Gilda Melgar

La austeridad tan prometida durante 12 años de campaña por el nuevo Presidente de México, se hizo patente en el menú servido en el Palacio Nacional durante la recepción ofrecida a los jefes de Estado, representantes de gobiernos e invitados especiales a su toma de posesión.

Compuesto por cuatro tiempos, el menú presentado con la leyenda: “Comida que ofrecen el licenciado Andrés Manuel López Obrador, Presidente de los Estados Unidos Mexicanos, y su esposa, la señora Beatriz Gutiérrez Müller, en ocasión de la transmisión del Poder Ejecutivo Federal”, constó de “Ensalada de calabazas criollas en cama de pipián”, “Crema de Huitlacoche”,  “Costilla en salsa de axiote con esquites y molote de plátano”, “Dulce de zapote negro con nieve de mandarina” o “Dulce de Calabaza de Castilla con crema montada de vainilla y garapiñados”.

La nota sobre el menú no sólo está en la austeridad de los ingredientes en los platillos, sino también en el hecho de que no se sirvieron bebidas alcohólicas. Si hubo brindis, habrá sido con las aguas frescas de chía y jamaica.

Dicen que forma es fondo, y el nuevo mandatario no dejó lugar a dudas –en este primer acto de Estado– en el cumplimiento de su promesa de no más despilfarro por parte del gobierno, amén de que ésta era también una oportunidad de oro para limpiar la mala imagen que dejara la “boda fifí” de César Yáñez, su brazo derecho.

Ahora no hubo langosta ni champán y no sé si algunos invitados pensaban que iban a deleitarse con la cocina mexicana estilo Pujol de Enrique Olvera, pero lo seguro es que, después de la comida, les tuvo que haber quedado claro de qué va el nuevo gobierno mexicano.

Tengo mis reservas con respecto a la actuación de la nueva administración federal, sin embargo, ello no impide a mi dolcealterego felicitar la congruencia mostrada por López Obrador en este acto, aunque sea en las formas, así como expresar mi deseo –con todo el corazón y por el bien de México– de que los alimentos que tanto abundan en nuestra geografía natural, lleguen a todas las familias del país y no sólo como un sustento básico y derecho fundamental, sino también como un gozo de vida.

Que así sea. 

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*Gilda Melgar

 Diplomada en Pastelería y Panadería. Gilda Melgar está siempre en busca del gozo culinario. Pone el ojo y el diente en nuevas propuestas para disfrutar y compartir su saber a través de los placeres de la mesa. A través de la literatura y del cine, evoca sensaciones y memorias gastronómicas que liga con sus recomendaciones.

Puebl@Media
Ena Gilda Melgar
Ciudad de México
Domingo 2 diciembre 2018.


Gilda Melgar      

La segunda acepción descrita en la RAE para la palabra ofrenda dice: “Pan, vino u otras cosas que llevan los fieles a la iglesia como sufragio a los difuntos, al tiempo de la misa y en otras ocasiones”.

Aunque esta definición está relacionada con los rituales de la religión católica, la idea de la ofrenda es un concepto universal y milenario.

Nuestra ofrenda para Día de Muertos es un claro ejemplo del sincretismo entre las culturas prehispánica y cristiana, pues contiene elementos que fueron utilizados por los pueblos mesoamericanos en sus rituales funerarios, como la comida y el copal.

En algunas tumbas mayas –dedicadas a los nobles– se han encontrado platos con inscripciones de los vocablos tamal y pozole, por lo cual se infiere que estos alimentos eran dispuestos junto a su cuerpo para “alimentarlos” en su camino al otro mundo.

Las culturas asiáticas –coreana, china y japonesa– comparten con nosotros esta tradición milenaria de “ofrendar” alimentos a los muertos, no sólo en los rituales funerarios sino también como parte del recuerdo de los antepasados.

La idea básica detrás de estos rituales parte de la creencia de que su alma o espíritu permanece después de la muerte y puede volver al mundo de los vivos en forma de “fantasma” o “espíritu maligno”. Para que esto no suceda, hay que venerarlos y presentarles ofrendas.

Algunas filosofías budistas contemporáneas han adoptado y adaptado la idea milenaria de la ofrenda a los antepasados como una parte fundamental de su práctica laica en el mismo entendido de que el espíritu de los ancestros permanece y afecta de alguna manera la vida de sus descendientes. Sólo que, en algunos casos específicos, los budistas laicos cuentan con una ofrenda permanente para sus familiares fallecidos, la cual es revestida de alimentos, flores e incienso durante todo el año, no sólo el Día de Muertos.

En este estilo de ofrenda budista y laica, también se colocan los alimentos preferidos por los antepasados, incluyendo bebidas alcohólicas. Para el aniversario de muerte, es decir, en la fecha exacta de fallecimiento de los seres más cercanos, suele ofrendarse alimentos de lujo o especiales, como dulces o destilados finos.

De acuerdo con el pensamiento budista, hay cuatro sufrimientos inherentes a todos los seres vivos: nacer, envejecer, enfermar y morir. Ninguna persona, rica o pobre, podrá escapar de ellos. Nuestra vida está llena de sufrimiento porque nos apegamos a deseos, objetos y personas. Y la única forma de escapar de ese sufrimiento es a través del desapego y la renuncia a nuestros deseos. Por supuesto que es muy fácil decirlo. Vivirlo, no.

