Jesús Silva-Herzog

Este gobierno ha hecho del narcisismo, su principal política pública. Los recursos públicos sirven para celebrarse. El Estado Narciso se adora y pretende que todos nos unamos en el amor a su espejo. Lo triste es que es ese cuento romántico no acaba bien: pocos aman a quien tanto ha invertido en su amor propio. La revelación reciente del diario Reforma vuelve a retratar a una administración con prioridades extraviadas. La SEP gasta más en promoverse que en capacitar a los maestros. Si alguien quiere una cápsula de las aberraciones morales de este gobierno puede quedarse con los datos que se han hecho públicos.

Hacer mal lo bueno es peor que hacer lo malo. Lo dijo, de mejor manera, Gómez Morín, pero no encuentro su línea para ponerla entre comillas. Tenía razón: la incompetencia, la vanidad, la corrupción pueden contaminar el proyecto más encomiable. Ese es, seguramente, la peor herencia de la actual administración: desprestigiar una agenda razonable de apertura, manchar una sensata apuesta de contemporaneidad. En la manera en que el gobierno ejerce su gasto se exhiben sus verdaderas prioridades. Ahí se advierte igualmente su escasísimo respeto por las normas, su opacidad y las torpezas de su ambición. Los gastos en la SEP ensucian una reforma que, a mi entender, sigue mereciendo defensa. Dime en dónde gastas y te diré qué es lo que te importa. Se nos ha dicho hasta la saciedad que la reforma educativa de esta administración implicaba el poner el interés de los niños y de los jóvenes por encima de las ambiciones de los políticos, pero al titular de la SEP le importó menos la capacitación de los profesores que su imagen. El narcisismo de la clase política debilitó la reforma que promovía y contribuyó a su desprestigio. ¿Puede negarse que las prioridades de la Secretaría de Educación Pública siguen estando de cabeza? ¿Puede negarse que el interés de los niños y los profesores sigue estando por debajo de las vanidades de los políticos?

Si el reportaje de Reforma sobre los gastos en la SEP permite identificar la manera en que gobernaron los priistas de la nueva generación, la controversia dentro de Morena sobre la política educativa puede adelantar los problemas que tendría una probable administración de López Obrador. El populista, dice el especialista Jan-Werner Müller vive en un mundo de fantasía: se imagina una oposición radical entre las élites corruptas y un pueblo homogéneo y moralmente puro. (¿Qué es el populismo?, México, Grano de sal, 2017.) La fábula puede tener sentido desde la oposición pero... ¿qué pasa si se conquista el poder? ¿Cómo puede conciliarse la responsabilidad de gobierno con la obsesión conspirativa?

Aun accediendo al poder, el populista necesita de la polarización. La confrontación con los enemigos es un combustible insustituible. Por eso habrá de escenificar espectáculos de proximidad popular, ocupar con los suyos todos los espacios del poder, acusar a los adversarios de ser agentes del antipueblo. Un barranco de ineficacia se abre de inmediato: mientras la gestión gubernativa exige atención al detalle, comprensión de la complejidad y diálogo con los actores relevantes, el liderazgo populista se obstina con la fisura maniquea para calentar el debate con notas bélicas.

Lo advierte el populistólogo Müller: Los populistas en el poder tienden luchar contra las organizaciones de la sociedad civil porque amenazan su aspiración de representar moralmente y en exclusiva al pueblo. Por eso sostienen que la sociedad civil no es realmente la sociedad civil y que cualquier oposición es contraria a la verdadera voluntad del Pueblo. Lo que ha sucedido esta semana en el campo de Morena me parece revelador. Mientras sus asesores formales en materia educativa responden a un requerimiento de organizaciones cívicas para exponer las líneas de su concepción educativa reconociendo algunas virtudes de los cambios recientes, el caudillo reitera su intención de tirar al caño la reforma educativa, se lanza contra los fifís que no entienden al pueblo y coquetea con los líderes de los sindicatos magisteriales. Así ha sido en todas las órbitas durante la campaña: un líder que antagoniza y un equipo que constantemente pretende atemperar la provocación.

No es probable que esta tensión desaparezca en el gobierno. Su equipo será, seguramente, su primera víctima.

Reforma
Jesús Silva-Herzog
Ciudad de México
Lunes 14 de mayo de 2018.


