René Delgado


En la figura de un loco solitario se quiso explicar y sepultar el asesinato de Luis Donaldo Colosio, borrando así la presunción de una acción perversa y concertada. Se dijo que, quizá, la tensión política, contaminada por una atmósfera violenta, contribuyó a amartillar la pena de aquella triste tarde de marzo.

Hoy, se está recargando aquella tensión y atmósfera, sumándole agravantes. La violencia de estos días es criminal y tiene varios frentes. El malestar social expresa, a veces, los síntomas de la revuelta. La advertencia sobre la grave circunstancia más de una vez ha sido dicha.

Ojalá los dirigentes políticos y los acólitos que, día a día, le ponen un grano de sal a la tensión y una pizca de pimienta a la atmósfera, no estén suspirando por la aparición de un loco solitario.

Jugar con esa idea descabellada no los salvaría, terminaría por condenarlos.

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La angustia, la ocurrencia y la celada anti-política pintadas de supuesta estrategia están dictando acciones ajenas al rescate nacional, propias de un acto desesperado de sobrevivencia... y, de seguir creyendo que así se puede llegar en mejores condiciones al 2018, un desfiladero o una fractura no puede descartarse.

En vez de adoptar acciones políticas y legislativas tendientes a garantizar la elección presidencial del año entrante y ventilar la atmósfera, atendiendo el reclamo ciudadano, a la clase dirigente sólo le apura ensayar cuanto sea necesario con tal de asegurar su prevalencia. Cierra puertas y ventanas, agranda al interior su laberinto, pacta entre ella y echa mano de la política del miedo aunque a ella misma la espante... Quiere impedir a toda costa que alguien sin credencial de su selecto club pretenda desplazarlos de lo que consideran su condominio y patrimonio exclusivo.

No le interesa crear las condiciones para que, en libertad y seguridad, los electores resuelvan, por sí, el destino que les pertenece.

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Los homicidios dolosos rompieron récord en el primer cuatrimestre del año como no ocurría desde 1997. El clamor ciudadano por combatir la corrupción recibe por respuesta el engaño y el acoso -incluido el espionaje-, y la condena partidista de esa práctica sólo busca tomar ventaja en el concurso electoral. A la pobreza se le exprime el jugo y se le extiende tarjeta o credencial con restricciones, cuidando de mantenerla en los niveles de hace un cuarto de siglo. La manifiesta intervención del gobierno federal en los comicios escapa a la vista de la autoridad electoral que, al final, terminará por validarla o invalidarla. A los periodistas asesinados en el ejercicio profesional de su libertad, se les garantiza una corona mortuoria de flores secas y la promesa de un fiscal atento. La violencia criminal anima a un spot electoral.

La podredumbre política no llama la atención de la clase dirigente. Nada la insta a decidir qué hacer con la seguridad pública; a nombrar al fiscal anticorrupción; a aliarse con la ciudadanía que, increíblemente, aún les tiende puentes; a dejar de condicionar la ayuda asistencial al voto ciego; a cuidar, en vez de comprar, a la prensa; a descartar el uso y abuso de la tragedia como ariete para golpear al adversario en turno.

Nada les recomienda actuar debidamente en cada uno de esos campos, siendo que podría servir al propósito de asegurar la elección presidencial y garantizar al electorado su participación libre y plena.

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No, el foco de atención de la clase política está en otro lado. No en rescatar al país sino en salvarse ella, así sea al precio de provocar un nuevo desastre. Tiene la mira puesta en sobrevivir y, luego, repartirse los restos del naufragio y seguir en el ejercicio del no poder.

De ahí la tentación de emprender acciones políticas, ruines y legislativas de último minuto. Inventar un frente con disfraz antipriista, siendo que la fuerza tricolor está en la lona. Abortar el proyecto del cuarto polo, con la idea de gastar los intereses sin invertir un centavo. Atrapar en la red de la corrupción al adversario, a fin de sumarlo y sumirlo en el pantano. Legislar sobre las rodillas la segunda vuelta electoral y, si es necesario, la tercera y la cuarta vuelta, con tal de repetir o alternar y compartir lo que quede durante el sexenio entrante. Echar mano del miedo para, aunque sea de ese modo, reintentar la hazaña que tan buen resultado le rindió en 1994. Espantar con el petate de Chávez, aunque aquí los muertos se vayan a la fosa sin petate.

El temor a la derrota y a su propio porvenir los hace jugar con el mismo fuego que a punto de incendiar al país estuvo en aquel año, como también en 2006.

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Más de una vez, la gente ha pagado y sufrido la desvergüenza y la ineptitud de la clase dirigente que, con tal de ostentar sin ejercer ese título, le da por coger la caja de cerillos. Avivar la tensión y sobrecalentar la atmósfera no la va a sacar de su apuro. Jugar con el miedo cuando la rabia hace espuma en la boca es un peligro. A ver si no se les aparece un loco solitario, en vez de salvarlos podría terminar por condenarlos y lastimar al país de nuevo.

CIERRE DE UN CICLO
 
A los lectores, consejeros, colaboradores y fuentes informativas les participo del cierre de mi ciclo al frente de la Dirección Editorial de Reforma, no así del término de mi colaboración con el Diario.

A quienes nos hacen rodar sobre los rodillos y navegar en el ciberespacio, a los compañeros y directivos del Grupo -destacadamente a Alejandro Junco de la Vega- les reitero mi orgullo por haber contribuido a hacer latir el Corazón de México y la esperanza de haber correspondido a su profesionalismo, confianza y gallardía a lo largo de casi veinticuatro años.

Gracias a todos.

