Jesús Silva-Herzog

 "La sociedad civil no debe pasar tanto tiempo hablando de corrupción", le dijo el presidente a un grupo de empresarios en una reunión en la casa presidencial. Hablar de la corrupción distrae de lo que, a su juicio, debemos hacer los mexicanos: celebrar los logros de la administración de Enrique Peña Nieto. A uno de ellos, le reprochó directamente el activismo de su hijo, promotor de una organización empeñada en denunciar la corrupción. "Tu hijo debería dejar de ser tan crítico con el gobierno", le dijo, según lo reportó el New York Times en su primera plana. La recomendación sería solamente una torpeza, un gesto inapropiado si no estuviera acompañada de actos de intimidación.

Para sacar la corrupción de la conversación pública, el presidente ha tratado de hacer causa común con los empresarios por dos vías. La primera es la de la complicidad, la segunda es la de la intimidación. En primer lugar, invoca un interés compartido. El presidente llama a los empresarios a callar sus críticas para preservar las ventajas que disfrutan. Ve a los empresarios más destacados del país como los grandes beneficiarios de su gobierno y del modelo que defiende. Por eso se siente en condición de exigir ayuda. Ese es su mensaje: si los empresarios financian organizaciones críticas terminarán siendo víctimas involuntarias de su ingenuidad. Al patrocinar entidades independientes que exhiben los abusos del gobierno dan munición al político que más temen. La corrupción eso que es, a juicio del presidente, un aroma de nuestra cultura, debe permanecer oculta para impedir terremotos. Para el presidente de México, quien habla de corrupción, quien la denuncia, promueve a López Obrador. Esa posición fue la que sostuvo el presidente ante los empresarios, de acuerdo a un reportaje de Carlos Loret de Mola. Si ustedes siguen hablando de la corrupción de este gobierno se convertirán en promotores de Morena. Cállense, que les conviene.

Un gobierno que busca combatir la corrupción entendería que las organizaciones independientes son su mejor aliado. Pero el gobierno de Enrique Peña Nieto no tiene la menor intención de aprovechar la información que proveen los espacios autónomos. No le interesa atender las denuncias que brotan de organismos independientes. Sabiéndose enredado en esas redes, el gobierno federal no puede más que ver como enemigos a los profesionales que denuncian la corrupción.

Por eso pretende asfixiar financieramente a las organizaciones que le son adversas. El propio presidente busca convencer a los mecenas para que dejen de jugar a la sociedad civil. Sí es una invitación al silencio. Abandonen el activismo, dedíquense a sus empresas y dejen de hacer política. El presidente pide a los empresarios la abdicación de sus responsabilidades cívicas. Los conmina a dedicarse en exclusiva a la rentabilidad de sus empresas y a renunciar a su compromiso ciudadano.

La hostilidad gubernamental no tiene precedente en la corta historia del México pluralista. Las relaciones entre organizaciones de la sociedad civil y el gobierno pueden ser naturalmente tensas pero hasta ahora, con la restauración priista, advertimos hostigamiento. La posición presidencial no es solamente una invitación al silencio cómplice, no es simplemente un llamado a renunciar a la participación política a través de organizaciones independientes. Lo más alarmante es que se empleen las instituciones del Estado para intimidar a los críticos. Así lo ha hecho el gobierno de Enrique Peña Nieto. Hace unos meses, el vocero del Partido Verde, lo dijo abiertamente en una sesión parlamentaria: usaremos las instituciones fiscales para investigar a nuestros críticos. Así es. Cinco empresas de Claudio X González, fundador de Mexicanos contra la Corrupción, recibieron nueve auditorías... ¡el mismo día! ¿Podría ser una coincidencia que esas investigaciones se hubieran realizado en la misma fecha? Por supuesto que no. Según cálculos del propio González, la probabilidad de que sea un azar es de 0.0000000000000000000000000204%.

El retroceso democrático que hemos sufrido en este gobierno encuentra aquí dos muestras irrefutables: un discurso que alienta la abdicación de la ciudadanía y una perversión de las instituciones comunes. Corrupción por doble vía: anular el deber cívico; subordinar la ley a quien detenta el poder.

Reforma
Jesús Silva-Herzog
Ciudad de México
Lunes 4 de septiembre de 2017.

Jesús Silva-Herzog Márquez

El caudillismo se consagra cuando se vuelve incuestionable. Nadie le ha preguntado al dirigente nacional de Morena cómo se elegirá al candidato presidencial de ese partido. A nadie se la ha ocurrido. No hay encuentro con el presidente del PRI, del PAN, del PRD que no lleve a la pregunta de la candidatura presidencial. Hasta a los dirigentes del Partido Verde los cuestionan sobre su proceso de designación. Al dirigente de Morena nadie le pregunta sobre ese asunto. ¿Qué método seguirá Morena para designar a su candidato? ¿Quiénes aspiran a la candidatura presidencial de Morena? ¿Habrá debates internos? Obviamente no hace falta hacer las preguntas. El partido tiene dueño y sirve a una ambición.

