Jesús Silva-Herzog

Vicente Fox apoya ahora al candidato del PRI pero sirve, sin duda, a Andrés Manuel López Obrador. Que el expresidente insista en intervenir en el debate electoral es una gran contribución a la causa del tabasqueño. Cada uno de los insultos que dirige al candidato puntero, cada tontería mal escrita que suelta en tuiter, cada anticipo apocalíptico contribuye a la campaña del candidato de Morena. La casa de campaña de Morena debe celebrar cada participación del expresidente porque sus invectivas embonan a la perfección con el relato del lopezobradorismo. Un presidente panista que hoy apoya al PRI pero que, en cualquier momento, podría apoyar al Frente, se lanza obsesivamente contra el candidato de Morena. Fox condensa el prejuicio, el clasismo y la ignorancia. Por favor, no te calles, chachalaca, deben decir hoy los lopezobradoristas. Sigue hablando, sigue tuiteando, sigue soltando la lengua. Recuérdale al país quiénes son nuestros enemigos y qué dicen para enfrentarnos. Que te inviten a la tele, que te entrevisten en la radio, por favor. Habla con soltura y lánzate contra Lopitos y su "perrada", lánzate de nuevo contra sus huestes de "léperos." Así llama el expresidente al candidato puntero y así describe a sus seguidores: léperos.

El desafortunado retorno del guanajuatense podría servir para pensar en la carga del pasado inmediato. Esta elección no es solamente un juicio al gobierno de Peña Nieto sino, en buena medida, un juicio a la alternancia. Una elección que servirá para evaluar la política de los últimos 18 años y la economía de los últimos 30. Un voto sobre el desempeño de la democracia realmente existente y no solamente sobre el gobierno actual. Puede decirse que en el gobierno de Fox se incubó la inconformidad que hoy condensa en el movimiento lopezobradorista. Hace 18 años Vicente Fox ganó la Presidencia de la República y Andrés Manuel López Obrador ganó la Jefatura de Gobierno del Distrito Federal. Representantes de los dos costados de la nueva política, tenían el deber de entenderse. De cooperar el uno con el otro, de oponerse el uno al otro usando las reglas del juego democrático. Se declararon muy pronto la guerra y provocaron la mayor tensión política de la historia reciente del país.

Vicente Fox es el símbolo de la vieja transición. El hombre que llegó a la presidencia a través de la competencia electoral, rompiendo la tradición del poder heredado traicionó la democracia prolongando la vida del corporativismo, cerrando los ojos a los agravios del pasado, negociando la aplicación de la ley, despreciando el valor de las instituciones representativas. Si era deber del primer gobierno de la alternancia el prestigiar la democracia como un régimen de pluralismo eficaz y prudente, Vicente Fox fracasó rotundamente. Debía completar la legitimación de ese sistema de equilibrios, pero trabajó para su desprestigio. Al final de su gobierno se empeñó en bloquear, por todos los medios posibles, a su adversario. ¡Cuánta esperanza ahogada en el gobierno de Fox! ¡Qué oportunidad histórica tirada a la basura! Fox representa la ilusión y la decepción democrática; la ingenuidad que acompañó su nacimiento y el cinismo de su final. Creer primero que todo es posible gracias a la democracia para llegar a la conclusión después de que la democracia lo obstaculiza todo. La vieja transición se limitó a abrir el acceso al poder, pero no se planteó con seriedad su reorganización. Hace 18 años el panista ganó la presidencia de la república con un mandato claro. Nunca tuvo la menor idea de qué hacer con la encomienda. Se propuso derrotar al PRI, "sacarlo a patadas de Los Pinos". Su desgracia y, sobre todo la nuestra, fue que lo logró. Después de su triunfo no tuvo nada que ofrecerle al país.

López Obrador quiere ser el símbolo de una nueva y más profunda transición. Una que no solamente signifique mudanza de partidos sino un cambio en la manera en que se ejerce el poder. Una que no sea solamente una transición política sino, sobre todo, económica. Si el radicalismo de su denuncia seduce a grandes franjas del electorado es porque los encargados de cuidar las instituciones democráticas traicionaron la encomienda desde el primer minuto. Es por eso que la reaparición de Vicente Fox es uno de los regalos más preciados que pudo haber recibido el tabasqueño.

Reforma
Jesús Silva-Herzog Márquez
Ciudad de México
Lunes 9 de abril de 2018.


Durante el VIF 2018, distintos analistas concluyeron que el candidato de Morena aprendió de las elecciones anteriores y ha sabido mostrarse hoy como un político más mesurado.

El hartazgo de la sociedad contra el actual gobierno juega a favor de Andrés Manuel López Obrador y Ricardo Anaya, quienes al representar figuras que van en contra del sistema serían los protagonistas de la elección en puertas; no obstante, los papeles se invirtieron y ahora el candidato del PAN-PRD-MC es visto como una amenaza mayor para el sistema. Mientras que José Antonio Meade enfrenta un panorama complicado para darle al PRI otro sexenio al frente del país.

Ésta es la lectura que realizaron los analistas Jesús Silva-Herzog Márquez, Javier Tello, Carlos Puig y León Krauze, durante su participación en el Value Investing Forum 2018.

