Jesús Silva-Herzog Márquez

El contraste lo agigantará. La figura de Barack Obama crecerá como la de ningún político de nuestro tiempo. Lo notable es que no fue un Presidente particularmente exitoso. Su legado está lleno de claroscuros. Evitó, es cierto, una catástrofe económica. No se entendió con el Congreso. La reforma al sistema de salud, que fue su gran orgullo, está en riesgo. La mayoría republicana bien podría revertirla. Su agenda interna no caminó a ningún lado. No pudo conseguir la reforma migratoria que se propuso ni cambiar las demenciales reglas que rigen la compra y portación de armas. No fue capaz de construir una coalición para gobernar. Dejó a su partido en condición desastrosa. Tampoco puede decirse que haya sido eficaz en la conducción de su política internacional. Tuvo, es cierto, iniciativas audaces para rehacer las relaciones con Irán o con Cuba pero también tuvo errores costosísimos. Su cautela en política exterior puede ser criticada como indecisión, como una fuente de debilidad.

La tabla de eficacia del presidente Obama es, naturalmente, un combinado de aciertos y errores, éxitos y fracasos. Pero hay algo que escapa de esa contabilidad y es, precisamente ahí donde puede apreciarse la dimensión histórica de su figura. No me detengo en la enorme carga simbólica de su elección, aunque sea, por supuesto, relevante. La primera frase de su obituario subrayará que fue el primer presidente afroamericano de Estados Unidos. Pero, más allá de eso, Obama ejerció el poder de un modo excepcional; ejemplar, en muchos sentidos. El caso de Obama ilustra que el político no puede entenderse solamente como un productor de resultados. En la conducción de nuestros representantes buscamos siempre algo más: la personificación de ciertos valores. Ahí está, a mi juicio, la grandeza de Obama. No fue un mago de la eficacia, fue un admirable ejemplo del decoro en tiempos de cinismo.

No puede pasarse por alto que en ocho años no protagonizara ningún escándalo. Obama pudo haber generado mucha antipatía en amplios sectores de la opinión pública norteamericana pero nadie señaló excesos o atropellos en sus actos públicos o en su conducta personal. El poder no fue permiso para la trampa. En Obama podía advertirse ese respeto por la función de gobierno que entre nosotros parece tan escaso. Ninguna confusión del interés personal con la responsabilidad pública. Ningún engaño, ningún abuso. Ni él, ni nadie de su familia, ni nadie de su entorno inmediato usó el poder para beneficio personal. Estrecho parece, a fin de cuentas, el criterio weberiano de la ética política. Cierto: al hombre de Estado hay que evaluarlo por su sentido de la responsabilidad, esto es, por los efectos de su conducta. Pero también hay que evaluarlo por su sentido de probidad: por el ejemplo de su conducta.

El talento más visible de Obama fue la palabra. Su carrera se montó, desde muy temprano, en su elocuencia. El hombre de apellido exótico se hizo visible por su voz. Presentó así su vida como una parábola de la historia norteamericana, remontó la derrota con un canto a la esperanza, consoló el dolor con los himnos de los esclavos. En su palabra pueden encontrarse dos apuestas entrelazadas. Por una parte, la razón, la inteligencia de quien respeta el deber del argumento. Sin justificación racional que se defiende en público, la política es arbitrariedad, capricho. Escuchar a Obama era presenciar el sencillo espectáculo de un hombre que piensa y que trata a sus escuchas como personas que piensan. Pero su elocuencia no es racionalidad helada. Es conexión emocional, empatía. De la imaginación literaria aprendió que hay que ponerse siempre en la piel del otro. No es frecuente en las cumbres del poder ese rasgo de elemental humanidad.

Y bajo la calma de un Presidente imperturbable, se apreciaba otra fibra notable: un auténtico optimismo. No puede haber política sin confianza en la mejoría cercana o remota. Digo confianza para hablar de una persuasión auténtica y no del simple lugar común que se repite por inercia. Por eso el testamento de Obama como Presidente es tan esclarecedor de su visión del mundo. Al tiempo que advirtió de la fragilidad de la democracia y llamó al compromiso cívico, pidió confianza en el futuro. Su optimismo no parece ingenuidad sino la estrategia para no temer.
 
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Reforma
Jesús Silva-Herzog Márquez
Ciudad de México
Lunes 23 de enero de 2017.

Jesús Silva-Herzog Márquez

Sin imaginación la política se ahoga. Toda política exige ingenio, iniciativa, cierta audacia. No hay nada peor en el mundo del poder que la incapacidad para intuir posibilidades. La ruina proviene frecuentemente de un encierro mental: estar atado a lealtades inservibles, insistir en lo insostenible. El presidente mexicano encara el peor desafío de su administración con un cartucho quemado, con un político que no puede generar respaldos dentro del país ni respeto afuera de él.

