Jesús Silva Herzog Márquez

La reinvención de México nos ofrece lecciones diariamente. Hay oligarcas buenos. Los empresarios que hace unos días eran el emblema de la podrida relación entre poder y negocios son ahora amigos del pueblo. El presidente los llama "empresarios con vocación social" porque se han puesto a su servicio. Hacen lo mismo que antes, se conducen como siempre, pero ahora, dice él, sirven a las buenas causas. Digo que se conducen como siempre porque aprecian, antes que cualquier otra cosa, la relación con el poder político. No hay mejor inversión en México que la amistad con el poder. Al Señorpresidente hay que acompañarlo sonrientemente aunque nos invite al precipicio. El Consejo Coordinador Empresarial se ha prestado para constituir la rama empresarial de la nueva hegemonía. Carlos Salazar, su dirigente, es el representante de un nuevo actor social y político. Pejeburguesía, la podríamos llamar. Empresarios entregados al nuevo poder, dispuestos a cualquier indignidad con tal de no arriesgar una fricción con el caprichoso que nos gobierna. Bailar al son que toquen en Palacio. Inversionistas prestos a convertirse en favoritos del nuevo régimen. Empresariado servil y acomodaticio, incapaz incluso de emplear las fuentes de su independencia para cuidar su propio decoro. No sé si en los asistentes a la cena infame haya alguna reserva cívica. Lo que llama la atención es su incapacidad para registrar y emplear su poder frente al poder. Su temor de marcar una distancia frente al absurdo al que se les convoca. Su disposición a montar espectáculo de su sumisión voluntaria, de su calculada servidumbre.

Aparecerán en las listas de los más acaudalados del mundo, pero en su encogimiento se muestran como empresarios bananeros. ¿Qué son unos milloncitos que nos pide el presidente para salir de un enredo en el que se metió, si no nos van a subir los impuestos? Mejor mostrarle lealtad y acompañarlo en sus estrafalarias ocurrencias. Se engaña quien sugiere que el bochornoso evento haya sido una expresión de libre voluntad. Al invitarlos, el presidente advirtió públicamente que en la asistencia, se vería quién era quién. Ya veremos qué empresarios están con nosotros y quiénes deciden apartarse. Tomaremos nota. Son libres de venir, pero, por supuesto, quedará registro de asistencia.

La charola pone de relieve una marca del régimen: la ausencia de quien plante cara al presidente. En el entorno presidencial hay un serio vacío de verdad. Es la victoria de los cortesanos que celebran cualquier tontería presidencial como si fuera una descarga de sabiduría infinita. El presidente puede decir, como dijo la semana pasada, una gran estupidez y su gobierno la enmarca para la historia. El decálogo que el presidente improvisó en su letanía reciente es casi una provocación de tan absurdo y de tan bobo. Inanidad propia de un concurso de belleza: estoy en contra de la violencia, se tiene que respetar a las mujeres, no a las agresiones a las mujeres, no a los crímenes contra las mujeres. El presidente hilaba sus sentencias como si estuviera taladrado el mármol de la conciencia humana y de su boca aparecieran súbitamente las tablas de la convivencia. Uno, dos tres... Al llegar a la frasecita número diez, preguntó fastidiado: ¿ya?

Mal momento, podríamos decir. Todos podemos reaccionar con torpeza ante un tema difícil y trataremos de cambiar pronto la página. Pero no... el gobierno actúa como si, desde el Palacio, se hubiera hecho la luz. Abraza de inmediato la lista y la define, sin ironía, como "decálogo." En carteles que difunde en los espacios oficiales, se publicita la honda sabiduría moral del presidente. Supongo que habrá que aprenderse que el Quinto Mandamiento ordena: "Se tiene que respetar a las mujeres". Y nunca confundir el Tercer Mandamiento, que ya todos sabemos a estas alturas que indica que es una cobardía agredir a la mujer, con el Cuarto que nos recuerda que el machismo estaba bien antes, pero ahora ya no tanto: "El machismo es un anacronismo."

No parece haber nadie a su alrededor, nadie en su círculo inmediato, nadie a quien consulte que se atreva a advertir al presidente la magnitud de sus despropósitos. Se pasea encuerado y recibe de su entorno aplausos por la belleza de su ropa. Ese es el clima cortesano: indignidad y mentira.

Reforma
Jesús Silva Herzog Márquez
Ciudad de México
Lunes 17 de febrero de 2020.


Jesús Silva Herzog Márquez


Tenemos todavía la elección del 2006 atorada en la garganta. Si no fuera una imagen tan gastada, habría que decir que es una herida que no ha cerrado. Han pasado casi quince años y aquellos recuerdos siguen dividiéndonos intensamente. La del 2006 es una elección que, de alguna manera, sigue sin resolverse. Parece imposible encontrar una memoria común, una evaluación compartida. En el caldo se mezclan los hechos que bombardearon el consenso de la transición. Lo recuerdo como una conspiración de desealtades. Un embate a dos frentes contra las reglas básicas de la democracia. En la historia de esa conjura habría que registrar, entre otros hechos, el abusivo desafuero del alcalde del Distrito Federal; la ventaja que el candidato puntero se empeñó en dilapidar durante su campaña; la intervención ilegal del presidente y de las organizaciones empresariales más importantes del país; el larguísimo silencio de la autoridad en la noche del voto; la confusión y la competencia de las mentiras; la sentencia del tribunal electoral que identificaba la ilegalidad de la intervención del Consejo Coordinador Empresarial y los atentados del presidente Fox que, a juicio de los magistrados, puso en riesgo la validez misma de la elección; la protesta, la ocupación de la calle, la pedestre argumentación de los perdedores que nunca aportaron pruebas para fundar la pretensión de su victoria; aquel grito que mandaba al diablo a "sus" instituciones y el teatro de la autoproclamación.