AMLO dejó de ser un personaje amenazante: Silva-Herzog

A diferencia de lo que sucedió en la elección presidencial del 2006, cuando la campaña de Andrés Manuel López Obrador era vista como la mayor amenaza para el sistema, en el actual proceso electoral la figura que luce hoy más amenazante para el régimen no es la del fundador del Movimiento de Regeneración Nacional (Morena), sino la de Ricardo Anaya, candidato de la coalición Por México al frente, advirtió Silva-Herzog Márquez.

De acuerdo con el analista político, el tabasqueño ha aprendido, tras las experiencias de 2006 y 2012, a disminuir el factor riesgo que pesaba sobre su persona y por el cual era señalado como un personaje que pudiera causar daño a México, algo que consiguió debido al cambio de discurso que tuvo hacia un enfoque más moderado.

En el mismo tono se expresó el académico Javier Tello, quien sostuvo que Andrés Manuel López Obrador está en una posición privilegiada en la elección debido a que el hartazgo que tiene la gente pone las cosas dentro de su territorio.

“Está elección se presenta como un punto de inflexión ya que la gente hoy está buscando cambios radicales, un tanto como lo que sucedió en el 2000, por eso quien pretenda ganarle a AMLO debe hacerlo bajo sus condiciones”, comenta Tello.

Anaya, con oportunidad; Meade, no

De acuerdo con los especialistas, el candidato que se presenta ahora mismo como el capaz de dar mayor batalla a AMLO es Anaya. Esto debido a que es un candidato con un rostro fresco, además de que en su conjunto los partidos que integran a su coalición gobiernan estados que aportan votos importantes, como Puebla o Veracruz.

Asimismo, el hecho que Anaya se haya enemistado con la propia Presidencia de la República, debido a las investigaciones que ha hecho en su contra la PGR, lo han colocado como un personaje que puede ser visto por la gente como antisistema, lo cual puede resultar positivo para el panista.

Finalmente, respecto al candidato del Partido Revolucionario Institucional (PRI), José Antonio Meade, los especialistas señalaron que, si bien la elección aún no está terminada, luce muy complicado que el exsecretario de Hacienda pueda levantarse.

“El PRI no tiene la más mínima posibilidad de ganar porque a lo que nos estamos enfrentando es a una elección de cambio, la gente está molesta con lo hecho por el partido que está al frente, y Meade representa la triple continuidad: la del mismo partido, la de Peña Nieto y la de régimen actual”, precisó Tello.

 Forbes
Alejandro Medina
Ciudad de México
Jueves 8 mazo 2018.


Jesús Silva-Herzog Márquez

Nuestro sistema de partidos nació en 1988. Está muriendo. Ya no existe ese arreglo que estructuraba la competencia a través de tres opciones ideológicamente distinguibles. Tres organizaciones con ambición presidencial que delineaban ofertas relativamente coherentes. En el centro estaba un partido ideológicamente amorfo y a sus flancos, un centroderecha y una centroizquierda. Sus emblemas eran señales que ayudaban a orientarnos. Podíamos anticipar la posición del PAN en materia internacional o económica; era conocida la actitud del PRI frente a los sindicatos; se podían prever las críticas del PRD al modelo económico. Brújulas para ubicarse en el caos de la política. El elector progresista tenía una opción, quien temía el riesgo, la suya.

Ese sistema de partidos ha quedado deshecho. Las tres opciones han dejado de ser mapa. Las coaliciones que tenemos en la mesa no son alternativas coherentes que puedan, el día de mañana, estructurar el diálogo en el Congreso y entre los poderes. Habrá quien celebre, por supuesto, la muerte del sistema partidista. Bien merecida extinción, dirán. Pocas cosas tan desprestigiadas como ese arreglo. Entiendo la antipatía, pero no puedo unirme al festejo porque lo que lo ha sustituido no es anticipo de un acomodo estable y productivo que ofrezca norte y eficacia al pluralismo, que permita la aplicación de castigos y que facilite la representación de nuestra diversidad. Si algo puede proteger los contrapesos es precisamente un régimen institucionalizado de partidos. Su disolución no es buen vaticinio.

El primer ingrediente del deceso es la crisis histórica del PRI. Todo indica que el partido del gobierno se perfila al peor desastre electoral de su vida. La opción de la continuidad parece indefendible. Las encuestas empiezan a perfilar con claridad la elección como una batalla por el tipo de cambio y dejan fuera la alternativa de la reelección. Pero la debacle que se respira va más allá de la contienda presidencial. La gran alarma para el PRI está en las regiones. Fue ahí donde se mantuvo la hegemonía priista a pesar de la derrota presidencial y es ahí donde puede ser borrado en los próximos meses. Los priistas no pueden ser optimistas prácticamente en ninguna contienda estatal. La sacudida política que viene puede ser, por ello, la más profunda en la historia del PRI.

