Jesús Silva-Herzog Márquez

El populismo es un maniqueísmo intimidatorio. El mundo partido a la mitad. De un lado el bien y, del otro, el abismo. Si no estás conmigo eres un traidor, el antipueblo, la mafia. Si cruzas el río y llegas hasta aquí, se olvidarán de inmediato todos tus pecados. Si permaneces de aquel lado, te pudrirás en el infierno. El populismo seduce por su promesa pero también extorsiona. Entrégate de inmediato o sufre las consecuencias de tu bajeza. Puedes limpiar tu pasado si te incorporas al polo patriótico. Si resistes a la historia, serás aplastado por ella. La coyuntura queda definida en términos dramáticos para exigir a cada uno que se inscriba en un bando u otro. No hay lugar para la vacilación. No hay sitio para la duda. Aquí o allá; estás conmigo o contra el Pueblo.

En esa disyuntiva radical habita el corazón del populismo. No se trata de impulsar una serie de reformas, no se buscan enmiendas bienhechoras: se trata de conquistar el poder negado; de recuperar lo que en mala hora se perdió. Somos nosotros contra ellos. El pueblo contra los de arriba; la nación contra los de fuera. La disyuntiva implica la negación absoluta del otro. Nada de lo que ellos representan es valioso para el país: ni sus instituciones, ni sus argumentos, ni sus leyes, ni sus procedimientos, ni sus derechos. Hay que borrarlos para instaurar un gobierno que sea, auténticamente, nuestro. De las élites no hay nada que merezca cuidado. Debe reconocerse que el dramatismo de este cuento contagia: el antipopulismo es remedo de su enemigo. Pronto llega a la convicción de que no hay nada en la crítica que tenga sentido. Ninguna propuesta suya merece respeto. Los populistas son demagogos, manipuladores, irresponsables. No hay que prestar atención a lo que dicen, no hay que atender las razones que los hacen persuasivos. Y si el populismo ofrece una purificación que nunca termina de precisar, el antipopulismo promete la perseverancia que algún día fructificará.

El primer triunfo del populismo es la formación de un enemigo tan pedestre que se dedica a arremedar su simpleza y se empeña en cerrar los ojos ante sus propias fallas. En el momento en que la política se vive de acuerdo a un libreto que niega la posibilidad del entendimiento, cuando los protagonistas rechazan cualquier negociación, cuando se satanizan recíprocamente los extremos, el populismo ha triunfado. El antipopulismo que empieza a escucharse en México es, en realidad, un trofeo del populismo. El remedo es francamente grotesco: estás conmigo o con la demagogia. Eres responsable o un aventurero que llevará al país a la desgracia. Quieres el futuro o sueñas con regresar al pasado. Idéntica simplificación de nuestra circunstancia. Idéntica ceguera, idéntico llamado a la exclusión. El antipopulismo es el pez que ha mordido el anzuelo. En su perorata contra Satanás se ha tragado el libreto del blanco contra el negro. Con el mismo maniqueísmo que quiere combatir grita que el otro es la perdición y que no hay más opción que la propia.

El populismo debe ser oportunidad para pinchar el globo de la arrogancia liberal y recuperar la prudencia del escepticismo que es el principio vital del liberalismo. Difícilmente puede encararse el reto de nuestros días si se sigue haciendo desde el absurdo de un triunfalismo histórico. Tener la verdad, poseer la razón, haber entendido todas las lecciones de la historia. De esa soberbia vienen las voces que desprecian la indignación y el miedo de nuestros días. De ahí vienen las denuncias de la irracionalidad e ignorancia de las mayorías que no saben, como los expertos, lo que en verdad les conviene.

Los banqueros mexicanos han querido definir la disyuntiva de nuestro tiempo como la oposición entre el liberalismo y el populismo. Sirve a sus propósitos el identificar populismo con demagogia e ineptitud. Nos engañamos si no nos damos cuenta que es espejo de las democracias fallidas, síntoma de un fracaso inocultable. Puede enfocarse la polémica de nuestros días, en efecto, como un contraste entre los procedimientos y derechos liberales y los arranques populistas. También puede verse como un contraste entre la energía democrática y la sordera liberal.

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Reforma
Jesús Silva-Herzog Márquez
Ciudad de México
Lunes 27 de marzo de 2017.


Jesús Silva-Herzog Márquez

Coincido en la advertencia: el populismo es una amenaza seria a la democracia liberal. Se vista con traje de izquierda o de derecha, pone en riesgo el pluralismo, la ley, el debate. Corroe los equilibrios institucionales, polariza y alimenta vanidades caudillescas. El populismo imprime una pasión en la arena pública que alienta inquisiciones. Puede imaginar que en su cruzada está defendiendo al pueblo contra los de arriba o a la nación contra los de fuera y esa fantasía sirve para aniquilar al enemigo. Sean las élites o los migrantes; las cúpulas del poder o los más débiles, los enemigos del Pueblo son vistos como sujetos sin derecho y sin razón. El contrario no solamente tiene malas ideas que hay que rebatir, es un tumor que hay que extirpar.

