Permanecía ingresado en un hospital cercano a su domicilio tras sufrir un derrame cerebral el pasado miércoles


Durante una década fue el actor más deseado de la pequeña pantalla, el chico interesante y atormentado de Sensación de vivir. El miércoles volvió a ser noticia tras sufrir un derrame cerebral. Hoy, su representante ha confirmado que Luke Perry ha fallecido a los 52 años, rodeado de sus dos hijos, su prometida y su ex mujer.

"La familia aprecia el gran apoyo y las oraciones extendidas por Luke en todo el mundo y respetuosamente pide privacidad en este momento de gran luto", aseguró Arnold Robinson, su representante.

El ingreso del actor en el hospital de Burbank, al norte de Los Ángeles, coincidió con el anuncio del regreso de la serie, producida por Aaron Spelling y protagonizada, entre otros, por la hija de Spelling, Tori, Jason Priestley, Shannen Doherty y Brian Austin Green. Perry, que además de en televisión hizo unas cuantas apariciones en el cine a lo largo de su carrera, ya había confirmado que no sería parte del proyecto de Fox.

Aun así, el actor de Mansfield, Ohio, era consciente de que la sombra de Dylan McKay le perseguiría el resto de su vida. " Voy a estar vinculado a él hasta que me muera, pero no tengo problema", dijo en una entrevista de archivo. "Yo creé a Dylan McKay. Es mío".

Perry, criado en el pequeño pueblo de Fredericktown, en Ohio, terminó sus estudios secundarios y se trasladó a Los Ángeles para probar suerte como actor. Hizo cientos de audiciones sin suerte y se buscó la vida en distintos trabajos, incluyendo de obrero de la construcción.

Finalmente logró cierta estabilidad como actor de telenovelas hasta que fue seleccionado para hacer el papel de Dylan en Sensación de vivir. Curioso es que Perry hiciera las pruebas para interpretar el rol de Steve Sanders, un personaje que fue a parar a Ian Ziering. En total, el de Ohio participó en 199 episodios de uno de los fenómenos televisivos de los 90.

Pese al éxito, Perry trató de evitar el encasillamiento y dejó la serie en 1995 en busca de roles más "maduros", títulos que lejos de darle notoriedad le obligaron a regresar. Su segunda etapa fue de 1998 a 2000, entrando después en una etapa de luces y sombras.

Probó suerte en Broadway, haciendo doblaje y como artista invitado en series como Spin City y Will & Grace. En 2015, regresó a la televisión con Detective McLean: Ties That Bind del canal Up, y en 2017 pasó a formar parte de Riverdale, una racha ascendente truncada de forma repentina a los 52 años.

EN la gran pantalla apareció en películas como Buffy, cazavampiros, 8 segundos o El quinto elemento. Tiene también un papel en Once Upon a Time in Hollywood, la nueva película de Quentin Tarantino.

El Mundo
Los Ángeles, EU
Pablo Scarpellini
Lunes 4 marzo 2019.

El creador latinoamericano, obsesionado con el paso del tiempo, se acerca a la leyenda con el segundo Oscar consecutivo

Para Iñárritu el tiempo corre hacia atrás. Desde que cumplió 50 años vive atrapado en el irremediable reloj de la madurez. La certidumbre de que, haga lo que haga, la arena seguirá cayendo ha abierto, como él mismo reconoce, una nueva etapa en su obra. La primera entrega de este ciclo vital fue Birdman, y la más reciente, The Revenant. El Oscar al mejor director ganado esta noche, sumado al del año anterior, confirma que este segundo tiempo ha superado el primero y va camino de la leyenda. La de un creador que ha hecho de la fugacidad del tiempo su obra. Pero también la de un mexicano que conquista Hollywood en los tiempos (malos) de Donald Trump.