Enrique Peña Nieto ha premiado con la Cancillería al hombre que planeó y organizó la funesta visita de Donald Trump. Pensará que, después de todo, no fue tan mala idea. Habrá llegado a la conclusión de que su asesor tuvo el atrevimiento de acercarse al candidato que terminó imponiéndose. Se habrá hecho a la idea de que, a pesar de su impopularidad, fue una decisión acertada. No me cabe la menor duda de que fue un gravísimo error de juicio. Una decisión costosísima para el Presidente y para México. Los resultados de las elecciones de noviembre no le dan la razón al hombre que puso al gobierno de México al servicio del candidato republicano. Por más que se vendiera como una apuesta por el diálogo, las condiciones del viaje fueron definidas por Trump; todo se puso a su servicio. No diría, por supuesto, que esa intervención fue definitiva. Trump no le debe la Presidencia a Peña Nieto. Pero el presidente mexicano le ayudó. Parece innegable que Enrique Peña Nieto apoyó involuntaria pero objetivamente al populista que tanto nos odia. La prensa internacional así lo registró. Los medios afines a Trump festejaron ese día como el gran momento de su campaña.

Que el presidente mexicano recurra al arquitecto del colaboracionismo para dirigir la política exterior de su gobierno es alarmante. Pinta el enclaustramiento de un gobernante que no puede ver afuera de su camarilla y que no tiene otra estrategia que la inacción. Su nombramiento no es objetable por la inexperiencia diplomática del político sino por razones de mucho mayor peso. Una razón ética, para empezar. El primer secretario de Hacienda de esta administración se benefició de su cercanía con el poder para obtener una ventaja patrimonial. No hay duda de ello y no hay razón para olvidarlo. Su regreso al primer círculo es recuerdo de los rigores éticos del presidente Peña Nieto. En segundo lugar, su retorno es la adhesión a un lastre. El nuevo canciller no refresca al gabinete, no le imprime nuevos bríos, no le aporta ideas. Por el contrario, lo atranca. El nombramiento es cuestionable, sobre todo, porque el nuevo canciller apuesta a la mansedumbre frente a Trump. Ya son muchos los signos de esa convicción. Débil en extremo fue el discurso que pronunció Peña Nieto frente a Trump. Con toda seguridad, el entonces secretario de Hacienda habrá delineado el mensaje: una tibia defensa de los intereses de México, un frío alegato a favor del libre comercio propio de una convención empresarial. No la posición firme de un jefe de Estado que aquilata a plenitud la dimensión geopolítica de la vecindad. De la mano de Videgaray, Peña Nieto expuso su tesis frente a la amenaza: pasividad y cobardía disfrazadas de diplomacia.

Esa parece ser la estrategia frente a Estados Unidos del nuevo secretario de Relaciones Exteriores. Ante la insistencia del presidente electo de que México pagará el muro fronterizo, la Cancillería se pronuncia por el silencio. No hacer nada y esperar que algún milagro domestique al patán. No decir nada, implorando que la razón ilumine al demagogo. Videgaray no llegó para aprender; llegó para callar. Donald Trump está a unos días de asumir la Presidencia de Estados Unidos y no ha llegado el día en que México defina públicamente y con claridad qué busca de la relación con el vecino, qué estaría dispuesto a negociar y cuáles son los límites de cualquier conversación.

Que la credencial de Videgaray para ocupar la Cancillería sea el puente que tiene con un pariente del futuro presidente norteamericano no habla de su capacidad, sino de los estilos mexiquenses de gobernar. Conocer al compadre del poderoso como el supremo recurso político. La pasividad que representa la Cancillería de Videgaray no es una imposición del realismo. Nuestra disyuntiva no es la indignidad o el escupitajo. Para eso sirve la diplomacia.
 
Reforma
Jesús Silva-Herzog Márquez
Ciudad de México
Lunes 9 de enero de 2017.


Jesús Silva-Herzog Márquez

Los senadores aprobaron las propuestas del Presidente como un trámite de rutina. Como el burócrata de la ventanilla sella el papel amarillo al comprobar que se presenta la ficha blanca, así ratificaron los senadores al nuevo procurador general de la República y a la secretaria de la Función Pública. Ambos funcionarios empezaron la legislatura como senadores y ahora cosechan, más que el fruto de su trabajo o la recompensa por su eficacia, la ventaja de sus relaciones. El Senado, lejos de ser el ámbito republicano de la exigencia, trabajó como una corte celebrando la condecoración de uno de los suyos. Un club del abrazo y el elogio. No es, por supuesto, que se desee que las propuestas presidenciales sean bloqueadas sistemáticamente. Lo que resulta preocupante es que las asambleas representativas no cumplan su función de sínodo: un cuerpo que desde distintos ángulos examina exigentemente la experiencia de un candidato, que inquiere con severidad sobre su visión del cargo que podría ocupar, que explora la seriedad de sus propuestas y que analiza meticulosamente todas las pistas de su trayectoria pública. Esa es la tarea que le corresponde constitucionalmente. Ser el foro que defiende el interés nacional a través del cuestionamiento. Nada de eso hizo el Senado. Recibió las propuestas y tributó las felicitaciones.

Pocos podrían decir que la velocidad del Senado se explica por las impecables credenciales profesionales de los propuestos. Abundan las dudas sobre la idoneidad de los nuevos funcionarios para los cargos que ocupan. Nadie podría decir que el nuevo procurador tiene experiencia en tareas de procuración de justicia, o que ha destacado por su trayectoria en la administración pública. Nadie lo podría decir porque el nuevo procurador no tiene experiencia en las tareas de su cargo. Ninguna. En una de las tareas más delicadas y complejas del Estado mexicano se ha confiado en la inexperiencia sin autoridad. Tampoco imagino a alguien sugiriendo que el paso de la nueva secretaria por la Procuraduría General de la República estuvo marcado por la claridad de su empeño, la elocuencia de sus mensajes o por la eficacia de su gestión. ¿Alguien se atrevería a decir que el nuevo encargo es un reconocimiento por el éxito en el previo?