Pero, mal haríamos quienes creemos que debe cuidarse el régimen de la competencia tolerante, si pensamos que el desafío es una plaga que le viene de fuera. El populismo no es otra cosa que la expresión de una crisis profunda del pluralismo liberal. Una respuesta a la incapacidad de las democracias para cumplir mínimamente su promesa. El populismo puede ser igualitario o racista, estatista o privatizador. El contenido ideológico no es su nota definitoria. El cambio que provoca el populismo en la plaza de la política es esencialmente narrativo. Si la democracia liberal confía en los ámbitos de la neutralidad institucional, si cree en el carácter negociable de los intereses, si quiere conducir el cambio a través de la mejora parcial, el populismo enciende la política con dramatismo. La neutralidad es una farsa; el gradualismo es un engaño de los conservadores; el cambio necesita tocar la raíz. Frente al tedio liberal, la epopeya.

El reto del populismo debe llevarnos a la autocrítica y no a la guerra santa. No debe contestarse la demagogia populista con el autoengaño liberal. Si el cuento populista seduce y la receta populista atrae en los países más ricos y en los más pobres es porque su denuncia está cargada de sentido. El populismo es el síntoma de la severa enfermedad de las democracias contemporáneas. No es necesario abrazar la propuesta autoritaria de los populismos, no es necesario coincidir con la simpleza de su maniqueísmo para advertir el fundamento de su denuncia. ¿Podemos con honestidad negar la petrificación de los regímenes liberales? La gran ola inclusiva de la posguerra europea se ha revertido para generar nuevas exclusiones, al tiempo que se perpetúan las más antiguas. Las democracias realmente existentes han dejado de ser plataformas que permiten la realización (así sea parcial) de los intereses. Convertidas en rodillos de la frustración, las instituciones democráticas unifican a los grupos más diversos en el resentimiento al poder establecido.

Como el totalitarismo antes, el populismo le ofrece hoy a la democracia liberal un espejo para advertir sus fallas. Deberíamos asumir el fundamento de la crítica al liberalismo, así venga de la opción autoritaria. ¿Es falsa la denuncia de la parcialidad de nuestras instituciones? ¿Es demagogia la exhibición de las desigualdades? ¿Puede negarse la calcificación oligárquica, el poder político como un servicio de las élites a las élites?

La mayor ceguera del liberalismo democrático en las décadas recientes reside en su incapacidad para reconocer al otro enemigo: la tecnocracia. Furioso con los populistas, el liberalismo ha sido complaciente con los tecnócratas que niegan igualmente el fundamento de la pluralidad. Bien advierte Jan-Werner Müller, el lúcido crítico del populismo, la afinidad entre populistas y tecnócratas. El modelo del economista y la soflama del caudillo son, desde luego, lenguajes contrastantes. Pueden ser, sin embargo, dos cazuelas del hermetismo intelectual. Demagogos de la voluntad y dogmáticos de la técnica. Ambos cancelan la legitimidad del conflicto y, al hacerlo, suspenden la deliberación democrática. Para el populista, el otro es el enemigo del pueblo; para el tecnócrata el otro es el enemigo de la razón. Ambos se imaginan encarnaciones de lo incuestionable: el Pueblo y la Verdad. La soberbia tecnocrática debe ubicarse no solamente como el origen del populismo, también deberíamos verla como la cara opuesta de la misma moneda.

La salvación de la democracia liberal pasa no solamente por la derrota del autoritarismo populista sino también por la superación de la arrogancia tecnocrática. El liberalismo democrático tiene el deber de abrir los dos ojos.

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Reforma
Jesús Silva-Herzog Márquez
Ciudad de México
Lunes 6 de marzo de 2017.


Jesús Silva-Herzog Márquez

El contraste lo agigantará. La figura de Barack Obama crecerá como la de ningún político de nuestro tiempo. Lo notable es que no fue un Presidente particularmente exitoso. Su legado está lleno de claroscuros. Evitó, es cierto, una catástrofe económica. No se entendió con el Congreso. La reforma al sistema de salud, que fue su gran orgullo, está en riesgo. La mayoría republicana bien podría revertirla. Su agenda interna no caminó a ningún lado. No pudo conseguir la reforma migratoria que se propuso ni cambiar las demenciales reglas que rigen la compra y portación de armas. No fue capaz de construir una coalición para gobernar. Dejó a su partido en condición desastrosa. Tampoco puede decirse que haya sido eficaz en la conducción de su política internacional. Tuvo, es cierto, iniciativas audaces para rehacer las relaciones con Irán o con Cuba pero también tuvo errores costosísimos. Su cautela en política exterior puede ser criticada como indecisión, como una fuente de debilidad.

La tabla de eficacia del presidente Obama es, naturalmente, un combinado de aciertos y errores, éxitos y fracasos. Pero hay algo que escapa de esa contabilidad y es, precisamente ahí donde puede apreciarse la dimensión histórica de su figura. No me detengo en la enorme carga simbólica de su elección, aunque sea, por supuesto, relevante. La primera frase de su obituario subrayará que fue el primer presidente afroamericano de Estados Unidos. Pero, más allá de eso, Obama ejerció el poder de un modo excepcional; ejemplar, en muchos sentidos. El caso de Obama ilustra que el político no puede entenderse solamente como un productor de resultados. En la conducción de nuestros representantes buscamos siempre algo más: la personificación de ciertos valores. Ahí está, a mi juicio, la grandeza de Obama. No fue un mago de la eficacia, fue un admirable ejemplo del decoro en tiempos de cinismo.

