Jesús Silva-Herzog

Se hará su voluntad. La refinería se construirá y no habrá argumento, estudio, advertencia que cuente. Se hará en el lugar que el presidente escogió personalmente. Son incontables las voces que han advertido la insensatez del proyecto. Nada valen frente al capricho presidencial. Las empresas que el propio presidente describió como las mejores del mundo aseguran que el proyecto no puede concluirse satisfactoriamente en los plazos y con las condiciones definidas por el gobierno. Aún así, el presidente sigue con su proyecto y, para que no haya duda, lo hará él mismo.

No hay argumento que valga frente a la obcecación. Los límites legales le son indiferentes. Ya nos ha dicho que la justicia es más importante que la ley y es él, sólo él, quien puede definir el sentido de la justicia. El experto que discrepa de él deja de ser, en ese instante, experto. Será un sujeto sin autoridad moral, un desvergonzado que no merece atención alguna. Lo mismo habría que decir de las instituciones de aquí o de fuera que se atrevan a cuestionar el deseo del líder supremo. Lo único que dice respetar son los mandamientos. Ser honesto para poder ir a la iglesia el domingo, para entrar al templo. Más que los delitos, muchos de los cuales sugiere olvidar, le preocupan los pecados. Quien se dice admirador de Juárez ha usado la tribuna presidencial para amenazar a los pecadores con no ser admitidos en el templo. Quien viola los mandamientos, dijo el presidente de una república laica, comete pecado y por ello no podrá entrar a la iglesia el domingo.

Pues bien, siguiendo la pista del devoto, habría que hablar de pecados y, en específico de uno de ellos, la soberbia para evaluar la política presidencial. Es soberbia y no otra cosa lo que despliega el presidente al desconocer cualquier límite a sus pulsiones. Es soberbia su menosprecio de aquello que merece atención. El soberbio está convencido de su superioridad. Un humano que no se pertenece ya a sí mismo y que, por deberse al pueblo, se lo puede permitir todo. No es extraño que Fernando Savater describa este pecado como el "valor antidemocrático por excelencia." Ese engreimiento anula, en efecto, la posibilidad del diálogo, cancela las precauciones y da permiso para romper cualquier regla. Andrés Manuel López Obrador no admite palabra a la altura de la propia. Por eso carece de consejeros y se ha rodeado de aduladores que guardan silencio frente al torrente de sus caprichos.

Francisco de Quevedo escribió líneas memorables sobre este pecado en un discurso sobre las cuatro pestes del mundo. En esos párrafos advertía que el soberbio jamás se reconoce. Teniéndose como superior, se imagina como el más humilde de todos. Se encuentra por eso más fuera de sí mismo que un loco. Airado e injurioso, el soberbio queda embriagado con el amor que siente por sí mismo. Ruin arquitecto es la soberbia, escribía Quevedo: "los cimientos pone en lo alto y las tejas en los cimientos." ¿Qué ingeniero que discrepara de él merecería sus respetos? Si él decide construir su palacio en el agua, es porque ahí debe levantarse, aunque rezonguen los enterados. El augurio es claro: "nada consigue la soberbia menos que lo que pretende."

El hombre que se imagina como el cuarto padre de la nación, no duda de sí mismo. Dueño de la verdad, del bien y del futuro. No duda de sus proyectos, de sus ideas, de su instinto. Con esa fe se imagina no solamente como el escultor del alma mexicana, sino también como el amo del subsuelo que a fuerza de determinación y honestidad mostrará que todos en el mundo están equivocados. Solo él tiene razón. Él sabe más que cualquier experto. Él logrará lo que ninguna empresa en el mundo. ¡Y ay de aquel que se atreva a dudar de la hermosura de sus intenciones!

No es grandeza, es una hinchazón lo que vemos en el soberbio, decía San Agustín. "Y lo que está hinchado parece grande, pero no está sano." Será por eso que en todo soberbio se esconde el ridículo. Repitiendo siempre las mismas frases como si fueran sublimes hallazgos de sabiduría, vanagloriándose constantemente de su teatral humildad, sermoneando diario a la república sobre el camino de la santa virtud y la verdadera felicidad, insistiendo en que en su voluntad radica un poder mágico que cambiará la historia de la patria, fustigando a los demonios y a los pecadores, el presidente empieza a convertirse en una figura tan cautivadora como un tele evangelista.

Reforma
Jesús Silva-Herzog Márquez
Ciudad de México
Lunes 13 de mayo de 2019.


Jesús Silva Herzog Márquez 

El país empieza a salir del libreto del presidente. Si durante años, el discurso del opositor parecía la más certera denuncia de la realidad, hoy se escucha como retórica escapista: mis números me elogian, los males provienen de otro tiempo, los conspiradores se empeñan en negar nuestros logros. Lo cierto es que el presidente ya no pasea triunfalmente. A pesar de la cortesanía de su entorno, no puede ignorar la multiplicación de la crítica. Sus rituales matutinos se descomponen. La política del chasquido estalla en todas partes con algo que sigue sin aparecer en su imagen de México: la complejidad.

