Jesús Silva Herzog Márquez


Los libros de actualidad comparten un tono apocalíptico. Si hacemos caso al anuncio que despliegan las portadas en las mesas de novedades, pensaremos que la democracia se extingue. No es para tanto, dice quien es, probablemente, el politólogo más brillante y más cuidadoso de nuestro tiempo. Un estudioso del máximo rigor que no ha dejado de hacer las preguntas pertinentes. Adam Przeworski, el académico de quien hablo, ha publicado recientemente un libro sobre las crisis de la democracia que sirve para evitar los juicios apresurados que tanto abundan. Para quien se toma la cuestión en serio no es fácil aquilatar el sentido de los desafíos contemporáneos. ¿Cómo entender los nuevos extremismos, el surgimiento del populismo de derecha y de izquierda, la destrucción de los partidos, el prestigio de los autócratas? Con la modestia del verdadero hombre de ciencia, el politólogo simplemente dice: "Algo está pasando."

No está, en modo alguno, cantada la muerte de la democracia, pero sin lugar a dudas, las transformaciones en el ámbito de la economía, de la sociedad, de la comunicación alteran muy profundamente la mecánica pluralista. Las antiguas certezas se desmoronan. Más que esperar la súbita quiebra, habrá que estar alerta a la erosión. Lo vemos en todos los rincones. Una pasión de antagonismo desborda los cauces institucionales. Los órganos constitucionales se debilitan y se muestran ineptos para procesar las exigencias colectivas; el debate público se envenena con una retórica belicosa. El peligro, dice Przeworski es que "la democracia se deteriore gradual y subrepticiamente. Es el peligro de que quienes ejercen el poder intimiden a los medios hostiles y creen su propia maquinaria de propaganda; que politicen los órganos de la seguridad, que hostiguen a la oposición política, que usen el poder del Estado para beneficiar a los empresarios afines, que apliquen selectivamente la ley, que alienten conflictos internacionales para generar miedo y alterar las elecciones."

En nombre de la democracia se pervierte la democracia. El argumento que muchos han hecho es que, incluso siguiendo sus procedimientos formales, podría socavarse el pluralismo. Por eso hasta el más voluntarioso de los autócratas busca cuidar las apariencias. Lo sorprendente entre nosotros es que ese cuidado se está perdiendo. El nombramiento de la titular de la comisión de derechos humano se desprendió del recato elemental. Pasó de manera grotesca por encima de la ley sin hacer el mínimo intento por cuidar las formas.

Apenas hay duda del fraude en el Senado. El abierto partidismo de la preferida no solamente hacía imprudente su nombramiento, lo hacía ilegal. Aún así, la mayoría impuso el capricho del caudillo sin tener siquiera los votos requeridos. La trampa se hizo y quedó al descubierto. Una ilegalidad encima de la otra para entregarle un obsequio al presidente. Y para hacer más ominoso el mensaje, la ofensa. A carcajada suelta, acompañado de dos de sus cómplices, el dirigente de Morena en el Senado, celebró el atropello.

Si a esa insolencia está dispuesta la mayoría de Morena, ¿qué nos espera? Si se van a reír de sus embustes, si se burlan de la razón y de la ley, ¿a dónde podrían llegar? Preocupa el destino del árbitro electoral. Cuando en una reunión reciente el politólogo del CIDE José Antonio Aguilar preguntó precisamente a Przeworski por el baluarte democrático que habría que defender por encima de cualquier otro, el académico polaco respondió de inmediato: el órgano electoral. Y pensando concretamente en México, precisó: el IFE. Con sus siglas anteriores recuerda al órgano electoral. Si le meten mano a ese árbitro, habrá que ser muy pesimistas sobre el futuro democrático de México. Eso pretenden, al parecer, los diputados de Morena, quienes tienen ya, bajo la mira, al presidente del instituto electoral y pretenden removerlo de su cargo. Están dispuestos, al parecer, a cambiar la Constitución a fin de tener a un cercano en la presidencia del INE. Podría pensarse que, por absurda y gratuita, la iniciativa carecería de la mínima esperanza de realización. Pero el grotesco espectáculo del Senado es alarmante. Es la revelación de un poder impúdico. Y si la autocracia es algo es eso: un poder que no busca razones ni acata la ley.

Reforma
Ciudad de México
Jesús Silva Herzog Márquez
Lunes 18 de noviembre de 2019.


Jesús Silva Herzog Márquez

El siglo XXI ha sido para México una transición a la barbarie. El estrangulamiento de los espacios de convivencia, una renuncia a la comprensión del otro. Y la violencia en el centro. No cualquier violencia. Una violencia horrenda, brutal, casi inconcebible. La crueldad se ha convertido en un espectáculo, en un rito, en un mensaje. Aquí se escribe con cadáveres. Esa es la siniestra caligrafía de nuestro tiempo. Los avisos aparecen en huesos dispersos y en cenizas; en cuerpos colgados, en muertos sin cabeza, en las sombras de los desaparecidos, en las fosas escondidas. La violencia es más que un instrumento. No se trata simplemente de eliminar al otro, se trata de convertir un cuerpo triturado en símbolo de un reino. Más que un rudo medio para lograr un fin, la violencia mexicana de este tiempo impone su locura como lógica. Lo atroz no se subordina a la rentabilidad. Por eso no se avanza mucho si se piensa en la mecánica empresarial de los violentos que utilizan las armas para desarrollar un negocio. La violencia ha dejado de ser un medio para convertirse en la afirmación misma.