No es necesaria maledicencia alguna para sospechar que los nombramientos recientes son, por decir lo mínimo, cuestionables. Lejos de encarar su crisis ampliando el horizonte de su administración, el Presidente simplemente reubica las piezas. Pero lo que me importa resaltar ahora no es el encierro del Presidente sino la deferencia del Senado. La política facciosa del Presidente encuentra estímulo en la adhesión automática, irreflexiva y hasta cierto punto reverencial de las oposiciones.

La restauración de la política de la deferencia es uno de los más lamentables efectos del consenso peñanietista. A pesar de que se haya roto el Pacto por México queda una inercia consensual que pervierte severamente la maquinaria de los equilibrios. Los funcionarios centrales de la lucha del gobierno federal contra la delincuencia y contra la corrupción exentaron el examen de admisión. No encararon la indispensable suspicacia del Legislativo; no enfrentaron la saludable desconfianza de un cuerpo autónomo. La actitud deferencial del Senado es desprecio de su función constitucional. El foro del cuestionamiento se convirtió en baile de la corte. Se trata, en efecto, de una política de la deferencia: un respaldo fundado en la consideración al otro, en la lealtad al otro y no en el examen racional de sus propuestas. La mancha de esta sumisión cordial queda, sobre todo, en las oposiciones que han abdicado de su deber de exigir razones al gobierno. Dedicados a aplaudir, a felicitar, a elogiar, habrán conseguido, como dicen ellos, buen sitio en los afectos de quien habrá de perseguir el delito.

La única manera de proteger a un régimen democrático en tiempos de indignación es intensificando la polémica en el ámbito institucional. Necesitamos una política que aloje opciones, que ejerza la crítica en las tribunas de la representación, que sostenga públicamente las razones de la diferencia, que ofrezca rutas alternativas. Mientras el consenso de las élites sea el espectáculo que nos brinda la política, se legitimará esa opción que cancela las opciones.

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Reforma
Jesús Silva-Herzog Márquez
Ciudad de México
Lunes 31 de octubre de 2016.


Jesús Silva-Herzog Márquez

Más que un escritor incómodo, símplemente áspero, Luis González de Alba era corrosivo, hiriente. Para pensar y defender sus causas, usó el veneno. Un contrincante demoledor que, más que debates, tuvo pleitos. Fue, como bien dijo Aurelio Asiain, un raro. Un excéntrico, un extravagante. Lo era por su severidad inclemente. Un escritor despiadado. Ahí radica su rareza: en una tierra acostumbradas a las medias palabras y al eufemismo, en la patria del ninguneo, en un país dedicado a la vaguedad que nada dice o la ambigüedad que no incomoda a nadie, en un mundo acostumbrado a envolver la mínima discrepancia en algodones, Luis González de Alba llamó pan al pan y caca a la caca.

Fue el mayor de nuestros iconoclastas. A eso dedicó su vida pública: a romper imágenes, a destrozar las esculturas sagradas, a quemar toda efigie que demandara veneración. Como Orwell, estaba convencido de la culpabilidad de todos los santos. Ni la Guadalupana ni Carlos Monsiváis, ni el 68 ni los aztecas merecían devoción. Fue un cruzado del sacrilegio. El abogado del diablo sabía que toda idolatría es ridícula. Si nos piden rezo, hay que soltar la carcajada. Dame un ídolo y te mostraré el fraude. Sentía una profunda antipatía por los héroes, los antiguos y los de hoy. Los denunció a todos brutalmente. Las reacciones que provocó entre los fieles corresponden a la dureza de sus invectivas. Lo borraron hasta ignorar su muerte. Defendió como nadie el derecho a la blasfemia. “No todo pensamiento es respetable ni alguna religión lo es. Ninguna, punto com. Ni todos los viejos son respetables ni debe uno callar ante una estupidez flagrante y peligrosa. ¿Y quién define eso? Cada quien…”

Fue un impertinente porque no buscaba el acomodo de sus ideas en el auditorio en el que hablaba. No lijaba sus opiniones para quitarle astillas y hacerlas gratas al tacto. No suavizaba su palabra para no herir la sensibilidad del oyente. Seguramente disfrutaba al imaginarse el impacto que tendría su franqueza entre los pudibundos y los fanáticos. No ocultó la fuente de sus placeres, ni el desenlace de sus convicciones. Seguía con honradez el dictado de su razón intransigente. El artículo que escribió para el número cero de La jornada tenía como título “La izquierda terrorífica.” Advertía desde entonces de una mojigatería que se imaginaba progresista y con buena causa. Una izquierda que, con esas credenciales, pedía censura. No podía aceptar que en la izquierda hubiera anidado tanta sandez, tanta impostura, tanta pleitesía.

Los odios definieron al personaje público. No fue capaz de soltar enemistades, de olvidar ofensas. Una y otra vez volvía al agravio. Las obsesiones se volvieron su energía. Con todo, su pasión no soltó el argumento ni dejó de buscar la prueba. Abominó la hipocresía tanto como la irracionalidad. No estaba dispuesto a aceptar que había unos criminales buenos y otros malos; que la nobleza de una causa hacía admirable la atrocidad; que la justicia de un impulso convertía en razonable la tontería. Hará mucha falta su ácida inteligencia, su valentía pero sobre todo, como dijo Héctor Aguilar Camín, su salvaje libertad.

