Jorge Zepeda Patterson

El próximo presidente de México va a necesitar echar mano de toda la lucidez de la que sea capaz, pero también de sus zonas oscuras. Tendrá que ser un conciliador para encontrar consensos y un impertinente tozudo si quiere sacar adelante algunas de sus promesas; perdonador de pecados en aras de la estabilidad y, al mismo tiempo, justiciero para impedir que su generosidad se traduzca en impunidad. Sabe que algunos de los empresarios con los que ahora intercambia abrazos son unos pillos, o que la mayor parte de los líderes sindicales que le apoyan han llegado allí gracias a la manipulación y la corrupción; pero también sabe que es imposible mover a este país en confrontación abierta con los poderes reales.

Para decirlo con crudeza, los grupos de interés intentarán usar en su beneficio al próximo presidente (ya lo están haciendo) y este a su vez buscará utilizarlos para impulsar su ambiciosa agenda de cambio del país. Uno y otros pretenden usarse mutuamente en un duro juego de amagos, sonrisas y abrazos, golpes bajo la mesa, tirones y jaloneos. En este mar de tiburones la ingenuidad goza de una muy corta esperanza de vida.

El poder presidencial hace mucho que dejó de ser omnímodo. La globalización, los contrapesos que provocó la alternancia, el peso del crimen organizado, la fragmentación del territorio, la complejidad de la sociedad mexicana provocan que Palacio Nacional carezca de muchos botones y palancas necesarios para tripular los destinos de la Nación. Peor aún, tales botones y palancas están dispersos en una miríada de protagonistas desde las redes sociales, Facebook y compañía, hasta el peso decisivo de un cártel de la droga en las sierras de Michoacán o en las calles de Acapulco; pasando, desde luego, por empresarios, trasnacionales, sociedad civil, iglesia, medios de comunicación, partidos y gobiernos de oposición, órganos autónomos o semi autónomos y un largo etcétera.

López Obrador tiene a su favor que arranca con un poder que ningún presidente tenía desde hace treinta años (el último, Carlos Salinas). Tendrá mayoría en las cámaras y un control sobre su partido que nadie ha gozado en décadas (y la expresión "su partido" en este caso es literal). Arrancará el sexenio con un apoyo popular inusitado gracias al 53 por ciento con el que triunfó, pero sobre todo por la exasperación de los ciudadanos, hartos de la corrupción y la inseguridad, y su deseo de un cambio.

Pero nada de este apoyo será útil si no va acompañada de una extraordinaria habilidad para navegar en aguas tormentosas plagadas de escollos. El caso de Obama y sus ocho años en la Casa Blanca son ilustrativos; no puede decirse que haya naufragado, ciertamente, pero buena parte de sus propuestas ni siquiera pudieron salir a mar abierto; la red de poderes adversos las neutralizó y las condenó a quedar varadas en el muelle de salida.

Ya hemos visto la manera en que López Obrador ha comenzado a matizar algunas de las promesas de campaña; en algún tema parecería, incluso, que está dispuesto a dar marcha atrás. En parte es un fenómeno natural; los lemas de campaña no admiten matices, mientras que el ejercicio de gobierno consiste en gestionar matices y obliga a tener en cuenta factores jurídicos, intereses contradictorios y efectos colaterales no contemplados antes. Sucede aquí y en Suecia.

Pero también se explica por otro motivo. El cálculo político que lleva a priorizar unos objetivos sobre otros y entender que es imposible imponer la agenda completa y de una vez por todas. Negociar implica ceder aquello que puede esperar o, de plano, sacrificar, en aras de conseguir lo que se juzga impostergable e irrenunciable. Parecería que López Obrador ha decidido no hacer olas entre las élites por el momento a cambio de pavimentar el camino de alguno de sus proyectos más queridos: la generación de oportunidades para los jóvenes, por ejemplo.

En este juego de astucias el tiempo es oro. En más de un sentido es una carrera contrarreloj. La inercia de la toma de posesión y el cambio de régimen genera una luna de miel y un apoyo popular que esta a la vista. Pero irá menguando, a menos que algunas de las expectativas que abriga la población comiencen a satisfacerse. La opinión pública no entiende de matices, pero AMLO tendrá que echar mano de todos ellos para sacar adelante algún logro significativo, visible e impactante. El problema es que los otros tiburones también lo saben y muchos de ellos no estarán dispuestos a concederlo en su afán de ganar tiempo y esperar a que la desilusión de los ciudadanos lo debilite.

Lo dicho, una danza de tiburones.

@jorgezepedap

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Reforma
Jorge Zepeda Patterson
Ciudad de México
Lunes 17 de septiembre de 2018.


En un país en el que la figura presidencial es percibida con ánimos monárquicos, resulta inusitado ver a un presidente electo cargar su propio equipaje

La imagen de Andrés Manuel López Obrador arrastrando con una mano una maleta de viaje con un portafolio encaramado en precaria columna mientras sostiene con cierta dificultad un teléfono celular en el oído, arrasó en redes sociales. En un país en el que la figura presidencial es aun percibida con ánimos monárquicos, resulta inusitado ver a un presidente electo cargar su propio equipaje y sin el impensable séquito de ayudantes y cortesanos.

Más aún cuando en las mismas horas la opinión pública se escandalizó con los problemas por los que pasó Francisco Cobos en París cuando al tomar fotos de Angélica Rivera, la primera dama, mientras esta comía con sus hijas en un famoso y caro restaurante. Guardias al servicio de la esposa de Enrique Peña Nieto intimidaron al improvisado fotógrafo hasta obligarle a borrar las imágenes (una hija de Cobos logró captar a cierta distancia a La Gaviota y el acoso que sufrió su padre).

