Los manuscritos corresponden a los últimos años del autor de ‘Pedro Páramo’, que dejó de publicar, pero nunca de escribir. Será la primera edición de material nuevo en casi 20 años

Más allá del mito sobre las tres décadas de silencio tras la publicación de Pedro Páramo, lo cierto es que Juan Rulfo nunca dejó de escribir. Y sobre todo, nunca dejó de leer. Con su habitual y provocadora humildad, un Rulfo ya reconocido y maduro solía decir que él escribía como un aficionado, pero leía como un profesional. Se consideraba a sí mismo un auténtico “vicioso de la lectura”. De aquella voracidad dan cuenta los más de 15.000 volúmenes de su biblioteca personal: historia, arquitectura, geografía, literatura, antropología. Unas lecturas que alimentaron reflexiones en cuadernos escritos a mano, muchos de los cuales sobrevivieron a su proverbial rigorismo destructivo de cualquier borrador y que hoy son parte de su archivo, resguardado por la familia. EL PAÍS ha tenido a acceso a dos de esos manuscritos inéditos, cuya salida editorial ya negocia la Fundación Juan Rulfo con la agencia Carmen Balcells.

Son una libreta de pastas amarillas con cinco páginas y media; y 38 hojas con el lateral rojo arrancadas de otra libreta. Ambas rellenas hasta los márgenes con la letra de trazo fino e inclinado de Rulfo. La primera es un repaso a la literatura brasileña del siglo XX. La segunda versa sobre literatura mexicana. Ninguno de los dos textos están fechados, pero las investigaciones de la Fundación, basándose en el impecable estado de conservación del papel y las obras que aparecen mencionadas, los sitúan en torno a 1982, apenas cuatro años antes su muerte.

“Estos textos son probablemente lo último que escribió y nos ayudan a situarnos en qué andaba metido al final de su vida”, señala Víctor Jiménez, director de la Fundación. Según sus investigaciones, ambos materiales vendrían a ser una extensión de otros trabajos anteriores: un prólogo a una edición de 1982 a una novela del autor brasileño Joaquim María Machado de Assis y una conferencia impartida en Harvard en 1981 sobre literatura mexicana. Ambos textos, junto a otros cuatro materiales ensayísticos de Rulfo —escritos en un periodo que va desde los cincuenta hasta su muerte— diseminados por revistas universitarias y editoriales menores serán también recopilados en una nueva edición. Será la primera salida de material inédito de Rulfo desde Cartas a Clara (2000), el rescate de la correspondencia amorosa que mantuvo en los años cuarenta con su futura esposa.

Tras la publicación de su obra maestra en 1955, Rulfo no volvió a publicar ficción —con la excepción de la novela corta El gallo de oro—. Con el paso de los años su silencio editorial se fue envolviendo en leyendas, alimentadas por el autor, que ante el asedio de las preguntas solía responder con sorna: “Es que se murió el tío Celerino, que es el que contaba las mejores historias”.

Pero ni el tío Celerino era el autor oculto de los mundos rurales y poéticos de Rulfo, ni verdaderamente dejó de escribir ficción. Durante los sesenta trabajó varios años en la tentativa de otra novela, que llegó a tener título: La Cordillera. Rulfo habló de ella en alguna entrevista, adelantó que estaría ambientada en tiempo de la colonia y que había un cura neurótico y una familia que vive “un conflicto del alma humana”. De todo aquello no queda nada por su celo y máxima exigencia con el resultado final de su escritura. “En su archivo —añade Jiménez— sí hay aún más material ensayístico, sobre todo sobre historia, pero para esta edición estamos trabajando solo en la recopilación de sus textos sobre literatura”.

Autodidacta y cosmopolita

Rulfo apenas llegó a inscribirse en la universidad de la muy católica ciudad de Guadalajara. Los conflictos entre la herencia revolucionaria laica y la contrarrevolución cristera entorpecieron su carrera académica, pero sirvieron de aliciente para exacerbar una incontenible pasión autodidacta por el método y el rigor en el conocimiento, mientras compaginaba largas jornadas en trabajos como vendedor de llantas o funcionario público.

La erudición de Rulfo queda patente en su obra ensayística. Minuciosos repasos de la literatura estadounidense, yugoslava, húngara o nórdica, una de sus debilidades junto a las letras brasileñas, entre las que, por ejemplo, Rulfo subraya una copiosa lista de autoras poco conocidas entonces: Clarice Lispector, Dinah Silveira de Queirós, Nélida Piñon, Lygia Fagundes Telles.

Su conocimiento del panorama mexicano era aún más exhaustivo. En uno de los materiales inéditos, aparece destacado un relato de 1980 de un escritor bajacaliforniano llamado Fernando Escopinichi. En una entrevista más reciente, de 2006, el escritor Daniel Sada, también de Baja California, reconocía que “absolutamente nadie conocía” a aquel autor de quien Rulfo le había dicho: “Es uno de los grandes cuentistas mexicanos”. El ensayo donde aparece esta referencia comienza con la figura del cronista de indias fray Bernardino de Sahagún, precisamente, la figura que cierra su conferencia de Harvard.

A partir de ahí, avanza desde los tiempos de la colonia al siglo XIX, pasando por la llamada novela de la Revolución, para terminar con la llamada generación de la onda, una especie de beats –a los que Rulfo había definido en otro texto como unos “tipos irresponsables que lo que pretenden en escandalizar”– a la mexicana opacados, según él, por la emergencia de la figura torrencial de Fernando del Paso.

Rulfo presta especial atención en su ensayo a la literatura sobre el tema indígena, y enumera de nuevo una ristra de “no antropólogos, que han escrito novelas y relatos indígenas con verdadero acierto”. Entre su lista: Francisco Rojas González, Andrés Henestrosa, Rosario Castellanos, Ramón Rubín, Eraclio Zepeda. En el mismo texto, él mismo reconoce que pese a haber trabajado más de 20 años como editor en el Instituto Nacional Indigenista “todavía desconozco cómo y por qué motivos actúa la mente indígena”. De hecho, apenas hay personajes indígenas en sus obras. En una escena de Pedro Páramo aparecen “los indios de Apango” refugiados un domingo lluvioso en los portales de Comala. Rulfo no se atreve a otorgarles voz, aunque el lector entra en sus pensamientos a través del recuso del estilo indirecto libre.

El único personaje indígena con presencia y voz aparecerá años más tarde en un cuento de 1968 -quizá el último que escribió y publicado póstumo- llamado El descubridor. Se trata un ”indio” que aprende a leer y a escribir en la cárcel, se convierte en abogado y busca un “documento legitimado ante Notario que certifique que ya no soy indígena”. Un relato plagado de señales y significados plasmados en la valiosa investigación a cargo del director de la Fundación que servirá de prólogo a la futura edición y que indicaría la complejidad con la que Rulfo se acercó al misterio indígena.

El País
David Marcial Pérez
Ciudad de México
Sábado 06 de julio de 2019.


Publica la UNAM libro sobre el encuentro literario de expertos sobre ambos autores

Para recordar la partida de Juan Rulfo (7 enero 1986) y de Jorge Luis Borges (14 de junio 1986), a poco más de tres décadas de su fallecimiento, la Coordinación de Humanidades de la UNAM publicó el libro Juan Rulfo-Jorge Luis Borges. A 30 años de ausencia.

En el texto, se recogen las experiencias de la Jornada Internacional Conmemorativa realizada en la Torre II de Humanidades en noviembre de 2016, donde un equipo mundial de expertos recordaron a ambos, que se admiraban mutuamente y dejaron un importante legado en sus textos para las nuevas generaciones, explicó Alberto Vital Díaz, coordinador de Humanidades.