Desde que se anticipaba su triunfo electoral rondaba una pregunta: ¿cómo reaccionará López Obrador ante una crisis? Tarde o temprano aparecería el infortunio, la crisis, el contratiempo que termina definiendo a una administración. Los reflejos de un presidente pueden ser más importantes que sus proyectos. Más que las ambiciones trazadas desde un inicio, cuentan los reflejos ante lo indeseado. La respuesta puede marcar la diferencia entre una crisis que se supera y una crisis que se ahonda. El presidente puede seguir invocando la herencia podrida, la fuerza de su triunfo electoral, el respaldo de sus medidas simbólicas, su innegable popularidad, pero tarde o temprano todo eso se irá desvaneciendo. ¿Qué sucederá cuando la inconformidad se extienda? ¿Cómo lidiará con los obstáculos? ¿Qué hará con la inevitable frustración? La inquietud empieza a aclararse. Y la respuesta que se dibuja no es alentadora. En estos días hemos tenido probaditas de crisis. Si hemos de juzgar por los reflejos ante los desafíos recientes, hay buenos motivos para la preocupación. Andrés Manuel López Obrador no tiene la disposición anímica, la prudencia institucional ni la humildad intelectual para sortear con agilidad una crisis.

Más que aferrarse a una ideología, el presidente se engancha a ese sustituto de pensamiento que son sus frases. Ante cualquier cuestionamiento, ante cualquier percance, ante cualquier sorpresa fastidiosa, acude a la boca del presidente un viejo acervo de frases hechas. Cualquier crítica es tachada como un ataque interesado de sus adversarios que son en realidad conservadores que son en realidad hipócritas. Los otros no tienen autoridad moral porque callaron, porque fueron cómplices, porque pertenecen a una mafia. La moral la encarna él porque no es como los otros. Valdría la pena llevar el conteo de esas frases selladas que el presidente repite mil veces para no atender crítica alguna, para evadir preguntas incómodas, para cerrar los ojos a lo incómodo. George Orwell entendía el significado de esas palabras petrificadas. Las frases hechas exhibían una cabeza que ha dejado de pensar. Un cerebro repite fórmulas secas porque no se aventura a contrastar su prejuicio con la realidad.

Hermética, sorda a las valiosas interpelaciones de la crítica, altanera y displicente, la palabrería presidencial termina celebrando la mentira y la ilegalidad. El presidente tendrá otros números, aunque los fastidiosos datos provengan de su propia administración. Quien ha hecho juramento de verdad, miente cotidianamente. Con desparpajo trumpiano ignora los reportes oficiales, inventa datos, falsea tendencias, engaña. No solamente la verdad es víctima de esa impetuosa palabrería. La ley también sucumbe a la cerrazón. A desconocer la ley vigente, a dejar de cumplir la constitución ha ordenado el presidente López Obrador. Lo ha hecho públicamente con un documento infame, un auténtico decreto por la ilegalidad. El razonamiento presidencial será aberrante pero no es oscuro: la ley ha de incumplirse si es injusta y quien descubre la injusticia de una ley es, por supuesto, el presidente. No me gusta esta ley: ignórese.

Es importante registrar que la secretaria de gobernación, antigua ministra de la Suprema Corte de Justicia, ha guardado silencio después del ignominioso bando. Nada ha dicho y se mantiene, hasta el momento, en su puesto. ¿Significa ese silencio que acatará la instrucción presidencial? Qué penoso sería que esa fuera la coronación de una trayectoria pública. Las lealtades y las intimidaciones de la política suelen poner a prueba la dignidad.

Reforma
Jesús Silva Herzog Márquez
Ciudad de México
Lunes 22 de abril de 2019.

 
Jesús Silva-Herzog


La historia se escribe con tijeras. No es un tejido de múltiples versiones, una memoria rica en contradicciones y misterios sino un enfrentamiento entre dos sujetos morales. La historia es un relato edificante, una sencilla lección cívica, un cuento de clara moraleja. No podría ser de otra manera si se trata de una lucha de los buenos contra los males. El enfrentamiento de los patriotas contra los traidores. Así parece decírnoslo un presidente obsesionado con el pasado. Todos los días presenta un capítulo de esa historia de estampitas en la que cree fervorosamente. En la historia no encuentra ejemplo de una fascinante complejidad, sino de esa simpleza que alimenta su juicio político. Nada de claroscuros. Los héroes son saludables y rozagantes; son honestos y bondadosos. Los villanos son monstruos viles y deformes. Los liberales podrán cambiar de nombre y de escenario, pero no de causa. Los conservadores estarán atrapados por siempre en su maldición: conspirar sin éxito contra la patria. Si alguien ha tomado los murales de Diego Rivera en Palacio Nacional como si fueran una auténtica lección de historia ha sido es precisamente quien hoy despacha ahí.

De esa historia de bronce proviene la convicción de que el tiempo puede cortarse a voluntad. Con una navaja puede separarse el hoy de todos los días precedentes. En un instante se pasa de una era a otra. Se puede por eso romper definitivamente con todas las herencias del pasado e iniciar, como en una hoja en blanco, el nuevo capítulo de la nación. Esa ilusión de la cisura expresa una idolatría de la política. Imaginar al poder como una fuerza capaz de romper el tiempo. Terminar súbitamente los hábitos, fundar con fresquísimos materiales, la nueva arquitectura de la nación. Proclamar el primer día.