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Reforma
Sobreaviso
René Delgado
Sábado 27 de mayo de 2017.


Jorge Zepeda Patterson

México no está aún en una situación de Estado fallido, por más que algunas regiones se aproximan a ello, pero en muchos sentidos hemos dejado de creer en el Estado

Logramos superar al presidencialismo, pero no sustituirlo por un orden democrático. Las cosas nunca han estado del todo pegadas en México, pero es evidente que algo importante se rompió en los últimos años y no parece tener compostura. El Estado ha sido desbordado una y otra vez desde adentro y desde afuera; igual por bandas que desafían abiertamente a la autoridad que por gobernadores que convierten el erario en botín personal, o que por un mandatario dispuesto a boicotear los comicios en el Estado de México con una violación masiva de las normas electorales, con tal de mantener el control en este que es su reducto.

No estamos aún en una situación de Estado fallido, por más que algunas regiones se aproximan a ello, pero en muchos sentidos hemos dejado de creer en el Estado. Obreros y trabajadoras domésticas dan por sentado que serán robados en el transporte público; los millonarios se atrincheran en cotos privados y se apertrechan detrás de su propia policía; la clase media deja de transitar los caminos, calles y antros tomados por el hampa y se encomienda a los dioses para no formar parte de las cifras rojas que crecen día a día.

La confianza en la autoridad, que nunca fue mucha, se ha esfumado casi por completo. Cada semana penetramos un poco más en la dimensión del horror con algún nuevo caso que antes habríamos considerado inaudito. La familia violada y el bebé acribillado en la autopista México-Puebla, una de las más concurridas en el país; el periodista que daba por sentado que sería asesinado porque se negaba a dejar de hacer su trabajo; el camión repleto de gendarmes asaltado por tres delincuentes. Por no hablar de fosas clandestinas y estudiantes desaparecidos.

Paradójicamente fueron los políticos los primeros que dejaron de creer en el Estado y comenzaron a verlo exclusivamente como un botín gremial. No es que antes no hubieran robado, siempre lo han hecho, pero existía la noción de que había algo por encima de ellos, de que ejercían un poder concedido desde arriba y formaban parte de una institución con densidad histórica, de una entidad que de alguna manera los trascendía. Llámese presidencialismo si se quiere, pero el hecho es que los funcionarios y políticos tenían un sentido de pertinencia vagamente vinculado con el Estado. Y con ello no invoco un regreso al pasado; logramos superar al presidencialismo, pero no fuimos capaces de sustituirlo por un orden democrático; en consecuencia, padecemos los excesos de la ley del más fuerte, trátese de un cartel o un político corrupto e impune.

Hoy parecería que la clase política, independientemente del partido del que se trate, no obedece a otra cosa que a sus propias prisas por aprovechar la oportunidad de enriquecerse y mantenerse en el poder a toda costa. La impunidad campea desde la punta hasta el último de los burócratas; las pequeñas purgas que el sistema ofrece (gobernadores detenidos, funcionarios inhabilitados) parecen obedecer más a cambios de fortuna política dentro del grupo que a una estrategia creíble de combate a la corrupción creciente.

El ejercicio del Gobierno afronta una especie de secularización política por parte de sus miembros. Ninguna idea de partido, de convicción, de perspectiva histórica o de plataforma ideológica. El aprovechamiento personal, puro y llano. No, el Estado no se ha desplomado, aún, pero hemos dejado de creer en él. Peor aún, han dejado de creer en él aquellos que lo controlan.

@jorgezepedap

El País
Jorge Zepeda Patterson
Ciudad de México
Viernes 26 de mayo de 2017.

Jesús Silva-Herzog Márquez

"Hay cadáveres en las calles. Explota una granada en alguna parte. Un niño muere durante una persecución de militares tras unos halcones. Hay matones detenidos y armas decomisadas, olor a carne quemada, a cabellos muertos. La ciudad es como un panteón de almas en pena, una Llorona multiplicada que en realidad no tiene lágrimas porque las desparrama hacia dentro y nadie debe saberlo, porque sobrevivir es rendirse y acostumbrarse al imperio de los cañones de fusiles automáticos; esa sangre esa agua salada, las cavidades acuosas, la muerte, el grito de dolor podrido, no sale en los periódicos: en sus páginas se publica el silencio, acaso un accidente, el alza en los precios de los productos y algún discurso del gobernador". Javier Valdez Cárdenas, autor de este párrafo no se rindió y, como anticipaba ahí, no sobrevivió.

La tragedia mexicana ha arrasado la información, en particular la prensa local. La desolación de ese periodismo es símbolo de la devastación nacional. No tienen los periodistas, por supuesto, privilegio en el dolor. Si me detengo en la amenaza al periodismo es porque en su trabajo están nuestros ojos, nuestro entendimiento. Los periodistas son -lo digo sin solemnidad alguna- los cuidadores de la verdad. Sin prensa vivimos a oscuras y sin palabras: mudos y ciegos. La redacción de un periódico es, un poco, el símbolo de nuestra selva inhabitable. Acosado por criminales y políticos (la frontera entre unos y otros es falsa a su juicio), tentado y golpeado permanentemente por la corrupción, infiltrado por espías que delatan e intimidan desde dentro, incomprendido, abandonado a su suerte el diario local es México. No es solamente el periodista quien es obligado a callar, a "ponerse una venda en los ojos y un trapo pestilente en la boca". Al retratar el miedo y la amenaza, la valentía y la traición, el desamparo y la terquedad de los reporteros de la guerra, Valdez pintó nuestro terrible presente.

