Jorge Zepeda Patterson     

La campaña soez y pendenciera de Trump para ganar la presidencia en EE UU ha tenido un efecto deplorable en los candidatos mexicanos

La democracia electoral en México y en buena parte de los países llamados en desarrollo es como el de la alimentación: no habíamos salido de la desnutrición cuando nos cayó encima un severo problema de obesidad. Lo peor de los dos mundos. O como el transporte urbano: carecemos de él, no tenemos aún planta automovilística masiva pero ya nos las arreglamos para tener atascos peores que en una autopista de Los Ángeles. La misma paradoja (parajoda en realidad) ataca a nuestros procesos electorales. La legitimidad de las autoridades y los resultados siguen estando bajo sospecha, pero ya padecemos las distorsiones y abusos que las campañas han tomado en las democracias maduras.

La comunicación soez y pendenciera que desplegó Donald Trump para ganar la presidencia en Estados Unidos ha tenido un efecto deplorable en nuestros candidatos. Los cuartos de guerra de los partidos políticos en campaña están convencidos de que el bullying, la acusación rampante pero ingeniosa o la lluvia de epítetos es más eficaz en términos mediáticos y en redes sociales que la difusión de propuestas. Los candidatos no tratan de demostrar que conocen a fondo los problemas del país y tienen propuestas para combatirlos. Ni siquiera se devanan los sesos para mostrarse inteligentes, paga más proyectar sagacidad y astucia. Los periódicos y noticieros no quieren citas de expertos o diagnósticos acuciosos sino frases ocurrentes y golpes verbales a la mandíbula de los rivales.

Y por desgracia la tripleta de candidatos que disputará el poder presidencial el próximo verano en México no hace sino acentuar la pobreza del debate y magnificar la importancia de los memes. La intención de voto está claramente liderada por el abanderado de la oposición, Andrés Manuel López Obrador, un hombre que posee un voto duro favorable en torno al 35%, aunque también concentra un voto negativo explícito considerable. Las dos propuestas del sistema, José Antonio Meade, del partido oficial y Ricardo Anaya, el joven líder del partido de la derecha, el PAN, simple y sencillamente no despiertan pasiones. Ante la pobreza de la “mercancía”, la estrategia de venta diseñada por los publicistas está más encaminada a atacar al rival que en presumir las virtudes del propio candidato. No se trata de presentar una idea atractiva o una propuesta clave, reditúa mucho más torpedear y ridiculizar cualquier cosa que presente el contrario.

Los dos rivales de López Obrador no han ahorrado epítetos sobre la idea esbozada por el tabasqueño de considerar una amnistía en la guerra contra las drogas. Ni Anaya ni Meade se han sentido en la necesidad de ofrecer alguna idea concreta para resolver la inseguridad pública; lo cual no les ha impedido destazar sin medida y sin rubor las ideas de su contrario al respecto.
Y no se pretende victimizar al candidato de la izquierda. Tampoco él se queda corto en descalificaciones ocurrentes en contra de sus competidores: “Mafia en el poder”, pirruris y señoritongos.

Podemos anticipar dos ejes en la belicosidad de la campaña electoral. De enero a mayo veremos una lucha encarnizada entre José Antonio Meade y Ricardo Anaya. La única manera en que alguno de los dos puede vencer a López Obrador es atrayendo a los votantes de su rival. Solo sumando segunda y tercera fuerza podrán compensar la ventaja que tiene el líder de Morena. Anaya tratará de convencer al electorado de que Meade se ha desinflado y sólo él puede ser el depositario del voto útil para impedir el ascenso al poder del abanderado de la izquierda. Y, desde luego, Meade hará lo propio en contra de Anaya.

Simultáneamente todos los frentes mantendrán su pulso en contra de López Obrador. La campaña del miedo ya ha rendido frutos antes. Convertirlo en una amenaza para México y en un Hugo Chávez en potencia es una narrativa que ofrece más dividendos electorales que una propuesta de gobierno. Las campañas negativas siempre han sido un recurso efectivo electoral; ahora parece ser el único.

@jorgezepedap

El País
Jorge Zepeda Patterson
Ciudad de México
Viernes 19 de enero de 2018.


Raymundo Riva Palacio  

La urgencia por reencauzar la campaña presidencial de José Antonio Meade tiene una razón de fondo: los mexicanos quieren que pierda el PRI, y que entre Andrés Manuel López Obrador o Ricardo Anaya salga el próximo presidente. Esta es la conclusión de un análisis realizado por Ronald Anton, director de la consultoría ecuatoriana CPI Latinoamérica, a partir de datos demoscópicos sobre las preferencias electorales, que anticipan un futuro ominoso para Meade y para el presidente Enrique Peña Nieto, que busca, a través del candidato, la continuidad de sus políticas y la consolidación de sus reformas. Esto no va a ser posible, si se analizan objetivamente las tendencias del electorado.

Anton publicó recientemente un diagnóstico de 22 páginas titulado 'Crónica de una alternancia anunciada', donde sólo ve una competencia real entre López Obrador y Anaya, “ambos representando el cambio que pide la sociedad, frente a un PRI que se encuentra con el presidente peor evaluado en la historia de México, con un partido que trae los máximos negativos, con seria desventaja territorial, con una constante pérdida de intención de voto en todas las campañas presidenciales y con un candidato que no termina de gustar a los electores”. Las condiciones objetivas que enfrentan Peña Nieto, Meade y el PRI son totalmente adversas, de acuerdo con el análisis del consultor.

“Desde la llegada del PRI a la presidencia en 2012, el partido ha sufrido una debacle constante”, apuntó. “En 2012 controlaban 21 gubernaturas, pero desde entonces, ya con Enrique Peña Nieto como presidente, el PRI ha perdido un total de 24.9 millones de electores y gobierna solamente en 14 estados (15 si sumamos Chiapas gobernada por su aliado el Partido Verde): Campeche, Coahuila, Colima, Guerrero, Hidalgo, Jalisco, Estado de México, Oaxaca, San Luis Potosí, Sinaloa, Sonora, Tlaxcala, Yucatán y Zacatecas”.