No obstante, en mi propia vida, la conciencia de la muerte como algo natural e insoslayable, junto con la apropiación del “principio de impermanencia” (otro concepto básico del budismo), me han ayudado a no dar nada por sentado y valorar más a mis vivos.

Consciente de que un día cualquiera puedo no estar más en este mundo, hago ofrendas a muertos y vivos. A mis ancestros, nombres póstumos, agua, incienso y flores. A mis vivos, mis mejores platillos, los más dulces postres y las más suaves palabras.

Un día llegué a la conclusión de que, si bien montar ofrendas anuales a los muertos puede ser un acto amoroso, loable y hasta “chic”, también es un ritual muy fácil de cumplir.
Pero ofrendarse, volverse uno un ser generoso y correcto dando su talento en el ámbito laboral, o entregando su amor y tiempo a los suyos sin reparo, eso sí que es un acto harto difícil de realizar, que implica mucha labor personal.

Obviamente sí quiero montar una linda ofrenda para los ancestros a los que debo mi vida, pero al mismo tiempo, deseo ser una ofrenda viva para los míos, y no estoy pensando en las princesas mayas (que yo sí podría ser) que ofrecían su corazón a los dioses.

No. Pienso en mis ofrendas cotidianas, como el basto desayuno que preparo a mi familia los fines de semana. En el chocolate que le compro a mi esposo los domingos por la tarde. En el postre y vino que llevo a las fiestas a las que me invitan. En los regalos que traigo a mis amigos tras un viaje. En el cumplido que hago a mis amigas cuando las veo.

México es reconocido en todo el mundo por su ofrenda y fiesta para los muertos, pero también es valorado por ofrendarse a los vivos.

El desfile de muertos del pasado fin de semana sobre el Paseo de la Reforma fue dedicado a los migrantes, en particular los centroamericanos que se dirigen en caravana a la ciudad.

México también le abrió sus puertas a mi familia a finales de los 70, cuando la guerra civil de El Salvador nos obligó a salir. Los mexicanos nos arroparon del mismo modo que fueron generosos con los españoles, chilenos, argentinos, colombianos y haitianos.

Sigamos siendo una mega ofrenda, viva y permanente, tanto para los que ya no están como para los que aún nos necesitan y podemos ayudar.

Feliz Día de Muertos.

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*Gilda Melgar

 Diplomada en Pastelería y Panadería. Gilda Melgar está siempre en busca del gozo culinario. Pone el ojo y el diente en nuevas propuestas para disfrutar y compartir su saber a través de los placeres de la mesa. A través de la literatura y del cine, evoca sensaciones y memorias gastronómicas que liga con sus recomendaciones.

Puebl@Media
Ena Gilda Melgar
Ciudad de México
Jueves 1 de noviembre 2018.

Gilda Melgar

Bohemia de París alegre, loca y gris de un tiempo ya pasado

en donde en un desván con traje de can-can posabas para mí

y yo con devoción pintaba con pasión tu cuerpo fatigado

hasta el amanecer a veces sin comer y siempre sin dormir.

 

La bohemia, la bohemia

era el amor felicidad.

La bohemia, la bohemia

era una flor de nuestra edad.

 

Después de cursar una asignatura sobre arte del siglo XIX el último año de la universidad, me obsesioné con el Impresionismo y el postimpresionismo. Los carteles de Henri de Toulouse-Lautrec ejercían sobre mí una gran fascinación y curiosidad por la “belle époque”. La fiesta parisina representada en su obra a través de imágenes de cabaret, música, sensualidad y placeres de la mesa me hacía soñar con otros mundos, no sólo en el ámbito geográfico, sino también respecto del hedonismo que en aquella época afloraba en mí.

Ahora sé que los impresionistas y postimpresionistas fueron una verdadera revelación en mi juventud debido a que la “bohemia” que conocía entonces, se limitaba al placer de la literatura y la música.

Por eso, las ilustraciones de Lautrec sobre la vida nocturna en Montmartre y sus cafés concierto, teatros y bailarinas del can-can, llamaban poderosamente mi atención sobre un estilo de vida desconocido y secretamente anhelado.

Más tarde, y gracias a películas memorables que transcurren en los alrededores de Montmartre, como Moulin Rouge (1952), French Kiss (1995), Amélie (2001) y Midnigth in Paris (2011), el barrio de Toulouse Lautrec me fue pareciendo cada vez más familiar hasta que, el verano pasado, por fin pude pisar sus calles y rendirme ante su encanto, aunque fuera en compañía de cientos de turistas de todo el mundo.

Pasear por el barrio de ensueño al que el recién fallecido Charles Aznavour le dedicó su éxito de los años 60, titulado “La Boheme”, donde alguna vez residieron Picasso, Edith Piaf, Jean Marais o Boris Vian, me entusiasmó tanto que logré subir las escaleras al mirador de la Basílica del Sagrado Corazón casi de un tirón.

Pararme en el mismo sitio donde la protagonista de Amélie imagina el número de orgasmos simultáneos de sus vecinos y comprar fruta en un puesto callejero o tomar café al estilo del Deux Moulins cerca de la plaza del Tertre en la que –quizás– Henri pintó sus famosos carteles del Chat Noir y el champán Ruinart, fue un sueño hecho realidad.