Decía el periodista John Gibler en una entrevista reciente publicada por El País: "En México es infinitamente más peligroso investigar un asesinato que cometerlo". ¿Alguien se atrevería a desmentirlo? Los criminales tienen el resguardo de la impunidad. A Javier Valdez lo mataron a pleno sol, lo dejaron a la mitad de la calle. Después de disparar doce tiros, los sicarios dejaron el lugar. No puede decirse que hayan huido porque no parece que tuvieran prisa, porque no necesitaron esconderse, porque saben que están a salvo. No hay imágenes de los criminales. En el centro de Culiacán, una de las ciudades más sangrientas del país las cámaras de vigilancia no funcionan. Más del 90% de ellas son inservibles. El gobierno no les ha dado mantenimiento. Matar tranquilamente, escribir con miedo.

Mandan ellos, escribió Valdez. El silencio gana. Al recibir el Premio Internacional a la Libertad de Prensa que otorga el Comité para la Protección de los Periodistas, Javier Valdez habló de la soledad del periodista mexicano. No era la soledad natural del oficio, el refugio firme de quien debe mantenerse distante de los poderes. Hablaba de una soledad "macabra". Era un abandono o, más bien, un desamparo. No tiene eco en la sociedad lo que escribimos, arriesgando la vida. Queda en la página de un diario local, en el reportaje que leen un manojo de personas, en la imagen que se pierde en la tediosa pornografía de la sangre diaria. El desinterés, el hartazgo, la ansiedad social se han vuelto cómplices de la violencia. A cambiar de tema y a cerrar los ojos. Nuestro arrojo, por ello, cae en el vacío, volviéndonos aún más vulnerables. Valdez sabía que la indiferencia abarata la cacería.

La palabra que se abre paso entre las bocas cerradas, el reportaje que se publica entre tantos otros que quedan sin publicar, la imagen que muestra los horrores nace de la admirable insensatez del héroe. Nadie tiene obligación de serlo. Una sociedad que necesita héroes es una sociedad enferma. Una nación saludable no le pide a nadie poner su vida en la cuerda, no llama al sacrificio de ninguno. Pero eso exige un país moribundo: la monstruosidad del heroísmo.

¿Es esto un país?

http://www.reforma.com/blogs/silvaherzog/

Reforma
Jesús Silva-Herzog Márquez
Ciudad de México
Martes 23 de mayo de 2017.


Juan Villoro

Javier Valdez Cárdenas llegaba a todas partes con sombrero y lanzaba su canónico saludo: "¿Qué onda, bato?". En su faceta oral, contaba historias cargadas de regionalismos y mentadas de madre: el narrador ideal para compartir asombros y emociones al compás de las cervezas. Por escrito, sometía esos efectos al rigor estilístico: el narrador ideal para entender con objetividad una realidad convulsa.

El 15 de mayo, doce tiros acabaron con la vida de una de las mejores personas del país. Formado como sociólogo, fundador de la publicación independiente Ríodoce, que dirige Ismael Bojór-quez, corresponsal en Sinaloa del periódico La Jornada, autor de libros imprescindibles sobre la violencia en México (Miss Narco, Levantones, Malayerba), Valdez Cárdenas luchó contra la indiferencia en un entorno anestesiado por el miedo y describió el horror sin dejarse influir por él. Cuando presentamos su libro Huérfanos del narco en Culiacán, en 2015, destacó la principal lección que recibió de los niños que perdieron a sus padres en la absurda "guerra contra el narcotráfico": ninguno de ellos hablaba de venganza. Las ausencias, el espanto y el sinsentido no los habían llevado al rencor. Él actuaba con el mismo temple de sus informantes; sabía que la mejor forma de superar a los adversarios consiste en no ser como ellos. En medio de la tormenta, preservaba el sentido del humor, el afecto, la empatía por los demás. Su conciencia crítica no estaba animada por el odio, sino por la búsqueda de la verdad. Durante medio siglo vivió para mejorar un país que no supo protegerlo y que lo ha convertido en uno de sus mártires. Al igual que Daniela Rea, Marcela Turati y otros cronistas de excepción, entendió que las tramas más significativas del México violento no tienen que ver con los verdugos, sino con las víctimas, de las que ahora forma parte.

¿Quién mata a los periodistas? Valdez Cárdenas no era un buscador de riesgos innecesarios y sabía que su prestigio no le confería inmunidad alguna. Las oficinas de Ríodoce habían sido atacadas. Ahí, los viernes de cierre de edición combinaban el ambiente festivo del trabajo cumplido con una sensata valoración de las amenazas recibidas. Pocos profesionales estaban mejor calificados que él para calibrar los frágiles límites del oficio. Su asesinato representa una escalada en la violencia contra el gremio.

En algún momento, Javier pensó en mudarse a otro sitio, pero el país empeoró tanto que fue difícil encontrar santuarios libres de peligro. Por otra parte, sus historias estaban en el lugar que conocía como la palma de su mano.

Varias veces comentamos la frase de otro gran autor sinaloense, Élmer Mendoza: "No hay que cuidarse de los malos sino de los que parecen buenos". Los villanos manifiestos del narcotráfico, los capos de la droga, están menos preocupados por las noticias que quienes brindan una fachada aparentemente legal al crimen organizado. Quienes tienen más que perder con las denuncias son los empresarios, los políticos, los militares cómplices del delito. Felipe Calderón presentó a los rivales de su "guerra contra el narcotráfico" como los "bárbaros", los "malosos", los "otros", sin comprender que pertenecen a una sociedad donde la frontera entre lo lícito y lo ilícito es cada vez más difusa. Peña Nieto tampoco lo ha comprendido. Quienes operan en esa zona de trasvase no desean ser investigados. Mientras el gobierno no se investigue a sí mismo ni indague las muchas ramificaciones del dinero sucio, seguirán muriendo los periodistas que sí hacen esa tarea.