El contraste entre los hábitos de viaje en ambos casos no hace sino ampliar las buenas sensaciones que ha provocado López Obrador en la opinión pública desde que venció en los comicios presidenciales hace cinco semanas. Obtuvo alrededor del 53 por ciento de la votación, pero a partir de ese momento se ha dedicado a sumar voluntades y entusiasmos, hasta conseguir una aprobación claramente masiva. El mejor indicador sigue siendo el peso mexicano que, lejos de desplomarse como se había presagiado, ha ganado alrededor de un 12 por ciento a partir del triunfo del candidato de la izquierda. Algo que ni siquiera sus más apasionados seguidores habían anticipado.

El entusiasmo que ha generado López Obrador tiene que ver desde luego, con la “cargada” natural a favor de los ganadores que suele darse en los primeros meses de una nueva administración. Tomará posesión a partir del 1 de diciembre, pero el continuo anuncio de las nuevas políticas y designaciones, y el vacío de poder de un Peña Nieto ausente para efectos prácticos, provocan la sensación de que el nuevo régimen ha comenzado ya en más de un sentido. Andrés Manuel se ha beneficiado de la fascinación que despiertan los recién llegados al poder.

Pero su creciente popularidad también es resultado de una cuidadosa estrategia de alianzas tranquilizadoras. El presidente electo se ha reunido con empresarios de toda índole (incluyendo a Carlos Slim con quien polemizó públicamente en la campaña a propósito de la construcción del nuevo aeropuerto), con obispos y líderes sociales, con rivales políticos, incluido José Antonio Meade ex candidato priista. Ha hecho las paces con enemigos del pasado y prometido que la suya será una administración incluyente y sin ánimos revanchistas.

En suma, en pocas semanas López Obrador ha conseguido que las amenazas de inestabilidad tras su triunfo se conviertan en aceptación resignada pero también aliviada entre los sectores conservadores. El tan temido lobo que habían profetizado los radicales de derecha no apareció por ningún lado. Y el entusiasmos entre los seguidores de Andrés Manuel tampoco ha menguado pese los gestos conciliadores para con las élites de parte del presidente electo. Y esto en buena medida gracias a las imágenes de su líder arrastrando una maleta por el aeropuerto. “No, no se ha vendido al poder, sigue siendo el mismo hombre austero y honesto, su discurso conciliador es una estrategia política para facilitar el cambio sin boicots o resistencias”, dirían sus asesores.

Y en efecto, una maleta roja barata, probablemente proporcionada por su esposa en el último momento ante el estado calamitoso del equipaje de su marido, confirma que hay un abismos de separación entre la visión del mundo de Angélica Rivera y Peña Nieto, y la de López Obrador. Y esa es la mejor tarjeta de presentación del presidente entrante.

Desde luego la popularidad inicial de la que goza AMLO no es una patente de corso. Aunque nunca alcanzó este rating, Enrique Peña Nieto también disfrutó del beneficio de la duda tras presentar su célebre Pacto por México al arranque de su sexenio. Alcanzó su cúspide cuando la revista Time lo declaró el modernizador del país gracias a sus reformas; era el Peña Nieto Momentum. Ya sabemos lo que duró.

Por lo pronto, López Obrador vive su luna de miel con el pueblo mexicano. Y nunca mejor expresado que el tuit espontáneo y anónimo que acompañaba a la imagen del hombre arrastrando una maleta: “cómo no te voy a querer”.

@jorgezepedap

El País
Jorge Zepeda Patterson
Ciudad de México / Madrid
Jueves 9 de agosto de 2018.

 
El triunfo de Morena ha puesto a prueba la capacidad de adaptación de las élites mexicanas

Hormigas en una vitrina. Los grupos de poder y sus esfuerzos por reacomodarse ante el tsunami político que vive México me hace recordar los hormigueros en aparador que alguna vez vi en un museo de ciencias naturales. Como los pequeños insectos, empresarios, dueños de medios, intelectuales y líderes religiosos corren de un lado a otro en busca de la mejor estrategia para acomodar sus asuntos y resolver la tragedia que les ha caído encima.

Los millonarios que juraron que abandonarían el país si el bárbaro de Tabasco asumía la presidencia ahora buscan desesperadamente un contacto cercano al primer círculo de ese al que despreciaron porque ni siquiera sabía hablar inglés. Los dueños de medios descubren repentinamente que sus directores editoriales, furibundos anti lopezobradoristas, merecen ya un descanso. Intelectuales que hasta ayer encontraban absurdas las tesis trasnochadas y anacrónicas de un populista antidemocrático y mesías, encuentran perlas de sabiduría a los dichos del, hasta hace poco, innombrable.

Los miembros de la élite han llegado y permanecen allí por dos razones (no son las únicas, desde luego). Por un lado, por su capacidad para asegurar que los cambios respondan a sus intereses; por ejemplo cuando jugaron un papel relevante en los triunfos de Felipe Calderón y Enrique Peña Nieto en 2006 y 2012, respectivamente. En ambos casos fueron decisivos en el financiamiento de la campaña del miedo contra López Obrador.

Por otro lado, la élite también es élite por su enorme capacidad de adaptación cuando los cambios le son adversos. El triunfo de Morena, en contra de su voluntad, ha puesto a prueba esa capacidad de adaptación. Nadie sacó su dinero ni especuló en contra del peso como habían dicho (la cotización de la moneda mexicana frente al dólar ha mejorado ligeramente desde la jornada electoral hace un mes). Entre otras razones porque en Miami o Los Ángeles sus negocios no gozan de los márgenes de rendimiento que poseen en México gracias a la red de influencias, información privilegiada y las distorsiones competitivas con las que operan.

