Carlos Ferreyra Carrasco

Como dijo Andrés Manuel López Obrador cuando justificó el linchamiento de agentes federales a manos de una turba enfurecida en Tláhuac: hay que respetar porque son usos y costumbres del pueblo (bueno, le faltó recalcar).

En el caso de las pensiones presidenciales no aplicará ese criterio y amenaza con desaparecerlas aunque el ojo lo tiene puesto en particular en el dinero que recibe Vicente Fox.

Las pensiones presidenciales no aparecen en ningún texto legal ni antiguo ni moderno. Se sabe un decreto, un plumazo, fueron creadas por el presidente Luis Echeverría que aplicó “contrario sensu” el precepto que establece que ninguna ley o disposición podrá tener efecto retroactivo.

Y que no pueden modificarse las leyes en beneficio de quien las promulga. Bueno, Echeverría cuenta con pensión, ayudantes y salarios para la enorme egoteca en la que una veintena de personas documentan su sexenio… el fin de la historia patria, en su opinión.

Se discute si los 205 mil pesos mensuales son justos o deben retirárseles. Mientras un trabajador debe cumplir con 35 o 40 años de servicios, en los que le ha sido evadidos el registro en los institutos de servicios sociales (ISSSTE, IMSS) para recibir una pensión que nunca alcanza los niveles salariales disfrutados, al mandatario le bastan seis años para una prestación por la que, dicho sea de paso, nunca hizo mérito alguno. No es todo: igual están los funcionarios de primer nivel a los que bastan algunos meses para recibir prestaciones multimillonarias.

Un ejemplo a la mano, el presidente del PRI, Ochoa Reza, que por meses de labores al frente de la CFE y a pesar de que renunció al cargo, fue “indemnizado” con millón y medio de pesos. Sin perder la antigüedad con fines de retiro.

Casos más graves que el mencionado se encuentran en las filas de las instituciones financieras nacionales, en la Suprema Corte, en toda la judicatura; hoy, en el INE, los tribunales electorales, los órganos dedicados a la transparencia, los derechos humanos y toda la gama de entes que han venido a ampliar el aparato burocrático sin beneficios tangibles.

La cancelación de las pensiones presidenciales es un paso que debería afectar al resto de sus prestaciones. Ejemplo: además de que las instalaciones del Centro Fox fueron pagadas con dinero del erario, el personal a cargo de la sección hotelera, de las escuelas patito para políticos desorientados y hasta los cursos de yoga y otras doctrinas exóticas, recibe puntualmente su salario con cargo a un rubro secreto.

No es único, lo mismo sucede con Felipe Calderón, que dona su pensión a la obra de caridad que se le ocurre, pero en la enorme residencia que logró ampliando su casa al apropiarse de inmuebles vecinos y ocupar casi toda la cuadra, guardias, choferes, vigilantes, personal de servicio y más, son liquidados puntualmente por la Presidencia de la República. O bueno, por Hacienda.

Veámoslo así: medio centenar de sardos y oficiales para Ernesto Zedillo, que por cierto rechaza la pensión, viviendo en Estados Unidos con gastos y salarios del país del norte, representan una cifra tan alta que nadie acepta fijarla.

Y detrás la advertencia: si me retiran la pensión tendré que dedicarme a robar, dijo Vicente Fox a quien se le olvidó la forma desfachatada y marital con que manejó la hacienda pública. Como hacienda o ranchito familiar.

Los favorecidos por la generosidad económica del sistema son, desde luego, Luis Echeverría, y de allí para acá, la viuda de José López Portillo, la argentina Sasha Montenegro que heredó la casa de la Colina del Perro; Paloma de la Madrid, viuda de Miguel; Carlos Salinas, quien se asegura que rechazó la pensión pero admite beneficios adjuntos; Ernesto Zedillo no quiere dinero en efectivo pero le gustan el resto de las prestaciones; Vicente Fox, dinero, ayudantes, vehículos, guardias personales, instalaciones y más; Felipe Calderón, donante a obra pía pero exige apoyo para hogar, oficina, fundación y campaña de su esposa.

Afirman el Banco Interamericano de Desarrollo (BID) y la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE), que hay 54 millones de pensionados en México, con percepción mensual de mil 585 pesos porque se les otorgó 28.6 por ciento de su último salario. Lo mencionan en parangón con las pensiones presidenciales.

El cotidiano Reporte Índigo hace los siguientes señalamientos: este año La cifra para los ex mandatarios fue de mil 797 millones de pesos, superior a lo asignado para algunos órganos autónomos y programas sociales.

“Por ejemplo, el ramo para las pensiones de los que ocuparon la silla presidencial superó el gasto neto total para 2018 del Instituto Nacional de Transparencia y Acceso a la Información (INAI) por casi 700 millones de pesos, debido a que el Presupuesto de Egresos señala que a dicho instituto se le programaron mil 98 millones de pesos para sus funciones.

Algo similar ocurre con el gasto presupuestado para el Instituto Nacional para la Evaluación de la Educación (INEE), mil 227 millones de pesos; es decir, un 68 por ciento del monto destinado a las compensaciones es superior a lo asignado para órganos autónomos y programas sociales”.

Pero además superó tres veces el gasto de la Comisión Federal de Competencia (Cofece), y el dedicado a la atención de los indígenas rebasado nueve veces por las pensiones de los que llegaron, gobernaron y se enriquecieron.

Algo más para documentar nuestro escepticismo: de la fuente citada arriba, “el sexenio actual para cubrir las compensaciones de quienes han desempeñado el cargo de Ejecutivo Federal o bien a sus beneficiarios, se les han entregado nada menos que 12 mil cien millones de pesos”.

Y para rematar: el apoyo no está considerado en ninguna norma legal y limita a 78 elementos castrenses para servicios generales y a sus órdenes directas. Cada presidente ha modificado lo anterior y hoy disfrutan de decenas o centenares de auxiliares que pagamos los mexicanos. ¿Usted qué opina, amigo lector?

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Puebl@Media
De memoria...
Carlos Ferreyra Carrasco
Ciudad de México / Puebla
Miércoles 23 de mayo de 2018.


René Delgado

Mañana será un día clave en el porvenir de José Antonio Meade y el PRI, sobre todo, a partir del relanzamiento sin efecto de su campaña y el retiro de la candidatura de Margarita Zavala.

Si el simpatizante tricolor con alma albiazul y, por lo mismo, sin definición, arrojo ni carácter político no se planta y descuella en el debate, su suerte estará echada. Sus padrinos y patrocinadores voltearán a otro lado e intentarán, en lo posible, asegurar su presencia en la contienda por el Legislativo, pero ya no por el Ejecutivo a través de su original abanderado.

Meade camina en la cuerda floja con los ojos cerrados. El momento exige un funámbulo experimentado.

***

La privatización o el secuestro del PRI por parte del grupo en el poder, ahora dividido, plantea un serio problema no sólo al reducido clan y su candidato, sino también al conjunto de la militancia, en particular a los cuadros excluidos del juego donde quedó inserto su partido.

En el afán de asegurar la continuidad y el control del proyecto, ese grupo se apoderó de la candidatura y postuló a un hombre con oficio en la administración, pero no en la política. Un funcionario destacado. Un servidor más comprometido con la vieja élite albiazul o la nueva tricolor, que con el público. Un simpatizante con algunas prendas profesionales, pero pocas políticas. Tanto así que, aun hoy, no está claro si él lleva las riendas de su propia campaña.

