Francisco ofició este domingo una misa en Ecatepec, uno de los municipios más pobres y violentos de México

El papa Francisco se acercó este domingo a Ecatepec, uno de los municipios más pobres y violentos de México, para pedir un país “donde no haya necesidad de emigrar para soñar, de ser explotado para trabajar, de hacer de la desesperación y la pobreza de muchos el oportunismo de unos pocos”. Por si no hubiese quedado claro en sus discursos del sábado ante el poder político y eclesial, Jorge Mario Bergoglio redobló su denuncia contra la corrupción y “los traficantes de la muerte”.

Ninguna agencia de viajes tiene a Ecatepec entre sus destinos. No es fácil encontrar un vecino del cercano valle de México –más de 20 millones de habitantes—que haya visitado por gusto esta ciudad de 1,6 millones de habitantes perteneciente al Estado de México. Aquí, durante solo una década, 2.318 mujeres jóvenes fueron asesinadas sin que el Gobierno del presidente Enrique Peña Nieto, quien gobernó este Estado de 2005 a 2011, ni el cardenal Norberto Rivera, el oscuro líder de la Iglesia mexicana, hayan logrado prestar protección o consuelo a unas madres que, como Ludy Jiménez, viven atrapadas por el miedo. “Yo sé cuándo mis hijos salen”, dice, “pero no si van a volver. A diario hay asaltos en los transportes públicos. Con navajas, con pistolas. Intentar salir adelante, pero ni el Gobierno nos apoya ni nuestra Iglesia nos acompaña. Somos gente pobre en un país tan rico. Estamos marcados por eso. La impotencia de tanta injusticia”.

Dice Ludy Jiménez que decidió venir a la misa papal en Ecatepec –a pesar de la larga caminata y del frío extremo de la madrugada al relente-- porque se sintió conmovida por las palabras que Bergoglio pronunció el sábado ante los obispos mexicanos. “Les dijo exactamente a la cara lo que nosotros pensamos de ellos”, dice, “que salgan de las iglesias, que vengan a ayudarnos, porque durante todo este tiempo tan duro en que nuestras hijas desaparecían para luego encontrarlas a pedazos en el río de Los Remedios nos hemos sentido abandonadas, huérfanas de Iglesia”. Muy cerca de ella, María del Carmen Rosas, le da la razón y agrega: “Él Papa ha venido a México para sacudir a la Iglesia, que estaba dormida. Y ha venido también a decirle al pueblo que se lance a la calle, que luche por sus derechos”.

Durante solo una década, 2.318 mujeres jóvenes fueron asesinadas en Ecatepec

Es curioso. Durante la tarde del sábado, bastaba leer los mensajes de Twitter de algunos líderes políticos y religiosos mexicanos para comprobar que no se habían dado por aludidos ante las duras palabras del Papa contra la corrupción o la pasividad de la Iglesia. En cambio, apenas unas horas después, en una explanada de Ecatepec ocupada por más de 300.000 personas, Ludy Jiménez y María del Carmen Rosa, sin estudios y sin trabajo, entendieron perfectamente a Francisco cuando definió la palabra corrupción. “Es tener el pan a base del sudor del otro o hasta de su propia vida. Esa riqueza que es el pan con sabor a dolor, a amargura, a sufrimiento. Ese es el pan que, en una familia o en una sociedad corrupta, se le da de comer a los propios hijos”.
El País
Pablo Ordaz
Ecatepec, Estado de México
Domingo 14 de febrero de 2016.

El Pontífice atajó que a los dirigentes de la vida social, cultural y política les corresponde de manera especial trabajar para ofrecer a todos los ciudadanos la oportunidad de ser dignos actores de su propio destino.


Ante el presidente Enrique Peña y representantes de sectores de México, el papa Francisco advirtió que la experiencia demuestra que cada vez que se busca el camino del privilegio o beneficio de unos pocos en detrimento del bien de todos, tarde o temprano la vida en sociedad se vuelve terreno fértil para la corrupción, narcotráfico, exclusión, violencia, tráfico de personas, secuestro y muerte.

