Mario Vargas Llosa 


Hace treinta años, cuando cayó el Muro de Berlín, estaba sumergido en la vorágine de una campaña electoral, en la cual yo era candidato, y casi no advertí la importancia del acontecimiento. Días después, recibí un sobre sin remitente que contenía una piedrecita minúscula de aquella muralla derribada por los ciudadanos de Alemania del Este, que por muchos años tuve en mi escritorio, como símbolo de la libertad.

Fue sólo un tiempo después, cuando leí el célebre artículo de Francis Fukuyama tomado absurdamente por los gacetilleros al pie de la letra como “El Fin de la Historia” (algo que nunca pretendió demostrar), que fui comprendiendo el valor simbólico de aquel suceso y las extraordinarias ocurrencias que, de alguna manera, representaba: la unificación de Alemania, el colapso y desaparición de la Unión Soviética, la conversión de China de una dictadura comunista en una dictadura capitalista, y, a fin de cuentas, lo de mayor trascendencia para el mundo entero, la muerte y desaparición del mayor desafío que había recibido la cultura democrática en toda su historia: el comunismo. Esto era lo que el libro (nacido de aquel artículo) de Fukuyama establecería con certera agudeza. Es verdad que, en su justa evaluación de las consecuencias de la desaparición del comunismo, no señalaba que en las democracias de nuevo convertidas en el único sistema capaz de garantizar la libertad, la convivencia en la diversidad y el progreso, surgirían otros demonios destructivos como el nacionalismo, el racismo, el supremacismo y sus inevitables consecuencias: el terrorismo y la acción directa.

Pero en la desaparición del comunismo, Fukuyama acertó. Los regímenes comunistas que sobreviven son caricaturas y espantajos del viejo sueño que desencadenó tantas revoluciones frustradas y por las que se hicieron matar millones de personas en el mundo entero. En América Latina, por ejemplo, durante medio siglo, jóvenes de un confín a otro confín se fueron a la montaña a construir el paraíso comunista, dando el pretexto ideal para que los regímenes militares se afianzaran y perpetraran las atroces matanzas que sabemos. Sólo ahora, el continente de las esperanzas siempre frustradas se da cuenta de lo equivocados que estaban aquellos imitadores de Fidel Castro y sus barbudos. ¿Alguien en su sano juicio cree todavía que Cuba, Venezuela, Nicaragua o Corea del Norte son un modelo a imitar para conseguir la justicia y el desarrollo de un país? El puñadito de fanáticos que se aferran a esta fantasía delirante son la mejor demostración de la irrealidad en la que viven.

Pasé buena parte del año 1992 en Berlín, como Fellow del Wissenschaftskolleg, un centro de estudios superiores, y fui muchas veces a recorrer lo que quedaba del famoso muro. Recuerdo el estallido -una explosión, literalmente- de cultura en la vieja ciudad, que tenía lugar sobre todo en las tristes y ásperas calles de la antigua capital de la Alemania Oriental, donde una muchedumbre de jóvenes de muy distinta procedencia hacían poesía, música, teatro, fundaban galerías y rodaban películas, dándole a la antiquísima ciudad una vitalidad creativa extraordinaria. La recobrada libertad estaba allí y parecía que obraría milagros tanto en el campo cultural como en la vida política. No ha sido así, por desgracia, pero no hay duda de que Berlín es la ciudad más interesante de Europa, o acaso del mundo, desde el punto de vista de la renovación y popularidad de las artes y las letras. Gracias a la caída de aquel muro y todo lo que ella vino a representar, Alemania, Europa y el mundo entero están mejor que en aquellos tiempos en que la URSS y sus satélites parecían avanzar de una manera irresistible sobre el resto de Europa.

La desaparición del comunismo no fue obra de sus adversarios. Por el contrario, hasta la subida al poder de la señora Thatcher en el Reino Unido, de Ronald Reagan en Estados Unidos y de Juan Pablo II en el Vaticano, los países occidentales se habían resignado a aquel fantasma, y lo expresó mejor que nadie el doctor Henry Kissinger, pocos meses antes de la caída del muro, con aquella frase lapidaria: “La URSS está aquí para quedarse”. Pues, no fue así. La URSS se vino abajo sola, por su incapacidad para crear aquellos paraísos que ofrecía el marxismo de igualdad, decencia, prosperidad, sumida en la pobreza, la corrupción, la dictadura, la soplonería, y, sobre todo, como predijo Hayek en su famoso ensayo, por la imposibilidad total del sistema comunista de saber el costo de producción de mercancías en una economía que rechaza el mercado libre. Los espectadores de la maravillosa serie Chernobyl, en la que, como todos mentían en sus informes, nunca fue posible saber en qué consistió el terrible accidente ni cuántas fueron sus víctimas, tienen una idea aproximada de las razones por qué las sociedades comunistas fracasaron, parece mentira, justamente en aquella economía a la que Marx hizo la partera de la historia. El éxito que tuvieron en la aplicación del terror y la manipulación de masas tampoco duró mucho; al final, el rechazo frontal de sus víctimas, que llegó a ser el grueso de la sociedad, acabó por enterrar el sistema, que sobrevive sólo en ciertos engendros patéticos de la realidad latinoamericana y africana.

Cuando uno mira alrededor, resulta difícil aceptar que estamos mejor ahora que entonces. Para confirmarlo, basta echar un vistazo a los países que se liberaron de la órbita soviética, como los bálticos, Polonia, Checoeslovaquia, Hungría o la golpeada Ucrania, donde el oso ruso, ahora bajo la férula de Putin y en la vieja línea autocrática de los zares, se resiste a permitir que el país entero disfrute de la libertad y ha inducido a tres provincias a un secesionismo de factura rusa. Es precisamente en estos países escapados del comunismo donde la democracia se deteriora más rápido, por un autoritarismo con apoyo popular que significa un vaivén lamentable pues desnaturaliza la democracia y acerca a aquellas sociedades a las viejas dictaduras de triste recordación.

No debemos rendirnos a la desesperanza. Los síntomas de nacionalismo, que, con distintos nombres, como el Brexit por ejemplo, amenazan la cultura de la libertad, no van a acabar con la Unión Europea. Ésta, pese a los excesos de burocratismo de que es acusada, sigue siendo el proyecto más ambicioso y realista de un futuro en el que la cuna de la libertad que es Europa esté presente junto a los gigantes chino y norteamericano. En ella la democracia se nutre más que en ninguna otra parte de esos contenidos sociales indispensables para que la libertad, las elecciones, la prensa libre, no aparezcan como solitarios fenómenos en sociedades profundamente divididas por la desigualdad económica y exista una cierta igualdad de oportunidades en su seno. El nacionalismo es un cáncer, como demostraron el nazismo y el fascismo, y hay que enfrentarlo como al enemigo natural de la libertad -una tara antiquísima de la que, por lo visto, ni las más cultas y avanzadas sociedades están a salvo- como fuente del terror y el racismo en el que la libertad termina siempre pereciendo. Que lo diga España, por ejemplo, donde el secesionismo catalán ha sembrado el caos en un país que había asombrado al mundo, luego de la muerte de Franco, gracias a una transición en la que derecha e izquierda depusieron parte de sus ideales para salvar la coexistencia. Ese pacto ahora está roto, por culpa del nacionalismo, y el futuro de España es incierto. Menos mal que pertenecer a la Unión Europea le impide  precipitarse en un desorden político semejante al que produjo la Guerra Civil y la dictadura franquista.

El País
Madrid, España
Mario Vargas Llosa
Domingo 17 de noviembre de 2019.


En un ambiente de turbulencia política, Mario Vargas Llosa habla sobre su última novela, “Tiempos recios”, la disolución del Congreso y las acusaciones contra el expresidente Alan García.

En “Tiempos recios”, su nueva novela, Mario Vargas Llosa vuelve a visitar algunos de los demonios que atraviesan su obra. En la Guatemala de Juan José Arévalo, Jacobo Árbenz y Carlos Castillo Armas palpitan la violencia y la lucha por la libertad, en un entorno de golpes de Estado, dictaduras militares y permanentes traiciones. Para conversar sobre este libro, el Premio Nobel de literatura 2010 nos recibe en su estudio. Es una tarde de otoño en Madrid y se le nota cómodo cuando se sienta en un mullido sillón de cuero, al lado de su escritorio, rodeado por sus libros. Hablamos de este nuevo libro y de sus vasos comunicantes con la realidad actual, donde no puede estar ausente el Perú.

—Estuve en la conferencia de prensa de «Tiempos recios» y he seguido sus entrevistas en la prensa. Algo que me ha admirado es el arco evolutivo de las respuestas que da a preguntas que muchas veces se repiten, es como si a lo largo de este tiempo fuera tomando consciencia de muchos aspectos de su propia novela que no advirtió cuando la escribía. ¿Es así? ¿Cuánto aprende en las entrevistas de su propia obra?


Muchas veces las preguntas ayudan a tener una visión más exacta de la reacción del público con la novela, que no siempre coincide con la visión que tiene el propio escritor. Seguramente, en función de esas preguntas, yo me he ido haciendo una idea de la novela algo distinta de la idea original que tenía. Por ejemplo, han sido en gran parte gracias a las preguntas de los periodistas y las cosas que he leído en la prensa que yo descubro algo de lo que no había sido consciente: que la operación publicitaria del sobrino de Freud [Edward L. Bernays, director de relaciones públicas de la United Fruit, que motivó la intervención de los Estados Unidos para deponer a Jacobo Árbenz de la presidencia de Guatemala] es la primera operación en que las fake news, que ahora están tan de moda, tienen un éxito indiscutible. Realmente, él consigue crear todo un fantasma con puras fake news…

—Bernays dice que en algún momento la publicidad va a vencer a la verdad…

Exactamente. Creo que esa teoría al final ha calado, pero se empleó por primera vez de una manera exitosa en Guatemala. Además, a través de una persona que, para mi sorpresa, no solamente estaba emparentada con Sigmund Freud sino que lo ayudó mucho económicamente. Como él tenía mucho éxito con su empresa de publicidad, le mandaba dinero desde los Estados Unidos en los períodos en los que su tío pasaba pellejerías. Él le mandaba dinero y lo ayudaba a salir adelante.