La conformación del Frente altera sin duda los referentes tradicionales. Que PAN y PRD caminen juntos rompe las coordenadas habituales. El Frente da respiración artificial a un partido prácticamente irrelevante que arregla sus diferencias a golpes; rompe la tradición institucional del PAN y destruye su identidad. Independientemente de la suerte del candidato presidencial, la alianza ha causado un daño profundísimo al partido del centro derecha. Aquello que constituía su gran orgullo terminó en el bote de basura. Nada queda de ese partido abierto al debate, celoso de sus procedimientos y apegado a sus reglas. La candidatura de Ricardo Anaya ha sido terriblemente costosa para Acción Nacional. Así lo advierten los estudios de opinión. El abuso ha roto la cohesión de ese partido. La salida de Margarita Zavala y de tantos otros líderes y personajes del PAN no son asuntos triviales: amenazan la candidatura de Anaya y la viabilidad misma del partido. Morena ha renunciado a los contornos. Morena ya no es un partido de izquierda sino una cazuela que quiere recogerlo todo. El único punto de unión, por supuesto, López Obrador. Si vemos sus candidaturas, ¿qué partido es? Como una nueva versión del PRI, Morena les ha abierto la puerta a todos. Ahí están los líderes del sindicalismo más corrupto y los panistas más conservadores. Ahí están los evangélicos y los jacobinos. Ahí podrán encontrarse admiradores de Kim Jung Un con los aduladores de Enrique Peña Nieto. ¿Alguien puede negar que los extremos a los que ha llegado este pragmatismo son inquietantes? ¿Alguien niega la afrenta que estas candidaturas significan para los defensores de una opción de izquierda?

Habrá que empezar a pensar el país después de julio. Sospecho que tendremos partidos más débiles, más incoherentes... y tan sucios como los de ahora.

Reforma
Jesús Silva-Herzog Márquez
Ciudad de México
Lunes 19 de febrero de 2018.


Jesús Silva-Herzog Márquez


Aprecio que Andrés Manuel López Obrador haya ofrecido disculpas por los comentarios que hizo recientemente. Es un gesto poco frecuente y, en lo que me toca, lo agradezco. Al mismo tiempo, confieso que me parece un tanto desconcertante porque no siento que me haya ofendido por la calificación de mis ideas ni por el juicio que emitió sobre mis posiciones públicas o mi condición fifí. No encuentro en ninguna de esas lanzas, razón para la ofensa. El desacuerdo no es intolerancia. No es intolerante repudiar las aberrantes expresiones racistas y misóginas del presidente del PRI. El vocabulario trumpiano de Enrique Ochoa es inaceptable y es rasgo de salud que haya despertado una condena generalizada. Tampoco creo que haga daño el aderezo de la burla. La polémica es rasposa y bien nos caería aceptar pimienta en las controversias. Debo agregar que, en el México de la barbarie, es una frivolidad decir que la crítica a un crítico ponga en peligro la libertad. Lo que amenaza la libertad de expresión en México son las balas, no los tuits.

La reacción de López Obrador es otra cosa: el autorretrato de un caudillo que imagina en toda discrepancia una conspiración; una buena muestra de su convicción de que el cuestionamiento anida en la perversión moral de esos críticos que están al servicio de la mafia del poder. Solamente secuaces de los mafiosos podrían dudar de su proyecto. López Obrador sigue convencido de ser la encarnación del bien. En eso no parece haber cambiado. Si los relojes han de ajustar sus manecillas con el reloj de Greenwich, nuestra brújula moral ha de sintonizar con el proverbial dedito de López Obrador. En su juicio está la fuente del bien y ahí radica igualmente la condena. Vale decir que es un dedo caprichoso. Lejos de ser un fierro en la piedra, su juicio moral se acomoda al viento. Hace unos meses, Andrés Manuel López Obrador describía al Partido Encuentro Social como un órgano al servicio del régimen. Advertía que era moralmente inaceptable una alianza con ese partido. Lo decía enfáticamente: "Por congruencia, es mi punto de vista, no podemos marchar junto con esos partidos, me refiero, para ser preciso al PRI, PAN, PRD, Verde, Movimiento Ciudadano, Encuentro Social y Nueva Alianza". Encuentro Social formaba parte de la mafia. Remataba así: "el fin no justifica los medios. No es ganar a toda costa, sin escrúpulos morales de ninguna índole. Vamos a triunfar en 2018 anclados en nuestros principios. Sin caer en la promiscuidad política".

Se conoce el desenlace. Poco tiempo después, López Obrador abrazaba al PES para constituir una alianza que describió como un "acuerdo espiritual". ¿Es una insolencia hablar del oportunismo de un candidato que vira de este modo? ¿Es una crítica infundada? La decisión, por supuesto, podría defenderse en términos estratégicos pero habría que hacerse cargo de los costos. Pedro Salmerón ha ofrecido paralelos históricos en defensa del acuerdo. Gibrán Ramírez Reyes ha evocado a Maquiavelo para justificar una alianza que reconoce pragmática. Ninguno de ellos se atrevería a decir que se trata de un pacto espiritual para el bienestar del alma, como declaró el candidato de Morena. Ahí está el núcleo de mi cuestionamiento. Desde su soberbia moral, López Obrador no puede reconocer las implicaciones políticas y éticas de su decisión. No se puede entrar al mercado aferrándose al púlpito. Quien ha ungido a Cuauhtémoc Blanco no puede pretender ser nuestro Mahatma Gandhi. No se puede pactar con los extremos del antiliberalismo en México y seguir diciendo que uno es un liberal puro e intransigente. No se puede promover inocentemente a los enemigos del Estado laico.

Habrá siempre una controversia sobre el sentido y pertinencia del liberalismo. Tal vez sea más claro el cuerpo de su contrario. Antiliberales son quienes rechazan la diversidad ética, convencidos de que la propia es la única perspectiva moral del mundo. Antiliberales son los enemigos del Estado laico y los admiradores del totalitarismo. Antiliberales son los dogmáticos que creen haber desentrañado el libreto de la historia y la mecánica de la sociedad. Antiliberales son quienes creen escuchar y trasmitir la Voz Irrefutable, sea la de un dios, una clase o el Pueblo. Antiliberales son quienes creen que los derechos dependen de los votos. Antiliberal, quien cree que la discrepancia es un vicio moral.