Sabemos que al propietario no le agradan las entrevistas, a menos de que sean, en realidad, halagos. Si alguien le pregunta cómo enfrentará a la mafia del poder, pronunciará con convicción una de las cinco frases que repite constantemente. Tal vez se le ocurra decir que hay aves y que hay pantanos y que el lodo jamás lo mancha. Pero si algún periodista osa cuestionar sus alianzas o sus silencios, contestará indignado por la insinuación. El caudillo descalificará al periodista y le dará una lección sobre su oficio. La honestidad es cuestionar a los mafiosos, no al dechado de la virtud, sermoneará. Para López Obrador no hay mexicano honesto que no sea su admirador. Quien duda de él forma parte de la mafia. Lo notable, digo, es que aún en los intercambios tensos que ha tenido con la prensa, la pregunta sobre la candidatura presidencial es absurda, inimaginable. A nadie (que yo sepa) se le ha ocurrido preguntarle al dirigente nacional de Morena quién será el candidato a la Presidencia de ese partido. Nadie lo duda.

Todos los partidos, menos Morena, tienen baraja. En Morena hay dueño y séquito. En todos los partidos hay competencia, aunque en pocos es abierta y aún en menos, democrática. Pero podemos entretenernos con los tapados priistas, con los pleitos dentro del PAN, con la ocurrencia del Frente o con los ambiciosos sin partidos. No es trivial: la pluralidad de proyectos, estilos, ambiciones constituye su patrimonio democrático. En los partidos ha de haber juego, espacio para la competencia y el desacuerdo. Ha de haber también mecanismos abiertos y públicos para resolver sus controversias. Parlamentaria, tribal o cortesana, la disputa por las candidaturas es perceptible en todas las formaciones políticas -salvo en esa que monopoliza "la esperanza de México". Esa esperanza, lo sabemos bien, depende de la victoria de un santo.

El proceso de Morena para designar al candidato a la alcaldía de la Ciudad de México ha sido grotesco. Se ha elegido a una candidata sin elección alguna; se ha invocado una encuesta que no puede ser considerada encuesta; se ha designado a una candidata a la que no debemos llamar candidata. Una farsa, envuelta en una simulación dentro de una trampa. No deja de ser simpático que el grupo político que más ha hecho para denigrar la práctica demoscópica, busque fundar una decisión crucial en ese ejercicio técnico. Las encuestas favorables son honestas pero las que muestran señales desfavorables al rayo de esperanza son inventos mafiosos. Encuestas cuchareadas, inventos al servicio de un cliente, propaganda. Pero, más allá de la incoherencia, debe hablarse de la simulación de la técnica. Una encuesta que no hace público su método, una encuesta que no da cuenta de sus responsables, una encuesta que ni siquiera muestra sus resultados no puede ser considerada una encuesta.

Porque es racionalmente indefendible, la secretaria general de ese partido alude a la fe de sus militantes para justificar el secreto. Está convencida de que no tiene por qué rendir cuentas a la ciudadanía. La fe de los suyos basta. "Los militantes y simpatizantes de Morena están en Morena porque creen en Morena y porque creen en la integridad de Morena y porque saben que nosotros hacemos las cosas de forma diferente". No conozco un solo militante que tenga duda del proceso, insistía Yeidckol Polevnsky, tras la farsa. El argumento y el proceso mismo revelan convicciones y prácticas no solamente antidemocráticas sino contrarias a la legalidad. Aunque le pese al predestinado y sus adictos, los partidos son instituciones de interés público. La fe de los devotos no es argumento público.

http://www.reforma.com/blogs/silvaherzog/

Reforma
Jesus Silva-Herzog M
Ciudad de México
Lunes 18 de agosto de 2017.

Jesús Silva-Herzog Márquez

Es una nota al final de su artículo. La colaboración de Héctor de Mauleón en El Universal del jueves pasado volvía a describir la barbarie de México. Al final del texto, una posdata discreta daba cuenta de la nueva amenaza. No hay adjetivos en su aviso. Con la sequedad habitual de su prosa, el periodista hacía pública la amenaza que había recibido y exigía a las autoridades lo elemental: que cumplan con su deber. "Desde hace más de 14 meses", escribe, "cada vez que esta columna aborda el narcomenudeo en la Ciudad de México pasó al tocar la delegación Cuauhtémoc, ocurrió más tarde al hablar de Tláhuac, me llegan amenazas proferidas desde las redes sociales. Por terquedad informo que ahora más que nunca seguiré escribiendo sobre el tema y esperando que las autoridades den por fin con los responsables de este inaceptable intento de amedrentamiento".

¿Qué es más admirable? ¿La valentía de la tenacidad o la compostura profesional ante la amenaza? Héctor de Mauleón no cede al miedo pero tampoco a la vanidad del perseguido. Continúa su trabajo sin subirse a un pedestal. Con terquedad sigue buscando la horrible verdad cuando muchos quieren ocultarla y pocos quieren conocerla. No le regala su silencio a los criminales. Tampoco utiliza el espacio público de su columna para colocarse en el centro. No hace inventario de todos los actos de intimidación, de todas las amenazas que ha recibido en los últimos meses. No describe el impacto de ver su retrato como diana de criminales. No detalla la manera en que su vida ha sido ya afectada por las intimidaciones. De Mauleón sólo deja constancia de la amenaza y sigue su camino.