Ya en 2015, al recibir la estatuilla el cineasta mexicano pidió un trato justo y digno para sus compatriotas, mil veces estigmatizados más allá del Río Bravo. Desde entonces, la bestia de la xenofobia no ha dejado de crecer en Estados Unidos. Fenómenos como el candidato presidencial republicano Donald Trump han pisoteado el orgullo de su vecino del sur y bramado contra esos millones de mexicanos que sin papeles y huyendo del infierno de la pobreza buscan un futuro en el gran norte. Iñárritu, profundamente mexicano y crítico con los desmanes de su tierra, no los olvidó. En el cénit de su gloria, aprovechó los altavoces de la ceremonia más seguida de planeta para recordar que no todos tienen la misma suerte y pedir el fin de los "prejuicios raciales" y los "pensamientos primarios”. Una declaración que muestra a un cineasta que no olvida sus raíces y cuya personalidad se cimenta, mucho más que en el mercado o la conveniencia política, en una profunda capacidad autocrítica.

Poco importa que sus películas gusten o no a la crítica. Tampoco la saña de ciertos seguidores le hacen excesiva mella. En su proceso creativo, Iñárritu lucha a diario con un adversario aún más duro: el juez que habita en su interior. “Es un Torquemada”, explicaba Iñárritu a este periódico durante la preparación de The Revenant, “un tipo al que presentas cualquier caso y te mandará al fuego, un terrorista con el que no hay negociación posible; esa voz interna es la que me lleva a encontrar el concepto primordial de las historias”.

Esa tensión se transmite a los rodajes. Verle filmar, medir los ángulos, trazar el vuelo de la cámara junto a Emmanuel Lubezki (Ciudad de México, de 1964) es asistir a un espectáculo torturado. A orillas del río Bow, en la gran planicie de Calgary (Canadá), durante la filmación de The Revenant, ambos formaban una pareja en constante ebullición. Sin descanso, bajo temperaturas extremas, medían con precisión cada plano, lo discutían, lo reinventaban. Y volvían a empezar. El director, en uno de los descansos, lo explicaba: "Soy muy duro, muy militante, muy exigente. No exijo nada de lo que no doy. Para mí hacer una película es una guerra de tres años y, como un perro, no la suelto. Por eso me da miedo entrar en una película, porque voy a meterme en un proceso en el que me pierdo…”.

El fruto de este constante ir y venir es un cine jalonado de premios. Pero que nadie se engañe, Iñárritu, pese al éxito, jamás ha sido un director fácil. Su cinematografía avanza haya o no oxígeno. En ocasiones la escalada puede resultar fatigosa, pero nunca deja de advertirse el tic-tac de su poderosa ambición. “Me gusta invertir emocionalmente en mis películas”, dice.

En The Revenant late esa pulsión. Y también la admiración por los grandes clásicos. Andréi Tarkovsky y Akira Kurosawa. El director mexicano sigue sus huellas. Por ejemplo, la odisea, que no el western, del trampero Hugh Glass en 1823 se transmuta por momentos en la del explorador ruso Vladímir Arséniev. Y lo hace, como en los juegos de intertextualidad que tanto gustan a Iñárritu, bajo la mirada de Kurosawa y su Dersú Uzala.

El efecto puede ser teatral. Y habrá quien lo juzgue como imitación. Pero en la deconstrucción que practica el mexicano esto carece de importancia. La huella no se oculta. La pisada se presenta tal y como es, sin subterfugios. Esa transparencia se ha vuelto un rasgo distintivo del segundo Iñárritu.

Abandonados los abusos de sus primeras gramáticas, el cineasta nada ahora por aguas diáfanas. En Birdman, esa sinceridad se plasmó en largos y arriesgados planos-secuencia, donde nada se podía ocultar; en The Revenant impera una narrativa de cristal. Infinitos paisajes nevados y una historia en línea recta. Con esos elementos, Leonardo DiCaprio y su lucha por la supervivencia atraviesan el corazón de un universo inaugural, de una nación aún por definir. “Es una historia de crecimiento espiritual a través del dolor físico. Pero también se trata de una película de aventuras, de grandes silencios y espacios. Es una experimentación”, señala Iñárritu. Ese es el reto de The Revenant. Una película donde el tiempo, como en los clásicos de aventuras, adopta la forma de una cuenta atrás contra una naturaleza hostil. Y también contra la muerte. Ese reloj que obsesiona a Iñárritu y su cine.

El País
Jan Martínez Ahrens
Madrid, España / México
Domingo 28 de febrero de 2016.