En 1973

Para la portada del libro, explicó, se aprovechó el encuentro entre ambos autores en 1973, así como la reconstrucción de las palabras que intercambiaron los dos durante esa reunión:

Borges: Imagínese Don Juan lo desdichados que seríamos si fuéramos inmortales.

Rulfo: Sí, después anda uno por ahí muerto haciendo como si estuviera uno vivo.

Borges: Le voy a confiar un secreto, mi abuelo el general decía que no se llamaba Borges, que su nombre verdadero era otro; sospecho que se llamaba Pedro Páramo. Yo entonces soy una reedición de lo que usted escribió sobre los de Comala.

Igualmente, recordó Vital Díaz, se recuperan textos como El día del derrumbe, escrito por Rulfo luego del sismo de 1985, cuando luchaba contra la enfermedad que le había causado su compañero inseparable: el cigarrillo.

“Son autores muy distintos en apariencia, en muchas de sus decisiones poéticas, pero muy hermanables en innumerables aspectos”, enfatizó Vital Díaz ante los asistentes a la última edición de 2018 de los Viernes de Lectura en la Casa de las Humanidades de la UNAM.

Klaus Meyer-Minnemann, especialista en literatura latinoamericana y coautor del volumen, relató cuando conoció a Juan Rulfo en Alemania, debido a su participación en el Festival Horizonte, dedicado a la literatura Iberoamericana en Berlín, donde, Rulfo junto a Gunter Grass, leyeron los mismos cuentos en español (Rulfo) y en alemán (Grass).

“Les puedo decir que fueron dos textos completamente diferentes por el tono de la voz, la forma de presentarlo, fue extraordinario. De hecho Grass le prestó sus lentes a Rulfo para que pudiera leer”, comentó.

Meyer-Minnemann añadió que la última vez que estuvo con Rulfo fue dos años después en Colonia, junto con autores como Elena Poniatowska, José Emilio Pacheco y Carlos Monsiváis, entre otros, con quienes compartió impresiones.

Rafael Olea Franco, especialista en Borges, recordó la frase del autor de El Aleph para no darle una segunda oportunidad a un libro, y que esto fue lo que lo llevó a acercarse a la obra del argentino y cómo varias personas no lo apreciaban por migrar en sus últimos años a Ginebra.

Igualmente, rememoró que el escritor debe ser “un revolucionario al mil por ciento, pues es típico que a los creadores se les exige este carácter, y estar con las buenas causas”.

Juan Rulfo-Jorge Luis Borges. A 30 años de ausencia puede ser adquirido en la librería de la Casa de las Humanidades de la UNAM, en el Centro de Coyoacán.

Puebl@Media
Gaceta UNAM
Diana Saavedra
Ciudad de México
Lunes 3 diciembre 2018.


El compositor colombiano Germán Toro estrenó en Zúrich Viaje a Comala, con libreto de Stefan Nolte, pieza de teatro musical para siete actores, ocho cantantes y ocho músicos.

Viajó a México recorriendo los lugares de juventud de Juan Rulfo. Lo perseguía desde hace años la idea de acercarse, a través del lenguaje musical, al lenguaje del escritor.

A Germán Toro, compositor colombiano que vive entre Suiza y Austria, Pedro Páramo lo había marcado.

"Salí de Colombia en 1985 y llegué a Frankfurt. (El libro) lo tenía un amigo en la casa a la que llegamos. Me impactó muchísimo. Tal vez, por la condición de estar fuera, no encontraba un texto que me transmitiera más clara y profundamente lo que puede ser la cultura latinoamericana", responde vía telefónica.

Toro estrenó en Zúrich Viaje a Comala, con libreto de Stefan Nolte, pieza de teatro musical para siete actores, ocho cantantes y ocho músicos.

El azar quiso que se estrenara el día del centenario de Rulfo. Lo habían planeado para el otoño de 2016, pero el teatro les dio una negativa y hubo que aplazarlo. La única semana disponible en el Theater der Kunste era la del 16 de mayo. El cumpleaños del escritor.

Llegar hasta ahí no fue un camino terso. Su primer intento databa de 2003, con libreto de un poeta colombiano en Viena. "Pronto me di cuenta que no tenía la claridad dramatúrgica", dice.

Pero no tiró la toalla. Escribió entonces una serie de piezas instrumentales que involucraban cuerdas y electrónica para ir acercándose a los personajes, en especial a Susana San Juan. Y empezó a encontrar los elementos musicales de base.

Después de eso, el proyecto quedó interrumpido por algunos años, hasta que conoció a Nolte, director de teatro alemán. Le propuso hacerlo juntos y se enfrascaron durante año y medio en la lectura de la novela.

"La idea siempre, desde el comienzo, fue estar lo más cerca posible al lenguaje de Rulfo", insiste. Lo más fiel al original, basados en la traducción de Dagmar Ploetz. Se eliminaron las narraciones más épicas o las descripciones del paisaje. En el libreto quedaron los diálogos.

"Se hizo tratando de evitar al máximo integrar nuevos textos. El lenguaje está intacto y también la estructura (de la novela) en la medida de lo posible", precisa. La música busca recrear lo que quedó fuera.

Al tiempo que el Vokal Ensemble Zúrich de Peter Siegwart le pidió escribir una obra, Toro aceptó con la condición de poder incorporar textos ya escritos para el libreto. Así surgieron las primeras piezas vocales.

A nivel instrumental, es un lenguaje contemporáneo, con una fuerte influencia de la música vocal del Renacimiento y del Barroco, con sonidos electrónicos que generan una "escenografía acústica": simulan el viento, la lluvia, sonidos graves y espacios.

En el teatro, los diferentes episodios ocurren en cinco "islas escénicas". No hay separación entre el escenario y el público, que está rodeado de un sistema parlante. El coro se ubica en las galerías en ambos extremos del teatro. De manera que el público está rodeado por el sonido.

Gran parte de los diálogos son hablados en alemán, y los textos, más líricos, son cantados en español, con supertitulaje.

Cuando tuvo el concepto, Toro escribió a Víctor Jiménez, director de la Fundación Juan Rulfo, a quien había conocido y solicitado los derechos en 2015, y le envió un documento muy detallado. No hubo restricción alguna. Jiménez solo le pidió no utilizar el título de Pedro Páramo. porque ya lo había prometido a un compositor inglés. Toro optó por Viaje a Comala.

El compositor confía en que la obra pueda presentarse en otras plazas. Es una coproducción entre Suiza y Austria. Y desde el principio se pensó para presentarse en alguno de los festivales austriacos. Aunque aún no hay nada fijo y México no está, todavía, en el horizonte.

Toro por fin ve cumplido su viaje hacia Rulfo.

Reforma
Erika P. Bucio
Ciudad de México
Sábado 27 de mayo de 2017.


En 2004, después de dictar la conferencia magistral del Primer Encuentro Literario Lunas de Octubre, en La Paz, Federico Campbell concedió a Noroeste una entrevista donde reveló sus recuerdos sobre Juan Rulfo

Sentado en un café perdido de la Ciudad de México, caminando por los laberintos inexplorados de la mente de Juan Rulfo, Federico Campbell descubrió un buen día que a final de cuentas todos somos hijos de Pedro Páramo.
 
Testigo de las historias que contaba para despistar a críticos y seguidores, de sus arranques de mal humor, de sus hábitos de fumador empedernido y de su gusto por evadirse sin importarle quien estuviera enfrente, Campbell recuerda a un Rulfo diferente al oficial, más humano y mucho más escritor.
 
Protegido por los desiertos de la península, Campbell cerró el Primer Encuentro de Escritores Lunas de Octubre en La Paz, Baja California Sur, realizado en 2004, con su conferencia magistral: “Yo también soy hijo de Pedro Páramo”.
 