—«Tiempos recios» ocurre en Guatemala y transcurre entre los gobiernos de Juan José Arévalo, de Jacobo Árbenz y de Carlos Castillo Armas. Árbenz cae por un golpe de Estado de Castillo Armas, quien a su vez cae por una conjura nunca aclarada que ocasiona su asesinato. En pocos países como Guatemala parece tan exacta la famosa frase de Marx: «La violencia es la partera de la historia».

El caso de Guatemala es muy trágico. Por una parte, es un país muy bello, con un paisaje extraordinario. Es uno de los pocos países que tiene acceso a dos océanos —al Pacífico y al Caribe— y tiene una historia riquísima desde los mayas. Al mismo tiempo, debe ser uno de los países más violentos de América Latina. El año 44 ocurre en Guatemala un movimiento de estudiantes y militares que acaba con la dictadura de Jorge Ubico. Por primera vez, a esas alturas, se inaugura un período de democracias. Tiene dos gobiernos democráticamente elegidos, que son el de Arévalo y el de Árbenz. Árbenz sale elegido en unas elecciones limpias, con un programa muy avanzado, mientras el resto de América Latina era, de un confín a otro, un lugar de dictadores militares. Su gobierno inaugura un período en el que hay una enorme expectativa, curiosidad por lo que ocurre en Guatemala, porque intenta reformas sociales muy avanzadas. Que este gobierno democrático fuera desbarrancado por una operación de Estados Unidos, que en cierta forma había sido el modelo de Árbenz (lo que él quería era un país moderno, con empresas que pagaran sus impuestos, un país como Estados Unidos), tuvo un efecto desastroso en América Latina. Porque a toda una generación, quizá a varias, las desencantó de la democracia, las empujó al extremismo… Probablemente hubiera sido distinta la historia de América Latina si Estados Unidos, en lugar de cortarlo brutalmente con la intervención de Castillo Armas, hubiera apoyado al gobierno de Árbenz, hubiera entendido que esto era una manera de sacar no solamente a Guatemala sino a toda Centroamérica del estado feudal en el que vivían. Hubiera sido muy distinta la historia y probablemente esos cincuenta años que se perdieron buscando el paraíso socialista a través de la guerrilla no hubieran ocurrido y la democratización de América Latina hubiera venido mucho antes.

—Quizá Venezuela sea el país que le ha tomado la posta a las violencias que asolaron en su momento a Guatemala.

Sin ninguna duda…

—A pesar del ello, de la crisis humanitaria, de la crisis económica y la terrible situación en que se encuentra, la ONU ha elegido al gobierno de Nicolás Maduro para ocupar un asiento en el Consejo de Derechos Humanos…

Eso es increíble, una vergüenza. Yo creo que lo que eso refleja es que las Naciones Unidas tiene algunos delegados que son conscientes de los problemas de nuestro tiempo y probablemente debe tener muchísimos delegados que son completamente ciegos respecto a los verdaderos problemas de nuestro tiempo. Yo me niego a creer que las Naciones Unidas se vaya a convertir en una fuerza reaccionaria. Probablemente, la decisión sobre el gobierno de Maduro se debe a una ignorancia crasa de lo que está ocurriendo con América Latina y con Venezuela en especial.

—Usted ha dicho que en esta historia se ha mantenido lo más fiel posible a los hechos históricos.

A los hechos básicos. Ahora bien, no hay manera de saber cómo ocurrió toda la historia. El asesinato de Castillo Armas, por ejemplo, no hay manera de saber quién lo cometió. Hay toda clase de versiones, se ha tratado tanto de ocultar la realidad que al final se ha conseguido, existe una alianza de mentiras que impide saber exactamente qué es lo que pasó. Una de las versiones posibles es la que ofrece la novela, pero de ninguna manera la defendería yo como única válida. Creo que es uno de esos hechos que no se sabrá nunca qué es lo que pasó. La cantidad de enigmas que hay respecto a lo que ocurrió en esos años en Guatemala excitaron mucho mi imaginación de novelista, porque realmente es fascinante. Pero me parece que lo que en verdad ocurrió fueron múltiples traiciones, había varias conspiraciones en marcha. ¿Cuál de ellas fue la que tuvo éxito? Pues no lo sé. Ahora, lo que sí está clarísimamente demostrado es la implicación de Rafael Trujillo [dictador dominicano, protagonista de su novela «La fiesta del Chivo»] primero en el triunfo de Castillo Armas, en la operación contra Árbenz, y luego en el asesinato del propio Castillo Armas. La prueba es que mandó a su asesino favorito, Johnny Abbes García, como agregado militar. Y Abbes García escapa la misma noche del asesinato, lo que es absolutamente alucinante, con la amante de Castillo Armas, a la que los militares que toman el poder tratan de implicar después. Por eso ella tiene que vivir varios años en la República Dominicana.

—Mi impresión es que, al rellenar los vacíos de la historia, uno no actúa al azar. El escritor toma decisiones porque su investigación y el perfil de los personajes las imponen.

Sin ninguna duda se imponen. No hay obligación de respetar la verdad histórica al momento de escribir una novela, nadie que tenga un mínimo de experiencia lectora se imagina que las novelas dicen verdades. No, las verdades las dicen los historiadores, los sociólogos, o al menos las buscan. Las novelas fantasean, las novelas añaden, quitan, en función del efecto que el libro quiere conseguir con los lectores. Ahora bien, uno puede alterar los hechos históricos en aquellos episodios que no son centrales, pero lo que no se puede es falsificar hechos históricos sobre los que existe un consenso general. Porque con eso se provoca la incredulidad del lector y la novela muere.

—Un hecho muy llamativo es que, por regla general, los dictadores militares latinoamericanos, que se hicieron con el poder a hierro, lo dejaron del mismo modo, humillados, desterrados o muertos. El poder produce una seducción y una sensación de invulnerabilidad que trastoca el sentido común.

El caso de Castillo Armas es muy llamativo. Era una persona muy menor, un militar sin mayor grandeza que se opone desde el primer momento con ferocidad a Árbenz. Él es elegido por la CIA para presidir el movimiento contra Árbenz, pero la operación es enteramente montada por Estados Unidos. Esto está estudiado sobre todo por sociólogos e historiadores norteamericanos, lo que es muy interesante. En el libro trato de demostrar que, desde que sube al poder, Castillo Armas siente una enorme inseguridad, tiene una desconfianza enorme de todos quienes lo rodean. Tiene la sospecha de que hay conspiraciones en marcha, una sospecha perfectamente fundamentada, porque en efecto hay muchas conspiraciones en marcha contra él. Lo que no se sabe es cuál es la que tiene más éxito. ¿Quién lo mata realmente? No hay manera de saberlo. Yo he asumido ahí una posibilidad. Es perfectamente posible que la operación viniera desde el lado de Trujillo.

Lo que es muy misterioso también es que el ejército, que se suponía respaldaba a Castillo Armas, mete en la cárcel a su jefe de inteligencia. Lo tienen años en la cárcel, no le permiten ver a un juez nunca y, al final, cuando este hombre sale, se convierte en un delincuente. Muere asesinado y tampoco se sabe muy bien por quién. Se supone que lo mató un grupo terrorista de izquierda, pero bien pudo ser el propio ejército, hay mucho misterios en torno de esto.

Lo fundamental es que una operación como la de Árbenz, que era profundamente democrática, de esfuerzo para, dentro de la legalidad y la libertad, hacer hondas reformas sociales, se interrumpe, se corta por una intervención armada en la que Estados Unidos tuvo el papel preponderante. Eso es un hecho. Yo creo que el gobierno de Árbenz debe ser reivindicado pero no por la extrema izquierda, porque no era para nada un extremista de izquierdas. Debe ser reivindicado por quienes creemos en la democracia, en la legalidad, en la libertad. De ahí es de donde debe venir una gran reivindicación de los esfuerzos que hizo Árbenz en un momento que era muy difícil, en plena Guerra Fría. Claro, seguramente si no hubiéramos estado en ese contexto, tampoco hubiera sido posible la intervención militar. Por ejemplo, Truman se negó a intervenir contra Árbenz y estoy seguro de que el gobierno de Kennedy jamás lo hubiera hecho. Pero en ese momento subieron Eisenhower con Nixon, subieron los hermanos Dulles, eran los momentos del macarthismo en los Estados Unidos. Además, la CIA acababa de tener muchísimo éxito en Irán, haciendo caer al gobierno de Mosaddeq. Entonces aplicaron el mismo método que habían aplicado en Irán. Pero yo creo que eso para América Latina fue trágico, porque el antinorteamericanismo creció de una manera enorme y vino ese entusiasmo por la lucha armada, por las guerrillas, por el modelo cubano de la revolución.

—Una de las propuestas más combatidas de Árbenz fue la reforma agraria, que entregaba las tierras ociosas a los campesinos más miserables del país.

Además, las entregaba con la idea de ir creando una mentalidad de propietarios en los campesinos. Él no quiso seguir el modelo que había materializado Paz Estenssoro en Bolivia, porque consideraba que esa reforma agraria era demasiado socializante. Parecida a la velasquista.