En su recepción en Palacio Nacional, el Pontífice atajó que a los dirigentes de la vida social, cultural y política les corresponde de manera especial trabajar para ofrecer a todos los ciudadanos la oportunidad de ser dignos actores de su propio destino, ayudándoles a un acceso efectivo a bienes materiales indispensables, vivienda adecuada, trabajo digno, alimento, justicia real y seguridad efectiva.

"Esto no es sólo asunto de leyes que requieran de actualizaciones y mejoras -siempre necesarias, apuntó-, sino de una urgente formación de la responsabilidad personal de cada uno, con pleno respeto del otro como corresponde en la causa común de promover el desarrollo nacional".

El papa Francisco dijo que se trata de una tarea que involucra a todo el pueblo mexicano en las distintas instancias, tanto públicas como privadas, colectivas e individuales.

En su discurso destacó que la principal riqueza de México es su juventud, ya que poco más de la mitad de su población está en dicho rango. En este sentido apuntó que un pueblo con juventud es capaz de renovarse.

"Esta realidad nos lleva inevitablemente a reflexionar sobre la propia responsabilidad a la hora de construir el México que queremos, el México que deseamos legar a las generaciones venideras".

Alertó que un futuro esperanzador se forja en un presente de hombres y mujeres justas, honestas, capaces de empeñarse en el bien común, un bien común -dijo- que en este Siglo XXI "no goza de buen mercado".

Se trata de la primera vez que un Papa es recibido en Palacio Nacional.

Notimex
Ciudad de México
Sábado 13 de febrero de 2016.

•    "Sonríe más. Noto la mano de Dios, porque cambiar a los 77 años no es fácil", dice un amigo sacerdote.

•    Su gran afición es hablar por teléfono. Suele llamar desde un número desconocido. "Soy Francisco".

Son las 8.30 de la mañana en la Puerta de Santa Ana del Vaticano. Un guardia suizo treintañero, rubio y grandote, pelo muy corto y piel rosa tímido, está desbordado: lo rodean decenas de argentinos, los nuevos dueños de San Pedro cada miércoles, el día de la audiencia pública papal.

«Je», es lo único que dice cuando se le comenta la dura reconversión a la que le obliga ahora su trabajo. Enarca las cejas, resopla y deja una sonrisa tan resignada como fugaz. No tiene tiempo para perder cuando se trata de resolver en menos de una hora las mil y una exigencias, muchas altamente insólitas, con que llegan los 300 compatriotas de Diego Maradona.

No son fáciles los muchachos. Ni las muchachas. Ni los señores entrados en canas, mucho menos las señoras entradas en años. A esta altura, lo que el suizo tiene bien claro es que no está en Suiza. La masa de argentinos se arremolina en torno a él en la acera, lo van presionando, primero sutilmente, luego con brío. Lo empujan hasta que hace equilibrio sobre el cordón de la acera para no terminar en la calle. Rápido, da un paso al frente para volver a afirmarse. Se aleja del peligro del tráfico romano, se sumerge en el de los argentinos.

« ¡No! Yo no salgo nunca a la calle con el documento... ¿Y si me lo roban?».

Irrebatible argumento el de la señora de sesenta y largos que en la frontera entre Italia y Ciudad del Vaticano blande ante el helvético la fotocopia plastificada de su DNI. Como refuerzo le sacude en la cara el carnet de jubilada.

Las instrucciones recibidas por email eran claras: a las nueve de la mañana en la Puerta de Santa Ana y con un documento válido.

«Tengo la American Express. ¿No sirve?».

Otro sexagenario convencido de que salir a la calle con el documento en el bolsillo es tentar a los ladrones. Mucho más seguro, claro, es llevar dos Amex Platinum. El sol mañanero le roba destellos plateados a los rectangulitos plásticos, todos son obligados testigos de que el señor tiene un buen pasar.

