Gilda Melgar        

Una amiga (en sus 30) se fue a vivir con su novio recientemente. Meses atrás me había contado que él quería “formalizar” la relación. Si bien ella tenía la certeza de que podía ser “el adecuado”, aún no se sentía preparada para decirle adiós a su soltería. Ahora que es un hecho que se ha mudado con él, le deseo la mejor de las suertes.

Al verla tan contenta, recordé los primeros años de mi vida en pareja. Rentábamos un pequeño departamento y nuestra despensa era tan básica que hacía honor a su nombre. Constaba sólo de un litro de aceite, arroz, sal, pan de caja, leche, algunos enlatados y una bolsa de azúcar. Entonces todo era “miel sobre hojuelas” y por eso bastaba con que en el refrigerador hubiera algo para picar. Recuerdo bien que nuestro primer kilo de azúcar duró más de un año en la alacena y sólo se acabó gracias a los cafés para las visitas.

Por eso creo que no es tan descabellado eso de que los enamorados “se alimentan sólo de besos”. Así es casi siempre con el enamoramiento, nos quita el hambre. Y si somos jóvenes, nos basta “con el pan y el vino”.

Para cuando llegan los hijos, la realidad de la maquinaria doméstica se impone de tal manera que la despensa no sólo crece considerablemente, sino que requiere una disciplina de abastecimiento que se cumple en aras del bienestar familiar y la reproducción de la vida misma.

Y cuando la rutina se instala en el amor y en la cocina, hay que reinventarse. A los menús de entre semana habrá que darles un giro, tal vez un ligero toque de fusión. En ocasiones nos bastará con comer esas nuevas versiones de nuestros platillos favoritos, y en otras, quizás alguien desee probar nuevos sabores, algo exótico o jamás deseado. Y tal vez le gusten tanto que no quiera comer jamás los guisos de antes. O puede ser que esos antojos sean sólo un arrebato que a la postre le provoquen cierto empacho y hasta una seria intoxicación.

Y es que, ¿a quién no le cansa comer “pan con lo mismo”?

Por eso, en la cocina y en el amor, hay que experimentar e innovar. Un mismo alimento sabrá tan distinto como el número de posibilidades para su preparación o cocción. Por ejemplo, un tomate fresco y troceado sabe completamente diferente si se prepara con albahaca, ajo y aceite de oliva para topear una “bruscheta”, que si se mezcla con cebolla, cilantro y chile verde para salsear unos molletes. ¿Lo ven?

Pues con el amor sucede exactamente lo mismo. No es igual intentar tener una noche romántica escuchando el llanto de un bebé en la habitación conjunta, que escaparse unos días –sin hijos– a un hotel con vista al mar.

El secreto también está en el equilibrio. En casa, él hace los guisados del diario y lleva la administración. A mí me toca preparar los platillos de ocasión, los postres y producir el entretenimiento familiar. Ambos tenemos buena sazón, aunque algunas veces él se pasa de sal y yo de cocción.

A él le encanta la comida española e italiana. A mí la mexicana y la japonesa. Pero a los dos nos importa mucho qué se come en casa y tampoco dejamos al azar la elección de un sitio para comer fuera. Para darnos gusto, turnamos los platos caseros y los restaurantes favoritos de ambos.

Y es que el amor se expresa de diferentes maneras y una de ellas es a través de la comida. Si los viernes por la tarde, cuando vuelves del trabajo, él te recibe con una copa de tu vino favorito o, si cuando hacen el súper te pregunta qué nuevo producto se te antoja llevar para la semana y, por si fuera poco, muy seguido te prepara deliciosos guisos como el “pollo con nopales en chile guajillo”, definitivamente sabe halagarte. O si tú le llevas el desayuno a la cama los domingos y cada tanto le compras las gomitas importadas que tanto le gustan, ciertamente, tu relación de pareja aún tiene sazón.

No sé cuánto va a durar la nueva vida en pareja de mi joven y bella amiga. Lo que sí sé es que las parejas de hoy se rigen por reglas y formas menos rígidas que las de mi época, y eso me parece bien y muy liberador para ambas partes. Lo que mi amiga aún no sabe y yo sí, es que si logran vivir muchos años juntos un día podrán alimentarse no sólo de besos, también de proyectos, batallas superadas, recuerdos inolvidables, mucha paciencia, tolerancia, sueños y retos, así como de saborear una profunda y mutua gratitud.

Feliz Día del Amor.

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Gilda Melgar

 Diplomada en Pastelería y Panadería. Gilda Melgar está siempre en busca del gozo culinario. Pone el ojo y el diente en nuevas propuestas para disfrutar y compartir su saber a través de los placeres de la mesa. A través de la literatura y del cine, evoca sensaciones y memorias gastronómicas que liga con sus recomendaciones.

Puebl@Media
Ena Gilda Melgar
Ciudad de México
Miércoles 13 de febrero de 2019.


Gilda Melgar

La cocina es el espacio de la casa en el que la labor doméstica es cosa de nunca acabar. Mañana, tarde y noche, todos sus integrantes abren y cierran cajones o puertas de la estufa, del horno, del lavabo, del refri y demás compartimentos.

Si una casa está realmente habitada, mantener la cocina ordenada y brillante es misión imposible, sin importar si es chica o amplia.