Y si bien la boheme de Montmartre no existe más –tal como reza la canción de Aznavour–, sus tiendas, boutiques, restaurantes, puestos y estaciones del metro aledañas nos ofrecen un lado del París contemporáneo vibrante y diverso que hay que experimentar.

Después de subir al Sagrado Corazón y recorrer las tiendas de souvenirs, panaderías y bombonerías “de cajón” como Maxim’s donde compramos una caja de macarons y un delantal súper cliché con bombones en tonos pastel, mis amigos y yo nos premiamos con una cena de cocina tradicional francesa en el café L’artiste, sobre la Rue Gabrielle, un pequeño restaurante con mucho encanto y servicio cálido.

Pedimos un menú completo con entrada, plato principal y postre a un precio muy accesible, tratándose de París.

Lo mejor de la noche fueron la sopa de cebolla, el salmón a la parrilla con ejotes salteados, el clásico Boeuf Bourguignon con sus papas cocidas y nuestras copas de Bordeaux chocando por la felicidad de un sueño cumplido gracias a Toulouse-Lautrec y mi dolcealterego.

 

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*Gilda Melgar

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Ena Gilda Melgar
Ciudad de México
Martes 16 octubre 2018.


Gilda Melgar     

Llegó octubre, el mes rosa para la lucha internacional contra el cáncer de mama, considerado como la primera causa de muerte en las mujeres mexicanas.

En la cruzada nacional del “listón rosa” no sólo participan grandes empresas con campañas para la recolección de fondos ‒como la compañía Avon, pionera en lanzar anualmente un cosmético alusivo‒, sino que también se incluyen varias asociaciones dedicadas a la divulgación, prevención, detección y atención de la enfermedad.

Es el caso de la Fundación Cima, que durante 16 años ha marcado la pauta en materia de recaudación de fondos al aliarse con grandes marcas nacionales e internacionales para la edición y venta especial de productos “rosas”, como las bolsas Cloe, Nutrisa, Aguafiel,

Dove, etcétera. Desde el año pasado, Cima inició también una alianza con la industria restaurantera.

Este 2018 no es la excepción, y se alió con 12 restaurantes a través de una “Ruta gastronómica” en la que esos establecimientos ofrecerán un menú especial con alimentos y bebidas color rosa, en pro de su labor.

Los restaurantes que durante el mes de octubre donarán a la Fundación Cima entre 20 y 25 por ciento de las ventas de su #Menú Rosa, son Butcher & Sons, Chiefs, Jaso, el Mayor, Vapiano, Drupa café, Rubaiyat, Casa Q, Carbonvino, Rustic Kitchen, Izadi y Rouge Bohème.

Por ejemplo, en el Rubaiyat, el chef Martín Vázquez ofrecerá su emblemática “Tostada de Atún” con una base de aderezo de chipotle y aguacate, poro frito, camote frito y atún fresco sellado en ponzu, acompañada por una “Caipiriña Rosa”, hecha con limón macerado en azúcar con cachaza y soda de limón pintada con granadina.

Rouge Bohème se une a la causa con tres creaciones del chef Sebastian Lelouch, con ingredientes cuidadosamente pensados para prevenir el cáncer: la “Pirámide que Quinoa”, con una base de puré de aguacate, suprema de naranja y salmón; unos “Ravioles rellenos de hongo silvestre” y una “Tarta de crema pastelera al betabel con frutos rojos”, postre que va perfecto con el color del mes y que el chef ha incluido debido a que “el betabel contiene betacaroteno y flavonoides y poderosos antioxidantes”, mientras que “los frutos rojos, aportan antioxidantes y flavonoides que se encargan de limpiar todos los radicales del cuerpo, responsables de dañar las células”.

El Dupra café de Coyoacán ofrecerá un “Frapé de frutos rojos” y una “Malteada de moras de la selva”.

El restaurante de cocina italiana Vapiano participará ¡pintando todas las pastas de su menú de color rosa! Y la verdad es que se ven muy bonitas y, sobre todo, antojables.

Tener un pretexto con causa social para comer platillos de edición limitada ¡no tiene precio!

No pierdan esta oportunidad y apoyen con el #MenúRosa que más les guste.

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*Gilda Melgar

Diplomada en Pastelería y Panadería. Gilda Melgar está siempre en busca del gozo culinario. Pone el ojo y el diente en nuevas propuestas para disfrutar y compartir su saber a través de los placeres de la mesa. A través de la literatura y del cine, evoca sensaciones y memorias gastronómicas que liga con sus recomendaciones.

Puebl@Media
Ena Gilda Melgar
Ciudad de México
Sábado 29 de septiembre de 2018.


Gilda Melgar

En relación con el próximo 208 aniversario de nuestra Independencia, esta semana mi hijo tuvo como tarea escolar la redacción de un texto con el tema “Lo que me gusta y no me gusta de México”.

En esa tarea, él describió cuánto le disgusta vivir en un país inseguro, violento y racista. Sobre lo que le gusta, anotó que disfruta de sus tradiciones y celebraciones, especialmente del Día de Muertos y el 15 de septiembre.

Al preguntarle qué es lo que le gusta de las fiestas patrias, me respondió que los adornos de las calles, las luces después de la ceremonia del Grito y toda la comida deliciosa alrededor del festejo. Y ¡cómo no!, si tenemos infinidad de guisos y antojos para disfrutar de la fiesta nacional y de nuestras propias celebraciones de vida.

