Gerardo Antonio Martínez


Con Terra Alta, su novela más reciente, el escritor español Javier Cercas rinde homenaje a Los miserables, de Víctor Hugo, rescata al comisario Javert, uno de los personajes más aborrecidos e idealistas de la literatura universal, y traza una nueva ruta en sus propias búsquedas narrativas


Luego de la publicación de nueve novelas, un escritor como Javier Cercas nunca está conforme con el camino recorrido. En 2019, luego de la aparición de El monarca de las sombras, novela que a su juicio se trató de la obra más personal y aquélla que siempre había querido escribir, se enfrentó al dilema entre estancamiento y reinvención.


Así surgió Terra Alta (Premio Planeta 2019), en la que aparecen rasgos de la novela policiaca española del último medio siglo: desde las historias nacidas en los barrios bajos, con ecos a Juan Madrid, a las historias de mayor proyección internacional, como las de Manuel Vázquez Montalbán. Pero quien mayor presencia tiene en esta nueva novela de Javier Cercas es Víctor Hugo y su comisario Javert, el personaje más antipático de Los miserables, quien a lo largo de toda esta historia de hombres y mujeres marginados, se convierte en la incansable sombra de Jean Valjean, modelo de la meritocracia pero también de la injusticia de las leyes en contra del individuo.


Es en el comisario Javert con el que más se identifica Melchor Marín, el protagonista de Terra Alta, un ex presidiario, hijo de una prostituta, quien luego de la lectura en prisión de Los miserables decide convertirse en agente de policía. Dice Cercas: “convierte al teórico malo de la novela –Javert, el policía frío, inflexible y justiciero que inflexiblemente persigue a Jean Valjean a lo largo del libro– en el bueno auténtico, y de ese modo Melchor descubre su vocación de policía”.


Comisionado temporalmente en la población de Terra Alta, en la zona rural de Tarragona, Melchor Marín recibe la orden de investigar, junto a todo el equipo de la policía de la localidad, el asesinato del dueño de Gráficas Adell, una empresa con fuertes inversiones en México y Argentina. Esta tarea que lo llevará a enfrentarse con su pasado en los bajos fondos catalanes, a la problemática relación con su madre, la vida de pareja con Olga, la bibliotecaria de la localidad, y a enfrentarse a una accidentada paternidad.
 

En esta entrevista, Cercas habla del significado de Terra Alta en cada una de las rutas narrativas emprendidas en cada una de sus novelas, comparte sus apreciaciones teóricas sobre este género y se da tiempo para lanzar dardos contra los “puritanismos de izquierda”.


En Terra Alta llama la atención el contraste de tesitura y estilo frente a otras obras suyas, como Soldados de Salamina, Anatomía de un instante y El monarca de las sombras. Aquí no hay claves, sino rutas. ¿Cuáles son las rutas que ha seguido Javier Cercas en cada una de ellas y en Terra Alta?

Son distintas pero complementarias. Terra Alta surge, de hecho, de una voluntad de renovación profunda, casi de una necesidad de reinventarme. La razón es que, cuando terminé de escribir mi libro anterior, El monarca de las sombras, comprendí que aquella novela era el fin de algo: ese era un libro que quería escribir desde que fui escritor (o desde antes), y además era como la otra cara de Soldados de Salamina; un libro sobre mi familia, más concretamente sobre quien durante años fue el héroe oficial de mi familia –un adolescente que partió a la guerra en el bando franquista y que murió en combate en la batalla del Ebro–, una novela en la cual yo tuve la impresión de que culminaba lo que había escrito al menos en los últimos años. Y, como El monarca de las sombras era el fin de algo, sentí que si seguía por el mismo camino corría el peor riesgo que puede correr un escritor, sobre todo a cierta edad y si las cosas le han ido razonablemente bien: el riesgo de repetirse, de convertirse en un imitador de sí mismo; si eso ocurre, un escritor puede seguir escribiendo y sus libros pueden seguir siendo apreciados por la crítica y los lectores, pero como escritor está muerto, porque ya no puede decir nada nuevo. Yo quise evitar por todos los medios esa muerte en vida, y el resultado es Terra Alta, un libro que quiere ser radicalmente distinto de todos los que he escrito hasta ahora y a la vez radicalmente fiel a ellos. Un libro, también, que inaugura para mí un nuevo territorio literario, que trataré de colonizar en los próximos libros. Veremos.


Parece que por fin se le hace justicia a Javert. ¿De dónde viene el interés por este personaje y qué significa en Melchor?

Los miserables representa muchísimo para Melchor. Él es exactamente lo contrario de un intelectual, es un tipo medio salvaje que ha tenido una vida dificilísima –ha nacido en el barrio más pobre de Barcelona, su madre es puta, no conoce a su padre, es un pésimo estudiante y un adolescente violento–; pero un día se pone a leer por casualidad ese viejo libro y encuentra en él lo mejor que un lector puede encontrar en un libro. De te fabula narratur, dice Horacio: la historia habla de ti. Eso es lo que Melchor siente al leer por vez primera Los miserables: que ese libro habla de él, que gracias a ese libro entiende quién es, que ese libro le devuelve su vida auténtica, su auténtico yo. Eso es lo que hacen con nosotros los libros fundamentales, los grandes libros que nos cambian la vida (a veces no son libros tan grandes, pero da lo mismo: lo esencial es el efecto que tienen en nosotros, el modo en que nosotros los leemos). Y Los miserables no sólo convierte para siempre a Melchor en un lector –en el mejor lector posible, diría yo: aquel que lee porque sabe que la literatura es una forma de vivir más, de una manera más rica, más intensa y más compleja–, sino que también le descubre su vocación. Y se la descubre leyendo Los miserables de una forma en que probablemente nadie lo ha leído. Quiero decir que, leyendo ese libro, Melchor intuye que la ley es la única arma de los pobres y los indefensos frente a los ricos y los poderosos y así convierte al teórico malo de la novela –Javert, el policía frío, inflexible y justiciero que inflexiblemente persigue a Jean Valjean a lo largo del libro– en el bueno auténtico, y de ese modo Melchor descubre su vocación de policía. Insisto: probablemente nadie ha leído así los miserables. Pero es lo que dice uno de los personajes de la novela, el bibliotecario de una cárcel, llamado El Francés: “La mitad de una novela la pone el autor; la otra mitad la pone el lector”. Es totalmente cierto: un libro es una partitura, y es el lector el que la interpreta; y cada lector la interpreta a su manera. Eso es parte fundamental de la magia de la literatura y eso es lo que hace Melchor con la novela de Hugo: interpretarla a su manera, poner en ella su otra mitad, convertir una novela ajena en una novela propia. Eso es lo que hace con las novelas que lee todo buen lector de novelas.


En la historia de Melchor y Olga se entrecruzan vida y literatura. Melchor es un personaje poco común, no sólo es un policía lector. Contrasta la naturaleza de estos personajes con la de aquellos que aparecen en sus libros anteriores: Javier Cercas en El monarca de las sombras, o los golpistas y los defensores de la naciente democracia española en Anatomía de un instante. ¿En dónde radica la cualidad poliédrica, usando un concepto suyo, de Melchor?

Yo intento siempre construir en mis novelas personajes poliédricos, complejos, tornasolados, contradictorios, sencillamente porque así somos los seres humanos. Creo que es lo que intenta cualquier escritor, o al menos lo que intentan los escritores que yo aprecio. Pero es verdad que Melchor es poliédrico de una forma particular. Se trata de un chaval lleno de furia justiciera, que puede ser violento y que lleva un montón de oscuridad dentro de sí mismo, pero que, al mismo tiempo, es limpio de corazón y valiente, y no hay que olvidar que el coraje es la principal virtud, porque es la que hace posible todas las demás, la que permite llevarlas a la práctica. También es un hombre marcado profundamente por unos orígenes dificilísimos que sin embargo, por un azar del todo inesperado, es capaz de sobreponerse a ellos, de encontrar una familia y un lugar en el mundo, aunque los encuentre de manera efímera. Pero no me haga mucho caso: Melchor es un personaje del que me he enamorado por completo, quizá precisamente por sus contradicciones (o porque, a pesar de haber salido de mí, es mucho mejor que yo). Ojalá a algún lector le ocurra lo mismo.


¿De qué manera la investigación que hay detrás de una novela se conjuga con el propio proceso creativo?

No me parece una buena idea sacralizar el proceso de documentación de una novela. Yo al menos no me documento más de lo necesario para dar verosimilitud a lo que escribo. A veces, por la naturaleza del tema, es necesario documentarse más, y otras menos. Pero una novela no es mejor porque esté mejor o peor documentada o porque requiera más o menos documentación. No creo que La metamorfosis (o, más bien, La transformación), de Kafka, requiriera ninguna documentación –como por lo demás las otras novelas de Kafka–, y sin embargo es una de las mejores narraciones que yo he leído. Lo esencial cuando se escribe una novela es crear mediante la ficción una verdad literaria lo más potente, compleja y persuasiva posible. Todo lo demás debería estar al servicio de eso. En el caso concreto de Terra Alta, es verdad que tuve que viajar por territorios que desconocía, como la comarca de la Terra Alta, un lugar apartado, remoto y solitario, casi bucólico, del sur de Cataluña, que contrasta constantemente con el otro escenario de la novela: una Barcelona violenta, nocturna y prostibularia–; también es verdad que tuve que hablar con policías y que documentarme muy bien sobre los procedimientos policiales, que desconocía casi por completo. Ambas cosas, y otras, eran esenciales para dar verosimilitud a la historia, para mentir con conocimiento de causa –como diría Vargas Llosa–; pero no son lo esencial: lo esencial es lo que he hecho con eso, no eso.

 
Terra Alta no es ajena a la relación que ha explotado usted entre literatura y memoria. ¿Dónde termina el recuerdo y comienza la invención?