La traumática elección del 2006 es el origen de una condena injusta del órgano electoral y de una persuasión torcida: las instituciones tienen dueño. Les sirven a ellos, los protegen a ellos, los benefician a ellos. De ahí que el programa alternativo implique explícitamente una ocupación institucional. No la búsqueda de nuevos equilibrios sino una conquista territorial. Si las instituciones fueron de nuestros enemigos, ahora serán nuestras. Los defensores del abordaje nos dicen que el voto que recibieron en el 18 no solamente lo justifica sino lo ordena: la nueva mayoría ha de imponerse en todos los ámbitos del Estado. El árbitro electoral habría de convertirse entonces en representante de la nueva mayoría. Así lo dice abiertamente una secretaria de estado: ninguno de los consejeros del instituto electoral nos representa. Solamente uno es nuestro y como es nuestro proyecta la voz de todos los mexicanos. No hay intento por disimular la intención: vamos por un instituto electoral que esté integrado por delegados gubernamentales. Eso es, a su juicio, un órgano democrático. En otras palabras: buscamos restaurar una comisión electoral que haga la voluntad del presidente.

La claridad con la que se expresa la secretaria de la función pública es una prueba más del peligro que corre la vida democrática cuando una fuerza política pretende someter al árbitro electoral. Ahí están, desde luego, las iniciativas presentadas formalmente que pretenden supeditar la actividad del árbitro al ritmo y la voluntad de la legislatura. Como toda institución, el órgano electoral está lejos de ser inmaculado. Pero es un patrimonio común. Una institución profesional y confiable que se convirtió, adentro y afuera, en modelo. Mucho perderíamos si fuera convertido, como algunos quieren, en palanca del presidente y su partido. Las amenazas son claras y la responsabilidad de la nueva mayoría es inmensa. En asuntos como éste advertimos la gravedad de mantener inactiva la Secretaría de Gobernación, esa dependencia que habría de contribuir al fortalecimiento de las instituciones democráticas.

Cuando se dice que la captura del árbitro es una amenaza al juego democrático no se advierte que el peligro lo corran solamente las oposiciones. Un árbitro sin vocación de neutralidad, un árbitro que se asume delegado del poder (por legítimo o popular que sea) es un árbitro para todos temible. Los integrantes de la mayoría deberían sentirse tan amenazados como los miembros de la oposición. Un árbitro respetable y distante de las fuerzas en pugna; un árbitro dotado de sólidos contrapesos interiores, un árbitro capaz de argumentar con solidez sus resoluciones es la única garantía para que la competencia entre y dentro de los partidos se ajuste a reglas. Las facciones que hoy se disputan el gobierno de MORENA, deberían saberlo bien: solamente una autoridad independiente podría poner fin a las controversias. Si el árbitro es órgano de facción, el pluralismo habrá sido secuestrado.

Reforma
Jesús Silva Herzog Márquez
Ciudad de México
Lunes 10 de febrero de 2020.


Jesús Silva Herzog Márquez

Gobernar es fácil. Esa es la convicción profunda del presidente. No requiere ciencia. La experiencia está sobrevaluada, la técnica es sospechosa. Lo que nos dice el presidente es que, a lo largo de los siglos, las civilizaciones han perdido el tiempo tratando de precisar las complejidades del gobierno. Bibliotecas enteras dedicadas a lo obvio. La ciencia de la administración, la mecánica de los incentivos, el catálogo de experiencias son entretenimientos triviales. No hay dificultad alguna en el mando, en la gestión, en la economía, en la ley. Nada perderíamos si desaparecieran esas bibliotecas que han tratado de escudriñar los misterios y complejidades de lo social. En realidad, nos dice el presidente de México, eso de gobernar no necesita estudio. Y no me refiero, por supuesto, a una disciplina universitaria o a un diploma. Me refiero al respeto por lo complejo, a la atención al conocimiento. Lo que se desprecia en la práctica presidencial es el análisis de los enredos que caracterizan lo público, la seria ponderación de los costos, la carga que implica cualquier decisión. Se impone en el gobierno la simpleza de un moralismo elemental: cuando uno es bueno, todo lo que se hace será bueno. De esa soberbia moral proviene la idea de que las soluciones son siempre obvias y no requieren mayor reflexión.

Para gobernar no se requiere reflexión ni se necesita equipo. La política de la intuición es la política del aislamiento. Aunque se abrigue de multitudes, el presidente es un político aislado. Un gobernante omnipresente y un gabinete invisible. Y no creo que lo imperceptible del equipo se deba a la discreción de los funcionarios. Es el personalismo instintivo e impetuoso del jefe lo que impide el funcionamiento del equipo. La rutina misma del presidente corroe cualquier posibilidad de colaboración estable y productiva. Toda política pública cuelga de su saliva. Cada mañana la administración suspende la respiración. Habrá que ajustar la política a lo que en ese instante ha declarado el presidente. La improvisación que caracteriza su homilía cotidiana puede imponer un viraje radical a la labor de meses. No hay coordinación que resista esa frenética locuacidad.

