Fue el gran personaje de nuestra comedia del arte, capaz de derrotar las miserias de lo real con los disidentes recursos de la risa, la inventiva y la sensualidad
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Los poetas tienen un íntimo acuerdo con el cielo. César Vallejo anunció que moriría bajo un aguacero y Fernando del Paso falleció un miércoles llovido desde el martes, a cincuenta años del movimiento estudiantil del 68, episodio esencial de su novela Palinuro de México.

En 1996, en su discurso de ingreso al Colegio Nacional, Del Paso definió su concepción totalizadora de la escritura: “Llamo poeta, que quede dicho de una vez por todas, a todo escritor, ya sea su oficio no sólo la hechura de poemas, sino también de dramas, comedias, cuentos o novelas, a la manera en que lo hizo Walter Muschg en su Historia de la literatura, ese maravilloso estudio que, como pocos, nos presenta los múltiples avatares en los que ha encarnado el poeta a través de los siglos, para su felicidad o su miseria: vidente, mago, profeta, semidiós, paria, acusado, víctima, héroe, ángel caído”.

Para Dante, la imaginación es el sitio donde el poeta rompe los límites de la realidad y modifica el clima; en consecuencia, es un lugar en el que llueve. No es casual que Vallejo anhelara un sepelio bajo un cielo roto ni que Del Paso muriera bajo la tormenta. Ningún novelista merecía tanto como él los atributos mágicos del poeta, destino que cumplió ocasionalmente en verso y casi siempre en una prosa torrencial y eléctrica, cargada de sentido del humor.

Nacido en 1935, se convirtió en el primer novelista en ser publicado por la naciente editorial Siglo XXI. Con olfato infalible, el editor Arnaldo Orfila decidió que José Trigo fuera el buque insignia de un catálogo aún por definirse. Y no se equivocó. Del Paso recibió en 1966 el Premio Xavier Villaurrutia por su recreación del mundo ferrocarrilero que había sido cantado en los corridos y aun aguardaba una historia tan larga como las vías que decidieron la Revolución, la Guerra Cristera y el movimiento ferrocarrilero de 1959.

Con pulso joyceano, Del Paso reinventó el habla, buceó en la consciencia de sus personajes y ejerció una “dinámica de los exhaustivo”. Sólo se ocupaba de un tema si podía agotarlo. En 1977, Palinuro lo llevó a los avatares de un estudiante de medicina y repasó con minucia los misterios del cuerpo humano. Tratado de erotismo y patología, recuperación de la plaza de Santo Domingo —sede de la Inquisición y la Facultad de Medicina—, la novela fue comparada por Severo Sarduy con la Venus de Dalí, que tiene cajones en el cuerpo y se puede abrir por muchas partes.

Diez años después, Del Paso construyó otra catedral, Noticias del imperio, sobre las desventuras históricas de Maximiliano de Habsburgo y las desventuras mentales de su esposa Carlota.

Además estas piezas de largo aliento, Del Paso practicó el dibujo y la escultura, escribió luminosos ensayos sobre el Quijote, un recetario razonado de cocina mexicana, poemas para niños, un drama sobre la muerte de García Lorca, una novela policiaca y cientos de páginas periodísticas. Cubrió el Mundial de España en 1982 y condenó con pulso certero la dictadura de Pinochet y los abusos del PRI.

Nacido en 1935, dejó México después de la matanza de Tlatelolco. Participó en el programa de escritores de Iowa, donde inició un exilio voluntario que duraría hasta 1992. En Londres y París encontró el tiempo para escribir obras cuya extensión competía con la eternidad. Al volver a México se instaló en Guadalajara, donde logró un extraño milagro. Juan José Arreola se había jubilado de la literatura escrita para ejercer los evanescentes prodigios de la oralidad. Durante años prometió un libro sobre su vida, Memoria y olvido. Del Paso lo puso ante una grabadora y se convirtió en amanuense del autor de Confabulario. Este acto de generosidad produjo un clásico instantáneo.

Cada vez que recibía un premio, Del Paso aludía a los quebrantos de la “suave patria” mexicana. Así lo hizo en Mérida, al recibir el Premio José Emilio Pacheco, y en Alcalá de Henares, al recibir el Cervantes. En momentos de aceptación, refrendaba su inconformidad.

Para sobreponerse a las dificultades de la página en blanco, usaba una prenda gastada por el uso, la camisa que heredó del poeta José Carlos Becerra, muerto a los treinta y tres años. Superados los borradores, aparecía en público con corbata roja y camisa amarilla. Ningún escritor mexicano se ha vestido con más colores.

Fernando del Paso fue el gran personaje de nuestra comedia del arte, capaz de derrotar las miserias de lo real con los disidentes recursos de la risa, la inventiva y la sensualidad.

El País
Juan Villoro
Ciudad de México
Domingo 18 de noviembre 2018.


El asalto de los millones de miserables de este mundo a los países prósperos del Occidente ha generado una paranoia sin precedentes en la historia. Resucitan fobias que se creían extinguidas, como el racismo

Cuando el 13 de octubre de 2018 salieron de la ciudad hondureña de San Pedro Sula eran unos pocos centenares. Tres semanas después, mientras escribo este artículo, son ya cerca de ocho mil. Se les han sumado gran cantidad de salvadoreños, guatemaltecos, nicaragüenses y sin duda también algunos mexicanos. Han avanzado unos mil quilómetros y pico, andando día y noche, durmiendo en el camino, comiendo lo que gente caritativa y tan miserable como ellos mismos les alcanza al pasar. Acaban de entrar a Oaxaca y les falta la mitad del recorrido.

La paranoia contra el inmigrante no entiende razones y mucho menos estadísticas

Son hombres y mujeres y niños pobres, pobrísimos, y huyen de la pobreza, de la falta de trabajo, de la violencia que antes era sólo de los malos patronos y de la policía y es ahora, sobre todo, la de las maras, esas bandas de forajidos que los obligan a trabajar para ellas, acarreando o vendiendo drogas, y, si se niegan a hacerlo, matándolos a puñaladas e infligiéndoles atroces torturas.