No hay literatura sin memoria, claro, pero es que sin memoria casi no hay nada: los seres humanos estamos hechos de memoria; sin memoria ni siquiera podríamos hablar. Ahora recuerdo que el Roberto Bolaño de Soldados de Salamina dice algo así como que la literatura se fabrica combinando recuerdos; eso no lo dijo nunca el Bolaño real, por supuesto, pero creo que es verdad: a esa combinación suele llamársela invención. Lo cual significa que la ficción pura no existe (y si existiera no tendría el más mínimo interés, suponiendo que fuese inteligible): la ficción pura no es más que un invento de quienes no saben lo que es la ficción. La ficción siempre parte de la realidad, que es su carburante; es, por decirlo de otro modo, una transfiguración verbal que convierte una realidad particular en universal, en algo que nos atañe a todos. De ahí su interés.

 
Soldados de Salamina y El monarca de las sombras poseen un fuerte elemento de autoficción. Parece haber un auge de este elemento narrativo en la literatura en español, por mencionar la más inmediata y que nos corresponde culturalmente. ¿Prevé un desgaste?


Claro, quizá por eso yo he dejado de practicarla en Terra Alta y me he ido al otro extremo: al extremo de eso que suele llamarse ficción pura y que, como acabo de explicar, en rigor no existe. Hace veinte años, cuando se publicó Soldados de Salamina, la palabra autoficción no circulaba, ni en español ni en ninguna otra lengua (era un hallazgo aislado de un académico, que además la usaba en un sentido bastante distinto al actual), y me parece evidente que esa fue una de las novedades o sorpresas de aquel libro. Pero de un tiempo a esta parte la autoficción se ha puesto tan de moda que casi todo el mundo escribe autoficción y que casi cualquier cosa se considera autoficción. En fin: yo de momento se la dejo a mis contemporáneos.

 
La literatura policiaca tiene desde hace tiempo una nueva valoración entre los lectores más exigentes y, por llamarlos de algún modo, cosmopolitas. Más allá del mérito del policiaco como fenómeno editorial, ¿tienen las novelas policiacas el alcance de otros estilos novelescos?

La respuesta es sencilla: no existen géneros mayores o menores, mejores o peores; existen formas mejores o peores, mayores o menores, de usar los géneros. Esto es algo tan evidente que casi da vergüenza escribirlo, pero, sobre todo en nuestra lengua, hay gente que parece no haberse enterado, en particular los críticos. La comedia tiene a Shakespeare, pero también tiene a un montón de escritorzuelos. Con la narrativa policíaca pasa lo mismo: cuando, a su manera cada uno, se acogen a ella los buenos escritores –Poe o Borges o Chandler o Sciascia o Winslow o tantos otros– es buena o buenísima, y cuando la usan los malos es mala o malísima. Por lo demás, debo decir que todas mis novelas en particular y las novelas que más me gustan en general –de Cervantes a Melville o Kafka– pueden leerse como novelas policiales, en la medida en que en ellas hay un enigma y alguien –y con ese alguien el propio lector– que intenta descifrar ese enigma: en eso consiste el esquema básico del género policial. Esto intenté argumentarlo en un librito llamado El punto ciego, donde reuní unas conferencias pronunciadas hace unos años en Oxford.
 

A inicios de julio se hizo pública una carta en la que más de 150 artistas e intelectuales señalaron el cada vez más influyente espíritu de censura progresista. Usted lo llamó “puritanismos de izquierda”. ¿Los extremos se tocan? ¿Nos recuerda algo la polarización que precedió y dominó la Guerra civil en España? ¿Qué podemos esperar?


Yo espero una izquierda no puritana, porque el puritanismo es una forma de hipocresía y de fanatismo, y yo detesto ambas cosas, que además pueden acabar con la izquierda: al fin y al cabo, una buena causa bien defendida es una buena causa, pero una buena causa mal defendida corre el riesgo de convertirse en una mala causa. No sé si peco de ingenuidad, pero eso es lo que espero. En cuanto a la polarización que precedió a la guerra civil –no digamos la que la que la dominó–, yo no la veo ahora mismo en España. Y quien la ve no sabe lo que fue la guerra civil.

El Universal
Gerardo Antonio Martínez
Confabulario/Ciudad de México
Viernes 23 de octubre de 2020.



El escritor español Javier Cercas confiesa que se quedó enamorado del joven policía y lector voraz Melchor Marín, el protagonista de 'Terra Alta'


Guadalajara.- El escritor español Javier Cercas (1962) confiesa que se quedó enamorado del joven policía y lector voraz Melchor Marín, el protagonista de “Terra Alta”, su novela más reciente; porque, “con todo su dolor, sus contradicciones, su violencia, su furia, es un tipo limpio de corazón”.

Quien obtuvo con este título el Premio Planeta de Novela 2019 comenta en entrevista, durante su reciente visita a México, que nunca le había pasado esto.

Cuando acabo los libros me propongo olvidarlos para empezar otros, pero con este no hay manera. Me interesa mucho el mundo de Melchor. He descubierto cosas de mí que no sabía que tenía. Hay algo profundamente honesto en él. Tiene coraje”.

Explica que este personaje está superficialmente alejado de él, de su biografía.

Yo no he tenido una infancia y una adolescencia tan difícil como las suyas, no soy policía. Y, sin embargo, sale de mí. A través de él puedo decir cosas que no me atrevo a decir de mí mismo. ¿De dónde sale su furia, su feroz deseo de justicia, hasta su deseo de venganza? De mí. Por eso me quedé con ganas de saber qué le pasa a este hombre en la vida”.

El autor de diez novelas cuenta que con ésta quiso reinventarse.

Necesitaba cambiar. Cuando terminé mi libro anterior, 'El monarca de las sombras', sentí que corría el riesgo de repetirme. Ya llevaba, desde 'Soldados de Salamina' (2001), explorando la autoficción, la novela sin ficción, las mezclas de géneros; y sentí que podía convertirme en un imitador de mí mismo, que es el destino más triste, la muerte de un escritor. Yo podría seguir engañando a la gente porque domino un oficio, pero no a mí mismo”.

Por esta razón, agrega, apostó por la ficción pura e incluyó algunos cánones del género policial.

Eso me dio una libertad enorme. Mis novelas siempre han tenido un enigma y alguien que quiere solucionarlo, pero aquí sí hay un policía y un crimen. Esto para meter cosas secretas, íntimas, escondidas. Esta novela sale de las tripas, de donde deben salir. Y, a través de la elipsis de la ficción, me atrevo a decir muchas cosas. Como si yo mismo me asustase de lo que he dicho. En la literatura puedes narrar cosas terribles, que en la vida normal no puedes, por eso es útil”, añade.

El también ensayista destaca que “las historias siempre salen de lo más inesperado, de anécdotas, de preguntas que te haces, de cosas que no entiendes. Digamos que las ficciones siempre son un “y si...”, preguntas hipotéticas. Lo que me pregunté en este caso, por una serie de azares, fue ¿qué pasaría si ocurre algo terrible en un lugar donde nunca sucede nada? Y le ocurre a un tipo especial, a un citadino que ni siquiera es capaz de dormir por el silencio del campo, que encuentra ahí una especie de patria, una mujer con una hija”.

Cercas confecciona así su primera obra en primera persona. Un crimen terrible sacude la apacible comarca de la Terra Alta: los propietarios de su mayor empresa, Gráficas Adell, aparecen asesinados tras haber sido sometidos a atroces torturas. Se encarga del caso Melchor Marín.

La novela se convierte en una lúcida reflexión sobre el valor de la ley, la posibilidad de la justicia y la legitimidad de la venganza; pero, sobre todo, en la epopeya de un hombre en busca de su lugar en el mundo”, detalla.

El autor de “Anatomía de un instante” y “El impostor” asegura que “Terra Alta” es una historia de amor total, en la que el odio desempeña un papel fundamental.

Para Melchor, el odio es un sentimiento respetable porque él lo siente. Pero para su mujer es un vaso de veneno que te tomas creyendo que matarás al que odias. El odio hace daño, en primer lugar, al que odia”.

Tras hurgar en sentimientos como el amor, el odio y la venganza, Cercas está convencido de que “los novelistas formulamos preguntas complejas de la manera más compleja posible. Pero tenemos prohibido contestarlas o, al menos, responderlas de una manera clara y nítida. Si puedes hacer eso no escribes una novela, sino un ensayo o un artículo.

Nuestras respuestas siempre son ambiguas, complejas, paradójicas, tornasoladas; en el fondo, la respuesta a la pregunta es la propia búsqueda de una respuesta. Nosotros le complicamos la vida a la gente para intentar demostrar que la realidad es más compleja de lo que parece”, apunta.

Aclara que no se propuso escribir una novela policiaca, sino la mejor novela posible.

Me he interesado en el género desde siempre. No existen géneros mayores o menores, sino formas de ejercerlos. Como había un crimen y un policía tuve que empaparme de procedimientos policiales. La novela no se puede escribir sin conocer bien cómo funciona este tipo de investigación. Fui a ver a los policías, me prepararon una reunión y leyeron el manuscrito. Para mí era fundamental que fuera verosímil”.

El narrador concluye que la literatura es esencial en el libro.

Melchor es un lector ideal porque tiene una relación directa e ingenua con el texto, no está mediado por otras cosas; para él los libros son la vida, se la cambian”.

Excélsior
Virginia Bautista
Guadalajara, México
Jueves 12 de diciembre de 2019.


El escritor presenta la novela ganadora del Planeta, Terra Alta, protagonizada por un mosso d'esquadra que debe resolver un brutal crimen en un marco que abarca desde los atentados de Barcelona hasta el 1-O de 2017

"En Catalunya vivimos una inundación de mentiras superior a la del Brexit. Cuando regresé a escribir este libro, era una persona distinta"


Javier Cercas (Cáceres, 1962) ha afilado su pluma hacia cierto núcleo del independentismo y el procés desde 2012, cuando la herida en Catalunya reventó por unos puntos de sutura mal cosidos. Sus columnas de opinión han sido compartidas por partidos que abogan por la unidad de España y él no es conocido por ser un escritor que evada la política.