    Jesús Silva-Herzog     

Un debate no es una partida de ajedrez. Los precedentes no desaparecen en el tablero. No es el cálculo, ni el argumento lo que otorga la victoria. Un debate es un episodio más de una contienda. El más visible pero rara vez el decisivo. Es un partido que no empieza con el marcador en 0 - 0. Quienes han de dar el veredicto están ya, en su mayoría, comprometidos. Antipatías y simpatías definen la manera en que vemos un debate. Vemos un debate para reforzar lo que sabemos, para desestimar lo que nos fastidia. Por eso solamente una verdadera conmoción escénica puede tener efecto electoral. No la hubo anoche.

Llegaron al Palacio de Minería con el anuncio de que la contienda estaba prácticamente concluida. La encuesta que Reforma publicó el pasado miércoles anticipa elecciones no competidas. El primer lugar es firme, la disputa es por los sótanos. Si hay un voto del miedo éste se mueve por el temor de que las cosas permanezcan en su sitio. La estabilidad es caótica parecen decirnos los encuestados. Si hay peligro por delante es que las cosas sigan igual. Miremos la encuesta: el 28% cree que una presidencia de José Antonio Meade provocaría inestabilidad. Es con él con quien la mayoría asocia la frase "Es un peligro para México." No es absurdo que así sea. Nada peor que el que las cosas sigan igual. ¿Será que en el México de hoy el radicalismo es la opción conservadora?

La elección más trascendente en la historia reciente de México llegará precedida de la elección más aburrida. Los adversarios no han podido despegarse de la estación de salida. La de Anaya y la de Meade son, hasta el momento, campañas fallidas. El formato del debate fue una mejoría a los que conocíamos. Una mejoría pequeña pero notable. Aún tenemos miedo a la fluidez y la espontaneidad. Se permitió la repetición de las fórmulas machacadas pero en momentos llegó a asomarse la personalidad de los candidatos. Los moderadores hicieron un trabajo notable. A pesar de las restricciones, lograron hacer preguntas incisivas y sorprendentes. Insistieron cuando los candidatos pretendían rehuir el cuestionamiento. Ha sido, en ese sentido, el mejor debate presidencial que hemos tenido.

El candidato del PRI fue el cartón que conocemos. El candidato del PRI tuvo que leer un texto para comunicar que su esposa fue asaltada. Ni siquiera al hablar de un momento traumático en la vida de su esposa logra comunicar emociones. El técnico no es capaz de salirse de su libreto cuando se le pide una aclaración indispensable. La imaginación está proscrita en su prédica. Su discurso no es un relato: es el índice de un libro de política pública. A nadie le interesaría adentrarse en sus capítulos. Penosos fueron sus intentos humorísticos. No parece tener futuro su candidatura.

Ricardo Anaya pudo mostrar su elocuencia. Habló con claridad, ordenadamente. Logró combinar idea y ataque. Al escuchársele, puede verse a un hombre que piensa y que no se tropieza con las palabras. Exhibió las evasivas de López Obrador que no llegó a contestar las preguntas concretas que le formulaba. A mi juicio fue el polemista más hábil de la noche. Fue ordenado y certero. Logró asestar algunos golpes a López Obrador pero difícilmente podría decirse que logró la contundencia necesaria. Logró tal vez su objetivo. Con su desempeño de anoche puede afirmarse como el único adversario del puntero.

López Obrador fue él mismo. Trató de administrar su ventaja pero lo hizo con desprecio a la cita. Reiterativo, coherente e incapaz de mantener atención en las intervenciones de los otros. Como pudo verse en el debate, no puede encontrarse en él la chispa de una idea fresca. Regresaron los niños de pecho, la gran reserva de valores espirituales, las escobas que barren como se barren las escaleras, el peje que no es lagarto, la Cuarta Transformación.... Sigue siendo inquietante la incapacidad del candidato puntero para escuchar a los otros y de respetar las ideas que no coinciden con las suyas. A López Obrador le aburren las voces que no son la suya.

No es probable que se muevan las tendencias con el debate de anoche pero creo que quien mejor jugo sacó de la oportunidad de anoche fue el candidato del Frente.

Reforma
Jesús Silva-Herzog Márquez
Ciudad de México
Lunes 23 de abril de 2018.