—No podía dejar de preguntarle por la reforma agraria de Velasco a propósito de «Tiempos recios». Justamente, ahora hay un documental que ha reavivado la polémica sobre ella: «La revolución y la tierra».

Me lo han comentado. Yo creo que la reforma agraria de Velasco fue una catástrofe. La reforma agraria era una necesidad en el Perú sin ninguna duda, había que acabar con el latifundio. Pero no creando las granjas colectivas que creó Velasco. Y sobre todo, no poniendo al frente a personas que no tenían ninguna experiencia agrícola y que eran fundamentalmente funcionarios políticos. La reforma agraria no trajo ni la redención del campesino peruano ni trajo un desarrollo de la agricultura en el Perú. Al extremo que fueron los propios campesinos al final quienes acabaron con la reforma agraria. Se repartieron, se dividieron las tierras, crearon las propiedades individuales que hasta ahora no son reconocidas por la legalidad en el Perú. El resultado de esa reforma agraria fue catastrófico.

Ahora, ¿hubiera tenido éxito la reforma de Árbenz? Pues no lo sabemos, no hubo tiempo de saberlo. Pero de hecho, la reforma agraria que él elige en cierta forma está inspirada en la única reforma agraria que ha tenido éxito en el mundo, que es la de Taiwán. Esa reforma, creando pequeños propietarios, es lo que él más o menos tenía en mente. No nacionalizó sino exclusivamente las tierras ociosas. Ninguna tierra que estaba trabajada la nacionalizó. Repartió tierras a medio millón de campesinos, los hizo propietarios con la condición de no vender esas tierras. Esto porque había el gran peligro de que los campesinos perdieran las tierras si se abría completamente el mercado, de que el latifundio recuperara las tierras nacionalizadas comprándolas. ¿Hubo excesos? Sin ninguna duda hubo excesos. Hubo algunos sindicatos que exhortaban a los indígenas a tomar tierras de los latifundios. Pero Árbenz trata claramente de frenar los excesos, se pronuncia constantemente. El hecho es que su reforma agraria no era de tipo socialista, era una reforma más bien capitalista.

—Siempre sorprende esa mirada condescendiente, paternalista, que suelen tener los países del primer mundo con América Latina, resumida en el mito del «buen salvaje», que está claramente retratada en la actitud de los Estados Unidos hacia Guatemala.

Lo que está claro es que en los Estados Unidos nadie sabía nada de Guatemala. Probablemente ni de su existencia.

—Pero quienes toman las decisiones dicen que no quieren una democracia como la americana para Guatemala.

Esos son los de la United Fruit [multinacional estadounidense que producía y comercializaba banano], la empresa para la que trabajaba Edward L. Bernays, el sobrino de Freud. Ellos se asustan mucho por lo ocurrido, por el mal ejemplo que podía cundir. Era una empresa que trabajaba en todo el Caribe, en casi toda Centroamérica y en Colombia. Entre sus reformas, Árbenz les impuso el pago de impuestos, algo que hasta entonces no habían hecho. Si tenían que pagar impuestos ya no solo en Guatemala, sino en todos estos países, se les hubiera complicado mucho la existencia y por eso montan esta operación, guiados por este personaje fabuloso que es el publicista Bernays, y la operación funciona. Encima lo hace de una manera modélica, porque Bernays tiene una idea muy astuta: que no sea la prensa de derecha de los Estados Unidos, sino la progresista —la misma que hoy está dando la batalla valiente contra Trump— la que denuncia la penetración soviética en Guatemala: The New York Times, The Washington Post, Time Magazine. Esto era completamente ridículo, porque no había un solo soviético, uno solo, en Guatemala, donde la Constitución que se había dado, con el apoyo total de Arévalo y Árbenz, prohibía tener relaciones con países socialistas. El atropello fue flagrante y yo creo que con consecuencias muy graves para el resto de América Latina.

—Uno de los personajes más humanos es, justamente, Jacobo Árbenz, el expresidente de Guatemala que se prepara para llegar al cargo, que cree en la democracia y que pretende gobernar respaldado por los ideales y los argumentos. ¿Cuánto del Mario Vargas Llosa que postuló en 1990 a la presidencia del Perú hay en ese personaje?

Quizá por eso a mí me ha tocado tanto el caso de Árbenz. Nosotros lo que queríamos hacer era una transformación muy profunda, pero dentro de la legalidad y dentro de la libertad, y básicamente inspirados en ideas democráticas y liberales. Yo creo que, en cierta forma, es lo mismo que trata de hacer Árbenz. Ahora, en condiciones muy difíciles, porque no había una tradición democrática en Guatemala. Él además debe tratar de amansar a ese peligro latente que es un ejército. Un ejército que, por ejemplo, no permite nunca, ni siquiera cuando comienza la invasión, que se formen las fuerzas auxiliares de civiles. La prueba es que el «Che» Guevara trató de incorporarse a alguna fuerza y no había ninguna. Yo creo que es un personaje trágico Árbenz. Renuncia con la idea de salvar algo de su proyecto, pero lo traicionan y luego vive ese período final en el que recorre el mundo, los países socialistas, con una incomodidad creciente, además con hechos trágicos en su familia…

—Como los suicidios de sus hijos…

Terribles. Además, él era humillado, ofendido, vejado por la izquierda, sobre todo su estancia en Cuba es terrible. Asiste a discursos de Fidel Castro donde éste dice: «Cuba no es Guatemala». La extrema izquierda le refregaba todo el tiempo en la cara que no hubiera peleado, que no hubiera ido a hacer guerrillas, lo que era una fantasía total. Parece que bebía y cuando sube a la presidencia deja de beber. Pero vuelve a beber una vez que sale al exilio y su muerte no puede ser más trágica. Muere en una bañera, ahogado. No se sabe si suicidado o ahogado por lo borracho que estaba. Así que fue una historia muy trágica.

—La candidatura de 1990 por el Fredemo fue en respuesta al desastre económico y social que dejaba en herencia el primer gobierno de Alan García, cuyo suicidio cumplió seis meses esta semana, el mismo día en que se revelaba que Luis Nava, quien fue su Secretario de la Presidencia, confesó que Odebrecht entregó a García 680 mil dólares en sobres camuflados en loncheras. ¿Cómo quedará García ante el juicio de la historia?

Yo creo que va a quedar muy mal. Va a quedar sobre todo como una persona que aprovechó el poder para enriquecerse. Una persona que perdió completamente el sentido de la realidad en un momento dado. Como tenía esa facilidad de palabra, se consideraba —y probablemente lo era— tan por encima de sus propios partidarios… Pensó que podía gozar de impunidad absoluta para todos los excesos que cometía. Que podía engañar a la gente, en fin. Mi impresión es que la historia no le va a perdonar los excesos que cometió y sobre todo los robos. Creo que en el Perú hay una especie de hartazgo con los presidentes ladrones, los pillos que se aprovechan de la política para enriquecerse. Yo creo que hay un hartazgo con eso, ¿sabes? Eso es una realidad que está detrás del apoyo que, por ejemplo, ha tenido Vizcarra al cerrar el Congreso. Ha tenido un apoyo clarísimo de un porcentaje muy amplio de la población que ve a este Congreso como lo que ha sido: una verdadera vergüenza.


—Hablamos de la fascinación del poder y de la sensación de soberbia que despierta. ¿Será por ellas que, en lugar de convertirse en un partido democrático, moderno, el fujimorismo de Keiko Fujimori repitió las mismas recetas de su padre? ¿Porque creyó que tendría resultados distintos?

Probablemente también perdió el sentido de la realidad. Creyó que tenía asegurado el poder. La derrota que le infligió Kuczynski es algo que no le perdonó nunca. Ese deseo de venganza en cierta forma trastornó completamente la vida parlamentaria en el Perú, porque el fujimorismo se dedicó, con el apoyo del pequeño grupo de congresistas del Apra, a tratar de impedir que Kuczynski hiciera un gobierno, a sabotearlo, a censurarle a los ministros, hasta crear una situación realmente imposible en el Perú y a llevar al fracaso el gobierno de Kuczynski. Yo pensé que era la persona más preparada, la persona de la que esperábamos —sobre todo quienes lo habíamos conocido bien— un gobierno espléndido. Y sin embargo fue un gobierno desastroso, y ahora salen acusaciones que a uno lo dejan absolutamente desconcertado, tratándose de una persona como Kuczynski.

—Es muy curioso que el último gran ciclo político peruano se abriera con un cierre del Parlamento, el del 5 de abril de Fujimori, y concluya también con un cierre del Parlamento, el del 30 de septiembre de Martín Vizcarra…

Ojalá que los peruanos, ahora que voten por renovar este Congreso, no vuelvan a cometer la insensatez que cometieron llenándolo de gente que no tenía credenciales ni morales ni intelectuales. Aunque ha habido buenas competencias, este Congreso debe haber sido el peor de la historia del Perú. No se ha visto un Congreso más deficiente y que haya sido tan absolutamente obstruccionista contra toda reforma, contra toda operación política.

—Lo veo optimista cuando hablamos del Perú, ¿usted siente que el país se está desjodiendo?