Sin embargo, el último premio Planeta contiene la respiración cuando se le pide que hable a viva voz del tema que tantas veces resuena en sus escritos, incluyendo en su última novela, Terra Alta. Protagonizada por Melchor Marín, un Mosso d'Esquadra destinado en una comisaría rural tras haber abatido a cuatro yihadistas en Cambrils, el libro aborda de perfil el 1-O, la crisis catalana y el respeto por la ley.

No es una novela ideológica, aunque se fraguase en un octubre traumático para su autor. Terra Alta es thriller, es western y es drama. Pero nace de un puño duro y de una mente posicionada ante un conflicto donde todo el mundo clama equidistancia. Fuera de la cubierta del Planeta, Javier Cercas cede a medias y habla sobre el procés.

Empezando por el título, ¿qué particularidades encontró en Terra Alta para convertirlo en el escenario de este thriller?

Terra Alta es un lugar apartado y bastante desconocido incluso para los catalanes. Para mí, totalmente desconocido. Cuando llegué allí para documentarme para El monarca de las sombras me quedé deslumbrado. Es un sitio abandonado, relegado y árido de la Catalunya pobre, que yo le digo.

Yo encontré en Terra Alta una especie de patria, pero en el sentido cervantino de la palabra, no el moderno, político, tóxico y venenoso de ahora. Para Cervantes era un lugar pequeñito, donde tú tienes gente que te quiere y a la que tú quieres. La patria, como diría Voltaire, es allí donde me siento libre. El caso es que un día me forzaron el coche y fui a su comisaría, donde me atendió un mosso que me dijo: "Qué raro, si aquí nunca pasa nada". Eso se convirtió enseguida en un leit motiv del libro.

Otro escenario, aunque secundario, es el del procés catalán. ¿Por qué decidió incluirlo?

Yo tenía la idea en la cabeza desde el encuentro en la comisaría de Terra Alta. Me pregunté qué pasaría en un sitio donde nunca pasa nada y además le pasa a un tipo, un urbanita, que ha encontrado allí su patria en el sentido de Cervantes. Dejé la idea flotando y en ese momento estalló el otoño catalán de 2017. Durante este periodo yo dejé de trabajar, lo dejé todo, no escribí nada por primera vez en toda mi vida.

Durante esos tres meses me dediqué a contestar a periodistas de fuera y a escribir en prensa extranjera sobre lo que estaba ocurriendo aquí en Catalunya, donde vivíamos una verdadera tormenta de mentiras. Una inundación de mentiras superior a la del Brexit. Me dediqué a angustiarme, básicamente. Cuando pasaron esos tres meses y regresé al libro, era una persona distinta. Lo que vivimos entonces nunca lo había experimentado y no volveré a experimentarlo.

¿Cómo le transformó?

Hubo miedo, desconcierto, rabia e incredulidad. Josep Fontana, el patriarca de los historiadores catalanes y hombre abiertamente independentista, habló de un clima prebélico. Creía que nunca vería Catalunya, una de las sociedades más privilegiadas del mundo, partida a la mitad y sumida en una atmósfera peligrosísima. Me cambió como persona y como escritor, porque los escritores no vivimos fuera del mundo. Yo nunca había vivido la Historia con mayúsculas, y aquello lo fue.

Son conocidas de sobra sus opiniones sobre el procés. ¿Teme que incluirlo como telón de fondo puedan afectar a la percepción de la novela?

Yo, como persona soy una cosa y como novelista soy otra opuesta. Como ciudadano, en situaciones extremas, no tengo más remedio que tomar partido. Por ponerte un ejemplo, en 1936 yo hubiese dicho no al golpe y sí a la República. Punto y aparte. Cuando una sociedad democrática se rompe no se puede ser equidistante.

Usted no vivía en 1936, pero el octubre catalán ocurrió hace dos años.

Está bien. Dicho de otra manera: en octubre del 2017 no se podía ser equidistante. Ahora no se puede ser equidistante. Es inmoral ser equidistante cuando hay unos señores que no respetan la legalidad democrática. Eso como persona. Como escritor, es una obligación ser equidistante.

No tenemos ni idea de qué ideología tenía Shakespeare y por eso es útil la literatura, porque no opera como la vida y no pretende serlo. En cuanto se lo propone, deja de ser literatura y se convierte en propaganda o en pedagogía. Es una paradoja fundamental. Los novelistas tenemos prohibido resolver las preguntas que nosotros mismos planteamos de forma taxativa.

¿Cómo logra, siendo una persona abiertamente política, aparentar ser equidistante con un conflicto tan reciente y que le afecta a nivel personal?

Si alguien leyese Terra Alta sin saber que soy yo y adivinase mi pensamiento sobre la crisis catalana, sería una mala novela. Lo que pasa es que los escritores somos recicladores de basura. Es decir, lo bueno no sirve para nada. La felicidad es muda. Nosotros trabajamos con el conflicto. Somos alquimistas que transformamos el hierro en oro, y para eso el mejor material es la división y la discordia.

En el fondo, tendré que agradecer que haya ocurrido esto. Porque yo necesitaba reinventarme como escritor y la Historia vino en mi ayuda. Me refiero a octubre de 2017, que fue el momento crucial. Lo que estamos viviendo ahora no se parece a eso. Aquello era mucho más peligroso. Muchísimo.

Es una idea que repite mucho, pero las imágenes actuales infieren lo contrario. ¿No ha terminado de encender los ánimos la sentencia del procés?

Os equivocáis. Lo de ahora es muy espectacular, hay fuego y hay cortes de carreteras. Os equivocáis por motivos que podría explicar, pero no es el caso. Sigamos con lo nuestro.

¿Eso cree? Al fin y al cabo, seguimos hablando de su novela.

Es muy sencillo. Los dos meses cruciales empezaron con el 6 y el 7 de septiembre, cuando se rompe la legalidad, se deroga el Estatuto de Catalunya, se viola la Constitución, la ley internacional y quedamos a merced de unos tipos que no se sabe a quién obedecen ni qué pueden hacer. Siguieron con el día 27 en el que se declara la independencia y se aplica el artículo 155. E, instantáneamente, el clima fue otro.

Inspirador para usted, por lo que ha dicho.

Cuando me puse a escribir este libro, yo estaba feliz. Fuera seguían pasando cosas, claro, seguía la crisis y no se sabe cuánto va a tardar en arreglarse. Romper una sociedad es muy fácil, pero volver a unirla es muy complicado. Porque, cuidado, cuando la Historia llega con mayúsculas no se queda fuera ni en los titulares de los periódicos. Se te mete en casa.

Pero yo estaba metido en mi búnker, pensando y escribiendo esta novela. Me parecía que no tenía nada que ver con la realidad hasta que salí y la volví a leer. Entonces me di cuenta de que el libro trata de eso, aunque de manera elíptica y oblicua. De esa misma forma afectó la Primera Guerra Mundial a La metamorfosis de Kafka.

Así que Terra Alta es un reflejo de la experiencia que vivimos en los dos meses de otoño de 2017. La prueba es que surgen temas que nunca había tratado en mis novelas como el valor de la ley, la posibilidad de la justicia o la legitimidad de la venganza.

La mayoría de los agradecimientos están dirigidos a agentes de los Mossos. ¿Buscaba generar empatía hacia un cuerpo que ha sido continuamente denostado por la derecha política y mediática?

Mi trabajo es escribir lo mejor posible. Establecí mucha relación con ellos porque quería escribir una buena novela. El primer día me dijeron que no querían saber nada de libros ni de películas policíacas porque son inverosímiles. Les prometí que esta se la iban a creer. Lo han pasado muy mal, pero ahora mucho menos mal que en 2017.

Volvemos a la paradoja. En 2017 no sabían con quién estaban: si del lado de la legalidad democrática o del lado de un Govern que se la estaba saltando. Cuando llegan a la academia, a esta gente lo primero que les dicen es que ellos están para obedecer las leyes de los jueces. Es decir, para hacer cumplir la ley. Que deben obligar a aquellos que no aceptan las reglas a aceptarlas y proteger a los demás de los que violan las reglas de convivencia. Punto.

Uno de los personajes habla de "españolazos" pero también dice que, ante las órdenes judiciales del 1-O, había que meterse "el independentismo por el culo". ¿Qué pasa con los que están siendo investigados supuestamente por lo contrario?

Olvídate, olvídate. Esta gente son profesionales como tú y como yo. La inmensa mayoría son así. En la policía catalana, como en cualquier otra policía, la gente tiene sus ideales. Lo que pasa es que les sometieron a un estrés tremendo. Ahora es otra cosa. Son los restos, pero es mucho menos preocupante.

Hacen su trabajo en las barricadas según sus protocolos y lo hacen mejor o peor. Pero eso ya forma parte de su trabajo normal. Hay gente que se pasa y gente que lo hace bien. Pero lo que vivieron entonces fue una situación muy complicada. Y luego, además, han sido vapuleados por arriba por abajo. Pero aquel momento de tensión fue tremendo.

"Es un hombre que hace el bien a tiros". Una frase de Los Miserables que el protagonista repite y que se usa para justificar cierta brutalidad policial. ¿Cree en las excepciones?

Esa frase la dice Melchor una vez ha matado a los cuatro yihadistas. ¿Es correcto lo que ha hecho Melchor? No lo sé. No me pidas que diga algo que la novela no dice con claridad. Porque las novelas, repito, trabajan con la ambigüedad, la contradicción y las verdades poliédricas. Eso me lo puedes preguntar como ciudadano. Pero te puedo asegurar que Melchor no se siente un héroe.

Pues hablemos de la violencia que sí ha abordado como columnista de opinión. En la última critica a los intelectuales que dicen que "un poco" de violencia es inevitable. ¿Se han frivolizado los altercados desde el status quo?

