Jesús Silva-Herzog

El presidente y su secretario de Gobernación han tenido una extraña coincidencia recientemente. Ambos invocaron lo sobrehumano para defender su política. Dejaron a un lado el vocabulario democrático y los argumentos de racionalidad para apelar a las divinidades. Me parece curioso, aunque dudo francamente que tenga importancia. Sabemos bien que no suele haber mucha miga en sus dichos. Ninguno de estos dos priistas se ha distinguido por su elocuencia. Aun así, vale detenerse en sus palabras. Mientras el secretario de Gobernación pidió tener fe en el trabajo de la Procuraduría, el presidente encomendó a la diosa Fortuna el último tramo de su sexenio. Dos rezos por el bien de la república. Digo que tiene gracia y que, tal vez, puede sacarse algo de ahí, no que sea importante. Me queda claro que ninguno llama a misa ni a participar en un rito.

En apariencia podría decirse que hay sintonía entre estas líneas: dos defensas de lo indemostrable, dos invocaciones a los poderes celestiales que nos apartan de los parámetros terrenales. Cada una refleja, sin embargo, una cosmovisión propia. Quien invoca la fe espera y confía sin exigir prueba alguna. El hombre de fe no necesita pruebas para confiar en la bondad infinita de Dios. Quien habla de la fortuna, por el contrario, reconoce lo que escapa del control humano. El azar nos obliga a la prudencia. La idea de la fortuna es un llamado a asumir la responsabilidad que le toca a cada quien en el juego de la historia. La primera es radicalmente incompatible con la dinámica democrática; la segunda indispensable para la salud política. Exploro en esta divagación la diferencia.

La fe, dijo San Agustín, es creer en lo que no ves. Su recompensa será ver lo que crees. La fe que nos pide el secretario de Gobernación es eso: ceguera esperanzada. Una convicción de que las instituciones del gobierno actuarán correctamente, que acatarán la ley puntualmente, que asumirán su responsabilidad. Se trata de una devoción que no pide prenda. Si tomamos en serio la expresión del político, se trataría de una persuasión tan intensa no necesita de garantías, que debe apartarse de todas las decepciones previas y que debe excluir cualquier sospecha. Creer a ciegas.

Muy distinta de la fe es la confianza. La confianza es una relación que se alimenta cotidianamente. Puede ser digno de confianza quien cumple lo que promete, quien habla la verdad, quien respeta la ley y al otro. La confianza está a prueba todo el tiempo precisamente porque no es un acto de fe. Necesita vencer la sospecha. Todo gobierno democrático necesita cultivar la confianza de la ciudanía. En ella se basa la legitimidad. Tendría sentido que el secretario de Gobernación pidiera confianza, pero sería absurdo que la sociedad la otorgara. ¿Por qué habríamos de confiar en la Procuraduría? ¿Habría algún fundamento para creer que cumplirá puntualmente con su deber? Nuestra experiencia, nuestros recuerdos cercanos y los remotos nos impiden otorgar ese voto. Más aún: resulta inaceptable la insinuación de que es un deber cívico el confiar o, en el vocabulario del político, tener fe en las instituciones gubernamentales. La única actitud cívica en estos momentos es precisamente la desconfianza vigilante.

A muchos ha fastidiado la alusión que hizo el presidente de la diosa Fortuna. A mí no. No me parece ofensivo el repentino paganismo presidencial. Me agrada, incluso, la indirecta referencia al más sabio de los pensadores políticos, Maquiavelo, quien habló en repetidas ocasiones de la importancia histórica de la diosa. No hay político, por poderoso, por cultivado que sea, que sujete todos los hilos del poder. Siempre hay imprevistos, siempre hay sorpresas. Nadie puede anticiparlo todo, nadie puede controlarlo todo. Por eso decía Maquiavelo que había que cortejar a la Fortuna con determinación, que había que reaccionar a sus caprichos con agilidad, que había que anticipar el infortunio. Soberbio es el político que descree de la intervención del azar en el mundo.

La fortuna controla la mitad de la historia. Sólo la otra mitad corresponde a la actuación humana. Es esa mitad la que configura el ámbito de la responsabilidad política. La diosa Fortuna no suele cuidar a quienes se desentienden de ella.

Reforma
Jesús Silva-Herzog
Ciudad de México
Martes 25 de julio de 2017.

El foso

17 Jul 2017

Jesús Silva-Herzog Márquez   

La obra pública es un foso de muerte. No es metáfora. El piso pavimentado es una trampa. Bajo la oblea de concreto recién aplanado, se abre un abismo que puede cazarnos en cualquier momento. No pasaron tres siglos ni los cuarenta años que se ofrecieron como garantía al atajo. Llovió, y de pronto, la calle se tragó a dos hombres. Los servicios de rescate tardaron 9 horas para sacar el coche de la gruta. No murieron por la caída del vehículo sino asfixiados, enterrados vivos. Una segunda negligencia los mató. Tras caer al precipicio, el abandono. Un mal rato, dijo el ministro, sacando la chequera. Así creerá él que se resuelve todo. Así creerá él que se mide todo, así creerá él que se compra todo.

Desde el punto de vista de quien murió o ha sufrido las consecuencias, durante esos minutos el universo se cayó, se derrumbaron los planetas.

Fue una catástrofe cósmica: galaxias desmoronándose, hoyos negros devorando el espacio entero.

