Jesús Silva-Herzog

No tenemos derecho a sorprendernos con Andrés Manuel López Obrador. El político más visto es tan tenaz como predecible. Sea cual sea la ocasión, sea cual sea el auditorio repetirá las cuatro o cinco frases que pronuncia con la convicción de estar descubriendo una hondísima verdad que sólo a él le ha sido comunicada. Reaccionará con la misma intolerancia si alguien osa hacerle una pregunta incómoda. Hablará de la autoridad moral y de la mafia del poder; del cambio verdadero y de las maravillas que producirá su ejemplo cuando él pueda sentarse, finalmente, en la silla presidencial. Verlo ahora flanqueado por la ultraizquierda y la ultraderecha es la perfecta representación de su coherencia. Sí: López Obrador es coherente al presentar como sus aliados a los partidos más antagónicos de nuestro escenario porque está convencido de que en él (y sólo él) encarna una virtud que todo lo concilia.

Para el antiguo priista no importa que a un lado suyo esté un admirador de la dictadura norcoreana y del otro lado tenga a quienes pretenden aniquilar al Estado laico. Si respaldan a López Obrador son, ya, apóstoles de la regeneración. Las ideologías son irrelevantes; los programas partidistas no cuentan. Lo que en verdad importa para el fundador de MORENA es la fuente de la política. Si una iniciativa viene del limpio manantial de López Obrador será una propuesta digna, íntegra y ejemplar. Pero si viene de otro lado-de cualquier lado que no sea él mismo, será una iniciativa sucia, indecente, perversa. Podríamos hablar de propuesta idénticas para subrayar el contraste de perspectivas. La calca de una propuesta es, no lo mismo sino lo opuesto, si la defiende el adversario. Si lo propongo yo es patriotismo; si lo pides tú es traición.

No debe ser sencillo imaginarse como el faro de la moral nacional. La gran ventaja de verse en ese espejo es que permite cualquier incoherencia. Lo bueno existe en función de la lealtad al caudillo. Y si el caudillo cambia de parecer, la brújula moral lo sigue fielmente. Es la cercanía a López Obrador lo que valida o condena. Quien no se suma a su causa es cómplice de la mafia del poder. Si la candidata indígena no le jura lealtad y se incorpora a su campaña no hace más que hacerle juego a los mafiosos. Y si un mafioso lo respalda, ha vuelto a nacer. Lo ha dicho abiertamente y de muchas maneras. Lo ha demostrado también en repetidas ocasiones. Cuando un político llega a la costa de MORENA es inmediatamente absuelto de todos sus pecados. Criticar su pasado es servir al sistema. Todos los días conocemos un nuevo caso: el tesorero, el administrador, el representante de un gobernador preso o en fuga, es recibido en MORENA como un demócrata sin pecado concebido. Ahí está el origen de su mesianismo: quien me siga será purificado. López Obrador, en realidad, no se considera el guía sino el camino.

Desde sus inicios, el político tabasqueño ha hecho causa en la lucha contra la corrupción. Si hoy tiene buenas probabilidades de ganar la presidencia es precisamente porque ha sido un crítico tenaz de la ostentación y de las pillerías de la clase política y porque, en lo personal, se ha mantenido al margen de los escándalos que han ensuciado a tantos. Y sin embargo, valdría advertir que a López Obrador le irrita mucho la corrupción de sus adversarios pero le tiene sin cuidado la corrupción de sus aliados. Si hay indicios de fraude en sus filas, saltará de inmediato a advertir que las pesquisas son una agresión de la mafia del poder. Intensa pero selectiva es la indignación moral de López Obrador.

Quienes se sorprenden de la alianza de MORENA con el PES es porque optaron por desoír el rancio conservadurismo de un político que sugiere poner a voto la vigencia universal de los derechos. Quien se dice juarista ha hecho pacto con quienes explícitamente buscan tirar a la basura la herencia liberal. A su lado busca el "bienestar del alma", declaró López Obrador para justificar lo injustificable. Puede ser muy irritante el pacto de MORENA con la ultraderecha del PES pero la alianza con el PT es igualmente repulsiva. Lo digo no solamente por su demencial defensa de la peor tiranía del planeta, sino también por sus demostrables corruptelas. Si hay pragmatismo en ese pacto que sirva por lo menos para abandonar la cantaleta de la autoridad moral.

Eso sí: la coherencia del político no está en duda. Quien encarna la moral pública sólo puede ser cuestionado por los inmorales.

Reforma
Jesús Silva-Herzog M.
Ciudad de México
Lunes 18 de diciembre de 2017.


Jesús Silva-Herzog
   
Habrá Frente. Confieso que no creí que el esfuerzo culminaría en una candidatura común. Creí que, después de los desplegados de feliz coincidencia, la alianza terminaría rompiéndose. Se impuso la astucia y la ambición del expresidente del PAN, dispuesto a aniquilar a su partido para quedarse con una candidatura presidencial.