Cuando asumió Peña Nieto la presidencia, el PRI gobernaba arriba de 51 por ciento de los mexicanos; en la actualidad gobierna a 43 por ciento. Esta pérdida de poder territorial, a juicio de Anton, es otro factor a tomar en cuenta para entender la baja probabilidad de ganar las elecciones presidenciales. El consultor lo explica a partir de la disminución de aprobación que tiene el PRI, más allá de sus candidatos a puestos de elección popular.

Esta disminución de poder territorial también se ha registrado en los congresos locales, donde según el análisis del consultor ecuatoriano, el PRI pasó de tener 463 legisladores en 2015, a 361 en 2017. “Aunque sigue siendo el partido que más diputados tiene, ha perdido gran parte de los congresos donde contaba con mayoría”, indicó Anton. “Desde 2015, tan sólo ostenta la mayoría absoluta en los congresos de Campeche, Guerrero, Estado de México, Sonora y Yucatán, perdiendo con ello más poder local”.

Anton no lo precisó, pero salvo el Estado de México, ninguno de los restantes se encuentra entre las 10 entidades con mayor peso electoral en el país, y aún en esa entidad, la tierra del presiente Peña Nieto, en la elección para gobernador el año pasado, el PRI como partido obtuvo 56 mil votos menos que Morena; sólo la coalición con otros tres partidos evitó un monumental descalabro en el estado.

En los estudios que revisó, Anton encontró que la tasa de rechazo al PRI es de 57.4 por ciento, contra 40 por ciento de rechazo del PAN, 37.5 por ciento de Morena y 34.1 por ciento del PRD. “De todas las elecciones que se han sucedido desde que Enrique Peña Nieto es presidente –explicó Anton–, en todos los estados donde los gobernadores del PRI tenían una valoración ciudadana por debajo de 50 por ciento, los electores cambiaron el partido que gobernaba el estado”. Tampoco ayuda la aprobación a la gestión de Peña Nieto, donde entre siete y ocho de cada 10 mexicanos desaprueba su actuación presidencial. “El fuerte rechazo con el que cuenta tanto el partido como la figura del presidente –afirma el consultor–, dificulta la revalidación del mandato del PRI”.

Como contraste, la coalición Por México al Frente que tiene como abanderado a Anaya, gobierna a 48.6 por ciento de los mexicanos en 16 estados, incluida la Ciudad de México, el bastión de la izquierda, donde el PRI se encuentra en un lejano cuarto lugar de preferencias electorales. El PAN gobierna 12 estados, que es el mayor número que jamás haya gobernado, entre los cuales se encuentran tres de las seis entidades con mayor peso electoral en el país. En el Senado ocupa más de 50 por ciento de los escaños, y en el Congreso federal tiene más de 40 por ciento de las curules. Por lo que toca a los congresos locales, los frentistas tienen una presencia de casi dos a uno en el país. Morena no tiene esos números, pero es un partido que apenas nació electoralmente en 2015. Sin embargo, tiene lo que ningún otro, a López Obrador como candidato, que en dos intentonas presidenciales anteriores logró el apoyo de 35.29 por ciento del electorado en 2006, y 31.57 por ciento en 2012, y que puntea ampliamente las encuestas.

Este contexto, que habla de una complejidad política creciente en México, estimó Anton, ofrece un escenario de gran dificultad para que el PRI pueda ganar las elecciones presidenciales. El escenario de victoria de López Obrador es real, afirmó el consultor, pero la alianza en el Frente le dan a Anaya la suficiente fuerza para contender contra él y ganarle. Meade no está en este rango. El rechazo social al partido y la baja popularidad de Peña Nieto, lo están hundiendo. ¿Podrá revertir esta crónica anunciada de una derrota? Todo es posible, ciertamente, aunque parezca imposible.

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Eje Central
Estrictamente Personal
Raymundo Riva Palacio
Miércoles 17 de enero de 2018.

Raymundo Riva Palacio

Dentro y fuera de la precampaña presidencial de José Antonio Meade, las voces de que se va a remplazar al candidato con su coordinador de campaña, Aurelio Nuño, son insistentes. Claudia Ruiz Massieu, la secretaria general del PRI, afirma que eso no va a suceder y que Meade será el candidato. No podía esperarse una declaración en sentido contrario, aunque ella, como un creciente número de priistas, no terminan de estar cómodos con la candidatura designada, según miembros del partido que admiten las tribulaciones en este arranque electoral. Tampoco está contento el presidente Enrique Peña Nieto, pero no con el candidato, sino con la confrontación entre los equipos. “Nunca había visto una campaña más dividida”, dijo un funcionario que ha participado en más de cuatro campañas presidenciales del PRI. “Están peleándose todos contra todos”.

Las semanas anteriores han sido castrantes. Las leyes electorales no permiten al candidato pedir el voto o presentar propuestas, lo que llevó a utilizar a su esposa, Juana Cuevas, como un activo del precandidato. Alguna rentabilidad debieron haberle visto al abuso de su imagen, pero han reducido su presencia en los últimos días. Meade no conecta ni emociona su discurso. El diagnóstico ha puesto presión para tener una campaña altamente competitiva en Meade, y mantiene al presidente trabajando en las sombras, todavía, con el secretario de Relaciones Exteriores, Luis Videgaray, que probablemente pasa más tiempo en resolver los problemas que le pide solucionar Peña Nieto, que en sus tareas de canciller.

Peña Nieto habló con Videgaray sobre la campaña durante el largo viaje que realizaron a principios de noviembre a Vietnam, donde participó en el Foro de Cooperación Económica de la Cuenca del Pacífico, y le pidió que se metiera en la reorganización de la campaña. De acuerdo con funcionarios consultados, la intervención de Videgaray se está intensificando y existe la posibilidad de que presente su renuncia en la cartera de Relaciones Exteriores y comience a dirigir la campaña de una manera plena, desde una oficina fuera del PRI.