Nuestras opciones culinarias son tan variadas como la propia riqueza natural de nuestro territorio. Por algo la cocina mexicana fue nombrada en 2010 por la UNESCO como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad. Un título que también ostentan las cocinas de Japón, Italia y Francia.

Los platos tradicionales mexicanos recibieron ese nombramiento no sólo por su mezcla exquisita de ingredientes, sino también “por ser un modelo cultural integral que incluye aspectos como la agricultura tradicional, prácticas rituales y costumbres comunitarias ancestrales”.

Debido a su antigüedad, riqueza, técnica y diversidad, nuestra cocina transciende fronteras y se reinventa sin perder identidad. Qué orgullo ver restaurantes y cafés de comida mexicana por todo el mundo. Además, tres restaurantes mexicanos forman parte de la lista internacional de “Los 50 mejores”.

México también es uno de los países con más productos designados con el registro “Denominación de origen”. Entre nuestros 14 productos con esa denominación se encuentran la vainilla de Papantla, el café de Chiapas, el tequila de Jalisco, el mezcal de Oaxaca y el chile habanero de Yucatán.

Otros alimentos producidos mayoritariamente en México, como el nopal y el amaranto, se exportan y salen al mundo para ser utilizados en variedad de alimentos, suplementos y cosméticos. Por ejemplo, nuestro amaranto es uno de los cereales recién seleccionados por la marca alemana Ritter Sport para su edición especial de chocolates veganos.

En realidad, nuestras fiestas patrias sólo son el pretexto mayor para disfrutar en grande de los sabores con que celebramos la vida a cada momento, desde que nacemos y hasta después de la muerte, a través de la ofrenda.

En bautizos, primera comunión, bodas, cumples y aniversarios, nuestras mesas se engalanan con tamales, taquizas y moles. Claro que el 15 de septiembre tiene sus platos estrella en el pozole, los pambazos, las tostadas y el chile en nogada, así como en incontables antojitos y garnachas callejeras. Los esquites y los elotes asados de Coyoacán son mi antojo favorito.

Aún no sé cuál será mi destino gastronómico este sábado. Sólo sé que mi único antojo es un chile en nogada como Dios manda, o sea, elaborado según la receta original y con ingredientes 100 por ciento poblanos. Mi hijo ya pidió que vayamos a un sitio donde él pueda disfrutar de su plato favorito: unas exquisitas enchiladas de mole. Por fortuna, la oferta es vasta.

El 15 de septiembre no importa a qué equipo de futbol le vamos o si comulgamos o no con el partido en el poder. Tampoco la región del país en que habitamos, nuestro estilo de vida o condición social. Lo importante de la fiesta de Independencia es que nos une en la identidad cultural y el gozo de nuestros platillos más emblemáticos, esos que nos representan orgullosamente ante el mundo.

¡Que vivan los sabores MX!

 

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*Gilda Melgar

Diplomada en Pastelería y Panadería. Gilda Melgar está siempre en busca del gozo culinario. Pone el ojo y el diente en nuevas propuestas para disfrutar y compartir su saber a través de los placeres de la mesa. A través de la literatura y del cine, evoca sensaciones y memorias gastronómicas que liga con sus recomendaciones.

Puebl@Media
Ena Gilda Melgar
Ciudad de México
Sábado 15 de septiembre de 2018.

 

 Gilda Melgar    

 

“Bares, qué lugares
tan gratos para conversar.
No hay como el calor del amor en un bar”.

 

Llegué a Madrid al mediodía de un sábado de julio. El sol brillaba en todo su esplendor cayendo sin piedad sobre sus calles y plazas abarrotadas de turistas que disfrutaban del chispeante verano español.

Por la tarde tuve mi primer encuentro con sus sabores auténticos a través de una experiencia de viaje Airbnb llamada “The original Madrid Tapas Crawl”, guiada por Raúl, un comidista local que se presenta en esa plataforma como “alguien con un enorme talento para distinguir entre la comida buena y la excelente”.

La caravana de Raúl hace parada en cinco bares con las mejores tapas del distrito de Chamberí, en el corazón de la ciudad.

Por casi cuatro horas, mis amigos y yo, junto con otros turistas de Estados Unidos, Australia y ... disfrutamos por lo menos de 12 de las mejores y más tradicionales tapas, todas maridadas con un trago específico, las que por sí mismas son un platillo estrella de los sitios visitados.

En esta experiencia culinaria todo va “in crescendo” y por eso comienza en el sitio más fresa y con la tapa más fresca de todas: un pan untado con “Ensaladilla de verano”, la clásica de patatas con atún y cebollín. Cada bocado se nos deshacía en la boca porque las papas estaban suaves y untuosas –que no deshechas– y fue aún más gozoso disfrutarlas gracias al maridaje elegido por Raúl, una copa de vino tinto de La Rioja, de nombre Tarao especiado y refrescante.

Antiguamente las tapas se acompañaban sólo con vino, pero hoy se emparejan con cualquier bebida y es por eso que, de segunda, Raúl nos llevó al bar mítico El Doble, una cervecería con fachada de talavera pintada a mano en la que nos sirvieron una caña doble de Mahou clásica con un montadito de jamón ibérico, piquillo y boquerón, además de mejillones, anchoas, aceitunas variadas y ¡papas fritas! El ambiente, incomparable.