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Reforma
Jesús Silva-Herzog Márquez
Ciudad de México
Lunes 12 de febrero de 2018.


Jesús Silva-Herzog Márquez

El pleito del gobierno de Chihuahua y el gobierno federal importa hoy, sobre todo, porque es el golpe más certero que se le ha dado a la autoridad tecnocrática. Es cierto que la controversia se describe explícitamente como una batalla contra la corrupción. Lo es y ese es un mérito innegable de la denuncia del gobernador Corral. También es valiosa su denuncia del estropicio federal. Los gobiernos locales siguen dependiendo de los caprichos del centro. El gobierno federal puede abrir o cerrar la llave de los recursos sin rendirle cuentas a nadie. Pero tengo la impresión de que la importancia de este conflicto va más allá de esas dos órbitas. Se trata de una estocada a la pretendida superioridad de los técnicos. La configuración de la contienda electoral hace explosiva esta exhibición. El traje de sabiduría y de imparcialidad de los técnicos es invisible. Los tecnócratas caminan en cueros.

La autoridad de los técnicos se fundamenta en una supuesta superioridad racional. Siguen las órdenes de la ciencia sin imprimir en sus decisiones el sello de la voluntad. Se presentan ante nosotros como siervos de una técnica. No lo quiero yo, lo ordena la ciencia. Los expertos que saben reclaman para sí el poder de decisión porque entienden todo lo que nosotros ignoramos. Con diplomas visten su autoridad. Se disfrazan con palabras esmeradamente incomprensibles. Su fantasía es vivir en una cápsula que los mantenga a salvo de las malignas presiones políticas. De ahí la hostilidad que todo tecnócrata siente por la democracia. El conflicto es infundado: no hay más que aceptar el dictado frío de la razón económica. Los votos han de servir, si acaso, para poner y quitar gobiernos pero nunca para definir políticas. Las movilizaciones, los gritos de protestas, las exigencias colectivas son para el técnico expresiones de una furia que ha de ser contenida por una estricta racionalidad.

Quienes carecen de esas luces son incapaces de aquilatar las consecuencias de sus deseos. Hemos vivido durante décadas ese paternalismo de los expertos que se basa, no solamente en un supuesto monopolio de la inteligencia sino también en una pretendida imparcialidad. Si los tecnócratas exigen el acatamiento de su dictado no es solamente porque se presentan como expertos, sino sobre todo, porque se ostentan como agentes de neutralidad. Se han convencido de que la ideología es ajena a su oficio. Que no hay prejuicios que nublen su comprensión del mundo. No hay ciencia de derecha ni de izquierda, dicen. Hay ciencia y hay farsa. Y la ciencia es, naturalmente, la suya. Por ello nos quieren convencer que sus decisiones son asépticas, que no hay en ella mancha alguna de politiquería.

Esa es la neutralidad que ha reventado en Chihuahua. Se trata, ni más ni menos, que de la carta de legitimidad del grupo político que pretende reelección. Ese título de autoridad ha estallado con las denuncias del gobernador Corral. Más allá de las complejidades del caso, más allá de las estridencias, histrionismos y torpezas de la polémica, hay cosas que parecen innegables: la inaceptable discrecionalidad en el uso de los recursos federales, el empleo arbitrario de los fondos públicos, su utilización para premiar aliados y castigar adversarios. Leonardo Núñez González se ha dedicado a mostrar cómo el gobierno hace lo que le da la gana con nuestro dinero. ¿Y dónde quedó la bolita? (Aguilar, 2017) es el libro que contiene la radiografía de la simulación presupuestaria. La lectura del libro es francamente inquietante y se ha vuelto hoy más urgente que nunca. El pluralismo político, lejos de alentar una estricta vigilancia de los recursos públicos e imprimir racionalidad a su distribución, ha estimulado una simulación grotesca. Tras el disfraz de la imparcialidad de los técnicos apenas se esconde el uso político de los recursos públicos. Ofrezco solamente un par de números. En el último año del gobernador Duarte, Chihuahua recibió 1,562 millones de pesos del llamado Ramo 23, cuya distribución no sigue regla alguna. Era, no es casual, año de elecciones. Un periodo después, ya sin gobernador priista el mismo estado recibió 62 millones de pesos. Absurdo pensar que hay una razón técnica detrás del castigo.

Los tecnócratas que pretendieron elevarse por encima de las parcialidades de la política son hoy otra cara de la politiquería.

 
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Reforma
Jesús Silva-Herzog Márquez
Ciudad de México
Lunes 22 de enero de 2018.

Jesús Silva-Herzog

No tenemos derecho a sorprendernos con Andrés Manuel López Obrador. El político más visto es tan tenaz como predecible. Sea cual sea la ocasión, sea cual sea el auditorio repetirá las cuatro o cinco frases que pronuncia con la convicción de estar descubriendo una hondísima verdad que sólo a él le ha sido comunicada. Reaccionará con la misma intolerancia si alguien osa hacerle una pregunta incómoda. Hablará de la autoridad moral y de la mafia del poder; del cambio verdadero y de las maravillas que producirá su ejemplo cuando él pueda sentarse, finalmente, en la silla presidencial. Verlo ahora flanqueado por la ultraizquierda y la ultraderecha es la perfecta representación de su coherencia. Sí: López Obrador es coherente al presentar como sus aliados a los partidos más antagónicos de nuestro escenario porque está convencido de que en él (y sólo él) encarna una virtud que todo lo concilia.