Eso es lo que intenté explicar en el artículo. Pero, una cosa es el artículo y otra cosa es el señor que escribe novelas. Son completamente distintas y a veces opuestas. Yo soy un ciudadano, una persona normal y corriente, que paga sus impuestos, que vive en su taller y que tiene sus ideas acerca de todo, como todo el mundo. Además, tengo el privilegio de poder escribir una columna en un periódico leído por la gente. Y ahí hablo como ciudadano. ¿Comprendes?

Mi verdadero yo no está en mis artículos, es un señor que a veces da la impresión de que es un farsante. El verdadero yo es el que está en las novelas. Lo dijo Proust hace muchos años y está dicho para siempre.

Las entrevistas son poliédricas. No se puede tener en cuenta una sola cara de las que quiere mostrar el entrevistado. ¿No sería vaga plantearla solo desde el Javier Cercas de Terra Alta?

Sí, sí, lo entiendo. Y así haces muy bien tu trabajo. Hace un tiempo un lector me dijo en un congreso de EEUU: "Tú, cuando escribes un libro, escribes una bomba, y cuando hablas del libro, intentas suavizarlo diciendo que no ha sido para tanto". [Ríe] La literatura es así. Por eso es dinamita pura. Idealmente, los escritores deberíamos desaparecer del mapa y dejar a nuestros libros que viviesen su vida.

Es la ventaja y el inconveniente de ganar el premio Planeta, supongo. Gracias, y enhorabuena por la novela.

¿Te ha gustado? ¡Eso lo tenías que haber dicho al principio! [Ríe]

El País
Mónica Zas Marcos
Madrid, España / México
Viernes 29 de noviembre de 2019.

Javier Cercas

NO HAY DUDA: el miedo es el peor enemigo del hombre, porque es imposible ser feliz con miedo. Y tampoco hay duda de que nada resulta tan eficaz como el miedo para crear obediencia, y de ahí que el miedo sea el instrumento de dominio favorito de los tiranos. Ambas cosas explican que, cada vez que llegan unas elecciones, todo el mundo abomine del llamado voto del miedo, al parecer un voto cobarde que sólo provoca desgracias, y que todo el mundo reclame el voto para los llamados proyectos ilusionantes, al parecer un voto valiente que sólo provoca bendiciones. ¿Tiene todo esto sentido? ¿Es el llamado voto del miedo un voto exclusivamente abominable, y el de los llamados proyectos ilusionantes, un voto exclusivamente deseable? ¿No hay nada bueno en algo tan malo como el miedo?

La valentía no consiste en no tener miedo: consiste en ser capaz de dominarlo y transformarlo en carburante

Me temo que sí. De entrada hay que decir que a veces el miedo es un sentimiento por completo razonable; también que una cosa es la valentía y otra la temeridad. No tener miedo a los radicales islamistas, por ejemplo, no es valentía, sino temeridad, porque esa gente ha demostrado ser muy peligrosa (y gritar en las manifestaciones que no les tenemos miedo es una forma inversa y un poco ridícula de decirles que les tenemos mucho miedo); frente a los radicales islamistas, como frente a cualquier otra amenaza real, la valentía no consiste en no tener miedo: consiste en ser capaz de dominarlo y transformarlo en carburante para combatirlos. En política las cosas no son distintas. Era absolutamente razonable temer a Adolf Hitler, y si el voto del miedo a ese oligofrénico hubiera triunfado en las elecciones alemanas de 1932, a los alemanes todo les hubiera ido muchísimo mejor, y a los demás también. He ahí un ejemplo flagrante de las bondades del voto del miedo; hay muchos otros, y más próximos. Si en noviembre del año pasado hubiera vencido en las elecciones norteamericanas el voto del miedo a Trump, todos estaríamos mucho más tranquilos y el mundo sería ahora mismo un lugar mucho más seguro y más grato, porque no estaría gobernado por un narcisista analfabeto, xenófobo e incontrolable; si en junio del mismo año los británicos hubieran tenido el miedo que era razonable tener ante la hipotética salida de su país de la Unión Europea y hubiesen votado contra ella en el referéndum, Reino Unido no hubiera cometido un error descomunal ni hubiera sumido a Europa en una crisis histórica; y si los independentistas catalanes no hubieran ganado las últimas elecciones catalanas, Cataluña no estaría partida por la mitad y los catalanes no hubiéramos sido colocados, gracias a la complicidad activa de Ada Colau y Pablo Iglesias, al borde del enfrentamiento civil y la ruina económica. Y debería dar que pensar el hecho de que, en todos los ejemplos que acabo de poner, el llamado voto del miedo fue derrotado por llamados proyectos ilusionantes que provocaron fervores colectivos extraordinarios: un Reich que iba a durar mil años, una América grande de nuevo, un Reino Unido y una Cataluña dueños de nuevo de su destino. Claro que estos programas tan ilusionantes se amasaron con grandes mentiras, pero nada provoca mayores entusiasmos colectivos que la mentira, ni catástrofes mayores. La verdad, en cambio, suele ser aburrida, igual que la razón, pero los resultados que provoca en política son casi siempre mucho mejores. ¿Hay algo más razonable y aburrido que la socialdemocracia? Y sin embargo ha sido la aplicación continuada de programas socialdemócratas, sin sobresaltos ni fervores colectivos ni proyectos ilusionantes, lo que dio lugar al llamado “modelo nórdico”, que ha creado a su vez en los países escandinavos las sociedades más justas, prósperas y libres del mundo.

Eso no da miedo, pero sí lo dan Trump, y el Brexit, y los independentistas catalanes y sus maquiavélicos compañeros de viaje. Y el problema no es que la gente les tenga miedo, sino que, llevada por el entusiasmo y el fervor y los proyectos ilusionantes —no por la verdad y la razón—, les pierda el miedo y acabe votándoles. Ha ocurrido muchas veces, y sin duda volverá a ocurrir. En nuestras manos está que el próximo jueves no ocurra de nuevo en Cataluña.

El País
Javier Cercas
Palos de ciego
Madrid, España
Domingo 17 / 12 / 2017.


En su más reciente novela, el escritor español logró reconciliarse con su tío abuelo, un joven que se alistó en el ejército de Franco


Javier Cercas (Cáceres, 1962) logró ajustar cuentas con su pasado para reconciliarse con la memoria de su tío abuelo Manuel Mena, un joven de 17 años que al estallar la Guerra Civil Española se alistó en el ejército de Francisco Franco y participó en los combates más duros de la guerra, hasta perder la vida en la Batalla del Ebro, en 1938, quedando en el lado equivocado de la historia, reconoce el autor que se encuentra en México.

Ese ajuste llega con El monarca de las sombras, su novela más reciente, íntima e incómoda, donde recrea los pasos de Mena a base de una prosa hipnótica, afantasmada e hiperreal, en la que el autor plantea un diálogo entre ficción e historia, entre lo ético y lo moral, el mito y la realidad, el bien y el mal, para construir un puente entre memoria e historia que le permite mostrar cómo muchas personas eligen un lado equivocado… pero eso no las define en las peores personas.

Obviamente Manuel Mena fue engañado y enviado a la guerra como muchos otros niños”, ataja el autor, “porque las guerras las hacen los niños haciéndoles creer que son maravillosas y que solucionan los problemas, y les decimos que en éstas uno da lo mejor de sí mismo para defender la familia y nuestra patria… ¡Mentiras!”, afirma en entrevista el también autor de El vientre de la ballena y Anatomía de un instante.

Dulce et decorum est pro patria mori (Es dulce y honorable morir por la patria), dice el epígrafe de El monarca de las sombras. “Y en esa frase despiertan las mentiras con las que los adultos engañamos a los niños y los enviamos al matadero. Obviamente ese chaval fue víctima de eso y de una ideología tóxica llamada fascismo que prometía la gloria y terminó por crear un infierno”, abunda.

Pero en el fondo de esta narración belicosamente antibelicista, dice, hay un planteamiento y una pregunta esencial desde la épica, una pregunta sin respuesta que resuena en voz alta: ¿Merece la pena jugarse la vida a costa de valores en que uno cree?

Después aclara: “Pero lo que intenté con este libro es entender, no justificar. Ese chico se equivocó. ¡Mi familia se equivocó! Y entender eso es darme los instrumentos para no cometer los mismos errores. Porque para mí, la literatura es útil y sirve de mucho, siempre y cuando no intente ser pedagógica o propagandística”.

Y añade: En este viaje “entendí algunas cosas, pero todas son incómodas; las verdades de la literatura no son tranquilizadoras, sino desasosegantes, y entendí que se puede tener la razón política y no la razón moral, o se puede tener la razón moral… y no la razón política”.

El propio autor desglosa la idea: “Hoy sabemos que los republicanos españoles tenían la razón política, porque defendieron un sistema democrático frente a una agresión y un golpe que buscó una dictadura. Los republicanos tenían la razón política, mientras que Manuel Mena y mi familia… no la tuvieron. Se equivocaron y eso fue un error grave”.

Pero esto no significa que todos los republicanos fueran buenísimas personas. “Digamos que quienes asesinaban curas y monjas, a sangre fría, tenían una razón política, porque defendían una causa justa, pero no tenían la razón moral. Y a la inversa: hubo franquistas que se rebelaron contra un régimen democrático, quienes se equivocaron gravemente, pero lo hicieron creyendo que era lo mejor. Yo no podría decir que este chaval fuera peor persona que yo: él no tenía la razón política, pero no tengo ninguna razón para pensar que no tuvo la razón moral. Esto siempre ocurre así y por eso los infiernos se construyen con los mejores sentimientos”.

HERENCIA VIOLENTA
 
Para Javier Cercas, esta novela fue muy difícil y le llevó toda su vida literaria. “Desde siempre he tenido la figura de este personaje en la cabeza, porque mi madre —la verdadera protagonista de esta novela— me la heredó con un enigma en su interior: el símbolo de la adhesión familiar con una causa injusta: el franquismo”.