Mi tapa preferida apareció en la tercera parada. Dioses. El “pork belly” o Torrezno de El Claxon Bar Taberna horneado a baja temperatura por más de 8 horas (la propuesta slow food de Raúl) y su chorizo picante, emparejados con un trago a base de Vermouth, es indiscutiblemente la mejor pareja de toda la caravana. Estos trozos de panceta frita con costra crujiente y carne extra suave se quedarán en mí memoria culinaria para siempre. El alto grado alcohólico del vermut apenas si logra el cometido de diluir tanta grasa. Me importa un bledo mi colesterol, pues daría cualquier cosa por volver alguna vez al Claxon.

En la taberna número cuatro, llamada Alipio Ramos, tradicional y emblemática, probamos las más famosas de las tapas españolas: la “Tortilla” y lonchas de jamón ibérico, acompañadas de una copa de “Sangría”. ¿Alguien puede pedir más? A esas alturas y con toda el azúcar de la bebida, el grupo reía a carcajadas y actuaba como si todos fuéramos amigos de toda la vida.

Alguien preguntó al anfitrión si la tortilla debía estar aguada al centro, a lo que él contestó con un rotundo NO, aclarando que la consistencia era una cuestión de gustos, estilos familiares y regionales. Eso sí, ¡nos compartió su receta! Y sentenció: “Condición indispensable para todas las tortillas españolas: cebolla y muuucho aceite de oliva”.

Para cerrar con broche de oro, Raúl nos condujo a la tapería gallega de estilo contemporáneo llamada ‘Ni subo-ni bajo’, aunque en honor a la verdad arribamos ahí muy subidos de tono.

Nos sirvieron dos de sus especialidades: “Calamares a la romana” y “Pulpo frito”, emparejadas con un Proseco bien frío. A manera de digestivo, también hubo un vino blanco caliente.

Al despedirnos de Raúl, nos contó que vivió tres años en la CDMX y que, al enterarse de que atendería a un grupo de mexicanos, supo de inmediato quiénes serían los primeros y los únicos en terminarse todas las bebidas y tapas. Y así fue. No dejamos ni rastro. Sólo las ganas de volver a disfrutar de su amable anfitrionía y talento para distinguir lo mejor de lo mejor.

¡Qué manera de recibirme Madrid!

 

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*Gilda Melgar

Diplomada en Pastelería y Panadería. Gilda Melgar está siempre en busca del gozo culinario. Pone el ojo y el diente en nuevas propuestas para disfrutar y compartir su saber a través de los placeres de la mesa. A través de la literatura y del cine, evoca sensaciones y memorias gastronómicas que liga con sus recomendaciones.

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Ena Gilda Melgar
Ciudad de México
Sábado 25 de agosto de 2018.


Gilda Melgar         

Las vacaciones de verano –oficialmente inauguradas este día– me hacen ilusión, aunque no tenga un plan de viaje o de distracción específica, pues el solo hecho de disfrutar de la ciudad con menos tráfico y caos me trae paz.

Platicando hace poco con un pariente que vive fuera le comenté que, si viene a la CDMX, con gusto le llevo a los lugares más emblemáticos. Por mi mente pasó una idea de recorrido, que la verdad me pareció demasiado trillado, como de agencia de viajes a la antigua.

Resolví que no debía mostrarle sólo la cara cosmopolita o de “estampa” de la ciudad. Tampoco ofrecerle únicamente experiencias “imperdibles”, como la visita al mirador de la Torre Mayor o el recorrido por los murales de Orozco, Rivera y Tamayo en Bellas Artes, sino también mostrarle otros sitios o rincones de encanto que, si bien no aparecen en las guías de viaje, dan cuenta de una ciudad con historia, diversa e incluyente.

¿Qué tal si le llevo a desayunar a la Central de Abastos, el megamercado de la ciudad, ahora intervenido con 16 murales de artistas de todo el mundo gracias a un proyecto urbano avalado por la ONU? Y no hablo del turismo hípster, sino de llevar al viajero a una experiencia cotidiana y común en la que no hay necesariamente un escenario para “selfies”.

Por supuesto que hay sitios megaturísticos que son imperdibles de la CDMX. Por ejemplo, para mostrarle el legado prehispánico le llevaría al Templo Mayor y al Museo de Antropología. Y también le haría admirar la colección de arte mesoamericano del Soumaya, con su curaduría de primer mundo y arquitectura vanguardista, quiera ahí una “selfie” o no.

Para mostrarle en una sola calle al México colonial, independiente, porfiriano y contemporáneo, vibrante e incluyente, empezaría por desayunar un chocolate caliente con su bisquet en la cafetería Trevi, a un costado la Alameda Central –el parque más antiguo de América Latina–, para luego entrar al Museo Memoria y Tolerancia. Después caminaríamos sobre la calle de Madero hacia el Zócalo –por la que atraviesan cada día alrededor de 350 mil personas–, parando por un trago en el bar del Sanborns de los Azulejos y entrar después a admirar el atrio bañado en oro del Ex Convento de San Francisco.

Por la tarde visitaríamos el Museo del Estanquillo de Monsiváis, la librería Gandhi. La comida tendría que ser en la Terraza del Gran Hotel de la Ciudad de México, con su arquitectura art noveau y sus vitrales Tiffany.

