La literatura mexicana es entre un partido político y un circo, que funciona con dinero público y reproduce los vicios de un Estado criminal, acusa el ensayista en entrevista con República 32


“La literatura mexicana es una mezcla de partido político y circo. Realmente tiene poca seriedad”, asegura el escritor tijuanense Heriberto Yépez, autor de A.B.U.R.T.O, 41 clósets, Tijuanologías, El Imperio de la Neomemoria, Al otro lado y El libro de lo post-poético.

El crítico literario hace símiles entre la vida cultural y la política. Y no deja títere con cabeza cuando habla de sus compañeros de oficio. Krauze, Aguilar Camín, Villoro, Rivera Garza, Volpi, Mendoza, Nettel, Domínguez Michael, Cayuela. Casi nadie sale bien librado.

El control de los medios de comunicación es un tema del que se ha hablado mucho, en especial después de que el periódico estadounidense New York Times retomó un estudio de Fundar que describe cómo el gobierno del presidente Enrique Peña Nieto ha destinado más de 2 mil millones de pesos en publicidad oficial, dinero con el que controla contenidos.

Para el escritor tijuanense Heriberto Yépez esa publicidad, además de llegar a medios de prensa enfocados en política, también paga las cuentas de publicaciones culturales como Letras Libres o Nexos.

De 2002 a 2017, casi tres sexenios presidenciales, la primera de ellas, dirigida por el historiador Enrique Krauze, recibió más de 27 millones de pesos y la segunda, con la dirección del analista político y escritor Héctor Aguilar Camín, más de 11 millones.

Pero, ¿por qué debería importar que el gobierno de Peña otorgue millones de pesos a grupos de intelectuales?

De acuerdo con el análisis de Yépez, ensayista, poeta y crítico literario nacido en Tijuana en 1974, quien conversó con República 32, estos grupos forman un coto de poder e incluso dictan qué sí y qué no se publica en la literatura mexicana.

—¿Quién o quiénes controlan la literatura que se publica en México y cómo funciona dicha selección? —se le pregunta a Yépez.

El Consejo Nacional para la Cultura y las Artes (Conaculta) lo formó Carlos Salinas de Gortari en 1988, una semana después de tomar el poder. Se trató de un pago que Salinas dio a los grupos de intelectuales más influyentes del país, encabezados originariamente por Octavio Paz (ahora grupo Letras Libres) y Carlos Fuentes (ahora grupo Nexos) por haber apoyado el fraude electoral que lo llevó al poder.

Si queremos entender cómo funciona el control literario en México tenemos que remitirnos a la historia y dominio de Conaculta, convertida en Secretaría de Cultura por Peña Nieto en 2015.

Debido al fracaso deliberado del sistema educativo y a la pobreza de la mayoría de la población, áreas como el arte y la literatura dependen casi exclusivamente de ingresos, privilegios y prebendas que consiguen mediante instituciones municipales, estatales y, sobre todo, la Secretaría de Cultura.

El control es económico. Para obtenerlo hay que estar cerca de grupos de poder que se forman mediante redes centralizadas de amistades entre escritores/funcionarios y captación de nuevo talento.

La publicación es parte de este control. Revistas como Letras Libres y Nexos, por ejemplo, son básicamente entidades paraestatales; reciben cientos de millones mediante contratos que les asignan funcionarios, usando rubros como publicidad o supuestos encargos, desde falsos estudios hasta documentales, como es el caso de Krauze a través de su productora Clío. Y en su aval a las cuestionadas elecciones de 2006 y 2012, donde Krauze mismo se encargó de difundir en medios internacionales que no hubo fraude.

Digamos que la literatura mexicana, institucionalmente, debe su estructura a su participación en la legitimación de fraudes electorales. Si quieres entender esta literatura actual, no debes remitirte a supuestas “generaciones” de escritores, sino entender de cuáles fraudes emergieron todas estas carreras literarias. El fraude es la verdadera “forma”.

Las editoriales “nacionales”, por su parte, están mayormente asociadas a estos mismos grupos. Por ejemplo, mucho de lo que se publica es por medio de editoriales del propio gobierno, como Fondo de Cultura Económica o la Secretaría, que tienen además sus redes de librerías.

Un lector llega a una librería y piensa que eso es lo mejor o lo más representativo. No sabe que lo que tiene en las manos es algo negociado por la selección, autocensura y censura directa de mafias de escritores y funcionarios, que controlan estas instancias.

—¿Y qué pasa con las editoriales que no son del gobierno?

Las pequeñas editoriales o “independientes”, como se llamaron un tiempo, en realidad, son editoriales dependientes de dinero público que obtienen mediante concursos selectivamente trucados, como los propios editores te lo dirán en privado.

Incluso las editoriales transnacionales son parte de esta dictablanda cultural. Te daré un ejemplo que ilustra muy bien qué pasa en México. Ricardo Cayuela, mano derecha de Krauze, era editor de la revista Letras Libres. De esta “libre” revista (paraestatal), Cayuela pasa directamente al gobierno en 2013, asumiendo la dirección general de publicaciones del gobierno de Peña Nieto.