Vivimos en el país de la atrocidad cotidiana. Presente todo el tiempo, somos capaces de cerrar los ojos a ella y convertirla en ruido de fondo. Aquel tiroteo, ese hallazgo macabro, la "ejecución" de tal o cual personaje, pasa por nuestra cabeza y se aleja velozmente, como si creyéramos poder ahuyentar la presencia de la barbarie con alguna distracción. Pero, de repente, la atrocidad se hace más visible, más intimidante, más cercana o más escalofriante y no tenemos más remedio que mirarla de frente. En uno de esos asaltos de la barbarie, el poeta David Huerta describió a México como el país de los niños en llamas, el país de las mujeres martirizadas. El país de las fosas:

Mordemos la sombra

Y en la sombra

Aparecen los muertos

Como luces y frutos

Como vasos de sangre

Como piedras de abismo

Como ramas y frondas

De dulces vísceras

Los muertos tienen manos

Empapadas de angustia

Y gestos inclinados

En el sudario del viento

Los muertos llevan consigo

Un dolor insaciable

Esto es el país de las fosas

Señoras y señores

Este es el país de los aullidos

Este es el país de los niños en llamas

Este es el país de las mujeres martirizadas

Este es el país que ayer apenas existía

Y ahora no se sabe dónde quedó

El lamento se duele por la extinción de un país. La nación, si es el lugar de convivencia, ha de registrarse como una más de las víctimas de desaparición.

Imposible nombrar lo inconcebible. ¿Hay palabras para describir a quien acribilla niños? ¿Cómo nombrar el fuego sobre los más indefensos? En Dolerse. Textos desde un país herido, un ensayo crucial de nuestro tiempo, Cristina Rivera Garza recupera la noción del "horrorismo" que emplea la feminista italiana Adriana Cavarero para describir los extremos de la violencia contemporánea. El horror va más allá del miedo. No es advertencia que alerta sino estupor que engarrota. "Más que vulnerables -una condición que compartimos todos como parte de la condición humana- desarmados. Más que frágiles, inermes". Eso es lo que los mexicanos de este siglo hemos sido obligados a ver. Uno de los "espectáculos más escalofriantes del horrorismo contemporáneo". Un horror, advierte Rivera Garza, que nos recuerda las atrocidades de Armenia, Auschwitz o Kosovo. Tiene razón y no podemos dejar de preguntarnos si en este horror no se asoma nuestro holocausto.

Reforma
Jesús Silva Herzog Márquez
Ciudad de México
Lunes 11 de noviembre de 2019.


Jesús Silva Herzog Márquez

Cuando Jim Sams despertó una mañana después de un sueño intranquilo, se encontró sobre su cama convertido en una criatura gigantesca. Así comienza la nueva novela-más bien un cuento largo-, de Ian McEwan. La historia de Kafka, puesta de cabeza. Es la cucaracha la que convierte en ser humano. El hombre al despertarse, ve con horror sus patas distantes y tubulares. Sus ojos simples le presentan un panorama borroso y, al mismo tiempo, insoportablemente chillante. Su carne, repugnantemente visible por fuera de su esqueleto. Y con asco se percata de esa carne resbalosa que pasea dentro de la boca. Sams no despertó en el cuerpo cualquier humano. La cucaracha descubre esa misma mañana que ocupa el cuerpo del Primer Ministro británico. Pero pronto encuentra un consuelo: su pelo de jengibre tiene el mismo color que tenía su vieja cáscara.

Ese es el comienzo del relato de exactamente 100 páginas que trata de retratar el absurdo de la política del día. El relato es precedido de una advertencia: "Este cuento es una obra de ficción. Los nombres y los personajes son producto de la imaginación del autor. Cualquier parecido a cucarachas reales, vivas o muertas, es pura coincidencia." En una interesante conversación en el pódcast de David Runciman, el McEwan confesaba que no encontraba el modo de abordar el delirio colectivo de Brexit. No hay ficción, no hay sátira que pudiera hacerle justicia a esa locura. De pronto, McEwan se descubrió reescribiendo las primeras líneas de la Metamorfosis y se dijo: "me pondré a jugar con esto." De ese juego, salió el librito de la cucaracha.

A decir verdad, el alma y la fisiología del insecto muy pronto dejan de ser relevantes en el relato. Esta parodia de la política británica contemporánea debe más a Jonathan Swift que a Kafka, porque el centro de la ficción es el absurdo de la política moderna y, en particular, los espacios que se le abren al autoengaño colectivo. El caso que obsesiona al novelista inglés es, por supuesto, el retiro británico de Europa. Para abordarlo, McEwan fantasea con un paralelo. Habla así del "reversalismo." Una doctrina económica que no tiene pies ni cabeza pero que, de pronto, se convierte en política invencible. En un momento de confusión, los demagogos la han presentado como la ruta a la prosperidad, como la única manera de recuperar la soberanía perdida. El reversalismo, que McEwan desarrolla en párrafos hilarantes, consistiría precisamente en revertir el flujo económico tradicional. A los compradores hay que pagarles por llevarse comida de la tienda y han de ser los trabajadores quienes den dinero a los patrones. Cambiar el sentido del intercambio económico alentaría la producción y traería infinitos beneficios.

