Jorge Zepeda Patterson

No hay nadie que contemple con mayor interés esta batalla “fratricida” que Andrés Manuel López Obrador

Conocemos el nombre del finalista para el 1 de julio, día de las elecciones presidenciales en México: Andrés Manuel López Obrador, líder actual en las encuestas, será el hombre a vencer. Pero, ¿por quién? Esa es justamente la pregunta que todo el país se hace. ¿Ricardo Anaya, el ambicioso y dinámico candidato del PAN, o José Antonio Meade, el buena persona y poco carismático representante del PRI?

Ambos, desde luego, además de otros cuatro, estarán en la boleta electoral, pero se da por descontado que la contienda real habrá de darse entre dos finalistas, a juzgar por el comportamiento del electorado desde hace 20 años (es decir, desde que el voto comenzó a reflejar la realidad, al menos de bulto). A nadie le gusta sufragar por un perdedor, lo cual significa que los simpatizantes del candidato que ocupa la tercera posición prefieren sumarse al puntero o, si lo repudian, inclinarse a favor del que se encuentre en segundo lugar y esté en condiciones de vencer al primero.

Bajo ese supuesto se entendía que el panista y el priista competirían entre sí de aquí al mes de mayo para conquistar el segundo puesto, y el perdedor tácitamente se haría a un lado para facilitar que el voto útil fluyera a su contrincante. Cualquier cosa con tal de evitar el ascenso al poder de López Obrador, el incómodo opositor de izquierda y severo crítico de los Gobiernos del PRI y del PAN que han alternado el poder en los últimos años.

Ese era el supuesto. En la práctica la segunda y tercera fuerza se han enzarzado en una guerra en la que no hay heridos ni se toman prisioneros. Ricardo Anaya, el panista, entendió que su rival no era López Obrador en esta primera etapa y se lanzó a cuestionar la corrupción priista un día tras otro y la responsabilidad de su rival, exsecretario de Hacienda de la Administración. En algún momento la presidencia juzgó que los cuestionamientos iban más allá de la confrontación política y bordeaban la ofensa personal. La represalia fue brutal.

La Procuraduría General de la República exhibió un celo que no se le ha visto en todo el sexenio para construir un fulminante proceso de lavado de dinero en la compraventa de terrenos presuntamente amañada para beneficiar a Anaya con poco menos de tres millones de dólares. Las acusaciones fincadas en contra de Manuel Barreiro, “socio” del panista, contrastan penosamente con el ritmo paquidérmico con el que la justicia ha actuado en contra de funcionarios de Pemex y gobernadores de documentado comportamiento delictivo.

No está claro si Anaya saldrá con vida políticamente hablando de esta andanada. La acusación ha sido un misil bajo la línea de flotación, justo cuando el joven estaba acortando distancias con el puntero y despegándose definitivamente del tercer lugar. Por su parte, los priistas han querido ver en este escándalo el punto de inflexión para hacer regresar a Meade de la caída libre en la que se había metido.

La confrontación entre Meade y Anaya me hace recordar las primarias demócratas de hace dos años (muchas salvedades guardadas). Hillary Clinton nunca pudo recuperarse de la imagen que Bernie Sanders dibujó en sus críticas: una mujer fría y calculadora, miembro de la élite política y cómplice de Wall Street y de la burocracia profesional. Donald Trump recogió tales críticas desde el otro extremo del espectro y terminó insuflándolas de resentimiento y desprecio.

En otras palabras, me preguntó si Meade y Anaya podrán recuperarse de aquí a julio de la golpiza que se están endilgando. Ciertamente puede haber un acuerdo de cúpulas dentro de algunas semanas, pero como en el caso de Hillary y Sanders, para muchos votantes será demasiado tarde; la imagen construida seguirá vigente el día de las elecciones.

Y no hay nadie que contemple con mayor interés esta batalla “fratricida” que López Obrador. De hecho, ya comenzó a cosechar. El mayor escándalo de su campaña electoral, la selección como candidato al Senado del polémico líder de los trabajadores mineros, Napoleón Gómez, no pudo ser explotado cabalmente por sus rivales porque la acusación en contra de Anaya terminó por opacarla. Lo que pudo haberse convertido en un disparo al pie de parte del líder de Morena perdió los titulares de las noticias por la presunta corrupción del candidato del PAN exhibida por las autoridades.

Históricamente PRI y PAN se habían comportado como rivales a modo, al menos en las batallas decisivas. Esta vez es diferente. Me pregunto si la noción de “voto útil” sobrevivirá a la carnicería. Tiene poco sentido una alianza de paz en un campo sembrado de cadáveres.

@jorgezepedap

El País
Jorge Zepeda Patterson
Ciudad de México
Jueves 1 de marzo 2018.


Jorge Zepeda Patterson

Sabíamos que José Antonio Meade, el candidato oficial, no lo tendría fácil considerando los altísimos niveles de reprobación del gobierno priista de Enrique Peña Nieto. Lo que no esperábamos es que se colocara tan pronto en un tercer lugar, por debajo del puntero Andrés Manuel López Obrador y del abanderado del Frente PAN-PRD, Ricardo Anaya. Sobre todo porque no hay duda de que hay una maquinaria mediática y una campaña de Estado volcada a favor del ex secretario de Hacienda.

