Permanecía ingresado en un hospital cercano a su domicilio tras sufrir un derrame cerebral el pasado miércoles


Durante una década fue el actor más deseado de la pequeña pantalla, el chico interesante y atormentado de Sensación de vivir. El miércoles volvió a ser noticia tras sufrir un derrame cerebral. Hoy, su representante ha confirmado que Luke Perry ha fallecido a los 52 años, rodeado de sus dos hijos, su prometida y su ex mujer.

"La familia aprecia el gran apoyo y las oraciones extendidas por Luke en todo el mundo y respetuosamente pide privacidad en este momento de gran luto", aseguró Arnold Robinson, su representante.

El ingreso del actor en el hospital de Burbank, al norte de Los Ángeles, coincidió con el anuncio del regreso de la serie, producida por Aaron Spelling y protagonizada, entre otros, por la hija de Spelling, Tori, Jason Priestley, Shannen Doherty y Brian Austin Green. Perry, que además de en televisión hizo unas cuantas apariciones en el cine a lo largo de su carrera, ya había confirmado que no sería parte del proyecto de Fox.

Aun así, el actor de Mansfield, Ohio, era consciente de que la sombra de Dylan McKay le perseguiría el resto de su vida. " Voy a estar vinculado a él hasta que me muera, pero no tengo problema", dijo en una entrevista de archivo. "Yo creé a Dylan McKay. Es mío".

Perry, criado en el pequeño pueblo de Fredericktown, en Ohio, terminó sus estudios secundarios y se trasladó a Los Ángeles para probar suerte como actor. Hizo cientos de audiciones sin suerte y se buscó la vida en distintos trabajos, incluyendo de obrero de la construcción.

Finalmente logró cierta estabilidad como actor de telenovelas hasta que fue seleccionado para hacer el papel de Dylan en Sensación de vivir. Curioso es que Perry hiciera las pruebas para interpretar el rol de Steve Sanders, un personaje que fue a parar a Ian Ziering. En total, el de Ohio participó en 199 episodios de uno de los fenómenos televisivos de los 90.

Pese al éxito, Perry trató de evitar el encasillamiento y dejó la serie en 1995 en busca de roles más "maduros", títulos que lejos de darle notoriedad le obligaron a regresar. Su segunda etapa fue de 1998 a 2000, entrando después en una etapa de luces y sombras.

Probó suerte en Broadway, haciendo doblaje y como artista invitado en series como Spin City y Will & Grace. En 2015, regresó a la televisión con Detective McLean: Ties That Bind del canal Up, y en 2017 pasó a formar parte de Riverdale, una racha ascendente truncada de forma repentina a los 52 años.

EN la gran pantalla apareció en películas como Buffy, cazavampiros, 8 segundos o El quinto elemento. Tiene también un papel en Once Upon a Time in Hollywood, la nueva película de Quentin Tarantino.

El Mundo
Los Ángeles, EU
Pablo Scarpellini
Lunes 4 marzo 2019.

 
Los Ángeles.- Los Medias Rojas están de vuelta en el trono de las Grandes Ligas. Boston logró el noveno título de Serie Mundial de su historia al derrotar 5-1 a los Dodgers de Los Ángeles.

El equipo Patirrojo alzó el título por cuarta vez en 15 temporadas, tras conquistarlo en 2004, 2007, 2013 y ahora en 2018.

En el juego de hoy, los Medias Rojas macanearon al pitcheo de los Dodgers con cuatro jonrones, tres de ellos ante el as y derrotado, Clayton Kershaw.

Steve Pearce tuvo otro gran partido. Inició con cuadrangular de dos anotaciones en la primera entrada y sonó otro bombazo en el octavo capítulo. Entre el partido de ayer y hoy, Pearce remolcó siete carreras.

Mookie Betts y J. D. Martínez agregaron bambinazos solitarios en el sexto y séptimo inning, respectivamente, para asegurar la corona.

