Jesús Silva-Herzog

Hace unas semanas Eduardo Guerrero anunciaba en su artículo de El financiero al seguro ganador de las elecciones del 2018. No hacía proyecciones con los datos que arrojan las encuestas. No se refería a la elección presidencial. Hablaba de las organizaciones criminales que, sin aparecer formalmente en la boleta, están decidiendo la elección. Podemos estar seguros de que ganarán los criminales, adelantaba el experto en seguridad. Ganarán porque están eliminando a sus enemigos y porque han sometido a quienes ocuparán puestos en las alcaldías que son vitales para sus intereses.

Los homicidios políticos se han convertido en la noticia habitual de esta temporada. Algo tan común que apenas nos distrae de las frivolidades de las campañas. Hace un par de días el candidato a diputado federal por el PRI, Fernando Purón fue asesinado momentos después de participar en un debate con sus adversarios a la diputación del Primer Distrito de Coahuila. La noticia pasó casi desapercibida. Una muerte entre muchas. Más de un centenar de políticos han sido asesinados desde que empezaron las precampañas y nosotros seguimos hablando de las ocurrencias de los candidatos. Hemos hablado más de los apodos de los candidatos del asedio que viven quienes hacen campaña en los territorios de la violencia. Es necesario subrayar la magnitud de intimidación. Más de cien candidatos o aspirantes a candidatos han perdido la vida mientras buscaban el voto y faltan aún veinte días de campaña. Cada uno de estos actos de violencia irreparable es un gravísimo atentado a la convivencia democrática y nosotros volteamos la mirada. Para un país en paz, el mínimo asomo de la violencia contra quienes aspiran a la representación popular provocaría una conmoción nacional. Aquí nadie se desvía de su camino al enterarse del enésimo atentado. Una noticia veloz en el informativo, una nota en la esquina del diario, condenas de rutina, declaraciones de ensayada indignación. A la impunidad hay que agregar la indiferencia. Los crímenes no encuentran castigo y ya casi ni encuentran registro. El morbo de hace unos años se ha vuelto hastío. No hay interés por encarar lo abominable. Cambiamos de tema, cerramos los ojos, volteamos la cara. Por eso los candidatos pueden hacer como si esa tragedia no existiera, como si esa desgracia no fuera la amenaza más terrible a la convivencia, como si no fuera el problema que tendría que unirnos a todos. Así, entre la indiferencia de autoridades, medios y ciudadanía, se multiplican los atentados que dejan sin sentido el proceso democrático en amplias zonas del país.

La violencia nos recuerda lo elemental: en ausencia de ley, sin Estado la democracia, que es un modo de convivencia, es imposible. En julio se votará por miles de cargos a lo largo del país pero... ¿en cuántos de ellos debemos advertir que no habrá propiamente una elección libre? ¿En cuántos distritos, en cuántos municipios han faltado las condiciones elementales de competencia? ¿Cuántos votantes acudirán con miedo a votar? ¿Cuántos candidatos están al servicio del crimen? ¿Cuántos han desistido de participar para no enfrentar a los delincuentes? Lo que está sucediendo en las zonas violentas del país es la negación misma del proceso democrático. No puede haber una competencia abierta por el voto cuando antes de la aritmética electoral se imponen las balas. Si la violencia selecciona a quienes pueden competir, si el crimen ejerce su veto sanguinario no podemos hablar de un proceso representativo. Digo lo obvio: nuestra caída en la barbarie es incompatible con la civilidad de la democracia.

Durante décadas hablamos de condiciones de la competencia electoral. Hablamos del acceso a los medios, de las reglas del juego, del dinero y de los árbitros. Hoy debemos dar diez pasos atrás para hablar de las precondiciones de la competencia, es decir, de la paz, de la tolerancia, del respeto a la vida, de la renuncia a la violencia para defender el interés propio.

Hoy en México no se accede al poder mediante las armas pero se define el acceso al poder mediante las armas. No hablo, por supuesto de la política nacional sino de los territorios dominados por el crimen organizado. No son islas diminutas de violencia sino un vasto archipiélago de barbarie. Las mafias no tienen necesidad de asaltar directamente el palacio. No buscan ejercer directamente el poder. Quieren un poder a su servicio y para asegurarlo envían sus mensajes de muerte.

Reforma
Jesús Silva-Herzog
Ciudad de México
Lunes 11 de junio de 2018.


Jesús Silva-Herzog Márquez

Los panistas se reconcilian en Morena. Mientras Ricardo Anaya celebra el cumpleaños de un PRD moribundo e insignificante, Andrés Manuel López Obrador se hace acompañar de dos ex presidentes del PAN. Los oficios del tabasqueño han servido para que la derecha y la ultraderecha se reencuentren en el partido que le pertenece. En la incorporación ayudan tanto el cálculo como el resentimiento. Treparse a ese tren en estos momentos no parece asunto de convicciones ni mucho menos de riesgo. Aliarse a Morena hoy es ponerse la camiseta del equipo que está por ganar el campeonato. Debe resultar también una satisfacción tras el agravio, una manera de reparar una lastimadura personal, disfrazar con la nobleza de una causa, la miseria del resentimiento.