No puede pasarse por alto que en ocho años no protagonizara ningún escándalo. Obama pudo haber generado mucha antipatía en amplios sectores de la opinión pública norteamericana pero nadie señaló excesos o atropellos en sus actos públicos o en su conducta personal. El poder no fue permiso para la trampa. En Obama podía advertirse ese respeto por la función de gobierno que entre nosotros parece tan escaso. Ninguna confusión del interés personal con la responsabilidad pública. Ningún engaño, ningún abuso. Ni él, ni nadie de su familia, ni nadie de su entorno inmediato usó el poder para beneficio personal. Estrecho parece, a fin de cuentas, el criterio weberiano de la ética política. Cierto: al hombre de Estado hay que evaluarlo por su sentido de la responsabilidad, esto es, por los efectos de su conducta. Pero también hay que evaluarlo por su sentido de probidad: por el ejemplo de su conducta.

El talento más visible de Obama fue la palabra. Su carrera se montó, desde muy temprano, en su elocuencia. El hombre de apellido exótico se hizo visible por su voz. Presentó así su vida como una parábola de la historia norteamericana, remontó la derrota con un canto a la esperanza, consoló el dolor con los himnos de los esclavos. En su palabra pueden encontrarse dos apuestas entrelazadas. Por una parte, la razón, la inteligencia de quien respeta el deber del argumento. Sin justificación racional que se defiende en público, la política es arbitrariedad, capricho. Escuchar a Obama era presenciar el sencillo espectáculo de un hombre que piensa y que trata a sus escuchas como personas que piensan. Pero su elocuencia no es racionalidad helada. Es conexión emocional, empatía. De la imaginación literaria aprendió que hay que ponerse siempre en la piel del otro. No es frecuente en las cumbres del poder ese rasgo de elemental humanidad.

Y bajo la calma de un Presidente imperturbable, se apreciaba otra fibra notable: un auténtico optimismo. No puede haber política sin confianza en la mejoría cercana o remota. Digo confianza para hablar de una persuasión auténtica y no del simple lugar común que se repite por inercia. Por eso el testamento de Obama como Presidente es tan esclarecedor de su visión del mundo. Al tiempo que advirtió de la fragilidad de la democracia y llamó al compromiso cívico, pidió confianza en el futuro. Su optimismo no parece ingenuidad sino la estrategia para no temer.
 
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Reforma
Jesús Silva-Herzog Márquez
Ciudad de México
Lunes 23 de enero de 2017.

Jesús Silva-Herzog Márquez

Sin imaginación la política se ahoga. Toda política exige ingenio, iniciativa, cierta audacia. No hay nada peor en el mundo del poder que la incapacidad para intuir posibilidades. La ruina proviene frecuentemente de un encierro mental: estar atado a lealtades inservibles, insistir en lo insostenible. El presidente mexicano encara el peor desafío de su administración con un cartucho quemado, con un político que no puede generar respaldos dentro del país ni respeto afuera de él.

Enrique Peña Nieto ha premiado con la Cancillería al hombre que planeó y organizó la funesta visita de Donald Trump. Pensará que, después de todo, no fue tan mala idea. Habrá llegado a la conclusión de que su asesor tuvo el atrevimiento de acercarse al candidato que terminó imponiéndose. Se habrá hecho a la idea de que, a pesar de su impopularidad, fue una decisión acertada. No me cabe la menor duda de que fue un gravísimo error de juicio. Una decisión costosísima para el Presidente y para México. Los resultados de las elecciones de noviembre no le dan la razón al hombre que puso al gobierno de México al servicio del candidato republicano. Por más que se vendiera como una apuesta por el diálogo, las condiciones del viaje fueron definidas por Trump; todo se puso a su servicio. No diría, por supuesto, que esa intervención fue definitiva. Trump no le debe la Presidencia a Peña Nieto. Pero el presidente mexicano le ayudó. Parece innegable que Enrique Peña Nieto apoyó involuntaria pero objetivamente al populista que tanto nos odia. La prensa internacional así lo registró. Los medios afines a Trump festejaron ese día como el gran momento de su campaña.

Que el presidente mexicano recurra al arquitecto del colaboracionismo para dirigir la política exterior de su gobierno es alarmante. Pinta el enclaustramiento de un gobernante que no puede ver afuera de su camarilla y que no tiene otra estrategia que la inacción. Su nombramiento no es objetable por la inexperiencia diplomática del político sino por razones de mucho mayor peso. Una razón ética, para empezar. El primer secretario de Hacienda de esta administración se benefició de su cercanía con el poder para obtener una ventaja patrimonial. No hay duda de ello y no hay razón para olvidarlo. Su regreso al primer círculo es recuerdo de los rigores éticos del presidente Peña Nieto. En segundo lugar, su retorno es la adhesión a un lastre. El nuevo canciller no refresca al gabinete, no le imprime nuevos bríos, no le aporta ideas. Por el contrario, lo atranca. El nombramiento es cuestionable, sobre todo, porque el nuevo canciller apuesta a la mansedumbre frente a Trump. Ya son muchos los signos de esa convicción. Débil en extremo fue el discurso que pronunció Peña Nieto frente a Trump. Con toda seguridad, el entonces secretario de Hacienda habrá delineado el mensaje: una tibia defensa de los intereses de México, un frío alegato a favor del libre comercio propio de una convención empresarial. No la posición firme de un jefe de Estado que aquilata a plenitud la dimensión geopolítica de la vecindad. De la mano de Videgaray, Peña Nieto expuso su tesis frente a la amenaza: pasividad y cobardía disfrazadas de diplomacia.