Curiosa por descifrar los tips más “pro” de la gurú japonesa del orden, Marie Kondo, esta semana me aventé el maratón de su serie  titulada “A ordenar”, disponible en Netflix desde el pasado 1 de enero.

Aunque sentía cierta resistencia a verla, la sentencia pronunciada por Kondo desde el primer capítulo acerca de que “es imposible mantener la cocina ordenada”, me relajó lo suficiente como para continuar con toda la serie.

En honor a la verdad, son muy pocos los consejos que podría emular entre todos los que ella ofrece en los siete capítulos de esta primera temporada. Además, de los relativos a la cocina, ninguno me pareció “guau”, tal vez porque tengo la fortuna de vivir con alguien que podría ser la versión masculina de la Kondo.

Muchos de los “principios acerca del orden” que la han vuelto famosa, son aplicados en mi hogar gracias a mi esposo, excepto uno de ellos: “Quédate sólo con lo que te haga brillar”, y es que todas las veces que hacemos “limpieza y eliminación” en la cocina, él vuelve a votar por conservar los frascos de vidrio de café soluble “por si un día se ofrecen” y nunca quiere deshacerse de unos tazones amarillo huevo porque “son muy buenos para calentar el arroz”. Y qué puedo hacer, si como bien dice la gurú: “A la hora de ordenar, es muy importante respetar al otro”.

En el capítulo 4, una pareja californiana que ordena el “pantry” muestra a Marie su “colección de tazas”. Son 26 horrendas tazas con diferentes colores y motivos como las que venden en ferias y regalan en eventos. Aunque los japoneses son poco expresivos, imagino perfecto los ojos “muy abiertos” de la diminuta Marie tratando de disimular su espanto al contemplar esos trastos. Definitivamente ninguna persona o mesa puede “brillar” con objetos así. De hecho, uno de mis principios estéticos-hedónicos es beber café o té en tazas lo más “fashion” posible.

Por otra parte, estoy muy de acuerdo con esta frase del método KonMarie: “Ordenar no se trata sólo de limpiar. También de crear espacios que despierten felicidad”, y yo soy muy feliz en mi cocina cuando horneo, a pesar de que mi compartimento exclusivo para repostería no está “kondeado”, por la sencilla razón de que soy la única que lo ocupa. No necesito tener todos los polvos por un lado ni los líquidos por el otro. Tampoco poner los moldes por tamaños.

Aun así, de verdad “aprecio mis herramientas de cocina por los servicios que me proveen”.

Querida Marie Kondo, después de ver tu serie, tengo algunas cosas que decirte:

1. Sumimasen, pero no puedo ni quiero seguir tu método en mi cocina. Necesito mi mágico desorden para crear nuevos y más deliciosos postres.

2. En tu serie, las mujeres son las únicas que limpian y ordenan la cocina, pero déjame decirte que los hombres también pueden y deben entrarle al trabajo de nunca acabar. Así que, Onegaishimasu, para la segunda temporada, asegúrate de incluir a un varón lidiando con el fregadero.

3. ¡Arigato gozaimasu! por hacerme confirmar, una vez más, que NO voy a malgastar el tiempo que me queda en doblar y doblar, porque definitivamente tengo muchos libros por leer, amigas a las cuales visitar y más series para disfrutar.

Me despido, no sin antes invitarte a grabar uno de tus episodios en México, dentro de una típica cocina con ollas viejas de peltre y comales quemados, sin ningún brillo, como los que utilizamos la mayoría para preparar algunos de los más deliciosos guisos y antojos del mundo.


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Gilda Melgar

 Diplomada en Pastelería y Panadería. Gilda Melgar está siempre en busca del gozo culinario. Pone el ojo y el diente en nuevas propuestas para disfrutar y compartir su saber a través de los placeres de la mesa. A través de la literatura y del cine, evoca sensaciones y memorias gastronómicas que liga con sus recomendaciones.

Puebl@Media
Ena Gilda Melgar
Ciudad de México
Miércoles 30 de enero de 2019.


Tengamos o no la costumbre de comenzar el Año Nuevo con algunos propósitos, lo cierto es que el comienzo de un ciclo siempre se presta a las buenas intenciones de mejorar nuestra vida y, lo digamos o no, todos de alguna manera anhelamos contar con la voluntad necesaria para –ahora sí– romper con los malos hábitos, especialmente los relacionados con la salud.

Resulta que, al volver esta semana a la rutina normal, apenas me entero de cuál fue la “palabra del año” 2018, de acuerdo con el nombramiento que desde hace seis años emite la Fundación del Español Urgente (Fundéu BBVA), en España.

Se trata de "microplástico", palabra que designa “los pequeños fragmentos de plástico (menores de 5 milímetros) que, o bien se fabricaron ya con ese tamaño para ser empleados en productos de limpieza e higiene, o bien se han fragmentado de un plástico mayor (bolsas de la compra, envases de todo tipo…) durante su proceso de descomposición”.

“Su presencia en la arena de las playas, en los organismos de los animales y en la sal marina que consumimos o en el agua que bebemos…” obliga a imponer medidas para reducir el consumo de los plásticos.