Uno querría que Héctor de Mauleón dejara los peligros y se entregara de lleno a la descripción de los rincones de la ciudad. Que nos contara solamente de los viejos edificios y de las plazas de la capital, como lo ha hecho en artículos y libros. Que para caminar tranquilamente dejara de hablar de sicarios y de matanzas, que olvidara a los cárteles y a sus cómplices. Que cambiara de tema, que soltara una línea de su vocación periodística para entregarse a la amable historia de nuestras calles. Él no lo hará. Seguirá alternando sus cartas de amor a la ciudad con las denuncias de su podredumbre. No callará el horror porque sabe que en el silencio está la victoria de los bárbaros. La valentía de su periodismo es por eso indispensable. Pocos como él se han atrevido a describir la descomposición nacional con esa sobriedad y ese rigor. Su periodismo no se doblega a una causa. No confunde hechos y opiniones. No vuela con la especulación, no generaliza, no fabrica conspiraciones, no sube el tono para provocar efecto en el lector. Investiga e informa. Sus breves noticias del crimen son cátedras del periodismo necesario. Sólo con una prosa seca y precisa como la suya, sólo con reportajes meticulosos y puntuales como los que publica regularmente, podemos comprender nuestros frecuentes descensos al infierno. Comprender el horror y hacerle frente.

Héctor de Mauleón no solamente ha resistido la tentación del silencio, sino también la tentación de la secta. El periodismo resiente el efecto de la intimidación y también la perversión de la militancia. Su escritura no busca el aplauso de una tribu. Sabe bien que habrá siempre alguien a quien lastimen sus revelaciones. Como medalla puede portar las acusaciones de traidor: son muestra de la decepción que su honestidad genera en los sectarios. El miedo calla. El sectarismo pide administrar la verdad: ocultar lo que resulte desfavorable a la causa; exagerar los vicios del enemigo; maquillar hechos para que embonen con el prejuicio. Si Héctor de Mauleón no cree en el periodismo de cruzada es porque, como ha dicho, en el momento en que el reportero se imagina como héroe de caballería, pervierte la profesión. Al entregarse a una causa (así sea la más noble) deja de hacer periodismo para hacer militancia.

Pocas profesiones tan solitarias y vulnerables como lo es el periodismo en el México de hoy. Dejar letras en un diario es un acto de enorme responsabilidad cívica. En tiempos de violencia y sectarismo, frente a una sociedad desinteresada en la verdad fastidiosa y una política polarizada que exige lealtades por encima de cualquier otra cosa, no es fácil escribir con lucidez, decoro y valentía. Pocos periodistas están a la altura del drama que vivimos como Héctor de Mauleón.

http://www.reforma.com/blogs/silvaherzog/

Reforma
Jesús Silva-Herzog Márquez
Ciudad de México
Martes 22 de agosto de 2017.

Jesús Silva-Herzog Márquez

Ya no son tiempos de simulación en el PRI. Son tiempos de cinismo. Ese no ha sido nunca un partido de ideas y ya no quiere dar apariencia de tenerlas. ¿Para qué disfrazar la disciplina como si fuera coincidencia intelectual? Basta con hablar del progreso y de tachar a los otros de regresivos. El PRI no ha sido espacio deliberativo y no le interesa aprender a discutir. Alzar la mano, echar porras, aclamar al Presidente son los ritos de una identidad que ha vuelto con orgullo. Sabemos que el PRI no ha sido nunca un partido democrático. Los priistas lo saben mejor que nadie y están hartos de fingir que adoptan prácticas ajenas. Así somos y así podemos ganar, nos dicen.

La atlacomulquización del PRI es el retorno a la identidad primaria: un partido disciplinado que aplaude y espera la instrucción. Un partido volcado a la cortesanía y refractario a la discusión. Una guarida de corruptos. Ya no hay asomo de aquellos pudores que empezaron a sentirse en las últimas décadas del siglo pasado. No hay ala crítica, no hay disidencia. El único ruido que se escucha en su reunión es el de las matracas, los aplausos y las porras. Se ha dejado el discurso de la renovación. Ya nadie apuesta al "nuevo PRI". Una enorme fortuna acompaña el retroceso: la fragmentación. En ella radica la esperanza del PRI. Gracias a la pulverización, el partido más abominado ve con optimismo el futuro. La reelección del PRI es probable. Por lo que hemos visto, se mantendrá unido, respaldará al candidato que designe el Presidente, logrará la adhesión de un par de partidos chatarra. La oposición estará dividida. Un gobierno aborrecido puede terminar premiado.

Debe reconocerse que la asamblea de los priistas fue un éxito. El partido se mostró unido, logró cambiar sin disturbios un par de reglas, celebró al mandamás. Nada salió de control. Una asamblea atada y bien atada. El Presidente tiene libertad para designar a quien quiera. El dirigente del PRI consumó su legitimación. No encara adversarios de importancia y podrá ejecutar puntualmente las instrucciones de su jefe. En las lecciones del Estado de México se funda una estrategia razonable. Unir al PRI y dividir a la oposición. En todo cinismo hay una lectura de la realidad. El PRI sabe bien que no necesita ganar la mayoría, no necesita siquiera estar cerca de la mayoría. Necesita alcanzar el tercio mayor y está en la peor fase de desprestigio, cerca del umbral. El PRI puede perder millones de votos y ganar. El PRI puede tener una gran mayoría en su contra, y ganar. De ahí que al PRI no le interese ya hacer una convocatoria nacional. Ha renunciado a ella. No perderá el tiempo buscando votos imposibles. Le interesa cuidar sus lealtades. Apenas necesita ampliar mínimamente su base para alzarse con el triunfo. Por primera vez en su historia, el PRI está convencido de que le basta con el PRI. O casi.

