?

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Combátase la corrupción y la impunidad, pero sin llevar gente a prisión. Ante la decisión de vincular a proceso con prisión preventiva justificada a Rosario Robles por el ejercicio indebido del servicio público que provocó daños por más de cinco mil millones de pesos al erario, aflora la especie -alentada por los abogados defensores- de que se está ante una presa política y no frente a una política presa. Más allá de las pifias cometidas por la defensa de Robles, se entiende su postura, el afán de politizar la justicia, pero no la de muchos personajes que, habiendo reclamado una y otra vez acabar con la impunidad, hoy cuestionan el encarcelamiento de Robles. ¿Qué hubiera pasado si vinculada a proceso en libertad, la ex secretaria se da a la fuga, tal como lo hizo su compañero de gabinete Emilio Lozoya?

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Resístase el neopresidencialismo, pero repúdiese la revocación de mandato. Teme el dirigente de la Coparmex, Gustavo de Hoyos, que en la figura de Andrés Manuel López Obrador se esté forjando un "presidencialismo neoimperial", dada la reconcentración de poder en el Ejecutivo. Sin embargo, y como los partidos opositores, se pronuncia contra la revocación del mandato porque, dice, México tiene como un activo político el que, aquí, "los presidentes empiezan cuando tienen que empezar y terminan cuando deben de terminar" (Entredichos del 12 de agosto). ¿Entonces, todo se reduce a un juego de zancadillas? Si el temor es de tal magnitud, la reacción debería ser de igual dimensión.

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Qué necesidad de dialogar, ni qué nada. El secretario de Hacienda, Arturo Herrera, desayuna con dos predecesores, José Antonio González Anaya y José Antonio Meade, quienes son vistos al salir de Palacio Nacional. Se abre el concurso de especulaciones en torno al motivo del encuentro y, lo peor, algunos acólitos de la Cuarta Transformación le exigen a Herrera rendir cuentas sobre lo conversado. ¿Dónde queda la política?

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Valorar la acción antes de actuar. El diputado morenista Alfonso Ramírez Cuéllar, presidente de la Comisión de Presupuesto, viene haciendo recomendaciones tanto en relación con el gasto, las finanzas, los recortes y algunas acciones de gobierno proponiendo alternativas para evitar precipitaciones o sacudimientos. Su opinión no encuentra eco y sí, en cambio, algunos correligionarios, de pronto, descalifican su proceder.

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El listado de contradicciones o posturas radicales como las referidas podría extenderse. El punto es que sostener ese tono en la relación de los distintos actores y factores de poder puede no sólo frustrar la urgente y evidente necesidad de transformar al país, sino también colocarlo en una situación aún más compleja.

No se puede condicionar el reconocimiento del Ejecutivo a partir de la exigencia de continuar, sin corrupción y del mejor modo posible, la política económica seguida durante los últimos años. No se postuló para ello ni fue electo para eso. No puede el mandatario, con todo y su legitimidad, desconocer a los factores que inciden en el crecimiento y desarrollo del país si quiere transformarlo.

El viento de una recesión sopla cada vez más fuerte, es menester trabajar en favor de un entendimiento que permita encarar el posible vendaval, sin perder la gran oportunidad de reponer el horizonte.

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Reforma
Sobreaviso
René Delgado
Ciudad de México
Sábado 17 de agosto 2019.


Jesús Silva Herzog Márquez

Se nos invita todas las mañanas a presenciar una ceremonia delirante. No creo que haya manera de describirla de otra manera. Lo que comenzó como un audaz compromiso de comunicación se ha convertido en una inquietante exhibición de incoherencias y agresiones. El presidente de la república encara a los medios para enlazar disparates con insultos. Las obsesiones de siempre se combinan con la ocurrencia del instante. En reflejo a una pregunta se toman decisiones, se contradice a los colaboradores, se niegan los hechos más evidentes. El presidente divaga, vuelve a contar la anécdota que ha contado mil veces, repite por enésima ocasión algún fragmento de la historia de bronce que tanto le entusiasma. Machaca el manojo de sus frases fijas. Evade cualquier pregunta incómoda. Si aparece un cuestionamiento serio sobre sus responsabilidades de gobierno, el presidente huye con más descaro que habilidad. Sus evasivas se han vuelto francamente grotescas: quien cuestiona es borrado de inmediato como un interlocutor digno. La intolerancia frente a la opinión discrepante se escenifica todos los días. No se muestra en esos espectáculos del disparate a un presidente tan seguro de su paso que puede polemizar con soltura y con respeto, que puede defender sus decisiones con argumentos sólidos y pruebas persuasivas. Lo que vemos es a un presidente voluntariamente ciego. Un político decidido a no ver más que lo que le gusta y a no escuchar más que piropos.

Si, como creo, eso que se retrata en las conferencias de mañana refleja un estilo de gobierno y no solamente una rutina publicitaria, hay razones para estar muy preocupados. Preocupante el teatro de todos días porque no hay orden en el activismo presidencial, porque no se percibe ese sentido de límite que funda la prudencia; porque se confiesa rutinariamente el desprecio por la ley, la experiencia, el conocimiento técnico y los datos; porque no se muestra un deseo honesto de cotejar el proyecto con su impacto. Se nos receta un optimismo cada vez más hueco. Se insiste en proyectar un ánimo celebratorio que se separa cada día más de la experiencia. El festejo presidencial de un crecimiento imperceptible es una de las mayores pruebas de esa desconexión entre un discurso festivo y una realidad amenazante. Estamos muy contentos, dijo, con el reporte que registraba un crecimiento infinitesimal. Vamos muy bien. Se despeja el miedo. El crecimiento microscópico bastó para fundar la alegría presidencial porque era, en realidad una manera de burlarse de los expertos que se equivocaron--por una micra. El atolladero es celebrable si sirve para desacreditar a los tecnócratas.

