Jorge Volpi

Demagogo, populista, chavista. Demonio autoritario. Senil y orate. Sus adversarios lo han pintado con los rasgos más siniestros. Enrique Krauze lo llamó Mesías Tropical. Con menos ingenio, otros lo han comparado con dictadores y caudillos, en un espectro que va -si el doble parentesco admite alguna lógica- de Nicolás Maduro a Donald Trump. Algunos más no se atreven a nombrarlo y, como si fuera un ser maligno, acuden a expresiones ambiguas para no pronunciar sus siglas. Pocos personajes más retratados, calificados, vituperados e insultados como López Obrador. Y pocos tan mal dibujados.

La equivocación consiste en presentarlo como si estuviese hecho de piedra; como si las vicisitudes de todos estos años no lo hubiesen alterado; como si fuese el mismo que presidió el PRI de Tabasco, el mismo que contendió por el gobierno de su estado, el mismo que peregrinó a la capital, el mismo que luego gobernó la capital, el mismo que disputó la Presidencia en 2006, el mismo que mandó al diablo a las instituciones, el mismo que se reinventó en 2012 y estuvo cerca de ganar de nuevo, el mismo que desde entonces ha recorrido de un confín a otro la República. Como si nada hubiese aprendido, como si su terquedad -para bien o para mal, uno de sus rasgos determinantes- fuese su único rostro.

Sería más sencillo creerlo así: que nadie cambia, que uno siempre seguirá siendo quien es. Quizás en lo íntimo sea cierto. No ocurre así, en cambio, en política, el terreno de la simulación y del engaño. Las mil aventuras y desventuras en la carrera de López Obrador quizás no hayan variado el meollo de su carácter -obcecado, imperioso, intolerante, vocinglero, astuto- pero sí su acción pública. De otro modo no hubiera sobrevivido y no estaría tan cerca -casi tan cerca como en 2006- de ganar la Presidencia.

La experiencia -ese aprendizaje modelado a golpes- le sirve ahora casi tanto como su intuición. Imposible saber si ha cambiado en verdad, pero eso importa poco: lo relevante son sus nuevos guiños, sus gestos, sus conductas e incluso sus ocurrencias. Si en 2012 su "república amorosa" fue motivo de escarnio, ahora ha pulido su discurso: una extraña mezcla de rabia y comprensión, de tolerancia e intolerancia, de prehistoria y de futuro. Podrá decirse lo que sea, pero el AMLO de 2018 no es el mismo del 2006 ni del 2012. Habrá quien afirme que la conversión es falsa o cosmética: puede ser, pero en campaña todo es falso o cosmético, del don de lenguas de Anaya a la "ejemplar trayectoria como funcionario" de Meade: historias que vender a los electores.

Sólo que la de López Obrador es, por ahora, la más exitosa. Si por un lado mantiene la misma narrativa de siempre -su batalla contra la "mafia en el poder"-, por el otro ha vuelto a pactar, como cuando fue jefe de Gobierno del DF, con sus representantes. Quienes se empeñan en verlo como outsider encuentran las salidas de tono, las ocurrencias y las barbaridades de antes; quienes por el contrario quieren cerciorarse de que gobernará sin romper con los poderes fácticos pueden dirigir la mirada hacia su gabinete o los empresarios y políticos de centro y derecha que ahora lo apoyan.

Mientras Anaya y Meade buscan desesperadamente qué novela contar de sí mismos -ante su imposibilidad de escapar de los atropellos cometidos en 18 años por sus partidos-, AMLO ha encontrado el tono para conjuntar sus rabietas y sus pactos, sus alaridos y sus concesiones, sus obsesiones y sus veleidades. Y todo ello anclado en sólo dos temas, corrupción e inequidad, pero dos temas cruciales para el país y frente a los cuales sus adversarios sólo balbucen. De seguir así, difícilmente lograrán arrebatarle el triunfo.

Un triunfo que, de ocurrir, lo colocaría más cerca de Ollanta Humala que de Hugo Chávez. Es decir: más cerca del moderado y pragmático alcalde de la Ciudad de México que del furibundo perdedor que tomó Reforma en 2006. AMLO mainstream.
 
@jvolpi

Reforma
Jorge Volpi
Ciudad de México
Sábado 20 enero de 2018.


Jorge Volpi, Juan Villoro, Carlos Revés y Ricardo Cayuela encabezaron un homenaje que registró un lleno total

La cita para el homenaje de Fernando Savater era a las 18:30 horas, sin embargo, desde media hora antes, la fila para entrar ya se podía vislumbrar como larga, pues los lectores comenzaron a llegar al Auditorio Juan Rulfo con bastante tiempo de antelación, donde a los asistentes no les importó permanecer de pie por más de una hora.