Esa parece ser la estrategia frente a Estados Unidos del nuevo secretario de Relaciones Exteriores. Ante la insistencia del presidente electo de que México pagará el muro fronterizo, la Cancillería se pronuncia por el silencio. No hacer nada y esperar que algún milagro domestique al patán. No decir nada, implorando que la razón ilumine al demagogo. Videgaray no llegó para aprender; llegó para callar. Donald Trump está a unos días de asumir la Presidencia de Estados Unidos y no ha llegado el día en que México defina públicamente y con claridad qué busca de la relación con el vecino, qué estaría dispuesto a negociar y cuáles son los límites de cualquier conversación.

Que la credencial de Videgaray para ocupar la Cancillería sea el puente que tiene con un pariente del futuro presidente norteamericano no habla de su capacidad, sino de los estilos mexiquenses de gobernar. Conocer al compadre del poderoso como el supremo recurso político. La pasividad que representa la Cancillería de Videgaray no es una imposición del realismo. Nuestra disyuntiva no es la indignidad o el escupitajo. Para eso sirve la diplomacia.
 
Reforma
Jesús Silva-Herzog Márquez
Ciudad de México
Lunes 9 de enero de 2017.


Jesús Silva-Herzog Márquez

Los senadores aprobaron las propuestas del Presidente como un trámite de rutina. Como el burócrata de la ventanilla sella el papel amarillo al comprobar que se presenta la ficha blanca, así ratificaron los senadores al nuevo procurador general de la República y a la secretaria de la Función Pública. Ambos funcionarios empezaron la legislatura como senadores y ahora cosechan, más que el fruto de su trabajo o la recompensa por su eficacia, la ventaja de sus relaciones. El Senado, lejos de ser el ámbito republicano de la exigencia, trabajó como una corte celebrando la condecoración de uno de los suyos. Un club del abrazo y el elogio. No es, por supuesto, que se desee que las propuestas presidenciales sean bloqueadas sistemáticamente. Lo que resulta preocupante es que las asambleas representativas no cumplan su función de sínodo: un cuerpo que desde distintos ángulos examina exigentemente la experiencia de un candidato, que inquiere con severidad sobre su visión del cargo que podría ocupar, que explora la seriedad de sus propuestas y que analiza meticulosamente todas las pistas de su trayectoria pública. Esa es la tarea que le corresponde constitucionalmente. Ser el foro que defiende el interés nacional a través del cuestionamiento. Nada de eso hizo el Senado. Recibió las propuestas y tributó las felicitaciones.

Pocos podrían decir que la velocidad del Senado se explica por las impecables credenciales profesionales de los propuestos. Abundan las dudas sobre la idoneidad de los nuevos funcionarios para los cargos que ocupan. Nadie podría decir que el nuevo procurador tiene experiencia en tareas de procuración de justicia, o que ha destacado por su trayectoria en la administración pública. Nadie lo podría decir porque el nuevo procurador no tiene experiencia en las tareas de su cargo. Ninguna. En una de las tareas más delicadas y complejas del Estado mexicano se ha confiado en la inexperiencia sin autoridad. Tampoco imagino a alguien sugiriendo que el paso de la nueva secretaria por la Procuraduría General de la República estuvo marcado por la claridad de su empeño, la elocuencia de sus mensajes o por la eficacia de su gestión. ¿Alguien se atrevería a decir que el nuevo encargo es un reconocimiento por el éxito en el previo?

No es necesaria maledicencia alguna para sospechar que los nombramientos recientes son, por decir lo mínimo, cuestionables. Lejos de encarar su crisis ampliando el horizonte de su administración, el Presidente simplemente reubica las piezas. Pero lo que me importa resaltar ahora no es el encierro del Presidente sino la deferencia del Senado. La política facciosa del Presidente encuentra estímulo en la adhesión automática, irreflexiva y hasta cierto punto reverencial de las oposiciones.

La restauración de la política de la deferencia es uno de los más lamentables efectos del consenso peñanietista. A pesar de que se haya roto el Pacto por México queda una inercia consensual que pervierte severamente la maquinaria de los equilibrios. Los funcionarios centrales de la lucha del gobierno federal contra la delincuencia y contra la corrupción exentaron el examen de admisión. No encararon la indispensable suspicacia del Legislativo; no enfrentaron la saludable desconfianza de un cuerpo autónomo. La actitud deferencial del Senado es desprecio de su función constitucional. El foro del cuestionamiento se convirtió en baile de la corte. Se trata, en efecto, de una política de la deferencia: un respaldo fundado en la consideración al otro, en la lealtad al otro y no en el examen racional de sus propuestas. La mancha de esta sumisión cordial queda, sobre todo, en las oposiciones que han abdicado de su deber de exigir razones al gobierno. Dedicados a aplaudir, a felicitar, a elogiar, habrán conseguido, como dicen ellos, buen sitio en los afectos de quien habrá de perseguir el delito.