El presidente más popular del que tengamos memoria, el político más cercano a la gente parece, al mismo tiempo, el más hermético. Ahí la paradoja de su cercanía popular: rodeado de gente, el presidente se aísla de la realidad. Desconfiando de todos los instrumentos de medición, descartando por principio cualquier advertencia de riesgo, creyendo ciegamente en su sensibilidad infalible, el presidente se recluye en sí mismo. Se empeña en recordarnos que está de buen humor, que está de buenas. Así, rompe brújulas y termómetros porque esos instrumentos no registran la temperatura moral ni el sentido de la historia. Por fortuna el esclarecido dirigente nos lo revela todas las mañanas. Lo conocemos impermeable a cualquier crítica, pero se nos ha mostrado también, y de manera muy clara, como un político hermético a la información que su propio gobierno genera. Lo ha vuelto hacer en estos días, contradiciendo, nuevamente, a la Secretaría de Hacienda. "Yo tengo otra información."

El presidente corroe a su administración. Cada mañana toda la estructura del gobierno federal se pone a temblar. ¿A qué oficina lanzará a una tarea imposible? ¿A qué funcionario exigirá lo que no le compete? ¿Qué ocurrencia romperá el ritmo de una decisión pública? ¿Y qué quiere decir esa instrucción presidencial que pide elegir la justicia por encima de la ley?

*

Tal vez deba dedicar una línea al artículo que firma Álvaro Delgado en el número más reciente de Proceso. No tengo ninguna participación en el proyecto "Alternativa por México" que, de acuerdo al reportaje, coordina Coparmex.

Reforma
Jesús Silva Herzog Márquez
Ciudad de México
Lunes 5 de agosto de 2019.


Jesús Silva Herzog Márquez

El sábado reciente La jornada publicó una carta de los escritores David Huerta y Verónica Murguía. Responden a Marx Arriaga, director general de Bibliotecas del gobierno federal, quien comentó que la última dotación al acervo había sido en el 2012, "muchas veces con cierta carga ideológica, porque había textos de Héctor Aguilar Camín y Enrique Krauze." Transcribo el núcleo de la carta, porque merece la máxima difusión. "Hemos leído los libros de esos dos autores y tenemos nuestra opinión sobre ellos; pero eso no es lo importante: lo importante son las insinuaciones sobre la supuesta inconveniencia de esa "carga ideológica" en algunos "textos." Eso apunta directamente a las vocaciones centrales de los censores e inquisidores de cualquier tiempo y lugar: la persecución y represión del pensamiento libre, incluido, naturalmente, el pensamiento de quienes no piensan como los gobernantes. (...) (R)esulta siniestra la vocación fascistoide de las declaraciones de Arriaga, un funcionario que traiciona la esencia del trabajo de un auténtico bibliotecario: velar por los libros y por el conocimiento, incluido los "textos" con cuyas ideas no comulga."

Lo que Huerta y Murguía describen como vocación inquisitorial va mucho más allá de los estantes. Esa velada intención de depurar el acervo bibliográfico de la nación del gorgojo literario muestra el deseo de sanear ideológicamente al país. Ese es el sello intelectual de este gobierno. Que las letras, la ciencia, el arte y la prensa se afilie decididamente a lo que llaman cuartatransformación. Cumplir el deber histórico es suscribir el anuncio de la nueva era, fustigar los horrores del pasado y las miserias de los enemigos. Se trata, es cierto, no de la proscripción de las ideas distintas, sino de un hostigamiento activo y permanente que comienza con la misa de todas las mañanas.

Son tiempos de definiciones, dice el presidente. Y sólo hay dos sopas. No hay creación intelectual, esfuerzo científico o trabajo periodístico al margen de la epopeya en curso. No lo piensa solamente en términos políticos. Está convencido de que su liderazgo lo imanta todo. La disyuntiva le parece inescapable. Si no estás conmigo, es decir, si no estás con la Historia, estás en contra de la justicia, de la verdad y de la patria. Si no estás conmigo estuviste con los conquistadores y con Maximiliano, con los huertistas y los corruptos del neoliberalismo. Por eso la prensa debe respaldar su proyecto. ¡Portarse bien! Celebrar al presidente para recibir, del magnánimo tutor, la estrellita en la frente.

En el ámbito de la ciencia se percibe también el embate de esta perversa noción de compromiso. De los brutales recortes a la ciencia se ha hablado mucho. La prestigiosa revista Science dedica a ello un artículo reciente que muestra una preocupación en la comunidad científica internacional por lo que sucede aquí. Pero el problema no es solamente la tijera sino la ideología. En el portal de la misma revista puede leerse un artículo de Antonio Lazcano, uno de los científicos más admirados en el país, quien, además de advertir de los peligros de la asfixia presupuestaria, nombra la amenaza de la politización. Al Conacyt le han montado una hache por ahí, pero, tal vez habría que agregarle una I: Concejo Nacional de Ciencia y Tecnología Ideológica: Conacyti. Ciencia y tecnología, siempre y cuando sirva a la retórica del antineoliberalismo. La directora de ese organismo ha replicado la política pendenciera del presidente de la república. A su juicio, la ciencia mexicana necesita emanciparse de la perversa hegemonía de la ciencia occidental. Dejar atrás la ciencia neoliberal. Por ello habría que pensar de nuevo si nuestros científicos deben salir al extranjero a continuar su formación académica. Mejor quedarse aquí. En las universidades europeas y norteamericanas podrán estar la investigación de punta, las revistas más exigentes y las nuevas patentes, pero son, no debemos olvidarlo, nidos de pensamiento colonial.

El maniqueísmo presidencial quiere dejar su huella en todas partes. Pretende que su belicismo lo inunde todo. Sustituir la complejidad del pluralismo por la simpleza de un mundo binario y remplazar los aprendizajes de la conversación con la fogosidad la cruzada.

Reforma
Jesús Silva Herzog Márquez
Ciudad de México
Lunes 29 de julio de 2019.


Pablo Gómez

Algunos portavoces de las oposiciones dicen que Morena quiere eliminar a los organismos electorales de las entidades federativas y empezar a nombrar nuevos consejeros del INE con el fin de apoderarse de todo el andamiaje. Es fácil entender que piensan como antes y creen que los demás son como ellos eran.