Desde que compartió casa con Martín Amaral, cronista de la cultura y la vida diaria sinaloense, Javier Valdez Cárdenas entendió la escritura como una actividad cómplice, que se beneficia de textos ajenos y las voces de los otros. Aunque tenía un estilo único, prefería escuchar. El 4 de septiembre de 2015 lo acompañé ante el vasto público que lo seguía en Culiacán y de nuevo refrendó su interés por lo que los demás tenían que decirle: "Si se callan, pues uno deja de escribir, pero si no se callan, uno pura madre deja de escribir", comentó antes de que un grupo norteño relevara sus palabras con la música.

Cada testimonio que surja en este país de sangre llevará el sello de Javier Valdez Cárdenas. No será él quien lo escriba: será su ejemplo.

Reforma
Juan Villoro
Ciudad de México
Sábado 20 de mayo de 2017.


René Delgado

Estamos, de nuevo, en el pasado. Otra vez, la pregunta ya no es cuántos días le restan al sexenio, sino qué otras calamidades pueden ocurrir en lo que concluye. Es, como con Felipe Calderón, la degradación de la política, la fiesta de la sangre y el año de Hidalgo prorrogado: el descuartizamiento del anhelo democrático.

El daño provocado al país en la alternancia compartida por el panismo y el priismo no tiene paralelo. El derecho a la vida, la integridad y el patrimonio; a la libertad y el libre tránsito; a votar y ser votado; a ser informado y escuchado; a expresar y participar... lejos están de contar con la garantía del Estado, sufren restricción, deterioro o retroceso.

El sello de la estancia del panismo y el priismo en la residencia de Los Pinos fue y es la frivolidad, la negligencia, la pusilanimidad, el cinismo y, claro, la incapacidad de gobernar. La expectativa generada al arranque del milenio, hoy yace de seguro en alguna fosa aún no descubierta, en alguno de los tantos hoyos negros donde ambas fuerzas políticas quisieran sepultar su desvergüenza.

Irrita oírlos vociferar en coro que el país se juega en el 2018 su futuro, cuando su meta ha sido prolongar el presente o rescatar el pasado.

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El saldo de los dieciséis años en que Vicente Fox, Felipe Calderón y Enrique Peña ocuparon sin habitar la residencia de Los Pinos, en que se terciaron la banda presidencial al pecho sin asumir la investidura, no corresponde al de un país que consolidó su democracia y abatió la brecha de la desigualdad.

La transición a la democracia se estrelló en la ruta. El Estado de derecho se debilitó. La alternancia se tradujo en turno, no en alternativa. La orfandad de los gobernadores ante el fin del presidencialismo se refugió en una conferencia de ladrones. Los partidos se partieron y olvidaron a la ciudadanía. El debate abierto derivó en acuerdo cerrado. El Legislativo regresó a ser apéndice del Ejecutivo. El crimen organizado le ganó a la política desorganizada. La reconfiguración de la Policía se abandonó a costa del Ejército. Las divisas del petróleo se evaporaron y el crudo residual se ordeñó. La pobreza y la desigualdad se profundizaron. Y, otra vez, del dolor, la sangre y la corrupción se hizo ariete electoral, no causa política.

El entusiasmo que, en su arranque, suscitaron Vicente Fox y Enrique Peña se resume en la decepción que, de cabo a rabo, marcó a la administración de Felipe Calderón, el ex Presidente que hace víctima de la violencia intrapolítica a su esposa y se enorgullece de haber sembrado de cadáveres el país, en vez de cruzarse de brazos.

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En ese marco, no deja de ser curioso el perredismo. Siempre buscando la alianza electoral con el panismo que éste transforma, después, en alianza política con el priismo desde los tiempos de Carlos Salinas de Gortari.

Alianza en el desarrollo de un modelo económico que margina a infinidad de mexicanos, circunscribe su beneficio a los exportadores y que hoy se tambalea con Donald Trump al frente de la Casa Blanca, la de Washington. Alianza política para impulsar una democracia bipartita y tutelada. Alianza parlamentaria y legislativa, fincada en el canje, la cuota y la transa. Alianza en la incapacidad de garantizar la seguridad pública y presentarla como una adversidad incontrolable. Alianza con tufo de complicidad, donde la supuesta identidad encontrada entre ambos partidos se borra.

Asombra la ingenuidad o la perversidad del perredismo que, en su debacle, entierra su vocación de poder a cambio de conservar con vida una que otra canonjía. Algo es algo.

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Ahí se explica, aunque no como gesto de civilidad, la presencia de Josefina Vázquez Mota en Palacio Nacional cuando Enrique Peña Nieto asumió la Presidencia de la República. Gesto recompensado después con beneficios a la fundación Juntos Podemos y, ahora, correspondido con la postulación artificial al gobierno de la entidad donde la mujer sólo pernocta, y con realizar un mejor imposible: desbarrancarse hasta el tercer o cuarto lugar.

Ahí se explica por qué algunos secretarios de Estado visten o combinan la camiseta azul o roja, según la temporada política. Ahí se explica por qué, uno u otro partido, asume el poder y firma a ciegas el acta de entrega-recepción sin hacer ningún corte de caja o, peor aún, encubriendo las trapacerías del antecesor. Y también se explica por qué el priismo y el panismo transitan por la vida sin hacer el balance autocrítico de su gestión.