He regresado a las líneas que escribió José Emilio Pacheco en 1985, tras el terremoto de septiembre: "Absurda es la materia que se desploma". La sorpresa de la caída súbita, la calle convertida de pronto en lápida. Pero la tragedia que puso fin a la vida de Juan Mena López y de Juan Mena Romero no es recordatorio del absurdo de la materia sino de los crímenes del poder. Esta tragedia tiene marca humana, sólo humana. El caos que nos estrangula es la corrupción. La corrupción asesina. Asfixia niños, envenena ciudades, engaña enfermos, sepulta paseantes. La tragedia reciente no fue una traición del subsuelo, una súbita rebelión de lo fijo. Estas dos muertes son acusación a un gobierno incapaz de garantizar una obra segura y confiable. Estas dos muertes son denuncia de una empresa criminalmente negligente. Colusión letal de gobierno y empresa.

Vale recordar que la obra no era un puente a Hawái. No se abrió un túnel entre océanos. La obra que el propio presidente presumió como ejemplo de su benéfica presidencia era la ampliación de un camino. Un acelerador. Eran menos de 15 kilómetros que se entregaron tarde y con un sobreprecio que duplicó el presupuesto original. Esa fue la obra que pavoneaba el gobierno repitiendo aquello de que lo bueno cuenta y cuenta mucho. Fue una obra que provocó, durante el largo proceso de construcción, más de 250 accidentes y ¡más de 20 muertos! Antes de que la obra fuera inaugurada por el presidente de la república se habían prendido las señales de alarma. Funcionarios de protección civil y vecinos alertaban de las visibles fallas de la obra. En un documento de la Ayudantía Municipal de Chipitlán que se difundió después de la tragedia puede advertirse el convencimiento del peligro: por el mal trabajo realizado en la obra, "el muro que ese levantó está a punto de colapsarse." No es necesario decir que nadie respondió al grito.

El gobierno que hace unas semanas presumía la obra como una catapulta de la competitividad sólo acierta a sacrificar a sus peones. Un funcionario menor, un delegado regional ha sido destituido. El secretario de Comunicaciones y Transportes culpabiliza a la lluvia y la basura. No ha presentado aún su renuncia. El presidente pide que no se apresuren juicios ni condenas. No ha destituido aún al secretario de Comunicaciones. El presidente tiene razón, por supuesto, si se refiere a las responsabilidades penales. Habrán de fincarse porque la muerte de estas dos personas no fue un acontecimiento fortuito. Pero se equivoca el presidente y de manera grave al desentenderse del principio elemental de la responsabilidad política. El secretario de Comunicaciones y Transportes no necesita haber estado en el lugar de la desgracia dando las indicaciones explícitas que provocaron el hundimiento. Era el responsable político de la obra y debe, en consecuencia, asumir las consecuencias de su desatención. Exigir la renuncia del secretario de Comunicaciones no es pedir hoguera para las brujas. Es defender el principio elemental de la legitimidad democrática: un funcionario público es políticamente responsable de lo que ocurre en su esfera de poder. El presidente de la república debe ser el primer interesado en honrar este criterio. No hace falta esperar un segundo más para advertir las funestas consecuencias de la negligencia.

Reforma
Jesús Silva-Herzog
Ciudad de México
Lunes 17 de julio de 2017.


Jesús Silva-Herzog Márquez

Hace unos días el New York Times publicó una lista de las mentiras del presidente Trump. Todas sus mentiras cubriendo la sábana completa del diario. Con letra pequeñita, una breve descripción del engaño y su refutación. Resulta que no ha habido día, desde que llegó a la Casa Blanca, en que no haya mentido. El hombre tiene una seria aversión a la verdad. Miente cada que abre la boca. Los defensores de Trump no se esfuerzan ya en desmentir a la prensa. Han sugerido, es cierto, que ellos tienen "hechos alternativos" que no necesitan comprobación. Pero recientemente han esgrimido un nuevo argumento: las palabras del Presidente son irrelevantes frente a las acciones del Presidente. Hablemos de lo que hace el gobierno, no lo de lo que dice el gobernante. La prensa se obsesiona con los dichos para olvidarse de los hechos. Esto es lo que debe importar: lo que el gobernante hace, lo que decide, lo que provoca. No lo que grita en un discurso o lo que tuitea a la mitad de la noche.

Sugerir que el discurso es políticamente irrelevante implica que puede trazarse una frontera clara entre el hacer y el decir. Que en política lo dicho corre por un camino distinto a lo hecho. Que la expresión pública es un insignificante entretenimiento de palabras, mientras que la acción política es cosa seria: un hacer que produce efectos. A diferencia de lo que sucede en la mecánica: la palabra es parte esencial del oficio político. Quien repara el coche puede ser un profesional extraordinariamente competente y, al mismo tiempo, muy incapaz de comunicarle al cliente la naturaleza del desperfecto y las complejidades de la compostura. Su labor es reparar el coche y ya. Los remiendos de la política son otra cosa porque exigen comunicación. No puede haber reparación sin justificación; no importa solo el acto, es necesario comprender el sentido del acto. En la correspondencia entre palabra y acción se cimienta la confianza. La palabra es el gran recurso del poder: convoca, orienta, castiga, intimida. Se manda con palabras. Por eso importa lo que el político dice.