Es de lamentar la desaparición de Acción Nacional del escenario electoral. Si Anaya no ha matado definitivamente al partido que lo hizo su dirigente, ha anulado por esta temporada electoral a una de las instituciones democráticas más longevas y más importantes en la vida de la república. La crisis de Acción Nacional es más profunda que la de 1976, cuando decidió no postular a un candidato presidencial. Aquella decisión fue, finalmente, producto de un intenso y complejo debate público. La decisión-desde luego, polémica-era congruente con su historia y era fiel a sus valores. Significaba la denuncia de un régimen al que no se pretendía legitimar con la falsedad de la competencia. Quienes creían que participar en las elecciones era hacerle el juego al régimen expusieron públicamente sus razones y se enfrentaron a quienes defendían con terquedad la participación. La discusión se verificó públicamente y el partido tomó la decisión de abstenerse. La decisión de un partido democrático. Hoy los panistas han visto, por primera vez en su vida, la autoproclamación de su candidato a la presidencia. El dirigente de Acción Nacional se hizo del control absoluto de la estructura. Supo aprovechar los resentimientos que ahí había generado la camarilla de Felipe Calderón y canceló cualquier posibilidad de debate interno. Apoyado en sus aliados externos, suspendió los derechos de los militantes, proscribió la competencia interna, arrinconó a los adversarios, se hizo a sí mismo, candidato. Acción Nacional sucumbió a una dictadura. Eso fue la administración de Anaya: un régimen de excepción que concentró todo el poder en una persona negando los derechos ordinarios de los militantes panistas.

Anaya y sus promotores se llenan la boca con la palabra democracia, pero no se atreven a practicarla. Nunca estuvieron dispuestos a correr el riesgo de perder. Es decir, nunca creyeron en la vía democrática. ¿Alguien podría señalar una diferencia entre el destape de Meade y la autoproclamación de Anaya? ¿Hay alguna diferencia entre la apropiación que Anaya hizo del PAN y lo que hace el dueño de MORENA con su criatura? ¿Se atreverían los frentistas a denunciar la antidemocracia del PRI después del espectáculo de estas semanas en donde los caciques de los partidos se reparten posiciones exhibiendo el más grotesco patrimonialismo? Por fortuna han renunciado a la farsa de llamarse frente "ciudadano."

Lo que ha pasado en Acción Nacional es una desgracia histórica. No es solamente una desgracia para los panistas sino para el país. En ella tienen sin lugar a duda una cuota importante de responsabilidad los críticos del astuto y truculento dirigente que no estuvieron dispuestos a dar una pelea por su partido, por sus reglas, por sus ideas, por su tradición. Abandonaron con facilidad el barco y dejaron al ambicioso el campo libre. Algunos ya se han trepado a otro bote-o, más bien, han regresado al de su origen. Con su torpeza y su arrogancia permitieron que el país perdiera una referencia liberal importantísima.

Cuando hablo del PAN como referente liberal no me refiero, por supuesto, a sus ideas. Hubo muy poco liberalismo en su origen. Nació contra el cardenismo como una opción entre el comunismo y el liberalismo, que frecuentemente identificaba como perversiones gemelas. El discurso histórico panista tiene un intenso componente antiliberal que sigue presente en su retórica y en sus reflejos. Si digo que fue un referente liberal fue por su apuesta institucional, por su defensa práctica de los derechos, por su denuncia jurídica del autoritarismo, por el esmero con el que construyó su propia estructura, por el debate que siempre mantuvo a su interior. Fue una brújula liberal, sobre todo, por su anticaudillismo. Antes del secuestro de Anaya, el PAN era uno de los pocos territorios del debate intenso, público y, en general razonado. Ese partido murió ayer.

Reforma
Jesús Silva-Herzog Márquez
Ciudad de México
Lunes 11 diciembre 2017.


Jesús Silva-Herzog

La apuesta del elector priista fue sensata. Era razonable designar como candidato del PRI a quien menos priista parece. Asegurados los votos de los leales, José Antonio Meade es el candidato que de mejor manera puede ampliar la convocatoria. No será fácil superar el estigma del envase pero, si alguien dentro de la baraja del PRI podría hacerlo, es el financiero convertido en candidato. Ser un desconocido es, seguramente, una ventaja. Perteneciente a la camarilla más poderosa del país, esa que ejerce el poder apelando a la razón técnica, Meade pretenderá presentarse como el técnico sin militancia, como el funcionario competente que se ha mantenido al margen de la politiquería de los partidos. Se presentará como un hombre experimentado que sabe hacer las cuentas y que ama a su país. El cuento de la pureza del tecnócrata es, sin embargo, poco persuasivo. Su carrera no ha flotado, limpísima, por encima de los pantanos del poder. Imposible disociarlo del ímpetu castrense del calderonisimo y de los hedores de Atlacomulco. Una prolongación de ambos nos ofrece ya en su campaña.

Quizá la mejor carta del candidato priista sea la serenidad. En un país cansado de la estridencia, el candidato del PRI muestra tranquilidad, conocimiento (de los temas que conoce), experiencia. Un hombre afable, un amigo de todos que no le niega abrazo ni a los pillos. Su probidad ha sido, por decirlo de algún modo, pasiva. No se le conoce una sola batalla contra la corrupción y bien puede advertirse en él buena disposición al encubrimiento. Lejos de rehuir la identificación conservadora, el PRI la abraza orgullosamente con su candidato. El extravío del PAN ha abierto un espacio que el PRI pretende llenar cuanto antes. Mientras el dirigente del PAN sigue cortejando al PRD, el candidato del PRI extiende la mano a los panistas. Meade aspira a construir un nuevo polo de la derecha mexicana que se plante con clara identidad frente a López Obrador. Por ello repetirá mil veces que la disyuntiva es la preservación o el abismo. Habrá que esperar pronunciamientos específicos en las polémicas del día pero su oferta inicial es inequívocamente conservadora: continuidad, ley y orden, prosperidad sin polarización.