El arreglo de las competencias que establece la ley le importa poco al presidente. Cuando era alcalde la capital hizo que la titular del órgano encargado de cuidar el medio ambiente, supervisara su regalo a los automovilistas. La confianza del caudillo está por encima de cualquier normativa. Los cargos importan poco: el canciller puede encargarse de la política migratoria y encarar una de las más severas crisis de seguridad del país. Un subsecretario de relaciones exteriores puede anular las competencias de la Secretaría de Economía y negociar (a solas) los acuerdos comerciales.

Esta semana vimos que el aislamiento presidencial se traduce en exhibiciones grotescas de descoordinación. Un asesor presidencial presenta una iniciativa que... no tiene el respaldo del gobierno. No abordo el contenido de la propuesta. Lo que me interesa aquí es el desbarajuste en la casa presidencial. El poderosísimo presidente López Obrador no es capaz de poner en sintonía a su propio equipo. El signo más claro de este desorden es el vacío en la primera silla de la administración. Desde hace un año, México vive sin titular de la Secretaría de Gobernación. Como se han encargado de difundir la broma los propios integrantes del equipo presidencial, la encargada de esa oficina cumple funciones decorativas. Una secretaria virtual. Se le puede ver de tarde en tarde en ceremonias públicas. Va al teatro. Pronuncia discursos. Recibe visitantes en el palacio que ocupa. Viaja en representación de su jefe. Pero nada que muestre el cumplimiento de sus atribuciones como coordinadora del gabinete, como garante del estado laico o conductora de la política migratoria. Lo último que se supo de ella corresponde a su breve paso por el Senado. Desde diciembre del 2018 ha fungido como observadora con cargo.

Penosa, o más bien triste, la labor de la primera mujer a cargo de la secretaría de gobernación. Doña Olga Sánchez Cordero encarna en este gobierno lo que Rosario Castellanos llamaba en un brillante discurso, la "abnegación" de la mujer mexicana. La mujer que se nulifica, que se niega a sí misma.

Reforla
Jesús Silva-Herzog
Ciudad de México
Lunes 20 de enero de 2020.


Jesús Silva Herzog Márquez  

La semana pasada comentaba un libro que captura el aire de los tiempos. Era Cómo perder un país. Los siete pasos que van de la democracia a la dictadura, el ensayo de la escritora turca Ece Temelkuran sobre los populismos de derecha. Tomaba de ahí la hilarante conversación imaginaria entre Aristóteles y un populista que daba cuenta del imposible diálogo. La zona de racionalidad común vuela por los aires. En el universo populista no es posible la neutralidad. Ninguna. Ni siquiera la lógica puede ser la razón común. Es su lógica contra la nuestra. Sus datos y los nuestros.

Vale adentrarse en el ensayo porque es una aportación valiosa para entender el desafío político de nuestro tiempo. Temelkuran, crítica política y novelista, ha publicado un testimonio personal que es, al mismo tiempo, una denuncia de la quiebra de la democracia en su país y la descripción de un trastorno global. No es el texto de una teórica de la política preocupada por el esclarecimiento de los conceptos, sino el ensayo de una observadora del poder que ha padecido sus abusos. Disparar las alarmas y pensar alternativas. Escrita desde la experiencia y sobre lo inmediato, logra asomarse a un fenómeno mundial. No son las democracias recientes las que corren peligro. Nadie puede decir hoy que el autoritarismo es un vicio del subdesarrollo. Hasta las democracias que considerábamos más arraigadas muestran su fragilidad.

Cuenta la autora que, cuando presentaba en Londres un libro sobre la política turca y la imposición de la dictadura de Erdogan, una mujer muy bien intencionada se levantó para hacerle una pregunta: "¿Qué podemos hacer nosotros por ustedes?". La intervención la desconcertó. Aquella mujer la veía como una víctima de una política que nada tenía que ver con la noble y civilizada política británica. Se imaginaba naturalmente como una fuerza bienhechora que podría acudir al rescate de esos bárbaros que, nuevamente, perdieron el camino. Seguramente pensaba que su país era inmune a la desgracia que asolaba a Turquía. Dígame cómo puede la Gran Bretaña acudir a su auxilio. Ese es el punto fundamental de su argumento: nadie está a salvo. Todos ahogados en la misma locura. La ingeniería de la demolición se extiende por todo el planeta. "Me crean o no, lo que pasó en Turquía va por ustedes. El delirio político es un fenómeno mundial".

La exilada desde el autogolpe de Erdogan de 2016 identifica los pasos que sigue el populismo de derecha para demoler la democracia. Lo primero es romper con las ataduras del partidismo. Por encima de un partido, el populismo ha de formar un movimiento que exprese al pueblo "real". Podrá inventar o absorber a un partido, pero el movimiento debe estar siempre por encima de él. El autoritarismo requiere igualmente corroer la racionalidad y eliminar los estorbos institucionales. Los datos son armas de una batalla y deben usarse a conveniencia. A los jueces corresponde tocar la tonada que marca el caudillo. La complejidad del debate público debe suprimirse, como si fuera una trampa de las élites y reemplazarse con un relato simple e infantil que sirva para identificar al enemigo y llame a la epopeya del retorno. El código del populismo, dice la periodista, es la desvergüenza. Lo que era inaceptable y aún repulsivo debe convertirse, así, en motivo de orgullo. El maltrato, la humillación, la procacidad y la mentira se transforman en medallas de autenticidad. Y de esa forma, el populismo diseña un ciudadano y un país a su imagen y semejanza.