La única manera de proteger a un régimen democrático en tiempos de indignación es intensificando la polémica en el ámbito institucional. Necesitamos una política que aloje opciones, que ejerza la crítica en las tribunas de la representación, que sostenga públicamente las razones de la diferencia, que ofrezca rutas alternativas. Mientras el consenso de las élites sea el espectáculo que nos brinda la política, se legitimará esa opción que cancela las opciones.

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Reforma
Jesús Silva-Herzog Márquez
Ciudad de México
Lunes 31 de octubre de 2016.


Jesús Silva-Herzog Márquez

Más que un escritor incómodo, símplemente áspero, Luis González de Alba era corrosivo, hiriente. Para pensar y defender sus causas, usó el veneno. Un contrincante demoledor que, más que debates, tuvo pleitos. Fue, como bien dijo Aurelio Asiain, un raro. Un excéntrico, un extravagante. Lo era por su severidad inclemente. Un escritor despiadado. Ahí radica su rareza: en una tierra acostumbradas a las medias palabras y al eufemismo, en la patria del ninguneo, en un país dedicado a la vaguedad que nada dice o la ambigüedad que no incomoda a nadie, en un mundo acostumbrado a envolver la mínima discrepancia en algodones, Luis González de Alba llamó pan al pan y caca a la caca.

Fue el mayor de nuestros iconoclastas. A eso dedicó su vida pública: a romper imágenes, a destrozar las esculturas sagradas, a quemar toda efigie que demandara veneración. Como Orwell, estaba convencido de la culpabilidad de todos los santos. Ni la Guadalupana ni Carlos Monsiváis, ni el 68 ni los aztecas merecían devoción. Fue un cruzado del sacrilegio. El abogado del diablo sabía que toda idolatría es ridícula. Si nos piden rezo, hay que soltar la carcajada. Dame un ídolo y te mostraré el fraude. Sentía una profunda antipatía por los héroes, los antiguos y los de hoy. Los denunció a todos brutalmente. Las reacciones que provocó entre los fieles corresponden a la dureza de sus invectivas. Lo borraron hasta ignorar su muerte. Defendió como nadie el derecho a la blasfemia. “No todo pensamiento es respetable ni alguna religión lo es. Ninguna, punto com. Ni todos los viejos son respetables ni debe uno callar ante una estupidez flagrante y peligrosa. ¿Y quién define eso? Cada quien…”

Fue un impertinente porque no buscaba el acomodo de sus ideas en el auditorio en el que hablaba. No lijaba sus opiniones para quitarle astillas y hacerlas gratas al tacto. No suavizaba su palabra para no herir la sensibilidad del oyente. Seguramente disfrutaba al imaginarse el impacto que tendría su franqueza entre los pudibundos y los fanáticos. No ocultó la fuente de sus placeres, ni el desenlace de sus convicciones. Seguía con honradez el dictado de su razón intransigente. El artículo que escribió para el número cero de La jornada tenía como título “La izquierda terrorífica.” Advertía desde entonces de una mojigatería que se imaginaba progresista y con buena causa. Una izquierda que, con esas credenciales, pedía censura. No podía aceptar que en la izquierda hubiera anidado tanta sandez, tanta impostura, tanta pleitesía.

Los odios definieron al personaje público. No fue capaz de soltar enemistades, de olvidar ofensas. Una y otra vez volvía al agravio. Las obsesiones se volvieron su energía. Con todo, su pasión no soltó el argumento ni dejó de buscar la prueba. Abominó la hipocresía tanto como la irracionalidad. No estaba dispuesto a aceptar que había unos criminales buenos y otros malos; que la nobleza de una causa hacía admirable la atrocidad; que la justicia de un impulso convertía en razonable la tontería. Hará mucha falta su ácida inteligencia, su valentía pero sobre todo, como dijo Héctor Aguilar Camín, su salvaje libertad.

Andar y ver
Ciudad de México
Jesús Silva-Herzog Márquez
Miércoles 5 de octubre de 2016.


Jesús Silva-Herzog Márquez

Detrás del discurso de Donald Trump puede advertirse una ideología que pinta al mundo conspirando contra Estados Unidos. El terror a la decadencia propulsa esta perorata que imagina enemigos adentro y afuera. Para estos observadores, el fin de la guerra fría no fue más que el inicio del declive norteamericano. Tras la derrota de la opción soviética, el país perdió claridad de sus amenazas. Aprovechándose de las ingenuidades norteamericanas, sus enemigos se fortalecieron. En el testamento del viejo politólogo Samuel Huntington pueden leerse estas alarmas. En un par de libros advertía dos peligros: uno externo y otro interno. Otras civilizaciones buscarían imponerse sobre Occidente. La cultura, no la economía definiría las enemistades del futuro. Pero el peligro también incubaba dentro: los migrantes mexicanos eran una amenaza para Estados Unidos. A diferencia de otras culturas, sostuvo Huntington, la mexicana resulta impermeable a sus valores.

