Jesús Silva-Herzog

Cuando en abril del 2016 se votó en el Congreso brasileño por la destitución de la presidenta Dilma Roussef, el diputado Jair Bolsonaro dedicó su voto al coronel que la torturó cuando tenía 19 años. En esa hora solemne, el militar convertido en político quiso dejar en claro la fuente de su inspiración. El coronel Carlos Alberto Brilhante Ustra, muerto en 2015, fue responsabilizado de la tortura, desaparición y muerte de cientos de disidentes en tiempos de la dictadura. Con su voto, el legislador le rendía un homenaje. Esa devoción por el torturador es reveladora. El ideal de quien se convertirá muy probablemente en presidente de Brasil no es la democratización de la democracia, no es la inclusión popular, no es la lucha contra las élites, es la militarización de la sociedad.

La prensa insiste en describirlo como un populista de derecha. No lo es, es un fascista y es importante hacer el distingo. Populistas y fascistas coinciden en su rechazo al dispositivo liberal, pero, mientras el populista propone medidas y símbolos de inclusión popular para corregir los vicios del elitismo, el fascista propone la violencia como mecanismo para terminar con la cobardía liberal y su siniestra tolerancia. La violencia ocupa el núcleo del discurso de Bolsonaro. Para evitar la homosexualidad, hay que golpear a los hijos que muestran esas peligrosas tendencias. Hay que aplicar ejemplarmente la pena de muerte. Y revivir el edificante espectáculo del fusilamiento. Bolsonaro lo ha dicho: hay que fusilar a los opositores del Partido del Trabajo, hay que fusilar a los delincuentes, hay que fusilar a los inmorales. Los héroes matan, ha declarado su compañero de fórmula, El matadero es la fantasía política del fascismo. Bolsonaro se ha percatado que en nuestro tiempo no hay nada más eficaz que la defensa enfática de lo aberrante. Decir con soltura las peores barbaridades garantiza atención de los medios, sean viejos o nuevos. Conlleva además una extraña bendición: el patán presume que es el único auténtico entre la legión de los hipócritas. Dice las cosas tal cual, expresa sus puntos de vista sin hacer concesiones a lo políticamente correcto. El discurso del brasileño es sorprendentemente agresivo, incluso para los niveles de violencia retórica de nuestros tiempos. La agresión es para él la expresión natural de una masculinidad resuelta. Con su voz grita el orgullo del macho. Padre de cuatro hijos y una hija, declaró hace poco en un evento en Río de Janeiro que engendró a la niña en un penoso momento de debilidad. Por eso no puede decirse que su antifeminismo o que su homofobia sean rasgos secundarios de su personalidad. El fascismo tiene un fuerte componente sexual. Transfiere la voluntad de poder a los dominios de la sexualidad, como dijo Umberto Eco en un viejo artículo sobre el fascismo eterno. El fascismo expresa una masculinidad predadora. Bolsonaro busca una revolución del orden. El ejército ha de ejercer el poder nuevamente como símbolo de jerarquía, eficacia y patriotismo. "El periodo militar fue un tiempo de gloria para Brasil, declaró Bolsonaro. Los criminales eran criminales; el que trabajaba era recompensado y, hasta en el futbol pasábamos menos vergüenzas." Pero la dictadura en la que sueña el fascista brasileño es una dictadura más enérgica, más decidida, más letal. Una dictadura que no tenga los miedos de la previa: que no solo torture, sino que también mate. No hay aquí la ilusión de un gobierno del hombre común que se hace cargo de su destino, como pregonan los populistas. Lo que hay aquí es el mito de la mano dura. El mito de la eficacia militar... y tecnocrática. La restauración que imagina Bolsonario pretende restablecer el antiguo matrimonio entre la dictadura y los economistas ultraliberales. La crisis de las democracias liberales ha alimentado a sus adversarios. Mal haríamos colocando a todos en el mismo saco. Siendo complejo el reto que nos lanza el populismo, debemos reconocer que es muy distinto el que provoca el nuevo fascismo: un polo que propone la militarización, el rechazo a los derechos humanos y la politización del machismo. El modelo político de Bolsonaro no es la política corrosiva de Trump o Berlusconi, dos populistas de derecha. Su pódelo es la política criminal de Duterte.

Reforma
Jesús Silva-Herzog Márquez
Ciudad de México
Lunes 15 de octubre de 2018.

   
Jesús Silva-Herzog Márquez

Sus críticos se toman literalmente lo que dice, pero no se lo toman en serio. Sus simpatizantes, en cambio, se lo toman muy en serio, pero no literalmente. Lo advertía Selena Zito hace un par de años en un artículo publicado por The Atlantic Monthly. La periodista se refería, por supuesto al fenómeno Trump. No abordaba el radicalismo de sus propuestas, ni las implicaciones ideológicas de su candidatura. Le intrigaba la manera en que su discurso escindía a la sociedad pero, sobre todo, la manera en que revelaba su fractura. En la manera en que los norteamericanos escuchaban a Trump se exhibía una sociedad partida, en la que cada hemisferio negaba a la otra mitad.