Jesús Silva-Herzog

En uno de los momentos más tensos de nuestra guerra civil fría, el candidato del PRD desconoció la resolución del tribunal electoral que confirmaba su derrota. Era el primer día de septiembre del 2006. Rechazando aquel fallo, Andrés Manuel López Obrador convocaba a la resistencia y gritaba: "Que se vayan al diablo con sus instituciones." Subrayo el adjetivo posesivo. Lo que mandaba al infierno eran las instituciones de los otros. Sus instituciones. Las tres letras importan porque reflejan la convicción de López Obrador de que las instituciones democráticas no son, en realidad, un patrimonio compartido sino una herramienta que controla una minoría para su propio beneficio.

Esa denuncia de la ajenidad es el centro de su crítica política. Carecemos de instituciones comunes. Las que se presentan como instituciones públicas son, en realidad, instituciones secuestradas. No merecen confianza porque actúan para proteger a sus ocupantes y solamente a ellos. Lo que el discurso de López Obrador pone en duda es el ámbito de la neutralidad que es, ni más ni menos, el sustento del orden liberal. Para la existencia de una democracia liberal que merezca ese título es indispensable contar con instancias de la imparcialidad: reglas que permitan el juego de las alternativas, procedimientos que garanticen la vigencia de los derechos, árbitros que no lleven puesta la camiseta de uno de los equipos. ¿Es injusta, infundada, absurda la denuncia de nuestras instituciones torcidas? No lo es. Nadie a estas alturas puede desconocer el mérito de esa crítica de López Obrador al funcionamiento de la democracia mexicana. No hemos construido plataformas de la neutralidad; no hemos cuidado las que algún día tuvimos.

Es absurdo desconocer el valor de la crítica populista a las democracias liberales realmente existentes. Las parcialidades son evidentes en muchos de los ámbitos en que debería reinar la neutralidad. Es fundada y casi diría irrebatible esa denuncia: las principales instituciones políticas no han funcionado como instituciones comunes sino como armas de unos contra otros. Órganos que deberían estar por encima del juego de los partidos se someten a ellos. Entidades regulatorias son secuestradas por las empresas reguladas. Fiscalías que deberían separarse del gobierno le hacen el trabajo sucio. Órganos que deberían reclutar a técnicos intachables se tiznan con la política de las camarillas.

Estoy convencido de que la receta que propone el populismo para remediar esta perversión terminaría agravando la enfermedad, pero no dudo en reconocer el valor del diagnóstico. Nuestro régimen político es tan débil como sus neutralidades. Pocas instituciones han ganado el calificativo de estatales. Instrumentos del gobierno en turno; agencias de los grupos de interés, bocados del corporativismo, obsequios a los privilegiados para el cuidado de sus ventajas. La captura de las instituciones ha corrompido, desde la raíz, el pluralismo. Por eso, lejos de abandonar el ideal de la imparcialidad bajo el espejismo de lo auténticamente popular, habría que insistir en la necesidad de tonificar las instituciones del equilibrio.

La intervención de la Procuraduría en la contienda electoral confirma que estamos ante instituciones de ellos. No puede ser una institución común la que entierra pruebas y olvida acusaciones contra los aliados del presidente mientras se lanza a una campaña para desprestigiar a sus opositores. No es la primera vez que el gobierno putinesco de Peña Nieto usa a los órganos del Estado para intimidar a sus contrarios.

Cuando Mario Vargas Llosa advierte que una victoria de Andrés Manuel López Obrador significaría un retroceso democrático imagina una playa hermosísima a punto de ser invadida por los bárbaros. El novelista cierra los ojos al retroceso que han provocado los gobiernos de la alternancia. Han sido los gobiernos de Fox, de Calderón y de Peña Nieto los que han pervertido las instituciones democráticas poniéndolas al servicio de sus intereses. Si la crítica populista tiene fundamento es precisamente por ellos. Cuando era tiempo de cimentar las imparcialidades se empeñaron en revivir el corporativismo, en pervertir los órganos regulatorios, en negociar el cumplimiento de la ley, en debilitar a los árbitros y en emplear la ley para combatir a sus enemigos.

La profundidad de nuestra crisis exige decir lo elemental: las instituciones del Estado, si quieren serlo, han de ser de todos.

Reforma
Jesús Silva-Herzog
Ciudad de México
Lunes 5 marzo 2018.

