•    Tom Wolfe: Punto final al viejo nuevo periodismo

•    Tom Wolfe: Un icono lleno de contradicciones

•    Tom Wolfe, gran intérprete de la sociedad estadounidense, muere a los 88 años.

•     Cáustico y brillante, creó escuela con sus artículos y triunfó con 'La hoguera de las vanidades'.

Thomas Wolfe era un icono. Su vestimenta, a mitad de camino entre el dandi y el clown, según quien la juzgara, era reflejo adecuado de las contradicciones de su estilo.

Tom Wolfe, el dandi de traje blanco que revolucionó el oficio de cronista en los sesenta, murió el lunes en Nueva York a los 88 años. Cáustico, brillante, demoledor, narró con audacia la sociedad estadounidense tanto desde la realidad como desde la ficción, con libros de gran éxito (La hoguera de las vanidades o Elegidos para la gloria) y artículos de leyenda. Su agente literario, Lynn Nesbit, informó del fallecimiento a causa de una infección, sin aportar más detalles. Con Wolfe se va uno de los últimos precursores del nuevo periodismo, ese club de reporteros que decidió aplicar a la prensa las técnicas de la novela.

Nació en 1930 en Richmond, la capital del Estado de Virginia, y era nieto de un carabinero confederado. Se doctoró en estudios americanos por Yale y, tras comenzar trabajando de redactor de un periódico de Massachusetts llamado Springfield Union, a mediados de los 60 dio el salto a revistas como New York y Esquire. Se lanzó entonces a explorar nuevas formas de narrativa periodística.

Un reportaje de Gay Talese de 1962, sobre el boxeador Joe Louis, le abrió esa veta: vio que se podían contar las noticias, las historias de la calle, de otra forma. Así comenzó a cultivar unos textos preciosistas en las descripciones, que desarrollaban los personajes y jugaban con el punto de vista. Importó, en definitiva, las fórmulas de la literatura de ficción a la crónica de los hechos. Junto a Talese, Truman Capote o Joan Didion, cimentó un nuevo estilo que plasmó en el libro El nuevo periodismo. En 1987 dio el salto a la ficción con La hoguera de las vanidades, su obra más conocida y aún considerada como la gran novela de Nueva York, que, a partir de un joven triunfador que atropella a un chico negro en el Bronx, cuenta las cloacas de la metrópolis.

Escribía con bisturí y mala sombra. Así diseccionó sin piedad la opulencia cínica de Nueva York en La hoguera, los conflictos raciales de Atlanta (en Todo un hombre) o, ya en su última etapa, descuartizó Miami para hablar de la inmigración (en Bloody Miami). Así se pronunciaba también sobre cualquier asunto político o social de actualidad, mordaz, penetrante. “Un intelectual es alguien que sabe sobre un asunto, pero que, públicamente, solo habla de otras cosas. Y cuando [ Noam] Chomsky empezó a denunciar públicamente la guerra, ¡de repente se convirtió en un intelectual! Aquí un intelectual tiene que indignarse sobre algo”, apuntó en una extensa entrevista con EL PAÍS, en 2005.

Su actitud literaria y vital, de pura sátira, le granjeó críticas y adversarios, como recuerda su legendaria enemistad con el también periodista y escritor Norman Mailer. Wolfe pisó muchos callos. Uno memorable fue el de la crónica de 1970 en The New York Magazine titulada Estas veladas radicales chic, en la que relató cargado de ironía la fiesta que Leonard Bernstein y unos amigos de la crema estadounidense habían organizado en la elegante casa del compositor en Manhattan, un dúplex de 13 habitaciones ubicado en Park Avenue, con el fin de recaudar fondos para los Panteras Negras. El texto destrozó a sus protagonistas y la expresión radical chic se popularizó. Según Wolfe, le empezaron a llamar conservador a partir de entonces. “Muchos me preguntaron: ‘¿Cómo pudiste hacerles quedar mal?’ ¿Yo? ¿Acaso invité yo a los Panteras Negras a mi casa para que me entretuviesen? Lo hicieron ellos, porque pensaron que era muy chic”, decía en otra entrevista en 2014.

Burla de todo lo establecido

Había crecido en un ambiente religioso y conservador, no tenía problemas en defender su voto a George W. Bush y la decisión de atacar Irak ni en burlarse de todo lo establecido. Llevaba casado desde 1978 con Sheila Berger, que fue directora de arte de la revista Harper, con la que tuvo dos hijos. En los últimos años vivía bastante retirado de los focos en su lujoso piso del Upper East Side, pero nunca, ni en sus últimas apariciones, se le podía ver sin esos elegantes trajes blancos y sombreros, marca de la casa.

La puntuación hiperbólica y el uso histriónico de las onomatopeyas han envejecido peor, pero su forma de narrar la vida, en textos de largo aliento, prolijos en detalles, y aun así llenos de energía, es adorada en las facultades de periodismo, donde El nuevo periodismo sigue siendo un manual de referencia. El nuevo-nuevo periodismo, el que empezaba a adaptarse a la revolución digital, sin embargo, no acababa de gustar a Wolf de los últimos años, quien lo veía sinónimo de prisas y brevedad, incompatibles con su concepción del relato. También abominaba del uso de la primera persona.

Otros cambios sorprendían al viejo Wolfe. En 2013, en una presentación en Barcelona de su libro Bloody Miami, alguien preguntó por una posible independencia de Cataluña. “Si Nueva York tiene un alcalde blanco [Bill de Blasio] casado con una intelectual afroamericana que antes decía que era lesbiana y con un hijo con peinado afro quiere decir que el mundo está cambiando y también os podría pasar a vosotros”, dijo.

Y más sorpresas sacudirían Estados Unidos años después. Tom Wolfe ha muerto con Donald Trump, un personaje tan prototípico de La hoguera de las vanidades, la encarnación pura del yuppie Sherman McCoy, sentado en la presidencia de Estados Unidos. Es un epílogo perfecto para la sátira de Wolfe.

Un icono lleno de contradicciones

Tom Wolfe deploraba la pusilanimidad de los novelistas contemporáneos

En plena resaca del éxito de su obra más conocida, La hoguera de las vanidades (1987), Tom Wolfe publicó su manifiesto sobre el arte de escribir novelas: como dejaron sentados los grandes del género, Charles Dickens, Honoré de Balzac o Émile Zola, se trataba de adentrarse en los escondrijos del sistema social y, con la ayuda de una pluma y un cuaderno, documentarse. Deplorando la pusilanimidad y el ombliguismo de los novelistas norteamericanos contemporáneos, invocó el ejemplo de Zola, quien en 1884 descendió a las minas de Anzin a fin de documentarse para escribir Germinal: “Se necesita un batallón de zolas para adentrarse en este país tan salvaje, extraño, imprevisible y barroco, y reclamar lo que nos pertenece. Si los novelistas no hacen frente a lo obvio, la segunda mitad del siglo XX pasará a la historia como la época en que los periodistas se adueñaron de la riqueza de la vida norteamericana usurpando los recursos de la literatura”. Al poner en práctica sus ideas, Wolfe revolucionó la expresión periodística de su tiempo.