Yo creo que se está desjodiendo el Perú. Soy bastante optimista por una cosa: la historia del Perú es un poco la historia de América Latina. Tenía una oligarquía muy cerrada, muy ignorante, que lo que querían era militares en el poder porque se sentían seguros, y una extrema izquierda absolutamente sectaria, muy fanática, que no salía del cartabón revolucionario. La democracia estaba representada por sectores muy minoritarios, que no se movilizaban políticamente. Yo creo que eso ha cambiado muchísimo en el Perú. En primer lugar, hay una izquierda que entiende que ya no es posible buscar el paraíso comunista. Ahora, no se ha democratizado demasiado desgraciadamente. Sigue sosteniendo cosas que son absurdas, como por ejemplo que hay que acabar con la minería. Eso es un gran disparate porque el Perú es un país minero. Esa actitud antiminera es fatal para el Perú y ha tenido muchísimo éxito, por desgracia. En el departamento más pobre, Cajamarca, y ahora en Arequipa. Es una izquierda que ha perdido el apetito, el gusto por la revolución armada, que nos ha traído tantas desgracias, aunque todavía no se ha democratizado lo suficiente. Y hay una extrema derecha que está siendo hoy en día muy golpeada por su enorme corrupción. Los jueces están golpeando ahí y están golpeando de una manera muy eficaz. Mi esperanza es que de todo esto resulte un movimiento muy sólido en favor de la democracia, de reformas profundas, pero hechas con la legalidad y con la libertad.

El Comercio
Raúl Tola
Madrid / Lima
Domingo 20 octubre de 2019.


Mario Vargas Llosa 

Muchos peruanos se han desencantado ante el espectáculo bochornoso de un Parlamento que parecía dedicado exclusivamente a impedir que funcionaran las instituciones y a defender la corrupción

Ha hecho muy bien el presidente del Perú, Martín Vizcarra, disolviendo el Congreso y convocando nuevas elecciones para el próximo 26 de enero, fecha que acaba de ser avalada por el Jurado Nacional de Elecciones. Y han hecho muy, pero muy bien, las Fuerzas Armadas y la Policía peruana reconociendo la autoridad del jefe del Estado; no ha sido muy frecuente en la historia peruana que las fuerzas militares apoyen a un Gobierno constitucional como el que preside Vizcarra; lo normal era que contribuyeran a derribarlo.

La decisión de cerrar el Congreso ha sido rigurosamente constitucional, como han mostrado muchos juristas eminentes y ha explicado al gran público, con su lucidez característica, uno de los mejores y más valientes periodistas del Perú: Rosa María Palacios. La Constitución autoriza al jefe del Estado a cerrar el Congreso luego de que este le niegue dos veces la cuestión de confianza y a la vez lo obliga a convocar inmediatamente elecciones para reemplazar al Parlamento destituido. Ambas cuestiones se han cumplido en este caso. Por lo mismo, no se trata ni mucho menos de un “golpe de Estado” como ha querido hacer creer la alianza aprofujimorista, que tenía mayoría simple en el Congreso y había convertido a éste en un circo grotesco de forajidos y semianalfabetos, con algunas pocas (pero, eso sí, muy respetables) excepciones. Por eso se han echado a la calle, en todas las ciudades importantes del país, a aplaudir al presidente Vizcarra, cientos de miles de peruanos, celebrando la medida en nombre de la libertad y de la legalidad de las que la mayoría parlamentaria de apristas y fujimoristas había hecho irrisión.

Como siempre, por debajo y por detrás de las discusiones legales que sustentan las instituciones de una democracia, hay intereses personales, muchas veces innobles, que suelen prevalecer. Para eso existen la libertad de expresión y el derecho de crítica que, bien ejercidos, hacen los deslindes y denuncias necesarios estableciendo las prioridades, y sacando de las tinieblas en que quisieran sumirlas sus enemigos, la verdad y la libertad.

Vizcarra hace bien en disolver el Congreso, convertido en un instrumento de venganza de Keiko Fujimori

En estos casos, sin la más mínima duda, ambos valores están representados por la decisión del presidente Vizcarra y los genuinos enemigos de la verdad y de la libertad son quienes hasta ahora han ensuciado hasta extremos inconcebibles el Congreso de la República, convirtiéndolo en un instrumento de la venganza de Keiko Fujimori contra Pedro Pablo Kuczynski, quien la derrotó en unas elecciones presidenciales que creía ganadas: los sondeos lo decían así. Entonces ella, a través del Congreso, se dedicó a tumbarle ministros e impedirle gobernar. Por su parte, Kuczynski, al que muchos creíamos el presidente mejor preparado de la historia del Perú y que resultó uno de los peores, creyó aplacar al tigre echándole corderos (es decir, indultando al expresidente Fujimori de la condena de 25 años de cárcel que cumple por asesino y por ladrón) con lo que se hizo el harakiri y debió finalmente renunciar. Ahora está en arresto domiciliario investigado por el Poder Judicial, acusado de malos manejos.

Probablemente nada de lo que ha ocurrido hubiera tenido las proporciones que ha alcanzado si, en el intermedio, no hubiera aparecido el famoso Lava Jato en el Brasil, en que la empresa Odebrecht y las “delaciones premiadas” —es decir autoconfesiones de hechos ilícitos a cambio de condenas reducidas o simbólicas— revelaron que en el Perú varios presidentes, ministros y parlamentarios habían sido comprados por la tristemente célebre empresa (y por otras, también) para favorecerlas con concesiones en obras públicas y otras prebendas. Esto sacó de quicio principalmente a apristas y fujimoristas, implicados en estos sucios enjuagues. Y, su pánico fue mucho peor cuando, a la vez que ocurría todo esto en el Brasil, surgía dentro del Poder Judicial peruano un grupo de fiscales honestos y valerosos empeñados en aprovechar las “delaciones premiadas” para sacar a la luz la corrupción en el Perú y sancionar a sus culpables.

Esta es la razón profunda que está detrás de los atropellos e ilegalidades cometidas por la mayoría simple parlamentaria que detenta la alianza de apristas y fujimoristas y que han obligado al presidente Vizcarra a clausurar este Congreso y convocar elecciones para reemplazarlo. Ojalá, sea dicho de paso, los peruanos voten el próximo 26 de enero mejor que en las elecciones anteriores, y no vuelvan a sumir al Perú en un Parlamento tan mediocre y obtuso como el recién desaparecido. Pero las condiciones mismas de esta elección no favorecen que haya muchos candidatos de lustre para ocupar los escaños; el tiempo de vida del que dispondrán será muy escaso —unos 16 meses— y, como no hay reelección según las nuevas disposiciones electorales, los incentivos para los nuevos congresistas no resultan nada estimulantes.

Perú es uno de los pocos países de América Latina que ha crecido económicamente y ensanchado las clases medias

Pero, en todo caso, se trata de un paso adelante en la consolidación de la democracia en el Perú. Muchos peruanos, ante el espectáculo bochornoso de este Parlamento, que parecía dedicado exclusivamente a impedir que funcionaran las instituciones, a defender la corrupción y a sus líderes deshonestos, se habían desencantado de la legalidad. ¿Para esto servían las elecciones libres? Ahora saben que, por más errores que se puedan cometer dentro de una democracia, en una sociedad libre se puede sacar a la luz todo aquello que anda mal, y que esta es la gran superioridad de las sociedades abiertas sobre las dictaduras.

Quisiera también destacar el espíritu cívico que ha sacado a las calles a tantos peruanos a renovar su convencimiento de que la libertad es siempre la mejor opción. Una de las buenas cosas que ocurrían en el Perú, pese al Congreso, ha sido la libertad de expresión. El periodismo en el Perú ha funcionado en estos años expresando la gran diversidad política que existe en el país, y muchas de las críticas de esta prensa han sido certeras e impedido que, en el desorden que existía, pereciera la legalidad. Pero un país no sólo funciona con la democracia. Es imprescindible que haya trabajo, que los ciudadanos sientan que existe igualdad de oportunidades, que todos pueden progresar si se esfuerzan para ello, y que existe un orden legal al que pueden recurrir si son víctimas de injusticias y atropellos.

Curiosamente, en estos años de desorden político, el país es uno de los pocos que en América Latina ha crecido económicamente; se han ensanchado las clases medias y pese a las catástrofes naturales, el Perú progresa en creación de riqueza y en oportunidades. Una sola mancha en este panorama: la idea de que toda minería es negativa y que hay que combatirla para que no destruya el medio ambiente. Esto es absurdo pero ha calado más allá de los demagogos de la extrema izquierda que la promueven; y, a la vez que esto ocurre, crece la minería ilegal que, ella sí, es una amenaza gravísima contra la salud ecológica de un país. Ojalá que liberada de este Congreso repelente y los desórdenes que auspiciaba, la democracia peruana empiece también a funcionar dentro de una legalidad y libertad dignos de ese nombre.

El País
Mario Vargas Llosa
Madrid, España
Domingo 6 de octubre de 2019.


Era más inteligente que el promedio de quienes se dedican a hacer política en Perú, con bastantes lecturas, y un orador fuera de lo común. Ha tenido un gran protagonismo público en los últimos treinta años


Lo conocí durante la campaña electoral de 1985, por Manuel Checa Solari, un amigo común que se había empeñado en presentarnos y que nos dejó solos toda la noche. Era inteligente y simpático, pero algo en él me alarmó y al día siguiente fui a la televisión a decir que no votaría por Alan García sino por Luis Bedoya Reyes. No era rencoroso pues, elegido presidente, me ofreció la embajada en España, que no acepté.

Su primer Gobierno (1985-1990) fue un desastre económico y la inflación llegó a 7.000%. Intentó nacionalizar los bancos, las compañías de seguros y todas las instituciones financieras, una medida que no sólo habría acabado de arruinar al Perú sino eternizado en el poder a su partido, el APRA, pero lo impedimos en una gran movilización popular hostil a la medida, que lo obligó a dar marcha atrás. Su apoyo fue decisivo para que ganara la próxima elección presidencial, en 1990, Alberto Fujimori, quien, dos años después, dio un golpe de Estado. Alan García tuvo que exiliarse. Su siguiente Gobierno (2006-2011) fue mucho mejor que el primero, aunque, por desgracia, estropeado por la corrupción, sobre todo asociada a la empresa brasileña de Odebrecht que ganó licitaciones de obras públicas muy importantes corrompiendo a altos funcionarios gubernamentales. La fiscalía lo estaba investigando a él mismo sobre este asunto y había decretado su detención preliminar de diez días, cuando decidió suicidarse. Algún tiempo antes había intentado pedir asilo en Uruguay, alegando que era víctima de una persecución injusta, pero el Gobierno uruguayo desestimó su pedido por considerar —con toda justicia— que en el Perú actual el poder judicial es independiente del Gobierno y nadie es acosado por sus ideas y convicciones políticas.