Un estudio avalado por Greenpeace y la Universidad Nacional de Incheon (Corea), publicado en octubre pasado, concluyó que 90 por ciento de la sal comercial que consumimos –a nivel mundial– contiene “microplasticos” que pueden afectar la salud.

El autor, Kim Seung-Kyu, señala en su informe que “la ingestión humana de microplásticos a través de productos marinos está fuertemente relacionada con el consumo de plástico en una región determinada”.

Ya sabemos que tomar sal en exceso es dañino, pero que la mayoría de las marcas comerciales que consumimos contienen las sustancias tóxicas de los “microplásticos”, es algo de lo que apenas nos estamos enterando.

¿Cómo es posible que la sal –que pone sabor a nuestras vidas– resulte ahora aún más dañina?

En el mar la vida es más sabrosa y eso es, en gran parte, gracias al sabor de la sal en la arena, en las olas y en los pescados y mariscos.

Volviendo a mis anhelos de año nuevo, me pregunto si, además de diversificar mi dieta en cuanto a ingredientes y sabores, debería disminuir mi consumo de sal, y no sólo por los microplásticos.

Aunque no me considero una persona de gusto muy salado, creo que me sería muy difícil llevar una dieta cero sal.

La OMS recomienda un consumo diario de sal de no más de 5 gramos. De acuerdo con el informe de Greenpeace, si un adulto toma 10 gramos de sal al día, en un año estaría ingiriendo 2 mil microplásticos. Tan sólo a través de la sal.

Lo que aún no queda claro es cómo la presencia de esas sustancias tóxicas afecta la salud e impacta en otros seres vivos.

Lo cierto es que, además de la carne, los lácteos, las harinas y el azúcar, catalogados como alimentos dañinos para la salud, ahora resulta que, aunque no consumamos sal en exceso, hacerlo podría conllevar otros riesgos.

Entonces, ¿cómo le hacemos para ponerle “sal” a nuestra vida sin salar los alimentos?

Sustituyéndola con condimentos naturales como el ajonjolí o la pimienta, el jengibre o la cúrcuma, así como con plantas como la albahaca, el perejil, el orégano, el romero y el laurel. O incluyendo, especialmente en las ensaladas, unos trozos de cebolla, ajo, apio o ajís, los que también añaden un toque picante. En cuanto a los aliños, será mejor olvidarse del limón, ya que siempre lo asociamos con la sal, y en su lugar utilizar vinagre, incluso vinagre de arroz del que se usa para aliñar el arroz del sushi.

Justo el año pasado yo redescubrí la salvia. Los italianos nunca han dejado de usarla y otorga un gran sabor a las carnes y pastas. Pero también es perfecta para condimentar tomates, berenjenas o calabacitas.

Creo que hay varias opciones para evitarnos más riesgos de salud, ahora por la ingesta de sal comercial.

Algo bueno veo en esta nueva alarma: descubrir el verdadero sabor de las verduras y los vegetales, crear nuevas y únicas combinaciones de alimentos y, finalmente, la posibilidad de encontrar “la sal de la vida” en algo que no sea comestible, pero sí besable, quizás.

Que todos sus buenos anhelos de año nuevo se cumplan y les den muchas alegrías.

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Gilda Melgar

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Ena Gilda Melgar
Ciudad de México
Domingo 13 de enero de 2019.

Gilda Melgar

La austeridad tan prometida durante 12 años de campaña por el nuevo Presidente de México, se hizo patente en el menú servido en el Palacio Nacional durante la recepción ofrecida a los jefes de Estado, representantes de gobiernos e invitados especiales a su toma de posesión.

Compuesto por cuatro tiempos, el menú presentado con la leyenda: “Comida que ofrecen el licenciado Andrés Manuel López Obrador, Presidente de los Estados Unidos Mexicanos, y su esposa, la señora Beatriz Gutiérrez Müller, en ocasión de la transmisión del Poder Ejecutivo Federal”, constó de “Ensalada de calabazas criollas en cama de pipián”, “Crema de Huitlacoche”,  “Costilla en salsa de axiote con esquites y molote de plátano”, “Dulce de zapote negro con nieve de mandarina” o “Dulce de Calabaza de Castilla con crema montada de vainilla y garapiñados”.

La nota sobre el menú no sólo está en la austeridad de los ingredientes en los platillos, sino también en el hecho de que no se sirvieron bebidas alcohólicas. Si hubo brindis, habrá sido con las aguas frescas de chía y jamaica.

Dicen que forma es fondo, y el nuevo mandatario no dejó lugar a dudas –en este primer acto de Estado– en el cumplimiento de su promesa de no más despilfarro por parte del gobierno, amén de que ésta era también una oportunidad de oro para limpiar la mala imagen que dejara la “boda fifí” de César Yáñez, su brazo derecho.

Ahora no hubo langosta ni champán y no sé si algunos invitados pensaban que iban a deleitarse con la cocina mexicana estilo Pujol de Enrique Olvera, pero lo seguro es que, después de la comida, les tuvo que haber quedado claro de qué va el nuevo gobierno mexicano.