El zurdo David Price realizó una apertura espectacular para quedarse con la victoria. Permitió apenas tres hits y una carrera en siete entradas y un bateador, con cinco ponches y dos bases por bolas.

David Freese descontó por los Dodgers en la primera baja, también con un jonrón solitario, pero fue insuficiente y el equipo angelino perdió su segunda Serie Mundial seguida y en su casa.

Reforma
Associated Press
Los Angeles, California, EU.
Domingo 28 de octubre de 2018.


En un refugio aquí, al otro lado de la frontera de Arizona, los voluntarios acumulan alimentos y otros suministros en caso de una gran afluencia de deportados desde el otro lado.

“No queremos sorpresas del Sr. Trump”, dice Juan Francisco Loureiro, director del centro de migrantes Don Bosco, acerca de los planes del presidente de intensificar las deportaciones. “Necesitamos estar listos”.

A lo largo de la frontera, los recientes deportados y los recién llegados desde el sur sopesan si seguir viaje hacia los EE.UU. o si, simplemente, volver a casa y admitir la derrota.

“Ahora es demasiado difícil, con Trump”, afirma Alejandro Ramos Maceda, de 33 años, recientemente deportado tras ser detenido en una parada de tránsito, en St. Louis, donde -según dice- tiene a su esposa y dos hijas, ambas ciudadanas estadounidenses.

Desalentado, Maceda planea quedarse en México por el momento, una opción que muchos otros deportados con familia en los EE.UU. han aceptado a regañadientes. “Quizás mi esposa venga a visitarme”, dice, aunque su tono no contiene mucha esperanza.

Nada se ha movilizado aún aquí para la construcción del muro propuesto por el presidente Trump. Tampoco hay señales de aumento de las fuerzas de la Patrulla Fronteriza como parte de la prometida barrera. Pero entrevistas en suelo mexicano sugieren que, en pocas semanas, el nuevo mandatario ha tenido un profundo efecto sobre cómo actúan, planifican y, aún más importante, piensan al otro lado de la frontera. Aunque su estrategia apenas ha comenzado a ser promulgada, Trump está profundamente enraizado en la mente de las personas.

“Es mucho más difícil cruzar de lo que pensábamos”, dice Vicente Vargas (15), uno de cinco adolescentes del estado mexicano de Puebla, quienes afirman que regresarán a su casa, desalentados por lo dificultoso -y costoso- que resulta superar la frontera, especialmente teniendo en cuenta la posibilidad de ser detenidos del otro lado.

Que las dificultades actuales no tengan nada que ver con Trump no importa: Vicente y sus abatidos colegas culpan al proyecto del mandatario estadounidense. Incluso los deportados detenidos meses antes de la asunción de Trump parecen apuntar a la nueva administración.

“Hay mucha incertidumbre en este momento”, afirmó Jesús Arturo Madrid Rosas, representante del Grupo Beta, una organización de ayuda del gobierno mexicano que brinda asistencia a los migrantes. “La gente no sabe qué va a suceder. Tal vez esto esté alejando a algunas personas”.

Rosas y otros enfatizan que muchos factores -el clima tempestuoso, el reforzamiento de la frontera desde la era previa a Trump, las tarifas cada vez más altas cobradas por los contrabandistas- están probablemente ralentizando el tráfico humano hacia el norte.

Los rumores, tanto acerca de las amnistías como del endurecimiento de las medidas estadounidenses, se han filtrado hace tiempo en las comunidades “de partida” de migrantes y han influido en el comportamiento de éstos. Los meses de primavera suelen ser los más concurridos.

Pero Trump -o ‘Tromp’, como se pronuncia aquí el apellido del presidente, sin mucho cariño- a menudo es considerado culpable, o responsable, según el punto de vista de cada uno.