Su propuesta es perseverar. Meade nos convoca a una epopeya de dimensiones históricas: que los mismos sigan haciendo lo mismo. Si lo hacemos con la misma visión de México y con apego a los mismos programas, podríamos llegar, algún día, a obtener los mismos resultados. Ese es el encanto de su campaña. ¿Quién podría resistir a este llamado? Lo que más sorprende es la ausencia de cualquier chicote de inconformidad en su anatomía. Un político al que le complace plenamente la realidad. Lo llaman optimista. Yo lo encuentro, más bien, indolente. Meade celebra el presente de México como si fuera el mejor de los posibles. Si no lo es todavía es porque falta tiempo para persistir en lo que hemos hecho durante treinta años. El candidato del PRI Nieto festeja al país que ha recibido las bendiciones del reformismo. Él mismo se coloca como arquitecto de muchas reformas que describe como catapultas de una dichosísima modernidad. La crítica, dijo hace algún tiempo, era fruto no del juicio sino del mal humor. Quien no celebre lo que tenemos es porque está enojado y no acepta la realidad. Hay que sentirnos afortunados por tener como presidente a Enrique Peña Nieto, decía en uno de los más penosos episodios de la zalamería priista. A sus ojos, nuestra política es un espacio generoso y constructivo. ¿La corrupción? Un problema menor, un pendientito, quizá.

Ha presumido sus oficinas como una sala de trofeos pero habría que preguntar por el impacto de las políticas que ha defendido. ¿De verdad hemos de brincar de júbilo con el desempeño económico de la última década? ¿Hay algo que reconocerle de su paso por la cancillería? ¿No es preocupante el interés que mostró en Sedesol para cambiar las mediciones de la pobreza para cambiar súbitamente la percepción de la realidad? Quien presume patrimonio curricular deberá mostrar resultados. Por lo pronto, destaca tanto como su fluidez en el lenguaje económico, su trastabilleo, su ignorancia y su incoherencia en dos temas centrales para el país: inseguridad y corrupción.

La campaña apenas empieza. El perfil del candidato de Peña Nieto irá puliéndose en los próximos meses. Por lo pronto, vale decir que José Antonio Meade es el candidato de los satisfechos. Quien crea que el último cuarto de siglo del país ha sido maravilloso, tiene un gran candidato.

Reforma
Jesús Silva-Herzog Márquez
Ciudad de México
Lunes 4 de diciembre de 2017.

Jesús Silva-Herzog

Pronto, muy pronto al parecer, se acelerará el tiempo de la política mexicana. Terminará la espera en el partido gobernante y se pondrá en movimiento frenético la campaña por la presidencia. Se cumplirá la arcaica liturgia y súbitamente todos los priistas estarán milagrosamente de acuerdo. Contemplaremos el bochornoso carnaval de la adulación. Todos los priistas, con excepción de quien será pronto catalogado como lunático, coincidirán: el candidato ungido es el mejor hombre para conducir el país por los siguientes seis años. Solo él podrá salvarnos de la desagracia populista. Patriota, servidor público ejemplar, exitosísimo funcionario, gran bailarín y cocinero de fantásticos chilaquiles. Una buena parte de los medios hará eco al unánime entusiasmo de esa tribu. Nos mostrarán durante varios días retratos del candidato cuando era niño, se rescatarán sus boletas de primaria, se le describirá no solamente como un gran político sino también como un atleta y como un artista consumado. Por supuesto: gran padre de familia, cariñosísimo esposo, compadre leal.

El presidente Peña Nieto disfruta ese ámbito del poder donde sigue siendo, sin disputa alguna, soberano. Su dedo índice no enfrenta contrapeso alguno. No necesita negociar con nadie. Es él y solo él quien decide. La del presidente no es la última voz: es la única. Supremacía es soledad. Su partido es, en efecto, suyo y de nadie más. Las corporaciones y las clientelas, la diversidad regional, la complejísima mezcolanza de intereses del PRI desaparecen cuando se trata de la herencia. El partido gobernante tiene dueño. El patrimonialismo que en otros ámbitos da señas de vergüenza, pierde disfraz en el PRI. Ahí no hay intento siquiera de simular deliberación y competencia. Un partido nacional cuelga del capricho de un hombre. Ese hombre, cuando se anima a hablar del tapado, se desdobla y habla como vocero de la historia. Cuando, hace unos días, el presidente nos llamó despistados, subrayó que el misterio de su decisión solo lo conoce él. El presidente asume que por su voz habla una sabiduría tradicional. El partido sabe, el partido conoce, el partido valora... Cuando da esas señales, el presidente Peña Nieto comparte con el país sus hábitos digestivos.

La cobertura mediática tenderá a normalizar lo que es aberrante. Se irá con el señuelo de la novedad ignorando la restauración del mecanismo. Y tal vez pierda de vista que la reposición del tapadismo no es exhumación de un lindo folklore. La liturgia que tanto aprecian los priistas, el ritual que fascina a tanto opinador es un culto de lealtad y, en el fondo, un dispositivo para la prolongación de las complicidades. El tapado acepta una deuda con el destapador. Desde luego, el candidato del PRI no tiene asegurada hoy la presidencia. Pero la reposición del tapadismo inserta en el proceso la marca de connivencia. El presidente habrá meditado durante mucho tiempo sobre una decisión que imagina testamentaria. No puede ser ésta una decisión desinteresada precisamente porque es personal. Imposible pensar que en ese decreto no estén enredados también los temores y las ambiciones de quien trasmite la estafeta. Si, como dicen los priistas, el tapadismo es un ritual, saben bien que no es una ceremonia de sacrificio. Al heredar, el primer interés que se cuida es el de quien hereda.