Tengo mis reservas con respecto a la actuación de la nueva administración federal, sin embargo, ello no impide a mi dolcealterego felicitar la congruencia mostrada por López Obrador en este acto, aunque sea en las formas, así como expresar mi deseo –con todo el corazón y por el bien de México– de que los alimentos que tanto abundan en nuestra geografía natural, lleguen a todas las familias del país y no sólo como un sustento básico y derecho fundamental, sino también como un gozo de vida.

Que así sea. 

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*Gilda Melgar

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Puebl@Media
Ena Gilda Melgar
Ciudad de México
Domingo 2 diciembre 2018.


Gilda Melgar      

La segunda acepción descrita en la RAE para la palabra ofrenda dice: “Pan, vino u otras cosas que llevan los fieles a la iglesia como sufragio a los difuntos, al tiempo de la misa y en otras ocasiones”.

Aunque esta definición está relacionada con los rituales de la religión católica, la idea de la ofrenda es un concepto universal y milenario.

Nuestra ofrenda para Día de Muertos es un claro ejemplo del sincretismo entre las culturas prehispánica y cristiana, pues contiene elementos que fueron utilizados por los pueblos mesoamericanos en sus rituales funerarios, como la comida y el copal.

En algunas tumbas mayas –dedicadas a los nobles– se han encontrado platos con inscripciones de los vocablos tamal y pozole, por lo cual se infiere que estos alimentos eran dispuestos junto a su cuerpo para “alimentarlos” en su camino al otro mundo.

Las culturas asiáticas –coreana, china y japonesa– comparten con nosotros esta tradición milenaria de “ofrendar” alimentos a los muertos, no sólo en los rituales funerarios sino también como parte del recuerdo de los antepasados.

La idea básica detrás de estos rituales parte de la creencia de que su alma o espíritu permanece después de la muerte y puede volver al mundo de los vivos en forma de “fantasma” o “espíritu maligno”. Para que esto no suceda, hay que venerarlos y presentarles ofrendas.

Algunas filosofías budistas contemporáneas han adoptado y adaptado la idea milenaria de la ofrenda a los antepasados como una parte fundamental de su práctica laica en el mismo entendido de que el espíritu de los ancestros permanece y afecta de alguna manera la vida de sus descendientes. Sólo que, en algunos casos específicos, los budistas laicos cuentan con una ofrenda permanente para sus familiares fallecidos, la cual es revestida de alimentos, flores e incienso durante todo el año, no sólo el Día de Muertos.

En este estilo de ofrenda budista y laica, también se colocan los alimentos preferidos por los antepasados, incluyendo bebidas alcohólicas. Para el aniversario de muerte, es decir, en la fecha exacta de fallecimiento de los seres más cercanos, suele ofrendarse alimentos de lujo o especiales, como dulces o destilados finos.

De acuerdo con el pensamiento budista, hay cuatro sufrimientos inherentes a todos los seres vivos: nacer, envejecer, enfermar y morir. Ninguna persona, rica o pobre, podrá escapar de ellos. Nuestra vida está llena de sufrimiento porque nos apegamos a deseos, objetos y personas. Y la única forma de escapar de ese sufrimiento es a través del desapego y la renuncia a nuestros deseos. Por supuesto que es muy fácil decirlo. Vivirlo, no.

No obstante, en mi propia vida, la conciencia de la muerte como algo natural e insoslayable, junto con la apropiación del “principio de impermanencia” (otro concepto básico del budismo), me han ayudado a no dar nada por sentado y valorar más a mis vivos.

Consciente de que un día cualquiera puedo no estar más en este mundo, hago ofrendas a muertos y vivos. A mis ancestros, nombres póstumos, agua, incienso y flores. A mis vivos, mis mejores platillos, los más dulces postres y las más suaves palabras.

Un día llegué a la conclusión de que, si bien montar ofrendas anuales a los muertos puede ser un acto amoroso, loable y hasta “chic”, también es un ritual muy fácil de cumplir.
Pero ofrendarse, volverse uno un ser generoso y correcto dando su talento en el ámbito laboral, o entregando su amor y tiempo a los suyos sin reparo, eso sí que es un acto harto difícil de realizar, que implica mucha labor personal.

Obviamente sí quiero montar una linda ofrenda para los ancestros a los que debo mi vida, pero al mismo tiempo, deseo ser una ofrenda viva para los míos, y no estoy pensando en las princesas mayas (que yo sí podría ser) que ofrecían su corazón a los dioses.

No. Pienso en mis ofrendas cotidianas, como el basto desayuno que preparo a mi familia los fines de semana. En el chocolate que le compro a mi esposo los domingos por la tarde. En el postre y vino que llevo a las fiestas a las que me invitan. En los regalos que traigo a mis amigos tras un viaje. En el cumplido que hago a mis amigas cuando las veo.

México es reconocido en todo el mundo por su ofrenda y fiesta para los muertos, pero también es valorado por ofrendarse a los vivos.

El desfile de muertos del pasado fin de semana sobre el Paseo de la Reforma fue dedicado a los migrantes, en particular los centroamericanos que se dirigen en caravana a la ciudad.

México también le abrió sus puertas a mi familia a finales de los 70, cuando la guerra civil de El Salvador nos obligó a salir. Los mexicanos nos arroparon del mismo modo que fueron generosos con los españoles, chilenos, argentinos, colombianos y haitianos.