Las migraciones masivas sólo se reducirán cuando la cultura democrática se haya extendido

¿Adónde van? A Estados Unidos, por supuesto. ¿Por qué? Porque es un país donde hay trabajo, donde podrán ahorrar y mandar remesas a sus familiares que los salven del hambre y el desamparo centroamericano, porque allí hay buenos colegios y una seguridad y una legalidad que en sus países no existe. Saben que el presidente Trump ha dicho que ellos son una verdadera plaga de maleantes, de violadores, que traen enfermedades, suciedad y violencia y que él no permitirá esa invasión y movilizará por lo menos 15.000 policías y que, si les arrojan piedras, estos dispararán a matar. Pero no les importa: prefieren morir tratando de entrar al paraíso que la muerte lenta y sin esperanzas que les espera donde nacieron, es decir, en el infierno.

Lo que pretenden es una locura, por supuesto. Una locura idéntica a la de los miles de miles de africanos que, luego de caminar días, meses o años, muriendo como moscas en el camino, llegan a orillas del Mediterráneo y se lanzan al mar en balsas, botes y barcazas, apiñados como insectos, sabiendo que muchos de ellos morirán ahogados —más de dos mil ya en el año— y sin poder realizar el sueño que los guía: instalarse en los países europeos, donde hay trabajo, seguridad, etcétera, etcétera.

El asalto de los millones de miserables de este mundo a los países prósperos del Occidente ha generado una paranoia sin precedentes en la historia, al extremo de que tanto en Estados Unidos como en la Europa Occidental resucitan fobias que se creían extinguidas, como el racismo, la xenofobia, el nacionalismo, los populismos de derecha y de izquierda y una violencia política creciente. Un proceso que, si sigue así, podría destruir acaso la más preciosa creación de la cultura occidental, la democracia, y restaurar aquella barbarie de la que creíamos habernos librado, la que ha hundido a Centroamérica y a buena parte de África en ese horror del que tratan de escapar tan dramáticamente sus naturales.

La paranoia contra el inmigrante no entiende razones y mucho menos estadísticas. Es inútil que los técnicos expliquen que, sin inmigrantes, los países desarrollados no podrían mantener sus altos niveles de vida y que, por lo general —las excepciones son escasas—, quienes emigran suelen respetar las leyes de los países huéspedes y trabajar mucho, precisamente porque en ellos se trabaja no sólo para sobrevivir, sino para prosperar, y que este estímulo beneficia enormemente a las sociedades que reciben inmigrantes. ¿No es ese el caso de Estados Unidos? ¿No fue al abrir sus fronteras de par en par cuando prosperó y creció y se volvió el gigante que es ahora? ¿No fue Argentina el país más próspero de América Latina y uno de los más avanzados del mundo gracias a la inmigración?

Es inútil, el miedo al inmigrante es el miedo “al otro”, al que es distinto por su lengua o el color de su piel o por los dioses que venera, y esa enajenación se inocula gracias a la demagogia frenética en que ciertos grupos y movimientos políticos incurren de manera irresponsable, atizando un fuego en el que podríamos arder justos y pecadores a la vez. Ya ha pasado muchas veces en la historia, de manera que deberíamos estar advertidos.

El problema de la inmigración ilegal no tiene solución inmediata y todo lo que se diga en contrario es falso, empezando por los muros que quisiera levantar Trump. Los inmigrantes seguirán entrando por el aire o por el subsuelo mientras Estados Unidos sea ese país rico y con oportunidades, el imán que los atrae. Y lo mismo puede decirse de Europa. La única solución posible es que los países de los que los migrantes huyen fueran prósperos, algo que está hoy día al alcance de cualquier nación, pero que los países africanos, centroamericanos y de buena parte del tercer mundo han rechazado por ceguera, corrupción y fanatismo político. En América Latina está clarísimo para quien quiera verlo. ¿Por qué los chilenos no huyen de Chile? Porque allí hay trabajo, el país progresa muy rápido y eso genera esperanzas a los más pobres. ¿Por qué huyen desesperados de Venezuela? Porque saben que en manos de los bandidos que hoy gobiernan, esa desdichada sociedad, que podría ser la más próspera del continente, seguirá declinando sin remedio. Los países, a diferencia de los seres humanos en los que la muerte pone fin al sufrimiento, pueden seguir barbarizándose sin término.

Los millones de pobres que quieren llegar a trabajar en los países del Occidente rinden un gran homenaje a la cultura democrática, la que los sacó de la barbarie en que también vivían hace no mucho tiempo, y de la que fueron saliendo gracias a la propiedad privada, al mercado libre, a la legalidad, a la cultura y a lo que es el motor de todo aquello: la libertad. La fórmula no ha caducado en absoluto como quisieran hacernos creer ciertos ideólogos catastrofistas. Los países que la aplican, progresan. Los que la rechazan, retroceden. Hoy día, gracias a la globalización, es todavía mucho más fácil y rápido que en el pasado. Buen número de países asiáticos lo ha entendido así y, por eso, la transformación de sociedades como la surcoreana, la taiwanesa o la de Singapur es tan espectacular. En Europa, Suiza y Suecia, acaso los países que han alcanzado los más altos niveles de vida en el mundo, eran pobres —pobrísimos— y en el siglo diecinueve enviaban a ganarse la vida al extranjero a migrantes tan desvalidos como los que en nuestros días escapan de Honduras, El Salvador o Venezuela.

Las migraciones masivas sólo se reducirán cuando la cultura democrática se haya extendido por África y demás países del tercer mundo y las inversiones y el trabajo eleven los niveles de vida de modo que en esas sociedades haya la sensación entre los pobres de que es posible salir de la pobreza trabajando. Eso está ahora al alcance de cualquier país, por desvalido que sea. Lo era Hong Kong hace un siglo y dejó de serlo en pocos años volcándose al mundo y creando un sistema abierto y libre, garantizado por una legalidad muy estricta. Tanto que China Popular ha respetado ese sistema, aunque recortando radicalmente su libertad política.

El País
Mario Vargas Llosa
Madrid, España
Lunes 12 de noviembre de 2018.


Jorge Zepeda Patterson


La prensa y la opinión pública mexicana respiran al ritmo de la última declaración, exabrupto u ocurrencia de Andrés Manuel López Obrador, quien tomará posesión el 1 de diciembre. La exégesis de la anécdota y la autopsia del gesto ocupan el espacio de las tertulias de radio y televisión y llenan las columnas de los periódicos. Y ciertamente el folclore del personaje ofrece abundante material. El problema es que toda esta cháchara mediática ha servido para juzgar y condenar, de una vez por todas, una propuesta de Gobierno que en más de un sentido es quizá nuestra última oportunidad antes de llegar al límite que abriría el camino a una opción fascista.