Durante su segundo Gobierno lo vi varias veces. La primera, cuando el fujimorismo quiso impedir que se abriera el Lugar de la Memoria, en el que se daría cuenta de sus muchos crímenes políticos con el pretexto de la lucha antiterrorista, y, a su pedido, acepté presidir la comisión que puso en marcha ese proyecto que es ahora —felizmente— una realidad. Cuando el Nobel de Literatura, me llamó para felicitarme y me dio una cena en Palacio de Gobierno, en la que quiso animarme para que fuera candidato a la presidencia. “Creí que nos habíamos amistado”, le bromeé. Me parece que lo vi una última vez en una obra en la que yo actuaba, Las mil noches y una noche.

Pero he seguido de muy cerca toda su trayectoria política y el protagonismo que ha tenido en los últimos treinta años de la vida pública del Perú. Era más inteligente que el promedio de quienes en mi país se dedican a hacer política, con bastantes lecturas, y un orador fuera de lo común. Alguna vez le oí decir que era lamentable que la Academia de la Lengua sólo incorporara escritores, cerrando la puerta a los “oradores”, que, a su juicio, no eran menos originales y creadores que aquellos (me imagino que lo decía en serio).

La fiscalía lo estaba investigando por una concesión a Odebrecht, cuando decidió suicidarse

Cuando asumió la jefatura del partido que fundó Haya de la Torre, el APRA estaba dividida y, probablemente, en un proceso largo de extinción. Él la resucitó, la volvió muy popular y la llevó al poder, algo que nunca consiguió Haya, su maestro y modelo. Y uno de sus mejores méritos fue el haber aprendido la lección de su desastroso primer Gobierno, en el que sus planes intervencionistas y nacionalizadores destruyeron la economía y empobrecieron al país mucho más de lo que estaba.

Advirtió que el estatismo y el colectivismo eran absolutamente incompatibles con el desarrollo económico de un país y, en su segundo mandato, alentó las inversiones extranjeras, la empresa privada, la economía de mercado. Si, al mismo tiempo, hubiera combatido con la misma energía la corrupción, habría hecho una magnífica gestión. Pero en este campo, en vez de progresar, retrocedimos, aunque sin duda no al extremo vertiginoso de los robos y pillerías de Fujimori y Montesinos que, me parece, sentaron un tope inalcanzable para los gobiernos corruptos de América Latina.

¿Fue un político honesto, comparable a un José Luis Bustamante y Rivero o a Fernando Belaúnde Terry, dos presidentes que salieron de Palacio de Gobierno más pobres de lo que entraron? Yo creo sinceramente que no. Lo digo con tristeza porque, pese a que fuimos adversarios, no hay duda que había en él rasgos excepcionales como su carisma y energía a prueba de fuego. Pero mucho me temo que participaba de esa falta de escrúpulos, de esa tolerancia con los abusos y excesos tan extendidos entre los dirigentes políticos de América Latina que llegan al poder y se sienten autorizados a disponer de los bienes públicos como si fueran suyos, o, lo que es mucho peor, a hacer negocios privados aunque con ello violenten las leyes y traicionen la confianza depositada en ellos por los electores.

En su segundo mandato, alentó las inversiones extranjeras, la empresa privada, el mercado

¿No es verdaderamente escandaloso, una vergüenza sin excusas, que los últimos cinco presidentes del Perú estén investigados por supuestos robos, coimas y negociados, cometidos durante el ejercicio de su mandato? Esta tradición viene de lejos y es uno de los mayores obstáculos para que la democracia funcione en América Latina y los latinoamericanos crean que las instituciones están allí para servirlos y no para que los altos funcionarios se llenen los bolsillos saqueándolas.

El pistoletazo con el que Alan García se voló los sesos pudiera querer decir que se sentía injustamente asediado por la justicia, pero, también, que quería que aquel estruendo y la sangre derramada corrigieran un pasado que lo atormentaba y que volvía para tomarle cuentas. Los indicios, por lo demás, son sumamente inquietantes: las cuentas abiertas en Andorra por sus colaboradores más cercanos, los millones de dólares entregados por Odebrecht al que fue secretario general de la Presidencia, ahora detenido, y a otro allegado muy próximo, sus propios niveles de vida tan por encima de quien declaró, al prestar juramento sobre sus bienes al acceder a la primera presidencia: “Mi patrimonio es este reloj”.

En el Perú, desde hace algún tiempo, hay un grupo de jueces y fiscales que ha sorprendido a todo el mundo por el coraje con el que han venido actuando para combatir la corrupción, sin dejarse amedrentar por la hostilidad desatada contra ellos desde la misma esfera del poder al que se enfrentan, investigando, sacando a la luz a los culpables, denunciando los malos manejos de los poderosos. Y, afortunadamente, pese al silencio cobarde de tantos medios de información, hay también un puñado de periodistas que sostienen la labor de aquellos funcionarios heroicos. Este es un proceso que no puede ni debe detenerse porque de él depende que el país salga por fin del subdesarrollo y se fortalezcan las bases de la cultura democrática, para la cual la existencia de un poder judicial independiente y honesto es esencial. Sería trágico que en la comprensible emoción que ha causado el suicidio de Alan García, la labor de aquellos jueces y fiscales se viera interrumpida o saboteada, y los contados periodistas que los apoyan fueran silenciados.

El País
Mario Vargas Llosa
Madrid / Lima / México
Sábado 20 de abril de 2019.


El asalto de los millones de miserables de este mundo a los países prósperos del Occidente ha generado una paranoia sin precedentes en la historia. Resucitan fobias que se creían extinguidas, como el racismo

Cuando el 13 de octubre de 2018 salieron de la ciudad hondureña de San Pedro Sula eran unos pocos centenares. Tres semanas después, mientras escribo este artículo, son ya cerca de ocho mil. Se les han sumado gran cantidad de salvadoreños, guatemaltecos, nicaragüenses y sin duda también algunos mexicanos. Han avanzado unos mil quilómetros y pico, andando día y noche, durmiendo en el camino, comiendo lo que gente caritativa y tan miserable como ellos mismos les alcanza al pasar. Acaban de entrar a Oaxaca y les falta la mitad del recorrido.

La paranoia contra el inmigrante no entiende razones y mucho menos estadísticas

Son hombres y mujeres y niños pobres, pobrísimos, y huyen de la pobreza, de la falta de trabajo, de la violencia que antes era sólo de los malos patronos y de la policía y es ahora, sobre todo, la de las maras, esas bandas de forajidos que los obligan a trabajar para ellas, acarreando o vendiendo drogas, y, si se niegan a hacerlo, matándolos a puñaladas e infligiéndoles atroces torturas.

Las migraciones masivas sólo se reducirán cuando la cultura democrática se haya extendido

¿Adónde van? A Estados Unidos, por supuesto. ¿Por qué? Porque es un país donde hay trabajo, donde podrán ahorrar y mandar remesas a sus familiares que los salven del hambre y el desamparo centroamericano, porque allí hay buenos colegios y una seguridad y una legalidad que en sus países no existe. Saben que el presidente Trump ha dicho que ellos son una verdadera plaga de maleantes, de violadores, que traen enfermedades, suciedad y violencia y que él no permitirá esa invasión y movilizará por lo menos 15.000 policías y que, si les arrojan piedras, estos dispararán a matar. Pero no les importa: prefieren morir tratando de entrar al paraíso que la muerte lenta y sin esperanzas que les espera donde nacieron, es decir, en el infierno.

Lo que pretenden es una locura, por supuesto. Una locura idéntica a la de los miles de miles de africanos que, luego de caminar días, meses o años, muriendo como moscas en el camino, llegan a orillas del Mediterráneo y se lanzan al mar en balsas, botes y barcazas, apiñados como insectos, sabiendo que muchos de ellos morirán ahogados —más de dos mil ya en el año— y sin poder realizar el sueño que los guía: instalarse en los países europeos, donde hay trabajo, seguridad, etcétera, etcétera.

El asalto de los millones de miserables de este mundo a los países prósperos del Occidente ha generado una paranoia sin precedentes en la historia, al extremo de que tanto en Estados Unidos como en la Europa Occidental resucitan fobias que se creían extinguidas, como el racismo, la xenofobia, el nacionalismo, los populismos de derecha y de izquierda y una violencia política creciente. Un proceso que, si sigue así, podría destruir acaso la más preciosa creación de la cultura occidental, la democracia, y restaurar aquella barbarie de la que creíamos habernos librado, la que ha hundido a Centroamérica y a buena parte de África en ese horror del que tratan de escapar tan dramáticamente sus naturales.

La paranoia contra el inmigrante no entiende razones y mucho menos estadísticas. Es inútil que los técnicos expliquen que, sin inmigrantes, los países desarrollados no podrían mantener sus altos niveles de vida y que, por lo general —las excepciones son escasas—, quienes emigran suelen respetar las leyes de los países huéspedes y trabajar mucho, precisamente porque en ellos se trabaja no sólo para sobrevivir, sino para prosperar, y que este estímulo beneficia enormemente a las sociedades que reciben inmigrantes. ¿No es ese el caso de Estados Unidos? ¿No fue al abrir sus fronteras de par en par cuando prosperó y creció y se volvió el gigante que es ahora? ¿No fue Argentina el país más próspero de América Latina y uno de los más avanzados del mundo gracias a la inmigración?

