Los sucesivos gobiernos, independientemente de sus siglas, han subyugado al periodismo a través de la publicidad oficial. Las agresiones a periodistas han aumentado un 400% en el estado.

    
“Ya compórtense equitativamente señores de los medios. A la prensa lo que le hace falta es ley de propaganda gubernamental, no más bajezas que estamos viendo. En la última semana todo es generar una percepción de mayoría. Transitamos por un proceso electoral inequitativo, órganos electorales controlados, dinero público y privado, un control mediático enorme, enorme”.

Es 25 de junio de 2018, cierre de la campaña electoral a la gubernatura de Puebla, y el que habla es Luis Miguel Barbosa, candidato de la coalición Juntos Haremos Historia (Morena, PT y PES) en una entrevista en el canal de Grupo Imagen Puebla. Rafael Moreno Valle, ex gobernador poblano, ha impulsado a Martha Erika Alonso Hidalgo, su esposa, como su sucesora para consolidar su cacicazgo político en el estado. Y es, como dice Barbosa, una elección en la que la mayoría de los medios en Puebla se han alineado en torno a la candidata de Moreno Valle, y han atacado una y otra vez, con razón y sin ella, al candidato de Morena. Pero no es una práctica novedosa.

En 2010, en la elección que llevó a Moreno Valle a la gubernatura, el entonces candidato panista tuvo que enfrentar el sistema de medios que se volcó el sistema político y su sistema de medios que se volcaron en torno al candidato del PRI. El caso más vergonzoso del periodismo poblano en aquella elección fue la transmisión de un video a todas luces falso, en donde se “veía” a al entonces candidato opositor Rafael Moreno Valle en una fiesta homosexual.

“El periodismo en Puebla está subyugado al poder político, mientras el sistema siga siendo tan discrecional que el poder público pueda repartir los millones de que reparte es muy difícil que esto cambie, es demasiado dinero”, sostiene Juan Manuel Mecinas, doctor en derecho por la Universidad Complutense y académico del CIDE y la UDLAP.

“Se adapta al poder independientemente de las siglas”, puntualiza Francisco Rivas, corresponsal del diario Reforma. “Recuerdo que al término del sexenio de [Mario] Marín, pasada ya la elección y sabidos todos que Moreno Valle había ganado, había muchos medios que durante la campaña se le fueron encima y que parecía que iban a terminar marginados, pero no sucedió nada. Moreno Valle usó ese grupo de medios, los controló para difundir a su gusto sus acciones de gobierno”.

El accidente de helicóptero del pasado 24 de diciembre en el que murieron la gobernadora y Moreno Valle rompió la correa de sujeción del periodismo y cambió la narrativa del poder, o más bien los nombres del poder.

En este año durante la interna de Morena para definir al candidato los medios morenovallistas se alinearon en torno a Luis Miguel Barbosa y se lanzaron sobre su principal contrincante, el senador Alejandro Armenta. De acuerdo con fuentes cercanas a Barbosa, fue una acción motu propio de los medios y no ha habido, hasta el momento, pago de publicidad.

Hay buen periodismo, pero no libertad de expresión

“Hay buen periodismo en Puebla, pero lamentablemente no hay libertad de expresión”, dice tajante Carolina Fernández Galindo, directora general del periódico El Popular. “Creo que sí hay mucho talento, buenas plumas y periodistas, pero desgraciadamente el periodismo no se ejerce cómo se debería”.

Esa libertad, dice Fernández, la secuestró el poder político a través del control que ejerce mediante la publicidad oficial: “Falta una regulación y falta mucha unión en el gremio periodístico. Tal vez, si la hubiera podríamos lograr esa regulación o lograr cambios, pero veo que cada quién jala por sus intereses propios. Y del otro lado el control que siempre quiere ejercer el poder. Ellos quieren controlarnos y nosotros que nos estamos dejando, o estamos siendo muy laxos”.

El exgobernador Mario Marín inyectó a los medios durante su sexenio mil siete millones de pesos, casi medio millón diario. Moreno Valle superó a su predecesor al reportar un gasto no menor a 1, 232 millones de pesos. Con lo que invirtió en las elecciones intermedias de 2014, el año de más gasto, se habrían construido hasta dos casas de interés social por día.

