Perfil de Lydia Cacho, una periodista que narra desde las entrañas y que encuentra en las historias de los demás su razón de existencia.

Lydia Cacho quería escribir poesía pero resultó —en sus propias palabras—, pésima en esa disciplina. Ha logrado, no obstante, llevar una vida parecida a la de una poeta. Disfruta de la reclusión y la soledad en medio de la vegetación salvaje del Caribe mexicano, donde construyó una enorme casa, una fortaleza, gracias a décadas de trabajo. En medio de un vasto terreno de cinco mil metros cuadrados repleto de palmeras y árboles frutales y rodeado por una barda altísima, se erige la vivienda de color blanco que asemeja un caracol majestuoso enterrado en la tierra. Ella misma la diseñó, pues le fascinan las figuras con la proporción áurea, el número de Dios. Lydia Cacho no se limita al periodismo, que ejerce desde los ochenta. Ella explora la filosofía, el feminismo, la religión, las estructuras de poder, el yoga, la cocina, la hidroponia y más. Ella misma se juzga aburrida y por eso le interesan los otros. El periodismo le ha permitido hallar en los demás —niños abusados, mujeres explotadas, hombres victimarios— algo que merece ser narrado y que es útil para la sociedad. El tedio siempre está al acecho y por eso tiene que hacer, crear, escribir, viajar.

Su viaje en el periodismo —lo sabe, todos lo sabemos—, no ha sido idílico ni placentero. “No hay forma de no salir herido del periodismo”, dice con la sabiduría de una sobreviviente. Si uno mira con atención en su extenso jardín, puede descubrir las cámaras de seguridad que ordenó instalar ocultas entre las hojas de las palmas. Las amenazas y la tortura —sexual, física y psicológica— dejaron su huella, y Lydia ha dedicado horas de yoga, meditación y terapia a reconstruirse para seguir haciendo periodismo.

Este año entregará al público tres proyectos que exploran los múltiples matices de la infancia: una docuserie sobre niños —ella dirige y escribe— titulada Somos valientes; un nuevo volumen infantil que dará continuidad a En busca de Kayla y uno más sobre menores que reconstruyen sus vidas tras haber sido reclutados por el narco y el terrorismo, cuyo título pide no publicar: “Una vez dije un título en público y me lo robaron, no quiero que me vuelva a pasar”. Nunca ha parado de trabajar. Casi cada año entrega una obra a las editoriales, aunque bien sabe que podría vivir de la fama de Los demonios del Edén (2005), el texto que la catapultó al plano internacional tras revelar una red de explotación infantil en Cancún. Pero su propia fama le incomoda, le estorba, le parece vacua. Ella quiere hacer periodismo que sirva a la gente.

Y esa es la paradoja de Lydia Cacho: una mujer que se califica a sí misma de tímida pero que, al mismo tiempo, ansía entrevistar, investigar al poder y recorrer el mundo.

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La figura de Lydia Cacho está tan mimetizada con el paradisiaco Cancún, que se olvida que nació en la Ciudad de México en 1963. Creció en un departamento en Mixcoac, en una familia de clase media. Su madre, la psicóloga Paulette Ribeiro, le inculcó el feminismo; su padre, el ingeniero Óscar Cacho, la hizo ordenada. Cuando Lydia tenía 17 años, la familia viajó a Cancún para que ella y sus hermanos se certificaran como buzos. Se enamoró de esa tierra salvaje que estaba en pleno desarrollo como un polo turístico mundial. Desde entonces no ha dejado de bucear: conoce todos los cenotes de Quintana Roo y ha nadado en mar abierto entre delfines, hacia la frontera con Belice. Se resiste, sin embargo, a nadar rodeada de tiburones. No es que lo necesite, pues ya lo ha hecho desde el periodismo: “Al menos en los animales entiendes que es instinto, pero la violencia en los humanos es distinta, hay otros motivos”.

Cuando tenía 19 años, se fue a vivir a París con unos familiares. Llegó sabiendo hablar y leer francés —su abuela materna le enseñó—, pero era incapaz de escribir bien y decidió tomar clases. También se inscribió a un diplomado de historia del arte en la Sorbona. Para pagar sus clases se puso a trabajar como femme de menáge. Suena lujoso pero no es otra cosa que ama de llaves. Lydia lavaba platos, baños, pisos y sacudía. “Orgullosamente fui trabajadora doméstica”, recuerda. Un día se le ocurrió lavar y planchar la ropa de la casa donde daba servicio. La dueña enloqueció para bien. “Estaba fascinada de que le plancharan la ropa y me pagó el triple”. Lydia se volvió una sensación entre las amas de casa francesas, quienes le pedían que planchara sus ropas. Estuvo año y medio en Francia y, con el dinero ganado, volvió a México. Al poco tiempo entró a trabajar como asistente de producción a los Estudios Churubusco, gracias a la invitación de una amiga. “Eran unas películas gringas malísimas la verdad”. Con el dinero ahorrado, a mediados de los ochenta, decidió ir a probar suerte a Cancún.