El gesto de la audiencia era suficiente homenaje, sin embargo, Jorge Volpi, Juan Villoro, Carlos Revés y Ricardo Cayuela, se encargaron de homenajearlo con sus armas más poderosas: las palabras. Antes, Raúl Padilla dio la bienvenida a los asistentes y calificó al libro “Ética para Amador”, como el libro de filosofía más popular en lengua castellana, y a su autor, como “el gran filósofo de la libertad que hoy más que nunca debe ser escuchado”.

Igualmente, los demás autores e intelectuales mencionados, se dieron a la tarea de contar quién era Savater, por qué era merecedor de un homenaje y cuál es su relevancia actualmente. Cayuela dijo al respecto: “Es un crítico de la modernidad que va un paso adelante. Él postula luchar contra el fanatismo, pues reconoce el mal que hace todo nacionalismo, pues como él dijo ‘el nacionalismo es peligroso cuando entraña un aire de superioridad’”.

Mientras que Revés, director general de todos los sellos de Editorial Planeta, resaltó que la obra de Savater es una búsqueda de la verdad, además, que cada escrito tiene como característica al hedonismo pues “el sentido lúdico es vértebra de su obra, es decir, como filósofo ha sido un disfrutón de la filosofía, no la pone en un altar inalcanzable”.

Por su parte, Volpi y Villoro recordaron sus primeros acercamientos como lectores de Savater. El primero contó que él veía a los filósofos como personas muertas, pues le detonaban a los griegos, a los renacentistas, y más cercanamente a la actualidad, a Nietzsche, a quien “no entendía nada hasta que leí a Savater”. Villoro, no tenía esta misma idea, ya que su padre fue también filósofo, aunque diferente a Savater, pues para él, el autor español es un “mediador entre las ideas más complejas y la vida cotidiana”.

Por último, Savater se sintió tan halagado tanto que afirmó no reconocerse en las descripciones dadas: “Ellos están hablando de quien yo hubiera querido ser, me ha gustado ver a esa figura. (…) Yo hubiera querido ser yo mismo pero logrado, que es lo que ellos han descrito”.

El Informador
Guadalajara, Jalisco

Tiranías

12 Ago 2017


Jorge Volpi

"La historia no se repite, pero instruye", afirma Timothy Snyder en el prólogo a su muy necesario Sobre la tiranía (2017). Publicado para contrarrestar el advenimiento a la Presidencia de Donald Trump, el pequeño libro -o panfleto- del experto en nacionalismos ofrece una serie de recomendaciones, inspiradas en las experiencias totalitarias del siglo XX, para tratar de detener el avance del autoritarismo en Estados Unidos, aunque resulta aplicable a cualquier otra parte del mundo.

Hoy, no sólo la demagogia de Trump, sino también la vena dictatorial de Nicolás Maduro, representan claras amenazas a los valores centrales de nuestro tiempo. Que el primero intente presentarse como feroz enemigo del segundo no lo ubica, en cualquier caso, entre los demócratas: baste recordar la enemistad entre Hitler y Stalin para saber que los tiranos suelen ser rivales implacables. Si en estos días se impone confrontar a Maduro, no hay que hacerlo con los argumentos de Trump, a quien no debemos concederle tregua alguna. Por otro lado, en países como México, tampoco nos vendría mal seguir el recetario de Snyder: la tentación autoritaria ha sido parte integral de nuestra tradición política.

La primera recomendación de Snyder, "No obedecer por adelantado", es un recordatorio del talante crítico que ha de mantener el ciudadano frente a sus gobernantes, previniéndonos a no colaborar con ellos por temor o inercia. La segunda, "Defender las instituciones", resuena claramente entre nosotros. Siempre que alguien denuncia que hay que destruir las instituciones porque son corruptas o disfuncionales, vale la pena escudriñar con atención su verdadero objetivo; y aún si esto es cierto, mejor tratar de reformarlas que simplemente "mandarlas al diablo".

"Cuidado con el partido único" es algo que en México conocemos bien y que en la Venezuela de Maduro ha conducido, si no a la extinción de los demás partidos, sí a su empeño por volverlos irrelevantes: no es otra la vocación de la Asamblea Constituyente. "Toma responsabilidad frente al mundo", recomienda Snyder: no te acostumbres a los símbolos de la discriminación y no los dejes pasar. Y no sólo los símbolos: las palabras, como las que Trump emplea a diario contra individuos y grupos. "Recuerda la ética profesional": una admonición a abogados y jueces para no dejarse intimidar, tan válida en México como en Venezuela.

Clave es "Ten cuidado de los paramilitares": siempre son estos quienes empiezan por subvertir la legalidad, sea en nuestro país o en Venezuela, degradando el orden político. "Reflexiona si tienes armas": aplica por igual a la policía y al Ejército: a los militares venezolanos que enfrentan a la oposición y a los militares mexicanos que combaten el narcotráfico. "Resiste" es quizás una de las recomendaciones más arduas, pero, como dice Snyder, "alguien tiene que hacerlo". "Sé prudente con el lenguaje" implica, sobre todo, no repetir las consignas de los otros: de nuevo, distinguirse frente a las expresiones de discriminación u odio.