Para el antiguo priista no importa que a un lado suyo esté un admirador de la dictadura norcoreana y del otro lado tenga a quienes pretenden aniquilar al Estado laico. Si respaldan a López Obrador son, ya, apóstoles de la regeneración. Las ideologías son irrelevantes; los programas partidistas no cuentan. Lo que en verdad importa para el fundador de MORENA es la fuente de la política. Si una iniciativa viene del limpio manantial de López Obrador será una propuesta digna, íntegra y ejemplar. Pero si viene de otro lado-de cualquier lado que no sea él mismo, será una iniciativa sucia, indecente, perversa. Podríamos hablar de propuesta idénticas para subrayar el contraste de perspectivas. La calca de una propuesta es, no lo mismo sino lo opuesto, si la defiende el adversario. Si lo propongo yo es patriotismo; si lo pides tú es traición.

No debe ser sencillo imaginarse como el faro de la moral nacional. La gran ventaja de verse en ese espejo es que permite cualquier incoherencia. Lo bueno existe en función de la lealtad al caudillo. Y si el caudillo cambia de parecer, la brújula moral lo sigue fielmente. Es la cercanía a López Obrador lo que valida o condena. Quien no se suma a su causa es cómplice de la mafia del poder. Si la candidata indígena no le jura lealtad y se incorpora a su campaña no hace más que hacerle juego a los mafiosos. Y si un mafioso lo respalda, ha vuelto a nacer. Lo ha dicho abiertamente y de muchas maneras. Lo ha demostrado también en repetidas ocasiones. Cuando un político llega a la costa de MORENA es inmediatamente absuelto de todos sus pecados. Criticar su pasado es servir al sistema. Todos los días conocemos un nuevo caso: el tesorero, el administrador, el representante de un gobernador preso o en fuga, es recibido en MORENA como un demócrata sin pecado concebido. Ahí está el origen de su mesianismo: quien me siga será purificado. López Obrador, en realidad, no se considera el guía sino el camino.

Desde sus inicios, el político tabasqueño ha hecho causa en la lucha contra la corrupción. Si hoy tiene buenas probabilidades de ganar la presidencia es precisamente porque ha sido un crítico tenaz de la ostentación y de las pillerías de la clase política y porque, en lo personal, se ha mantenido al margen de los escándalos que han ensuciado a tantos. Y sin embargo, valdría advertir que a López Obrador le irrita mucho la corrupción de sus adversarios pero le tiene sin cuidado la corrupción de sus aliados. Si hay indicios de fraude en sus filas, saltará de inmediato a advertir que las pesquisas son una agresión de la mafia del poder. Intensa pero selectiva es la indignación moral de López Obrador.

Quienes se sorprenden de la alianza de MORENA con el PES es porque optaron por desoír el rancio conservadurismo de un político que sugiere poner a voto la vigencia universal de los derechos. Quien se dice juarista ha hecho pacto con quienes explícitamente buscan tirar a la basura la herencia liberal. A su lado busca el "bienestar del alma", declaró López Obrador para justificar lo injustificable. Puede ser muy irritante el pacto de MORENA con la ultraderecha del PES pero la alianza con el PT es igualmente repulsiva. Lo digo no solamente por su demencial defensa de la peor tiranía del planeta, sino también por sus demostrables corruptelas. Si hay pragmatismo en ese pacto que sirva por lo menos para abandonar la cantaleta de la autoridad moral.

Eso sí: la coherencia del político no está en duda. Quien encarna la moral pública sólo puede ser cuestionado por los inmorales.

Reforma
Jesús Silva-Herzog M.
Ciudad de México
Lunes 18 de diciembre de 2017.


Jesús Silva-Herzog
   
Habrá Frente. Confieso que no creí que el esfuerzo culminaría en una candidatura común. Creí que, después de los desplegados de feliz coincidencia, la alianza terminaría rompiéndose. Se impuso la astucia y la ambición del expresidente del PAN, dispuesto a aniquilar a su partido para quedarse con una candidatura presidencial.

Es de lamentar la desaparición de Acción Nacional del escenario electoral. Si Anaya no ha matado definitivamente al partido que lo hizo su dirigente, ha anulado por esta temporada electoral a una de las instituciones democráticas más longevas y más importantes en la vida de la república. La crisis de Acción Nacional es más profunda que la de 1976, cuando decidió no postular a un candidato presidencial. Aquella decisión fue, finalmente, producto de un intenso y complejo debate público. La decisión-desde luego, polémica-era congruente con su historia y era fiel a sus valores. Significaba la denuncia de un régimen al que no se pretendía legitimar con la falsedad de la competencia. Quienes creían que participar en las elecciones era hacerle el juego al régimen expusieron públicamente sus razones y se enfrentaron a quienes defendían con terquedad la participación. La discusión se verificó públicamente y el partido tomó la decisión de abstenerse. La decisión de un partido democrático. Hoy los panistas han visto, por primera vez en su vida, la autoproclamación de su candidato a la presidencia. El dirigente de Acción Nacional se hizo del control absoluto de la estructura. Supo aprovechar los resentimientos que ahí había generado la camarilla de Felipe Calderón y canceló cualquier posibilidad de debate interno. Apoyado en sus aliados externos, suspendió los derechos de los militantes, proscribió la competencia interna, arrinconó a los adversarios, se hizo a sí mismo, candidato. Acción Nacional sucumbió a una dictadura. Eso fue la administración de Anaya: un régimen de excepción que concentró todo el poder en una persona negando los derechos ordinarios de los militantes panistas.