Como quería ser poeta y necesitaba ganar dinero, fue a pedir trabajo a un periódico. Guapa, de 22 años y atlética, la mandaron a la sección de cultura y sociales. “Ahí es donde nos mandaban a las mujeres”. A la tercera semana ya estaba dando de qué hablar: su jefe la mandó a entrevistar a mujeres mayas para ver cómo les afectaba el turismo. “Llegué y las señoras me mandaron al diablo. ‘Nosotros tenemos otros problemas’, me dijeron. Y empezaron a hablar de violencia doméstica, abuso infantil y demás. Entregué mi nota y me dijeron que no saldría”, cuenta. “Aquí no se habla mal de Cancún”, fue la respuesta de su editor. Ese fue el punto de quiebre de su carrera. “Ah, ¿sí? ¿no se habla mal de Cancún? Pues ahora van a ver…”, recuerda en broma. En los noventa, ya en otra redacción, hizo una serie sobre casos de VIH entre hombres gay en aquella tierra idílica. El entonces gobernador Mario Villanueva, ahora preso por vínculos con el narcotráfico, le llamó enojado a su casa: “¿Por qué publica esas cosas? ¡En mi Estado no hay VIH!”. “Pues en el mío sí”, le reviró la periodista.

Desde entonces se dedicó a narrar el revés de ese paraíso mexicano donde confluyen intereses comerciales y políticos. Más de uno la ha acusado de querer destruir la fuente de empleo de miles de mexicanos. “La gente no entiende que el turismo tiene sus propios vicios y problemas, y yo sólo me dedico a documentarlos”.

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Para llegar hasta Lydia Cacho hay que tomar un vuelo a Cancún y conducir casi una hora a través de esa tierra que mezcla grandes desarrollos hoteleros, casas humildes y adentrarse en la selva. El viaje es muy similar al que ella ha hecho en su producción periodística: narrar desde las entrañas y no quedarse sólo en la aparente felicidad de las playas con familias estadounidenses o los paquetes todo pagado para disfrutar de la Riviera Maya. Su chofer es un joven parco. Sabe que debe ser discreto sobre las medidas de seguridad. En la radio de la camioneta suena un disco en vivo de Pablo Milanés. “Ella lo ponía mucho y me gustó. Le gusta la música así, calmada…”, dice.

Lydia vive con tres perras: Luna, una rottweiler entrenada para atacar o ser el rostro de la ternura, Petra y Matilda. Las mascotas la siguen por toda la casa o cuando sale al jardín a recolectar lechugas y hortalizas de su huerto —ella misma las sembró y cuidó— o a recoger huevos orgánicos del gallinero. Tiene árboles de papaya, aguacate, guanábana y cítricos. De toda la cosecha de frutos, sólo recoge la mitad para consumirlos y el resto los deja para las aves que visitan el área. El terreno lo compró hace tres décadas por la irrisoria cantidad de 5 mil dólares. Hoy un precio así sería impensable. Buena administradora, poco a poco fue construyendo su hogar. Se hizo una pequeña piscina. También creó un área para hacer su propia composta: una barda cuadrada hecha con decenas de botellas de vidrio vacías pegadas con cemento. “En esta casa se toma vino”, dice. Sin embargo, reconoce sus debilidades: “Yo tengo muy claro que en cualquier momento podría convertirme en adicta. Todo el tiempo me estoy cuidando de ciertas cosas, de medirme, es parte del autoconocimiento”.

Durante la plática, Lydia dirá muchas veces —quizá sin notarlo— las palabras resiliencia y autocuidado. Dadas las experiencias que marcaron su vida, resulta lógico que esta mujer de casi 54 años hable de remontar, de protección. La fama, deseada por muchos, para ella puede ser un obstáculo. Alguna vez, en un evento de la ONU, se encontró con la actriz Angelina Jolie, embajadora de buena voluntad del organismo. Lydia se acercó a ella después de la ráfaga de flashes y disparos de las cámaras de los fotógrafos. “Le pregunté cómo manejaba la fama. ‘¿Cómo haces esto, qué horror, qué pesadilla?’, le dije”. Jolie, calmada, le dio una lección: “Yo sólo quería ser actriz y aprendí que la fama son unos zapatos de tacón y decides cuándo te los pones y cuándo te los quitas”. Lydia entendió que cuando se vive de la fama o el prestigio, el ego se enferma. “Eso debilita al periodismo”, dice.

El periodismo actual le parece poco útil, perdido en información que no sirve a la sociedad. “Cada vez que salgo a la calle a documentar cualquier tipo de historia, tengo que quitarme la coraza para tratar de comprender a la otra persona y no prejuzgarla. Para mí ése es el buen periodismo”. Más que juzgar, ha tratado de comprender a los otros: “No hablo de empatía hacia un pederasta o un asesino, pero sí hay que atreverse a buscar en la historia de los personajes qué los hizo convertirse en lo que son. Si no lo haces, tu pieza periodística será un cliché”. Tuvo una columna en El Universal durante nueve años y después, sin más, se fue: “Nunca he estado encantada con los grandes medios. Me parece que les estorbo”. Hoy es una freelance de primera línea. A los gurús del periodismo cercano al poder los llama viejos cínicos, los deprecia: “El cinismo vuelve crueles a las personas. Yo tuve claro que no quería ser así porque te ciega de la realidad”.

