Jorge Zepeda Patterson     

La campaña soez y pendenciera de Trump para ganar la presidencia en EE UU ha tenido un efecto deplorable en los candidatos mexicanos

La democracia electoral en México y en buena parte de los países llamados en desarrollo es como el de la alimentación: no habíamos salido de la desnutrición cuando nos cayó encima un severo problema de obesidad. Lo peor de los dos mundos. O como el transporte urbano: carecemos de él, no tenemos aún planta automovilística masiva pero ya nos las arreglamos para tener atascos peores que en una autopista de Los Ángeles. La misma paradoja (parajoda en realidad) ataca a nuestros procesos electorales. La legitimidad de las autoridades y los resultados siguen estando bajo sospecha, pero ya padecemos las distorsiones y abusos que las campañas han tomado en las democracias maduras.

La comunicación soez y pendenciera que desplegó Donald Trump para ganar la presidencia en Estados Unidos ha tenido un efecto deplorable en nuestros candidatos. Los cuartos de guerra de los partidos políticos en campaña están convencidos de que el bullying, la acusación rampante pero ingeniosa o la lluvia de epítetos es más eficaz en términos mediáticos y en redes sociales que la difusión de propuestas. Los candidatos no tratan de demostrar que conocen a fondo los problemas del país y tienen propuestas para combatirlos. Ni siquiera se devanan los sesos para mostrarse inteligentes, paga más proyectar sagacidad y astucia. Los periódicos y noticieros no quieren citas de expertos o diagnósticos acuciosos sino frases ocurrentes y golpes verbales a la mandíbula de los rivales.

Y por desgracia la tripleta de candidatos que disputará el poder presidencial el próximo verano en México no hace sino acentuar la pobreza del debate y magnificar la importancia de los memes. La intención de voto está claramente liderada por el abanderado de la oposición, Andrés Manuel López Obrador, un hombre que posee un voto duro favorable en torno al 35%, aunque también concentra un voto negativo explícito considerable. Las dos propuestas del sistema, José Antonio Meade, del partido oficial y Ricardo Anaya, el joven líder del partido de la derecha, el PAN, simple y sencillamente no despiertan pasiones. Ante la pobreza de la “mercancía”, la estrategia de venta diseñada por los publicistas está más encaminada a atacar al rival que en presumir las virtudes del propio candidato. No se trata de presentar una idea atractiva o una propuesta clave, reditúa mucho más torpedear y ridiculizar cualquier cosa que presente el contrario.

Los dos rivales de López Obrador no han ahorrado epítetos sobre la idea esbozada por el tabasqueño de considerar una amnistía en la guerra contra las drogas. Ni Anaya ni Meade se han sentido en la necesidad de ofrecer alguna idea concreta para resolver la inseguridad pública; lo cual no les ha impedido destazar sin medida y sin rubor las ideas de su contrario al respecto.
Y no se pretende victimizar al candidato de la izquierda. Tampoco él se queda corto en descalificaciones ocurrentes en contra de sus competidores: “Mafia en el poder”, pirruris y señoritongos.

Podemos anticipar dos ejes en la belicosidad de la campaña electoral. De enero a mayo veremos una lucha encarnizada entre José Antonio Meade y Ricardo Anaya. La única manera en que alguno de los dos puede vencer a López Obrador es atrayendo a los votantes de su rival. Solo sumando segunda y tercera fuerza podrán compensar la ventaja que tiene el líder de Morena. Anaya tratará de convencer al electorado de que Meade se ha desinflado y sólo él puede ser el depositario del voto útil para impedir el ascenso al poder del abanderado de la izquierda. Y, desde luego, Meade hará lo propio en contra de Anaya.

Simultáneamente todos los frentes mantendrán su pulso en contra de López Obrador. La campaña del miedo ya ha rendido frutos antes. Convertirlo en una amenaza para México y en un Hugo Chávez en potencia es una narrativa que ofrece más dividendos electorales que una propuesta de gobierno. Las campañas negativas siempre han sido un recurso efectivo electoral; ahora parece ser el único.

@jorgezepedap

El País
Jorge Zepeda Patterson
Ciudad de México
Viernes 19 de enero de 2018.


Jorge Zepeda Patterson    

“¿Qué lleva al PRI a convertir a este provocador contumaz en vocero de su causa? El fenómeno Trump, supongo”.

Que Javier Lozano brinque de un partido a otro para contratarse como gatillero sicario a las órdenes de un nuevo patrón, no tiene nada de sorprendente: la mayoría de los políticos no deja que las convicciones o la ética se atraviesen en su camino. Lo que llama la atención es que un partido abra los brazos y encumbre al que hasta unos días antes escupía sobre sus cabezas. Peor aún, tendríamos que preguntarnos ¿cuán descompuesto está el clima político para que los asesores de José Antonio Meade hayan concluido que se requiere a un buleador profesional para encarar la campaña electoral?

¿Qué lleva al PRI a convertir a este provocador contumaz en vocero de su causa? El fenómeno Trump, supongo. Una lectura superficial de lo que sucedió en Estados Unidos podría concluir que el camino a la presidencia se esculpe a golpes de tuits soeces, políticamente incorrectos, estridentes. Si creen que Trump está en la Casa Blanca gracias a sus insultos y a un comportamiento de barbaján para con sus rivales, entonces el fichaje de Lozano cobra sentido.