En la supuesta era de la posverdad, Snyder aún afirma: "cree en la verdad". Y, por ende, denuncia las mentiras de Trump, de Maduro, de Peña, de cualquier gobierno. De ella se desprende la siguiente: "Investiga" por tu cuenta y paga los medios que lo hacen profesionalmente. En el reino de las redes sociales, léelo todo y sé responsable de cuanto compartes. "Mira a los demás de frente y habla con ellos": la empatía se multiplica y evita la discriminación. "Practica la política corporal": para quienes se hartan de las marchas y manifestaciones, éstas son las únicas que en verdad sacuden a los gobiernos, sea para denunciar a Trump o Maduro o para protestar por Ayotzinapa. "Ten una vida privada": es decir, auténticamente privada: cuídate de Internet y lo que compartes en redes.

Las siguientes son fáciles de entender: "Contribuye a las buenas causas": sí, con dinero o trabajo o ambas. "Aprende de tus pares en otros países". "Escucha las palabras peligrosas" y no te dejes manipular por ellas: "terrorismo" y "extremismo", pero también "imperialismo", "narco" o "delincuentes". "Ten calma cuando ocurre lo terrible": no te dejes manipular por las reacciones al terror. Y, en fin, "sé patriota", pero no nacionalista. Y "sé tan valiente como puedas".
 
@jvolpi

Reforma
Jorge Volpi
Ciudad de México
Sábado 12 de agosto de 2017.


Jorge Volpi

A su regreso al poder en 2012, tras doce años de purgatorio, los priistas se imaginaron, de pronto, invencibles: imposible imaginar una gestión más desastrosa que la de Felipe Calderón y sus miles de muertos. Contaban, además, con un candidato joven, guapo, rodeado de una maquinaria electoral otra vez aceitada -en su destierro, el partido ni siquiera intentó una reforma interna, sino recuperar su añejo talante corporativo- y con una situación económica más o menos estable.

Ni en sus peores sueños los priistas pudieron sospechar que, cinco años más tarde, iban a verse sumidos en la ignominia, con menos posibilidades de ganar los comicios de 2018 que los del 2000. ¿Cómo pudieron hacerlo tan mal? Supongo que muchos de ellos se lo preguntan a diario al constatar su popularidad en las encuestas, las más bajas de cualquier Presidente latinoamericano en activo (que ya es decir). Luego de un inicio esperanzador, que duró apenas unos meses -marcado por el sacrificio ritual de Elba Esther Gordillo y las promesas del Pacto por México y sus hoy olvidadas reformas-, vino la debacle. Una espectacular caída en picada debida a la pésima gestión de distintas crisis.

Primera fase, Ayotzinapa. Hubo un instante, al inicio, en el cual Peña Nieto pudo haberse colocado del lado de las víctimas -de las familias de los jóvenes desaparecidos por las fuerzas de seguridad- pero, en vez de ello, optó por proteger a cal y canto al Ejército con la opacidad propia del antiguo régimen. A los pocos días, el escándalo de la Casa Blanca terminó por hundir cualquier atisbo de prestigio que le quedase a su Presidencia.

En un caso raro, la elección de Trump volvió a concederle a Peña Nieto la oportunidad de reivindicarse un poco, asumiendo una enérgica defensa de los migrantes mexicanos y oponiéndose frontalmente al Muro. De nuevo la ocasión se perdió y, empequeñecido, el Presidente prefirió defender a Trump en suelo mexicano. La retahíla de acusaciones de corrupción contra grandes figuras del régimen no hizo ya sino dejar claro que el priismo se comporta como una cleptocracia sólo dispuesta a proteger sus propios intereses.

Ayotzinapa, la Casa Blanca, la visita de Trump a México y una panda de gobernadores investigados, prófugos o en la cárcel. ¿Qué podría hacer un partido ante esta cadena de crímenes o errores para volver a ganar las elecciones? La misión, de entrada, suena imposible. Y, sin embargo, el espejismo del Estado de México, donde la combinación de la compra y la inducción al voto, el fraude y la división de la oposición bastó para llevar al poder, in extremis, ni más ni menos que a un primo del Presidente, hace creer a algunos que un triunfo del PRI no es descartable.

Aun así, los priistas, al menos los más astutos, saben o intuyen que la posibilidad de ganar en 2018 es mínima. Por lo que se les plantea un dilema de ardua decisión (sin que sepamos, a estas alturas, quién tendrá el poder para dirimirlo). Se trata, para ellos, de elegir el mal menor. Con un objetivo central: impedir, a toda costa, la victoria de López Obrador.