Esa manera de hablar tan sincera le ha valido momentos incómodos y divertidos. En 2007, viajó a Nueva York a recibir un premio de la Fundación Internacional de Mujeres en los Medios (IWMF, por sus siglas en inglés). La encargada de darle la presea fue Caroline Kennedy, hija del presidente asesinado. Cuando estaban en el coctel posterior a la ceremonia, la heredera Kennedy se acercó a ella y le ofreció refugio. “Yo era la perseguida del momento y me pareció increíble lo que me decía”. Pero en vez de deshacerse en agradecimientos, Lydia soltó una bomba: “Le dije: ‘¡Pero si mataron a tu papá, a tu tío, quién sabe si a tu hermano lo mataron! ¡Eres una Kennedy, es más fácil que te maten a ti que a mí, mejor vente conmigo a Cancún!’”. Todos los estadounidenses se quedaron boquiabiertos y ofendidísimos por la mexicana. Ella se sigue riendo de la escena.

Hace más de una década, cuando estaba en la gira de presentaciones de Los demonios del Edén, le tocó estar en Zacatecas. Su nombre ya era famoso después del infame secuestro y tortura que vivió por parte de la Procuraduría de Puebla, por órdenes del gobernador Mario Marín en colusión con el empresario Kamel Nacif. Llegó tal cantidad de gente que el espacio rentado fue insuficiente, así que debieron moverse a una explanada. Hacia el final, cuando se abrieron las preguntas al público, un hombre de unos ochenta años levantó la mano y pidió la palabra. A Lydia aún le estremece la anécdota: “Ese señor dijo que había seguido las noticias y compró el libro para apoyarme. Lo leyó y gracias a eso, por primera vez en su vida, le confesó a su esposa que cuando era niño habían abusado de él y nunca nadie le creyó. No fue el único, se pararon otro y otro. Al final cinco hombres se habían visto reflejados en el libro. La gente aplaudía. Ése es el periodismo que busco: el que es útil a la gente”. Todavía se le cristalizan los ojos, conmovida.

Todas esas experiencias las ha ido canalizando de diversas formas: baila, cocina, ríe, viaja o pinta los fines de semana. Una vez que viajó a Bali, Indonesia, se las arregló para quedarse más de un mes y, entre cada presentación de libros o foro, tomó un curso de cocina. Ahora prepara un extraordinario curry con leche de coco y berenjenas. También sabe preparar comida francesa, portuguesa y más. La mexicana, empero, le falla un poco: “El arroz no se me esponja”, bromea. Cuando estuvo en Japón, decidió tatuarse dos kanjis en la nuca: el deseo y la esperanza, como si fueran su motor de vida.

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El nombre de Lydia Cacho ya está inscrito en la historia del periodismo mexicano. Los demonios del Edén, hoy se puede considerar un clásico. Ariel Rosales, editor at-large de Penguin Random House, la casa donde ha publicado la mayoría de su obra, considera que abrió nuevos temas en el panorama: “Ella llevó al gran público el tema de la trata, del abuso de menores, de la pornografía infantil. Temas duros que a muchos no les gusta ver, pero que gracias a ella ahora se hablan más y se discuten”.

Lydia recuerda que cuando la editorial le entregó las planas de corrección, estalló en llamas. “Le habían quitado todo el lenguaje de género, toda visión de feminismo. Ya no decía ‘las niñas y los niños’ y más, y eso era parte fundamental del libro, no se le podía quitar”. Tomó un vuelo a la Ciudad de México y habló, furiosa, con Rosales y la gente de la editorial. Tuvieron que ceder y regresaron al manuscrito original. Rosales y Cacho vivieron juntos la presión del poder y la censura que rodearon al libro, y que, más tarde, reconstruyeron en Historia de una infamia. Su otro libro, Las esclavas del poder, ha sido traducido al sueco, polaco, finlandés y más. Lydia es una autora internacional.

“Ya se ha dicho mucho, es casi un lugar común, pero sí, es una mujer muy valiente, de muchos huevos, de un gran carácter”, dice Rosales. A Lydia le da risa la imagen pública de ella: una mujer dura, con gestos fuertes, vestida de negro, de “cazavampiros”. “No soy así, soy alegre, bailo, me divierto, tengo sentido del humor, aunque a muchos les parece ácido”. Le cansa un poco el adjetivo de “valiente”, que la coloca en un papel extravagante: “Siempre dicen ‘Lydia Cacho, qué mujer tan valiente’ o ‘Carmen Aristegui, qué valiente’. Y yo pienso: es que no deberíamos ser la excepción, todos deberíamos atrevernos a dar más”.

Para Diego Rabasa, de Sexto Piso, la editorial que publicó el libro infantil En busca de Kayla, Lydia ocupa un papel central en el periodismo mexicano: “No sólo por ocuparse de temas tan complejos y asociados a hondas y oscuras tramas del poder, sino por abrir brecha para periodistas mujeres en un país con dramáticos índices de violencia de género”. La imagen que tiene de ella es de una mujer de una fortaleza fuera de lo común. “Su compromiso es tal que lejos de causarle problemas o dolor, le inyecta fortaleza. Está consciente del tamaño y el peso de sus adversarios y sabe que tiene que estar a la altura de los mismos”.