Hay una falsa ilusión de normalidad porque en los barrios de clase alta y media alta, la criminalidad todavía está contenida (aunque cada vez menos). Pero el 80% de la población vive en zonas en donde la desesperación frente a la inseguridad y la impunidad están provocando una rebelión desde abajo.

En Guadalajara se roban kilómetros de cables del alumbrado de las calles y de las escuelas públicas, en Puebla descarrilan trenes para robarse unos kilos de frijol y arroz, los linchamientos en contra de presuntos delincuentes son cada vez más frecuentes, las autopistas son tomadas todos los días por comunidades exasperadas por alguna infamia, los feminicidios de adolescentes van en aumento, las extorsiones a comercios y restaurantes se han generalizado, las fuerzas de autodefensa proliferan. En fin, miles de personas son asaltadas cada día y más de veinte mil son asesinadas al año, una cifra que va en aumento. Muchos mexicanos en amplias zonas del país tienen la sensación de que el Estado ha perdido la batalla y comienzan a actuar en consecuencia.

Para decirlo rápido, se han gestado en México las condiciones de manual que predisponen al arribo de un régimen de mano dura; llamase dictadura, junta militar o democracia de corte fascista como la que parecería abanderar Jair Bolsonaro en Brasil.

Tras la caída del sistema presidencialista de partido único (PRI) que gobernó en México a lo largo del siglo XX, el país exploró la democracia recurriendo a las opciones de derecha con el PAN en 2000 y en 2006, y del centro con el regreso del PRI en 2012. Y si bien se logró una modernización de instituciones y de la economía, fueron Gobiernos que se avocaron a la pequeña fracción del México emergido. La tesis durante estos 18 años fue que los sectores punta vinculados a la globalización harían las veces de una locomotora capaz de arrastrar al país y sacarlo de la pobreza y el rezago de manera automática. Lo que ha sucedido es que el enorme convoy de vagones desatendidos y oxidados terminó por afectar a la poderosa locomotora. La pobreza, la desigualdad, los privilegios y la frivolidad de las élites, la corrupción, la ausencia del Estado de derecho y la inseguridad pública finalmente han pasado factura y amenazan con hacer descarrilar el tren. La globalización hizo posible que cualquier miembro de la clase media pudiera encontrar en un supermercado veinte marcas de agua embotellada, pero no impidió que en los barrios de miseria tuvieran que seguir acarreándola en cubetas desde alguna lejana toma.

López Obrador llega a la presidencia hablando de mejorar las vías, los vagones abandonados, trasladando recursos antes orientados a la locomotora (un aeropuerto de lujo, por ejemplo). Una tesis a contracorriente del discurso dominante de las últimas dos décadas. El sistema montado para legitimar la narrativa neoliberal ha respondido con rabia a las propuestas “populistas” del nuevo presidente electo.

Y desde luego, las peculiaridades del personaje han sustituido al debate de fondo y ofrecido todo tipo de municiones para la descalificación de su Gobierno de una vez y para siempre. A tres semanas de tomar posesión ya está armada la argumentación sobre el fracaso de su Administración.

No se trata de ofrecer al Gobierno de López Obrador un cheque en blanco, desde luego. La crítica puntual y honesta será absolutamente imprescindible para evitar excesos y abusos como en cualquier otro ejercicio del poder. No será fácil porque es un político hipersensible a la crítica. No podía ser de otra manera tras veinte años de ser víctima de la descalificación interesada y sistemática por parte de los medios y la opinión pública alineada a los poderes fácticos.

Solo habría que diferenciar la crítica que puede conducir a la mejoría de la gobernanza y no aquella que intenta convertirse en profecía cumplida, en desastre anunciado. Los agoreros del fracaso tendrían que estar conscientes de que se nos han agotado las alternativas; después de está solo queda el abismo. A diferencia del Cono Sur, México se salvó de pasar por una dictadura represiva en las últimas décadas. No la invoquemos ahora.

El País
Ciudad de México
Viernes 9 de noviembre de 2018.


Juan Villoro

Las frutas son relojes suaves; miden las horas mientras maduran. En ocasiones, los pájaros se adelantan a probar los higos que el jardinero quería dejar más tiempo en el árbol. En otras, la fruta envejece sin ser tocada como un verso de Pellicer, donde “hay azules que se caen de morados”. No es fácil calcular si el calendario ya hizo su trabajo en las sandías y los expertos se las llevan al oído para escuchar el latido que sólo producen las cucurbitáceas.

Ciertas frutas son francamente veleidosas. El mamey es un modelo de temperamento confuso. Dos ejemplares de idéntica perfección ovoide pueden encerrar carnosidades del todo diferentes. Los vendedores suelen quitar una parte de la cáscara para mostrar la cárdena maravilla de la pulpa, pero esto acarrea un indudable inconveniente: al contacto con la intemperie, el mamey calado se contagia de realidad.

Pensé en esto el martes cuando encontré en el mercado un puesto donde los plátanos verdes se vendían con éxito descomunal. Mi infancia está asociada al olor del plátano maduro. En la lonchera que llevaba al kindergarten (decorada con una imagen del vaquero Roy Rogers), mi madre colocaba un plátano donde el negro ya le ganaba terreno al amarillo. Hasta la fecha, al oler esa fruta próxima a la podredumbre recuerdo los inciertos días de la infancia.

Los compradores que vi el martes mostraban un ánimo opuesto al de mi madre; desdeñaban la fruta en su punto y elegían plátanos del porvenir. “Para el lunes ya están amarillos”, prometía el vendedor. “Es que como no va a haber agua…”, comentó una compradora en forma enigmática.

Me pareció curioso que comprara plátanos con una semana de antelación. Le pregunté al respecto y dijo algo aún más misterioso: “Los compro verdes para verlos”.

Hay personas que sólo pueden contar algo dando rodeos. La mujer pertenecía a una sección de élite de esta categoría. Explicó que cada dos de noviembre pone un altar de muertos para sus padres y prepara tamal de cazuela para recordarlos, guardando una porción para cada uno de ellos. “Con lo del agua, eso se arruinó”, añadió en tono de obviedad.