Incluso el propio Meade desde hace unos días ya había asumido esta estrategia. Dejó atrás la estudiada imagen de buena persona no-rompo-un plato, para subirse al ring y retar a López Obrador y a Ricardo Anaya. Alusiones al patrimonio del tabasqueño o a la novatez del joven candidato panista, por no hablar de duros reclamos a la corrupción de sus rivales. Las diatribas de Meade fueron muy aplaudidas por sus seguidores, aunque el resto del país no pudo dejar de pensar en el típico refrán “el burro hablando de orejas”. Acusar a sus competidores de ser corruptos minutos después de abrazar efusivamente al líder petrolero Romero Deschamps no es precisamente el mejor de los timings.

En todo caso Meade es un Trump muy poco convincente. Javier Lozano, en cambio, se ha preparado toda su vida. Originario de Puebla, pero capitalino de siempre, es egresado de la Escuela Libre de Derecho donde conoció a Felipe Calderón, aunque militó en el PRI bajo cuyas siglas llegó a ser oficial mayor y subsecretario de Comunicaciones y Transportes en el sexenio de Ernesto Zedillo. Caído de la gracia de la cúpula priista, en 2006 se vinculó a Calderón y se las ingenió para ser ungido secretario del Trabajo y Previsión Social. Desde este puesto, Lozano se haría célebre por algunas batallas épicas. Con el sindicato Mexicano de Electricistas, con los trabajadores de Cananea, con el sindicato de sobrecargos, con el periodista Miguel Ángel Granados Chapa o con el empresario chino Zhenli Ye Gon, a quien terminaría acusando de difamación luego de que el contrabandista intentó implicarlo en temas de lavado de dinero. En estos y otros desencuentros, Lozano se caracterizó por su estilo rijoso y rudo, y por su gusto para ventilar en público y sin aparentes filtros sus humores y sus fobias. Dentro del calderonismo el ahora ex senador desempeñó el trabajo sucio para atacar y enlodar a los rivales de su fracción (entre otras cosas enarbolando duros epítetos contra Enrique Peña Nieto y los que hoy lo han contratado).

La incorporación de Lozano, además, tiene un segundo propósito. La batalla entre José Antonio Meade y Ricardo Anaya será feroz y despiadada porque ambos intentarán convertirse en beneficiarios del voto anti lopezobradorista. La única oportunidad que tienen de ganarle al líder de Morena es capturando el voto útil de su rival, es decir, fusionando en la práctica al segundo y al tercer lugar. De aquí a junio Meade tiene que convencer al electorado conservador que Anaya se ha desinflado y que él es la única alternativa viable ante AMLO. Javier Lozano podría ser clave porque proviene del PAN, conoce sus trapos sucios y, mejor aún, está dispuesto a ventilar la basura, real o presunta, en una arena pública que nuestro personaje suele convertir en paredón.

@jorgezepedap
www.jorgezepeda.net

Sin Embargo
Jorge Zepeda Patterson
Ciudad de México
Lunes 15 de enero de 2018.

Jorge Zepeda Patterson

Darles a los militares el permiso legal para que sigan haciendo lo que ya hacían me recuerda el pasaje aquel del Principito en el que un rey de un planeta al que nadie obedecía se le pasaba dando órdenes a posteriori para hacen sentir la autoridad que no tenía: "te ordeno que te sientes", decía apresurado un instante después de que el personaje de la novela de Saint-Exupéry se había sentado. Un mandato para revestir de autoridad y legalidad a una realidad que negaba ajustarse a sus deseos. El rey decidió adecuar sus deseos y sus órdenes a la caprichosa realidad.

Algo así está sucediendo ahora. ¿Resulta imposible que el ejército no cometa violaciones al actuar como policías?: pretendamos que son policías. A partir de la aprobación de la Ley de Seguridad Interior hace unos días, el ejército tendrá la cobertura legal para asumir algunas atribuciones policiacas; algo que ha venido haciendo ininterrumpidamente desde diciembre de 2006 cuando Felipe Calderón lo sacó de los cuarteles para dar piñatazos por todo el territorio contra el avispero de los cárteles de la droga. Lo que se creyó sería una operación rápida y contundente terminó transformándose en una campaña de ocupación permanente y continuada a lo largo de una década.

Por lo demás, la ausencia de una justificación jurídica nunca impidió en el pasado que el ejército fuera usado por los presidentes como una especie de policía política. En los años setenta fueron el ariete para perseguir movimientos guerrilleros en las principales ciudades del país y en las montañas de Guerrero, asumiendo tareas de investigación y procesamiento propias del ministerio público.

La nueva Ley de Seguridad no cambiará nada en términos prácticos salvo permitir que los generales duerman mejor cuando se vayan a la cama. Y es que a medida en que las violaciones a los derechos humanos se han venido acumulando, los militares han temido a la fragilidad jurídica con la que operan, lo cual eventualmente podría voltearse en contra de ellos.