Importa lo que dice Trump. En la cortedad de su vocabulario, en sus insultos y en su narcisismo, en su desprecio por los hechos y la ciencia, en la simpleza de su maniqueísmo se condensa su autoritarismo. Importa también lo que dice Enrique Peña Nieto. Lo que dijo hace unos días, reaccionando a las acusaciones de que su gobierno espía periodistas, dirigentes de organismos de la sociedad civil y activistas de derechos es preocupante. No puede ser pasado por alto, así haya habido una retractación. Su oficina nos pide que no prestemos atención a lo que dijo porque hay ocasiones en que se aparta de sus tarjetas y puede ser impreciso.

El error, la improvisación misma son reveladores. Ante un hecho grave, el Presidente reacciona tarde y descuidadamente. Haberse permitido la improvisación indica que no concede al escándalo del espionaje gubernamental la importancia que tiene. En asuntos delicados, el Presidente cuida sus palabras. Sabe bien que la elocuencia no es lo suyo. Pero en la torpeza del arranque reciente hay sinceridad. Desde hace tres años su gobierno perdió el libreto de sus reformas y ha estado a la deriva desde entonces. En su discurso de Lagos de Moreno escenificó ese ofuscamiento. Al apartarse de su parlamento, el Presidente dio tumbos. Así nos contó que una mujer le dio un beso y salió corriendo. Él, por supuesto, se comprometió con el desarrollo de la región. Al aventurarse en un discurso sin ensayo, el Presidente se mostró de cuerpo entero. Su indignación se dirigió espontáneamente a las víctimas del espionaje. El espionaje le parece un asunto trivial, la denuncia del espionaje, no. Por eso soltó que la ley debía aplicarse contra los difamadores, no contra los espías. Al Presidente no le parece grave la invasión de la privacidad. Todos padecemos el espionaje, dice. El Presidente hace bromas para advertir que él mismo ha sido espiado. Y que, por ello mismo, se cuida mucho. Se adelanta para afirmar que su gobierno no espía, aunque, por lo que dice, de hacerlo sería irrelevante porque nadie ha cambiado su vida por esas intervenciones.

Que la amenaza no fue tal, dicen los voceros presidenciales. Lo que parece incuestionable, además de creer que el espionaje es una nimiedad, es la ausencia de brújula.
 
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Reforma
Jesús Silva Herzog-Márquez
Ciudad de México
Lunes 26 de junio de 2017.


Jesús Silva-Herzog Márquez

"Si el presidente es honesto los gobernadores van a ser honestos. Los presidentes municipales. Y todo el pueblo...". Esa es la convicción de Andrés Manuel López Obrador. Así se lo planteó a Ciro Gómez Leyva en una entrevista reciente. Basta con que él llegue a la Presidencia para que la corrupción desaparezca. Ni siquiera hay que esperar 15 minutos. El efecto será instantáneo. El ejemplo impondrá su ley en todos los ámbitos de la administración pública, en todos los rincones del país. Los deshonestos vivirán una experiencia mística: al llegar la pureza a la Presidencia de México se darán cuenta que han vivido en el error y cuidarán los recursos públicos con escrúpulo impecable. La redención moral saldrá, por supuesto, de las oficinas públicas para cubrir todos los rincones de la República. Andrés Manuel López Obrador nos trasmite también esa nueva: cuando llegue a la Presidencia no habrá robos en México. Así: "Nadie va a robar (...) porque nadie tendrá necesidad de robar".

La lucha contra la corrupción es, sin duda, una de las principales banderas de López Obrador. Si su discurso es persuasivo es, precisamente, porque proyecta una imagen de austeridad que contrasta con la ofensiva ostentación del resto de la clase política. Lo que llama la atención es la ausencia de propuestas concretas para combatir un problema tan complejo. No hay aparición pública en la que López Obrador olvide la perversión moral de la política. Pero, al aludir a esta crisis pone de manifiesto su desprecio a todo esfuerzo institucional por combatir la corrupción; revela su desinterés por las experiencias de fuera y exhibe su ignorancia de las normas vigentes. En el intenso debate sobre el Sistema Nacional Anticorrupción López Obrador calló. No dijo nada porque no cree que las reglas, los procedimientos o las instituciones cuenten. De la rica experiencia internacional que forma un abanico de opciones para combatir la corrupción, no parece haberse enterado el tabasqueño. Y el hombre que ha dedicado buena parte de su vida política a denunciar una corrupción que se fomenta desde la Presidencia de la República desconoce las reglas de su régimen. López Obrador no está al tanto de las disposiciones que regulan la protección constitucional del Presidente ni le interesa conocerlas.

Las instituciones no son, ya nos lo ha advertido, nuestras. Son de ellos y las usan en nuestra contra. Pero, más allá de la parcialidad institucional (que no es, por supuesto, invento lopezobradorista) lo que parece notable es la convicción de su irrelevancia. No se advierte en el dirigente ningún bosquejo de reordenación institucional para cerrarle el paso a los abusos. Su victoria basta. El fundador de Morena no exagera al advertir la complicidad de los partidos que se han alternado en el poder desde hace un par de décadas. Tampoco es infundada su crítica a las instituciones dedicadas a prevenir y combatir la corrupción. Lo que llama la atención es que lo que López Obrador propone para combatir la corrupción es incienso de López Obrador. Don Andrés Manuel está convencido de que respirar su prédica limpiará el aire de México, que acompasar el ritmo de nuestros pulmones a la cadencia de su discurso depurará el espíritu de la República. La corrupción no terminará en un clic. Terminará con un Ooom.