Ahora simplemente intentan congraciarse con el nuevo régimen y desarrollar estrategias para salvar sus cuotas de poder y mantener así sus privilegios. ¿Cómo seguir ganando licitaciones favorables? ¿Qué hacer para atraer las pautas de publicidad oficial de antes? ¿Quiénes serán los nuevos contactos para armar empresas proveedoras de mercancías y servicios del nuevo gobierno? ¿Quién conoce a quién del gabinete entrante? Lo dicho, un hormiguero inundado pero no destruido. Organismos en plena actividad frenética tratando de salvar su hábitat.

Posdata: una curiosidad malsana: ¿qué pasará con los operadores políticos inmortales (como Emilio Gamboa Patrón, Manlio Fabio Beltrones o Beatriz Paredes por mencionar algunos) que fueron capaces de mantenerse en la cresta de la ola durante décadas sin que importara el tipo de régimen? ¿Sobrevivirán también en esta ocasión o pasarán ya a disfrutar de sus fondos de retiro? No apueste en contra de ellos si no quiere perder su dinero.

@jorgezepedap

El País
Jorge Zepeda Patterson
Ciudad de México
Miércoles 1 de agosto 2018.


Jorge Zepeda Patterson

Con las medidas de austeridad de López Obrador los cuadros más competitivos emigrarán a otros trabajos mejor remunerados. A menos, claro, que además de imponer este plan de austeridad logre instalar una nueva cultura sobre el servicio público

¿Será posible que el 1 de diciembre los burócratas, los políticos y los empresarios amanezcan infectados por el bacilo de la sobriedad y la honradez que existe en el imaginario de Andrés Manuel López Obrador? Las 50 medidas que el presidente electo acaba de anunciar me hacen recordar las novelas de José Saramago, con sus países inventados en los que súbitamente los habitantes amanecían ciegos o sin ganas de votar, inoculados por un virus que solo existía en la mente del escritor.

No sé si es factible instaurar la República de la Austeridad que el nuevo mandatario tiene en la cabeza (comenzará a gobernar el 1 de diciembre, pero está claro que desde hace algunos días ya es quien verdaderamente manda en México). Y no obstante es imposible estar en desacuerdo con ese país del Nunca Jamás. Algunos se preguntarán si tal utopía existe o tiene posibilidades de existir.

Un México en el que los senadores, diputados y ministros sean de clase media, y los servidores públicos se conformen con sueldos modestos. Y es que las austeras medidas anunciadas parecen extraídas de un cuento de ficción: prácticamente nadie tendrá autos, choferes, guardaespaldas, viáticos, boletos de avión de primera clase, seguro de gastos médicos, bonos o una corte de asesores. La amante de turno no podrá gozar de una plaza de secretaria porque ni siquiera habrá secretaria. Los niños no serán llevados a la escuela privada de postín por el chofer de la oficina, porque no habrá chofer ni el sueldo del funcionario alcanzará para pagar la escuela de postín.

La cosa pública volverá a ser pública y no patrimonio exclusivo de los administradores que la regentan. ¿Demasiado bueno para creerlo? Desde luego la clase política está aterrorizada. ¿Para qué convertirse en alcalde o diputado si no se va a salir de pobre? Es un error vivir fuera del presupuesto, suelen decir; pero vivir con el presupuesto que propone el nuevo Gobierno no es vida, murmuran confundidos. Y si los funcionarios están espantados, los empresarios enriquecidos a mansalva por licitaciones y proveedurías amañadas se sienten protagonistas de una pesadilla infernal.

Los más optimistas entre las futuras víctimas de la austeridad juran que el país de López Obrador tan solo es un espejismo y que la realidad seguirá prevaleciendo. Afirman que una sociedad que ha convertido en virtud la consigna “el que no tranza no avanza” no puede renunciar a sus convicciones. Según la doctrina del grupo Atlacomulco, edificada en el lema “político pobre es un pobre político” y sustanciada en la filosofía peñanietista de que la corrupción es cultural, la honestidad no puede instalarse por decreto.

¿Quién tendrá razón? Quiero pensar que las medidas de austeridad pueden imponerse gracias al carro completo que ha conseguido López Obrador y a condición de que ejerza en su grupo político la suficiente disciplina. Debe evitar que los nuevos funcionarios de Morena respeten las nuevas normas en lo formal, pero encuentren vías ingeniosas para violarlas en la práctica. Incluso así, el problema está en otro lado. Desprovistos de sus incentivos honestos (sueldos, bonos y prestaciones) y deshonestos (abusos y exacciones indebidas), los cuadros más competitivos del sector público emigrarán a otros mercados de trabajo mejor remunerados.

A menos, claro, que además de imponer este plan de austeridad López Obrador logre instalar una nueva cultura sobre el servicio público. Aquella en la que el funcionario profesional sienta que los bajos salarios quedan compensados por la satisfacción de trabajar por el bien común o, al menos, por el prestigio que un cargo de responsabilidad pueda aportar en beneficio de su carrera.

En todo caso, se trataría de una visión inédita en los usos y costumbres de nuestra burocracia. No sé si las 50 medidas esbozadas sean el principio de la cuarta transformación en la historia nacional que López Obrador ha prometido. Pero el punto de partida, la visión de un Gobierno honesto y frugal, es una apuesta absolutamente revolucionaria. De entrada, no me parece mal un presidente que parece hacer suya aquella vieja consigna de Marcuse que marcó el 68: “Seamos realistas, pidamos lo imposible”.