La noche del 29 de octubre de ese año, el escritor recordó su amistad con el autor de Pedro Páramo y El llano en llamas y reveló algunos secretos de su último trabajo, una antología de críticas a Juan Rulfo.
 
Rodeado de escritores y amigos, Campbell pasó del trabajo de investigador a relatar el día que conoció a Rulfo en las calles de la Ciudad de México.
 
También aprovechó la invitación para abordar temas polémicos sobre la obra de Rulfo, como la posibilidad de que el escritor Juan José Arreola hubiera cambiado el final de Pedro Páramo.
 
También compartió la frialdad con la que recibió la familia de Rulfo, su libro Post escriptum triste, donde revela las confesiones que le hizo personalmente Rulfo sobre las razones que lo orillaron a dejar de escribir.

Dedicó tiempo para recordar la personalidad de un escritor que lo dejó marcado para siempre y elogió los detalles de una obra que nos contiene a todos.
 
Releyendo a Rulfo

A partir de la frase “yo también soy hijo de Pedro Páramo”, exclamada por uno de los protagonistas de la novela de Juan Rulfo, Federico Campbell construye el mito del padre que nos cobija a todos.
 
“Lo importante de la frase es que ahí se establece el tema crucial de la novela, que es el parricidio, porque ese arriero es Abundio Martínez, uno de los tantos hijos de Pedro Páramo que lo asesina al final, a cuchilladas”.
 
Campbell se funde en el terreno del lector universal sorprendido y apresado por la narrativa de Rulfo y se convierte así en otro de los hijos de Pedro Páramo.
 
“Construí la idea en el sentido de que uno es hijo de su historia, de la historia de su país. Todos somos hijos de este poder institucionalizado, pero construido también como una negación de la ley”.
 
Durante su presentación, Campbell reveló que al año siguiente, en 2005, durante los festejos de los 50 años de la publicación de Pedro Páramo, daría a conocer La ficción de la memoria: Juan Rulfo ante la crítica, una antología de críticas sobre el trabajo de Rulfo.
 
“Yo comencé haciendo la antología con el prejuicio de que los mejores textos sobre Juan Rulfo se habían escrito en el extranjero, como el mismo Rulfo lo decía: ‘En México nunca se ha entendido mi obra, nunca me han querido’, decía Juan”.
 
Una vez inmerso en el trabajo de investigación, Campbell comenzó a darse cuenta de que los que mejor entendieron la obra de Rulfo fueron los mexicanos, y asegura que la entienden aún con mayor sutileza los jaliscienses.
 
Para su trabajo, el escritor recurrió a especialistas jaliscienses en Rulfo como Felipe Cobián y Federico Murguía, un historiador que califica como muy interesante, y que vive en Sayula, donde presuntamente nació Rulfo, un dato que siempre manoseó el escritor entre medias verdades.
 
“Cuando yo terminé de hacer esta antología sobre la obra de Juan Rulfo me quedé con las ganas de hacer una recopilación de trabajos sobre la persona de Juan Rulfo, sobre su vida. Que yo creo que es una biografía casi imposible, porque él se pasaba la vida contando mentiras, siempre despistaba al enemigo o a sus futuros biógrafos”.
 
Era tal su parquedad literaria, su cerrazón ante los medios y ante los lectores que lo presionaban para que siguiera escribiendo, que el hallazgo de los textos inéditos de Rulfo después de su muerte fue un acontecimiento.
 
“Después de muerto Juan Rulfo, encontraron un cuaderno donde respondía por escrito las preguntas de Máximo Simpson. Fue como si Rulfo le hubiera respondido desde el libro de los muertos a Máximo Simpson”.
 
En la entrevista, Rulfo acepta la idea de la figura de Pedro Páramo como la del encomendero de la Nueva España y da sus propias claves de una obra de la que intentaba no hablar con mucha profundidad.
 
“Dice Rulfo: Yo soy de una zona donde la conquista española fue demasiado ruda, los conquistadores ahí no dejaron ser viviente, entraron a saco, destruyeron la población indígena y la región fue recolonizada por agricultores españoles”.
 
Además de la respuesta a la entrevista, los familiares dieron a conocer otros textos, algunos inacabados, en Los cuadernos de Juan Rulfo, aunque la nueva publicación no aclara las dudas que sembró el escritor.
 
“Si la biografía de las personas es imposible, a menos de que se acepte como autoficción, más lo sería la de Juan Rulfo, porque era muy dado a las invenciones verbales, nunca precisó dónde había nacido ni en qué año”.
 
Juan Nepomuceno Carlos Pérez Rulfo Vizcaíno abrevió su nombre a Juan Rulfo y guardó muchas cosas de su pasado nada más para él.
 
“Se guardó para sí mismo que había estudiado en un seminario, atribuía unos hechos a ciertos personajes y, luego, los mismos hechos a otros, cambiaba los lugares y los nombres, pero nunca de mala fe, sin hacer daño a nadie ni burlándose de nadie”.
 
Campbell comparaba el gusto de la fábula cotidiana que le servía como literatura a Rulfo con una poeta chilena.
 
“Yo cuando hablo, invento, decía. Lo mismo que la poeta Olga Orozco cuando era niña y decía sus poemas sin escribirlos. Rulfo escribía sin escribir, hablaba, fabulaba, se divertía contando mentiras, no engañando porque como decía él: ‘no es lo mismo la mentira que la falsedad’”.
 
Los secretos de Rulfo

La mayoría de los escritores coinciden en situar dos nombres de latinoamericanos en la lista de los autores que merecían el Premio Nobel y nunca lo recibieron, uno es Jorge Luis Borges y el otro Juan Rulfo.
 
Es tan alto el aprecio por las obras maestras de Rulfo que las razones para escribir o para dejar de hacerlo forman parte del terreno de las leyendas.
 
Federico Campbell tuvo la oportunidad de conversar con el escritor y cuestionarlo sobre las interrogantes que aún nos preocupan.
 
“Siempre que se habla de Juan Rulfo surgen las mismas preguntas, ¿por qué dejó de escribir?, ¿por qué entró en el silencio después de 30 años de haber publicado Pedro Páramo?”, cuestiona, Campbell.
 
Publicado Pedro Páramo, vino el silencio.
 
“Después del año 1955, cuando Rulfo tenía 38 años, dejó de escribir, escribía cosas, pero nunca volvió a publicar. El silencio de Rulfo se fue haciendo leyenda. Nadie supo bien por qué, a pesar de todas las especulaciones”.
 
Campbell recuerda que lo conoció alrededor de 1963 ó 64, en el departamento que habitaba Rulfo con su mujer y sus hijos en la Glorieta de Chilpancingo, sobre la Avenida Insurgentes en la Ciudad de México.
 
“Y luego a lo largo de la vida me lo encontraba en los cafés, en las librerías de viejo, como la de Polo Duarte, en la calle de Hidalgo, por la Alameda. Muchas tardes coincidiamos en el Ágora, él estaba tomando café, fumaba cigarros Pall Mall que alguien de contrabando le conseguía; nunca en mi vida lo vi borracho, nunca lo vi tomado, lo digo porque dicen que tenía un problema de alcoholismo”.
 
Los encuentros quedaron asentados en la memoria del tijuanense, pero algunas confesiones de Rulfo las revelaría Campbell.
 
“Yo escribí unas cosas terribles sobre Juan Rulfo, terribles para la familia de Juan Rulfo. En mi libro Post escritum triste escribí, que es un libro sobre la impotencia literaria, acerca de porqué un escritor deja de escribir, porque no puede seguir escribiendo”.
 
Campbell trata el tema con mucha delicadeza, pero no teme abordarlo.
 