¿Qué relación tenían los plátanos con sus difuntos? En vez de preguntar esto, dije: “¿Ya suspendieron el agua en su colonia?”. Respondió que el corte estaba programado para el miércoles: “Quería comprar cubetas, pero ya se acabaron”, movió la cabeza en un gesto de decepción. Temí que se desviara hacia otro tema, pero volvió al Día de Muertos: “Sin agua no puedo cocinar”. “¿Y los plátanos?”, me atreví a decir. “¡Ahí está la cosa! ¿Le gusta cómo canta Javier Solís?”. Me declaré fan del charro cantor. Entonces ella dijo algo que desde que empezamos a hablar era lógico en su mente y poco a poco comenzó a serlo en la mía: “A mi papá le encantaba Fruta verde. Conoció a mi mamá cuando era muy chamaca y siempre le decía: ‘Sabor de fruta verde/ de fruta que se muerde/ y deja un agridulce de perversidad./ Boquita de chavala, boquita que reza/ pero que si besa, se vuelve mala mala’. La letra es bien coscolina, ya lo sé, pero mi mamá la oía risa y risa. Mi papá se robó a mi mamá cuando ella no llegaba a los dieciséis y viera lo felices que fueron. A ella le encantaba que le dijera así: ‘mala mala’. Sin agua, nomás no puedo cocinar para mis muertos. Voy a poner esta penca en el altar”.

Mientras hablábamos, más personas llegaron a comprar plátanos verdes. Detrás de cada compra debía haber una historia.

En forma peculiar, la demanda de frutas “aplazadas” tenía que ver con el corte de agua en el Sistema Cutzamala que afectaría a 3 millones 840 mil 148 personas en trece alcaldías de la ciudad. La exactitud de la cifra la volvía casi irreal y parecía invalidar la posibilidad de que alguien se mudara con un pariente que sí tenía agua.

La inminente sequía me llevó a recordar los cinco días aciagos del calendario azteca en que la vida habitual suspendía su curso. Íbamos a padecer las jornadas “sobrantes” que los fundadores de la ciudad incluyeron en su conteo del tiempo.

“Los plátanos son contagiosos; hay que tener cuidado con ellos”, dijo la mujer al despedirse: “Cuando maduran, también maduran las frutas que tienen junto”.

Comprar fruta verde equivalía a comprar una esperanza, un modo de sobreponerse a la ciudad donde el presente sólo era un pretexto para que llegara el porvenir.

Reforma
Juan Villoro
Viernes 2 noviembre 2018.


Jesús Silva-Herzog

El Presidente electo ofrece disculpas por anticipado. Acto seguido avisa que persistirá en el insulto. Lo escuchamos en una entrevista improvisada sentado, como acostumbra, en la ventanilla de la fila de salida de emergencia. Seguiré describiendo a la prensa que me cuestiona como prensa fifí, dice. Lo siento mucho, pero no tengo alternativa. Tengo que llamarlos como lo que son. En seguida, el Presidente electo expone las razones del insulto. Los fifís de hoy son herederos de los golpistas que contribuyeron a la caída y muerte de Francisco I. Madero. ¡Eso es lo que piensa el Presidente electo! La crítica es golpismo. El cuestionamiento al poder que despunta es, en realidad, deslealtad democrática.

El paralelo que traza entre sus críticos y la decena trágica es preocupante. Es una nueva cápsula de su entendimiento del debate público. Importa citarlo en extenso para juzgar si mi interpretación es excesiva. El Presidente electo brinda lecciones de historia como advertencias para el presente. "Si ustedes revisan la historia, los que le hicieron más daño al movimiento revolucionario maderista fueron los fifí. Ayudaron a los golpistas, y hubo una prensa -en ese entonces-, El Debate y otros periódicos, que se dedicaron a denostar al presidente Madero. Bueno, esa prensa y los fifís quemaron la casa de la familia Madero. Cuando detienen al hermano de Francisco I. Madero y asesinan cobardemente a Gustavo A. Madero, los fifís hacen caravanas con sus carros y festejan. Y luego esa prensa siempre apostó a apoyar la militarización, el golpe de Estado, y tiene que ver mucho con el conservadurismo, venían del régimen porfirista, eran serviles, era una prensa sometida y cuando triunfa el momento revolucionario, triunfa Madero, él garantiza libertades plenas, y se portaron muy mal, no sólo con Madero, sino el país, le hicieron mucho daño a México, fueron los que atizaron el fuego para que se volviese cruenta la revolución mexicana y se perdieran muchas vidas humanas. Entonces, lo del fifí viene de eso, para darle una ubicación histórica, entonces eso sí se los voy a seguir diciendo, porque son herederos de ese pensamiento y desde el proceder".

Si les digo fifís es porque, en realidad, quiero llamarlos golpistas. Esa es la advertencia del Presidente electo en un arranque de sinceridad. Hay periodistas que se portan bien y periodistas que se portan muy mal. Hay periodistas que merecen besitos y otros a los que no queda más alternativa que describirlos como cómplices de la dictadura. Quienes me cuestionan, quienes dudan de las maravillas de la Cuarta Transformación, quienes critican las decisiones que se están tomando, quienes denuncian los efectos de las políticas que se pondrán en marcha muy pronto, conspiran contra la democracia. No son mis enemigos, son los enemigos del pueblo. Son, en realidad, descendientes directos de quienes conspiraron contra Madero. No hay aquí ambigüedad alguna en las palabras del Presidente electo. El argumento es delirante, pero claro: si me criticas, en realidad sueñas con el magnicidio.

El Presidente electo defiende, y con razón, su derecho a polemizar. Sería, en efecto, benéfico escucharlo debatir. Nadie quiere un Presidente amordazado. Lamentablemente, lo que escuchamos de su boca no son argumentos que desbaraten el fundamento de otros argumentos sino algo muy distinto: un intento de destruir moralmente a sus críticos. Huertistas, los fifís. Quien advertía hace unos días por los probables costos de la consulta recibió de inmediato la feroz invectiva del Presidente electo. Ningún alma limpia puede dudar de él. Quienes lo critican, quienes anticipan costos y perjuicios son personajes deshonestos. Vendidos. El futuro Presidente se asume así como difamador en jefe. Mis críticos lo son porque han sido comprados por los enemigos del cambio verdadero. Muy delgado resultó el barniz conciliatorio del Presidente electo. Al primer raspón desaparece.