Algo semejante podemos decir del discurso de Andrés Manuel López Obrador. Quienes lo siguen escuchan un discurso muy distinto al que escuchan quienes desconfían de él. Quienes crean sacrílega la asociación, pueden leer la carta que el presidente electo dirigió a Trump. Unas semanas después de su victoria, López Obrador encontraba paralelos estimulantes con el habitante de la Casa Blanca: ambos hemos derrotado al establishment, le decía. Usted y yo hemos enfrentado adversarios poderosos para poner al pueblo en el centro de la política. Los proyectos y las convicciones ideológicas pueden ser polarmente opuestos pero hay entre ellos un innegable parentesco retórico. Los ingredientes son semejantes: la infinita sabiduría del pueblo, la permanente conspiración de los poderosos, la podredumbre de la política tradicional, la perversidad de los medios que se oponen al cambio.

Lo cierto es que López Obrador ha roto los cristales de la retórica tradicional. Su discurso no se asemeja al de ningún político de la historia reciente. No hay tampoco quien siga la pista de ese lenguaje rico en hallazgos verbales, en ocasiones fresco, gracioso y punzante, pero en la mayor de las ocasiones cansado, reiterativo, machacón. Entender a López Obrador es esforzarse por comprender el estatuto de su lenguaje. En ese discurso está, sin duda, una de las armas más potentes de su política. Su autenticidad, su arrojo, la fuerza de su atractivo están en el lentísimo compás de su discurso, en la seducción de los mitos históricos, en la energía de una convocatoria moral. La suya es la palabra más eficaz del presente. Pero en la inercia de sus palabras puede residir también uno de los lastres más pesados de su gobierno.

Lo debemos tener claro: el futuro presidente no va a cotejar las cifras de la OCDE antes de alzar la voz. Improvisará constantemente. Tendrá sus datos. Fijará hábilmente la agenda nacional. Seguirá siendo renuente al claroscuro. Contrastará la tragedia del pasado inmediato con la luminosidad del futuro. Por eso el presidente electo puede decir, sin incomodidad alguna que estamos en bancarrota pero que, al final de su administración seremos una potencia y un ejemplo para el planeta. No bordará las complejidades de la política sino la obviedad de la única ruta moralmente válida. Expresará con brusquedad sus desacuerdos. Descalificará a sus adversarios y lanzará seguramente la acusación habitual: mis críticos no están solamente equivocados, son moralmente repudiables. Y al mismo tiempo, mantendrá una comunicación intensa y auténtica con millones de mexicanos. Será para muchos, la voz más confiable en el país. Para muchos, la única digna de confianza.

Entender los puentes de esa comunicación es indispensable para tomar en serio su discurso. Mal haríamos desconociendo las razones de la persuasión. La autoridad de López Obrador se explica por el descrédito de las viejas voces, a las que se tacha, con razón o sin ella, de parciales e interesadas. Entidades públicas y privadas, organismos internacionales, profesionales y expertos han corrido la misma suerte de la clase política. Desprestigio y castigo. Al diablo los expertos, se dijo en Gran Bretaña en la campaña del Brexit. En México atraviesan un descrédito profundo. No importa mucho discutir si el desprestigio es justo o no. Lo que importa registrar es la pérdida de su ascendiente. Rehacer ese prestigio no será cosa fácil pero es indispensable. Entablar el diálogo necesario es exigir razón y fundamento al presidente, es llamar a la responsabilidad en su discurso. Pero es también trabajar en la reconstrucción de las otras confianzas.

Reforma
Jesús Silva-Herzog Márquez
Ciudad de México
Lunnes 24 de septiembre de 2018.

   
Jesús Silva-Herzog   


La política no puede darse el lujo de renunciar a los símbolos. Los necesita para convocar adhesión, para hacer comprensible el sentido a su acción, para articular un relato persuasivo y medianamente coherente. Requiere de símbolos también para ocultar lo insoportable. Por eso se empeña en la ceremonia, en los mensajes de la acción, en la cuidada envoltura de las decisiones. La política es representación, es decir, puesta en escena. Pero no hay política que viva de signos solamente. Será teatro pero es más que teatro. La política es decisión y toda decisión política provoca efectos. La política empieza a contar cuando seduce la imaginación pero adquiere seriedad cuando se hace cargo de sus consecuencias.

La tensión entre el símbolo y la consecuencia se percibe con claridad en las señales del grupo que se prepara para asumir el poder en diciembre. ¿Representar el cambio o producirlo? Desde luego, la disyuntiva, así planteada, es absurda: hay que cambiar y mostrar el cambio; hay que hacer y significar. Como decía arriba, la política ha de atender el símbolo y la consecuencia. Pero, ¿no es claro que estamos ante el peligro de que el cambio sea sacrificado en el altar de su representación simbólica? El teatro aplastando al instrumento. Cuando se escucha a los voceros del próximo gobierno, cuando se oye al Presidente electo da la impresión de que, efectivamente, se cree que importa más la señal que se transmite que el efecto que se provocará con la decisión. Fe en el símbolo como productor automático de consecuencias virtuosas. La idea de que el cambio en las señales basta; que la novedad del emblema demuestra la autenticidad de la transformación.