La confianza con la que los priistas encaran el proceso se funda en la centralización y en la disciplina. Una decisión incuestionable que adquiere automáticamente apoyo de la organización. El presidente tiene que ver al futuro pero no puede desprenderse de su interés. Pensará en la campaña e imaginará un posible gobierno. No los podrá ver más que con sus anteojos, conociendo bien su vulnerabilidad, anticipando con angustia las probables mortificaciones futuras. Para el presidente el futuro es una amenaza. Una presidencia marcada por el escándalo no puede mirar lo que viene con indiferencia. Ahí se finca la perversidad del mecanismo. La voz que decide es la voz más cuestionada. Dentro del PRI, el valor principal es la lealtad al destapador. Para el destapado el imperativo será la traición. Puede verse la historia política del priismo hegemónico como variantes de esa tensión irresoluble. La dialéctica del tapado y el destapador.

Reforma
Jesús Silva-Herzog
Ciudad de México
Lunes 27 noviembre 2017.

Jesús Silva-Herzog

Una corte es una institución para la reverencia. La servidumbre vuelta ceremonia. La brújula de la corte apunta al norte del poderoso. Los cortesanos se orientan siempre hacia él. Lo miran para rendirle homenaje. Le agradecen al cielo la oportunidad de respirar el oxígeno del mismo cuarto. Qué afortunados somos de tener tan clemente soberano, dirán de mil maneras. El homenaje que los cortesanos rinden al rey, dice Elias Canetti es estar ahí frente a él, en el círculo que rodea al poderoso. Agrupados en torno a él, deslumbrados por él, esperándolo todo de él. No pueden moverse con independencia. Por eso están atentos a cualquier gesto, a cada palabra, a la mínima modulación de su voz. Los cortesanos saben que su posición depende sólo de la voluntad del jefe. No tienen vida fuera de la corte, no son nada fuera del círculo de lealtad. Esas marcas de la política mexicana se acentúan en tiempos sucesorios. La restauración priista ha sido la restitución de la cortesanía.

Con la cortesanía ha regresado el tapadismo. Se ha rehabilitado el más sagrado de los rituales priistas. El presidente aseguró el control absoluto de su partido y se dispone a usar el índice. Tiene el margen más amplio para designar al candidato de su partido. Nadie le hará oposición. No tenemos el lápiz de Abel Quezada para dibujar las capuchas de los tapados, pero hemos regresado a ese tiempo. ¿Vivimos en 1975? De pronto hemos retrocedido cuarenta años. Los ambiciosos desfilan con capucha. Buscan la presidencia, pero no lo dicen; quieren ser candidatos, pero no pueden reconocerlo. Es la política embozada de la vieja disciplina. Todos repiten lo mismo: se sienten honrados por la mera mención; dicen que no son todavía tiempos para declarar abiertamente su deseo, repiten que se debe esperar al calendario que fije el partido, aseguran que aceptarán la decisión del partido y aprovechan para felicitar el patriótico gobierno del Señorpresidente.

El rito tiene efectos perniciosos en nuestra conversación pública. Se acepta implícitamente la regla de la verticalidad y se juega a la especulación como si fuera un entretenimiento inofensivo. La reflexión política se degrada a niveles vergonzosos. Tratemos de imaginar quién le inspira confianza al Señorpresidente. ¿Quién minimiza los riesgos? ¿Quién le cuidará mejor las espaldas? Leemos las hojas del té, buscamos pistas en los astros, lanzamos dados a la mesa. Todo parece una señal. El Señorpresidente ha enviado a fulano a representarlo. El abrazo del señorpresidente al secretario A duró 4 segundos más que el que le dio al secretario B. En la reunión reciente se vio la enorme confianza que el señorpresidente tiene en su colaborador X. Confieso que el juego que propone Héctor Aguilar Camín para adivinar el nombre del tapado no me parece divertido. ("Instrucciones para adivinar quién será el candidato del PRI", Milenio, 10 de noviembre). Hágase una lista de precandidatos, multiplíquese por cinco criterios relevantes, dóblese el papelito en cuatro partes y el nombre del tercero será el elegido. O algo así. Más aún, el timbiriche tapádico me parece nocivo porque acata el dictado del patrimonialismo, porque condona su existencia o tal vez la celebra, porque da la bienvenida a su "lógica." Apostemos al vaticinio de un capricho y divirtámonos un poco. Jugar a la especulación del tapadismo es celebrar que una institución pública tenga dueño y que esté puesta al servicio de un amo. La aberración se legitima cuando encuentra razonadores que disciernen sobre el sentido de una voluntad sin restricciones. Elaborar una teoría general del tapadismo es celebrarlo como simpática curiosidad nacional. Ofrecernos claves para anticipar la indicación del presidencial dedo es aprobar el uso personal de las instituciones públicas. Cierto: el PRI no es ya toda la política ni el candidato del PRI será necesariamente el ganador de las elecciones. Sin embargo, el PRI, aunque lo abominemos, es una institución pública desde su definición constitucional hasta su financiamiento.

Cuando Enrique Peña Nieto busca trivializar lo aberrante, lo llama cultura. La corrupción es cultura porque es anécdota, porque así somos nosotros. El tapadismo es cultura porque es una costumbre de partido que nadie tiene derecho a cuestionar. Cada quien administra su casa como le da la gana. Respeten nuestra liturgia, exige. Pues no... el tapadismo no merece respeto. Es una práctica arcaica, grotesca, indefendible. El patrimonialismo en instituciones públicas-sea en MORENA, en el llamado "frente" o en el PRI-no merece ningún respeto.

Reforma
Jesús Silva-Herzog
Ciudad de México
Lunes 13 /11/2017.