¿Yace en esta novela una parte de violencia y catarsis?, se le cuestiona al autor. “Digamos que esta historia también es símbolo de mi herencia más violenta. En el fondo esta novela habla de la herencia violenta con que todos cargamos”.

¿Por qué tardó tanto en escribirla? “Son muchos motivos. Uno es que no sabía cómo convertir esta historia tan personal e íntima, en universal. Porque eso hace la literatura ¿no? Aunque hablemos de un pequeño pueblecito donde todos están muertos, como en Comala, ahí estamos todos. Rulfo no habla de México, sino del mundo.

Además, había otro problema: la obligación de abordar el pasado más duro de mi familia, es decir, averiguar qué hizo mi familia durante la Guerra Civil, y asumir mi herencia de violencia, que es la más difícil, porque todos intentamos esquivarla”.

¿Por qué decidió dos narradores contrapuestos que tiraran de la historia? “Es verdad. Por un lado, hay un narrador con rostro de historiador, que es quien va al pasado y, con la mayor frialdad y distancia posible, lo reconstruye; es quien consulta documentos, me corrige y habla de mí en tercera persona. Mientras que en el otro lado hay un narrador llamado Javier Cercas —que soy yo o se parece a mí—, quien reconstruye el proceso (de escritura), como una especie de making off”.

Y añade: “Hace poco leí en una carta de Italo Calvino donde afirma que hay libros donde contar el proceso de hacer la novela es una obligación moral. ¡En ésta lo era! A lo mejor en todos los libros ésa es una obligación moral y estética”

¿Hay una lucha entre memoria e historia en El monarca de las sombras? “Más bien es un diálogo entre memoria e historia, ambas son complementarias y no enemigas. Considero que pueden y deben trabajar juntas con un fin: reconstruir la verdad de lo que pasó. En el fondo la novela es una batalla por rescatar un pasado irrecuperable; el pasado es un pozo oscuro en el que vemos destellos aquí y allá”.

¿Coincide en que las novelas son sueños o pesadillas que nunca terminan? “Es verdad y no acaban porque tiene prolongaciones inesperadas. Porque las novelas no sólo las escribimos los autores, sino también los lectores”.

Excélsior
Juan Carlos Talavera
Ciudad de México
Martes 23 de mayo de 2017.

El comunicado fue hecho en el acto inaugural de la decimosexta edición del encuentro literario Correntes D'Escritas

El escritor español Javier Cercas fue galardonado hoy con el premio Casino de Póvoa, la máxima distinción del certamen de literatura portugués Correntes d'Escritas, por su novela “Las leyes de la frontera”.

El comunicado fue hecho en el acto inaugural de la decimosexta edición del encuentro literario, que distingue cada año una obra lírica escrita en español o portugués, y se celebra en la localidad de Póvoa de Varzim, emplazada al norte de Portugal.

Entre los autores que han sido ganadores del premio, se encuentran Carlos Ruiz Zafón y Rubem Fonseca.

Cercas ha escrito 8 novelas desde 1987 (El móvil) hasta 2014 (El impostor), y tiene tres antologías de relatos, además de 7 traducciones de libros y un sinnúmero de colaboraciones para el periódico El País.

EFE
Lisboa, Portugal
Miércoles 24 de febrero de 2016.

El escritor ha obtenido el XV Premio ABC Joaquín Romero Murube por su artículo «El triunfo de la gracia»

Madrid.- Javier Cercas (Ibahernando, 1962) no es periodista. Lo advierte, prudente, al otro lado del hilo telefónico desde Varsovia. Allí ha recibido la noticia de que ha sido galardonado con el XV Premio ABC Joaquín Romero Murube por «El triunfo de la gracia», artículo que el autor de «Soldados de Salamina» publicó en «El País Semanal» el 21 de diciembre de 2014. La prudencia con la que se pronuncia sobre el estado de la cuestión periodística, profesión que ha decidido premiarle, está emparentada con la modestia con la que recibe los halagos del jurado del galardón, compuesto por Anabel Morillo León, Francisco Robles, Juan Miguel Vega, Antonio Burgos y Andrés Amorós, y que le premió por mayoría.

«Estoy totalmente de acuerdo conmigo mismo», bromea Cercas al recordar el contenido del artículo, una hermosa alabanza hacia Sevilla, sus gentes, su gracia y, en definitiva, su saber vivir. «Escribir es escribir contra el cliché, contra los lugares comunes. Pero es verdad que, también, los lugares comunes y los clichés revelan cosas. La idea del artículo era averiguar qué había de verdad en el cliché de la Sevilla con gracia, en el sentido del humor y también en el sentido más profundo».

Como advertía en el artículo, para Cercas «el gracioso profesional no tiene ninguna gracia, es un desgraciado». Es más, tras visitar la capital hispalense y, sobre todo, disfrutarla, el escritor llegó a la conclusión de que «en el cliché hay una parte fundamental de verdad: en un país en el que estamos de bronca permanentemente y en el que tiene un prestigio extraordinario la mala leche, la seriedad, el hecho de que uno tenga la impresión, probablemente falsa, de que en Sevilla la gente disfruta haciendo reír a los demás me parece una bendición absoluta».

Porque, como Cercas experimentó en Sevilla tras la advertencia de Fernando Iwasaki («Es una ciudad risueña», le dijo), «la risa es el antídoto total contra el fanatismo, contra la desgracia y contra todas las cosas feas de este mundo». Esa risa, esa gracia, ese triunfo de la carcajada frente al ceño fruncido y desconfiado «forma parte de la idiosincrasia» de Sevilla, y eso es «fantástico» y Cercas lo envidia «a morir».
El flamenco y Paco de Lucía

Lejos de rehuir ciertos lugares comunes, mientras el autor de «El impostor» recorría las calles sevillanas, deslumbrado por la Giralda, «monumental, insensata y deslumbrante», la plaza de toros de la Maestranza o el Hospital de la Caridad, tuvo la oportunidad de acercarse, de la mano de Alberto García Reyes, al flamenco y, sobre todo, a Paco de Lucía. Javier Cercas considera que el guitarrista es «uno de los genios reales que ha dado nuestro país en los últimos 30 o 40 años: me conmueve muchísimo su perfeccionismo enfermizo, estaba peleándose cada día consigo mismo para ser mejor».

Esa pelea también se libra, cada día, en el periodismo. «Yo llegué al periodismo muy tarde y para mí es un deslumbramiento, un gran descubrimiento, y he intentado aprovecharme de cosas del periodismo en los libros que he escrito», confiesa Cercas. Eso sí, el autor se muestra sorprendido ante ciertas actitudes, un tanto victimistas y muy catastrofistas, que detecta en la profesión: «No he visto a nadie más pesimista sobre el periodismo que los propios periodistas. No entiendo esta especie de afán apocalíptico. Necesitamos a gente que nos cuente qué está pasando. El día que salga a la calle y no haya periódicos de papel, me meteré una botella de güisqui en el bolsillo y me meteré en el mar… Sería una pesadilla horrible». Y todo eso más allá del formato: a Cercas, como buen lector, lo que le importa es «que exista un buen periodismo, y eso va a existir seguro»

EFE
Inés Martín Rodrigo
Madrid, España
Viernes 17 de abril de 2015.

Dice el autor español en el Hay Festival, que acaba hoy

¿En qué sentido su último libro, ‘El impostor’, es una novela y en qué sentido podría no serlo?

El impostor es muchas cosas: es un ensayo literario, un ensayo filosófico, también es una crónica, un libro de historia, una biografía, una autobiografía. Al resultado yo le llamo novela, sólo que tenemos una idea de la novela un tanto restrictiva, que viene del siglo XIX. Mi idea de la novela quiere ser más amplia, más flexible, más plural, como lo que en España llaman “cocido” y aquí, “sancocho”. En el fondo esa es la idea anterior al XIX, la idea de Cervantes. Un gran banquete con muchos platos. Creo que la novela tiene la capacidad de incluirlo todo y eso hay que aprovecharlo. Es lo que yo intento. De todos modos, cada lector tiene derecho a leer el libro como le dé la gana.

Sí, en efecto esta novela se concibe como un texto de ficción.

Claro. ¿Y por qué tiene que ser así? Sí, esta no es como una novela del XIX, pero felizmente voy a confesar que los lectores la leen sin problema, al menos en España. A veces los profesores tienen problemas. “¿Y esto qué es?”, dicen. Me encanta que tengan problemas, cuantos más problemas mejor.

¿Por qué incluyó tanto de sí para hablar de la historia de Marco?

Por muchos motivos. Por un lado, muchas de mis novelas son novelas de aventuras sobre la aventura de escribir novelas. Yo nunca le ahorro al lector toda la aventura que conlleva escribir un libro, porque me parece que forma parte del libro. Por otra parte, por algo muy importante: yo soy el representante del lector en el libro. Yo soy eso que los ingleses llaman everymen, un hombre cualquiera. Lo que no quiero es que el lector quede al margen del libro, quiero meterlo en el libro, como si estuviera él mismo buscando las verdades. Además, el libro no habla de Enric Marco, habla de mí, de ti, de todos los que lo han leído y de los que no. Habla de todos nosotros. De te fabula narratur, dice Horacio: “La historia habla de ti”. Y la manera de decirle eso al lector y decirle “tú también eres un impostor”, es meterme a mí, y meterlo, así, a él.

¿Qué tipo de impostor es el escritor?