La idea, explicada por los funcionarios, no es que en una primera instancia Videgaray se sume formalmente a la campaña, sino que permanezca con un bajo perfil sin distraerse completamente de las funciones de canciller. Oficialmente, el coordinador de la campaña seguiría siendo Aurelio Nuño, pero el responsable último ante Peña Nieto sería Videgaray. Uno de los primeros incendios que tendría que apagar es el choque entre el equipo que llegó con Meade y el de Nuño, que trabajan en constante fricción y generan falta de cohesión. En parte, por descuidos e impertinencias. Dentro del equipo de Nuño hay quienes comentan la posibilidad de que se dé un relevo de su jefe por Meade, lo que en términos legales es una posibilidad real hasta que no se registre su candidatura ante el Instituto Nacional Electoral, durante la segunda quincena de marzo.

Funcionarios en Los Pinos han ido registrando los crecientes problemas que ha ido enfrentando Meade entre los propios priistas. Uno de los casos que se resolvió fue con Ruiz Massieu, de quien se quejaron en la casa presidencial que estaba saboteando algunos eventos del precandidato. Otro problema que tiene que resolverse es la apatía que se está observando entre algunos gobernadores priistas, que habían puesto sus esperanzas en el exsecretario de Gobernación, Miguel Ángel Osorio Chong, o las diferencias con miembros del gabinete que apostaron por su candidatura. Una de esas diferencias se dio con Rosario Robles, secretaria de Desarrollo Urbano, que en una plática que tuvo con Meade sobre una eventual candidatura al Senado en la Ciudad de México, los apoyos que hubiera esperado no se ofrecieron, por lo que hasta ahora tiene decidido terminar el sexenio en el gabinete.

La intervención de Videgaray en la campaña, según los funcionarios, pretende dejar atrás estos problemas y darle orden al trabajo, que es de lo que varios se quejan por lo que a veces llegan a describir como “un caos”. La coordinación de Nuño no ha funcionado, coinciden. Una de las explicaciones que dan es que no embonan lo equipos. Meade no era realmente amigo de Nuño, quien fue una imposición de Peña Nieto. Otra es la falta de experiencia. Aunque Nuño trabajó en la campaña presidencial de 2012, fue bajo las órdenes de Videgaray, a quien todos reconocen que en las campañas que ha coordinado ha impuesto disciplina en el equipo.

Meade no ha logrado establecer disciplina por la descomposición de la relación en los segundos y terceros niveles, y porque el trabajo no le corresponde, por diseño, sino a Nuño. La inclusión del senador Javier Lozano al equipo, como uno de los vocero y vicecoordinador de mensaje, es un síntoma de lo que pasa en la campaña. El discurso de Meade, que hasta ahora ha sido de poco impacto, es responsabilidad del presidente del PRI, Enrique Ochoa, que redacta la mayoría de los que pronuncia. El que fungirá como uno de los voceros, refleja que Ochoa está desgastado y Nuño, que ha asumido esas funciones últimamente, carece de densidad. El problema de la inclusión de Lozano, por otra parte, provocó nuevas tensiones hacia el interior del PRI, donde varios fueron dejados de lado para esas tareas a favor de otro externo.

Videgaray es la apuesta final que hará el presidente para relanzar la campaña de Meade. El reto de Videgaray será eliminar fisuras y lograr la cohesión tanto entre los peñistas que perdieron en la sucesión presidencial, como entre los priistas que querían a un priista como abanderado.

Twitter: @rivapa

Eje Central
Estrictamente Personal
Raymundo Riva Palacio
Martes 16 de enero de 2018.


Jorge Zepeda Patterson    

“¿Qué lleva al PRI a convertir a este provocador contumaz en vocero de su causa? El fenómeno Trump, supongo”.

Que Javier Lozano brinque de un partido a otro para contratarse como gatillero sicario a las órdenes de un nuevo patrón, no tiene nada de sorprendente: la mayoría de los políticos no deja que las convicciones o la ética se atraviesen en su camino. Lo que llama la atención es que un partido abra los brazos y encumbre al que hasta unos días antes escupía sobre sus cabezas. Peor aún, tendríamos que preguntarnos ¿cuán descompuesto está el clima político para que los asesores de José Antonio Meade hayan concluido que se requiere a un buleador profesional para encarar la campaña electoral?

¿Qué lleva al PRI a convertir a este provocador contumaz en vocero de su causa? El fenómeno Trump, supongo. Una lectura superficial de lo que sucedió en Estados Unidos podría concluir que el camino a la presidencia se esculpe a golpes de tuits soeces, políticamente incorrectos, estridentes. Si creen que Trump está en la Casa Blanca gracias a sus insultos y a un comportamiento de barbaján para con sus rivales, entonces el fichaje de Lozano cobra sentido.

Incluso el propio Meade desde hace unos días ya había asumido esta estrategia. Dejó atrás la estudiada imagen de buena persona no-rompo-un plato, para subirse al ring y retar a López Obrador y a Ricardo Anaya. Alusiones al patrimonio del tabasqueño o a la novatez del joven candidato panista, por no hablar de duros reclamos a la corrupción de sus rivales. Las diatribas de Meade fueron muy aplaudidas por sus seguidores, aunque el resto del país no pudo dejar de pensar en el típico refrán “el burro hablando de orejas”. Acusar a sus competidores de ser corruptos minutos después de abrazar efusivamente al líder petrolero Romero Deschamps no es precisamente el mejor de los timings.

En todo caso Meade es un Trump muy poco convincente. Javier Lozano, en cambio, se ha preparado toda su vida. Originario de Puebla, pero capitalino de siempre, es egresado de la Escuela Libre de Derecho donde conoció a Felipe Calderón, aunque militó en el PRI bajo cuyas siglas llegó a ser oficial mayor y subsecretario de Comunicaciones y Transportes en el sexenio de Ernesto Zedillo. Caído de la gracia de la cúpula priista, en 2006 se vinculó a Calderón y se las ingenió para ser ungido secretario del Trabajo y Previsión Social. Desde este puesto, Lozano se haría célebre por algunas batallas épicas. Con el sindicato Mexicano de Electricistas, con los trabajadores de Cananea, con el sindicato de sobrecargos, con el periodista Miguel Ángel Granados Chapa o con el empresario chino Zhenli Ye Gon, a quien terminaría acusando de difamación luego de que el contrabandista intentó implicarlo en temas de lavado de dinero. En estos y otros desencuentros, Lozano se caracterizó por su estilo rijoso y rudo, y por su gusto para ventilar en público y sin aparentes filtros sus humores y sus fobias. Dentro del calderonismo el ahora ex senador desempeñó el trabajo sucio para atacar y enlodar a los rivales de su fracción (entre otras cosas enarbolando duros epítetos contra Enrique Peña Nieto y los que hoy lo han contratado).