Los ex presidentes panistas que han abrazado el lopezobradorismo recibieron premios de inmediato. No tuvieron que hacer ninguna fila. No tuvieron que esperar ni un minuto para obtener la recompensa. Su conversión y las penosas palabras devocionales que han dirigido al Amado Líder han bastado para recibir de Él, inmediatas muestras de su afecto. Uno habló del admirable temple moral del dirigente que cambiará la historia de México. Otro escribió que brincar al bando de los ganadores debería considerarse, en realidad, como ¡un acto de rebeldía! La pirueta les ha sido, sin duda, rentable. Uno será senador. El otro coordinará las relaciones del partido con la sospechosa sociedad civil. El foxista y el calderonista, el yunquista y el libertario adelantaron de inmediato a los fundadores de Morena que, silenciosamente debieron aceptar la resolución del Fundador. Al parecer, nadie disfruta en ese partido de tantos privilegios como los advenedizos.

No condeno el transfugismo. Cambiar de barco es un ejercicio de libertad. Si el cambio de lealtad merece respeto dependerá de las circunstancias y de los argumentos esgrimidos. Del Elogio de la traición, aquel librito de Denis Jeambar e Yves Roucaute, aprendí que cierta dosis de traición es necesaria en democracia. Lo es porque la lealtad debe justificarse siempre y no entregarse como si fuera compromiso vitalicio. Cambiar los apegos permite el cambio, suaviza el conflicto, oxigena. No se entiende la historia de la política mexicana reciente sin las traiciones que en buen día rompieron aquel partido hegemónico. Bienvenidos los traidores que cambian de casa con buena razón. Lo que me inquieta no es el oportunismo o los rencores de los conversos al lopezobradorismo. Lo que me interesa es el mensaje que el dirigente envía cuando celebra la genuflexión de los conversos, al tiempo que doblega a los suyos. Creo que es una señal preocupante.

López Obrador no oculta su satisfacción al contemplar la indignidad de ese enemigo que ahora se pliega a su poder. Los premios de bienvenida pueden verse como un gesto de apertura. Con un simple acto de reverencia, el partido te gratifica. El agasajo a los advenedizos es, sobre todo, un mensaje a los suyos. Morena tiene dueño y sólo a él corresponde definir los premios y los castigos. Si López Obrador decide integrar a su campaña al priista más corrupto, al evangélico más intolerante, al delincuente más cruel, lo podrá hacer. Solo los fieles más atrevidos dirán que no les gusta el nuevo aliado pero dirán inmediatamente que se trata de un signo de tolerancia en pro de la reconciliación. El resto permanecerá callado.

Las amabilidades son advertencia a quienes creyeron que formaban con él un movimiento político y una institución democrática. Toda la energía de esa organización depende del dedo índice de López Obrador. Germán Martínez pudo haber dicho hace poco tiempo que Lázaro Cárdenas era un cadáver apestoso pero, si el caudillo le concede perdón, lo hará por su voluntad única e infalible, senador de la República. Manuel Espino podrá ser un homófobo cavernario, el representante de la derecha más pedestre pero, si se le antoja al dueño, será el puente de Morena con quien se le ocurra. Las cortesías son provocaciones a los suyos: pruebas de lealtad. Me da la gana hacer esto. Quien se oponga que dé un paso adelante.

López Obrador ha dado prueba de que puede hacer con su partido lo que le da la gana. Se cree también con el derecho de declarar al enemigo. Aquel es un periódico reaccionario, este un periodista burgués, aquel un empresario pernicioso. Cada declaratoria deja en suspenso la siguiente: ¿quién entrará mañana a la lista de los odios?

 
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Reforma
Jesús Silva-Herzog
Ciudad de México
Lunes 7 de mayo de 2018.

   
Jesús Silva-Herzog Márquez

A los demócratas se les conoce por su capacidad para aceptar la derrota. Hemos escuchado la expresión hasta el cansancio. En los últimos años se ha repetido una y otra vez. Si la democracia es incertidumbre, se puede ganar y se puede perder. Competir es arriesgarse y admitir que el desenlace puede sernos desfavorable. Participar en el juego electoral es aventurarse en un territorio comprometido. Si vale recordar aquella frase es porque vuelve a estar en entredicho el compromiso de los jugadores. ¿A qué está dispuesto el grupo gobernante para impedir la victoria de Andrés Manuel López Obrador?

Quedan ya menos de dos meses de campaña. El 27 de junio los candidatos terminarán sus actividades públicas y empezará el periodo de "reflexión." Es cierto que nos faltan semanas cruciales y un par debates pero el panorama es bastante claro para quien quiera abrir los ojos. El candidato que comenzó como puntero no ha descendido, sus adversarios han sido incapaces de construir una plataforma alternativa. Sus gestos muestran más desesperación que estrategia. Quien lleva ventaja parece dueño de las circunstancias. No puede negarse que hay emoción pública tras él, entusiasmo, esperanza. Si bien se maneja con torpeza en algunos ambientes, domina la conversación pública, se ha convertido en el gran imán las ambiciones, entiende el clima del momento. No veo el camino de la derrota de López Obrador. Si el debate de la semana pasada habrá pintado para algo habrá sido para definir con mayor claridad el segundo lugar. Poco más. El primer sitio sigue reservado para el tabasqueño.