El director de cinematografía mexicano Emmanuel Lubezki está detrás de algunas de las fotografías más deslumbrantes del cine en los últimos años

Nueva York.- Ése es el apodo del afamado director de cinematografía mexicano Emmanuel Lubezki, cuyos acrobáticos planos secuencia y luminosas imágenes hechas con luz natural le han merecido admiración como a muy pocos y quizás le den su tercer Oscar consecutivo.

Lubezki está detrás de algunas de las fotografías más deslumbrantes del cine en los últimos años: la tormenta de asteroides precipitándose por el vasto espacio tridimensional de "Gravity", el aparente plano secuencia entre los bastidores de un teatro en "Birdman", la belleza elemental de los filmes de Terrence Malick. Sus secuencias audaces en tiempo real lo han hecho sinónimo de una magia nunca antes vista en la gran pantalla.

"Creo que fue John Huston el que dijo, 'cuando filmo una ballena, le filmo la cara y luego corto y filmo la cola. Y todo el mundo entiende que hay una ballena''', dijo Lubezki. "Pero a veces cuando uno muestra la ballena completa y muestra partes que no parecen tan importantes, hay una conexión más profunda".

Tras ganar Premios de la Academia los últimos dos años por "Gravity" de Alfonso Cuarón y "Birdman" de Alejandro González Iñárritu, Lubezki compite este año con el épico western de Iñárritu "The Revenant", y se espera que se lleve el premio. Gran parte de los elogios que recibió el filme (el más nominado del año con 12 candidaturas) fueron por su exuberante inmersión en una cruda selva en el siglo XIX (se rodó mayormente en las Montañas Rocallosas canadienses) y por sus sofisticados planos secuencias, en especial en la escena del ataque del oso.

Y Lubezki es tan modesto como grandiosa es la cinematografía de "The Revenant".

"No sé si soy un fotógrafo increíble pero definitivamente soy un artesano que trata de encontrar un lenguaje para cada proyecto y eso es lo que realmente me emociona", dijo recientemente. "Cuando uno siente que funciona, el sentimiento es muy poderoso. A veces uno ni puede dormir por la emoción".

Lubezki ha trabajado con los hermanos Coen ("Burn After Reading"), Michael Mann ("Ali") y Tim Burton ("Sleepy Hollow"). Pero los dos directores con los que ha colaborado más incondicionalmente son Malick ("Él me ha impactado casi más que nadie", dice Lubezki) y Cuarón.

Lubezki y Cuarón se conocieron de adolescentes mientras estudiaban cine en la Ciudad de México. Juntos, frecuentaban un cine de arte y ensayo y veían películas de Akira Kurosawa, Andrei Tarkovsky y Francis Ford Coppola que a veces se proyectaban accidentalmente en copias que pantalla completa que mostraban equipos de rodaje como micrófonos de boom y luces.

Lubezki, quien inicialmente quería ser fotógrafo, se pasó a cine a una semana de empezar sus estudios. Cuarón lo recuerda como un matrimonio orgánico: "Él y el medio eran uno".

"Le fascinaba la luz", dijo Cuarón. "Lo que hace que esté entre los grandes directores de cinematografía es que entiende el cine como lenguaje. El modo convencional de ver la cinematografía es solo un juego de herramientas".

En cintas como "Y tu mamá también" de 2001 y "Children of Men" de 2006, Cuarón y Lubezki lograron maravillosas tomas largas y fluidas utilizando cámaras digitales más pequeñas y aprovechando la flexibilidad del Steadicam.

"Recuerdo que en 'Y tu mamá también' empezamos diciendo que la toma debía durar hasta la consecuencia natural", dijo Cuarón. "Supongo que desde entonces fue muy difícil volver atrás".

Lubezki ha estado al frente de una tendencia que favorece el realismo visceral de las tomas largas sobre el montaje. Cineastas como Steve McQueen ("12 Years a Slave") y Cary Fukunaga ("True Detective") también han ido más allá de los míticos planos secuencia de "Touch of Evil" ("Sombras del mal") de Orson Welles o "Rope" ("La soga") de Alfred Hitchcock.