Ahí es donde la democracia adquiere tinte de simulacro; y la inseguridad y la corrupción, de tradición irrenunciable.

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En ese cuadro es donde las elecciones en el Estado de México, Coahuila, Nayarit y Veracruz revisten una importancia superior a la de su manifiesto objetivo.

En particular, la gubernatura del Estado de México se torna en anuncio de tormenta. La disputa una fuerza ajena al pactismo, repelente por lo pronto a los arreglos bajo cuerda. Y la pelea en la tierra del mandatario, de su primo y de la dinastía Del Mazo, del legendario grupo Atlacomulco, de uno de los precandidatos tricolores a la Presidencia de la República, de los consorcios desarrollados a la sombra del compadrazgo y el favoritismo. En la tierra donde el PRI cifra su posibilidad o su debacle de cara al año entrante y los siguientes.

De ahí que al grito de "el futuro está en peligro", el priismo corra en fuga hacia el pasado que tan buen sabor de boca le ha dejado y pida auxilio a sus socios-adversarios en aras de mantener, entre ellos, el secreto de ejercer el no poder.

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Falta por ver otras calamidades, pero lo que está fuera de duda es que el país no sólo está en las mismas de antes, sino frente al peligro de perder otra vez el tiempo y el horizonte.

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Reforma
Sobreaviso
René Delgado
Ciudad de México
Domingo 14 de mayo de 2017.


Jorge Fernández Menéndez

Lo ocurrido en Puebla con los huachicoleros, estas bandas dedicadas al robo de combustible, es la mejor demostración de porqué era y es imprescindible contar con una ley de seguridad interior. Esas son las circunstancias en donde es necesaria una intervención de fuerzas de seguridad que requieren de un marco legal especial para actuar y operar. Y esa posibilidad es lo que nos quitaron los legisladores en el pasado periodo ordinario de sesiones.

El 22 de marzo pasado, alertábamos aquí de lo delicado de esa situación y de cómo iba a estallar en forma inevitable. El robo de combustible de los ductos de Petróleos Mexicanos le deja a los grupos criminales que operan en Puebla utilidades de unos mil 600 millones de pesos mensuales, y se ha convertido en una de las principales fuentes de financiamiento de la delincuencia organizada que cuenta, además y en este caso, con la participación de grupos sociales importantes como cómplices.

Hasta marzo pasado, según fuentes oficiales, se habían localizado en todo el país poco más de 21 mil tomas clandestinas, las más importante en el poliducto Minatitlán-México, que tiene 592 kilómetros de largo, de los cuales 154 kilómetros cruzan por el Estado de Puebla. Allí se dan la mayoría de las tomas clandestinas, en los municipios de Quecholac, Acatzingo, Tepeaca, Acajete, Tecamachalco y Palmar de Bravo. En esa zona, que se conoce como el triángulo rojo, en lo que va de esta administración se han detectado nada más y nada menos que cuatro mil 441 tomas clandestinas. Localidades completas de la zona viven exclusivamente de esa actividad.

Antes de los del jueves pasado, en este 2017 se habían presentado en la zona 23 enfrentamientos con los pobladores: doce con militares, dos con la Policía federal y ocho con elementos de seguridad de Pemex, cuando se ha intentado cerrar las tomas clandestinas, incautar el combustible robado y detener a los responsables. Las fuerzas de seguridad se han tenido que enfrentar a manifestaciones violentas, donde los criminales utilizan sobre todo a mujeres y niños, mientras que hombres armados van agazapados detrás de ellos. Lo sucedido no es nuevo, lo que ha sido nuevo es el grado de violencia desatado por los criminales.

El triángulo rojo está dominado por el grupo denominado Nueva Sangre Zeta, un desprendimiento de los Zetas que surgió cuando se desmembró la cúpula de esa organización en el 2015. Operan entre Puebla y Veracruz y son uno de los principales responsables de la violencia que afecta a ambos estados. El jefe de Nueva Sangre Zeta se llama Roberto de los Santos de Jesús y le apodan el Bucanan’s. En Puebla, su lugarteniente es su hermano Saúl apodado “El fósil” y complementan el robo de hidrocarburos con el secuestro, la extorsión y el robo al transporte de carga.

Tienen bajo su mando a distintos grupos menores, como uno llamado Los Tlacuaches, que opera en San Martín Texmelucan y Palmar Bravo. Otra banda se hace llamar Los Gasparín y operan en Tepeaca, Amozoc y Esperanza.

La gente del Triángulo Rojo apoya a los delincuentes porque los han convencido de que tiene derecho a quedarse con el contenido de los ductos ya que éstos pasan por sus tierras (en Guerrero los narcos han convencido a muchas comunidades que tienen derecho a cultivar amapola porque les dicen que las drogas ya son legales y ellos tienen derecho a sembrar lo que quieran en sus terrenos y un ataque como el ocurrido en Puebla fue exactamente igual al que realizaron contra las fuerzas de seguridad meses atrás en Nochixtlán, Oaxaca, grupos armados ligados a la Sección 22), un argumento aderezado por un discurso de abandono y desamparo gubernamental. Ponen en riesgo con ello su libertad y su propia seguridad, porque con regularidad esas tomas clandestinas generan accidentes, como el ocurrido Progreso de Juárez, en el municipio de Acatzingo, el mismo lugar donde apenas el 7 de marzo pasado había habido una explosión en otra toma clandestina.

