Gilda Melgar
           
Si algún día se vieran ante la disyuntiva de disfrutar uno solo de los alimentos más deseados de la tierra, como el café, el picante, el chocolate o el vino, ¿con cuál se quedarían? Al cuestionarme lo mismo, la respuesta que de inmediato viene a mi mente es el café.

Esta pregunta podría parecer ser bastante ociosa –más en estos tiempos de austeridad–, a no ser por lo que auguran dos noticias sobre el café con las que me topé esta semana.

Una de ellas daba cuenta de la “crisis del café” debido una drástica caída en la producción del grano en los últimos dos años, un hecho que trae consigo consecuencias dramáticas para todos los implicados en la cadena productiva, especialmente para las cerca de 21 millones de familias que viven del café alrededor del mundo.

De acuerdo con la Organización Internacional del Café, en mayo pasado el valor del grano cayó a su punto más bajo en diez años, con un valor equivalente a menos de 1 dólar por libra, por lo que se ha generado una sensación de incertidumbre en los productores, principalmente en aquellos que cultivan a pequeña escala.

Según el informe dado a conocer por dicha organización –durante el Foro Mundial de Productores de Café, celebrado esta semana en Sao Paulo–, la razón de esta crisis es multifactorial, pero responde en gran medida a la sobreproducción del grano en Brasil y la irrupción de Vietnam como país que suministra la quinta parte de la demanda mundial con una mano de obra más barata.

Las otras factoras tienen que ver con los problemas relacionados con el cambio climático, como la deforestación y las sequías que golpean en mayor medida a productores de los países más pobres, como los centroamericanos y africanos.

Sabemos que el café crece en una franja específica de la tierra, y por ello el aumento en las temperaturas o las lluvias atípicas afectan seriamente su producción, al modificar el hábitat en que se ha desarrollado.

A pesar de que la demanda del consumidor en Estados Unidos, Europa y Asia sigue al alza, los productores son los menos beneficiados, pues reciben sólo 1 por ciento de las ganancias del producto final. Por cada vaso de café comercial (tipo Starbucks) vendido en unos 4.50 dólares, sólo 0.50 centavos equivalen al costo del café, el cual a su vez se fracciona dentro de la cadena.

Como podrán ver, si la producción mundial sigue disminuyendo, nuestra taza matutina de café podría convertirse en un lujo, y lo que es peor, su precio no necesariamente se reflejaría en un mejor sabor.

La otra noticia –igual de angustiante– tiene que ver con una de mis prácticas recurrentes: tomar café en ayunas. De seguir haciéndolo, estaría poniendo el alto riesgo mi salud, pues se ha confirmado que si bien ingerir cafeína en cuanto despertamos eleva nuestra energía, también puede provocarnos serias enfermedades digestivas al acelerar la producción de ácidos en el estómago e inhibir el cortisol.

Pero, ¿qué podemos hacer los amantes del café –simples mortales– ante estos dos hechos?

Primero, ser exigentes y promotores del consumo, porque si bien somos un país productor importante, en cuanto al consumo no llegamos ni al kilo y medio anual per cápita.

Sobre este hecho, dos, pensar más allá del producto. Es decir, informarse sobre el origen, quién y cómo se produce, bajo qué condiciones, etcétera.

Tres, apostar por la oferta nacional y no sólo del grano, también del local. Sé bien que en algunas zonas es difícil encontrar “cafecitos” de camino al trabajo, y por eso a veces no queda más remedio que entrar a la cadena de la sirena verde. Sin embargo, los cafés de barrio siguen proliferando aquí y allá.

Cuatro, diversificar las opciones. No nos casemos con las marcas famosas o más publicitadas. Ahora, hasta en el súper hay marcas emergentes que sí podemos apoyar.

Y cinco, desayunar sí o sí antes de disfrutar nuestra primera taza del día. Definitivamente no, no podría vivir sin café. ¿Ustedes sí?

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Gilda Melgar

 Diplomada en Pastelería y Panadería. Gilda Melgar está siempre en busca del gozo culinario. Pone el ojo y el diente en nuevas propuestas para disfrutar y compartir su saber a través de los placeres de la mesa. A través de la literatura y del cine, evoca sensaciones y memorias gastronómicas que liga con sus recomendaciones.

Puebl@Media
Ena Gilda Melgar
Ciudad de México
Viernes 19 de julio de 2019.

Gilda Melgar

Todas las mañanas me despierto con la vista del amanecer asomándose por la ventana y si giro la mirada hacia la derecha, veo la pared de la cual me apropié hace unos años para crear ahí mi “Galería en” o el “mural de las relaciones kármicas”, ya que está decorada sólo con cuadros e ilustraciones que me han obsequiado amigos y  familiares a lo largo de los años.

Uno de esos cuadros es una reproducción de “Los Girasoles”, de Vincent Van Gogh, comprado para mí por un ser muy querido en el museo homónimo del pintor, en Amsterdam. Despertarme y ver esas flores me llena de alegría. El amarillo ocre de las flores que inmortalizaron al pintor, con su aspecto algo marchito, lejos de deprimirme, provoca en mí una reacción dinamizante.

Jamás me había cuestionado las raíces de la reacción animosa que me genera ese cuadro porque sé que los objetos de arte nos significan, antes que nada, una emoción y, por lo tanto, la razón de que una pintura nos guste o no, es totalmente subjetiva. Pero, justo ayer, me encontré con una nota alusiva a “mi pintura” en el marco de la muestra “Van Gogh y los girasoles”, inaugurada en su museo de Amsterdam.