La incorporación de Lozano, además, tiene un segundo propósito. La batalla entre José Antonio Meade y Ricardo Anaya será feroz y despiadada porque ambos intentarán convertirse en beneficiarios del voto anti lopezobradorista. La única oportunidad que tienen de ganarle al líder de Morena es capturando el voto útil de su rival, es decir, fusionando en la práctica al segundo y al tercer lugar. De aquí a junio Meade tiene que convencer al electorado conservador que Anaya se ha desinflado y que él es la única alternativa viable ante AMLO. Javier Lozano podría ser clave porque proviene del PAN, conoce sus trapos sucios y, mejor aún, está dispuesto a ventilar la basura, real o presunta, en una arena pública que nuestro personaje suele convertir en paredón.

@jorgezepedap
www.jorgezepeda.net

Sin Embargo
Jorge Zepeda Patterson
Ciudad de México
Lunes 15 de enero de 2018.


René Delgado

El priismo ya puede ir pensando qué hacer tras haber sido despojado de su partido.

Hoy, el Revolucionario Institucional no ampara, cobija ni impulsa al conjunto de su militancia, sólo a la nueva cúpula nativa o adoptiva del grupo Atlacomulco, los cuadros sometidos por interés propio o compartido, los técnicos disfrazados de ciudadanía sin ambición ni propuesta, así como a los residuos del calderonismo. La cúpula no suma: resta o transa. Y, sin importar el modo, exige asegurar el voto duro y tentar al blando.

Los ajustes en el equipo de la administración, el partido y la campaña envían un muy claro mensaje a la militancia tricolor: sólo quienes se dobleguen y disciplinen ante el grupo dominante del partido contarán con cierta posibilidad de participar en la lucha por el poder que, en la coyuntura, algo de sobrevivencia tiene.

Pese a la soberbia en la conducta, el titubeo en la expresión de la élite tricolor revela temor. Pavor a verse desplazada del poder o, quizá, a conocer por dentro la residencia del Altiplano o a vivir en fuga permanente y, claro, está resuelta a todo. Así y leal a su dogma neoliberal, decidió privatizar el partido y poner en práctica la política del miedo por el miedo a la política. Otro cantar, si todo fuera transar o canjear.

En la contienda electoral, el priismo en su conjunto ya no se juega la principal posición política de mando. La decisión de a quién postular les fue arrebatada y, ahora, está por verse si el beneficiario de ella la hace suya. El priismo sólo se juega su porvenir.
 
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Si al arranque de la administración sorprendió positivamente el carácter incluyente del Ejecutivo en la composición del gabinete y la coordinación legislativa, al cierre de su gestión llama la atención el carácter excluyente de su recomposición. (Ahí está la nota de Reforma, ayer en su portada).

Tras su victoria electoral, Enrique Peña Nieto pudo jugar a placer con las fichas durante su gestión. No lo hizo, las repartió y, aun cuando colocó cuñas aquí, allá y acullá, sumó e integró un equipo variopinto.

Ahora, sin embargo, ocurre lo contrario. El Ejecutivo recogió las fichas para sólo incluir a quienes le garanticen obediencia, lealtad es otra cosa. Hoy, el gabinete ya no incluye, excluye. No refleja pluralidad tricolor, sino unidad monocolor y la disciplina que demanda el jefe del grupo instalado en la administración, el partido y el equipo de campaña.

Son pocos los secretarios de Estado comprometidos con la investidura, la función y el servicio. Y son varios los secretarios dispuestos a servir al rejuego electoral, convirtiendo la dependencia a su cargo en ariete contra el adversario y respaldo al ungido. Desarrollo Social, tienda de campaña. Relaciones Exteriores, destapador del hoy precandidato. Y, ahora, hasta Hacienda busca su espacio en la contienda.

Los mismos coordinadores parlamentarios legislan en perjuicio -valga el absurdo- del Poder Legislativo y en beneficio del Poder Ejecutivo. No responden a la representación que ostentan, sólo a la voz del amo.

Más allá del supuesto interés por darle continuidad a las reformas estructurales, en aras del partido y el precandidato, la administración no repara en poner en peligro la estabilidad económica y política del país a sabiendas de su fragilidad. Qué importa la próxima generación frente a la próxima elección.

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En el partido tricolor, la salida de Manlio Fabio Beltrones y la entrada de Enrique Ochoa marcaron los nuevos tiempos del priismo.

No se quería más a un cuadro con liderazgo ni ideas propias y entonces, como algunos priistas dicen, a Beltrones le dieron un regalo o partido envenenado. La coyuntura requería de un subalterno dócil, atento a la instrucción. Un gerente dispuesto a conducirse como golpeador ante el contrario y como amanuense a la hora de tomar dictado. Un ruletero resuelto a ir a donde le indicara el pasajero o su patrocinador, bromean algunos priistas.

En ese esquema, la Asamblea Nacional salió a pedir de boca. Se botaron los candados que imposibilitaban al simpatizante José Antonio Meade y, curiosamente, al militante que hoy coordina la campaña, Aurelio Nuño. No deja de asombrar que el precandidato se declare -spot del Partido Verde- un ciudadano sin militancia ¡política! y un buen funcionario y postule como gran propuesta -spot del PRI- cumplir los buenos deseos a lo largo del año y no sólo al final. Un ciudadano sin ambición, militancia ni convicción política o un burócrata cumplido no garantizan un buen candidato, tampoco un buen mandatario y mucho menos a un estadista.

Dada la dirección del partido y el perfil del simpatizante postulado, al priismo le falta digerir otras sorpresas. La más reciente: hacer también suyo a un converso y golpeador profesional, un ex priista, un calderonista domesticado -no un panista rebelde- como el portavoz de su abanderado. La siguiente: regar la margarita o tolerar al bronco si les restan votos a ya saben quiénes.

Desde luego, por los servicios prestados a la cúpula, ya recibirán su fuero quienes cumplieron sin chistar la liturgia y los representantes de los negocios hechos desde la función pública.