Es un impostor socialmente tolerado. La impostura de Marco es inaceptable. Mi impostura todos la aceptamos, y a veces la admiramos. Tú ahora me estás tratando a mí como si yo fuera un escritor, pero yo no soy un escritor. Sólo lo soy cuando escribo. En el momento del libro en que Marco me acusa y me ataca, porque llevo 300 páginas desentrañando su historia y contando cosas que tal vez él no quería que se supiesen, llega y me dice: “Pero usted sí que es un impostor de verdad, que hace creer a la gente que tiene cosas por decir. Eso es mentira, usted no tiene nada que decir, y se levanta por las mañanas a escribir desesperadamente, hasta las 8 de la noche, para que la gente no le pille, para que la gente no descubra que es usted un impostor”. En efecto, tiene algo de impostura lo nuestro. Yo fingía que era escritor antes de serlo. A mi mujer, por ejemplo, la seduje diciéndole que yo era escritor, y al final tuve que hacerme escritor para que se casase conmigo.

¿Usted cree en la verdad de los testigos?

Sí, pero debe ser contrastada con la de otros testigos, y la de otros documentos. Yo hablo en el libro del “chantaje del testigo”, la idea de que el testigo, por ser testigo, ya tiene la verdad, y eso no es así. Al testigo hay que escucharlo, y hay que tenerlo en cuenta. Sin él no se puede llegar a la verdad. Él es un instrumento muy útil para ello, pero el testigo no tiene la verdad, no necesariamente, porque puede intentar engañar, porque puede recordar mal.

La novela también es un juego entre la mentira y la verdad. ¿Qué noción de verdad está en juego?

Dos. Una es la verdad histórica, la verdad de los hechos. Qué ocurrió tal día, en tal momento, a tal hora. Yo intento desentrañar esa verdad, contrastarla con la ficción de Marco. Y luego está la verdad literaria, que es una verdad distinta, moral, no concreta como la verdad histórica, sino universal; una verdad ambigua, irónica, equívoca.

Pero sabiendo al final los detalles de la verdad histórica, ¿por qué decidió enfatizar en la duda?

La duda es la única certeza que tenemos. Las cosas nunca se saben. Es decir, en mis libros siempre hay una encarnizada búsqueda de la verdad histórica. Pero al final la verdad siempre se escapa, como el agua en las manos. Sin embargo, la verdad no es sino la búsqueda de la verdad.

¿Usted cree que más de un español se ha inventado su propio pasado después del franquismo?

Muchos. Efectivamente, durante el cambio de la dictadura a la democracia en España, mucha gente se inventó un pasado para preparar un futuro. La gran mayoría de los españoles habían sido dóciles ante el franquismo, complacientes o simplemente habían callado por temor. Otros eran franquistas silenciosos, otros eran franquistas entusiastas. Pero cuando llegó la democracia, mucha gente de primer nivel, intelectuales, políticos y gente común y corriente, se inventó un pasado para preparar el futuro. El país entero en cierto sentido se reinventó, porque no quería mirar la realidad, que era demasiado dura. Es lo mismo que le ocurre a Marco. Su realidad es demasiado dura y entonces se inventa una realidad heroica, ficticia, brillante. De algún modo todos lo hacemos, en una medida u otra, y la literatura es su hipérbole: Macbeth es una hipérbole de la ambición, Hamlet es una hipérbole de la autoconciencia, Romeo y Julieta son una hipérbole del amor romántico. Pues Marco es una hipérbole de la impostura, una hipérbole monstruosa de lo que somos.

Esta historia lo acechó como un fantasma. ¿Se sintió aliviado cuando terminó de escribir?

Cuando la terminé de escribir me ocurrió lo que me ocurre con la mayoría de los libros. Por un lado me siento feliz, y por el otro, me siento angustiado, me pregunto qué va a pasar ahora. En este caso tuve la impresión de que lo había dejado todo ahí, porque es un libro que ha ido creciendo dentro de mí a lo largo de nueve años. Desde que estalló el caso en 2005 sentí que tenía que escribirlo. Tardé muchos años en ponerme a escribir, pero cuando lo hice, salió con una rapidez y una felicidad asombrosas, que nunca había experimentado. Sentía algo que había sentido alguna vez, pero muy fugazmente: yo no estaba escribiendo el libro, sino que el libro me estaba escribiendo a mí, era como si alguien me lo estuviese dictando. Fue como un parto, salió todo de una vez. Tuve la impresión, entonces, de que no me quedaba nada por decir, pero al parecer sí, porque ya estoy dándole vueltas a otro libro.

¿Pero por qué sentía que tenía que escribirlo?

En este hombre cristalizan muchas de las cosas que me han preocupado: nuestra relación con el pasado, la mentira, la verdad, la ficción, la realidad, el egoísmo… O sea, es como si los temas que yo había tratado de abordar antes cristalizasen en este hombre. No es que me sintiera obligado, ni elegido, pero sí sentía que era algo que me pertenecía muy íntimamente. Yo siempre dije que los temas no los eliges tú, te eligen a ti. Parece ciencia ficción, o una estupidez, pero es sencillo: tú tienes determinadas experiencias y hay ciertas cosas en las que tú ves o sientes que, si hurgas ahí y empiezas a excavar, allí encontrarás esas obsesiones. Cuando algo te interesa realmente, quiere decir que allí hay algo que te pertenece profundamente. Y eso yo lo sé, íntimamente.

¿Esas razones se hacen conscientes en la escritura?

En la escritura se manifiestan las obsesiones, se formalizan las cosas que te angustian, que son vitales para ti. Eso te procura cierto alivio. El cliché de que la literatura es terapéutica es obvio. Todos los clichés son clichés porque tienen una parte de verdad. Si quitas todos los clichés, te quedas con la mentira. ¡Mucho cuidado!

Esta búsqueda me hizo pensar en que uno podría reconstruir cualquier vida. ¿Es imposible llevar a buen término una mentira completa de vida?
Sería una mala mentira porque, como se dice en el libro (y es un elemento fundamental de la novela), las buenas mentiras se fabrican con pequeñas verdades. Una verdad pura no se la cree nadie. Eso los periodistas lo sabéis muy bien (risas). Esto ocurre también en las novelas: todas parten de una gran verdad, pero con ella se construye la ficción.

* Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo. / @saramala17

El Espectador
Sara Malagón Llano / Enviada
Cartagena de Indias, Colombia
Domingo 31 de enero de 2015.

Estará en México en concierto; el grupo Journey será el telonero

Nueva York.- El virtuoso de la guitarra y superestrella del rock Carlos Santana anunció una gira por Europa, el sur de Estados Unidos y su México natal, donde tocará junto a la banda Journey.

La extensión de la gira llega tras un año agitado para Santana, que vio el lanzamiento del álbum de Latin-pop ‘Corazón’ y la publicación de la autobiografía del músico de 67 años.

La leyenda de la guitarra tocará en marzo de 2015 en Monterrey, Guadalajara y la Ciudad de México. En estas dos últimas ciudades, se unirá al show, como telonero, el grupo Journey.

Santana luego viajará a Europa para presentarse entre junio y julio en Holanda, Alemania, Alemania, Italia y Francia, entre otros.

También recorrerá el sur de Estados Unidos en marzo del año próximo, arrancando en Saint Peterburg, en Florida, y cerrando en Corpus Christi, Texas.

Santana normalmente se presenta en Las Vegas, donde junto a sus músicos tiene residencia en la sala de conciertos House of Blues.

El músico nació en México y se mudó a California cuando era niño, donde desarrolló su estilo que fusiona ritmos latinoamericanos con el rock y el blues. Su banda tuvo gran éxito en el festival de Woodstock en 1969 y a partir de allí consiguió acuerdos con casas disqueras.

Tras un período de declive comercial, Santana volvió triunfalmente a los escenarios con su álbum ‘Supernatural’, que ganó ocho premios Grammy en el año 2000, alcanzando el récord logrado por Michael Jackson, como el artista que gana más gramófonos de oro en una sola noche.

AFP
Nueva York, EEUU
Lunes 08 Diciembre 2014.

Javier Cercas                          

•    El escritor Javier Cercas retrata en este texto al personaje que protagoniza su nuevo libro: Enric Marco, un impostor que hizo creer a todos que fue superviviente del Holocausto

•    Siguiendo la tradición de los grandes farsantes de la historia, Marco inventó su propio personaje. Y acabó devorado por él. Esta es su historia

1. Me piden que escriba una invitación a la lectura de El impostor, y lo primero que pienso es que no puedo escribirla: modestia aparte, yo soy buenísimo hablando mal de mí –como me encantaría que comprobasen leyendo El impostor-, pero soy malísimo hablando bien de mí, y no veo cómo podría invitarse a leer un libro sin hablar bien de él. Lo segundo que pienso es que, como dice Ricardo Piglia, no tiene mucho sentido que un escritor hable sobre el libro que acaba de publicar, porque la mitad de lo que tiene que decir sobre él ya lo ha dicho en el propio libro, y la otra mitad lo dirá en el siguiente. Pienso en lo que dice Piglia porque mi caso es todavía más dramático, al menos en El impostor: aquí no he dejado nada para el libro siguiente, lo he dicho todo en éste, absolutamente todo, hasta el punto de que ahora mismo mi impresión es que no tengo nada más que decir. Ni sobre este libro ni sobre nada.