Vale, entonces, empezar a poner los puntos sobre las íes. El INE cuenta con un órgano de gobierno que es el Consejo General, integrado por once personas designadas por la Cámara de Diputados. Casi todos los partidos han tenido y/o tienen uno o varios consejeros con voto porque negociaron los nombramientos. No es el caso de Morena, quien no tiene absolutamente a nadie, su registro es el más reciente entre los partidos que hoy están presentes en el INE. Mal haría, por tanto, como nuevo partido gobernante, en buscar la reproducción de los vicios del viejo sistema.

La existencia de un Consejo General con representantes virtuales de los partidos fue considerado necesario como instrumento de equilibrio y escenario de negociaciones entre los contendientes en sede administrativa electoral. Si acaso ese órgano fue alguna vez útil, ahora ya es innecesario: ningún partido debe tener agentes con voto en el INE.

Parte de la solución consiste en desaparecer el Consejo General y conformar la Junta General Ejecutiva como instancia exclusivamente técnica y profesional. Las autoridades electorales no deben ser políticos disfrazados sino especialistas imparciales.

La Junta tendría que seleccionarse, mediante concursos, entre los técnicos más capacitados y probos. Se acabaría así el reparto de lugares entre algunos partidos con los consiguientes compromisos que afectan la imparcialidad.

Además, es preciso señalar que la mayoría de los acuerdos del Consejo General sobre temas relevantes son resueltos finalmente en el Tribunal Electoral. Cualquier resolución o acción de los integrantes de la Junta o de toda ella como cuerpo colegiado seguiría siendo ventilada en sede jurisdiccional. Esto quiere decir que ya no es necesaria una instancia política para el supuesto diálogo entre los contendientes.

En este marco, resulta también innecesario que las entidades federativas cuenten con organismos electorales cuyos integrantes son ahora designados por los consejeros electorales del INE, los cuales a su vez negocian entre sí y en función de sus querencias partidistas. Los nombramientos de los miembros de los llamados Oples han sido eminentemente políticos y, por tanto, estrictamente negociados.

En el mismo sentido carece de trascendencia práctica la existencia de los tribunales locales electorales, cuyos magistrados son designados con el mismo sistema que opera para los magistrados federales y cuyas resoluciones siempre son recurridas ante el Tribunal Electoral.

El INE (antes IFE) es una institución que ha envejecido porque no ha logrado superar sus traumas de origen y sus artritis adquiridas. Una de estas es que los resultados completos se conocen hasta cuarto días después de la elección. México es uno de los países más lentos en esta materia. El INE da resultados calculados sobre una muestra de casillas a las 11 o 12 de la noche pero sólo con porcentajes y con rangos de mínimo y máximo de más de tres puntos de diferencia, es decir, tira escopetazo pero no brinda información verificada.

Con frecuencia, el INE agrega detalles normativos en la víspera de la elección, rompiendo con ese principio constitucional de que las reglas sólo pueden cambiarse un año antes.

La majestad política con la que han sido investidos los consejeros y consejeras electorales les ha llevado con mucha frecuencia a legislar en la práctica, sentar criterios, dar cátedras, controvertirse con los partidos adversarios al suyo y favorecer al propio, rechazar toda clase de críticas, derrochar fondos en asuntos irrelevantes o personales. Recién han llegado al extremo de combatir en sedes judiciales la aplicación del artículo 127 de la Constitución que les impide ganar más que el presidente de la República, a pesar de haber protestado cumplir y hacer cumplir la Carta Magna.

Esas artritis no sólo son producto de las personas que tienen voto en la "Herradura de la Democracia", sino del carácter eminentemente político del órgano de dirección del INE.
En muchos otros países las autoridades electorales son exclusivamente técnicas, son discretas, no hacen o admiten debates y se encuentran sujetas a confiables controles jurisdiccionales. Los partidos pueden negociar lo que quieran y llegar a acuerdos, pero la autoridad es quien aplica las normas y da cuenta de sus actos, sin discursos ni mentiras.

Al tiempo de la desaparición del Consejo General, también habría que eliminar las 300 juntas distritales que casi no trabajan cuando no hay procesos electorales. En casi todo el mundo, los cuerpos ejecutivos distritales se integran cuando se acercan los comicios. A juzgar por el inmenso aparato electoral con el que cuenta México, aquí habría procesos electorales abiertos durante todos los días de todos los años.

Es preciso en paralelo avanzar hacia un registro que no sea electoral sino de las personas, ciudadanos y menores de edad. La CURP ya está integrada en el padrón, el cual seguiría existiendo y siendo supervisado por las autoridades electorales que lo usan para varios propósitos. Un organismo profesional independiente en sus decisiones tendría que hacerse cargo del registro y de emitir la credencial de identificación plena para todo uso. La existencia de un padrón exclusivamente electoral fue algo necesario durante un tiempo pero ya no lo es.

El consejero presidente del INE, Lorenzo Córdova, fue a la Cámara de Diputados, no propuso nada pero habló de proposiciones "malintencionadas". No añadió más al respecto. Tal vez las anteriores sean vistas de esa forma. Como sea, entre los consejeros electorales predomina la idea de que todo va muy bien, por lo cual no surgirá de ahí ninguna plataforma de reformas para curar las artritis que padece el INE. Pero al menos esos consejeros no son quienes votan en el Congreso, sino que son de aquellos poderosos que no tuvieron que pasar por el tamiz del voto popular, pero tienen fuertes agarraderas en los partidos que los ungieron en el cargo. Eso sigue siendo preocupante por ser ancla del conservadurismo.

Habría que buscar, en cambio, un consenso político que permita un rejuvenecimiento, una actualización, una modernización del aparato electoral del país. El objetivo no debe ser el de disminuir gastos, los cuales ahora son inmensos e injustificados, sino contar con una autoridad que no juegue en el terreno de la lucha política y aprenda a hacer, ante todo, las cosas muy bien con probidad y austeridad.

Puebl@Media
Pablo Gómez
Ciudad de México
Sábado 15 de junio de 2019.


René Delgado
 
    
Forzado, con prisa y a empujones, pero se dio un paso fundamental -transformador, diría ya saben quién- en el ámbito laboral. Ahora, dirigentes obreros y patronales deberán mostrar voluntad e inteligencia ante la modernidad y la competitividad, sin apoyar anhelos e intereses en el lomo del asalariado.