En otro espacio analicé las razones por cuales Meade, no obstante proyectar una imagen de buena persona, carecía de una personalidad carismática capaz de contrarrestar los negativos que arrastra el partido que representa. La única manera en que podría construir una narrativa atractiva pasaría por cuestionar de manera explícita o implícita al presidente. Pero eso es poco menos que imposible toda vez que Peña Nieto es el titiritero detrás de este candidato. De hecho, uno de los factores que se mencionan para explicar la pobreza y los desaciertos de la campaña del candidato oficial, es la multiplicidad de generales enviados por Los Pinos, el PRI, Gobernación, Videgaray o los viejos mandarines del tricolor. Una arrebatinga en toda la línea en torno al candidato y su mensaje.

Y justamente, como resulta imposible proponer un mensaje de cambio (porque machucaría al presidente), sus estrategas han intentado construirle a Meade una imagen de ciudadano. Uno spot tras otro insiste en presentárnoslo como una persona común y corriente. Una prestidigitación mayor si consideramos que ha sido ministro de cinco secretarías a lo largo de los últimos diez años.

Por lo demás, el calendario político actuó en su contra. Si la campaña de Meade hubiera arrancado con una intensa gira de negociaciones con la sociedad civil, los empresarios, los universitarios, los grupos profesionales y las ONGs, quizá el funcionario habría tenido alguna oportunidad de "venderse" como un político diferente o un "no político". El problema es que tras su destape, dedicó las primeras semanas a visitar los siete templos del corporativismo priista y a besar los anillos de los líderes del sindicalismo charro. Meade hizo públicas sus genuflexiones ante el PRI para convencer a los militantes que aceptaran convertirlo en su abanderado. Pero al hacerlo su candidatura "ciudadana" nació muerta.

Unas horas después de abrazar a Romero Deschamps, el sempiterno líder del sindicato petrolero y epítome de la corrupción, Meade cuestionó las finanzas de López Obrador y prometió un programa de transparencia y honestidad. Simple y sencillamente pareció un mal chiste. Días más tarde entre risotadas y palomeos en la espalda presidió un acto priista en compañía de Manlio Fabio Beltrones, justo cuando un funcionario brazo derecho del sonorense era señalado por desviar ilegalmente fondos a las campañas del partido oficial.

Si escogieron a Meade como candidato porque era el único de los suspirantes que no parecía priista (de hecho, ni siquiera estaba registrado como militante), los estrategas se dieron un balazo en el pie al obligarle a darse un baño de partido. Si querían asegurar el apoyo de los priistas tendrían que haberlo conseguido en negociaciones de gabinete, no en actos de masa de acarreados que lo asocian a cincuenta años de manipulación oficial. Presentarlo como una especie de candidato ciudadano después de esa cargada, parece una tomadura de pelo.

No es de extrañar que su campaña haya nacido muerta. ¿Cómo remontar del tercero al segundo lugar sin una propuesta de cambio atractiva (que sería prohibida por Los Pinos)? ¿Cómo sostener que es un candidato de los ciudadanos después de recorrer el país con declaraciones públicas de amor a las cúpulas priistas? ¿Y ahora qué va a hacer Peña Nieto? ¿Pactar con Anaya? ¿Pactar con López Obrador? O de plano: ¿"ganar haiga sido como haiga sido"?

@jorgezepedap

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El País
Jorge Zepeda Patterson
Ciudad de México
Lunes 12 de febrero de 2018.


Jorge Zepeda Patterson


Las encuestas ubican a José Antonio Meade, candidato del PRI a las próximas elecciones presidenciales, en un tercer lugar


¿Qué se hace en medio de la luna de miel cuando te golpea la absoluta certeza de que te has casado con la persona equivocada? ¿Cómo desandar tres años de estudios de la profesión que comienzas a odiar? ¿Cómo regresar el calendario para designar a un candidato presidencial que sí funcione? Exactamente la sensación que debe estar experimentando Enrique Peña Nieto estos días: se está desplomando en caída libre José Antonio Meade, el campeón destinado a mantener al PRI en Los Pinos. Apenas un mes después de haber sido designado candidato, la mayor parte de las encuestas y sondeos lo ubican en un tercer lugar, por debajo de Andrés Manuel López Obrador, opositor de izquierda y de Ricardo Anaya el joven sorpresa del frente formado por PAN y PRD.

La percepción del desplome de José Antonio Meade se está convirtiendo en una bola de nieve imparable

Y más preocupante que las encuestas es la percepción reinante en redes sociales y charlas de sobremesa. Su estrategia de campaña carece de un foco; en las primeras semanas optó por atacar a sus rivales, pero siendo el candidato del partido en el poder toda crítica terminó convertida en bumerán. Una y otra vez las pullas lanzadas se convirtieron en memes contraproducentes que lo dejaron mal parado. Pero más que una estrategia, lo que le ha faltado al abanderado priista es la sustancia misma que convierte a alguien en candidato: carisma, agudeza y cierta dosis de malicia. No son tiempos que premien el candor.

Las razones por las que este técnico, ex secretario de Hacienda, podía ser un buen candidato resultaron justamente sus falencias. Presentarse como buena persona y deslindarse de los priistas o de los políticos, parecía una buena estrategia, pero al no ir acompañada de una serie de propuestas sólidas o novedosas para atacar los problemas de México, la imagen que proyecta es la de un personaje blandengue a quien la arena política le ha quedado grande. En su favor habría que decir que los tiempos previstos por las autoridades electorales prohíben en esta etapa presentar programas de gobierno o equivalentes, pero sus rivales se las han arreglado para difundir ideas que de alguna manera despiertan interés o polémica. En el caso de Meade el debate se ha centrado en la cursilería de sus anuncios o los temas de su dieta.