El tono de ambos libros era casi apocalíptico. Lejos de anticipar tiempos promisorios, profetizaba guerras. El desenlace no era claro: su país podía sucumbir si no era capaz de identificar el peligro y combatirlo enérgicamente. En el primero, advertía el conflicto entre civilizaciones. Occidente y el Islam se enfrentarían por el control del mundo. En el segundo preveía otro enfrentamiento. La guerra de las culturas se libraría también dentro del territorio de Estados Unidos. Tan amenazantes para la identidad norteamericana eran los fundamentalistas islámicos como los migrantes que hablan español y comen tacos. A juicio de Huntington, los mexicanos que llegan a Estados Unidos, a diferencia del resto de los migrantes, no vierten su lenguaje, su comida, su cultura en la cazuela común. Los mexicanos viven aparte, sin mezclarse, sin abandonar sus hábitos, pensando en el regreso y soñando con la recuperación de lo que consideran propio. Que haya más Josés que Johns en California era, para él, signo de una hecatombe cultural.

Huntington murió en 2008 pero parece el pensador del momento. En sus escritos finales puede encontrarse la línea narrativa que domina la contienda presidencial del 2016. Es la idea de un país en decadencia que enfrenta enemigos por todas partes, un país corroído desde dentro y amenazado por fuera. Un país que debe dejar atrás la inocencia y combatir con decisión a sus enemigos. En este relato, hay que decir que México resulta enemigo por partida doble. Por una parte es el invasor que delinque, que cocina sabores amenazantes y habla en un idioma peligroso. Por la otra, es el vecino que compite ventajosamente, el comerciante que se burla de su socio, mientras lo explota.

No sugiero, desde luego, que Trump se haya propuesto poner en práctica las ideas de un profesor. Digo que su llamado conecta con esa paranoia que es, ante todo, un grito por recobrar identidad en tiempos de ansiedad. ¿Quiénes somos?, preguntaba Huntington hace casi diez años, al lanzar su grito contra la "invasión" mexicana. Para el demagogo que puede ganar la Presidencia de Estados Unidos, la corrección política, los tratados comerciales, la ilusión multicultural, la debilidad militar han hecho que Estados Unidos pierda carácter, identidad. Sus gritos son obsesivas denuncias de lo que describe como una humillación constante. El mundo burlándose de su país. Huntington advirtió la severidad de una brecha que hoy marca la elección norteamericana y que Donald Trump ha explotado brillantemente. Se trata, como dijo el politólogo en un artículo de 2004, del abismo entre las élites que abrazan la globalización y el público que la detesta. La fractura de nuestra política, adelantaba desde entonces, será el conflicto entre nacionalismo y cosmopolitanismo. Esa brecha ha resultado el manjar del populista: nosotros contra ellos.

El nacionalismo trumpista es, como buen discurso de identidad, una potente descarga de rencores, de miedos, de nostalgia. El cosmopolitanismo de su adversaria parece un argumento cerebral, apagado, vergonzante. El conflicto del que hablaba Huntington hace 12 años se vive hoy como el contraste entre temeridad autoritaria y timidez liberal.
 
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Reforma
Jesús Silva-Herzog Márquez
Lunes 19 de septiembre de 2016.

  

Jesús Silva-Herzog Márquez  

El sexenio es una jaula. Nos impone un calendario que en nada tiene que ver con la dinámica del poder. El gobierno está herido de muerte y tiene todavía mucho tiempo por delante. Los índices de popularidad del presidente están por los suelos. La intensidad del rechazo también alcanza niveles desconocidos. Su partido sigue respaldándolo verbalmente pero toma distancia de sus iniciativas. Acercarse al presidente parece una estrategia suicida. Por el contrario, desafiar al gobierno, oponerse a sus políticas, retarlo públicamente resulta ventajoso. No estamos simplemente frente a una crisis de popularidad presidencial. Estamos ante una severa crisis de gobierno. Una crisis que no tiene perspectiva de solución.

Arrastrar a un gobierno molido, cargar a un presidente de apoyos diminutos por dos largos años es, en nuestra condición, francamente peligroso. Vale advertir que no hay salida constitucional a este penoso proceso de desgaste. Estamos atados al periodo de los seis años. Si es cierto que, desde el cardenismo, pensamos la historia mexicana en sexenios, también es cierto que es la memoria de finales catastróficos. Largos finales catastróficos.

Algunos piensan que es posible el relanzamiento del gobierno. Creen que el presidente podría recuperar liderazgo con algún golpe de audacia. Sugieren una reconformación integral de su equipo, fantasean con una decisión atrevida que le permitiera fortalecerse frente a la clase política y a la opinión pública. Francamente no imagino el giro que le permitiera al presidente recuperar conducción. Más aún, creo que esos arranques presidencialistas tienden a ser contraproducentes. Recordemos los meses finales del gobierno de José López Portillo. Los "golpes de timón" suelen ser desesperados intentos de legitimación. Pueden elevar brevemente la popularidad del mandatario pero sus consecuencias suelen ser funestas.

Débil, impopular, aislado, ridiculizado adentro y afuera, el presidente puede sentir en estos momentos la tentación de hacer algo visible, ambicioso, atrevido. Discrepo. Lo que debe hacer en los siguientes dos años es discreto, modesto, responsable. Discreto porque la imagen presidencial ha sufrido un desgaste profundo. El espectáculo de su informe fue lamentable. El intento de refrescar la ceremonia fue un fiasco. Los invitados al encuentro con el presidente resultaron más peñanietistas que Peña Nieto. Tenemos todo, gracias a usted, le dijo el primer participante en ese falso diálogo. Ya lo sabemos y lo debería reconocer el propio presidente: la palabra no es lo suyo. No tiene herramientas para expresarse con soltura, con fluidez, con argumentos. Someterlo a esas pruebas es exhibirlo. El foro público no es el espacio para la rehabilitación presidencial.