De ese modo, el clan hegemónico tricolor excluyó y marginó a otros cuadros que, sin formar parte de su grupo, sí garantizaban un mayor desempeño y rendimiento político. Políticos que, sin manifestarlo, ahora se deslindan de cuanto acontece, o bien, juegan a la posguerra a partir de asumir por anticipado la derrota de su partido. La baraja del priismo sí contaba con otras cartas, pero el grupo fuerte quería la mano completa. Nada de andar partiendo y repartiendo cartas. Hoy, esa reducida élite se pelea entre sí el mazo de su ilusión.

Ese clan no pudo escapar a la contradictoria rutina establecida por él mismo. Sumar, luego restar. Mostrar arrojo y decisión, luego pasmo y titubeo. Operar sin calcular, luego dudar y desesperar.

***

Armado a medias el entramado jurídico de las reformas que impulsó, ese grupo no pudo: se distrajo y se enredó en vez de gobernar.

Soltó las amarras de la operación política que le permitió cambiar artículos, leyes y reglamentos; instrumentó sin ritmo ni estrategia las reformas; desatendió la seguridad pública hasta profundizar la violencia, despreció los derechos humanos y, algo peor, fomentó la voracidad sobre los recursos públicos y la licitación de contratos.

Dejó en exclusiva el monopolio opositor a Morena, al sumar y sumir en arreglos, transas, negocios y cuotas a sus aliados en el Pacto por México y, más tarde, desentenderse de ellos para reubicarlos como adversarios. Despidió con buenos y malos modos a los cuadros tricolores sin membrecía en su selecto grupo. Cobijó a quienes, siendo suyos, aparecían con las manos en la corrupción, persiguiendo sólo a los prescindibles. Poco a poco, ese clan fue tomando o retomando el control de dependencias gubernamentales y el partido, perfilando la ambición de reconcentrar el poder y reelegirse. La procuraduría, la hacienda, la fiscalía, la cancillería, el partido -dirección, asamblea y candidatura-, más tarde la gobernación, todo para sí, y alargaron la cadena de errores, cometiendo otros.

Con júbilo cerraron la distancia entre la administración y el partido y, hasta con chistes sin sentido del humor -"no se despisten"-, celebraron la reposición de la liturgia del "destape", usando y desechando a los demás "tapados". Se les escapó un detalle. La vieja liturgia ya no garantizaba el acto central de la ceremonia, que el finalmente "destapado" fuera el sucesor. Hasta inventaron candidatos independientes que, al final, mostraron su dependencia y el cobre de su funcionalidad o, incluso, disfuncionalidad.

Apareció, entonces, el "destapado" sin acabar de entender bien el asunto de la candidatura sin póliza de cobertura amplia y la campaña.

***

Al peso de la losa de abanderar un partido desprestigiado y una administración sin aceptación, el candidato José Antonio Meade no dudó en sumarle algunas piedras a la carga, mientras presumía cómo él perdía peso.

Diciendo pretender ir hacia adelante, una y otra vez retrocedió. Festejó cuantas veces pudo, foto de por medio, contar con el consejo y el apoyo de un exmandatario panista, el populista Vicente Fox, y ninguno del PRI. Incorporó como su contravoz a un panista, que luego se mordió la lengua. Integró a una estratega en comunicación albiazul que, hasta ahora, no ha abierto la boca. Invitó a un frustrado candidato independiente a comer tacos con él y jugar futbol a su favor. Más tarde, con título de simpatizante se arrogó, según él, la decisión de echar al presidente del partido que lo adoptó, sin hacerlo suyo. Agradeció una y otra vez el apoyo y el abrazo de los peores ejemplares del priismo, jurando ser muy distinto a ellos. Veneró el triunfo del PRI en el Estado de México, instando a repetirlo con él. Y, luego, vistió el chaleco rojo cuando ya no hacía calor.

***

La suma de errores combinados tendrá mañana al candidato y al partido tricolor en la cuerda floja, si José Antonio Meade no muestra temple, arrojo ni simpatía ante los electores y avanza hacia atrás y no al revés, la suerte de su participación en la contienda estará marcada por una realidad y una percepción muy difíciles de revertir. Y, entonces...

 EL SOCAVÓN GERARDO RUIZ

Al parecer, en la Secretaría de Comunicaciones y Transportes están buscando el paso exprés para salir, ahora, del tren... de acontecimientos por venir.

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Reforma
René Delgado
Domingo 20 de mayo de 2018.


Jorge Zepeda Patterson

Todos desprecian al Niño Verde, pero en el fondo todos lo envidian. Un parásito de la política con todos los privilegios y ninguna de las responsabilidades. Goza de influencia, poder y riqueza inagotables sin mayor esfuerzo y en total impunidad; perenne senador o diputado, siempre ausente pero con fuero asegurado. En los períodos electorales lo cortejan como si fuese la última CocaCola del desierto y en votaciones apretadas vende el voto de sus diputados a cambio de privilegios inconfesables.
Y es que tener un partido de 3 ó 4 por ciento del voto es el mejor de los negocios en este país. Para no ir más lejos, en las elecciones del Estado de México el año pasado el PRI perdió ante Morena, pero terminó siendo gobernador su candidato, Alfredo del Mazo, gracias al voto que sumaron el PVEM y el PANAL. ¿Cuánto creen que vale una gubernatura de ese tamaño?

Expulsados de la contienda por la presidencia, Margarita Zavala y Felipe Calderón saben que no volverán a Los Pinos, pero quizá todavía hay algo mejor que eso: obtener una licencia a perpetuidad encabezando la formación de una nueva versión de partido verde. Eso les aseguraría un financiamiento continuo de recursos públicos y, más importante, una gestión poderosa y decisiva vendiendo caro su amor en momentos de definición electoral o legislativa. Justo de esa manera, el PVEM ha logrado obtener una gubernatura, presidencias municipales y jugosas posiciones a repartir entre los suyos gracias al esquema de representación proporcional negociado con aliados más poderosos.

Margarita Zavala se baja de la contienda cuando aún conserva un poco de capital político. En las últimas encuestas se atisbaba ya una terrible realidad: el Bronco había comenzado a rebasarla y, todo indica, amenazaba con dejarla en un vergonzante último lugar el 1 de julio. Aunque en pleno declive, se retira con una intención de voto en torno a 3 o 4 por ciento, nada despreciable para José Antonio Meade o Ricardo Anaya, desesperados por descontar la distancia abismal que les saca Andrés Manuel López Obrador.

Ciertamente los simpatizantes de Zavala no migrarán automáticamente a donde ella diga, pero dentro del millón o millón y medio que se supone votaría por ella hay varios cientos de miles que atenderían un llamado de este grupo político a favor de un presunto "voto útil" (hay reportes que confirman que en barrios populares se intenta comprar un voto por 2500 pesos. Haga usted las cuentas de lo que valdría un millón de votos).

¿Pero a quién apoyarían los Calderón? Esa es justamente la carta de negociación que tiene el matrimonio para sentar el terreno para la formación de su nuevo partido. Por afinidad ideológica y política Zavala tendría que optar por apoyar a Ricardo Anaya, pero por razones de interés le conviene más inclinarse a favor de Meade. ¿Por qué? Primero, porque después de la elección, Peña Nieto todavía gobernará durante cinco meses; un lapso importante para que el presidente ayude a la nueva organización a sentar las bases territoriales para cumplir los duros requisitos que exige la fundación de un nuevo partido.

Segundo, porque muchos de los que forman parte de la campaña de Meade, incluyéndolo a él mismo, serían miembros potenciales de ese partido. Varios ex gobernadores panistas están resentidos con la manera en que Anaya se quedó con el PAN y los desplazó de posiciones estratégicas. Si bien es cierto que algunos de ellos no apoyaron a Margarita durante la campaña, no lo hicieron porque sin partido no había nada que ganar. Pero ellos, y muchos líderes regionales ignorados, estarían encantados de formar parte de una nueva organización que les asegure senadurías y presidencias municipales importantes. Justamente por eso es que a los Calderón les convendría un mal desempeño de Anaya el 1 de julio: muy próximamente competirán por la misma clientela.