La fe que López Obrador tiene en López Obrador explica su tenacidad, su resistencia, su hermetismo, su coherencia, su sectarismo. Su intransigencia (y la activa colaboración de sus adversarios) lo mantiene políticamente vivo y con buenas probabilidades de conseguir la Presidencia. El personaje es predecible y confiable para sus seguidores porque sigue el mismo dictado. La terquedad puede bloquear su crecimiento pero anima a sus leales. Si repite mil veces la misma frase es porque se acerca al mundo a partir de un breve paquete de fórmulas. El universo conspiratorio que habita le permite caminar con plena inocencia: él ha padecido mil injusticias pero no se ha equivocado una sola vez. Por eso no tiene necesidad de reinventarse ni de examinar el sentido de sus decisiones previas. Como buen sectario está dispuesto a subordinar el cálculo estratégico a la fidelidad. Sería inmoral negociar. Quien se me resiste es un traidor; quien se entrega a mí es un patriota. Sólo la pleitesía al bendito dignifica.

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Proceso
Ciudad de México
Lunes 19 de junio de 2017.

Jesús Silva-Herzog Márquez

"Hay cadáveres en las calles. Explota una granada en alguna parte. Un niño muere durante una persecución de militares tras unos halcones. Hay matones detenidos y armas decomisadas, olor a carne quemada, a cabellos muertos. La ciudad es como un panteón de almas en pena, una Llorona multiplicada que en realidad no tiene lágrimas porque las desparrama hacia dentro y nadie debe saberlo, porque sobrevivir es rendirse y acostumbrarse al imperio de los cañones de fusiles automáticos; esa sangre esa agua salada, las cavidades acuosas, la muerte, el grito de dolor podrido, no sale en los periódicos: en sus páginas se publica el silencio, acaso un accidente, el alza en los precios de los productos y algún discurso del gobernador". Javier Valdez Cárdenas, autor de este párrafo no se rindió y, como anticipaba ahí, no sobrevivió.

La tragedia mexicana ha arrasado la información, en particular la prensa local. La desolación de ese periodismo es símbolo de la devastación nacional. No tienen los periodistas, por supuesto, privilegio en el dolor. Si me detengo en la amenaza al periodismo es porque en su trabajo están nuestros ojos, nuestro entendimiento. Los periodistas son -lo digo sin solemnidad alguna- los cuidadores de la verdad. Sin prensa vivimos a oscuras y sin palabras: mudos y ciegos. La redacción de un periódico es, un poco, el símbolo de nuestra selva inhabitable. Acosado por criminales y políticos (la frontera entre unos y otros es falsa a su juicio), tentado y golpeado permanentemente por la corrupción, infiltrado por espías que delatan e intimidan desde dentro, incomprendido, abandonado a su suerte el diario local es México. No es solamente el periodista quien es obligado a callar, a "ponerse una venda en los ojos y un trapo pestilente en la boca". Al retratar el miedo y la amenaza, la valentía y la traición, el desamparo y la terquedad de los reporteros de la guerra, Valdez pintó nuestro terrible presente.

Decía el periodista John Gibler en una entrevista reciente publicada por El País: "En México es infinitamente más peligroso investigar un asesinato que cometerlo". ¿Alguien se atrevería a desmentirlo? Los criminales tienen el resguardo de la impunidad. A Javier Valdez lo mataron a pleno sol, lo dejaron a la mitad de la calle. Después de disparar doce tiros, los sicarios dejaron el lugar. No puede decirse que hayan huido porque no parece que tuvieran prisa, porque no necesitaron esconderse, porque saben que están a salvo. No hay imágenes de los criminales. En el centro de Culiacán, una de las ciudades más sangrientas del país las cámaras de vigilancia no funcionan. Más del 90% de ellas son inservibles. El gobierno no les ha dado mantenimiento. Matar tranquilamente, escribir con miedo.

Mandan ellos, escribió Valdez. El silencio gana. Al recibir el Premio Internacional a la Libertad de Prensa que otorga el Comité para la Protección de los Periodistas, Javier Valdez habló de la soledad del periodista mexicano. No era la soledad natural del oficio, el refugio firme de quien debe mantenerse distante de los poderes. Hablaba de una soledad "macabra". Era un abandono o, más bien, un desamparo. No tiene eco en la sociedad lo que escribimos, arriesgando la vida. Queda en la página de un diario local, en el reportaje que leen un manojo de personas, en la imagen que se pierde en la tediosa pornografía de la sangre diaria. El desinterés, el hartazgo, la ansiedad social se han vuelto cómplices de la violencia. A cambiar de tema y a cerrar los ojos. Nuestro arrojo, por ello, cae en el vacío, volviéndonos aún más vulnerables. Valdez sabía que la indiferencia abarata la cacería.

La palabra que se abre paso entre las bocas cerradas, el reportaje que se publica entre tantos otros que quedan sin publicar, la imagen que muestra los horrores nace de la admirable insensatez del héroe. Nadie tiene obligación de serlo. Una sociedad que necesita héroes es una sociedad enferma. Una nación saludable no le pide a nadie poner su vida en la cuerda, no llama al sacrificio de ninguno. Pero eso exige un país moribundo: la monstruosidad del heroísmo.

¿Es esto un país?

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Reforma
Jesús Silva-Herzog Márquez
Ciudad de México
Martes 23 de mayo de 2017.