Se dirá que es muy pronto para descartar a un candidato; faltan cinco meses para las elecciones. Después de todo, Meade es el candidato de la poderosa maquinaria oficial. Y basta ver las portadas de los diarios y los noticieros de la televisión para percibir la manera interesada y parcial en que es arropado el abanderado del régimen.

Pero dos factores operan inexorablemente en contra del delfín de Peña Nieto. Primero, que buena parte de la conversación pública ya no pasa por los medios convencionales. Los electores jóvenes y los círculos de influencia en los distintos nichos abreva en redes sociales que están masacrando al candidato oficial al grado de que la intención de voto, según las encuestas, lo ha castigado con rudeza al margen de lo que diga la prensa oficialista.

Y segundo, y más grave: las elecciones presidenciales en México constan en realidad de una primera y de una segunda vuelta, aun cuando se realicen de manera extraoficial. Siempre hay tres candidatos competitivos, pero solo llegan dos opciones viables a la jornada electoral (julio en este caso). Es decir, de aquí a mayo y quizá antes, el segundo y tercer lugar luchan para convencer al electorado de que solo uno de ellos puede vencer al puntero. Está claro que López Obrador de Morena es ese puntero y que Anaya y Meade están enfrascados en una contienda personal para convertirse en el legítimo segundo lugar, exigir el voto útil del tercero y estar en condiciones de derrotar a la “amenaza contra México” que representa el advenimiento de la izquierda.

Pues bien, de ser cierta la tendencia de los sondeos, esa primera vuelta está por consumarse sorprendentemente temprano. La percepción del desplome de Meade se está convirtiendo en una bola de nieve imparable y extiende la percepción de que Anaya es el único candidato viable frente a Morena.

¿Qué opciones tiene Peña Nieto? Alguien afirmará que los tiempos electorales todavía permiten sustituir a Meade por Aurelio Nuño, su “cover” oficial. Pero al margen de que eso significaría para el PRI recomenzar con una derrota reconocida a cuestas, el recambio tampoco inspira confianza. Representaría simplemente otra manera de perder. Siendo así, caben otras dos opciones. Negociar con Anaya un relevo amnistiado del poder (como ya sucedió entre PRI y PAN). Y, desde luego, siempre cabe una vía inesperada: pactar con López Obrador, ahora que está en fase conciliadora y benigna. Difícil, pero no imposible. A estas alturas se conoce mejor al viejo enemigo tabasqueño que al impetuoso y enfebrecido recién llegado.

@jorgezepedap

El País
Jorge Zepeda Patterson
Ciudad de México
Juevesw 1 de febrero 2018.


Jorge Zepeda Patterson

La denuncia del gobernador de Chihuahua ha sido un torpedo en la línea de flotación de Hacienda, un ministerio que se suponía al margen de la alternancia política

¡Chihuahua! Es una exclamación que algunos mexicanos usan para expresar sorpresa, entusiasmo o molestia. Justo las reacciones que Chihuahua y su gobernador están provocando en el país en su cruzada en contra del Ministerio de Hacienda y el uso faccioso y electoral de los recursos fiscales. Durante años creímos que los gobernadores corruptos eran resultado de la caída del presidencialismo y la descentralización, de la ausencia de contrapesos. En su primer año Javier Corral, gobernador de Chihuahua, ha mostrado que en realidad los abusos de estos sátrapas regionales fueron producto de un diseño político y financiero orquestado desde la federación para apoyo del PRI nacional y sus campañas. En el fondo no fue la descentralización del poder sino la sofisticación de la centralización lo que dio lugar a estos abusos.

Veamos. Muchos gobernadores de alternancia suelen emprender investigaciones judiciales sobre la administración anterior. Los más recientes: Miguel Ángel Yunes en Veracruz sobre Javier Duarte; Carlos Joaquín en Quintana Roo sobre Roberto Borge; y Claudia Pavlovic en Sonora sobre Guillermo Padrés. Los tres casos derivaron en ordenes de aprehensión y divulgaron escándalos de corrupción indignantes. Pero al final queda la impresión de que tras la llamarada inicial y saciado el apetito de venganza o las promesas de campaña, los gobernadores dejan que el sistema decida los alcances de las investigaciones. En última instancia, las posibilidades de cárcel para esos exgobernadores y sus círculos de colaboradores y familiares corruptos están sujetas a las necesidades de imagen de la presidencia y a los amarres políticos que dicte el calendario electoral.

Lo de Javier Corral en Chihuahua ha sido distinto. El gobernador panista no sólo enfiló las baterías en contra de su antecesor priista, César Duarte, un ladrón donde los haya, sino también contra la estructura federal que provocó las corruptelas. El enfoque de Corral es correcto; hasta ahora todas las "vendettas" se han limitado a los operadores materiales, sin abordar al sistema financiero diseñado desde el centro para prohijarlos. Ahora se ha puesto en evidencia que la proliferación de abusos de los gobernadores no fue resultado de la descentralización de los poderes (algo que habíamos tomado como un subproducto de la caída del régimen presidencialista) sino el fruto de una estrategia financiera diseñada desde el centro y, en última instancia, destinada a favorecer al centro.