“No estoy de acuerdo con este Trump, pero está haciendo lo que la gente quiere”, expresa Eliseo Estrada, un corpulento comandante de la policía de Nogales, desde un punto clave donde la cerca existente de la frontera -una ondulante cortina de acero de 15 pies de altura- separa esta bulliciosa ciudad de la mucho más pequeña Nogales, en Arizona. “A México también el vendría bien un presidente fuerte”, remarca.

Debajo de la colina, en la ciudad, donde los patios traseros colmados de bicicletas, mesas y juguetes lindan con la barrera fronteriza, santuarios marcan el sitio donde, en 2012, un agente de la Patrulla Fronteriza disparó cerca de 10 veces a través de una brecha en la cerca a un adolescente mexicano, José Antonio Elena Rodríguez. El esperado juicio por asesinato que enfrentará el agente, Lonnie Swartz, comenzará este año.

Incluso los contrabandistas de personas, conocidos como ‘coyotes’ -cuyas tarifas se ajustan a medida que cruzar se vuelve una tarea más difícil- sostienen que la dura táctica al otro lado ha llenado de inseguridad a muchos.

“La gente está psicológicamente traumatizada”, afirma un veterano coyote, un delgado anecdotista con risa de tequila, quien pidió no ser identificado por temor a un arresto.

En el lado estadounidense también la táctica de Trump causa ansiedad, ya que la gente se pregunta acerca de sus familiares y vecinos que podrían ser deportados, o por aquellos en México que quedarían permanentemente separados de sus seres queridos.

“Es de lo único que se habla: Trump, la frontera, las redadas, las deportaciones”, asegura el sheriff Tony Estrada, del condado de Santa Cruz, en Arizona. “Lo oyes en los cafés, en los restaurantes, en todas partes”, dice Estrada, quien nació en el lado mexicano y emigró cuando era niño con su familia a Arizona. “La gente tiene miedo”.

Una imagen en una instalación artística sobre la cerca representa el rostro bigotudo de Jesús Malverde, una suerte de Robin Hood de comienzos del siglo XX, quien hoy es reverenciado como patrón de narcotraficantes y bandidos en México. Pese al control de años recientes, las drogas ilícitas siguen pasando a través de los túneles narco excavados por debajo de la cerca, en cargas tiradas o levantadas, y en los semirremolques y autos que pasan por los concurridos puertos de entrada, a veces rociadas con un poderoso extracto de pimiento chile para disuadir a los perros de las autoridades.

Mucho antes de la era Trump, las sucesivas administraciones estadounidenses invirtieron miles de millones de dólares para contratar más guardias, mejorar la barrera y desplegar equipamiento militar -como sensores de tierra hasta aviones no tripulados y torres de observación con cámaras-. No hay duda de que la inversión ha hecho que los cruces sin permiso sean más caros y difíciles, además de peligrosos, como lo demuestran las decenas de migrantes que han perecido en los últimos años al intentar cruzar el desierto de Arizona.

En la actualidad, nadie se aventura aquí sin un contrabandista. La época de los grandes grupos que luchaban por su propia cuenta ha desaparecido hace tiempo. Los sindicatos delictivos que manejan las drogas también controlan el comercio de personas. “La mafia demanda su parte”, afirma el coyote locuaz, quien se dedica a esas labores hace dos décadas.

Los miradores ocultos, conocidos como ‘puntos’, observan de cerca la franja fronteriza e informan a los superiores sobre cualquier actividad. Al este de la ciudad, donde la imponente valla de acero da paso a una barrera creada con vías de ferrocarril viejas cubiertas con alambre de púas, la evidencia de cruces del pasado es clara: botella de aguas vacías, paquetes de comida desechados, fogatas ya extinguidas.

Huellas y desechos se alinean formando un misterioso y abandonado campo santo, conocido como el cementerio chino, el lugar de descanso eterno de muchos fallecidos de la antigua y próspera comunidad china que vivía en la región, y que fue obligada a retirarse a comienzos del siglo XX, en medio de una ola de xenofobia. Sin embargo, encontrar a alguien cruzando por esta zona, alguna vez llena de potenciales migrantes, es ahora una tarea imposible.