Resulta que la versión de “Los girasoles” ahí expuesta (Vincent realizó cinco versiones entre 1888 y 1889), ha sido objeto de estudio desde 2016 –para su eventual restauración y conservación– con técnicas digitales que estudiaron la profundidad del lienzo, y gracias a las cuales se reveló que la pintura esconde la búsqueda frenética del autor para lograr el “amarillo perfecto”, así como tonalidades que el paso del tiempo tenía ocultas.

Es cierto que hoy Van Gogh es mundialmente reconocido como el “pintor de girasoles”, y no precisamente por ser el primero en pintarlos, sino por hacerlo como nadie lo había hecho antes.

De acuerdo con el portal del Van Gogh Museum, Vincent comenzó a pintar girasoles durante su estadía en Montmartre, tal como puede apreciarse en los cuadros “Shed with sunflowers” y “Allotment with sunflowers”, ambos de 1887.

Para entender la fascinación que la silvestre flor del sol generaba en el pintor, es necesario aclarar que en aquella época no había campos de girasoles tal como hoy los conocemos, sino que la gente común los plantaba en sus jardines, o bien, crecían a la orilla del camino. Tal vez fue su gran tamaño, forma y color –haciendo un llamativo contraste con el césped, verde y llano– lo que para él representaba un elemento natural digno de recrearse. Y es que, aunque el artista ya había realizado –unos años antes– algunos bodegones convencionales con flores, no tuvo éxito con la venta.

Entre el girasol único presente en “Allotment with sunflowers” y mis “Sunflowers” pasaron sólo dos años, en los que el pintor experimentó obsesivamente con el color. Durante la restauración “respetuosa” de “Los girasoles” con la que fue posible retirar una capa de cera que tenía un aspecto lechoso, se observó que el amarillo o los amarillos utilizados fueron el resultado de mezclas muy complejas con las cuales Van Gogh ya tenía cierta experiencia desde su época en Arles, cuando experimentó con el amarillo dorado, cobre, verdoso y rojizo con una maestría tal que también era admirada por otros pintores, como su amigo Paul Gauguin.

Dado que los girasoles se consideraban poco elegantes, al principio Van Gogh los pintó colocados sobre una mesa y contrastándolos con un fondo azul, como se observa en “Sunflowers  gone to seed” de 1887. Luego, le escribe esto a Gauguin: “Mientras unos prefieren las peonias y otros las malvas, yo en cambio, elijo los girasoles”.

En el verano de 1888 Vincent decide pintar sus girasoles puestos en un jarrón. Al principio, los pinta contrastando con fondos azul claro, azul verdoso y hasta azul rey, pero después de estos ensayos, finalmente se decide por el amarillo: flores amarillas sobre un fondo amarillo, un juego de colores que él llama “luz sobre luz”.

Tras las revelaciones que arrojó la restauración de “Los Girasoles” acerca del amarillo sobre el amarillo y sus tonos originales, el Museo anunció que la pintura no podrá salir más de Ámsterdam, por lo que “conservarla tendrá ese precio”.

Por fortuna, tengo una reproducción y, a partir de ahora, la certeza de que el amarillo girasol de Van Gogh es la “luz sobre la  luz” que me anima a salir de la cama por las mañanas, un fetiche que ilumina mis días y me transmite  la alegría de vivir.

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Gilda Melgar

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Puebl@Media
Ena Gilda Melgar
Ciudad de México
Viernes 21 de junio de 2019.

Gilda Melgar      

La música no tiene fronteras. Se siente y ya. No importa el ritmo o el idioma. La edad ni ideología. Si una canción te hace vibrar, saltar, bailar o llorar, ya cumplió su cometido.

De niña, en mi casa solo se escuchaba música clásica o en español, además del piano que mi padre tocaba por las tardes.

Crecí escuchando trova, valses peruanos o boleros. Y el piano. Siempre el piano.

Sin embargo, las letras de los Los 4 hermanos Silva de Chile y las groserías de los Les Luthiers no me emocionaban en absoluto.

Ya en la pubertad, me encerraba en mi cuarto para escuchar "Radio Teatro" ( la emisora de música pop  en inglés en El Salvador) y me dejaba llevar por el ritmo de "Don’t go breaking my heart", soñando que yo era Kiki Dee, a dueto con Elton Jhon.

Aunque no entendía "ni jota" de "Part-time love", aquel éxito de 1978 formó parte del playlist de mi primera fiesta "de grande", justo cuando cumplí los 12.

Los años de la secundaria, ya en México- a Elton le perdí la pista y me aloqué con las tonadas desechables de lo más disco del disco, tipo "Savage lover". Una vergüenza. Lo sé.

Ya estaba en la prepa cuando me reencontré con mi ídolo. Y es que "Blue eyes" sonaba una y otra

vez en la radio. Aún no podía entender del todo la letra, pero sí cantaba bien esa tristísima parte de "...but more than ever I simply love you more than I love life itsel".

Mi ingreso a la universidad coincidió con el boom del pop en español y aunque también yo cantaba y bailaba a Timbiriche, Mecano o Alaska Dinarama, secretamente seguía la carrera de los

"Sir", es decir, todos los cantantes pop ingleses que han marcado mi vida, empezando por el "Rocketman".

Un día, llegó a mis manos la convocatoria del CELE. Era mi oportunidad de oro para -por fin- aprender inglés y entender de una vez por todas esas canciones de Phil, Joe, George, Robbie y, por supuesto, Elton.