Reducido al máximo, el entonces naciente Nuevo Periodismo consistía en reconocer que, como verdadero intérprete de los nuevos tiempos, el periodista tenía la obligación de imprimirle al lenguaje de la no ficción el rigor y la perfección artística hasta entonces reservados al discurso novelístico. Ha transcurrido más de medio siglo desde entonces, pero la lección de Wolfe y quienes junto a él gestaron tal cambio, sigue vigente. Doctor en literatura por Yale, el escritor sabía perfectamente lo que hacía. Se inició en el periodismo haciendo reportajes para The Washington Post. En 1962 se trasladó a Nueva York, donde sus colaboraciones para el Herald Tribune, lo convirtieron —para bien y para mal, nunca le faltaron enemigos— en el centro de atención de los círculos literarios del país. Su singularísimo estilo —lenguaje delirante, ingenio maléfico y burlón, una perspicacia inigualable para llegar al fondo de personas y cosas, un dominio magistral de la sátira y la ironía— crearon escuela. Las revistas más prestigiosas del país, Esquire, New York y Rolling Stone compitieron ferozmente por su firma. Wolfe llegó hasta el fondo en la disección de fenómenos de gran complejidad: la generación beat; la cultura de las drogas; los Panteras Negras; la contracultura de los años sesenta; la carrera espacial; el mundo del arte, la lacra inextirpable del racismo; la vida universitaria. Sus títulos, muchos de ellos trabalenguas intraducibles (The Electric Kool-Aid Test, The Pump House Gang, Radical Chic & Mau-Mauing the Flak Catchers, Mauve Gloves and Madmen, Clutter and Vine), etiquetaban a la perfección su estilo: delirante, único y, pese a sus muchos imitadores, irrepetible.

Provocativa y demoníaca, su risa daba al traste con todo. Sobre todo, Thomas Wolfe era un icono. Su vestimenta, a mitad de camino entre el dandi y el clown, según quien la juzgara, era reflejo adecuado de las contradicciones de su estilo. Como novelista, su triunfo fue desmesurado, aunque cada título despertó menos interés que el anterior. Para muchos, su primera novela, Lo que hay que tener (1979), sigue siendo la mejor. La que más proyección le daría fue sin duda La hoguera de las vanidades (1987). Lo que vino después: Todo un hombre (1998), Soy Charlotte Simmons (2004), Bloody Miami (2012), evidencian una progresiva pérdida de fuerza.

Desde las páginas del The New Yorker, John Updike lo fulminó sin contemplaciones, pero jueces tan severos y respetables como Norman Mailer o Harold Bloom supieron ver en él a un novelista de talento. Probablemente, fue Mailer quien lo diagnosticó mejor al señalar que el problema consistía en que Wolfe había optado por escribir mega-best-sellers, y estaba condenado a padecer las consecuencias.

El País
Amanda Mars
Eduardo Lago
Washington, DC. EU.
Martes 15 de mayo de 2018.

Octavio Paz

Artículo de Octavio Paz, que escribió hace 32 años.

"Ahora, los temblores del 19 y el 20 de septiembre nos han redescubierto un pueblo que parecía oculto por los fracasos de los últimos años y por la erosión moral de nuestras elites. Un pueblo paciente, pobre, solidario, tenaz, realmente democrático y sabio. La sabiduría popular no es libresca ni moderna, sino antigua y tradicional. Es una mezcla de estoicismo, silenciosa energía, humor, resignación, realismo, valor, fe religiosa y sentido común. Ese sentido que, precisamente por ser común, es comunal, comunitario

La reacción del pueblo de la ciudad de México, sin distinción de clases, mostró que en las profundidades de la sociedad hay -enterrados, pero vivos- muchos gérmenes democráticos. Estas semillas de solidaridad, fraternidad y asociación no son ideológicas, quiero decir, no nacieron con una filosofía moderna, sea la de la Ilustración, el liberalismo o. las doctrinas revolucionarias de nuestro siglo. Son más antiguas, y han vivido dormidas en el subsuelo histórico de México. Son una extraña mezcla de impulsos libertarios, religiosidad católica tradicional, vínculos prehispánicos y, en fin, esos lazos espontáneos que el hombre inventó al comenzar la historia. Kropotkin y santo Tomás, Suárez y Rousseau, suspendiendo por un momento sus disputas, habrían aprobado con una sonrisa conmovida la conducta del pueblo. Las raíces comunitarias del México tradicional están intactas. La acción popular recubrió y rebasó en unas pocas horas el espacio ocupado por las autoridades gubernamentales. No fue una rebelión, un levantamiento o un movimiento político: fue una marea social que demostró, pacíficamente, la realidad verdadera, la realidad histórica de México. O, más exactamente: la realidad intrahistórica de la nación. La enseñanza social e histórica del sismo puede reducirse a esta frase: hay que devolverle a la sociedad lo que es de la sociedad.

Los gérmenes del renacimiento están en el origen. Son los de nuestro comienzo. Han sobrevivido a muchas desdichas y tradiciones, a la seducción de la falsa modernidad y a las simplificaciones de las ideologías. Hay que preservarlos y vivificarlos. Sería funesto que se desvaneciesen o volviesen a ocultarse. De ahí que sea indispensable que en la tarea de reconstrucción-rectificación que será larga y penosa, participen todos los distintos grupos sociales. Tenemos que encontrar nuevas vías de participación popular. Es inaplazable asimismo que las autoridades oigan la crítica y acepten la fiscalización de la sociedad. Si el Gobierno quiere reconquistar la confianza popular y no exponerse (y exponernos) a un estallido más grave y profundo que el temblor, debe mostrarse más abierto y flexible. El Gobierno no es una fortaleza, sino un lugar de encuentro. No pido que abdique de su autoridad, sino que la comparta, que sea más atento y sensible a las voces de los que están fuera. El temblor sacudió a México, y entre las ruinas apareció la verdadera cara de nuestro pueblo: ¿la vieron los que están arriba?

* Este artículo apareció en la edición impresa del Periódico El País del Jueves, 10 de octubre de 1985.

El País
Ciudad de México
Domingo 24 de septiembre de 2017.

Gilda Melgar    

Después de leer su novela más famosa --Seda--, me hice fan de Alessandro Baricco, el escritor italiano cuyos relatos “envuelven” y transportan. Con historias, épocas y personajes diferentes en cada una de sus entregas, su narrativa me hace vibrar, sentir, soñar y hasta “revivir” algún episodio de mi vida. Pero también me ha permitido “conectar” con mi humanidad.

Hace unos días terminé la lectura de La esposa joven, publicada en español por Anagrama en 2016 y, tal como sucedió con otras de sus historias, ésta me atrapó desde el principio. Sólo que esta vez, Baricco también logró que me conectara con mi “animalidad”. Esa que los hedonistas no podemos negar, pues gran parte de nuestra felicidad proviene del placer físico, aunque para gozarlo sin culpa y darle un aire intelectual (de seres pensantes además de sintientes), tengamos que contextualizarlo histórica y socialmente.

En La esposa joven, Baricco cuenta la historia de una mujer de 18 años que viaja de Argentina a Europa a principios del siglo XX con el objeto de casarse con el hijo mayor de una familia aristócrata. Al llegar a la villa italiana donde vive su futura familia política, la joven se entera de que su prometido está de viaje de negocios, sin que se sepa con certeza la fecha de su regreso. Así, ella inicia una larga espera en compañía del padre, la madre, la hermana, el mayordomo y el tío de su prometido. Personajes excéntricos de cuya compañía aprenderá el arte de vivir, despertando a la vida adulta, absorbiendo la sabiduría de cada uno de ellos para convertirse en mujer.

Esta familia aristócrata vive instalada en il dolce far niente (lo dulce de no hacer nada) y los placeres mundanos --aunque también goza de la cultura y la vida social ilustre--, los cuales disfrutan a través de ritos y rituales. El más importante del día es el desayuno, que tiene lugar en un gran salón donde el mayordomo sirve --sin falta y en un día cualquiera-- tostadas de pan, rizos de mantequilla, mermelada de nueve frutas, miel y puré de castañas, un “croissant incomparable”, crema batida, fruta de temporada cortada en “geometría simétrica”, lonchas de jamón, quesos frescos y un Stiltton, fruta confitada en vino tinto, leche, café, helados, pralinés suizos y chocolate caliente. Odian el té, más el de manzanilla, que reservan sólo para los enfermos.