Esos datos se traducen en el trabajo diario de muchos colegas del estado. El anonimato es la condición de uno de ellos, que trabaja en un periódico impreso que vive al amparo del poder, para hablar en este reportaje.

“La relación económica que el gobierno mantiene con el periódico en el que trabajo determina la línea editorial casi completamente. Si un político opositor hace una denuncia contra el gobierno, simplemente no se publica, por más relevancia que ésta posea. Si un portavoz del gobierno pide, como un favor, que la portada del periódico del día siguiente sea un simple boletín, el boletín ocupa el espacio solicitado. A veces, también, las órdenes de información que se nos reparten plantean el golpeteo político contra aquellos que, en ese momento, pueden formar parte de la oposición al gobierno”, dice.

Para encontrar espacios para hacer periodismo, dice, debe leer los momentos políticos, periodos en los que hay menos en juego y la censura afloja.

Las agresiones a la prensa se incrementan un 400 por ciento

En 2009 se cometieron nueve agresiones a la prensa en Puebla, el año pasado 45, un incremento del 400%, según los registros la organización Artículo 19. Puebla se encuentra en la séptima posición en la lista de los estados con mayor crecimiento en las agresiones a periodistas por detrás del Estado de México, Jalisco, Hidalgo, Colima, Campeche y Sonora.

“Los primeros años de este sexenio estuvieron marcados por la política de control, ataques y vigilancia sobre los medios del gobierno que encabezó Rafael Moreno Valle de 2011 a 2017. Ataques contra portales (al menos 15 contra dos medios poblanos tan sólo en 2015), intentos de intervención de comunicacionales (tan sólo tres en 2016) y cuatro casos de violencia institucional en un solo año (2015).”, se lee en el informe “Democracia simulada, nada que aplaudir”, presentado por Artículo 19 en 2017”.

Las agresiones provienen en su mayoría de funcionarios, pero en los últimos años han crecido las cometidas por el crimen organizado dedicado al robo de combustible. De las 26 agresiones documentadas en Puebla en 2017, al menos 12 ocurrieron durante coberturas ligadas al robo de “huachicol” en la región.

A principios de 2017 el portal LADO B documentó en el trabajo Puebla bajo amenaza, la existencia de zonas silenciadas en comunidades y municipios controlados por crimen organizado dedicado al robo de combustible: “si te ubican como prensa es como tiro al blanco, nos reciben con disparos al aire”, contaba uno de los testimonios.

Esta situación la confirma Francisco Rivas, el corresponsal de Reforma: “Las condiciones de inseguridad obligan a no realizar coberturas en determinadas zonas por la presencia de grupos criminales”. También Yessica Ayala, reportera del municipio de Atlixco, uno de los lugares prioritarios de la estrategia de seguridad presidencial: “Es una práctica complicada por muchos aspectos, el crecimiento del narcomenudeo en la región Del Valle de Atlixco, o la compra del huachicol”

En 2018 las agresiones marcaron un nuevo récord. El motivo: el violento contexto electoral.

El futuro de la relación entre poder y periodismo

Después del fatídico accidente del pasado 24 de diciembre, el próximo junio habrá nuevas elecciones a la gubernatura. La pregunta es si con un nuevo poder cambiará la relación con la prensa.

“Yo creo que no hay un antes y un después, ni de Moreno Valle ni de Marín, —dice Juan Manuel Mecinas—, mientras el sistema siga siendo tan discrecional en que el poder público pueda repartir millones. Lo que pasará después de Moreno Valle es que cambian los nombres, pero el sistema sigue intacto”.

No fue diferente con Antonio Gali Fayad, el sucesor de Moreno Valle y que formaba parte de su grupo; y no ha sido diferente con el actual gobierno interno que se formó tras la muerte de la gobernadora y su esposo. En el gobierno actual, formado por priístas (Guillermo Pacheco Pulido y Jorge Estefan Chidiac), excandidatos de Morena-PES (Fernando Manzanilla) y panistas (Franco Rodríguez, Sandra Izcoa), el vocero es uno de los varios que tuvo Moreno Valle: Fernando Alberto Crisanto.