Jesús Silva-Herzog Márquez

En el gobierno de las leyes se sintetiza la aspiración liberal. El poder sometido a reglas claras; la arbitrariedad arrinconada. Domar la política para volverla confiable. Si a ese ideal se agrega la exigencia democrática, las instituciones han de ganar legitimidad por el voto, activarse en la competencia, fundar su racionalidad en el interés público. Si hablamos de los fracasos de nuestro proyecto democrático habría que registrar el incumplimiento de estas promesas. Imperan los caprichos y el abuso; los contrapesos abdican de su responsabilidad, se argumenta lo aberrante.

Unas cuantas estampas de nuestra vida institucional muestran ese empeño por pervertir la mecánica de la legitimidad. Pienso en primer lugar en la esfera judicial, dominio crucial de la ciudadanía democrática. Es ciudadano quien es reconocido como miembro de la república, quien ejerce en todo ámbito sus derechos y es reconocido por el Estado un agente del interés común. Sus derechos no se muestran solamente cuando se cuenta el voto. Han de vivirse cotidianamente y se ponen a prueba cuando acude ante un juez. Si el sufragio le entrega el poder a la mayoría, es en el proceso judicial que se da poder a cada quien. No hay sentencia incuestionable. Por su propia naturaleza, toda acción judicial deja a alguien descontento. Hay ganadores y perdedores pero en el argumento se afinca la razonabilidad del Estado. En la regla y la razón se escuda el dictado del poder judicial. No es la toga lo que hace al juez: solo el argumento legal justifica su orden.

Una sentencia judicial no afecta solo a quien forma parte de un juicio. Todo proceso judicial es una lección pública: una advertencia o una recomendación, una ofensa o un alivio. No recuerdo sentencia más abominable que la que se dictó recientemente en relación al abuso sexual de una menor en Veracruz. Un juez reconoce que una muchacha es violentada, que es manoseada y penetrada sin su consentimiento pero considera que el acto no conforma el delito de pederastia porque el agresor no tenía intenciones sexuales. Frotamiento incidental, lo llama, como si el desvestir a una mujer en contra de su voluntad y burlarse de ella mientras se le invade con los dedos fuera tropezar con alguien a la entrada del Metro. El argumento sugiere que, sin "intención lasciva", no hay abuso sexual, que la experiencia de quien ha sufrido el atropello es irrelevante porque lo que cuenta es el deseo del criminal.

La aberración judicial toca una falla democrática: el principio cardinal de la igualdad es violado sistemáticamente; las instituciones de la imparcialidad son fácilmente capturadas y puestas al servicio de quien puede comprarlas.

Los órganos de la imparcialidad son tan importantes en democracia como los mecanismos de la representación. Estos últimos dan cauce al conflicto, aquellos cuidan la plataforma común: el imperio de la ley, el apartamiento que deben guardar las instituciones técnicas de las ambiciones políticas, la confiabilidad de los poderes neutros. Hay motivos de preocupación en esta órbita. La coalición que ejerce el poder desde hace más de dos décadas grita con pánico que el populismo destrozará las instituciones pero las maltrata impunemente. Para ocupar un asiento en el órgano que presenta las radiografías de nuestra condición, la Presidencia postula a un candidato que no cumple los requisitos de ley y exagera (por no decir que miente) al describir su trayectoria profesional. ¿Maquillaría un censo quien maquilla su hoja de vida? La pregunta es, sin duda, pertinente pero quien la hace recibe amenazas del gobierno y sus aliados. Así lo dice abiertamente el vocero del Partido Verde: investiguemos a quien cuestiona, usemos el poder del Estado para intimidar a los críticos.

Se pierde el recato institucional cuando los nuevos integrantes del órgano electoral se presentan públicamente como cartas de partido. Uno para cada quien. Uno representante del PRI, otro del PAN y otro, para los fantasmas del PRD. Y no es que uno imagine al consejero inmaculado pero es necesario defender un consejo que escape de las transacciones de la representación política. Quienes denuncian el coco del populismo deberían tomarse la vida institucional un poquito más en serio.
 
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Reforma
Jesús Silva-Herzog Márquez
Ciudad de México
Lunes 3 de abril de 2017.


Jesús Silva-Herzog Márquez

El populismo es un maniqueísmo intimidatorio. El mundo partido a la mitad. De un lado el bien y, del otro, el abismo. Si no estás conmigo eres un traidor, el antipueblo, la mafia. Si cruzas el río y llegas hasta aquí, se olvidarán de inmediato todos tus pecados. Si permaneces de aquel lado, te pudrirás en el infierno. El populismo seduce por su promesa pero también extorsiona. Entrégate de inmediato o sufre las consecuencias de tu bajeza. Puedes limpiar tu pasado si te incorporas al polo patriótico. Si resistes a la historia, serás aplastado por ella. La coyuntura queda definida en términos dramáticos para exigir a cada uno que se inscriba en un bando u otro. No hay lugar para la vacilación. No hay sitio para la duda. Aquí o allá; estás conmigo o contra el Pueblo.