@jorgezepedap  

El País
Jorge Zepeda Patterson
Ciudad de México / Madrid
Domingo 22 de julio de 2018.


Su ambigüedad ideológica o su habilidad para negociar con las estructuras sindicales vigentes hacen recordar a la figura del líder argentino

Imposible saber si Andrés Manuel López Obrador será un presidente bueno o uno malo. Pero todo indica que su inminente triunfo representa el fin de un régimen y el surgimiento de uno nuevo. Más aún, pinta para convertirse en una ruptura histórica. No solo porque, todo indica, ganará con más del 50% de los votos y tendrá una amplia mayoría en el Congreso, algo que no ha disfrutado cabalmente ningún mandatario mexicano en 25 años. También, y sobre todo, porque habrá cambiado radicalmente la estructura de partidos que ahora prevalece. No se trata solamente de una derrota del PRI, del PAN y del PRD, partidos protagónicos de la vida política de las últimas décadas, sino de un verdadero desfonde de estas fuerzas políticas de cara al futuro inmediato.

El fin del régimen tiene menos que ver con la fuerza o las virtudes de López Obrador que con el agotamiento de la partidocracia que intentó sustituir al régimen presidencialista. Con errores y aciertos los presidentes mexicanos de antaño y sus equipos poseían una visión de Estado de largo y mediano plazo. Las dirigencias de los partidos políticos, en cambio, convirtieron al Congreso en rehén de las marrullerías y mezquindades destinadas a mantener posiciones y canonjías a cualquier costo. Una y otra vez la politiquería de la sobrevivencia inmediata sacrificó cualquier posibilidad de construir estrategias de fondo para atacar los grandes problemas nacionales.

Sin mayor formulación que una narrativa en contra de la corrupción y una prédica en abstracto a favor de los pobres, López Obrador aparece justo en el momento en que ese híbrido parlamentarismo-presidencialismo se ha agotado. No hay respuestas ante la desigualdad galopante, la inseguridad pública y la corrupción. La clase política en su conjunto y el sistema que prohijó han tocado fondo.

Lo que veremos tras el 1 de julio es la devastación del PRI y la extinción del PRD. En las próximas elecciones ambos serán barridos. Cuadros y militantes de ambos partidos emigrarán masivamente a Morena en busca de las posiciones que ya no obtendrán en sus viejas organizaciones. Por su parte el PAN, el partido de derecha, se convertirá en la única oposición real, pero antes tendrá que pasar prácticamente por una refundación, luego del fallido y cruento asalto al poder por parte del joven Ricardo Anaya y los muchos cadáveres dejados en el camino.

En suma, López Obrador llegará a la presidencia en el contexto de un vacío de poder y un profundo descrédito de las fuerzas políticas rivales. Durante el primer año de gobierno su peso será aún mayor en la medida en que los tránsfugas del PRI y el PRD en el Congreso le ofrezcan una cómoda mayoría.

¿Qué hará Andrés Manuel con ese poder? Esa es la pregunta que comienzan a hacerse todos los mexicanos. El candidato ha dicho poco y en ocasiones a contrapelo de lo que dijo una semana antes. Su corpus ideológico es ambiguo, por decir lo menos. Una desconfianza arraigada con respecto a los tecnócratas y sus tesis neoliberales; una compulsa obsesiva en contra de la corrupción; su determinación a cambiar la historia a favor de los pobres. Pero en la práctica no es enemigo del gran capital ni profesa una militancia radical. En el arca de Noé que ha construido alberga a exdirigentes del PAN de corte conservador, a un partido evangélico de derecha, a empresarios de diversa índole, a una multitud de exfuncionarios priístas y a algunos luchadores y activistas de la izquierda tradicional. Una mezcla variopinta que dice muy poco sobre el régimen que nos espera.

Con todo, hay una constante en su movimiento político. Todos los caminos parten de y conducen a él. La propia indefinición política de Morena, su partido, favorece a su liderazgo; a falta de lineamientos o posicionamiento doctrinario todo depende de la voluntad del dirigente. Una y otra vez se ha descrito el ascenso de López Obrador como un fenómeno típicamente populista y se le compara a Hugo Chávez e incluso a Fidel Castro. Difiero. López Obrador carece del radicalismo del venezolano o el cubano. A mí en cambio me hace pensar en Perón, toda proporción guardada. Su ambigüedad ideológica, su capacidad para flotar por encima de las definiciones o para convocar a las fracciones políticas más divergentes y su habilidad para negociar con las estructuras sindicales vigentes, hacen recordar a la figura del líder argentino. En Morena como en el movimiento peronista cabe todo, siempre y cuando se jure respeto y lealtad al líder.

Pero desde luego todo esto es hipotético. Solo sabemos que a partir del 1 de diciembre El Peje tomará el control de un régimen moribundo. Lo que suceda después lo sabremos muy pronto.

@jorgezepedap

El País
Pensándolo bien…
Jorge Zepeda Patterson
Ciudad de México / España
Jueves 21 de junio de 2018.

Jorge Zepeda Patterson

Cabe preguntarse si el esperpento de presidencialismo que sobrevive hoy en día tiene capacidad real para operar un fraude

Considero que José Antonio Meade es un hombre decente. Un hombre decente que, todo indica, está dispuesto a hacer indecencias impensables en nombre de la decencia. El candidato del gobierno a las elecciones presidenciales del 1 de julio, rezagado a un distante tercer lugar tendría nulas posibilidades de triunfo en una democracia electoral y, no obstante, sigue convencido de que será el ganador en las próximas elecciones.