Es inútil, el miedo al inmigrante es el miedo “al otro”, al que es distinto por su lengua o el color de su piel o por los dioses que venera, y esa enajenación se inocula gracias a la demagogia frenética en que ciertos grupos y movimientos políticos incurren de manera irresponsable, atizando un fuego en el que podríamos arder justos y pecadores a la vez. Ya ha pasado muchas veces en la historia, de manera que deberíamos estar advertidos.

El problema de la inmigración ilegal no tiene solución inmediata y todo lo que se diga en contrario es falso, empezando por los muros que quisiera levantar Trump. Los inmigrantes seguirán entrando por el aire o por el subsuelo mientras Estados Unidos sea ese país rico y con oportunidades, el imán que los atrae. Y lo mismo puede decirse de Europa. La única solución posible es que los países de los que los migrantes huyen fueran prósperos, algo que está hoy día al alcance de cualquier nación, pero que los países africanos, centroamericanos y de buena parte del tercer mundo han rechazado por ceguera, corrupción y fanatismo político. En América Latina está clarísimo para quien quiera verlo. ¿Por qué los chilenos no huyen de Chile? Porque allí hay trabajo, el país progresa muy rápido y eso genera esperanzas a los más pobres. ¿Por qué huyen desesperados de Venezuela? Porque saben que en manos de los bandidos que hoy gobiernan, esa desdichada sociedad, que podría ser la más próspera del continente, seguirá declinando sin remedio. Los países, a diferencia de los seres humanos en los que la muerte pone fin al sufrimiento, pueden seguir barbarizándose sin término.

Los millones de pobres que quieren llegar a trabajar en los países del Occidente rinden un gran homenaje a la cultura democrática, la que los sacó de la barbarie en que también vivían hace no mucho tiempo, y de la que fueron saliendo gracias a la propiedad privada, al mercado libre, a la legalidad, a la cultura y a lo que es el motor de todo aquello: la libertad. La fórmula no ha caducado en absoluto como quisieran hacernos creer ciertos ideólogos catastrofistas. Los países que la aplican, progresan. Los que la rechazan, retroceden. Hoy día, gracias a la globalización, es todavía mucho más fácil y rápido que en el pasado. Buen número de países asiáticos lo ha entendido así y, por eso, la transformación de sociedades como la surcoreana, la taiwanesa o la de Singapur es tan espectacular. En Europa, Suiza y Suecia, acaso los países que han alcanzado los más altos niveles de vida en el mundo, eran pobres —pobrísimos— y en el siglo diecinueve enviaban a ganarse la vida al extranjero a migrantes tan desvalidos como los que en nuestros días escapan de Honduras, El Salvador o Venezuela.

Las migraciones masivas sólo se reducirán cuando la cultura democrática se haya extendido por África y demás países del tercer mundo y las inversiones y el trabajo eleven los niveles de vida de modo que en esas sociedades haya la sensación entre los pobres de que es posible salir de la pobreza trabajando. Eso está ahora al alcance de cualquier país, por desvalido que sea. Lo era Hong Kong hace un siglo y dejó de serlo en pocos años volcándose al mundo y creando un sistema abierto y libre, garantizado por una legalidad muy estricta. Tanto que China Popular ha respetado ese sistema, aunque recortando radicalmente su libertad política.

El País
Mario Vargas Llosa
Madrid, España
Lunes 12 de noviembre de 2018.


El escritor Mario Vargas Llosa fue hospitalizado tras sufrir una caída en su casa de Madrid, España y se reporta fuera de peligro con un leve traumatismo en la cabeza y un hematoma en el glúteo.

“El paciente don Mario Vargas Llosa ha sufrido una caída en su domicilio de madrugada, produciéndole un dolor intenso en la zona de glúteo y cadera izquierda”, señaló la clínica Ruber Juan Bravo en un comunicado.

El ganador del Premio Nobel de Literatura 2010 permanecerá en observación; hasta el momento se le han realizado diversos estudios de imagen, radiología simple y TAC, reporta la prensa.

Vargas Llosa, de 82 años, no ha reportado problemas serios de salud en los años recientes, con excepción de una afección cutánea, registrada hace dos años tras el ataque de un banco de medusas.

Proceso
Ciudad de México
Jueves 21 junio 2018.


La animadversión del escritor Mario Vargas Llosa hacia el dirigente de Morena, Andrés Manuel López Obrador, no es nueva.

Desde antes de la primera elección del tabasqueño a la Presidencia de la República, el literato español de origen peruano arremetió contra AMLO todas las veces que pudo para tratar de desprestigiarlo, dañar su imagen y la del movimiento de izquierda que representa.

Sin embargo, en cada uno de sus intentos, el periodista Jaime Avilés, director fundador de Polemón, lo puso en su lugar. Con un ingenio extraordinario, casi siempre desde su columna Desfiladero que escribió por muchos años en el diario La Jornada, Avilés refutó las declaraciones contra López Obrador dichas por este intelectual.

En 2005, al recibir el doctorado honoris causa de la Universidad Autónoma de San Luis Potosí, Vargas Llosa dijo que el populismo es el causante de la miseria, el atraso y la corrupción en América Latina y exhortó a los mexicanos a no votar por AMLO, a no votar por “el populismo”.

Ante esto, Jaime Avilés escribió un texto titulado, Vargas Llosa en el espejo de Céline, incluido dentro del Desfiladero, su columna de opinión semanal en La Jornada, el cual vale la pena rememorar:

“Mario Vargas Llosa repitió el discurso que había recitado en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, un fervoroso mensaje de apoyo al salinismo en México y al colonialismo en América Latina.

Con vehemencia rayana en la esquizofrenia, el autor de La ciudad y los perros, La casa verde, Conversación en la catedral, Pantaleón y las visitadoras, La tía Julia y el escribidor, y tantas deleitosas creaciones literarias más, ofreció a sus escuchas una receta que sólo propaga y agudiza los males que supuestamente desea combatir.

Dijo que el populismo es el causante de la miseria, el atraso y la corrupción en nuestros países y que, a pesar de la falta de resultados económicos en beneficio de los pobres, “debemos perseverar” en la aplicación de las políticas del libre comercio (que tanto han enriquecido a los que ya eran ricos, dicho sea de paso).

Sobre esta sólida base argumental plantó su estandarte propagandístico, exhortando a los mexicanos a “no votar por el populismo” o, como apuntó en Guadalajara, a darle la espalda a “ese señor de la ciudad de México”, en clara referencia al precandidato de las mayorías nacionales. El objetivo final de esta prédica fanática y descabellada era impactar las primeras planas de los diarios y lograr titulares que resumieran el mensaje en pocas palabras: “Vargas Llosa contra López Obrador”.

El fanatismo político del gran escritor despierta inquietantes dudas. ¿Qué lo impulsa a obrar de este modo? ¿Estará enfermo de cataratas ideológicas y éstas le empañan las retinas hasta incapacitarlo para ver que el atraso, la miseria y la corrupción han sido precisamente las peores consecuencias de los gobiernos neoliberales habidos en México desde 1982? La respuesta afirmativa a esta pregunta es muy difícil de aceptar. El problema, su problema, tiene que estar en otra parte.

Louis Ferdinand Céline, uno de los mayores escritores de Francia en el siglo XX, colaboró con los nazis durante la Segunda Guerra Mundial porque odiaba a los franceses y entre ellos, desde luego, a los judíos. Esa conducta patológica no desmerece en absoluto su grandeza literaria, pero lo rebaja a la condición de monstruo, a la que pertenecen por igual Hitler, Stalin, Mussolini y el presidente de Estados Unidos que después de tantos horrores cometió el peor de todos al arrojar bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki.

En la condena a la brutalidad no puede haber atenuantes. Vargas Llosa no parece actuar movido por la razón sino por el odio. Muy pálidos han sido sus reproches a los crímenes de George WC en Irak, pero en cambio no pierde oportunidad para hablar en contra del presidente constitucional de Venezuela, el gobernante latinoamericano económicamente más exitoso si atendemos a las cifras que le atribuyen a ese país un crecimiento anual de 8 por ciento, en promedio.

¿Qué persigue Vargas Llosa en el contexto de la agresión política y militar que la Casa Blanca prepara contra América Latina? Así como en México la ultraderecha se desgañita ladrando que detrás de López Obrador está Hugo Chávez, en Bolivia acusan de lo mismo a Evo Morales, el candidato del Movimiento al Socialismo (MAS) que ganará las elecciones presidenciales del próximo domingo 18 de diciembre.

Desde que los halcones de Washington advirtieron que la victoria electoral del dirigente indígena sería inevitable, Condolencia Arroz y Donald Rumsfeld, entre otros, han externado su “preocupación” porque “detrás del MAS está Hugo Chávez”. Esa cantaleta falsa, pero reiterativa, tiene objetivos estratégicos. De acuerdo con las leyes bolivianas, si Evo no consigue 50 por ciento del voto ciudadano, los diputados designarán al nuevo presidente de la república mediante negociaciones que permitirán la formación de una mayoría legislativa.

Todo el mundo sabe, incluido Vargas Llosa, que Evo no alcanzará ese 50 por ciento y que los partidos de la derecha, durante la segunda quincena de enero, designarán al ex presidente Jorge Quiroga, un hombre de mano dura, cerebro obtuso, acendradas creencias neoliberales y lealtad absoluta a WC.

Pero todo el mundo sabe también que ese resultado será inaceptable para las grandes mayorías indígenas que se sentirán estafadas por los poderosos y emprenderán la resistencia hasta lograr la caída de Quiroga.