Dos agentes de la Patrulla Fronteriza, con su vehículo verde y blanco estacionado en un camino de tierra en el lado estadounidense, son escépticos de que el muro planeado por Trump resulte efectivo, dado el terreno irregular y montañoso, y las peligrosas tormentas de verano. “Una pared podría probablemente desaparecer cuando llegaran los monzones”, concluye uno de los agentes, que se negó a ser identificado por no contar con autorización para hablar del tema.

Los coyotes cobran ahora cerca de $4,000 por persona para contrabandear a gente indocumentada hacia Tucson, a sólo 60 millas al norte, y $6,000 para llegar a Phoenix. Las tarifas son cinco veces más altas de lo que eran hace una década, cuando este tramo de la frontera internacional era por lejos el más concurrido del suroeste. Entre los años fiscales 2006 y 2016, sin embargo, las detenciones anuales de la Patrulla Fronteriza en el sector de Tucson -que incluye la franja de Nogales- se desplomaron de casi 400,000 a cerca de 65,000.

De hecho, el desarrollo de la frontera de Trump llega en tiempos donde el tráfico de inmigrantes sin permiso es bajo. En toda la región fronteriza sudoeste, los agentes en el año fiscal 2016 registraron 408,870 arrestos -comparado con 1.1 millones en 2006 y 1.6 millones en 2000-. Los ciudadanos centroamericanos ahora superan a los mexicanos detenidos.

A pesar de los desafíos considerables, no todo el mundo está disuadido. Se sabe que nadie puede detener a aquellos decididos a cruzar. El contrabandista afirmó que esa misma noche cruzaría a tres clientes; muchos deportados sostienen que no tienen más remedio que volver.

“Mi vida está al otro lado”, señala Oscar Félix, de 48 años, desde un refugio católico para deportados, que provee desayuno a los migrantes. “Desde luego que volveré”.

Félix vivió 30 años en la zona de Phoenix después de ingresar ilegalmente a los EE.UU. cuatro décadas antes, donde comenzó a trabajar como mecánico. Tiene cuatro hijos nacidos en ese país, de edades entre 14 y 1 año de edad. El hombre fue arrestado en diciembre pasado por una orden de captura pendiente, emitida por conducir sin licencia. Estuvo detenido por tres días y luego fue entregado a agentes de inmigración, quienes lo retuvieron por dos meses y medio antes de su deportación, en febrero. Ahora, planea visitar a su familia en Ciudad Obregón, su pueblo natal, y de allí volver a cruzar. No tiene dudas de que lo logrará.

“No tengo vida en México; mi vida, mi familia, están al otro lado”, dice el afligido Félix, de pie bajo una fría lluvia que cae en el exterior del refugio con desayuno gratuito. “No se trata de Trump. Se trata de mi familia. Tengo que regresar a Phoenix”.

Los Angeles Times
Patrick J. McDonnell
Los Ángeles, Cal. EU.
Martes 28 de febrero de 2017.

En años recientes el barrio de mayoría hispana de Boyle Heighs ha vivido una transformación atribuida a los "chipsters"

Los Ángeles.- "En los años 80 la vida en esta comunidad era muy difícil porque había mucha violencia y drogas. Estaba abandonada por las autoridades. No había programas para los jóvenes, ni policía, ni recursos para mejorar las cosas".

Así describe el artista Juan Carlos Luna su adolescencia en Boyle Heights, el barrio de mayoría hispana del este de Los Ángeles, California, en el que creció, que desde hace décadas ha sido uno de los lugares a los que han llegado los mexicanos que emigran a Estados Unidos en busca de una vida mejor.

Pese a que sigue siendo un área con altas tasas de pobreza, en la que todavía operan grupos pandilleros, en años recientes la situación en Boyle Heights -en donde más del 90% de la población es de origen latino-, ha mejorado notablemente, en gran parte gracias a la movilización de los vecinos de la zona.