El suizo, que cada miércoles se argentiniza un poco más, lo deja entrar al Vaticano. El dueño de la tarjeta platino sonríe. Sonríe tanto como ese hombre al que va a ver.

UN FIEL CON TATUAJES

La mañana de primavera es pegajosa, con amenaza de lluvias, y Jorge Bergoglio, desde hace un tiempo Francisco, cuenta una anécdota a los miles y miles de fieles -y miles y miles de curiosos- en la Plaza San Pedro.

La anécdota remite a su país, los lleva a la ciudad de Luján, capital del catolicismo argentino gracias a su enorme basílica y a la devoción que genera su virgen, la virgen de Luján. El Papa comienza a hablar y enseguida queda claro que es un hombre más cerca de los 80 que de los 70. «Recuerdo una vez en Luján. Se me acercó un muchacho que tenía todo: aros, todo tatuado... Tenía un problema verdaderamente grave. Le pregunté qué le había dicho su madre: lo que le dijo fue que no sabía qué aconsejarle, pero que fuera a la virgen y rezara».

Francisco se entusiasma. « ¡Ése es un consejo de madre! Humilde, no tenía claro que decirle a su hijo, pero le dio el mejor consejo: abrirse al Espíritu Santo».

El público está eufórico, porque ciertamente el Papa genera una energía especial. Otra cosa es quedarse contento con la propuesta de que intervenga el Espíritu Santo como solución. Pero no se trata de eso, se trata de estar cerca del papa más pop y contracultural que haya parido quizás nunca la iglesia. Y el Papa, Bergoglio, no defrauda, estrecha manos, recibe cartas, sonríe y sonríe sin parar.

Contra una de las dos pantallas gigantes que flanquean las escaleras que conducen al altar, se recorta un chico joven vistiendo la camiseta de la selección argentina. En la espalda, el número 10, el de Leo Messi.

Los argentinos podrían decir que no falta nadie. Y el Papa sigue sonriendo.

COMO UN GOL EN EL MUNDIAL

En un país donde lo más parecido a la Iglesia es el 4G -una cuestión de fe-, pero que más allá de tropiezos y crisis cíclicas sigue siendo dueño de un ego de notables proporciones, tener un Papa propio fue un golpe gigantesco. La periodista argentina Evangelina Himitian recuerda en su libro Francisco, el Papa de la gente, lo que generó aquel 13 de marzo de 2013 en Buenos Aires.

«Como si se tratara de un gol de oro en la final de un Mundial de fútbol. La noticia dejó sin palabras. Desbordó. Aferrado a los barrotes de su balcón del piso 12 en un edificio sobre la Avenida del Libertador casi esquina Salguero, en un barrio elegante de la ciudad de Buenos Aires, un joven gritaba la noticia a quien quisiera oírlo: "¡El Papa es argentino! ¡El Papa es Bergoglio! ¡Gracias, Dios!"».

SUS DOS ENEMIGOS

Todos sonreían en esos primeros instantes salvo quizás dos personas. El propio Bergoglio, que ironizó con un «los perdono» a los cardenales al confirmarse su elección, y la entonces presidenta argentina, Cristina Fernández de Kirchner, que venía de años de hostilidad hacia el máximo representante de la Iglesia católica en su país. La presidenta sólo atinó a destacar que era el «primer Papa latinoamericano». Que fuera compatriota, más que una alegría, era una preocupación. Pronto se le pasaría y se iría al otro extremo: no hay jefe de Estado que haya visto tantas veces a Francisco. Cristina tiene el récord mundial, y difícilmente Mauricio Macri, su sucesor en el cargo, la supere. No es santo de la devoción de Bergoglio.

En aquellas primeras semanas de papado a muchos argentinos que lo conocían les llamó la atención algo: Bergoglio se había tornado un maestro de las relaciones públicas, un pontífice relajado, cercano y campechano como nunca antes había habido. Bergoglio sonreía. ¿O era Francisco? Daba igual. Francisco era Bergoglio, inescindible ya el uno del otro. Y lo que se veía era sorprendente. Y no sólo porque fuera argentino y humilde, algo que tantos verían como la cumbre del oxímoron.