Andar y ver
Ciudad de México
Jesús Silva-Herzog Márquez
Miércoles 5 de octubre de 2016.


Jesús Silva-Herzog Márquez

Detrás del discurso de Donald Trump puede advertirse una ideología que pinta al mundo conspirando contra Estados Unidos. El terror a la decadencia propulsa esta perorata que imagina enemigos adentro y afuera. Para estos observadores, el fin de la guerra fría no fue más que el inicio del declive norteamericano. Tras la derrota de la opción soviética, el país perdió claridad de sus amenazas. Aprovechándose de las ingenuidades norteamericanas, sus enemigos se fortalecieron. En el testamento del viejo politólogo Samuel Huntington pueden leerse estas alarmas. En un par de libros advertía dos peligros: uno externo y otro interno. Otras civilizaciones buscarían imponerse sobre Occidente. La cultura, no la economía definiría las enemistades del futuro. Pero el peligro también incubaba dentro: los migrantes mexicanos eran una amenaza para Estados Unidos. A diferencia de otras culturas, sostuvo Huntington, la mexicana resulta impermeable a sus valores.

El tono de ambos libros era casi apocalíptico. Lejos de anticipar tiempos promisorios, profetizaba guerras. El desenlace no era claro: su país podía sucumbir si no era capaz de identificar el peligro y combatirlo enérgicamente. En el primero, advertía el conflicto entre civilizaciones. Occidente y el Islam se enfrentarían por el control del mundo. En el segundo preveía otro enfrentamiento. La guerra de las culturas se libraría también dentro del territorio de Estados Unidos. Tan amenazantes para la identidad norteamericana eran los fundamentalistas islámicos como los migrantes que hablan español y comen tacos. A juicio de Huntington, los mexicanos que llegan a Estados Unidos, a diferencia del resto de los migrantes, no vierten su lenguaje, su comida, su cultura en la cazuela común. Los mexicanos viven aparte, sin mezclarse, sin abandonar sus hábitos, pensando en el regreso y soñando con la recuperación de lo que consideran propio. Que haya más Josés que Johns en California era, para él, signo de una hecatombe cultural.

Huntington murió en 2008 pero parece el pensador del momento. En sus escritos finales puede encontrarse la línea narrativa que domina la contienda presidencial del 2016. Es la idea de un país en decadencia que enfrenta enemigos por todas partes, un país corroído desde dentro y amenazado por fuera. Un país que debe dejar atrás la inocencia y combatir con decisión a sus enemigos. En este relato, hay que decir que México resulta enemigo por partida doble. Por una parte es el invasor que delinque, que cocina sabores amenazantes y habla en un idioma peligroso. Por la otra, es el vecino que compite ventajosamente, el comerciante que se burla de su socio, mientras lo explota.

No sugiero, desde luego, que Trump se haya propuesto poner en práctica las ideas de un profesor. Digo que su llamado conecta con esa paranoia que es, ante todo, un grito por recobrar identidad en tiempos de ansiedad. ¿Quiénes somos?, preguntaba Huntington hace casi diez años, al lanzar su grito contra la "invasión" mexicana. Para el demagogo que puede ganar la Presidencia de Estados Unidos, la corrección política, los tratados comerciales, la ilusión multicultural, la debilidad militar han hecho que Estados Unidos pierda carácter, identidad. Sus gritos son obsesivas denuncias de lo que describe como una humillación constante. El mundo burlándose de su país. Huntington advirtió la severidad de una brecha que hoy marca la elección norteamericana y que Donald Trump ha explotado brillantemente. Se trata, como dijo el politólogo en un artículo de 2004, del abismo entre las élites que abrazan la globalización y el público que la detesta. La fractura de nuestra política, adelantaba desde entonces, será el conflicto entre nacionalismo y cosmopolitanismo. Esa brecha ha resultado el manjar del populista: nosotros contra ellos.

El nacionalismo trumpista es, como buen discurso de identidad, una potente descarga de rencores, de miedos, de nostalgia. El cosmopolitanismo de su adversaria parece un argumento cerebral, apagado, vergonzante. El conflicto del que hablaba Huntington hace 12 años se vive hoy como el contraste entre temeridad autoritaria y timidez liberal.
 
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Reforma
Jesús Silva-Herzog Márquez
Lunes 19 de septiembre de 2016.

  

Jesús Silva-Herzog Márquez  

El sexenio es una jaula. Nos impone un calendario que en nada tiene que ver con la dinámica del poder. El gobierno está herido de muerte y tiene todavía mucho tiempo por delante. Los índices de popularidad del presidente están por los suelos. La intensidad del rechazo también alcanza niveles desconocidos. Su partido sigue respaldándolo verbalmente pero toma distancia de sus iniciativas. Acercarse al presidente parece una estrategia suicida. Por el contrario, desafiar al gobierno, oponerse a sus políticas, retarlo públicamente resulta ventajoso. No estamos simplemente frente a una crisis de popularidad presidencial. Estamos ante una severa crisis de gobierno. Una crisis que no tiene perspectiva de solución.