“El caso es que escribí cosas que ahora no me atrevería a escribir. Conté cosas que Juan me decía en el Ágora. A mí Juan me dijo que él había dejado de escribir porque se había sometido a una cura antialcohólica en el Hospital La Floresta de Tlalpan, y a partir de entonces, dijo, se me fueron las ganas”.
 
Además de la confesión, Campbell tuvo acceso a información que confirmó la versión.
 
“Yo supe por otro lado, porque conocí a algunos médicos, que le habían practicado electrochoques, y todo eso lo conté en mi libro. Y por todo eso entendí que muchos años después, la familia de Juan, su esposa y sus hijos no tuvieran mucho aprecio por mí”.
 
A pesar de la molestia de los familiares que después mandarían hacer la biografía oficial de Juan Rulfo, Campbell se mantiene fiel a sus recuerdos.
 
“Lo que yo escribí en el libro fue que Juan dejó de escribir porque se sometió a una cura antialcohólica y le dieron electrochoques, pero él me lo contó a mí, me lo dijo a mí”.
 
El escritor y periodista asegura que siempre sintió que las confesiones de Rulfo eran verdaderas.
 
“Yo a veces sentía que a mí me contaba cosas que no le contaba a otros, a amigos o a su familia”.
 
De las revelaciones difíciles, Campbell pasa a describir a un Rulfo muy humano.
 
“Padecía mucho del estómago, comía muy poco, era muy flaco, de poco apetito y fumaba siempre sus Pall Mall sin filtro y su coca cola. Y contra lo que muchas personas creen era muy buen conversador, pero en corto”.
 
También aborda la relación de Rulfo con otros escritores de la época que de alguna manera se involucraron en el trabajo y la vida del escritor jalisciense.
 
“Era muy tierno, cariñoso y también malhumorado, de pronto hablaba mal de (Juan José) Arreola, de (Antonio) Alatorre, pero no había desprecio, yo siempre he pensado que él quiso mucho a Arreola”.
 
Al tocar a los contemporáneos de Rulfo, Campbell arriba a otro asunto espinoso, la polémica desatada por algunos críticos que afirmaban que Arreola o Alatorre cambiaron el final de Pedro Páramo.
 
Campbell rechaza la idea, basado en las propias declaraciones de los escritores y propone que tal vez conocieron los trabajos preliminares y emitieron alguna crítica o comentario, propios del trabajo literario.
 
El periodista asegura que Rulfo mentía con la intención de fabular, un recurso que le permitía seguir en la literatura aún y cuando estaba conversando.
 
“Rulfo mentía, entre comillas, para mantener en funcionamiento su fantasía, su memoria fabuladora, era su manera de seguir escribiendo.
 
“A veces se iba mentalmente, como si no prestara atención, pero lo cierto es que estaba escribiendo. Al conversar también escribía y ponía a prueba ante su interlocutor lo que inventaba”.
 
Para Campbell, el autor de Pedro Páramo apenas podía contener su vocación como escritor.
 
“Vivía en la fantasía, y como a Pirandello, la fantasía lo habitaba, nació escritor, siempre estaba escribiendo, escribía hasta cuando callaba”.

Noroeste
Ariel Noriega
Sinaloa, México
Miércoles 24 de mayo de 2017.


Los festejos por el centenario de Rulfo se llevaron hasta el transporte público

Guadalajara. - Los festejos por el centenario de Juan Rulfo comenzaron desde temprano en la Zona Metropolitana de Guadalajara. La Secretaría de Cultura Jalisco (SC), con la finalidad de unir a todos los ciudadanos en la celebración, coordinó a bibliotecarios y mediadores de lecturas para compartir las tres obras del autor jalisciense: “Pedro Páramo”, “El llano en llamas” y “El gallo de oro”.

Los tres libros fueron repartidos de manera gratuita a los usuarios de la línea 2, desde la estación del tren Juárez hasta Tetlán, todo en el tren conmemorativo a Rulfo, que llegó a su primera parada alrededor de las 10:30 horas, tapizado con la imagen del autor y su nombre. Los mediadores de lectura se subieron a él para distribuirse por todos los vagones y enseguida, compartir con los usuarios con las ediciones conmemorativas de la editorial RM.

Poco antes del inicio, los hermanos Rulfo, Juan Carlos y Juan Pablo, junto con Myram Vachez Plagnol, titular de la SC, ofrecieron a los presentes unas palabras sobre la importancia del escritor en la literatura mexicana e incluso universal. Además, los hijos del autor afirmaron sentirse agradecidos con el evento y también sorprendidos al ver la imagen de su padre en un vagón del Tren Ligero.

Juan Vázquez Gama, director general de desarrollo cultural y artístico de la misma SC, explicó que la dinámica consistió no sólo en repartir libro, sino que los mediadores de lectura explicaron a cada usuario a quien se le entregaba un libro, que no era precisamente un regalo, sino un préstamo que después de leído debían compartir con alguien más. Con el hashtag #Rulfo100años se pretende seguir los pasos de cada libro. Dentro de cada uno se encuentra un sello con la explicación de la dinámica.

Muchos de los pasajeros que recibieron un ejemplar no conocían ni al autor ni los textos, por lo que los repartidores compartieron las tramas de los libros para motivarlos a conocerlo a través de la lectura de sus obras. Hubo otros usuarios que ya conocían la obra y les emocionó la idea de volver a sus letras. La mayoría de gente no dudó en comenzar a leer mientras llegaba a su destino, por lo que el tren estaba lleno de lectores de Juan Rulfo. Y así, comenzó una de las celebraciones de su centenario de la mejor manera: leyéndolo.

Además, por la tarde, esta dinámica se repitió, pero en la sala de lectura de la estación Juárez, los libros fueron repartidos alrededor de las 17:00 horas a los transeúntes.

El Informador
Guadalajara, Jalisco
Jueves 18 de mayo de 2017.


Viaje al pueblo mexicano que inspiró la obra maestra de Rulfo

Lupe Mundo saca tres paladas de tierra, se detiene y aprieta su cara seca y arrugada como una cáscara de nuez.

 –Ahí abajito está el difunto–dice el enterrador de San Gabriel.

No recuerda cuántos años lleva limpiando tumbas ni cuál es el nombre del difunto. Un enterrador con huecos en la memoria y con un apellido metafórico y redondo. Mundo podría ser él mismo un personaje de Pedro Páramo, y ahí abajito podría transcurrir toda la novela entera. San Gabriel, el pueblo donde Juan Rulfo vivió de niño, es el escenario más parecido al pueblo imaginario de Comala, un purgatorio de almas pobres, un pueblo donde hablaban los muertos.

Soy algo que no le estorba a nadie. Ya ves, ni siquiera le robé el espacio a la tierra. Me enterraron en tu misma sepultura y cupe muy bien en el hueco de tus brazos.

A tres calles del cementerio, María Soledad Ramírez Vizcaíno, una sobrina segunda de Rulfo, recuerda en el patio de su casa lo que pensaba su abuelo Vicente sobre la novela: “Me da gusto que Juan sea famoso. Pero siento que lo que escribía eran puras mariguanadas, pues yo no entiendo lo que dice del pueblo”.

La perplejidad de Vicente la resuelve el catedrático Alberto Vital en su biografía canónica: “La ficción de Rulfo registra flujos subterráneos de México y San Gabriel representa sinécdoques, partes que contienen los elementos más comunes del conjunto”. Hay nombres, lugares y descripciones que coinciden con la tierra de la que se marchó a los 10 años después de morir sus padres. La tierra a la que volvería y volvería y en la que están ambientadas todas sus narraciones, pero no de manera literal. El Jalisco de sus novelas es una realidad decantada por la imaginación literaria.

La familia Pérez Rulfo Vizcaíno eran unos hacendados importantes que vieron cómo la Revolución y la guerra Cristera fueron devorando poco a poco sus vidas y sus propiedades. Hoy en San Gabriel el rastro familiar del escritor se pierde más allá de la casa de María Soledad.