Los soldados no son policías ni fueron capacitados para la investigación detectivesca. La forma en que interroga un sargento no es precisamente un despliegue de lógica deductiva a la Sherlock Holmes; la manera en que catea un sitio un pelotón dista de ser un manual de respeto a la escena del crimen. En los últimos años docenas de oficiales han sido llevados a tribunales para que respondan por violaciones jurídicas de distinta índole en contra de la población civil. En un momento dado los generales sintieron que corrían el riesgo de que los políticos que los sacaron de los cuarteles comenzaran a usarlos de chivos expiatorios y decidieran meterlos en la cárcel. Exigieron su "permiso para matar" y ahora lo tienen.

En términos prácticos las nuevas leyes tendrán escaso impacto en la situación que impera. Pero a mediano plazo las consecuencias son más que preocupantes. Otorgan una puerta de entrada a las tentaciones intervencionistas que puedan anidar generales con ánimos mesiánicos. La misma cobertura que permite tener injerencia en asuntos que competen al crimen organizado favorecen el involucramiento en cualquier agenda civil si así se lo proponen.

Pero más preocupante aún es el hecho de que legitimar policialmente a los militares retrasa inexorablemente la única posibilidad de atacar el problema de fondo: mejorar los cuerpos policiacos. Los militares hacen mal el papel de los policías, pero estos, los policías, lo están haciendo peor. Nunca saldremos del problema si no resolvemos esta contradicción. Por ahora, como siempre, los políticos simplemente se han quitado el problema de encima dando gusto a los militares y dejando la solución del entuerto para otro momento, para el turno de otro.

@jorgezepedap

www.jorgezepeda.net

El País
Ciudad de México
Jorge Zepeda Patterson
Domingo 3 diciembre 2017.

Jorge Zepeda Patterson

Los priistas habrían apoyado a cualquiera con tal de impedir el triunfo de López Obrador

Enrique Peña Nieto ha sido un hombre con más fortuna que aciertos. Su carrera lo llevó hasta la presidencia de México tras una vida transcurrida entre algodones y alfombras rojas, sin muchos méritos pero con los padrinos idóneos y el rostro fotogénico necesario. Su desempeño en Los Pinos ha sido deslucido, por decir lo menos. Lo confirman los bajísimos niveles de aprobación entre los ciudadanos, el desplome del PRI en elecciones regionales o el desprestigio por la corrupción y la inseguridad pública que imperan.

Hace seis meses parecía que la única posibilidad que tenía el PRI de Peña Nieto para no perder el poder en las elecciones de 2018 consistía en encomendarse al voto duro de sus bases clientelares (estimado en alrededor del 30%) y buscar que el sufragio antipriista se fragmentara en una multitud de candidatos. Pero incluso ese escenario parecía poco factible por el ascenso de Andrés Manuel López Obrador, el líder de la izquierda, muy perfilado para captar el descontento popular. En las peores pesadillas del mandatario figuraba la posibilidad de enfrentar represalias jurídicas tras el ascenso de un Gobierno opositor. Si los candidatos del PRI no despuntaban, la presidencia habría estado dispuesta a apoyar a cualquier abanderado, incluso del PAN, con tal de impedir el triunfo de López Obrador.

Pero una vez más la fortuna ha venido al rescate de este bienaventurado. Contra todos los pronósticos, los candidatos de oposición se han desdibujado; la alianza del PAN y el PRD no está en condiciones de ofrecer una opción atractiva y consensuada (por razones cuyo examen excede los límites de este espacio); las candidaturas independientes tampoco han prosperado. Súbitamente, el panorama se ha clarificado y tras la bruma aparecen solo dos fuerzas significativas en el campo de batalla: López Obrador por un lado y el candidato del sistema por el otro.

Peña Nieto entendió la coyuntura y eligió a un no priista, por primera vez en la historia de este partido, para encabezar la alianza implícita en contra del opositor de izquierda. El hombre elegido, José Antonio Meade, quien fungía como secretario de Hacienda, es un funcionario que ha trabajado en distintas Administraciones y sin mayor militancia política. Un perfil capaz de atraer el voto del centro y de la derecha y, para el caso, el de cualquier ciudadano que se deje espantar por la campaña que hará de López Obrador un peligro para México.

Meade no es un hombre carismático. En opinión de los expertos del PRI, no es necesario que lo sea. Más aún, le habría estorbado. Basta que proyecte una imagen de mesura, responsabilidad, sencillez y de no ser priista. Intentarán convertir la elección de julio en un plebiscito entre el riesgo y la seguridad; entre la barbarie y la cautela; entre el populismo irresponsable y la prudencia financiera y administrativa. Intentarán hacer de Meade el receptor del voto útil de muchos no priistas que carecen de preferencia política o que teniéndola entienden que su candidato (del PAN, del PRD o independiente) no tiene posibilidades de triunfo.

Peña Nieto entendió la coyuntura y eligió a un no priista, por primera vez en la historia de este partido, para encabezar la alianza implícita en contra del opositor de izquierda.

Hace seis meses, la estrategia del PRI habría consistido en insuflar a muchos candidatos para fragmentar el voto. Eso cambió hace algunas semanas; ahora se trata de despejar el camino para hacer de Meade la única opción viable frente al líder de Morena. Lo que sigue es una estrategia en dos movimientos: primero, el golpeteo a otros candidatos del centro y de la derecha (Ricardo Anaya, Margarita Zavala, Jaime Rodríguez, El Bronco, y Miguel Ángel Mancera seguirán acumulando notas negativas, ataques, críticas en columnas políticas). Y segundo, la madre de todas las batallas: la campaña negativa contra el verdadero opositor, la satanización de López Obrador hasta convertirlo en pluma de vomitar del ciudadano medio.