Esta distopía que borra verdad y lógica, que atropella derechos, elimina frenos y mina el entendimiento no puede comprenderse sin su precedente ideológico. Propone Temelkuran que ubiquemos al populismo (ella siempre se refiere al populismo de derecha) no como enemigo del neoliberalismo sino como su descendiente directo. Lo dijo con mucha claridad en una entrevista con Ricardo Dudda publicada hace poco por Letras Libres: "El neoliberalismo debilitó la parte fundamental de la democracia, que es la justicia social. La democracia sin justicia social es una cáscara vacía: un proceso repetitivo y ceremonioso y nada más. Es natural que la gente haya perdido su fe en las instituciones democráticas".

Reforma
Jesús Silva Herzog Márquez
Lunes 6 de enero de 2020 .


Jesús Silva Herzog Márquez


Cuenta Ben Rhodes, amigo y asesor de Barack Obama que el día que dejaron la Casa Blanca, una pregunta rondaba el ambiente: "¿Y si nos equivocamos?" El presidente de la serenidad entregaba el poder a un patán. Esa es, dicen Stephen Holmes e Ivan Krastev en su nuevo libro, la pregunta verdaderamente necesaria en estos días. No "¿Qué salió mal?," o "¿quién se equivocó"? La pregunta profunda y honesta es esa: "¿"Qué tal que hayamos sido nosotros quienes nos equivocamos?" Ahí está la base de la autocrítica liberal que sigue buscando respuesta.

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La rabia corre como lava en las calles, los payasos ganan elecciones, las instituciones son tapones, el voto se cuenta pero cuenta poco. Es el fin de la normalidad, dice con el tino de lo simple, Michiko Kukatani, crítica literaria del New York Times. Lo inimaginable se ha vuelto rutina. Tiempos de desconfianza y de mentira, de furias y de hogueras.

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Jaron Lanier, un músico y científico al que la revista Wired considera uno de los veinticinco personajes cruciales en el mundo de la tecnología, publicó un decálogo pertinente. Son diez razones para desconectarte de las redes sociales. Las redes sociales se han convertido en la adicción más peligrosa de nuestro tiempo. A su juicio, son un veneno que cancela el juicio propio, debilita la verdad, incendia desacuerdos, destruye el sentido de empatía, nos hace infelices e imposibilita la política. Malditas, no benditas redes.

Al presidente de la Suprema Corte de Justicia bien le convendría atender la recomendación de Lanier. Seguramente el político de la toga respondería que asume el riesgo del tuiteo en aras de la transparencia. En eso no se equivoca: su cuenta de tuiter lo exhibe con plena trasparencia. Ahí lo podemos ver, más como un escudero del gobierno que como un árbitro digno e imparcial. Así ha salido en defensa de la Secretaria de la Función Pública para expedirle un certificado de honorabilidad. Irma Eréndira Sandoval "es una mujer íntegra y honesta," escribió en tuiter. Pude ser, pero, ¿le corresponde a un juez expedir esos diplomas a sus amigos? ¿Alguien puede imaginar al integrante de un tribunal constitucional europeo declarar que un político amigo suyo es una persona honorable cuando es cuestionado por su actuación pública? Peor aún, en la controversia internacional reciente, el ministro Zaldívar brincó para defender a López Obrador. La pregunta aparece de nuevo: ¿alguien podría imaginar a un juez de la Corte Suprema de los Estados Unidos declarar públicamente su apoyo al presidente de ese país en una controversia diplomática? Lo señaló puntualmente José Manuel Vivanco, director de Human Rights Watch: hay controversias que exigen, de los jueces, silencio.

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"Las relaciones inconmovibles y mohosas del pasado, con todo su séquito de ideas y creencias viejas y venerables, se derrumban, y las nuevas envejecen antes de echar raíces. Todo lo que se creía permanente y perenne se esfuma, lo santo es profanado, y al fin, el hombre se ve constreñido por la fuerza de las cosas, a contemplar con mirada fría su vida y sus relaciones con los demás."

Carlos Marx y Federico Engels firmaron esto hace 171 años.

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Del diálogo entre Aristóteles y un populista en Cómo perder un país. Los siete pasos de la democracia a la dictadura de la escritora turca Ece Temelkuran publicado este año por Anagrama:

Aristóteles: Todos los seres humanos son mortales.

Populista: Ese es un argumento totalitario e insensible.

Aristóteles: ¿No crees que todos los humanos son mortales?

Populista: ¿Me estás llamando ignorante? No seré un filósofo como tú, pero el pueblo vive la realidad en carne y hueso.

Aristóteles: Eso es irrelevante para lo que estamos discutiendo.

Populista: Será irrelevante para ti porque tú y los tuyos han gobernado este país y nos consideran prescindibles. La verdad no está en los papiros de la élite.

Aristóteles: Permíteme continuar: todos los seres humanos son mortales. Sócrates es humano...

Populista: Tengo que interrumpirte. Gracias a nuestro líder sabemos quién es ese Sócrates. Ya no nos pueden engañar. Sócrates es un fascista. Estamos hartos de las mentiras.