Este, hay que destacarlo, es un caso paradigmático de un desafío a la seguridad interior que obliga a la intervención militar y policial en circunstancias especiales. Se requiere una estrategia conjunta y común en todo el triángulo rojo para romper con ese negocio criminal, mismo que no puede ser asumido en forma aislada por ninguna fuerza de seguridad. Estamos hablando de un negocio que deja a los criminales, insistimos, mil 600 millones de pesos mensuales, en comunidades y municipios que, en los hechos, no están bajo control de autoridad alguna. Ese desafío es mayor y más redituable para los criminales, en muchos de los casos, que el derivado del tráfico de drogas.

Cuando se dice que no es necesaria una ley de seguridad interior, o que lleva a la militarización de la sociedad, hay que volver a poner el acento en que sin esa ley el Estado va a un combate contra este tipo de fuerzas criminales en evidente desventaja legal. Quizás eso es lo que quieren los que rechazan sacar adelante esa iniciativa.

El Informador
Jorge Fernández Menéndez
Ciudad de México / Guadalajara
Martes 9 de mayo de 2017.


Jorge Zepeda Patterrson

Ya tiene entrada en Wikipedia y desde hace tres días forma parte de la conversación pública gracias a los encabezados de periódicos y noticieros. El crimen organizado ha conseguido, una vez más, ampliar nuestro glosario, ahora con la palabra huachicolero. Dícese de alguien que se dedica a “la actividad ilegal de robo de combustible (gasolina o diesel) en México. La palabra deriva de huachicol, una bebida alcohólica adulterada y también se utiliza para nombrar al combustible robado el cual puede estar igualmente adulterado. Generalmente el robo de combustible es realizado directamente en los oleoductos de Petróleos Mexicanos donde se extrae el combustible a través de perforaciones, a esto se le conoce comúnmente como ordeña de ductos”.

Pero me temo que lo de huachicolero es algo más que una nueva palabra. Lo que sucedió en Puebla, en donde cientos de pobladores se enfrentaron al Ejército para defender una actividad claramente ilícita, representa una nueva escala en  el desdibujamiento de los poderes del Estado que venimos padeciendo.

Las autoridades estiman que el monto de la ordeña solo en esta región, conocida como el Triángulo Rojo, supera los dos millones de pesos diarios. Se afirma que la venta de combustible en las gasolineras ha caído a la mitad en Puebla, lo cual nos indica al menos de bulto, el enorme impacto de este fenómeno y su repercusión económica.  Al atacar al Ejército y bloquear la carretera, los vecinos están defendiendo su modo de subsistencia. El único problema es que se trata de una actividad criminal. Puedo entender que tiangueros, ejidatarios o transportistas (y para el caso cualquier comunidad de interés) defienda con machetes y garrotes lo que considera un patrimonio o un derecho. Salvo que en este caso se defiende el derecho de apropiarse de lo que no es suyo y pertenece a todos.

Ups. Creo que acabo de definir a la clase política (¿o no es eso la reivindicación de Hank González, el padre del Grupo Atlacomulco, cuando enunció su célebre “un político pobre es un pobre político”?). Nos hemos acostumbrado tanto a la impunidad de las casas blancas y las riquezas inexplicables, a que un gobernador sea millonario y a que un diputado porte en ropa y reloj un valor superior a su sueldo mensual que olvidamos que estamos frente a una actividad que violenta al Estado de derecho; más o menos como el caso de los huachicoleros.

¿Una exageración de mi parte? Después de todo estos vecinos, seguramente instigados e infiltrados por miembros del crimen organizado, la emprendieron a balazos contra los soldados que llegaron a desmantelar sus ordeñas. Pero la comparación no es del todo desproporcionada: más de la mitad de las agresiones contra la prensa (desapariciones y asesinatos incluidos) proceden de políticos y funcionarios. Como los huachicoleros, ellos también se defienden de aquellos periodistas que al difundirlo ponen en riesgo “su derecho” a robar el patrimonio público.

El Presidente Enrique Peña Nieto ha prometido que el crimen de los soldados no quedará impune (murieron cuatro en el primer enfrentamiento) La ordeña de combustibles en esta región será desmantelada, afirmó al país el mandatario mexicano. Bien. La mera existencia de este Triángulo Rojo en el corazón del país es un síntoma inadmisible de la posibilidad de derivar a un Estado fallido.

Pero no puedo dejar de preguntarme ¿no es aún más dañina la corrupción sistemática que infligen al país gobernadores, presidentes municipales, funcionarios federales, partidos y legisladores? Aquellos ordeñan con popote, estos con turbina. Los pobladores del Triángulo trastocan la región; la corrupción política está pudriendo a la nación.

El Informador
Jorge Zepeda Patterrson
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Ciudad de México / Guadalajara Jal.
Martes 9 de mayo de 2017.

Fernando Savater

Ya sabemos que todas las dictaduras son históricamente nefastas, porque anulan la función esencial que convierte a los miembros de un grupo social en ciudadanos: la libertad política. Sólo les queda la opción entre vivir sumisos como reses de un rebaño o emprender la rebelión civil, con su séquito de violencia, represión y asesinato de inocentes. Pero antes o después las dictaduras acaban, porque no hay Reich que mil años dure. Y entonces se ve que no todas las dictaduras dejan al país que las ha padecido con las mismas posibilidades de recuperación. Aunque siempre detestables, las dictaduras digamos “de derechas” logran a veces ciertos avances materiales que permiten luego una reimplantación relativamente fluida de las instituciones democráticas: no han destruido el tejido de la sociedad civil, sólo la han sometido y han abusado de él; mientras las llamadas “de izquierdas” frecuentemente destruyen hasta su raíz las instituciones civiles, jurídicas, empresariales, educativas... en busca de un ilusorio “mundo nuevo” que deja un terreno empobrecido y yermo donde será muy difícil y largo que rebrote la democracia. Por su capacidad criminal muchas veces los dictadores derechistas son peores mientras mantienen su tiranía, pero para lo que viene después los de izquierdas son aún más temibles.