Tales hazañas pueden caer en la ostentación, pero en las manos de Lubezki pueden ser impactantemente envolventes, presentadas a través de una nítida ventana digital. Escenas como la emboscada indígena de la compañía de tramperos al principio de "The Revenant" se desarrollan en tiempo real, directamente en el medio de una tormenta de acción de 360 grados. El tenso silencio previo, el caos de la batalla y la retirada de quienes huyen por el río transcurren sin un solo pestañeo.

Lubezki advierte que "este maravilloso truco" siempre debe encajar con el material (en "El Padrino", apunta, sería desastroso) y que depende de un director que sepa cómo cerrar la escena. Pero sí percibe un cambio en el lenguaje cinematográfico.

"Cuando uno crea estas tomas largas, para mí, se siente como si a uno lo transportaran ahí. Se siente más peligroso y más misterioso", dijo Lubezki. "Cortar y rodar con múltiples cámaras era muy efectivo hace 10 años pero quizás ya no lo sea. Probablemente este truco de la toma larga se volverá viejo en unos años también, y tendremos que inventar otro truco".

Pero Lubezki no es ningún mago de un solo truco. Sus películas con Malick (incluyendo "Tree of Life" y la cinta de próximo estreno "Knight of Cups") son impresionistas y fragmentadas. Atraído por los ambientes reales y enemigo de la luz artificial, se ha dedicado a hacer cine de un modo más naturalista que puede rayar en lo sublime.

"Quizás", dijo, "hay algo que de pronto se filtra en la película que se siente espiritual, que se siente conectado con algo más grande".

AP
Nueva York
Jueves 18 de febrero de 2016.

Thompson, conocido por ser el fiscal Branch de la famosa serie 'Ley y orden', aspiró en 2008 a la candidatura presidencial republicana. En la industria del cine se le conocía por su intervención en películas como 'No hay salida', 'Días de trueno' o 'El cabo del miedo'

Fred Thompson, un actor que se convirtió en senador y se postuló a la candidatura presidencial republicana de EEUU en 2008, murió hoy a los 73 años debido a un linfoma cancerígeno.

"Con el corazón encogido y un profundo sentimiento de dolor, compartimos el fallecimiento de nuestro hermano, esposo, padre y abuelo, que murió en paz en Nashville rodeado de su familia", informó la familia de Thompson, senador por el estado de Tennessee entre 1994 y 2002, en un comunicado.

Thompson, conocido por ser el fiscal Branch de la famosa serie 'Ley y orden', aspiró en 2008 a la candidatura presidencial republicana que finalmente obtuvo el senador por Arizona, John McCain, que se enfrentó al entonces demócrata y ahora presidente, Barack Obama.

En la industria del entretenimiento se le conocía por su intervención en películas como 'No hay salida' (1987), 'Días de trueno' (1990), 'El cabo del miedo' (1991) o su papel como el general Ulysses S. Grant, presidente de EEUU entre 1869 y 1877, en la película para televisión 'Entierra mi corazón en Wounded Knee'.

Su entrada en el mundo del cine ocurrió casi por accidente, cuando el director Roger Donaldson le pidió que se interpretara a sí mismo en la película 'Marie' (1985), que relataba el escándalo del Comité de Indultos y Libertad Condicional de Tennessee.

También obtuvo papeles en cintas populares como 'La caza del Octubre Rojo' (1990), 'Duro de matar 2' (1990) o 'En la línea de fuego' (1993).

Antes de convertirse en actor, como abogado, Thompson gozó de gran popularidad en Washington, especialmente, en la década de 1970, gracias a su participación en las investigaciones del caso Watergate, que provocaron la dimisión del presidente estadounidense Richard Nixon en 1974."Fred dijo una vez que las experiencias que tenía por crecer en un pequeño pueblo de Tennessee forman parte del prisma a través del cual vio el mundo y dio forma a la manera en que abordó su vida", declararon los familiares.

"Disfrutaba de una carcajada, de un fuerte apretón de manos, de un buen puro y de una buena dosis de humildad. Fred era el mismo hombre en el Senado, en el estudio de cine o en la plaza del pueblo de Lawrenceburg, su hogar", señalaron los familiares en su nota, en la que rindieron homenaje al político y actor.

EFE
Washington, DC. EU.
Domingo 1 de noviembre de 2015.

 
Cine. “Birdman”, de González Iñárritu, acumula nueve nominaciones para los premios Oscar.