Todos bajan al salón aún en pijama e incluso sin lavarse la cara. El tío, por ejemplo, lee el periódico mientras mastica y, a ratos, duerme otra vez. Tal como la mañana avanza, la familia recibe toda clase de visitas, amistosas o de negocios, para las cuales siempre está lista una botella fría de champán. “La frescura de la mantequilla y el mítico punto de cocción de las tartas” son la amabilidad con la que --a pesar de su arrogancia de recibir en ropa inapropiada-- aquéllas se sienten bienvenidas. El ritual del desayuno se prolonga hasta las tres de la tarde, hora en que el padre atiende sus negocios. Y es que la noción del tiempo para esta familia “es sólo una sucesión de días”, porque su objetivo siempre es vivir uno solo, perfecto, hasta el infinito. Y con ese afán, lo único importante es llevar una vida relajada, rendida al cuerpo.

Aunque la época en que transcurre la historia sólo las clases privilegiadas podían tirarse a il dolce far niente o gozar de la cultura y la ilustración, también los placeres animales del sexo, el dormir y el comer (como bien lo ilustra el festín del desayuno) son ampliamente valorados en la familia política de la joven esposa. Durante la espera de su prometido, ella experimenta su despertar erótico “de la mano” de su cuñada y suegra. Los pasajes en que ambas la instruyen en el poder de la belleza y el cuerpo femenino ante los hombres --indicándole cómo usarlo a su favor-- se leen sin aliento, al filo de la silla, aunque de un modo distinto al erotismo sutil presente en la “carta”, casi al final de Seda. Aquí, si bien la descripción de las escenas eróticas es descarnada, no deja de ser bella, al igual que en su best seller.

Cien años después de la época en que se sitúa la historia, los seres comunes y mortales del siglo XXI gozamos de un derecho laboral llamado vacaciones, en el que, por fortuna y en teoría, podemos dedicarnos a la ociosidad, a la dolce far niente. Conforme avanza la socialización de los bienes y derechos, especialmente las clases medias tenemos mayor acceso a los placeres hedonistas, y por eso tengo en la mira replicar en mi mesa el festín matutino de Baricco.

Algunos críticos literarios dicen que sus novelas son simples y fáciles. Por mi parte carezco de toda autoridad para catalogar su obra en ese ámbito. Sólo sé que la principal razón por la cual disfruto a Baricco, fue dicha por él mismo en una entrevista que sostuvo con la BBC durante la presentación de La esposa joven, en Arequipa, Perú.

El entrevistador le preguntó: ¿Qué buscas cuando escribes? ¿Es la belleza lo que estás buscando como fin, como destino?

Y, Baricco, respondió: “Para mí, existe la realidad que nos rodea, que está aquí, llena de cosas palpables, como tú y yo sentados, conversando, y que intentamos comprender lo mejor posible…, porque cuando cruzas una calle, por ejemplo, es importante entender que se está acercando un auto.

“Pero también hay otra parte de la vida en la que no interesa tanto entender qué es real y que aparece cuando la realidad se gira y le ves la espalda.

“Mis libros son un poco así. Hablan de cierta realidad, después de que la he observado, la he volteado y he mirado lo que hay detrás.

Más que belleza, (lo que busco) es una fuerza, una intensidad. Yo creo que todos necesitamos intensidad. Sin ella, nos morimos”.

*Gilda Melgar

Diplomada en Pastelería y Panaderí­a. Gilda Melgar está siempre en busca del gozo culinario. Pone el ojo y el diente en nuevas propuestas para disfrutar y compartir su saber a través de los placeres de la mesa. A través de la literatura y del cine, evoca sensaciones y memorias gastronómicas que liga con sus recomendaciones.

Puebl@Media
Gilda Melgar
Ciudad de México
Martes 22 de agosto de 2017.


"La frontera en este año está más tensa que nunca, más nerviosa, en la paranoia", sostuvo Osorno

México. - La frontera de México con Estados Unidos necesita de la literatura y de la cultura para acallar la barbarie del narcotráfico y volver a humanizarse, aseguró hoy a EFE el periodista y escritor mexicano Diego Osorno.

"Hace falta mucha literatura, mucha cultura para volver a humanizar a la frontera", dijo Osorno sobre esta región de México en la que transcurre su novela "Un vaquero cruza la frontera en silencio. La historia de Gerónimo González Garza" (Random House, 2017).

Extendida por los estados de Coahuila, Nuevo León y Tamaulipas, la frontera noreste de México ha sido escenario de la violencia del narcotráfico con miles de muertos y desaparecidos además de que sus habitantes viven en permanente estado de miedo.

"Esa frontera, que está llena de masacres como la de San Fernando (estado de Tamaulipas, donde en 2010 se asesinó a 72 inmigrantes) que no se han podido contar, es donde metafóricamente suceden las historias del vaquero Gerónimo", apuntó el autor.

Osorno (1980, Monterrey) señaló que hay más lugares "complicados" a lo largo de la frontera de México con Estados Unidos, pero en ellas hay más literatura, como ocurre en Ciudad Juárez (estado de Chihuahua) y Tijuana (estado de Baja California), a la que pone a la vanguardia en la difusión de la cultura.

"La frontera mexicana, y remarco la frontera noreste, tiene una situación especial, extraordinaria que no se ha podido nombrar lo suficiente", argumentó el escritor en una conversación con EFE.

Osorno se declaró convencido de que la frontera mexicana con Estados Unidos, que abarca un total de 3.152 kilómetros, se encuentra hoy en medio de una transformación "de la que nos vamos a dar cuenta en los próximos años".

Como ejemplo de esta efervescencia apunta el descenso actual en el número de cruces de migrantes a Estados Unidos y la actividad del ejército mexicano que puede llevar a una militarización del combate a la migración, aunque admite que faltan elementos para esta afirmación.

"La frontera en este año está más tensa que nunca, más nerviosa, en la paranoia", sostuvo Osorno sobre esta región en la que transcurre la historia de "Un vaquero cruza la frontera en silencio. La historia de Gerónimo González Garza".

En esta obra, el silencio del personaje va aparejada al de una frontera que ahora parece "sorda" por el ruido provocado por el gobierno de Donald Trump que impide, como una especie de "silencio invertido", escuchar la problemática de la región, sostuvo.

Gerónimo, su tío en la vida real, es protagonista de un relato que, si bien puede leerse como una novela, "es una ficción real", explicó Osorno, autor de una vasta obra que comprende una biografía del multimillonario mexicano Carlos Slim.

En la obra, Gerónimo está marcado por ser un sordomudo de nacimiento, aunque a lo largo de la trama se observa cómo supera esta limitación de una forma muy rápida, cobijado por la familia, para adentrarse a Estados Unidos.

En 1969, Gerónimo cruza a Estados Unidos por una frontera que "era muy distinta" a lo que es hoy en día, ya que los mexicanos que eran deportados regresaban con relativa facilidad al no haber los controles de la actualidad.

Osorno relató que en esta obra ha pretendido presentar personajes alejados de los estereotipos, como un vaquero distinto a las novelas del género y un sordo distinto al de los manuales que combaten la discriminación, además de que se adentró en el mundo de los sordomudos.

Osorno ha sido reconocido como uno de los Nuevos Cronistas de Indias por la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano Gabriel García Márquez, ha recibido reconocimientos como el Premio Latinoamericano de Periodismo sobre Drogas, el Premio Internacional de Periodismo por los 35 años de la revista proceso.

Entre sus obras destacan "El Cartel de Sinaloa. Una historia del uso político del narco" (2010) y "País de muertos" (Debate 2011).

EFE
Ciudad de México
Viernes 21 de julio de 2017.