Me explico. Los priistas tienen, hoy, solo dos opciones. La primera es intentar repetir el Estado de México y que esa repartición a mansalva de recursos, fraudes en sitios inhóspitos o poco vigilados y, sobre todo, la dispersión del voto opositor, les conceda una mínima ventaja. Para lograr esta estrategia no solo requieren un candidato al menos pasable, sino dinamitar, por todos los medios, el Frente Amplio PAN-PRD.

La segunda opción es más desesperada, pero no menos viable para su meta principal. Asumir de antemano la derrota y volcar soterradamente todos sus recursos y medios a favor del candidato del Frente Amplio para asegurarse, al menos, la derrota de López Obrador.

¿Quiénes vencerán en la contienda interna? ¿Quienes están dispuestos a arriesgarse a ganar la elección, destruyendo al Frente, y dejando a un López Obrador más firme que nunca, o quienes prefieren jugar a la segura, elegir a un candidato sacrificable y apostar por el plan B de un candidato emanado del PAN-PRD, con el cual pactar, como ya hizo el PAN con ellos, su posterior inmunidad?

La respuesta, en pocas semanas.

@jvolpi

Reforma
Jorge Volpi
Ciudad de México
Sábado 5 de agosto de 2017.


Jorge Volpi

Deberíamos recordar que, en este país de fábula, lo ocurrido con este gobernador no es una anomalía, sino un síntoma

Un gobernador es acusado, una y otra vez, de corrupción. Y no de la corrupción que en este país de fábula se asume como normal -un lugar en el que a nadie le sorprende que un funcionario público utilice el puesto en su provecho-, sino de una corrupción monstruosa. Valdría la pena preguntarse cuándo se pasa de una a otra y cuándo un político rebasa la paciencia de los ciudadanos y el límite de lo que éstos toleran. En fin. Ante las denuncias, el susodicho alega lo que todos los de su calaña: una campaña de linchamiento, motivos tenebrosos en las acusaciones y una vil conspiración de la prensa. Declara esto, muy orondo, en uno de los estados en donde más periodistas son asesinados. Y luego añade: "nada tengo que ocultar" y "mi conciencia está tranquila".

El listillo espera que, como les ocurre a casi todos sus colegas, esta cortina de humo disipe la atención, en espera de que otro escándalo -por doquier abundan- le arrebate los reflectores. Esta vez no ocurre así. La corrupción es tan monstruosa, que incluso el gobierno federal -de su mismo partido, el cual lo ha presumido como modelo de probidad- comienza a preocuparse. Porque, al parecer, nuestro amigo no se ha conformado con vaciar las arcas locales como la mayor parte de sus compinches, sino también los fondos que le llegan desde la capital.

Frente al acoso, el espabilado tampoco cede. Sabe que en este país ningún político de alto nivel va a la cárcel a menos que haya caído de la gracia presidencial. Y él, con una soberbia apenas inferior a su venalidad, confía en que el Presidente lo adora. De modo que, lleno de confianza, se echa para adelante. Valiéndose del enredadísimo y costosísimo y a fin de cuentas inútil sistema de transparencia de este país de fábula -diseñado para impedir pequeños desfalcos y castigar minucias administrativas, no para controlar a los peces gordos-, el gobernador hace pública su declaración patrimonial. Los ciudadanos descubren, azorados, que el miserable apenas tiene un departamentito y un par de coches viejos. Un político pobre es un pobre político.

¿Cinismo extremo? Ni siquiera. Apenas el habitual entre los políticos de su clase. Sólo que, en este caso, no repara en que ha empezado a convertirse en un lastre para el mismo gobierno que lo encumbró. Su vanidad, en este punto, supera a su desfachatez. Contra las cuerdas, contraataca. Se pasea de un noticiero a otro -y desembolsa millones para acallar a la prensa vendida- clamando su inocencia. Por primera vez rebasa a sus émulos: anuncia que pedirá licencia para enfrentar las calumnias. Y, en efecto, envía la solicitud al Congreso local. Pero no enfrenta calumnia alguna, sino que se escurre del país valiéndose de la red de complicidades que tejió durante años.

Lo digo de nuevo: el gobernador más vigilado simplemente se esfuma. El bochorno del gobierno federal parece sólo superar a su miedo. La persecución dura largas semanas, hasta que el prófugo es capturado al sur de la frontera. Y entonces, en vez de que sus perseguidores aprovechen la buena voluntad de los vecinos para expulsarlo fast track, le permiten quedarse y emprender un largo camino legal para detener la extradición.