El ramo 23, una partida presupuestal ambigua y hasta cierto punto discrecional, existe desde los años ochenta, pero adquirió niveles astronómicos recientemente (en 2016 ejerció el equivalente a poco más de 12.000 millones de dólares). Mediante el simple recurso por parte de Hacienda de subestimar sus ingresos del año siguiente, logra canalizar a este rubro montos que superan el presupuesto de varias secretarías. Y, más importante, incluye la partida de proyectos para el desarrollo regional que si bien se asigna desde las Cámaras (de allí que se le conozca como la partida de "los moches") es la Secretaría de Hacienda la que los aplica y les da seguimiento. En la práctica una enorme "bolsa chica" que el Gobierno federal y, ahora está visto, sus operadores políticos ejercen de manera discrecional y de cara a los intereses electorales y facciosos del PRI nacional.

Corral ha puesto en evidencia el puente financiero que se estableció entre funcionarios de Hacienda, de la tesorería de Chihuahua y del comité nacional del PRI para hacer llegar a ese partido recursos originalmente destinados a aquella entidad. Por desgracia no fue una excepción. Parte de los delitos que se imputan a los ex gobernadores de Sonora, Quintana Roo o Veracruz, se presume, fueron orquestados por la misma vía.

La denuncia que ha hecho Javier Corral ha sido un torpedo en la línea de flotación de Hacienda; un ministerio que se suponía se manejaba con criterios técnicos y al margen de la alternancia política. Y la respuesta de estos financieros a la acusación ha sido por demás reveladora y torpe: detuvieron en represalia la asignación de recursos del ramo 23 a Chihuahua. Y tampoco es que hubieran detenido mucho, desde que llegó Corral la entidad ha recibido 61 millones de pesos; los otros estados un promedio de 1,023 millones.

El gobernador de Chihuahua ha emprendido una marcha política a la Ciudad de México en demanda de las partidas que la federación ha retenido a su Administración. Su lucha es importante, pero lo que verdaderamente está en juego es la corrupción política endémica que nunca debió invadir al sistema hacendario de nuestro país. Esperemos que el desenlace de esta marcha sea algo más que un cheque de muchos dígitos.

El País
Jorge Zepeda Patterson
<<Ciudad de México >>
Sábado 27 de enero 2018.


Jorge Zepeda Patterson     

La campaña soez y pendenciera de Trump para ganar la presidencia en EE UU ha tenido un efecto deplorable en los candidatos mexicanos

La democracia electoral en México y en buena parte de los países llamados en desarrollo es como el de la alimentación: no habíamos salido de la desnutrición cuando nos cayó encima un severo problema de obesidad. Lo peor de los dos mundos. O como el transporte urbano: carecemos de él, no tenemos aún planta automovilística masiva pero ya nos las arreglamos para tener atascos peores que en una autopista de Los Ángeles. La misma paradoja (parajoda en realidad) ataca a nuestros procesos electorales. La legitimidad de las autoridades y los resultados siguen estando bajo sospecha, pero ya padecemos las distorsiones y abusos que las campañas han tomado en las democracias maduras.

La comunicación soez y pendenciera que desplegó Donald Trump para ganar la presidencia en Estados Unidos ha tenido un efecto deplorable en nuestros candidatos. Los cuartos de guerra de los partidos políticos en campaña están convencidos de que el bullying, la acusación rampante pero ingeniosa o la lluvia de epítetos es más eficaz en términos mediáticos y en redes sociales que la difusión de propuestas. Los candidatos no tratan de demostrar que conocen a fondo los problemas del país y tienen propuestas para combatirlos. Ni siquiera se devanan los sesos para mostrarse inteligentes, paga más proyectar sagacidad y astucia. Los periódicos y noticieros no quieren citas de expertos o diagnósticos acuciosos sino frases ocurrentes y golpes verbales a la mandíbula de los rivales.

Y por desgracia la tripleta de candidatos que disputará el poder presidencial el próximo verano en México no hace sino acentuar la pobreza del debate y magnificar la importancia de los memes. La intención de voto está claramente liderada por el abanderado de la oposición, Andrés Manuel López Obrador, un hombre que posee un voto duro favorable en torno al 35%, aunque también concentra un voto negativo explícito considerable. Las dos propuestas del sistema, José Antonio Meade, del partido oficial y Ricardo Anaya, el joven líder del partido de la derecha, el PAN, simple y sencillamente no despiertan pasiones. Ante la pobreza de la “mercancía”, la estrategia de venta diseñada por los publicistas está más encaminada a atacar al rival que en presumir las virtudes del propio candidato. No se trata de presentar una idea atractiva o una propuesta clave, reditúa mucho más torpedear y ridiculizar cualquier cosa que presente el contrario.

Los dos rivales de López Obrador no han ahorrado epítetos sobre la idea esbozada por el tabasqueño de considerar una amnistía en la guerra contra las drogas. Ni Anaya ni Meade se han sentido en la necesidad de ofrecer alguna idea concreta para resolver la inseguridad pública; lo cual no les ha impedido destazar sin medida y sin rubor las ideas de su contrario al respecto.
Y no se pretende victimizar al candidato de la izquierda. Tampoco él se queda corto en descalificaciones ocurrentes en contra de sus competidores: “Mafia en el poder”, pirruris y señoritongos.

Podemos anticipar dos ejes en la belicosidad de la campaña electoral. De enero a mayo veremos una lucha encarnizada entre José Antonio Meade y Ricardo Anaya. La única manera en que alguno de los dos puede vencer a López Obrador es atrayendo a los votantes de su rival. Solo sumando segunda y tercera fuerza podrán compensar la ventaja que tiene el líder de Morena. Anaya tratará de convencer al electorado de que Meade se ha desinflado y sólo él puede ser el depositario del voto útil para impedir el ascenso al poder del abanderado de la izquierda. Y, desde luego, Meade hará lo propio en contra de Anaya.