Desde sus tiempos como alcalde de la Ciudad de México y en su larga marcha en la oposición, Andrés Manuel López Obrador ha sido talentoso en el manejo de los símbolos. Ha proyectado un mensaje simple, persuasivo y, finalmente, exitoso. Logró colocarse como el crítico tenaz de un arreglo político y de una ideología económica. Diestro como pocos en la producción de señales públicas, logró identificarse con una política austera y sensible que lo situó en el lado opuesto del derroche y la arrogancia. Hoy que se perfila para asumir la jefatura del Gobierno, esos símbolos no bastan para producir los efectos que promete. A la elocuencia del símbolo hay que agregarle sentido de responsabilidad: hacerse cargo de los efectos de la acción. El futuro presidente de México parece haberse convencido de que el cambio es, ante todo, simbólico. Romper con el orden visual del antiguo régimen, separarse de las representaciones habituales, disociarse de los viejos artefactos, romper con las ceremonias rutinarias, abandonar las antiguas residencias del poder. Dicen que Napoleón alguna vez dijo que mandar era gobernar la mirada. El Estado aparece de esta manera como un productor de lo visible, un escenógrafo de lo público. En ello parece coincidir el futuro presidente de México, preocupado como está por la producción de imágenes y símbolos de cambio, descuidado como se muestra en la anticipación de las consecuencias de su dirección de escena.

Pensemos, por ejemplo, en la austeridad, uno de los llamados más atractivos del futuro gobierno porque coincide con una enfática exigencia pública. Que el gobierno nos cueste menos. Que termine el derroche, que acabe el dispendio. El símbolo de la austeridad es, claramente, la reducción de los salarios de la alta burocracia. La decisión es, desde luego, recibida con entusiasmo por la gente. Pocas decisiones tan populares como esa. Pero... ¿es compatible ese gesto de ahorro con el gigantesco derroche que significaría la dispersión del gobierno federal? ¿Hay algo más ofensivo que el desaprovechamiento de los recursos que ya tiene la administración? ¿Cuánto ha invertido el país en la infraestructura de la Secretaría de Salud, de la SEP, de Pemex? Todo, al basurero porque habrá que escenificar la bienaventurada siembra de la nueva burocracia nacional. Bien caro nos puede salir el teatro de la austeridad. Las refinerías, esos templos del nuevo nacionalismo económico, pueden resultar terriblemente dispendiosas. El símbolo desentendiéndose de las consecuencias.

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Reforma
Jesús Silva-Herzog
Ciudad de México
Lunes 30 de julio 2018.

   
Jesús Silva-Herzog

Sigue dibujándose el cambio más profundo y más acelerado de la política mexicana del que tengamos memoria. El sistema de partidos está hecho añicos y se va conformando un poder hegemónico capaz de dictar la ley y tal vez de rehacer la Constitución sin tener que negociar con adversarios. Pero ahí no termina el cambio. Tan importante como la ruptura del arreglo tripartita es la sacudida que se anuncia en la estructura burocrática y la amenaza que pende sobre nuestro precario sistema federal.
Algo he hablado del cambio en los partidos y espero hablar pronto del cambio en el sistema federal. Aquí me gustaría intentar una interpretación del cambio administrativo. Se anunciaba ya en los discursos del candidato presidencial. El gobierno no estaba del lado del pueblo porque estaba desconectado del pueblo. La alta burocracia ha vivido en una burbuja de privilegios y lujos. Puede advertirse una sensata sensibilidad republicana en esta crítica de López Obrador pero sus propuestas pueden resultar peor medicina que la enfermedad. Por lo pronto, no se anuncia una transición tersa en el ámbito de la administración. No es para menos. El futuro Presidente anuncia una draconiana reducción del salario de los altos funcionarios y la cancelación de prestaciones relevantes. Al mismo tiempo, declara que el 70% de los trabajadores de confianza son desechables. Y, al mismo tiempo, ha decidido la mudanza obligatoria de miles de servidores públicos que, a partir de diciembre, tendrán que rehacer su vida en otra ciudad si es que quieren conservar su trabajo.

Se ha hablado de los efectos de esta fricción y de estos anuncios. Me gustaría detenerme en el proceso de toma de decisiones. La dispersión del gobierno puede ser uno de los cambios más radicales en la historia reciente de la administración pública federal. Sacar Secretarías y dependencias de la capital es un asunto extraordinariamente complejo y costoso. Dudo que el cambio produzca las bondades prometidas y, por el contrario, imagino la mudanza como una distracción mayúscula para un gobierno cargado de proyectos y exigencias. Un derroche que desaprovecharía un patrimonio de generaciones. De llevarse a cabo la reubicación, las Secretarías tendrían que prestar tanta atención al traslado como a los asuntos de su despacho. Complejo asunto, sin duda, pero lo relevante aquí es examinar cómo llega la futura administración a la persuasión de que se trata de una buena idea. Es sencillo: se escucha al caudillo y se ponen en práctica sus deseos. A fin de cuentas es su gobierno. La convicción del futuro Presidente basta. No hace falta nada más. La SEP a Puebla, Comunicaciones a San Luis, Pemex a Ciudad del Carmen. Él y sólo él clavó los alfileres en el mapa. ¿Para qué perder el tiempo con nimiedades prospectivas? ¿Para qué arrastrar el lápiz analizando el costo de la ocurrencia si ésta es, en realidad, una iluminación?