Por su parte, el candidato opositor intentará hacer de la elección un plebiscito diferente: “La corrupción o yo”. “Más de lo mismo o el cambio”. Al final será una guerra de narrativas entre dos fuerzas formidables.Peña Nieto ha dicho a sus íntimos que nunca ha perdido una elección. Sabe que cuenta con la fortuna, el Estado y los medios de comunicación para ganar la siguiente. Andrés Manuel López Obrador cuenta con la rabia de muchos y el descontento de la mayoría. Nos espera una confrontación implacable.

@jorgezepedap

El País
Pensándolo bien…
Jorge Zepeda Patterson
Miércoles 29 noviembre 2017.


La declaración de Miguel Ángel Osorio Chong no tiene desperdicio: el gobierno no puede ser omiso ante las faltas de Nieto, dijo a los diputados, para justificar el despido de Santiago Nieto como fiscal de delitos electorales. Lo que no dijo Osorio es que la falta del funcionario no fue jurídica, sino política y se trata de un pecado imperdonable para el sistema: exhibir a miembros del primer círculo de poder del país.

En teoría Osorio Chong, secretario de Gobernación, se refería a la supuesta violación del secreto jurídico que cometió el funcionario cuando reveló al diario Reforma que había recibido una carta de Emilio Lozoya, ex director de Pemex, en la que este presionaba al fiscal para que lo declarara inocente de la acusación de haber recibido sobornos de la empresa brasileña Odebrecht durante la campaña presidencial de Enrique Peña Nieto. Las declaraciones de Nieto incendiaron Troya. Bastaron algunas horas para que el sistema se revolviera en contra del arranque de honestidad del funcionario y le aplicara todo el rigor de la "justicia" política punitiva. El viernes 21 fue despedido, una semana después lucha para no terminar con sus huesos en la cárcel.

El gobierno, que sí puede ser omiso con gobernadores que robaron durante seis años lo inimaginable o con directores de Pemex enriquecidos a mansalva, encuentra ahora inadmisible el arranque de honestidad, autonomía y ligereza de Santiago Nieto y se dispone a despedazarlo. Con súbita indignación los abogados de Emilio Lozoya y de Arturo Escobar (ex dirigente del Partido Verde, procesado por Nieto por delitos electorales) presentaron denuncias penales en contra del ex fiscal. El propio Reforma, resentido quizá por el hecho de que un Nieto asustado llegó a decir que el diario había sacado de contexto sus declaraciones, tituló este sábado que el ex fiscal "acumula denuncias en su contra", aunque solo revela las de los dos políticos, Lozoya y Escobar, que claramente forman parte de la estrategia persecutoria del sistema. Y en su columna Templo Mayor, el diario menciona que "andan circulando archivos con información reveladora sobre un asunto personal que tiene que ver con su pasado y que, de hacerse público, lo pondría en una posición muuuy (sic) comprometida". Una filtración que seguramente salió de círculos oficiales para beneficio del diario, que se presta al linchamiento de Nieto incluso sin necesidad de precisar su supuesto delito o pecado. Por no hablar del hecho de que esa filtración es también una violación del secreto jurídico si es que se trata de una investigación en proceso. Castigan a Nieto echando mano del mismo recurso por el cual lo están crucificando.

No tengo idea del cadáver en el closet que puedan estarle fincando a Santiago Nieto ni meter las manos al fuego por su inocencia (nadie llega a fiscal en este sistema por ser la Madre Teresa de Calcuta). Lo que sí me queda claro es que, con el aparato mediático al servicio del poder, pueden destruirlo incluso por haberse disfrazado de ratón en una fiesta infantil hace 40 años. La miscelánea fiscal es tan compleja y tan sujeta a interpretación que cualquiera puede convertirse en defraudador fiscal si la autoridad así lo determina. En todo caso, es evidente que Nieto ya no quiere queso sino salir de la ratonera (si se me permite extender la alegoría del roedor). Por lo pronto ya le avisó a Gamboa Patrón y a sus otros Torquemadas, que renuncia a sus intentos de ser reinstalado en la fiscalía y se dedicará a defenderse de las denuncias jurídicas. O en palabras de Andrés Manuel López Obrador, ya tiró la toalla.

Las reconversiones de Santiago Nieto en los últimos diez días ilustran, mejor que cualquier otra cosa, la sociedad política pre moderna en la que vivimos. El ex fiscal de delitos electorales pasó de ser un funcionario más del sistema y relativamente desconocido, a efímero paladín de la honestidad, para convertirse, horas después, en un paria perseguido por el sistema. El mensaje es evidente: "al que se mete con nosotros lo destruimos".

Habrá que ver qué juez o fiscal se atreve a procesar a un poderoso del primer círculo después de la moraleja que deja este terrible capítulo. Y si lo hace, ahora ya sabe que no terminará como héroe sino como mártir o, peor aún, como delincuente.

@jorgezepedap

El País
Jorge Zepeda Patterson
Ciudad de México
Domingo 29 de octubre de 2017.