“Cuando murieron los papas, mi bisabuelo mandó a los hermanos a estudiar fuera del pueblo porque el colegio de curas había cerrado por la revuelta. Mi tía Carmela no aguantó allí encerrada y murió de tristeza”, dice la sobrina, sentada junto a una tina de barro con una inscripción: San Gabriel 1873.

Para el que va, sube; para el que viene, baja

Antes de morir, la madre de Juan Preciado, el protagonista de la novela, había indicado a su hijo que bajando por el puerto de Los Colimotes encontraría el pueblo de su padre.

¿Cómo dice usted que se llama el pueblo que se ve allá abajo? Comala, Señor

El puerto de Los Colimotes es una de las entradas más antiguas a San Gabriel, un paso de ganado y viajeros a pie o a caballo. Empinada, una vereda de tierra de metro y medio con huellas de herradura deja a la izquierda la sierra madre Occidental y a la derecha, el cerro viejo y el cerrito de la cruz. Debajo, se abre la puerta de entrada al Llano Grande, el pueblo de San Gabriel.

A Juan Preciado, la llanura le pareció una laguna transparente deshecha en vapores. Es primavera y a media tarde el sol todavía golpea a 30 grados en la boca del llano. El pueblo es blanco alrededor de la iglesia y marrón como la tierra en las afueras. El camino está rodeado de mezquites, cactus pitayeros y acacias: plantas con espinas.

“Siempre reconoce uno el ombligo que Dios le dio”, dice Jaime Sedano, 68 años. Botas y bigote ranchero, es uno de tantos vecinos que regresaron, en su caso, después de tres décadas trabajando como zapatero en California. Porque los fantasmas de Rulfo también son las ausencias de los migrantes mexicanos.

Sedano dice además ser “de los pocos en el pueblo” que ha “leído y leído Pedro Páramo buscando qué quiere decir”.

¿Ve aquella loma que parece vejiga de puerco?

–Ese es el picudo

Pues detrasito está la Media Luna.

–Esa es una cejita de la sierra que parece una luna menguante.

El juego de analogías entre la obra y el pueblo llega a su propio apellido. Fulgor Sedano es la mano derecha y el administrador de la finca de Pedro Páramo, el cacique y el patriarca de Comala. Todos éramos hijos de Pedro Páramo

“Chaparrito y pelón, pero con mucho carácter y con mucho dinero”. Así recuerda Jaime a su padre: Lucio Sedano, que ahora tendría unos 100 años como Rulfo y que también fue el administrador de una finca. “En el libro cambió nombres. Yo imagino que a mi padre le puso Fulgor por la luz de Lucio”.

Un espantapájaros frente a las tierras de la Media Luna

La Media Luna es entonces esa cejita del cerro y, trasformada en literatura, también es la hacienda, los dominios –toda la tierra que se puede abarcar con la mirada– de Pedro Páramo.

Montado en un jeep gris, Luis Gabriel Ramos cruza el portón de madera de la hacienda de su familia. “Era una de las más bonitas del pueblo”, dice sin bajar del coche. Hace unos meses su hermano dejó entrar a unos hombres que estaban interesados en comprarla. “Les dio quebrada y tumbaron todo. Arrancaron hasta las molduras de las puertas porque pensaban que había dinero. Estaban bien locos, los cabrones”. En los pasillos unas sillas de montar cuelgan de una cuerda. Entre el corral y el patio para asolear el grano, sobre un muro de ladrillo, hay una cruz de madera de mezquite, medio tumbada, como vencida por el sol y polvo.

Ramos ha intentado enderezarla, pero su hermano le dijo:

–Así se queda hasta que se acabe

–¿Cuánto lleva abandonada esta hacienda?

–Desde que murió mi padre ya nadie le ha metido mano

Desde entonces la tierra se quedó baldía y como en ruinas.

Pero pasaron años y años y él seguía vivo, siempre allí

Como un espantapájaros frente a las tierras de la Media Luna

Me mataron los murmullos

No hay consenso en San Gabriel sobre la casa de Eduviges Dyada, la anciana que acoge a Juan Preciado al llegar al pueblo y que llevaba una virgen colgada del pecho con el letrero: Refugio de pecadores.

El libro dice: andando por la calle real, al cruzar una bocacalle, la casa que está junto al puente. Pues no está claro a qué lado del puente. Los familiares del Rulfo sostienen que es a la derecha, porque allí vivió una antigua tía del escritor. El ayuntamiento, que organiza cada año un escueto recorrido rulfiano, asegura que es a la izquierda, una actual tienda de artesanía que antes había sido un hostal.

Si el ayuntamiento tiene razón, en el cuarto vacío y sin puertas donde el protagonista pasa una noche escuchando los lamentos de un ahorcado, ahora hay 57 cristos en miniatura colgados en la pared.

El cura Ireneo Monroy escapó de San Gabriel en los años 30, pero dejó escondida su biblioteca en la casa de enfrente a la iglesia: la casa de la familia Rulfo. Allí, el niño descubrió a Dumas, Víctor Hugo, Buffalo Bill. “Todo eso lo leí yo a los 10 años, me pasaba todo el día leyendo, no podía salir a la calle porque te podía tocar un balazo. Yo oía muchos balazos. Después de algún combate entre los federales y los cristeros había colgados en todos los postes”, reconoció muchos años más tarde el propio escritor.

Del mismo color de la iglesia, blanca y roja, con las ventanas enrejadas en negro y tres moños negros colocados encima de cada una de las tres puertas, la casa no se abre desde que murió su última propietaria. “Mi abuela –cuenta la sobrina del escritor– se la vendió a la familia Ramírez Marcos, y al morir la madre dijo que no podía entrar nadie hasta dos años después de su muerte”.

Al cruzar la bocacalle vi una señora envuelta en un rebozo que desapareció como si no existiera

Olivia Cruz Sepúlveda tiene 42 años y aún recuerda cuando su abuela se ponía el rebozo para ir a la misa de las 7 de la mañana, pero nunca ha visto que desapareciera ninguna señora.

–Eso yo no lo he visto. ¿Qué quiere, que me desmaye?

A Juan Preciado le mataron los murmullos de Comala. Pueblo chico, infierno grande. En San Gabriel hoy continúan los murmullos:

–Pues los pobres trabajando y los ricos mirando

–En el seminario nos besaban la mano, nos daban pollito

–Yo llevo una vida bien perrona

–Huele a puerquito, huele a puro dinero

–Estamos amolados, estamos tristes

–Hubo mujeres bonitas que se quedaron de cotorras esperando a su príncipe

–No quedó nadie, nos comíamos los unos a los otro

–Mi tío se bañaba desnudo en dinero, se aventaba monedas y billetes

–Estas es Carmela, la que se murió de tristeza


¿Cómo se va uno de aquí?

Al despertar, Juan Preciado le preguntó a dos hermanos que dormían juntos cómo se salía de Comala. La hermana le explicó que, como en San Gabriel, hay multitud de caminos: Uno va para Contla, o para Tolimán, otro que viene de allá, ese llega a Ciudad Guzmán. Otro más que enfila derecho a la sierra, el de Tonaya. Y hay otro más, que atraviesa toda la tierra y es el que va más lejos. Hasta el mar.

Ni Juan Preciado ni nadie puede sin embargo salir de Comala porque no existe. En Comala no vive nadie y vivimos todos. Comala es un mito.

En el mapa simbólico de la novela, la elección del nombre también está imantada de significados. Comala puede asociarse a comal: “el lugar del comal”, unas planchas de barro cocido muy populares en la cocina tradicional mexicana. Los comales se ponen encima del fuego, alcanzan altísimas temperaturas y allí se tuestan las quesadillas o las gorditas. Los comales son circulares, como el tiempo del mito; y contienen fuego, como los volcanes. San Gabriel es una llanura rodeada de cuatro pequeños volcanes.