Detrás del llamado a la austeridad se revela una convicción patrimonialista que no puede ser anticipo de buena gestión. El Presidente decide qué hacer con la casa presidencial como si ésta le perteneciera. El Presidente decide vender el avión presidencial sin examinar si esa operación es una forma razonable de cuidar los recursos comunes o, más bien, un despilfarro. El Presidente decide a dónde enviar las oficinas públicas como si fueran piezas de su ajedrez. Estamos en presencia de un nuevo experimento patrimonialista. Por sus primeros gestos, López Obrador se acerca a la administración pública como un hacendado se relaciona con sus peones. Puede tronar los dedos y reducirles el salario. Puede deshacerse de ellos si le da la gana. Puede cambiarles el horario del trabajo de un día para otro sin que importe mucho lo que dice la ley. Moviendo un dedo ordenará a sus criados que empaquen sus cosas y se trasladen a la otra punta del país. Si rompen sus familias, si pierden oportunidades de educación para sus hijos, si las mujeres tienen una desventaja adicional, si el cambio significa una merma económica para el servidor público le tiene sin cuidado. El peón debe, ante todo, demostrar su lealtad. Aunque se dé ínfulas de cartujo, López Obrador ejerce un liderazgo patrimonialista que, seguramente, terminará siendo una nueva fuente de derroche, ineficiencia y corrupción.

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Reforma
Jesús Silva-Herzog
Ciudad de México
Lunes 23 de julio de 2018.


Jesús Silva-Herzog Márquez      

No es extraño ver a muchos liberales de estos tiempos reaccionando como los viejos comunistas ante las sorpresas y las decepciones. Nuestro libro es infalible pero hay personas que se equivocan. No hemos logrado llevar las reformas a su realización plena y por eso enfrentamos a quienes se resisten a aceptar el dictado de la historia. Han fallado los hombres pero la ruta que seguimos es la única posible. Es la arrogante ceguera de los ideólogos incapaces de someter a crítica su creencia. Por eso es muy valioso prestar atención a lo que ha dicho recientemente Timothy Garton Ash. Convocado por The Political Quarterly, el historiador de lo inmediato, pronunció una conferencia hace casi un mes en Londres. "¿Qué salió mal con el liberalismo y qué deben hacer los liberales al respecto?", podría ser la traducción de la ponencia. ¿Cómo podemos interpretar los votos en Gran Bretaña y en Estados Unidos, el ascenso del populismo y del nacionalismo? El punto de partida de su reflexión es la ética orwelliana: no hay movimiento que uno deba examinar con mayor severidad que el propio. Criticar a los nuestros es el primer deber de un escritor político. El cuestionamiento debe empezar con los de casa.

Parte de un hecho: el liberalismo se convirtió en doctrina de poder y dejó de ser una filosofía para cuestionar al poder. Más aún, se convirtió en la filosofía de las élites. Michael Ignatieff reconoce esta mancha cuando habla del discurso de la moderación liberal como una especie de canto de apareamiento de las élites cosmopolitas. La victoria de los liberales agudizó el conflicto entre el liberalismo y la democracia que viene de muy atrás. Un explícito discurso antidemocrático se ha abierto paso reviviendo los viejos tópicos de la ignorancia de los muchos, del peligro del voto, de las amenazantes mayorías. Nadie lo ha dicho de manera más clara que Hillary Clinton cuando se refirió a los votantes de su adversario como la "canasta de los detestables". La expresión, que bien pudo haberle costado la victoria a la candidata demócrata, captura el desprecio profundo de las élites liberales a una sociedad que no tiene siquiera interés por entender.

Los liberales han permitido también el secuestro y la reducción de un ideario rico y complejo. La economía se convirtió en un saber apabullante. Una versión particularmente ideologizada de la triste ciencia fue tomada como el único modelo para la comprensión de lo social. De la mano del neoliberalismo la historia parecía cerrarse triunfalmente. El futuro, recordemos, se había resuelto. Todos llegaríamos, tarde o temprano al mismo sitio: economías abiertas y democracias liberales. Se pervirtió así esa doctrina de la sospecha que es el liberalismo para convertirse en un pontificado tan severo como miope. Ese liberalismo jactancioso ha dejado de ver, en primer lugar, el efecto sus prescripciones. Ha cerrado los ojos a las desigualdades que ha promovido, no solamente en términos económicos sino también de lo que Garton Ash describe como la igualdad del reconocimiento y del respeto. Debemos reconocer que hemos traicionado, dice, la promesa del trato igualitario para todos que es uno de los ladrillos fundamentales del proyecto liberal.

Puede escucharse a los liberales invocar la razón como si fuera patrimonio exclusivo de su tribu. Nosotros exponemos argumentos mientras nuestros enemigos lloran, gritan e insultan. La razón es nuestra y sólo nuestra. Ellos sólo expresan emociones. El historiador vuelve a recurrir a Orwell para enfatizar la importancia del lenguaje, de las palabras y la comunicación. Un proyecto político que no es capaz de encender entusiasmo carece de futuro. El liberalismo necesita ser más afectivo para ser efectivo.

Timothy Garton Ash recuerda en su plática a Pierre Hassner, gran teórico de las relaciones internacionales y discípulo de Raymond Aron, quien poco después del derribo del Muro de Berlín advirtió que la historia estaba lejos de llegar a su final. "La humanidad no vive para la libertad y la universalidad solamente. Debemos recordar las aspiraciones que dieron lugar al nacionalismo por una parte y al socialismo por la otra. Regresarán". Tuvo razón: si el liberalismo quiere encarar inteligentemente esta crisis deberá reconocer el deseo de comunidad y la aspiración de igualdad. En otras palabras, si el liberalismo quiere reinventarse, tendrá que ser como liberalismo igualitario.

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Reforma
Jesús Silva-Herzog Márquez
Ciudad de México
Lunes 16 de julio de 2018.