El periodista John Gibler presenta en España su libro 'Fue el Estado', sobre la matanza de Iguala

John Gibler (Texas, 1973) coge el teléfono en la Librería Libre de Santander, donde presenta su libro Fue el Estado (Pepitas de Calabaza, 2016), sobre la matanza de Iguala. Gibler vive en DF y trabaja en México: es, a todos los efectos, un periodista mexicano. En 2012 escribió Morir en México, un libro en el que escribe sobre los reporteros que se juegan la vida en el país. Uno de los protagonistas de ese libro, amigo suyo, murió asesinado el lunes en su ciudad, Culiacán.

Pregunta. ¿Cuándo vio por última vez a Javier Valdez?

Respuesta. En febrero grabé con él un programa de Al Jazeera. Conversamos mucho, pasamos dos días juntos. Estaba preocupado, pero él era un hombre tan generoso, tan chistoso, tan vivo. Llevaba el peso: cargaba el dolor de los años, de los muertos. Y quizá también sentía otro peso: el de estar fuera del Distrito Federal. En México el centro de atención siempre es el DF, y los reporteros que más se juegan son los que viven en los Estados. Él amaba Culiacán y nunca dijo nada de irse, pero sentía el dolor de ver cómo la maquinaria de violencia e impunidad se hacía con la sociedad. Quería retratar la muerte en vida, el miedo, el terror que provoca la violencia sin castigo.

P. El 90% de delitos contra periodistas y medios no se resuelve. Un periodista vive sabiendo que si le matan, al asesino no le va a ocurrir nada.

R. En México es infinitamente más peligroso investigar un asesinato que cometerlo. Publicar una nota sobre un asesinato que cometerlo. Hay más libertad de expresión para los asesinos que para los periodistas. Después de matar a Miroslava Breach [periodista asesinada delante de su casa en Chihuahua en marzo], su asesino siguió caminando por la calle tan tranquilo con un cartel debajo del brazo que era el supuesto narcomensaje.

P. Supuesto.

R. No sabemos quién era ese señor. No sabemos quién ordenó ese asesinato. Hay que tener cuidado para no caer en la trampa de distinguir entre narco y Estado. Ése es el gran mito. Porque justamente los reporteros que más están asesinando son los que investigan los puntos de fusión entre el Estado y el crimen organizado. Ése es el periodismo más peligroso en México.

P. Se sigue haciendo.

R. Lo realmente increíble es que haya tantas reporteras y reporteros mexicanos que se arriesgan, que no se entregan. En RíoDoce [periódico de Javier Valdez] no está la idea de que te vayan a matar por dar el nombre de algún narco o publicar por dónde reciben el cargamento de las drogas. ¡No! RíoDoce se ha caracterizado por investigar la participación de oficiales en la protección de la industria. Ésa es la zona más sensible y la más urgente de investigar.

P. La investigación de la matanza de Iguala, los estudiantes desaparecidos de Ayotzinapa, llega al presidente Peña Nieto.

R. Ocurrió meses después de publicar mi libro. Se tocó la Presidencia. La Procuraduría General de la República lleva dos años y siete meses intentando a través de la tortura y la mentira, con la siembra de evidencias falsas, imponer una versión absurda de ese crimen. Ha sido una versión rigurosamente desmantelada por investigaciones independientes. Y cuando se revelan las acciones del supuesto principal investigador, Tomás Zerón de Lucio…

P. ¿Qué acciones?

R. Por ejemplo. El 28 de octubre de 2014 llevó ilegalmente a un detenido a un lugar, el río de San Juan, cerca de Cocula, para hacer supuestamente una inspección. No dejó constancia en el expediente de nada: no hay ni documento ni oficio del día 28 de octubre. Y fotógrafos mexicanos lo grabaron señalando bolsas de plástico en las que supuestamente hay cenizas humanas, y un perito se lleva la mano a la bolsa y lo va mojando en el río… Algo totalmente descabellado. Y nada de eso se quedó en el expediente; fue un ensayo del supuesto hallazgo con restos humanos, del teatro que vendría después. Y cuando se descubre esto, el presidente de la República lo nombra consejero nacional de Seguridad. No es que lo proteja, es que lo asciende.

P. ¿Hay un porqué al crimen?

R. ¿Tú por qué quisiste ser escritor, por qué escribes libros y escribes crónicas? Ah, compa, por esto y por esto. Pero el problema de Ayotzinapa es otro. No sabemos a quién hacerle esa pregunta. El Estado encubre y protege a quienes realizaron esos hechos. No sabemos quién dio la orden a todos esos policías y al Ejército mexicano para que torturaran, mutilaran, mataran y desaparecieran a toda esa gente. Lo que los periodistas podemos hacer es investigar el qué: qué sucedió. Hagamos un análisis y una documentación a base de los hechos. Y lo que sabemos hoy es que no hubo ninguna confusión, como se dijo [se informó de que policía corrupta los entregó a un grupo narco que equivocó a los estudiantes con un grupo rival], sino un operativo de Estado.

P. ¿Usted por qué acaba en México?

R. Yo volví a México en 2006 para cubrir como reportero la campaña del Ejército Zapatista de Liberación Nacional. Yo fui a escribir, a escuchar y a contar movimientos de abajo, de campesinos, de lucha; movimientos hermosos, creativos. Yo no fui a México a contar el horror. Eso vino después. En los últimos 10 años yo y muchos tuvimos que escribir del horror porque lo último que podíamos hacer era cerrar los ojos y callar. Y en ese trabajo Javier Valdez fue un maestro. Compartió con nosotros sus ideas, sus estrategias, sus ganas.

P. ¿Se puede trabajar sin miedo?

R. Sentimos miedo. Lo que no puedes hacer es rendirte a ese miedo. Yo en Iguala tuve un miedo muy fuerte. Y lo que hice fue seguir. Y llegar a Cocula, aunque nos siguiesen tipos en camionetas con las ventanas polarizadas.

P. Tener presente la amenaza.

R. La primera vez que vi a Javier Valdez yo le pregunté si le habían amenazado. Él me dijo: “Compa, aquí no hace falta que te lo digan”. Vivir aquí, reportear aquí, llevar a tus niños a la escuela aquí, en un lugar en el que si te matan no pasa nada, es ya de por sí una amenaza. A mí me lo preguntan siempre: “¿Te han amenazado?”. En las presentaciones que he hecho en España, siempre. Y siempre cuento la respuesta de Javier, y a esas horas en Bilbao, ocho y media o nueve, cuando lo estaba citando, lo estaban matando a él en Culiacán. “Compa, aquí no hace falta que te lo digan”. Y lo estaban matando a él.

El País
Manuel Jabois
Madrid, España
Lunes 22 de mayo de 2017.


En su más reciente novela, el escritor español logró reconciliarse con su tío abuelo, un joven que se alistó en el ejército de Franco


Javier Cercas (Cáceres, 1962) logró ajustar cuentas con su pasado para reconciliarse con la memoria de su tío abuelo Manuel Mena, un joven de 17 años que al estallar la Guerra Civil Española se alistó en el ejército de Francisco Franco y participó en los combates más duros de la guerra, hasta perder la vida en la Batalla del Ebro, en 1938, quedando en el lado equivocado de la historia, reconoce el autor que se encuentra en México.

Ese ajuste llega con El monarca de las sombras, su novela más reciente, íntima e incómoda, donde recrea los pasos de Mena a base de una prosa hipnótica, afantasmada e hiperreal, en la que el autor plantea un diálogo entre ficción e historia, entre lo ético y lo moral, el mito y la realidad, el bien y el mal, para construir un puente entre memoria e historia que le permite mostrar cómo muchas personas eligen un lado equivocado… pero eso no las define en las peores personas.