Arrastrar a un gobierno molido, cargar a un presidente de apoyos diminutos por dos largos años es, en nuestra condición, francamente peligroso. Vale advertir que no hay salida constitucional a este penoso proceso de desgaste. Estamos atados al periodo de los seis años. Si es cierto que, desde el cardenismo, pensamos la historia mexicana en sexenios, también es cierto que es la memoria de finales catastróficos. Largos finales catastróficos.

Algunos piensan que es posible el relanzamiento del gobierno. Creen que el presidente podría recuperar liderazgo con algún golpe de audacia. Sugieren una reconformación integral de su equipo, fantasean con una decisión atrevida que le permitiera fortalecerse frente a la clase política y a la opinión pública. Francamente no imagino el giro que le permitiera al presidente recuperar conducción. Más aún, creo que esos arranques presidencialistas tienden a ser contraproducentes. Recordemos los meses finales del gobierno de José López Portillo. Los "golpes de timón" suelen ser desesperados intentos de legitimación. Pueden elevar brevemente la popularidad del mandatario pero sus consecuencias suelen ser funestas.

Débil, impopular, aislado, ridiculizado adentro y afuera, el presidente puede sentir en estos momentos la tentación de hacer algo visible, ambicioso, atrevido. Discrepo. Lo que debe hacer en los siguientes dos años es discreto, modesto, responsable. Discreto porque la imagen presidencial ha sufrido un desgaste profundo. El espectáculo de su informe fue lamentable. El intento de refrescar la ceremonia fue un fiasco. Los invitados al encuentro con el presidente resultaron más peñanietistas que Peña Nieto. Tenemos todo, gracias a usted, le dijo el primer participante en ese falso diálogo. Ya lo sabemos y lo debería reconocer el propio presidente: la palabra no es lo suyo. No tiene herramientas para expresarse con soltura, con fluidez, con argumentos. Someterlo a esas pruebas es exhibirlo. El foro público no es el espacio para la rehabilitación presidencial.

Puede concentrarse en tareas cruciales para el país que, sin embargo, pueden parecer modestas. No requieren anuncios ni arengas. Tampoco lo llaman a formar vastas coaliciones. Su tarea, a mi juicio, es cuidar las reformas que impulsó en la primera parte de su administración y componer sus errores. El peligro es que el desprestigio de este gobierno condene las reformas que impulsó. Los meses que quedan son fundamentales para asentarlas con firmeza, para vigilar atentamente su ejecución. No es claro que el equipo que lo rodea sea el indicado para esta tarea. Si los peñanietistas fueron eficaces legisladores, su falta de competencia técnica, su característica falta de probidad los hace pésimos gerentes de las reformas. No por ser improbable debería dejar de insistirse en esto: si algún cambio necesita la administración para el último tramo es precisamente el reforzamiento técnico y ético. Desafortunadamente las señales no son esperanzadoras. El nombramiento del nuevo Secretario de Desarrollo Social carente de ambas prendas, parece muestra de que la lectura presidencial es muy distinta a la que hago aquí.

Muchas seducciones tientan a los presidentes al final de su gestión. Sentirse incomprendidos, creerse maltratados por una opinión pública ingrata, percibirse acosados los conduce con frecuencia a la osadía irresponsable. Cercados por un círculo de incondicionales pueden perder, como se vio hace unos días, el más elemental sentido de realidad. Con ella, con la realidad, tendría que reconciliarse el presidente. Su sitio en la historia no estará determinado por la elección del 2018 sino por la condición del país cuando entregue el mando.

Reforma
Jesús Silva-Herzog Márquez
Lunes 12 de septiembre de 2016.

Jesús Silva-Herzog Márquez

La historia del poder en México está plagada de abusos y excesos, de trampas y de crímenes, de costosísimas obsesiones y de apuestas absurdas. Podemos hacer un abultado catálogo de frivolidades y de cegueras, de arbitrariedades y fatídicas negligencias. No es difícil encontrar ejemplos del atropello, del engaño, de la ineptitud, de la perversidad, incluso. Pero no creo que pueda encontrarse, en la larga historia de la política mexicana, una decisión más estúpida que la invitación que el presidente Peña Nieto hizo a Donald Trump la semana pasada. A cada cosa, su nombre. Esto fue, y no merece otro calificativo, una estupidez gigantesca. La palabra no es insulto, es identificación de los efectos de un acto. En un ensayo memorable, Carlo M. Cipolla capturó la esencia de esa torpeza. El estúpido no es un tonto, no es un ignorante, decía. Lo que caracteriza a un estúpido es su capacidad para causar daño a otros, provocándoselo simultáneamente a sí mismo. Ser estúpido es dañar a otros sin ganar con ello ningún beneficio. Por eso aseguraba el economista italiano que era mucho más nocivo un estúpido que un malvado. El malvado, a fin de cuentas, saca algún beneficio. El estúpido, en cambio, solo multiplica el daño a su paso.