Advierto que el reflejo de la descalificación, esa imaginación que lo lleva a dividir el mundo en patriotas y traidores me preocupa menos por lo que pueda influir en la prensa que por lo que pueda provocar en su gobierno. ¿Cuál puede ser el espacio de razonabilidad bajo el imperio de la ideología? ¿Quién se atrevería a confrontarlo con malas noticias? ¿Quién osaría reconocer ante él un error de cálculo? Un fanático de sí mismo prefiere ser engañado a ser contrariado.
Http://www.reforma.com/blogs/ silvaherzog/
Reforma
Jesús Silva-Herzog
Ciudad de México
Lunes 29 de octubre de 2018.




Jesús Silva-Herzog
    
El primer acto de gobierno precede al gobierno. Antes de tomar posesión del cargo, Andrés Manuel López Obrador ha tomado una decisión que lo retrata. Es su primer acto de gobierno. Ha convocado a una consulta para determinar la suerte del nuevo aeropuerto. Es una farsa y no puede considerarse de otra manera. Un engaño que debe ser denunciado, un experimento que no se debe repetir.

La consulta es un lamentable y preocupante inicio. Se presenta demagógicamente como la expresión de un pueblo que toma por sí mismo una decisión importante. Un progreso democrático, el acceso a una participación más viva e intensa. Un generoso regalo del presidente electo, invitando a los ciudadanos a resolver un dilema. El obsequio es, en realidad, una trampa. Se pide a los votantes que asuman una responsabilidad para que se esconda quien debe asumirla. Es una consulta de Pilatos: una estrategia para burlar la responsabilidad de gobierno. El presidente electo pretende decir que la decisión no la tomará él. Tras anunciarse el resultado, levantará las manos al aire como un hombre desarmado y dirá: el pueblo ha hablado, acataré su voluntad. No se hable más, el pueblo ha decidido. Se intenta hacer del pueblo el escudo que protege al gobernante de la crítica, un aceite para que la responsabilidad ineludible se le resbale del cuerpo.

La consulta no es un intento de conocer la voluntad de la gente. Su diseño no tiene ese propósito. La consulta tiene como objetivo declarar la inocencia del presidente electo en una decisión crucial para el despegue de su gobierno. Es una treta. No lo digo porque piense que el resultado esté definido de antemano. Creo que hay auténtica incertidumbre en el proceso. La balanza puede inclinarse a uno u otro lado. El resultado es, en buena medida, impredecible. Precisamente por su truculenta organización, es imposible anticipar el resultado con mecanismos demoscópicos. Nadie sabe quién acudirá a votar. Lo que sí se puede adelantar es el cuento al que servirá. El presidente se lavará las manos con la consulta. Si en la votación se decide abandonar el proyecto de Texcoco, López Obrador dirá que ha sido el pueblo quien tomó la decisión. Nos dirá que él no es el enemigo de las inversiones, ni es él quien derrocha los recursos ya invertidos, ni es él el responsable de una decisión que generará desconfianza económica. Ha sido el pueblo. Y lo único que procede democráticamente es obedecer. La consulta pretende blindar al presidente del cuestionamiento: si hay alguien en contra de la resolución, se pondrá en contra, no del gobierno, sino del pueblo mismo. Si el resultado es el contrario sucedería lo mismo con los simpatizantes del movimiento lopezobradorista que coinciden con los argumentos del candidato en contra del nuevo aeropuerto. El presidente no tendría necesidad siquiera de dar argumentos, de explicar su viraje. López Obrador no sería el traidor que se desdice. No asumiría frontalmente la responsabilidad de cambiar de opinión. No me cuestionen a mí, dirá. Fue el pueblo. Se trata de usar el voto como un escudo frente a la crítica.

La consulta confirma que el desprecio por el armazón institucional de la república sigue presente en la política del presidente electo. La constitución prevé un mecanismo para que la gente decida por sí misma asuntos de interés nacional. López Obrador ha decidido ignorarlo y pasar por alto sus prevenciones. Proclamar que algo ha sido decidido por el pueblo es cosa seria. Por eso la ley define plazos para las consultas, cuida la manera en que se puede plantear una pregunta, da parte al órgano judicial para que examine la constitucionalidad del ejercicio, responsabiliza a un árbitro imparcial del conteo y exige un mínimo de participación para que la consulta tenga efectos. Nada de esto está presente en la farsa a la que se nos convoca. Nada. No la organiza un órgano neutral, no hay garantías de imparcialidad, la pregunta es tramposa, no hay mínimos de respuesta.

Nadie puede decir que, de la consulta, emergerá la voz del pueblo. Consultar a un astrólogo sería tan democrático como lo que ha decidido hacer el presidente electo con el generoso financiamiento de su partido. Podría tener, además, el mismo efecto jabonoso: yo no quería que el aeropuerto quedara ahí, pero Santa Lucía tiene a Venus en Sagitario.

Reforma
Ciudad de México
Lunes 22 de octubre 2018.


Alberto Aguirre

Con pasivos por pagar con proveedores, multas pendientes con el INE y la ineludible obligación de cubrir salarios de casi medio millar de empleados, el Partido de la Revolución Democrática (PRD) está en la miseria financiera.

El presidente interino, Manuel Granados Covarrubias, encontró las arcas partidistas sin fondos hace ocho meses y comprometidos los 530 millones de pesos que la autoridad electoral entregará al sol azteca para el sostenimiento de sus actividades, ordinarias y específicas, incluida la promoción de la participación política de las mujeres. Otros 248 millones de pesos —correspondientes al financiamiento para gastos de las campañas federales— fueron canalizados a Por México al Frente, la coalición electoral que también involucró al Movimiento Ciudadano y al PAN y que resultó ser un mal negocio, ante el riesgo de quiebra.

El incumplimiento de las obligaciones con terceros está sujeto al arbitraje del INE. Pero el pago de las nóminas y los impuestos recae en otros terrenos. En materia laboral, la representación del sol azteca estaría por acudir ante la Junta de Conciliación y Arbitraje de la Ciudad de México, para solicitar la extinción del Sindicato Unión de Trabajadores del PRD.