En esa disyuntiva radical habita el corazón del populismo. No se trata de impulsar una serie de reformas, no se buscan enmiendas bienhechoras: se trata de conquistar el poder negado; de recuperar lo que en mala hora se perdió. Somos nosotros contra ellos. El pueblo contra los de arriba; la nación contra los de fuera. La disyuntiva implica la negación absoluta del otro. Nada de lo que ellos representan es valioso para el país: ni sus instituciones, ni sus argumentos, ni sus leyes, ni sus procedimientos, ni sus derechos. Hay que borrarlos para instaurar un gobierno que sea, auténticamente, nuestro. De las élites no hay nada que merezca cuidado. Debe reconocerse que el dramatismo de este cuento contagia: el antipopulismo es remedo de su enemigo. Pronto llega a la convicción de que no hay nada en la crítica que tenga sentido. Ninguna propuesta suya merece respeto. Los populistas son demagogos, manipuladores, irresponsables. No hay que prestar atención a lo que dicen, no hay que atender las razones que los hacen persuasivos. Y si el populismo ofrece una purificación que nunca termina de precisar, el antipopulismo promete la perseverancia que algún día fructificará.

El primer triunfo del populismo es la formación de un enemigo tan pedestre que se dedica a arremedar su simpleza y se empeña en cerrar los ojos ante sus propias fallas. En el momento en que la política se vive de acuerdo a un libreto que niega la posibilidad del entendimiento, cuando los protagonistas rechazan cualquier negociación, cuando se satanizan recíprocamente los extremos, el populismo ha triunfado. El antipopulismo que empieza a escucharse en México es, en realidad, un trofeo del populismo. El remedo es francamente grotesco: estás conmigo o con la demagogia. Eres responsable o un aventurero que llevará al país a la desgracia. Quieres el futuro o sueñas con regresar al pasado. Idéntica simplificación de nuestra circunstancia. Idéntica ceguera, idéntico llamado a la exclusión. El antipopulismo es el pez que ha mordido el anzuelo. En su perorata contra Satanás se ha tragado el libreto del blanco contra el negro. Con el mismo maniqueísmo que quiere combatir grita que el otro es la perdición y que no hay más opción que la propia.

El populismo debe ser oportunidad para pinchar el globo de la arrogancia liberal y recuperar la prudencia del escepticismo que es el principio vital del liberalismo. Difícilmente puede encararse el reto de nuestros días si se sigue haciendo desde el absurdo de un triunfalismo histórico. Tener la verdad, poseer la razón, haber entendido todas las lecciones de la historia. De esa soberbia vienen las voces que desprecian la indignación y el miedo de nuestros días. De ahí vienen las denuncias de la irracionalidad e ignorancia de las mayorías que no saben, como los expertos, lo que en verdad les conviene.

Los banqueros mexicanos han querido definir la disyuntiva de nuestro tiempo como la oposición entre el liberalismo y el populismo. Sirve a sus propósitos el identificar populismo con demagogia e ineptitud. Nos engañamos si no nos damos cuenta que es espejo de las democracias fallidas, síntoma de un fracaso inocultable. Puede enfocarse la polémica de nuestros días, en efecto, como un contraste entre los procedimientos y derechos liberales y los arranques populistas. También puede verse como un contraste entre la energía democrática y la sordera liberal.

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Reforma
Jesús Silva-Herzog Márquez
Ciudad de México
Lunes 27 de marzo de 2017.


Jesús Silva-Herzog Márquez

Coincido en la advertencia: el populismo es una amenaza seria a la democracia liberal. Se vista con traje de izquierda o de derecha, pone en riesgo el pluralismo, la ley, el debate. Corroe los equilibrios institucionales, polariza y alimenta vanidades caudillescas. El populismo imprime una pasión en la arena pública que alienta inquisiciones. Puede imaginar que en su cruzada está defendiendo al pueblo contra los de arriba o a la nación contra los de fuera y esa fantasía sirve para aniquilar al enemigo. Sean las élites o los migrantes; las cúpulas del poder o los más débiles, los enemigos del Pueblo son vistos como sujetos sin derecho y sin razón. El contrario no solamente tiene malas ideas que hay que rebatir, es un tumor que hay que extirpar.

Pero, mal haríamos quienes creemos que debe cuidarse el régimen de la competencia tolerante, si pensamos que el desafío es una plaga que le viene de fuera. El populismo no es otra cosa que la expresión de una crisis profunda del pluralismo liberal. Una respuesta a la incapacidad de las democracias para cumplir mínimamente su promesa. El populismo puede ser igualitario o racista, estatista o privatizador. El contenido ideológico no es su nota definitoria. El cambio que provoca el populismo en la plaza de la política es esencialmente narrativo. Si la democracia liberal confía en los ámbitos de la neutralidad institucional, si cree en el carácter negociable de los intereses, si quiere conducir el cambio a través de la mejora parcial, el populismo enciende la política con dramatismo. La neutralidad es una farsa; el gradualismo es un engaño de los conservadores; el cambio necesita tocar la raíz. Frente al tedio liberal, la epopeya.

El reto del populismo debe llevarnos a la autocrítica y no a la guerra santa. No debe contestarse la demagogia populista con el autoengaño liberal. Si el cuento populista seduce y la receta populista atrae en los países más ricos y en los más pobres es porque su denuncia está cargada de sentido. El populismo es el síntoma de la severa enfermedad de las democracias contemporáneas. No es necesario abrazar la propuesta autoritaria de los populismos, no es necesario coincidir con la simpleza de su maniqueísmo para advertir el fundamento de su denuncia. ¿Podemos con honestidad negar la petrificación de los regímenes liberales? La gran ola inclusiva de la posguerra europea se ha revertido para generar nuevas exclusiones, al tiempo que se perpetúan las más antiguas. Las democracias realmente existentes han dejado de ser plataformas que permiten la realización (así sea parcial) de los intereses. Convertidas en rodillos de la frustración, las instituciones democráticas unifican a los grupos más diversos en el resentimiento al poder establecido.