   
Jesús Silva-Herzog Márquez   


Fue apenas hace unos días y parece que han pasado años. Nos sentimos de pronto en un país distinto y, en algún sentido, es cierto. Estrenamos mapa de México; hay una nueva mayoría y un nuevo ánimo. En unas horas los votantes cambiaron la política mexicana como nunca lo habían hecho. Hace una semana se votó el cambio más profundo de la historia de México. Los cambios súbitos, los cambios profundos no habían venido de esa aritmética porque aprendimos a votar con cautela. Nuestras elecciones, desde que han sido confiables, han sido instrumentos tímidos. Cambios con freno, virajes modestos. En la suma de los votos se advertía una desconfianza: que nadie tenga todo el poder. Que haya vigías interesados, que la negociación sea indispensable para gobernar. Esa precaución explica las dos décadas de gobiernos minoritarios.

La elección del 1º de julio terminó con todo eso. Los electores apostaron por una mayoría. El primer efecto del voto es la vuelta al presidencialismo. Más allá de los estilos de liderazgo, más allá de los voluntarismos, fue decisión de los electores dar al futuro presidente los respaldos necesarios para gobernar sin obstrucciones. De treinta millones de votos obtenidos en una contienda democrática fundan una presidencia distinta porque es fuerte y a la vez democrática. Su coalición tiene mayoría en ambas cámaras y está a un paso de la mayoría constitucional. No es improbable que en los reacomodos por venir consiga los votos para rehacer el texto de la Constitución. El nuevo poder presidencial no significa solamente el poder de redactar la ley sino también el tener el campo abierto para las designaciones fundamentales. Las oposiciones serán testigos mudos de la recomposición del poder nacional. La política que se asoma parece colgar del sentido de prudencia de un hombre, de su sentido contención y no de la exigencia de los antagonistas que ocupan posiciones institucionales como contrapoder.

En la formación este nuevo presidencialismo hay, por supuesto, incógnitas relevantes. ¿Qué podemos esperar de esa confusa estructura que llevó a López Obrador al triunfo? Morena sigue siendo una incógnita. El viejo presidencialismo se fundaba en la disciplina del partido hegemónico y en el liderazgo incuestionable del presidente sobre su partido. ¿Se repetirá la historia en este nuevo capítulo del presidencialismo ¿Lograrán acuerdo los extremos que se unieron para la elección? Una cosa es clara. El punto de unión de esa organización no es un programa sino una persona. Ha nacido en México un partido de caudillo y es mayoritario.

El presidencialismo captura súbitamente nuestra imaginación. La política recupera el viejo sol. Giramos alrededor de los gestos y los ademanes de un hombre que ya despacha como presidente. Examinamos minuciosamente las palabras que pronuncia y las que deja de mencionar, fotografiamos a los personajes que lo visitan, registramos las peticiones que recibe como testimonio de la esperanza nacional. Tratamos de descifrar hábitos y planes para anticipar nuestra suerte. Con un respaldo tan imponente, con instituciones tan mermadas, la voluntad presidencial parece comienzo y final de la política. Esta ilusión embona, por supuesto, con la convicción profunda del ganador: en la Presidencia reside un poder mágico que, por efecto de virtud patriótica, es capaz de transformarlo todo.

La elección del 2018 permite cambiar página. Los enconos de décadas parecen ceder con esta alternancia. Se encuentra en muchas partes una alentadora disposición de entendimiento. El peligro es confundir este afán de diálogo con la antigua obsecuencia. Si el presidencialismo ha sido restaurado con votos y habrá de imponerse en la mecánica del poder, no debemos permitir su regreso como cultura. El presidencialismo entendido como religión civil. No podemos permitir la restauración del rito y la sacralización que acompañan su épica. Muchos querrán regresar a las prudentes sumisiones o a los silencios prácticos. Pero frente a un presidente popular, habilidoso y fuerte, harán falta, como nunca, voces críticas, organizaciones autónomas, perspectivas independientes.

Reforma
Jesús Silva-Herzog
Ciudad de México
Lunes 9 de julio de 2018.


Jesús Silva-Herzog

Hace unas semanas Eduardo Guerrero anunciaba en su artículo de El financiero al seguro ganador de las elecciones del 2018. No hacía proyecciones con los datos que arrojan las encuestas. No se refería a la elección presidencial. Hablaba de las organizaciones criminales que, sin aparecer formalmente en la boleta, están decidiendo la elección. Podemos estar seguros de que ganarán los criminales, adelantaba el experto en seguridad. Ganarán porque están eliminando a sus enemigos y porque han sometido a quienes ocuparán puestos en las alcaldías que son vitales para sus intereses.