Jorge Zepeda Patterson

Pese a que México estaba incluido entre los países en los cuales Odebrecht repartió cuantiosos sobornos, la clase política local había logrado surfear el oleaje del tsunami que tantos escándalos provocó en Brasil, Argentina, Ecuador, Perú y República Dominicana. Los dirigentes de la empresa brasileña reportaron haber entregado poco más de 10 millones de dólares al titular de Pemex y, no obstante, las autoridades mexicanas escuchaban el dato como si se anunciara que Plutón ya no era planeta, sino asteroide. Hasta que llegó Santiago Nieto y encendió la pradera.

El fiscal para delitos electorales interpretó que poco menos de dos de esos 10 millones de dólares le fueron entregados a Emilio Lozoya cuando este fungía como coordinador de asuntos exteriores de la campaña de Enrique Peña Nieto a la presidencia en 2012. El propio candidato y luego presidente electo se reunió en tres ocasiones con representantes de esa empresa durante esos meses, afirma la prensa. Santiago Nieto no necesitó más para iniciar una investigación contra Emilio Lozoya por la presunta aplicación de recursos ilícitos al financiamiento de la campaña. Meses más tarde, la propia Procuraduría Federal se vio obligada a abrir una indagación sobre los otros ocho millones de dólares que Lozoya habría recibido cuando fue titular de Pemex (renunció en febrero del año pasado).

No es la primera investigación que se efectúa contra uno de los miembros más cercanos al círculo presidencial, pero sí la más incómoda. En los primeros años del sexenio tanto la primera dama como el entonces secretario de Hacienda, Luis Videgaray, habían sido objeto de una investigación por parte de la Secretaría de la Función Pública de la cual fueron plenamente exonerados. La oposición se quejó de que el responsable de la investigación era, a su vez, un amigo de los acusados. Para desgracia de Lozoya, ahora se trataba de un fiscal independiente.

El escándalo ha sido enorme, pero el PRI está dispuesto a pagar la factura política del descrédito

Tampoco es el primer dolor de cabeza que Santiago Nieto provoca en el círculo presidencial, pero sí el más grave. Hace unos días, cuando reveló públicamente que Lozoya le había presionado para ser exonerado, la PGR aprovechó la ocasión y cesó a Nieto de manera fulminante bajo la acusación de haber violado el secreto profesional de una investigación en proceso.

La medida fue interpretada como una decisión política del más alto nivel. Algunos consideraron que era un exabrupto presidencial, una revancha personal. Creo, más bien, que se trata de una estrategia perfectamente calculada. El daño que ha causado Santiago Nieto a la élite política es ínfimo con respecto al que puede provocar en los próximos meses a lo largo de la campaña presidencial que culmina el próximo verano.

Tal como están las cosas, el enemigo a vencer es el candidato de oposición Andrés Manuel López Obrador, favorito de las encuestas. El PRI carece de una figura popular para oponerle y acusa niveles de desaprobación históricos. La única posibilidad que tendría el partido oficial para retener el poder reside en fragmentar el sufragio antipriista, movilizar su voto duro a partir de programas clientelares y montar una campaña negativa de proporciones mayúsculas en contra de López Obrador (“imitador de Chávez y Maduro”). En otras palabras, recurrir a una ingente batería de estrategias, muchas de las cuales calificarán como delitos electorales. Deshacerse del fiscal incómodo resultaba, entonces, un imperativo categórico.

El escándalo ha sido enorme, pero el PRI está dispuesto a pagar la factura política del descrédito. Prefiere tragarse el sapo ahora que perder las elecciones después. Para el primer círculo se trata no sólo de un asunto de poder, podría entrañar el riesgo de enfrentar cárcel al final del sexenio, en caso del arribo de un López Obrador en modalidad justiciera.

La historia aún no termina. El Senado puede revertir el despido de Nieto y reinstalarlo en su puesto; basta mayoría simple. La oposición cuenta con 65 miembros y el PRI y sus aliados con 63. Pero este martes, de manera sorpresiva, la Junta de Coordinación de la Cámara alta decidió que la votación sobre el caso Nieto fuese secreta. Esto permitiría al PRI doblar la mano de senadores indecisos que estarían dispuestos a negociar su voto, a condición de que no se hiciera público. La oposición asegura que paralizará al Senado si no se revierte el dictamen para que el voto sobre el despido de Nieto se haga abierto. Entre otras cosas, esta “huelga” boicotearía la aprobación del paquete presupuestal del próximo año fiscal.

El pulso Nieto-Peña Nieto aún está lejos de haberse resuelto y amenaza con convertirse en telenovela. El final de temporada, infamias y traiciones incluidas, promete ser climático.

El País
Jorge Zepeda Patterson
Ciudad de México
Jueves 26 de octubre de 2017.


Jorge Zepeda Patterson
    
El ministro de Hacienda es un técnico acucioso y serio, respetado en círculos financieros

José Antonio Meade tiene el mejor atributo para convertirse en candidato del PRI a la presidencia: no es del PRI, ni parece priista. Y es que el partido oficial busca a su candidato con la esperanza de que no lo rechace la principal corriente política de opinión que existe en México: el antipriismo, donde “militan” poco más del 60% de los ciudadanos.