Obviamente Manuel Mena fue engañado y enviado a la guerra como muchos otros niños”, ataja el autor, “porque las guerras las hacen los niños haciéndoles creer que son maravillosas y que solucionan los problemas, y les decimos que en éstas uno da lo mejor de sí mismo para defender la familia y nuestra patria… ¡Mentiras!”, afirma en entrevista el también autor de El vientre de la ballena y Anatomía de un instante.

Dulce et decorum est pro patria mori (Es dulce y honorable morir por la patria), dice el epígrafe de El monarca de las sombras. “Y en esa frase despiertan las mentiras con las que los adultos engañamos a los niños y los enviamos al matadero. Obviamente ese chaval fue víctima de eso y de una ideología tóxica llamada fascismo que prometía la gloria y terminó por crear un infierno”, abunda.

Pero en el fondo de esta narración belicosamente antibelicista, dice, hay un planteamiento y una pregunta esencial desde la épica, una pregunta sin respuesta que resuena en voz alta: ¿Merece la pena jugarse la vida a costa de valores en que uno cree?

Después aclara: “Pero lo que intenté con este libro es entender, no justificar. Ese chico se equivocó. ¡Mi familia se equivocó! Y entender eso es darme los instrumentos para no cometer los mismos errores. Porque para mí, la literatura es útil y sirve de mucho, siempre y cuando no intente ser pedagógica o propagandística”.

Y añade: En este viaje “entendí algunas cosas, pero todas son incómodas; las verdades de la literatura no son tranquilizadoras, sino desasosegantes, y entendí que se puede tener la razón política y no la razón moral, o se puede tener la razón moral… y no la razón política”.

El propio autor desglosa la idea: “Hoy sabemos que los republicanos españoles tenían la razón política, porque defendieron un sistema democrático frente a una agresión y un golpe que buscó una dictadura. Los republicanos tenían la razón política, mientras que Manuel Mena y mi familia… no la tuvieron. Se equivocaron y eso fue un error grave”.

Pero esto no significa que todos los republicanos fueran buenísimas personas. “Digamos que quienes asesinaban curas y monjas, a sangre fría, tenían una razón política, porque defendían una causa justa, pero no tenían la razón moral. Y a la inversa: hubo franquistas que se rebelaron contra un régimen democrático, quienes se equivocaron gravemente, pero lo hicieron creyendo que era lo mejor. Yo no podría decir que este chaval fuera peor persona que yo: él no tenía la razón política, pero no tengo ninguna razón para pensar que no tuvo la razón moral. Esto siempre ocurre así y por eso los infiernos se construyen con los mejores sentimientos”.

HERENCIA VIOLENTA
 
Para Javier Cercas, esta novela fue muy difícil y le llevó toda su vida literaria. “Desde siempre he tenido la figura de este personaje en la cabeza, porque mi madre —la verdadera protagonista de esta novela— me la heredó con un enigma en su interior: el símbolo de la adhesión familiar con una causa injusta: el franquismo”.

¿Yace en esta novela una parte de violencia y catarsis?, se le cuestiona al autor. “Digamos que esta historia también es símbolo de mi herencia más violenta. En el fondo esta novela habla de la herencia violenta con que todos cargamos”.

¿Por qué tardó tanto en escribirla? “Son muchos motivos. Uno es que no sabía cómo convertir esta historia tan personal e íntima, en universal. Porque eso hace la literatura ¿no? Aunque hablemos de un pequeño pueblecito donde todos están muertos, como en Comala, ahí estamos todos. Rulfo no habla de México, sino del mundo.

Además, había otro problema: la obligación de abordar el pasado más duro de mi familia, es decir, averiguar qué hizo mi familia durante la Guerra Civil, y asumir mi herencia de violencia, que es la más difícil, porque todos intentamos esquivarla”.

¿Por qué decidió dos narradores contrapuestos que tiraran de la historia? “Es verdad. Por un lado, hay un narrador con rostro de historiador, que es quien va al pasado y, con la mayor frialdad y distancia posible, lo reconstruye; es quien consulta documentos, me corrige y habla de mí en tercera persona. Mientras que en el otro lado hay un narrador llamado Javier Cercas —que soy yo o se parece a mí—, quien reconstruye el proceso (de escritura), como una especie de making off”.

Y añade: “Hace poco leí en una carta de Italo Calvino donde afirma que hay libros donde contar el proceso de hacer la novela es una obligación moral. ¡En ésta lo era! A lo mejor en todos los libros ésa es una obligación moral y estética”

¿Hay una lucha entre memoria e historia en El monarca de las sombras? “Más bien es un diálogo entre memoria e historia, ambas son complementarias y no enemigas. Considero que pueden y deben trabajar juntas con un fin: reconstruir la verdad de lo que pasó. En el fondo la novela es una batalla por rescatar un pasado irrecuperable; el pasado es un pozo oscuro en el que vemos destellos aquí y allá”.

¿Coincide en que las novelas son sueños o pesadillas que nunca terminan? “Es verdad y no acaban porque tiene prolongaciones inesperadas. Porque las novelas no sólo las escribimos los autores, sino también los lectores”.

Excélsior
Juan Carlos Talavera
Ciudad de México
Martes 23 de mayo de 2017.


Los festejos por el centenario de Rulfo se llevaron hasta el transporte público

Guadalajara. - Los festejos por el centenario de Juan Rulfo comenzaron desde temprano en la Zona Metropolitana de Guadalajara. La Secretaría de Cultura Jalisco (SC), con la finalidad de unir a todos los ciudadanos en la celebración, coordinó a bibliotecarios y mediadores de lecturas para compartir las tres obras del autor jalisciense: “Pedro Páramo”, “El llano en llamas” y “El gallo de oro”.

Los tres libros fueron repartidos de manera gratuita a los usuarios de la línea 2, desde la estación del tren Juárez hasta Tetlán, todo en el tren conmemorativo a Rulfo, que llegó a su primera parada alrededor de las 10:30 horas, tapizado con la imagen del autor y su nombre. Los mediadores de lectura se subieron a él para distribuirse por todos los vagones y enseguida, compartir con los usuarios con las ediciones conmemorativas de la editorial RM.

Poco antes del inicio, los hermanos Rulfo, Juan Carlos y Juan Pablo, junto con Myram Vachez Plagnol, titular de la SC, ofrecieron a los presentes unas palabras sobre la importancia del escritor en la literatura mexicana e incluso universal. Además, los hijos del autor afirmaron sentirse agradecidos con el evento y también sorprendidos al ver la imagen de su padre en un vagón del Tren Ligero.

Juan Vázquez Gama, director general de desarrollo cultural y artístico de la misma SC, explicó que la dinámica consistió no sólo en repartir libro, sino que los mediadores de lectura explicaron a cada usuario a quien se le entregaba un libro, que no era precisamente un regalo, sino un préstamo que después de leído debían compartir con alguien más. Con el hashtag #Rulfo100años se pretende seguir los pasos de cada libro. Dentro de cada uno se encuentra un sello con la explicación de la dinámica.

Muchos de los pasajeros que recibieron un ejemplar no conocían ni al autor ni los textos, por lo que los repartidores compartieron las tramas de los libros para motivarlos a conocerlo a través de la lectura de sus obras. Hubo otros usuarios que ya conocían la obra y les emocionó la idea de volver a sus letras. La mayoría de gente no dudó en comenzar a leer mientras llegaba a su destino, por lo que el tren estaba lleno de lectores de Juan Rulfo. Y así, comenzó una de las celebraciones de su centenario de la mejor manera: leyéndolo.

Además, por la tarde, esta dinámica se repitió, pero en la sala de lectura de la estación Juárez, los libros fueron repartidos alrededor de las 17:00 horas a los transeúntes.

El Informador
Guadalajara, Jalisco
Jueves 18 de mayo de 2017.