Jesús Silva-Herzog Márquez

La Procuraduría se ha convertido en un bulto de la administración federal. A poco más de un año del relevo en la Presidencia, el Gobierno deja esta institución crucial para la vigencia de la ley en el abandono.

Han renunciado a su cargo tres Procuradores y no hay ningún interés en llenar la vacante. Se nos anuncia que habremos de esperar hasta que llegue un peor momento.

Tomarse el tiempo para que los electores decidan y conozcamos el nombre del nuevo Presidente equivale a someter el nombramiento a una nueva conformación política. Si la autonomía se tomara en serio, la incertidumbre sería el mejor estímulo para llenar la silla vacía.

Estamos hoy bajo un propicio velo de ignorancia. Los partidos no saben si ganarán o perderán. No saben si tendrán la Presidencia o estarán en minoría. No saben si su peor enemigo ocupará la Presidencia o si será uno de los suyos.

Esa oscuridad debería ser considerada precisamente como la condición más propicia para convocar al funcionario competente y confiable que dé seguridad a todas las fuerzas políticas. Necesitamos un Fiscal que imprima a la primera Fiscalía la dignidad de la distancia. Esperar a la elección es apostar a sellarla, otra vez, con la política del día.

La Procuraduría es una institución en ruinas. No tiene titular y el que ocupa sus funciones lo hace de manera precaria, sin el respaldo político indispensable para cumplir su función.

Oficinas fundamentales como la Fiscalía Anticorrupción están vacantes y no se advierte intención de ocuparlas. Arrastra un estatuto constitucional obsoleto, mientras el Congreso ignora las propuestas de reforma que se han planteado desde distintos órganos de la sociedad civil.

Una institución clave de la vida de la República está a la deriva. Lo han reconocido, con esas u otras palabras, sus titulares. Han dirigido una institución que no puede avanzar, pero tampoco puede apearse para emprender su reforma. Pocas instituciones con tantos desafíos, ninguna con tan poca capacidad para afrontarlos.

De la Procuraduría depende la persecución de los delincuentes, la recuperación del orden, la vigencia de la ley. Nada menos. Al cumplir ya más de una década nuestra barbarie, la existencia de una Fiscalía competente, con poderes sólidos y autonomía firme es urgente. En la medida en que subsistan las bases institucionales de su subordinación y precariedad; en la medida en que se prolongue su fragilidad política, seguiremos librando una batalla perdida contra la impunidad.

La agonizante ha encontrado fuerza, sin embargo, para hacer valer sus códigos de conducta y remover al Fiscal electoral. La decisión es en extremo grave porque carece de una motivación sólida, porque aniquila la autonomía de un órgano indispensable de legalidad en el proceso electoral y porque constituye una amenaza al resto de los agentes de la imparcialidad.

Remover a un Fiscal es un acto de extrema gravedad. Lo es más, cuando se trata de un Fiscal electoral. Lo digo por la hechura jurídica del cargo.

El funcionario necesita contar con el respaldo del Senado de la República. ¿Por qué se exige la ratificación senatorial de este funcionario? Porque debe inspirar confianza en las fuerzas políticas representadas en esa asamblea y porque su tarea necesita autonomía.

El Fiscal que persigue delincuentes electorales no puede estar sometido a las lealtades de partido o a las jerarquías ordinarias de la administración pública. Lo ha descrito con claridad José Roldán Xopa en una útil reflexión constitucional (disponible en elnorte.com/nieto).

Remover a un Fiscal electoral es atropellar a la mayoría calificada del Senado de la República. Si el Procurador tiene, efectivamente, facultad para remover al titular de la Fepade, no debemos entender que tiene un permiso para el capricho o para la arbitrariedad.

Debe entenderse que el Fiscal no es un subordinado del Procurador. No puede serlo. Tratarlo como tal es volver a dar muestras de que no se entiende el sentido de la autonomía de las instituciones de procuración de la justicia.

El funcionario removido investigaba casos especialmente graves de corrupción en el ámbito electoral. Su destitución ha activado alarmas y ha producido un extraño acuerdo de todas las fuerzas políticas exceptuando las oficialistas: la destitución pone en riesgo el proceso electoral del 2018. Toca al Senado de la República enderezar las cosas.
 
http://www.reforma.com/blogs/silvaherzog/

Reforma
Jesús Silva-Herzog Márquez
Ciudad de México
Domingo 29 de octubre de 2017.

 Jesús Silva-Herzog

              
El PAN ha horneado lentamente su crisis. La renuncia de una precandidata es apenas síntoma de una enfermedad que contrajo con el poder. Acción Nacional perdió rumbo cuando ganó la presidencia. Para emplear su vocabulario: al alcanzar el poder, perdió el alma. En el gobierno, el PAN rehabilitó el corporativismo dando oxígeno a los sindicatos más sucios, se hizo cómplice de la corrupción, combatió los derechos en nombre de una guerra que restauraría la paz, contribuyó a desprestigiar al pluralismo al estrenarlo con la incompetencia. Ahora que regresa a la oposición, reniega de sí mismo.

