Su ambigüedad ideológica o su habilidad para negociar con las estructuras sindicales vigentes hacen recordar a la figura del líder argentino

Imposible saber si Andrés Manuel López Obrador será un presidente bueno o uno malo. Pero todo indica que su inminente triunfo representa el fin de un régimen y el surgimiento de uno nuevo. Más aún, pinta para convertirse en una ruptura histórica. No solo porque, todo indica, ganará con más del 50% de los votos y tendrá una amplia mayoría en el Congreso, algo que no ha disfrutado cabalmente ningún mandatario mexicano en 25 años. También, y sobre todo, porque habrá cambiado radicalmente la estructura de partidos que ahora prevalece. No se trata solamente de una derrota del PRI, del PAN y del PRD, partidos protagónicos de la vida política de las últimas décadas, sino de un verdadero desfonde de estas fuerzas políticas de cara al futuro inmediato.

El fin del régimen tiene menos que ver con la fuerza o las virtudes de López Obrador que con el agotamiento de la partidocracia que intentó sustituir al régimen presidencialista. Con errores y aciertos los presidentes mexicanos de antaño y sus equipos poseían una visión de Estado de largo y mediano plazo. Las dirigencias de los partidos políticos, en cambio, convirtieron al Congreso en rehén de las marrullerías y mezquindades destinadas a mantener posiciones y canonjías a cualquier costo. Una y otra vez la politiquería de la sobrevivencia inmediata sacrificó cualquier posibilidad de construir estrategias de fondo para atacar los grandes problemas nacionales.

Sin mayor formulación que una narrativa en contra de la corrupción y una prédica en abstracto a favor de los pobres, López Obrador aparece justo en el momento en que ese híbrido parlamentarismo-presidencialismo se ha agotado. No hay respuestas ante la desigualdad galopante, la inseguridad pública y la corrupción. La clase política en su conjunto y el sistema que prohijó han tocado fondo.

Lo que veremos tras el 1 de julio es la devastación del PRI y la extinción del PRD. En las próximas elecciones ambos serán barridos. Cuadros y militantes de ambos partidos emigrarán masivamente a Morena en busca de las posiciones que ya no obtendrán en sus viejas organizaciones. Por su parte el PAN, el partido de derecha, se convertirá en la única oposición real, pero antes tendrá que pasar prácticamente por una refundación, luego del fallido y cruento asalto al poder por parte del joven Ricardo Anaya y los muchos cadáveres dejados en el camino.

En suma, López Obrador llegará a la presidencia en el contexto de un vacío de poder y un profundo descrédito de las fuerzas políticas rivales. Durante el primer año de gobierno su peso será aún mayor en la medida en que los tránsfugas del PRI y el PRD en el Congreso le ofrezcan una cómoda mayoría.

¿Qué hará Andrés Manuel con ese poder? Esa es la pregunta que comienzan a hacerse todos los mexicanos. El candidato ha dicho poco y en ocasiones a contrapelo de lo que dijo una semana antes. Su corpus ideológico es ambiguo, por decir lo menos. Una desconfianza arraigada con respecto a los tecnócratas y sus tesis neoliberales; una compulsa obsesiva en contra de la corrupción; su determinación a cambiar la historia a favor de los pobres. Pero en la práctica no es enemigo del gran capital ni profesa una militancia radical. En el arca de Noé que ha construido alberga a exdirigentes del PAN de corte conservador, a un partido evangélico de derecha, a empresarios de diversa índole, a una multitud de exfuncionarios priístas y a algunos luchadores y activistas de la izquierda tradicional. Una mezcla variopinta que dice muy poco sobre el régimen que nos espera.

Con todo, hay una constante en su movimiento político. Todos los caminos parten de y conducen a él. La propia indefinición política de Morena, su partido, favorece a su liderazgo; a falta de lineamientos o posicionamiento doctrinario todo depende de la voluntad del dirigente. Una y otra vez se ha descrito el ascenso de López Obrador como un fenómeno típicamente populista y se le compara a Hugo Chávez e incluso a Fidel Castro. Difiero. López Obrador carece del radicalismo del venezolano o el cubano. A mí en cambio me hace pensar en Perón, toda proporción guardada. Su ambigüedad ideológica, su capacidad para flotar por encima de las definiciones o para convocar a las fracciones políticas más divergentes y su habilidad para negociar con las estructuras sindicales vigentes, hacen recordar a la figura del líder argentino. En Morena como en el movimiento peronista cabe todo, siempre y cuando se jure respeto y lealtad al líder.

Pero desde luego todo esto es hipotético. Solo sabemos que a partir del 1 de diciembre El Peje tomará el control de un régimen moribundo. Lo que suceda después lo sabremos muy pronto.

@jorgezepedap

El País
Pensándolo bien…
Jorge Zepeda Patterson
Ciudad de México / España
Jueves 21 de junio de 2018.

Jorge Zepeda Patterson

Cabe preguntarse si el esperpento de presidencialismo que sobrevive hoy en día tiene capacidad real para operar un fraude

Considero que José Antonio Meade es un hombre decente. Un hombre decente que, todo indica, está dispuesto a hacer indecencias impensables en nombre de la decencia. El candidato del gobierno a las elecciones presidenciales del 1 de julio, rezagado a un distante tercer lugar tendría nulas posibilidades de triunfo en una democracia electoral y, no obstante, sigue convencido de que será el ganador en las próximas elecciones.

Su esperanza está nutrida por la convicción absoluta de que Andrés Manuel López Obrador, el candidato de la izquierda y quien le aventaja por 30 puntos en las encuestas, simple y llanamente no debe ser presidente del país. Lo que comenzó como un argumento descalificador típico de una campaña electoral (Obrador es un peligro para México) ha terminado por convertirse en artículo de fe, incluso si los votos dicen lo contrario. No pocos piensan como Meade.