Por supuesto, debemos ser cautos cuando intentamos prever. Si algo se ha repetido en todos los rincones del mundo en los últimos años es la sorpresa. La autoridad de las encuestas ha quedado en entredicho, el juicio de los "expertos" es rebatido una y otra vez por los hechos. El futuro no está escrito pero es importante prepararnos para lo que muy probablemente pasará. En la incredulidad de algunos grupos de poder se muestra más que un deseo, su indisposición a aceptar lo probable. Se trata de un reflejo antidemocrático, un impulso para evitar-¿a todo costa?-un resultado temido. Porque vivimos la agonía de un arreglo político y económico, se percibe la tentación autoritaria de preservarlo. Es algo más que un deseo, algo más que la ilusión de controlar el proceso electoral. La exploración de la vía autoritaria ha empezado. El uso de la Procuraduría General de la República, las resoluciones del Tribunal Electoral son signos en verdad ominosos. Jugar con el proceso electoral es arriesgar el incendio del país.

El reciente coqueteo del Frente con el PRI no solamente destroza las escasísimas credenciales de renovación que podía ofrecer esa opción partidocrática, sino que sugiere también que, en defensa de su poder, el bloque gobernante está dispuesto a cualquier pirueta-así sea la más aberrante-con tal de impedir la victoria de López Obrador. No veo el acercamiento de Anaya como un escarceo inocente y estratégicamente legítimo sino como un asomo de obscenidad. Quien hace poco llamaba al procesamiento del presidente, ahora sueña con entrevistarse con él y pactar el operativo del voto útil. Estar dispuesto a ese pacto es estar dispuesto a cualquier cosa. ¿Qué permisos se piensan otorgar Anaya y los suyos para remontar la desventaja?

El país no cabe en un solo partido. Aunque arrase en la elección, el ganador deberá reconocer la legitimidad de la desconfianza. Quienes pierdan tendrán el deber de organizar una oposición severa y responsable. Pero hoy hay que cuidar la elección y eso significa respetar la ley, como el único asidero común. Nos obliga a todos, y en materia electoral, no solamente a los partidos. Los particulares no tenemos derecho a comprar espacios en los medios para influir en las preferencias electorales. Podrá incomodarnos pero es el dictado de la ley. Mexicanos Primero ha violado la Constitución y la ley electoral produciendo un anuncio que utiliza niños como títeres, para influir en los votantes. Usar niños para el entretenimiento de los mayores es un atentado a su dignidad. Usarlos como munición en la guerra política es inadmisible.

México se abre a la mayor incertidumbre de su historia reciente. ¿Será demasiado pedir a los nerviosos que respeten la ley?

Reforma
Jesús Silva-Herzog Márquez
Ciudad de México
Lunes 30 de abril de 2018.

Jesús Silva-Herzog

Vicente Fox apoya ahora al candidato del PRI pero sirve, sin duda, a Andrés Manuel López Obrador. Que el expresidente insista en intervenir en el debate electoral es una gran contribución a la causa del tabasqueño. Cada uno de los insultos que dirige al candidato puntero, cada tontería mal escrita que suelta en tuiter, cada anticipo apocalíptico contribuye a la campaña del candidato de Morena. La casa de campaña de Morena debe celebrar cada participación del expresidente porque sus invectivas embonan a la perfección con el relato del lopezobradorismo. Un presidente panista que hoy apoya al PRI pero que, en cualquier momento, podría apoyar al Frente, se lanza obsesivamente contra el candidato de Morena. Fox condensa el prejuicio, el clasismo y la ignorancia. Por favor, no te calles, chachalaca, deben decir hoy los lopezobradoristas. Sigue hablando, sigue tuiteando, sigue soltando la lengua. Recuérdale al país quiénes son nuestros enemigos y qué dicen para enfrentarnos. Que te inviten a la tele, que te entrevisten en la radio, por favor. Habla con soltura y lánzate contra Lopitos y su "perrada", lánzate de nuevo contra sus huestes de "léperos." Así llama el expresidente al candidato puntero y así describe a sus seguidores: léperos.

El desafortunado retorno del guanajuatense podría servir para pensar en la carga del pasado inmediato. Esta elección no es solamente un juicio al gobierno de Peña Nieto sino, en buena medida, un juicio a la alternancia. Una elección que servirá para evaluar la política de los últimos 18 años y la economía de los últimos 30. Un voto sobre el desempeño de la democracia realmente existente y no solamente sobre el gobierno actual. Puede decirse que en el gobierno de Fox se incubó la inconformidad que hoy condensa en el movimiento lopezobradorista. Hace 18 años Vicente Fox ganó la Presidencia de la República y Andrés Manuel López Obrador ganó la Jefatura de Gobierno del Distrito Federal. Representantes de los dos costados de la nueva política, tenían el deber de entenderse. De cooperar el uno con el otro, de oponerse el uno al otro usando las reglas del juego democrático. Se declararon muy pronto la guerra y provocaron la mayor tensión política de la historia reciente del país.