Aristóteles: Estás rechazando el fundamento de la lógica.

Populista. Respeto tus creencias.

Aristóteles. Esto no es una creencia. Es lógica.

Populista. Respeto tu lógica, pero tú no respetas la mía. Ese es el problema en la Grecia de hoy.

Reforma
Jesús Silva Herzog Márquez
Ciudad de México
Lunes 30 de diciembre de 2019.


Jesús Silva Herzog Márquez


Una senadora de Morena ha presentado una iniciativa que pretende terminar con los principios básicos del Estado laico. La propuesta invita a los predicadores a las instituciones públicas. Se pretende con fin a la separación. De manera enfática, el presidente se ha distanciado de la propuesta. Es bueno saber que no es una iniciativa presidencial y que no cuenta con su apoyo. Sin embargo, no creo que sea posible rehuir la responsabilidad que tiene el presidente en la confusión que ha servido de fermento a la propuesta. A decir verdad, la legisladora no hace más que poner en norma lo que el presidente predica cotidianamente. Al él debemos la utilización del discurso religioso en la deliberación democrática, la convocatoria a los predicadores en eventos gubernamentales, el uso político de un relato abiertamente piadoso. Usar la fe, agitar los símbolos religiosos, aliarse con pastores para promover causas políticas. Lo que en Vicente Fox era una frivolidad, en López Obrador es una convicción sellada en el mismísimo nombre de su partido.

La Biblia ha vuelto a ser plataforma de legitimación del poder. López Obrador la invoca constantemente como si ese libro fuera, para México, esa plataforma común que solamente puede ser la Constitución. El presidente habla de los pecados y pide respetar los "mandamientos," como si todos los mexicanos debiéramos creer en el sentido de aquéllos y en obligatoriedad de éstos. La religión marca toda la acción política de López Obrador. Desde la política social a la que describe como muy cristiana y hasta la política exterior, cuyo miramiento al gobierno del Trump se basa en la certeza de que Estados Unidos es una nación cristiana y, por lo tanto, muy buena y confiable. Si la fuente de sus convicciones personales es cristiana, el dirigente de una república secular tiene el deber de traducir esa persuasión al lenguaje cívico. Al Estado no le compete la lucha contra el pecado, ni la aplicación de un texto que algunos consideren sagrado. Pero la presidencia no solamente corroe al Estado laico con la religiosidad de su discurso. También lo vulnera con su práctica. La prédica de redención del gobierno, esa matraca del "bienestar del alma" que agita todos los días encuentra en los grupos religiosos a un aliado. Por eso cree aceptable trazar colaboración con ellos. El presidente está convencido de que la "ayuda" de las iglesias debe ser bienvenida porque contribuye a la promoción de valores. Irrelevante le parece que esas agrupaciones devocionales sean irradiaciones de misoginia y homofobia, que sean promotores de las supersticiones más absurdas, que respalden los hábitos más arcaicos. Son aliados de su proyecto y por lo tanto reciben el apoyo de su gobierno. Lo han reconocido así los propios beneficiarios de este nuevo clericalismo. Arturo Farela, el presidente de la Confraternidad Nacional de Iglesias Cristianas Evangélicas, un personaje a quien bien podríamos considerar como el pastor del régimen, celebra la colaboración con el gobierno porque permite su expansión. Gracias a su labor como promotores de la Cartilla moral, tendrán, como reconoce quien se declara consejero espiritual del presidente, la "oportunidad maravillosa" de instruir la "palabra de Dios."

El antijuarismo del nuevo gobierno es innegable. Nada más contrario al ánimo de aquel liberalismo que las peroratas de los predicadores en los eventos oficiales. Podrá ponerse el rostro de Juárez en los telones de la propaganda oficial, podrá citársele mil veces y no se borrará la mancha: las tribunas, los recursos y las estructuras del poder público bajo este gobierno se han puesto al servicio de organizaciones religiosas.

El ataque al estado laico se funda en una confusión capital. Creer que laicidad se reduce a la libertad religiosa. El estado laico no es aquel que permite la diversidad religiosa, el que abre espacio para diversas creencias Esa es la trampa del nuevo clericalismo: promover como causa de la libertad lo que es, en realidad, una traición al Estado laico. El Estado laico es un orden que rechaza activamente la fundamentación religiosa del poder. Por eso ha de fundarse exclusivamente en el lenguaje y el simbolismo civil. No está en peligro la libertad religiosa, pero el discurso, las alianzas y las decisiones del presidente sí ponen en riesgo al Estado laico.

Reforma
Jesús Silva Herzog Márquez
Ciudad de México
Lunes 23 de diciembre de 2019.


 Jesús Silva Herzog Márquez

Ninguna decisión ha marcado al México contemporáneo como la declaratoria de aquella guerra. No fue, como se nos presentó entonces, una "guerra de necesidad." Fue una guerra de elección. A ciegas, Felipe Calderón optó por la guerra. Nadie niega el desafío que se presentaba entonces. Nadie puede negar que el efecto de la intervención gubernamental fue empeorar las cosas. Los grupos criminales se multiplicaron, se propagaron las zonas de violencia. Más crimen, más violencia, más sangre, más corrupción, más miedo. No digo que el presidente sea culpable de las atrocidades. Sostengo que debe considerársele responsable de su expansión. A él y a su política se debe, en buena medida, nuestro descenso a la barbarie. El presidente carecía de un diagnóstico y de una estrategia. Se vistió de olivo, pero no sabía quién era el enemigo, ni cuáles eran los recursos con que contaba. Confió en que su arrojo era una justificación moral suficiente. Era un alarde de bravura, no la resolución serena de un hombre de Estado. Si no hubiera tenido más que piedras y palos, con eso habría luchado contra los criminales, dijo en una confrontación memorable. El presidente Calderón olvidaba entonces lo que había desatendido desde el principio: al hombre de poder ha de evaluarse por lo que provoca, no por lo que desea. Por la consecuencia de sus actos y de sus omisiones, no por la entereza de su determinación.