Hay un Comala geográficamente real, en el Estado vecino de Colima, a una hora y media en coche de San Gabriel. Es un pueblo blanco con palmeras, naranjos y una brisa húmeda por la cercanía de la costa. Rulfo quizá conoció el pueblo, pero sólo tomó el nombre para rellenarlo después a su medida.

San Gabriel es lo más parecido a Comala porque además su nombre ha sido flotante. Durante 60 años, se llamó Venustiano Carranza, en honor a uno de los próceres de la Revolución. Volvió a ser San Gabriel en 1993. Rulfo no llegó a ver la recuperación semántica. Él mismo decía:

–Soy de un pueblito que hasta el nombre ha perdido.

El País
David Marcial Pérez
San Gabriel, Jalisco, Mx.
Domingo 14 de mayo de 2017.


En los 100 años del nacimiento del autor de "Pedro Páramo", el Museo Amparo expondrá 150 fotos y documentos.

La carrera de Juan Rulfo como fotógrafo, dejando a un lado al escritor, es el eje de la exposición que el 6 de abril abrirá el Museo Amparo de Puebla, en la cual se reunirán 150 fotografías y más de 30 documentos representativos de los temas de su interés, de distintas etapas de su vida y trabajos, y de las muchas relaciones que tuvo con la fotografía, las cuales incluyen el cine, las exposiciones y publicaciones para revistas.

El fotógrafo Juan Rulfo es una exposición que se enmarca en el programa de Conmemoración del Centenario de Juan Rulfo (nació el 16 de mayo de 1917, en Apulco, Jalisco). La exposición, que permanecerá abierta hasta mediados de julio y que después estará en la Ciudad de México y, en 2018, en varias ciudades del país, muestra cómo Rulfo sí publicó sus fotografías en vida, sí las expuso y, pretende resaltar, que fotografía y literatura fueron líneas paralelas, de acuerdo con el arquitecto Víctor Jiménez, director de la Fundación Juan Rulfo.

Primeras fotografías de Rulfo hechas a finales de los años 30 (algunas firmadas en el reverso), las 23 impresiones originales de su primera exposición en 1960, un facsímil de la revista América donde publicó por vez primera sus fotografías, fotos que realizó para las películas La Escondida, de Roberto Gavaldón (1955), y El Despojo, de Antonio Reynoso (1960), selección de fotografías de la exposición en Bellas Artes en 1980 y de muestras posteriores a su muerte, imágenes que tomó de arquitectura, de ferrocarriles en la Ciudad de México, y de su trabajo en la Comisión del Papaloapan, entre otras, se reunirán en las dos salas del Museo Amparo donde se podrá ver la muestra. También estarán publicaciones de revistas y de libros que han aparecido a la par de las exposiciones.

La muestra El fotógrafo Juan Rulfo es realizada por la Fundación Juan Rulfo, Canopia y la editorial RM; cuenta con curaduría de Andrew Dempsey y Víctor Jiménez; la investigadora Paulina Millán y Canopia realizaron la asistencia curatorial.

La exposición está acompañada por un libro del mismo nombre, que publica RM, y que recoge textos de varios investigadores quienes se refieren a temas como el fotógrafo y el escritor, las relaciones entre las obras de Rulfo y Paul Strand, los vínculos de la fotografía de Rulfo con la obras de artistas como John Constable y José María Velasco (ensayo de Andrew Dempsey), y contiene además una detallada cronología de la obra fotográfica de Rulfo, misma que también es parte de la exposición y que fue realizada por Paulina Millán.

De viva voz. En el libro El fotógrafo Juan Rulfo, aparece un ensayo del investigador Jorge Zepeda, donde cita dos entrevistas del año 1983, publicadas una en América del Sur y otra en México, donde Rulfo separa la fotografía de la literatura.

En la primera dice: “La realidad no me dice nada literariamente, aunque pueda decírmelo fotográficamente. Admiro mucho a quienes pueden escribir acerca de lo que oyen y ven inmediatamente. Yo no puedo penetrar la realidad: es misteriosa”. En la segunda entrevista, citado por Zepeda, Rulfo sostiene: “...cuando yo tomaba fotografías no pensaba en la literatura, son dos géneros muy diferentes”.

Las palabras del escritor y fotógrafo, dice Víctor Jiménez, demuestran que ambas, fotografía y literatura, “deben verse no sólo independientes, sino que, aunque uno quisiera conectarlas no hay manera”. Para Jiménez, “es una simplificación pensar que la literatura prestó a la fotografía; la cometió Carlos Fuentes al decir que Rulfo fotografió a los habitantes de Comala”.

Jiménez enfatiza que la muestra hace caso omiso del escritor, y que combate la idea de que el escritor está prestando sus ojos al fotógrafo o viceversa.

Elena Navarro, de Canopia, dice que esta muestra abunda en los lazos y relaciones de Rulfo con este arte: “Cuál fue la relación de Rulfo, en vida, con la fotografía, qué fotógrafos conoció, cómo se implicó en la foto, cómo era su biblioteca sobre fotografía… se ha trabajado mucho en el archivo. Va a haber inéditos de su archivo, algunas fotos coloreadas, porque le interesaba experimentar”.

Otra de las investigaciones que el libro y la exposición presentan es del propio Jiménez, quien encuentra relaciones entre varias fotografías de Paul Strand y Juan Rulfo en distintos momentos y etapas de la obra de cada uno.

Será una exposición sobre su vida de fotógrafo, acota Víctor Jiménez. Juan Rulfo, quien usaba cámaras Rolleiflex, tomó fotografías entre finales de los años 30, hasta 1961, aproximadamente. Existen poco más de 6 mil negativos de su obra que conserva la Fundación Juan Rulfo.

Los temas de su obra fotográfica fueron arquitectura (la mitad de su acervo); cine, danza, ferrocarriles y la Ciudad de México (Bellas Artes y la Alameda), Oaxaca, paisaje y montañismo.

El Universal
Sonia Sierra
Ciudad de México
Viernes 31 de marzo de 2017.


Fundación Juan Rulfo alista actividades por centenario del autor

A Juan Nepomuceno Carlos Pérez Rulfo Vizcaíno le bastaron una novela y un libro de cuentos para dejar en claro que la literatura no necesita ser extensa para ser profunda, ni mucho menos farragosa para convertirse en clásico. Juan Rulfo, uno de los escritores más leídos en nuestro idioma y acaso el mayor exponente de la literatura mexicana, cumpliría 100 años el próximo 16 de mayo, por lo que la fundación que lleva su nombre, y que dirige el arquitecto Víctor Jiménez, ya tiene contempladas diversas publicaciones y actividades para celebrar el centenario.

“Normalmente tenemos actividades todos los años, publicaciones, exposiciones y coloquios académicos, entonces, vamos a continuar con eso, pero con cierto en énfasis. Habrá una edición de los tres títulos primordiales de Rulfo, ‘El llano en llamas’, ‘Pedro Páramo’ y ‘El gallo de oro’, con ciertas características pero que son los mismos disponibles en librerías con las nuevas portadas de hace un año. También habrá una edición donde estarán dentro de una cajita conmemorativa y otras cosas; ya habrá información más a detalle”.