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El grupo dueño del PRI practica la política del miedo hacia adentro y hacia afuera del partido, por el miedo a la política. A ver si el priismo se somete o se rebela ante la institucionalidad y la disciplina que hoy lo condenan.
 
· EL SOCAVÓN GERARDO RUIZ
 
"2018 es el año en el que vamos a consolidar las transformaciones que emprendió el gobierno del señor Presidente de la República, licenciado Enrique Peña Nieto, con el propósito de sentar las bases de un mejor futuro para el país". Eso escribe el secretario Gerardo Ruiz Esparza.

Reforma
Sobreaviso
René Delgado
Ciudad de México
Sábado 13 enero de 2018.

 

Porfirio Muñoz Ledo      

Con motivo de la aparición del libro Porfirio Muñoz Ledo, Historia Oral, he sostenido numerosas entrevistas en medios impresos y electrónicos. Un tema recurrente es el parangón entre las elecciones de 1988 y las de 2018, a treinta años de distancia. El escenario de fondo es el mismo: una cúpula de poder y una tecnocracia insaciable que se empeñan en detener el cambio democrático. Existen obviamente diferencias. Entonces el gobierno se dio cuenta de que había perdido las elecciones el día de los comicios y por ello el fraude fue post-electoral. Cínica sustitución de votos, actas y urnas. Ahora existe una legislación electoral más avanzada y órganos supuestamente autónomos para aplicarla; pero durante los últimos años la clase dominante ha aprendido a perpetuarse mediante la compra y coerción del voto. En ambos casos se trata de un golpe de Estado a la democracia.

El 5 de diciembre el portal de The Huffington Post publicó El PRI está fraguando un fraude en 2018 y reprimir con militares. Denuncia la estrategia gubernamental: primero la malversación de recursos públicos para destinarlos a la campaña y la sumisión de los pobres mediante el dinero, triangulación idéntica a la de 2017 y documentada por The New York Times. En una segunda fase el despliegue de las Fuerzas Armadas, según las facultades otorgadas al Presidente de la República en el artículo 16 de la Ley de Seguridad Interior; estado de sitio que sellaría la violación de las urnas con la intervención de la fuerza pública.

Un libro esencial para el conocimiento del acontecer contemporáneo es 1988: el año que calló el sistema. Su autora, la gran periodista Martha Anaya que nos entrevistó a casi todas las personalidades políticas involucradas en el proceso. No es un alegato ideológico, sino un repaso objetivo de los sucesos que descarrilaron el cambio histórico. Ocurrió un desplazamiento del rol del Ejecutivo por desistimiento del presidente de la Madrid, para entregarle prematuramente el poder a su sucesor. Desde la campaña electoral, éste había entregado el mando de las operaciones a Carlos Salinas y a sus auxiliares, al punto que los partidos de oposición se vieron obligados a negociar con los autores del fraude.

En dicha obra, de la Madrid confesó “portar el sambenito del fraude es penoso, pero lo hubiese sido más perder el poder”; “a la izquierda no había, ni hay que dejarla llegar”. “Creo que hice bien en impedirlo”. Aunque ello no obstara para que años después, tal vez arrepentido, le haya confiado a Carmen Aristegui que había dejado el poder a gente corrupta y vinculada al crimen. En nuestros días, Peña Nieto entregó ya, si alguna vez la tuvo, la conducción política del país. La novedad es que transfirió el mando, desde la entrevista con Donald Trump el 31 de agosto de 2016, al entonces secretario de Hacienda y hoy de Relaciones Exteriores, Luis Videgaray, a quien convirtió al mismo tiempo en el vínculo privilegiado con Washington y en el nuevo caudillo de la política interna. Sus aduladores le llaman “el nuevo Calles”, aunque sus detractores lo apoden el callecito. La historia dirá.

La renuncia del secretario de Gobernación, Miguel Ángel Osorio Chong —quien partió con discreción y hasta elegancia— es significante. Político formado desde abajo y que conoce el pulso de la sociedad. Sabía que las determinaciones finales del régimen quedarán bajo la responsabilidad de la tecnocracia prepotente y de las Fuerzas Armadas, que en adelante no tendrán ninguna autoridad compensatoria dentro del sistema. Prefirió optar, con modestia, por ser el coordinador del Grupo Parlamentario de su partido en la Cámara de Senadores.

La opinión internacional está señalando claramente donde se encuentran los reductos de la dictadura y en donde la esperanza de la democracia. Es menester que la sociedad apueste a sí misma y cierre el paso a los apetitos del Golpe de Estado. Exigir a los partidos políticos y a los candidatos el cumplimiento estricto de la ley, no sin antes llamar a las autoridades electorales a que cumplan su papel de garantes de la legalidad y promotores de la democracia nacional. El último recurso es la movilización de la sociedad.

El Universal
Porfirio Muñoz Ledo
Ciudad de México
Sábado 13 enero de 2018.


 Raymundo Riva Palacio

Poco después de que se declarara presidente electo a Enrique Peña Nieto, Miguel Ángel Osorio Chong le pidió a Genaro García Luna, secretario de Seguridad Pública, visitar el búnker de Constituyentes y ver operar a Plataforma México. Le impactó lo que vio, un sistema de información e inteligencia criminal con la más alta tecnología. Plataforma México fue un proyecto que Estados Unidos financió en parte mediante la Iniciativa Mérida, y Osorio Chong no pensó lo que podía hacer contra los criminales, según exfuncionarios que platicaron con él, sino que imaginó la utilización de esos sistemas con fines políticos. García Luna, dijeron los exfuncionarios, advirtió de que cambiarle su destino de policial a político sería un error e iría contra los intereses del Estado Mexicano. A quien iba a ser secretario de Gobernación no le importó.

Osorio Chong, quien antes de iniciar la presidencia de Peña Nieto ya se imaginaba como el sucesor en 2018, comenzó a trabajar en el nuevo diseño institucional de Gobernación para acumular todo el poder posible. Tendría la responsabilidad de la política interna, pero le sumaría la capacidad de fuego de la Policía Federal. Contra la opinión de Luis Videgaray, jefe del equipo de transición, Peña Nieto permitió que Osorio Chong fusionara las dos dependencias bajo su mando único. También aceptó la estrategia de seguridad que planteaba el nuevo secretario de Gobernación, sugerida por asesores que sostenían que la violencia en el gobierno de Felipe Calderón obedecía a que confrontaba a los cárteles de la droga, para dejar de combatirlos.