Como el totalitarismo antes, el populismo le ofrece hoy a la democracia liberal un espejo para advertir sus fallas. Deberíamos asumir el fundamento de la crítica al liberalismo, así venga de la opción autoritaria. ¿Es falsa la denuncia de la parcialidad de nuestras instituciones? ¿Es demagogia la exhibición de las desigualdades? ¿Puede negarse la calcificación oligárquica, el poder político como un servicio de las élites a las élites?

La mayor ceguera del liberalismo democrático en las décadas recientes reside en su incapacidad para reconocer al otro enemigo: la tecnocracia. Furioso con los populistas, el liberalismo ha sido complaciente con los tecnócratas que niegan igualmente el fundamento de la pluralidad. Bien advierte Jan-Werner Müller, el lúcido crítico del populismo, la afinidad entre populistas y tecnócratas. El modelo del economista y la soflama del caudillo son, desde luego, lenguajes contrastantes. Pueden ser, sin embargo, dos cazuelas del hermetismo intelectual. Demagogos de la voluntad y dogmáticos de la técnica. Ambos cancelan la legitimidad del conflicto y, al hacerlo, suspenden la deliberación democrática. Para el populista, el otro es el enemigo del pueblo; para el tecnócrata el otro es el enemigo de la razón. Ambos se imaginan encarnaciones de lo incuestionable: el Pueblo y la Verdad. La soberbia tecnocrática debe ubicarse no solamente como el origen del populismo, también deberíamos verla como la cara opuesta de la misma moneda.

La salvación de la democracia liberal pasa no solamente por la derrota del autoritarismo populista sino también por la superación de la arrogancia tecnocrática. El liberalismo democrático tiene el deber de abrir los dos ojos.

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Reforma
Jesús Silva-Herzog Márquez
Ciudad de México
Lunes 6 de marzo de 2017.


Jesús Silva-Herzog Márquez

El contraste lo agigantará. La figura de Barack Obama crecerá como la de ningún político de nuestro tiempo. Lo notable es que no fue un Presidente particularmente exitoso. Su legado está lleno de claroscuros. Evitó, es cierto, una catástrofe económica. No se entendió con el Congreso. La reforma al sistema de salud, que fue su gran orgullo, está en riesgo. La mayoría republicana bien podría revertirla. Su agenda interna no caminó a ningún lado. No pudo conseguir la reforma migratoria que se propuso ni cambiar las demenciales reglas que rigen la compra y portación de armas. No fue capaz de construir una coalición para gobernar. Dejó a su partido en condición desastrosa. Tampoco puede decirse que haya sido eficaz en la conducción de su política internacional. Tuvo, es cierto, iniciativas audaces para rehacer las relaciones con Irán o con Cuba pero también tuvo errores costosísimos. Su cautela en política exterior puede ser criticada como indecisión, como una fuente de debilidad.

La tabla de eficacia del presidente Obama es, naturalmente, un combinado de aciertos y errores, éxitos y fracasos. Pero hay algo que escapa de esa contabilidad y es, precisamente ahí donde puede apreciarse la dimensión histórica de su figura. No me detengo en la enorme carga simbólica de su elección, aunque sea, por supuesto, relevante. La primera frase de su obituario subrayará que fue el primer presidente afroamericano de Estados Unidos. Pero, más allá de eso, Obama ejerció el poder de un modo excepcional; ejemplar, en muchos sentidos. El caso de Obama ilustra que el político no puede entenderse solamente como un productor de resultados. En la conducción de nuestros representantes buscamos siempre algo más: la personificación de ciertos valores. Ahí está, a mi juicio, la grandeza de Obama. No fue un mago de la eficacia, fue un admirable ejemplo del decoro en tiempos de cinismo.

No puede pasarse por alto que en ocho años no protagonizara ningún escándalo. Obama pudo haber generado mucha antipatía en amplios sectores de la opinión pública norteamericana pero nadie señaló excesos o atropellos en sus actos públicos o en su conducta personal. El poder no fue permiso para la trampa. En Obama podía advertirse ese respeto por la función de gobierno que entre nosotros parece tan escaso. Ninguna confusión del interés personal con la responsabilidad pública. Ningún engaño, ningún abuso. Ni él, ni nadie de su familia, ni nadie de su entorno inmediato usó el poder para beneficio personal. Estrecho parece, a fin de cuentas, el criterio weberiano de la ética política. Cierto: al hombre de Estado hay que evaluarlo por su sentido de la responsabilidad, esto es, por los efectos de su conducta. Pero también hay que evaluarlo por su sentido de probidad: por el ejemplo de su conducta.

El talento más visible de Obama fue la palabra. Su carrera se montó, desde muy temprano, en su elocuencia. El hombre de apellido exótico se hizo visible por su voz. Presentó así su vida como una parábola de la historia norteamericana, remontó la derrota con un canto a la esperanza, consoló el dolor con los himnos de los esclavos. En su palabra pueden encontrarse dos apuestas entrelazadas. Por una parte, la razón, la inteligencia de quien respeta el deber del argumento. Sin justificación racional que se defiende en público, la política es arbitrariedad, capricho. Escuchar a Obama era presenciar el sencillo espectáculo de un hombre que piensa y que trata a sus escuchas como personas que piensan. Pero su elocuencia no es racionalidad helada. Es conexión emocional, empatía. De la imaginación literaria aprendió que hay que ponerse siempre en la piel del otro. No es frecuente en las cumbres del poder ese rasgo de elemental humanidad.