Puede concentrarse en tareas cruciales para el país que, sin embargo, pueden parecer modestas. No requieren anuncios ni arengas. Tampoco lo llaman a formar vastas coaliciones. Su tarea, a mi juicio, es cuidar las reformas que impulsó en la primera parte de su administración y componer sus errores. El peligro es que el desprestigio de este gobierno condene las reformas que impulsó. Los meses que quedan son fundamentales para asentarlas con firmeza, para vigilar atentamente su ejecución. No es claro que el equipo que lo rodea sea el indicado para esta tarea. Si los peñanietistas fueron eficaces legisladores, su falta de competencia técnica, su característica falta de probidad los hace pésimos gerentes de las reformas. No por ser improbable debería dejar de insistirse en esto: si algún cambio necesita la administración para el último tramo es precisamente el reforzamiento técnico y ético. Desafortunadamente las señales no son esperanzadoras. El nombramiento del nuevo Secretario de Desarrollo Social carente de ambas prendas, parece muestra de que la lectura presidencial es muy distinta a la que hago aquí.

Muchas seducciones tientan a los presidentes al final de su gestión. Sentirse incomprendidos, creerse maltratados por una opinión pública ingrata, percibirse acosados los conduce con frecuencia a la osadía irresponsable. Cercados por un círculo de incondicionales pueden perder, como se vio hace unos días, el más elemental sentido de realidad. Con ella, con la realidad, tendría que reconciliarse el presidente. Su sitio en la historia no estará determinado por la elección del 2018 sino por la condición del país cuando entregue el mando.

Reforma
Jesús Silva-Herzog Márquez
Lunes 12 de septiembre de 2016.

Jesús Silva-Herzog Márquez

La historia del poder en México está plagada de abusos y excesos, de trampas y de crímenes, de costosísimas obsesiones y de apuestas absurdas. Podemos hacer un abultado catálogo de frivolidades y de cegueras, de arbitrariedades y fatídicas negligencias. No es difícil encontrar ejemplos del atropello, del engaño, de la ineptitud, de la perversidad, incluso. Pero no creo que pueda encontrarse, en la larga historia de la política mexicana, una decisión más estúpida que la invitación que el presidente Peña Nieto hizo a Donald Trump la semana pasada. A cada cosa, su nombre. Esto fue, y no merece otro calificativo, una estupidez gigantesca. La palabra no es insulto, es identificación de los efectos de un acto. En un ensayo memorable, Carlo M. Cipolla capturó la esencia de esa torpeza. El estúpido no es un tonto, no es un ignorante, decía. Lo que caracteriza a un estúpido es su capacidad para causar daño a otros, provocándoselo simultáneamente a sí mismo. Ser estúpido es dañar a otros sin ganar con ello ningún beneficio. Por eso aseguraba el economista italiano que era mucho más nocivo un estúpido que un malvado. El malvado, a fin de cuentas, saca algún beneficio. El estúpido, en cambio, solo multiplica el daño a su paso.

En la decisión no hay asomo de estrategia. Es imposible imaginar en la invitación al candidato republicano una razonable previsión de beneficio. ¿Alguien se atrevería a decir todavía que la ocurrencia fue un gesto diplomático audaz? En todo el mundo se preguntan: ¿en qué diablos estaba pensando el presidente mexicano al prestarle al peor enemigo de su país la casa presidencial para beneficio de su campaña? Nadie ha encontrado respuesta. Lo que es fácil registrar es la cantidad de efectos perniciosos que ha provocado la visita del demagogo. El Presidente agredió al país. Excusó el racismo de Trump sugiriendo en la conferencia de prensa que su discurso había sido, en realidad, un malentendido y que confiaba en que querría una buena relación con México. Nos hemos sentido ofendidos, dijo, como si el problema fuera nuestra sensibilidad y no la agresión constante de quien tenía en frente. El Presidente ofendió particularmente a los mexicanos que viven en los Estados Unidos y que no solamente escuchan la violencia verbal de Trump, sino que encaran el odio que su campaña ha levantado en su contra. Desalentó a las organizaciones de defensa de los migrantes que vieron, desconsolados, al pendenciero bienvenido por el presidente de México. Al atrabiliario al que ningún líder internacional ha reconocido como digno de diálogo, le permitió aparecer como un hombre de empaque que negocia ya en el plano internacional. Dañó, irreversiblemente, la relación del presidente de México con la candidata puntera de los Estados Unidos. Exhibió a su gobierno como un bulto en caída libre.

No vale la excusa de la inocencia. La estupidez del gesto presidencial no fue una ingenuidad, fue una traición; no fue una muestra de candor sino deslealtad. No suelto esas palabras con ligereza. Entiendo la severidad del cargo y la facilidad con la que el epíteto se lanza. Hablar de la traición presidencial es cosa seria. Me parece, con todo, que el calificativo es justo porque el presidente mexicano terminó siendo un ridículo instrumento al servicio de nuestro más detestable enemigo. La mayor amenaza que México ha tenido en décadas, encontró en Enrique Peña Nieto, a un útil promotor. Si Donald Trump llega a ganar la Presidencia, los historiadores recordarán el 31 de agosto del 2016 como la fecha en que relanzó, desde Los Pinos, su campaña. Vale hablar de traición porque el Presidente ofreció los símbolos del Estado mexicano al narcisista que ha fundado su carrera política en el odio al vecino. Porque calló cuando tenía que hablar, porque se sometió a los caprichos del insolente. Porque su indignidad ante el patán deshonró al país al que representa. Debe hablarse de deslealtad porque Enrique Peña Nieto sometió a la Presidencia mexicana a la humillación.