El primer día de clases todo fue lágrimas de felicidad. La maestra nos hizo escuchar una rola de "su cantante favorito" mientras intentábamos -simultáneamente- escribir la traducción en nuestro cuaderno.

En cuanto escuché las notas introductorias del piano, supe que era él, el único e inigualable Elton Jhon y, mientras cantaba " What have I got to do to make you love me. What have I got to do to make you care...", empecé a llorar y reír al mismo tiempo.

Desde entonces, esa canción me ha "hecho el día" en todas las versiones habidas y por haber.

No en balde "Sorry seems to be the hardest word" ha sido grabada por figuras como Joe Cocker, Barry Manilow y Diana Krall.

Después del curso, mi lado fresa -hasta entonces algo oculto- salió de las sombras y brilló como nunca danzando al ritmo de "I don't wanna go with you like that", "Healing hands", "Teardrops" y muchas más.

Cada vez que me siento alicaída, me basta con escuchar "I´m still standing", para animarme y seguir adelante.

Ayer que vi el biopic de Elton titulado "Rocketman" -en compañía de mis hijos a quienes un día les dedique "Blessed"-, entendí al hombre sediento de amor detrás de todas sus canciones, al compositor amante  del soul y el blues reflejado en los álbumes "Duets" y "Sleeping with the past" que tanto me gustan; al niño triste que sólo se permitía sentir tocando su piano -como mi padre-; y, también a la persona que desde 1992 preside una fundación contra el sida.

Al terminar la función, mis hijos me ven llorando -otra vez- y me consuelan diciendo " ya sabemos por qué te gusta tanto" y "sí, él es muy lindo".

Feliz de haber tocado su corazón con esta biopic de Elton, sonrío y pienso "Baby you are the one".

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Gilda Melgar

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Ena Gilda Melgar
Ciudad de México
Jueves 6 de junio de 2019.


Gilda Melgar      

Atrás quedaron los años en que la víspera del 10 de mayo me llenaba de ilusión y angustia al mismo tiempo. El día del festival escolar por el Día de la Madre me levantaba más temprano que cualquier otro día para acicalarme un poco más y estar a la altura del festejo.

A la entrada del colegio, las “nanitas” nos daban la bienvenida con una rosa roja. Un alumno de los “grandes” nos acompañaba hasta nuestro asiento y mientras comenzaba el show, nos invitaban a tomar los jugos y el café dispuestos sobre una mesa decorada a un costado del auditorio.

La espera para ver actuar a mi hija se me hacía eterna y mientras tanto me sentía obligada a saludar incluso a los profesores con los que no simpatizaba mucho. También me ponía al día con las mamás de sus amiguitos, las que no sólo habían ido al salón de belleza desde temprano, sino que parecían ser las próximas en subir al escenario.

La mayoría de los recuerdos acerca de los detalles de esos días son muy fugaces, pero aún puedo revivir la emoción que me embargaba ver a mis hijos bailar, cantar o recitar, aunque las canciones o los poemas fueran de lo más cursi.

Los recuerdos más nítidos sobre mis hijos actuando en 10 de mayo son los relacionados con el festival en sus últimos años de preescolar.

Mi hija era parte del coro y la maestra de música los tuvo ensayando con dos meses de antelación para ofrecernos un recital titulado “Love”. Todos los niños iban vestidos con una capa roja y moño blanco. También llevaban consigo una letra enorme pintada sobre un trozo de cartulina.

La mayoría de las canciones fueron interpretadas en inglés. Al momento que interpretaron la canción de Nat King Cole, al ritmo de “L is for the way you look at me / O is for the only one I see / V is very, very extraordinary / E is even more than anyone that you adore can”, empecé a llorar sin parar. Verla cantar así me conmovió hasta el alma. Dieciséis años después, cierro los ojos y aún puedo sentir su mirada buscando la mía al tiempo que alzaba su cartón con la letra “L” y formaba la palabra “L-O-V-E” junto a sus compañeritos, cantando “Love was made for me and you”.

Mi hijo estaba en un Montessori y por supuesto que ahí no había festivales ni concursos, pero sí “actividades de integración”. El festejo mamá-hijo en su último año de kínder fue una clase de cocina. Me escogieron para que les enseñara cómo hacer un cupcake. Mi hijo y yo explicamos el paso a paso de la receta y entre todos preparamos la masa hasta que se llevaron nuestras charolas al horno.

Lo más divertido fue cuando mamás e hijos decoramos los panquecitos al gusto con mucha crema batida, chispas de colores, nueces, pasas y polvos brillantes. Mientras disfrutábamos del resultado con unas tazas de té dentro del comedor escolar, un niño me dijo “Gracias Mamá de Ivo, están deliciosos”. Y volví a llorar.

Por muchos años, el siguiente punto de mi 10 de mayo tenía lugar en una tienda departamental donde “escogía mi regalo”. Después íbamos todos a comer. Así conocí algunos de mis restaurantes favoritos. El festejo terminaba releyendo las tarjetas decoradas o buscando un lugar dónde acomodar la manualidad que a todas luces habían hecho en un dos por tres. Aún llevamos a la mesa un pez de madera –pintado con nescafé por mi hijo– donde colocamos las sartenes calientes.

Ya no extraño los festivales. Es más, creo que ahora me daría una flojera inmunda tener que aguantar tanto show. El tráfico del 10 de mayo me pone de muy mal humor y los restaurantes atestados me impiden disfrutar de la comida como a mí me gusta, lentamente y con mucha sobremesa.