La delincuencia se ha reducido, algunos espacios públicos se han reformado y se ha mejorado la conexión con el transporte público, gracias a la inauguración de una nueva estación de metro.

Además, debido a que los alquileres todavía son asequibles en comparación con otras áreas de Los Ángeles, cada vez más jóvenes se están mudando a la zona, en la que se han abierto nuevos negocios como bares, restaurantes, librerías o galerías de arte.

La transformación que está viviendo el barrio ha llamado la atención de medios como el The New York Times, que hace un tiempo dedicó un extenso reportaje a la "gentrificación" de Boyle Heights (del inglés gentrification, que se utiliza para explicar el proceso por el que gente de clase media se muda a áreas tradicionalmente humildes).

El diario atribuía parte de los cambios a los llamados "chipsters" (chicanos hipsters): palabra con la que se describe a los jóvenes de origen mexicano-estadounidense de aspecto y gustos alternativos, similares a los de los hipsters que pueblan zonas como Brooklyn, en Nueva York, o Shoreditch, en Londres.

Además, señalaba que el influjo de nuevos residentes, algunos de los cuales tienen familia en la zona, está creando tensiones con los vecinos de toda la vida, que temen que el barrio esté perdiendo su identidad y que el precio de la vivienda aumente hasta el punto de que tengan que marcharse.

Pero sólo basta una visita a Boyle Heights para darse cuenta de que la realidad es mucho más compleja de lo que los medios presentan y que el temor de la mayoría de residentes del barrio no son los famosos "chipsters" -cuya existencia parece más un mito que una realidad- sino las compañías inmobiliarias que planean construir caros apartamentos en la zona.

"Clase y Orgullo"

Vestido impecable con un sombrero negro, traje gris y corbata, Juan Carlos Luna recibe un sábado por la noche a los clientes del Eastside Luv, un bar cuyas paredes están decoradas con imágenes de películas de la edad de oro del cine mexicano.

Este lugar -en el que suena tanta música grupos de rock de los 80 como The Smiths o mariachis- suele ponerse como ejemplo de la "gentrificación" que está viviendo Boyle Heights, por su estética retro y por su clientela, que según los medios está compuesta de "chipsters".

"La palabra chipster no existe. Se la inventaron personas que no son chicanas. La experiencia chicana es sociopolítica. El chicano tiene conciencia social mientras que a los hipsters no le importa nada. Son unos hedonistas", asegura Juan Carlos Luna.

Luna dice que él se identifica como "pachuco", nombre que recibían en los años 40 los mexicano-estadounidenses que vestían con unos trajes característicos conocidos como zoot suits y que escuchaban música como el boogie o el swing.

"Era una forma de rebelión contra el sistema. Era una forma de decir: 'no importa que no tenga dinero ni educación. Tengo clase y orgullo'. Eso es diferente a cuando una persona con dinero se viste de hipster. Lo hacen para sentirse especiales", asegura Luna.

El artista de 35 años reconoce que en los últimos años ha habido cambios positivos en Boyle Heights, aunque señala que estos no se pueden atribuir a las autoridades o a la gente con dinero que se está mudando a la zona, sino a la labor de los vecinos.

"Quieren Encasillarnos"

La familia de Guillermo Uribe, propietario del Eastside Luv, también es originaria de Boyle Heights, aunque sus padres se mudaron a los suburbios cuando él era un niño.

Tras estudiar en la universidad, casarse y trabajar durante unos años como ingeniero, en el 2006 decidió abrir en el barrio un bar que se ha convertido en un referente de la transformación que se está produciendo en una zona que fue cuna del movimiento de los derechos civiles de los chicanos en los años 60.

Uribe dice que no le gusta utilizar el término "gentrificación" para describir los cambios que han ocurrido en Boyle Heights, sino "gente-ficación, ya que este refleja que las mejoras en el barrio las han hecho los propios vecinos".