Sigamos siendo una mega ofrenda, viva y permanente, tanto para los que ya no están como para los que aún nos necesitan y podemos ayudar.

Feliz Día de Muertos.

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*Gilda Melgar

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Ena Gilda Melgar
Ciudad de México
Jueves 1 de noviembre 2018.

Gilda Melgar

Bohemia de París alegre, loca y gris de un tiempo ya pasado

en donde en un desván con traje de can-can posabas para mí

y yo con devoción pintaba con pasión tu cuerpo fatigado

hasta el amanecer a veces sin comer y siempre sin dormir.

 

La bohemia, la bohemia

era el amor felicidad.

La bohemia, la bohemia

era una flor de nuestra edad.

 

Después de cursar una asignatura sobre arte del siglo XIX el último año de la universidad, me obsesioné con el Impresionismo y el postimpresionismo. Los carteles de Henri de Toulouse-Lautrec ejercían sobre mí una gran fascinación y curiosidad por la “belle époque”. La fiesta parisina representada en su obra a través de imágenes de cabaret, música, sensualidad y placeres de la mesa me hacía soñar con otros mundos, no sólo en el ámbito geográfico, sino también respecto del hedonismo que en aquella época afloraba en mí.

Ahora sé que los impresionistas y postimpresionistas fueron una verdadera revelación en mi juventud debido a que la “bohemia” que conocía entonces, se limitaba al placer de la literatura y la música.

Por eso, las ilustraciones de Lautrec sobre la vida nocturna en Montmartre y sus cafés concierto, teatros y bailarinas del can-can, llamaban poderosamente mi atención sobre un estilo de vida desconocido y secretamente anhelado.

Más tarde, y gracias a películas memorables que transcurren en los alrededores de Montmartre, como Moulin Rouge (1952), French Kiss (1995), Amélie (2001) y Midnigth in Paris (2011), el barrio de Toulouse Lautrec me fue pareciendo cada vez más familiar hasta que, el verano pasado, por fin pude pisar sus calles y rendirme ante su encanto, aunque fuera en compañía de cientos de turistas de todo el mundo.

Pasear por el barrio de ensueño al que el recién fallecido Charles Aznavour le dedicó su éxito de los años 60, titulado “La Boheme”, donde alguna vez residieron Picasso, Edith Piaf, Jean Marais o Boris Vian, me entusiasmó tanto que logré subir las escaleras al mirador de la Basílica del Sagrado Corazón casi de un tirón.

Pararme en el mismo sitio donde la protagonista de Amélie imagina el número de orgasmos simultáneos de sus vecinos y comprar fruta en un puesto callejero o tomar café al estilo del Deux Moulins cerca de la plaza del Tertre en la que –quizás– Henri pintó sus famosos carteles del Chat Noir y el champán Ruinart, fue un sueño hecho realidad.

Y si bien la boheme de Montmartre no existe más –tal como reza la canción de Aznavour–, sus tiendas, boutiques, restaurantes, puestos y estaciones del metro aledañas nos ofrecen un lado del París contemporáneo vibrante y diverso que hay que experimentar.

Después de subir al Sagrado Corazón y recorrer las tiendas de souvenirs, panaderías y bombonerías “de cajón” como Maxim’s donde compramos una caja de macarons y un delantal súper cliché con bombones en tonos pastel, mis amigos y yo nos premiamos con una cena de cocina tradicional francesa en el café L’artiste, sobre la Rue Gabrielle, un pequeño restaurante con mucho encanto y servicio cálido.

Pedimos un menú completo con entrada, plato principal y postre a un precio muy accesible, tratándose de París.

Lo mejor de la noche fueron la sopa de cebolla, el salmón a la parrilla con ejotes salteados, el clásico Boeuf Bourguignon con sus papas cocidas y nuestras copas de Bordeaux chocando por la felicidad de un sueño cumplido gracias a Toulouse-Lautrec y mi dolcealterego.

 

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Ena Gilda Melgar
Ciudad de México
Martes 16 octubre 2018.


Gilda Melgar     

Llegó octubre, el mes rosa para la lucha internacional contra el cáncer de mama, considerado como la primera causa de muerte en las mujeres mexicanas.

En la cruzada nacional del “listón rosa” no sólo participan grandes empresas con campañas para la recolección de fondos ‒como la compañía Avon, pionera en lanzar anualmente un cosmético alusivo‒, sino que también se incluyen varias asociaciones dedicadas a la divulgación, prevención, detección y atención de la enfermedad.

Es el caso de la Fundación Cima, que durante 16 años ha marcado la pauta en materia de recaudación de fondos al aliarse con grandes marcas nacionales e internacionales para la edición y venta especial de productos “rosas”, como las bolsas Cloe, Nutrisa, Aguafiel,

Dove, etcétera. Desde el año pasado, Cima inició también una alianza con la industria restaurantera.

Este 2018 no es la excepción, y se alió con 12 restaurantes a través de una “Ruta gastronómica” en la que esos establecimientos ofrecerán un menú especial con alimentos y bebidas color rosa, en pro de su labor.

Los restaurantes que durante el mes de octubre donarán a la Fundación Cima entre 20 y 25 por ciento de las ventas de su #Menú Rosa, son Butcher & Sons, Chiefs, Jaso, el Mayor, Vapiano, Drupa café, Rubaiyat, Casa Q, Carbonvino, Rustic Kitchen, Izadi y Rouge Bohème.