Su esperanza está nutrida por la convicción absoluta de que Andrés Manuel López Obrador, el candidato de la izquierda y quien le aventaja por 30 puntos en las encuestas, simple y llanamente no debe ser presidente del país. Lo que comenzó como un argumento descalificador típico de una campaña electoral (Obrador es un peligro para México) ha terminado por convertirse en artículo de fe, incluso si los votos dicen lo contrario. No pocos piensan como Meade.

Hace algunos años escuché a un empresario tapatío decir “entre mi obispo y la verdad, me quedo con mi obispo”. Hay muchas señales de que en círculos cercanos a la presidencia han terminado por recurrir a un sofisma similar: entre la democracia y mi amor por México, optó por mi amor por México. O en otras palabras, han comenzado a convencerse de la necesidad de un fraude patriótico. Y una vez convencidos de que López Obrador va a hacer en México lo que Chávez y Maduro hicieron en Venezuela, no hay objeciones morales para cometer las infamias que sean necesarias con tal de “salvar a la Patria”.

No obstante, y por fortuna, el destino del país no depende exclusivamente de los dilemas morales de los priistas y sus aliados (jodidos estaríamos). Cabe preguntarse si el esperpento de presidencialismo que sobrevive hoy en día tiene capacidad real para operar un fraude. Probablemente sí, si estuviéramos frente a la posibilidad de un empate técnico virtual entre dos contendientes. Pero la enorme desventaja con la que llega a el candidato oficial a estos comicios, convertiría a su victoria en un escándalo inverosímil dentro y fuera del país, y en términos políticos equivaldría en la práctica a un intento de golpe de Estado.

Y digo un intento, porque las posibilidades de instrumentar con éxito un fraude en esas condiciones son peregrinas. Me parecen exagerados los alcances que solemos atribuir al priismo y sus malas artes; y no por que les falten ganas o les sobren convicciones, sino por incapacidad. Hace unos meses, en las elecciones del Estado de México se llevaron la victoria con un margen estrecho. Más aún, la candidata de Morena obtuvo más votos que el abanderado del PRI, y si ganó este último solo se debió al hecho de que algunos votos de los partidos satélite alcanzaron a duras penas a darle la vuelta a la sumatoria final. La precariedad de su victoria, en ese que es el terruño del priismo y pese a contar con el control absoluto de los medios de comunicación, de autoridades electorales y del poder legislativo y judicial locales, revela los límites de la operación política frente a un votante adverso. No sirvió que todo el aparato de Estado federal se volcara en estas elecciones, tampoco la compra de votos que hoy nos asusta, ni las ingentes derramas de dinero en campañas asistenciales que inundaron al territorio toluqueño. El priista Alfredo del Mazo llegó a la elección con 31% de la intención de voto contra 32% de su rival, según las encuestas: un empate virtual. Terminó ganando con 33% gracias al apoyo de partidos pequeños, alguno de los cuales hoy apoya a López Obrador. Querían un triunfo arrollador, pero solo consiguieron una victoria de panzazo. ¿Qué podrían hacer ahora los operadores de la presidencia en la totalidad del territorio nacional que no pudieron hacer en su bastión hace unos meses? Si en su propio laboratorio apenas pudieron añadir dos puntos porcentuales a su gallo, ¿cómo harán para insuflar 30 puntos a su candidato presidencial en la jornada electoral? ¿Cómo inventar 15 millones de votos donde no los hay y sin que el país lo advierta?

En suma, buena parte de la élite del país puede estar convencida de la necesidad de un fraude patriótico o equivalente con tal de impedir el arribo de López Obrador. El problema para ellos es que no están en condiciones de producirlo. La idea del fraude patriótico es, en sí mismo, un fraude. O, parafraseando al propio López Obrador, podrán soltar al tigre, pero no hay manera de que puedan seguir siendo dueños del circo.

@jorgezepedap

El País
Jorge Zepeda Patterson
Ciudad de México / Madrid
Viernes 1 de junio de 2018.


Jorge Zepeda Patterson

¿Cómo hace Meade para salir de la cama por las mañanas, revisar la encuesta que le envían de Los Pinos que lo sitúa 20 puntos atrás, pararse sobre un templete y con el corazón en la mano y la garganta arrebolada decir ante cinco mil acarreados que él será el próximo presidente de México? Más sorprendente aún, ¿cómo hace para acabar conmovido por su retórica épica, fascinado por su anuncio de victoria? ¿De dónde saca la energía para repetir el numerito dos horas más tarde? ¿Cómo convencer a otros de un argumento en el que uno mismo no cree?

No debe ser fácil desplegar esta actividad de misionero de sol a sol, día tras día, 24 x 7 como dirían los itamitas en su jerigonza. Visitar en una jornada tres ciudades y en todas ellas repetir con vehemencia "yo mero" sin que el tono le traicione ni la sonrisa se le desdibuje.

Me pregunto cómo será el diálogo por las noches entre el candidato y su esposa, Juana Cuevas, al repasar los incidentes del día. ¿Se animarán uno al otro recordando la intensidad de un aplauso, la cifra de asistentes a un mitin? O, por el contrario, en ese espacio íntimo abandonan toda pretensión, dejan atrás máscaras de campaña y se sinceran sobre la larga línea de camiones usados para movilizar a los acarreados o comentan las actitudes lambisconas del líder sindical corrupto. O quizá están tan hartos del papel que la política les hizo jugar que por las noches simplemente se ponen hablar de los hijos y los pendientes hogareños.

Nota: por lo general prefiero no abordar el tema de los cónyuges de los políticos por considerarlo un asunto de la esfera privada. Pero en este caso el matrimonio Meade decidió convertir en actor político a "Juana". Advertido de su carisma, el PRI le organiza giras políticas independientes de las de su marido.