Hasta el momento, tampoco hay señales de que pueda ser diferente si se confirman las encuestas que muestran a Luis Miguel Barbosa como vencedor.

Dice el reportero que pidió la reserva de su nombre: “En mi opinión, el candidato que se perfila a ser gobernador de Puebla, ha mostrado, desde ahora, ciertos visos de autoritarismo que hacen suponer que la situación política y social podría no cambiar demasiado. Y, al igual que el morenovallismo, tendrá un Congreso en el que la mayoría de los diputados le son afines”.

El pasado 8 de marzo durante un foro en el marco de la conmemoración del Día Internacional de la Mujer, la presidenta municipal de Puebla, Claudia Rivera Vivanco, dijo que no trabajaría con medios misóginos, sexistas o que promuevan la violencia.

“Hay que tener mucho cuidado con que el criterio de cualquier gobierno sea una línea editorial, sea cual sea. Sin embargo, si el gobierno está haciendo una transferencia de recursos a un medio de comunicación es importante que estos medios también se comprometan con hacer valer los valores de un estado democrático, que son los derechos humanos.”, analiza Ana Cristina Ruelas, representante en México de Artículo 19, advirtió

Lilia Vélez, presidenta de la Asociación Mexicana de Derecho a la Información (Amedi), coincide en la importancia de regular la publicidad oficial con una política de comunicación con criterios y lineamientos claro: “A los medios la regulación de la publicidad oficial no les gusta y habrá golpeteo, pero sería importante y un aporte que podría dejar este Ayuntamiento”.

El debate está abierto y las audiencias también deberían participar. Un buen resultado podría ayudar a empezar a construir una relación diferente entre medios y gobierno, uno malo sólo mantendrá el statu quo y la negativa dependencia entre unos y otros.

El Siglo de Torreón
Ernesto Aroche Aguilar
Ciudad de Puebla, México
Viernes 03 de mayo de 2019.


•    Tom Wolfe: Punto final al viejo nuevo periodismo

•    Tom Wolfe: Un icono lleno de contradicciones

•    Tom Wolfe, gran intérprete de la sociedad estadounidense, muere a los 88 años.

•     Cáustico y brillante, creó escuela con sus artículos y triunfó con 'La hoguera de las vanidades'.

Thomas Wolfe era un icono. Su vestimenta, a mitad de camino entre el dandi y el clown, según quien la juzgara, era reflejo adecuado de las contradicciones de su estilo.

Tom Wolfe, el dandi de traje blanco que revolucionó el oficio de cronista en los sesenta, murió el lunes en Nueva York a los 88 años. Cáustico, brillante, demoledor, narró con audacia la sociedad estadounidense tanto desde la realidad como desde la ficción, con libros de gran éxito (La hoguera de las vanidades o Elegidos para la gloria) y artículos de leyenda. Su agente literario, Lynn Nesbit, informó del fallecimiento a causa de una infección, sin aportar más detalles. Con Wolfe se va uno de los últimos precursores del nuevo periodismo, ese club de reporteros que decidió aplicar a la prensa las técnicas de la novela.

Nació en 1930 en Richmond, la capital del Estado de Virginia, y era nieto de un carabinero confederado. Se doctoró en estudios americanos por Yale y, tras comenzar trabajando de redactor de un periódico de Massachusetts llamado Springfield Union, a mediados de los 60 dio el salto a revistas como New York y Esquire. Se lanzó entonces a explorar nuevas formas de narrativa periodística.

Un reportaje de Gay Talese de 1962, sobre el boxeador Joe Louis, le abrió esa veta: vio que se podían contar las noticias, las historias de la calle, de otra forma. Así comenzó a cultivar unos textos preciosistas en las descripciones, que desarrollaban los personajes y jugaban con el punto de vista. Importó, en definitiva, las fórmulas de la literatura de ficción a la crónica de los hechos. Junto a Talese, Truman Capote o Joan Didion, cimentó un nuevo estilo que plasmó en el libro El nuevo periodismo. En 1987 dio el salto a la ficción con La hoguera de las vanidades, su obra más conocida y aún considerada como la gran novela de Nueva York, que, a partir de un joven triunfador que atropella a un chico negro en el Bronx, cuenta las cloacas de la metrópolis.