Hace algunos años escuché a un empresario tapatío decir “entre mi obispo y la verdad, me quedo con mi obispo”. Hay muchas señales de que en círculos cercanos a la presidencia han terminado por recurrir a un sofisma similar: entre la democracia y mi amor por México, optó por mi amor por México. O en otras palabras, han comenzado a convencerse de la necesidad de un fraude patriótico. Y una vez convencidos de que López Obrador va a hacer en México lo que Chávez y Maduro hicieron en Venezuela, no hay objeciones morales para cometer las infamias que sean necesarias con tal de “salvar a la Patria”.

No obstante, y por fortuna, el destino del país no depende exclusivamente de los dilemas morales de los priistas y sus aliados (jodidos estaríamos). Cabe preguntarse si el esperpento de presidencialismo que sobrevive hoy en día tiene capacidad real para operar un fraude. Probablemente sí, si estuviéramos frente a la posibilidad de un empate técnico virtual entre dos contendientes. Pero la enorme desventaja con la que llega a el candidato oficial a estos comicios, convertiría a su victoria en un escándalo inverosímil dentro y fuera del país, y en términos políticos equivaldría en la práctica a un intento de golpe de Estado.

Y digo un intento, porque las posibilidades de instrumentar con éxito un fraude en esas condiciones son peregrinas. Me parecen exagerados los alcances que solemos atribuir al priismo y sus malas artes; y no por que les falten ganas o les sobren convicciones, sino por incapacidad. Hace unos meses, en las elecciones del Estado de México se llevaron la victoria con un margen estrecho. Más aún, la candidata de Morena obtuvo más votos que el abanderado del PRI, y si ganó este último solo se debió al hecho de que algunos votos de los partidos satélite alcanzaron a duras penas a darle la vuelta a la sumatoria final. La precariedad de su victoria, en ese que es el terruño del priismo y pese a contar con el control absoluto de los medios de comunicación, de autoridades electorales y del poder legislativo y judicial locales, revela los límites de la operación política frente a un votante adverso. No sirvió que todo el aparato de Estado federal se volcara en estas elecciones, tampoco la compra de votos que hoy nos asusta, ni las ingentes derramas de dinero en campañas asistenciales que inundaron al territorio toluqueño. El priista Alfredo del Mazo llegó a la elección con 31% de la intención de voto contra 32% de su rival, según las encuestas: un empate virtual. Terminó ganando con 33% gracias al apoyo de partidos pequeños, alguno de los cuales hoy apoya a López Obrador. Querían un triunfo arrollador, pero solo consiguieron una victoria de panzazo. ¿Qué podrían hacer ahora los operadores de la presidencia en la totalidad del territorio nacional que no pudieron hacer en su bastión hace unos meses? Si en su propio laboratorio apenas pudieron añadir dos puntos porcentuales a su gallo, ¿cómo harán para insuflar 30 puntos a su candidato presidencial en la jornada electoral? ¿Cómo inventar 15 millones de votos donde no los hay y sin que el país lo advierta?

En suma, buena parte de la élite del país puede estar convencida de la necesidad de un fraude patriótico o equivalente con tal de impedir el arribo de López Obrador. El problema para ellos es que no están en condiciones de producirlo. La idea del fraude patriótico es, en sí mismo, un fraude. O, parafraseando al propio López Obrador, podrán soltar al tigre, pero no hay manera de que puedan seguir siendo dueños del circo.

@jorgezepedap

El País
Jorge Zepeda Patterson
Ciudad de México / Madrid
Viernes 1 de junio de 2018.


Jorge Zepeda Patterson

¿Cómo hace Meade para salir de la cama por las mañanas, revisar la encuesta que le envían de Los Pinos que lo sitúa 20 puntos atrás, pararse sobre un templete y con el corazón en la mano y la garganta arrebolada decir ante cinco mil acarreados que él será el próximo presidente de México? Más sorprendente aún, ¿cómo hace para acabar conmovido por su retórica épica, fascinado por su anuncio de victoria? ¿De dónde saca la energía para repetir el numerito dos horas más tarde? ¿Cómo convencer a otros de un argumento en el que uno mismo no cree?

No debe ser fácil desplegar esta actividad de misionero de sol a sol, día tras día, 24 x 7 como dirían los itamitas en su jerigonza. Visitar en una jornada tres ciudades y en todas ellas repetir con vehemencia "yo mero" sin que el tono le traicione ni la sonrisa se le desdibuje.

Me pregunto cómo será el diálogo por las noches entre el candidato y su esposa, Juana Cuevas, al repasar los incidentes del día. ¿Se animarán uno al otro recordando la intensidad de un aplauso, la cifra de asistentes a un mitin? O, por el contrario, en ese espacio íntimo abandonan toda pretensión, dejan atrás máscaras de campaña y se sinceran sobre la larga línea de camiones usados para movilizar a los acarreados o comentan las actitudes lambisconas del líder sindical corrupto. O quizá están tan hartos del papel que la política les hizo jugar que por las noches simplemente se ponen hablar de los hijos y los pendientes hogareños.

Nota: por lo general prefiero no abordar el tema de los cónyuges de los políticos por considerarlo un asunto de la esfera privada. Pero en este caso el matrimonio Meade decidió convertir en actor político a "Juana". Advertido de su carisma, el PRI le organiza giras políticas independientes de las de su marido.

Hace mes y medio entrevisté a José Antonio Meade. En ese momento desplegó un optimismo arrollador; aseguró que sus encuestas anticipaban un repunte espectacular y que los debates volcarían el voto a su favor. Seis semanas más tarde las encuestas lo rezagan a un tercer lugar y a una distancia abismal del puntero. Dos de los tres debates ya han transcurrido sin hacer ninguna mella en la intención de voto. Y sin embargo, el entusiasmo y la convicción no decrecen un ápice. ¿Auto negación? ¿candor? ¿o simplemente es que sabe algo que los demás no acabamos de atisbar?