Hace mes y medio entrevisté a José Antonio Meade. En ese momento desplegó un optimismo arrollador; aseguró que sus encuestas anticipaban un repunte espectacular y que los debates volcarían el voto a su favor. Seis semanas más tarde las encuestas lo rezagan a un tercer lugar y a una distancia abismal del puntero. Dos de los tres debates ya han transcurrido sin hacer ninguna mella en la intención de voto. Y sin embargo, el entusiasmo y la convicción no decrecen un ápice. ¿Auto negación? ¿candor? ¿o simplemente es que sabe algo que los demás no acabamos de atisbar?

¿Cómo es posible que un doctor en economía, experto en la lectura de datos, no extraiga las conclusiones que derivan de las encuestas de instituciones respetables? Bloomberg, Mitofsky, Reforma e Ipsos, entre otras (ninguna de las cuales puede ser acusada de ser simpatizante de AMLO) muestran una realidad apabullante: el candidato del PRI se encuentra estancado o de plano en caída libre.

Con todo, respetaría el profesionalismo de Meade y su sentido de responsabilidad para trabajar con entusiasmo hasta el último día de la campaña. Y digo lo respetaría, si no hubiera sucumbido a las peores prácticas de su partido. Una cosa es ser responsable con la tarea encomendada y otra enlodarse en aras de ella.

Ya lo había mostrado en el primer debate con la denuncia de unos supuestos apartamentos de López Obrador que no estaban en su declaración, sabiendo perfectamente que esa información era falsa. The Wall Street Journal había publicado la nota dos años antes basado en el Registro Público, pero el diario rectificó al darse cuenta de que una década atrás, al morir su primera esposa, habían sido traspasados a sus hijos.

Peor aún, en el segundo debate incriminó a Nestora Salgado una luchadora comunitaria que pasó casi tres años en prisión hasta que un juez la exculpó de los cargos de secuestro. La acusación de Meade es una infamia jurídica y moral. Nestora era responsable de la policía comunitaria en Olinalá, Guerrero, entidad que admite la existencia legal de fuerzas del orden autónomas, surgidas ante la presencia del crimen organizado y la incapacidad de las autoridades. En su carácter de representante de la ley comunitaria, Nestora ordenó la captura de Armando Patrón acusado de robar vacas y asesinar al dueño de las mismas. Resultó que Patrón estaba vinculado a ganaderos cercanos al PRI de tal suerte que los poderes convirtieron esa detención en una acusación por secuestro. La apresó el ejército y la metieron en una cárcel de alta seguridad con el propósito de aplicarle una condena similar a la de El Mochaorejas. Se requirió de la presión de organismos internacionales para que un juez la liberara ante lo improcedente de la acusación. Hace unas semanas Morena la designó candidato al Senado; Meade volvió a convertirla en criminal. Insisto una infamia jurídica y moral.

Me preocupa la disposición de Meade a hacer cualquier cosa con tal de impedir su derrota. Refugiarse en el auto engaño es un recurso entendible para conseguir la fuerza de voluntad necesaria para empujar un mes más de campaña. Espero que su entusiasmo obedezca a ese autoengaño y no a la confianza que otorga saber algo que los demás ignoramos. Como por ejemplo estar preparando un fraude "patriótico". Algo que nunca creí que él estaría dispuesto a avalar, hasta que le oí incriminar a Nestora.

@jorgezepedap

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Reforma
Jorge Zepeda Patterson
Ciudad de México
Domingo 27 de mayo de 2018.


Jorge Zepeda Patterson

Todos desprecian al Niño Verde, pero en el fondo todos lo envidian. Un parásito de la política con todos los privilegios y ninguna de las responsabilidades. Goza de influencia, poder y riqueza inagotables sin mayor esfuerzo y en total impunidad; perenne senador o diputado, siempre ausente pero con fuero asegurado. En los períodos electorales lo cortejan como si fuese la última CocaCola del desierto y en votaciones apretadas vende el voto de sus diputados a cambio de privilegios inconfesables.
Y es que tener un partido de 3 ó 4 por ciento del voto es el mejor de los negocios en este país. Para no ir más lejos, en las elecciones del Estado de México el año pasado el PRI perdió ante Morena, pero terminó siendo gobernador su candidato, Alfredo del Mazo, gracias al voto que sumaron el PVEM y el PANAL. ¿Cuánto creen que vale una gubernatura de ese tamaño?

Expulsados de la contienda por la presidencia, Margarita Zavala y Felipe Calderón saben que no volverán a Los Pinos, pero quizá todavía hay algo mejor que eso: obtener una licencia a perpetuidad encabezando la formación de una nueva versión de partido verde. Eso les aseguraría un financiamiento continuo de recursos públicos y, más importante, una gestión poderosa y decisiva vendiendo caro su amor en momentos de definición electoral o legislativa. Justo de esa manera, el PVEM ha logrado obtener una gubernatura, presidencias municipales y jugosas posiciones a repartir entre los suyos gracias al esquema de representación proporcional negociado con aliados más poderosos.

Margarita Zavala se baja de la contienda cuando aún conserva un poco de capital político. En las últimas encuestas se atisbaba ya una terrible realidad: el Bronco había comenzado a rebasarla y, todo indica, amenazaba con dejarla en un vergonzante último lugar el 1 de julio. Aunque en pleno declive, se retira con una intención de voto en torno a 3 o 4 por ciento, nada despreciable para José Antonio Meade o Ricardo Anaya, desesperados por descontar la distancia abismal que les saca Andrés Manuel López Obrador.