PASTA BASE

El padre Pepe no tiene esos limitantes. Es joven y casi un héroe en Argentina, donde todos saben quién es. Un cura empático, con cierto aspecto de rockero suburbano, oscura cabellera revuelta y estilo relajado: lo que se necesita para moverse en los barrios más duros de la capital argentina y su periferia, donde una droga como el paco está haciendo estragos.

Paco es una simpática contracción para nombrar una siniestra adicción, fumarse la pasta base de cocaína, un amasijo hecho con los residuos que quedan en las cocinas en las que se fabrica el polvo blanco que va a las clases medias y altas de la ciudad. El paco queda para los más pobres, que en cuestión de meses tienen el cerebro quemado.

«No sirven para nada, están acabados», explica Marina, una maestra que hace trabajo social en barriadas tan complejos como en las que se mueve Pepe.

Bergoglio sabe bien lo que sucede allí. Dos veces salvó a Pepe. Una, al enviarlo al norte del país para que los narcos no cumplieran su amenaza de matarlo. La otra, cuando lo sacó de una profunda crisis vocacional. Estaba enamorado y quería tener hijos. Pepe responde enfáticamente cuando el debate pasa por la sonrisa de Bergoglio, ese hombre al que gente que lo conoció en su «otra» vida llegó a definir como «caracúlico».

«Sí, sonríe más, eso es verdad. En eso ha cambiado, ha dado un paso muy grande en cuanto a la relación con la gente en público. Se ha adaptado muy bien, porque del Papa siempre se espera una sonrisa. Cambió sus modos. Noto la mano de Dios, porque cambiar a los 77 no es fácil».

ESCUCHA MÁS QUE HABLA

Florencia Cambariere no es de misa diaria ni precisamente lo que podría definirse como una católica conservadora. Tuvo una educación religiosa, sí, pero cuando habla de Bergoglio lo que más destaca tiene poco que ver con el arquetipo de un obispo.

«No sé si hace milagros, un poco quizás sí. Pero la clave en él es que está tan al servicio del otro que escucha más de lo que podría pensarse. Tiempo después de comenzar a tratarlo me di cuenta de que él no era como ninguna otra persona que hubiera conocido. No le interesa ninguna cosa de las habituales que nos interesan a nosotros... Por ejemplo, él no se compraba ropa. Ajustaba la del arzobispo anterior y la usaba».

Florencia es un cargo muy importante en una poderosa editorial internacional con fuerte presencia en la Argentina. A lo largo de su vida profesional trató con todo tipo de personajes, desde famosos con el ego descontrolado a desconocidos desesperados por llegar a justificar un ego que desbocar. Bergoglio no encajaba en ninguna categoría. «Tiene muy clara la diferencia entre caridad y justicia social. Según él, la justicia social no es regalar sándwiches de miga a los pobres. No es caridad, no es limosna».

En esa convicción de Bergoglio puede estar una de las claves de la frialdad que mostró históricamente hacia Macri. Miembro de una de las familias más acaudaladas del país, el nuevo presidente argentino no es precisamente el tipo de persona con la que el Papa se siente cómodo. Se está notando en el Vaticano, donde Bergoglio vive en una residencia, Santa Marta, que originalmente era un lazareto para los enfermos de cólera. Bergoglio evitó instalarse en los palacios vaticanos, y recién un año después de ser ungido Papa se atrevió a pedir una habitación más grande que aquella mínima en la que se instaló.

«Santa Marta es la metáfora de un catolicismo que ha decidido apartarse hacia un ángulo periférico del Vaticano para curar sus heridas y recuperar vigor», escribió el periodista italiano Massimo Franco en su libro El Vaticano según Francisco.