Y, desde luego, está la parte "fresa" del PRI. Esa que ante la derrota estrepitosa que se avecina para el tricolor, no tendrá acomodo frente a la reacción de los duros que vendrán con todo a recuperar el partido tomado ahora a medias por los Meade, los Aurelio Nuño y los Videgaray. Muchos de ellos, muchos como ellos, preferirán ser cabeza de ratón en una nueva fuerza política que cola de león en una atiborrada y en picada organización.

Esta es mi hipótesis sobre la estrategia que estaría jugando la ex candidata independiente en las próximas semanas. Mientras tanto se aceptan sugerencia para el nombre del nuevo partido de Calderón y Margarita: ¿CALMA? ¿MARCA? O quizá algo menos personalista, ¿COINCIDIR? (la canción favorita de ella) o, de plano, HASICO, apócope de Haiga sido como haiga sido. ¿Usted cuál propone?

El País
Jorge Zepeda Patterson
Domingo 20 de mayo de 2018.


Jorge Zepeda Patterson

 Tengo un amigo que revisa lo que le depara su signo zodiacal antes de poner un pie en la calle. Si no le gusta lo que le espera según el zodíaco del día, simplemente consulta el de otro periódico. Con las encuestas sucede algo similar. ¿Le incomoda que López Obrador tenga ventaja de 18 puntos según el diario Reforma? Fácil, busque la de El Heraldo en la que Meade viene respirándole en la nuca, aunque sospechemos que sea una encuesta a modo.
El 1 de julio López Obrador se convertirá en presidente electo de este país, a menos que sus adversarios convenzan al respetable público de que la ventaja del tabasqueño está disminuyendo significativamente. Si el candidato de Morena llega con un margen a favor de diez o más puntos a una semana de las elecciones, no habrá manera de que alguien le gane sin que se considere, en la práctica, un golpe de Estado. Más aún, si la gente da por sentado que López Obrador va a ganar, lo más probable es que lo haga con una distancia aún mayor, porque a muchas personas no les gusta votar por un perdedor.

Por el contrario, si se extiende la percepción de que Ricardo Anaya ha disminuido la diferencia de manera significativa, se filtra la posibilidad de arrebatarle el triunfo al tabasqueño. Sea porque, en efecto, el panista alcanzó y rebasó en el último instante o, simplemente, porque al sistema le basta que exista esa percepción para hacer verosímil un fraude. Es decir, la percepción como coartada.

¿De qué depende la noción que abrigue el votante sobre las posibilidades de triunfo o fracaso de los candidatos? La respuesta lógica dirá que de la conversación pública, de la propaganda, del juicio que hagan las redes sociales sobre el devenir de las campañas, de los aciertos y desaciertos de los contendientes. Pero en una campaña tan larga en la que todos esos factores han operado hasta la saciedad sin alterar la posición del puntero (López Obrador), da la sensación de que el resultado no va a cambiar a menos de que se convenza a la gente de que ha cambiado. En otras palabras, si no puedes cambiar la realidad, cambia la percepción que se tenga de esa realidad.

Y allí es donde entra la batalla por las encuestas. En teoría, las encuestas son un reflejo de la opinión pública. Pero, a su vez, las encuestas redefinen a la opinión pública. Si uno observa un partido de futbol durante algunos instantes podrá pensar que determinado equipo va ganado, pero es sólo cuando miramos el marcador que advertimos lo que en realidad está sucediendo. Las encuestas son el marcador de las campañas. Con un diferencia: los goles en la cancha son hechos reales una vez que son avalados por el árbitro, los números en las encuestas son percepciones.

Por esa razón hay encuestas para todos los gustos. Hay las que afirman que Meade todavía le disputa la segunda posición a Anaya e incluso las que lo ponen por encima del panista; otras, por el contrario, dan cuenta de una caída continua e irreversible. Hay encuestas que muestran que la ventaja de López Obrador es inamovible, otras que afirman que Anaya está recortando la distancia.

Los cuartos de guerra de las campañas han llevado la batalla al terreno de las encuestas. Tratan de negociar con las casas encuestadoras para generar resultados favorables a su causa y están dispuestos a pagar en oro cada dígito ventajoso. Y una vez que observan un resultado conveniente, gastan fortunas en los medios para cacarearlo y convertirlo en "dato duro", en argumento para impactar en la percepción del público.

Desde luego hay encuestadoras buenas, malas y regulares, eficientes e ineficientes, corruptas y honestas. El problema es saber quién es quién, sobre todo porque la difusión de los resultados no depende de la calidad de la marca encuestadora sino de la maquinaria de propaganda del partido al que le convienen determinado resultado.

Hay tanto en juego y tales fortunas involucradas que incluso hay instituciones dispuestas a tirar la reputación, cualquiera que ella sea, a cambio de una tajada del pastel.

Por ello es interesante el ejercicio que Bloomberg y El País (cada uno por su cuenta) han hecho para presentar una nueva herramienta: un modelo que promedia todas las encuestas, pero dándoles un valor en función de la calidad de cada casa encuestadora (metodología, récord en elecciones anteriores, etc.). Una especie de curaduría de sondeos y encuestas. Un vistazo ponderado de lo que en realidad está sucediendo en el terreno de la intención de voto.

La próxima ocasión que veas una encuesta de temas electorales cuyo resultado no te gusta simplemente entra a la Web y busca la que más te cuadre. Pero si prefieres tener una idea de cómo anda el marcador, échale un ojo a la de Bloomberg, sea para festejar o para espantarte.

Reforma
Jorge Zepeda Patterson
Ciudad de México
Domingo 13 de mayo 2018.


René Delgado

La ríspida confrontación política y la creciente violencia criminal son un peligro, una amenaza no sólo a la elección sino también a la estabilidad, a la democracia en su conjunto.

Asombra que las autoridades gubernamentales lejos de perseguir y castigar esa violencia criminal, animen la confrontación política. La tarea de la administración concluye hasta el primero de diciembre, no antes. Garantizar el derecho a votar y ser votado, cuidar del proceso electoral y evitar su descarrilamiento es -en el terreno de la seguridad- su responsabilidad.

***

A fuerza de homicidios y amedrentamiento, aquí o allá y sin importar la filiación partidista, quizá a fin de preservar acuerdos o dominar territorios, el crimen determina quién puede y quién no aparecer en la boleta electoral. El crimen elimina, no elige. Y, al parecer, a la autoridad poco le importa esa forma de participación política criminal, que bien se podría denominar la elección del revólver.

Las cifras de Etellekt Consultores -especializados en riesgos- son elocuentes. Del ocho de septiembre del año pasado, fecha de arranque del actual proceso electoral, a este ocho de mayo sumaban 305 agresiones las cometidas contra dirigentes y cuadros partidistas, así como contra alcaldes y exalcaldes, precandidatos y candidatos, fundamentalmente del ámbito municipal. A resultas de esas agresiones son ya 93 los ejecutados, contándose entre ellos 35 precandidatos y candidatos. Adicionalmente, "44 familiares de actores políticos" fueron ultimados.

A esa cifra terrible, de acuerdo con la nota principal del Excélsior de ayer, se suma otro dato no menos importante. Un millar de candidatos a representaciones o puestos municipales, estatales o federales declinaron su aspiración por temor al crimen, obligados por sus partidos o por cuestiones personales.