Javier Valdez, de la revista mítica Río Doce corresponsal de La Jornada en Sinaloa, fue asesinado esta tarde. El periodista contaba con un abundante trabajo sobre narcotráfico y violencia. El crimen de Valdez se da en un clima de violencia y de ataques directos al gremio periodístico. Este fin de semana siete periodistas fueron retenidos en Guerrero y uno más fue amenazado en Nayarit. La organización internacional Artículo 19 condenó el ataque y exigió a la Fiscalía de Sinaloa tomar como línea prioritaria la labor del periodista en la investigación del asesinato.

Ciudad de México. - El periodista de Ríodoce y corresponsal de La Jornada en Sinaloa, Javier Valdez Cárdenas, fue asesinado esta tarde en la calle Vicente Riva Palacio, entre Ramón F. Iturbe y Epitacio Osuna, de la colonia Jorge Almada en Culiacán.

De acuerdo con las autoridades, citadas por la prensa local, Valdez Cárdenas caminaba por la avenida Riva Palacio, en la colonia Jorge Almada, en Culiacán, cuando unas personas a bordo de un vehículo rojo le dispararon hasta arrancarle la vida.

Su cuerpo quedó tendido en medio de la calle a unos metros del diario Ríodoce.

Los responsables huyeron del lugar. En la escena del crimen quedaron varios casquillos de arma corta. Hasta el momento las autoridades no han dado información oficial sobre el asesinato.

El crimen de Valdez se da en un clima de violencia y de ataques directos al gremio periodístico. Este fin de semana siete periodistas fueron retenidos en Guerrero y uno más fue amenazado en Nayarit.

La organización internacional Artículo 19 condenó el ataque y exigió a la Fiscalía de Sinaloa tomar como línea prioritaria la labor del periodista en la investigación del asesinato.

Javier Valdez Cárdenas nació Culiacán, Sinaloa, en 1967. Licenciado en Sociología por la Universidad Autónoma de Sinaloa. Como periodista, obtuvo numerosos premios en México y otros países, entre los que destacan el Premio Sinaloa de Periodismo y el International Press Freedom Award del Comité para la Protección de Periodistas, con base en Nueva York.

Apenas en octubre pasado, Javier dijo a la agencia EFE que el periodismo “valiente” y “digno” que se hace en México “no tiene sociedad alrededor, está solo”, y por eso cada vez es más escaso en un país donde el crimen organizado y los gobiernos corruptos imponen el silencio a punta de bala o dinero.

Dijo que el ejemplo más crudo de ello es la historia del fotógrafo Rubén Espinosa, quien “murió solo, sin dinero, pensando que la Ciudad de México era un santuario, un nido para seguir viviendo” luego de la persecución de que fue objeto en Veracruz.

Nunca pensó que el brazo criminal de esa región lo iba a alcanzar hasta la capital, pero lo hizo, dijo. “Rubén nos desnuda en medio del páramo”, aseguró en esa entrevista.

“El buen periodismo, valiente, digno, responsable, honesto, no tiene sociedad alrededor; está solo, y eso habla también de nuestra fragilidad, porque significa que si van contra nosotros o esos periodistas y les hacen daño, no va a pasar nada”.

Eso ocurre en Veracruz, una entidad que describe como “la sucursal del infierno -la más peligrosa del país para ejercer esta profesión, con 19 periodistas asesinados desde 2010-, pero también en el resto del país, donde suman 118 comunicadores muertos desde 2000, aunque con “matices”.

“No hay justicia”, ni siquiera “tratándose de periodistas asesinados que tenían nexos con el narco, porque los hay, o que eran corruptos o seguían el juego, la agenda de los grupos políticos y las pugnas con otros grupos de poder”, lamenta.

Publicó distintos libros sobre el narcotráfico, entre ellos, Miss narco (2009), Los morros del narco (2011), Con una granada en la boca: heridas de guerra del narcotráfico en México (2014) y Huérfanos del narco.

Malayerba reúne una selección de crónicas que se publicaron originalmente en el semanario Ríodoce, que Valdez Cárdenas fundó, con otros periodistas sinaloenses, en 2003.

“Javier Valdez Cárdenas es uno de los cronistas más interesantes de la actualidad; no se conforma con narrar hechos, sino que busca dar cuenta de los aspectos más íntimos de la vida cotidiana de una ciudad mexicana bajo el azote del narco: el paisaje humano, la transformación de los valores, el insólito lenguaje en que se narran los hechos más atroces y los más banales. Apunta, pues, al corazón de los lectores, dijo en la dedicatoria de ese libro Pablo Raphael.

UNA ÚLTIMA ENTREVISTA

Quien llegue al gobierno deberá negociar con el narco: Javier Valdez Cárdenas

Hace apenas unas semanas, el periodista conversó con Mónica Maristain, periodista de cultura de SinEmbargo. Hablaron justamente de Malayerba.

–Este es uno de tus libros más lindos.

–Quiero que sepas que a mí me pegó el editor con Malpaso/Jus cuando me dijo: lo editados con primor. Nunca había escuchado hablar con tanto cariño de los libros. Es un material además editado en España, que viene con un glosario gráfico para toda la gente que no entiende los términos. Se antoja.

–¿Eres persona especializada en el narco?

–Fíjate que yo siento que soy experto en gentes. Javier se ha especializado en contar la historia de las personas en el Narco. Sí tengo información de los capos, de las raíces, pero mi trabajo ha sido más la gente que ha padecido el narco.

–¿Y si no hubiera existido el narco?

–Hubiera contado igual historias de la gente. Me gustaría mucho una noche en vela buscando vagabundos o pasar una temporada en el manicomio o en una cárcel. Me gusta mucho esa vida y en esos lugares está el periodismo, en esos pasadizos secretos se encuentra nuestra profesión. Yo me inclino por esos escombros y buscar lo que quede de nosotros.

–De todos tus libros, ¿dónde dirías que está Malayerba?

–Malayerba es la madre de todas mis historias. Empecé siendo lo que soy escribiendo estas historias. Cuando fundamos RíoDoce me propuse hacer una columna dedicada al Narco. No sabía entonces lo que decía, pero poco a poco fue cobrando forma. Para mí esta es la simiente, la savia, de aquí yo he escrito todos mis libros como Miss narco o Huérfanos del Narco. Aquí escribí textos cortos, como una cachetada, con finales imposibles a veces. Son textos más narrativos, pero todos son reales.

–¿Qué es Malayerba?

–Somos nosotros y el narco nuestro de cada día. Así como hay un priísta en cada mexicano, aunque sea de izquierda, hay un narco en medio de cada mexicano. Esto creció y ya no se trata sólo de Sinaloa, del Norte, sino de todo el país. Es este narco nuestro mirándose en el espejo, reconociéndose. Somos nosotros sufriendo y gozando el narco.

–¿Qué dirías del Narco hoy, en medio de un gobierno con tan poca popularidad?

–Yo diría que el Narco, para mal, goza de mucha más popularidad y más fuerza que el propio Presidente de la República. Entró a todos los rincones, ahora el Narco moldea a las mujeres, escuché a una señora muy vieja criticar al gobierno porque había extraditado al Chapo.

–De todas maneras, extraditar al Chapo fue una especie de chupada de medias a Donald Trump y no dio resultado…

–Sí, efectivamente. El Narco sigue ahí, la violencia sigue regada por todo el país. En este país no hay más justicia, hay más muerte y más drogas. Eso es lo que hay.

–¿Qué dirías con lo que va a pasar con la política de Trump?

–Bueno, se vienen tiempos difíciles. Tenemos un gobierno débil que no se puede parar ante Trump, así que lo que se viene es difícil. Creo que es una vergüenza que gente que persiguió sus sueños regrese al país derrotada. Lamentablemente acá no tenemos trabajo ni para nosotros. ¿Cómo vamos a recibirlos? En el 2018 quisiera que ganara la izquierda, que realmente hubiera un cambio en el gobierno mexicano.