Los homicidios políticos se han convertido en la noticia habitual de esta temporada. Algo tan común que apenas nos distrae de las frivolidades de las campañas. Hace un par de días el candidato a diputado federal por el PRI, Fernando Purón fue asesinado momentos después de participar en un debate con sus adversarios a la diputación del Primer Distrito de Coahuila. La noticia pasó casi desapercibida. Una muerte entre muchas. Más de un centenar de políticos han sido asesinados desde que empezaron las precampañas y nosotros seguimos hablando de las ocurrencias de los candidatos. Hemos hablado más de los apodos de los candidatos del asedio que viven quienes hacen campaña en los territorios de la violencia. Es necesario subrayar la magnitud de intimidación. Más de cien candidatos o aspirantes a candidatos han perdido la vida mientras buscaban el voto y faltan aún veinte días de campaña. Cada uno de estos actos de violencia irreparable es un gravísimo atentado a la convivencia democrática y nosotros volteamos la mirada. Para un país en paz, el mínimo asomo de la violencia contra quienes aspiran a la representación popular provocaría una conmoción nacional. Aquí nadie se desvía de su camino al enterarse del enésimo atentado. Una noticia veloz en el informativo, una nota en la esquina del diario, condenas de rutina, declaraciones de ensayada indignación. A la impunidad hay que agregar la indiferencia. Los crímenes no encuentran castigo y ya casi ni encuentran registro. El morbo de hace unos años se ha vuelto hastío. No hay interés por encarar lo abominable. Cambiamos de tema, cerramos los ojos, volteamos la cara. Por eso los candidatos pueden hacer como si esa tragedia no existiera, como si esa desgracia no fuera la amenaza más terrible a la convivencia, como si no fuera el problema que tendría que unirnos a todos. Así, entre la indiferencia de autoridades, medios y ciudadanía, se multiplican los atentados que dejan sin sentido el proceso democrático en amplias zonas del país.

La violencia nos recuerda lo elemental: en ausencia de ley, sin Estado la democracia, que es un modo de convivencia, es imposible. En julio se votará por miles de cargos a lo largo del país pero... ¿en cuántos de ellos debemos advertir que no habrá propiamente una elección libre? ¿En cuántos distritos, en cuántos municipios han faltado las condiciones elementales de competencia? ¿Cuántos votantes acudirán con miedo a votar? ¿Cuántos candidatos están al servicio del crimen? ¿Cuántos han desistido de participar para no enfrentar a los delincuentes? Lo que está sucediendo en las zonas violentas del país es la negación misma del proceso democrático. No puede haber una competencia abierta por el voto cuando antes de la aritmética electoral se imponen las balas. Si la violencia selecciona a quienes pueden competir, si el crimen ejerce su veto sanguinario no podemos hablar de un proceso representativo. Digo lo obvio: nuestra caída en la barbarie es incompatible con la civilidad de la democracia.

Durante décadas hablamos de condiciones de la competencia electoral. Hablamos del acceso a los medios, de las reglas del juego, del dinero y de los árbitros. Hoy debemos dar diez pasos atrás para hablar de las precondiciones de la competencia, es decir, de la paz, de la tolerancia, del respeto a la vida, de la renuncia a la violencia para defender el interés propio.

Hoy en México no se accede al poder mediante las armas pero se define el acceso al poder mediante las armas. No hablo, por supuesto de la política nacional sino de los territorios dominados por el crimen organizado. No son islas diminutas de violencia sino un vasto archipiélago de barbarie. Las mafias no tienen necesidad de asaltar directamente el palacio. No buscan ejercer directamente el poder. Quieren un poder a su servicio y para asegurarlo envían sus mensajes de muerte.

Reforma
Jesús Silva-Herzog
Ciudad de México
Lunes 11 de junio de 2018.


Jesús Silva-Herzog Márquez

Los panistas se reconcilian en Morena. Mientras Ricardo Anaya celebra el cumpleaños de un PRD moribundo e insignificante, Andrés Manuel López Obrador se hace acompañar de dos ex presidentes del PAN. Los oficios del tabasqueño han servido para que la derecha y la ultraderecha se reencuentren en el partido que le pertenece. En la incorporación ayudan tanto el cálculo como el resentimiento. Treparse a ese tren en estos momentos no parece asunto de convicciones ni mucho menos de riesgo. Aliarse a Morena hoy es ponerse la camiseta del equipo que está por ganar el campeonato. Debe resultar también una satisfacción tras el agravio, una manera de reparar una lastimadura personal, disfrazar con la nobleza de una causa, la miseria del resentimiento.

Los ex presidentes panistas que han abrazado el lopezobradorismo recibieron premios de inmediato. No tuvieron que hacer ninguna fila. No tuvieron que esperar ni un minuto para obtener la recompensa. Su conversión y las penosas palabras devocionales que han dirigido al Amado Líder han bastado para recibir de Él, inmediatas muestras de su afecto. Uno habló del admirable temple moral del dirigente que cambiará la historia de México. Otro escribió que brincar al bando de los ganadores debería considerarse, en realidad, como ¡un acto de rebeldía! La pirueta les ha sido, sin duda, rentable. Uno será senador. El otro coordinará las relaciones del partido con la sospechosa sociedad civil. El foxista y el calderonista, el yunquista y el libertario adelantaron de inmediato a los fundadores de Morena que, silenciosamente debieron aceptar la resolución del Fundador. Al parecer, nadie disfruta en ese partido de tantos privilegios como los advenedizos.

No condeno el transfugismo. Cambiar de barco es un ejercicio de libertad. Si el cambio de lealtad merece respeto dependerá de las circunstancias y de los argumentos esgrimidos. Del Elogio de la traición, aquel librito de Denis Jeambar e Yves Roucaute, aprendí que cierta dosis de traición es necesaria en democracia. Lo es porque la lealtad debe justificarse siempre y no entregarse como si fuera compromiso vitalicio. Cambiar los apegos permite el cambio, suaviza el conflicto, oxigena. No se entiende la historia de la política mexicana reciente sin las traiciones que en buen día rompieron aquel partido hegemónico. Bienvenidos los traidores que cambian de casa con buena razón. Lo que me inquieta no es el oportunismo o los rencores de los conversos al lopezobradorismo. Lo que me interesa es el mensaje que el dirigente envía cuando celebra la genuflexión de los conversos, al tiempo que doblega a los suyos. Creo que es una señal preocupante.