Jesús Silva-Herzog

El poder no solamente corrompe. También idiotiza. Ese es el argumento que desarrolla Barbara Tuchman en La marcha de la locura. No es infrecuente que el hombre de poder actúe en contra de su propio interés, que niegue realidad a los hechos, que ignore las advertencias de la prudencia y que se empecine en el camino de su propia ruina. La historiadora sospechaba que no había actividad humana tan torpe como la labor de gobernar. Podemos enviar naves al punto más distante del sistema solar pero no sabemos cómo tomar buenas decisiones públicas. Tal vez, como sugería la historiadora, reside en el poder una propensión a la tontería. ¿No es eso su empeño de ignorar todo aquello que lo contradice, su disposición a desoír la crítica, su empecinamiento que llega a ser suicida? Se juntan en las cúspides del gobierno la arrogancia del mando y la paranoia que percibe peligrosa cualquier idea nueva. Por una parte, la convicción de que debo imponer mi voluntad; por la otra, la terquedad que enjaula en prejuicios.

"La insensatez es hija del poder", sentenciaba Tuchman. Al recorrer la historia y concentrarse en cuatro ejemplos del delirio político, concluía que el mando conspiraba contra el pensamiento. No hay palacio que reciba bien las ideas nuevas. El poder destroza así las herramientas de su eficacia. El deber de todo gobierno es actuar razonablemente para cuidar el interés de los ciudadanos y del Estado que representa. Para hacerlo necesita mantenerse siempre alerta, siempre despierto, con los ojos bien abiertos a las fluctuaciones de la realidad, escuchando la advertencia de los hechos, apreciando con sensibilidad riesgos y oportunidades. Dispuesto a cambiar cuando así lo dicte el interés superior. Para gobernar hay que escapar tercamente de la soga de la terquedad. Pero, al parecer, el espacio mismo de la política está configurado para la tontería. ¿En qué otro lugar se honra como ahí la obsesión, la ceguera, la intransigencia? A la terquedad la elogiamos como firmeza; a la ceguera la alabamos como idealismo, a la intransigencia le damos trato de dignidad. Insistir en el camino inicial, aunque lleve al precipicio. Cerrar los ojos a la contrariedad. Declarar la guerra al discrepante. Más que una casa de locos, la política es el lugar de los disparates: un refugio de la irracionalidad prestigiosa.

Pienso en esto al ver a la policía española golpear manifestantes en Cataluña. Golpes a ciudadanos inermes, patadas a personas que expresan una posición política, urnas arrebatadas violentamente, uniformados que rompen cristales y cerrojos de escuelas con lujo de violencia. El espectáculo es indigno de un régimen democrático. El nacionalismo español mordió el anzuelo del nacionalismo catalán. El referéndum convocado por el gobierno de Cataluña era, a todas luces, inconstitucional. Sentencias del máximo tribunal español, lo juzgaron así. El referéndum careció por ello de las mínimas garantías para una elección auténtica. Desconociendo el mecanismo, los defensores de la permanencia no tuvieron representación en las mesas; no hubo un censo de votantes ni mecanismos para impedir el voto múltiple. El soviético resultado que proclama la Generalitat expresa el tamaño de la aberración.

El referéndum, como tal, fue una farsa de la que no podrían derivarse consecuencias jurídicas. Si el voto no fue voto, era otra cosa, perfectamente legítima, incuestionablemente legal: un acto de expresión, la declaración de una postura compartida. Si el gobierno español desconocía el carácter vinculante del voto, estaba obligado a tratar a los manifestantes como eso: ciudadanos que ejercen un derecho. La provocación del gobierno catalán (declarar de inmediato y de manera unilateral la independencia tras el referéndum) logró su objetivo: activar la peor cara del nacionalismo español. El gobierno central se entregó a la trampa que le tendieron. El día de ayer obsequió a los independentistas una confirmación de su relato nacionalista. Si España ha quedado irremediablemente rota, ha sido por el golpe de los defensores del estado indivisible. La torpeza, la arrogancia, la brutalidad de una política que renuncia a la política para ser, solamente, un mazo de la ley. Había opciones, había espacio para la negociación, había lugar para la reforma. Tal vez hoy sea demasiado tarde. Así mueren los estados. Y también así nacen.