En la decisión no hay asomo de estrategia. Es imposible imaginar en la invitación al candidato republicano una razonable previsión de beneficio. ¿Alguien se atrevería a decir todavía que la ocurrencia fue un gesto diplomático audaz? En todo el mundo se preguntan: ¿en qué diablos estaba pensando el presidente mexicano al prestarle al peor enemigo de su país la casa presidencial para beneficio de su campaña? Nadie ha encontrado respuesta. Lo que es fácil registrar es la cantidad de efectos perniciosos que ha provocado la visita del demagogo. El Presidente agredió al país. Excusó el racismo de Trump sugiriendo en la conferencia de prensa que su discurso había sido, en realidad, un malentendido y que confiaba en que querría una buena relación con México. Nos hemos sentido ofendidos, dijo, como si el problema fuera nuestra sensibilidad y no la agresión constante de quien tenía en frente. El Presidente ofendió particularmente a los mexicanos que viven en los Estados Unidos y que no solamente escuchan la violencia verbal de Trump, sino que encaran el odio que su campaña ha levantado en su contra. Desalentó a las organizaciones de defensa de los migrantes que vieron, desconsolados, al pendenciero bienvenido por el presidente de México. Al atrabiliario al que ningún líder internacional ha reconocido como digno de diálogo, le permitió aparecer como un hombre de empaque que negocia ya en el plano internacional. Dañó, irreversiblemente, la relación del presidente de México con la candidata puntera de los Estados Unidos. Exhibió a su gobierno como un bulto en caída libre.

No vale la excusa de la inocencia. La estupidez del gesto presidencial no fue una ingenuidad, fue una traición; no fue una muestra de candor sino deslealtad. No suelto esas palabras con ligereza. Entiendo la severidad del cargo y la facilidad con la que el epíteto se lanza. Hablar de la traición presidencial es cosa seria. Me parece, con todo, que el calificativo es justo porque el presidente mexicano terminó siendo un ridículo instrumento al servicio de nuestro más detestable enemigo. La mayor amenaza que México ha tenido en décadas, encontró en Enrique Peña Nieto, a un útil promotor. Si Donald Trump llega a ganar la Presidencia, los historiadores recordarán el 31 de agosto del 2016 como la fecha en que relanzó, desde Los Pinos, su campaña. Vale hablar de traición porque el Presidente ofreció los símbolos del Estado mexicano al narcisista que ha fundado su carrera política en el odio al vecino. Porque calló cuando tenía que hablar, porque se sometió a los caprichos del insolente. Porque su indignidad ante el patán deshonró al país al que representa. Debe hablarse de deslealtad porque Enrique Peña Nieto sometió a la Presidencia mexicana a la humillación.

La intensidad del rechazo que generó el bochornoso encuentro no obedece a otra razón: el país se siente traicionado por su Presidente. Esto ya no es simplemente inconformidad frente a una política, no es un desacuerdo con el gobernante; es desprecio e ira. El presidente mexicano, a dos años de su relevo: entre la burla y el odio.
 
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Reforma
Jesús Silva-Herzog Márquez
Lunes 5 de septiembre de 2016.


Jesús Silva-Herzog Márquez

El reformismo naufraga en las contrariedades del Estado. Una coalición parlamentaria puede cambiar el texto de la ley. Sabemos que no es fácil conseguir los votos para el acuerdo pero también sabemos que no es suficiente. Es necesaria otra cosa para que una novedad despegue de la hoja de papel y sea capaz de modificar la realidad. Para llevar la intención a la práctica se requiere un aparato que tiene el permiso de hacer cumplir la ley y es capaz de hacerlo a través de las propias pautas de la ley. A eso llamamos Estado y es la gran carencia de nuestra política. La tragedia histórica de la democracia mexicana es que su máxima hazaña, el pluralismo competitivo, ha sido una desgracia, al no asentarse en la ley, es decir, en el Estado.

Hablamos cotidianamente de la debilidad del Estado mexicano. Lo describimos pobre, frágil, a veces lo pintamos inerme frente a sus enemigos. Tengo la impresión de que esa imagen nos aparta de lo importante. Tal vez sea un error concentrarnos en esa supuesta debilidad. No lo digo para hablar de su corpulencia sino porque creo que desvía la atención de lo crucial. El problema fundamental del Estado mexicano no es tanto su raquitismo, su impotencia, sino su carácter salvaje, indómito. El Estado mexicano puede ser capaz de imponerse pero no parece capaz de imponerse legalmente. Al intervenir en el conflicto, no despliega la racionalidad impersonal de las reglas sino que exhibe, con frecuencia, una ferocidad tan arbitraria como la del delito. La lista de abusos es larguísima. La recomendación reciente de la Comisión Nacional de los Derechos Humanos lo pinta con todos sus colores: ante la provocación del crimen, el Estado mexicano comete excesos imperdonables. En lugar de actuar para someter a proceso a los sospechosos, procede a la aniquilación del enemigo. En lugar de liberar una carretera del secuestro, incendia el conflicto con asesinatos. Tal parece que la voluntad de ley, la determinación de aplicar el derecho, no tiene más remedio en nuestro país que recurrir a un aparato silvestre que no acata las normas de las que depende su autoridad. Para los propios depositarios del poder público, el Estado mexicano es una bestia ingobernable.

No es que el Estado sea incapaz de recuperar el flujo de avenidas y carreteras. No es que sea tan débil que no puede castigar a quienes infringen la ley y vulneran los derechos de otros. Es que no sabe hacerlo legalmente. Quizá no puede hacerlo siguiendo su código. Es por eso que la intervención del Estado, lejos de ser esa inserción de legalidad capaz de restablecer el orden, suele anticipar arbitrariedades y excesos. Así, la intervención del Estado atiza el conflicto, no lo suaviza. El Estado conspira contra su legitimidad. A pesar de lo que digan los amigos de la mano dura que desprecian los rigores del procedimiento y que se burlan de los derechos humanos como coartadas de los criminales, la única manera en que el Estado puede ganar cotidianamente la adhesión de los ciudadanos es a través de su compromiso con los derechos de todos y la canalización de su energía a través de los cauces de la ley.