Cambariere cree lo mismo. «Él está yendo de la periferia al centro, tal como hacía en Buenos Aires, donde trabajaba con especial énfasis en el extrarradio y en las villas miseria de las afueras de la ciudad o la propia ciudad. Ahora lo hace a nivel mundial. Va de Lampedusa a Estados Unidos pasando por Paraguay o África».

Ir de la periferia al centro es, quizás, también un camino para que Bergoglio tenga tiempo de ir asimilando los cambios que vivió.

Ya no es más aquel arzobispo de Buenos Aires al que el matrimonio Kirchner tenía acorralado con una combinación de ninguneo y fuego de baja intensidad pese a estar a apenas dos minutos de caminata desde la Casa Rosada, en el otro extremo de la Plaza de Mayo. Ahora es un jefe de Estado que gobierna sobre 1.200 millones de católicos.

Ya no es más aquel religioso que se tomaba el metro, el tren o el autobús para moverse en la ciudad. Ahora va en papamóvil.

Ya no puede comer tan frugal y descuidadamente como antes. Ahora se ocupan de alimentarlo bien, también de controlar su salud. Ya no es más el cura que predicaba en español. Ahora debe afinar su soltura con el italiano y probarse en inglés. Y eso, el inglés, era su gran preocupación antes de la gira por Estados Unidos.

« ¡Tengo que dar 24 discursos! Veinticuatro... Y hablar en inglés», confiaba Bergoglio a sus íntimos. Ya no puede, tampoco, hablar sin preocuparse por las consecuencias de sus palabras. Tiene que cuidar muchísimo más lo que dice. Aunque muchas veces no lo haga. Lo dosifica, forma parte de su cuidada estrategia de provocación y de apertura de límites, de su desafío a los ambientes más tradicionalistas del Vaticano y de la Iglesia en general, donde el apoyo a su política convive también con el sarcasmo y la burla.

Ya lo dijo María Elena, su hermana, días después de que Bergoglio fuera Papa. Recordó su encuentro con Juan Pablo II, el arrodillarse ante él y besarle el anillo. «Nunca», dice, vio una mirada con «tanto amor y tanta soledad». Años después descubrió la misma mirada en su hermano.

«Yo no quería que le pasara eso».

CONDENADO A LA SOLEDAD

Es inevitable, lo quiera o no María Elena. Bergoglio, al que sectores filo-kirchneristas acusaron en las primeras horas tras su elección de haber sido cómplice de la dictadura militar que rigió al país entre 1976 y 1983, está condenado a la soledad. La doctrina católica no le permite formar pareja con una mujer -mucho menos con un hombre-, y su propio ritmo de vida ahuyentaría a cualquiera: todos los días de su vida se despierta a las cinco de la mañana para rezar.

¿Por qué el kirchnerismo no quiso a Bergoglio? No por aquella acusación, claramente falsa, además de burda en su construcción. Bergoglio decía, básicamente, lo que el poder no quería escuchar. Catorce veces le pidió audiencia Cristina Kirchner, 14 veces recibió el silencio como respuesta.

Hasta que un día se convirtió en Papa.

BUSCAR LA PAZ EN ARGENTINA

Entre sonrisas y baños de multitudes, el Bergoglio devenido Papa comenzó a influir con fuerza en su país. ¿El objetivo último? Que la polarizante y siempre tensa Cristina Kirchner llegara al final de su mandato sin crisis institucionales. No tenía sentido un Papa que predicara la paz en el mundo mientras su propio país se incendiaba.

«Bergoglio contribuyó al final de la era K (kirchnerista), en cierto sentido como Karol Wojtyla aceleró la caída del comunismo en Polonia», cree Carlos Reymundo Roberts, columnista del diario La Nación.