Durante ocho meses se dejó de enfrentar a los cárteles de la droga, que fortaleció al Cártel del Pacífico y todas sus derivaciones, permitió el crecimiento del Cártel Jalisco Nueva Generación, el renacimiento de La Familia Michoacana en Los Caballeros Templarios, y que Los Zetas no murieran de inanición criminal. La baja en los índices de homicidios dolosos que se vieron durante los dos primeros años, fue inercial. La estrategia de fuego y sangre de Calderón –utilizada en varias naciones– tuvo su pico de muertos en mayo de 2011, cuando comenzó a bajar el índice de homicidios dolosos.

Osorio Chong presumía que se debía a la estrategia del nuevo gobierno, pero era falso. Hoy, el secretario de Gobernación deja al país sumido en la peor violencia que ha registrado en su historia. Sus argumentos de que es resultado de la falta de trabajo de los gobiernos estatales y municipales en el combate a la delincuencia, ocultan algunas verdades. Por ejemplo, los controles de confianza para policías estatales y municipales fueron pospuestos en dos ocasiones por el Congreso a petición de Gobernación; y la fuerza federal policial se mantuvo en el mismo nivel –35 mil policías– con la que la recibió del gobierno de Calderón. Es decir, en seis años no incrementó la fuerza policial del Estado, pese a que el presupuesto para ese fin se incrementó casi 300 por ciento.

El 80 por ciento de ese dinero se destinó a gastos de operación, dentro de una bolsa confidencial manejada por una incondicional de la familia de Osorio Chong. Entre los altos costos que propició ese manejo de recursos, fue que los sistemas de seguridad del penal de máxima seguridad de Almoloya nunca fueron revisados y mantenidos adecuadamente, o pagadas las renovaciones de los contratos de equipos que dejaron de funcionar. El resultado más dramático de la negligencia en las cárceles fue la segunda fuga de Joaquín El Chapo Guzmán, sobre la que se puede argumentar que si no se escapó antes, era porque no lo habían capturado.

El desastre del nuevo modelo de Osorio Chong, aprobado por el presidente Peña Nieto, tuvo muchas más expresiones. Como botones de muestra:

1.- Plataforma México fue desmantelada y los 600 equipos de escuchas telefónicas fueron trasladadas al Cisen, donde Osorio Chong colocó a su incondicional, Eugenio Imaz.

2.- El proyecto de la Gendarmería, del que entregó un resumen ejecutivo García Luna a Peña Nieto, nunca fue aplicado, en buena medida porque Osorio Chong, que nunca entendió lo que le daban, tampoco le prestó atención. La creación de la Gendarmería en el peñismo resultó un fiasco y gradualmente se fue desvaneciendo como fuerza.

3.- La falta de mandos capacitados en las áreas de seguridad pública llevaron a la Policía Federal a fracasos y excesos en el uso de la fuerza, como en Tanhuato, Nochixtlán y Apatzingán, donde se puede argumentar que incurrieron en violaciones a los derechos humanos.

Lo más grave, sin embargo, por las consecuencias transexenales que puede acarrear al presidente Peña Nieto, fue la decisión, en 2013, de arropar a los grupos de autodefensa civil en Michoacán, a los que se les entregaron armas y protegió la Policía Federal y el Ejército. La organización de bandas paramilitares fue hecha para que hicieran el trabajo sucio del gobierno y aniquilaran a Los Caballeros Templarios. Es decir, un grupo respaldado por el gobierno para eliminar a otro grupo específico puede ser interpretado en Derecho Internacional como genocidio. Esa estrategia estuvo a punto de desbordar en 2014 en una guerra civil, provocada por Gobernación.

Osorio Chong debió haber sido despedido por el presidente Peña Nieto hace años, pero nunca sucedió. Esa falta de decisión no le va a costar al secretario de Gobernación saliente, sino al presidente. Peña Nieto no es culpable del desastre que hizo Osorio Chong, su amigo, en la gobernación y seguridad del país, pero es el responsable. De eso, el inquilino de Los Pinos no se salvará.

Twitter: @rivapa

Eje central
Raymundo Riva Palacio
Estrictamente Personal
Ciudad de México
Jueves 11 de enero de 2018.


 René Delgado

No hay focos rojos... porque el tablero electoral está desconectado.


Y, claro, sin el semáforo de riesgos encendido, con o sin culpas se tolera la prefiguración de un cuadro electoral cada vez más complicado y adverso que, en un descuido, podría colocar en un predicamento no a éste o aquel otro candidato o partido, sino a la estabilidad económica, política y social del país.

En concierto o desconcierto, el variado elenco de responsables de asegurar el proceso electoral está poniendo, de buena o mala fe, su granito o camión de arena para arribar a un final sin garantías y, entonces, según le vaya al partido en el poder, determinar de qué recurso echar mano.

Puede rechazarse, pero se están fraguando las condiciones para llevar a cabo o no un fraude electoral, una trastada política que -a diferencia de las ocasiones anteriores-, quizá, llevaría a romper más de un vidrio. Si la violencia ya es costumbre nacional, su derrame en la política no puede descartarse.

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El gobierno -por así llamar a la administración- ha jugado y juega con las variables económicas no en función de la estabilidad -la palabra correcta sería estancamiento-, sino de su efecto electoral sobre el candidato oficial de su partido.

Si durante el periodo previo a la postulación de José Antonio Meade la administración no dudó en contribuir a la volatilidad del peso, en atención a la peregrina idea de restablecer una liturgia política insostenible, ahora nada le preocupa contribuir a la inflación al contener artificialmente el precio de los combustibles. La sola idea o temor de que en cualquier momento se asestará otro gasolinazo está disparando el precio de productos básicos.

Pese al discurso oficial antipopulista, la administración pretende no irritar a su clientela electoral y ha dado lugar a un absurdo: el precio libre, pero controlado, de los combustibles. Se manipula el Impuesto Especial sobre Producción y Servicios al ritmo de la necesidad política.