Así se decretó recientemente. El presidente de la república declaró, con toda solemnidad, la abolición definitiva del neoliberalismo. Tras la abolición de tan perverso credo, el auditorio se entregó a los aplausos. Se pensará que, tal como Hidalgo abolió la esclavitud, López Obrador termina con la servidumbre del presente. A decir verdad, la anulación no parece muy convincente si advertimos que las columnas fundamentales del neoliberalismo se mantienen intocadas y aún apreciadas como sustento de la estabilidad del nuevo gobierno. Si el neoliberalismo concretó dos reformas cruciales durante su reinado, la primera sería la autonomía del banco central y la segunda el acuerdo comercial de Norteamérica. No parece intención del gobierno terminar con la autonomía del Banco de México ni romper el pacto norteamericano. Pero en la imaginación del presidente, la ideología neoliberal ha sido definitivamente eliminada. Los aplaudidores de palacio habrán celebrado la histórica liberación de una doctrina perniciosa, pero, vale preguntar, ¿puede decretarse la abolición de una idea? Aceptemos, si se quiere, que el neoliberalismo es la más perversa de las concepciones económicas en la historia de la humanidad. Pensemos que es, como nos dice el presidente, una ideología demoniaca de la que han surgido todos los males que padece el país. Pero, aún creyendo en el satanismo neoliberal, ¿puede alguien abolirlo? ¿Puede la política invalidar una idea? ¿Puede abolirla?

La ilusión presidencial es reveladora de una ingenuidad disfrazada de omnipotencia. Arrogancia que es, en el fondo, ignorancia. Quien se imagina con el poder de abolir una idea, desconoce que el mundo de las ideas escapa de su control. El poder presidencial, por macizo que sea, no puede anular una fuente de pensamiento. Se trata de la misma soberbia de quien pretende bautizar su propio tiempo y colocarse por adelantado como una de las cuatro estatuas de la historia nacional.

Hace mil años, un rey Canuto de Inglaterra se burló de los aduladores que lo endiosaban mostrándoles el límite de su poder. Eres el más sabio, el más poderoso. Nadie osaría desobedecerte, le decían. Pues bien, si eso es cierto, le ordenaré al mar que retroceda y que cesen ya las olas. Tras la respuesta del mar, los aduladores callaron. Soberanía no es omnipotencia. El presidente podrá decretar la abolición de mil ideas perniciosas, podrá proclamar que despierta el primer día del cuarto nacimiento de México y dirá misa.

Reforma
Jesús Silva-Herzog
Lunes 1 de abril de 2019.


Jesús Silva-Herzog  
 

La política del actual gobierno nos ofrece, mañana tarde y noche, dulces envenenados. El oficialismo celebra el celofán con que envuelve sus decisiones, pero se desentiende de las sustancias tóxicas que oculta bajo el caramelo.

Se celebra, por ejemplo, que se ha aumentado el catálogo de delitos graves. Qué gran cambio, festeja el presidente. Hemos terminado con la permisividad neoliberal que trivializaba el horror de la corrupción, del fraude, del feminicidio. Hemos cambiado la ley para considerarlos delitos graves. Lo que no dice el presidente es que la palabra "grave" no designa, como en el lenguaje común, la dimensión de la ofensa sino el tratamiento procesal del acusado. ¿En algo ayuda esta reforma para combatir la impunidad? En nada. Absolutamente en nada. Lo reconoce incluso la el dictamen de la Cámara de Senadores: lo que aprobaremos "no resuelve per se el problema de inseguridad ni es en sí una medida dilatoria (sic) de la comisión de delitos". Aún reconociendo la inutilidad de la medida, la aprobaron. Y no es una mera frivolidad. Siendo inequívocamente ineficaz es una reforma nociva. La reforma dará nuevos permisos para atropellar la presunción de inocencia. Y favorecerá la criminalización de la pobreza. Así lo ha advertido la Comisión Nacional de Derechos Humanos. Pero, al parecer, no importan las consecuencias de las reformas. Importa su envoltura. Que puedan venderse, por supuesto, como un clavo más sobre el ataúd del neoliberalismo.

Propone la bancada mayoritaria en la Cámara de Diputados una iniciativa para reducir a la mitad el financiamiento a los partidos políticos. ¡Todos a festejar! Finalmente, alguien se decide a quitarle el dinero a las entidades más abominables. ¿Quién podría oponerse a tan magnífica propuesta? La iniciativa tiene apariencia benefactora, pero sería un golpe severísimo, tal vez mortal, al ya agónico sistema de partidos. Con los resultados de la elección reciente, el partido del gobierno sería el único beneficiario de la medida. José Woldenberg ha hecho el cálculo de lo que significaría la aprobación de esta propuesta: Morena aumentaría en un 89% sus recursos, mientras que las oposiciones más importantes perderían entre 50 y 60% de sus ingresos. Si el financiamiento público ha de prevalecer, es importante que aliente razonablemente la equidad. El pluripartidismo no es gratis. Los ahorros que nos quieren vender como medida admirable son, en realidad, un tiro de gracia. ¿De veras queremos vivir sin el fastidio de la pluralidad?