Ciertamente los simpatizantes de Zavala no migrarán automáticamente a donde ella diga, pero dentro del millón o millón y medio que se supone votaría por ella hay varios cientos de miles que atenderían un llamado de este grupo político a favor de un presunto "voto útil" (hay reportes que confirman que en barrios populares se intenta comprar un voto por 2500 pesos. Haga usted las cuentas de lo que valdría un millón de votos).

¿Pero a quién apoyarían los Calderón? Esa es justamente la carta de negociación que tiene el matrimonio para sentar el terreno para la formación de su nuevo partido. Por afinidad ideológica y política Zavala tendría que optar por apoyar a Ricardo Anaya, pero por razones de interés le conviene más inclinarse a favor de Meade. ¿Por qué? Primero, porque después de la elección, Peña Nieto todavía gobernará durante cinco meses; un lapso importante para que el presidente ayude a la nueva organización a sentar las bases territoriales para cumplir los duros requisitos que exige la fundación de un nuevo partido.

Segundo, porque muchos de los que forman parte de la campaña de Meade, incluyéndolo a él mismo, serían miembros potenciales de ese partido. Varios ex gobernadores panistas están resentidos con la manera en que Anaya se quedó con el PAN y los desplazó de posiciones estratégicas. Si bien es cierto que algunos de ellos no apoyaron a Margarita durante la campaña, no lo hicieron porque sin partido no había nada que ganar. Pero ellos, y muchos líderes regionales ignorados, estarían encantados de formar parte de una nueva organización que les asegure senadurías y presidencias municipales importantes. Justamente por eso es que a los Calderón les convendría un mal desempeño de Anaya el 1 de julio: muy próximamente competirán por la misma clientela.

Y, desde luego, está la parte "fresa" del PRI. Esa que ante la derrota estrepitosa que se avecina para el tricolor, no tendrá acomodo frente a la reacción de los duros que vendrán con todo a recuperar el partido tomado ahora a medias por los Meade, los Aurelio Nuño y los Videgaray. Muchos de ellos, muchos como ellos, preferirán ser cabeza de ratón en una nueva fuerza política que cola de león en una atiborrada y en picada organización.

Esta es mi hipótesis sobre la estrategia que estaría jugando la ex candidata independiente en las próximas semanas. Mientras tanto se aceptan sugerencia para el nombre del nuevo partido de Calderón y Margarita: ¿CALMA? ¿MARCA? O quizá algo menos personalista, ¿COINCIDIR? (la canción favorita de ella) o, de plano, HASICO, apócope de Haiga sido como haiga sido. ¿Usted cuál propone?

El País
Jorge Zepeda Patterson
Domingo 20 de mayo de 2018.


Jorge Zepeda Patterson

No hay nadie que contemple con mayor interés esta batalla “fratricida” que Andrés Manuel López Obrador

Conocemos el nombre del finalista para el 1 de julio, día de las elecciones presidenciales en México: Andrés Manuel López Obrador, líder actual en las encuestas, será el hombre a vencer. Pero, ¿por quién? Esa es justamente la pregunta que todo el país se hace. ¿Ricardo Anaya, el ambicioso y dinámico candidato del PAN, o José Antonio Meade, el buena persona y poco carismático representante del PRI?

Ambos, desde luego, además de otros cuatro, estarán en la boleta electoral, pero se da por descontado que la contienda real habrá de darse entre dos finalistas, a juzgar por el comportamiento del electorado desde hace 20 años (es decir, desde que el voto comenzó a reflejar la realidad, al menos de bulto). A nadie le gusta sufragar por un perdedor, lo cual significa que los simpatizantes del candidato que ocupa la tercera posición prefieren sumarse al puntero o, si lo repudian, inclinarse a favor del que se encuentre en segundo lugar y esté en condiciones de vencer al primero.

Bajo ese supuesto se entendía que el panista y el priista competirían entre sí de aquí al mes de mayo para conquistar el segundo puesto, y el perdedor tácitamente se haría a un lado para facilitar que el voto útil fluyera a su contrincante. Cualquier cosa con tal de evitar el ascenso al poder de López Obrador, el incómodo opositor de izquierda y severo crítico de los Gobiernos del PRI y del PAN que han alternado el poder en los últimos años.

Ese era el supuesto. En la práctica la segunda y tercera fuerza se han enzarzado en una guerra en la que no hay heridos ni se toman prisioneros. Ricardo Anaya, el panista, entendió que su rival no era López Obrador en esta primera etapa y se lanzó a cuestionar la corrupción priista un día tras otro y la responsabilidad de su rival, exsecretario de Hacienda de la Administración. En algún momento la presidencia juzgó que los cuestionamientos iban más allá de la confrontación política y bordeaban la ofensa personal. La represalia fue brutal.

La Procuraduría General de la República exhibió un celo que no se le ha visto en todo el sexenio para construir un fulminante proceso de lavado de dinero en la compraventa de terrenos presuntamente amañada para beneficiar a Anaya con poco menos de tres millones de dólares. Las acusaciones fincadas en contra de Manuel Barreiro, “socio” del panista, contrastan penosamente con el ritmo paquidérmico con el que la justicia ha actuado en contra de funcionarios de Pemex y gobernadores de documentado comportamiento delictivo.

No está claro si Anaya saldrá con vida políticamente hablando de esta andanada. La acusación ha sido un misil bajo la línea de flotación, justo cuando el joven estaba acortando distancias con el puntero y despegándose definitivamente del tercer lugar. Por su parte, los priistas han querido ver en este escándalo el punto de inflexión para hacer regresar a Meade de la caída libre en la que se había metido.