El novelista inventa prestigio intelectual a esta oscura doctrina. Habla de alusiones en tratados iconoclastas que Adam Smith ignoró arrogantemente. Describe la adopción del disparate por parte de círculos de ultraderecha que encuentran ahí la promesa de un cambio radical. Finalmente, un partido, el Partido Reversalista proyecta esa economía alternativa con un mensaje apasionadamente antielitista. Y así, sin que nadie realmente entienda nada, un disparate se convierte en doctrina, una doctrina se convierte en política y una política se convierte en dogma.

Hacia el final del cuento, la cucaracha tiene un encuentro con la canciller alemana. ¿Por qué?, le pregunta. ¿Por qué estás rompiendo a tu país? ¿Por qué le haces daño? El primer ministro responde en silencio: Porque eso es lo que estamos haciendo, porque en eso creemos, porque eso dijimos que haríamos, porque eso es lo que la gente dijo que quiere, porque he venido al rescate. Porque sí. Esa era la única respuesta, subraya el novelista. Porque sí.

Ian McEwan no describe en esta fábula la pérdida del centro ideológico sino la pérdida de la razonabilidad. La política se ha convertido en el hermetismo del sinsentido. La cucaracha sabe que la política que defiende será desastrosa. Pero se aferra a ella porque es la única manera de sobrevivir. La obstinación en el absurdo. Hace un par de días en El país el politólogo español Fernando Vallespín describía nuestro tiempo como una época de postliderazgo. "Los líderes ya no guían, sino que se dejan llevar por las emociones que ellos mismos desatan y que luego son incapaces de administrar."

Reforma
Jesús Silva-Herzog Márquez
Ciudad de México
Lunes 14 de octubre de 2019.


Jesús Silva Herzog Márquez  

Tiene razón el presidente de la Suprema Corte cuando advierte que el tribunal no es ni debe ser oposición. Por supuesto que ésa no es su labor. No corresponde a los jueces reparar las fallas de la representación ni llenar el vacío de los partidos. Su tarea es muy distinta, pero no por ello deja de ser crucial. En cualquier democracia el decoro, la autonomía, el rigor del último tribunal es esencial para mantener el equilibrio entre el poder de las mayorías y los derechos de cada quien. En nuestro contexto, la responsabilidad del tribunal se afila por la conformación de un poder avasallante que se ha empeñado en hostigar cualquier cápsula de autonomía. La preocupación por la independencia del tribunal no es solamente legítima, sino fundada.

Por su respaldo electoral, por la solidez de su mayoría parlamentaria y por la suerte el presidente López Obrador está en condiciones de rehacer la Suprema Corte de Justicia. La aplanadora política puede deshacerse del freno judicial. El hecho es inquietante porque en un tribunal constitucional deben confluir no solamente distintas lecturas de la ley, sino también tiempos distintos. El equilibrio interno depende, entre otras cosas, de la imbricación de calendarios. Si los órganos representativos expresan un instante de la voluntad electoral, el tribunal supremo ha de entretejer generaciones. Que una coalición mayoritaria pueda rehacer por sí misma a un tribunal constitucional es, en cualquier democracia, una anomalía que debería despertar alertas. Habría sido preocupante con Fox y lo es hoy también con López Obrador.

A la preocupación genérica hay que agregar las señales que se proyectan desde los dos poderes. Las planas de este diario podrían llenarse si hiciéramos colección de los insultos que ha proferido el presidente contra los jueces que han osado contrariarlo. Con su notable creatividad literaria ha usado mil nombres para señalarlos como corruptos: ministros maiceados, alcahuetes, achichincles al servicio de la mafiadelpoder. En una arenga de campaña preguntó a sus simpatizantes: "¿Saben de algo que hayan hecho los de la Suprema Corte en beneficio de México? ¿Se han enterado de algo que hayan resuelto a favor del pueblo?" Él mismo respondió de inmediato: "¡Nada!" Debe decirse que la retórica presidencial expresa una convicción auténtica y profunda: que la democracia no tiene más que un motor y ese motor es la voluntad popular. Los contrapoderes, los vericuetos procedimentales, los derechos son, en realidad, obstrucciones de "leguleyos." Es la simpleza de creer que la democracia es solamente que mande el pueblo, la fe en un pueblo infalible y la arrogancia de suponerse encarnación de ese pueblo. Un tribunal constitucional independiente desentona irremediablemente con esa teología.

También son inquietantes los mensajes del otro presidente, el de la Suprema Corte. Unos días después de la elección presidencial, el ministro que entonces aspiraba a presidir el tribunal publicó un artículo lamentable en el diario Milenio. Pedía al poder judicial que escuchara el mensaje de las urnas. El ministro se convertía en intérprete de la voluntad electoral para pedir que los jueces acompañaran la agenda del nuevo gobierno. Lo decía así, literalmente: "debemos acusar recibo de los mensajes de las urnas." La petición me parece no solamente equivocada sino escandalosa. Al juez constitucional no le corresponde ratificar la voluntad de la mayoría sino hacerla pasar rigurosa y estrictamente por el filtro de la Constitución. Aquel artículo de Arturo Zaldívar, escrito ciertamente con el pudor de defender ritualmente la independencia del poder judicial, era una franca invitación a servir a un nuevo régimen. Buscar sintonía con el poder que despuntaba. Por eso inquieta leer al presidente de la Suprema Corte de Justicia descalificar a quienes expresan preocupaciones por la independencia del poder judicial, con las mismas palabras que usa el presidente de México para deslegitimar a sus críticos. ¿Dónde estaban antes?, pregunta el presidente de la Corte. Peor aún, el ministro presidente suscribe una de las líneas más aberrantes de la intolerancia lopezobradorista: quienes nos cuestionan no merecen respeto porque sus críticas son, casi siempre, interesadas. ¡Así lo escribió quien preside hoy la Suprema Corte de Justicia de la Nación!