Como anillo al dedo le vino al presidente Andrés Manuel López Obrador y a la secretaria del Trabajo, Luisa María Alcalde, el compromiso laboral adquirido en el Tratado Comercial México-Estados Unidos-Canadá (T-MEC). De ratificarse aquel, habrán matado dos pájaros de un tiro: preservar el comercio trilateral y replantear, a partir de la liberación y democratización, la vida al interior de los sindicatos, así como su relación con los patrones.

Bajo presión y en el afán de no perder al principal socio comercial, el ex secretario de Economía Ildefonso Guajardo y el hoy subsecretario de América del Norte, Jesús Seade, le pusieron la mesa a la Cuarta Transformación en el capítulo laboral. En la implementación y administración de las nuevas reglas se cifrará hacer de ellas una gran oportunidad o un menudo problema.

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Naturalmente, el sólo cambio de reglas provocará tropiezos, jaloneos y turbulencias y no faltarán -de hecho, ya hay- quienes se escandalicen. Sin embargo, el gran desafío estará en gobernar y moderar el tránsito al nuevo estadio laboral sobre todo en tres rubros.

Uno. Evitar que la liberación y la democratización de la vida sindical derive en voracidad por parte de dirigentes obreros. En la nueva circunstancia, obvio, los dirigentes buscarán reposicionarse en el ánimo de asegurar la hegemonía de su organización y, en el intento, pueden generar inestabilidad en vez de certidumbre. Si el reajuste desemboca en una guerra sorda por arrebatar agremiados de modo clientelar y acaparar la titularidad del mayor número de contratos laborales existentes, la perversión de los nuevos instrumentos estará a la vuelta de la esquina. En el área de los partidos frecuentemente ocurre eso: las nuevas formaciones no crean y crecen la base militante sumando ciudadanos, no, se nutren de militantes que consiguen restar a algún otro partido.

Dos. Fincar la competitividad en factores distintos a la mano de obra barata. El empresariado ahí tiene un reto enorme de no muy fácil solución y estará obligado a salir de la zona de confort, donde se acomodó por años, gracias a los sindicatos blancos, fantasmas o de protección y la connivencia de las autoridades laborales.

Tres. Entender los efectos de la internacionalización de la fuerza laboral en la región comprendida por el nuevo tratado de comercio y advertir sus consecuencias. Al emparejarse las condiciones organizativas y económicas de la fuerza laboral en la zona, sobrevendrán ajustes en los sindicatos que, con sede en países distintos, tienen un mismo patrón. Descuidar esa vertiente, podría generar efectos colaterales no deseados. En ese aspecto, quizá, sólo los dirigentes Napoleón Gómez Urrutia y Francisco Hernández Juárez comprenden la dimensión del asunto. Durante su estancia en Canadá, el líder de los mineros tejió una red de relaciones con sindicatos extranjeros, adquiriendo presencia más allá de las fronteras, no en vano la confederación recién creada por él incluye el ingrediente "internacional". A su vez, el carácter de la industria e, incluso, de la empresa, donde Hernández Juárez encabeza el sindicato implica un sesgo transnacional.

Ahí radica otra clave para descifrar el porvenir de la reforma laboral.

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Ya en anterior Sobreaviso (13 de abril, "Historia sin aviso"), se resaltaba la importancia de la reforma laboral finalmente aprobada y, visto el atorón de la reforma educativa, hoy no es aventurado decir que el paso dado es, quizá, la más importante transformación registrada en lo que va del sexenio.

El mérito no es acreditable a la propia administración, pero no puede minusvalorarse algo: si, desde el curso de las negociaciones del T-MEC, Andrés Manuel López Obrador vio venir el doble efecto, no resta más que reconocer el instinto o el colmillo político mostrado.

Ahora, junto con su secretaria Luisa María Alcalde, el mandatario está obligado a administrar con esmero el tránsito a la nueva circunstancia. Navegar entre los vientos desatados por el cambio podría conducir no a un clima despejado, sino a un huracán y, en el desconcierto, quedar a la deriva.

***

Hay una paradoja en esto. Envueltos en la bandera del nacionalismo, algunos dirigentes obreros y patronales califican la reforma laboral como una imposición foránea que vulnera la soberanía. En el contraste, algunos dirigentes políticos de rancia formación nacionalista saludan como globalifílicos la situación derivada del acuerdo trilateral.

Lo importante será determinar si la nueva legislación laboral se fijó al centro de la exigencia formulada por los demócratas fundamentalistas, encarnados por la representante Nancy Pelosi, o si fue más allá de lo establecido por la propia legislación laboral estadounidense.

En el límite y el horizonte de esa reforma se cifran también sus bondades y maldades.

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Sin querer o adrede, se ha dado un paso que constituirá una transformación. Si se administra bien el tránsito a esa nueva situación laboral, podrá decirse ¡enhorabuena!

APUNTES
Tergiversar el significado de las palabras tiene costos. Ante el asalto de integrantes de la Coordinadora Estatal de Trabajadores de la Educación de Guerrero al edificio del Congreso de esa entidad, ninguna autoridad municipal, estatal o nacional movió un dedo. Trastocado el significado del uso legítimo de la fuerza del Estado, podría interpretarse como un acto de represión. Increíble.

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Reforma
René Delgado
Ciudad de México
Sábado 04 de mayo de 2019.


Jorge Zepeda Patterson       


“Nos parece injusto y muy poco presidenciable, por decir lo menos. Un jefe de Estado tendría que tener la piel más dura y dejar de subir al ring a quienes le critican”. Foto: Galo Cañas, Cuartoscuro

Rectifico. En más de una ocasión escribí en este espacio que Andrés Manuel López Obrador cometía un error al cancelar el nuevo aeropuerto en Texcoco. Y así lo creía no porque yo fuera simpatizante del enorme y fastuoso proyecto, sino por la reacción que provocaría y la factura política a pagar. Pensé que convenía mejor guardar las batallas con el sector empresarial para otras causas, ahorrarse el dinero de las compensaciones que requería clausurarlo y ofrecer a la I.P que lo terminasen ellos y ahorrar así dinero del erario. Fue muy costoso políticamente para AMLO echar para atrás un proyecto que llevaba ya un 30 por ciento de avance, a cambio de una propuesta (Santa Lucía) que parecía resultado más de un capricho que de una investigación financiera, ambiental y aeronáutica profunda.