No en vano hace unos días, la magistrada presidente del Tribunal Electoral, Janine Otálora, advirtió en una conferencia: "podrían encontrarse en la violencia, formas alternas, ilegales e inaceptables de decidir quién esté y quién no esté en la boleta electoral". Señalamiento al cual se agrega el reiterado llamado del consejero presidente del Instituto Nacional Electoral, Lorenzo Córdova, a frenar de tajo la violencia y moderar el tono y la rispidez del debate electoral (Entredichos de reforma.com).

Ciertamente, dada la dimensión de los puestos en juego en esta elección -más de 3,500 posiciones- la cifra de ejecutados es marginal, pero no puede negarse que el crimen está interfiriendo en el proceso electoral y si la confrontación electoral se radicaliza aún más, la violencia podría contaminar la política y ésta a la violencia. Ya una vez, "un loco solitario" tomó la vida de Luis Donaldo Colosio y a punto estuvo de descarrilar la República. Tampoco puede justificarse tanto morir por simples ajustes de cuentas.

El escenario es en extremo peligroso. Y, justo al escribir estas líneas, las alertas informativas instaladas en el celular reportan una ejecución más, otra más. El turno correspondió, ahora, al candidato de Morena a la alcaldía de Apaseo el Alto en Guanajuato, José Remedios Aguirre...

¿Cuántos más caerán antes de llegar al primero de julio?

***

Ese escenario lo conoce y lo vivió el secretario de Gobernación, Alfonso Navarrete Prida. Por eso asombra que no le dé la debida importancia a la crispación política y la violencia criminal.

El 10 de enero es fecha importante para el funcionario. Ese día, hace veinticuatro años, llegó a Gobernación como secretario particular del doctor Jorge Carpizo, quien asumía la Secretaría en medio de una crisis producto de la combinación de la violencia y la política. El 10 de enero de este año, Navarrete regresó a Gobernación como secretario y, ahora, afronta un cuadro difícil: crispación política y creciente violencia.

Desde luego, la violencia de estos días es distinta a la de 1994. Aquella tenía causas sociales y políticas y era focalizada y selectiva. La de hoy es criminal, dirigida y multipolar.

Por eso asombra que, pese a cuanto está ocurriendo, la administración no manifieste vivo y rápido interés en perseguir y castigar las ejecuciones cometidas por el crimen que atentan contra el proceso electoral y, lejos de atemperar el tono y la rispidez del discurso político, lo alienta. Se retroalimentan impunidad criminal y pusilanimidad política.

El presidente de la República, Enrique Peña Nieto, no ceja en el afán de mostrarse como jefe de campaña de su candidato y, burla burlando, no ceja en el afán de inclinar la balanza a favor de su partido. No se planta como autoridad de gobierno, sino como debatiente sin aspiración en el concurso electoral, donde jura no participar. Si de "pensar con la cabeza" se trata, no estaría de más mirar el espejo.

Y al velador de la Procuraduría, Alberto Elías Beltrán, poco le importa usar como ariete la dependencia a su cargo contra el adversario electoral, en vez de ir por homicidas. Los magistrados electorales José Luis Vargas y Felipe Alfredo Fuentes Barrera a la cabeza confunden la investidura con el vestido y se miden la toga que no les queda. ¿Será verdad que estudian la posibilidad de anular le elección?

Juegan con las instituciones, enrarecen la atmósfera política cuando la violencia campea.

***

No frenar la violencia, no atemperar el discurso sólo promete, en nombre de "la anormalidad democrática", hundir en la incertidumbre a la República.

 EL SOCAVÓN GERARDO RUIZ

¡Ah, qué curioso! Según el tema a debate, en Los Pinos presentan al secretario del ramo correspondiente. Eso no ocurrió en la defensa de la construcción en sus términos del nuevo aeropuerto, no llevaron a Gerardo Ruiz Esparza. ¿Por qué será?

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Reforma
René Delgado
Ciudad de México
Domingo 13 de mayo 2018.


Jesús Silva-Herzog Márquez

Los panistas se reconcilian en Morena. Mientras Ricardo Anaya celebra el cumpleaños de un PRD moribundo e insignificante, Andrés Manuel López Obrador se hace acompañar de dos ex presidentes del PAN. Los oficios del tabasqueño han servido para que la derecha y la ultraderecha se reencuentren en el partido que le pertenece. En la incorporación ayudan tanto el cálculo como el resentimiento. Treparse a ese tren en estos momentos no parece asunto de convicciones ni mucho menos de riesgo. Aliarse a Morena hoy es ponerse la camiseta del equipo que está por ganar el campeonato. Debe resultar también una satisfacción tras el agravio, una manera de reparar una lastimadura personal, disfrazar con la nobleza de una causa, la miseria del resentimiento.

Los ex presidentes panistas que han abrazado el lopezobradorismo recibieron premios de inmediato. No tuvieron que hacer ninguna fila. No tuvieron que esperar ni un minuto para obtener la recompensa. Su conversión y las penosas palabras devocionales que han dirigido al Amado Líder han bastado para recibir de Él, inmediatas muestras de su afecto. Uno habló del admirable temple moral del dirigente que cambiará la historia de México. Otro escribió que brincar al bando de los ganadores debería considerarse, en realidad, como ¡un acto de rebeldía! La pirueta les ha sido, sin duda, rentable. Uno será senador. El otro coordinará las relaciones del partido con la sospechosa sociedad civil. El foxista y el calderonista, el yunquista y el libertario adelantaron de inmediato a los fundadores de Morena que, silenciosamente debieron aceptar la resolución del Fundador. Al parecer, nadie disfruta en ese partido de tantos privilegios como los advenedizos.

No condeno el transfugismo. Cambiar de barco es un ejercicio de libertad. Si el cambio de lealtad merece respeto dependerá de las circunstancias y de los argumentos esgrimidos. Del Elogio de la traición, aquel librito de Denis Jeambar e Yves Roucaute, aprendí que cierta dosis de traición es necesaria en democracia. Lo es porque la lealtad debe justificarse siempre y no entregarse como si fuera compromiso vitalicio. Cambiar los apegos permite el cambio, suaviza el conflicto, oxigena. No se entiende la historia de la política mexicana reciente sin las traiciones que en buen día rompieron aquel partido hegemónico. Bienvenidos los traidores que cambian de casa con buena razón. Lo que me inquieta no es el oportunismo o los rencores de los conversos al lopezobradorismo. Lo que me interesa es el mensaje que el dirigente envía cuando celebra la genuflexión de los conversos, al tiempo que doblega a los suyos. Creo que es una señal preocupante.

López Obrador no oculta su satisfacción al contemplar la indignidad de ese enemigo que ahora se pliega a su poder. Los premios de bienvenida pueden verse como un gesto de apertura. Con un simple acto de reverencia, el partido te gratifica. El agasajo a los advenedizos es, sobre todo, un mensaje a los suyos. Morena tiene dueño y sólo a él corresponde definir los premios y los castigos. Si López Obrador decide integrar a su campaña al priista más corrupto, al evangélico más intolerante, al delincuente más cruel, lo podrá hacer. Solo los fieles más atrevidos dirán que no les gusta el nuevo aliado pero dirán inmediatamente que se trata de un signo de tolerancia en pro de la reconciliación. El resto permanecerá callado.

Las amabilidades son advertencia a quienes creyeron que formaban con él un movimiento político y una institución democrática. Toda la energía de esa organización depende del dedo índice de López Obrador. Germán Martínez pudo haber dicho hace poco tiempo que Lázaro Cárdenas era un cadáver apestoso pero, si el caudillo le concede perdón, lo hará por su voluntad única e infalible, senador de la República. Manuel Espino podrá ser un homófobo cavernario, el representante de la derecha más pedestre pero, si se le antoja al dueño, será el puente de Morena con quien se le ocurra. Las cortesías son provocaciones a los suyos: pruebas de lealtad. Me da la gana hacer esto. Quien se oponga que dé un paso adelante.