Un partido para sí mismo. Lo podemos ver en el evento reciente. El PRI que se festejaba este fin de semana no era una organización que intentara enviar un mensaje a la sociedad mexicana. Dudo que alguien fuera del Palacio de los Deportes crea que el gobierno de Peña Nieto sea una "autoridad moral", como dijo el presidente de la República. Los mensajes de la asamblea del PRI fueron bocados para la tribu. El PRI se atrinchera porque se separa voluntariamente del resto de la sociedad mexicana. Sabe bien que no necesita ser un instrumento de la diversidad sino una palanca de esa facción aún determinante de la vida política del país. No importa la mayoría. En el México de la fragmentación política, para el PRI es prescindible el resto de la sociedad mexicana. Puedo exagerar pero no mucho. El PRI de Ochoa no es un partido que quiera hacerse simpático. No es un partido que ofrezca un proyecto, que pretenda persuasión de los escépticos. Refugiándose en sí mismo es un partido en las antípodas del de Colosio.

Si el PRI se encierra en sí mismo no es por distracción sino por estrategia. Puede verse este PRI como el más viejo de su propia historia porque es el más abiertamente faccioso. En su larga historia, en sus tres encarnaciones, el partido de Calles se ha pensado instrumento nacional. Hoy el PRI es un instrumento para el PRI. Lo importante ahora es la unidad. Mañana será el miedo.

http://www.reforma.com/blogs/silvaherzog/

Reforma
Jesús Silva-Herzog Márquez
Ciudad de México
Lunes 14 de agosto de 2017.


Jesús Silva-Herzog Márquez

Donald Trump tuvo la primera reunión con su gabinete completo a principios de junio. Las ratificaciones del Senado habían retrasado la integración de su equipo. Fue una reunión breve que atestiguó íntegra, la prensa. El espectáculo que se escenificó en esa sesión fue grotesco. El punto de partida fue, por supuesto, la mentira. El presidente de Estados Unidos habló de sus extraordinarios logros y su gran productividad legislativa. Nadie ha logrado tanto como yo, dijo quien infrecuentemente se tropieza con la verdad. Solo Roosevelt logró mayores reformas legislativas -pero eso fue porque estaba encarando la Gran Depresión, aclaró. Ni una sola reforma legislativa, vale recordar, ha logrado el señor Trump. Después invitó a sus colaboradores a hablar. Uno por uno, habrían de presentarse ante el gabinete. Lo que aconteció en los minutos siguientes fue un circo de adulación. Comenzando por el vicepresidente Pence, todos los colaboradores se desvivieron en elogios al Gran Líder que estaba logrando el milagro de recuperar la grandeza de la patria. Una ceremonia de adulación. Gracias por la oportunidad, gracias por la bendición, gracias por su liderazgo, gracias por su visión, gracias por su valentía y su patriotismo... El jefe de gabinete de Trump, Reince Priebus, le dijo: "en nombre de todos los que lo rodeamos, le agradecemos por la oportunidad y la bendición que nos ha dado para servir a su proyecto y al pueblo americano".

La prensa resaltó de inmediato lo grotesco que era el ritual. No hubo ninguna discusión sobre los proyectos del gobierno, sobre las prioridades de la agenda política. Solo una competencia de piropos. Se trataba de una demostración de lealtad. Es claro que, para el presidente Trump, el compromiso público solo puede ser un acto de lealtad al presidente Trump. Habrá que decir que esas muestras de adulación, típicas en las dictaduras militares y en los regímenes autocráticos, no son frecuentes en la política norteamericana. El atrevimiento significaba uno de los cambios más significativos de la disruptiva Presidencia: un bautismo de indecencia.

Para colaborar con Trump hay que estar dispuesto a defender lo indefendible y recibir la vejación como un servicio a la patria. Gracias, Presidente: que sus magníficos insultos lleguen hasta la pequeñez de mi existencia ha sido una de las grandes bendiciones de mi vida. El magnate neoyorquino ha inaugurado la ceremonia de humillación cívica. La ha puesto en práctica desde los tiempos en que era candidato. Trump entiende la franqueza como el permiso para el desprecio. Sus adversarios no eran simplemente rivales con ideas o trayectorias cuestionables: eran personajes ridículos de los que había que burlarse públicamente. La adulación es el primer paso de la indecencia. Quien está dispuesto a besarle los pies al poderoso se prepara a recibir su pisotón.

Donald Trump ha celebrado los primeros seis meses de su Presidencia con una semana de caos. Su política de humillación se corona con fracasos. El Congreso rechaza su iniciativa emblemática, su popularidad sigue en caída libre, su equipo se desintegra. La crisis de su equipo es, por supuesto, de su propia invención. No puede haber coordinación en un equipo si la cabeza carece de la disciplina elemental. No se puede ensamblar coherencia si la cabeza se guía por impulsos. En seis meses, ha tenido ya dos directores de comunicación, dos asesores de seguridad nacional y dos jefes de gabinete. No sería sorprendente si los cambios se multiplican en los próximos meses. Tiene un pleito público con su fiscal general y ha invitado a un frenético para coordinar su estrategia de comunicación. Se ha inaugurado en el cargo con el intercambio más desquiciado que pudiera imaginarse. Con el lenguaje más procaz, distribuyó insultos a miembros del equipo presidencial y amenazas (incluso de muerte) a sus enemigos. Eso sí, el nuevo vocero dice y reitera mil veces que ama al presidente Trump.

Rodeado de parientes, generales e imitadores, Trump hace visible su idea caligulesca de la política. El poder no es, para él, un instrumento para transformar al mundo. No es tampoco una treta para el enriquecimiento personal. Si sirve es para humillar.

Reforma
Jesús Silva-Herzog Márquez
Ciudad de México
Lunes 31 de julio de 2017.