Para explicarnos esta historia deberíamos recordar que, en este país de fábula, lo ocurrido con este gobernador no es una anomalía, sino un síntoma. Al menos desde la Revolución -ignoro los datos del siglo XIX-, este país ha sido administrado del mismo modo por unos gobernadores (de partidos opuestos pero intercambiables) que siempre, sí, siempre, han hecho fortuna adueñándose del dinero público. Que han usado su posición para emprender negocios, obtener concesiones, enriquecer a sus familias y a sus amigos. Y que jamás han temido represalias judiciales por su conducta.

Cuando a este país de fábula mejor le ha ido, ha sido cuando unos pocos de sus políticos han privilegiado el interés general frente al personal -los casos se cuentan con los dedos de una mano-, pero ésta sí es la excepción y no la regla. Ni democracia ni oligarquía. Los griegos la llamaban cleptocracia. El gobierno de los ladrones.

@jvolpi

Reforma
Jorge Volpi
Ciudad de México
Sábado 22 de abril de 2017.


El también escritor se desempeñó hasta ayer como director general del Festival Internacional Cervantin


El rector de la UNAM, Enrique Graue Wiechers, designó hoy y dio posesión a Jorge Volpi Escalante como nuevo coordinador de Difusión Cultural de esta casa de estudios, en sustitución de María Teresa Uriarte.

En un acto efectuado en la Torre de Rectoría, Graue Wiechers reconoció el trabajo de Teresa Uriarte, cuya prioridad fue acercar la cultura a los jóvenes. “Lo hizo extraordinariamente bien. Difusión Cultural estuvo presente en todos los planteles”, destacó.

Por su parte, ante la presencia de los titulares de las áreas que conforman la Coordinación, Uriarte agradeció al rector permitirle ser parte de su equipo en el primer año de gestión, lo que garantizó la continuidad de los diferentes programas culturales.

Volpi, quien hasta ayer se desempeñaba como director general del Festival Internacional Cervantino, expresó que “frente a los tiempos aciagos que se viven, buscará junto con su equipo imaginar futuros mejores desde la cultura y el arte”.

En la UNAM, a partir del conocimiento, la cultura y los jóvenes que forma, se pueda dar luz al país, agregó.

Entre los pendientes que hereda la administración de Uriarte, se encuentra el inminente cierre del Seminario del Taller Coreográfico de la UNAM y el Centro de Extensión Académica que crearán en su lugar y la polémica sobre el edificio H que altera el paisaje del Espacio Escultórico.

Mientras que la dirección del Cervantino quedará vacante, aunque formará parte de una de las nuevas doce direcciones de la Secretaría de Cultura, llamada Dirección General de Promoción y Festivales Culturales.

Jorge Volpi es licenciado en Derecho, maestro en Letras Mexicanas por la UNAM y doctor en Filología Hispánica por la Universidad de Salamanca. Ha sido profesor en las universidades de Emory, Las Américas de Puebla, Cornell, Católica de Chile y Princeton; desde 2008 imparte una de las Cátedras Extraordinarias Maestros del Exilio Español en la Facultad de Filosofía y Letras de esta casa de estudios.

Es autor de numerosas novelas, entre las que destaca la Tetralogía del Poder, formada por En busca de Klingsor, El fin de la locura, Tiempo de cenizas y Memorial del engaño, y los ensayos Mentiras contagiosas, El insomnio de Bolívar, Leer la mente y Examen de mi padre.

Sus libros han sido traducidos a 30 idiomas. Ha obtenido los premios Biblioteca Breve, Deux Océans-Grinzane Cavour, Nacional de Cuento San Luis Potosí, Debate de Ensayo y Planeta-Casamérica de Novela. Ha sido becario de la Fundación Guggenheim y del Sistema Nacional de Creadores.

En 2009 recibió el Premio José Donoso de Chile al conjunto de su obra. Ha sido condecorado como Caballero de la Orden de Artes y Letras de Francia y con la Orden de Isabel la Católica de España. Fue director del Instituto de México en París, del Canal 22 y, desde 2012, del Festival Internacional Cervantino.

El Universal
Nestor Ramirez
Ciudad de México
Viernes 9 de diciembre de 2016.


Jorge Volpi

Ocurrió lo peor que podía haber ocurrido. En contra de todos los augurios, uno de los mayores demagogos de nuestra época acaba de ser elegido como el hombre más poderoso del planeta. Además de la Presidencia de Estados Unidos, se ha hecho con el control casi total de su gobierno, con claras mayorías en la Cámara de Representantes y en el Senado. Y la posibilidad de nombrar jueces que colorearán la Suprema Corte como un bastión conservador por décadas. No nos dejemos tranquilizar, de nuevo, por quienes se conformaron con loar la fortaleza institucional de la democracia más antigua del orbe. Estamos frente a una catástrofe sin paliativos. Una amenaza para el futuro. Y un peligro sin precedentes para México.