De todo corazón espero estar exagerando, pero mientras tanto me explico. En muchas de las novelas que he escrito no sólo se cuenta una historia (o varias que en realidad son una sola); también se cuenta cómo y por qué se cuenta esa historia, el proceso mismo de la escritura, las entretelas del libro, eso que los cineastas llaman el making off, y de ahí que aproveche la más mínima oportunidad para repetir que lo que yo escribo son novelas de aventuras sobre la aventura de escribir novelas. En el fondo, quizá todas las novelas lo son, pero en ninguna de las mías es más claro esto que en El impostor, en parte (pero sólo en parte) porque en ninguna de ellas ha sido más largo, tortuoso y complicado el proceso de elaboración. Desde hace casi diez años, cuando estalló el caso en torno al cual gira este libro, estuve intentando escribirlo, o tal vez aplazando su escritura, quizá asustado por lo que podría encontrar escribiéndolo. Lo cierto es que durante todo ese tiempo empecé a escribir este libro dos veces, y las dos acabé abandonando; lo cierto también es que, mientras trataba una y otra vez de escribirlo, mientras me preguntaba si tenía o no legitimidad para escribirlo, publiqué otros dos libros, pero entre tanto El impostor creció dentro de mí como una criatura en el vientre de su madre, de tal manera que cuando me puse por fin a escribirlo fue como un parto. Un parto feliz; insólitamente feliz, debería añadir. Sólo hay una cosa con la que disfrute tanto como escribiendo, pero soy un escritor tan dubitativo, inseguro y angustiado como el que más, y desconfío como el que más de la facilidad, de cuando las cosas salen a la primera o parece que salen a la primera; quizá por eso casi nunca he tardado menos de tres o cuatro años en terminar un libro. Este, sin embargo, lo he escrito en apenas un año, con una seguridad y una alegría que no había experimentado nunca, en algunos momentos arrebatado por el sentimiento ilusorio de que el libro ya estaba escrito y yo no hacía más que pasarlo a limpio. Sólo por la felicidad que me ha deparado escribirlo debería hablar bien de él. O por lo menos debería intentarlo.

Enric Marco concedió decenas de entrevistas, pronunció conferencias y recibió relevantes distinciones

2. Cualquier novela pasablemente buena tiene un tema visible y un tema invisible; el fundamental es por supuesto el invisible, pero sólo se puede acceder a él a través del visible. ¿Cuál es el tema visible de El impostor?

Todos ustedes lo recordarán, porque el caso se convirtió en un escándalo resonante y su eco alcanzó hasta el último rincón del planeta. Su protagonista fue Enric Marco, un nonagenario barcelonés que durante casi treinta años se hizo pasar por superviviente del campo nazi de Flossembürg, hasta que fue desenmascarado en mayo de 2005 por un oscuro historiador llamado Benito Bermejo. Cuando esto ocurrió, Marco llevaba más de dos años presidiendo la Amical de Mauthausen –la asociación que reúne en España a la mayor parte de los casi nueve mil supervivientes y familiares de supervivientes españoles de los campos nazis-, había pronunciado centenares de conferencias, había concedido decenas de entrevistas de prensa, radio y televisión y había recibido importantes honores y distinciones, entre ellos la Creu de Sant Jordi, la máxima condecoración civil que concede el gobierno de la Generalitat de Cataluña. En resumen: durante los años de apogeo de la llamada memoria histórica, Marco fue una auténtica rock-star de la llamada memoria histórica, cuyos discursos sobre su experiencia inventada de los campos nazis conmovían a las audiencias mucho más que los discursos de los verdaderos deportados, como pudo comprobar todo el mundo el 27 de enero de 2005, cuando habló en nombre de todos ellos en el Congreso de los Diputados durante el primer homenaje tributado por el parlamento español a las víctimas del nazismo y consiguió conmover en algún caso hasta las lágrimas a los parlamentarios reunidos para la ocasión; por lo demás, sólo el descubrimiento in extremis de la superchería impidió que, tres meses y medio después de esa interpretación estelar, Marco se superara a sí mismo pronunciando un discurso en el campo de Mauthausen, ante el presidente del gobierno español, José Luis Rodríguez Zapatero, y otros altos dignatarios europeos, durante la conmemoración de los sesenta años del fin del delirio nazi.

Ese es Enric Marco, o esa es la cara más visible de Enric Marco, el protagonista aparente de este libro, su tema visible. El impostor cuenta de entrada su historia: su falsa historia, por supuesto, la historia heroica y sentimental que inventó a lo largo de toda su vida para ocultar su historia verdadera, y de la que su estancia ficticia en un campo nazi es sólo una pequeña parte; pero también cuenta o trata de contar su historia verdadera, tremenda y prosaica -desde su nacimiento a principios de los años veinte en el manicomio de Sant Boi de Llobregat, hijo de una madre maltratada, abandonada y esquizofrénica, hasta su vejez actual de casi centenario y superviviente de su propia leyenda de gran impostor y gran maldito-, una historia en realidad mucho más apasionante que su historia apócrifa, porque es un espejo fidedigno de la tremenda historia de la España del último siglo. No voy a contarla aquí, sobre todo porque, si pudiera hacerlo, no la habría contado en un libro; más aún: porque, si pudiera hacerlo, mi libro sería un mal libro, cosa que espero que no sea. Me limitaré a decir que, al menos en este plano superficial, mi labor ha sido fundamentalmente detectivesca –y de ahí que el libro tenga en muchos momentos un aspecto de thriller-, y que mientras la llevaba a cabo descubrí muchas cosas, pero sobre todo una, y es que los buenos mentirosos no sólo trafican con mentiras, sino también con verdades, y que las grandes mentiras se fabrican con pequeñas verdades.
 
3. Tengo una sospecha; o más bien una certeza: a principios de siglo XXI, el lector común y corriente, que es el único que cuenta, se maneja con una idea de novela un poco estrecha, por no decir reductora. Esta idea ni siquiera es del siglo XX, sino del XIX; según ella, una novela sería, digamos, una ficción en prosa de una cierta extensión en la que se narra con la mayor rapidez y economía de medios la historia de unos personajes a través de los cuales se propone el estudio de una pasión, o de un conflicto de pasiones, o de una ausencia de pasiones, en un lugar y un tiempo determinados. He combinado en la anterior definición palabras de E. M. Forster y de Alain Robbe-Grillet, dos excelentes novelistas del siglo XX, aunque podría haber usado otras; no importa: lo que importa es que a esa idea de novela debemos muchas novelas magistrales, pero también el triunfo de un modelo novelístico tan avasallador que por momentos ha conseguido convencernos de que era el único.

No lo es. Hay un modelo de novela más abierto, menos rígido y geométrico y más plural; también más antiguo: en rigor, es el modelo acuñado por Cervantes y seguido por los grandes novelistas ingleses y franceses del siglo XVIII, en realidad por toda o casi toda la gran novela europea anterior al XIX. Esta clase de novela no se concibe a sí misma como una carrera de bólidos, donde prima la eficacia y donde todo debe desempeñar una función específica (que es la clase de novela en que ha desembocado casi siempre el modelo decimonónico), sino más bien como un banquete con muchos platos, como un menú degustación o un gran cocido donde son bienvenidos toda clase de platos o ingredientes: la historia, el ensayo, la crónica, la biografía, la autobiografía. A esa libérrima y suculenta tradición de la novela quiere en parte acogerse El impostor, ese es el modelo narrativo que de alguna manera quiere recuperar o que se niega a olvidar, igual que quieren recuperarlo o no quieren olvidarlo todas o casi todas las novelas que he escrito y algunas de los novelistas recientes que más me interesan. No estoy diciendo por supuesto que ya no se pueda o se deba escribir novelas como en el siglo XIX (la realidad es que la mayoría de las que se escriben ahora mismo son así, y que algunas siguen siendo muy buenas); sólo digo que no entiendo por qué deberíamos renunciar a escribirlas de otro modo, por qué no deberíamos aprovechar la entera experiencia histórica de la novela moderna –desde Cervantes hasta hoy mismo– para escribir las mejores novelas de las que seamos capaces, redefiniendo y ampliando la noción misma de novela y oponiéndonos al reduccionismo estético de la ortodoxia decimonónica, novelas que combinen el rigor arquitectónico de la novela del XIX y el espíritu libérrimo de la del XVIII, que sean a la vez fulgurantes carreras de bólidos y suntuosos banquetes con muchos platos. ¿Es El impostor historia? Sí. ¿Es ensayo? También. ¿Es crónica? Desde luego. ¿Es biografía? Sin duda. ¿Tiene algo de autobiografía? Por supuesto. Pero eso no significa que sea ni una biografía ni una autobiografía ni una crónica ni un ensayo ni un libro de historia; eso significa que es o aspira a ser todas esas cosas a la vez, y que precisamente por eso es una novela: porque la novela es el género más libre, el más versátil, el más capaz de acoger a todos los demás géneros, y de alimentarse de todos.

Lo más extraordinario de Enric Marco es que se trata de un hombre radicalmente normal y a la vez radicalmente excepcional

Aclaro también que El impostor no es una ficción; no podía serlo, o por lo menos no debía serlo. Escribir una novela consiste en diseñar un juego regido por unas reglas precisas (leerla consiste en descifrar, a través del laberinto de pistas armado por el autor, cuáles son esas reglas); cada novela debe tener unas reglas distintas: una novela con unas reglas iguales a las de otra es una mala novela, porque cada novela es la formulación más compleja posible de una pregunta sin respuesta o sin una respuesta inequívoca, y, dado que cada novela formula o debe formular a su vez una pregunta distinta, la formulación de la pregunta también debe ser distinta. Como la de casi todas las novelas, la pregunta de El impostor es elemental (no así, espero, su formulación), pero corresponde al lector descubrirla. Sólo diré que mucho antes de empezar a escribir esta novela yo ya sabía cuál iba a ser la primera regla que la gobernase; tratándose de la historia de un gran embustero, de un fabulador genial, de un fastuoso creador de ficciones sobre sí mismo, o de autoficciones, contar su historia mediante la ficción hubiese sido redundante, literariamente irrelevante. Por eso El impostor es lo que es: un relato rigurosamente real o una novela sin ficción saturada de ficción. La ficción, casi sobra decirlo, no la pongo yo; la pone Enric Marco.

4. ¿Por qué tenía miedo de escribir este libro? ¿Por qué me intimidaba lo que podía encontrar escribiéndolo y aplacé durante años su escritura y lo abandoné dos veces?