Sobre lo de Santa Lucía sigo teniendo dudas, pero la información que este viernes escuchamos sobre las tripas del NAIM, le dan la razón al Presidente. Los responsables del proyecto, ahora lo sabemos, ocultaron el verdadero costo (que habría ascendido a 17 mil millones de dólares en lugar de 13 mil, sólo para la primera etapa que ampliaba por muy poco la capacidad del actual aeropuerto), carecían de una solución para financiar esa ampliación de presupuesto, ofrecieron contratos leoninos a favor de diseñadores y constructores con cargo al erario. El abuso, la desmesura, el ocultamiento doloso y el castigo a las finanzas públicas fue sistemático y de proporciones mayúsculas. Al Gobierno de AMLO le costó 3 mil millones de dólares recomprar bonos en manos de tenedores y resolver o disolver más de 500 contratos, pero a pesar de este costo se salvó de cargar con una inversión adicional de casi 20 mil millones de dólares que habría costado el proyecto, más todas las obras de acceso y servicios públicos que no se habían contemplado.

Y aquí permítaseme un paréntesis. También hemos criticado la obsesión de López Obrador con lo que él llama la prensa fifí y en particular su aversión al diario Reforma. Nos parece injusto y muy poco presidenciable, por decir lo menos. Un jefe de Estado tendría que tener la piel más dura y dejar de subir al ring a quienes le critican. Pero también habría que tomar registro del sesgo de muchos medios, que le dieron escasa importancia a las explosivas revelaciones que deja el reporte sobre el NAIM. Durante meses la cancelación del nuevo aeropuerto ocupó titulares y ríos de tinta en columnas y notas de prensa; la decisión de AMLO fue ridiculizada y desacreditada en todos los tonos posibles. Hoy que el dato duro muestra de manera contundente que el NAIM era insostenible técnica y financieramente, es decir, que el Presidente tenía razón, la noticia fue minimizada por muchos de estos medios.

Algo similar sucede con la guerra en contra del huachicol. Los errores y las precipitaciones cometidas, el desabasto momentáneo, las pérdidas en vidas humanas fueron exhibidas ad nauseam, y no podía ser de otra manera. Trastocó la vida de muchos ciudadanos. Pero el reporte sobre los primeros resultados de esta campaña también merecía una difusión infinitamente mayor de la que tuvieron a bien concederle los medios. En noviembre pasado se robaban 81 mil barriles diarios de combustible, en marzo el promedio por día descendió a 8 mil barriles y en lo que va de abril a 4 mil. El huachicol está lejos de haber sido derrotado, pero a juzgar por los resultados constituiría la primera gran victoria en muchos años de un Gobierno mexicano en contra del crimen organizado. El tema, sin embargo, apenas ha merecido menciones marginales en la mayoría de los medios de comunicación.
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Está claro que el Gobierno de López Obrador se encuentra en una complicada curva de aprendizaje. Hay claroscuros a todo lo largo de estos primeros cinco meses. Aciertos que sus seguidores convierten en motivo de adoración y desaciertos que sus detractores usan para exacerbar el odio y la descalificación. La prensa profesional, los columnistas, los líderes de opinión, tendríamos que actuar en beneficio de un espacio público más sano, en el cual se cuestionen los errores y se registren los logros. Si a AMLO le va mal, le irá mal a todo el país porque no debemos olvidar que le quedan 5 años y medio a este sexenio. No se trata de aplaudirle incondicionalmente, pero tampoco de descarrilarlo. Hacerle hoyos a la lancha y hundirnos sólo para demostrar que la embarcación no era navegable resulta absurdo.

Habrá que apuntar responsable y profesionalmente los errores y desviaciones del soberano con el ánimo de que advierta el costo de sus desaciertos, pero también habría que reconocerle aquello que funciona y puede contribuir a aliviar los graves problemas que aquejan a México.

@jorgezepedap

www.jorge.zepeda.net

SinEmbargo
Jorge Zepeda Patterson
Ciudad de México
Domingo 28 de abril de 2019.


Era más inteligente que el promedio de quienes se dedican a hacer política en Perú, con bastantes lecturas, y un orador fuera de lo común. Ha tenido un gran protagonismo público en los últimos treinta años


Lo conocí durante la campaña electoral de 1985, por Manuel Checa Solari, un amigo común que se había empeñado en presentarnos y que nos dejó solos toda la noche. Era inteligente y simpático, pero algo en él me alarmó y al día siguiente fui a la televisión a decir que no votaría por Alan García sino por Luis Bedoya Reyes. No era rencoroso pues, elegido presidente, me ofreció la embajada en España, que no acepté.

Su primer Gobierno (1985-1990) fue un desastre económico y la inflación llegó a 7.000%. Intentó nacionalizar los bancos, las compañías de seguros y todas las instituciones financieras, una medida que no sólo habría acabado de arruinar al Perú sino eternizado en el poder a su partido, el APRA, pero lo impedimos en una gran movilización popular hostil a la medida, que lo obligó a dar marcha atrás. Su apoyo fue decisivo para que ganara la próxima elección presidencial, en 1990, Alberto Fujimori, quien, dos años después, dio un golpe de Estado. Alan García tuvo que exiliarse. Su siguiente Gobierno (2006-2011) fue mucho mejor que el primero, aunque, por desgracia, estropeado por la corrupción, sobre todo asociada a la empresa brasileña de Odebrecht que ganó licitaciones de obras públicas muy importantes corrompiendo a altos funcionarios gubernamentales. La fiscalía lo estaba investigando a él mismo sobre este asunto y había decretado su detención preliminar de diez días, cuando decidió suicidarse. Algún tiempo antes había intentado pedir asilo en Uruguay, alegando que era víctima de una persecución injusta, pero el Gobierno uruguayo desestimó su pedido por considerar —con toda justicia— que en el Perú actual el poder judicial es independiente del Gobierno y nadie es acosado por sus ideas y convicciones políticas.