La renuncia de Margarita Zavala al PAN significa, seguramente, el final de su carrera política. Si su precampaña anticipa la campaña que viene no hay motivo para imaginar algo distinto al desastre. Durante los meses que recorrió el país no logró exponer el argumento de su candidatura. ¿Qué méritos la respaldan? ¿Con qué orgullos se presenta? ¿Cuál es su diagnóstico del país y qué propone para remediar nuestros males? Nada logró decir que no fuera un amable lugar común. En ningún momento encontré a alguien que comentara algún evento de Margarita Zavala. Nadie que yo conozca retuvo una propuesta, una anécdota, una denuncia. Nada. Cuando algún entrevistador la cuestionaba con lo obvio, caía penosamente en el balbuceo y la incoherencia. Algo dejó en claro la precampaña: Zavala carece de inteligencia estratégica. Nunca entendió su momento, nunca preparó escalones para su ascenso. Fue incapaz de comprender a su adversario en el PAN y, por ello, no pudo confrontarlo. Zavala tenía recursos para resistir la política de Anaya. Tenía todo para ser la defensora de una tradición y no lo fue. Pudo haber convocado a los panistas para defender a su partido de quienes han decidido rentarlo. Nunca definió una posición firme frente a la coalición de partidos que, desde el primer instante, la desplazaba. Llegó a creer absurdamente que habría espacio ahí para ella. Durante meses permaneció a la mitad de la vía del tren que finalmente la arrolló. Toda una vida dentro del PAN y no consiguió dar forma a la resistencia. Sin alianzas dentro de su propio partido, Zavala fue avasallada. Quizá su error más grave fue el no percatarse del intenso resentimiento que existe en su partido contra Felipe Calderón. A ella dirigieron un odio que no merece.

Zavala no trazó una estrategia para construir su candidatura en el PAN. Tampoco procesó estratégicamente su derrota. Por eso su decisión reciente es más un desplante de orgullo que una maniobra política. Resulta extraño que para Zavala-cuya trayectoria política es propia, larga, visible y mediocre- no hubiera más opción que la candidatura presidencial. Zavala no es una improvisada. Tampoco ha sido un apéndice. Tiene décadas de notoria actividad política y se le reconoce sensibilidad y rectitud. Pero nadie podría decir que ha destacado en los ámbitos de la administración pública, de la actividad parlamentaria o de la política partidista. ¿Por qué se convenció de que la única salida digna para ella era renunciar a su partido y volverse candidata independiente? ¿No había opciones responsables y sensatas dentro de su partido? ¿No habría sido más congruente con su biografía y su ideario? Contribuir a la reelección del PRI no parece la más satisfactoria de las jubilaciones.

Si algo muestra el arranque de Margarita Zavala es el extravío histórico del PAN. Acción Nacional ha dejado de ser una institución que se cuida a sí misma como parte del patrimonio democrático de México, una institución que sabe dialogar y que puede procesar sus diferencias, una institución que piensa en el mediano plazo. Anaya y Zavala creen que no hay más horizonte que el año que entra. Anaya y Zavala coinciden en que no hay más batalla que la suya. Por el 2018, Anaya y Zavala han estado dispuestos a quemar al PAN. Anaya lo ha entregado a una coalición que desnaturaliza a Acción Nacional. El Frente corrompe al PAN porque transfiere sus órganos internos al cálculo de las maquinaciones cupulares. El Frente corrompe al PAN porque decreta una emergencia que cancela la deliberación interna y anula su pluralismo. El Frente declara la minoría de edad del PAN convirtiendo a su dirigente en tutor. Acción Nacional se entregó a las sobras de un partido moribundo y a un partido local. La renuncia al PAN de su candidata más popular no será la consecuencia más grave de este alquiler.

Reforma
Jesús Silva-Herzog
Ciudad de México
Lunes 9 de octubre de 2017.

Jesús Silva-Herzog

 "La sociedad civil no debe pasar tanto tiempo hablando de corrupción", le dijo el presidente a un grupo de empresarios en una reunión en la casa presidencial. Hablar de la corrupción distrae de lo que, a su juicio, debemos hacer los mexicanos: celebrar los logros de la administración de Enrique Peña Nieto. A uno de ellos, le reprochó directamente el activismo de su hijo, promotor de una organización empeñada en denunciar la corrupción. "Tu hijo debería dejar de ser tan crítico con el gobierno", le dijo, según lo reportó el New York Times en su primera plana. La recomendación sería solamente una torpeza, un gesto inapropiado si no estuviera acompañada de actos de intimidación.

Para sacar la corrupción de la conversación pública, el presidente ha tratado de hacer causa común con los empresarios por dos vías. La primera es la de la complicidad, la segunda es la de la intimidación. En primer lugar, invoca un interés compartido. El presidente llama a los empresarios a callar sus críticas para preservar las ventajas que disfrutan. Ve a los empresarios más destacados del país como los grandes beneficiarios de su gobierno y del modelo que defiende. Por eso se siente en condición de exigir ayuda. Ese es su mensaje: si los empresarios financian organizaciones críticas terminarán siendo víctimas involuntarias de su ingenuidad. Al patrocinar entidades independientes que exhiben los abusos del gobierno dan munición al político que más temen. La corrupción eso que es, a juicio del presidente, un aroma de nuestra cultura, debe permanecer oculta para impedir terremotos. Para el presidente de México, quien habla de corrupción, quien la denuncia, promueve a López Obrador. Esa posición fue la que sostuvo el presidente ante los empresarios, de acuerdo a un reportaje de Carlos Loret de Mola. Si ustedes siguen hablando de la corrupción de este gobierno se convertirán en promotores de Morena. Cállense, que les conviene.

Un gobierno que busca combatir la corrupción entendería que las organizaciones independientes son su mejor aliado. Pero el gobierno de Enrique Peña Nieto no tiene la menor intención de aprovechar la información que proveen los espacios autónomos. No le interesa atender las denuncias que brotan de organismos independientes. Sabiéndose enredado en esas redes, el gobierno federal no puede más que ver como enemigos a los profesionales que denuncian la corrupción.