La captura en Estados Unidos del cerebro de esa política nos ayuda a recordar el origen de una tragedia que sigue enlutándonos. Nos permite aquilatar una dimensión particularmente perversa de ese periodo: su teatralidad. La guerra contra el narcotráfico fue, en efecto, una guerra para la televisión. Una guerra para ser representada antes que para ser ganada. Una cacería de trofeos para la exhibición. Jorge Volpi lo registró admirablemente en Una novela criminal. El caso de Florence Cassez que el novelista aborda detenidamente es el episodio más visible del abuso y de la irracionalidad que caracterizaron esa ruinosa política. Genero García Luna, el ingeniero que se convertiría en la joya policiaca del panismo, sentía tanto desprecio por la ley como fascinación por las cámaras. "Ellos saben que el bien vence al mal", era la frase con la que Televisa promovía la telenovela que servía de propaganda gubernamental. Un melodrama que pintaba a García Luna y a los suyos como héroes entregados a la causa del orden.

Al preferido de Fox y Calderón le tenía sin cuidado ese detalle del debido proceso. Lo importante era salir a cuadro. El montaje televisivo de la captura de Florence Cassez es, quizá, la más grotesca escenificación de esa política: la ley entregada a la lógica del espectáculo. Su carácter novelesco proviene de su inverosimilitud: una captura ilegal, tortura a los presos y luego... el montaje de una escena que sería trasmitida en vivo por televisión, respetando, por supuesto, el sagrado espacio de los deportes. Fue al productor de tal aberración a quien Felipe Calderón invitó para dirigir la política crucial de su gobierno. Ya había confesado su participación en esa farsa y el panista lo incorporó a su gabinete. En él confió siempre y por él estuvo dispuesto a pagar altísimos costos políticos y diplomáticos, ignorando las muchas pistas y denuncias de sus abusos. No solamente lo protegió: se le entregó políticamente. No es por eso injusto ligar  la suerte de Calderón con la de García Luna. Destinos esposados.

La fiscalía de Nueva York acusa a quien fuera Secretario de Seguridad Pública de haber estado en la nómina de los criminales. Habrá que escuchar, por supuesto, su defensa y estar atentos a las bases de la acusación. De lo que no parece haber controversia es de la fortuna que formó mientras era servidor público. Tan grave sería la ignorancia del último presidente panista como su conocimiento de las transferencias que hicieron multimillonario al policía. En un país con la mínima salud cívica, las andanzas del secretario preso serían razón suficiente para sepultar de manera definitiva las ambiciones de Felipe Calderón, quien hoy encabeza la segunda apuesta del personalismo. Lamentablemente, en estos tiempos desquiciados, todo es posible. Y ante el vacío de las oposiciones, el caciquismo de derecha que encarna Calderón, respira.

Reforma
Jesús Silva Herzog Márquez
Ciudad de México
Lunes 16 de diciembre de 2019.

Jesús Silva Herzog Márquez

La mejor candidata no logró los votos necesarios para llegar a la Corte. Hasta donde eso es posible, puede decirse que objetivamente lo era. Para reconocerlo basta leer el discurso que Ana Laura Magaloni pronunció ante el Senado. No es un texto para desechar, después del desenlace. Es un documento nutrido de reflexiones y de experiencias. Es el razonamiento de una académica rigurosa que no se ha quedado en el salón de clase, ni escribe para sus colegas. Se trata de un diagnóstico severo de nuestro aparato de justicia, una toma de posición, un programa de trabajo. Ahí se identifican con claridad los desafíos que tenemos en frente y se apuntan estrategias razonables. Parte de la inmensa responsabilidad que surge del vuelco del 2018. El respaldo al cambio abre posibilidades infrecuentes. Tiene razón: mucho podría hacerse... si se intentara bien. Dos tareas se proponía la candidata a la Corte: abrir las puertas de la justicia a los excluidos y asegurar los necesarios equilibrios. Las dos tareas de la ley, vistas con admirable claridad. Asentar el orden en la paz de las reglas y no en la intimidación de los violentos. Cuidar que los poderes, por legítimos, populares o fuertes que sean se mantengan dentro del espacio trazado por la constitución.