Reforma
Jesús Silva-Herzog
Ciudad de México
Lunes 2 de octubre de 2017.

Jesús Silva-Herzog

El escándalo, esa transgresión que, al revelarse, genera un repudio generalizado no es asunto que podamos dejar a la prensa amarillista. El escándalo no es simplemente la comidilla de los chismosos y los indignados. No deberíamos verlo como un circo que oculta lo verdaderamente importante, la distracción que nos hace perder de vista lo esencial. El escándalo abre una grieta por la que podemos asomarnos a la naturaleza profunda de un régimen. Más que entretenimiento morboso, es una rendija que exhibe las rutinas ocultas de la política: sus redes escondidas, sus prácticas ilegales, sus auténticos valores. John B. Thompson, un sociólogo inglés que se ha dedicado a entender la dinámica de este fenómeno, está convencido de que el escándalo presenta la oportunidad de apreciar las verdaderas fuentes del poder. Su argumento es que ese destape no solamente abre una posibilidad al entendimiento sino, sobre todo, a la corrección. Es el síntoma que llama a la cura. Del escándalo puede venir el castigo o la precaución. Destapar un caño puede oxigenar la vida pública. Pero. ¿si son mil?

Un escándalo necesita recorrer su ciclo. Un indicio da pie a una revelación. El atropello que permanecía oculto se divulga atizando la inconformidad, la indignación, la rabia. La prensa se concentra en la ofensa y da alimento a la crítica. En cascada caen las reacciones: nadie puede dejar de manifestar su opinión. El asunto atrae conversaciones y entrevistas, opiniones y discursos. No hay espacio donde no se comente la ofensiva develación. Así se abre un tiempo efervescente de la opinión pública que condensa, de algún modo, una preocupación común, un hartazgo compartido, una exigencia de acción. Un resorte moral se activa con la convicción de que hay comportamientos inaceptables. El escándalo tiene como primer efecto el cancelar la posibilidad de la indiferencia. Hay que tomar postura ante los agravios. Tal vez sea el oportunismo el impulso principal de la reacción pero, a fin de cuentas, el escándalo es un alfiler que levanta de la poltrona a la clase política.

Se entiende que, para lograr su efecto, el escándalo necesita singularizarse. Ser uno, si acaso, unos cuantos. Individualizarse para captar la atención de la opinión pública, para que los medios ahonden en las causas y las raíces del fenómeno, para exigir cuentas y acciones. Ser un paréntesis a la política cotidiana. Se entiende: reaccionamos a lo extraordinario, no a lo habitual. Cuando el escándalo es rutina desaparece la posibilidad de reflexión y de la acción. Eso es lo que tenemos en México desde hace ya demasiados años. No una sucesión de escándalos sino un revoltijo de escándalos. Un amontonamiento de escándalos que terminan trivializándose. Se confunde la trama de un asesinato con el descubrimiento de unos papeles falsos, la mentira de un político con el fraude del otro. Lo macabro y lo ridículo, lo aberrante y lo inconcebible son la nota diaria. ¿Cuántos escándalos podemos contar esta mañana al leer el periódico? ¿Cuántos recordamos de la semana pasada? ¿Cuándos se acumularán para el mes próximo? Y quedarán abiertos, aunque pesquen a un bandido o pierda la elección un candidato. El escándalo ha terminado por ser pura espuma. Baba que no alienta la crítica, que no permite la profundización en las raíces de nuestros males, que no provoca acción. Saliva que, de hecho, sirve de resguardo para el siguiente escándalo.

La rutina del escándalo es el barullo del cinismo. Quienes gobiernan se han convertido en expertos en la meteorología de la indignación. Las lluvias, las tormentas, los huracanes vienen y se van. Simplemente hay que resistir el vendaval. No hay tempestad que dure cien años. Quienes ejercen el poder saben bien que la opinión pública puede ser rabiosa pero es olvidadiza. El señuelo del atropello reciente la lleva a olvidar el atropello previo. Nos timan con esos espejitos. Nos menean con el cascabel del escándalo. Dejamos de ver lo indignante para ver lo que también indigna. En el amontonamiento de las ofensas se cuela un permiso: puede hacerse cualquier cosa si se está dispuesto a pagar el precio de un escándalo desagradable, ruidoso. y breve.