¿Cómo es posible que un doctor en economía, experto en la lectura de datos, no extraiga las conclusiones que derivan de las encuestas de instituciones respetables? Bloomberg, Mitofsky, Reforma e Ipsos, entre otras (ninguna de las cuales puede ser acusada de ser simpatizante de AMLO) muestran una realidad apabullante: el candidato del PRI se encuentra estancado o de plano en caída libre.

Con todo, respetaría el profesionalismo de Meade y su sentido de responsabilidad para trabajar con entusiasmo hasta el último día de la campaña. Y digo lo respetaría, si no hubiera sucumbido a las peores prácticas de su partido. Una cosa es ser responsable con la tarea encomendada y otra enlodarse en aras de ella.

Ya lo había mostrado en el primer debate con la denuncia de unos supuestos apartamentos de López Obrador que no estaban en su declaración, sabiendo perfectamente que esa información era falsa. The Wall Street Journal había publicado la nota dos años antes basado en el Registro Público, pero el diario rectificó al darse cuenta de que una década atrás, al morir su primera esposa, habían sido traspasados a sus hijos.

Peor aún, en el segundo debate incriminó a Nestora Salgado una luchadora comunitaria que pasó casi tres años en prisión hasta que un juez la exculpó de los cargos de secuestro. La acusación de Meade es una infamia jurídica y moral. Nestora era responsable de la policía comunitaria en Olinalá, Guerrero, entidad que admite la existencia legal de fuerzas del orden autónomas, surgidas ante la presencia del crimen organizado y la incapacidad de las autoridades. En su carácter de representante de la ley comunitaria, Nestora ordenó la captura de Armando Patrón acusado de robar vacas y asesinar al dueño de las mismas. Resultó que Patrón estaba vinculado a ganaderos cercanos al PRI de tal suerte que los poderes convirtieron esa detención en una acusación por secuestro. La apresó el ejército y la metieron en una cárcel de alta seguridad con el propósito de aplicarle una condena similar a la de El Mochaorejas. Se requirió de la presión de organismos internacionales para que un juez la liberara ante lo improcedente de la acusación. Hace unas semanas Morena la designó candidato al Senado; Meade volvió a convertirla en criminal. Insisto una infamia jurídica y moral.

Me preocupa la disposición de Meade a hacer cualquier cosa con tal de impedir su derrota. Refugiarse en el auto engaño es un recurso entendible para conseguir la fuerza de voluntad necesaria para empujar un mes más de campaña. Espero que su entusiasmo obedezca a ese autoengaño y no a la confianza que otorga saber algo que los demás ignoramos. Como por ejemplo estar preparando un fraude "patriótico". Algo que nunca creí que él estaría dispuesto a avalar, hasta que le oí incriminar a Nestora.

@jorgezepedap

www.jorgezepedap.net

Reforma
Jorge Zepeda Patterson
Ciudad de México
Domingo 27 de mayo de 2018.


Jorge Zepeda Patterson

Todos desprecian al Niño Verde, pero en el fondo todos lo envidian. Un parásito de la política con todos los privilegios y ninguna de las responsabilidades. Goza de influencia, poder y riqueza inagotables sin mayor esfuerzo y en total impunidad; perenne senador o diputado, siempre ausente pero con fuero asegurado. En los períodos electorales lo cortejan como si fuese la última CocaCola del desierto y en votaciones apretadas vende el voto de sus diputados a cambio de privilegios inconfesables.
Y es que tener un partido de 3 ó 4 por ciento del voto es el mejor de los negocios en este país. Para no ir más lejos, en las elecciones del Estado de México el año pasado el PRI perdió ante Morena, pero terminó siendo gobernador su candidato, Alfredo del Mazo, gracias al voto que sumaron el PVEM y el PANAL. ¿Cuánto creen que vale una gubernatura de ese tamaño?

Expulsados de la contienda por la presidencia, Margarita Zavala y Felipe Calderón saben que no volverán a Los Pinos, pero quizá todavía hay algo mejor que eso: obtener una licencia a perpetuidad encabezando la formación de una nueva versión de partido verde. Eso les aseguraría un financiamiento continuo de recursos públicos y, más importante, una gestión poderosa y decisiva vendiendo caro su amor en momentos de definición electoral o legislativa. Justo de esa manera, el PVEM ha logrado obtener una gubernatura, presidencias municipales y jugosas posiciones a repartir entre los suyos gracias al esquema de representación proporcional negociado con aliados más poderosos.

Margarita Zavala se baja de la contienda cuando aún conserva un poco de capital político. En las últimas encuestas se atisbaba ya una terrible realidad: el Bronco había comenzado a rebasarla y, todo indica, amenazaba con dejarla en un vergonzante último lugar el 1 de julio. Aunque en pleno declive, se retira con una intención de voto en torno a 3 o 4 por ciento, nada despreciable para José Antonio Meade o Ricardo Anaya, desesperados por descontar la distancia abismal que les saca Andrés Manuel López Obrador.

Ciertamente los simpatizantes de Zavala no migrarán automáticamente a donde ella diga, pero dentro del millón o millón y medio que se supone votaría por ella hay varios cientos de miles que atenderían un llamado de este grupo político a favor de un presunto "voto útil" (hay reportes que confirman que en barrios populares se intenta comprar un voto por 2500 pesos. Haga usted las cuentas de lo que valdría un millón de votos).