En busca de Kayla fue un experimento, muy afortunado, de Lydia explorando la literatura infantil en compañía del ilustrador Patricio Betteo. La historia narra la desaparición de Kayla, una niña raptada por una red de explotación infantil que la enganchó vía internet y cómo sus amigos de la escuela deciden buscarla. “Yo le decía a Sexto Piso que cómo se les ocurría que yo hiciera un libro infantil… ¡Están locos!”. El libro ha sido devorado por menores y ayudó a que los padres pudieran hablar de esos temas con sus hijos. Incluso ya existe una app gratuita para que se lea y la gente se informe. La demanda fue tal que rebasó la capacidad de operación de la editorial. Rabasa cuenta: “Nuestra colección infantil es, curiosamente, también una de las más políticas. Siempre habíamos querido trabajar con Lydia y nos pareció que esta colección nos abría la puerta para hacerlo. Fue un éxito en todos los sentidos y supuso un reto tanto en la distribución como en la promoción”.

Aunque hay una recurrencia de ciertos temas en la producción de Lydia, su verdadero tema de exploración es el poder patriarcal y los momentos clave en la vida de las personas en que se convierten en víctimas o victimarios. “Quienes se suman a los códigos del poder patriarcal son quienes acaban ganando más en términos económicos o en términos de control de las vidas de los otros y, justamente, es uno de los temas que me han movido más para hablar en mi carrera periodística”. Siempre que entrevista a mujeres abusadas, niños explotados u hombres perseguidos, Cacho ha encontrado un patrón: “No importa cuál sea el tema —corrupción, abuso sexual infantil, pornografía infantil, persecución de periodistas—, haz la lista y en todos los casos los patrones de comportamiento de los abusos de poder siempre tienen que ver con la educación de la verticalidad del patriarcado”.

La bifurcación de caminos que ha hallado Lydia es simple: “Hay periodistas, activistas, que hemos comprendido que el poder también sirve para dar voz a los demás, para ser ‘los otros’. Y hay quienes han sido dominados por el ego y prefieren sumarse a estas visiones retrógradas, que controlan la vida de los demás, la sexualidad y lo hacen a través de los códigos más simples que son partidos políticos, eclesiástico y más”. Y si alguien ha vivido en su cuerpo y mente la violencia patriarcal, ha sido ella.

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En la lista de nombres relacionados a la red de explotación sexual infantil que Lydia Cacho citó en Los demonios del Edén aparece el nombre de Miguel Ángel Yunes Linares, actual gobernador de Veracruz. Otro político prominente nombrado es el hoy senador del PRI, Emilio Gamboa Patrón.

Para la periodista, el ascenso de Yunes Linares a la gubernatura es una vergüenza y no teme decirlo: “Es la muestra de la decadencia y creo que es el principio del fin”. Cuando alguna vez dijo en público que estaba convencida de que Yunes Linares iba a ganar la elección, como ocurrió, mucha gente se asombró. “Yo dije ‘Va a ganar, va a ganar porque el sistema se lo va a permitir, porque el sistema lo protegió’”.

Cuando Lydia publicó su libro, Yunes Linares era subsecretario de Seguridad Pública, en los tiempos de la presidencia de Felipe Calderón. El político intentó boicotear la obra. Ariel Rosales recuerda que él y Faustino Linares, director general de la editorial, fueron a verlo. El político de pasado priísta intentó convencerlos de que leyeran una carta en la que, supuestamente, la Procuraduría de Quintana Roo decía que él no tenía nada que ver. No era menor la estrategia: quería que la editorial denostara al libro durante la presentación, dos días después. Los editores y la periodista resistieron. Cacho abunda: “Lo que pienso de Yunes ya lo he escrito y lo sostengo. Aunque cada vez que digo algo me vuelve a mandar amenazas con los abogados. Es un tipo que cometió delitos y debería pagar por ellos y no debería estar siendo gobernador de Veracruz. Me queda claro que está ahí para subsanar los acuerdos entre la delincuencia organizada y los gobernantes”.

El panorama de la política en México desencanta a la periodista: “La nueva generación (de políticos) en la que confiaríamos no quiere hacer política porque los partidos están totalmente corrompidos. Y eso es un problema monumental”.

Aunque un tiempo estuvo hundida en juicios y demandas, hoy sólo está atenta al caso de uno de los policías de Puebla que la detuvieron ilegalmente y torturaron y está preso en Quintana Roo. El ex agente busca llevar su juicio en libertad. Ella sigue el caso a través de sus abogados. Las denuncias contra periodistas en México no son nuevas. El diario The New York Times publicó un editorial el año pasado alertando del aumento de demandas, lo que atentaba contra la libertad de expresión. “Esos juicios te paralizan, te comen el alma”, dice Lydia. Su caso tuvo tanta resonancia que llegó a la Corte mexicana y hasta la ONU.