"Palabras como 'chipster' han sido creadas para tratar de encasillarnos. No nos vestimos como nuestros padres, no hablamos como ellos, tenemos gustos musicales diferentes y por eso no saben cómo definirnos".

Uribe asegura que la manera en que los medios están informando sobre Boyle Heights es "muy superficial", centrándose en los "chipsters" y no en los problemas reales del barrio.

"Creo que la gentrificación al final tiene que ver con grandes corporaciones llegando a comunidades como esta para hacer que sean como cualquier otra, con las mismas tiendas y negocios. Es así como se pierde la identidad de los barrios".

"Los Hipsters se creen especiales"

Visitando un domingo por la tarde la conocida Plaza del Mariachi, en la que desde hace décadas se reúnen los músicos que tocan este género tradicional mexicano para que los contraten, uno ve la diversidad de los habitantes de Boyle Heights.

Entre la multitud de familias que pasean por la plaza disfrutando de la música en vivo y ojeando lo que se vende en las paradas de un mercadillo temporal, hay jóvenes que lucen espesas barbas, pantalones de pitillo y gafas de pasta, que podrían pasar por los hipsters que uno encuentra en barrios de Los Ángeles como el vecino Silver Lake.

"No me considero un 'chipster'. Cada día me visto de forma diferente y no dejo que mi ropa sea mi seña de identidad. No me gusta que me encasillen", dice Marco, un joven de origen mexicano de 30 años que vende camisetas que él mismo diseña y que desde hace unos años vive en Boyle Heights.

"Siempre he intentado ser diferente y creo que muchos jóvenes mexicano-estadounidenses también, pero eso de 'chipster' no me gusta, porque los hipsters se creen especiales", asegura.

Stephanie y Pedro no viven en Boyle Heights, pero visitan la zona de vez en cuando por la oferta de nuevos locales que ha surgido en los últimos tiempos.

"Con palabras como 'chipster' sólo quieren poner etiquetas. No me considero uno de ellos aunque para mi familia quizás si lo sea, por mi manera de vestir, por mi barba y porque escucho música diferente", explica Pedro.

Raquel, una joven que desde hace 5 años vive en Boyle Heights y que igual que Juan Carlos Luna se identifica como "pachuco", dice que no le gustan los hipsters porque "no son auténticos" y ahora "demasiados se están mudando al barrio porque los alquileres son baratos".

Sonia, una artista de 28 años que pasea por la Plaza del Mariachi junto un amigo mientras hace fotos, dice que la oferta cultural en Boyle Heights ha mejorado y cada vez hay más proyectos interesantes en la zona.

Esta joven de familia mexicana asegura que tampoco se identifica como "chipster" porque "la palabra tiene una connotación negativa", ya que "los hipsters se apropian de elementos culturales que no les pertenecen".

"La gentrificación no es positiva ya que hace que se eche de sus casas a gente honesta y trabajadora para que las ocupen personas con más dinero que no crecieron en el lugar y no aprecian la historia", argumenta.

A tenor de lo que cuentan los jóvenes que viven en Boyle Heights, cabe preguntarse si esos "chipsters" de los que hablan los medios son reales o si tan sólo una excusa para explicar la transformación de un barrio de clase trabajadora que, como muchos otros, quizás pronto lo deje de ser.

BBC Mundo
Los Angeles, California
Sábado 25 de abril de 2015.

En la antesala de los Óscar, la prensa extranjera de Hollywood premiará lo mejor del cine y la TV.

Este domingo se entregan los Globos de Oro, galardones a lo mejor del cine y la televisión de la Asociación de Prensa Extranjera de Hollywood y que a la vez sirven como preámbulo para las predicciones de los posibles ganadores del premio Óscar de la Academia.

La 72. ª edición de los Globos tendrá su gala en el hotel Beverly Hilton de Los Ángeles (EE. UU.) y contará con la presentación de las actrices Tina Fey y Amy Poehler. Se emitirá mañana por el canal de televisión paga TNT, a las 7 p. m.