El presidente de Corte ratifica que hay buenas razones para estar preocupados por el futuro del tribunal.

Reforma
Jesús Silva Herzog Márquez
Ciudad de México
Lunes 7 de octubre de 2019.


Jesús Silva Herzog Márquez

La escuela vuelve a perder y, cuando la escuela pierde, hay razones para ser pesimistas. La nueva mayoría le ha dado un golpe terrible al futuro de México. La reforma que han aprobado los diputados de Morena y sus aliados mantendrá la postración de nuestro sistema educativo, someterá a los maestros nuevamente a condicionantes extraescolares. Seguiremos rezagándonos, perdiendo dominio del alfabeto y de las operaciones matemáticas elementales. Ignorantes de la ciencia ajenos al arte. Se seguirá ensanchando la brecha entre nuestros estudiantes y los del resto del mundo. López Obrador no será, desde luego, el inventor de esta crisis en la que llevamos sumidos muchos años. Pero será responsable de haberla agudizado, de haber anulado la posibilidad de mejora. Lejos de corregir los errores de la reforma educativa, optó por eliminarla de tajo para acariciar otro cadáver del neoliberalismo y para congraciarse con los poderes sindicales.

Hemos asistido a la contrarreforma política de la educación. Si la reforma constitucional encubría ese propósito, las leyes secundarias, lo encueran. Se trata de entregarle nuevamente a las corporaciones la tutela de la escuela. Es cierto que la reforma previa, esa que el presidente bautizó como La Mal Llamada, fue, en efecto, menos que una reforma educativa. No reescribía los planes de estudio, ni inventaba métodos de enseñanza. Pero era la precondición para esos cambios. Era una reforma política porque recuperaba, para el Estado, la rectoría de la educación. Era una reforma que reacomodaba el tablero para afirmar el mando del Estado. Eso es lo que tira a la basura la nueva mayoría. En esta órbita, como en muchas otras, se revela la miopía antiestatista del presidente López Obrador.

La reforma del sexenio pasado era valiosa porque suponía, ante todo, la refundación del gobierno educativo. Y sí... a pesar de sus autores, vale defenderla en su trazo fundamental porque significó la recuperación de una responsabilidad intransferible. Nadie más que el Estado puede dictar la política de la educación pública. Debe hacerlo en diálogo con los actores relevantes, pero sin someterse al dictado de los intereses parciales. Recuperar el mando de la política educativa no fue un triunfo para el gobierno de Peña Nieto, no fue una victoria del neoliberalismo. Creo que debe verse, auténticamente, como un triunfo del Estado mexicano, al que se le dotaba de instrumentos para impulsar una nueva escuela.

Los cambios legales recientes ponen al pizarrón, de nuevo, al servicio de la peor política, la política de la extorsión. Han triunfado los apoderados de los sindicatos. Ambas organizaciones, la acomodaticia y la beligerante, vuelven a apropiarse del gis. En el salón de clase se hará su voluntad. Ellos dirán quién entra y quién asciende. Y por ello más que a prepararse, los maestros habrán de procurar la simpatía de los regentes. Al estado corresponderá solamente hacer los pagos. Por eso, entre los ya muchos fantasmas del gobierno federal se cuenta al Secretario de Educación. ¿Renunció? Ni siquiera en tiempos en que se discute la pieza legislativa más importante en su gestión, ha dado la cara. Ni una palabra en su defensa. El secretario Moctezuma decía hace unos meses que no se perdería la rectoría estatal de la política educativa. ¿Podría decirlo hoy, después de lo que aprobó la Cámara de Diputados?

La reforma no solamente representa una abdicación de la responsabilidad educativa del Estado, implica también una ceguera voluntaria. No tendremos ningún órgano confiable para medir el impacto de estas decisiones. Mataron al instituto de evaluación y pusieron en su lugar un órgano insignificante. Se desentiende también el Estado de los muros y los techos de las escuelas. Que los estudiantes, los padres y los maestros se encarguen. Y, por si fuera poco, la reforma viola la constitución. ¡Qué poderoso nuestro nuevo régimen! Emplea su incuestionable legitimidad, su imponente popularidad y su mayoría franca en el Congreso para abdicar de sus responsabilidades esenciales, para humillarse ante los gremios que imponen condiciones a la legislatura, para eliminar los observatorios imparciales que le proveerían de información valiosa, para poner en peligro la seguridad de los niños y para violar alegremente la constitución. Todo en una sola ley.

Reforma
Jesús Silva Herzog Márquez
Lunes 23 de septiembre 2019.