López Obrador ha dado prueba de que puede hacer con su partido lo que le da la gana. Se cree también con el derecho de declarar al enemigo. Aquel es un periódico reaccionario, este un periodista burgués, aquel un empresario pernicioso. Cada declaratoria deja en suspenso la siguiente: ¿quién entrará mañana a la lista de los odios?

 
http://www.reforma.com/blogs/silvaherzog/

Reforma
Jesús Silva-Herzog
Ciudad de México
Lunes 7 de mayo de 2018.


René Delgado

Borrar dieciocho años en menos de sesenta días, políticamente -o sea, sin abandonar los cauces legales y civilizados- es en extremo difícil. Y, antes de ir a las urnas, el primer voto a emitir consiste en desactivar la tentación de hacerlo a como dé lugar. El puro intento implicaría el peligro de arrastrar al país a un escenario mucho más complejo al prevaleciente.
Polarizar al electorado poniéndole, otra vez, el cuchillo entre los dientes o convertir la elección en una eliminación, cuando la violencia criminal y social se expresa diaria y brutalmente, podría descarrilar no sólo el proceso electoral sino desgarrar el ya de por sí deshilvanado tejido político y social.

Antes de animar la confrontación, de alimentar la rabia o de azuzar al miedo, los actores políticos, formales e informales, deben cobrar conciencia del terreno donde están parados.

***

Sin restarle mérito a la hazaña de Andrés Manuel López Obrador de concebir y armar un movimiento en menos de seis años, en la construcción de la posibilidad de su triunfo electoral contribuyen en muy buena medida las administraciones de los partidos Acción Nacional y Revolucionario Institucional. A su pesar, ambas fuerzas le ayudaron. Y, además, esas administraciones terminaron por desvertebrar a sus respectivas organizaciones políticas.

Vicente Fox, Felipe Calderón y Enrique Peña Nieto desperdiciaron o perdieron la oportunidad de convertir la alternancia política en una alternativa nacional. La redujeron a una cuestión de turno en el ejercicio del no poder.

El populismo que hoy aterra a Vicente Fox fue su práctica presidencial. Tuvo todo para transformar el régimen: condiciones económicas, legitimidad política y ánimo social, pero hizo de la popularidad, el chistorete y la frivolidad el sello del hito histórico supuesto en la derrota del partido tricolor. Da risa verlo condenar el populismo, sin dejar de militar en él.

De principio a fin, Felipe Calderón hizo de su mandato un desastre. No supo cómo remontar los términos de su acceso a Los Pinos y, en el afán de legitimarse a partir de la fuerza y a costa de la política, metió al país en una guerra contra el crimen. Una aventura que, lejos de arrojar el resultado deseado, hizo del país una fosa. Casi un cuarto de millón de vidas ha cobrado hasta hoy la ocurrencia. Calderón apreció más la casaca militar que la investidura presidencial y no dio la talla en ninguna.

Ahí, la dificultad de Ricardo Anaya para deslindarse sin romper con las administraciones impulsadas por su propio partido.

***

El presidente Enrique Peña Nieto ensayó y entusiasmó, en un primer momento, con el Pacto por México, pero tres cuestiones echaron por tierra su proyecto. Una, el acierto de hacer fortaleza de la debilidad de la oposición panista y perredista, incorporándola al Pacto, terminó por vulnerar a su propio partido, así como a los otros dos, dejando el monopolio de la oposición al movimiento de López Obrador. Los integrantes de la partidocracia se redujeron y la distancia con la ciudadanía se alargó.

Dos, la minusvaloración del hartazgo social ante la violencia y la inseguridad, así como ante la corrupción y la impunidad, golpeó la instrumentación y expectativa generada por las reformas. Además, frustró la posibilidad de transitar de la administración al gobierno.

Y, tres, la suma del conjunto del priismo al inicio de su administración concluyó en su resta hacia al final, concentrando las decisiones en un grupo reducido y los beneficios en una élite.

A lo largo de esos dieciocho años y en alianza sibilina desde 1988, el panismo y el priismo, junto con sus administraciones, parecían impulsar una democracia tutelada del centro a la derecha, apartada de la gente. Ahí cobraron fuerza las agrupaciones de la sociedad civil organizada y el surgimiento de movimientos sociales.

La política cupular y excluyente fortaleció la política social e incluyente.

***

Hoy, las acciones y omisiones practicadas por las administraciones en lo que va del siglo les estallan a los grupos hegemónicos de los partidos albiazul y tricolor, en una circunstancia especial.

El desencuentro experimentado entre Ricardo Anaya y la cúpula tricolor dificulta la posibilidad de reparar puentes entre ellos, y sus partidos viven una crisis a su interior. Asimismo, sus respectivas candidaturas afrontan problemas: Ricardo Anaya es víctima del éxito de haber constituido el Frente que lo apoya, sostener esa coalición obliga a guardar equilibrios paralizantes; el grupo tricolor que impulsó a José Antonio Meade ganó la candidatura, pero perdió al partido y, aun cuando intenta corregir el desacierto, su abanderado no logra consolidarse como un competidor.

Tal desencuentro y circunstancia ayuda y fortalece a Andrés Manuel López Obrador, quien supo encontrar el lenguaje, la actitud y los asuntos emblemáticos que calan en y entusiasman a importantes sectores de la sociedad.

Revertir esa situación por la vía política supondría una hazaña de muy difícil realización, intentarlo por una vía no política podría dar lugar a una crisis superior a la de 1994: una fractura que, dada la fragilidad del país hacia dentro y hacia afuera, precipitaría lo que supuestamente se quiere evitar: incertidumbre política, inestabilidad económica y enojo social.

***

Faltan menos de sesenta días para ir a las urnas, pero desde hoy debe votarse a favor de que los actores políticos y los factores de poder se mantengan dentro de los canales fijados por la ley y la civilidad... sólo así se podrá evitar un susto mayor, producto de la rabia o el miedo.

El socavón Gerardo Ruiz

Si en el eventual gobierno de José Antonio Meade "no habrá estafas maestras, ligas, escándalos ni naves industriales", ¿habrá socavones?

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Reforma
Sobreaviso
René Delgado
Ciudad de México
Sábado 5 de Mayo de 2018.


Maite Azuela

Contracorriente

Los argumentos del miedo a lo que puede venir después de la elección me intrigan más allá de la curiosidad por las disputas políticas. Encuentro en las discusiones entre familiares y amigos un fantasma que se sienta a la mesa cuando algunos aseguran que el autoritarismo, la carencia y la desgracia se avecinan con el posible resultado de 2018. ¿Ustedes han detectado ese fantasma? Es un espíritu que toca a algunos de los que gozan de privilegios y a los que concentran la mayor parte de los recursos del país. Su temor es injustificado, pero no es algo que me sorprenda.

 En cambio, el temor de aquellos de clase media que no son los más ricos del país y que han hecho un esfuerzo por mantener una vida con las necesidades básicas cubiertas y con algunos lujos muy esporádicos que implican esfuerzos adicionales, merece indagación. No alcanzo a nombrarlo, prefiero describirlo: es el temor de perder lo que en realidad se aspira tener.

No analizaré los miedos irracionales a convertirnos en un país sin democracia, ni los temores a perder casas y trabajo. Me quedo con los argumentos que suelen ser más sólidos y me permito hacer algunas preguntas. Muchos tienen temor a que se revierta una reforma energética que apoyaron esperando a que bajaran los precios de gasolina, luz y gas, aunque a partir de la reforma los precios se incrementaron, ¿se sienten amenazados cuando se propone analizarla? Algunos se estresan con el planteamiento de modificar la implementación de la reforma educativa, pero cuando se impulsaba, eran indiferentes porque no implicaba cambios para las escuelas privadas de sus hijos. ¿Han evaluado si la reforma como se está aplicando genera mejores maestros y alumnos? Señalan como un exabrupto autoritario que se plantee la suspensión del proyecto del aeropuerto, a pesar de que tienen apenas la oportunidad de viajar en avión una o dos veces por año. ¿No creen que México merece un proyecto sustentable y transparente?