Y en 2015, Cayuela pasa del gobierno a asumir la dirección editorial (para México, Centroamérica, Cuba y Estados Unidos) de Penguin Random House (complejo empresarial que concentra sellos como Alfaguara, Grijalbo, Lumen y Plaza & Janés).

No es el único caso. Varios editores de Letras Libres, como parte de los puentes entre el grupo de Krauze y el gobierno en turno, reciben puestos en el gobierno. De ahí saltan a editoriales transnacionales. En esos tránsitos hay uso de recursos públicos, por supuesto.

Poco tiempo antes de que Cayuela pasara a Random House, desde su puesto en el gobierno había asignado dinero público para apoyar a Randon House para ir a la Feria del Libro de Londres; es decir, con dinero público se mantiene ahora a editoriales transnacionales. Que luego incluso contratan a los funcionarios que les dieron ese dinero.

Si hubiera una investigación a fondo, te aseguro que se descubrirían flujos y fondos de dinero cuantiosos, irregulares, en todas direcciones. Es un círculo vergonzoso y a la vista de todos.

Si alguien quiere entender la literatura mexicana le recomiendo seguir el historial económico y político del grupo de Letras Libres, por ejemplo. Así es cómo entenderá por qué se publica, traduce, promueve, beca de modo vitalicio, envía de gira, en México y el extranjero, a un grupo de escritores, con presupuesto de un país pobre, por supuesto.

Literariamente estas figuras y libros no son relevantes. Son sólo élites literarias felices de colaborar con el gobierno a cambio de distintos beneficios. Incluso el beneficio de mantener su imagen de ser “críticos”, “experimentales”, “canónicos” o de antología.

—¿Cómo funciona la integración de estos grupos?

La base es la afinidad de familias y clase social en Ciudad de México. Si revisas, muchos de ellos son parte de cierto abolengo criollo o incluso porfirista, como Tovar y Teresa, el ex Secretario de Cultura. El origen familiar y racial determina una parte importante de la supuesta primera plana de la literatura mexicana hoy. Incluso han asistido a las mismas escuelas, son parte de un círculo social.

Otros son hijos de funcionarios y políticos de alto nivel. O su carrera crece junto a su carrera como funcionarios, de tal modo que el modelo imperante en México es precisamente el escritor paraestatal, el escritor-funcionario o, lo que es peor, el funcionario-escritor.

Estas personas directamente integran a los equipos editoriales del gobierno y se asocian a sus contratistas intelectuales, como Krauze y Aguilar Camín, o reciben puestos en instituciones del INBA u organismos supuestamente ocupados de la cultura que, en realidad, son más cotos de poder.

Muchos críticos o columnistas son parte directa de esos equipos, o sea, reseñan a sus propios amigos, aprovechando que el grueso de los pocos lectores no sabe esto, y así también ocultan o denigran a quienes se opongan a su poder.

Otro sector perjudicial son los nuevos escritores y escritoras que son de otras regiones o de la propia Ciudad de México y que, no siendo parte de esas clases y familias, sin embargo, terminan integrándose y, a cambio de ser publicados, promovidos y premiados, sirven de lavado de imagen, refuerzo o mero montón dentro o cerca de los grupos principales.

La literatura mexicana es una mezcla de partido político y circo. Realmente tiene poca seriedad.

—¿Qué te dicen nombres como Cristina Rivera Garza, Julián Herbert, Juan Villoro, Élmer Mendoza, Christopher Domínguez o Jorge Volpi? ¿Qué piensas de sus obras y de su trabajo?

De quienes me preguntas lo más rescatable es Rivera Garza y Élmer Mendoza, que tienen algunas obras iniciales interesantes; pero pronto se repitieron, recurrieron a fórmulas y su obra salió perdiendo, quizá debido a que el pseudo-éxito que da el mercado-Estado relaja a las escrituras.

De todos modos, desde su inicio la trayectoria de Rivera Garza crece por vínculos con el gobierno, particularmente durante el gobierno de Felipe Calderón vía funcionarios como Consuelo Sáizar.

Ya en esta década, su obra ya era protagonista de la hegemonía, que extendió vía su autoridad y su networking. Su último libro, por ejemplo, alega que Rulfo recibió dinero de la CIA, algo realmente ridículo y amarillista, claro, y el libro lo publica Random (ya con Cayuela ahí) y lo apoyó Christopher Domínguez, se le promovió en el extranjero por canales gubernamentales, y ayudó a la campaña contra Rulfo que han tenido históricamente el grupo de Paz y Krauze.

Para colmo, se intentó presentarlo como un libro “incómodo”, cuando en realidad es un libro que se acomodó y refuerza la lectura oficial de Rulfo, que lo exalta falsamente al mismo tiempo que se le denigra como escritor.

¿Pero cuántas personas pueden darse cuenta de esto? No muchas, porque los periodistas culturales no leen (y maquilan notas, como ellos mismos te lo dicen) o no quieren meterse en problemas, y los críticos oficiales simplemente se burlan de los lectores inventando lo que quieran.