Vicente Fox es el símbolo de la vieja transición. El hombre que llegó a la presidencia a través de la competencia electoral, rompiendo la tradición del poder heredado traicionó la democracia prolongando la vida del corporativismo, cerrando los ojos a los agravios del pasado, negociando la aplicación de la ley, despreciando el valor de las instituciones representativas. Si era deber del primer gobierno de la alternancia el prestigiar la democracia como un régimen de pluralismo eficaz y prudente, Vicente Fox fracasó rotundamente. Debía completar la legitimación de ese sistema de equilibrios, pero trabajó para su desprestigio. Al final de su gobierno se empeñó en bloquear, por todos los medios posibles, a su adversario. ¡Cuánta esperanza ahogada en el gobierno de Fox! ¡Qué oportunidad histórica tirada a la basura! Fox representa la ilusión y la decepción democrática; la ingenuidad que acompañó su nacimiento y el cinismo de su final. Creer primero que todo es posible gracias a la democracia para llegar a la conclusión después de que la democracia lo obstaculiza todo. La vieja transición se limitó a abrir el acceso al poder, pero no se planteó con seriedad su reorganización. Hace 18 años el panista ganó la presidencia de la república con un mandato claro. Nunca tuvo la menor idea de qué hacer con la encomienda. Se propuso derrotar al PRI, "sacarlo a patadas de Los Pinos". Su desgracia y, sobre todo la nuestra, fue que lo logró. Después de su triunfo no tuvo nada que ofrecerle al país.

López Obrador quiere ser el símbolo de una nueva y más profunda transición. Una que no solamente signifique mudanza de partidos sino un cambio en la manera en que se ejerce el poder. Una que no sea solamente una transición política sino, sobre todo, económica. Si el radicalismo de su denuncia seduce a grandes franjas del electorado es porque los encargados de cuidar las instituciones democráticas traicionaron la encomienda desde el primer minuto. Es por eso que la reaparición de Vicente Fox es uno de los regalos más preciados que pudo haber recibido el tabasqueño.

Reforma
Jesús Silva-Herzog Márquez
Ciudad de México
Lunes 9 de abril de 2018.


Durante el VIF 2018, distintos analistas concluyeron que el candidato de Morena aprendió de las elecciones anteriores y ha sabido mostrarse hoy como un político más mesurado.

El hartazgo de la sociedad contra el actual gobierno juega a favor de Andrés Manuel López Obrador y Ricardo Anaya, quienes al representar figuras que van en contra del sistema serían los protagonistas de la elección en puertas; no obstante, los papeles se invirtieron y ahora el candidato del PAN-PRD-MC es visto como una amenaza mayor para el sistema. Mientras que José Antonio Meade enfrenta un panorama complicado para darle al PRI otro sexenio al frente del país.

Ésta es la lectura que realizaron los analistas Jesús Silva-Herzog Márquez, Javier Tello, Carlos Puig y León Krauze, durante su participación en el Value Investing Forum 2018.

AMLO dejó de ser un personaje amenazante: Silva-Herzog

A diferencia de lo que sucedió en la elección presidencial del 2006, cuando la campaña de Andrés Manuel López Obrador era vista como la mayor amenaza para el sistema, en el actual proceso electoral la figura que luce hoy más amenazante para el régimen no es la del fundador del Movimiento de Regeneración Nacional (Morena), sino la de Ricardo Anaya, candidato de la coalición Por México al frente, advirtió Silva-Herzog Márquez.

De acuerdo con el analista político, el tabasqueño ha aprendido, tras las experiencias de 2006 y 2012, a disminuir el factor riesgo que pesaba sobre su persona y por el cual era señalado como un personaje que pudiera causar daño a México, algo que consiguió debido al cambio de discurso que tuvo hacia un enfoque más moderado.

En el mismo tono se expresó el académico Javier Tello, quien sostuvo que Andrés Manuel López Obrador está en una posición privilegiada en la elección debido a que el hartazgo que tiene la gente pone las cosas dentro de su territorio.

“Está elección se presenta como un punto de inflexión ya que la gente hoy está buscando cambios radicales, un tanto como lo que sucedió en el 2000, por eso quien pretenda ganarle a AMLO debe hacerlo bajo sus condiciones”, comenta Tello.

Anaya, con oportunidad; Meade, no

De acuerdo con los especialistas, el candidato que se presenta ahora mismo como el capaz de dar mayor batalla a AMLO es Anaya. Esto debido a que es un candidato con un rostro fresco, además de que en su conjunto los partidos que integran a su coalición gobiernan estados que aportan votos importantes, como Puebla o Veracruz.

Asimismo, el hecho que Anaya se haya enemistado con la propia Presidencia de la República, debido a las investigaciones que ha hecho en su contra la PGR, lo han colocado como un personaje que puede ser visto por la gente como antisistema, lo cual puede resultar positivo para el panista.

Finalmente, respecto al candidato del Partido Revolucionario Institucional (PRI), José Antonio Meade, los especialistas señalaron que, si bien la elección aún no está terminada, luce muy complicado que el exsecretario de Hacienda pueda levantarse.

“El PRI no tiene la más mínima posibilidad de ganar porque a lo que nos estamos enfrentando es a una elección de cambio, la gente está molesta con lo hecho por el partido que está al frente, y Meade representa la triple continuidad: la del mismo partido, la de Peña Nieto y la de régimen actual”, precisó Tello.

 Forbes
Alejandro Medina
Ciudad de México
Jueves 8 mazo 2018.


Jesús Silva-Herzog Márquez

Nuestro sistema de partidos nació en 1988. Está muriendo. Ya no existe ese arreglo que estructuraba la competencia a través de tres opciones ideológicamente distinguibles. Tres organizaciones con ambición presidencial que delineaban ofertas relativamente coherentes. En el centro estaba un partido ideológicamente amorfo y a sus flancos, un centroderecha y una centroizquierda. Sus emblemas eran señales que ayudaban a orientarnos. Podíamos anticipar la posición del PAN en materia internacional o económica; era conocida la actitud del PRI frente a los sindicatos; se podían prever las críticas del PRD al modelo económico. Brújulas para ubicarse en el caos de la política. El elector progresista tenía una opción, quien temía el riesgo, la suya.