Simultáneamente todos los frentes mantendrán su pulso en contra de López Obrador. La campaña del miedo ya ha rendido frutos antes. Convertirlo en una amenaza para México y en un Hugo Chávez en potencia es una narrativa que ofrece más dividendos electorales que una propuesta de gobierno. Las campañas negativas siempre han sido un recurso efectivo electoral; ahora parece ser el único.

@jorgezepedap

El País
Jorge Zepeda Patterson
Ciudad de México
Viernes 19 de enero de 2018.


Jorge Zepeda Patterson    

“¿Qué lleva al PRI a convertir a este provocador contumaz en vocero de su causa? El fenómeno Trump, supongo”.

Que Javier Lozano brinque de un partido a otro para contratarse como gatillero sicario a las órdenes de un nuevo patrón, no tiene nada de sorprendente: la mayoría de los políticos no deja que las convicciones o la ética se atraviesen en su camino. Lo que llama la atención es que un partido abra los brazos y encumbre al que hasta unos días antes escupía sobre sus cabezas. Peor aún, tendríamos que preguntarnos ¿cuán descompuesto está el clima político para que los asesores de José Antonio Meade hayan concluido que se requiere a un buleador profesional para encarar la campaña electoral?

¿Qué lleva al PRI a convertir a este provocador contumaz en vocero de su causa? El fenómeno Trump, supongo. Una lectura superficial de lo que sucedió en Estados Unidos podría concluir que el camino a la presidencia se esculpe a golpes de tuits soeces, políticamente incorrectos, estridentes. Si creen que Trump está en la Casa Blanca gracias a sus insultos y a un comportamiento de barbaján para con sus rivales, entonces el fichaje de Lozano cobra sentido.

Incluso el propio Meade desde hace unos días ya había asumido esta estrategia. Dejó atrás la estudiada imagen de buena persona no-rompo-un plato, para subirse al ring y retar a López Obrador y a Ricardo Anaya. Alusiones al patrimonio del tabasqueño o a la novatez del joven candidato panista, por no hablar de duros reclamos a la corrupción de sus rivales. Las diatribas de Meade fueron muy aplaudidas por sus seguidores, aunque el resto del país no pudo dejar de pensar en el típico refrán “el burro hablando de orejas”. Acusar a sus competidores de ser corruptos minutos después de abrazar efusivamente al líder petrolero Romero Deschamps no es precisamente el mejor de los timings.

En todo caso Meade es un Trump muy poco convincente. Javier Lozano, en cambio, se ha preparado toda su vida. Originario de Puebla, pero capitalino de siempre, es egresado de la Escuela Libre de Derecho donde conoció a Felipe Calderón, aunque militó en el PRI bajo cuyas siglas llegó a ser oficial mayor y subsecretario de Comunicaciones y Transportes en el sexenio de Ernesto Zedillo. Caído de la gracia de la cúpula priista, en 2006 se vinculó a Calderón y se las ingenió para ser ungido secretario del Trabajo y Previsión Social. Desde este puesto, Lozano se haría célebre por algunas batallas épicas. Con el sindicato Mexicano de Electricistas, con los trabajadores de Cananea, con el sindicato de sobrecargos, con el periodista Miguel Ángel Granados Chapa o con el empresario chino Zhenli Ye Gon, a quien terminaría acusando de difamación luego de que el contrabandista intentó implicarlo en temas de lavado de dinero. En estos y otros desencuentros, Lozano se caracterizó por su estilo rijoso y rudo, y por su gusto para ventilar en público y sin aparentes filtros sus humores y sus fobias. Dentro del calderonismo el ahora ex senador desempeñó el trabajo sucio para atacar y enlodar a los rivales de su fracción (entre otras cosas enarbolando duros epítetos contra Enrique Peña Nieto y los que hoy lo han contratado).

La incorporación de Lozano, además, tiene un segundo propósito. La batalla entre José Antonio Meade y Ricardo Anaya será feroz y despiadada porque ambos intentarán convertirse en beneficiarios del voto anti lopezobradorista. La única oportunidad que tienen de ganarle al líder de Morena es capturando el voto útil de su rival, es decir, fusionando en la práctica al segundo y al tercer lugar. De aquí a junio Meade tiene que convencer al electorado conservador que Anaya se ha desinflado y que él es la única alternativa viable ante AMLO. Javier Lozano podría ser clave porque proviene del PAN, conoce sus trapos sucios y, mejor aún, está dispuesto a ventilar la basura, real o presunta, en una arena pública que nuestro personaje suele convertir en paredón.

@jorgezepedap
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Sin Embargo
Jorge Zepeda Patterson
Ciudad de México
Lunes 15 de enero de 2018.

Jorge Zepeda Patterson

Darles a los militares el permiso legal para que sigan haciendo lo que ya hacían me recuerda el pasaje aquel del Principito en el que un rey de un planeta al que nadie obedecía se le pasaba dando órdenes a posteriori para hacen sentir la autoridad que no tenía: "te ordeno que te sientes", decía apresurado un instante después de que el personaje de la novela de Saint-Exupéry se había sentado. Un mandato para revestir de autoridad y legalidad a una realidad que negaba ajustarse a sus deseos. El rey decidió adecuar sus deseos y sus órdenes a la caprichosa realidad.