El 10 de mayo de la publicidad es demandante y extenuante.

Gracias a la lucha feminista de mujeres como mi madre y la de mi propia generación, hoy, muchas mujeres en sus 30 pueden decirle No a la maternidad sin que ello represente un estigma sobre su vida.

A mí todavía me tocó partirme en dos y pedir permiso en el trabajo para asistir a los festivales, ir a la firma de boletas o llevarlos a una consulta médica de emergencia, etc.  Por eso entiendo y celebro que, en un mundo donde la crianza sigue siendo un asunto principalmente de mujeres, las millennials puedan elegir una vida sin el estrés de la doble jornada y el agobio de la maternidad. Aún más en un país como el nuestro, donde niños y adolescentes están expuestos a la inseguridad, a la vuelta de la esquina, para ser víctimas de los perores abusos y crímenes.

También yo lo pensaría dos veces.

Por eso, lo único que extraño de aquella época de festival es la inocencia de mis hijos y el control que creía tener sobre su seguridad. Hoy que están grandes y deben hacerse un camino por sí mismos, me angustio pensando en la inseguridad de esta ciudad y en la falta de oportunidades.

Así que, aunque me encantan los menús de cuatro y cinco tenedores, este viernes mi mejor y único gran regalo será tener a mis hijos conmigo, disfrutar su presencia y escuchar juntos la dulce versión de Natalie Cole para decirnos: “L-o-v-e is all that I can give to you”.


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Gilda Melgar

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Puebl@Media
Ena Gilda Melgar
Ciudad de México
Viernes 10 de mayo de 2019.


Gilda Melgar   

Aunque había estado en Japón en otras ocasiones, en abril pasado visité Kioto por primera vez con la ilusión de captar el alma de la antigua capital nipona más allá de sus clichés de geishas de postal, salones de té y majestuosos santuarios.

Con un recorrido express de apenas un día, mi primera parada en la bella Kioto tuvo lugar en el súper mediático Fire ramen, el restaurante de especialidad que abrió sus puertas en 1984 donde se ofrece un “green ramen” tradicional servido sobre un caldo ligero (a base de cerdo, pollo y pescado), salsa de soya, topping de cebolla y el toque tostado especial que le brinda un poco de aceite en llamas vertido sobre el caldo, justo antes de la desgustación.

Comer en el Menbaka Fire Ramen es todo un show. En primer lugar, porque no aceptan reservaciones, ya que el local es muy pequeño y de estilo tradicional –en barra–, por lo que sólo sirven entre 8 y 15 servicios a la vez. En segundo, porque el chef propietario y sus cocineros ofrecen a los clientes un espectáculo –bajo el eslogan “No ramen, no life” –perfectamente cronometrado de alto impacto visual, gastronómico y emocional.

Llegué al Fire Ramen unos minutos antes de las 11 a.m. (hora de apertura) y, por fortuna, mis acompañantes y yo logramos ser los primeros comensales del día. Fuimos recibidos por el mismísimo chef propietario quien, junto a dos de sus guapísimos cocineros, nos explicó muy sonriente el ritual que nos iban a ofrecer.

Antes de develarles el show, debo aclarar que, aunque los fideos ramen son de origen chino, los japoneses crearon en la época moderna una versión propia que hoy se identifica en todo el mundo como suya, y cuya mayor gracia radica en el caldo base que cada puesto callejero o restaurante crea a su estilo, ya sea con carne, pollo, pescado o vegetales y un toque de soya, mirín o sake. El secreto está en una combinación acertada de los ingredientes del caldo, la calidad de la pasta y su debida preparación, así como el tipo de alimentos que se disponen en la superficie.
 
Mientras nos acomodábamos los delantales especiales que nos repartieron para evitar quemaduras con el aceite, los cocineros preparaban a toda prisa nuestros tazones. Uno de ellos, servía el caldo –más que hirviente– en cada tazón. Otro, colaba en agua fría los fideos recién cocidos y uno más troceaba los tallos de cebolla.

Una vez que todos tuvimos un tazón con ramen frente a nosotros, un chef alto y con pinta de actor se acercó a la barra con una sartén de aceite en llamas y con mano firme y enguantada pasó frente a cada comensal “flameando” el caldo. Llamas altísimas y gritos contenidos inundaron el salón. Con la adrenalina al tope y el corazón palpitante, sentí más hambre de la que ya tenía, pero también alivio al ver que todos pasamos la prueba de fuego.

Una joven y atractiva cocinera brasileña con ascendencia japonesa corrió a servirnos el arroz frito y los gyozas que acompañaban nuestro ramen (una de las opciones del menú para los “side dish”) y, acto seguido, todos dijimos en voz alta “Itadakimasu”.

Afuera hacía frío; sin embargo, la emoción pirotécnica, lo reconfortante y sustancioso del caldo, lo tostado de la cebolla y la sedosa textura del ramen, me encendieron de alma y cuerpo. Gracias a los sorbos de satisfacción de mis amigos supe que estaban sintiendo lo mismo que mi dolcealterego.

Ahora sí tenía muy claro a qué sabe un ramen como Dios manda. Mejor dicho, ¡como los budas mandan! Y con el corazón contento, nos dirigimos a nuestro siguiente destino: Kinkaku-ji o el Pabellón Dorado, construido en 1397 por el Shogun Ashikaga Yoshimitsu como villa de descanso y hoy declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO.