Bergoglio y Cristina Kirchner libraron durante dos años y medio una batalla soterrada. Daba la impresión de que el jefe de la Iglesia católica dejaba hacer a la presidenta en su objetivo de «apropiarse» del Papa, de aprovechar su figura para ganar respaldo (y votos). Tras el enojo y el desconcierto que siguió a la elección, Kirchner se fue al extremo opuesto y convirtió la ruta Buenos Aires-Roma casi en un puente aéreo. De aquellas visitas quedó una frase para la historia del presidente uruguayo José Mújica. Sin percatarse de un micrófono abierto, Mújica se explayó sobre Cristina, a la que llamó la vieja. «A un Papa argentino que tiene 77 años, ¿le vas a explicar lo que es un mate, un termo?».

Tenía cierta razón Mújica, porque en aquella primera visita al Vaticano, Cristina se había llevado varios regalos y elevó al máximo su pasión por decirle a los demás cómo hacer las cosas. En este caso, cómo cebar un mate y sorber la infusión a través de la bombilla, una práctica automática para millones de argentinos (y uruguayos). Nadie piensa en cómo tomar mate. Lo toma. También Bergoglio.

Paciente, y sonriente, el Papa aceptó sin embargo todas las lecciones de Cristina Kirchner, e incluso que en 2013 le presentara un candidato peronista durante las Jornadas Mundiales de la Juventud en Río de Janeiro y que la foto del advenedizo junto al Papa fuera luego un afiche de campaña.

Así, la presidenta y el pontífice se fueron manipulando mutuamente, aunque puede decirse que ganó el más veterano, porque logró distender la tensa situación política de su país sin renunciar a lanzar duros mensajes, a veces expresos, otras veces sutiles.

El más claro es el de no haber pisado su país desde que fuera elegido en marzo de 2013. Pero hubo otros. El más duro fue uno encabezado con una etiqueta inquietante: «Mexicanización».

«Ojalá estemos a tiempo de evitar la mexicanización. Estuve hablando con algunos obispos mexicanos y la cosa es de terror».

Los papas no solían hablar así («la cosa es de terror»), pero Bergoglio es Bergoglio. Dijo lo que dijo, como tantas veces, por vías indirectas, en un correo electrónico a un trabajador social amigo que se encargó de difundir la opinión papal.

Enojo en el gobierno argentino, furia en el mexicano y un fuerte trabajo de la Secretaría de Estado vaticana para calmar los ánimos. Pero Bergoglio lograba su objetivo. Sin dejar de recibirla, sonreírle, agradecerle sus regalos y pedir a sus compatriotas que la cuidasen, le decía a Kirchner que su país se encaminaba hacia un narcoestado.

Más indirecta aún, pero políticamente mucho más potente, fue otra intervención de Francisco, que tenía entre ceja y ceja a Aníbal Fernández, un duro y astuto político de la muy compleja provincia de Buenos Aires que en buena parte de los años K manejó la seguridad de un país en el que el narcotráfico creció fuertemente.

Cuando Cristina Kirchner decidió situar a Fernández como candidato a gobernador de esa provincia que concentra el 38 por ciento del electorado y es la llave maestra de la política argentina, el Papa reaccionó. Una red de curas llevó, a veces en homilías, muchas más en diálogos mano a mano con los feligreses, un mensaje claro: no a Aníbal. Y Aníbal perdió. Arrastró a la derrota al candidato presidencial peronista, Daniel Scioli, y le facilitó la presidencia a Mauricio Macri, al que Bergoglio no llamó ni felicitó tras la elección ni en los primeros días de su mandato.

Mucho menos tras un comentario que se conoció en la recta final de la campaña electoral. «El Papa no mueve ni diez votos». La frase, tan despectiva como desmesurada, salió de la boca de Jaime Durán Barba, un ecuatoriano que durante años fue asesor de estrategia electoral de Macri. Cuántos votos mueve el Papa en una elección presidencial argentina es una pregunta de respuesta imposible, aunque sí existe una certeza: bastante más que diez.