Para observar al México ecléctico, vanguardista o alternativo, le pasearía por la Roma y la Condesa con sus propuestas de tendencia en arte, diseño y gastronomía. Además del Parque España y el Jardín Pushkin, le llevaría al MODO (Museo del Objeto del Objeto), que ahora mismo presenta una exposición de propaganda electoral desde los tiempos de Madero. E incluiría a la Nueva Santa María con su Kiosko morisco y fondas como la Chilakillers. Desde el año pasado esa colonia cuenta con su “Mercado Morisco”, el mismo concepto gastronómico de la Roma, San Ángel y Coyoacán. Por la zona se encuentra el ya famoso “Microteatro México”, en el que se representan propuestas teatrales de 15 minutos a precios accesibles.

Para el México cultural y hippie chic, obviamente iríamos a San Ángel y Coyoacán con sus mercados, fondas, bazares y museos. Y no sólo le llevaría al Museo Casa Azul de Frida y sus interminables filas, también al Museo de Culturas Populares, después de desayunar en el popular Tres Coyotes o tomar un café en el sibarita Ruta de la Seda.

Faltan Ciudad Universitaria y las zonas de Polanco, Chapultepec, Zona Rosa, Paseo de la Reforma, Lomas y anexas. Claro que eso es el México “bonito” que todos queremos mostrar; sin embargo, cada uno de nosotros podría enseñar al extranjero otros recorridos alternos, de acuerdo con su zona y ambiente para dar cuenta.

La CDMX es un destino internacional de encuentro para el arte, la cultura y la educación, el deporte, la medicina, el mundo empresarial, asuntos religiosos y gastronomía que anualmente recibe a cerca de 10 millones de turistas nacionales y extranjeros.

Con la visita de mi pariente o no, ya tengo una lista de 10 sitios chic y alternativos que aún no conozco y que serán parte de mi aventura de verano CDMX.

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*Gilda Melgar

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Puebl@Media
Ena Gilda Melgar
Ciudad de México
Viernes 6 julio de 2018.


Gilda Melgar

Son tres momentos del día en los que más necesito y disfruto del café.

El primero, obviamente para arrancar mi día, lo tomo entre las 8 y 9 de la mañana. Debe estar cargado y ser muy fragante. Sólo así logró despertar de verdad. El segundo, lo necesito justo al mediodía y, a veces, lo tomo con un chorrito de crema. El tercero y último, lo gozo después de la comida y también lo prefiero muy caliente y cargado.

Pero estos días en que el sol nos ha pegado más fuerte justo entre el mediodía y el ocaso, he optado por beber café helado.

Por fortuna hay muchas opciones en todas las franquicias y en los cafés de autor.

Mi favorito es el “Americano frío” de El Beneficio café, en Coyoacán. Servido en una jarrita hípster con mucho hielo y sin azúcar.

Para algo menos ligero, Cielito Querido está promoviendo sus granizados de sabores mexicanos. Los de “galleta mexicana” y “Horchata” son los más buscados.

Del famoso “Cold brew” que Starbucks lanzó en México hace unos tres años, se ofrece ahora mismo la versión “Vanilla Sweet Cream Cold Brew”, una bebida bastante simple que probé esta semana y a la que le di un Sí definitivo desde el primer trago.

Está compuesta por una parte de café Nariño 70 (extraído por goteo lento), otra de agua fría, mucho hielo y crema espesa de vainilla. Es muy refrescante. Por fortuna, el toque de vainilla es poco dulce y tiene sólo 110 calorías. Nada que ver con los horrendos frapuccinos de colores de esa marca que tanto gustan a los más jóvenes.

Debo advertirles que este café frío no sólo atempera de inmediato, sino que también, como es muy cargado, logra quitar el atarantamiento que produce el calor.

Así que, con esta bebida, lograrán matar dos pájaros de un tiro: enfriar el cuerpo y alertar la mente.

Si no beben café por la tarde, ni se les ocurra, porque no pegarán el ojo hasta la madrugada. Es algo más que es un espresso con hielos.

Ahora mismo este “Cold brew” se ofrece en promoción vespertina, acompañado por un mini scone de chocolate por 45 pesos (entre las 12:00 y las 17:00 horas).

Mientras la temperatura climática y política continúe a más de 30 grados, todas mis tardes pediré “un café helado, por favor”.

Ya veremos qué se me antoja después del 1 de julio.

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*Gilda Melgar

Diplomada en Pastelería y Panadería. Gilda Melgar está siempre en busca del gozo culinario. Pone el ojo y el diente en nuevas propuestas para disfrutar y compartir su saber a través de los placeres de la mesa. A través de la literatura y del cine, evoca sensaciones y memorias gastronómicas que liga con sus recomendaciones.

Puebl@Media
Ena Gilda Melgar
Ciudad de México
Sábado 9 de junio de 2018.


Gilda Melgar

En el 2014, cuando ya era una actriz reconocida por su papel en la serie Suits, Meghan Markle inauguró un blog personal de estilo de vida con el que logró aumentar su número de fans e inspirar a miles de sus contemporáneas.

En The Tig, la hoy “Duquesa de Sussex”, publicaba temas relacionados con la moda, los viajes, el arte, la decoración, su labor humanitaria y la comida… mucha comida.