¿Pero a quién apoyarían los Calderón? Esa es justamente la carta de negociación que tiene el matrimonio para sentar el terreno para la formación de su nuevo partido. Por afinidad ideológica y política Zavala tendría que optar por apoyar a Ricardo Anaya, pero por razones de interés le conviene más inclinarse a favor de Meade. ¿Por qué? Primero, porque después de la elección, Peña Nieto todavía gobernará durante cinco meses; un lapso importante para que el presidente ayude a la nueva organización a sentar las bases territoriales para cumplir los duros requisitos que exige la fundación de un nuevo partido.

Segundo, porque muchos de los que forman parte de la campaña de Meade, incluyéndolo a él mismo, serían miembros potenciales de ese partido. Varios ex gobernadores panistas están resentidos con la manera en que Anaya se quedó con el PAN y los desplazó de posiciones estratégicas. Si bien es cierto que algunos de ellos no apoyaron a Margarita durante la campaña, no lo hicieron porque sin partido no había nada que ganar. Pero ellos, y muchos líderes regionales ignorados, estarían encantados de formar parte de una nueva organización que les asegure senadurías y presidencias municipales importantes. Justamente por eso es que a los Calderón les convendría un mal desempeño de Anaya el 1 de julio: muy próximamente competirán por la misma clientela.

Y, desde luego, está la parte "fresa" del PRI. Esa que ante la derrota estrepitosa que se avecina para el tricolor, no tendrá acomodo frente a la reacción de los duros que vendrán con todo a recuperar el partido tomado ahora a medias por los Meade, los Aurelio Nuño y los Videgaray. Muchos de ellos, muchos como ellos, preferirán ser cabeza de ratón en una nueva fuerza política que cola de león en una atiborrada y en picada organización.

Esta es mi hipótesis sobre la estrategia que estaría jugando la ex candidata independiente en las próximas semanas. Mientras tanto se aceptan sugerencia para el nombre del nuevo partido de Calderón y Margarita: ¿CALMA? ¿MARCA? O quizá algo menos personalista, ¿COINCIDIR? (la canción favorita de ella) o, de plano, HASICO, apócope de Haiga sido como haiga sido. ¿Usted cuál propone?

El País
Jorge Zepeda Patterson
Domingo 20 de mayo de 2018.


Jorge Zepeda Patterson

No hay nadie que contemple con mayor interés esta batalla “fratricida” que Andrés Manuel López Obrador

Conocemos el nombre del finalista para el 1 de julio, día de las elecciones presidenciales en México: Andrés Manuel López Obrador, líder actual en las encuestas, será el hombre a vencer. Pero, ¿por quién? Esa es justamente la pregunta que todo el país se hace. ¿Ricardo Anaya, el ambicioso y dinámico candidato del PAN, o José Antonio Meade, el buena persona y poco carismático representante del PRI?

Ambos, desde luego, además de otros cuatro, estarán en la boleta electoral, pero se da por descontado que la contienda real habrá de darse entre dos finalistas, a juzgar por el comportamiento del electorado desde hace 20 años (es decir, desde que el voto comenzó a reflejar la realidad, al menos de bulto). A nadie le gusta sufragar por un perdedor, lo cual significa que los simpatizantes del candidato que ocupa la tercera posición prefieren sumarse al puntero o, si lo repudian, inclinarse a favor del que se encuentre en segundo lugar y esté en condiciones de vencer al primero.

Bajo ese supuesto se entendía que el panista y el priista competirían entre sí de aquí al mes de mayo para conquistar el segundo puesto, y el perdedor tácitamente se haría a un lado para facilitar que el voto útil fluyera a su contrincante. Cualquier cosa con tal de evitar el ascenso al poder de López Obrador, el incómodo opositor de izquierda y severo crítico de los Gobiernos del PRI y del PAN que han alternado el poder en los últimos años.

Ese era el supuesto. En la práctica la segunda y tercera fuerza se han enzarzado en una guerra en la que no hay heridos ni se toman prisioneros. Ricardo Anaya, el panista, entendió que su rival no era López Obrador en esta primera etapa y se lanzó a cuestionar la corrupción priista un día tras otro y la responsabilidad de su rival, exsecretario de Hacienda de la Administración. En algún momento la presidencia juzgó que los cuestionamientos iban más allá de la confrontación política y bordeaban la ofensa personal. La represalia fue brutal.

La Procuraduría General de la República exhibió un celo que no se le ha visto en todo el sexenio para construir un fulminante proceso de lavado de dinero en la compraventa de terrenos presuntamente amañada para beneficiar a Anaya con poco menos de tres millones de dólares. Las acusaciones fincadas en contra de Manuel Barreiro, “socio” del panista, contrastan penosamente con el ritmo paquidérmico con el que la justicia ha actuado en contra de funcionarios de Pemex y gobernadores de documentado comportamiento delictivo.

No está claro si Anaya saldrá con vida políticamente hablando de esta andanada. La acusación ha sido un misil bajo la línea de flotación, justo cuando el joven estaba acortando distancias con el puntero y despegándose definitivamente del tercer lugar. Por su parte, los priistas han querido ver en este escándalo el punto de inflexión para hacer regresar a Meade de la caída libre en la que se había metido.

La confrontación entre Meade y Anaya me hace recordar las primarias demócratas de hace dos años (muchas salvedades guardadas). Hillary Clinton nunca pudo recuperarse de la imagen que Bernie Sanders dibujó en sus críticas: una mujer fría y calculadora, miembro de la élite política y cómplice de Wall Street y de la burocracia profesional. Donald Trump recogió tales críticas desde el otro extremo del espectro y terminó insuflándolas de resentimiento y desprecio.

En otras palabras, me preguntó si Meade y Anaya podrán recuperarse de aquí a julio de la golpiza que se están endilgando. Ciertamente puede haber un acuerdo de cúpulas dentro de algunas semanas, pero como en el caso de Hillary y Sanders, para muchos votantes será demasiado tarde; la imagen construida seguirá vigente el día de las elecciones.