Vayan estas cábalas a propósito del actual régimen venezolano. Durante los años de gobierno de Chávez y los primeros de Maduro, siendo muy exquisito con el lenguaje no se podía decir que se trataba de una dictadura. Se realizaban elecciones, de limpieza cada vez más dudosa, aunque alguna vez lograsen ganar los opositores al régimen, y parecía funcionar de manera más o menos reconocible la separación de poderes. Pero esas apariencias democráticas se han ido enturbiando últimamente cada vez más, sobre todo ante la fuerza crecientemente mayor de los adversarios del chavismo. El presidente Maduro ha llegado a utilizar a los jueces para invalidar nada menos que a la Asamblea Nacional, con mayoría opositora, aunque luego haya dado marcha atrás en esa manipulación de manera no menos arbitraria. Por otra parte, se niega a fijar la convocatoria de elecciones, como le piden reiteradamente todas las instancias políticas opositoras, único gesto gubernamental que podría alejar el peligro cada vez más inminente de un enfrentamiento civil. Y crece el número de líderes y militantes políticos encarcelados, sometidos a juicios sin las mínimas garantías y con penas muy altas de prisión. Por imparcial que quiera ser el observador, ya no hay más remedio que asumir la situación de Venezuela como una dictadura apenas disimulada. Pero además como una dictadura retóricamente izquierdista, que ha liquidado la prosperidad del país y lo ha sumido en un desabastecimiento aterrador con falta de los bienes más elementales, alimentos, medicinas y combustibles. Las empresas del país han tenido que suspender su producción por falta de suministros y las instituciones legales o económicas han caído en manos de obsequiosos sicarios y han perdido toda credibilidad. Esto es sumamente preocupante no sólo para el dramático presente sino también para el día de mañana, cuando el chavismo sea políticamente reemplazado. El sucesor de Maduro va a tener que encargarse de un país arrasado, en el cual recuperar la democracia no será nada fácil.

El País
Fernando Savater
Madrid, España / México
Domingo 30 de abril de 2017.


Jorge Zepeda Patterson

Veo una foto de los exgobernadores mexicanos sindicados y me parece que exudan prepotencia e infamias


La foto se hizo viral en las redes sociales y había motivos. La imagen del presidente Enrique Peña Nieto rodeado de gobernadores priistas, tomada no hace mucho tiempo, podría hoy ser un póster colgado en la comisaría de la policía: buena parte de los rostros sonrientes que allí observamos pertenecen ahora a individuos prófugos, que están bajo investigación o se encuentran tras las rejas en distintas etapas de procesos judiciales relacionados con malversación de recursos públicos y lavado de dinero.

“200 años de cárcel los contemplan”, podría ser el título de la estampa. “Cómo desaparecer 12.000 millones de dólares sin perder la sonrisa”, podría ser otro. Sea cual sea la manera en que se le designe (y las redes no escatimaron ni ingenio ni desprecio), la imagen arroja un severo cuestionamiento a la clase política en su conjunto y nos hace preguntarnos si hemos por fin tocado fondo (una pregunta retórica, desde luego; nunca debemos subestimar la capacidad de los corruptos para descender otro escalón a la inmundicia). Cuando observo con detenimiento las caras recompensadas de la mayoría de esos que miran al lente de la cámara desde el pedestal de su éxito, trato de descubrir algún rasgo común, algún fenotipo gremial que permita advertir al corrupto que anida en el corazón de casi todos ellos. Y desde luego no es su físico lo que los delata: hay altos y bajos, gordos y esbeltos, feos y agraciados, morenos y pálidos.

La imagen de Peña Nieto rodeado de gobernadores priistas podría hoy ser un póster colgado en la comisaría de la policía
Lo que tienen en común es la autosatisfacción en la mirada y el pavoneo en la pose. Hombres de poder que se sienten blindados por el escudo protector de la impunidad y, por qué no decirlo, por la figura presidencial tras la cual se agrupan. Que algunos de ellos hayan caído en desgracia obedece simplemente a la presión de la opinión pública y a la exhibición de abusos tales que otros cómplices en el poder se sintieron obligados a depurarlos para intentar salvar el propio pellejo (pero esa es otra historia).

El fin de semana pasado estuve en una reunión de escritores en Barcelona y en algún momento se sugirió una foto de grupo; alegres y disciplinados tomamos posición frente al lente, escalonados en una hermosa gradería. En ese instante no pude evitar el recuerdo de los gobernadores y preguntarme si a la posterior mirada del observador podría descubrirse la profesión de esos que ahora posábamos ante a la cámara.

Había africanos, asiáticos, latinoamericanos y europeos entre nosotros. El atuendo y los rasgos físicos no podían ser más distintos, pero todos escribimos novelas. ¿Habría algo específico que delatara nuestra inclinación a ensartar palabras y construir con ellas página tras página, a pasar cientos de horas en solitario aporreando un teclado? ¿Proyectaría una imagen distinta una reunión de matemáticos o de dentistas?

Supongo que no. Messi y Ronaldo no podrían ser más contrastantes en la actitud, ya no digamos en el porte físico. Y entre las personalidades de Andrés Iniesta y Zlatan Ibrahimovic hay una galaxia de diferencia y no sólo por los casi 30 centímetros de estatura que los separa. Los cuatro tienen poco en común salvo hacer con un balón lo que a escritores, matemáticos o dentistas nos está vedado.