Su escaparate personal daba cuenta de sus placeres culinarios como el del vino, empezando por el mismo nombre del blog que hacía alusión a su tinto favorito, el vino italiano Tignanello, oriundo de la Toscana y del cual un día escribió: “Probar ese chianti me hizo comprender que el vino es más que una bebida alcohólica”. De venta en Catamundi: 2,420 pesos (www.catamundi.com/producto/tignanello/)

En variadas ocasiones, Meghan se autonombró foodie o “comidista”, por lo que en su blog, además de publicar recetas, también solía recomendar restaurantes y sitios emblemáticos de la gastronomía italiana, como la costa de Amalfi.

Tras el anuncio público de su relación con el príncipe Harry, la actriz se vio obligada a cerrar el blog, del cual se despidió con un “Hasta luego” en abril de 2017.

En noviembre pasado que se formalizó el compromiso, comenzaron los rumores y apuestas sobre los detalles de la boda, especialmente acerca del vestido de novia que ella llevaría puesto y del menú que se ofrecería en el banquete. Teniendo en cuenta la afición de Meghan por la buena mesa, la expectación era aún mayor.

Semanas antes del enlace real, un anuncio oficial tomó desprevenidos a los que especulaban sobre el tema de la comida. La sorpresa más grande fue el anuncio de que los 600 invitados al festejo postceremonia religiosa ofrecido por la Reina, a celebrarse en los jardines del castillo Windsor, comerían ¡de pie!, pues sólo se servirían bocadillos, cucharones y bowls. Sin duda una elección moderna y pragmática de parte de los novios.

Aunque sí se celebró una cena formal para 200 invitados presidida por el príncipe Carlos y su esposa Camila, a la que acudieron los familiares y amigos más cercanos de la pareja.

Los alimentos de ambos eventos fueron preparados en los fogones del castillo (cuyas instalaciones datan del siglo XVI), bajo el mando del chef de la casa real.

Si bien la selección del menú fue de cocina internacional, hubo un marcado acento británico al utilizar vegetales autóctonos de primavera como los espárragos, chícharos y tomates (algunos de la propia huerta de la Reina), alimentos con los que se prepararon 28 mil canapés. En el lunch ofrecido en los jardines, los invitados degustaron “Langostino escocés envuelto en salmón ahumado con crema de cítricos”, “Espárragos a la parrilla envueltos en jamón de Cumbria”, ”Panacota de chícharos con huevos de codorniz y verbena de limón”, “Tartitas de tomate y albahaca con perlas de balsámico”. En los bowls o tazones, se sirvieron los alimentos calientes con platillos tradicionales, como “Cordero de Windsor con verduras asadas y mermelada de echalote” o el “Cerdo asado 10 horas con compota de manzana”.

Hubo tres postres: “Macarrones de pistache y champán”, “Tartita de creme brulée de naranja” y “tartitas de cerezas y ruibarbo”.

En cuanto a bebidas, durante los festejos se sirvió Champán, vinos y un coctel sin alcohol llamado “Mocktail”, a base de manzana y jarabe de saúco.

El pastel de bodas es un capítulo aparte, porque la novia tuvo manga ancha y seleccionó a una repostera californiana –como ella–, quien es propietaria de Violet bakery, una pastelería hípster en Londres. El pastel, construido con un bizcocho de limón elaborado con huevos ecológicos, relleno de lemon curd a partir de 200 limones orgánicos de Amalfi, Italia, y cubierto con crema ligera de mantequilla endulzada con jarabe de flor de saúco, fue el símbolo metafórico y material para dejar bien claro que con este enlace se ventilan los nuevos tiempos de la realeza británica.

Por siglos, el pastel de la boda real había sido preparado por una pastelería oficial con la misma receta tradicional del pastel inglés de frutas con brandy cubierto de mazapán y azúcar glass.

La torta “hecha a la medida” de Meghan y Harry es un claro guiño al estilo foddie que la duquesa promocionaba en su blog. Un aire fresco que rompió con kilos de azúcar y la dura corteza de un mazapán que ya nadie quiere ni se come. Adiós a los pasteles de utilería y a las bodas arregladas. Bienvenidas las historias modernas de la Cenicienta feminista.

Justo el día de la boda, me mandaron un meme con la imagen de la pareja en la que Meghan sonríe  junto a su príncipe. El texto adjunto decía: “Esta es la sonrisa de una mujer que sabe, perfectamente, que jamás volverá a tocar jabón de trastes en su vida”.

Y me quedé pensando que también ha de estar muy consciente de que No podrá publicar ya ninguno de sus viajes, cenas, vinos favoritos o lo que sea a título personal. Como quizás tampoco tenga libertad de vestirse como quiera ni pasear a donde sea.

¿Por qué una mujer joven, empoderada, exitosa, embajadora de la ONU, que logró forjarse a sí misma con sus propios méritos querría cambiar su “libertad” y autonomía por vivir una vida de realeza con todo lo que eso implica?

Las feministas puras dirán que –en el fondo– ella es francamente una mujer conservadora.

Mi humilde opinión es que una mujer exitosa que se probó a sí misma, apasionada de la buena vida, no tiene ya nada que perder, aún más si su elección la aleja de todo sufrimiento anterior y la hará gozar de las mieles de un beso apasionado y verdadero.

¿Por cuánto tiempo? No lo sabemos.

Si algo no sale bien, ella tiene un nombre propio y seguramente podrá salir adelante con una copa de Tignanello en la mano.