Hoy la mitad de los mexicanos vive en pobreza. Once mil niñas y niños fueron asesinados en los últimos nueve años en la lucha contra el crimen organizado. La violencia ha tocado casi todos los rincones del país con diferentes magnitudes, y a partir de la guerra contra el narco han desaparecido más de 30 mil personas en nuestro territorio. El dolor ajeno, que se acerca cada vez más a nuestras casas, ¿no les produce temor?

La elección no dará un giro mágico a todo lo que México atraviesa, pero sí da la pauta para manifestar lo que no queremos que continúe y sobre todo para iniciar cambios que permitan que lo que deseamos comience a suceder. ¿Habrá alguna posibilidad de que consideren que aquello a lo que aspiran no se hace realidad porque la corrupción, la violencia, la inequidad, la inseguridad y la impunidad que está rebasándonos no se modifica? Dicen que nadie tiene miedo a lo desconocido.

Milenio
Maite Azuela
Contracorriente
Ciudad de México
Jueves 3 de mayo de 2018.


Alejandro De Coss

Ricardo Anaya, el candidato de la coalición Por México al Frente, pasó de criticar al actual gobierno a admitir una posible alianza con él para obtener la victoria. En este ensayo, Alejandro De Coss sostiene que, en realidad, Anaya siempre representó la continuidad del actual régimen.


El lanzamiento de la campaña del candidato del Frente –la alianza entre el Partido Acción Nacional (PAN), el Partido de la Revolución Democrática (PRD) y Movimiento Ciudadano (MC)­–, Ricardo Anaya, dibuja una imagen clara de quién desea ser este. Desde un inicio, Anaya buscó dejar en claro que ese evento no era un mitin más, aunque los aplausos y gritos que aparecían en los silencios del candidato traicionaran ese deseo. Esto era algo distinto: un hackatón. Ahí, durante 12 horas, 1,200 jóvenes usarían herramientas tecnológicas y su creatividad para buscar soluciones a los tres grandes problemas de México: la corrupción, la violencia y la desigualdad. El discurso continúo afirmando que el Frente no se acostumbra al olor de la mierda que caracteriza a México hoy, y lo dijo de forma literal a través de una anécdota que no provocó las risas que buscaba. Terminó afirmando que el régimen actual, corrupto, tenía sus días contados.

Apenas un mes después, Ricardo Anaya abría una puertapara lograr una alianza con Enrique Peña Nieto y, por lo tanto, con José Antonio Meade. Lejos quedaban las arengas contra el gobierno corrupto, que ahora daban paso a una potencial alianza con el régimen al que supuestamente se oponía Anaya. Se pueden especular sobre las razones particulares de esta decisión. Podemos pensar que se trata de una negociación para evitar la investigación sobre el supuesto lavado de dinero que Anaya habría realizado. Es posible que se trate también de una apuesta desesperada por ganar la elección, ante el ya evidente fracaso de la candidatura de Meade y la lejanía entre Anaya y López Obrador. Puede ser también que, como muchos simpatizantes del Movimiento de Regeneración Nacional (Morena) y el propio López Obrador han señalado, el PAN, el PRD, el PRI y sus satélites no sean más que distintos rostros de una misma entidad que se ha apoderado del poder como una mafia.

La razón que Anaya ha dado es distinta. Él afirma que lo hace ante la posibilidad de que López Obrador declare una amnistía en el marco de la guerra contra el narcotráfico (tema que discutiré en la próxima entrega) y para preservar la muy criticada reforma educativa. Así, la razón que da el candidato es abiertamente la de defender la continuidad de dos pilares del régimen: las reformas estructurales del gobierno de Peña Nieto y la estrategia belicosa inaugurada por Felipe Calderón. Anaya se presenta entonces no como un férreo opositor al régimen, sino como otra forma más de su continuidad. No debería haber sorpresa en esto. Incluso cuando Anaya busca presentarse como un joven que pone su esperanza en el poder disruptivo de la tecnología y de una ciudadanía ilustrada, la continuidad sigue siendo aquello que le guía. En el resto de este ensayo argumentaré por qué esto es así, analizando los imaginarios tecnopolíticos del candidato en el marco del neoliberalismo y la guerra contra el narcotráfico.

El Elon Musk queretano: el futuro de la democracia como una tecno-utopía

En un spotreciente, Anaya explica que la principal propuesta del frente es un Ingreso Básico Universal (IBU). Citando a diferentes personajes, que van de Friedman a Deaton, a Mark Zuckerberg, Elon Musk y Albert Einstein, Anaya explica las bondades del esquema. Un ingreso básico, nos dice, detendría al clientelismo, superaría la supervivencia del empleo en un mundo crecientemente automatizado y valoraría la labor de reproducción social, ignorada por la economía dominante hoy. La legitimidad de la propuesta viene no solo de estos intelectuales y empresarios, sino de los experimentos que en otros países han ocurrido ya. El candidato es claro: las pruebas del IBU no solo se han dado en países desarrollados como Finlandia, sino en algunos «más pobres que México», como la India. Cobijado por los gurús de la tecnología y por otros gobiernos, la idea, nos promete, podría cambiar a nuestro país.

El IBU no es, claramente, un invento de Anaya o del Frente. Es una propuesta de política pública que atrae a políticos, académicos, intelectuales y ciudadanos a la derecha e izquierda del espectro político. Promete, al menos, dos cosas. Por un lado, la posibilidad de reducir los costos del sistema de seguridad social, fortaleciendo las políticas de austeridad que la derecha privilegia. Por el otro, se presenta como una posibilidad de reducir la pobreza y la desigualdad en un mundo en el cual los trabajadores están crecientemente precarizados, desempleados y con la amenaza de la obsolescencia total como causa de la automatización de la economía. A una izquierda que no quiere hablar sobre la propiedad de los medios de producción, esta propuesta le resulta por demás atractiva. No debe resultar sorprendente, entonces, que sea el IBU lo que une a PAN y PRD, la derecha e izquierda unidas, o eso que hoy algunos llaman el centro: el manejo continuado del neoliberalismo, paliando tal vez algunos de sus excesos.

Expreso mis reservas a la idea, aun en términos abstractos. Creo que confunde por completo cuál es la fuente de la riqueza en una sociedad capitalista: el trabajo humano. En el caso de México, la ventaja competitiva de la economía nacional es su mano de obra barata en tanto abundante y disciplinada. Los salarios mínimos bajos, los salarios reales igualmente miserables, las obreras prescindibles y el ejército de personas que están esperando por un trabajo mal pagado, peligroso y sin seguridad social garantizan el bajo costo de producir en México. Imaginar que es posible terminar con esta realidad mediante un IBU, sin tocar el régimen de producción y propiedad en el país, es una ilusión absoluta. Es comprar la receta creada en la abstracción de las fórmulas o en los sueños de futuros posibles de los capitalistas de Silicon Valley, a quienes Anaya parece deseoso de emular.