Y, no obstante, regreso a la foto de los gobernadores y observo un rasgo invisible que los une, pese a todo. Me parece que unos y otros transpiran una misma manera de ocupar el espacio, como si el resto de las personas existieran para ser activados a su antojo. Eso es lo que provoca el poder, supongo; una disposición para usar a los demás como si todo no fuera más que una coreografía concebida para servirles.

En su libro De qué hablo cuando hablo de escribir, Haruki Murakami afirma que donde hay 100 escritores existirán 100 modos de escribir. Y lo mismo podría decirse de los cuatro futbolistas citados antes: sus pies hacen prodigios, pero cada uno los hace de distinta e inconfundible manera. En cambio, veo a Javier y a César Duarte, a Roberto Borge o a Rodrigo Medina y me parece que exudan prepotencia, cinismo e infamias de la misma y miserable manera. La corrupción es un feo bicho que hermana a unos con otros, supongo, y termina por ofrecernos un verdadero retrato en familia.

@jorgezepedap

El País
Jorge Zepeda Patterson
Ciudad de México
Sábado 29 de abril de 2017.


Jorge Volpi

Deberíamos recordar que, en este país de fábula, lo ocurrido con este gobernador no es una anomalía, sino un síntoma

Un gobernador es acusado, una y otra vez, de corrupción. Y no de la corrupción que en este país de fábula se asume como normal -un lugar en el que a nadie le sorprende que un funcionario público utilice el puesto en su provecho-, sino de una corrupción monstruosa. Valdría la pena preguntarse cuándo se pasa de una a otra y cuándo un político rebasa la paciencia de los ciudadanos y el límite de lo que éstos toleran. En fin. Ante las denuncias, el susodicho alega lo que todos los de su calaña: una campaña de linchamiento, motivos tenebrosos en las acusaciones y una vil conspiración de la prensa. Declara esto, muy orondo, en uno de los estados en donde más periodistas son asesinados. Y luego añade: "nada tengo que ocultar" y "mi conciencia está tranquila".

El listillo espera que, como les ocurre a casi todos sus colegas, esta cortina de humo disipe la atención, en espera de que otro escándalo -por doquier abundan- le arrebate los reflectores. Esta vez no ocurre así. La corrupción es tan monstruosa, que incluso el gobierno federal -de su mismo partido, el cual lo ha presumido como modelo de probidad- comienza a preocuparse. Porque, al parecer, nuestro amigo no se ha conformado con vaciar las arcas locales como la mayor parte de sus compinches, sino también los fondos que le llegan desde la capital.

Frente al acoso, el espabilado tampoco cede. Sabe que en este país ningún político de alto nivel va a la cárcel a menos que haya caído de la gracia presidencial. Y él, con una soberbia apenas inferior a su venalidad, confía en que el Presidente lo adora. De modo que, lleno de confianza, se echa para adelante. Valiéndose del enredadísimo y costosísimo y a fin de cuentas inútil sistema de transparencia de este país de fábula -diseñado para impedir pequeños desfalcos y castigar minucias administrativas, no para controlar a los peces gordos-, el gobernador hace pública su declaración patrimonial. Los ciudadanos descubren, azorados, que el miserable apenas tiene un departamentito y un par de coches viejos. Un político pobre es un pobre político.

¿Cinismo extremo? Ni siquiera. Apenas el habitual entre los políticos de su clase. Sólo que, en este caso, no repara en que ha empezado a convertirse en un lastre para el mismo gobierno que lo encumbró. Su vanidad, en este punto, supera a su desfachatez. Contra las cuerdas, contraataca. Se pasea de un noticiero a otro -y desembolsa millones para acallar a la prensa vendida- clamando su inocencia. Por primera vez rebasa a sus émulos: anuncia que pedirá licencia para enfrentar las calumnias. Y, en efecto, envía la solicitud al Congreso local. Pero no enfrenta calumnia alguna, sino que se escurre del país valiéndose de la red de complicidades que tejió durante años.

Lo digo de nuevo: el gobernador más vigilado simplemente se esfuma. El bochorno del gobierno federal parece sólo superar a su miedo. La persecución dura largas semanas, hasta que el prófugo es capturado al sur de la frontera. Y entonces, en vez de que sus perseguidores aprovechen la buena voluntad de los vecinos para expulsarlo fast track, le permiten quedarse y emprender un largo camino legal para detener la extradición.

Para explicarnos esta historia deberíamos recordar que, en este país de fábula, lo ocurrido con este gobernador no es una anomalía, sino un síntoma. Al menos desde la Revolución -ignoro los datos del siglo XIX-, este país ha sido administrado del mismo modo por unos gobernadores (de partidos opuestos pero intercambiables) que siempre, sí, siempre, han hecho fortuna adueñándose del dinero público. Que han usado su posición para emprender negocios, obtener concesiones, enriquecer a sus familias y a sus amigos. Y que jamás han temido represalias judiciales por su conducta.

Cuando a este país de fábula mejor le ha ido, ha sido cuando unos pocos de sus políticos han privilegiado el interés general frente al personal -los casos se cuentan con los dedos de una mano-, pero ésta sí es la excepción y no la regla. Ni democracia ni oligarquía. Los griegos la llamaban cleptocracia. El gobierno de los ladrones.

@jvolpi

Reforma
Jorge Volpi
Ciudad de México
Sábado 22 de abril de 2017.

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El mundo es comprendido por el paradigma, es la forma por la cual es entendido el mundo, el hombre y por supuesto las realidades cercanas al conocimiento.

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