Y bajo la calma de un Presidente imperturbable, se apreciaba otra fibra notable: un auténtico optimismo. No puede haber política sin confianza en la mejoría cercana o remota. Digo confianza para hablar de una persuasión auténtica y no del simple lugar común que se repite por inercia. Por eso el testamento de Obama como Presidente es tan esclarecedor de su visión del mundo. Al tiempo que advirtió de la fragilidad de la democracia y llamó al compromiso cívico, pidió confianza en el futuro. Su optimismo no parece ingenuidad sino la estrategia para no temer.
 
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Reforma
Jesús Silva-Herzog Márquez
Ciudad de México
Lunes 23 de enero de 2017.

Jesús Silva-Herzog Márquez

Sin imaginación la política se ahoga. Toda política exige ingenio, iniciativa, cierta audacia. No hay nada peor en el mundo del poder que la incapacidad para intuir posibilidades. La ruina proviene frecuentemente de un encierro mental: estar atado a lealtades inservibles, insistir en lo insostenible. El presidente mexicano encara el peor desafío de su administración con un cartucho quemado, con un político que no puede generar respaldos dentro del país ni respeto afuera de él.

Enrique Peña Nieto ha premiado con la Cancillería al hombre que planeó y organizó la funesta visita de Donald Trump. Pensará que, después de todo, no fue tan mala idea. Habrá llegado a la conclusión de que su asesor tuvo el atrevimiento de acercarse al candidato que terminó imponiéndose. Se habrá hecho a la idea de que, a pesar de su impopularidad, fue una decisión acertada. No me cabe la menor duda de que fue un gravísimo error de juicio. Una decisión costosísima para el Presidente y para México. Los resultados de las elecciones de noviembre no le dan la razón al hombre que puso al gobierno de México al servicio del candidato republicano. Por más que se vendiera como una apuesta por el diálogo, las condiciones del viaje fueron definidas por Trump; todo se puso a su servicio. No diría, por supuesto, que esa intervención fue definitiva. Trump no le debe la Presidencia a Peña Nieto. Pero el presidente mexicano le ayudó. Parece innegable que Enrique Peña Nieto apoyó involuntaria pero objetivamente al populista que tanto nos odia. La prensa internacional así lo registró. Los medios afines a Trump festejaron ese día como el gran momento de su campaña.

Que el presidente mexicano recurra al arquitecto del colaboracionismo para dirigir la política exterior de su gobierno es alarmante. Pinta el enclaustramiento de un gobernante que no puede ver afuera de su camarilla y que no tiene otra estrategia que la inacción. Su nombramiento no es objetable por la inexperiencia diplomática del político sino por razones de mucho mayor peso. Una razón ética, para empezar. El primer secretario de Hacienda de esta administración se benefició de su cercanía con el poder para obtener una ventaja patrimonial. No hay duda de ello y no hay razón para olvidarlo. Su regreso al primer círculo es recuerdo de los rigores éticos del presidente Peña Nieto. En segundo lugar, su retorno es la adhesión a un lastre. El nuevo canciller no refresca al gabinete, no le imprime nuevos bríos, no le aporta ideas. Por el contrario, lo atranca. El nombramiento es cuestionable, sobre todo, porque el nuevo canciller apuesta a la mansedumbre frente a Trump. Ya son muchos los signos de esa convicción. Débil en extremo fue el discurso que pronunció Peña Nieto frente a Trump. Con toda seguridad, el entonces secretario de Hacienda habrá delineado el mensaje: una tibia defensa de los intereses de México, un frío alegato a favor del libre comercio propio de una convención empresarial. No la posición firme de un jefe de Estado que aquilata a plenitud la dimensión geopolítica de la vecindad. De la mano de Videgaray, Peña Nieto expuso su tesis frente a la amenaza: pasividad y cobardía disfrazadas de diplomacia.

Esa parece ser la estrategia frente a Estados Unidos del nuevo secretario de Relaciones Exteriores. Ante la insistencia del presidente electo de que México pagará el muro fronterizo, la Cancillería se pronuncia por el silencio. No hacer nada y esperar que algún milagro domestique al patán. No decir nada, implorando que la razón ilumine al demagogo. Videgaray no llegó para aprender; llegó para callar. Donald Trump está a unos días de asumir la Presidencia de Estados Unidos y no ha llegado el día en que México defina públicamente y con claridad qué busca de la relación con el vecino, qué estaría dispuesto a negociar y cuáles son los límites de cualquier conversación.

Que la credencial de Videgaray para ocupar la Cancillería sea el puente que tiene con un pariente del futuro presidente norteamericano no habla de su capacidad, sino de los estilos mexiquenses de gobernar. Conocer al compadre del poderoso como el supremo recurso político. La pasividad que representa la Cancillería de Videgaray no es una imposición del realismo. Nuestra disyuntiva no es la indignidad o el escupitajo. Para eso sirve la diplomacia.
 
Reforma
Jesús Silva-Herzog Márquez
Ciudad de México
Lunes 9 de enero de 2017.

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El mundo es comprendido por el paradigma, es la forma por la cual es entendido el mundo, el hombre y por supuesto las realidades cercanas al conocimiento.

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