 Jesús Silva Herzog Márquez

Pocos espacios hay en México tan hermosos, tan vivos, tan acogedores como el Instituto de Artes Gráficas de Oaxaca. A un paso de Santo Domingo, la casona del siglo XVIII que es sede del IAGO es emblema de la obra de Francisco Toledo y de lo mucho que hizo por su ciudad y por su gente. Un modesto espacio de exposiciones, una tiendita, varios cuartos de biblioteca repletos de libros de arte y dos patios esplendorosos presididos por sus plantas sabias. Un refugio de arte, sombra y letras, animado por los jóvenes y viejos que van en busca de un libro, el periódico del día o una conversación alrededor de las mesas de pino. Ese era el lugar perfecto para despedirlo, para agradecer su vida. Lo era porque en sus muros y en sus libreros se mostraba su amor y su compromiso, la hondura de su sentido estético y de su nobleza. El arte hecho generosidad.

Contaba Toledo que, cuando participaba en la Casa de la Cultura en Juchitán, en aquellos tiempos de batalla intensa de la COCEI, Rufino Tamayo le pedía que no se metiera en problemas. Deje esas cosas que no son para usted. Póngase a trabajar. Recuerde que usted es pintor, no es político. Además, con esa voz tan chiquitita que usted tiene no va a lograr gran cosa. Debí de haberlo escuchado, decía años después Toledo, sin mucha convicción: algo me jala para el otro lado. En lugar de estar dedicado solamente a mi pintura, ando tras los drenajes de los pueblos. Estaba condenado a no ser solamente artista. O, más bien, a no ser artista solamente en su arte. En sus causas públicas, residía también la chispa de su creatividad. Ese algo que lo jalaba a ver por los otros, a sembrar árboles y a cuidar lo que puede extinguirse fue parte esencial de su obra. No era desviación de su arte, sino el complemento justo. En su imaginación prodigiosa se percibe una deuda, una gratitud, una lealtad. A los insectos y al tiempo, a todos los animales de la imaginación, a la infinita arena de los colores, al mito y a la lengua, al terruño y al mundo está ligado devotamente el arte de Toledo. Imposible la expresión del artista sin el amor a su fuente.

Todo se desea en el mundo de Toledo. Todos se saborean, se penetran, se devoran. Todo vive en cópula con todo lo demás. Al ver el desfile de sus personajes, observamos una alegre e inocente promiscuidad, una fraternidad orgiástica en la que peces, lagartos, cangrejos, monos y sapos se traspasan y se fecundan para multiplicar la creación o, tal vez, para la burlarse de su catálogo disciplinario. Que a nadie se condene por su deseo. Que ningún apetito sea proscrito. Si llegaba a desatender el relato de esa fábula era, tal vez, porque cuidaba el sustrato que lo alimentaba: el mito que vive, la naturaleza que respira, la cultura que despierta.

El imán que lo apartaba del dibujo no era esa política que ha perdido a tantos creadores que sacrificaron su libertad creativa en nombre de alguna causa abstracta. Nada más alejado al artista que puso a Benito Juárez sobre patines, que la ceguera ideológica. No buscó el poder en el sentido pedestre en que lo entendemos hoy. Lo suyo no era imponerse sobre otros ni dar lecciones.  Ejercía, desde luego, autoridad, esa influencia que viene de representar con limpieza causas, de no buscar el beneficio personal en la intervención, de estar acompañado de muchos. El suyo era un ascendiente tímido y decidido, al mismo tiempo. El artista del deseo fue el guardián de todas las seducciones: los árboles, las voces, la herencia, los libros, los oficios, las imágenes y los sonidos, el juego, la imaginación. Nadie ha hecho tanto por tantas causas concretas de cultura como Francisco Toledo. Hablar de la orfandad en Oaxaca no es repetir el lugar común. No solamente murió su gran artista. Murió también su cuidador

No deja de ser llamativo el que el artista indómito, el creador inclasificable, haya sido también-aunque suene solemne-creador de admirables instituciones culturales. Jardines, bibliotecas, archivos, cines, revistas, editoriales, talleres, fonotecas, colecciones, museos, galerías, escuelas, traducciones llevan su marca, aunque no lleven su nombre. Cuando donó el IAGO al Instituto de Bellas Artes, recibió, como compensación formal por la transferencia, un peso. Recibí un peso, dijo entonces, y no es deducible de impuestos. ¡Me lo voy a gastar solito!

Reforma
Jesús Silva Herzog Márquez
Ciudad de México
Lunes 9 de septiembre de 2019.

Jesús Silva Herzog Márquez

En su celebración de ayer, el presidente López Obrador nos ofreció una pista valiosa para acercarnos a su entendimiento del mundo. Invitaba al primer informe de gobierno al tiempo que en la escenografía se describía ese evento como el tercer informe. Misterios de la contabilidad lopezobradorista: lo primero es, al mismo tiempo, lo tercero. Como el dogma cristiano un solo dios son tres y esa trinidad no es triple sino uno solo, en la aritmética del México renacido el primero es ya tercero, aunque siga siendo el inicial. 3=1=3. Cierto: los publicistas del gobierno han aclarado que han contado como "informes" su discurso de los cien días y el mensaje al cumplir un año de la elección. Pero lo que revela esta trivialidad es la distancia del mundo de los números. Desatención, desprecio e incluso hostilidad a la aritmética.