Amparados por el contrato colectivo firmado hace tres años, 193 trabajadores técnico-administrativos (choferes, analistas, secretarias, reporteros, mensajeros, además del personal de mantenimiento, intendencia y vigilancia, entre ellos) se han declarado en resistencia y ante la amenaza de perder su fuente de empleo, denunciaron la presencia de “aviadores” en la nómina de empleados de confianza, con salarios altos y nexos políticos.

En efecto, los dirigentes de las distintas corrientes de expresión están en la nómina partidista, la mayoría desde hace una década, contratados bajo un esquema de servicios profesionales por honorarios asimilados, pero con las mismas prestaciones que los trabajadores sindicalizados: aguinaldo, prima vacacional y las cotizaciones en el IMSS y el Infonavit. “De ahí no se toca a nadie”, denunciaron los sindicalizados.

Una burocracia partidista con ingresos competitivos: los subsecretarios, 29,500 pesos; los asesores políticos y los coordinadores, 25,000 pesos; un ejército de “enlaces políticos”, con 25,000 pesos de salario, y “enlaces financieros”, con 13,850 pesos de salario, misma percepción garantizada para los “asistentes políticos”. Los “operadores políticos”, en cambio, ganan 11,448 pesos mensuales.

El organigrama perredista registraba anomalías y discrecionalidades, como los salarios de media docena de subsecretarios que ganan 61,631 pesos, lo mismo que el coordinador de medios, o los delegados políticos, con 30,650 pesos; además del bono anual —de un mes de salario— que se entrega a la cúpula partidista, extensivo a los consejeros honorarios, quienes perciben una mensualidad de 13,850 pesos.

El sueldo mensual del presidente del CEN es de 66,172 pesos, mientras que la secretaria general gana 59,000 pesos y el presidente del Consejo Nacional, 51,616 pesos. El representante ante el INE, 46,539 pesos.

Entre los trabajadores sindicalizados hay media docena de secretarias, con sueldos de 21,700 pesos, y otra media docena de auxiliares administrativos, que perciben 23,150 pesos. Y junto con los dos choferes de los autobuses del partido —que ya no circulan, por cierto— que ganan 23,800, están en la cúpula del escalafón del SUTPRD, cuya nómina requería de 3 millones de pesos cada mes.

La situación económica del partido obligaría a reducir a la mitad la nómina de empleados, tanto de base como de confianza. Pero un oficio remitido por Granados al senador Miguel Ángel Mancera prendió las señales de alerta: con 145 sindicalizados por liquidar, urgía a un “pase de charola”, para conseguir 45 millones de pesos.

Con la medida, la dirigencia partidista busca aminorar el impacto de la reducción de las prerrogativas que sufrirá en el 2019, por los malos resultados electorales y de los descuentos que el INE ya aplica a las administraciones, en cumplimiento a sentencias del Tribunal Electoral. Desde hace dos meses, está obligado a cubrir una multa, por 125 millones de pesos, correspondiente a las campañas del 2012.

La austeridad al PRD llegó dos meses después de la derrota electoral. El 29 de agosto, con la rúbrica de Manuel Cifuentes, secretario de finanzas del CEN perredista, los trabajadores sindicalizados fueron emplazados a acogerse al programa de retiro voluntario. Al ultimátum, sólo 59 respondieron afirmativamente.

La oferta consistía en aceptar un finiquito de 12 días de salario por cada año de antigüedad, aunque algunos negociaron hasta 20 días y otros —la minoría— lograron ser recontratados, aunque renunciaron a sus derechos adquiridos.

El sindicato reveló —con información que le entregaron integrantes del CEN que se oponen al recorte de personal— que hace un mes el presidente nacional, Manuel Granados Covarrubias, urgió al coordinador parlamentario en el Senado de la República y exjefe de gobierno capitalino, a recolectar 45 millones de pesos para cubrir las indemnizaciones antes del Consejo Nacional, que sesionará el próximo fin de semana.

La “profunda revisión presupuestal” en el PRD antecede a la reunión extraordinaria de sus consejeros nacionales, que se efectuará este fin de semana. El ex diputado federal Jesús Zambrano Grijalva, uno de los líderes más visibles de Nueva Izquierda, de plano emplazó a una transformación del partido, con la intención de “construir algo superior, junto a sectores progresistas del país y ser una opción creíble de izquierda”.

El PRD concluye un ciclo de vida, definió. “Ahora hay que renovarlo, corregir errores y conformar un partido superior, para ser contrapeso democrático ante la regresión autoritaria que representa AMLO”. ¡Órale!

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El Economista
Alberto Aguirre
Ciudad de México
Lunes 14 de octubre de 2018.


Jesús Silva-Herzog

Cuando en abril del 2016 se votó en el Congreso brasileño por la destitución de la presidenta Dilma Roussef, el diputado Jair Bolsonaro dedicó su voto al coronel que la torturó cuando tenía 19 años. En esa hora solemne, el militar convertido en político quiso dejar en claro la fuente de su inspiración. El coronel Carlos Alberto Brilhante Ustra, muerto en 2015, fue responsabilizado de la tortura, desaparición y muerte de cientos de disidentes en tiempos de la dictadura. Con su voto, el legislador le rendía un homenaje. Esa devoción por el torturador es reveladora. El ideal de quien se convertirá muy probablemente en presidente de Brasil no es la democratización de la democracia, no es la inclusión popular, no es la lucha contra las élites, es la militarización de la sociedad.