Rodeado por un impresionante estanque y jardín japonés que representa la historia de la creación budista, el Pabellón Dorado es considerado como un templo zen de tres pisos. Las paredes exteriores de sus dos plantas superiores están recubiertas de oro. En su interior se conservan las reliquias de Buda.

Ansiosa por obtener la mejor vista desde la cerca de acceso, espero a que se desocupe algún espacio para hacerme la foto correspondiente. Una pareja de costarricenses me escucha hablar español y me hace espacio. Me acomodo en un buen ángulo y, sin querer, al momento que mi fotógrafa dispara la toma, pasan junto a mí dos geishas enfundadas en hermosos kimonos con tonos de sakura.

Mientras prosigo mi camino para contemplar el estanque desde la parte posterior del templo, escucho a unos niños alemanes gritar de emoción al ver dos anaranjadas y deslumbrantes carpas saltar de un lado a otro salpicando con más belleza aún todo el paisaje. Sonrío igual que ellos.

No importa si estuve ahí sólo un momento. Mis ojos están ya llenos de Kioto. Las llamas flameantes del Fire ramen y el reflejo dorado del pabellón sobre el espejo de agua serán ahora como una antorcha encendida y el recuerdo feliz que ilumine algún día triste por venir.

¡Gracias Kioto!

http://www.fireramen.com/menbaka/index.html

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Gilda Melgar

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Ena Gilda Melgar
Ciudad de México
Viernes 3 de mayo de 2019.

 Gilda Melgar       

La mexicana Danniela Soto Innes fue galardonada esta semana con el título “The World´s Best Female Chef 2019”, convirtiéndose así en la más joven cocinera en recibir el premio otorgado por la prestigiosa revista británica “Restaurant”.

Con sólo 28 años de edad, la chef mexicana es socia y capitana de Cosme, el también galardonado restaurante de Enrique Olvera en Nueva York, el cual ganó mayor visibilidad mundial a raíz de la visita que Michelle y Barack Obama le hicieran en octubre de 2016, en el marco de las campañas presidenciales y en clara afrenta al discurso antimigrante de Donald Trump.

Daniela comenzó su entrenamiento culinario a los 15 años, dentro de la cocina del Woodlands Waterway Marriot en Texas, donde literalmente “lavaba lechugas y cortaba fresas”.

En una entrevista concedida el 2016 tras recibir el premio de la Fundación James Beard al “Mejor Chef emergente”, dijo sentirse muy afortunada de haber trabajado en ese hotel bajo la supervisión de un chef que supo valorar su pasión y ansia de aprendizaje, sin importar que ella fuera una mujer de origen mexicano.

Entrenada también en los fogones de restaurantes de alta cocina mexicana bajo la guía del chef Gerardo Vázquez Lugo, dueño del Nico's y de su tutor Enrique Olvera, dueño del Pujol (el primer restaurante mexicano en aparecer dentro de la lista de los 50 best), Daniela ha sabido fusionar los secretos culinarios de su madre y abuela con las estrictas técnicas de su entrenamiento formal, recreando los sabores favoritos de su infancia en México.

Dos de sus platillos estrella así lo demuestran: las “Duck carnitas” (carnitas de pato) y el “Husk meringue-Corn mousse” (merengue con crema de maíz).

El primero se prepara según el método de su madre, cuya receta incluye leche condensada y evaporada, grasa y naranja.

El segundo, y “postre de la casa”, es algo muy especial para Daniela, ya que fue inspirado por un momento feliz de su niñez. Resulta que cuando su papá llegaba tarde por ella a la escuela, siempre la recompensaba con los merengues de la “La Gran Vía”, esos enormes y crujientes dulces rellenos de crema batida de la reconocida pastelería de la Condesa, aunque su mamá no le dejaba comerlos antes de la cena, que usualmente era algo sano, como una Crema de elote dulce.

De ahí que en su memoria culinaria una “crema de maíz” y un “merengue” eran la suma de un momento especial, cuando ella y sus hermanos se sentían “los niños más felices sobre la tierra”. Y eso es lo que representa su “Husk Meringue”, el postre emblemático y multi fotografiado del Cosme.

Yo ya sueño con el momento en que pueda visitar la Gran Manzana para probar las delicias de esta joven cocinera e hincarle el diente a uno de sus “Husk Meringue”.

Mientras eso sucede, de puritita consolación me compré unos deliciosos y crujientes merengues de “La Gran Vía”, los mismos que inspiraron a la hoy “Mejor chef del mundo”.

Al probarlos, me quedó claro que cuando se “Vive para comer” (y no se “come para vivir”), la infancia es destino.

¡Bravo por Daniela!

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Gilda Melgar

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Puebl@Media
Ena Gilda Melgar
Ciudad de México
Viernes 25 de abril de 2019.


Gilda Melgar              


El amor es tan importante como la comida. Pero no alimenta.
Gabriel García Márquez


El 6 de marzo pasado, Netflix dio a conocer la adquisición de los derechos de “Cien años de soledad “, con el objeto filmar una serie adaptada bajo la producción de Rodrigo y Gonzalo García, hijos de Gabriel García Márquez, el autor de esa novela considerada la obra maestra de la literatura latinoamericana del siglo XX.

La noticia fue trending topic y no sólo por la historia del Premio Nobel, también porque la plataforma ha demostrado con creces que las historias en español se venden muy bien, tanto como para ganar los premios Oscar.