¿Quién fue el primero que sumó uno más uno? Un miserable, respondió con vehemencia Rousseau en su Discurso sobre las ciencias y las artes. A su juicio, el libro de las sumas y las restas nació de la avaricia. Como todas las ciencias, la aritmética brotó del vicio humano. El bien carece de curiosidad. No multiplica ni se entretiene con decimales. Son las serpientes quienes nos tientan con la vanidad del conocimiento. Un virtuoso no pierde el tiempo sumando lo que tiene para compararlo con lo que desea. Una persona de bien no haría contabilidad de ganancias y pérdidas. Una persona virtuosa viviría feliz, libre del mal de números. Ahí está una de las fibras más profundas del romanticismo político: colocar la virtud por encima y en contra del cálculo racional. Ver con sospecha la ciencia que nos deshumaniza. Advertir que el avance científico es enemigo de la alegría. Imaginar una ignorancia dichosa, inocente y plena. Denunciar a la técnica como una perdición moral. En esa clave escribía Octavio Paz en "Entre la piedra y la flor" que saber contar no era saber cantar. El arte del canto, sugería claramente, era superior a la árida disciplina de las cuentas.

La política lopezobradorista es, en ese sentido, hondamente reaccionaria. Una política que desprecia el conocimiento y la técnica, que desconfía de los especialistas, que apuesta todo a su intuición y a su sensibilidad. Ayer, cuando volvió a la carga contra los números dejó claro que, a su juicio, lo esencial no es medible. En su primer-tercer informe, describió a los números como una obsesión de los tecnócratas que la Nueva Era debe superar. ¿Para qué perder el tiempo midiendo el crecimiento si ese dato no es relevante para la felicidad del alma? En la diatriba presidencial contra la medición del crecimiento, hay, por supuesto, un reproche moral. Los economistas que le toman el pulso a ese dato se fugan de la realidad. Se preocupan por montos y porcentajes porque no se conmueven con la vida. Medir no es, entonces, proveerse de un instrumento confiable para orientar la acción. Una herramienta para registrar adelantos y para identificar problemas. El presidente sostiene que medir es evadirse de lo importante. Así lo dijo ayer. "Otro elemento básico de nuestra política es hacer a un lado, poco a poco desechar la obsesión tecnocrática de medirlo todo en función del simple crecimiento económico. Nosotros consideramos que lo fundamental no es lo cuantitativo, sino la distribución equitativa del ingreso y de la riqueza." Y más adelante aseguraba el presidente que ahora hay más desarrollo y más bienestar.

Lo notable de estas líneas es que, al tiempo que desprecia la objetividad de la cifra, abraza con absoluta certeza una percepción que no tiene el mínimo sustento en la lógica ni en la evidencia. ¿Puede haber desarrollo sin crecimiento? ¿En qué se basa el presidente para asegurar que ahora "hay más desarrollo y hay más bienestar"? ¿Deben rechazarse los medidores técnicos para apreciar la distribución? ¿Será eso su "economía moral"?

Lo bueno es que el presidente nos ve muy contentos. Felices, felices, felices porque él nos gobierna. Fiel a su romanticismo, propone una nueva manera de apreciar la realidad. Si los números son reaccionarios, si las cifras son los juguetes que entretienen a los tecnócratas, dediquémonos a palpar la salud del alma. A eso se dedica el presidente, según nos los dice una y otra vez: a hacernos buenos, a hacernos felices, a purificarnos espiritualmente. Y para ello no hay que sacar la báscula.

Reforma
Ciudad de México
Jesús Silva Herzog Márquez
Lunes 2 de septiembre de 2019.


Jesús Silva Herzog Márquez

¿Habría que esperar reclamos suaves? ¿Peticiones dulces, reclamos delicados? ¿Cordiales solicitudes para no ser violentadas, humilladas, asesinadas? Pedir buenas maneras para exigir lo elemental: el respeto, la dignidad, la vida misma. Suplicar trato humano, sin incordiar a nadie. No queremos molestar, pero...  si no es mucha molestia, preferiríamos que no nos mataran. ¿Sería eso posible? Ojalá pudieran dejar de violarnos. ¿Sería posible que dejaran de tratarnos como cosas, como instrumentos de su placer, como desahogos de su frustración y de sus miedos? ¿Nos podrían, por favor, dejar caminar tranquilamente por la calle? Sería lindo pasar un día sin pensar en la intrusión de sus palabras, sus manoseos, su violencia. No queremos ofenderlos, no se lo tomen personal, pero francamente preferiríamos vivir. Quisiéramos decirles que no nos ilusiona la asfixia, la puñalada, el ahorcamiento, el degüello. Nos gustaría salir a la calle sin temor.  Quisiéramos pasear con libertad. Tener la confianza de que podemos caminar por la ciudad. Se los pedimos amablemente: no nos usen, no nos hostiguen, no nos lastimen, no nos maten.

No. No le pidamos protocolos a la rabia. Reconozcamos la fuente de la ira. Oigamos en ese grito el principio de la justicia. Eliminar la ira es cortar los nervios del alma, dice Remo Bodei, ese admirable estudioso de las pasiones. Negar la ira es romper las cuerdas del arco que dispara la flecha. Una larga, larguísima tradición nos llama a negarla, reprimirla. Se le acusa desde hace siglos de secuestrar el juicio, de reventar los equilibrios que nos sostienen, de cegarnos. En la ira se ha visto una locura destructiva y pasajera, una ceguera, una tiranía que nos saca de nosotros mismos, una esclavitud. Pero hay algo valioso en esto que los católicos llaman pecado. En la ira hay un resorte de justicia. Lo activa un golpe inmerecido. Un golpe intolerable. Haber sido traicionados, humillados, despreciados. No haber sido tratados con el respeto que merecemos. Sufrir maltrato. La ira es el chicote que nos permite reafirmar dignidad.