Y no hay nadie que contemple con mayor interés esta batalla “fratricida” que López Obrador. De hecho, ya comenzó a cosechar. El mayor escándalo de su campaña electoral, la selección como candidato al Senado del polémico líder de los trabajadores mineros, Napoleón Gómez, no pudo ser explotado cabalmente por sus rivales porque la acusación en contra de Anaya terminó por opacarla. Lo que pudo haberse convertido en un disparo al pie de parte del líder de Morena perdió los titulares de las noticias por la presunta corrupción del candidato del PAN exhibida por las autoridades.

Históricamente PRI y PAN se habían comportado como rivales a modo, al menos en las batallas decisivas. Esta vez es diferente. Me pregunto si la noción de “voto útil” sobrevivirá a la carnicería. Tiene poco sentido una alianza de paz en un campo sembrado de cadáveres.

@jorgezepedap

El País
Jorge Zepeda Patterson
Ciudad de México
Jueves 1 de marzo 2018.


Jorge Zepeda Patterson

Sabíamos que José Antonio Meade, el candidato oficial, no lo tendría fácil considerando los altísimos niveles de reprobación del gobierno priista de Enrique Peña Nieto. Lo que no esperábamos es que se colocara tan pronto en un tercer lugar, por debajo del puntero Andrés Manuel López Obrador y del abanderado del Frente PAN-PRD, Ricardo Anaya. Sobre todo porque no hay duda de que hay una maquinaria mediática y una campaña de Estado volcada a favor del ex secretario de Hacienda.

En otro espacio analicé las razones por cuales Meade, no obstante proyectar una imagen de buena persona, carecía de una personalidad carismática capaz de contrarrestar los negativos que arrastra el partido que representa. La única manera en que podría construir una narrativa atractiva pasaría por cuestionar de manera explícita o implícita al presidente. Pero eso es poco menos que imposible toda vez que Peña Nieto es el titiritero detrás de este candidato. De hecho, uno de los factores que se mencionan para explicar la pobreza y los desaciertos de la campaña del candidato oficial, es la multiplicidad de generales enviados por Los Pinos, el PRI, Gobernación, Videgaray o los viejos mandarines del tricolor. Una arrebatinga en toda la línea en torno al candidato y su mensaje.

Y justamente, como resulta imposible proponer un mensaje de cambio (porque machucaría al presidente), sus estrategas han intentado construirle a Meade una imagen de ciudadano. Uno spot tras otro insiste en presentárnoslo como una persona común y corriente. Una prestidigitación mayor si consideramos que ha sido ministro de cinco secretarías a lo largo de los últimos diez años.

Por lo demás, el calendario político actuó en su contra. Si la campaña de Meade hubiera arrancado con una intensa gira de negociaciones con la sociedad civil, los empresarios, los universitarios, los grupos profesionales y las ONGs, quizá el funcionario habría tenido alguna oportunidad de "venderse" como un político diferente o un "no político". El problema es que tras su destape, dedicó las primeras semanas a visitar los siete templos del corporativismo priista y a besar los anillos de los líderes del sindicalismo charro. Meade hizo públicas sus genuflexiones ante el PRI para convencer a los militantes que aceptaran convertirlo en su abanderado. Pero al hacerlo su candidatura "ciudadana" nació muerta.

Unas horas después de abrazar a Romero Deschamps, el sempiterno líder del sindicato petrolero y epítome de la corrupción, Meade cuestionó las finanzas de López Obrador y prometió un programa de transparencia y honestidad. Simple y sencillamente pareció un mal chiste. Días más tarde entre risotadas y palomeos en la espalda presidió un acto priista en compañía de Manlio Fabio Beltrones, justo cuando un funcionario brazo derecho del sonorense era señalado por desviar ilegalmente fondos a las campañas del partido oficial.

Si escogieron a Meade como candidato porque era el único de los suspirantes que no parecía priista (de hecho, ni siquiera estaba registrado como militante), los estrategas se dieron un balazo en el pie al obligarle a darse un baño de partido. Si querían asegurar el apoyo de los priistas tendrían que haberlo conseguido en negociaciones de gabinete, no en actos de masa de acarreados que lo asocian a cincuenta años de manipulación oficial. Presentarlo como una especie de candidato ciudadano después de esa cargada, parece una tomadura de pelo.

No es de extrañar que su campaña haya nacido muerta. ¿Cómo remontar del tercero al segundo lugar sin una propuesta de cambio atractiva (que sería prohibida por Los Pinos)? ¿Cómo sostener que es un candidato de los ciudadanos después de recorrer el país con declaraciones públicas de amor a las cúpulas priistas? ¿Y ahora qué va a hacer Peña Nieto? ¿Pactar con Anaya? ¿Pactar con López Obrador? O de plano: ¿"ganar haiga sido como haiga sido"?

@jorgezepedap

www.jorgezepedap.net

El País
Jorge Zepeda Patterson
Ciudad de México
Lunes 12 de febrero de 2018.


Jorge Zepeda Patterson


Las encuestas ubican a José Antonio Meade, candidato del PRI a las próximas elecciones presidenciales, en un tercer lugar


¿Qué se hace en medio de la luna de miel cuando te golpea la absoluta certeza de que te has casado con la persona equivocada? ¿Cómo desandar tres años de estudios de la profesión que comienzas a odiar? ¿Cómo regresar el calendario para designar a un candidato presidencial que sí funcione? Exactamente la sensación que debe estar experimentando Enrique Peña Nieto estos días: se está desplomando en caída libre José Antonio Meade, el campeón destinado a mantener al PRI en Los Pinos. Apenas un mes después de haber sido designado candidato, la mayor parte de las encuestas y sondeos lo ubican en un tercer lugar, por debajo de Andrés Manuel López Obrador, opositor de izquierda y de Ricardo Anaya el joven sorpresa del frente formado por PAN y PRD.