SinEmbargo
Ciudad de México
Lunes 15 de mayo de 2017.


Viaje al pueblo mexicano que inspiró la obra maestra de Rulfo

Lupe Mundo saca tres paladas de tierra, se detiene y aprieta su cara seca y arrugada como una cáscara de nuez.

 –Ahí abajito está el difunto–dice el enterrador de San Gabriel.

No recuerda cuántos años lleva limpiando tumbas ni cuál es el nombre del difunto. Un enterrador con huecos en la memoria y con un apellido metafórico y redondo. Mundo podría ser él mismo un personaje de Pedro Páramo, y ahí abajito podría transcurrir toda la novela entera. San Gabriel, el pueblo donde Juan Rulfo vivió de niño, es el escenario más parecido al pueblo imaginario de Comala, un purgatorio de almas pobres, un pueblo donde hablaban los muertos.

Soy algo que no le estorba a nadie. Ya ves, ni siquiera le robé el espacio a la tierra. Me enterraron en tu misma sepultura y cupe muy bien en el hueco de tus brazos.

A tres calles del cementerio, María Soledad Ramírez Vizcaíno, una sobrina segunda de Rulfo, recuerda en el patio de su casa lo que pensaba su abuelo Vicente sobre la novela: “Me da gusto que Juan sea famoso. Pero siento que lo que escribía eran puras mariguanadas, pues yo no entiendo lo que dice del pueblo”.

La perplejidad de Vicente la resuelve el catedrático Alberto Vital en su biografía canónica: “La ficción de Rulfo registra flujos subterráneos de México y San Gabriel representa sinécdoques, partes que contienen los elementos más comunes del conjunto”. Hay nombres, lugares y descripciones que coinciden con la tierra de la que se marchó a los 10 años después de morir sus padres. La tierra a la que volvería y volvería y en la que están ambientadas todas sus narraciones, pero no de manera literal. El Jalisco de sus novelas es una realidad decantada por la imaginación literaria.

La familia Pérez Rulfo Vizcaíno eran unos hacendados importantes que vieron cómo la Revolución y la guerra Cristera fueron devorando poco a poco sus vidas y sus propiedades. Hoy en San Gabriel el rastro familiar del escritor se pierde más allá de la casa de María Soledad.

“Cuando murieron los papas, mi bisabuelo mandó a los hermanos a estudiar fuera del pueblo porque el colegio de curas había cerrado por la revuelta. Mi tía Carmela no aguantó allí encerrada y murió de tristeza”, dice la sobrina, sentada junto a una tina de barro con una inscripción: San Gabriel 1873.

Para el que va, sube; para el que viene, baja

Antes de morir, la madre de Juan Preciado, el protagonista de la novela, había indicado a su hijo que bajando por el puerto de Los Colimotes encontraría el pueblo de su padre.

¿Cómo dice usted que se llama el pueblo que se ve allá abajo? Comala, Señor

El puerto de Los Colimotes es una de las entradas más antiguas a San Gabriel, un paso de ganado y viajeros a pie o a caballo. Empinada, una vereda de tierra de metro y medio con huellas de herradura deja a la izquierda la sierra madre Occidental y a la derecha, el cerro viejo y el cerrito de la cruz. Debajo, se abre la puerta de entrada al Llano Grande, el pueblo de San Gabriel.

A Juan Preciado, la llanura le pareció una laguna transparente deshecha en vapores. Es primavera y a media tarde el sol todavía golpea a 30 grados en la boca del llano. El pueblo es blanco alrededor de la iglesia y marrón como la tierra en las afueras. El camino está rodeado de mezquites, cactus pitayeros y acacias: plantas con espinas.

“Siempre reconoce uno el ombligo que Dios le dio”, dice Jaime Sedano, 68 años. Botas y bigote ranchero, es uno de tantos vecinos que regresaron, en su caso, después de tres décadas trabajando como zapatero en California. Porque los fantasmas de Rulfo también son las ausencias de los migrantes mexicanos.

Sedano dice además ser “de los pocos en el pueblo” que ha “leído y leído Pedro Páramo buscando qué quiere decir”.

¿Ve aquella loma que parece vejiga de puerco?

–Ese es el picudo

Pues detrasito está la Media Luna.

–Esa es una cejita de la sierra que parece una luna menguante.

El juego de analogías entre la obra y el pueblo llega a su propio apellido. Fulgor Sedano es la mano derecha y el administrador de la finca de Pedro Páramo, el cacique y el patriarca de Comala. Todos éramos hijos de Pedro Páramo

“Chaparrito y pelón, pero con mucho carácter y con mucho dinero”. Así recuerda Jaime a su padre: Lucio Sedano, que ahora tendría unos 100 años como Rulfo y que también fue el administrador de una finca. “En el libro cambió nombres. Yo imagino que a mi padre le puso Fulgor por la luz de Lucio”.

Un espantapájaros frente a las tierras de la Media Luna

La Media Luna es entonces esa cejita del cerro y, trasformada en literatura, también es la hacienda, los dominios –toda la tierra que se puede abarcar con la mirada– de Pedro Páramo.

Montado en un jeep gris, Luis Gabriel Ramos cruza el portón de madera de la hacienda de su familia. “Era una de las más bonitas del pueblo”, dice sin bajar del coche. Hace unos meses su hermano dejó entrar a unos hombres que estaban interesados en comprarla. “Les dio quebrada y tumbaron todo. Arrancaron hasta las molduras de las puertas porque pensaban que había dinero. Estaban bien locos, los cabrones”. En los pasillos unas sillas de montar cuelgan de una cuerda. Entre el corral y el patio para asolear el grano, sobre un muro de ladrillo, hay una cruz de madera de mezquite, medio tumbada, como vencida por el sol y polvo.

Ramos ha intentado enderezarla, pero su hermano le dijo:

–Así se queda hasta que se acabe

–¿Cuánto lleva abandonada esta hacienda?

–Desde que murió mi padre ya nadie le ha metido mano

Desde entonces la tierra se quedó baldía y como en ruinas.

Pero pasaron años y años y él seguía vivo, siempre allí

Como un espantapájaros frente a las tierras de la Media Luna

Me mataron los murmullos

No hay consenso en San Gabriel sobre la casa de Eduviges Dyada, la anciana que acoge a Juan Preciado al llegar al pueblo y que llevaba una virgen colgada del pecho con el letrero: Refugio de pecadores.

El libro dice: andando por la calle real, al cruzar una bocacalle, la casa que está junto al puente. Pues no está claro a qué lado del puente. Los familiares del Rulfo sostienen que es a la derecha, porque allí vivió una antigua tía del escritor. El ayuntamiento, que organiza cada año un escueto recorrido rulfiano, asegura que es a la izquierda, una actual tienda de artesanía que antes había sido un hostal.

Si el ayuntamiento tiene razón, en el cuarto vacío y sin puertas donde el protagonista pasa una noche escuchando los lamentos de un ahorcado, ahora hay 57 cristos en miniatura colgados en la pared.

El cura Ireneo Monroy escapó de San Gabriel en los años 30, pero dejó escondida su biblioteca en la casa de enfrente a la iglesia: la casa de la familia Rulfo. Allí, el niño descubrió a Dumas, Víctor Hugo, Buffalo Bill. “Todo eso lo leí yo a los 10 años, me pasaba todo el día leyendo, no podía salir a la calle porque te podía tocar un balazo. Yo oía muchos balazos. Después de algún combate entre los federales y los cristeros había colgados en todos los postes”, reconoció muchos años más tarde el propio escritor.