Ilusionada con la posibilidad de “ver” la locación y los personajes protagonistas de la novela que en mi adolescencia sólo pude imaginar a través de la lectura, ese día recordé la forma en que mi viaje a Cartagena de Indias –hace unos 5 años– me ayudó a comprender tanto las novelas del colombiano como los cuadros y esculturas de Botero y hasta los ritmos cadenciosos de Carlos Vives o Shakira.

Aún no se sabe cuál será la locación ni quiénes serán los actores que darán vida a la estirpe de Úrsula y José Arcadio, pero Netflix adelantó que gran parte de la serie será filmada en Colombia.
El pueblo ficticio de “Macondo” está inspirado en Aracataca, municipio donde nació García Márquez, en el departamento de Magdalena, en el caribe colombiano, que si bien es visitado por esa razón, carece de infraestructura turística, hecho que me hace inferir que el lugar natural e idóneo para la filmación de la serie sea Cartagena de Indias, la ciudad colonial y amurallada en la que convergen de forma exuberante las culturas indígena, afro y europea.

Declarada como “Patrimonio Histórico de la Humanidad” en 1984, Cartagena ofrece una experiencia de “sibarismo tropical” fundamentada en sus productos de origen, empezando por el café.

La historia de “Cien años de soledad” está tan llena de colores, olores y sabores del Caribe que, seguramente, éstos serán factores importantes a tomar en cuenta en la adaptación a la serie. Basta con recordar la huerta donde Úrsula cultivaba yuca, malanga, ñame y berenjenas, el café sin azúcar “estilo italiano” que bebía el Coronel Aureliano Buendía o los bocadillos de guayaba que vendían Rebeca y Amaranta para sufragar los gastos de la nueva casa cuando la bonanza alcanzó a los Buendía.

Mi mejor experiencia como comidista en Cartagena de Indias no fue con su comida salada, sino con las frutas exóticas y las bebidas que con ellas preparan, especialmente con la “Limonada de coco” y los batidos de maracuyá y uchuva.
Más allá de la belleza arquitectónica de la muralla y el Castillo de San Felipe, las puestas de sol o la vista de las casas coloridas con sus ventanales abiertos de par en par, para mí, una de las imágenes más impactantes de la ciudad fue la de las “Palenqueras”, las mujeres descendientes de los esclavos africanos y vendedoras de frutas que, ataviadas con vestidos largos y de colores vívidos, ofrecen mangos, papayas, piñas, aguacates y plátanos –por todas sus plazas– mientras, no sin antes cobrar su tarifa, sonríen y se encargan de recordar a los turistas la historia de esclavitud y piratas sobre la cual se fundó Cartagena en el siglo XVI.

De los platillos autóctonos, seguramente debido a mi origen centroamericano, disfruté muchísimo de los “Patacones pisados” y su múltiples “toppings”, así como del “Ajiaco”, la sopa densa y llena de carbohidratos, típica de la cocina criolla que mezcló el viejo y el nuevo continente en un solo plato. Mis “Buñuelos de Yuca” salvadoreños son un claro ejemplo de esa fusión de dos mundos que llegó para quedarse.

El recuerdo de las tardes de mi adolescencia en que devoré la novelas de García Márquez, los ocasos que disfruté en Cartagena tomada de la mano con mi persona favorita, y las series producidas por Rodrigo García que me han conmovido hasta el alma, como “The Affair”, me hacen “agua la boca” por disfrutar la saga de los Buendía a todo color.

Gracias a Netflix, ya tengo mariposas amarillas en el estómago y no dejo de pensar el olor de las guayabas que comimos a mordidas para celebrar nuestro amor, allá, en el país que le regaló al mundo a Don Gabo, aunque fuera también tan mexicano como el mole.

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Gilda Melgar

 Diplomada en Pastelería y Panadería. Gilda Melgar está siempre en busca del gozo culinario. Pone el ojo y el diente en nuevas propuestas para disfrutar y compartir su saber a través de los placeres de la mesa. A través de la literatura y del cine, evoca sensaciones y memorias gastronómicas que liga con sus recomendaciones.

Puebl@Media
Ena Gilda Melgar
Ciudad de México
Sábado 30 de marzo de 2019.


Gilda Melgar

Cuando mis hijos eran chicos instauré una tradición familiar para celebrar el arribo de la primavera. Era una comida anual en la que participáramos todos, preparando en conjunto alimentos con ingredientes propios de la estación.

Nuestro menú básico consistía en “Rollos de sushi” –elaborados por los niños a su gusto de entre diferentes pescados y verduras–, cortes de carne para asar, ensaladas, vino, postres ligeros con frutas y café.

Una vez todo listo, disfrutábamos del festín alrededor de la mesa poniéndonos al día de todo y todos.

Preparar Mousse, pasteles o postres al plato me hacía tanta ilusión como ver a los niños devorar sus trozos de sushi. Conforme ellos crecieron, nuestra tradición anual se tornó irregular y los años en que logramos reunimos antes o el mismo 21 de marzo, nuestro “Menú de primavera” seguía siendo un día de fiesta.

Uno de los niños que en aquellos años “topeaba” su cama de arroz para sushi con más ingredientes de los necesarios, ahora es un joven adulto recién graduado en música.

Con la intención de dar a conocer sus propias composiciones a los más allegados, hace unos días nos convocó a un “Preludio primaveral” en el que participó toda la familia –como en áquellos años– haciendo gala de nuestros talentos en torno al evento y al novel compositor.