Las actividades no serán sólo de reimpresión y reedición de los clásicos del escritor del Sur de Jalisco, pues también hay contempladas cátedras y exposiciones para entender a Rulfo desde la perspectiva académica y fotográfica: “Tendremos un coloquio en el marco de la Cátedra Extraordinaria Juan Rulfo, que se celebra desde al año 2013 durante la semana de mayo en que cae el 16, para la presentación de la segunda edición de ‘Noticias sobre Juan Rulfo’, de Alberto Vital, que actualiza la que se publicó en 2003. Estas actividades académicas son publicaciones dirigidas a estudiosos, otras al público en general. Habrá una exposición que tendrá lugar en el Museo Amparo, de Puebla, en abril, y se presentará al mismo tiempo un catálogo que se llamará ‘El fotógrafo Juan Rulfo’, algunas son de valor documental, se publicitarán por primera vez impresiones de época que se hicieron de los años 30 y 40. Es una aproximación a la forma en que Rulfo fue dando su trabajo desde los años 40, un aspecto que se ha tenido siempre un poquito ignorado, pensando que  a Rulfo se le descubre en 1980 como fotógrafo, que no es el caso”.

La Fundación Juan Rulfo también ha vuelto la mirada sobre la impronta que dejó el escritor en el cine. Porque existen dos versiones cinematográficas de las dos novelas del escritor. “Aparecerá un libro en dos tomos, el primero será en este año, el segundo posiblemente también, que se llama ‘Juan Rulfo y el cine’, y consiste en los guiones que localizó el investigador Douglas J. Weatherford, de la primera versión cinematográfica de ‘Pedro Páramo’, filmada por Carlos Velo, y también de la primera versión de ‘El gallo de oro’, filmada por Roberto Gavaldón; el primer guion es una adaptación de la novela hecha por Carlos Fuentes y Manuel Barbachano y el propio Velo, el segundo a partir también de la novela es una adaptación para cine hecha por Gabriel García Márquez , Carlos Fuentes y Gavaldón, con un estudio introductorio de Douglas aparecerán este año”, agrega Jiménez.

La cultura no es un detonador turístico

Víctor Jiménez deja en claro que ellos trabajan por su cuenta, pues no comparten la idea de convertir la cultura en un atractivo turístico. Respecto a las celebraciones  oficiales y la ruta cultura que  construye el municipio de Sayula, llamada “El realismo mágico de Juan”, el presidente de la Fundación se desmarca: “Sabemos que hay una actividad hecha con carácter comercial al que les sirvió como asesor algo que se llama Consejo Regulador del Tequila, pero lo que hemos identificado es que van sobre todo por el presupuesto que les están dando diversas dependencias, y eso a nosotros nos recomienda mantenernos alejados porque no se trata de algo cultural. Esta idea que hay desde hace algunos años en México de que la cultura es una especie de detonador turístico, eso no es para nosotros. Ni las ruinas mayas, ni Juan Rulfo, ni la arquitectura colonial, tienen que verse desde óptica; si el gobierno así lo quiere ver es de ellos”.

Puntualiza que ya se lo hicieron saber a las instancias federales y locales. Ellos, la familia y la Fundación, no trabajarán, como no lo han hecho en una década, con las instituciones correspondientes.

Rulfo, fotógrafo

La importancia de la obra del creador de Juan Preciado también reside en su obra gráfica. Para el centenario la Fundación busca centrar esa obra, por ahora dispersa: “La idea es dejar de tener esos libros multi temáticos, preferimos ahora no extender en el sentido horizontal la temática incorporada a los libros, sino más bien investigar y profundizar más en los encargos que fue recibiendo a lo largo de su vida; como este libro que se hizo hace tres años sobre los ferrocarriles, se hizo ya otro sobre Oaxaca, se va hacer este año con la Universidad Veracruzana uno sobre la fotografía de Rulfo en Veracruz, con un texto importante de Rulfo sobre una zona arqueológica de Veracruz, que ya es conocido y se llama ‘Castillo de Teayo’”.

SABER MÁS

Heriberto Yépez, traductor, escritor y crítico literario, es el encargado de llevar “Pedro Páramo” al náhuatl, esto en coedición con la Universidad Nacional Autónoma de México.

El Informador
Guadalajara, Jalisco
Viernes 20 de enero de 2017.

Un libro recoge las fotos del escritor sobre los estertores del mundo ferroviario en el interior de la ciudad de México

Juan Rulfo tenía un don para contar la muerte. Su novela cumbre, Pedro Páramo, trataba de un pueblo de muertos en el que un caudillo rural, encarnación de los poderes tradicionales del campo, terminaba desmoronándose “como si fuera un montón de piedras”. Con la cámara de fotos, que dominaba con una calidad profesional, retrató el final del mundo ferroviario en el interior de México DF, allá por mediados del siglo XX, cuando el crecimiento de la ciudad había engullido las infraestructuras del tren de mercancías.

En los ferrocarriles, un libro editado por RM con la Fundación Rulfo y la UNAM, recoge las imágenes que tomó el escritor mexicano en 1956 durante el rodaje del documental Terminal del Valle de México, una cinta de propaganda gubernamental dirigida por su amigo Roberto Gavaldón. El objetivo del filme era mostrar el anquilosamiento de los servicios antiguos, dentro de la ciudad, en contraste con la modernidad fulgurante de las instalaciones que se construyeron a las afueras de la capital.

Detalles del Rulfo fotógrafo

-La Fundación Juan Rulfo conserva cerca de 7.000 negativos de imágenes tomadas por el escritor.

-La época más fecunda de Rulfo como fotógrafo empezó en su tierra natal (Jalisco) cuando era adolescente, antes de iniciarse como escritor, y se extendió hasta los años sesenta.

-El autor practicó sobre todo fotografía de paisaje, de arquitectura y retrato.

-Rulfo pasó años de apuros económicos antes de ser un genio ilustre. En una carta de 1950, con 33 años, le decía a su esposa que tenía dudas de que un diario le llegasen a comprar un artículo con fotos suyas: “(…) la cosa es que lo acepten y me lo paguen. Si no me lo pagan bien no les doy ninguno más. Así estoy ahora, en ese plan muy mercantilista”.

-El fotógrafo Walter Reuter dejó este recuerdo de un recorrido de trabajo que hizo con él: “Viajé con Juan Rulfo por la sierra de Oaxaca. Él llevaba su cámara, era bueno…, casi no hablaba”.

-Rulfo, consumado literato, no ponía título ni nombre a sus fotografías.

No hay papeles que precisen si hubo un contrato o un cometido definido, pero en teoría el papel de Rulfo era el de asesor artístico. Lo que es seguro es que el autor, que por entonces tenía 39 años, había publicado un año antes Pedro Páramo y llevaba dos décadas enganchado a la fotografía, aprovechó la ocasión para hacer un reportaje único sobre el cruce entre pasado y futuro de un medio de transporte que habría de languidecer hasta quedar sepultado bajo el triunfo del coche. “Cualquiera que fuesen las circunstancias en que realizó las fotos, no hay duda de que responden a una iniciativa suya. No parece haber, en muchas de ellas, un propósito documental sino esencialmente artístico”, dice en la introducción Víctor Jiménez, director de la Fundación.

El libro tiene 64 imágenes. Las cinco primeras las había hecho un año antes, en 1955, durante otro trabajo de Gavaldón, el rodaje de la película sobre la Revolución mexicana La Escondida, protagonizada por la diva María Félix. El resto de imágenes pertenece al momento de Terminal del Valle de México, cuyo oneroso despliegue de medios no se sabe en qué resultó –se desconoce si se estrenó; lo único que queda es una copia con voz pero que solo se ve en color rojo y se corta antes de llegar al final– pero que a Rulfo le dio posibilidades inimaginables para disparar su Rolleiflex 6x6.