Por ejemplo, en el Rubaiyat, el chef Martín Vázquez ofrecerá su emblemática “Tostada de Atún” con una base de aderezo de chipotle y aguacate, poro frito, camote frito y atún fresco sellado en ponzu, acompañada por una “Caipiriña Rosa”, hecha con limón macerado en azúcar con cachaza y soda de limón pintada con granadina.

Rouge Bohème se une a la causa con tres creaciones del chef Sebastian Lelouch, con ingredientes cuidadosamente pensados para prevenir el cáncer: la “Pirámide que Quinoa”, con una base de puré de aguacate, suprema de naranja y salmón; unos “Ravioles rellenos de hongo silvestre” y una “Tarta de crema pastelera al betabel con frutos rojos”, postre que va perfecto con el color del mes y que el chef ha incluido debido a que “el betabel contiene betacaroteno y flavonoides y poderosos antioxidantes”, mientras que “los frutos rojos, aportan antioxidantes y flavonoides que se encargan de limpiar todos los radicales del cuerpo, responsables de dañar las células”.

El Dupra café de Coyoacán ofrecerá un “Frapé de frutos rojos” y una “Malteada de moras de la selva”.

El restaurante de cocina italiana Vapiano participará ¡pintando todas las pastas de su menú de color rosa! Y la verdad es que se ven muy bonitas y, sobre todo, antojables.

Tener un pretexto con causa social para comer platillos de edición limitada ¡no tiene precio!

No pierdan esta oportunidad y apoyen con el #MenúRosa que más les guste.

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*Gilda Melgar

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Puebl@Media
Ena Gilda Melgar
Ciudad de México
Sábado 29 de septiembre de 2018.


Gilda Melgar

En relación con el próximo 208 aniversario de nuestra Independencia, esta semana mi hijo tuvo como tarea escolar la redacción de un texto con el tema “Lo que me gusta y no me gusta de México”.

En esa tarea, él describió cuánto le disgusta vivir en un país inseguro, violento y racista. Sobre lo que le gusta, anotó que disfruta de sus tradiciones y celebraciones, especialmente del Día de Muertos y el 15 de septiembre.

Al preguntarle qué es lo que le gusta de las fiestas patrias, me respondió que los adornos de las calles, las luces después de la ceremonia del Grito y toda la comida deliciosa alrededor del festejo. Y ¡cómo no!, si tenemos infinidad de guisos y antojos para disfrutar de la fiesta nacional y de nuestras propias celebraciones de vida.

Nuestras opciones culinarias son tan variadas como la propia riqueza natural de nuestro territorio. Por algo la cocina mexicana fue nombrada en 2010 por la UNESCO como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad. Un título que también ostentan las cocinas de Japón, Italia y Francia.

Los platos tradicionales mexicanos recibieron ese nombramiento no sólo por su mezcla exquisita de ingredientes, sino también “por ser un modelo cultural integral que incluye aspectos como la agricultura tradicional, prácticas rituales y costumbres comunitarias ancestrales”.

Debido a su antigüedad, riqueza, técnica y diversidad, nuestra cocina transciende fronteras y se reinventa sin perder identidad. Qué orgullo ver restaurantes y cafés de comida mexicana por todo el mundo. Además, tres restaurantes mexicanos forman parte de la lista internacional de “Los 50 mejores”.

México también es uno de los países con más productos designados con el registro “Denominación de origen”. Entre nuestros 14 productos con esa denominación se encuentran la vainilla de Papantla, el café de Chiapas, el tequila de Jalisco, el mezcal de Oaxaca y el chile habanero de Yucatán.

Otros alimentos producidos mayoritariamente en México, como el nopal y el amaranto, se exportan y salen al mundo para ser utilizados en variedad de alimentos, suplementos y cosméticos. Por ejemplo, nuestro amaranto es uno de los cereales recién seleccionados por la marca alemana Ritter Sport para su edición especial de chocolates veganos.

En realidad, nuestras fiestas patrias sólo son el pretexto mayor para disfrutar en grande de los sabores con que celebramos la vida a cada momento, desde que nacemos y hasta después de la muerte, a través de la ofrenda.

En bautizos, primera comunión, bodas, cumples y aniversarios, nuestras mesas se engalanan con tamales, taquizas y moles. Claro que el 15 de septiembre tiene sus platos estrella en el pozole, los pambazos, las tostadas y el chile en nogada, así como en incontables antojitos y garnachas callejeras. Los esquites y los elotes asados de Coyoacán son mi antojo favorito.

Aún no sé cuál será mi destino gastronómico este sábado. Sólo sé que mi único antojo es un chile en nogada como Dios manda, o sea, elaborado según la receta original y con ingredientes 100 por ciento poblanos. Mi hijo ya pidió que vayamos a un sitio donde él pueda disfrutar de su plato favorito: unas exquisitas enchiladas de mole. Por fortuna, la oferta es vasta.

El 15 de septiembre no importa a qué equipo de futbol le vamos o si comulgamos o no con el partido en el poder. Tampoco la región del país en que habitamos, nuestro estilo de vida o condición social. Lo importante de la fiesta de Independencia es que nos une en la identidad cultural y el gozo de nuestros platillos más emblemáticos, esos que nos representan orgullosamente ante el mundo.