La gran interrogante es cuánto tiempo aguantará sin dar el golpe al precio y, si ese lapso, cubre las pobres expectativas de su candidato que, por lo demás, causa ternura al asegurar que el precio de los combustibles lo fija el mercado internacional.

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La violencia y la delincuencia están al alza, pero como de ellas se ha hecho una costumbre, unos muertos de más o de menos no inquietan a la autoridad electoral ni gubernamental.

A ninguna de ellas escandaliza que aparezcan cuerpos sin vida aquí, allá o acullá. Bajo la justificación de la criminalidad incontenible, la falta de una policía profesional y la división del trabajo, no hay por qué instrumentar un programa que garantice el desarrollo pacífico de la campaña electoral o el derecho ciudadano a votar en libertad y seguridad.

Bajo esa óptica, si entre los asesinados del día, la semana o el mes ahora se anotan nombres de alcaldes, funcionarios, dirigentes o precandidatos -Reforma estima once tan sólo durante diciembre-, estos deben agregarse sin más a la lista de ciudadanos fallecidos porque, en una democracia, todos los muertos son iguales. Sin embargo, si un Estado no es capaz de garantizar la vida y la seguridad de quienes representan o pretenden representar a la sociedad, menos puede garantizarlas a la sociedad.

Frente al problema, la autoridad electoral se lava las manos. Lo suyo, dice Lorenzo Córdova, es organizar el proceso, no garantizar la seguridad y, por eso mismo, el Instituto Electoral no elabora mapas de riesgos, ni advierte focos rojos. Y, a su vez, a la autoridad gubernamental no le llama la atención el asesinato de políticos como una operación criminal, interesada en que la incertidumbre electoral no desvanezca la certeza de su actividad siniestra.

Dejar en la impunidad el asesinato de políticos o la violencia política como la ocurrida por tercera ocasión en la campaña de la precandidata de Morena al gobierno de la capital, Claudia Sheinbaum, es ponerle cartuchos al arma de la eliminación y quitarle el seguro a una elección. Pueden firmarse pactos de civilidad al mayoreo, son como los homicidios, letra muerta. El punto es actuar de manera contundente contra quienes atentan contra la vida y la democracia.

La impunidad, en sentido contrario al postulado de Meade, es estar con los victimarios, no con las víctimas del crimen.

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Encargar la fiscalización del gasto de los partidos a un ex colaborador del hoy precandidato del PRI y validar el otorgamiento de beneficios en especie o efectivo (tarjetas de promesas o programas sociales) durante la campaña electoral es cargar con pólvora los dados del juego electoral.

La decisión de aquellos consejeros de nombrar a Lizandro Núñez Picazo, ex funcionario del SAT y, por lo mismo, colaborador de José Antonio Meade, como jefe de la Unidad de Fiscalización del Instituto Electoral es, por decir lo menos, un error inconcebible. Le restan legitimidad a su actuación y abren el telón a la sospecha.

La decisión de los magistrados de echar abajo el reforzamiento de la prohibición de ofertar dinero o mercancías como parte de la propaganda electoral es, en cierto modo, legalizar la compra y la coacción del voto.

Si esos son los árbitros y los jueces del concurso, pues, desde ahora se puede dudar de su imparcialidad.

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Pueden la autoridad electoral y gubernamental asegurar que no hay focos rojos encendidos a partir de desconectar el tablero de la corriente de la realidad. Pueden sin querer o adrede configurar las condiciones de un fraude a realizar en caso necesario, pero no pueden ignorar que están jugando con la estabilidad de la nación.

· EL SOCAVÓN GERARDO RUIZ
 
Ojalá postulen al secretario de Comunicaciones y Transportes al Senado de la República, no hay mal que por fuero no venga.

 
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Reforma
Sobreaviso
René Delgado
Domingo 7 enero 2018.

Carlos Ferreyra Carrasco

No se requiere una gran memoria, ni siquiera el esfuerzo por acordarse de algo que ha sido tan público, tan evidente, que sólo un sujeto en uso de su canallesco arbitrio puede evitar o torcer la realidad.

No es creíble, salvo para quienes lo escuchamos, que el candidato de la izquierda amarilla salpicada de azul y blanco mariano y naranja carcelario, tras negarse a responder el origen de su descomunal fortuna, 300 millones de pesos acumulados en su breve carrera política, ahora llame la atención sobre las corruptelas del actual gobierno. Que existen y debían ser castigadas, desde luego.

En una larga parrafada durante uno de sus actos de campaña, Ricardo Anaya, el mismo que mandó a su mujer y sus hijos a vivir en un país civilizado, mientras espera que los mexicanos le facturemos a su nombre el que habitamos, lanzó todas las culpas de la inseguridad a los tricolores, claro, al actual gobierno principalmente.

Tiempo de K Anayas, evidente. El ilustre blanquiazul se hizo el tontito para evitar la mención al primer gobierno nacional panista, del hoy promotor tricolor e impulsor decidido de la legalización de drogas, Vicente Fox y Quezada.

Para que quede claro, no sólo se establecieron acuerdos con los capos del narco, sino que en su gestión se registró la primera fuga de El Chapo Guzmán. Negocios son negocios y así, en forma insólita, crecieron las propiedades rurales del ranchero atrabancado que inclusive abandonó la procesadora de yerbitas denominada Empacadora don José.

Larga historia de esa empresa, contratante de niños para sus labores y ladrona de productos adquiridos que luego se negaba a pagar. Personalmente hay algo que narrar después de una venta de brócoli que finalmente debieron liquidar tras la publicación de un texto alusivo. Era campaña y se trataba de evitar raspones.

El gobierno que siguió, aplicando la tecnología priista y gracias a la intervención de Hildebrando, hermano de la Márgara manipuló los resultados vía computadora. Pero no fue lo peor, a la mínima insinuación de Lazarillo Cárdenas, protector y benefactor de la familia Sahagún, Felipe Calderón desató las furias del Averno, enfrentó a los cárteles y hasta la fecha lo pagamos en dinero y con vidas, muchas vidas.