Lo más grave, sin duda, es la reforma constitucional que está en el aire. Se nos ofrece como un paso democrático: poder quitar, mediante el voto a un presidente impopular. El arreglo institucional de la revocación es extraordinariamente delicado. De él depende, no solamente la estabilidad de los gobiernos futuros, sino también su capacidad para poner en marcha reformas y su corpulencia para resistir los embates de los adversarios. Alterar el periodo fijo de gobierno modifica sustancialmente los equilibrios tradicionales del presidencialismo. No digo que ese esquema deba permanecer inalterado. Simplemente advierto que, para modificarlo, hay que examinar cuidadosamente las alternativas. Sin embargo, en la conducta de los diputados se han impuesto tres vicios graves y preocupantes. Por una parte, el sometimiento irreflexivo al deseo presidencial. Si el presidente lo quiere, nosotros se lo daremos. Se trata de una sumisión que, además, actúa como si estuviéramos ante una urgencia. Reformas de ese calado no pueden definirse con prisa. Pero los morenistas en la Cámara de Diputados no quieren perder el tiempo en argumentos. Finalmente, los oficialistas legislan como si su condición fuera perpetua. Legislan para López Obrador y para el presente. Quieren abrir un camino para lo inmediato sin detenerse a considerar lo que puede venir. Olvidan la norma elemental de la prudencia institucional: las reglas que diseñas deben servir para contener a tu peor enemigo. La rueda de la fortuna pondrá en tu sitio a quienes más temes. Al diseñar instituciones hay que imaginarse con la responsabilidad del poder y también en la condición de minoría. La actuación del partido gobernante refleja la convicción contraria: hay que legislar para el instante y para el jefe. Después de Amlo, el diluvio.

Reforma
Jesús Silva-Herzog
Ciudad de México / Mx.
Lunes 18 de marzo de 2019.

   
Jesús Silva-Herzog


A pesar de la insistencia presidencial, a pesar de las amenazas que se escucharon a la víspera de la votación, eso que llamamos "cámara alta" supo escuchar las inconformidades y logró un consenso sorprendente para impedir la consagración militar. Lo han reconocido los críticos más enérgicos de la propuesta original.

La política mexicana dio un giro insospechado. Hace unos días el Senado abrió una puerta al diálogo. El legislativo interrumpió el soliloquio del nuevo presidencialismo para hacernos recordar que ni la elección más enfática puede borrar la pluralidad mexicana. Es importante apreciar el sentido de la sorpresa, las condiciones que la hicieron posible y las perspectivas que abre para el futuro inmediato. El acuerdo del Senado que modifica sustancialmente la propuesta que el Ejecutivo hizo para configurar la Guardia Nacional, recupera para la legislatura un papel que parecía eclipsarse en los tiempos de la mayoría aplastante. A pesar de la insistencia presidencial, a pesar de las amenazas que se escucharon a la víspera de la votación, eso que llamamos "cámara alta" supo escuchar las inconformidades y logró un consenso sorprendente para impedir la consagración militar. Lo han reconocido los críticos más enérgicos de la propuesta original. El Senado escuchó, las oposiciones se coordinaron estratégicamente, las organizaciones aportaron propuestas razonables. Nadie fue arrollado, nadie fue ignorado. Todos los senadores dieron su respaldo a un documento de consenso auténtico.

No celebro la unanimidad. No suele ser la conformidad absoluta señal de salud democrática. Lo que vale reconocer en este caso no son los votos, sino el proceso de deliberación parlamentaria. Más allá de lo importante que es para la causa de los derechos el haber impedido (por el momento) la constitucionalización del militarismo como buscaba el presidente López Obrador, la intervención del Senado es muestra de que otra política es posible. Una política que reconozca la aportación de los conocedores, que aprecie el valor la crítica y el mérito del diálogo. Es estimulante el proceso reciente. El Senado abrió las puertas a los sospechosos y todos salimos ganando. Quienes reciben cotidianamente el insulto matinal del presidente fueron los arquitectos del pacto en el Senado. Especialistas, organizaciones no gubernamentales, representantes de la sociedad civil, escépticos y críticos de la "Cuarta Transformación," opositores. A ellos debemos la modificación de una iniciativa que ya había sido aprobada por la Cámara de Diputados. A los machuchones, a los fifís, a los hipócritas conservadores, pues, debemos la sorpresa de la enmienda. Lo que es digno de registrar es que, al parecer, no se extendió por los pasillos de la asamblea la peste de la reacción. Se escuchó a los expertos y nadie se contagió de elitismo antinacional. Se atendió a las organizaciones sociales y no se tiene registro aún de que el conservadurismo se haya propagado. La lección para el nuevo régimen podría ser valiosa: los otros tienen algo que decir.

La sorpresa de la semana pasada no hará verano. Una reforma constitucional exige un acuerdo extraordinario. Lo excepcional y lo digno de ser reconocido en este caso es que, en primer lugar, la mayoría en el Senado estuvo dispuesta a escuchar a los críticos de la iniciativa presidencial y que, en segundo lugar, las oposiciones lograron mantener un frente común que no era un simple rechazo, sino una activa disposición a encontrar un acuerdo. Observamos el compromiso de legislar en pluralismo. La siguiente prueba será tan importante como ésta: el nombramiento de la futura ministra de la Suprema Corte de Justicia. La mayoría calificada que es necesaria para aprobar el nombramiento, vuelve a darle un papel protagónico a las oposiciones. Ninguna de las abogadas que han sido propuestas por el Ejecutivo tiene la necesaria distancia personal y política del presidente para cumplir con las tareas de un juez constitucional. Esperemos que la experiencia de la Guardia Nacional sirva para proteger la autonomía y la dignidad del último órgano del Estado y rechazar la terna enviada por el presidente.

El proceso senatorial deja, a mi entender, una enseñanza clara: la navaja del populismo que corta en dos al país es, no solamente nociva sino absurda. Un país complejo no puede ser gobernado con el maniqueísmo de esa epopeya del Pueblo bueno contra los siniestros mafiosos. En el Senado se rompió la estamsspa del populismo. Se nos presentó con claridad y elocuencia la estampa contraria: la de la pluralidad.