Insisto: no debemos reconfortarnos con las imágenes de Barack Obama o Hillary Clinton llamando a la unidad y pidiendo concederle el beneficio de la duda a Donald Trump. Uno de los mayores problemas de la democracia, de cualquier democracia, es la facilidad con que puede ser subvertida y saboteada desde dentro. Lo hemos visto una y otra vez. No, todavía, en la mayor potencia del globo. Herido de muerte, el sistema que el demagogo prometió destruir en su campaña tratará de contenerlo, pero nada indica que vaya a conseguirlo. Porque Trump no fue un candidato cualquiera y no será un Presidente cualquiera. En el discurso tras su victoria lo anunció: el suyo es un movimiento. Una fuerza que busca trastocar la democracia, cuando no tornarla irrelevante.

Una mayoría de estadounidenses eligió para dirigirlos -y para tener más influencia sobre el resto de nosotros que nadie- a un sujeto que durante meses no hizo otra cosa que exhibir su desprecio hacia los otros. Que mintió impunemente. Un racista y un xenófobo. Un machista y un misógino. Un lenguaraz y un ignorante. Un ególatra que jamás se disculpó por los insultos y amenazas que lanzó a diestra y siniestra. Un comediante marrullero y perverso que supo atizar el rencor y el pánico. Un sinvergüenza que nunca ocultó su desdén hacia la misma democracia que lo ha llevado a la Casa Blanca. Obama y Hillary se equivocan (y muy probablemente lo saben): no, no tenemos que darle a Trump el beneficio de la duda. Lo que tenemos que hacer todos los habitantes conscientes del planeta es oponernos a él desde este instante.

Las comparaciones resultan siempre odiosas y ni Trump es Hitler ni los Estados Unidos del siglo XXI la República de Weimar, pero el germen del totalitarismo está aquí: en la elección democrática de alguien visceralmente antidemocrático. Porque la democracia no se basa en tener elecciones transparentes donde gana la mayoría, sino en el mantenimiento irrestricto de la libertad y la igualdad para todos, ciudadanos y no ciudadanos: justo los valores que Trump ha prometido aniquilar en cuanto sea investido. Obama lo dijo y no deberíamos olvidarlo: Trump no es apto para ser Presidente.

Habrá tiempo para discernir por qué ocurrió lo peor que podía haber ocurrido. Para entender el resentimiento y el pavor de millones. Para criticar el pasmo del establishment y la torpeza del Partido Demócrata. Para juzgar con dureza la traición de nuestras élites. Para aquilatar la desesperanza -y la furia- de la clase media ante la indiferencia y la corrupción de los políticos profesionales. Para lamentar el renacimiento de la xenofobia y el racismo. Pero, mientras meditamos sobre todo esto, tenemos que actuar. Combatir el triunfo del odio y del miedo.

México y los mexicanos no habíamos sufrido una amenaza tan grande desde la expropiación petrolera. Para Trump, somos el primer obstáculo a su idea de grandeza americana. Tenemos que enfrentar con inteligencia y firmeza los vicios de Trump y del trumpismo: para empezar, oponiéndonos a la idea misma del Muro (no solo a su financiación) y defender a los millones de mexicanos sin papeles que tienen una vida del otro lado de la frontera. Ello no debe ser pretexto para resucitar un nacionalismo trasnochado, sino para unirnos en una defensa del humanismo democrático que nos coloca, querámoslo o no, en la primera línea de combate. Nos corresponde encabezar la resistencia.

Reforma
Jorge Volpi
Ciudad de México
Sánado 12 de noviembre de 2016.


Jorge Volpi

Nuestros más hondos temores parecen a punto de cumplirse. La pesadilla a un paso de la realidad. En contra de cualquier atisbo de sensatez o de cordura, Donald Trump se acerca día tras día a convertirse en presidente de Estados Unidos. Esta ridícula aseveración, que hace apenas un año hubiese sonado imposible -impensable- es, hoy, una posibilidad cercana. Es cierto: nos hallamos en un momento en el cual las encuestas reflejan el desafortunado fin de semana de Hillary Clinton -quien no despierta ningún entusiasmo incluso entre los votantes-, cuando primero tropezó con las palabras (diciendo la verdad: que los seguidores de Trump son en su mayoría deplorables) y luego tropezó sin más, abatida por una neumonía y un golpe de calor.

Quienes se empeñan en negar la catástrofe se aferran al peculiar sistema electoral estadounidense, en el cual en realidad se llevan a cabo 51 elecciones paralelas y, salvo alguna excepción, cada estado concede un número fijo de electores al ganador en ese lugar, para vaticinar la postrer derrota de Trump. Según esta línea de pensamiento, es casi imposible que los demócratas pierdan en sus bastiones tradicionales, ubicados en su mayoría en las dos costas, de modo que sólo en los llamados "estados púrpuras", es decir, en aquellos que a veces votan a los demócratas y a veces a los republicanos, se halla la clave de la elección. Y, a lo largo de toda la campaña -de esta esperpéntica campaña-, Clinton había conservado una ventaja más o menos amplia en todos ellos. Hasta ahora.