Y te confieso que me da un poco de pena leer a (Élmer) Mendoza apoyando a Peña Nieto o Meade como candidatos, por ejemplo. En estas autorías ya lo más llamativo es la manera en que sus obras se mezclan con todo un sistema de corrupción y privilegios, y cómo borraron la diferencia entre su literatura y el gobierno.

En el caso de Villoro, ¿qué puedo decir? Su obra es estándar, nunca despegó realmente. ¿Alguien puede decir cuál es la gran novela de Villoro? Pero prácticamente heredó la silla de su padre en el Colegio Nacional que, según cifras que circularon recientemente, otorga 164 mil pesos al mes por no hacer realmente nada, quizá dar un par de conferencias al año y aplaudirse mutuamente.

Villoro, además, es ese tipo de intelectual que legitima gobiernos en turno; no es casual que haya sido designado como antologador de Palabras mayores, junto con Rivera Garza y Guadalupe Nettel, de la narrativa “México20”, que fue la apuesta oficial del gobierno.

Otro caso similar en el Colegio Nacional: Christopher Domínguez Michael, un crítico cuya “obra”, ya sea reseñas breves o tabiques, consiste en resumir información que encuentra en otros libros, mediante una prosa machista, pasada de moda e involuntariamente cómica.

Pero a los lectores y nuevos escritores se les dice “toma este libro o esta reseña de Nuestro Crítico” (como le dice Villoro); imaginemos la educación que recibe de leer a semejante crítico.

Por eso la literatura mexicana tiene un bajo nivel hoy. Creyó que los intelectuales construidos por el gobierno de Salinas, Zedillo, Fox, Calderón y Peña Nieto eran el modelo a seguir. Mucha gente se tragó la panadería entera. Un desastre con toques de tragicomedia.

—Además de Krauze y Aguilar Camín, ¿consideras que existen otros “caciques” o grupúsculos de la literatura mexicana?

Creo que esa especie está ya en extinción. A esos caciques ya no les queda mucho tiempo. El neoliberalismo irá prescindiendo de ellos. Por eso recurren a figuras que los relegitimen. Sus revistas son obsoletas, el gobierno mismo tiene que comprarles parte de su tiraje para poder luego darles dinero por conseguir ese tiraje.

Pero si revisamos el FCE, la Secretaría de Cultura, el Colegio Nacional, verás que tienen una cantidad asombrosa de dinero que reparten de mil maneras.

Más que cacicazgos o incluso mafias, la clave es la red de dinero público, las mil maneras en que funcionarios y escritores se reparten dinero, desde un lugar en una antología hasta un fondo extraordinario, desde un premio arreglado hasta invitaciones en el extranjero.

—¿Qué piensas sobre el último premio Alfaguara, otorgado a Jorge Volpi?

Genaro García Luna realizó un montaje del arresto de Florence Cassez. Jorge Volpi, para reivindicar a Florence Cassez, escribe una novela y recibe el premio Alfaguara de Novela, resultando en otro montaje.

Volpi ha sido funcionario de alto nivel de narcogobiernos, es otro caso emblemático del escritor-funcionario, donde ya la obra literaria es parte del humo del tráfico de influencias culturales y políticas.

Florence Cassez, como recordarás, estaba implicada en testimonios de personas que fueron secuestradas, pero gracias al montaje de García Luna y otras irregularidades, el gobierno de Francia entró en tensión con el de México, e incluso se boicoteó en Francia el Festival de la Cultura Mexicana, como forma de presión para que se librara a Cassez.

Volpi ha trabajado en la Procuraduría de Justicia del Distrito Federal, la infame Procuraduría General de la República, en la Suprema Corte de Justicia y en la Secretaría de Gobernación, todas ellas cunas de la corrupción y destrucción de la legalidad en el país, así que puedes imaginar la red de Volpi. Por otro lado, Volpi es Caballero de la Orden de las Artes y Letras del gobierno de Francia, fue diplomático allá.

Su novela sobre Cassez, te puedo asegurar, no tiene gran valor literario, pero es un insuperable documento de cómo funciona la literatura trasnacional oficial, por así decirlo.

Incluso termina siendo un libro para oscurecer y proteger todavía más la industria del secuestro, pues mientras con la novela se sigue limpiando la imagen de Cassez, del propio Volpi como funcionario-intelectual, de Alfaguara y del gobierno de Francia, las verdaderas víctimas, las personas secuestradas, pasan a quinto plano.

La novela de Volpi podría pasar a ser un documento de cómo la literatura termina siendo otra torcida y fantástica rama de la impunidad mexicana. Una literatura de la post-verdad, donde el fraude es el padre de los géneros literarios.

Por otra parte, hay algo: si bien la mayoría de los libros no son relevantes, hay algo muy interesante que el caso actual de la literatura mexicana está mostrando: el modo en que el Estado neoliberal construye-destruye literaturas.

Soy optimista, creo que de este proceso de inflación de una literatura oficial saldrá conocimiento importante para que algún futuro evite estos procesos tan lamentables.

República 32
Juventino Montelongo
Ciudad de México
Sábado 10 febrero de 2018.

 

El mundo es comprendido por el paradigma, es la forma por la cual es entendido el mundo, el hombre y por supuesto las realidades cercanas al conocimiento.

Síguenos en Twitter