Ese sistema de partidos ha quedado deshecho. Las tres opciones han dejado de ser mapa. Las coaliciones que tenemos en la mesa no son alternativas coherentes que puedan, el día de mañana, estructurar el diálogo en el Congreso y entre los poderes. Habrá quien celebre, por supuesto, la muerte del sistema partidista. Bien merecida extinción, dirán. Pocas cosas tan desprestigiadas como ese arreglo. Entiendo la antipatía, pero no puedo unirme al festejo porque lo que lo ha sustituido no es anticipo de un acomodo estable y productivo que ofrezca norte y eficacia al pluralismo, que permita la aplicación de castigos y que facilite la representación de nuestra diversidad. Si algo puede proteger los contrapesos es precisamente un régimen institucionalizado de partidos. Su disolución no es buen vaticinio.

El primer ingrediente del deceso es la crisis histórica del PRI. Todo indica que el partido del gobierno se perfila al peor desastre electoral de su vida. La opción de la continuidad parece indefendible. Las encuestas empiezan a perfilar con claridad la elección como una batalla por el tipo de cambio y dejan fuera la alternativa de la reelección. Pero la debacle que se respira va más allá de la contienda presidencial. La gran alarma para el PRI está en las regiones. Fue ahí donde se mantuvo la hegemonía priista a pesar de la derrota presidencial y es ahí donde puede ser borrado en los próximos meses. Los priistas no pueden ser optimistas prácticamente en ninguna contienda estatal. La sacudida política que viene puede ser, por ello, la más profunda en la historia del PRI.

La conformación del Frente altera sin duda los referentes tradicionales. Que PAN y PRD caminen juntos rompe las coordenadas habituales. El Frente da respiración artificial a un partido prácticamente irrelevante que arregla sus diferencias a golpes; rompe la tradición institucional del PAN y destruye su identidad. Independientemente de la suerte del candidato presidencial, la alianza ha causado un daño profundísimo al partido del centro derecha. Aquello que constituía su gran orgullo terminó en el bote de basura. Nada queda de ese partido abierto al debate, celoso de sus procedimientos y apegado a sus reglas. La candidatura de Ricardo Anaya ha sido terriblemente costosa para Acción Nacional. Así lo advierten los estudios de opinión. El abuso ha roto la cohesión de ese partido. La salida de Margarita Zavala y de tantos otros líderes y personajes del PAN no son asuntos triviales: amenazan la candidatura de Anaya y la viabilidad misma del partido. Morena ha renunciado a los contornos. Morena ya no es un partido de izquierda sino una cazuela que quiere recogerlo todo. El único punto de unión, por supuesto, López Obrador. Si vemos sus candidaturas, ¿qué partido es? Como una nueva versión del PRI, Morena les ha abierto la puerta a todos. Ahí están los líderes del sindicalismo más corrupto y los panistas más conservadores. Ahí están los evangélicos y los jacobinos. Ahí podrán encontrarse admiradores de Kim Jung Un con los aduladores de Enrique Peña Nieto. ¿Alguien puede negar que los extremos a los que ha llegado este pragmatismo son inquietantes? ¿Alguien niega la afrenta que estas candidaturas significan para los defensores de una opción de izquierda?

Habrá que empezar a pensar el país después de julio. Sospecho que tendremos partidos más débiles, más incoherentes... y tan sucios como los de ahora.

Reforma
Jesús Silva-Herzog Márquez
Ciudad de México
Lunes 19 de febrero de 2018.


Jesús Silva-Herzog Márquez


Aprecio que Andrés Manuel López Obrador haya ofrecido disculpas por los comentarios que hizo recientemente. Es un gesto poco frecuente y, en lo que me toca, lo agradezco. Al mismo tiempo, confieso que me parece un tanto desconcertante porque no siento que me haya ofendido por la calificación de mis ideas ni por el juicio que emitió sobre mis posiciones públicas o mi condición fifí. No encuentro en ninguna de esas lanzas, razón para la ofensa. El desacuerdo no es intolerancia. No es intolerante repudiar las aberrantes expresiones racistas y misóginas del presidente del PRI. El vocabulario trumpiano de Enrique Ochoa es inaceptable y es rasgo de salud que haya despertado una condena generalizada. Tampoco creo que haga daño el aderezo de la burla. La polémica es rasposa y bien nos caería aceptar pimienta en las controversias. Debo agregar que, en el México de la barbarie, es una frivolidad decir que la crítica a un crítico ponga en peligro la libertad. Lo que amenaza la libertad de expresión en México son las balas, no los tuits.