Tiene dos caras la ira. Una es justiciera, la otra destructiva.  Por una parte, (continúo con la exposición del filósofo italiano), la ira es una saludable rebeldía, un impulso moral que levanta la voz frente al abuso. Una conmoción que con la apatía. Un estallido que, al decretar rechazo, pone en movimiento la posibilidad del cambio. También hemos visto a la ira como una furia que nos posee, una pérdida de razón, inevitablemente, una desmesura, corrosiva. Lo mismo podemos decir del impacto político de esa pasión: siglos de rechazo y beneplácito. En Hannah Arendt y en Judith Shklar, dos de las mayores teóricas de la política del siglo XX podríamos encontrar las puntas de esa polémica irresoluble. Arendt, exploradora de los mecanismos totalitarios, vio en la ira un impulso perverso, una efusión capaz de envenenar la causa más justa. La ira, a su juicio, subordina toda acción política al miserable impulso de la venganza. Judith Shklar no condena la ira. La comprende como emoción humana, como chispa moral. Desde su escepticismo entendió que bajo esa furia aparentemente irracional existía un sentido de justicia que no podía ser despreciada. Sin la patada de la indignación seríamos incapaces de encarar nuestra cara abominable. Arendt ve la ira como una emoción antipolítica: una peligrosa irracionalidad destructiva. Shklar, una pensadora a la que deberíamos prestar mayor atención, reconoce en esta pasión una energía política valiosísima. Será desde luego desafiante de hábitos y reglas pero ahí despierta la sensibilidad moral. No es la geometría de las abstracciones lo que nos llama, módicamente, a la acción: es el colérico sentir de lo inaceptable. A la política corresponde escuchar esa rabia porque en ella se encuentra la marca de lo intolerable. Indignación: la ira noble. No es una locura súbita. No es ceguera. Si es desmesura es porque responde a lo inaceptable. La racionalidad moral hecha alarido.  

La indignación exige escucha. Eso que parece profanación es una posibilidad de luz. La indignación, lucidez iracunda no busca la equilibrada exposición de un argumento ante un árbitro imparcial. Conmueve y nos sacude porque rompe indiferencias.

Reforma
Jesús Silva Herzog Márquez
Lunes 19 de agosto de 2019.


Jesús Silva Herzog Márquez

Se nos invita todas las mañanas a presenciar una ceremonia delirante. No creo que haya manera de describirla de otra manera. Lo que comenzó como un audaz compromiso de comunicación se ha convertido en una inquietante exhibición de incoherencias y agresiones. El presidente de la república encara a los medios para enlazar disparates con insultos. Las obsesiones de siempre se combinan con la ocurrencia del instante. En reflejo a una pregunta se toman decisiones, se contradice a los colaboradores, se niegan los hechos más evidentes. El presidente divaga, vuelve a contar la anécdota que ha contado mil veces, repite por enésima ocasión algún fragmento de la historia de bronce que tanto le entusiasma. Machaca el manojo de sus frases fijas. Evade cualquier pregunta incómoda. Si aparece un cuestionamiento serio sobre sus responsabilidades de gobierno, el presidente huye con más descaro que habilidad. Sus evasivas se han vuelto francamente grotescas: quien cuestiona es borrado de inmediato como un interlocutor digno. La intolerancia frente a la opinión discrepante se escenifica todos los días. No se muestra en esos espectáculos del disparate a un presidente tan seguro de su paso que puede polemizar con soltura y con respeto, que puede defender sus decisiones con argumentos sólidos y pruebas persuasivas. Lo que vemos es a un presidente voluntariamente ciego. Un político decidido a no ver más que lo que le gusta y a no escuchar más que piropos.

Si, como creo, eso que se retrata en las conferencias de mañana refleja un estilo de gobierno y no solamente una rutina publicitaria, hay razones para estar muy preocupados. Preocupante el teatro de todos días porque no hay orden en el activismo presidencial, porque no se percibe ese sentido de límite que funda la prudencia; porque se confiesa rutinariamente el desprecio por la ley, la experiencia, el conocimiento técnico y los datos; porque no se muestra un deseo honesto de cotejar el proyecto con su impacto. Se nos receta un optimismo cada vez más hueco. Se insiste en proyectar un ánimo celebratorio que se separa cada día más de la experiencia. El festejo presidencial de un crecimiento imperceptible es una de las mayores pruebas de esa desconexión entre un discurso festivo y una realidad amenazante. Estamos muy contentos, dijo, con el reporte que registraba un crecimiento infinitesimal. Vamos muy bien. Se despeja el miedo. El crecimiento microscópico bastó para fundar la alegría presidencial porque era, en realidad una manera de burlarse de los expertos que se equivocaron--por una micra. El atolladero es celebrable si sirve para desacreditar a los tecnócratas.

El presidente más popular del que tengamos memoria, el político más cercano a la gente parece, al mismo tiempo, el más hermético. Ahí la paradoja de su cercanía popular: rodeado de gente, el presidente se aísla de la realidad. Desconfiando de todos los instrumentos de medición, descartando por principio cualquier advertencia de riesgo, creyendo ciegamente en su sensibilidad infalible, el presidente se recluye en sí mismo. Se empeña en recordarnos que está de buen humor, que está de buenas. Así, rompe brújulas y termómetros porque esos instrumentos no registran la temperatura moral ni el sentido de la historia. Por fortuna el esclarecido dirigente nos lo revela todas las mañanas. Lo conocemos impermeable a cualquier crítica, pero se nos ha mostrado también, y de manera muy clara, como un político hermético a la información que su propio gobierno genera. Lo ha vuelto hacer en estos días, contradiciendo, nuevamente, a la Secretaría de Hacienda. "Yo tengo otra información."