Anaya y sus promotores se llenan la boca con la palabra democracia, pero no se atreven a practicarla. Nunca estuvieron dispuestos a correr el riesgo de perder. Es decir, nunca creyeron en la vía democrática. ¿Alguien podría señalar una diferencia entre el destape de Meade y la autoproclamación de Anaya? ¿Hay alguna diferencia entre la apropiación que Anaya hizo del PAN y lo que hace el dueño de MORENA con su criatura? ¿Se atreverían los frentistas a denunciar la antidemocracia del PRI después del espectáculo de estas semanas en donde los caciques de los partidos se reparten posiciones exhibiendo el más grotesco patrimonialismo? Por fortuna han renunciado a la farsa de llamarse frente "ciudadano."

Lo que ha pasado en Acción Nacional es una desgracia histórica. No es solamente una desgracia para los panistas sino para el país. En ella tienen sin lugar a duda una cuota importante de responsabilidad los críticos del astuto y truculento dirigente que no estuvieron dispuestos a dar una pelea por su partido, por sus reglas, por sus ideas, por su tradición. Abandonaron con facilidad el barco y dejaron al ambicioso el campo libre. Algunos ya se han trepado a otro bote-o, más bien, han regresado al de su origen. Con su torpeza y su arrogancia permitieron que el país perdiera una referencia liberal importantísima.

Cuando hablo del PAN como referente liberal no me refiero, por supuesto, a sus ideas. Hubo muy poco liberalismo en su origen. Nació contra el cardenismo como una opción entre el comunismo y el liberalismo, que frecuentemente identificaba como perversiones gemelas. El discurso histórico panista tiene un intenso componente antiliberal que sigue presente en su retórica y en sus reflejos. Si digo que fue un referente liberal fue por su apuesta institucional, por su defensa práctica de los derechos, por su denuncia jurídica del autoritarismo, por el esmero con el que construyó su propia estructura, por el debate que siempre mantuvo a su interior. Fue una brújula liberal, sobre todo, por su anticaudillismo. Antes del secuestro de Anaya, el PAN era uno de los pocos territorios del debate intenso, público y, en general razonado. Ese partido murió ayer.

Reforma
Jesús Silva-Herzog Márquez
Ciudad de México
Lunes 11 diciembre 2017.


Jesús Silva-Herzog

La apuesta del elector priista fue sensata. Era razonable designar como candidato del PRI a quien menos priista parece. Asegurados los votos de los leales, José Antonio Meade es el candidato que de mejor manera puede ampliar la convocatoria. No será fácil superar el estigma del envase pero, si alguien dentro de la baraja del PRI podría hacerlo, es el financiero convertido en candidato. Ser un desconocido es, seguramente, una ventaja. Perteneciente a la camarilla más poderosa del país, esa que ejerce el poder apelando a la razón técnica, Meade pretenderá presentarse como el técnico sin militancia, como el funcionario competente que se ha mantenido al margen de la politiquería de los partidos. Se presentará como un hombre experimentado que sabe hacer las cuentas y que ama a su país. El cuento de la pureza del tecnócrata es, sin embargo, poco persuasivo. Su carrera no ha flotado, limpísima, por encima de los pantanos del poder. Imposible disociarlo del ímpetu castrense del calderonisimo y de los hedores de Atlacomulco. Una prolongación de ambos nos ofrece ya en su campaña.

Quizá la mejor carta del candidato priista sea la serenidad. En un país cansado de la estridencia, el candidato del PRI muestra tranquilidad, conocimiento (de los temas que conoce), experiencia. Un hombre afable, un amigo de todos que no le niega abrazo ni a los pillos. Su probidad ha sido, por decirlo de algún modo, pasiva. No se le conoce una sola batalla contra la corrupción y bien puede advertirse en él buena disposición al encubrimiento. Lejos de rehuir la identificación conservadora, el PRI la abraza orgullosamente con su candidato. El extravío del PAN ha abierto un espacio que el PRI pretende llenar cuanto antes. Mientras el dirigente del PAN sigue cortejando al PRD, el candidato del PRI extiende la mano a los panistas. Meade aspira a construir un nuevo polo de la derecha mexicana que se plante con clara identidad frente a López Obrador. Por ello repetirá mil veces que la disyuntiva es la preservación o el abismo. Habrá que esperar pronunciamientos específicos en las polémicas del día pero su oferta inicial es inequívocamente conservadora: continuidad, ley y orden, prosperidad sin polarización.

Su propuesta es perseverar. Meade nos convoca a una epopeya de dimensiones históricas: que los mismos sigan haciendo lo mismo. Si lo hacemos con la misma visión de México y con apego a los mismos programas, podríamos llegar, algún día, a obtener los mismos resultados. Ese es el encanto de su campaña. ¿Quién podría resistir a este llamado? Lo que más sorprende es la ausencia de cualquier chicote de inconformidad en su anatomía. Un político al que le complace plenamente la realidad. Lo llaman optimista. Yo lo encuentro, más bien, indolente. Meade celebra el presente de México como si fuera el mejor de los posibles. Si no lo es todavía es porque falta tiempo para persistir en lo que hemos hecho durante treinta años. El candidato del PRI Nieto festeja al país que ha recibido las bendiciones del reformismo. Él mismo se coloca como arquitecto de muchas reformas que describe como catapultas de una dichosísima modernidad. La crítica, dijo hace algún tiempo, era fruto no del juicio sino del mal humor. Quien no celebre lo que tenemos es porque está enojado y no acepta la realidad. Hay que sentirnos afortunados por tener como presidente a Enrique Peña Nieto, decía en uno de los más penosos episodios de la zalamería priista. A sus ojos, nuestra política es un espacio generoso y constructivo. ¿La corrupción? Un problema menor, un pendientito, quizá.