Porque en estos días la tendencia ha comenzado a revertirse. Conforme a dos de los sitios más confiables de acumulación de encuestas y variables que hay en Estados Unidos, fivethirtyeight.com y realclearpolitics.com, en estas semanas Hillary ha perdido esta ventaja en la mayoría de los estados clave: Ohio, Iowa, Florida, Nevada y Carolina del Norte. Ello significa que bastaría con que perdiera uno más -New Hampshire o Colorado, por ejemplo- para que Trump pudiera alzarse con la mayoría en el Colegio Electoral. Si hace un mes las estadísticas le concedían un 80 por ciento de probabilidades de triunfo a la demócrata, ahora se hallan reducidas al 58 por ciento, a un paso del empate.

¿Cómo es posible que hayamos llegado aquí? Faltan 7 semanas para las votaciones -un periodo larguísimo o muy corto, según se vea- y el descenso de Clinton podría revertirse, aunque también podría acaecer justo lo contrario: que nuevos atentados, o la salud de la candidata, o cualquier otro imprevisto beneficien súbitamente a Trump y le permitan hacerse con Colorado, New Hampshire, Wisconsin o Pennsylvania, y con la Presidencia del país. Nos enfrentamos a una amenaza formidable, pues a pesar de los pesos y contrapesos estipulados en la constitución estadounidense, el Presidente de aquel país es el hombre más poderoso del planeta. Y en esta ocasión podría ser un individuo cuya única apuesta política, y cuya única baza para llegar adonde está, ha sido la mentira.

La mentira franca y descarada. La mentira impenitente. La mentira impune. La mentira sistemática. Cuesta creer que en la Era de la Información, cuando cualquiera puede realizar un fact-checking en segundos, la Política de la Mentira -así, con mayúsculas- pueda rendir tantos dividendos. Desde el primer día de su campaña, Trump empezó mintiendo, y muy pronto se dio cuenta de que sus mentiras podían ser camufladas bajo nuevas -y más audaces- mentiras, en una espiral que no cesa. Ha mentido sobre cada aspecto de la vida pública, sobre la inmigración y sobre su carrera empresarial, sobre política exterior y sobre sus impuestos, sobre Hillary Clinton y Barack Obama, y nada de ello le ha hecho perder seguidores, sino ganar cada vez más.

Aun si in extremis perdiera la elección, su ascenso marca un hito en nuestro tiempo: si ninguno de los controles establecidos en la más antigua y sólida democracia del mundo ha servido para contrarrestar a un candidato dispuesto a mentir hasta el final, ¿qué podemos esperar que ocurra en México y en el resto del mundo?

@jvolpi

Reforma
Jorge Volpi
Ciudad de México
Domingo 25 de septiembre de 2016.

Jorge Volpi   

Sostienen haber sido más de un millón en cientos de ciudades. Lo de menos es que las cifras reales los desmientan: marchaban llenos de entusiasmo e indignación, padres, madres y niños -muchos niños-, acompañados o azuzados por sacerdotes, pastores, obispos y numerosos políticos conservadores, convencidos de que su lucha no sólo es justa y necesaria, sino imprescindible. De que el mundo ha entrado en una fase de depravación y decadencia y ellos son los encargados de alertarnos sobre sus peligros. De que la sociedad se pudre y descompone y ellos han recibido la sagrada misión de salvar nuestras almas. De que su Dios pensó un orden natural para las cosas -para los sexos- y nadie tiene derecho a alterarlo.

Los hemos visto en otras partes, la laica Francia o la católica España, cientos de miles, acaso millones, saliendo a la calle a repetir las mismas consignas y enarbolar las mismas exigencias, desgarrándose las vestiduras ante la amenaza del Estado y sus demonios. Al mirarlos al desgaire, sosteniendo sus pancartas y repitiendo a coro sus consignas -sus plegarias-, sonriendo o mostrándose orgullosos de sus creencias, uno podría llevarse a engaño y pensar que son ciudadanos pacíficos, alegres, sensatos, expresando su natural derecho a disentir. Sólo si uno los observa con cuidado y repara en sus muecas y sus guiños, en el asco que apenas consiguen disimular, en los puños crispados o la vehemencia de su desdén, uno se da cuenta de que no los guía otra cosa sino el miedo. Marchan y marchan porque están muertos de miedo, y el miedo cancela todo atisbo de razón y de empatía -de, dirían ellos, fraternidad.