Birdman, el súper héroe. Aparentemente en todo pensó el mexicano Alejandro González Iñárritu al emprender la adaptación de Marvel que faltaba: en las asociaciones y la confusión previas al estreno, pero también en los guiños cómplices y aun los codazos en las costillas. Como en un zootropo, todo ocurre en secuencias. Y Birdman (o The Unexpected Virtue of Ignorance), tal el farragoso título original, es así. Un vértigo de planos secuencia. Empalmados: apenas se distinguen, excepto cuando pega como un golpe, en Nueva York, en Times Square.

Con la asistencia perfecta de dos coguionistas argentinos, Nicolás Giacobone y Armando Bo, el director de 21 gramos, Biutiful y Amores perros pensó en un backstage que explota como un Big Bang. En su nuevo filme, despliega el microcosmos del actor que interpretó a Birdman (de vuelta, el súper héroe que faltaba) hasta abandonar, veinte años atrás. El mundo pedía Birdman 4 mientras él, irrealizado (como actor era un muñeco de torta), lo único que seguía buscando era prestigio.

El master plan arranca con una producción, dirección y papel protagónico propios de, ni más ni menos, De qué hablamos cuando hablamos de amor, el famoso cuento (y libro) del realista sucio minimalista Raymond Carver.

Iñárritu pensó en Michael Keaton para el protagónico, un ex Batman casi olvidado. Si se quiere, pensó en lo obvio. Pero su idea es tan buena que es casi perdonable adivinar cómo sigue la acción y cómo termina. Excusable, más aún, cuando la realización, si no un poema técnico, es virtuosa, vertiginosa e imponente.

La película abre con un plano de Riggan Thomson (Keaton) de espaldas, en posición de loto. Este Birdman retirado está semidesnudo y levita: ¿acaso no es, de algún modo, un súper héroe? Presa de un monólogo interior, finalmente, moderno, hace un clic, y despierta: Birdman se terminó; ahora tengo que hacer Carver.

Si ya en Babel (2006) Iñárritu mostró oficio para surfear por accidentados travellings, los primeros minutos de la película son un tour de force que reafirman su crecimiento como realizador. A velocidad centrífuga, Riggan baja del camarín, cruza a asistentes y a Jake, su manager (Zach Galifianakis), por el pasillo, con la cámara soplándole la nuca, y desemboca en el plató donde lo espera el ensayo de la obra. Antes que avanzar, el filme se despliega, se desenvuelve, como el mejor homenaje a Snake Eyes, de Brian De Palma. Birdman es como un invertebrado.

En el plató, que es teatro, pero es también cine y viceversa, están Lesley (Naomi Watts), Laura (Andrea Riseborough), su actual pareja, y Ralph (Jeremy Shamos), un actor a prueba que recibe un objeto contundente en la cabeza. Ralph sale de escena y va directo al hospital. Riggan le confiesa al manager: “El objeto lo tiré yo”. ¿Cómo? ¿Por telekinesis? Ocurre que él es aún, en el fondo y contra su voluntad, Birdman, tal como Keaton es aún Batman. En la mejor escena después de esta introducción, el actor queda en paños menores corriendo por Broadway, desguarnecido sin su traje. Una voz grave, cavernosa, le habla en privado. Es el personaje que quiere volver; es el póster autografiado y enmarcado, donde se refleja el Keaton-Thomson calvo y arrugado, sin poderes.

Aparece Mike Shiner (Edward Norton), un actor de método que busca volver verosímil su papel en la cama con Lesley; y Sam (Emma Stone), la hija, cargada de reproches y disponible para la hoguera de vanidades de Mike. Una noche en un bar, una reseñista top del New York Times (Lindsay Duncan) le advierte que va a despedazarlo en la función estreno. Iñárritu responde por el alado caído con su batería de efectos de realismo mágico. La voz interior se vuelve omnipresente: ser Birdman o la nada. Para entonces, hace rato que terminó lo más cautivante del filme.