Reforma
Jesús Silva-Herzog
Ciudad de México
Lunes 25 de febrero de 2019.


Jesús Silva-Herzog

         
A principios de la semana pasada, en el Palacio Nacional, el presidente de la república da cuenta de una lista de traidores. Funcionarios que conspiraron para destruir la industria eléctrica del país. Significativamente, se sirve de un hombre desvergonzado y sin prestigio para dar lectura al nombre de los infames. "Le voy a pedir al licenciado Bartlett que les dé a conocer los nombres de los funcionarios que han trabajado y trabajan para las empresas particulares." Su subordinado reitera que la difusión de la lista es una orden del jefe del Estado mexicano: me encarga el presidente que recordemos el nombre de quiénes han destruido a la CFE. Así empieza a leer la lista de los villanos. No se toma la molestia de verificar cargos y responsabilidades. Se equivoca en los tiempos en los que ocuparon puestos, confunde fechas y oficinas, pero aún así procede a leer la lista de la infamia.

Desde el centro del poder nacional, ante todos los medios de comunicación del país, el hombre más poderoso de México da la instrucción para destrozar la reputación de un grupo de mexicanos. Adelante, dijo: lea usted los nombres. Son los traidores. Son los inmorales. Son quienes cometieron faltas imperdonables. Vulneraron el interés de la patria. Colocaron su ambición por encima del deber. Que los conozca el mundo para que dé la espalda a los miserables. Para que les escupa y se les destierre. Ningún otro propósito tiene la publicidad de esa nómina. Se trataba de arruinar el prestigio de un grupo de mexicanos. Marcar su rostro y su cuerpo con una seña de deshonra. Mancharlos, estigmatizarlos. Todo el poder de la presidencia en contra de un grupo de ciudadanos que no puede defenderse de la agresión. ¿Qué defensa puede esgrimir un particular en contra de una embestida presidencial de esta dimensión? ¿Quién tiene una tribuna semejante a la que ocupa el presidente cotidianamente? ¿Quién cuenta con los poderes que ejerce el presidente más poderoso de la historia reciente del país? Una acusación del presidente López Obrador es una denuncia, un veredicto y una condena. Un monstruoso abuso de poder.

¿Y de qué se les acusa? De haberse apartado del código moral del Amado Líder. Eso. Ninguno de ellos recibe una acusación legal. Nadie enfrenta un proceso jurídico, nadie tiene oportunidad de defenderse en tribunales para limpiar su imagen. El jurado y el verdugo son el propio presidente de la república. Es sólo él quien ha inventado la infracción moral. Los acusados no han cometido delito alguno. Cumplieron, hasta donde puede saberse, con sus obligaciones legales. Acataron las reglas del derecho que son las únicas cuyo cumplimiento puede exigir el poder público a los ciudadanos. ¡Pero pecaron! Todos esos funcionarios fueron tentados por el mal y cayeron en el vicio. El puritano los llama pecadores, inmorales. Ese lenguaje de inquisidor implacable ha vuelto al discurso público: quienes aparecen en la lista de la deshonra no cometieron delito pero, a juicio del inquisidor, actuaron "inmoralmente." Por eso lanza a los pecadores a la jauría. Incapaz de construir un argumento legal en su contra, los mancha para provocar su deshonra.

Al inquisidor le tiene sin cuidado el marco de lo jurídico, ese trazo que todos conocemos y que delimita con razonable precisión los límites de lo lícito. Su engreimiento moral lo faculta para lanzar acusaciones que no tienen más fundamento que su prejuicio. Así aparece cotidianamente en la plaza pública para fustigar al traidor que no se ajusta a su código personal. Nuevo ataque al orden cívico: despreciar la ley acordada para invocar la moralidad del caudillo.

Lo que sucedió la semana pasada en la conferencia de prensa del presidente de la república es gravísimo. El presidente empleando su gigantesco poder para aniquilar moralmente a sus adversarios. La tribuna presidencial empleada para promover una cultura de linchamiento. Esta es la lista de los miserables: que el pueblo noble, sabio y bueno actúe como crea conveniente. Cuando el presidente habla no habla un ciudadano cualquiera que expresa su punto de vista. La palabra presidencial tiene un impacto directo en la vida de las personas que nombra. La voz del poder no puede ser la voz de la inquina personal y del odio.

Reforma
Jesús Silva-Herzog
Ciudad de México
Lunes 18 de febrero de 2019.


Jesús Silva-Herzog M.
 
    
El presidente da la cara. Está presente todos los días en los medios. Desde la primera hora enfrenta a los periodistas. Mientras peleamos contra las sábanas, el presidente habla de sus iniciativas; cuando nosotros salimos del baño, el presidente anuncia un nuevo programa de gobierno. Escucha las preguntas de los reporteros. Responde algunas y evade otras. Sobrevuela los temas, no penetra en los detalles, rara vez se presenta datos precisos. Pero diariamente, como nadie en el mundo, dialoga, se deja ver, atiende peticiones de información. Por supuesto, como bien ha dicho Daniel Moreno, esta ceremonia cotidiana es todo menos una estrategia para la transparencia. Ese no es el objetivo de las homilías matinales. Las conferencias del presidente son una buena demostración de su política. Una extraordinaria sensibilidad y una preocupante improvisación.