La percepción del desplome de José Antonio Meade se está convirtiendo en una bola de nieve imparable

Y más preocupante que las encuestas es la percepción reinante en redes sociales y charlas de sobremesa. Su estrategia de campaña carece de un foco; en las primeras semanas optó por atacar a sus rivales, pero siendo el candidato del partido en el poder toda crítica terminó convertida en bumerán. Una y otra vez las pullas lanzadas se convirtieron en memes contraproducentes que lo dejaron mal parado. Pero más que una estrategia, lo que le ha faltado al abanderado priista es la sustancia misma que convierte a alguien en candidato: carisma, agudeza y cierta dosis de malicia. No son tiempos que premien el candor.

Las razones por las que este técnico, ex secretario de Hacienda, podía ser un buen candidato resultaron justamente sus falencias. Presentarse como buena persona y deslindarse de los priistas o de los políticos, parecía una buena estrategia, pero al no ir acompañada de una serie de propuestas sólidas o novedosas para atacar los problemas de México, la imagen que proyecta es la de un personaje blandengue a quien la arena política le ha quedado grande. En su favor habría que decir que los tiempos previstos por las autoridades electorales prohíben en esta etapa presentar programas de gobierno o equivalentes, pero sus rivales se las han arreglado para difundir ideas que de alguna manera despiertan interés o polémica. En el caso de Meade el debate se ha centrado en la cursilería de sus anuncios o los temas de su dieta.

Se dirá que es muy pronto para descartar a un candidato; faltan cinco meses para las elecciones. Después de todo, Meade es el candidato de la poderosa maquinaria oficial. Y basta ver las portadas de los diarios y los noticieros de la televisión para percibir la manera interesada y parcial en que es arropado el abanderado del régimen.

Pero dos factores operan inexorablemente en contra del delfín de Peña Nieto. Primero, que buena parte de la conversación pública ya no pasa por los medios convencionales. Los electores jóvenes y los círculos de influencia en los distintos nichos abreva en redes sociales que están masacrando al candidato oficial al grado de que la intención de voto, según las encuestas, lo ha castigado con rudeza al margen de lo que diga la prensa oficialista.

Y segundo, y más grave: las elecciones presidenciales en México constan en realidad de una primera y de una segunda vuelta, aun cuando se realicen de manera extraoficial. Siempre hay tres candidatos competitivos, pero solo llegan dos opciones viables a la jornada electoral (julio en este caso). Es decir, de aquí a mayo y quizá antes, el segundo y tercer lugar luchan para convencer al electorado de que solo uno de ellos puede vencer al puntero. Está claro que López Obrador de Morena es ese puntero y que Anaya y Meade están enfrascados en una contienda personal para convertirse en el legítimo segundo lugar, exigir el voto útil del tercero y estar en condiciones de derrotar a la “amenaza contra México” que representa el advenimiento de la izquierda.

Pues bien, de ser cierta la tendencia de los sondeos, esa primera vuelta está por consumarse sorprendentemente temprano. La percepción del desplome de Meade se está convirtiendo en una bola de nieve imparable y extiende la percepción de que Anaya es el único candidato viable frente a Morena.

¿Qué opciones tiene Peña Nieto? Alguien afirmará que los tiempos electorales todavía permiten sustituir a Meade por Aurelio Nuño, su “cover” oficial. Pero al margen de que eso significaría para el PRI recomenzar con una derrota reconocida a cuestas, el recambio tampoco inspira confianza. Representaría simplemente otra manera de perder. Siendo así, caben otras dos opciones. Negociar con Anaya un relevo amnistiado del poder (como ya sucedió entre PRI y PAN). Y, desde luego, siempre cabe una vía inesperada: pactar con López Obrador, ahora que está en fase conciliadora y benigna. Difícil, pero no imposible. A estas alturas se conoce mejor al viejo enemigo tabasqueño que al impetuoso y enfebrecido recién llegado.

@jorgezepedap

El País
Jorge Zepeda Patterson
Ciudad de México
Juevesw 1 de febrero 2018.


Jorge Zepeda Patterson

La denuncia del gobernador de Chihuahua ha sido un torpedo en la línea de flotación de Hacienda, un ministerio que se suponía al margen de la alternancia política

¡Chihuahua! Es una exclamación que algunos mexicanos usan para expresar sorpresa, entusiasmo o molestia. Justo las reacciones que Chihuahua y su gobernador están provocando en el país en su cruzada en contra del Ministerio de Hacienda y el uso faccioso y electoral de los recursos fiscales. Durante años creímos que los gobernadores corruptos eran resultado de la caída del presidencialismo y la descentralización, de la ausencia de contrapesos. En su primer año Javier Corral, gobernador de Chihuahua, ha mostrado que en realidad los abusos de estos sátrapas regionales fueron producto de un diseño político y financiero orquestado desde la federación para apoyo del PRI nacional y sus campañas. En el fondo no fue la descentralización del poder sino la sofisticación de la centralización lo que dio lugar a estos abusos.

Veamos. Muchos gobernadores de alternancia suelen emprender investigaciones judiciales sobre la administración anterior. Los más recientes: Miguel Ángel Yunes en Veracruz sobre Javier Duarte; Carlos Joaquín en Quintana Roo sobre Roberto Borge; y Claudia Pavlovic en Sonora sobre Guillermo Padrés. Los tres casos derivaron en ordenes de aprehensión y divulgaron escándalos de corrupción indignantes. Pero al final queda la impresión de que tras la llamarada inicial y saciado el apetito de venganza o las promesas de campaña, los gobernadores dejan que el sistema decida los alcances de las investigaciones. En última instancia, las posibilidades de cárcel para esos exgobernadores y sus círculos de colaboradores y familiares corruptos están sujetas a las necesidades de imagen de la presidencia y a los amarres políticos que dicte el calendario electoral.