En 2015, Virginia Betanzos, una ex diputada del PRI de Quintana Roo, publicó un libro para atacarla: Lydia Cacho: la otra cara de la pederastia. La mujer presentó su obra en Casa Lamm acompañada de la conductora Fernanda Tapia y Arturo Rodríguez, académico de la UNAM. Apenas tomó el micrófono, Betanzos soltó: “¡Estamos hartos de que la señora diga que es perseguida, torturada, y que viva denostando a Quintana Roo!”. Lydia se ríe, sabe que todo es para desacreditarla. “Sí hubo un momento en que me preocupó, sobre todo cuando gente seria, que respeto, me comenzó a preguntar. Pero entiendo que forma parte de una guerra sucia”. Le han dicho de todo. En los diarios de Cancún han publicado quiénes han sido sus amantes. Se lo toma con gracia: “Primero, el número que han publicado estaba equivocado y además no ponían a quien fue mi marido”.

Conoció a su exmarido en clases de buceo. Estuvieron juntos casi una década. Ella cada vez hacía periodismo de mayor riesgo y él no estaba para sustos. Incapaz de pedirle que decidiera entre su carrera o él, prefirió retirarse. Hoy son muy buenos amigos. Otra relación significativa de Lydia fue la que tuvo con el escritor y periodista Jorge Zepeda Patterson. A su lado vivió todo el drama de Los demonios del Edén y la represión que vino después.

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El estudio de Lydia Cacho está en el último piso de su casa. Un espacio circular que revienta de luz día y tarde. Desde las ventanas se ve un mar verde de palmeras. Tiene una hamaca donde se echa a leer. Los libreros están repletos: los tomos de poesía se combinan con los de narcotráfico, feminismo, corrupción y demás. Sobre una mesa tiene los libros que consulta para la obra en que trabaja. Aparte, tiene dos tomos de poesía de Emily Dickinson y T.S. Eliot que lee para entretenerse. Lydia no se siente una poeta frustrada: “En realidad mi primer libro fue de poesía, es pésimo”.

En su estudio también pinta, sólo para distraerse, nada serio. Sus cuadros los regala a sus amigos. En un rincón de la habitación tiene adosados a la pared algunos de los muchos premios que ha recibido: The Olof Palme Prize, en 2011; la Legión de Honor, del gobierno francés, en 2012; el Premio Mundial que da la UNESCO por la Libertad de Prensa, de 2008 y más. El último premio que recibió, en febrero de 2016, fue el ALBA/Puffin al Activismo en Pro de los Derechos Humanos. El dinero que recibió lo guardó y ha sido clave para uno de sus nuevos proyectos: la docuserie Somos valientes.

Su nueva aventura consiste en pequeños capítulos, de diez minutos, sobre niños en comunidades vulnerables de México y cómo han aprendido a superar situaciones de dolor. La serie es, al mismo tiempo, dolorosa y esperanzadora. “Quiero darles voz a los niños porque tienen claras muchas cosas, más de lo que los adultos pensamos”. Los menores hablan de discriminación, corrupción, violencia, pobreza. En la producción reclutó a Marcela Zendejas, quien participa en el proyecto de Estereotipas y la música estuvo a cargo de Jacobo Lieberman y Leo Heiblum, dos de los músicos más reconocidos en México por su trabajo en el cine.

En uno de los encuentros grabados, los niños contaron que uno de sus compañeros los amenazaba con “enterrarlos en una fosa”. La situación causó tanto miedo, que una madre de familia sacó a su hija de la escuela. Los maestros no supieron cómo lidiar con ello. Los alumnos estaban seguros de que su compañero era hijo de “un sicario”. Cuando se reunieron con Lydia, para la filmación, él acabó llorando, avergonzado de que por su broma una compañera se hubiera cambiado de escuela y todos lo creyeran narcotraficante. “Yo les pregunté: ‘¿y por qué no dijeron nada?’. Les daba miedo. ‘¿Qué prefieren ser: cobardes o valientes?’”. Los niños respondieron que valientes. La sesión sirvió para sanar las relaciones entre los niños. El director agradeció la intervención de Lydia. Por ahora, ella negocia con Netflix la compra y distribución de su serie.

Antes de acabar la entrevista hice la misma pregunta a la periodista: “¿Lydia Cacho qué prefiere ser: víctima o valiente?” Ella sonrío, saboreó sus palabras como si degustara un buen vino, y con esa sensualidad que desborda y la hace segura de sí misma, dijo mirando a los ojos: “Valiente”.

Gatopardo
Rafael Cabrera
Ciudad de México
Martes 7 de marzo de 2017.

Cacho sostuvo que si bien la justicia social o convencional no castigó a estos hombres, hubo una reacción cívica que los tocó en dos aspectos: el prestigio y el dinero.

Diez años después de haberse publicado Los demonios del Edén –una investigación periodística sobre comercio y abuso sexual infantil en Cancún, Quintana Roo–, las redes de pornografía infantil y trata de personas cambiaron su modo de operar en el ámbito cibernético, pero el sistema judicial mexicano, con más herramientas legales y de indagación, no consigue sentenciar a todas las personas investigadas por ese delito.