Durante su segundo Gobierno lo vi varias veces. La primera, cuando el fujimorismo quiso impedir que se abriera el Lugar de la Memoria, en el que se daría cuenta de sus muchos crímenes políticos con el pretexto de la lucha antiterrorista, y, a su pedido, acepté presidir la comisión que puso en marcha ese proyecto que es ahora —felizmente— una realidad. Cuando el Nobel de Literatura, me llamó para felicitarme y me dio una cena en Palacio de Gobierno, en la que quiso animarme para que fuera candidato a la presidencia. “Creí que nos habíamos amistado”, le bromeé. Me parece que lo vi una última vez en una obra en la que yo actuaba, Las mil noches y una noche.

Pero he seguido de muy cerca toda su trayectoria política y el protagonismo que ha tenido en los últimos treinta años de la vida pública del Perú. Era más inteligente que el promedio de quienes en mi país se dedican a hacer política, con bastantes lecturas, y un orador fuera de lo común. Alguna vez le oí decir que era lamentable que la Academia de la Lengua sólo incorporara escritores, cerrando la puerta a los “oradores”, que, a su juicio, no eran menos originales y creadores que aquellos (me imagino que lo decía en serio).

La fiscalía lo estaba investigando por una concesión a Odebrecht, cuando decidió suicidarse

Cuando asumió la jefatura del partido que fundó Haya de la Torre, el APRA estaba dividida y, probablemente, en un proceso largo de extinción. Él la resucitó, la volvió muy popular y la llevó al poder, algo que nunca consiguió Haya, su maestro y modelo. Y uno de sus mejores méritos fue el haber aprendido la lección de su desastroso primer Gobierno, en el que sus planes intervencionistas y nacionalizadores destruyeron la economía y empobrecieron al país mucho más de lo que estaba.

Advirtió que el estatismo y el colectivismo eran absolutamente incompatibles con el desarrollo económico de un país y, en su segundo mandato, alentó las inversiones extranjeras, la empresa privada, la economía de mercado. Si, al mismo tiempo, hubiera combatido con la misma energía la corrupción, habría hecho una magnífica gestión. Pero en este campo, en vez de progresar, retrocedimos, aunque sin duda no al extremo vertiginoso de los robos y pillerías de Fujimori y Montesinos que, me parece, sentaron un tope inalcanzable para los gobiernos corruptos de América Latina.

¿Fue un político honesto, comparable a un José Luis Bustamante y Rivero o a Fernando Belaúnde Terry, dos presidentes que salieron de Palacio de Gobierno más pobres de lo que entraron? Yo creo sinceramente que no. Lo digo con tristeza porque, pese a que fuimos adversarios, no hay duda que había en él rasgos excepcionales como su carisma y energía a prueba de fuego. Pero mucho me temo que participaba de esa falta de escrúpulos, de esa tolerancia con los abusos y excesos tan extendidos entre los dirigentes políticos de América Latina que llegan al poder y se sienten autorizados a disponer de los bienes públicos como si fueran suyos, o, lo que es mucho peor, a hacer negocios privados aunque con ello violenten las leyes y traicionen la confianza depositada en ellos por los electores.

En su segundo mandato, alentó las inversiones extranjeras, la empresa privada, el mercado

¿No es verdaderamente escandaloso, una vergüenza sin excusas, que los últimos cinco presidentes del Perú estén investigados por supuestos robos, coimas y negociados, cometidos durante el ejercicio de su mandato? Esta tradición viene de lejos y es uno de los mayores obstáculos para que la democracia funcione en América Latina y los latinoamericanos crean que las instituciones están allí para servirlos y no para que los altos funcionarios se llenen los bolsillos saqueándolas.

El pistoletazo con el que Alan García se voló los sesos pudiera querer decir que se sentía injustamente asediado por la justicia, pero, también, que quería que aquel estruendo y la sangre derramada corrigieran un pasado que lo atormentaba y que volvía para tomarle cuentas. Los indicios, por lo demás, son sumamente inquietantes: las cuentas abiertas en Andorra por sus colaboradores más cercanos, los millones de dólares entregados por Odebrecht al que fue secretario general de la Presidencia, ahora detenido, y a otro allegado muy próximo, sus propios niveles de vida tan por encima de quien declaró, al prestar juramento sobre sus bienes al acceder a la primera presidencia: “Mi patrimonio es este reloj”.

En el Perú, desde hace algún tiempo, hay un grupo de jueces y fiscales que ha sorprendido a todo el mundo por el coraje con el que han venido actuando para combatir la corrupción, sin dejarse amedrentar por la hostilidad desatada contra ellos desde la misma esfera del poder al que se enfrentan, investigando, sacando a la luz a los culpables, denunciando los malos manejos de los poderosos. Y, afortunadamente, pese al silencio cobarde de tantos medios de información, hay también un puñado de periodistas que sostienen la labor de aquellos funcionarios heroicos. Este es un proceso que no puede ni debe detenerse porque de él depende que el país salga por fin del subdesarrollo y se fortalezcan las bases de la cultura democrática, para la cual la existencia de un poder judicial independiente y honesto es esencial. Sería trágico que en la comprensible emoción que ha causado el suicidio de Alan García, la labor de aquellos jueces y fiscales se viera interrumpida o saboteada, y los contados periodistas que los apoyan fueran silenciados.

El País
Mario Vargas Llosa
Madrid / Lima / México
Sábado 20 de abril de 2019.


Rolando Cordera Campos

Este viernes, convocados por la Facultad de Economía de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), nos reunimos en la Feria Internacional del Libro de Minería algunos de los autores del número 46 de ECONOMÍAunam, para comentarlo y promover su lectura. Gracias a la iniciativa de David Ibarra, quien preside su consejo editorial, 26 mexicanos ofrecieron sus ideas y experiencia para hacer de este volumen de la revista una auténtica Revista-Libro lleno de ideas y reflexiones valiosas sobre nuestro presente y porvenir. (Intervenimos en la FIL-Minería, David Ibarra, Francisco Suárez Dávila, Ramón Carlos Torres, Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano y quien esto escribe).