El miedo a tener un hijo o un hermano o un amigo o un pariente que se aparte de lo que les han inculcado que es la "normalidad" los perturba y los ciega, les arranca incluso la compasión que en teoría se halla en el centro de su fe. Porque en el fondo no sabrían qué hacer ante una situación semejante, porque no saben si no dudarían en repudiar a ese hijo, a ese hermano, a ese familiar, a ese amigo "antinatural" o si acaso, solo acaso, podrían vencer sus prejuicios y aceptar a ese ser querido como lo que es, como lo que quiere ser. Ante este dilema que no se atreven a plantearse, buscan un Enemigo supremo: el Estado, representado en esta ocasión por el Presidente, al cual culpar de antemano de que sus hijos pudieran convertirse en lo que para ellos es una "aberración".

Muertos de miedo, elaboran o creen toda clase de mentiras, a cual más absurdas -la más perversa: que en las escuelas se obligará a los niños a vestirse como niñas o a las niñas a vestirse como niños para que luego cada uno elija libremente su preferencia sexual-, repiten como mantra que hay que desterrar de las escuelas la "ideología de género", sin tener la más pálida idea de lo que esto significa, y dicen que quieren proteger a sus hijos y a la familia cuando lo único que anhelan es escudarse a sí mismos, adoctrinados por unos cuantos fanáticos que ya han ganado la partida al lograr que el tema se convierta en motivo de debate o discusión.

El derecho a manifestarse y a expresar sus opiniones -por equivocadas que sean-, no elimina la responsabilidad de incitar al odio. Debe quedar muy claro: no marchan y vociferan para defender a la familia, como dicen; ni siquiera para defender a la familia tradicional o a sus propias familias, sino para oponerse a las familias de otros. Para arrancarles derechos a quienes ya los tienen y están protegidos por las leyes o por las decisiones de la Corte. Marchan y vociferan para exigir que otros pierdan su libertad. Marchan y vociferan para aplastar las voluntades de los demás.

Y del mismo modo que nadie juzgaría admisible que alguien saliera a manifestarse a las calles para exigir que a alguien se le arrebaten sus derechos a causa de su edad, su religión, el color de su piel o su origen étnico, también debemos juzgar con extrema dureza a quienes lo hacen en virtud de sus preferencias sexuales: se trata de una enorme vileza que debería de ser incompatible con los valores esenciales de cualquier familia.

@jvolpi

Reforma
Jorge Volpi
Ciudad de México
Domingo 18 de septiembre de 2016.

El escritor mexicano habla de la violencia de los narcos y de las amenazas de Donald Trump."Los latinos son tratados como la última parte del escalafón social de EEUU".

Es mucho más enérgico escribiendo que hablando. Jorge Volpi (México DF, 1968), uno de los intelectuales más influyentes de América, esconde su timidez con un discurso muy reflexivo.

Disecador en ficción de la historia, la tecnología y el capitalismo es padre del Crack, el movimiento que renovó en los 90 la literatura latinoamericana. «Sin matar al padre», aclara. Admite la grandeza de los García Márquez, Fuentes y compañía, pero forma parte de una generación que quiso dejar atrás el Realismo Mágico y, sobre todo, a sus imitadores.

Sobre la violencia que desangra su país lo tiene claro: «La única forma de acabar con los narcos es legalizar las drogas». Habla de la tragedia de Iguala [el cruel asesinato de estudiantes a manos del narco y la policía] como el punto de inflexión de la crisis del sistema de Justicia mexicano y de la desigualdad social.

«Esto es una guerra absurda que obedece a una directriz global: la posición estratégica de EEUU que ha convertido la prohibición de las drogas en un tema de salud pública, cuya consecuencia extrema es la violencia del narcotráfico que se vive en México, Colombia y Centroamérica».

El autor de “No será la Tierra” conoce muy bien su país vecino, ese hermanastro mayor, colosal y rico, que a veces ejerce de abusón.
P.- ¿Qué siente cuando Donald Trump insulta a los inmigrantes mexicanos?

R.- Es paradójico que en un país donde impera la corrección política Trump pueda lanzar ese discurso antimexicano. Si hubiera dicho algo semejante de la comunidad negra habría sido apabullado y su carrera se habría acabado. Los latinos son tratados como la última parte del escalafón social de EEUU.

Volpi, que en sus novelas ha sido tiburón de Wall Street, científico nazi y víctima en la Guerra de Irak, atisba un cambio.- Hemos llegado al fin del intelectual paradigmático que en la época de las dictaduras latinoamericanas actuaba como portavoz contra el poder.

Hoy, con la democracia y las redes sociales se ha difuminado su impacto. Ya cualquiera puede opinar con la misma rapidez y casi con la misma legitimidad. Artistas y científicos podrán aportar elementos en el debate público, pero no volverán a tener el protagonismo de antaño».

El Mundo
Jorge Benítez
Madrid, España
@jorgebomontanes
Domingo 17 de enero de 2016.

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El mundo es comprendido por el paradigma, es la forma por la cual es entendido el mundo, el hombre y por supuesto las realidades cercanas al conocimiento.

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