López Obrador no oculta su satisfacción al contemplar la indignidad de ese enemigo que ahora se pliega a su poder. Los premios de bienvenida pueden verse como un gesto de apertura. Con un simple acto de reverencia, el partido te gratifica. El agasajo a los advenedizos es, sobre todo, un mensaje a los suyos. Morena tiene dueño y sólo a él corresponde definir los premios y los castigos. Si López Obrador decide integrar a su campaña al priista más corrupto, al evangélico más intolerante, al delincuente más cruel, lo podrá hacer. Solo los fieles más atrevidos dirán que no les gusta el nuevo aliado pero dirán inmediatamente que se trata de un signo de tolerancia en pro de la reconciliación. El resto permanecerá callado.

Las amabilidades son advertencia a quienes creyeron que formaban con él un movimiento político y una institución democrática. Toda la energía de esa organización depende del dedo índice de López Obrador. Germán Martínez pudo haber dicho hace poco tiempo que Lázaro Cárdenas era un cadáver apestoso pero, si el caudillo le concede perdón, lo hará por su voluntad única e infalible, senador de la República. Manuel Espino podrá ser un homófobo cavernario, el representante de la derecha más pedestre pero, si se le antoja al dueño, será el puente de Morena con quien se le ocurra. Las cortesías son provocaciones a los suyos: pruebas de lealtad. Me da la gana hacer esto. Quien se oponga que dé un paso adelante.

López Obrador ha dado prueba de que puede hacer con su partido lo que le da la gana. Se cree también con el derecho de declarar al enemigo. Aquel es un periódico reaccionario, este un periodista burgués, aquel un empresario pernicioso. Cada declaratoria deja en suspenso la siguiente: ¿quién entrará mañana a la lista de los odios?

 
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Reforma
Jesús Silva-Herzog
Ciudad de México
Lunes 7 de mayo de 2018.

   
Jesús Silva-Herzog Márquez

A los demócratas se les conoce por su capacidad para aceptar la derrota. Hemos escuchado la expresión hasta el cansancio. En los últimos años se ha repetido una y otra vez. Si la democracia es incertidumbre, se puede ganar y se puede perder. Competir es arriesgarse y admitir que el desenlace puede sernos desfavorable. Participar en el juego electoral es aventurarse en un territorio comprometido. Si vale recordar aquella frase es porque vuelve a estar en entredicho el compromiso de los jugadores. ¿A qué está dispuesto el grupo gobernante para impedir la victoria de Andrés Manuel López Obrador?

Quedan ya menos de dos meses de campaña. El 27 de junio los candidatos terminarán sus actividades públicas y empezará el periodo de "reflexión." Es cierto que nos faltan semanas cruciales y un par debates pero el panorama es bastante claro para quien quiera abrir los ojos. El candidato que comenzó como puntero no ha descendido, sus adversarios han sido incapaces de construir una plataforma alternativa. Sus gestos muestran más desesperación que estrategia. Quien lleva ventaja parece dueño de las circunstancias. No puede negarse que hay emoción pública tras él, entusiasmo, esperanza. Si bien se maneja con torpeza en algunos ambientes, domina la conversación pública, se ha convertido en el gran imán las ambiciones, entiende el clima del momento. No veo el camino de la derrota de López Obrador. Si el debate de la semana pasada habrá pintado para algo habrá sido para definir con mayor claridad el segundo lugar. Poco más. El primer sitio sigue reservado para el tabasqueño.

Por supuesto, debemos ser cautos cuando intentamos prever. Si algo se ha repetido en todos los rincones del mundo en los últimos años es la sorpresa. La autoridad de las encuestas ha quedado en entredicho, el juicio de los "expertos" es rebatido una y otra vez por los hechos. El futuro no está escrito pero es importante prepararnos para lo que muy probablemente pasará. En la incredulidad de algunos grupos de poder se muestra más que un deseo, su indisposición a aceptar lo probable. Se trata de un reflejo antidemocrático, un impulso para evitar-¿a todo costa?-un resultado temido. Porque vivimos la agonía de un arreglo político y económico, se percibe la tentación autoritaria de preservarlo. Es algo más que un deseo, algo más que la ilusión de controlar el proceso electoral. La exploración de la vía autoritaria ha empezado. El uso de la Procuraduría General de la República, las resoluciones del Tribunal Electoral son signos en verdad ominosos. Jugar con el proceso electoral es arriesgar el incendio del país.

El reciente coqueteo del Frente con el PRI no solamente destroza las escasísimas credenciales de renovación que podía ofrecer esa opción partidocrática, sino que sugiere también que, en defensa de su poder, el bloque gobernante está dispuesto a cualquier pirueta-así sea la más aberrante-con tal de impedir la victoria de López Obrador. No veo el acercamiento de Anaya como un escarceo inocente y estratégicamente legítimo sino como un asomo de obscenidad. Quien hace poco llamaba al procesamiento del presidente, ahora sueña con entrevistarse con él y pactar el operativo del voto útil. Estar dispuesto a ese pacto es estar dispuesto a cualquier cosa. ¿Qué permisos se piensan otorgar Anaya y los suyos para remontar la desventaja?