Un escritor es como un espeleólogo: armado sólo con la linterna del lenguaje, debe adentrarse en una oscuridad que nadie antes que él había explorado, lanzándose “al fondo de lo desconocido para encontrar lo nuevo”, por decirlo con el verso de Baudelaire. Es un trabajo apasionante, pero no cómodo, y en mis malos momentos yo también me arrepiento de haberlo elegido; porque, como persona, soy razonablemente cobarde, pero como escritor no puedo serlo. Un escritor cobarde es como un torero cobarde: un oxímoron, una contradicción en los términos; un escritor cobarde se ha equivocado de oficio. Lo primero que debe tener un escritor es el coraje (o la temeridad) de investigar hasta el límite aquello que realmente somos, en toda su infinita complejidad, en toda su abyección y toda su nobleza, en toda su radiante maravilla y todo su espanto: al fin y al cabo, la misión de la literatura consiste en realizar la cartografía completa e imposible del ser humano, igual que la misión de la espeleología consiste en realizar la completa cartografía del subsuelo terráqueo. El hecho es que, cuando hace casi diez años estalló el caso Marco, yo intuí al instante que en la atroz impostura de Marco se agazapaba algo peligroso, sombrío y desconocido, algo que me interpelaba a mí y a todos, algo que nos atañía a todos porque profundamente me atañía a mí, que soy un hombre común. Tan profundamente que me asustó. Porque también intuí al instante que internarme en el caso Marco equivalía a bajar a una cueva tenebrosa, plagada de precipicios de vértigo, trampas mortales y engendros salidos de lo más profundo del Averno humano, demasiado humano, que todos llevamos dentro. Ahora sé que esa doble intuición era exacta. Ahora ya puedo decir que mi miedo estaba justificado.

Era previsible: la literatura no es un pasatiempo inocuo; según se dice en El impostor –y estoy de acuerdo con ello-, “si la literatura sólo sirve de adorno, a la mierda con la literatura”. Tal y como yo la entiendo, la literatura es un peligro público; para quien la escribe pero también para quien la lee: no sirve para tranquilizar sino para inquietar, no para estabilizarnos sino para revolucionarnos, no para confirmarnos en nuestras certezas sino para dinamitarlas, no para firmar la paz sino para declarar la guerra. Eso es la literatura. O eso debería ser.

5. Tengo que darles una noticia: El impostor no trata en el fondo de Enric Marco; ya se lo había adelantado: Enric Marco es sólo el tema visible de El impostor.

Entonces, ¿cuál es su tema invisible? ¿De qué habla en realidad El impostor?

Lo más extraordinario de Enric Marco, aparte de su vitalidad milagrosa y su inigualable capacidad histriónica, es que se trata de un hombre radicalmente normal y a la vez radicalmente excepcional. Es radicalmente normal no sólo porque a lo largo de su dilatada vida haya estado siempre donde estaba la mayoría, sino también porque es lo que somos todos; y es radicalmente excepcional porque es lo que somos todos pero lo es a lo grande, de una forma exagerada, más potente, más intensa y más palmaria que nadie que yo conozca o de quien haya tenido noticia, como si fuera lo que todos somos pero iluminado por una monstruosa lente de aumento que nos permitiera vernos en él, monstruosamente. De eso habla El impostor: no de lo que es Marco sino de lo que somos todos, o de lo que somos todos reflejados en el espejo deformante y alucinado de su historia; de esa verdad universal trata El impostor: de nuestro desesperado y humillante deseo de ser a toda costa aceptados, queridos y admirados, de nuestra absoluto rechazo a reconocernos tal y como somos y de nuestra invención permanente de una vida paralela, ficticia y halagadora, capaz de volvernos soportable la vida real, de nuestro conformismo y nuestros embustes, de nuestra insaciable capacidad de decir Sí y nuestra eterna y cobarde incapacidad de decir No, de nuestra hambre feroz de ficción y nuestro doloroso imperativo de realidad, de los montones de mentiras colectivas que nos hemos contado y nos seguimos contando a diario en este país (mentiras sobre la guerra y la posguerra, sobre el franquismo y el antifranquismo, sobre la Transición, la democracia actual y la llamada memoria histórica), del hecho incontestable de que todos representamos un papel, de que, igual que actores en un escenario, todos somos y no somos lo que somos, de que todos, de algún modo, somos Enric Marco. “De te fabula narratur”, dice Horacio: la historia habla de ti. De eso trata en verdad El impostor: no de Enric Marco sino de mí, que he escrito su historia; no de Enric Marco sino de quienes la lean, hipócritas lectores, mis semejantes, hermanos míos, y también de quienes no la lean. El verdadero impostor de El impostor no es Enric Marco: es usted.

Juego de espejos rotos

Afán de notoriedad. Codicia. Mentes tortuosas. Llevando al límite la reinvención personal, los impostores despliegan en un juego de espejos que envuelve también a los burlados, y que mezcla la comedia y el drama.
Por Maite Rico.
En los primeros años 2000, mientras Enric Marco se regodeaba en su papel de superviviente del genocidio nazi, la barcelonesa Alicia Esteve estrenaba el personaje que la catapultó a la fama: Tania Head, otra superviviente, en este caso del atentado contra las Torres Gemelas. Contó con detalle su escapatoria del infierno en el que perdió a Dave, su prometido. Presidió con loable dedicación una asociación de víctimas del 11-S y se codeó con las autoridades hasta que The New York Times destapó en 2007 su ficción: ni trabajaba en Merril Lynch, ni había vivido el atentado. Dave era el único elemento real en su relato. Pero ella nunca lo había conocido.
Las tragedias inspiran a los impostores. La realeza, también. Mary Baker y Franzisca Schanzkowska se coronaron con dramáticas puestas en escena. La primera, en una playa inglesa, en 1817. Vestía ropas estrafalarias y hablaba un lenguaje rarísimo. Logró explicar que había escapado de un barco pirata: era la princesa Carabú de las islas Javasu, allá por el océano Índico. Nadaba desnuda, disparaba flechas y adoraba al dios Alá Talá, haciendo las delicias de las fuerzas vivas de Gloucestershire. Hasta que alguien descubrió que la princesa exótica era en realidad una humilde criada. Tuvo una vida trepidante, acabó vendiendo sanguijuelas e inspiró una película de Michael Austin en 1994.
Schanzkowska, por su parte, se dio a conocer en Berlín en 1922. Aquella hermosa joven que estaba a punto de suicidarse en el río Spree dijo llamarse Anna Anderson y acabó confesando ser la gran duquesa Anastasia, hija pequeña del infortunado zar Nicolás II. Schanzkowska, polaca y semianalfabeta, llegó a desconcertar a los jueces y a la propia familia Romanov con la profusión de datos que aportó durante décadas. Los análisis genéticos practicados en 2007 a los restos de la familia del zar acabaron con la superchería. Para entonces, Franzisca-Anna-Anastasia había pasado a mejor vida. Pero tuvo tiempo de ver a Ingrid Bergman en su papel, en la película dirigida en 1956 por Anatole Litvak.
La princesa Carabú y la falsa Anastasia cabalgaban sobre el delirio. Pero el militar escocés Gregor MacGregor, que combatió en América junto a Simón Bolívar (y se casó con una prima del Libertador) estaba muy cuerdo cuando regresó a Inglaterra como el príncipe de Poyais. MacGregor repartió folletos y vendió parcelas y bonos de aquel país caribeño tan próspero como ficticio. El rey Jorge IV lo nombró sir para promover las relaciones bilaterales. Decenas de colonos viajaron hasta Poyais para encontrarse con la muerte en la insalubre Costa de los Mosquitos nicaragüense. Mac­Gregor no sirve como ejemplo edificante: huyó a Francia y cuando gastó su fortuna regresó a Venezuela, donde recibió el rango de general y una pensión vitalicia.

Frank Abagnale, en cambio, se pasó del lado de los buenos. Ha colaborado con el FBI en la lucha contra el fraude y hoy diseña cheques antirrobos. Eso después de haber sido uno de los estafadores más precoces de la historia. Ha pasado a la posteridad con el rostro de Leonardo di Caprio en la película Atrápame si puedes, de Steven Spielberg.

El francés Jean-Claude Romand también ha inspirado películas, pero del género dramático. A lo largo de 18 años, Romand tejió una existencia ficticia como exitoso investigador de la Organización Mundial de la Salud. En realidad no pasó del segundo año de Medicina, y no tenía trabajo. Sacaba el dinero a sus amigos con inversiones inexistentes. En 1993, cuando la trama se hizo insostenible, asesinó a su esposa, hijos y padres. Su familia, dijo, no habría soportado saber la verdad. Hoy cumple cadena perpetua y es el protagonista del libro El adversario, de Emmanuel Carrère.

El límite borroso entre la realidad y la impostura forma parte de nuestras vidas. Artur Baptista da Silva se presentaba como consultor económico de la ONU y deslumbró a sus compatriotas portugueses con frases como esta: “Nos preocupan las consecuencias sociales de las medidas de austeridad, que llevan a Portugal al desastre”. Justo lo que quería oír un país ahogado por los recortes y los impuestos. Da Silva se convirtió en gurú. Daba conferencias, pontificaba en televisión. Cuando una periodista se tomó la molestia de documentarse, todo saltó por los aires. Al final, resultó ser un expresidiario condenado por falsificación de documentos. Da Silva nunca cobró por sus conferencias.

Y con sus parrafadas absurdas dejó en evidencia a los expertos.

Justamente en Lisboa corre una leyenda sobre un impostor inanimado. Es la estatua del rey Pedro IV, emperador de Brasil, en la plaza del Rossio. Hay quienes aseguran que el imponente jinete es Maximiliano de Austria, emperador de México, cuyo bronce quedó varado en Lisboa en 1867, cuando se supo de su fusilamiento en Querétaro. Poco importa. Como decía el pintor Elmyr de Hory, cuyas falsificaciones adornan museos por todo el mundo: “Si cuelgas una pintura falsa y la dejas el tiempo suficiente, termina por volverse auténtica”.

El País
Javier Cercas
Madrid, España
Lunes 17 de noviembre de 2014.

 

El mundo es comprendido por el paradigma, es la forma por la cual es entendido el mundo, el hombre y por supuesto las realidades cercanas al conocimiento.

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