El proceso constitucional nos obliga a la maleducada necesidad de comparar. Es mala idea designar ministros tras la presentación de una terna, pero nos conduce inevitablemente al cotejo: experiencias, posiciones públicas, programa, coherencia de las candidatas quedan expuestas para ser confrontadas. Lo que podemos saber de la ministra designada es preocupante. A diferencia del empaque del discurso de Magaloni, el mensaje de la favorecida fue una colección de lugares comunes; un texto superficial y vago envuelto en una esponjosa demagogia. Nada en su carrera profesional indica que ha caminado algún trayecto hacia el tribunal constitucional. Más aún, su brevísimo contacto con el servicio público parte de una mancha bochornosa. Para cumplir con el capricho de su nombramiento, la ley fue cambiada en su beneficio. La nueva ministra subió al peldaño previo a la Corte con una norma hecha a su medida. Beneficiaria de leyes tratadas como herramientas del poder, no como límites al poder. Poco confiable resulta también una ministra que oculta sus nexos con el Padrino de esta administración. Abogada al servicio de ese monumento al conflicto de interés llamado Alfonso Romo, Margarita Ríos Fajart tuvo a bien ocultar en sus papeles públicos sus vínculos profesionales con el empresario regiomontano que despacha a un milímetro del presidente. Y lo más grave, su sentido de misión institucional. Dijo en el Senado la hoy ministra que el país está en un proceso de transformación y que los mexicanos estamos buscando recuperar nuestros valores nacionales. Yo quiero ser parte de ese esfuerzo, dijo. Ninguna palabra sobre el deber del tribunal de controlar el poder. Deseo de unirse a la "transformación".

Dije hace unas semanas que el presidente López Obrador daba muestras de reconocer la autoridad de la Suprema Corte. Debo corregir lo dicho. Si es cierto que ha detenido su vieja hostilidad a la Corte, es porque empieza a verla ya como suya. La afabilidad no parece señal de respeto, sino de conquista.

El proceso reciente en el Senado no solamente es ominoso por lo que representa para los equilibrios del poder, también es una señal del desprecio por la preparación y por la experiencia. Cuando el presidente nos advierte que, para sus nombramientos, lo que verdaderamente importa es la honestidad y que lo demás es irrelevante, pretende beatificar la ineptitud. Ahí está el segundo golpe político de López Obrador. El primero es la anulación de los contrapesos y las autonomías, la colonización de los ámbitos de neutralidad. El segundo es la destrucción de la capacidad administrativa del gobierno. En agosto dijo que con un 1% de capacidad en sus colaboradores bastaba. Lo importante era asegurar que, en ellos, el 99% fuera honestidad. No entiendo muy bien cómo se corta ese pastel de porcientos, pero la concepción es terrorífica. ¿Están reñidas una y otra? ¿Es honesto el incapaz que se hace cargo de lo que desconoce? ¿Es honesto nombrarlo para una tarea para la que no está preparado?

Como lo vemos en sus alianzas, en sus nombramientos y en sus favoritos lo que le importa en realidad al presidente no es la honestidad, sino la lealtad. Y así damos paso a una política desbocada y inepta.

Reforma
Jesús Silva
Herzog Márquez
Ciudad de México
Lunes 9 diciembre 2019.


Jesús Silva Herzog Márquez


Los libros de actualidad comparten un tono apocalíptico. Si hacemos caso al anuncio que despliegan las portadas en las mesas de novedades, pensaremos que la democracia se extingue. No es para tanto, dice quien es, probablemente, el politólogo más brillante y más cuidadoso de nuestro tiempo. Un estudioso del máximo rigor que no ha dejado de hacer las preguntas pertinentes. Adam Przeworski, el académico de quien hablo, ha publicado recientemente un libro sobre las crisis de la democracia que sirve para evitar los juicios apresurados que tanto abundan. Para quien se toma la cuestión en serio no es fácil aquilatar el sentido de los desafíos contemporáneos. ¿Cómo entender los nuevos extremismos, el surgimiento del populismo de derecha y de izquierda, la destrucción de los partidos, el prestigio de los autócratas? Con la modestia del verdadero hombre de ciencia, el politólogo simplemente dice: "Algo está pasando."

No está, en modo alguno, cantada la muerte de la democracia, pero sin lugar a dudas, las transformaciones en el ámbito de la economía, de la sociedad, de la comunicación alteran muy profundamente la mecánica pluralista. Las antiguas certezas se desmoronan. Más que esperar la súbita quiebra, habrá que estar alerta a la erosión. Lo vemos en todos los rincones. Una pasión de antagonismo desborda los cauces institucionales. Los órganos constitucionales se debilitan y se muestran ineptos para procesar las exigencias colectivas; el debate público se envenena con una retórica belicosa. El peligro, dice Przeworski es que "la democracia se deteriore gradual y subrepticiamente. Es el peligro de que quienes ejercen el poder intimiden a los medios hostiles y creen su propia maquinaria de propaganda; que politicen los órganos de la seguridad, que hostiguen a la oposición política, que usen el poder del Estado para beneficiar a los empresarios afines, que apliquen selectivamente la ley, que alienten conflictos internacionales para generar miedo y alterar las elecciones."

En nombre de la democracia se pervierte la democracia. El argumento que muchos han hecho es que, incluso siguiendo sus procedimientos formales, podría socavarse el pluralismo. Por eso hasta el más voluntarioso de los autócratas busca cuidar las apariencias. Lo sorprendente entre nosotros es que ese cuidado se está perdiendo. El nombramiento de la titular de la comisión de derechos humano se desprendió del recato elemental. Pasó de manera grotesca por encima de la ley sin hacer el mínimo intento por cuidar las formas.