La prensa insiste en describirlo como un populista de derecha. No lo es, es un fascista y es importante hacer el distingo. Populistas y fascistas coinciden en su rechazo al dispositivo liberal, pero, mientras el populista propone medidas y símbolos de inclusión popular para corregir los vicios del elitismo, el fascista propone la violencia como mecanismo para terminar con la cobardía liberal y su siniestra tolerancia. La violencia ocupa el núcleo del discurso de Bolsonaro. Para evitar la homosexualidad, hay que golpear a los hijos que muestran esas peligrosas tendencias. Hay que aplicar ejemplarmente la pena de muerte. Y revivir el edificante espectáculo del fusilamiento. Bolsonaro lo ha dicho: hay que fusilar a los opositores del Partido del Trabajo, hay que fusilar a los delincuentes, hay que fusilar a los inmorales. Los héroes matan, ha declarado su compañero de fórmula, El matadero es la fantasía política del fascismo. Bolsonaro se ha percatado que en nuestro tiempo no hay nada más eficaz que la defensa enfática de lo aberrante. Decir con soltura las peores barbaridades garantiza atención de los medios, sean viejos o nuevos. Conlleva además una extraña bendición: el patán presume que es el único auténtico entre la legión de los hipócritas. Dice las cosas tal cual, expresa sus puntos de vista sin hacer concesiones a lo políticamente correcto. El discurso del brasileño es sorprendentemente agresivo, incluso para los niveles de violencia retórica de nuestros tiempos. La agresión es para él la expresión natural de una masculinidad resuelta. Con su voz grita el orgullo del macho. Padre de cuatro hijos y una hija, declaró hace poco en un evento en Río de Janeiro que engendró a la niña en un penoso momento de debilidad. Por eso no puede decirse que su antifeminismo o que su homofobia sean rasgos secundarios de su personalidad. El fascismo tiene un fuerte componente sexual. Transfiere la voluntad de poder a los dominios de la sexualidad, como dijo Umberto Eco en un viejo artículo sobre el fascismo eterno. El fascismo expresa una masculinidad predadora. Bolsonaro busca una revolución del orden. El ejército ha de ejercer el poder nuevamente como símbolo de jerarquía, eficacia y patriotismo. "El periodo militar fue un tiempo de gloria para Brasil, declaró Bolsonaro. Los criminales eran criminales; el que trabajaba era recompensado y, hasta en el futbol pasábamos menos vergüenzas." Pero la dictadura en la que sueña el fascista brasileño es una dictadura más enérgica, más decidida, más letal. Una dictadura que no tenga los miedos de la previa: que no solo torture, sino que también mate. No hay aquí la ilusión de un gobierno del hombre común que se hace cargo de su destino, como pregonan los populistas. Lo que hay aquí es el mito de la mano dura. El mito de la eficacia militar... y tecnocrática. La restauración que imagina Bolsonario pretende restablecer el antiguo matrimonio entre la dictadura y los economistas ultraliberales. La crisis de las democracias liberales ha alimentado a sus adversarios. Mal haríamos colocando a todos en el mismo saco. Siendo complejo el reto que nos lanza el populismo, debemos reconocer que es muy distinto el que provoca el nuevo fascismo: un polo que propone la militarización, el rechazo a los derechos humanos y la politización del machismo. El modelo político de Bolsonaro no es la política corrosiva de Trump o Berlusconi, dos populistas de derecha. Su pódelo es la política criminal de Duterte.

Reforma
Jesús Silva-Herzog Márquez
Ciudad de México
Lunes 15 de octubre de 2018.


René Delgado

Hicieron todo para perder y, según esto, ahora los priistas se preguntan por qué fueron derrotados.

Desde luego, la élite que tomó el control del partido y la administración elude la pregunta, rogando no darle respuesta porque -saben y temen- la contestación podría arrastrarlos al cadalso de los políticos rateros, cínicos o, cuando menos, negligentes o indolentes. Los integrantes de ese grupo se truenan los dedos y cierran la boca y, ni por error, defienden las reformas, las políticas y las obras que supuestamente transformarían a México. No es para menos, el escenario donde actuaron lo mancharon de sangre y al telón de fondo lo luyeron a fuerza de corrupción.

Esos priistas que hasta del partido se apropiaron hoy miran al cielo, recelosos ante la posibilidad de verse tras las rejas o condenados por propios y ajenos. No pueden escribir la visión de los vencidos porque sería flagelarse, pero sí suscribir el acta de rendición y la política de perdón, en su caso, con olvido.

En estos días, la divisa de esos hombres y mujeres del presidente Enrique Peña Nieto -incluido él y excluidos quienes gozan ya de fuero- es: ahí muere, hagan lo que quieran y déjennos ir como si nada.

***

Más allá de los méritos propios de la campaña de Andrés Manuel López Obrador, esa élite impulsó con todo y sin querer las posibilidades del Presidente electo.

Abandonaron la política de seguridad hasta romper récord en el número de muertos y desaparecidos y, en el descuido, toleraron la diversificación del crimen en la extorsión, la ordeña de ductos, el cobro de piso, el asalto a trenes, fingiendo no advertir cuanto ocurría. Ninguno de los miembros de esa élite se podría parar en un foro con víctimas y, entonces, ignoraron a los dolidos, ahondando aún más el agravio cometido. Sin el menor respeto, escondieron los cadáveres donde pudieron.

Sí que tienen esqueletos en el clóset de su indiferencia. Menudo lío el del senador Miguel Ángel Osorio Chong, tentado a resistir la política de seguridad en puerta, después de haberle subido la flama al infierno de su gestión en ese campo.

***

Respetuosísimos del federalismo, el selecto grupo tricolor se hizo de la vista gorda frente a los abusos de gobernadores y colaboradores que, ahora, integran el cuadro de horror de la corrupción y, aun así, antes de irse, les procuran facilidades para borrarlos, permanecer en fuga o pasar el menor tiempo posible en la sombra.

De gran utilidad le resultó a esa élite desmantelar el aparato de procuración de justicia, poniendo al frente de ella a un velador de las tropelías y abusos cometidos por ellos mismos. De los sobornos de Odebrecht, nada. Del espionaje telefónico a activistas y periodistas, tampoco. De la estafa maestra, lo mismo. De la persecución de funcionarios involucrados en el saqueo de recursos, igual. De los derechos humanos...

De la verdad histórica, oficial o judicial de más de un asunto del interés público, hicieron el cuento de la pesquisa interminable, la integración de un expediente desechable o la fantasía de la falta de elementos.

***

Confundido el poder con el tener, la idea de transformar al país se convirtió en el ejercicio de emprender reformas, desarrollar políticas y realizar obras haciendo favores, obteniendo propinas y provocando necesidades con tal de vislumbrar algún negocio.

Así, compraron fierros viejos y oxidados sacando beneficios; se dejó "secar" -así dijo el presidente Enrique Peña Nieto- la gallina de los huevos de oro, hasta desarrollar a las empresas improductivas del Estado; se abandonaron las refinerías; generaron la sobresaturación del aeropuerto de la ciudad, dejando de modernizar equipos, subutilizando Toluca y abandonando la idea del sistema aeroportuario; licitaron obras mal hechas...