Así lo señaló la periodista y autora del libro, Lydia Cacho, quien este lunes presentó una nueva edición de Los demonios del Edén. El poder que protege a la pornografía infantil, con tres nuevos capítulos donde hace un balance sobre la situación actual de la trata de personas y la pornografía infantil en México.

La periodista, quien en mayo de 2005 presentó por primera vez su libro, fue detenida en diciembre de ese mismo año y luego encarcelada por los supuestos delitos de difamación y calumnia, después de que el empresario Kamel Nacif Borge –presunto involucrado en la red de trata y prostitución infantil– la denunció ante un juzgado en el estado de Puebla. Cacho pagó la fianza impuesta y salió libre.

Posteriormente, en 2014, logró que el empresario Jean Succar Kuri –uno de los principales operadores de la red de corrupción y pornografía infantil que quedó al descubierto en su investigación periodística– fuera condenado a 113 años de prisión en el penal de La Palma, en Almoloya de Juárez, Estado de México, sentencia que se convirtió en la más emblemática en América Latina por ese delito.

En compañía de Juan Martín Pérez García, director de la Red por los Derechos de la Infancia en México (Redim), Cacho destacó que de los más de 23 mil registros de personas desaparecidas en México, 6 mil 707 son de personas menores de edad, y siete de cada 10 corresponden a niñas y mujeres adolescentes, casi todas “enganchadas” a través de las redes sociales.

Detalló que México actualmente es el país de América Latina donde más circula pornografía infantil, luego de que en 2014 la policía cibernética federal detectó 11 mil casos de personas responsables de este delito. Sólo 16 sujetos fueron detenidos y uno consignado.

Cacho explicó que “aún falta mucho por hacer”, aunque hace 10 años –antes de la publicación de su libro– no existían las herramientas que hay actualmente (como la policía cibernética) para investigar y enjuiciar este crimen, apuntó.

No obstante, denunció que los agentes del Ministerio Público siguen sin estar lo suficientemente capacitados sobre cómo actuar en casos de trata de personas y pornografía infantil, además de que mantienen una sobrecarga de trabajo que obstaculiza su labor.

La también activista criticó que después de 2007 el gobierno mexicano retirara los fondos para que los refugios pudieran atender de manera integral a las víctimas de trata de personas, por lo que actualmente algunos de estos centros de apoyo que operan desde la sociedad civil no pueden hacer frente a los riesgos y amenazas a los que están expuestos por su labor.

En su oportunidad, Pérez García criticó que México se haya convertido en un “paraíso” para el crimen organizado internacional, y que el Estado siga sin asumir sus responsabilidades en la ocurrencia de los delitos que Lydia Cacho reveló hace 10 años.

También recordó que Succar Kuri es un hombre de poder que, junto con otros políticos y empresarios poderosos, abusó de la vulnerabilidad de las y los menores de edad, cuyas familias siguen en la pobreza.

Condena social

Tras una década de hostigamiento y persecución por parte de la red de empresarios y funcionarios que Cacho denunció en su libro como responsables del abuso contra cientos de niñas y niños en Cancún, la comunicadora consideró que si bien no se ha ganado la batalla, sí hubo consecuencias contra sus atacantes.

En principio, la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito informó que la red de pornografía infantil de Succar Kuri –de alcances internacionales– se debilitó después de la denuncia periodística y la condena ejemplar contra el empresario.

Igualmente, Kamel Nacif tuvo que cerrar al menos 15 maquiladoras que tenía en México, y la compañía Disney –con la que mantenía contratos exclusivos para elaborar ropa y juguetes para bebés– finiquitó su sociedad gracias al empuje ciudadano en Estados Unidos.

En tanto, el exgobernador de Puebla Mario Marín, quien en su momento defendió a Kamel Nacif y avaló la detención y tortura psicológica contra la periodista, intentó sin éxito convertirse en senador.

Lydia Cacho recordó que los políticos priistas decidieron no apoyar a Marín en su postulación al Congreso, por los costos políticos que implicaría. Además, dijo, al exgobernador poblano “lo han sacado de varios lugares”, se le ha impedido hacer negocios de inversión y ya no tiene fuero federal. “Ha quedado como paria social. Si no lo tocó la justicia, lo tocó la sociedad”, sentenció.

En el caso de Emilio Gamboa Patrón, senador del PRI, y Miguel Ángel Yunes, diputado federal por el Partido Acción Nacional (ambos presuntamente implicados en la red de pornografía infantil), destacó que ya hay investigaciones en su contra por delitos de otra índole.

Cacho sostuvo que si bien la justicia social o convencional no castigó a estos hombres, hubo una reacción cívica que los tocó en dos aspectos: el prestigio y el dinero.

A una década de su publicación, añadió, el libro “nos ayudó a entender que el periodismo sí tiene una misión muy importante y sí tiene un impacto en la sociedad, por pequeño que esto parezca. Gracias al buen periodismo que ha brincado los cercos mediáticos que se incrementan en este país, no olvidamos los hechos”, resaltó.

Proceso
Angélica Jocelyn Soto
Jueves 24 de septiembre de 2015.