La artista gráfica de la familia diseñó una invitación-programa digna de Bellas Artes. El anfitrión preparó "Lasagna de berenjenas empanizadas" y "Pasta negra con calamares en su tinta y camarones". El bar tender ofreció tequila, ginebra, tintos y licores.

Por supuesto que a mí me tocó la “Mesa dulce”, compuesta por un "Mousse de chocolate semiamargo al ron con frutos tropicales", una "Tarta sefardí de naranja" y, como obsequio de agradecimiento para los asistentes, una bolsita con “Barquillos rellenos de chocolate”.

El repertorio del pianista incluyó melodías de Beethoven y Debussy, pero fueron sus propias composiciones las que nos erizaron la piel y remontaron –a tres de las presentes– a escenas en las novelas de nuestro autor favorito, Sándor Marái.

Recordé algunos pasajes de sus memorias "Confesiones de un burgués" en las que el autor húngaro evoca las veladas musicales y literarias de su infancia, a principios del siglo XIX, en el seno de una familia en la que parecía reinar la cultura.

Cuando nuestro músico interpretó su penúltima pieza, el silencio fue total. La joven a mi lado, con lágrimas de emoción, me susurró: “Se me puso chinita la piel”.  Una amiga y yo cruzamos miradas de sorpresa y orgullo. A todos nos pareció que era como la “música de una película de arte”. Las notas iban en crescendo como telón de fondo en una escena de amor ofuscado.   Los aplausos irrumpieron y como en los teatros de pueblo, al final hubo entrega de flores para la estrella emergente.

En el brindis, dirigido por la mejor oradora de la familia, las copas brillaron con un exquisito líquido dorado, chispeante y burbujeante.

Fue una noche de especial para celebrar lo que sí importa: la cosecha familiar y los lazos de amistad con los testigos de nuestras vidas. Una gala para mostrar el florecimiento de nuestros talentos innatos y cristalizar el esfuerzo de años.

Después de nuestro ”Preludio primaveral” en el que todos los sentidos se activaron con los colores, sonidos y sabores de la estación,  plenos de emoción y satisfacción, concluí que los menús familiares de tantos años atrás, fueron el más hermoso pretexto para cosechar vínculos y realidades hoy en florecimiento total.

Feliz primavera 2019.

Carajillo

La CDMX también celebra la estación más florida a través del Festival “Noche de primavera”, a realizarse este sábado 23 de marzo con una serie de conciertos gratuitos en diferentes puntos icónicos del Centro Histórico, como la Alameda y el Centro Cultural de España con la participación de artistas internacionales de todo género, incluyendo jazz, tríos y son.

Además, se realizará el desfile de alebrijes. Más detalles aquí: http://www.festivales.cdmx.gob.mx/?id_evento=16011

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Gilda Melgar

 Diplomada en Pastelería y Panadería. Gilda Melgar está siempre en busca del gozo culinario. Pone el ojo y el diente en nuevas propuestas para disfrutar y compartir su saber a través de los placeres de la mesa. A través de la literatura y del cine, evoca sensaciones y memorias gastronómicas que liga con sus recomendaciones.

Puebl@Media
Ena Gilda Melgar
Ciudad de México
Viernes 22 de marzo de 2019.

Gilda Melgar         

A dos días de la entrega de los Oscar a lo mejor del cine 2018, nuestra “Roma” y las apuestas con respecto a sus 10 nominaciones siguen dando de qué hablar.

La expectación por el posible triunfo de “Roma” ha sido tal que incluso la Secretaria de Cultura de la CDMX organizó una serie de actividades relacionadas, bajo el eslogan “El Oscar se vive desde la Roma”, incluyendo un recorrido por las emblemáticas calles del barrio que fueron locación de la película, y que culminarán justo este domingo 24 de febrero con una alfombra roja de invitados especiales y la proyección al aire libre del filme en la Plaza Río de Janeiro, a las 16:00 horas, para luego dar paso al enlace en vivo con la transmisión de la ceremonia 91 de los Premios de la Academia, alrededor de las 18:00 horas.

Las calles aledañas a la plaza se cerrarán desde temprano, esperando que unas 750 personas atestigüen desde ahí la entrega de premios a Cuarón y a su elenco, aunque se estima que a los alrededores llegarán cerca de 5 mil visitantes.

También las salas de Cinemanía de Plaza Loreto y Cine Tonalá, en la Roma Sur, proyectarán la premiación en vivo, con un consumo mínimo y la posibilidad de ganar descuentos y bebidas si le atinan a las quinielas previamente registradas.

Más allá de la polémica sobre la película y su protagonista, las 10 nominaciones de “Roma” bien merecen esta fiesta pública organizada por el Gobierno capitalino y todas las reuniones familiares y privadas que se nos antojen para celebrar un éxito que sentimos tan nuestro.

Estoy listísima para disfrutar el desfile del elenco –encabezado por Yalitzia Aparicio– a lo largo de la alfombra roja en el teatro Dolby de Los Ángeles, y aunque veré la premiación desde mi sala, ya tengo listas las botanas y, sobre todo, las bebidas para aminorar el estrés del “... and the Oscar goes to…”.

Mientras que Yalitzia, vestida de diseñador (espero que no sea de Chanel) estará disfrutando de una cena a base de langosta de Maine, carne wagyu Miyazaki, caviar, champán y cocteles de tequila, yo estaré tumbada en mi sofá picoteando quesos, aceitunas, cacahuates y alzando mi copa de vino por la fiesta de Roma que es mía y la de todos los que, como Cuarón, crecimos en la CDMX de los 70.