No es la única razón por la cual Meade, actual ministro de Hacienda, encabeza al pequeño grupo de aspirantes priistas a suceder a Enrique Peña Nieto. Aunque están lejos de ser descartados, Miguel Ángel Osorio Chong (secretario de Gobernación), Aurelio Nuño (Educación), José Narro (Salud) y Enrique de la Madrid (Turismo) se encuentran visiblemente un paso atrás, luego del acelerado ritmo con el que el afable Toño está cerrando el año.

Meade tiene a su favor el apoyo de sectores económicos que trascienden el círculo presidencial

La explicación del resurgimiento de este economista tiene que ver con la conclusión a la que ha llegado la presidencia: el PRI solo puede retener el poder construyendo un gran frente implícito en contra del puntero de la izquierda y favorito Andrés Manuel López Obrador. Si el antipriismo es la principal corriente de opinión, la segunda es el antilopezobradorismo. Ergo, el partido oficial necesita un candidato que no suscite la animadversión que existe en contra del PRI y a la vez sea capaz de atraer el voto del centro y de la derecha para vencer al líder de Morena. El marketing electoral se encargará de borrar todo énfasis oficialista en el candidato Meade, para presentarlo como el abanderado de los sectores modernos y urbanos en contra del riesgo que entrañaría un Gobierno “filochavista”. Al menos esa será la narrativa de los próximos meses.

A diferencia de sus colegas, Meade tiene a su favor el apoyo de sectores económicos que trascienden el círculo presidencial. Empresarios y ámbitos financieros en México y en el extranjero no han ocultado su simpatía por un ministro que ha manejado la economía con criterios técnicos en dos Administraciones distintas. Si duda, la designación del candidato será resultado en última instancia de la decisión que tome Peña Nieto, verdadero jefe político del PRI, pero es tal la debilidad con la que termina su gestión, que el soporte presidencial no alcanza por sí mismo para garantizar una elección exitosa. El PRI necesitará de todo el apoyo que pueda conseguir de otros grupos sociales y Meade es el único que puede concitarlos.

Y no solamente el empresarial. En el probable caso de que los candidatos provenientes del PAN, el partido de derecha, no prosperen durante la campaña (es decir, Margarita Zavala y Ricardo Anaya), Meade reclamaría el voto útil de estas corrientes, toda vez que fue ministro del Gabinete panista de Felipe Calderón.

Una tercera razón para el encumbramiento de Meade tiene que ver con la probable agenda en las próximas elecciones. Corrupción, inseguridad pública e incertidumbre económica serán los temas cruciales. El secretario de Hacienda se presentará a sí mismo como la mejor carta al menos en dos de estos tres temas. Los golpes que la Administración de Donald Trump propina a los cimientos sobre los que se ha basado el modelo de crecimiento de los últimos años en México harán de la economía un tema recurrente en la conversación pública. El equipo de campaña de Meade buscará presentarlo como una garantía frente a las propuestas más vagas y la falta de experiencia de López Obrador en este campo. Por otra parte, si bien es cierto que el candidato de oposición tendrá muchos argumentos para criticar la corrupción del Gobierno, Meade es quizá el funcionario con mejor reputación en el Gabinete en materia de austeridad o ausencia de escándalos. Un técnico acucioso y serio, respetado en círculos empresariales y financieros.

Esas son sus virtudes. Sus carencias están también a la vista. Falta de roce político, ausencia de carisma en la plaza pública o ante las cámaras, escaso reconocimiento de nombre y rostro entre el ciudadano de a pie. Pero incluso estas objeciones son poca cosa frente a la principal mácula: hagan como hagan tendrá que vestir la casaca del PRI en la boleta electoral.

En el papel, Meade podría ser la mejor baza con la que cuenta el PRI para mantenerse en Los Pinos. En la práctica, requerirá de una ingente campaña mediática para popularizarlo y de una ignominiosa operación de campo para movilizar el voto en contra de López Obrador. En otras palabras, business as usual.
@jorgezepedap

El País
Ciudad de México
Jorge Zepeda Patterson
Jueves 19 de octubre de 2017.

Jorge Zepeda Patterson

Ya tiene entrada en Wikipedia y desde hace tres días forma parte de la conversación pública gracias a los encabezados de periódicos y noticieros. El crimen organizado ha conseguido, una vez más, ampliar nuestro glosario, ahora con la palabra huachicolero. Dícese de alguien que se dedica a "la actividad ilegal de robo de combustible (gasolina o diesel) en México. La palabra deriva de huachicol una bebida alcohólica adulterada, y también se utiliza para nombrar al combustible robado el cual puede estar igualmente adulterado. Generalmente el robo de combustible es realizado directamente en los oleoductos de Petróleos Mexicanos donde se extrae el combustible a través de perforaciones, a esto se le conoce comúnmente como ordeña de ductos".

Pero me temo que lo de huachicolero es algo más que una nueva palabra. Lo que sucedió en Puebla, en donde cientos de pobladores se enfrentaron al ejército para defender una actividad claramente ilícita, representa una nueva escala en el desdibujamiento de los poderes del Estado que venimos padeciendo.