Jesús Silva-Herzog

El presidente y su secretario de Gobernación han tenido una extraña coincidencia recientemente. Ambos invocaron lo sobrehumano para defender su política. Dejaron a un lado el vocabulario democrático y los argumentos de racionalidad para apelar a las divinidades. Me parece curioso, aunque dudo francamente que tenga importancia. Sabemos bien que no suele haber mucha miga en sus dichos. Ninguno de estos dos priistas se ha distinguido por su elocuencia. Aun así, vale detenerse en sus palabras. Mientras el secretario de Gobernación pidió tener fe en el trabajo de la Procuraduría, el presidente encomendó a la diosa Fortuna el último tramo de su sexenio. Dos rezos por el bien de la república. Digo que tiene gracia y que, tal vez, puede sacarse algo de ahí, no que sea importante. Me queda claro que ninguno llama a misa ni a participar en un rito.

En apariencia podría decirse que hay sintonía entre estas líneas: dos defensas de lo indemostrable, dos invocaciones a los poderes celestiales que nos apartan de los parámetros terrenales. Cada una refleja, sin embargo, una cosmovisión propia. Quien invoca la fe espera y confía sin exigir prueba alguna. El hombre de fe no necesita pruebas para confiar en la bondad infinita de Dios. Quien habla de la fortuna, por el contrario, reconoce lo que escapa del control humano. El azar nos obliga a la prudencia. La idea de la fortuna es un llamado a asumir la responsabilidad que le toca a cada quien en el juego de la historia. La primera es radicalmente incompatible con la dinámica democrática; la segunda indispensable para la salud política. Exploro en esta divagación la diferencia.

La fe, dijo San Agustín, es creer en lo que no ves. Su recompensa será ver lo que crees. La fe que nos pide el secretario de Gobernación es eso: ceguera esperanzada. Una convicción de que las instituciones del gobierno actuarán correctamente, que acatarán la ley puntualmente, que asumirán su responsabilidad. Se trata de una devoción que no pide prenda. Si tomamos en serio la expresión del político, se trataría de una persuasión tan intensa no necesita de garantías, que debe apartarse de todas las decepciones previas y que debe excluir cualquier sospecha. Creer a ciegas.

Muy distinta de la fe es la confianza. La confianza es una relación que se alimenta cotidianamente. Puede ser digno de confianza quien cumple lo que promete, quien habla la verdad, quien respeta la ley y al otro. La confianza está a prueba todo el tiempo precisamente porque no es un acto de fe. Necesita vencer la sospecha. Todo gobierno democrático necesita cultivar la confianza de la ciudanía. En ella se basa la legitimidad. Tendría sentido que el secretario de Gobernación pidiera confianza, pero sería absurdo que la sociedad la otorgara. ¿Por qué habríamos de confiar en la Procuraduría? ¿Habría algún fundamento para creer que cumplirá puntualmente con su deber? Nuestra experiencia, nuestros recuerdos cercanos y los remotos nos impiden otorgar ese voto. Más aún: resulta inaceptable la insinuación de que es un deber cívico el confiar o, en el vocabulario del político, tener fe en las instituciones gubernamentales. La única actitud cívica en estos momentos es precisamente la desconfianza vigilante.

A muchos ha fastidiado la alusión que hizo el presidente de la diosa Fortuna. A mí no. No me parece ofensivo el repentino paganismo presidencial. Me agrada, incluso, la indirecta referencia al más sabio de los pensadores políticos, Maquiavelo, quien habló en repetidas ocasiones de la importancia histórica de la diosa. No hay político, por poderoso, por cultivado que sea, que sujete todos los hilos del poder. Siempre hay imprevistos, siempre hay sorpresas. Nadie puede anticiparlo todo, nadie puede controlarlo todo. Por eso decía Maquiavelo que había que cortejar a la Fortuna con determinación, que había que reaccionar a sus caprichos con agilidad, que había que anticipar el infortunio. Soberbio es el político que descree de la intervención del azar en el mundo.

La fortuna controla la mitad de la historia. Sólo la otra mitad corresponde a la actuación humana. Es esa mitad la que configura el ámbito de la responsabilidad política. La diosa Fortuna no suele cuidar a quienes se desentienden de ella.

Reforma
Jesús Silva-Herzog
Ciudad de México
Martes 25 de julio de 2017.

El foso

17 Jul 2017

Jesús Silva-Herzog Márquez   

La obra pública es un foso de muerte. No es metáfora. El piso pavimentado es una trampa. Bajo la oblea de concreto recién aplanado, se abre un abismo que puede cazarnos en cualquier momento. No pasaron tres siglos ni los cuarenta años que se ofrecieron como garantía al atajo. Llovió, y de pronto, la calle se tragó a dos hombres. Los servicios de rescate tardaron 9 horas para sacar el coche de la gruta. No murieron por la caída del vehículo sino asfixiados, enterrados vivos. Una segunda negligencia los mató. Tras caer al precipicio, el abandono. Un mal rato, dijo el ministro, sacando la chequera. Así creerá él que se resuelve todo. Así creerá él que se mide todo, así creerá él que se compra todo.

Desde el punto de vista de quien murió o ha sufrido las consecuencias, durante esos minutos el universo se cayó, se derrumbaron los planetas.

Fue una catástrofe cósmica: galaxias desmoronándose, hoyos negros devorando el espacio entero.