Reunidos bajo del retador título de Los retos de México, los autores abordaron algunos de los temas obligados de nuestra vapuleada economía política, del lento crecimiento de la economía por más de 30 años, a la perenne desigualdad que, junto con la pobreza y la vulnerabilidad masivas, define nuestra imagen y pinta nuestro futuro. Crecer más y mejor, con empleos dignos y un ambiente cuidado y protegido, sería así uno de los retos principales que los mexicanos de hoy encaran. La traída y llevada” Cuarta Transformación” tendrá que vérselas con estos retos primigenios y asumirlos como criterios de evaluación insoslayables.

Una de las virtudes de la revista, es haber podido atraer colaboraciones no económicas sin las cuales el inventario de retos y reflexiones sobre la realidad y su perspectiva quedaría trunco. Las incursiones de Julia Carabias, Diego Valadés, Sergio García Ramírez y José Woldenberg sobre y desde sus respectivas querencias y especialidades, dan cuenta de las complejidades y promesas que una economía política como la que se quiere practicar en ECONOMÍAunam tiene por delante.

La desigualdad y su persistencia, junto con la falta evidente de movilidad social, cruzan el panorama trazado en los diferentes artículos. Junto con la falta de un crecimiento económico socialmente satisfactorio por su capacidad incluyente y redistributiva, estos son los principales testigos de cargo contra la gran transformación de nuestra economía política intentada a fines del siglo pasado. También ponen en aprietos a la democracia y el pluralismo logrados en el mismo periodo, implantados, sin duda, en la ciudadanía emergente, como se mostró en la última elección del pasado mes de julio, pero hasta ahora incapaces de generar formas de gobierno y deliberación sensibles y responsables ante la injusticia social flagrante y el crecimiento económico mediocre que nos aquejan.

De esto y más tienen que hacerse cargo de la 4 T y el discurso renovador enarbolado por sus abanderados. La amenaza de una caída económica, que nos lleve a una recesión abierta, está con nosotros y a entender sus dimensiones y alcances debería abocarse el flamante consejo instalado el lunes pasado, dedicado a promover la inversión, el crecimiento y el empleo. Las variables cruciales de un desarrollo efectivo y promisorio.

ECONOMÍAunam y otras iniciativas similares deben servir para desatar una deliberación urgente sobre nuestra economía política y, como lo ha propuesto el Grupo Nuevo Curso de Desarrollo también de la UNAM, sobre un cambio en la orientación de la política económica prevaleciente. La economía y la política económica no son entelequias ni abstracciones privativas de minorías selectas. Son procesos sociales y políticos que nos involucran a todos, lo sepamos o no.

Que la mayoría se entere y haga cargo de sus dolorosas cargas, sobre todo cuando éstas se deciden por minorías, forma parte del encargo democrático en que nos hemos comprometido y el nuevo gobierno debe encabezar, ilustrar y promover. La economía no puede seguir en la impunidad que le permiten el enclaustramiento y la opacidad a los que se le ha remitido.

La Jornada
Rolando Cordera Campos
Ciudad de México
Lunes 15 de abril de 2019.

 
Jesús Silva Herzog Márquez

Andrés Manuel López Obrador conoce su Maquiavelo. Lo conoce, pero no es claro que lo entienda. Lo invoca, pero no puede decirse que haya aprendido lo que es verdaderamente central en su obra: la política como un arte de audacia y de prudencia. A pesar de que el presidente se describe como el moralista empeñado en derrotar al cinismo de la burda ambición, las ideas o, más bien, las expresiones del renacentista maldito aparecen reiteradamente en su discurso. Lo ha mencionado directamente en alguna de sus conferencias de prensa. Celebrando hace poco que la suerte le favorecía, defendió, con el autor de El príncipe, la relevancia del azar. "Decía Maquiavelo que se necesitaba virtud y fortuna para la política." Es imposible pensar una política a salvo de lo impredecible. No es el político un territorio de regularidad que pueda eliminar la sorpresa. Por eso el conspiratismo que el propio presidente alimenta sea, de tan coherente, absurdo. López Obrador ha invocado también al florentino cuando ha trazado como emblema de su ambición histórica nada menos que la "gloria". Como lo pensaba Maquiavelo, la política no consiste en la administración del poder, sino en su utilización para refundar la nacionalidad, para rehacer la historia. Nada menos. También puede escucharse un eco maquiavélico cuando se escucha al presidente advertir que en el gobierno hay que elegir entre inconvenientes. No suele presentársele al gobernante el dilema entre un bien nítido y un mal ostentoso. Las fronteras entre ellos son confusas y, en ocasiones, la única posibilidad es evitar el mal mayor. Entender que hay que elegir entre inconvenientes es una buena advertencia al propio López Obrador quien habita el mundo del simplismo moral. El presidente no suele hacerse cargo de esa invitación a la madurez moral que hay en el humanismo maquiaveliano.

López Obrador parece tropezar con una de las piedras más peligrosas en la política: el éxito. Quien ha conquistado el poder llega a la persuasión de que debe continuar el camino que emprendió para lograrlo. Cree que lo que funcionó antes, funcionará después. Tiene lógica y parecería absurdo recomendar otra cosa. Si una estrategia ha funcionado, lo más sensato sería insistir. ¿Por qué habría de ensayarse algo distinto si lo que se ha hecho anteriormente ha funcionado? Quien ha derrotado enemigos poderosos, quien ha remontado mil adversidades, quien ha trepado hasta la cima del poder, pensará que debe ser fiel a su estilo y a su actuar. Si así pudo vencer a los enemigos de antes, vencerá a los de ahora.