Apenas hay duda del fraude en el Senado. El abierto partidismo de la preferida no solamente hacía imprudente su nombramiento, lo hacía ilegal. Aún así, la mayoría impuso el capricho del caudillo sin tener siquiera los votos requeridos. La trampa se hizo y quedó al descubierto. Una ilegalidad encima de la otra para entregarle un obsequio al presidente. Y para hacer más ominoso el mensaje, la ofensa. A carcajada suelta, acompañado de dos de sus cómplices, el dirigente de Morena en el Senado, celebró el atropello.

Si a esa insolencia está dispuesta la mayoría de Morena, ¿qué nos espera? Si se van a reír de sus embustes, si se burlan de la razón y de la ley, ¿a dónde podrían llegar? Preocupa el destino del árbitro electoral. Cuando en una reunión reciente el politólogo del CIDE José Antonio Aguilar preguntó precisamente a Przeworski por el baluarte democrático que habría que defender por encima de cualquier otro, el académico polaco respondió de inmediato: el órgano electoral. Y pensando concretamente en México, precisó: el IFE. Con sus siglas anteriores recuerda al órgano electoral. Si le meten mano a ese árbitro, habrá que ser muy pesimistas sobre el futuro democrático de México. Eso pretenden, al parecer, los diputados de Morena, quienes tienen ya, bajo la mira, al presidente del instituto electoral y pretenden removerlo de su cargo. Están dispuestos, al parecer, a cambiar la Constitución a fin de tener a un cercano en la presidencia del INE. Podría pensarse que, por absurda y gratuita, la iniciativa carecería de la mínima esperanza de realización. Pero el grotesco espectáculo del Senado es alarmante. Es la revelación de un poder impúdico. Y si la autocracia es algo es eso: un poder que no busca razones ni acata la ley.

Reforma
Ciudad de México
Jesús Silva Herzog Márquez
Lunes 18 de noviembre de 2019.


Jesús Silva Herzog Márquez

El siglo XXI ha sido para México una transición a la barbarie. El estrangulamiento de los espacios de convivencia, una renuncia a la comprensión del otro. Y la violencia en el centro. No cualquier violencia. Una violencia horrenda, brutal, casi inconcebible. La crueldad se ha convertido en un espectáculo, en un rito, en un mensaje. Aquí se escribe con cadáveres. Esa es la siniestra caligrafía de nuestro tiempo. Los avisos aparecen en huesos dispersos y en cenizas; en cuerpos colgados, en muertos sin cabeza, en las sombras de los desaparecidos, en las fosas escondidas. La violencia es más que un instrumento. No se trata simplemente de eliminar al otro, se trata de convertir un cuerpo triturado en símbolo de un reino. Más que un rudo medio para lograr un fin, la violencia mexicana de este tiempo impone su locura como lógica. Lo atroz no se subordina a la rentabilidad. Por eso no se avanza mucho si se piensa en la mecánica empresarial de los violentos que utilizan las armas para desarrollar un negocio. La violencia ha dejado de ser un medio para convertirse en la afirmación misma.

Vivimos en el país de la atrocidad cotidiana. Presente todo el tiempo, somos capaces de cerrar los ojos a ella y convertirla en ruido de fondo. Aquel tiroteo, ese hallazgo macabro, la "ejecución" de tal o cual personaje, pasa por nuestra cabeza y se aleja velozmente, como si creyéramos poder ahuyentar la presencia de la barbarie con alguna distracción. Pero, de repente, la atrocidad se hace más visible, más intimidante, más cercana o más escalofriante y no tenemos más remedio que mirarla de frente. En uno de esos asaltos de la barbarie, el poeta David Huerta describió a México como el país de los niños en llamas, el país de las mujeres martirizadas. El país de las fosas:

Mordemos la sombra

Y en la sombra

Aparecen los muertos

Como luces y frutos

Como vasos de sangre

Como piedras de abismo

Como ramas y frondas

De dulces vísceras

Los muertos tienen manos

Empapadas de angustia

Y gestos inclinados

En el sudario del viento

Los muertos llevan consigo

Un dolor insaciable

Esto es el país de las fosas

Señoras y señores

Este es el país de los aullidos

Este es el país de los niños en llamas

Este es el país de las mujeres martirizadas

Este es el país que ayer apenas existía

Y ahora no se sabe dónde quedó

El lamento se duele por la extinción de un país. La nación, si es el lugar de convivencia, ha de registrarse como una más de las víctimas de desaparición.

Imposible nombrar lo inconcebible. ¿Hay palabras para describir a quien acribilla niños? ¿Cómo nombrar el fuego sobre los más indefensos? En Dolerse. Textos desde un país herido, un ensayo crucial de nuestro tiempo, Cristina Rivera Garza recupera la noción del "horrorismo" que emplea la feminista italiana Adriana Cavarero para describir los extremos de la violencia contemporánea. El horror va más allá del miedo. No es advertencia que alerta sino estupor que engarrota. "Más que vulnerables -una condición que compartimos todos como parte de la condición humana- desarmados. Más que frágiles, inermes". Eso es lo que los mexicanos de este siglo hemos sido obligados a ver. Uno de los "espectáculos más escalofriantes del horrorismo contemporáneo". Un horror, advierte Rivera Garza, que nos recuerda las atrocidades de Armenia, Auschwitz o Kosovo. Tiene razón y no podemos dejar de preguntarnos si en este horror no se asoma nuestro holocausto.

Reforma
Jesús Silva Herzog Márquez
Ciudad de México
Lunes 11 de noviembre de 2019.

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