He regresado a las líneas que escribió José Emilio Pacheco en 1985, tras el terremoto de septiembre: "Absurda es la materia que se desploma". La sorpresa de la caída súbita, la calle convertida de pronto en lápida. Pero la tragedia que puso fin a la vida de Juan Mena López y de Juan Mena Romero no es recordatorio del absurdo de la materia sino de los crímenes del poder. Esta tragedia tiene marca humana, sólo humana. El caos que nos estrangula es la corrupción. La corrupción asesina. Asfixia niños, envenena ciudades, engaña enfermos, sepulta paseantes. La tragedia reciente no fue una traición del subsuelo, una súbita rebelión de lo fijo. Estas dos muertes son acusación a un gobierno incapaz de garantizar una obra segura y confiable. Estas dos muertes son denuncia de una empresa criminalmente negligente. Colusión letal de gobierno y empresa.

Vale recordar que la obra no era un puente a Hawái. No se abrió un túnel entre océanos. La obra que el propio presidente presumió como ejemplo de su benéfica presidencia era la ampliación de un camino. Un acelerador. Eran menos de 15 kilómetros que se entregaron tarde y con un sobreprecio que duplicó el presupuesto original. Esa fue la obra que pavoneaba el gobierno repitiendo aquello de que lo bueno cuenta y cuenta mucho. Fue una obra que provocó, durante el largo proceso de construcción, más de 250 accidentes y ¡más de 20 muertos! Antes de que la obra fuera inaugurada por el presidente de la república se habían prendido las señales de alarma. Funcionarios de protección civil y vecinos alertaban de las visibles fallas de la obra. En un documento de la Ayudantía Municipal de Chipitlán que se difundió después de la tragedia puede advertirse el convencimiento del peligro: por el mal trabajo realizado en la obra, "el muro que ese levantó está a punto de colapsarse." No es necesario decir que nadie respondió al grito.

El gobierno que hace unas semanas presumía la obra como una catapulta de la competitividad sólo acierta a sacrificar a sus peones. Un funcionario menor, un delegado regional ha sido destituido. El secretario de Comunicaciones y Transportes culpabiliza a la lluvia y la basura. No ha presentado aún su renuncia. El presidente pide que no se apresuren juicios ni condenas. No ha destituido aún al secretario de Comunicaciones. El presidente tiene razón, por supuesto, si se refiere a las responsabilidades penales. Habrán de fincarse porque la muerte de estas dos personas no fue un acontecimiento fortuito. Pero se equivoca el presidente y de manera grave al desentenderse del principio elemental de la responsabilidad política. El secretario de Comunicaciones y Transportes no necesita haber estado en el lugar de la desgracia dando las indicaciones explícitas que provocaron el hundimiento. Era el responsable político de la obra y debe, en consecuencia, asumir las consecuencias de su desatención. Exigir la renuncia del secretario de Comunicaciones no es pedir hoguera para las brujas. Es defender el principio elemental de la legitimidad democrática: un funcionario público es políticamente responsable de lo que ocurre en su esfera de poder. El presidente de la república debe ser el primer interesado en honrar este criterio. No hace falta esperar un segundo más para advertir las funestas consecuencias de la negligencia.

Reforma
Jesús Silva-Herzog
Ciudad de México
Lunes 17 de julio de 2017.


Jesús Silva-Herzog Márquez

Hace unos días el New York Times publicó una lista de las mentiras del presidente Trump. Todas sus mentiras cubriendo la sábana completa del diario. Con letra pequeñita, una breve descripción del engaño y su refutación. Resulta que no ha habido día, desde que llegó a la Casa Blanca, en que no haya mentido. El hombre tiene una seria aversión a la verdad. Miente cada que abre la boca. Los defensores de Trump no se esfuerzan ya en desmentir a la prensa. Han sugerido, es cierto, que ellos tienen "hechos alternativos" que no necesitan comprobación. Pero recientemente han esgrimido un nuevo argumento: las palabras del Presidente son irrelevantes frente a las acciones del Presidente. Hablemos de lo que hace el gobierno, no lo de lo que dice el gobernante. La prensa se obsesiona con los dichos para olvidarse de los hechos. Esto es lo que debe importar: lo que el gobernante hace, lo que decide, lo que provoca. No lo que grita en un discurso o lo que tuitea a la mitad de la noche.

Sugerir que el discurso es políticamente irrelevante implica que puede trazarse una frontera clara entre el hacer y el decir. Que en política lo dicho corre por un camino distinto a lo hecho. Que la expresión pública es un insignificante entretenimiento de palabras, mientras que la acción política es cosa seria: un hacer que produce efectos. A diferencia de lo que sucede en la mecánica: la palabra es parte esencial del oficio político. Quien repara el coche puede ser un profesional extraordinariamente competente y, al mismo tiempo, muy incapaz de comunicarle al cliente la naturaleza del desperfecto y las complejidades de la compostura. Su labor es reparar el coche y ya. Los remiendos de la política son otra cosa porque exigen comunicación. No puede haber reparación sin justificación; no importa solo el acto, es necesario comprender el sentido del acto. En la correspondencia entre palabra y acción se cimienta la confianza. La palabra es el gran recurso del poder: convoca, orienta, castiga, intimida. Se manda con palabras. Por eso importa lo que el político dice.

Importa lo que dice Trump. En la cortedad de su vocabulario, en sus insultos y en su narcisismo, en su desprecio por los hechos y la ciencia, en la simpleza de su maniqueísmo se condensa su autoritarismo. Importa también lo que dice Enrique Peña Nieto. Lo que dijo hace unos días, reaccionando a las acusaciones de que su gobierno espía periodistas, dirigentes de organismos de la sociedad civil y activistas de derechos es preocupante. No puede ser pasado por alto, así haya habido una retractación. Su oficina nos pide que no prestemos atención a lo que dijo porque hay ocasiones en que se aparta de sus tarjetas y puede ser impreciso.