Algo así está sucediendo ahora. ¿Resulta imposible que el ejército no cometa violaciones al actuar como policías?: pretendamos que son policías. A partir de la aprobación de la Ley de Seguridad Interior hace unos días, el ejército tendrá la cobertura legal para asumir algunas atribuciones policiacas; algo que ha venido haciendo ininterrumpidamente desde diciembre de 2006 cuando Felipe Calderón lo sacó de los cuarteles para dar piñatazos por todo el territorio contra el avispero de los cárteles de la droga. Lo que se creyó sería una operación rápida y contundente terminó transformándose en una campaña de ocupación permanente y continuada a lo largo de una década.

Por lo demás, la ausencia de una justificación jurídica nunca impidió en el pasado que el ejército fuera usado por los presidentes como una especie de policía política. En los años setenta fueron el ariete para perseguir movimientos guerrilleros en las principales ciudades del país y en las montañas de Guerrero, asumiendo tareas de investigación y procesamiento propias del ministerio público.

La nueva Ley de Seguridad no cambiará nada en términos prácticos salvo permitir que los generales duerman mejor cuando se vayan a la cama. Y es que a medida en que las violaciones a los derechos humanos se han venido acumulando, los militares han temido a la fragilidad jurídica con la que operan, lo cual eventualmente podría voltearse en contra de ellos.

Los soldados no son policías ni fueron capacitados para la investigación detectivesca. La forma en que interroga un sargento no es precisamente un despliegue de lógica deductiva a la Sherlock Holmes; la manera en que catea un sitio un pelotón dista de ser un manual de respeto a la escena del crimen. En los últimos años docenas de oficiales han sido llevados a tribunales para que respondan por violaciones jurídicas de distinta índole en contra de la población civil. En un momento dado los generales sintieron que corrían el riesgo de que los políticos que los sacaron de los cuarteles comenzaran a usarlos de chivos expiatorios y decidieran meterlos en la cárcel. Exigieron su "permiso para matar" y ahora lo tienen.

En términos prácticos las nuevas leyes tendrán escaso impacto en la situación que impera. Pero a mediano plazo las consecuencias son más que preocupantes. Otorgan una puerta de entrada a las tentaciones intervencionistas que puedan anidar generales con ánimos mesiánicos. La misma cobertura que permite tener injerencia en asuntos que competen al crimen organizado favorecen el involucramiento en cualquier agenda civil si así se lo proponen.

Pero más preocupante aún es el hecho de que legitimar policialmente a los militares retrasa inexorablemente la única posibilidad de atacar el problema de fondo: mejorar los cuerpos policiacos. Los militares hacen mal el papel de los policías, pero estos, los policías, lo están haciendo peor. Nunca saldremos del problema si no resolvemos esta contradicción. Por ahora, como siempre, los políticos simplemente se han quitado el problema de encima dando gusto a los militares y dejando la solución del entuerto para otro momento, para el turno de otro.

@jorgezepedap

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El País
Ciudad de México
Jorge Zepeda Patterson
Domingo 3 diciembre 2017.

Jorge Zepeda Patterson

Los priistas habrían apoyado a cualquiera con tal de impedir el triunfo de López Obrador

Enrique Peña Nieto ha sido un hombre con más fortuna que aciertos. Su carrera lo llevó hasta la presidencia de México tras una vida transcurrida entre algodones y alfombras rojas, sin muchos méritos pero con los padrinos idóneos y el rostro fotogénico necesario. Su desempeño en Los Pinos ha sido deslucido, por decir lo menos. Lo confirman los bajísimos niveles de aprobación entre los ciudadanos, el desplome del PRI en elecciones regionales o el desprestigio por la corrupción y la inseguridad pública que imperan.

Hace seis meses parecía que la única posibilidad que tenía el PRI de Peña Nieto para no perder el poder en las elecciones de 2018 consistía en encomendarse al voto duro de sus bases clientelares (estimado en alrededor del 30%) y buscar que el sufragio antipriista se fragmentara en una multitud de candidatos. Pero incluso ese escenario parecía poco factible por el ascenso de Andrés Manuel López Obrador, el líder de la izquierda, muy perfilado para captar el descontento popular. En las peores pesadillas del mandatario figuraba la posibilidad de enfrentar represalias jurídicas tras el ascenso de un Gobierno opositor. Si los candidatos del PRI no despuntaban, la presidencia habría estado dispuesta a apoyar a cualquier abanderado, incluso del PAN, con tal de impedir el triunfo de López Obrador.

Pero una vez más la fortuna ha venido al rescate de este bienaventurado. Contra todos los pronósticos, los candidatos de oposición se han desdibujado; la alianza del PAN y el PRD no está en condiciones de ofrecer una opción atractiva y consensuada (por razones cuyo examen excede los límites de este espacio); las candidaturas independientes tampoco han prosperado. Súbitamente, el panorama se ha clarificado y tras la bruma aparecen solo dos fuerzas significativas en el campo de batalla: López Obrador por un lado y el candidato del sistema por el otro.

Peña Nieto entendió la coyuntura y eligió a un no priista, por primera vez en la historia de este partido, para encabezar la alianza implícita en contra del opositor de izquierda. El hombre elegido, José Antonio Meade, quien fungía como secretario de Hacienda, es un funcionario que ha trabajado en distintas Administraciones y sin mayor militancia política. Un perfil capaz de atraer el voto del centro y de la derecha y, para el caso, el de cualquier ciudadano que se deje espantar por la campaña que hará de López Obrador un peligro para México.