¡Que vivan los sabores MX!

 

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*Gilda Melgar

Diplomada en Pastelería y Panadería. Gilda Melgar está siempre en busca del gozo culinario. Pone el ojo y el diente en nuevas propuestas para disfrutar y compartir su saber a través de los placeres de la mesa. A través de la literatura y del cine, evoca sensaciones y memorias gastronómicas que liga con sus recomendaciones.

Puebl@Media
Ena Gilda Melgar
Ciudad de México
Sábado 15 de septiembre de 2018.

 

 Gilda Melgar    

 

“Bares, qué lugares
tan gratos para conversar.
No hay como el calor del amor en un bar”.

 

Llegué a Madrid al mediodía de un sábado de julio. El sol brillaba en todo su esplendor cayendo sin piedad sobre sus calles y plazas abarrotadas de turistas que disfrutaban del chispeante verano español.

Por la tarde tuve mi primer encuentro con sus sabores auténticos a través de una experiencia de viaje Airbnb llamada “The original Madrid Tapas Crawl”, guiada por Raúl, un comidista local que se presenta en esa plataforma como “alguien con un enorme talento para distinguir entre la comida buena y la excelente”.

La caravana de Raúl hace parada en cinco bares con las mejores tapas del distrito de Chamberí, en el corazón de la ciudad.

Por casi cuatro horas, mis amigos y yo, junto con otros turistas de Estados Unidos, Australia y ... disfrutamos por lo menos de 12 de las mejores y más tradicionales tapas, todas maridadas con un trago específico, las que por sí mismas son un platillo estrella de los sitios visitados.

En esta experiencia culinaria todo va “in crescendo” y por eso comienza en el sitio más fresa y con la tapa más fresca de todas: un pan untado con “Ensaladilla de verano”, la clásica de patatas con atún y cebollín. Cada bocado se nos deshacía en la boca porque las papas estaban suaves y untuosas –que no deshechas– y fue aún más gozoso disfrutarlas gracias al maridaje elegido por Raúl, una copa de vino tinto de La Rioja, de nombre Tarao especiado y refrescante.

Antiguamente las tapas se acompañaban sólo con vino, pero hoy se emparejan con cualquier bebida y es por eso que, de segunda, Raúl nos llevó al bar mítico El Doble, una cervecería con fachada de talavera pintada a mano en la que nos sirvieron una caña doble de Mahou clásica con un montadito de jamón ibérico, piquillo y boquerón, además de mejillones, anchoas, aceitunas variadas y ¡papas fritas! El ambiente, incomparable.

Mi tapa preferida apareció en la tercera parada. Dioses. El “pork belly” o Torrezno de El Claxon Bar Taberna horneado a baja temperatura por más de 8 horas (la propuesta slow food de Raúl) y su chorizo picante, emparejados con un trago a base de Vermouth, es indiscutiblemente la mejor pareja de toda la caravana. Estos trozos de panceta frita con costra crujiente y carne extra suave se quedarán en mí memoria culinaria para siempre. El alto grado alcohólico del vermut apenas si logra el cometido de diluir tanta grasa. Me importa un bledo mi colesterol, pues daría cualquier cosa por volver alguna vez al Claxon.

En la taberna número cuatro, llamada Alipio Ramos, tradicional y emblemática, probamos las más famosas de las tapas españolas: la “Tortilla” y lonchas de jamón ibérico, acompañadas de una copa de “Sangría”. ¿Alguien puede pedir más? A esas alturas y con toda el azúcar de la bebida, el grupo reía a carcajadas y actuaba como si todos fuéramos amigos de toda la vida.

Alguien preguntó al anfitrión si la tortilla debía estar aguada al centro, a lo que él contestó con un rotundo NO, aclarando que la consistencia era una cuestión de gustos, estilos familiares y regionales. Eso sí, ¡nos compartió su receta! Y sentenció: “Condición indispensable para todas las tortillas españolas: cebolla y muuucho aceite de oliva”.

Para cerrar con broche de oro, Raúl nos condujo a la tapería gallega de estilo contemporáneo llamada ‘Ni subo-ni bajo’, aunque en honor a la verdad arribamos ahí muy subidos de tono.

Nos sirvieron dos de sus especialidades: “Calamares a la romana” y “Pulpo frito”, emparejadas con un Proseco bien frío. A manera de digestivo, también hubo un vino blanco caliente.

Al despedirnos de Raúl, nos contó que vivió tres años en la CDMX y que, al enterarse de que atendería a un grupo de mexicanos, supo de inmediato quiénes serían los primeros y los únicos en terminarse todas las bebidas y tapas. Y así fue. No dejamos ni rastro. Sólo las ganas de volver a disfrutar de su amable anfitrionía y talento para distinguir lo mejor de lo mejor.

¡Qué manera de recibirme Madrid!

 

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*Gilda Melgar

Diplomada en Pastelería y Panadería. Gilda Melgar está siempre en busca del gozo culinario. Pone el ojo y el diente en nuevas propuestas para disfrutar y compartir su saber a través de los placeres de la mesa. A través de la literatura y del cine, evoca sensaciones y memorias gastronómicas que liga con sus recomendaciones.