Ha presumido sus oficinas como una sala de trofeos pero habría que preguntar por el impacto de las políticas que ha defendido. ¿De verdad hemos de brincar de júbilo con el desempeño económico de la última década? ¿Hay algo que reconocerle de su paso por la cancillería? ¿No es preocupante el interés que mostró en Sedesol para cambiar las mediciones de la pobreza para cambiar súbitamente la percepción de la realidad? Quien presume patrimonio curricular deberá mostrar resultados. Por lo pronto, destaca tanto como su fluidez en el lenguaje económico, su trastabilleo, su ignorancia y su incoherencia en dos temas centrales para el país: inseguridad y corrupción.

La campaña apenas empieza. El perfil del candidato de Peña Nieto irá puliéndose en los próximos meses. Por lo pronto, vale decir que José Antonio Meade es el candidato de los satisfechos. Quien crea que el último cuarto de siglo del país ha sido maravilloso, tiene un gran candidato.

Reforma
Jesús Silva-Herzog Márquez
Ciudad de México
Lunes 4 de diciembre de 2017.

Jesús Silva-Herzog

Pronto, muy pronto al parecer, se acelerará el tiempo de la política mexicana. Terminará la espera en el partido gobernante y se pondrá en movimiento frenético la campaña por la presidencia. Se cumplirá la arcaica liturgia y súbitamente todos los priistas estarán milagrosamente de acuerdo. Contemplaremos el bochornoso carnaval de la adulación. Todos los priistas, con excepción de quien será pronto catalogado como lunático, coincidirán: el candidato ungido es el mejor hombre para conducir el país por los siguientes seis años. Solo él podrá salvarnos de la desagracia populista. Patriota, servidor público ejemplar, exitosísimo funcionario, gran bailarín y cocinero de fantásticos chilaquiles. Una buena parte de los medios hará eco al unánime entusiasmo de esa tribu. Nos mostrarán durante varios días retratos del candidato cuando era niño, se rescatarán sus boletas de primaria, se le describirá no solamente como un gran político sino también como un atleta y como un artista consumado. Por supuesto: gran padre de familia, cariñosísimo esposo, compadre leal.

El presidente Peña Nieto disfruta ese ámbito del poder donde sigue siendo, sin disputa alguna, soberano. Su dedo índice no enfrenta contrapeso alguno. No necesita negociar con nadie. Es él y solo él quien decide. La del presidente no es la última voz: es la única. Supremacía es soledad. Su partido es, en efecto, suyo y de nadie más. Las corporaciones y las clientelas, la diversidad regional, la complejísima mezcolanza de intereses del PRI desaparecen cuando se trata de la herencia. El partido gobernante tiene dueño. El patrimonialismo que en otros ámbitos da señas de vergüenza, pierde disfraz en el PRI. Ahí no hay intento siquiera de simular deliberación y competencia. Un partido nacional cuelga del capricho de un hombre. Ese hombre, cuando se anima a hablar del tapado, se desdobla y habla como vocero de la historia. Cuando, hace unos días, el presidente nos llamó despistados, subrayó que el misterio de su decisión solo lo conoce él. El presidente asume que por su voz habla una sabiduría tradicional. El partido sabe, el partido conoce, el partido valora... Cuando da esas señales, el presidente Peña Nieto comparte con el país sus hábitos digestivos.

La cobertura mediática tenderá a normalizar lo que es aberrante. Se irá con el señuelo de la novedad ignorando la restauración del mecanismo. Y tal vez pierda de vista que la reposición del tapadismo no es exhumación de un lindo folklore. La liturgia que tanto aprecian los priistas, el ritual que fascina a tanto opinador es un culto de lealtad y, en el fondo, un dispositivo para la prolongación de las complicidades. El tapado acepta una deuda con el destapador. Desde luego, el candidato del PRI no tiene asegurada hoy la presidencia. Pero la reposición del tapadismo inserta en el proceso la marca de connivencia. El presidente habrá meditado durante mucho tiempo sobre una decisión que imagina testamentaria. No puede ser ésta una decisión desinteresada precisamente porque es personal. Imposible pensar que en ese decreto no estén enredados también los temores y las ambiciones de quien trasmite la estafeta. Si, como dicen los priistas, el tapadismo es un ritual, saben bien que no es una ceremonia de sacrificio. Al heredar, el primer interés que se cuida es el de quien hereda.