El error, la improvisación misma son reveladores. Ante un hecho grave, el Presidente reacciona tarde y descuidadamente. Haberse permitido la improvisación indica que no concede al escándalo del espionaje gubernamental la importancia que tiene. En asuntos delicados, el Presidente cuida sus palabras. Sabe bien que la elocuencia no es lo suyo. Pero en la torpeza del arranque reciente hay sinceridad. Desde hace tres años su gobierno perdió el libreto de sus reformas y ha estado a la deriva desde entonces. En su discurso de Lagos de Moreno escenificó ese ofuscamiento. Al apartarse de su parlamento, el Presidente dio tumbos. Así nos contó que una mujer le dio un beso y salió corriendo. Él, por supuesto, se comprometió con el desarrollo de la región. Al aventurarse en un discurso sin ensayo, el Presidente se mostró de cuerpo entero. Su indignación se dirigió espontáneamente a las víctimas del espionaje. El espionaje le parece un asunto trivial, la denuncia del espionaje, no. Por eso soltó que la ley debía aplicarse contra los difamadores, no contra los espías. Al Presidente no le parece grave la invasión de la privacidad. Todos padecemos el espionaje, dice. El Presidente hace bromas para advertir que él mismo ha sido espiado. Y que, por ello mismo, se cuida mucho. Se adelanta para afirmar que su gobierno no espía, aunque, por lo que dice, de hacerlo sería irrelevante porque nadie ha cambiado su vida por esas intervenciones.

Que la amenaza no fue tal, dicen los voceros presidenciales. Lo que parece incuestionable, además de creer que el espionaje es una nimiedad, es la ausencia de brújula.
 
http://www.reforma.com/blogs/silvaherzog/

Reforma
Jesús Silva Herzog-Márquez
Ciudad de México
Lunes 26 de junio de 2017.


Jesús Silva-Herzog Márquez

"Si el presidente es honesto los gobernadores van a ser honestos. Los presidentes municipales. Y todo el pueblo...". Esa es la convicción de Andrés Manuel López Obrador. Así se lo planteó a Ciro Gómez Leyva en una entrevista reciente. Basta con que él llegue a la Presidencia para que la corrupción desaparezca. Ni siquiera hay que esperar 15 minutos. El efecto será instantáneo. El ejemplo impondrá su ley en todos los ámbitos de la administración pública, en todos los rincones del país. Los deshonestos vivirán una experiencia mística: al llegar la pureza a la Presidencia de México se darán cuenta que han vivido en el error y cuidarán los recursos públicos con escrúpulo impecable. La redención moral saldrá, por supuesto, de las oficinas públicas para cubrir todos los rincones de la República. Andrés Manuel López Obrador nos trasmite también esa nueva: cuando llegue a la Presidencia no habrá robos en México. Así: "Nadie va a robar (...) porque nadie tendrá necesidad de robar".

La lucha contra la corrupción es, sin duda, una de las principales banderas de López Obrador. Si su discurso es persuasivo es, precisamente, porque proyecta una imagen de austeridad que contrasta con la ofensiva ostentación del resto de la clase política. Lo que llama la atención es la ausencia de propuestas concretas para combatir un problema tan complejo. No hay aparición pública en la que López Obrador olvide la perversión moral de la política. Pero, al aludir a esta crisis pone de manifiesto su desprecio a todo esfuerzo institucional por combatir la corrupción; revela su desinterés por las experiencias de fuera y exhibe su ignorancia de las normas vigentes. En el intenso debate sobre el Sistema Nacional Anticorrupción López Obrador calló. No dijo nada porque no cree que las reglas, los procedimientos o las instituciones cuenten. De la rica experiencia internacional que forma un abanico de opciones para combatir la corrupción, no parece haberse enterado el tabasqueño. Y el hombre que ha dedicado buena parte de su vida política a denunciar una corrupción que se fomenta desde la Presidencia de la República desconoce las reglas de su régimen. López Obrador no está al tanto de las disposiciones que regulan la protección constitucional del Presidente ni le interesa conocerlas.

Las instituciones no son, ya nos lo ha advertido, nuestras. Son de ellos y las usan en nuestra contra. Pero, más allá de la parcialidad institucional (que no es, por supuesto, invento lopezobradorista) lo que parece notable es la convicción de su irrelevancia. No se advierte en el dirigente ningún bosquejo de reordenación institucional para cerrarle el paso a los abusos. Su victoria basta. El fundador de Morena no exagera al advertir la complicidad de los partidos que se han alternado en el poder desde hace un par de décadas. Tampoco es infundada su crítica a las instituciones dedicadas a prevenir y combatir la corrupción. Lo que llama la atención es que lo que López Obrador propone para combatir la corrupción es incienso de López Obrador. Don Andrés Manuel está convencido de que respirar su prédica limpiará el aire de México, que acompasar el ritmo de nuestros pulmones a la cadencia de su discurso depurará el espíritu de la República. La corrupción no terminará en un clic. Terminará con un Ooom.