La crisis de la democracia de la que tantos hablan en estos tiempos es producto, en buena medida, del abismo que existe entre el poder y la gente. Si se habla de los achaques de la democracia liberal o, incluso, de su agonía, es porque el poder democrático que, en principio debe estar atado al voto, se fuga a otro mundo. Podemos imaginar que en algún tiempo la lejanía de los gobernantes pudo haber cultivado el ascendiente del misterio. Asumir que la política es, a fin de cuentas, un arcano. Un sitio recóndito, reservado a unos cuantos. Era, tal vez, la autoridad de lo impenetrable. Hoy no quedan ya permisos para el distanciamiento. Toda distancia enfurece. Ofende también la coraza que protege al poder. Irrita el boato, la fastuosidad, el despilfarro. Todo esto lo entiende el presidente López Obrador. Se ha dedicado a pintar otro cuadro de la política.

No puede negarse que la suya es una forma distinta de mostrar y ejercer el poder. O, tal vez, de ejercer el poder, mostrándolo. Un poder cuya función principal es esa: mostrarse. Después de todo, el voluntarismo mágico de su fe depende de la propagación de un mensaje. Véanme y serán transformados. Escúchenme y encontrarán otra razón para vivir, lejos de la codicia y de los bajos placeres. De todo pueden tratar estos sermones, pero lo cierto es que muestran una autoridad cercana, hacen alarde de acción y de una ambición descomunal. El poder presidencial no es solamente visible, parece palpable. Tan al alcance de la mano está que corre riesgos indebidos. Su poder no encarna particularmente una reflexión meticulosa ni una estrategia sesuda, sino, ante todo, reflejo, acción impetuosa. Y se muestra también como un poder que se imagina como la palanca de una nueva etapa de la historia mexicana. Mucho puede decirse y criticarse del invento del autodidacta que desmañana reporteros, pero deberíamos aquilatar la importancia del triple mensaje que se repite con ejemplar consistencia: cercanía, acción, ambición. Un poder que no se aleja ni se oculta, un poder que no se queda dormido y que se atreve a desear lo extraordinario.

¿Desea lo extraordinario? Por supuesto. ¿Seduce su propósito? Sin duda. Ahí sigue en las nubes, con altísima popularidad. ¿Se está construyendo lo extraordinario? Nada hay que lo sugiera. Lo que se ha construido efectivamente es esa fuerza presidencial que se celebra todas las mañanas como encarnación del Cuarto Nacimiento. Es un poder que no solamente se beneficia de la debilidad de los contrapesos y la nulidad de los adversarios, sino que también se ha empeñado en erosionar las autonomías.

En las ceremonias matinales se trasluce también un mecanismo de decisión que resulta preocupante. Lo es, en primer lugar, porque se nos han presentado a las figuras que acompañan al presidente. Ya no nos imaginamos la voz del director de Pemex. ¡Lo hemos oído! Pocos funcionarios que acompañan al presidente han demostrado que merecen estar en su cargo. Ninguno parece capaz de llenar los importantes huecos en la formación del presidente. Nadie parece tener el aplomo para detener los arrebatos, las ligerezas o los desatinos del jefe. Y prevalece en esas ceremonias una idea de política basada casi en exclusiva en la intención. Si los deseos son tan nobles, si nosotros somos tan honestos, ¿qué podría salir mal?

Reforma
Jesús Silva-Herzog M.
Ciudad de México
Lunes 28 de enero 2019.


Jesús Silva-Herzog

Cuando en abril del 2016 se votó en el Congreso brasileño por la destitución de la presidenta Dilma Roussef, el diputado Jair Bolsonaro dedicó su voto al coronel que la torturó cuando tenía 19 años. En esa hora solemne, el militar convertido en político quiso dejar en claro la fuente de su inspiración. El coronel Carlos Alberto Brilhante Ustra, muerto en 2015, fue responsabilizado de la tortura, desaparición y muerte de cientos de disidentes en tiempos de la dictadura. Con su voto, el legislador le rendía un homenaje. Esa devoción por el torturador es reveladora. El ideal de quien se convertirá muy probablemente en presidente de Brasil no es la democratización de la democracia, no es la inclusión popular, no es la lucha contra las élites, es la militarización de la sociedad.