El Estado no es un qué, es un cómo. No es el aparato que impone la ley, es un aparato que aplica legalmente la ley. Si algo dijo Weber sobre esto es que el Estado no es una bruta supremacía de la fuerza. Es una supremacía consentida. Entre nosotros, no hay otra legitimidad que la de la ley. Cuando el Estado se aparta de sus estatutos, cuando vulnera los derechos de otros (así sean de quienes desafían y combaten al Estado), pierde el permiso que es su título indispensable. No es extraño que el Estado salvaje se paralice tras su intervención. Al enfrentar la crítica de los medios y de cierta opinión pública, al sentir la presión internacional o la denuncia de las instituciones autónomas, el Estado se congela. Mejor dejar pasar la transgresión que empeorar las cosas. Sabiendo que su actuación terminará en abuso y provocará el escándalo se convierte en espectador. El Estado indómito está dispuesto a sacrificar sus apuestas más atrevidas porque es incapaz de defenderlas.
 
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Reforma
Jesús Silva-Herzog Márquez
Ciudad de México
Lunes 22 de agosto de 2016.

Jesús Silva-Herzog Márquez

Debemos hablar de las encuestas. Si hace unas décadas llegaron para ofrecernos claves de certidumbre, para desenmascarar a demagogos e intelectuales que hablaban en nombre del país sin tener la menor idea de qué se opinaba en el país, para medir el ánimo nacional, para percatarnos de nuestros verdaderos valores y prácticas, hoy tenemos que aplicar una capa de escepticismo a esos estudios presentados con solemnidad de una verdad científicamente fundada.

Entraron a la política mexicana como un sacrilegio. El régimen era el único facultado por la historia para conocer la voluntad de la nación. Abandonando el singular de Pueblo y abrazando los caprichos del porcentaje, las encuestas retrataban otro país y la demanda de otra política. No es sorprendente por eso la irritación que causaron las primeras encuestas electorales. Profesionales independientes desafiaban al régimen al presentar la radiografía de las preferencias. Mientras el partido oficial seguía paseándose como el imbatible, las encuestas mostraban que la competencia era real. No puede exagerarse el servicio que estos estudios prestaron a la apertura de nuestra política. Eso que llamamos transición encontró un instrumento técnico a su servicio: el conocimiento y la difusión de una opinión pública plural.

Hoy tenemos que reconsiderar la confianza que depositamos en las encuestas. Uno de los rasgos de la nueva incertidumbre es que, al parecer, hemos perdido ese dispositivo que nos permitía apreciar con razonable precisión qué quiere la gente. Lo hemos visto elección tras elección en todas partes del mundo. Las encuestas han perdido el pulso del elector. Desde hace tiempo han dejado de ser instrumentos confiables. Las urnas insisten en desairar a los encuestadores. Aún las encuestas de salida, esas que se toman a la puerta de la casilla, han quedado en ridículo. Una cosa es el dicho de los encuestados y otra, muy distinta, es el acto de los votantes. Pensemos tan solo en la elección Mexicana más reciente, en las elecciones españolas, en la votación de Brexit. Los grandes derrotados fueron los encuestadores. Las fallas han sido tan graves y tan frecuentes que han alimentado el entretenimiento de la estación: después de cada elección discutimos no tanto las razones y consecuencias del voto sino por qué se equivocaron tanto las encuestas. Los encuestadores son los nuevos economistas: profesionales dedicados a razonar doctamente el origen de sus equivocaciones.

Hace unos meses la historiadora Jill Lepore escribió un artículo en el New Yorker en el que advertía que las encuestas eran ya dañinas para la democracia norteamericana. No son, en primer lugar, confiables. Cuando aparecieron en los Estados Unidos, casi el 90% de los encuestados se tomaba el tiempo de responder al encuestador. Hoy ese porcentaje puede rechazar la entrevista. ¿Tiene sentido confiar en la representatividad de una encuesta que ha sido repudiada por la mayoría de quienes son interrogados? Pero, más allá de eso, Lepore se pregunta sobre el servicio de las encuestas. Aún bajo el supuesto de que fueran confiables, ¿son buenas para la democracia? ¿Lo son para la nuestra?

Las encuestas crean percepciones que ayudan a orientar la decisión electoral. Si la percepción es infundada, la encuesta, lejos de darle información valiosa al elector, lo engaña. Las encuestas, ciertamente, se han vuelto más un espacio para la confusión que una plataforma de certidumbre. La crisis de las encuestas es particularmente grave entre nosotros. En primer lugar, la carencia de una segunda vuelta nos conduce a eliminar, ante la urna, nuestra primera preferencia. Si creemos que nuestro candidato no tiene oportunidad de ganar, respaldamos al que nos disgusta menos, aquel que sí podría derrotar a quien nos resulta más antipático. ¿En qué basamos ese pragmatismo? En encuestas. En segundo lugar, la precariedad de nuestras instituciones políticas, las ha llevado a entregar a las casas encuestadoras la responsabilidad de elegir a sus candidatos. El último candidato presidencial del PRD no fue electo ni designado. Lo impuso un grupo de encuestas.