ENGANCHADO AL TELÉFONO

Más allá de rezar y cumplir con lo que se espera del representante de Dios en la Tierra, la gran actividad del Papa argentino es hablar por teléfono. Le encanta, le permite mantenerse al tanto de todo. Puede llamar a su puesto de periódicos para avisarle que no le envíe más el diario -lo hizo días después de ser elegido-, a sus amigos de toda la vida o a totales desconocidos que acaban de atravesar una tragedia personal. A ambas categorías -conocidos y desconocidos- les sucede lo mismo: en la pantalla del teléfono no aparece número alguno. Atienden y escuchan: «Soy Francisco».

Ese estilo impensado en un Papa, ese acercamiento a la gente desde la normalidad más chocante le está empezando a generar dividendos a la iglesia en Argentina.

«Es la primera vez en toda mi vida que decir que soy católico ya no suena extraño y hasta antipático en muchos sectores. Y serlo en el periodismo era casi ultramontano, ni hablar de si rezas y vas a la Iglesia...», asegura Carlos Reymundo Roberts.

De voz grave y potente, Roberts es uno de los principales columnistas del país. Asiente cuando se le menciona que el día a día de los religiosos en Argentina se ve beneficiado por el efecto Francisco: la existencia de un Papa argentino -y de un Papa de las características de Bergoglio- logró aflojar la ya largamente instalada mirada hostil sobre la Iglesia. Detalles simples lo demuestran: los curas comentan que les están volviendo a ceder asientos en el transporte público, esa gentileza en general reservada a embarazadas y personas mayores.

Aunque la mirada hostil sigue existiendo, y para muchos con justificación. A Bergoglio se le critica que lo suyo pasa mucho más por los gestos que por lo concreto.

El ejemplo más claro es el de aquella frase lanzada en el avión de Alitalia con el que recorre el mundo. Era julio de 2013, volvía desde Brasil a Roma y dejó boquiabiertos a 71 periodistas.

«Si una persona es gay y busca al Señor y tiene buena voluntad, ¿quién soy yo para juzgarla?».

Ya el mero hecho de que el vocablo gay saliera de los labios de un Papa era revolucionario. Pero no se fue mucho más allá de las palabras, y el tiempo parece haber hecho mella en el ánimo de apertura del Papa. En noviembre de 2015, durante su gira por África, Francisco se molestó ante una pregunta impecable: ¿No debería la Iglesia modificar su postura acerca del preservativo? La primera causa de muerte en África es el sida.

La pregunta le pareció «demasiado pequeña» al Papa Francisco, que recurrió a una larga explicación y a eufemismos para analizar el tema. En eso, más allá de la doctrina católica, el factor decisivo es generacional. Bergoglio es casi un octogenario y el preservativo es un tema incómodo para él. La homosexualidad también, aunque se haya abierto al tema más que ningún otro Papa.

DE LA SOMBRA A LA EUFORIA

La editora Florencia Cambariere cree que esa sonrisa frecuente de un hombre otrora sombrío pasa por la euforia de haber llegado a la meta: «Se preparó toda la vida para esto. Ahora puede hacer más, y eso lo revitalizó».

Tanto puede hacer, que ya es uno de los cuatro grandes mitos argentinos junto a Maradona, Evita y el Ché Guevara.

«Pero probablemente sea el más importante de todos», señala Marcelo Larraquy autor de Recen por él, una documentada biografía sobre Francisco.

«Los otros brillaron jóvenes, mientras que él brilla en el final de su vida. Llega a mito ya con el ticket de jubilación».

¿Más revolucionario que el Che Guevara? Quizás acelere a fondo y pueda serlo. ¿Más popular que Evita? Sin duda. Pero, sobre todo, superior a Maradona. ¿O quién tiene más derecho a decir que es dueño de la mano de Dios?

EFE / El Mundo
Sebastian Fest
@sebastianfest
Madrid, España
Domingo 27 de diciembre de 2015.

 

El mundo es comprendido por el paradigma, es la forma por la cual es entendido el mundo, el hombre y por supuesto las realidades cercanas al conocimiento.

Ventana al mundo

Información reciente

Síguenos en Twitter