Puebl@Media
Ena Gilda Melgar
Ciudad de México
Sábado 25 de agosto de 2018.


Gilda Melgar         

Las vacaciones de verano –oficialmente inauguradas este día– me hacen ilusión, aunque no tenga un plan de viaje o de distracción específica, pues el solo hecho de disfrutar de la ciudad con menos tráfico y caos me trae paz.

Platicando hace poco con un pariente que vive fuera le comenté que, si viene a la CDMX, con gusto le llevo a los lugares más emblemáticos. Por mi mente pasó una idea de recorrido, que la verdad me pareció demasiado trillado, como de agencia de viajes a la antigua.

Resolví que no debía mostrarle sólo la cara cosmopolita o de “estampa” de la ciudad. Tampoco ofrecerle únicamente experiencias “imperdibles”, como la visita al mirador de la Torre Mayor o el recorrido por los murales de Orozco, Rivera y Tamayo en Bellas Artes, sino también mostrarle otros sitios o rincones de encanto que, si bien no aparecen en las guías de viaje, dan cuenta de una ciudad con historia, diversa e incluyente.

¿Qué tal si le llevo a desayunar a la Central de Abastos, el megamercado de la ciudad, ahora intervenido con 16 murales de artistas de todo el mundo gracias a un proyecto urbano avalado por la ONU? Y no hablo del turismo hípster, sino de llevar al viajero a una experiencia cotidiana y común en la que no hay necesariamente un escenario para “selfies”.

Por supuesto que hay sitios megaturísticos que son imperdibles de la CDMX. Por ejemplo, para mostrarle el legado prehispánico le llevaría al Templo Mayor y al Museo de Antropología. Y también le haría admirar la colección de arte mesoamericano del Soumaya, con su curaduría de primer mundo y arquitectura vanguardista, quiera ahí una “selfie” o no.

Para mostrarle en una sola calle al México colonial, independiente, porfiriano y contemporáneo, vibrante e incluyente, empezaría por desayunar un chocolate caliente con su bisquet en la cafetería Trevi, a un costado la Alameda Central –el parque más antiguo de América Latina–, para luego entrar al Museo Memoria y Tolerancia. Después caminaríamos sobre la calle de Madero hacia el Zócalo –por la que atraviesan cada día alrededor de 350 mil personas–, parando por un trago en el bar del Sanborns de los Azulejos y entrar después a admirar el atrio bañado en oro del Ex Convento de San Francisco.

Por la tarde visitaríamos el Museo del Estanquillo de Monsiváis, la librería Gandhi. La comida tendría que ser en la Terraza del Gran Hotel de la Ciudad de México, con su arquitectura art noveau y sus vitrales Tiffany.

Para observar al México ecléctico, vanguardista o alternativo, le pasearía por la Roma y la Condesa con sus propuestas de tendencia en arte, diseño y gastronomía. Además del Parque España y el Jardín Pushkin, le llevaría al MODO (Museo del Objeto del Objeto), que ahora mismo presenta una exposición de propaganda electoral desde los tiempos de Madero. E incluiría a la Nueva Santa María con su Kiosko morisco y fondas como la Chilakillers. Desde el año pasado esa colonia cuenta con su “Mercado Morisco”, el mismo concepto gastronómico de la Roma, San Ángel y Coyoacán. Por la zona se encuentra el ya famoso “Microteatro México”, en el que se representan propuestas teatrales de 15 minutos a precios accesibles.

Para el México cultural y hippie chic, obviamente iríamos a San Ángel y Coyoacán con sus mercados, fondas, bazares y museos. Y no sólo le llevaría al Museo Casa Azul de Frida y sus interminables filas, también al Museo de Culturas Populares, después de desayunar en el popular Tres Coyotes o tomar un café en el sibarita Ruta de la Seda.

Faltan Ciudad Universitaria y las zonas de Polanco, Chapultepec, Zona Rosa, Paseo de la Reforma, Lomas y anexas. Claro que eso es el México “bonito” que todos queremos mostrar; sin embargo, cada uno de nosotros podría enseñar al extranjero otros recorridos alternos, de acuerdo con su zona y ambiente para dar cuenta.

La CDMX es un destino internacional de encuentro para el arte, la cultura y la educación, el deporte, la medicina, el mundo empresarial, asuntos religiosos y gastronomía que anualmente recibe a cerca de 10 millones de turistas nacionales y extranjeros.

Con la visita de mi pariente o no, ya tengo una lista de 10 sitios chic y alternativos que aún no conozco y que serán parte de mi aventura de verano CDMX.

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*Gilda Melgar

Diplomada en Pastelería y Panadería. Gilda Melgar está siempre en busca del gozo culinario. Pone el ojo y el diente en nuevas propuestas para disfrutar y compartir su saber a través de los placeres de la mesa. A través de la literatura y del cine, evoca sensaciones y memorias gastronómicas que liga con sus recomendaciones.

Puebl@Media
Ena Gilda Melgar
Ciudad de México
Viernes 6 julio de 2018.

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El mundo es comprendido por el paradigma, es la forma por la cual es entendido el mundo, el hombre y por supuesto las realidades cercanas al conocimiento.

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