Lo de Javier Corral en Chihuahua ha sido distinto. El gobernador panista no sólo enfiló las baterías en contra de su antecesor priista, César Duarte, un ladrón donde los haya, sino también contra la estructura federal que provocó las corruptelas. El enfoque de Corral es correcto; hasta ahora todas las "vendettas" se han limitado a los operadores materiales, sin abordar al sistema financiero diseñado desde el centro para prohijarlos. Ahora se ha puesto en evidencia que la proliferación de abusos de los gobernadores no fue resultado de la descentralización de los poderes (algo que habíamos tomado como un subproducto de la caída del régimen presidencialista) sino el fruto de una estrategia financiera diseñada desde el centro y, en última instancia, destinada a favorecer al centro.

El ramo 23, una partida presupuestal ambigua y hasta cierto punto discrecional, existe desde los años ochenta, pero adquirió niveles astronómicos recientemente (en 2016 ejerció el equivalente a poco más de 12.000 millones de dólares). Mediante el simple recurso por parte de Hacienda de subestimar sus ingresos del año siguiente, logra canalizar a este rubro montos que superan el presupuesto de varias secretarías. Y, más importante, incluye la partida de proyectos para el desarrollo regional que si bien se asigna desde las Cámaras (de allí que se le conozca como la partida de "los moches") es la Secretaría de Hacienda la que los aplica y les da seguimiento. En la práctica una enorme "bolsa chica" que el Gobierno federal y, ahora está visto, sus operadores políticos ejercen de manera discrecional y de cara a los intereses electorales y facciosos del PRI nacional.

Corral ha puesto en evidencia el puente financiero que se estableció entre funcionarios de Hacienda, de la tesorería de Chihuahua y del comité nacional del PRI para hacer llegar a ese partido recursos originalmente destinados a aquella entidad. Por desgracia no fue una excepción. Parte de los delitos que se imputan a los ex gobernadores de Sonora, Quintana Roo o Veracruz, se presume, fueron orquestados por la misma vía.

La denuncia que ha hecho Javier Corral ha sido un torpedo en la línea de flotación de Hacienda; un ministerio que se suponía se manejaba con criterios técnicos y al margen de la alternancia política. Y la respuesta de estos financieros a la acusación ha sido por demás reveladora y torpe: detuvieron en represalia la asignación de recursos del ramo 23 a Chihuahua. Y tampoco es que hubieran detenido mucho, desde que llegó Corral la entidad ha recibido 61 millones de pesos; los otros estados un promedio de 1,023 millones.

El gobernador de Chihuahua ha emprendido una marcha política a la Ciudad de México en demanda de las partidas que la federación ha retenido a su Administración. Su lucha es importante, pero lo que verdaderamente está en juego es la corrupción política endémica que nunca debió invadir al sistema hacendario de nuestro país. Esperemos que el desenlace de esta marcha sea algo más que un cheque de muchos dígitos.

El País
Jorge Zepeda Patterson
<<Ciudad de México >>
Sábado 27 de enero 2018.


Jorge Zepeda Patterson     

La campaña soez y pendenciera de Trump para ganar la presidencia en EE UU ha tenido un efecto deplorable en los candidatos mexicanos

La democracia electoral en México y en buena parte de los países llamados en desarrollo es como el de la alimentación: no habíamos salido de la desnutrición cuando nos cayó encima un severo problema de obesidad. Lo peor de los dos mundos. O como el transporte urbano: carecemos de él, no tenemos aún planta automovilística masiva pero ya nos las arreglamos para tener atascos peores que en una autopista de Los Ángeles. La misma paradoja (parajoda en realidad) ataca a nuestros procesos electorales. La legitimidad de las autoridades y los resultados siguen estando bajo sospecha, pero ya padecemos las distorsiones y abusos que las campañas han tomado en las democracias maduras.

La comunicación soez y pendenciera que desplegó Donald Trump para ganar la presidencia en Estados Unidos ha tenido un efecto deplorable en nuestros candidatos. Los cuartos de guerra de los partidos políticos en campaña están convencidos de que el bullying, la acusación rampante pero ingeniosa o la lluvia de epítetos es más eficaz en términos mediáticos y en redes sociales que la difusión de propuestas. Los candidatos no tratan de demostrar que conocen a fondo los problemas del país y tienen propuestas para combatirlos. Ni siquiera se devanan los sesos para mostrarse inteligentes, paga más proyectar sagacidad y astucia. Los periódicos y noticieros no quieren citas de expertos o diagnósticos acuciosos sino frases ocurrentes y golpes verbales a la mandíbula de los rivales.

Y por desgracia la tripleta de candidatos que disputará el poder presidencial el próximo verano en México no hace sino acentuar la pobreza del debate y magnificar la importancia de los memes. La intención de voto está claramente liderada por el abanderado de la oposición, Andrés Manuel López Obrador, un hombre que posee un voto duro favorable en torno al 35%, aunque también concentra un voto negativo explícito considerable. Las dos propuestas del sistema, José Antonio Meade, del partido oficial y Ricardo Anaya, el joven líder del partido de la derecha, el PAN, simple y sencillamente no despiertan pasiones. Ante la pobreza de la “mercancía”, la estrategia de venta diseñada por los publicistas está más encaminada a atacar al rival que en presumir las virtudes del propio candidato. No se trata de presentar una idea atractiva o una propuesta clave, reditúa mucho más torpedear y ridiculizar cualquier cosa que presente el contrario.