La reacción de López Obrador es otra cosa: el autorretrato de un caudillo que imagina en toda discrepancia una conspiración; una buena muestra de su convicción de que el cuestionamiento anida en la perversión moral de esos críticos que están al servicio de la mafia del poder. Solamente secuaces de los mafiosos podrían dudar de su proyecto. López Obrador sigue convencido de ser la encarnación del bien. En eso no parece haber cambiado. Si los relojes han de ajustar sus manecillas con el reloj de Greenwich, nuestra brújula moral ha de sintonizar con el proverbial dedito de López Obrador. En su juicio está la fuente del bien y ahí radica igualmente la condena. Vale decir que es un dedo caprichoso. Lejos de ser un fierro en la piedra, su juicio moral se acomoda al viento. Hace unos meses, Andrés Manuel López Obrador describía al Partido Encuentro Social como un órgano al servicio del régimen. Advertía que era moralmente inaceptable una alianza con ese partido. Lo decía enfáticamente: "Por congruencia, es mi punto de vista, no podemos marchar junto con esos partidos, me refiero, para ser preciso al PRI, PAN, PRD, Verde, Movimiento Ciudadano, Encuentro Social y Nueva Alianza". Encuentro Social formaba parte de la mafia. Remataba así: "el fin no justifica los medios. No es ganar a toda costa, sin escrúpulos morales de ninguna índole. Vamos a triunfar en 2018 anclados en nuestros principios. Sin caer en la promiscuidad política".

Se conoce el desenlace. Poco tiempo después, López Obrador abrazaba al PES para constituir una alianza que describió como un "acuerdo espiritual". ¿Es una insolencia hablar del oportunismo de un candidato que vira de este modo? ¿Es una crítica infundada? La decisión, por supuesto, podría defenderse en términos estratégicos pero habría que hacerse cargo de los costos. Pedro Salmerón ha ofrecido paralelos históricos en defensa del acuerdo. Gibrán Ramírez Reyes ha evocado a Maquiavelo para justificar una alianza que reconoce pragmática. Ninguno de ellos se atrevería a decir que se trata de un pacto espiritual para el bienestar del alma, como declaró el candidato de Morena. Ahí está el núcleo de mi cuestionamiento. Desde su soberbia moral, López Obrador no puede reconocer las implicaciones políticas y éticas de su decisión. No se puede entrar al mercado aferrándose al púlpito. Quien ha ungido a Cuauhtémoc Blanco no puede pretender ser nuestro Mahatma Gandhi. No se puede pactar con los extremos del antiliberalismo en México y seguir diciendo que uno es un liberal puro e intransigente. No se puede promover inocentemente a los enemigos del Estado laico.

Habrá siempre una controversia sobre el sentido y pertinencia del liberalismo. Tal vez sea más claro el cuerpo de su contrario. Antiliberales son quienes rechazan la diversidad ética, convencidos de que la propia es la única perspectiva moral del mundo. Antiliberales son los enemigos del Estado laico y los admiradores del totalitarismo. Antiliberales son los dogmáticos que creen haber desentrañado el libreto de la historia y la mecánica de la sociedad. Antiliberales son quienes creen escuchar y trasmitir la Voz Irrefutable, sea la de un dios, una clase o el Pueblo. Antiliberales son quienes creen que los derechos dependen de los votos. Antiliberal, quien cree que la discrepancia es un vicio moral.

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Reforma
Jesús Silva-Herzog Márquez
Ciudad de México
Lunes 12 de febrero de 2018.


Jesús Silva-Herzog Márquez

El pleito del gobierno de Chihuahua y el gobierno federal importa hoy, sobre todo, porque es el golpe más certero que se le ha dado a la autoridad tecnocrática. Es cierto que la controversia se describe explícitamente como una batalla contra la corrupción. Lo es y ese es un mérito innegable de la denuncia del gobernador Corral. También es valiosa su denuncia del estropicio federal. Los gobiernos locales siguen dependiendo de los caprichos del centro. El gobierno federal puede abrir o cerrar la llave de los recursos sin rendirle cuentas a nadie. Pero tengo la impresión de que la importancia de este conflicto va más allá de esas dos órbitas. Se trata de una estocada a la pretendida superioridad de los técnicos. La configuración de la contienda electoral hace explosiva esta exhibición. El traje de sabiduría y de imparcialidad de los técnicos es invisible. Los tecnócratas caminan en cueros.

La autoridad de los técnicos se fundamenta en una supuesta superioridad racional. Siguen las órdenes de la ciencia sin imprimir en sus decisiones el sello de la voluntad. Se presentan ante nosotros como siervos de una técnica. No lo quiero yo, lo ordena la ciencia. Los expertos que saben reclaman para sí el poder de decisión porque entienden todo lo que nosotros ignoramos. Con diplomas visten su autoridad. Se disfrazan con palabras esmeradamente incomprensibles. Su fantasía es vivir en una cápsula que los mantenga a salvo de las malignas presiones políticas. De ahí la hostilidad que todo tecnócrata siente por la democracia. El conflicto es infundado: no hay más que aceptar el dictado frío de la razón económica. Los votos han de servir, si acaso, para poner y quitar gobiernos pero nunca para definir políticas. Las movilizaciones, los gritos de protestas, las exigencias colectivas son para el técnico expresiones de una furia que ha de ser contenida por una estricta racionalidad.

Quienes carecen de esas luces son incapaces de aquilatar las consecuencias de sus deseos. Hemos vivido durante décadas ese paternalismo de los expertos que se basa, no solamente en un supuesto monopolio de la inteligencia sino también en una pretendida imparcialidad. Si los tecnócratas exigen el acatamiento de su dictado no es solamente porque se presentan como expertos, sino sobre todo, porque se ostentan como agentes de neutralidad. Se han convencido de que la ideología es ajena a su oficio. Que no hay prejuicios que nublen su comprensión del mundo. No hay ciencia de derecha ni de izquierda, dicen. Hay ciencia y hay farsa. Y la ciencia es, naturalmente, la suya. Por ello nos quieren convencer que sus decisiones son asépticas, que no hay en ella mancha alguna de politiquería.