Escribía con bisturí y mala sombra. Así diseccionó sin piedad la opulencia cínica de Nueva York en La hoguera, los conflictos raciales de Atlanta (en Todo un hombre) o, ya en su última etapa, descuartizó Miami para hablar de la inmigración (en Bloody Miami). Así se pronunciaba también sobre cualquier asunto político o social de actualidad, mordaz, penetrante. “Un intelectual es alguien que sabe sobre un asunto, pero que, públicamente, solo habla de otras cosas. Y cuando [ Noam] Chomsky empezó a denunciar públicamente la guerra, ¡de repente se convirtió en un intelectual! Aquí un intelectual tiene que indignarse sobre algo”, apuntó en una extensa entrevista con EL PAÍS, en 2005.

Su actitud literaria y vital, de pura sátira, le granjeó críticas y adversarios, como recuerda su legendaria enemistad con el también periodista y escritor Norman Mailer. Wolfe pisó muchos callos. Uno memorable fue el de la crónica de 1970 en The New York Magazine titulada Estas veladas radicales chic, en la que relató cargado de ironía la fiesta que Leonard Bernstein y unos amigos de la crema estadounidense habían organizado en la elegante casa del compositor en Manhattan, un dúplex de 13 habitaciones ubicado en Park Avenue, con el fin de recaudar fondos para los Panteras Negras. El texto destrozó a sus protagonistas y la expresión radical chic se popularizó. Según Wolfe, le empezaron a llamar conservador a partir de entonces. “Muchos me preguntaron: ‘¿Cómo pudiste hacerles quedar mal?’ ¿Yo? ¿Acaso invité yo a los Panteras Negras a mi casa para que me entretuviesen? Lo hicieron ellos, porque pensaron que era muy chic”, decía en otra entrevista en 2014.

Burla de todo lo establecido

Había crecido en un ambiente religioso y conservador, no tenía problemas en defender su voto a George W. Bush y la decisión de atacar Irak ni en burlarse de todo lo establecido. Llevaba casado desde 1978 con Sheila Berger, que fue directora de arte de la revista Harper, con la que tuvo dos hijos. En los últimos años vivía bastante retirado de los focos en su lujoso piso del Upper East Side, pero nunca, ni en sus últimas apariciones, se le podía ver sin esos elegantes trajes blancos y sombreros, marca de la casa.

La puntuación hiperbólica y el uso histriónico de las onomatopeyas han envejecido peor, pero su forma de narrar la vida, en textos de largo aliento, prolijos en detalles, y aun así llenos de energía, es adorada en las facultades de periodismo, donde El nuevo periodismo sigue siendo un manual de referencia. El nuevo-nuevo periodismo, el que empezaba a adaptarse a la revolución digital, sin embargo, no acababa de gustar a Wolf de los últimos años, quien lo veía sinónimo de prisas y brevedad, incompatibles con su concepción del relato. También abominaba del uso de la primera persona.

Otros cambios sorprendían al viejo Wolfe. En 2013, en una presentación en Barcelona de su libro Bloody Miami, alguien preguntó por una posible independencia de Cataluña. “Si Nueva York tiene un alcalde blanco [Bill de Blasio] casado con una intelectual afroamericana que antes decía que era lesbiana y con un hijo con peinado afro quiere decir que el mundo está cambiando y también os podría pasar a vosotros”, dijo.

Y más sorpresas sacudirían Estados Unidos años después. Tom Wolfe ha muerto con Donald Trump, un personaje tan prototípico de La hoguera de las vanidades, la encarnación pura del yuppie Sherman McCoy, sentado en la presidencia de Estados Unidos. Es un epílogo perfecto para la sátira de Wolfe.