Algunas imágenes son aéreas, así que las debió de tomar desde un helicóptero o una avioneta; en otras se ve que se ha subido a los furgones de carga; en otras está acostado sobre los raíles… En un mismo reportaje, de semanas de duración, Rulfo ensayó imágenes puramente estéticas (como composiciones geométricas de raíles o contrastes intensos entre zonas de sombras oscuras y fulgores de la luz solar del altiplano mexicano), imágenes sobre el desarrollismo (una toma de varias secuencias de una glorieta en que se aprecia el caos entrecruzado de personas, el tranvía y el tren de carga que aún atravesaba la urbe) e imágenes humanistas de crítica social (madres cargando cubetas en el tanque de agua de una locomotora de vapor o casuchas de familias miserables que vivían en los bordes de la línea ferroviaria, unas chabolas que recuerdan a las filmadas seis años antes por Luis Buñuel para la película Los olvidados y que formaban parte de lo que en la terminología urbanística de entonces, en la capital, se conocía formalmente como la Herradura de tugurios).

Buena parte de las fotos de Rulfo son del área de Nonoalco-Tlatelolco, donde había un denso nudo ferroviario y que en este proceso de reconversión urbana fue ocupada por uno de los proyectos más monumentales de la Modernidad arquitectónica mexicana, el conjunto habitacional Nonoalco-Tlatelolco, inaugurado en 1964 y diseñado por Mario Pani para albergar 15.000 viviendas en tres macromanzanas. En 1968, la Plaza de las Tres Culturas, uno de los espacios clave del conjunto, fue testigo de la histórica Matanza de Tlatelolco, en la que una protesta estudiantil fue aplastada por las autoridades con una lluvia de balazos que dejó, según cálculos extraoficiales, cerca de 300 muertos. Pero entonces, el tren de carga, aquel símbolo del atraso, ya se había ido del centro del México moderno, aunque su mundo había quedado grabado en la lente de Rulfo.

El País
Pablo de Llano
Ciudad de México
Sábado 04 de abril de 2015.

Antonio Bello Quiroz

“Esperé treinta años a que regresaras, Susana.
Esperé a tenerlo todo”.

Juan Rulfo, Pedro Páramo.

El 7 de enero de 1986 murió Juan Rulfo, hace 29 años guardó silencio para siempre. El escritor Juan Rulfo, quien es reconocido como uno de los más importantes escritores latinoamericanos del Siglo XX, fue además guionista y un fotógrafo destacado.

Juan Rulfo publica su novela Pedro Páramo en 1955, (dos años antes había publicado su libro de narrativa El llano en llamas, con quince relatos), pero se sabe que escribía desde por lo menos diez años antes; escribe y destruye lo que escribe, lo que es una forma de guardar silencio. Después de publicada su icónica novela también se sume en un silencio aún mayor, se sabe de su pertinaz reticencia a dar conferencias o participar en el “banquete” de la literatura de su tiempo, se mantuvo siempre alejado de los reflectores.

Juan Rulfo nació en Sayula, un pueblo en el Estado de Jalisco el 16 de mayo de 1918. En 1934 se traslada a vivir a la Cd. de México, donde trabaja en la Secretaría de Migración. Ahí se sabe que escribe una novela que jamás va a publicar El hijo del desaliento, donde, según Efrén Hernández, narraba el shock que le produjo dejar el campo y el encuentro con la gran ciudad y su universo de indiferencia.

Pedro Páramo es una novela donde el personaje central es el pueblo de Comala y sus personajes, (uno principal, Pedro Páramo), un pueblo donde no viven sino ánimas, un pueblo donde todos están muertos y por tanto no hay tiempo ni espacio. Están muertos y, sin embargo, no encuentran en la muerte la paz que se pregona, están muertos pero suspendidos en su descanso, sus pecados les impiden descansar: Comala es un pueblo de ánimas, donde el tiempo se detiene. Escribe Rulfo sobre Comala: “el reloj de la iglesia dio las horas, una tras otra, una tras otra, como si se hubiera encogido el tiempo”.

La novela se va desarrollando en la medida en que se va dando una relación dialéctica entre Comala, con todos sus personajes, y Pedro Páramo. Es una relación de interdependencia: en Comala están suspendidas sus muertes y sus vidas, se sostienen en un profundo rencor contra el cacique Pedro Páramo y éste, por su parte, requiere de Comala para existir. La narración se va construyendo de fragmentos que por momentos parecen aislados, el orden cronológico se revela como sin sentido en un mundo de fantasmas, el tiempo es otro, un tiempo lógico; digamos que la historia se construye en el no-tiempo de la muerte.

La historia nos sumerge desde el inicio en un universo sin tiempo ni espacio, tal como ocurre en el inconsciente, su universo es un universo de sueños, así lo describe el mismo autor en 1987, en su libro antología Obras: “un relato parecido al de sus sueños”.

Esta ambigüedad entre realidad y fantasma o ensueño se presenta desde el inicio de la novela; la madre le dice a Juan Preciado, su hijo a quien manda a Comala a buscar a su padre, un tal Pedro Páramo, que el camino que lleva a Comala, y a la Hacienda de la Media Luna. Le habla de Comala como quien describe un paraíso, entre suspiros y nostalgias. Al avistar Comala, Juan Preciado se encuentra con un páramo triste que contrastaba con lo que su madre le ha contado: “hay allí, pasando el puerto de Los Colimotes, la vista muy hermosa de una llanura verde, algo amarilla por el maíz maduro, desde ese lugar se ve Comala”.

Es el pecado y la culpa lo que liga a las ánimas de Comala con Pedro Páramo, que por su parte no siente culpa alguna. El mundo religioso, con el Padre Rentería, se erige como bisagra en esta relación. Aparece en el medio de esta relación pero se muestra también culpable porque el padre Rentería sabía de las fechorías de Pedro Páramo y siempre esperó que el cacique fuera a confesarse con él. Rulfo nos muestra aquí la visión negativa que tenía de la religión que guarda silencio ante las injusticias. La culpa y el pecado, con lo que lucra la religión, se muestran como lo que impide el descanso de las almas: de vivos y muertos.

Juan Preciado llega a Comala y se encuentra con un pueblo de ecos y susurros, que son las formas que el silencio adopta en la novela. Cruza el pueblo con Damiana Cisneros quien le dice “este pueblo está lleno de ecos, tal parece que están encerrados en el hueco de las paredes o debajo de las piedras”.

En Comala todos son rumores, ecos de presencia, excepto el cacique quien tiene vida propia, con sus actos se las ha robado a todos, opera como el Padre de la Horda primitiva. Pero Pedro Páramo también depende del pueblo, sólo existe a partir de lo que narran los demás personajes. El rasgo que lo define es que se encuentra suspendido en el recuerdo de Susana San Juan, quien se distingue de los demás habitantes del pueblo en tanto que se muestra inconquistable, su talón de Aquiles, ella no susurra como todos, grita, deja el polvo del páramo y sueña con el mar y su amor, Florencio; era quizá su locura lo que le permite no doblegarse al cacique. Al no poder controlarlo todo (la muerte de su padre Miguel Paramo –quien muere sin ser perdonado por el Padre Rentería- y el abandono de Susana San Juan), como ocurre con los tiranos, lo hace violento y lleno de sentimientos de venganza.

Ante la muerte de Susana San Juan, Pedro Páramo empieza a morir “por sus pleitos del alma”, y con él Comala. La venganza es anunciada por Pedro Páramo: “me cruzaré de brazos y Comala se morirá de hambre”. Pedro Páramo guardo silencio y con ello guarda distancia con los habitantes de Comala, hasta la eternidad.

Abundio Martínez, como quien comete un parricidio, se encuentra en el estado de gracia que le proporciona el alcohol, le da muerte.

Puebl@Media
Antonio Bello Quiroz
Ciudad de Puebla. Mx.
Miércoles 07 de enero de 2015.

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El mundo es comprendido por el paradigma, es la forma por la cual es entendido el mundo, el hombre y por supuesto las realidades cercanas al conocimiento.

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