El presidente corroe a su administración. Cada mañana toda la estructura del gobierno federal se pone a temblar. ¿A qué oficina lanzará a una tarea imposible? ¿A qué funcionario exigirá lo que no le compete? ¿Qué ocurrencia romperá el ritmo de una decisión pública? ¿Y qué quiere decir esa instrucción presidencial que pide elegir la justicia por encima de la ley?

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Tal vez deba dedicar una línea al artículo que firma Álvaro Delgado en el número más reciente de Proceso. No tengo ninguna participación en el proyecto "Alternativa por México" que, de acuerdo al reportaje, coordina Coparmex.

Reforma
Jesús Silva Herzog Márquez
Ciudad de México
Lunes 5 de agosto de 2019.


Jesús Silva Herzog Márquez

El sábado reciente La jornada publicó una carta de los escritores David Huerta y Verónica Murguía. Responden a Marx Arriaga, director general de Bibliotecas del gobierno federal, quien comentó que la última dotación al acervo había sido en el 2012, "muchas veces con cierta carga ideológica, porque había textos de Héctor Aguilar Camín y Enrique Krauze." Transcribo el núcleo de la carta, porque merece la máxima difusión. "Hemos leído los libros de esos dos autores y tenemos nuestra opinión sobre ellos; pero eso no es lo importante: lo importante son las insinuaciones sobre la supuesta inconveniencia de esa "carga ideológica" en algunos "textos." Eso apunta directamente a las vocaciones centrales de los censores e inquisidores de cualquier tiempo y lugar: la persecución y represión del pensamiento libre, incluido, naturalmente, el pensamiento de quienes no piensan como los gobernantes. (...) (R)esulta siniestra la vocación fascistoide de las declaraciones de Arriaga, un funcionario que traiciona la esencia del trabajo de un auténtico bibliotecario: velar por los libros y por el conocimiento, incluido los "textos" con cuyas ideas no comulga."

Lo que Huerta y Murguía describen como vocación inquisitorial va mucho más allá de los estantes. Esa velada intención de depurar el acervo bibliográfico de la nación del gorgojo literario muestra el deseo de sanear ideológicamente al país. Ese es el sello intelectual de este gobierno. Que las letras, la ciencia, el arte y la prensa se afilie decididamente a lo que llaman cuartatransformación. Cumplir el deber histórico es suscribir el anuncio de la nueva era, fustigar los horrores del pasado y las miserias de los enemigos. Se trata, es cierto, no de la proscripción de las ideas distintas, sino de un hostigamiento activo y permanente que comienza con la misa de todas las mañanas.

Son tiempos de definiciones, dice el presidente. Y sólo hay dos sopas. No hay creación intelectual, esfuerzo científico o trabajo periodístico al margen de la epopeya en curso. No lo piensa solamente en términos políticos. Está convencido de que su liderazgo lo imanta todo. La disyuntiva le parece inescapable. Si no estás conmigo, es decir, si no estás con la Historia, estás en contra de la justicia, de la verdad y de la patria. Si no estás conmigo estuviste con los conquistadores y con Maximiliano, con los huertistas y los corruptos del neoliberalismo. Por eso la prensa debe respaldar su proyecto. ¡Portarse bien! Celebrar al presidente para recibir, del magnánimo tutor, la estrellita en la frente.

En el ámbito de la ciencia se percibe también el embate de esta perversa noción de compromiso. De los brutales recortes a la ciencia se ha hablado mucho. La prestigiosa revista Science dedica a ello un artículo reciente que muestra una preocupación en la comunidad científica internacional por lo que sucede aquí. Pero el problema no es solamente la tijera sino la ideología. En el portal de la misma revista puede leerse un artículo de Antonio Lazcano, uno de los científicos más admirados en el país, quien, además de advertir de los peligros de la asfixia presupuestaria, nombra la amenaza de la politización. Al Conacyt le han montado una hache por ahí, pero, tal vez habría que agregarle una I: Concejo Nacional de Ciencia y Tecnología Ideológica: Conacyti. Ciencia y tecnología, siempre y cuando sirva a la retórica del antineoliberalismo. La directora de ese organismo ha replicado la política pendenciera del presidente de la república. A su juicio, la ciencia mexicana necesita emanciparse de la perversa hegemonía de la ciencia occidental. Dejar atrás la ciencia neoliberal. Por ello habría que pensar de nuevo si nuestros científicos deben salir al extranjero a continuar su formación académica. Mejor quedarse aquí. En las universidades europeas y norteamericanas podrán estar la investigación de punta, las revistas más exigentes y las nuevas patentes, pero son, no debemos olvidarlo, nidos de pensamiento colonial.

El maniqueísmo presidencial quiere dejar su huella en todas partes. Pretende que su belicismo lo inunde todo. Sustituir la complejidad del pluralismo por la simpleza de un mundo binario y remplazar los aprendizajes de la conversación con la fogosidad la cruzada.

Reforma
Jesús Silva Herzog Márquez
Ciudad de México
Lunes 29 de julio de 2019.

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