Esta voluntad de imitación aparece en las formas del candidato. Se aleja, a su parecer al menos, de los formatos políticos tradicionales. Habla de hackatones, automatización, robots y tecnología. Imagina que el escape hacia el futuro que promete el capitalismo contemporáneo es para todos. Supone que surge de la voluntad creativa de los empresarios y que, tal vez, en México esos empresarios estén esperando a surgir una vez que el estado se retire de la economía, salvo por el IBU y el soporte a la propiedad privada y a la libre empresa. Ignora entonces que estos procesos de innovación surgen del dinero estatal, como en el caso de Elon Musk, cuyas empresas han recibido miles de millones de dólares a través de subsidios gubernamentales. El gran impulso a la modernidad y la posibilidad del capitalismo no ocurren a pesar del estado sino a través de él.

En México, el estado tiene una forma particular, tal vez resultado de su desarrollo colonial y subordinado en el marco del capitalismo como un sistema-mundo. Los vicios del clientelismo y la captura del estado que Anaya imagina pueden combatir con el IBU no son desviaciones de una realidad posible, sino la condición de posibilidad del capitalismo y el estado en México. Son características históricas, no por ello ineludibles, pero sí mucho más profundas que como aparecen si se les piensa como el resultado de las políticas públicas del último sexenio, o tal vez de los últimos cinco. No niego que estos sexenios hayan resultado en una transformación profunda del país; sería un disparate afirmar que la instauración del neoliberalismo no ha cambiado la estructura socioeconómica de México, a la par de sus políticas laborales, de producción cultural o de desarrollo infraestructural. En todo caso, el clientelismo como forma de organización social se adapta a esta nueva estructura, cambiando como todo proceso histórico en su desarrollo a través del tiempo y el espacio.

Pero no conviene demasiado seguir en la abstracción. Tal vez valga más la pena volver a las campañas políticas presentes y al fervor tecnológico de Anaya. En las diversas propuestas que se pueden encontrar en su sitio web, la tecnología aparece casi como una panacea. A menudo, ella misma, sin mayor explicación, podría solucionar problemas diversos. Así, por ejemplo, un mejor gobierno sería resultado parcial de su digitalización y simplificación; la paz no se lograría sin el uso extendido de tecnologías de la información para la acción policial y el combate al narcotráfico, y la vigilancia en línea sería una forma de combatir la corrupción en las compras gubernamentales. Esto, por supuesto, no es descabellado. La tecnología puede ser útil en esto y muchas cosas más. Sin embargo, la forma en que esta es concebida es lo que falla aquí y en muchos otros casos. Se piensa a la tecnología como una herramienta neutral, que se aplica sobre un sistema político, económico o social. Se imagina como separada de la política, como algo que la pueda arreglar o mejorar mediante su uso. Se ignora que la tecnología es ya siempre política. El sueño de la tecnología como herramienta neutral pierde de vista que ningún instrumento existe separado de lo social, ni viceversa.

La distopía del presente y la continuidad del régimen

Antes de continuar, debo confesar algo. Escribir textos sobre las propuestas de los candidatos a la presidencia, y sobre sus imaginarios tecnopolíticos e infraestructurales, parece cada vez más una labor fútil. En muchos casos, las propuestas son vagas o irrealizables, apuestas imposibles de candidatos derrotados: el Registro Nacional de Necesidades de José Antonio Meade podría ser un buen ejemplo de ello. En otras, parecen menos relevantes que las pulsiones emocionales de candidatos, voceros, simpatizantes y curiosos del proceso electoral. La animadversión casi patológica que hay hacia Andrés Manuel López Obrador, causante de delirios graves como el que parece sufrir el expresidente Vicente Fox, obnubila cualquier discusión de fondo. Las campañas se tratan ahora de encontrar epítetos cada vez más grotescos, en una carrera lingüística hacia la nada. La campaña cae en las mismas estrategias de siempre: el miedo, la mentira, la manipulación y el deseo enfermizo de una élite por conservar todo el poder en un país que se cae a pedazos.

Después recuerdo que, si es verdad que la tecnología siempre es política, y que las infraestructuras son resultado de estas disputas, así como aquello que permita que estas ocurran, algo debe de poder decirse todavía. No se trata entonces de desterrar las emociones del análisis o de pensarlas como algo superfluo. Así, no habría una oposición insalvable entre el futuro automatizado al que Anaya parece aludir y el presente en el cual interpela a los votantes en torno del temor al supuesto autoritarismo y populismo de López Obrador. No habría tampoco una distancia insalvable entre el ataque a las bases del crimen organizado que el Frente propone y la continuidad de la estrategia de guerra y muerte que Anaya defiende. Estas no son sino las contradicciones que existen en el esfuerzo por dar continuidad a la forma actual del capitalismo en México y al poder de las élites que le dirigen y se benefician de él. Un proceso que, aunque sea solo un poco, parece estar amenazado por la aparente victoria de López Obrador y su esquizofrénica alianza, que analizaré en el próximo texto de esta serie. Es ahí donde el sueño tecnológico del capitalismo neoliberal y la oferta del miedo como estrategia de campaña se juntan.

Me parece que la insistencia de Anaya de criticar la amnistía que López Obrador ha mencionado, y varios de sus colaboradores han desarrollado, tiene al menos dos funciones. Una es atacar al candidato de la coalición Juntos Haremos Historia en algo que se percibe como una debilidad frente al electorado. Siguiendo la sangrienta tradición de los sexenios de Calderón y Peña Nieto, la promesa de la mano dura sigue siendo una forma de mantener bajo control a una sociedad que vive asustada no solo por crimen, sino por la irrupción del criminal en la vida cotidiana. Ese criminal es una abstracción concreta. Es un joven de clase trabajadora, marginado, racializado y dispensable, que en su otredad radical amenaza la paz de la gente de bien, que solo sosteniendo la desigualdad que impera en el país puede simular que vive tranquila. Afirmando que es a ese otro peligroso a quien AMLO busca perdonar, Anaya se busca colocar como el candidato de quienes vencen en esta terrible guerra.

La otra es seguir manteniendo a la guerra como algo también separado del resto de los procesos sociales y económicos. El pensamiento binario que está detrás de la concepción de la tecnología como algo no-social, aquí imagina al crimen organizado como un cuerpo bien definido, que puede ser combatido con precisión. La guerra de Anaya continúa, en tanto las labores de inteligencia mejoran y los cárteles de desmantelan desde su base. Esa base estaría de alguna forma separada de los barrios, pueblos y redes de parentesco y amistad en las cuales existe. El narcotráfico sería también entonces una otredad radical, que es posible destruir con las herramientas tecnológicas adecuadas. Como dice un alegre joven en el comercial sobre el hackatón del Frente: «voy con Anaya porque es un fregón y va de frente y con todo contra la violencia». La confrontación frontal sigue siendo el horizonte imaginado, el futuro deseado, la realidad inescapable y la estrategia segura. Los cientos de miles de muertos y desaparecidos no bastan para aceptar el fracaso de la guerra, o, alternativamente y de forma tal vez más precisa, que su éxito es justamente esta realidad de muerte y violencia.

Mención aparte merece que en la discusión sobre las bases del narcotráfico no exista discusión sobre la legalización de las drogas, la sustitución de cultivos ilícitos o ninguna otra medida relacionada a la producción. Las propuestas del Frente se detienen en consideraciones sobre las dinámicas financieras del narcotráfico, relacionadas con la corrupción de funcionarios públicos y el lavado de dinero. Estos procesos sin duda forman parte integral de la economía de la producción y el tráfico de drogas, pero de ninguna forma le agotan por completo.

Lo mismo sucede al plantear únicamente estrategias de reducción de consumo y de riesgos como formas de combate al narcotráfico, de nuevo asignando la responsabilidad final al consumidor, moralizando el tema, desviándose de la esfera de la producción y garantizando que la guerra continúe de forma indefinida. Aquí de nuevo la economía del narcotráfico se presenta como si fuera algo separado del resto de la economía y la sociedad en México, lo cual permitiría este combate abstracto, preciso y eficaz de la mano de esa supuesta tecnología neutral que Anaya promueve.