La confrontación entre Meade y Anaya me hace recordar las primarias demócratas de hace dos años (muchas salvedades guardadas). Hillary Clinton nunca pudo recuperarse de la imagen que Bernie Sanders dibujó en sus críticas: una mujer fría y calculadora, miembro de la élite política y cómplice de Wall Street y de la burocracia profesional. Donald Trump recogió tales críticas desde el otro extremo del espectro y terminó insuflándolas de resentimiento y desprecio.

En otras palabras, me preguntó si Meade y Anaya podrán recuperarse de aquí a julio de la golpiza que se están endilgando. Ciertamente puede haber un acuerdo de cúpulas dentro de algunas semanas, pero como en el caso de Hillary y Sanders, para muchos votantes será demasiado tarde; la imagen construida seguirá vigente el día de las elecciones.

Y no hay nadie que contemple con mayor interés esta batalla “fratricida” que López Obrador. De hecho, ya comenzó a cosechar. El mayor escándalo de su campaña electoral, la selección como candidato al Senado del polémico líder de los trabajadores mineros, Napoleón Gómez, no pudo ser explotado cabalmente por sus rivales porque la acusación en contra de Anaya terminó por opacarla. Lo que pudo haberse convertido en un disparo al pie de parte del líder de Morena perdió los titulares de las noticias por la presunta corrupción del candidato del PAN exhibida por las autoridades.

Históricamente PRI y PAN se habían comportado como rivales a modo, al menos en las batallas decisivas. Esta vez es diferente. Me pregunto si la noción de “voto útil” sobrevivirá a la carnicería. Tiene poco sentido una alianza de paz en un campo sembrado de cadáveres.

@jorgezepedap

El País
Jorge Zepeda Patterson
Ciudad de México
Jueves 1 de marzo 2018.


Jorge Zepeda Patterson

Sabíamos que José Antonio Meade, el candidato oficial, no lo tendría fácil considerando los altísimos niveles de reprobación del gobierno priista de Enrique Peña Nieto. Lo que no esperábamos es que se colocara tan pronto en un tercer lugar, por debajo del puntero Andrés Manuel López Obrador y del abanderado del Frente PAN-PRD, Ricardo Anaya. Sobre todo porque no hay duda de que hay una maquinaria mediática y una campaña de Estado volcada a favor del ex secretario de Hacienda.

En otro espacio analicé las razones por cuales Meade, no obstante proyectar una imagen de buena persona, carecía de una personalidad carismática capaz de contrarrestar los negativos que arrastra el partido que representa. La única manera en que podría construir una narrativa atractiva pasaría por cuestionar de manera explícita o implícita al presidente. Pero eso es poco menos que imposible toda vez que Peña Nieto es el titiritero detrás de este candidato. De hecho, uno de los factores que se mencionan para explicar la pobreza y los desaciertos de la campaña del candidato oficial, es la multiplicidad de generales enviados por Los Pinos, el PRI, Gobernación, Videgaray o los viejos mandarines del tricolor. Una arrebatinga en toda la línea en torno al candidato y su mensaje.

Y justamente, como resulta imposible proponer un mensaje de cambio (porque machucaría al presidente), sus estrategas han intentado construirle a Meade una imagen de ciudadano. Uno spot tras otro insiste en presentárnoslo como una persona común y corriente. Una prestidigitación mayor si consideramos que ha sido ministro de cinco secretarías a lo largo de los últimos diez años.

Por lo demás, el calendario político actuó en su contra. Si la campaña de Meade hubiera arrancado con una intensa gira de negociaciones con la sociedad civil, los empresarios, los universitarios, los grupos profesionales y las ONGs, quizá el funcionario habría tenido alguna oportunidad de "venderse" como un político diferente o un "no político". El problema es que tras su destape, dedicó las primeras semanas a visitar los siete templos del corporativismo priista y a besar los anillos de los líderes del sindicalismo charro. Meade hizo públicas sus genuflexiones ante el PRI para convencer a los militantes que aceptaran convertirlo en su abanderado. Pero al hacerlo su candidatura "ciudadana" nació muerta.

Unas horas después de abrazar a Romero Deschamps, el sempiterno líder del sindicato petrolero y epítome de la corrupción, Meade cuestionó las finanzas de López Obrador y prometió un programa de transparencia y honestidad. Simple y sencillamente pareció un mal chiste. Días más tarde entre risotadas y palomeos en la espalda presidió un acto priista en compañía de Manlio Fabio Beltrones, justo cuando un funcionario brazo derecho del sonorense era señalado por desviar ilegalmente fondos a las campañas del partido oficial.

Si escogieron a Meade como candidato porque era el único de los suspirantes que no parecía priista (de hecho, ni siquiera estaba registrado como militante), los estrategas se dieron un balazo en el pie al obligarle a darse un baño de partido. Si querían asegurar el apoyo de los priistas tendrían que haberlo conseguido en negociaciones de gabinete, no en actos de masa de acarreados que lo asocian a cincuenta años de manipulación oficial. Presentarlo como una especie de candidato ciudadano después de esa cargada, parece una tomadura de pelo.

No es de extrañar que su campaña haya nacido muerta. ¿Cómo remontar del tercero al segundo lugar sin una propuesta de cambio atractiva (que sería prohibida por Los Pinos)? ¿Cómo sostener que es un candidato de los ciudadanos después de recorrer el país con declaraciones públicas de amor a las cúpulas priistas? ¿Y ahora qué va a hacer Peña Nieto? ¿Pactar con Anaya? ¿Pactar con López Obrador? O de plano: ¿"ganar haiga sido como haiga sido"?

@jorgezepedap

www.jorgezepedap.net

El País
Jorge Zepeda Patterson
Ciudad de México
Lunes 12 de febrero de 2018.

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