¿Se puede escribir en pleno siglo XXI una novela de tesis sobre la pobreza?

El restaurante de sukiyaki parece decir que sí. Debut en español de la escritora coreana Bae Suah, la novela publicada por Bajo la luna está compuesta por capítulos breves que podrían haber sido cuentos si la autora no hubiera decidido unirlos a partir de filiaciones, a veces lejanas, a veces íntimas, entre los personajes.

Bae Suah nació en Seúl en 1965. Y en este libro elige una estructura abierta para narrar las miserias de la sociedad coreana luego de la crisis del 97, que sacudió a todo el sudeste asiático. Pero no es necesario conocer detalles de ese evento para leer estas historias que, lejos del localismo, funcionan casi como fábulas.

Bae Suah experimenta con sus criaturas. Las sacude. Las ridiculiza. Las pone en situaciones extremas. Así, una madre explota a su hija haciéndole creer que son pobres mientras esconde billetes por toda la casa; una nena anhela hasta la violencia la carterita de su amiga; un catedrático inválido sólo babea y pide sukiyaki; una joven trabaja de modelo de pubis y varios intelectuales desfilan agobiados por el vacío de sus propios discursos.

A pesar de que hay en el libro referencias a Tolstoi, a Steinbeck y a Dostoievski, a Bae Suah, que estuvo en Buenos Aires como una de las invitadas internacionales de la Feria del Libro, no le gusta el término “realista”. Mucho menos que le digan que su escritura es “filosófica”. Aclara: “No es una novela que se base en el naturalismo o que trate de mostrar la realidad microscópicamente sino de presentarla con cierto retoque de mi parte. Y el retoque está también en la forma: narrar fragmentariamente en lugar de buscar la novela total. El punto de contacto con esa tradición europea sería, para mí, un estilo despojado de emoción, más clínico. Pero no soy una escritora ‘filosófica’ porque la novela no parte de una abstracción ni busca la simpatía del lector a través de algún personaje”.

Sin embargo, hay uno de ellos, Noiong, que elige ser pobre como forma de libertad. “Él es lo opuesto a los estereotipos de la sociedad coreana que es muy sensible al tema de la pobreza y del hambre que genera”, explica Bae Suah. Para el lector argentino, pensar en una catástrofe económica puede traer reminiscencias de la crisis de 2001. Pero, a diferencia de lo que ocurrió aquí, la pobreza y, sobre todo, el descenso de clase, se vive en estas historias como algo puramente individual. No hay solidaridad, ni siquiera lazos familiares que mitiguen ese paisaje desolado, como si la crisis se hubiera llevado consigo la noción misma de comunidad.

“En Corea, creo, a diferencia de Argentina, la tendencia fue a la disolución de lo colectivo. Pero hubo un sector que gracias a la crisis económica volvió a concentrarse más, a aglutinarse y fue el de la clase media o media alta, que se resguardó en el grupo”. La prosa de Bae Suah es despiadada con esos personajes, que son los más obsesionados por el estatus, al punto de esclavizarse en trabajos de jornadas inhumanas con tal de no bajar en su nivel de consumo. “Aspirar a una vida mejor es también su obligación”, le dice uno de estos personajes a Noiong, perplejo por su insistencia en vivir como un indigente. “Es que desde mi percepción” cuenta Bae Suah, el ser humano está condenado a ser pobre con o sin bienes materiales”. Al rechazar los lujos, la idea misma de “una vida mejor”, Noiong no sólo ejemplifica esta postura de la autora sino que esboza una ética que involucra a la comida, un tema que retoma el título de la obra.

“El sukiyaki –explica Bae Suah– es una sopa de origen japonés que funciona como símbolo y trampa en la novela. Ningún personaje logra comer sukiyaki. Lo cual es irónico, es una especie de ostentación tonta a la que nadie llega. Es que la comida era para mí una forma de hablar del tema principal. Así, hay personajes marcados por el hambre, pero también la comida aparece como algo lúbrico y lúdico”.

Los muchos sentidos del alimento enriquecen estas historias. Como si frente a la miseria moral sólo quedara el consuelo básico de la nutrición. “Somos adultos y hemos perdido el derecho a ser protegidos” dice una joven hacia el final. Es en estos pasajes que El restaurante de sukiyaki abre preguntas más interesantes. La imposibilidad de ocupar el lugar de hijos, es, quizás, la gran herida que nos acompaña durante toda nuestra vida adulta. Ese desamparo esencial es lo que se cuenta, en definitiva, en esta novela.

Clarín
Betina González
Revista Ñ
Buenos Aires, Argentina.
Domingo 26 de julio de 2015.

La destacada crítica e historiadora de arte en Latinoamérica, Raquel Tibol, falleció hoy domingo a las 18:00 horas, tras estar hospitalizada más de 15 días.

Tibol nació en Basavilbaso, Argentina en 1923, y vino a México a los 30 años, en 1953. Se nacionalizó mexicana en 1961. Fue fundadora del semanario Proceso, donde tuvo su columna Arte y público hasta el año 2000.