Las autoridades estiman que el monto de la ordeña solo en esta región, conocida como el Triángulo Rojo, supera los dos millones de pesos diarios. Se afirma que la venta de combustible en las gasolineras ha caído a la mitad en Puebla, lo cual nos indica al menos de bulto, el enorme impacto de este fenómeno y su repercusión económica. Al atacar al ejército y bloquear la carretera, los vecinos están defendiendo su modo de subsistencia. El único problema es que se trata de una actividad criminal. Puedo entender que tiangueros, ejidatarios o transportistas (y para el caso cualquier comunidad de interés) defienda con machetes y garrotes lo que considera un patrimonio o un derecho. Salvo que en este caso se defiende el derecho de apropiarse de lo que no es suyo y pertenece a todos.

Ups. Creo que acabo de definir a la clase política (¿o no es eso la reivindicación de Hank González, el padre del grupo Atlacomulco, cuando enunció su célebre "un político pobre es un pobre político"?). Nos hemos acostumbrado tanto a la impunidad de las casas blancas y las riquezas inexplicables, a que un gobernador sea millonario y a que un diputado porte en ropa y reloj un valor superior a su sueldo mensual que olvidamos que estamos frente a una actividad que violenta al estado de derecho; más o menos como el caso de los huachicoleros.

¿Una exageración de mi parte? Después de todo estos vecinos, seguramente instigados e infiltrados por miembros del crimen organizado, la emprendieron a balazos contra los soldados que llegaron a desmantelar sus ordeñas. Pero la comparación no es del todo desproporcionada: más de la mitad de las agresiones contra la prensa (desapariciones y asesinatos incluidos) proceden de políticos y funcionarios. Como los huachicoleros, ellos también se defienden de aquellos periodistas que al difundirlo ponen en riesgo "su derecho" a robar el patrimonio público.

El presidente Enrique Peña Nieto ha prometido que el crimen de los soldados no quedará impune (murieron cuatro en el primer enfrentamiento) La ordeña de combustibles en esta región será desmantelada, afirmó al país el mandatario mexicano. Bien. La mera existencia de este Triángulo Rojo en el corazón del país es un síntoma inadmisible de la posibilidad de derivar a un Estado fallido.

Pero no puedo dejar de preguntarme ¿no es aún más dañina la corrupción sistemática que infligen al país gobernadores, presidentes municipales, funcionarios federales, partidos y legisladores? Aquellos ordeñan con popote, estos con turbina. Los pobladores del Triángulo trastocan la región; la corrupción política está pudriendo a la nación.

@jorgezepedap

www.jorgezepeda.net

El Siglo de Torreón
Jorge Zepeda Patterson
Ciudad de México
Lunes 2 de octubre de 2017.


Jorge Zepeda Patterson

Hordas bajaron a las atractivas y bohemias colonias Condesa y Roma, a hacerse 'selfies' frente a edificios derrumbados
   
Tragedias tan brutales como la que desencadenó el sismo de la semana pasada en México suelen dejar no solo un lastimoso saldo de víctimas entre fallecidos y damnificados, también un rosario de héroes y de villanos. Los momentos extraordinarios hacen brotar lo mejor y lo peor de la condición humana y lo que hemos vivido estos días lo muestra hasta la saciedad.

Junto a los brigadistas y voluntarios que se dejaron la piel y el insomnio las primeras 72 horas (algunos continúan todavía al pie de los edificios derrumbados y los centros de acopio), se pudo observar un nuevo fenómeno que, a falta de mejor nombre, llamaré “turismo humanitario”.

La Condesa se convirtió en una especie de parque temático apocalíptico, un espacio a visitar, una experiencia para coleccionar.

Hordas bajaron a las atractivas y bohemias colonias Condesa y Roma, a hacerse selfies frente a edificios derrumbados, a tomarse la foto con tapabocas y casco, a describir a través de sus celulares el paisaje de ruinas y edificios desahuciados, de las calles convertidas en escenas de crimen por las cintas de la policía.

Lo describo como un turismo humanitario, porque en apariencia tenía el propósito de ayudar a las víctimas y mostrar solidaridad con el caído, pero en realidad cumplía el propósito que esencialmente persigue toda actividad turística: ocio y esparcimiento. Viernes, sábado y domingo la Condesa se convirtió en una especie de parque temático apocalíptico, un espacio a visitar, una experiencia para coleccionar. La última vez que fui a un museo en Nueva York me llamó la atención que la mayor parte de los visitantes pasaba de espaldas frente a la célebre La noche estrellada de Van Gogh; no iban a ver la pintura sino a tomarse una selfie con el cuadro detrás de sus sonrientes y orgullosos rostros. Literalmente pasaban frente a la obra sin verla. A cambio, salían con la imagen digitalizada que mostraba un contundente: “Yo estuve allí”.

Este fin de semana volví a pensar en esos falsos turistas culturales. Por desgracia me tocó formar parte de los que no pudieron regresar a casa debido a los daños sufridos en el edificio que habitaba. Cientos, quizá miles, merodeamos en torno a nuestros domicilios preguntándonos dónde dormiríamos esa y las siguientes noches, cuándo podríamos cambiarnos de ropa o recoger el celular o la cartera abandonada. Todos recibimos alguna ayuda de los maravillosos brigadistas convertidos en ángeles providenciales.