Http://www.reforma.com/blogs/silvaherzog/

Twitter: @jshm00

Reforma
Jesús Silva Herzog-Márquez
Ciudad de México
Miércoles 19 de abril de 2017.

Fugas

20 Feb 2017

Jesús Silva-Herzog

Nos dedicamos a la fuga. Nuestra historia reciente parece un relevo de huidas. Encontrarle a cada problema una evasión. Volteamos la cabeza para no ver lo que tenemos frente a nosotros. Inventamos palabras para no nombrar la realidad. Nos engañamos con proezas falsas para evadir la tareas ordinarias. Si hoy constatamos nuestra debilidad es porque llevamos décadas de cerrando los ojos, posponiendo lo inaplazable, escabullendo lo elemental.

Estos días se publicó un artículo en el New York Times sobre el agua en la ciudad de México. El reportaje se inscribe en una serie sobre el cambio climático y el desafío de las grandes ciudades en el mundo. No hay buenas noticias: la capital mexicana está al borde del desastre. El líquido escasea, la ciudad se hunde. Regala el agua a los más ricos y cobra fortunas por ella a los más pobres. Mientras el planeta se calienta, una catástrofe urbana se gesta bajo nuestro suelo. Torpe trabajo el del diario neoyorquino porque Michael Kimmelman, el reportero, no se percató que la ciudad de México se ha refundado. Es otra porque ya tiene constitución. Se nos dice que es ejemplar y modernísima. Que es el resumen de nuestras ilusiones, una brújula para orientar el paso y, además, un espejo en el que se contempla la república misma. Se nos dice que es el certificado de una nueva ciudad. No quisiera gastar más tinta en la crítica a la constitución capitalina. Hoy, a unos días de promulgada, ya nadie habla de ella. En lo que quisiera detenerme es en el acto legislativo como una forma de la evasión. Dictar leyes como una puesta en escena: hacer de la política, teatro. No hacer, decir que se hace. Y en ese decir, esconder que se hace poco.

Las últimas décadas han sido décadas de obsesión legislativa. Hemos llegado a identificar el éxito o el fracaso de los gobiernos con su capacidad para reformar las leyes. Hemos convertido al congreso en el certificado de eficacia gubernativa. La reforma de las reglas aparece como el único trofeo de la política. Verlo así es una confusión grave. Lo es porque desplaza la responsabilidad de gobernar al ámbito de la deliberación y del control. Porque desmerece el necesario antagonismo entre poderes. Es una trampa también porque la ley entre nosotros suele ser elusión. Legislar para escapar de los enredos de la gestión, del proyecto concreto o el remedio práctico y entretenerse en los vericuetos de la norma.

En el otro extremo de la acción política puede haber fuga también. Pienso en los actos de fuerza igualmente como actos que conducen a una huida frente a la complejidad. Arrebatos que generan un efecto político inmediato sin mejorar las capacidades del Estado. Pienso en concreto en el llamado de Felipe Calderón a la guerra, esa guerra que ha continuado el gobierno actual. La declaración de hace diez años no puede ser interpretada como una determinación afrontó el desafío con visión de Estado. Con su sangrienta secuela, aquella declaratoria fue otra forma de la evasión, una fuga de consecuencias funestas. Por supuesto, el presidente panista encaró la violencia. Pero al hacerlo evadió la tarea esencial: fortalecer las capacidades del Estado. La crisis de la violencia no condujo a la fortificación del estado de derecho sino a una expansión militar. El ejército mismo aborrece una misión que no le corresponde. El resultado es inocultable: más violencia y menos derechos, más sangre y menos ley. Tras una década no estamos siquiera en camino de acercarnos al orden con libertades. ¿Se puede negar que la verdadera tarea se pospuso? La emergencia no dio paso a una estrategia de Estado, sino una fuga de efectos dramáticos. La apuesta militar postergó, por enésima vez, la edificación de la ley.

Pensaba Ortega y Gasset que la política era el conjunto de problemas que se nos imponen y que no es posible eludir. Será que por acá no hay política, hay teatro. Teatros de saliva y de sangre.

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Silvaherzog/

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Reforma
Jesús Silva-Herzog Márquez
Ciudad de México
Lunes 20 de febrero de 2017.

 

El mundo es comprendido por el paradigma, es la forma por la cual es entendido el mundo, el hombre y por supuesto las realidades cercanas al conocimiento.

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