Por eso pretende asfixiar financieramente a las organizaciones que le son adversas. El propio presidente busca convencer a los mecenas para que dejen de jugar a la sociedad civil. Sí es una invitación al silencio. Abandonen el activismo, dedíquense a sus empresas y dejen de hacer política. El presidente pide a los empresarios la abdicación de sus responsabilidades cívicas. Los conmina a dedicarse en exclusiva a la rentabilidad de sus empresas y a renunciar a su compromiso ciudadano.

La hostilidad gubernamental no tiene precedente en la corta historia del México pluralista. Las relaciones entre organizaciones de la sociedad civil y el gobierno pueden ser naturalmente tensas pero hasta ahora, con la restauración priista, advertimos hostigamiento. La posición presidencial no es solamente una invitación al silencio cómplice, no es simplemente un llamado a renunciar a la participación política a través de organizaciones independientes. Lo más alarmante es que se empleen las instituciones del Estado para intimidar a los críticos. Así lo ha hecho el gobierno de Enrique Peña Nieto. Hace unos meses, el vocero del Partido Verde, lo dijo abiertamente en una sesión parlamentaria: usaremos las instituciones fiscales para investigar a nuestros críticos. Así es. Cinco empresas de Claudio X González, fundador de Mexicanos contra la Corrupción, recibieron nueve auditorías... ¡el mismo día! ¿Podría ser una coincidencia que esas investigaciones se hubieran realizado en la misma fecha? Por supuesto que no. Según cálculos del propio González, la probabilidad de que sea un azar es de 0.0000000000000000000000000204%.

El retroceso democrático que hemos sufrido en este gobierno encuentra aquí dos muestras irrefutables: un discurso que alienta la abdicación de la ciudadanía y una perversión de las instituciones comunes. Corrupción por doble vía: anular el deber cívico; subordinar la ley a quien detenta el poder.

Reforma
Jesús Silva-Herzog
Ciudad de México
Lunes 4 de septiembre de 2017.

Jesús Silva-Herzog Márquez

El caudillismo se consagra cuando se vuelve incuestionable. Nadie le ha preguntado al dirigente nacional de Morena cómo se elegirá al candidato presidencial de ese partido. A nadie se la ha ocurrido. No hay encuentro con el presidente del PRI, del PAN, del PRD que no lleve a la pregunta de la candidatura presidencial. Hasta a los dirigentes del Partido Verde los cuestionan sobre su proceso de designación. Al dirigente de Morena nadie le pregunta sobre ese asunto. ¿Qué método seguirá Morena para designar a su candidato? ¿Quiénes aspiran a la candidatura presidencial de Morena? ¿Habrá debates internos? Obviamente no hace falta hacer las preguntas. El partido tiene dueño y sirve a una ambición.

Sabemos que al propietario no le agradan las entrevistas, a menos de que sean, en realidad, halagos. Si alguien le pregunta cómo enfrentará a la mafia del poder, pronunciará con convicción una de las cinco frases que repite constantemente. Tal vez se le ocurra decir que hay aves y que hay pantanos y que el lodo jamás lo mancha. Pero si algún periodista osa cuestionar sus alianzas o sus silencios, contestará indignado por la insinuación. El caudillo descalificará al periodista y le dará una lección sobre su oficio. La honestidad es cuestionar a los mafiosos, no al dechado de la virtud, sermoneará. Para López Obrador no hay mexicano honesto que no sea su admirador. Quien duda de él forma parte de la mafia. Lo notable, digo, es que aún en los intercambios tensos que ha tenido con la prensa, la pregunta sobre la candidatura presidencial es absurda, inimaginable. A nadie (que yo sepa) se le ha ocurrido preguntarle al dirigente nacional de Morena quién será el candidato a la Presidencia de ese partido. Nadie lo duda.

Todos los partidos, menos Morena, tienen baraja. En Morena hay dueño y séquito. En todos los partidos hay competencia, aunque en pocos es abierta y aún en menos, democrática. Pero podemos entretenernos con los tapados priistas, con los pleitos dentro del PAN, con la ocurrencia del Frente o con los ambiciosos sin partidos. No es trivial: la pluralidad de proyectos, estilos, ambiciones constituye su patrimonio democrático. En los partidos ha de haber juego, espacio para la competencia y el desacuerdo. Ha de haber también mecanismos abiertos y públicos para resolver sus controversias. Parlamentaria, tribal o cortesana, la disputa por las candidaturas es perceptible en todas las formaciones políticas -salvo en esa que monopoliza "la esperanza de México". Esa esperanza, lo sabemos bien, depende de la victoria de un santo.

El proceso de Morena para designar al candidato a la alcaldía de la Ciudad de México ha sido grotesco. Se ha elegido a una candidata sin elección alguna; se ha invocado una encuesta que no puede ser considerada encuesta; se ha designado a una candidata a la que no debemos llamar candidata. Una farsa, envuelta en una simulación dentro de una trampa. No deja de ser simpático que el grupo político que más ha hecho para denigrar la práctica demoscópica, busque fundar una decisión crucial en ese ejercicio técnico. Las encuestas favorables son honestas pero las que muestran señales desfavorables al rayo de esperanza son inventos mafiosos. Encuestas cuchareadas, inventos al servicio de un cliente, propaganda. Pero, más allá de la incoherencia, debe hablarse de la simulación de la técnica. Una encuesta que no hace público su método, una encuesta que no da cuenta de sus responsables, una encuesta que ni siquiera muestra sus resultados no puede ser considerada una encuesta.