Una lógica análoga existe en lo relativo a la reforma educativa. Aprobada con el apoyo de amplios sectores de dos de los partidos que conforman al Frente, el PAN y el PRD, y con la oposición del hoy aliado MC, la reforma reduce la calidad educativa a la acción de los docentes. Desapareciendo enormes desigualdades materiales en lo referente a la infraestructura escolar, a la disponibilidad de materiales y recursos, y a los contextos socioeconómicos en los que las escuelas existen, la reforma responsabiliza al maestro de los fallos de la totalidad del sistema. Al mismo tiempo, ignora la diversidad lingüística que existe en el país, reafirmando procesos de subordinación de los pueblos originarios que conforman al país. La reforma continúa marginando a las escuelas normales, que por décadas han subsistido en condiciones de precariedad extrema. El apoyo del Frente a la reforma, ignorando las críticas de maestros, estudiantes, padres de familia, académicos y otros expertos, se fundamenta en una fe radical en la idea del individuo como medida única y última de la sociedad.

Ahí tal vez se encuentre el hilo conductor de las utopías tecnológicas y las distopías presentes de Ricardo Anaya y de la plataforma del Frente. En el centro de todas ellas está un individuo abstracto, que puede existir en contextos desiguales, los mismos que pueden ser solucionados enfocándose en aquél. La idea de un IBU, de la tecnología y la disrupción como valores democráticos, de la guerra como un asunto del consumidor y de la educación como responsabilidad de una maestra individualizada hablan de esta fe liberal. Es una que lo coloca contra los conceptos colectivos que López Obrador a menudo despliega, que son problemáticos en sí mismos por razones que serán exploradas en el futuro. Por ahora, baste decir que la fe liberal de Anaya y el Frente resulta en un abanico de contradicciones que no dan pie a una propuesta transformadora, sino a un oscilar constante entre el deseo del futuro de liberación que promete la tecnología subordinada al capitalismo y la pesadilla de la guerra presente. Los lleva también a asumirse como la salvación contra un futuro casi apocalíptico que supuestamente vendría de la mano de López Obrador, ignorando que el terror cotidiano es ya el presente de millones.

Visto así, no resulta demasiado sorprendente que Anaya tienda una mano a Peña Nieto y el PRI, aunque sea para después guardarla de nuevo. En ambos proyectos hay visiones del individuo, el mundo, la política, la economía y el futuro similares. Los dos prometen la continuidad del estado actual de las cosas, con algunas diferencias superficiales que quedan superadas una vez que el análisis es profundizado. Estas desavenencias también resultan nimias cuando el riesgo real de una derrota pone a ambas alianzas en una misma esquina. Esta es tanto la de un proyecto ideológico, como uno de clase. Es la defensa del grupo en el poder, del sector de la élite económica, política y cultural al que representa, y la de un México idílico, que existe solo para ellos, sostenido en las espaldas de millones que se enfrentan a la muerte y la marginación diariamente. Detrás de la utopía tecnológica de Anaya está la cara conocida del capitalismo y la guerra. Este es el curioso caso del hombre que promete cambio y ofrece solamente continuidad.

Cuadrivio
Alejandro De Cos
Ciudad de México
Jueves 3 de mayo de 2018.

   
Jesús Silva-Herzog Márquez

A los demócratas se les conoce por su capacidad para aceptar la derrota. Hemos escuchado la expresión hasta el cansancio. En los últimos años se ha repetido una y otra vez. Si la democracia es incertidumbre, se puede ganar y se puede perder. Competir es arriesgarse y admitir que el desenlace puede sernos desfavorable. Participar en el juego electoral es aventurarse en un territorio comprometido. Si vale recordar aquella frase es porque vuelve a estar en entredicho el compromiso de los jugadores. ¿A qué está dispuesto el grupo gobernante para impedir la victoria de Andrés Manuel López Obrador?

Quedan ya menos de dos meses de campaña. El 27 de junio los candidatos terminarán sus actividades públicas y empezará el periodo de "reflexión." Es cierto que nos faltan semanas cruciales y un par debates pero el panorama es bastante claro para quien quiera abrir los ojos. El candidato que comenzó como puntero no ha descendido, sus adversarios han sido incapaces de construir una plataforma alternativa. Sus gestos muestran más desesperación que estrategia. Quien lleva ventaja parece dueño de las circunstancias. No puede negarse que hay emoción pública tras él, entusiasmo, esperanza. Si bien se maneja con torpeza en algunos ambientes, domina la conversación pública, se ha convertido en el gran imán las ambiciones, entiende el clima del momento. No veo el camino de la derrota de López Obrador. Si el debate de la semana pasada habrá pintado para algo habrá sido para definir con mayor claridad el segundo lugar. Poco más. El primer sitio sigue reservado para el tabasqueño.

Por supuesto, debemos ser cautos cuando intentamos prever. Si algo se ha repetido en todos los rincones del mundo en los últimos años es la sorpresa. La autoridad de las encuestas ha quedado en entredicho, el juicio de los "expertos" es rebatido una y otra vez por los hechos. El futuro no está escrito pero es importante prepararnos para lo que muy probablemente pasará. En la incredulidad de algunos grupos de poder se muestra más que un deseo, su indisposición a aceptar lo probable. Se trata de un reflejo antidemocrático, un impulso para evitar-¿a todo costa?-un resultado temido. Porque vivimos la agonía de un arreglo político y económico, se percibe la tentación autoritaria de preservarlo. Es algo más que un deseo, algo más que la ilusión de controlar el proceso electoral. La exploración de la vía autoritaria ha empezado. El uso de la Procuraduría General de la República, las resoluciones del Tribunal Electoral son signos en verdad ominosos. Jugar con el proceso electoral es arriesgar el incendio del país.

El reciente coqueteo del Frente con el PRI no solamente destroza las escasísimas credenciales de renovación que podía ofrecer esa opción partidocrática, sino que sugiere también que, en defensa de su poder, el bloque gobernante está dispuesto a cualquier pirueta-así sea la más aberrante-con tal de impedir la victoria de López Obrador. No veo el acercamiento de Anaya como un escarceo inocente y estratégicamente legítimo sino como un asomo de obscenidad. Quien hace poco llamaba al procesamiento del presidente, ahora sueña con entrevistarse con él y pactar el operativo del voto útil. Estar dispuesto a ese pacto es estar dispuesto a cualquier cosa. ¿Qué permisos se piensan otorgar Anaya y los suyos para remontar la desventaja?

El país no cabe en un solo partido. Aunque arrase en la elección, el ganador deberá reconocer la legitimidad de la desconfianza. Quienes pierdan tendrán el deber de organizar una oposición severa y responsable. Pero hoy hay que cuidar la elección y eso significa respetar la ley, como el único asidero común. Nos obliga a todos, y en materia electoral, no solamente a los partidos. Los particulares no tenemos derecho a comprar espacios en los medios para influir en las preferencias electorales. Podrá incomodarnos pero es el dictado de la ley. Mexicanos Primero ha violado la Constitución y la ley electoral produciendo un anuncio que utiliza niños como títeres, para influir en los votantes. Usar niños para el entretenimiento de los mayores es un atentado a su dignidad. Usarlos como munición en la guerra política es inadmisible.

México se abre a la mayor incertidumbre de su historia reciente. ¿Será demasiado pedir a los nerviosos que respeten la ley?

Reforma
Jesús Silva-Herzog Márquez
Ciudad de México
Lunes 30 de abril de 2018.

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El mundo es comprendido por el paradigma, es la forma por la cual es entendido el mundo, el hombre y por supuesto las realidades cercanas al conocimiento.

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