Pero también atestiguamos las legiones de visitantes atraídos por el morbo que supone la tragedia ajena. La misma fascinación que un accidente en carretera ejerce en el resto de los automovilistas que pasa por la escena a vuelta de rueda solazándose, sin reconocerlo, por formar parte de los supervivientes. Supongo que, en efecto, todo infortunio en cabeza ajena nos hace supervivientes.

El turismo humanitario no respetó clases sociales, edad o sexo. Igual percibí señoras elegantes de las Lomas y de Polanco enfundadas en vaqueros de 500 dólares y el pelo recogido en pañoletas Pineda Covalin que a jóvenes de barrios miseria estupefactos al atestiguar que el desastre también podía cebarse en contra de los pudientes. Unos y otros aceptaron chalecos de rescatista, tapabocas, y cuando lo había, algún casco protector, y deambularon por el tour improvisado de los edificios siniestrados. En algún momento se dijeron a sí mismos que ya había demasiados voluntarios, que “mejor ayuda el que no estorba” y regresaron por donde habían venido. Eso sí, con el corazón henchido y gratificado por haber sentido el deseo de ayudar al prójimo y por estar en posibilidades de postear la foto en Facebook o Instagram para demostrarlo.

No se me malentienda. Hace una semana, en este espacio, elogié la enorme generosidad de miles de espontáneos que minutos después del sismo y a lo largo de los siguientes días aparcaron sus vidas para salvar las de otros. Nunca podremos agradecer lo suficiente su esfuerzo y solidaridad. Y, desde luego, detrás de cada tragedia bullen enormes infamias: desde los constructores e inspectores asesinos que prohíjan edificios tumba, hasta los que asaltan en medio de la catástrofe. Comparadas con esas canalladas, parecería peccata minuta el falso turismo humanitario que aquí describo. Sin duda. Pero es una frivolidad que nunca había observado, o al menos no en esta escala, en medio de un siniestro como el que sufrimos. La posmodernidad digital, supongo.

 @jorgezepedap

El País
Jorge Zepeda Patterson
Ciudad de México
Sábado 30 de septiembre de 2017.


Jorge Zepeda Patterson

Es incuestionable la entereza de sus habitantes y la profunda solidaridad que les ha nacido al paso de las adversidades
   
Puede ser que la ciudad de México esté prendida de alfileres con una infraestructura permanentemente desbordada y veinte millones de personas empeñadas en vivir sobre el lecho de un lago. Puede ser que la inseguridad pública haya llegado a sus calles y que sus autoridades, permanentemente rebasadas, simplemente se dediquen a gestionar la emergencia de cada día. Pero es incuestionable la entereza de sus habitantes y la profunda solidaridad que les ha nacido al paso de las adversidades.

El sismo que torpedeo a la ciudad este 19 de septiembre puso a prueba el alma de los capitalinos y mostró al mundo las razones por la cuales esta ciudad ha sobrevivido durante siglos en un valle construido entre lodo y permanentemente agobiada por el desafío de conseguir y trasladar agua a una urbe a 2250 metros de altura. La tragedia mostró, una vez más, que lo mejor de este lugar son sus ciudadanos.

Apenas segundos después de que la tierra dejara de sacudirse surgieron héroes espontáneos para sacar de los edificios a los remisos, para detener el tráfico de las avenidas, mover a las personas a sitios al abrigo de los vidrios y cables sueltos. En las siguientes horas decenas de miles de hombres y mujeres actuaron como un enorme hormiguero al servicio de una misma causa. Largas líneas de brazos para sacar escombros de las ruinas, para sustituir a los semáforos inservibles y dar salida a las ambulancias, para llevar agua y vituallas a los socorristas. Muchos otros ofrecieron ayuda a los miles de vecinos que resultaron damnificados.

Abejas reinas y abejas obreras surgidas de la nada. Líderes espontáneos y voluntarios serviciales. Extrañas escenas en las que un joven veinteañero enfundado en jeans gastados dirigía con gritos aplomados a una docena de hombres maduros de traje y corbata; la anciana empeñada en dar fluidez a un cruce de calle bloqueado y los conductores atentos a sus instrucciones.

En 1985, también un 19 de septiembre, un sismo cambió la historia de la ciudad. No solo porque borró de un plumazo trazos completos del paisaje urbano, también porque, frente a la incapacidad de autoridades absolutamente desbordadas, surgió una sociedad civil dispuesta a rescatar a sus sobrevivientes así fuera con las uñas. A lo largo de las siguientes décadas los recuerdos de aquellas jornadas apocalípticas se convirtieron en leyendas urbanas. Un apocalipsis que no invocó el saqueo o la expoliación desesperada de unos sobre otros, sino la solidaridad más absoluta.

32 años más tarde el cuerpo recuerda; las primeras sacudidas del sismo producen palpitaciones en todos; las últimas echan a andar la generosidad y la entrega incondicional de muchos. El alma también recuerda.

@jorgezepedap

El País
Jorge Zepeda Patterson
Ciudad de México
Jueves 21 de septiembre de 2017.

Página 1 de 3

 

El mundo es comprendido por el paradigma, es la forma por la cual es entendido el mundo, el hombre y por supuesto las realidades cercanas al conocimiento.

Síguenos en Twitter