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Gilda Melgar

 Diplomada en Pastelería y Panadería. Gilda Melgar está siempre en busca del gozo culinario. Pone el ojo y el diente en nuevas propuestas para disfrutar y compartir su saber a través de los placeres de la mesa. A través de la literatura y del cine, evoca sensaciones y memorias gastronómicas que liga con sus recomendaciones.

Puebl@Media
Ena Gilda Melgar
Ciudad de México
Sábado 23 de febrero de 2019.

Gilda Melgar        

Una amiga (en sus 30) se fue a vivir con su novio recientemente. Meses atrás me había contado que él quería “formalizar” la relación. Si bien ella tenía la certeza de que podía ser “el adecuado”, aún no se sentía preparada para decirle adiós a su soltería. Ahora que es un hecho que se ha mudado con él, le deseo la mejor de las suertes.

Al verla tan contenta, recordé los primeros años de mi vida en pareja. Rentábamos un pequeño departamento y nuestra despensa era tan básica que hacía honor a su nombre. Constaba sólo de un litro de aceite, arroz, sal, pan de caja, leche, algunos enlatados y una bolsa de azúcar. Entonces todo era “miel sobre hojuelas” y por eso bastaba con que en el refrigerador hubiera algo para picar. Recuerdo bien que nuestro primer kilo de azúcar duró más de un año en la alacena y sólo se acabó gracias a los cafés para las visitas.

Por eso creo que no es tan descabellado eso de que los enamorados “se alimentan sólo de besos”. Así es casi siempre con el enamoramiento, nos quita el hambre. Y si somos jóvenes, nos basta “con el pan y el vino”.

Para cuando llegan los hijos, la realidad de la maquinaria doméstica se impone de tal manera que la despensa no sólo crece considerablemente, sino que requiere una disciplina de abastecimiento que se cumple en aras del bienestar familiar y la reproducción de la vida misma.

Y cuando la rutina se instala en el amor y en la cocina, hay que reinventarse. A los menús de entre semana habrá que darles un giro, tal vez un ligero toque de fusión. En ocasiones nos bastará con comer esas nuevas versiones de nuestros platillos favoritos, y en otras, quizás alguien desee probar nuevos sabores, algo exótico o jamás deseado. Y tal vez le gusten tanto que no quiera comer jamás los guisos de antes. O puede ser que esos antojos sean sólo un arrebato que a la postre le provoquen cierto empacho y hasta una seria intoxicación.

Y es que, ¿a quién no le cansa comer “pan con lo mismo”?

Por eso, en la cocina y en el amor, hay que experimentar e innovar. Un mismo alimento sabrá tan distinto como el número de posibilidades para su preparación o cocción. Por ejemplo, un tomate fresco y troceado sabe completamente diferente si se prepara con albahaca, ajo y aceite de oliva para topear una “bruscheta”, que si se mezcla con cebolla, cilantro y chile verde para salsear unos molletes. ¿Lo ven?

Pues con el amor sucede exactamente lo mismo. No es igual intentar tener una noche romántica escuchando el llanto de un bebé en la habitación conjunta, que escaparse unos días –sin hijos– a un hotel con vista al mar.

El secreto también está en el equilibrio. En casa, él hace los guisados del diario y lleva la administración. A mí me toca preparar los platillos de ocasión, los postres y producir el entretenimiento familiar. Ambos tenemos buena sazón, aunque algunas veces él se pasa de sal y yo de cocción.

A él le encanta la comida española e italiana. A mí la mexicana y la japonesa. Pero a los dos nos importa mucho qué se come en casa y tampoco dejamos al azar la elección de un sitio para comer fuera. Para darnos gusto, turnamos los platos caseros y los restaurantes favoritos de ambos.

Y es que el amor se expresa de diferentes maneras y una de ellas es a través de la comida. Si los viernes por la tarde, cuando vuelves del trabajo, él te recibe con una copa de tu vino favorito o, si cuando hacen el súper te pregunta qué nuevo producto se te antoja llevar para la semana y, por si fuera poco, muy seguido te prepara deliciosos guisos como el “pollo con nopales en chile guajillo”, definitivamente sabe halagarte. O si tú le llevas el desayuno a la cama los domingos y cada tanto le compras las gomitas importadas que tanto le gustan, ciertamente, tu relación de pareja aún tiene sazón.

No sé cuánto va a durar la nueva vida en pareja de mi joven y bella amiga. Lo que sí sé es que las parejas de hoy se rigen por reglas y formas menos rígidas que las de mi época, y eso me parece bien y muy liberador para ambas partes. Lo que mi amiga aún no sabe y yo sí, es que si logran vivir muchos años juntos un día podrán alimentarse no sólo de besos, también de proyectos, batallas superadas, recuerdos inolvidables, mucha paciencia, tolerancia, sueños y retos, así como de saborear una profunda y mutua gratitud.

Feliz Día del Amor.

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Gilda Melgar

 Diplomada en Pastelería y Panadería. Gilda Melgar está siempre en busca del gozo culinario. Pone el ojo y el diente en nuevas propuestas para disfrutar y compartir su saber a través de los placeres de la mesa. A través de la literatura y del cine, evoca sensaciones y memorias gastronómicas que liga con sus recomendaciones.

Puebl@Media
Ena Gilda Melgar
Ciudad de México
Miércoles 13 de febrero de 2019.

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El mundo es comprendido por el paradigma, es la forma por la cual es entendido el mundo, el hombre y por supuesto las realidades cercanas al conocimiento.

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