El país no cabe en un solo partido. Aunque arrase en la elección, el ganador deberá reconocer la legitimidad de la desconfianza. Quienes pierdan tendrán el deber de organizar una oposición severa y responsable. Pero hoy hay que cuidar la elección y eso significa respetar la ley, como el único asidero común. Nos obliga a todos, y en materia electoral, no solamente a los partidos. Los particulares no tenemos derecho a comprar espacios en los medios para influir en las preferencias electorales. Podrá incomodarnos pero es el dictado de la ley. Mexicanos Primero ha violado la Constitución y la ley electoral produciendo un anuncio que utiliza niños como títeres, para influir en los votantes. Usar niños para el entretenimiento de los mayores es un atentado a su dignidad. Usarlos como munición en la guerra política es inadmisible.

México se abre a la mayor incertidumbre de su historia reciente. ¿Será demasiado pedir a los nerviosos que respeten la ley?

Reforma
Jesús Silva-Herzog Márquez
Ciudad de México
Lunes 30 de abril de 2018.

Jesús Silva-Herzog

Vicente Fox apoya ahora al candidato del PRI pero sirve, sin duda, a Andrés Manuel López Obrador. Que el expresidente insista en intervenir en el debate electoral es una gran contribución a la causa del tabasqueño. Cada uno de los insultos que dirige al candidato puntero, cada tontería mal escrita que suelta en tuiter, cada anticipo apocalíptico contribuye a la campaña del candidato de Morena. La casa de campaña de Morena debe celebrar cada participación del expresidente porque sus invectivas embonan a la perfección con el relato del lopezobradorismo. Un presidente panista que hoy apoya al PRI pero que, en cualquier momento, podría apoyar al Frente, se lanza obsesivamente contra el candidato de Morena. Fox condensa el prejuicio, el clasismo y la ignorancia. Por favor, no te calles, chachalaca, deben decir hoy los lopezobradoristas. Sigue hablando, sigue tuiteando, sigue soltando la lengua. Recuérdale al país quiénes son nuestros enemigos y qué dicen para enfrentarnos. Que te inviten a la tele, que te entrevisten en la radio, por favor. Habla con soltura y lánzate contra Lopitos y su "perrada", lánzate de nuevo contra sus huestes de "léperos." Así llama el expresidente al candidato puntero y así describe a sus seguidores: léperos.

El desafortunado retorno del guanajuatense podría servir para pensar en la carga del pasado inmediato. Esta elección no es solamente un juicio al gobierno de Peña Nieto sino, en buena medida, un juicio a la alternancia. Una elección que servirá para evaluar la política de los últimos 18 años y la economía de los últimos 30. Un voto sobre el desempeño de la democracia realmente existente y no solamente sobre el gobierno actual. Puede decirse que en el gobierno de Fox se incubó la inconformidad que hoy condensa en el movimiento lopezobradorista. Hace 18 años Vicente Fox ganó la Presidencia de la República y Andrés Manuel López Obrador ganó la Jefatura de Gobierno del Distrito Federal. Representantes de los dos costados de la nueva política, tenían el deber de entenderse. De cooperar el uno con el otro, de oponerse el uno al otro usando las reglas del juego democrático. Se declararon muy pronto la guerra y provocaron la mayor tensión política de la historia reciente del país.

Vicente Fox es el símbolo de la vieja transición. El hombre que llegó a la presidencia a través de la competencia electoral, rompiendo la tradición del poder heredado traicionó la democracia prolongando la vida del corporativismo, cerrando los ojos a los agravios del pasado, negociando la aplicación de la ley, despreciando el valor de las instituciones representativas. Si era deber del primer gobierno de la alternancia el prestigiar la democracia como un régimen de pluralismo eficaz y prudente, Vicente Fox fracasó rotundamente. Debía completar la legitimación de ese sistema de equilibrios, pero trabajó para su desprestigio. Al final de su gobierno se empeñó en bloquear, por todos los medios posibles, a su adversario. ¡Cuánta esperanza ahogada en el gobierno de Fox! ¡Qué oportunidad histórica tirada a la basura! Fox representa la ilusión y la decepción democrática; la ingenuidad que acompañó su nacimiento y el cinismo de su final. Creer primero que todo es posible gracias a la democracia para llegar a la conclusión después de que la democracia lo obstaculiza todo. La vieja transición se limitó a abrir el acceso al poder, pero no se planteó con seriedad su reorganización. Hace 18 años el panista ganó la presidencia de la república con un mandato claro. Nunca tuvo la menor idea de qué hacer con la encomienda. Se propuso derrotar al PRI, "sacarlo a patadas de Los Pinos". Su desgracia y, sobre todo la nuestra, fue que lo logró. Después de su triunfo no tuvo nada que ofrecerle al país.

López Obrador quiere ser el símbolo de una nueva y más profunda transición. Una que no solamente signifique mudanza de partidos sino un cambio en la manera en que se ejerce el poder. Una que no sea solamente una transición política sino, sobre todo, económica. Si el radicalismo de su denuncia seduce a grandes franjas del electorado es porque los encargados de cuidar las instituciones democráticas traicionaron la encomienda desde el primer minuto. Es por eso que la reaparición de Vicente Fox es uno de los regalos más preciados que pudo haber recibido el tabasqueño.

Reforma
Jesús Silva-Herzog Márquez
Ciudad de México
Lunes 9 de abril de 2018.

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