Cuando esto suceda, y por desgracia sucederá, el “único responsable” de la violencia en Bolivia será Hugo Chávez, a quien WC acusará de “exportar la revolución bolivariana”, etcétera. Pero eso no es todo. La insurgencia cívica de ese amado país andino y amazónico se desarrollará a lo largo del primer semestre de 2006 y a la par de las campañas electorales en México. Y Vargas Llosa debe saber sin duda que tanto Felipe Calderón como quien quiera que sea entonces el candidato presidencial del PRI gritarán a los cuatro vientos que eso mismo es lo que nos espera a los mexicanos si López Obrador no sufre una derrota contundente e inapelable.

Al servicio del petróleo

Ante la remota probabilidad de que Evo Morales asuma el gobierno de Bolivia, Estados Unidos logró hace unos días que el ejército de la afligida nación le entregara un juego de misiles balísticos de defensa contra ataques aéreos. Al mismo tiempo, WC trató de impedir que España le vendiera un paquete de aviones militares a Venezuela. Como salta a la vista, la Casa Blanca empieza a esgrimir amenazas bélicas en el subcontinente y quienes en México han adoptado el argumento propagandístico de la presunta identidad política entre Chávez y López Obrador están metiendo a nuestro país en una peligrosa dinámica de guerra.

Excepto quizá Vargas Llosa, nadie ignora que no hay en el mundo un arma biológica más destructiva que George WC Bush. Derrotado por la resistencia patriótica de los iraquíes, carcomido por una crisis que irá paulatinamente agravándose en el intestino de su gobierno, Bush maniobra para que no escapen a su control geoestratégico las colosales reservas de gas natural que hay en la región oriental de Bolivia, cuya envergadura es semejante a las que de petróleo tiene Venezuela.

Como estos datos cruzados bien lo demuestran, Vargas Llosa ha dejado de ser una inteligencia al servicio de la humanidad para transformarse en un defensor de los intereses petroleros de Estados Unidos. ¿No es ésta una de las cosas más tristes que pueden sucederle a un artista? Pero ebrio de las famosas medicinas “amargas pero necesarias” que tan obstinadamente recomienda, por alguna razón que tampoco parece comprensible no advierte que las políticas neoliberales, entre tantas otras desgracias, están convirtiendo a los lectores de literatura en miembros de una especie en extinción.

En México, donde los mexicanos leemos medio libro al año per cápita, la siempre paradójica realidad nos dice al oído que cuando los periódicos resaltan en grandes encabezados la idea central de que Vargas Llosa está contra López Obrador, un altísimo porcentaje de la gente pobre que mira esa noticia no sabe -lo que no deja de ser una honda pena- quién es y qué ha hecho Vargas Llosa y, en consecuencia, no abandonará la esperanza que tiene cifrada en López Obrador. Así de sencillo, así de triste”.

Polemón
Ciudad de México
(@revistapolemon)
Jueves 1 marzo de 2018.


El Premio Nobel de Literatura Mario Vargas Llosa advirtió del 'suicidio democrático' si mexicanos eligen a López Obrador como Presidente


En la víspera del inicio de las campañas electorales en México, el Premio Nobel de Literatura Mario Vargas Llosa advirtió del suicidio democrático que cometerían los mexicanos de elegir como Presidente, en los comicios del 1 de julio, al candidato de Morena, Andrés Manuel López Obrador.

Cáustico en sus apreciaciones sobre el ex Jefe de Gobierno de Ciudad de México, el escritor de origen peruano aseveró que el tabasqueño representa una democracia populista y demagógica, con recetas que están absolutamente fracasadas en el mundo entero, por lo que deseó que los mexicanos voten con lucidez y no con el estómago.

A pregunta expresa de REFORMA de si estaría dispuesto a debatir con el aspirante sobre su propuesta de Gobierno, toda vez que el líder de Morena se autodefine como un liberal, Vargas Llosa lanzó una carcajada y de forma sarcástica cuestionó dichos argumentos.

"¿Él se considera un liberal?", indicó mientras continuaba riendo, sin dar una respuesta al respecto.

"Mi esperanza es que haya suficiente lucidez como para ver a dónde conduce ese suicidio de votar por el populismo, de votar por la demagogia, con recetas que están absolutamente fracasadas en el mundo entero".

Entrevistado durante la presentación de su último libro "La llamada de la tribu", una autobiografía intelectual y política en la que contrasta las discrepancia y semejanzas de siete autores liberales que han marcado su vida, el escritor también reconoció que existe un grave riesgo de que en las elecciones de México el crimen organizado pueda intervenir para tratar de influir en el resultado.

Desde su óptica, los mexicanos deben tomar en consideración la tragedia que ocurre en Venezuela, donde acusó que se ha impuesto una dictadura.

"Yo espero que no gane López Obrador. Creo que sería un retroceso tremendo para la democracia en México", enfatizó Vargas Llosa.

Reforma
Ciudad de México
Miércoles 28 febrero de 2018.


Mario Vargas Llosa

Hace tiempo que no leía algo tan triste y deprimente como la colección de chismes, intrigas, vilezas y estupideces que ha reunido Michael Wolff en su libro sobre Trump

¿Cómo se fabrica un best-seller? Así. La editorial Henry Holt lanza un comunicado explicando que pronto aparecerá el libro Fire and Fury del periodista Michael Wolff, que revela muchos secretos sobre Trump en la Casa Blanca, y da algunos ejemplos particularmente escandalosos. De inmediato el presidente Trump reacciona con su virulencia acostumbrada en sus tuits matutinos y sus abogados anuncian que acudirán a los tribunales para evitar que ese libelo calumnioso se publique. La editorial adelanta la salida del libro al día siguiente. Yo estaba en Miami y traté de comprarlo ese mismo día. Imposible: en todas las librerías de la ciudad se agotó en dos o tres horas. El dueño de Books and Books, mi amigo Mitch, tuvo la bondad de regalarme su ejemplar. La editorial anunció que la millonaria segunda edición de Fire and Fury aparecerá en pocos días. De este modo, Trump y sus abogados consiguieron que un libro sin mérito alguno —uno más entre las decenas que se publican sobre el nuevo ocupante de la Casa Blanca— circule como pan caliente por todo el mundo. Y, de paso, han hecho millonario a su autor.

Hace tiempo que no leía algo tan triste y deprimente como la colección de chismes, revelaciones, intrigas, enconos, vilezas y estupideces que ha reunido en su libro, luego de recibir los testimonios de unas trescientas personas vinculadas al nuevo régimen estadounidense, el periodista Michael Wolff. De creerle, la nueva administración estaría compuesta de politicastros ignaros e intrigantes, que se ayuntan o enemistan y apuñalan en una lucha frenética por ganar posiciones o defender las que ya tienen gracias al dios supremo, Donald Trump. Este es el peor de todos, por supuesto, un personaje que por lo visto no ha leído un solo libro en su vida, ni siquiera el que le escribieron para que lo publicara con su nombre relatando sus éxitos empresariales. Su cultura proviene exclusivamente de la televisión; por eso, lo primero que hizo al ocupar la Casa Blanca fue exigir que colocaran tres enormes pantallas de plasma en su dormitorio, donde duerme solo, lejos de la bella Melania. Su energía es inagotable y su dieta diaria muy sobria, hecha de varias hamburguesas con queso y doce Coca-Colas light. Su aseo y su sentido del orden dejan mucho que desear; por ejemplo, tuvo una pataleta cuando una mucama levantó una camisa suya del suelo, creyéndola sucia. El presidente le explicó que “si hay una camisa suya tirada en el suelo es porque él quiere que esté en el suelo”. Primicias tan importantes como éstas ocupan muchas de las trescientas veintidós páginas del libro.

Es probable que jamás en su historia EE UU se haya degradado tanto como en esta administración

Según Michael Wolff nadie, empezando por el mismo Donald Trump, esperaba que éste ganara la elección a Hilary Clinton. La sorpresa fue total y, en consecuencia, el equipo de campaña no se había preparado en absoluto para una victoria. De ahí el caos vertiginoso que vivió la Casa Blanca con sus nuevos ocupantes y del que todavía no acaba de salir. No sólo no había un programa para llevar a la práctica; tampoco, las personas capaces de materializarlo. Los nombramientos se hacían a la carrera, y el único criterio para elegir a las personas era el visto bueno y el olfato de Trump. Las luchas intestinas paralizaban toda acción ya que las energías de los colaboradores se volcaban más en mediatizar o destruir a reales o supuestos adversarios dentro del propio grupo que en hacer frente a los problemas sociales, económicos y políticos del país. Esto tenía efectos cataclísmicos en la política internacional, en la que los exabruptos cotidianos del presidente ofendían a los aliados, violentaban tratados, y, a veces, trataban con guante blanco y hasta elogios desmedidos a los adversarios tradicionales. Por ejemplo, la Rusia de Putin, por la que el mandatario parecía tener una debilidad casi tan grande como sus prejuicios contra los mexicanos, haitianos, salvadoreños y, en general, todos los inmigrantes procedentes de esos “agujeros de mierda”. Al extremo de que el “más famoso nazi norteamericano”, Richard Spencer, al que horrorizaba que Jeb Bush se hubiera casado con una mexicana, proclamó con entusiasmo que Trump es “un nacionalista y un racista y su movimiento un movimiento blanco”.

Leyendo El fuego y la furia parecería que la vida política de los Estados Unidos sólo atrae a mediocridades irredimibles, ciegos al idealismo y a toda intención altruista o generosa, sin ideas, ni principios, ni valores, ávidos de dinero y poder. Los billonarios juegan un papel central en esta trama y, desde las sombras, mueven los hilos que ponen en acción a parlamentarios, ministros, jueces y burócratas. El propio Trump tiene una simpatía irresistible por ellos, especialmente por Rupert Murdoch, aunque en este caso no haya la menor reciprocidad. Por el contrario, el magnate de las comunicaciones no le ha ocultado nunca su desdén.