La fórmula modernización con corrupción no arrojó el resultado previsto y, entonces, la transformación en varios de sus capítulos quedó manchada... indefendible.

Mejor callar, bajar los brazos, no andarle buscando tres pies al gato.

***

Hoy, la derrota de la administración saliente es notoria porque, de nuevo, el socavón del Paso Exprés de Cuernavaca reaparece como el mausoleo de su gestión, el agujero adonde la impunidad y la pusilanimidad llevaron al país, "el mal rato" -parafraseando al grosero secretario Gerardo Ruiz Esparza- que infinidad de mexicanos pasaron durante el sexenio.

Ese mal paso significó uno de los muchos tropiezos de la administración y se constituyó en su símbolo: desprecio por la gente y la vida ajena, obra sin proyecto, modernización con propina, sobrecostos increíbles, sanciones sin castigo, recontratación de las empresas constructoras y, desde luego, permanencia en el puesto y cobijo del funcionario irresponsable...

A ese funcionario se lo llevó un tren inconcluso y le dieron el avión en el aeropuerto de Texcoco. Hizo del socavón, emblema del gobierno. Y del silencio, vehemente rendición de cuentas.

***

Si al inicio del sexenio, esa élite tricolor presumía estar salvando a México; al concluirlo, intenta huir de la idea de haberlo hundido.

De ahí su interés por que el priismo no ande preguntando ni reflexionando por qué fueron derrotados. El error de nombrar presidente del tricolor a Enrique Ochoa, de apropiarse de la asamblea, de destapar al precandidato no indicado y de desplegar una campaña sin dirección ni sentido es lo de menos. Lo de más fueron los errores cometidos a lo largo del sexenio que, hoy, los hacen suscribir el acta de rendición.

Sólo así se explica el silencio de esa élite. No transformaron al país. Movieron a México, pero no adonde decían.

El Socavón Gerardo Ruiz

Ni qué decir, ahí está la postura de la Comisión Nacional de Derechos Humanos frente a la infame obra.

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Reforma
Sobreaviso
René Delgado
Domingo 14 octubre 2018.

Porfirio Muñoz Ledo

He escrito recientemente que las tres condiciones básicas para emprender la cancelación del ciclo neoliberal son: la reaparición del Estado en la regulación de los procesos económicos, el fin del saqueo de los recursos naturales y su entrega al extranjero —primordialmente los hidrocarburos— y la elevación consistente de los salarios en el corto plazo. Esta última es quizá la más importante e indetenible, ya que desde hace treinta años nuestra inserción en la globalidad comenzó por el sacrificio de los trabajadores. La abolición de un sistema colonial implantado desde Hernán Cortés basado en el extractivismo, el rentismo y la explotación salvaje de la mano de obra.

El Colegio de México ha publicado un estudio sobre la tremenda disparidad en los ingresos de los mexicanos. Señala que la pobreza ha crecido exponencialmente y afecta a la mayoría de la población. Peña Nieto ha afirmado que la “brecha salarial” entre las clases medias y la clase obrera ha disminuido. Esto es cierto pero el argumento es falaz. Lo que ha ocurrido es la contracción de los ingresos del estamento medio de la población, que se han derrumbado en proporción semejante a las remuneraciones más bajas. Este fenómeno es conocido como la “proletarización de las clases medias”. He probado que el incremento de los salarios mínimos repercute en cadena sobre todo el universo salarial; sea en su elevación o en su caída, según la política que se adopte.

Hace más de cuarenta años verificamos que 35% de la población se veía favorecida por el incremento de los salarios mínimos, tanto los trabajadores de las empresas privadas y los del gobierno, incluyendo a los de las Fuerzas Armadas, y con la sola excepción de los clérigos que disponen de otras formas de financiamiento. La CEPAL sostiene que México es el único país de Latinoamérica que disminuyó en el último lustro las percepciones económicas de la población y por lo tanto aumentó sustantivamente sus niveles de indigencia. Existe una relación directa entre la agudización de la pobreza y la política de retención salarial, que incluye el establecimiento inconstitucional de los topes contractuales también fijados por el gobierno. Un Estado represor que ha impuesto la pobreza por decreto.

La depreciación del poder adquisitivo de los trabajadores es consecuencia de una caída de los salarios mínimos que asciende a 82% en los últimos cuatro decenios. Esto ha sido posible por la “castración de los sindicatos” y la simulación de los contratos de protección. Más de 90% de las relaciones colectivas de trabajo son generadas por ese cáncer social instaurado para beneficiar a los empresarios, tanto como las evasiones fiscales. La tercerización laboral (outsourcing) ha permitido difuminar la responsabilidad de los empleadores. No obstante, la mayor traición al mandato constitucional ha sido cometida por el gobierno que entregó la cuestión salarial al Banco de México. Este obedece a una mentira tecnocrática que considera al salario como causa de la inflación.

Una de las razones más poderosas de la migración es la brecha entre los salarios básicos de Estados Unidos y los de México. Ese diferencial era de 5 a 1 en los años setentas y hoy es de 17 a 1, según un informe del Congreso Norteamericano. La negociación del USMECA está condicionada al incremento de los salarios a fin de proscribir el “dumping laboral”. Paradójicamente el incremento de las percepciones va a ser impuesto desde afuera. Esa es una de las contadas virtudes de la globalización.

No existe proyecto viable de modernización que no ponga en el centro la elevación de los salarios y la recuperación de los derechos laborales. La política que se adopte al respecto definirá como ninguna otra el carácter progresista del nuevo gobierno. Es indispensable suprimir la Comisión Nacional de Salarios Mínimos. Máximo espejo del “cochupo” entre el gobierno, las empresas y los sindicatos corporativos. Hemos propuesto desde hace muchos años la fijación de los salarios mínimos por la Cámara de Diputados, según el análisis que haga anualmente el Coneval sobre el deterioro del poder adquisitivo del segmento más pobre de la fuerza laboral. Ese ha sido y será mi compromiso irrenunciable con los trabajadores de México.

Presidente de la Cámara de Diputados.

El Universal
Porfirio Muñoz Ledo
Sábado 13 de octubre de 2018.

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