Esa es la neutralidad que ha reventado en Chihuahua. Se trata, ni más ni menos, que de la carta de legitimidad del grupo político que pretende reelección. Ese título de autoridad ha estallado con las denuncias del gobernador Corral. Más allá de las complejidades del caso, más allá de las estridencias, histrionismos y torpezas de la polémica, hay cosas que parecen innegables: la inaceptable discrecionalidad en el uso de los recursos federales, el empleo arbitrario de los fondos públicos, su utilización para premiar aliados y castigar adversarios. Leonardo Núñez González se ha dedicado a mostrar cómo el gobierno hace lo que le da la gana con nuestro dinero. ¿Y dónde quedó la bolita? (Aguilar, 2017) es el libro que contiene la radiografía de la simulación presupuestaria. La lectura del libro es francamente inquietante y se ha vuelto hoy más urgente que nunca. El pluralismo político, lejos de alentar una estricta vigilancia de los recursos públicos e imprimir racionalidad a su distribución, ha estimulado una simulación grotesca. Tras el disfraz de la imparcialidad de los técnicos apenas se esconde el uso político de los recursos públicos. Ofrezco solamente un par de números. En el último año del gobernador Duarte, Chihuahua recibió 1,562 millones de pesos del llamado Ramo 23, cuya distribución no sigue regla alguna. Era, no es casual, año de elecciones. Un periodo después, ya sin gobernador priista el mismo estado recibió 62 millones de pesos. Absurdo pensar que hay una razón técnica detrás del castigo.

Los tecnócratas que pretendieron elevarse por encima de las parcialidades de la política son hoy otra cara de la politiquería.

 
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Reforma
Jesús Silva-Herzog Márquez
Ciudad de México
Lunes 22 de enero de 2018.

Jesús Silva-Herzog

No tenemos derecho a sorprendernos con Andrés Manuel López Obrador. El político más visto es tan tenaz como predecible. Sea cual sea la ocasión, sea cual sea el auditorio repetirá las cuatro o cinco frases que pronuncia con la convicción de estar descubriendo una hondísima verdad que sólo a él le ha sido comunicada. Reaccionará con la misma intolerancia si alguien osa hacerle una pregunta incómoda. Hablará de la autoridad moral y de la mafia del poder; del cambio verdadero y de las maravillas que producirá su ejemplo cuando él pueda sentarse, finalmente, en la silla presidencial. Verlo ahora flanqueado por la ultraizquierda y la ultraderecha es la perfecta representación de su coherencia. Sí: López Obrador es coherente al presentar como sus aliados a los partidos más antagónicos de nuestro escenario porque está convencido de que en él (y sólo él) encarna una virtud que todo lo concilia.

Para el antiguo priista no importa que a un lado suyo esté un admirador de la dictadura norcoreana y del otro lado tenga a quienes pretenden aniquilar al Estado laico. Si respaldan a López Obrador son, ya, apóstoles de la regeneración. Las ideologías son irrelevantes; los programas partidistas no cuentan. Lo que en verdad importa para el fundador de MORENA es la fuente de la política. Si una iniciativa viene del limpio manantial de López Obrador será una propuesta digna, íntegra y ejemplar. Pero si viene de otro lado-de cualquier lado que no sea él mismo, será una iniciativa sucia, indecente, perversa. Podríamos hablar de propuesta idénticas para subrayar el contraste de perspectivas. La calca de una propuesta es, no lo mismo sino lo opuesto, si la defiende el adversario. Si lo propongo yo es patriotismo; si lo pides tú es traición.

No debe ser sencillo imaginarse como el faro de la moral nacional. La gran ventaja de verse en ese espejo es que permite cualquier incoherencia. Lo bueno existe en función de la lealtad al caudillo. Y si el caudillo cambia de parecer, la brújula moral lo sigue fielmente. Es la cercanía a López Obrador lo que valida o condena. Quien no se suma a su causa es cómplice de la mafia del poder. Si la candidata indígena no le jura lealtad y se incorpora a su campaña no hace más que hacerle juego a los mafiosos. Y si un mafioso lo respalda, ha vuelto a nacer. Lo ha dicho abiertamente y de muchas maneras. Lo ha demostrado también en repetidas ocasiones. Cuando un político llega a la costa de MORENA es inmediatamente absuelto de todos sus pecados. Criticar su pasado es servir al sistema. Todos los días conocemos un nuevo caso: el tesorero, el administrador, el representante de un gobernador preso o en fuga, es recibido en MORENA como un demócrata sin pecado concebido. Ahí está el origen de su mesianismo: quien me siga será purificado. López Obrador, en realidad, no se considera el guía sino el camino.

Desde sus inicios, el político tabasqueño ha hecho causa en la lucha contra la corrupción. Si hoy tiene buenas probabilidades de ganar la presidencia es precisamente porque ha sido un crítico tenaz de la ostentación y de las pillerías de la clase política y porque, en lo personal, se ha mantenido al margen de los escándalos que han ensuciado a tantos. Y sin embargo, valdría advertir que a López Obrador le irrita mucho la corrupción de sus adversarios pero le tiene sin cuidado la corrupción de sus aliados. Si hay indicios de fraude en sus filas, saltará de inmediato a advertir que las pesquisas son una agresión de la mafia del poder. Intensa pero selectiva es la indignación moral de López Obrador.