La intensidad del rechazo que generó el bochornoso encuentro no obedece a otra razón: el país se siente traicionado por su Presidente. Esto ya no es simplemente inconformidad frente a una política, no es un desacuerdo con el gobernante; es desprecio e ira. El presidente mexicano, a dos años de su relevo: entre la burla y el odio.
 
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Reforma
Jesús Silva-Herzog Márquez
Lunes 5 de septiembre de 2016.


Jesús Silva-Herzog Márquez

El reformismo naufraga en las contrariedades del Estado. Una coalición parlamentaria puede cambiar el texto de la ley. Sabemos que no es fácil conseguir los votos para el acuerdo pero también sabemos que no es suficiente. Es necesaria otra cosa para que una novedad despegue de la hoja de papel y sea capaz de modificar la realidad. Para llevar la intención a la práctica se requiere un aparato que tiene el permiso de hacer cumplir la ley y es capaz de hacerlo a través de las propias pautas de la ley. A eso llamamos Estado y es la gran carencia de nuestra política. La tragedia histórica de la democracia mexicana es que su máxima hazaña, el pluralismo competitivo, ha sido una desgracia, al no asentarse en la ley, es decir, en el Estado.

Hablamos cotidianamente de la debilidad del Estado mexicano. Lo describimos pobre, frágil, a veces lo pintamos inerme frente a sus enemigos. Tengo la impresión de que esa imagen nos aparta de lo importante. Tal vez sea un error concentrarnos en esa supuesta debilidad. No lo digo para hablar de su corpulencia sino porque creo que desvía la atención de lo crucial. El problema fundamental del Estado mexicano no es tanto su raquitismo, su impotencia, sino su carácter salvaje, indómito. El Estado mexicano puede ser capaz de imponerse pero no parece capaz de imponerse legalmente. Al intervenir en el conflicto, no despliega la racionalidad impersonal de las reglas sino que exhibe, con frecuencia, una ferocidad tan arbitraria como la del delito. La lista de abusos es larguísima. La recomendación reciente de la Comisión Nacional de los Derechos Humanos lo pinta con todos sus colores: ante la provocación del crimen, el Estado mexicano comete excesos imperdonables. En lugar de actuar para someter a proceso a los sospechosos, procede a la aniquilación del enemigo. En lugar de liberar una carretera del secuestro, incendia el conflicto con asesinatos. Tal parece que la voluntad de ley, la determinación de aplicar el derecho, no tiene más remedio en nuestro país que recurrir a un aparato silvestre que no acata las normas de las que depende su autoridad. Para los propios depositarios del poder público, el Estado mexicano es una bestia ingobernable.

No es que el Estado sea incapaz de recuperar el flujo de avenidas y carreteras. No es que sea tan débil que no puede castigar a quienes infringen la ley y vulneran los derechos de otros. Es que no sabe hacerlo legalmente. Quizá no puede hacerlo siguiendo su código. Es por eso que la intervención del Estado, lejos de ser esa inserción de legalidad capaz de restablecer el orden, suele anticipar arbitrariedades y excesos. Así, la intervención del Estado atiza el conflicto, no lo suaviza. El Estado conspira contra su legitimidad. A pesar de lo que digan los amigos de la mano dura que desprecian los rigores del procedimiento y que se burlan de los derechos humanos como coartadas de los criminales, la única manera en que el Estado puede ganar cotidianamente la adhesión de los ciudadanos es a través de su compromiso con los derechos de todos y la canalización de su energía a través de los cauces de la ley.

El Estado no es un qué, es un cómo. No es el aparato que impone la ley, es un aparato que aplica legalmente la ley. Si algo dijo Weber sobre esto es que el Estado no es una bruta supremacía de la fuerza. Es una supremacía consentida. Entre nosotros, no hay otra legitimidad que la de la ley. Cuando el Estado se aparta de sus estatutos, cuando vulnera los derechos de otros (así sean de quienes desafían y combaten al Estado), pierde el permiso que es su título indispensable. No es extraño que el Estado salvaje se paralice tras su intervención. Al enfrentar la crítica de los medios y de cierta opinión pública, al sentir la presión internacional o la denuncia de las instituciones autónomas, el Estado se congela. Mejor dejar pasar la transgresión que empeorar las cosas. Sabiendo que su actuación terminará en abuso y provocará el escándalo se convierte en espectador. El Estado indómito está dispuesto a sacrificar sus apuestas más atrevidas porque es incapaz de defenderlas.
 
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Reforma
Jesús Silva-Herzog Márquez
Ciudad de México
Lunes 22 de agosto de 2016.

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El mundo es comprendido por el paradigma, es la forma por la cual es entendido el mundo, el hombre y por supuesto las realidades cercanas al conocimiento.

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