Meade no es un hombre carismático. En opinión de los expertos del PRI, no es necesario que lo sea. Más aún, le habría estorbado. Basta que proyecte una imagen de mesura, responsabilidad, sencillez y de no ser priista. Intentarán convertir la elección de julio en un plebiscito entre el riesgo y la seguridad; entre la barbarie y la cautela; entre el populismo irresponsable y la prudencia financiera y administrativa. Intentarán hacer de Meade el receptor del voto útil de muchos no priistas que carecen de preferencia política o que teniéndola entienden que su candidato (del PAN, del PRD o independiente) no tiene posibilidades de triunfo.

Peña Nieto entendió la coyuntura y eligió a un no priista, por primera vez en la historia de este partido, para encabezar la alianza implícita en contra del opositor de izquierda.

Hace seis meses, la estrategia del PRI habría consistido en insuflar a muchos candidatos para fragmentar el voto. Eso cambió hace algunas semanas; ahora se trata de despejar el camino para hacer de Meade la única opción viable frente al líder de Morena. Lo que sigue es una estrategia en dos movimientos: primero, el golpeteo a otros candidatos del centro y de la derecha (Ricardo Anaya, Margarita Zavala, Jaime Rodríguez, El Bronco, y Miguel Ángel Mancera seguirán acumulando notas negativas, ataques, críticas en columnas políticas). Y segundo, la madre de todas las batallas: la campaña negativa contra el verdadero opositor, la satanización de López Obrador hasta convertirlo en pluma de vomitar del ciudadano medio.

Por su parte, el candidato opositor intentará hacer de la elección un plebiscito diferente: “La corrupción o yo”. “Más de lo mismo o el cambio”. Al final será una guerra de narrativas entre dos fuerzas formidables.Peña Nieto ha dicho a sus íntimos que nunca ha perdido una elección. Sabe que cuenta con la fortuna, el Estado y los medios de comunicación para ganar la siguiente. Andrés Manuel López Obrador cuenta con la rabia de muchos y el descontento de la mayoría. Nos espera una confrontación implacable.

@jorgezepedap

El País
Pensándolo bien…
Jorge Zepeda Patterson
Miércoles 29 noviembre 2017.


La declaración de Miguel Ángel Osorio Chong no tiene desperdicio: el gobierno no puede ser omiso ante las faltas de Nieto, dijo a los diputados, para justificar el despido de Santiago Nieto como fiscal de delitos electorales. Lo que no dijo Osorio es que la falta del funcionario no fue jurídica, sino política y se trata de un pecado imperdonable para el sistema: exhibir a miembros del primer círculo de poder del país.

En teoría Osorio Chong, secretario de Gobernación, se refería a la supuesta violación del secreto jurídico que cometió el funcionario cuando reveló al diario Reforma que había recibido una carta de Emilio Lozoya, ex director de Pemex, en la que este presionaba al fiscal para que lo declarara inocente de la acusación de haber recibido sobornos de la empresa brasileña Odebrecht durante la campaña presidencial de Enrique Peña Nieto. Las declaraciones de Nieto incendiaron Troya. Bastaron algunas horas para que el sistema se revolviera en contra del arranque de honestidad del funcionario y le aplicara todo el rigor de la "justicia" política punitiva. El viernes 21 fue despedido, una semana después lucha para no terminar con sus huesos en la cárcel.

El gobierno, que sí puede ser omiso con gobernadores que robaron durante seis años lo inimaginable o con directores de Pemex enriquecidos a mansalva, encuentra ahora inadmisible el arranque de honestidad, autonomía y ligereza de Santiago Nieto y se dispone a despedazarlo. Con súbita indignación los abogados de Emilio Lozoya y de Arturo Escobar (ex dirigente del Partido Verde, procesado por Nieto por delitos electorales) presentaron denuncias penales en contra del ex fiscal. El propio Reforma, resentido quizá por el hecho de que un Nieto asustado llegó a decir que el diario había sacado de contexto sus declaraciones, tituló este sábado que el ex fiscal "acumula denuncias en su contra", aunque solo revela las de los dos políticos, Lozoya y Escobar, que claramente forman parte de la estrategia persecutoria del sistema. Y en su columna Templo Mayor, el diario menciona que "andan circulando archivos con información reveladora sobre un asunto personal que tiene que ver con su pasado y que, de hacerse público, lo pondría en una posición muuuy (sic) comprometida". Una filtración que seguramente salió de círculos oficiales para beneficio del diario, que se presta al linchamiento de Nieto incluso sin necesidad de precisar su supuesto delito o pecado. Por no hablar del hecho de que esa filtración es también una violación del secreto jurídico si es que se trata de una investigación en proceso. Castigan a Nieto echando mano del mismo recurso por el cual lo están crucificando.

No tengo idea del cadáver en el closet que puedan estarle fincando a Santiago Nieto ni meter las manos al fuego por su inocencia (nadie llega a fiscal en este sistema por ser la Madre Teresa de Calcuta). Lo que sí me queda claro es que, con el aparato mediático al servicio del poder, pueden destruirlo incluso por haberse disfrazado de ratón en una fiesta infantil hace 40 años. La miscelánea fiscal es tan compleja y tan sujeta a interpretación que cualquiera puede convertirse en defraudador fiscal si la autoridad así lo determina. En todo caso, es evidente que Nieto ya no quiere queso sino salir de la ratonera (si se me permite extender la alegoría del roedor). Por lo pronto ya le avisó a Gamboa Patrón y a sus otros Torquemadas, que renuncia a sus intentos de ser reinstalado en la fiscalía y se dedicará a defenderse de las denuncias jurídicas. O en palabras de Andrés Manuel López Obrador, ya tiró la toalla.