La fe que López Obrador tiene en López Obrador explica su tenacidad, su resistencia, su hermetismo, su coherencia, su sectarismo. Su intransigencia (y la activa colaboración de sus adversarios) lo mantiene políticamente vivo y con buenas probabilidades de conseguir la Presidencia. El personaje es predecible y confiable para sus seguidores porque sigue el mismo dictado. La terquedad puede bloquear su crecimiento pero anima a sus leales. Si repite mil veces la misma frase es porque se acerca al mundo a partir de un breve paquete de fórmulas. El universo conspiratorio que habita le permite caminar con plena inocencia: él ha padecido mil injusticias pero no se ha equivocado una sola vez. Por eso no tiene necesidad de reinventarse ni de examinar el sentido de sus decisiones previas. Como buen sectario está dispuesto a subordinar el cálculo estratégico a la fidelidad. Sería inmoral negociar. Quien se me resiste es un traidor; quien se entrega a mí es un patriota. Sólo la pleitesía al bendito dignifica.

http://www.reforma.com/blogs/silvaherzog/

Proceso
Ciudad de México
Lunes 19 de junio de 2017.

Jesús Silva-Herzog Márquez

"Hay cadáveres en las calles. Explota una granada en alguna parte. Un niño muere durante una persecución de militares tras unos halcones. Hay matones detenidos y armas decomisadas, olor a carne quemada, a cabellos muertos. La ciudad es como un panteón de almas en pena, una Llorona multiplicada que en realidad no tiene lágrimas porque las desparrama hacia dentro y nadie debe saberlo, porque sobrevivir es rendirse y acostumbrarse al imperio de los cañones de fusiles automáticos; esa sangre esa agua salada, las cavidades acuosas, la muerte, el grito de dolor podrido, no sale en los periódicos: en sus páginas se publica el silencio, acaso un accidente, el alza en los precios de los productos y algún discurso del gobernador". Javier Valdez Cárdenas, autor de este párrafo no se rindió y, como anticipaba ahí, no sobrevivió.

La tragedia mexicana ha arrasado la información, en particular la prensa local. La desolación de ese periodismo es símbolo de la devastación nacional. No tienen los periodistas, por supuesto, privilegio en el dolor. Si me detengo en la amenaza al periodismo es porque en su trabajo están nuestros ojos, nuestro entendimiento. Los periodistas son -lo digo sin solemnidad alguna- los cuidadores de la verdad. Sin prensa vivimos a oscuras y sin palabras: mudos y ciegos. La redacción de un periódico es, un poco, el símbolo de nuestra selva inhabitable. Acosado por criminales y políticos (la frontera entre unos y otros es falsa a su juicio), tentado y golpeado permanentemente por la corrupción, infiltrado por espías que delatan e intimidan desde dentro, incomprendido, abandonado a su suerte el diario local es México. No es solamente el periodista quien es obligado a callar, a "ponerse una venda en los ojos y un trapo pestilente en la boca". Al retratar el miedo y la amenaza, la valentía y la traición, el desamparo y la terquedad de los reporteros de la guerra, Valdez pintó nuestro terrible presente.

Decía el periodista John Gibler en una entrevista reciente publicada por El País: "En México es infinitamente más peligroso investigar un asesinato que cometerlo". ¿Alguien se atrevería a desmentirlo? Los criminales tienen el resguardo de la impunidad. A Javier Valdez lo mataron a pleno sol, lo dejaron a la mitad de la calle. Después de disparar doce tiros, los sicarios dejaron el lugar. No puede decirse que hayan huido porque no parece que tuvieran prisa, porque no necesitaron esconderse, porque saben que están a salvo. No hay imágenes de los criminales. En el centro de Culiacán, una de las ciudades más sangrientas del país las cámaras de vigilancia no funcionan. Más del 90% de ellas son inservibles. El gobierno no les ha dado mantenimiento. Matar tranquilamente, escribir con miedo.

Mandan ellos, escribió Valdez. El silencio gana. Al recibir el Premio Internacional a la Libertad de Prensa que otorga el Comité para la Protección de los Periodistas, Javier Valdez habló de la soledad del periodista mexicano. No era la soledad natural del oficio, el refugio firme de quien debe mantenerse distante de los poderes. Hablaba de una soledad "macabra". Era un abandono o, más bien, un desamparo. No tiene eco en la sociedad lo que escribimos, arriesgando la vida. Queda en la página de un diario local, en el reportaje que leen un manojo de personas, en la imagen que se pierde en la tediosa pornografía de la sangre diaria. El desinterés, el hartazgo, la ansiedad social se han vuelto cómplices de la violencia. A cambiar de tema y a cerrar los ojos. Nuestro arrojo, por ello, cae en el vacío, volviéndonos aún más vulnerables. Valdez sabía que la indiferencia abarata la cacería.

La palabra que se abre paso entre las bocas cerradas, el reportaje que se publica entre tantos otros que quedan sin publicar, la imagen que muestra los horrores nace de la admirable insensatez del héroe. Nadie tiene obligación de serlo. Una sociedad que necesita héroes es una sociedad enferma. Una nación saludable no le pide a nadie poner su vida en la cuerda, no llama al sacrificio de ninguno. Pero eso exige un país moribundo: la monstruosidad del heroísmo.

¿Es esto un país?

http://www.reforma.com/blogs/silvaherzog/

Reforma
Jesús Silva-Herzog Márquez
Ciudad de México
Martes 23 de mayo de 2017.

Página 1 de 5

 

El mundo es comprendido por el paradigma, es la forma por la cual es entendido el mundo, el hombre y por supuesto las realidades cercanas al conocimiento.

Información reciente

Síguenos en Twitter