La cinta Birdman, protagonizada por Michael Keaton y dirigida por el mexicano Alejandro González Iñárritu, tiene siete nominaciones, entre las que se destacan las de mejor película de comedia, mejor actor y mejor director. A muchos les suena que el premio quede en manos de Keaton, un gran intérprete que andaba un poco perdido y que con este filme reactiva su carrera, casi siguiendo la trama esencial de Birdman, que gira en torno a un actor en busca de revivir su brillo.

Muy cerca también está el drama familiar Boyhood, que tiene seis nominaciones. Dirigido por Richard Linklater, este filme llama la atención porque se rodó en un lapso de 12 años para capturar las transformaciones físicas y emocionales de sus protagonistas. El experimento temporal de filmar en todo ese tiempo se complementa con una historia de vida sencilla y profunda. Puede ser otra de las afortunadas de la noche.

Pero no hay que olvidar a Perdida, el drama de un esposo acusado de la desaparición de su mujer. Este filme va por cuatro reconocimientos, pero tiene casi seguro el de mejor actriz para Rosamund Pike, luego de representar a una esposa que no es todo lo que parece. Ella le podría aguar la fiesta a Jennifer Aniston (que muestra un matiz dramático en Cake), a Felicity Jones (La teoría del todo), a Julianne Moore (Still Alice) y a Reese Witherspoon (Wild), esta última, quizás, la contrincante más fuerte de Pike.

En el apartado de mejor actor de drama, Benedict Cumberbatch, protagonista de El código enigma, acerca del hombre que descubrió un código de los nazis y que acabó con la Segunda Guerra Mundial, tiene muchos fanáticos convencidos de que se va a llevar el Globo de Oro. Al igual que Steve Carell, por Foxcatcher, que demostró que se mueve sin problemas en el drama duro a pesar de ser famoso por la comedia.

Entre las sorpresas del grupo de nominados este año se destaca la poca trascendencia que tuvo el filme Interestelar, de Christopher Nolan, que solo va a optar por el premio a la mejor banda sonora; la nominación de la niña Quvenzahné Wallis (que a los 9 años fue candidata a un Óscar), protagonista de la nueva versión cinematográfica del musical Annie, que no ha tenido buena crítica.

Una de las categorías más difíciles será la de mejor película de animación, ya que se enfrentan Grandes héroes (Big Hero 6), Los Boxtrolls, Cómo entrenar a tu dragón 2, La película de Lego y El libro de la vida, películas con un desarrollo argumental y visual muy interesante.

En la televisión, es posible que la serie Fargo, basada en el filme de la famosa película de los hermanos Joel y Ethan Coen, sea la protagonista de la noche, ya que compite por el premio a mejor miniserie y mejor actor, con Mark Ruffalo y Martin Freeman.
Tampoco se quedaría por fuera de los reconocimientos True Detective, con otra pareja de peso: Woody Harrelson y Matthew McConaughey.

Por su parte, la plataforma en internet Netflix mueve sus fichas con House of Cards en el grupo de los candidatos a mejor serie dramática, mejor actor (Kevin Spacey) y mejor actriz (Robin Wright). Así como Orange is the New Black, en los de mejor comedia, mejor actriz (Taylor Schilling) y mejor actriz de reparto (Uzo Aduba).

En el grupo de los actores de comedia la lucha será entre Louis C. K. (por Louie), Don Cheadle (por House of Lies), Ricky Gervais (por Derek), William H. Macy (por Shameless) y Jeffrey Tambor (por Transparent). Esta última, la novedosa apuesta de Amazon, tendría la mayor opción de quedarse con el Globo de Oro, al ser considerada una de las revelaciones del año. En esta edición no se tuvo en cuenta a Modern Family ni a Brooklin Nine-Nine.

El Tiempo
Bogotá, Colombia
Sábado 10 de enero de 2015.