Del mismo color de la iglesia, blanca y roja, con las ventanas enrejadas en negro y tres moños negros colocados encima de cada una de las tres puertas, la casa no se abre desde que murió su última propietaria. “Mi abuela –cuenta la sobrina del escritor– se la vendió a la familia Ramírez Marcos, y al morir la madre dijo que no podía entrar nadie hasta dos años después de su muerte”.

Al cruzar la bocacalle vi una señora envuelta en un rebozo que desapareció como si no existiera

Olivia Cruz Sepúlveda tiene 42 años y aún recuerda cuando su abuela se ponía el rebozo para ir a la misa de las 7 de la mañana, pero nunca ha visto que desapareciera ninguna señora.

–Eso yo no lo he visto. ¿Qué quiere, que me desmaye?

A Juan Preciado le mataron los murmullos de Comala. Pueblo chico, infierno grande. En San Gabriel hoy continúan los murmullos:

–Pues los pobres trabajando y los ricos mirando

–En el seminario nos besaban la mano, nos daban pollito

–Yo llevo una vida bien perrona

–Huele a puerquito, huele a puro dinero

–Estamos amolados, estamos tristes

–Hubo mujeres bonitas que se quedaron de cotorras esperando a su príncipe

–No quedó nadie, nos comíamos los unos a los otro

–Mi tío se bañaba desnudo en dinero, se aventaba monedas y billetes

–Estas es Carmela, la que se murió de tristeza


¿Cómo se va uno de aquí?

Al despertar, Juan Preciado le preguntó a dos hermanos que dormían juntos cómo se salía de Comala. La hermana le explicó que, como en San Gabriel, hay multitud de caminos: Uno va para Contla, o para Tolimán, otro que viene de allá, ese llega a Ciudad Guzmán. Otro más que enfila derecho a la sierra, el de Tonaya. Y hay otro más, que atraviesa toda la tierra y es el que va más lejos. Hasta el mar.

Ni Juan Preciado ni nadie puede sin embargo salir de Comala porque no existe. En Comala no vive nadie y vivimos todos. Comala es un mito.

En el mapa simbólico de la novela, la elección del nombre también está imantada de significados. Comala puede asociarse a comal: “el lugar del comal”, unas planchas de barro cocido muy populares en la cocina tradicional mexicana. Los comales se ponen encima del fuego, alcanzan altísimas temperaturas y allí se tuestan las quesadillas o las gorditas. Los comales son circulares, como el tiempo del mito; y contienen fuego, como los volcanes. San Gabriel es una llanura rodeada de cuatro pequeños volcanes.

Hay un Comala geográficamente real, en el Estado vecino de Colima, a una hora y media en coche de San Gabriel. Es un pueblo blanco con palmeras, naranjos y una brisa húmeda por la cercanía de la costa. Rulfo quizá conoció el pueblo, pero sólo tomó el nombre para rellenarlo después a su medida.

San Gabriel es lo más parecido a Comala porque además su nombre ha sido flotante. Durante 60 años, se llamó Venustiano Carranza, en honor a uno de los próceres de la Revolución. Volvió a ser San Gabriel en 1993. Rulfo no llegó a ver la recuperación semántica. Él mismo decía:

–Soy de un pueblito que hasta el nombre ha perdido.

El País
David Marcial Pérez
San Gabriel, Jalisco, Mx.
Domingo 14 de mayo de 2017.


Durante su paso por España, el escritor y director señala los problemas que enfrenta nuestro país

Madrid. - El escritor y director de cine mexicano Guillermo Arriaga aseguró que la corrupción “tiene que ser castigada de la manera más severa posible” porque es “uno de los actos más vergonzosos que puede haber”.

Arriaga, autor de los guiones de la trilogía “Amores perros”, “21 gramos” y “Babel” y de la novela publicada este año “El salvaje”, mantuvo una charla con los medios de comunicación previo a la clausura del Festival de las Letras de Bilbao, “Gutun Zuria”, en la que repasó los temas de su obra y la actualidad.

“El Salvaje” es una novela que, según su autor, “trata de la intolerancia, que viene de una profunda inseguridad. Convertir al otro en tu enemigo es más fácil que descubrir cuáles son las carencias de tu realidad”.

“Si se crea un proceso de empatía, es más probable que tus visiones cambien. Lo traté de hacer en ‘Los tres entierros de Melquiades Estrada’, en la que el asesino del migrante tiene que hacer el viaje del migrante a la inversa y entender lo que ha pasado el migrante”.

“Todos esos políticos racistas americanos, en el momento en el que les lleves a convivir un mes con la familia Estrada, campesinos analfabetos, y ver como esta gente te da la mitad de su comida, por muy poquita que sea, y que se baja de su cama y duerme en el piso para que tú puedas dormir, cambiarían radicalmente su opinión sobre los migrantes”.

También Europa, sostiene Arriaga, “tiene que darse cuenta de que la migración vino a refrescar la cultura, el arte y hasta el deporte. Si piensa en Francia, decía Le Pen que eran los africanos los que ganaron la Copa del Mundo, la ganó un equipo de emigrantes empezando por Zidane; refrescan a una sociedad, no solo traen problemas como una parte de la sociedad piensa”.
 
Otros de los temas recurrentes en su obra son la corrupción y la impunidad, que hoy “desgraciadamente se han agudizado; nunca había visto a mi país tan corrupto, o quizás gracias a las redes sociales y los celulares ahora es más fácil saber que ahí está”.

“La corrupción es uno de los actos más vergonzosos que pueda haber. Que alguien sea político con tal de robarse el dinero de las arcas, de gente que ha pagado sus impuestos, que ha entregado su dinero de buena fe, me parece lo más vergonzoso”.

El también realizador remata asegurando que “la corrupción tiene que ser castigada de la manera más severa posible. No un castigo como inhabilitado para cumplir funciones públicas por cinco años, ¿es eso un castigo?”.

Horrores del Norte

Arriaga también es uno de los críticos más acérrimos de Donald Trump. “Trump va a 180 kilómetros por hora a estrellarse contra el muro. Ahora dice que la realidad no era tan fácil. Dice que el TLC es un tratado injusto, ¡pero si las reglas las dictaron ellos, y ahora nosotros somos culpables!”

Para el escritor, terminar con el TLC provocaría “una crisis de proporciones inéditas, una depresión tan feroz como la de 1929. Trump no ha tenido en cuenta que somos el segundo socio comercial. Si México deja de comprar productos americanos, va a haber una crisis severa”.

Por ello, considera que “México también está en una posición de fuerza. Si los turistas mexicanos dejan de viajar a Estados Unidos, colapsan muchos negocios. Si dejamos de comprar maíz a Estados Unidos, quiebran los condados que votaron a Trump. México no es el más débil, tiene posibilidades de negociar y hacer entender a Trump que a nadie conviene romper lo que esta reglado”.

Para Arriaga, el presidente estadounidense “tiene que darse cuenta de que el sistema capitalista internacional está equivocado, no es solo el TLC; el reaganismo de convertir al mundo en un mundo de empleados en lugar de pequeños propietarios no funcionó”.

EL DATO

Encanta con su “Salvaje”

El paso de Guillermo Arriaga al mundo de la literatura ha sido, de momento, bastante afortunado. Y es que hasta la fecha, lleva tres ediciones en España y se alzó con el premio Mazatlán, que lograron antes que él otros compatriotas suyos como Carlos Fuentes, Octavio Paz, Sergio Pitol, Juan Villoro y Jorge Volpi, entre otros.

La venganza, la corrupción y la migración son temas presentes en la narración, algo que también ha reflejado el autor en los guiones que ha escrito para la gran pantalla.

EFE
Madrid, España
Martes 2 de mayo de 2017.

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El mundo es comprendido por el paradigma, es la forma por la cual es entendido el mundo, el hombre y por supuesto las realidades cercanas al conocimiento.

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