Los dos rivales de López Obrador no han ahorrado epítetos sobre la idea esbozada por el tabasqueño de considerar una amnistía en la guerra contra las drogas. Ni Anaya ni Meade se han sentido en la necesidad de ofrecer alguna idea concreta para resolver la inseguridad pública; lo cual no les ha impedido destazar sin medida y sin rubor las ideas de su contrario al respecto.
Y no se pretende victimizar al candidato de la izquierda. Tampoco él se queda corto en descalificaciones ocurrentes en contra de sus competidores: “Mafia en el poder”, pirruris y señoritongos.

Podemos anticipar dos ejes en la belicosidad de la campaña electoral. De enero a mayo veremos una lucha encarnizada entre José Antonio Meade y Ricardo Anaya. La única manera en que alguno de los dos puede vencer a López Obrador es atrayendo a los votantes de su rival. Solo sumando segunda y tercera fuerza podrán compensar la ventaja que tiene el líder de Morena. Anaya tratará de convencer al electorado de que Meade se ha desinflado y sólo él puede ser el depositario del voto útil para impedir el ascenso al poder del abanderado de la izquierda. Y, desde luego, Meade hará lo propio en contra de Anaya.

Simultáneamente todos los frentes mantendrán su pulso en contra de López Obrador. La campaña del miedo ya ha rendido frutos antes. Convertirlo en una amenaza para México y en un Hugo Chávez en potencia es una narrativa que ofrece más dividendos electorales que una propuesta de gobierno. Las campañas negativas siempre han sido un recurso efectivo electoral; ahora parece ser el único.

@jorgezepedap

El País
Jorge Zepeda Patterson
Ciudad de México
Viernes 19 de enero de 2018.


Jorge Zepeda Patterson    

“¿Qué lleva al PRI a convertir a este provocador contumaz en vocero de su causa? El fenómeno Trump, supongo”.

Que Javier Lozano brinque de un partido a otro para contratarse como gatillero sicario a las órdenes de un nuevo patrón, no tiene nada de sorprendente: la mayoría de los políticos no deja que las convicciones o la ética se atraviesen en su camino. Lo que llama la atención es que un partido abra los brazos y encumbre al que hasta unos días antes escupía sobre sus cabezas. Peor aún, tendríamos que preguntarnos ¿cuán descompuesto está el clima político para que los asesores de José Antonio Meade hayan concluido que se requiere a un buleador profesional para encarar la campaña electoral?

¿Qué lleva al PRI a convertir a este provocador contumaz en vocero de su causa? El fenómeno Trump, supongo. Una lectura superficial de lo que sucedió en Estados Unidos podría concluir que el camino a la presidencia se esculpe a golpes de tuits soeces, políticamente incorrectos, estridentes. Si creen que Trump está en la Casa Blanca gracias a sus insultos y a un comportamiento de barbaján para con sus rivales, entonces el fichaje de Lozano cobra sentido.

Incluso el propio Meade desde hace unos días ya había asumido esta estrategia. Dejó atrás la estudiada imagen de buena persona no-rompo-un plato, para subirse al ring y retar a López Obrador y a Ricardo Anaya. Alusiones al patrimonio del tabasqueño o a la novatez del joven candidato panista, por no hablar de duros reclamos a la corrupción de sus rivales. Las diatribas de Meade fueron muy aplaudidas por sus seguidores, aunque el resto del país no pudo dejar de pensar en el típico refrán “el burro hablando de orejas”. Acusar a sus competidores de ser corruptos minutos después de abrazar efusivamente al líder petrolero Romero Deschamps no es precisamente el mejor de los timings.

En todo caso Meade es un Trump muy poco convincente. Javier Lozano, en cambio, se ha preparado toda su vida. Originario de Puebla, pero capitalino de siempre, es egresado de la Escuela Libre de Derecho donde conoció a Felipe Calderón, aunque militó en el PRI bajo cuyas siglas llegó a ser oficial mayor y subsecretario de Comunicaciones y Transportes en el sexenio de Ernesto Zedillo. Caído de la gracia de la cúpula priista, en 2006 se vinculó a Calderón y se las ingenió para ser ungido secretario del Trabajo y Previsión Social. Desde este puesto, Lozano se haría célebre por algunas batallas épicas. Con el sindicato Mexicano de Electricistas, con los trabajadores de Cananea, con el sindicato de sobrecargos, con el periodista Miguel Ángel Granados Chapa o con el empresario chino Zhenli Ye Gon, a quien terminaría acusando de difamación luego de que el contrabandista intentó implicarlo en temas de lavado de dinero. En estos y otros desencuentros, Lozano se caracterizó por su estilo rijoso y rudo, y por su gusto para ventilar en público y sin aparentes filtros sus humores y sus fobias. Dentro del calderonismo el ahora ex senador desempeñó el trabajo sucio para atacar y enlodar a los rivales de su fracción (entre otras cosas enarbolando duros epítetos contra Enrique Peña Nieto y los que hoy lo han contratado).

La incorporación de Lozano, además, tiene un segundo propósito. La batalla entre José Antonio Meade y Ricardo Anaya será feroz y despiadada porque ambos intentarán convertirse en beneficiarios del voto anti lopezobradorista. La única oportunidad que tienen de ganarle al líder de Morena es capturando el voto útil de su rival, es decir, fusionando en la práctica al segundo y al tercer lugar. De aquí a junio Meade tiene que convencer al electorado conservador que Anaya se ha desinflado y que él es la única alternativa viable ante AMLO. Javier Lozano podría ser clave porque proviene del PAN, conoce sus trapos sucios y, mejor aún, está dispuesto a ventilar la basura, real o presunta, en una arena pública que nuestro personaje suele convertir en paredón.

@jorgezepedap
www.jorgezepeda.net

Sin Embargo
Jorge Zepeda Patterson
Ciudad de México
Lunes 15 de enero de 2018.

Página 1 de 4

 

El mundo es comprendido por el paradigma, es la forma por la cual es entendido el mundo, el hombre y por supuesto las realidades cercanas al conocimiento.

Síguenos en Twitter