Las reconversiones de Santiago Nieto en los últimos diez días ilustran, mejor que cualquier otra cosa, la sociedad política pre moderna en la que vivimos. El ex fiscal de delitos electorales pasó de ser un funcionario más del sistema y relativamente desconocido, a efímero paladín de la honestidad, para convertirse, horas después, en un paria perseguido por el sistema. El mensaje es evidente: "al que se mete con nosotros lo destruimos".

Habrá que ver qué juez o fiscal se atreve a procesar a un poderoso del primer círculo después de la moraleja que deja este terrible capítulo. Y si lo hace, ahora ya sabe que no terminará como héroe sino como mártir o, peor aún, como delincuente.

@jorgezepedap

El País
Jorge Zepeda Patterson
Ciudad de México
Domingo 29 de octubre de 2017.


Jorge Zepeda Patterson

Pese a que México estaba incluido entre los países en los cuales Odebrecht repartió cuantiosos sobornos, la clase política local había logrado surfear el oleaje del tsunami que tantos escándalos provocó en Brasil, Argentina, Ecuador, Perú y República Dominicana. Los dirigentes de la empresa brasileña reportaron haber entregado poco más de 10 millones de dólares al titular de Pemex y, no obstante, las autoridades mexicanas escuchaban el dato como si se anunciara que Plutón ya no era planeta, sino asteroide. Hasta que llegó Santiago Nieto y encendió la pradera.

El fiscal para delitos electorales interpretó que poco menos de dos de esos 10 millones de dólares le fueron entregados a Emilio Lozoya cuando este fungía como coordinador de asuntos exteriores de la campaña de Enrique Peña Nieto a la presidencia en 2012. El propio candidato y luego presidente electo se reunió en tres ocasiones con representantes de esa empresa durante esos meses, afirma la prensa. Santiago Nieto no necesitó más para iniciar una investigación contra Emilio Lozoya por la presunta aplicación de recursos ilícitos al financiamiento de la campaña. Meses más tarde, la propia Procuraduría Federal se vio obligada a abrir una indagación sobre los otros ocho millones de dólares que Lozoya habría recibido cuando fue titular de Pemex (renunció en febrero del año pasado).

No es la primera investigación que se efectúa contra uno de los miembros más cercanos al círculo presidencial, pero sí la más incómoda. En los primeros años del sexenio tanto la primera dama como el entonces secretario de Hacienda, Luis Videgaray, habían sido objeto de una investigación por parte de la Secretaría de la Función Pública de la cual fueron plenamente exonerados. La oposición se quejó de que el responsable de la investigación era, a su vez, un amigo de los acusados. Para desgracia de Lozoya, ahora se trataba de un fiscal independiente.

El escándalo ha sido enorme, pero el PRI está dispuesto a pagar la factura política del descrédito

Tampoco es el primer dolor de cabeza que Santiago Nieto provoca en el círculo presidencial, pero sí el más grave. Hace unos días, cuando reveló públicamente que Lozoya le había presionado para ser exonerado, la PGR aprovechó la ocasión y cesó a Nieto de manera fulminante bajo la acusación de haber violado el secreto profesional de una investigación en proceso.

La medida fue interpretada como una decisión política del más alto nivel. Algunos consideraron que era un exabrupto presidencial, una revancha personal. Creo, más bien, que se trata de una estrategia perfectamente calculada. El daño que ha causado Santiago Nieto a la élite política es ínfimo con respecto al que puede provocar en los próximos meses a lo largo de la campaña presidencial que culmina el próximo verano.

Tal como están las cosas, el enemigo a vencer es el candidato de oposición Andrés Manuel López Obrador, favorito de las encuestas. El PRI carece de una figura popular para oponerle y acusa niveles de desaprobación históricos. La única posibilidad que tendría el partido oficial para retener el poder reside en fragmentar el sufragio antipriista, movilizar su voto duro a partir de programas clientelares y montar una campaña negativa de proporciones mayúsculas en contra de López Obrador (“imitador de Chávez y Maduro”). En otras palabras, recurrir a una ingente batería de estrategias, muchas de las cuales calificarán como delitos electorales. Deshacerse del fiscal incómodo resultaba, entonces, un imperativo categórico.

El escándalo ha sido enorme, pero el PRI está dispuesto a pagar la factura política del descrédito. Prefiere tragarse el sapo ahora que perder las elecciones después. Para el primer círculo se trata no sólo de un asunto de poder, podría entrañar el riesgo de enfrentar cárcel al final del sexenio, en caso del arribo de un López Obrador en modalidad justiciera.

La historia aún no termina. El Senado puede revertir el despido de Nieto y reinstalarlo en su puesto; basta mayoría simple. La oposición cuenta con 65 miembros y el PRI y sus aliados con 63. Pero este martes, de manera sorpresiva, la Junta de Coordinación de la Cámara alta decidió que la votación sobre el caso Nieto fuese secreta. Esto permitiría al PRI doblar la mano de senadores indecisos que estarían dispuestos a negociar su voto, a condición de que no se hiciera público. La oposición asegura que paralizará al Senado si no se revierte el dictamen para que el voto sobre el despido de Nieto se haga abierto. Entre otras cosas, esta “huelga” boicotearía la aprobación del paquete presupuestal del próximo año fiscal.

El pulso Nieto-Peña Nieto aún está lejos de haberse resuelto y amenaza con convertirse en telenovela. El final de temporada, infamias y traiciones incluidas, promete ser climático.

El País
Jorge Zepeda Patterson
Ciudad de México
Jueves 26 de octubre de 2017.

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