Tiempo de canallas, tiempo de Anaya que bien podría iniciar una campaña ética, moral (cristianamente) y explicar qué hará si llega y cómo lo hará. Con todos nuestros defectos y asegures, los votantes tenemos recuerditos de cada uno de los tres pretendientes.

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Puebl@Media
Carlos Ferreyra C
Ciudad de México
Martes 2 de enero de 2018.


René Delgado

La temporada invita a desear felicidad, paz y prosperidad. Empero, el gozne que vincula y articula esa tríada de anhelos con la posibilidad de alcanzarlos carece del perno de su realización. Sin esa bisagra aflora la amenaza de anular el futuro, haciendo del presente un tiempo continuo.

Si la felicidad deriva del estado en el cual las condiciones económicas y las relaciones sociales sostienen e impulsan el bienestar y el desarrollo nacional, hoy ese ánimo se identifica más con la tristeza. La moneda vuela, la inflación crece, la desigualdad aumenta y la atracción de inversiones se tambalea. En tal circunstancia, la prosperidad tiene el resuello de un sueño asfixiado.

Si la paz social es algo más que la ausencia de conflicto, y se distingue por la capacidad del Estado para garantizar los derechos y la dignidad de quienes caminan por la avenida donde confluyen el esfuerzo y la voluntad compartida de resolver civilizada y armoniosamente problemas y diferendos, tal estatuto no se advierte. En más de una ciudad o plaza no cuelgan adornos de temporada, sino cuerpos sin vida.

La violencia hoy es hábito con tinte de costumbre, donde las víctimas son símbolo del desencuentro nacional. La impunidad criminal y la pusilanimidad política marcan la rutina de muerte que ya no asombra ni sacude a quienes dicen representar a la ciudadanía y velar por ella. El número de muertos no empata con un Estado de derecho, sí con un Estado en guerra.

El puente entre la tristeza nacional, la intranquilidad social y la violencia criminal es la corrupción que hunde al país y le impide recolocar un horizonte distinto al de la descompostura y la degradación. La corrupción ante la cual zapatean de gusto los administradores cuando se enriquecen gracias a ella y ante la cual dan patadas de ahogado, cuando su eventual combate les presenta la cárcel como su próximo destino.

Sólo la mentira de quienes niegan el presente y prometen el futuro como el imperativo de permanecer en el poder a como dé lugar, explica el ansia por enviar buenos deseos sin alas. Fracasaron en la política y la economía, jugaron con ambas hasta anular un porvenir con bienestar y paz.

***

A lo largo de este siglo, la pregunta de cuándo y cómo se quebró el país yace sin respuesta. La única certeza es que la espiral de impunidad y pusilanimidad donde éste y los dos anteriores gobiernos insertaron a la nación aún no concluye. Y decir gobiernos es un decir.

No hay respuesta por parte de ellos ni una reflexión autocrítica, pero hay datos y prácticas que explican lo ocurrido.

La alternancia sin alternativa; la reducción de la democracia sólo al ámbito electoral; la victoria electoral sin desembocadura en la conquista del gobierno; el sobajamiento del ciudadano a la condición de elector; el relevo de los Poderes de la Unión sin renovarlos; la confusión entre poder y tener; la incertidumbre electoral sin conclusión en la certeza política; el ejercicio del no poder con ribetes imperiales; el pragmatismo rayano en el oportunismo político; el vicio de reformar y reformar la Constitución, sin diseñar bien ni cumplir sus leyes; la falta de políticas públicas transexenales acordadas y comprometidas; la aventura de declarar y continuar una guerra perdida de antemano... explican en parte lo ocurrido.

El abandono de la economía interna a partir de la cómoda expulsión de personas, la exportación de mercancías o la explotación brutal de recursos naturales; la vocación por administrar problemas sin resolverlos; la facilidad de impulsar reformas a partir de acuerdos cupulares sin necesidad de hacer política abierta e inclusiva; la vergonzante práctica del dogma neoliberal en la era del fin de las ideologías; la sobra de ocurrencias en sustitución de la falta de ideas... también explican lo sucedido.

***

La desbocada frivolidad de Vicente Fox, el primer populista antipopulista; la gana de Felipe Calderón de legitimarse a punta de bayoneta y convertir el territorio nacional en una fosa; y la decisión de Enrique Peña Nieto de no hacer un corte de caja de lo que recibía, de pretender transformar al país sin tomarlo mucho en cuenta ni prescindir de la corrupción como el lubricante de los arreglos y de rendirse al momento de perder la iniciativa política y ser descubierto en su debilidad trazan un vínculo entre las tres gestiones.

Una liga que, si no revela un acuerdo, sí marca una coincidencia profunda entre esas tres figuras, cabezas de administraciones fallidas y gobiernos ausentes: ninguna se propuso hacer de la alternancia una alternativa; confundieron el cambio de régimen con su continuidad; optaron por restaurar en vez de construir.

Quizá, por eso, su manifiesto repudio a Ricardo Anaya y Andrés Manuel López Obrador.

***

Pese a presentarse como los fabricantes y garantes del futuro, a las tres administraciones el presente las condena.

Ahí se explica por qué Fox, Calderón y Nieto respaldan a un simpatizante ayer del panismo y hoy del priismo. Ese cuadro, disfrazado de ciudadano sin ambición de poder ni interés por la política, les garantiza no exponer su fracaso ni ponerle rejas a su tranquilidad.

José Antonio Meade no tiene propuesta porque lo suyo es garantizar el continuismo. Encarna la última línea de defensa de un proyecto frustrado. Pueden los defensores, promotores y simpatizantes del presente continuo formular votos por la felicidad, la paz y la prosperidad que ellos mismos cancelaron.

Otro cantar se oye en las voces de la sociedad dispuesta a reconocer el presente sin renunciar al futuro.

EL SOCAVÓN GERARDO RUIZ

Concluye el año, un puente se ha tendido sobre el socavón del Paso Exprés de Cuernavaca y un puente de silencio sobre los responsables del agujero. A ver si resisten.

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Reforma
Sobreaviso
René Delgado
Ciudad de México
Sábado 23 diciembre 2017.

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El mundo es comprendido por el paradigma, es la forma por la cual es entendido el mundo, el hombre y por supuesto las realidades cercanas al conocimiento.

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