Las fotos se tomaron en una sesión maratoniana de 12 horas en una suite

En la suite 261 del Hotel Bel-Air de Los Ángeles, Bert Stern fotografió 2.571 veces a una rubia de 1,66 metros de altura y 53 kilos de peso.

La chica tenía un lunar en la mejilla izquierda, sonreía y bebía champán. Se dejó retratar desnuda, muchas veces. Incluso mostró a la cámara una cicatriz de siete centímetros en el abdomen; una marca que la humanizaba.

La modelo, entonces casada con Joe DiMaggio, se llamaba Marilyn Monroe. Aquella sesión de fotos memorable, que se desarrolló en tres días y se conoce como “The Last Sitting”, tuvo lugar a finales de junio de 1962. Algunas de esas instantáneas salen ahora a la venta en una galería parisina.

Marilyn tenía 36 años y seis semanas después moriría por una sobredosis de barbitúricos que el forense calificó de “probable suicidio” y que todavía se sigue relacionando con el presidente estadounidense John Fitzgerald Kennedy y con su hermano Bobby.

Durante aquellos posados, Stern combatía el cansancio con dextroanfetamina. El retratista había mecido la sesión con vodka y champán hasta acomodarla en un territorio más sensual.

Quería fotografías carnales del mito y también acostarse con Marilyn Monroe. Consiguió solo lo primero.

Hacia las tres de la mañana la actriz entró en su juego. Agarró un fular transparente, le miró a través de la tela y le preguntó si le apetecía hacer desnudos.

Al fotógrafo, que tenía 32 años, se le abrieron las puertas del cielo. Era consciente de que tener a Marilyn desnuda en una habitación de hotel y a merced de su cámara era “una experiencia única en la vida”, contaría después.

Pero a ella le entraron dudas: recelaba por una señal que le había dejado una reciente operación de vesícula. Stern le dijo que retocarían las imágenes para borrarla y Marilyn consultó a su peluquero, George.

“¿Qué piensas sobre hacer desnudos con cicatrices?”, le preguntó la estrella.

“Divino”, contestó George.

Stern no se acostó con Marilyn. La dextroanfetamina le quitó el apetito sexual, cuenta en la versión corta. Ella jugó con el fotógrafo y después le rechazó, reza la versión larga.

La musa le negó sus favores, pero le permitió que firmase algunos de los retratos más eróticos de Marilyn Monroe, un nombre que rima con deseo.

El fotógrafo, el peluquero, la actriz y los Kennedy están muertos. Pero algunos de esos desnudos, un reportaje que la revista “Vogue” tardó dos décadas en publicar, colgarán desde el martes y hasta el próximo 25 de febrero en los muros de la Galerie de l’Instant, que celebra su décimo aniversario con la exposición “Inoubliable Marilyn”.

La muestra arranca con retratos tomados en 1946 por Andre de Dienes, con una Marilyn de 20 años escondiéndose tras un jersey de lana, y termina con la sugerente sesión de Stern.

Entre medias, instantáneas y posados firmados por Sam Shaw, Philippe Halsman, Carl Perutz, George Barris, Ted Baron, Milton Greene, Laurence Schiller y Weegee resucitan a la rubia más célebre del siglo XX.

La actriz se muestra recostada en su segundo marido, el dramaturgo Arthur Miller, lanzando un impetuoso beso a la cámara, tocada con una florida pamela blanca, dejándose acariciar por las olas en la orilla del mar, sonriendo delante de un pastel de cumpleaños rematada con bengalas…

“Marilyn no deja de emocionarnos, de fascinarnos. Su aura atraviesa el tiempo y las generaciones como por arte de magia”, resume la galerista Julia Gragnon, que espera ingresar unos 300 euros por las fotografías más asequibles y hasta 100.000 por la más cara.

EFE
Javier Albisu
País, Francia
Sábado 6 de diciembre de 2014.

 

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