A pesar de todo esto, la película es una gran oda al ridículo. La fórmula Bo argento + el chilango Iñárritu + el agraciado carismático Keaton semidesnudo + elenco de notables termina siendo un cóctel irresistible. Lo fue para el público estadounidense y, en consecuencia, lo será para la Academia de Hollywood. El 22 de febrero, Birdman, ganadora del premio Golden Globe en los rubros mejor guión y mejor rol protagónico, irá a la ceremonia de los Oscar con nueve nominaciones, entre ellas mejor película, mejor actor, mejor director, mejor guión y mejores roles secundarios. Gane quien ganare, la tendencia de la Academia en su edición 87 es clara. Como la polémica American Sniper de Clint Eastwood o Whiplash de Damien Chazelle, Birdman es un filme simple que (so)porta un mensaje encriptado. La moraleja podría ser demasiado sutil o ser, simplemente, la que cada uno elige acerca de obviedades: el fanatismo es un virus (Chazelle), la guerra mata niños (Eastwood), el show-bizz está lleno de idiotas (Iñárritu).

Birdman ganó de antemano: porque todos somos un poco Riggan, desafiando expectativas y amparados en la risa con uno mismo, porque todos somos una raza de don nadie en busca del mejor nido.

Clarín
Revista Ñ
Buenos Aires
Jorge Luis Fernández
Miércoles 11 de febrero de 2015.

Una controversia estalló cuando Scott seleccionó a actores blancos para interpretar a los antiguos egipcios

Los Angeles.- Inicialmente Ridley Scott no quería hacer ‘Éxodo: Dioses y Reyes’. “Es bíblica, y le temía a esas asociaciones”, dijo el cineasta de 77 años.

El guión lo convenció con su historia de hermanos divididos por lealtades étnicas. Scott dijo que le atrajo el tema oportuno y tristemente eterno de la guerra por cuestiones de religión.

“No creo que uno pueda separar lo que está sucediendo hoy de lo que sucedía en ese entonces”, dijo. “Sigue siendo fundamentalmente la misma evolución: las mismas equivocaciones, la misma falta de comprensión, el mismo rechazo a convivir pacíficamente y a veces ser separados por la misma religión, que es lo que ocurre ahora”.

Christian Bale es Moisés y Joel Edgerton Ramsés en la épica bíblica. Criados como hermanos, los hombres se encuentran en lados opuestos mientras Moisés lucha por liberar a los israelitas esclavizados por el faraón de Egipto.

Una controversia estalló cuando Scott seleccionó a actores blancos para interpretar a los antiguos egipcios. El cineasta desestima las críticas responsabilizando al modelo financiero de Hollywood. Se requieren actores famosos para hacer cintas de gran presupuesto, dijo.

“Siempre es el arte contra la economía”, señaló. “Tan pronto uno está en los niveles presupuestarios más altos, tiene que hacer que el filme funcione y la única manera es haciéndolo con actores que puedan apoyar el presupuesto”.

Los astros de ‘Éxodo’ dijeron que estaban ansiosos de trabajar con el veterano director, conocido por usar múltiples cámaras y por dedicar poco tiempo a los ensayos.

El estilo encaja con Bale, quien dijo que se sentía menos cohibido actuando frente a muchas cámaras en lugar de una sola.

“Cuando son múltiples, desaparecen”, explicó Bale. “Hay tantos ángulos diferentes, y eso es maravilloso, porque uno no se aburre con la escena, no se cansa de ella”.

Scott se salta los ensayos y filma desde varios ángulos para mantener la frescura de los actores.

“Si están horas ahí sentados, la pierden”, dijo.

Edgerton dijo que quedó impresionado con el ritmo acelerado y comportamiento relajado del director: “Parece que se pone un poco ansioso y nervioso cuando... no tiene cien caballos al fondo”, bromeó.

El actor también apreció el hecho de que Scott esbozó su enfoque para varias escenas. Un rápido garabato en una servilleta podría aclarar las cosas, dijo.

Scott tiene antecedentes en las bellas artes. Se entrenó como pintor y trabajó en diseño gráfico antes de hacer comerciales e incursionar más tarde en el cine. Su primera película la hizo a los 40 años.

Associated Press
Los Angeles, Cal. EU.
Domingo 14 de diciembre de 2014.

 

El mundo es comprendido por el paradigma, es la forma por la cual es entendido el mundo, el hombre y por supuesto las realidades cercanas al conocimiento.

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