El problema es que las circunstancias cambian, que los desafíos se transforman constantemente, que la historia es más azar que rutina. Por eso advierte Maquiavelo que lo que ayer encumbró al ambicioso, mañana arruina al poderoso. Esa es, tal vez, la mayor dificultad que enfrenta el gobernante: ser capaz de soltar los emblemas de su triunfo, desprenderse de las medallas de su orgullo. El político suele esclavizarse a sus prácticas y a sus rutinas. Se convence de que la reiteración es la única política digna y eficaz. Empieza a actuar mecánicamente sin prestar atención al flujo de los acontecimientos y al impacto de sus decisiones. Cree que tarde o temprano la realidad cederá a sus deseos. Se ata a sus manías como si fueran el mármol de su identidad pública. Detenido en los logros de su pasado, cree que la repetición es la única forma de ser auténtico. Quien fuera osado se niega entonces al riesgo de la innovación. El opositor tenaz se convierte en un gobernante obsesionado con sus pleitos de antes, sus diagnósticos de antes, sus recetas de antes. Cualquier intento de repensar la estrategia es sentido como una traición. Remebrar los éxitos del pasado es una forma de cerrar los ojos a los frescos desafíos del presente. Es el engaño del éxito.

El terco es enemigo del ágil. Quien, como Andrés Manuel López Obrador, conquistó el poder gracias a una tenacidad extraordinaria corre el riesgo de quedar congelado en un éxito pretérito. Al comenzar su sexenio, su política parece ya entumecida y miope. Una política decidida a repetir sus cantaletas, pero indispuesta a dialogar con las circunstancias.

Reforma
Jesús Silva-Herzog
Lunes 15 de abril de 2019.


Jorge Zepeda Patterson
 
    
Me cuesta trabajo empatar al mandatario que oímos durante la toma de posesión, con el que hemos escuchado los últimos días. Hace cuatro meses Andrés Manuel López Obrador afirmó que deseaba ser un buen presidente para todos los mexicanos, para los que habían votado por él y para los que no habían votado por él; su ejemplo era Benito Juárez, dijo, y aspiraba como el benemérito a convertirse en un verdadero estadista.

Pero no veo cómo un estadista cometería la bravuconería de mandar de nuevo los mismos doce candidatos para un comité de regulación que los senadores ya rechazaron porque sus perfiles carecían de experiencia mínima o de la imparcialidad requerida. Un acto que entenderíamos en Donald Trump, pero no en un jefe de estado que aseguró que gobernaría con todas las fuerzas políticas.

Tampoco veo a Benito Juárez llamando mascotas o animalitos a los pobres que necesitan ayuda. Hay razones morales, humanas y políticas para trabajar a favor de los que más necesitan, pero ningún político que se precie recurriría a las razones que se desprenden de las palabras del presidente. Me recuerda el exabrupto de Vicente Fox cuando se refirió a las mujeres como lavadoras de dos patas en supuesta alusión meritoria a su laboriosidad, sin darse cuenta de la descalificación grosera que su frase entrañaba. Es obvio que López Obrador no pretendió ofender a los pobres, pero terminó haciéndolo. En Vicente Fox, un empresario lenguaraz metido a la política no extraña la falta de oficio. Pero resulta inexplicable que alguien que durante tantos años ha hablado de los pobres cometa un desliz tan absurdo. La compasión por los animalitos a la que se refiere nace del sentido de responsabilidad que debemos experimentar frente a un ser que de alguna manera es inferior a nosotros. Un lenguaje similar al que esgrimían los misioneros en la Colonia para proteger a los indígenas.

Y a propósito de la Colonia, tampoco me parece lógico que un mandatario tan comprometido con los profundos problemas que padece México, tan consiente de las enormes dificultades que tiene por delante, se desgaste en infiernillos con el pleito gratuito que significa exigir públicamente una disculpa al Vaticano y a la corona española por las atrocidades cometidas en contra de las sociedades prehispánicas hace 500 años. Lázaro Cárdenas, otro de sus referentes, expropió el petróleo en respuesta al abuso de las transnacionales, pero no se metió en pleitos verbales innecesarios solo para darse la frívola satisfacción de enardecer a la tribuna.

Este sábado en un mitin sometió a consulta pública, mediante mano alzada, si debía o no contestar a Donald Trump, quien amenazó con cerrar la frontera en caso de que México no haga algo para detener las marchas de centroamericanos. Es un tema complejo y delicado que exige a nuestro mandatario a actuar con responsabilidad y prudencia. Por lo mismo resulta inquietante, por decir lo menos, que aborde el asunto entre chacoteos con tres o cuatro mil simpatizantes en una plaza de Poza Rica.

López Obrador fue un líder opositor responsable y leal a sus causas más profundas a lo largo de varias décadas. Se puede estar en desacuerdo con algunas de sus ideas o sus métodos, pero nadie le puede regatear una profunda entrega a sus causas y convicciones. Es desconcertante este súbito engolosinamiento con el poder que le lleva a exhibir arranques altaneros y perder el olfato político que siempre le caracterizó.

Durante muchos años habíamos estado esperando a que llegase a la presidencia una fuerza política capaz de dar prioridad al combate a la pobreza, a la desigualdad y la injusticia social. No tengo duda de que esas son las pulsiones fundamentales que han impulsado a López Obrador a lo largo de su carrera. Tomó posesión asegurando que tenía prisa por atacar estos problemas y convocó a todos los actores y fuerzas sociales y políticas a sumarse a la causa de México. Nos exhortó a creer que la 4T era posible porque haría un gobierno generoso y propositivo.

¿Por qué ahora este afán pendenciero, esta calificación de fifí a los que no piensan como o él, esta burla machacona, frívola y triunfalista cuando se había autodefinido como siervo de la Nación?

Durante treinta años López Obrador vio lo que el poder hizo con gobernadores y presidentes, quienes terminaron creyendo que la única verdad era el aplauso de sus públicos cautivos. Espero que esté en condiciones de reconocer las primera señales de lo que el poder pueda provocar en él y en contra de la oportunidad histórica que tiene en sus manos.

No necesariamente coincidía en todo lo que planteó aquél 1 de diciembre, pero extraño al presidente de las primeras 24 horas y ciertamente no me enorgullezco del presidente de los últimos días.

@jorgezepedap

www.jorgezepeda.net

El País
Ciudad de México
Jorge Zepeda Patterson
Domingo 31 de marzo 2019.

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El mundo es comprendido por el paradigma, es la forma por la cual es entendido el mundo, el hombre y por supuesto las realidades cercanas al conocimiento.

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