Los billonarios de esta trama mueven los hilos de parlamentarios, ministros, jueces y burócratas

Personaje central en este libro es Steve Bannon, el último jefe de campaña de Trump y, se creía, el arquitecto de su victoria. También, algo así como “el teórico” del movimiento. Católico practicante, oficial de la marina por siete años, colaborador y periodista de publicaciones de extrema derecha como Breitbart News, se autodefine como “un nacionalista populista”. Pensaba mal, pero, al menos, en esta manada de iletrados, pensaba. De él provendrían algunos de los caballitos de batalla de Trump: el muro para atajar a los mexicanos, poner fin a la extensión de la salud pública que hizo aprobar Obama (el Obamacare), obligar a las fábricas expatriadas de Estados Unidos a regresar a suelo norteamericano, reducir drásticamente la inmigración, bajar los impuestos a las empresas y reconocer a Jerusalén como capital de Israel. Para desgracia suya, la revista Time lo sacó en la carátula y dijo de él que era el presidente en la sombra. Trump tuvo una rabieta descomunal y comenzó a marginarlo, de modo que Bannon fue perdiendo posiciones dentro del cuerpo de los elegidos, a la vez que la hija y el yerno de Trump, Ivanka y Jared, las ganaban, y lo iban debilitando y, al final, lo despedazaron. Expulsado del paraíso el “ideólogo”, las ideas se eclipsaron de la Administración y el entorno de Trump, y la política quedó reducida al exclusivo pragmatismo, o, en otras palabras, a los caprichosos ucases y a los movimientos táctiles y retráctiles del presidente. ¡Pobre país!

Aunque creo que la descripción que hace Michael Wolff es exagerada y caricatural y leer su libro una pérdida de tiempo, por desgracia también hay algo de todo aquello en la presidencia de Trump. Es probable que jamás en su historia Estados Unidos se haya empobrecido política e intelectualmente tanto como durante esta Administración. Eso es grave para el país, pero lo es todavía más para el Occidente democrático y liberal, cuyo líder y guía va dejando de serlo cada día más. Con las consecuencias previsibles: China y Rusia ocupan las posiciones que Estados Unidos abandona, adquiriendo una influencia política y económica creciente, y acaso imparable, en todo el tercer mundo y en algunos países del este de Europa.

El País
Mario Vargas Llosa
Madrid, España
Domingo 21 enero 2018.


Mario Vargas Llosa

Mi venida al Perú ha coincidido con una de las peores catástrofes naturales que haya sufrido en toda su historia. Desde hace tiempo, en el verano, el fenómeno del Niño acrecienta las lluvias y hay a veces inundaciones y huaycos (aludes y riadas) que provocan daños materiales y humanos, sobre todo a lo largo del litoral norte del país. Pero este año, el calentamiento de las aguas del Pacífico y su consiguiente evaporación al chocar contra la Cordillera de los Andes han causado verdaderos diluvios que desde hace dos semanas destrozan caminos, casas, desaparecen aldeas, inundan ciudades y provocan tragedias por doquier.  

Las frías estadísticas -cerca de un centenar de muertos, más de cien mil damnificados, puentes y carreteras destruidos, daños que bajarán por lo menos un punto el producto interior bruto de este año- no dan cuenta del sufrimiento de millares de familias, que, sobre todo en Piura, Lambayeque, Ancash, Apurímac y La Libertad, pero con repercusiones en todo el territorio nacional, han visto desmoronarse sus vidas en tragedias sin cuento, perdiendo seres queridos, medios de sustento y descubriendo que su futuro era devorado de la noche a la mañana por la incertidumbre y la ruina.

Las últimas imágenes que he visto de Piura en la televisión cuando me sentaba a escribir este artículo me han dejado horrorizado, las aguas del río han ocupado todo el centro de la ciudad y en la Plaza de Armas, junto a la catedral, y en la avenida Grau la gente avanzaba con el agua hasta la cintura y, en trechos, hasta los hombros, en un inmenso lago fangoso en el que flotaban animales, enseres domésticos, ropas, muebles, arrebatados por las trombas de agua del interior de las casas y edificios anegados. El colegio San Miguel, donde terminé mis estudios secundarios, antigua y noble casona republicana que era ya una ruina con ratas y que iba a ser convertida en un centro cultural -promesa que la incuria de las autoridades incumplió- pasó ya del todo, por lo visto, a mejor vida. Produce vértigo imaginar a las criaturas y a los ancianos arrastrados por los aniegos y torrenteras armadas de barro, piedras y árboles decapitados.

Cuando yo fui a vivir a Piura por primera vez, en 1946, la ciudad y sus contornos, rodeados de arenales desiertos, se morían de sed. El río Piura era de avenida y las aguas sólo llegaban en el verano, cuando se deshelaba la cordillera y, convertida en cascadas y arroyos, bajaba a traer la vida a las calcinadas tierras de la costa. La llegada de las aguas a Piura era una fiesta con fuegos artificiales, bandas de música, valses y tonderos, y hasta el obispo metía sus pies en el agua para bendecir a las aguas bienhechoras. Los chiquillos más valientes se arrojaban al flamante río Piura desde lo más alto del Puente Viejo. Sesenta y cinco años después, las mismas aguan que traían ilusiones y prosperidad, acarrean la muerte y la devastación a una de las regiones peruanas que se había modernizado y crecido más en los últimos tiempos.

Curiosamente esta tragedia parece haber tocado una fibra íntima en la sociedad en general pues el pueblo entero del Perú da la impresión de haberse volcado en un movimiento de solidaridad y compasión hacia las víctimas. Una movilización extraordinaria ha tenido lugar, de gente de toda condición, que, deponiendo prejuicios, rivalidades políticas o religiosas, presta la ayuda que puede, llevando frazadas y colchones, haciendo colectas, armando tiendas de campaña en las zonas de emergencia, o poniendo en marcha las cocinas populares. Hay que decir que, a la vanguardia de este movimiento, está el Gobierno entero, empezando por el presidente de la República y sus ministros, a quienes se ha visto repartidos por todos los lugares más afectados, dirigiendo las operaciones de salvamento junto a las brigadas de militares y de voluntarios civiles. Y yo mismo he visto a mis dos nietas más pequeñas, Isabella y Anaís, preparando dulces y golosinas con sus compañeros de clase para venderlas y recabar fondos de ayuda a los damnificados. No recuerdo un sobresalto tan generoso y tan unánime de la sociedad peruana ante una tragedia nacional (y eso que, aunque con largos intervalos, nunca dejan de ocurrir).

Tal vez este hecho excepcional sea una respuesta inconsciente a la tremenda injusticia que significa la catástrofe del Niño Costero (así se le ha bautizado). Aunque todavía hay muchas cosas que andan mal en el país, la verdad es que, haciendo las sumas y las restas, desde que en el año 2000 cayó la última dictadura que padecimos, el Perú andaba bastante bien. La democracia funcionaba y, me parece, había un enorme consenso nacional a favor de mantener este sistema, perfeccionándolo y depurándolo, como el más adecuado -el único, en verdad- para progresar de veras, tanto en el campo económico, como en el social y cultural, creando cada vez mayores oportunidades para todos, desarrollando las clases medias, estimulando la inversión y respetando los derechos humanos, la libertad de expresión y la legalidad. Desde aquel año fronterizo hemos tenido cuatro gobiernos nacidos de elecciones libres, y, aunque la corrupción haya envilecido la gestión de por lo menos dos de ellos, lo cierto es que el país ha progresado en estos 17 años más que en el medio siglo anterior. Nadie duda que la corrupción es un tóxico que amenaza la vida democrática. Pero la libertad es el instrumento primordial para combatirla de manera eficaz y erradicarla. Una prensa libre que la denuncie, una justicia independiente y gallarda que no tema enjuiciar y sancionar a los poderosos que delinquen. Una opinión pública que no tolere las picardías y las coimas. Todo eso ha estado ocurriendo en este Perú sobre el cual, de pronto, se desencadenaron los elementos para golpearlo con ferocidad. Tal vez los peruanos que han reaccionado de manera tan rápida, apoyando con tanto empeño a las víctimas, estén diciéndole de este modo a la naturaleza ciega y cruel que no se dejarán abatir por lo ocurrido, que lucharán para reconstruir aquello que ha sido derribado y, aprovechando la lección, tomar precauciones para que los huaycos del futuro sean menos depredadores.

Escribo este artículo en Arequipa, mi ciudad natal, donde he venido a hacer una nueva entrega de libros a la biblioteca que lleva mi nombre. Mientras lo escribía he tenido todo el tiempo en la memoria, junto con las imágenes de los piuranos con el agua hasta el cuello, entre los tamarindos de la Plaza de Armas, a un personaje literario que siempre he admirado: Jean Valjean, el héroe de Los miserables. Las injusticias más monstruosas le cayeron encima; fue a la cárcel muchos años por haber robado un pan; Javert, un policía tenaz y despiadado, lo persiguió toda su vida, sin permitirle un solo día de paz. Pero él nunca se dejó abatir, ni vencer por la rabia, o por la desmoralización. Cada vez se levantó, enfrentándose a la adversidad con su limpia conciencia y su voluntad de supervivencia intacta, hasta aquel instante supremo de la muerte, con los candelabros en las manos de Monseñor Bienvenue, que se los había entregado diciéndole: “Te he ganado para el bien”. Hay momentos privilegiados en que los países pueden ser tan admirables como los grandes personajes literarios.

El País
Piedra de toque
Mario Vargas Llosa
Madrid / Lima
Domingo 2 de abril de 2017.

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