La prensa insiste en describirlo como un populista de derecha. No lo es, es un fascista y es importante hacer el distingo. Populistas y fascistas coinciden en su rechazo al dispositivo liberal, pero, mientras el populista propone medidas y símbolos de inclusión popular para corregir los vicios del elitismo, el fascista propone la violencia como mecanismo para terminar con la cobardía liberal y su siniestra tolerancia. La violencia ocupa el núcleo del discurso de Bolsonaro. Para evitar la homosexualidad, hay que golpear a los hijos que muestran esas peligrosas tendencias. Hay que aplicar ejemplarmente la pena de muerte. Y revivir el edificante espectáculo del fusilamiento. Bolsonaro lo ha dicho: hay que fusilar a los opositores del Partido del Trabajo, hay que fusilar a los delincuentes, hay que fusilar a los inmorales. Los héroes matan, ha declarado su compañero de fórmula, El matadero es la fantasía política del fascismo. Bolsonaro se ha percatado que en nuestro tiempo no hay nada más eficaz que la defensa enfática de lo aberrante. Decir con soltura las peores barbaridades garantiza atención de los medios, sean viejos o nuevos. Conlleva además una extraña bendición: el patán presume que es el único auténtico entre la legión de los hipócritas. Dice las cosas tal cual, expresa sus puntos de vista sin hacer concesiones a lo políticamente correcto. El discurso del brasileño es sorprendentemente agresivo, incluso para los niveles de violencia retórica de nuestros tiempos. La agresión es para él la expresión natural de una masculinidad resuelta. Con su voz grita el orgullo del macho. Padre de cuatro hijos y una hija, declaró hace poco en un evento en Río de Janeiro que engendró a la niña en un penoso momento de debilidad. Por eso no puede decirse que su antifeminismo o que su homofobia sean rasgos secundarios de su personalidad. El fascismo tiene un fuerte componente sexual. Transfiere la voluntad de poder a los dominios de la sexualidad, como dijo Umberto Eco en un viejo artículo sobre el fascismo eterno. El fascismo expresa una masculinidad predadora. Bolsonaro busca una revolución del orden. El ejército ha de ejercer el poder nuevamente como símbolo de jerarquía, eficacia y patriotismo. "El periodo militar fue un tiempo de gloria para Brasil, declaró Bolsonaro. Los criminales eran criminales; el que trabajaba era recompensado y, hasta en el futbol pasábamos menos vergüenzas." Pero la dictadura en la que sueña el fascista brasileño es una dictadura más enérgica, más decidida, más letal. Una dictadura que no tenga los miedos de la previa: que no solo torture, sino que también mate. No hay aquí la ilusión de un gobierno del hombre común que se hace cargo de su destino, como pregonan los populistas. Lo que hay aquí es el mito de la mano dura. El mito de la eficacia militar... y tecnocrática. La restauración que imagina Bolsonario pretende restablecer el antiguo matrimonio entre la dictadura y los economistas ultraliberales. La crisis de las democracias liberales ha alimentado a sus adversarios. Mal haríamos colocando a todos en el mismo saco. Siendo complejo el reto que nos lanza el populismo, debemos reconocer que es muy distinto el que provoca el nuevo fascismo: un polo que propone la militarización, el rechazo a los derechos humanos y la politización del machismo. El modelo político de Bolsonaro no es la política corrosiva de Trump o Berlusconi, dos populistas de derecha. Su pódelo es la política criminal de Duterte.

Reforma
Jesús Silva-Herzog Márquez
Ciudad de México
Lunes 15 de octubre de 2018.

   
Jesús Silva-Herzog Márquez

Sus críticos se toman literalmente lo que dice, pero no se lo toman en serio. Sus simpatizantes, en cambio, se lo toman muy en serio, pero no literalmente. Lo advertía Selena Zito hace un par de años en un artículo publicado por The Atlantic Monthly. La periodista se refería, por supuesto al fenómeno Trump. No abordaba el radicalismo de sus propuestas, ni las implicaciones ideológicas de su candidatura. Le intrigaba la manera en que su discurso escindía a la sociedad pero, sobre todo, la manera en que revelaba su fractura. En la manera en que los norteamericanos escuchaban a Trump se exhibía una sociedad partida, en la que cada hemisferio negaba a la otra mitad.

Algo semejante podemos decir del discurso de Andrés Manuel López Obrador. Quienes lo siguen escuchan un discurso muy distinto al que escuchan quienes desconfían de él. Quienes crean sacrílega la asociación, pueden leer la carta que el presidente electo dirigió a Trump. Unas semanas después de su victoria, López Obrador encontraba paralelos estimulantes con el habitante de la Casa Blanca: ambos hemos derrotado al establishment, le decía. Usted y yo hemos enfrentado adversarios poderosos para poner al pueblo en el centro de la política. Los proyectos y las convicciones ideológicas pueden ser polarmente opuestos pero hay entre ellos un innegable parentesco retórico. Los ingredientes son semejantes: la infinita sabiduría del pueblo, la permanente conspiración de los poderosos, la podredumbre de la política tradicional, la perversidad de los medios que se oponen al cambio.

Lo cierto es que López Obrador ha roto los cristales de la retórica tradicional. Su discurso no se asemeja al de ningún político de la historia reciente. No hay tampoco quien siga la pista de ese lenguaje rico en hallazgos verbales, en ocasiones fresco, gracioso y punzante, pero en la mayor de las ocasiones cansado, reiterativo, machacón. Entender a López Obrador es esforzarse por comprender el estatuto de su lenguaje. En ese discurso está, sin duda, una de las armas más potentes de su política. Su autenticidad, su arrojo, la fuerza de su atractivo están en el lentísimo compás de su discurso, en la seducción de los mitos históricos, en la energía de una convocatoria moral. La suya es la palabra más eficaz del presente. Pero en la inercia de sus palabras puede residir también uno de los lastres más pesados de su gobierno.

Lo debemos tener claro: el futuro presidente no va a cotejar las cifras de la OCDE antes de alzar la voz. Improvisará constantemente. Tendrá sus datos. Fijará hábilmente la agenda nacional. Seguirá siendo renuente al claroscuro. Contrastará la tragedia del pasado inmediato con la luminosidad del futuro. Por eso el presidente electo puede decir, sin incomodidad alguna que estamos en bancarrota pero que, al final de su administración seremos una potencia y un ejemplo para el planeta. No bordará las complejidades de la política sino la obviedad de la única ruta moralmente válida. Expresará con brusquedad sus desacuerdos. Descalificará a sus adversarios y lanzará seguramente la acusación habitual: mis críticos no están solamente equivocados, son moralmente repudiables. Y al mismo tiempo, mantendrá una comunicación intensa y auténtica con millones de mexicanos. Será para muchos, la voz más confiable en el país. Para muchos, la única digna de confianza.