Quienes se sorprenden de la alianza de MORENA con el PES es porque optaron por desoír el rancio conservadurismo de un político que sugiere poner a voto la vigencia universal de los derechos. Quien se dice juarista ha hecho pacto con quienes explícitamente buscan tirar a la basura la herencia liberal. A su lado busca el "bienestar del alma", declaró López Obrador para justificar lo injustificable. Puede ser muy irritante el pacto de MORENA con la ultraderecha del PES pero la alianza con el PT es igualmente repulsiva. Lo digo no solamente por su demencial defensa de la peor tiranía del planeta, sino también por sus demostrables corruptelas. Si hay pragmatismo en ese pacto que sirva por lo menos para abandonar la cantaleta de la autoridad moral.

Eso sí: la coherencia del político no está en duda. Quien encarna la moral pública sólo puede ser cuestionado por los inmorales.

Reforma
Jesús Silva-Herzog M.
Ciudad de México
Lunes 18 de diciembre de 2017.


Jesús Silva-Herzog
   
Habrá Frente. Confieso que no creí que el esfuerzo culminaría en una candidatura común. Creí que, después de los desplegados de feliz coincidencia, la alianza terminaría rompiéndose. Se impuso la astucia y la ambición del expresidente del PAN, dispuesto a aniquilar a su partido para quedarse con una candidatura presidencial.

Es de lamentar la desaparición de Acción Nacional del escenario electoral. Si Anaya no ha matado definitivamente al partido que lo hizo su dirigente, ha anulado por esta temporada electoral a una de las instituciones democráticas más longevas y más importantes en la vida de la república. La crisis de Acción Nacional es más profunda que la de 1976, cuando decidió no postular a un candidato presidencial. Aquella decisión fue, finalmente, producto de un intenso y complejo debate público. La decisión-desde luego, polémica-era congruente con su historia y era fiel a sus valores. Significaba la denuncia de un régimen al que no se pretendía legitimar con la falsedad de la competencia. Quienes creían que participar en las elecciones era hacerle el juego al régimen expusieron públicamente sus razones y se enfrentaron a quienes defendían con terquedad la participación. La discusión se verificó públicamente y el partido tomó la decisión de abstenerse. La decisión de un partido democrático. Hoy los panistas han visto, por primera vez en su vida, la autoproclamación de su candidato a la presidencia. El dirigente de Acción Nacional se hizo del control absoluto de la estructura. Supo aprovechar los resentimientos que ahí había generado la camarilla de Felipe Calderón y canceló cualquier posibilidad de debate interno. Apoyado en sus aliados externos, suspendió los derechos de los militantes, proscribió la competencia interna, arrinconó a los adversarios, se hizo a sí mismo, candidato. Acción Nacional sucumbió a una dictadura. Eso fue la administración de Anaya: un régimen de excepción que concentró todo el poder en una persona negando los derechos ordinarios de los militantes panistas.

Anaya y sus promotores se llenan la boca con la palabra democracia, pero no se atreven a practicarla. Nunca estuvieron dispuestos a correr el riesgo de perder. Es decir, nunca creyeron en la vía democrática. ¿Alguien podría señalar una diferencia entre el destape de Meade y la autoproclamación de Anaya? ¿Hay alguna diferencia entre la apropiación que Anaya hizo del PAN y lo que hace el dueño de MORENA con su criatura? ¿Se atreverían los frentistas a denunciar la antidemocracia del PRI después del espectáculo de estas semanas en donde los caciques de los partidos se reparten posiciones exhibiendo el más grotesco patrimonialismo? Por fortuna han renunciado a la farsa de llamarse frente "ciudadano."

Lo que ha pasado en Acción Nacional es una desgracia histórica. No es solamente una desgracia para los panistas sino para el país. En ella tienen sin lugar a duda una cuota importante de responsabilidad los críticos del astuto y truculento dirigente que no estuvieron dispuestos a dar una pelea por su partido, por sus reglas, por sus ideas, por su tradición. Abandonaron con facilidad el barco y dejaron al ambicioso el campo libre. Algunos ya se han trepado a otro bote-o, más bien, han regresado al de su origen. Con su torpeza y su arrogancia permitieron que el país perdiera una referencia liberal importantísima.

Cuando hablo del PAN como referente liberal no me refiero, por supuesto, a sus ideas. Hubo muy poco liberalismo en su origen. Nació contra el cardenismo como una opción entre el comunismo y el liberalismo, que frecuentemente identificaba como perversiones gemelas. El discurso histórico panista tiene un intenso componente antiliberal que sigue presente en su retórica y en sus reflejos. Si digo que fue un referente liberal fue por su apuesta institucional, por su defensa práctica de los derechos, por su denuncia jurídica del autoritarismo, por el esmero con el que construyó su propia estructura, por el debate que siempre mantuvo a su interior. Fue una brújula liberal, sobre todo, por su anticaudillismo. Antes del secuestro de Anaya, el PAN era uno de los pocos territorios del debate intenso, público y, en general razonado. Ese partido murió ayer.

Reforma
Jesús Silva-Herzog Márquez
Ciudad de México
Lunes 11 diciembre 2017.

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