La confianza con la que los priistas encaran el proceso se funda en la centralización y en la disciplina. Una decisión incuestionable que adquiere automáticamente apoyo de la organización. El presidente tiene que ver al futuro pero no puede desprenderse de su interés. Pensará en la campaña e imaginará un posible gobierno. No los podrá ver más que con sus anteojos, conociendo bien su vulnerabilidad, anticipando con angustia las probables mortificaciones futuras. Para el presidente el futuro es una amenaza. Una presidencia marcada por el escándalo no puede mirar lo que viene con indiferencia. Ahí se finca la perversidad del mecanismo. La voz que decide es la voz más cuestionada. Dentro del PRI, el valor principal es la lealtad al destapador. Para el destapado el imperativo será la traición. Puede verse la historia política del priismo hegemónico como variantes de esa tensión irresoluble. La dialéctica del tapado y el destapador.

Reforma
Jesús Silva-Herzog
Ciudad de México
Lunes 27 noviembre 2017.

Jesús Silva-Herzog

Una corte es una institución para la reverencia. La servidumbre vuelta ceremonia. La brújula de la corte apunta al norte del poderoso. Los cortesanos se orientan siempre hacia él. Lo miran para rendirle homenaje. Le agradecen al cielo la oportunidad de respirar el oxígeno del mismo cuarto. Qué afortunados somos de tener tan clemente soberano, dirán de mil maneras. El homenaje que los cortesanos rinden al rey, dice Elias Canetti es estar ahí frente a él, en el círculo que rodea al poderoso. Agrupados en torno a él, deslumbrados por él, esperándolo todo de él. No pueden moverse con independencia. Por eso están atentos a cualquier gesto, a cada palabra, a la mínima modulación de su voz. Los cortesanos saben que su posición depende sólo de la voluntad del jefe. No tienen vida fuera de la corte, no son nada fuera del círculo de lealtad. Esas marcas de la política mexicana se acentúan en tiempos sucesorios. La restauración priista ha sido la restitución de la cortesanía.

Con la cortesanía ha regresado el tapadismo. Se ha rehabilitado el más sagrado de los rituales priistas. El presidente aseguró el control absoluto de su partido y se dispone a usar el índice. Tiene el margen más amplio para designar al candidato de su partido. Nadie le hará oposición. No tenemos el lápiz de Abel Quezada para dibujar las capuchas de los tapados, pero hemos regresado a ese tiempo. ¿Vivimos en 1975? De pronto hemos retrocedido cuarenta años. Los ambiciosos desfilan con capucha. Buscan la presidencia, pero no lo dicen; quieren ser candidatos, pero no pueden reconocerlo. Es la política embozada de la vieja disciplina. Todos repiten lo mismo: se sienten honrados por la mera mención; dicen que no son todavía tiempos para declarar abiertamente su deseo, repiten que se debe esperar al calendario que fije el partido, aseguran que aceptarán la decisión del partido y aprovechan para felicitar el patriótico gobierno del Señorpresidente.

El rito tiene efectos perniciosos en nuestra conversación pública. Se acepta implícitamente la regla de la verticalidad y se juega a la especulación como si fuera un entretenimiento inofensivo. La reflexión política se degrada a niveles vergonzosos. Tratemos de imaginar quién le inspira confianza al Señorpresidente. ¿Quién minimiza los riesgos? ¿Quién le cuidará mejor las espaldas? Leemos las hojas del té, buscamos pistas en los astros, lanzamos dados a la mesa. Todo parece una señal. El Señorpresidente ha enviado a fulano a representarlo. El abrazo del señorpresidente al secretario A duró 4 segundos más que el que le dio al secretario B. En la reunión reciente se vio la enorme confianza que el señorpresidente tiene en su colaborador X. Confieso que el juego que propone Héctor Aguilar Camín para adivinar el nombre del tapado no me parece divertido. ("Instrucciones para adivinar quién será el candidato del PRI", Milenio, 10 de noviembre). Hágase una lista de precandidatos, multiplíquese por cinco criterios relevantes, dóblese el papelito en cuatro partes y el nombre del tercero será el elegido. O algo así. Más aún, el timbiriche tapádico me parece nocivo porque acata el dictado del patrimonialismo, porque condona su existencia o tal vez la celebra, porque da la bienvenida a su "lógica." Apostemos al vaticinio de un capricho y divirtámonos un poco. Jugar a la especulación del tapadismo es celebrar que una institución pública tenga dueño y que esté puesta al servicio de un amo. La aberración se legitima cuando encuentra razonadores que disciernen sobre el sentido de una voluntad sin restricciones. Elaborar una teoría general del tapadismo es celebrarlo como simpática curiosidad nacional. Ofrecernos claves para anticipar la indicación del presidencial dedo es aprobar el uso personal de las instituciones públicas. Cierto: el PRI no es ya toda la política ni el candidato del PRI será necesariamente el ganador de las elecciones. Sin embargo, el PRI, aunque lo abominemos, es una institución pública desde su definición constitucional hasta su financiamiento.

Cuando Enrique Peña Nieto busca trivializar lo aberrante, lo llama cultura. La corrupción es cultura porque es anécdota, porque así somos nosotros. El tapadismo es cultura porque es una costumbre de partido que nadie tiene derecho a cuestionar. Cada quien administra su casa como le da la gana. Respeten nuestra liturgia, exige. Pues no... el tapadismo no merece respeto. Es una práctica arcaica, grotesca, indefendible. El patrimonialismo en instituciones públicas-sea en MORENA, en el llamado "frente" o en el PRI-no merece ningún respeto.

Reforma
Jesús Silva-Herzog
Ciudad de México
Lunes 13 /11/2017.

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El mundo es comprendido por el paradigma, es la forma por la cual es entendido el mundo, el hombre y por supuesto las realidades cercanas al conocimiento.

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