Un icono lleno de contradicciones

Tom Wolfe deploraba la pusilanimidad de los novelistas contemporáneos

En plena resaca del éxito de su obra más conocida, La hoguera de las vanidades (1987), Tom Wolfe publicó su manifiesto sobre el arte de escribir novelas: como dejaron sentados los grandes del género, Charles Dickens, Honoré de Balzac o Émile Zola, se trataba de adentrarse en los escondrijos del sistema social y, con la ayuda de una pluma y un cuaderno, documentarse. Deplorando la pusilanimidad y el ombliguismo de los novelistas norteamericanos contemporáneos, invocó el ejemplo de Zola, quien en 1884 descendió a las minas de Anzin a fin de documentarse para escribir Germinal: “Se necesita un batallón de zolas para adentrarse en este país tan salvaje, extraño, imprevisible y barroco, y reclamar lo que nos pertenece. Si los novelistas no hacen frente a lo obvio, la segunda mitad del siglo XX pasará a la historia como la época en que los periodistas se adueñaron de la riqueza de la vida norteamericana usurpando los recursos de la literatura”. Al poner en práctica sus ideas, Wolfe revolucionó la expresión periodística de su tiempo.

Reducido al máximo, el entonces naciente Nuevo Periodismo consistía en reconocer que, como verdadero intérprete de los nuevos tiempos, el periodista tenía la obligación de imprimirle al lenguaje de la no ficción el rigor y la perfección artística hasta entonces reservados al discurso novelístico. Ha transcurrido más de medio siglo desde entonces, pero la lección de Wolfe y quienes junto a él gestaron tal cambio, sigue vigente. Doctor en literatura por Yale, el escritor sabía perfectamente lo que hacía. Se inició en el periodismo haciendo reportajes para The Washington Post. En 1962 se trasladó a Nueva York, donde sus colaboraciones para el Herald Tribune, lo convirtieron —para bien y para mal, nunca le faltaron enemigos— en el centro de atención de los círculos literarios del país. Su singularísimo estilo —lenguaje delirante, ingenio maléfico y burlón, una perspicacia inigualable para llegar al fondo de personas y cosas, un dominio magistral de la sátira y la ironía— crearon escuela. Las revistas más prestigiosas del país, Esquire, New York y Rolling Stone compitieron ferozmente por su firma. Wolfe llegó hasta el fondo en la disección de fenómenos de gran complejidad: la generación beat; la cultura de las drogas; los Panteras Negras; la contracultura de los años sesenta; la carrera espacial; el mundo del arte, la lacra inextirpable del racismo; la vida universitaria. Sus títulos, muchos de ellos trabalenguas intraducibles (The Electric Kool-Aid Test, The Pump House Gang, Radical Chic & Mau-Mauing the Flak Catchers, Mauve Gloves and Madmen, Clutter and Vine), etiquetaban a la perfección su estilo: delirante, único y, pese a sus muchos imitadores, irrepetible.

Provocativa y demoníaca, su risa daba al traste con todo. Sobre todo, Thomas Wolfe era un icono. Su vestimenta, a mitad de camino entre el dandi y el clown, según quien la juzgara, era reflejo adecuado de las contradicciones de su estilo. Como novelista, su triunfo fue desmesurado, aunque cada título despertó menos interés que el anterior. Para muchos, su primera novela, Lo que hay que tener (1979), sigue siendo la mejor. La que más proyección le daría fue sin duda La hoguera de las vanidades (1987). Lo que vino después: Todo un hombre (1998), Soy Charlotte Simmons (2004), Bloody Miami (2012), evidencian una progresiva pérdida de fuerza.

Desde las páginas del The New Yorker, John Updike lo fulminó sin contemplaciones, pero jueces tan severos y respetables como Norman Mailer o Harold Bloom supieron ver en él a un novelista de talento. Probablemente, fue Mailer quien lo diagnosticó mejor al señalar que el problema consistía en que Wolfe había optado por escribir mega-best-sellers, y estaba condenado a padecer las consecuencias.

El País
Amanda Mars
Eduardo Lago
Washington, DC. EU.
Martes 15 de mayo de 2018.

 

El mundo es comprendido por el paradigma, es la forma por la cual es entendido el mundo, el hombre y por supuesto las realidades cercanas al conocimiento.

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