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*Gilda Melgar

Diplomada en Pastelería y Panadería. Gilda Melgar está siempre en busca del gozo culinario. Pone el ojo y el diente en nuevas propuestas para disfrutar y compartir su saber a través de los placeres de la mesa. A través de la literatura y del cine, evoca sensaciones y memorias gastronómicas que liga con sus recomendaciones.

Puebl@Media
Ena Gilda Melgar
Ciudad de México
Viernes 11 mayo 2018.


Gilda Melgar

Durante los primeros años de crianza de mis hijos, nunca solicité apoyo de la organización La Liga de la Leche, pero por la forma en que llevé a cabo varios de sus principios creo que hasta pude haber sido una integrante distinguida.

Digo esto no sólo por el hecho de que a mis dos hijos les amamanté casi por dos años (los primeros 6 meses sólo con mi leche) sino también porque cuando regresé al trabajo hice uso de mi “hora de lactancia” para recolectar la leche que les dejaría el día siguiente.

Se ha comprobado que alimentar a un recién nacido con leche materna desde el primer día lo provee de los nutrientes necesarios para su desarrollo óptimo y también le protege de posibles enfermedades infecciosas.

De acuerdo con un informe presentado por la OMS y el Unicef durante la Semana Mundial sobre la Lactancia Materna (agosto de 2017), “si la mitad de los recién nacidos se nutriesen sólo de leche materna hasta los 6 meses, se podría salvar la vida de más de 800 mil niños y 20 mil mujeres cada año”.

Y es que amamantar también trae beneficios para las madres, pues mejora su salud y reduce la posibilidad de padecer cáncer de mama.

Sin embargo, el mismo informe señala que millones de mujeres en el mundo son influenciadas por la publicidad que difunden las empresas que venden leche de fórmula. En ese sentido, el informe planteó una serie de recomendaciones a los gobiernos para abogar por la prevención de la desnutrición en la infancia, apoyando y promocionando medidas sociales y legales para facilitar a las madres trabajadoras la lactancia natural.

Por supuesto que en este tema confluyen tantas variables económicas y sociales que no podemos generalizar ni juzgar, porque más allá de la condición o las posibilidades, amamantar o no es una decisión personal.

Una madre en situación de pobreza seguramente no podrá alimentar a su bebé de manera adecuada por el simple hecho de no estar bien alimentada ella misma. En el extremo opuesto, puede haber madres que decidan no amamantar a sus hijos exclusivamente por razones estéticas.

En mi caso, estoy satisfecha de haber dado un Sí a la lactancia prolongada. Realmente creo que parte del vínculo que ahora me une –en todo sentido– a mis hijos, tiene que ver con esa decisión.

Ello no significa que crea que no pueda darse un lazo fuerte entre madres e hijos si no se pasa por la lactancia. Tengo cercanía con casos de madres con hijos adoptivos cuyo vínculo es más o igual de fuerte que el de las que amamantamos.

Pero esta semana en que celebramos las maternidades, celebro mi elección de amamantar y traigo a mi memoria esa sensación y conexión indescriptibles que se viven en el acto de dar el primer y propio alimento a los hijos.

La mirada entre un bebé lactando y su madre, esa que sirve como imagen de anuncios publicitarios que refuerzan el papel tradicional de la maternidad, entendiendo a ésta como una maternidad abnegada, Sí que tiene fuerza. Ahí vale aquello de que “una imagen vale más que mil palabras”.

Sin embargo, esa conexión tan poderosa de haber alimentado de primera mano, No debe ni puede invalidar la realización en otros ámbitos igual de satisfactorios que el de ser madres.

Porque si bien amamantar llena de satisfacción, también implica una friega física que empieza con el mal dormir y pasa –en ocasiones– por ganar peso, y todo en aras de la “bendición de ser madres”.

Muchas mujeres deciden dejar de trabajar justamente después del primer mes de vida de sus hijos, tras haber experimentado la CONEXIÓN, bajo la premisa de que nadie podrá alimentarlos o cuidar mejor de ellos, y también porque la vida de una mujer se trastoca de tal forma que la sola idea de conciliar exitosamente lo doméstico y lo profesional asusta a cualquiera.

En la idea general de lo que significa ser madre, no existe imagen más idílica que la de una mujer amamantando. La española Cira Crespo, coautora de “Madres en red: del lavadero a la blogosfera”, señala que las redes sociales han permitido visibilizar y normalizar la lactancia materna (así como mostrar las distintas maternidades o diversidad de familias y la paternidad activa y presente). Sin embargo, creo que persiste la idea de que amamantar es un “acto sagrado”.

No se trata de amamantar como líder de la Liga de la Leche o no amamantar para nada. No. Se trata de encontrar el justo medio para experimentar una maternidad gozosa sin detrimento de la realización profesional.

En la semana de la celebración a las madres, yo digo Sí a lactancia materna que nos recuerda nuestra condición de mamíferas y No a la abnegación que nos limita sólo a la realización maternal.

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*Gilda Melgar

Diplomada en Pastelería y Panadería. Gilda Melgar está siempre en busca del gozo culinario. Pone el ojo y el diente en nuevas propuestas para disfrutar y compartir su saber a través de los placeres de la mesa. A través de la literatura y del cine, evoca sensaciones y memorias gastronómicas que liga con sus recomendaciones.

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Viernes 11 mayo 2018.

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