Porque es racionalmente indefendible, la secretaria general de ese partido alude a la fe de sus militantes para justificar el secreto. Está convencida de que no tiene por qué rendir cuentas a la ciudadanía. La fe de los suyos basta. "Los militantes y simpatizantes de Morena están en Morena porque creen en Morena y porque creen en la integridad de Morena y porque saben que nosotros hacemos las cosas de forma diferente". No conozco un solo militante que tenga duda del proceso, insistía Yeidckol Polevnsky, tras la farsa. El argumento y el proceso mismo revelan convicciones y prácticas no solamente antidemocráticas sino contrarias a la legalidad. Aunque le pese al predestinado y sus adictos, los partidos son instituciones de interés público. La fe de los devotos no es argumento público.

http://www.reforma.com/blogs/silvaherzog/

Reforma
Jesus Silva-Herzog M
Ciudad de México
Lunes 18 de agosto de 2017.

Jesús Silva-Herzog Márquez

Es una nota al final de su artículo. La colaboración de Héctor de Mauleón en El Universal del jueves pasado volvía a describir la barbarie de México. Al final del texto, una posdata discreta daba cuenta de la nueva amenaza. No hay adjetivos en su aviso. Con la sequedad habitual de su prosa, el periodista hacía pública la amenaza que había recibido y exigía a las autoridades lo elemental: que cumplan con su deber. "Desde hace más de 14 meses", escribe, "cada vez que esta columna aborda el narcomenudeo en la Ciudad de México pasó al tocar la delegación Cuauhtémoc, ocurrió más tarde al hablar de Tláhuac, me llegan amenazas proferidas desde las redes sociales. Por terquedad informo que ahora más que nunca seguiré escribiendo sobre el tema y esperando que las autoridades den por fin con los responsables de este inaceptable intento de amedrentamiento".

¿Qué es más admirable? ¿La valentía de la tenacidad o la compostura profesional ante la amenaza? Héctor de Mauleón no cede al miedo pero tampoco a la vanidad del perseguido. Continúa su trabajo sin subirse a un pedestal. Con terquedad sigue buscando la horrible verdad cuando muchos quieren ocultarla y pocos quieren conocerla. No le regala su silencio a los criminales. Tampoco utiliza el espacio público de su columna para colocarse en el centro. No hace inventario de todos los actos de intimidación, de todas las amenazas que ha recibido en los últimos meses. No describe el impacto de ver su retrato como diana de criminales. No detalla la manera en que su vida ha sido ya afectada por las intimidaciones. De Mauleón sólo deja constancia de la amenaza y sigue su camino.

Uno querría que Héctor de Mauleón dejara los peligros y se entregara de lleno a la descripción de los rincones de la ciudad. Que nos contara solamente de los viejos edificios y de las plazas de la capital, como lo ha hecho en artículos y libros. Que para caminar tranquilamente dejara de hablar de sicarios y de matanzas, que olvidara a los cárteles y a sus cómplices. Que cambiara de tema, que soltara una línea de su vocación periodística para entregarse a la amable historia de nuestras calles. Él no lo hará. Seguirá alternando sus cartas de amor a la ciudad con las denuncias de su podredumbre. No callará el horror porque sabe que en el silencio está la victoria de los bárbaros. La valentía de su periodismo es por eso indispensable. Pocos como él se han atrevido a describir la descomposición nacional con esa sobriedad y ese rigor. Su periodismo no se doblega a una causa. No confunde hechos y opiniones. No vuela con la especulación, no generaliza, no fabrica conspiraciones, no sube el tono para provocar efecto en el lector. Investiga e informa. Sus breves noticias del crimen son cátedras del periodismo necesario. Sólo con una prosa seca y precisa como la suya, sólo con reportajes meticulosos y puntuales como los que publica regularmente, podemos comprender nuestros frecuentes descensos al infierno. Comprender el horror y hacerle frente.

Héctor de Mauleón no solamente ha resistido la tentación del silencio, sino también la tentación de la secta. El periodismo resiente el efecto de la intimidación y también la perversión de la militancia. Su escritura no busca el aplauso de una tribu. Sabe bien que habrá siempre alguien a quien lastimen sus revelaciones. Como medalla puede portar las acusaciones de traidor: son muestra de la decepción que su honestidad genera en los sectarios. El miedo calla. El sectarismo pide administrar la verdad: ocultar lo que resulte desfavorable a la causa; exagerar los vicios del enemigo; maquillar hechos para que embonen con el prejuicio. Si Héctor de Mauleón no cree en el periodismo de cruzada es porque, como ha dicho, en el momento en que el reportero se imagina como héroe de caballería, pervierte la profesión. Al entregarse a una causa (así sea la más noble) deja de hacer periodismo para hacer militancia.

Pocas profesiones tan solitarias y vulnerables como lo es el periodismo en el México de hoy. Dejar letras en un diario es un acto de enorme responsabilidad cívica. En tiempos de violencia y sectarismo, frente a una sociedad desinteresada en la verdad fastidiosa y una política polarizada que exige lealtades por encima de cualquier otra cosa, no es fácil escribir con lucidez, decoro y valentía. Pocos periodistas están a la altura del drama que vivimos como Héctor de Mauleón.

http://www.reforma.com/blogs/silvaherzog/

Reforma
Jesús Silva-Herzog Márquez
Ciudad de México
Martes 22 de agosto de 2017.

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El mundo es comprendido por el paradigma, es la forma por la cual es entendido el mundo, el hombre y por supuesto las realidades cercanas al conocimiento.

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