Entender los puentes de esa comunicación es indispensable para tomar en serio su discurso. Mal haríamos desconociendo las razones de la persuasión. La autoridad de López Obrador se explica por el descrédito de las viejas voces, a las que se tacha, con razón o sin ella, de parciales e interesadas. Entidades públicas y privadas, organismos internacionales, profesionales y expertos han corrido la misma suerte de la clase política. Desprestigio y castigo. Al diablo los expertos, se dijo en Gran Bretaña en la campaña del Brexit. En México atraviesan un descrédito profundo. No importa mucho discutir si el desprestigio es justo o no. Lo que importa registrar es la pérdida de su ascendiente. Rehacer ese prestigio no será cosa fácil pero es indispensable. Entablar el diálogo necesario es exigir razón y fundamento al presidente, es llamar a la responsabilidad en su discurso. Pero es también trabajar en la reconstrucción de las otras confianzas.

Reforma
Jesús Silva-Herzog Márquez
Ciudad de México
Lunnes 24 de septiembre de 2018.

   
Jesús Silva-Herzog   


La política no puede darse el lujo de renunciar a los símbolos. Los necesita para convocar adhesión, para hacer comprensible el sentido a su acción, para articular un relato persuasivo y medianamente coherente. Requiere de símbolos también para ocultar lo insoportable. Por eso se empeña en la ceremonia, en los mensajes de la acción, en la cuidada envoltura de las decisiones. La política es representación, es decir, puesta en escena. Pero no hay política que viva de signos solamente. Será teatro pero es más que teatro. La política es decisión y toda decisión política provoca efectos. La política empieza a contar cuando seduce la imaginación pero adquiere seriedad cuando se hace cargo de sus consecuencias.

La tensión entre el símbolo y la consecuencia se percibe con claridad en las señales del grupo que se prepara para asumir el poder en diciembre. ¿Representar el cambio o producirlo? Desde luego, la disyuntiva, así planteada, es absurda: hay que cambiar y mostrar el cambio; hay que hacer y significar. Como decía arriba, la política ha de atender el símbolo y la consecuencia. Pero, ¿no es claro que estamos ante el peligro de que el cambio sea sacrificado en el altar de su representación simbólica? El teatro aplastando al instrumento. Cuando se escucha a los voceros del próximo gobierno, cuando se oye al Presidente electo da la impresión de que, efectivamente, se cree que importa más la señal que se transmite que el efecto que se provocará con la decisión. Fe en el símbolo como productor automático de consecuencias virtuosas. La idea de que el cambio en las señales basta; que la novedad del emblema demuestra la autenticidad de la transformación.

Desde sus tiempos como alcalde de la Ciudad de México y en su larga marcha en la oposición, Andrés Manuel López Obrador ha sido talentoso en el manejo de los símbolos. Ha proyectado un mensaje simple, persuasivo y, finalmente, exitoso. Logró colocarse como el crítico tenaz de un arreglo político y de una ideología económica. Diestro como pocos en la producción de señales públicas, logró identificarse con una política austera y sensible que lo situó en el lado opuesto del derroche y la arrogancia. Hoy que se perfila para asumir la jefatura del Gobierno, esos símbolos no bastan para producir los efectos que promete. A la elocuencia del símbolo hay que agregarle sentido de responsabilidad: hacerse cargo de los efectos de la acción. El futuro presidente de México parece haberse convencido de que el cambio es, ante todo, simbólico. Romper con el orden visual del antiguo régimen, separarse de las representaciones habituales, disociarse de los viejos artefactos, romper con las ceremonias rutinarias, abandonar las antiguas residencias del poder. Dicen que Napoleón alguna vez dijo que mandar era gobernar la mirada. El Estado aparece de esta manera como un productor de lo visible, un escenógrafo de lo público. En ello parece coincidir el futuro presidente de México, preocupado como está por la producción de imágenes y símbolos de cambio, descuidado como se muestra en la anticipación de las consecuencias de su dirección de escena.

Pensemos, por ejemplo, en la austeridad, uno de los llamados más atractivos del futuro gobierno porque coincide con una enfática exigencia pública. Que el gobierno nos cueste menos. Que termine el derroche, que acabe el dispendio. El símbolo de la austeridad es, claramente, la reducción de los salarios de la alta burocracia. La decisión es, desde luego, recibida con entusiasmo por la gente. Pocas decisiones tan populares como esa. Pero... ¿es compatible ese gesto de ahorro con el gigantesco derroche que significaría la dispersión del gobierno federal? ¿Hay algo más ofensivo que el desaprovechamiento de los recursos que ya tiene la administración? ¿Cuánto ha invertido el país en la infraestructura de la Secretaría de Salud, de la SEP, de Pemex? Todo, al basurero porque habrá que escenificar la bienaventurada siembra de la nueva burocracia nacional. Bien caro nos puede salir el teatro de la austeridad. Las refinerías, esos templos del nuevo nacionalismo económico, pueden resultar terriblemente dispendiosas. El símbolo desentendiéndose de las consecuencias.

Http://www.reforma.com/blogs/Silvaherzog/

Reforma
Jesús Silva-Herzog
Ciudad de México
Lunes 30 de julio 2018.

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