No se trata, por supuesto, de tirar a la basura la herramienta. Mucho menos de restringir su difusión. Se trata simplemente de reconocer que, en estos tiempos de incertidumbre, las encuestas están lejos de ser la cámara imparcial que retrata con exactitud nuestros humores.

Reforma
Jesús Silva-Herzog Márquez
Ciudad de México
Lunes 8 de agosto de 2016.

  Jesús Silva-Herzog  Márquez   

El espectáculo de las convenciones es morbosamente fascinante, decía H. L. Mencken, quien cada cuatro años hacía la crónica de esos circos que eligen a los candidatos presidenciales en Estados Unidos. Disfrutaba como nadie de ese horrible, vulgar, estúpido y tedioso teatro. Era una fiesta grotesca y, a la vez, fascinante. Durante horas, el espectador solo desea que los delegados ardan en el infierno pero, de pronto, queda hechizado con algo que supera todas las expectativas de la obscenidad, el melodrama y el absurdo. En unos minutos se despliega el entretenimiento de todo un año. Al presenciar la convención de 1924, el gran periodista de Baltimore no pudo dejar de pensar que lo envolvían las emociones de la plaza frente a un ahorcamiento.

La metáfora de Mencken, no estuvo lejos del lenguaje de Cleveland. La atmósfera del patíbulo envolvió la captura del partido republicano. El grito más frecuente en la convención no fue el nombre del candidato sino la exigencia de encerrar a Hillary Clinton en un calabozo. La bendición inicial corrió a cargo de un predicador que describió al adversario como el enemigo. El neurocirujano que quiso ser candidato (y en el trayecto mostró que se puede arreglar el cerebro de un enfermo y seguir siendo un imbécil) la describió como adoradora se Satanás. A otro candidato se le ocurrió organizar un juicio popular contra Clinton para recibir, en coro, el grito de la condena. ¡Culpable, culpable! Para un asesor del ungido, la cárcel era poco castigo para una traidora. Pidió otra cosa: la ejecución de Hillary Clinton.

No sé si el espectáculo que vimos la semana pasada mantenga la inocencia de demagogia, sentimentalismo y mal gusto que divertía al genial lexicógrafo. No vimos la renovación de una costumbre. Así suelen presentarse los candidatos en un régimen tan institucionalmente sólido: el refresco de una tradición. No es irrelevante que el pasado del partido haya sido prácticamente borrado en las fiestas de la unción porque reitera un mensaje crucial: el millonario no se debe más que a sí mismo. Nada lo ata. El arrojo es la única regla, la determinación de romper todas las convenciones. La pregunta que no podemos dejar de hacernos es cómo fue posible que un demagogo con impulsos abiertamente fascistas pudiera capturar a uno de los partidos históricos de la democracia norteamericana. Sugiero que en el narcisismo de Trump hay dos intuiciones que embonan admirablemente con los ánimos de nuestro tiempo. La primera es nacionalista, la segunda autoritaria. El éxito de este hombre se debe a que sus arrebatos embonan con nuestra rabia, nuestra impaciencia, nuestra ansiedad. El farsante navega con nuestros permisos.

Detecta, en primer lugar la nueva fractura del mundo. No es la que separaba izquierda de derecha, ni al estatismo del mercado. Tampoco es el antagonismo de la fe contra el secularismo. Es el choque entre lo nacional y lo global. El candidato republicano rechaza ruidosamente los procesos de integración y sueña revertirlos. Cuando Trump describe la fantasía de su bellísimo muro está tocando una de las fibras emocionales de nuestro tiempo. Apartarse del mundo, expulsar a los extraños. La frontera es el símbolo esencial de su discurso porque ve al exterior con horror. Restaurar el coto nacional como un refugio confiable frente a las amenazas de un mundo inclemente. Basta de globalismo, grita: nacionalismo.

El segundo reflejo trumpiano tiene, también, mucho de actual. Cuando los desplantes de la ignorancia y los insultos son celebrados como seña de valentía es que se ha puesto ya la plataforma de bienvenida al autoritarismo. No es necesario el argumento para justificar una política. La voluntad es suficiente. Basta de polémica, acción. Ese es el complemento al aislacionismo: la celebración de una fuerza que no se detiene ante nada. ¿Podemos olvidar que Trump ha llamado a matar niños? Para negociar con México, no ha descartado mostrar el poderío militar de su país. Hay muchas muestras de la admiración que siente por los dictadores de hoy y los de antes. Al capricho respaldado por la fuerza llama liderazgo. El Derecho Internacional (y el otro) le tiene, por supuesto, sin cuidado.

El populismo de Trump tiene mucho en común con muchos otros: nacionalismo que restablece el orden, reconstitución de un nosotros agraviado, política volcada a la venganza, desprecio a toda regla y todo dato, idolatría de la voluntad. Trump es horroroso, como nuestro tiempo.

Reforma
Jesís Silva-Herzog Márquez
Ciudad de México
Lunes 25 de julio de 2016.

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El mundo es comprendido por el paradigma, es la forma por la cual es entendido el mundo, el hombre y por supuesto las realidades cercanas al conocimiento.

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