Tibol llegó a México el 25 de mayo de 1953 invitada por Diego Rivera, a quien había conocido en Chile, país en el que vivió por un tiempo. Quería ser escritora y había publicado unos años antes un libro de cuentos: Comenzar es la esperanza.

En México, que ella convirtió en su país de adopción, inició su labor como crítica y cronista del quehacer plástico mexicano. Empezó su tarea con una entrevista con el cineasta Luis Buñuel en el suplemento México en la Cultura del diario Novedades, en noviembre de 1953.

Al llegar a México se interesó por el movimiento muralista mexicano.

Son conocidas las anécdotas de la vida de Raquel Tibol que la caracterizan como una mujer de convicciones firmes, que defendía su punto de vista sin contemplaciones.

Por ejemplo, el 19 de abril de 1972, tras el I Congreso Nacional de Artistas Plásticos, abofeteó a David Alfaro Siqueiros, en respuesta a las declaraciones xenofóbicas que el muralista habría hecho en su contra en una de las sesiones del evento.

También colaboró en Excélsior y fue secretaria de redacción de la revista Política, además de ser autora de alrededor de 40 libros.

Proceso
Ciudad de México
Columba Vértiz de la Fuente
Domingo 22 de febrero de 2015.

Un documental de la HBO dirigido por la cineasta Nancy Kates recupera la figura de la voz más crítica de Estados Unidos

El 28 de diciembre de 2004 fallecía, en el Memorial Sloan Kettering Cancer Center de Nueva York, Susan Sontag. La voz de la conciencia crítica de Estados Unidos se apagó tras una larga batalla contra la leucemia, enfermedad que combatió con la entereza e inteligencia que definieron toda su vida. Desde entonces, muchos han sido los esfuerzos editoriales destinados a recordar su figura.

Su hijo, David Rieff, escribió «Un mar de muerte», libro en el que rememoraba la muerte de su progenitora; el propio Rieff editó los dos primeros volúmenes de los diarios de Sontag (hay un tercero pendiente de publicación), «Renacida» (1947-1964) y «La conciencia uncida a la sangre» (1964-1980); la estadounidense Sigrid Nunez (que fue pareja de Rieff) evocó en «Siempre Susan» la parte más humana y menos complaciente de la intelectual; y hace apenas unos meses la editorial chilena UDP publicó «La entrevista completa de Rolling Stone», que recoge las doce horas de charla que la autora mantuvo con Jonathan Cott en 1978.

El cine sólo la había retratado, muy de pasada, en el documental «Una vida a través de la cámara», sobre la fotógrafa Annie Leibovitz, pareja de Sontag hasta el final de su vida. Pero, al cumplirse diez años de su muerte, se ha estrenado «Recordando a Susan Sontag», documental dirigido por la cineasta Nancy Kates para la HBO (en España puede verse en Canal Plus hasta el 3 de enero) que ofrece un retrato íntimo de la autora.

«Me encanta estar viva. Me despierto cada mañana agradecida de estarlo». Con esta confesión de Sontag arranca el filme, de 95 minutos, que reproduce evocadoras imágenes experimentales, material de archivo y declaraciones de quienes más la conocieron. La actrizPatricia Clarkson es la encargada de poner voz a las palabras que la autora dejó escritas, testimonio crítico y muy lúcido de la historia de la segunda mitad del siglo XX.

Desde su precoz amor por los libros a su temprano y fallido matrimonio con Philip Rieff (profesor en la Universidad de Chicago y padre de su único hijo), su postura política (de Sarajevo a Irak), su lucha contra el cáncer, su fuerte personalidad, pasando por su reconocida bisexualidad o sus romances con María Irene Fornés, Jasper Johns, Nicole Stéphane o la mencionada Leibovitz, el documental de Kates se detiene, sin miedo, en vivencias de Sontag hasta ahora poco conocidas.

Para ello cuenta con los testimonios de su hijo (estremece al contar cómo su madre se puso a gritar cuando los médicos la dijeron que había rechazado el último transplante de médula en Seattle), su hermana Judith, la modelo Harriet Sohmers Zwerling (ella la introdujo en el ambiente gay de San Francisco), el poeta Wayne Koestenbaum, la escritora alemana Eva Kollisch o la coreógrafa Lucinda Childs. Todos ellos dejan constancia de que Susan Sontag fue, sin duda, una de las mentes más clarividentes del mundo que la tocó vivir. Un mundo complejo, fascinante, a veces terrible, pero lleno de matices. Como ella.

ABC
Inés Martín Rodrigo
Madrid, España
Martes 30 de diciembre de 2014.

Jonathan Cott

Traducción de Alan Pauls

 Prólogo / Jonathan Cott

“La única metáfora concebible para la vida de la mente”, escribió la cientista política Hannah Arendt, “es la sensación de estar vivo. Sin aliento vital, el cuerpo humano es un cadáver; sin pensamiento, la mente humana está muerta”.

Susan Sontag estaba de acuerdo. En el segundo tomo de sus diarios y cuadernos de notas (La conciencia uncida a la carne) declaraba: “Para mí, ser inteligente no es como hacer algo mejor. Es la única manera de existir... Sé que me da miedo la pasividad (y la dependencia). Cuando uso mi mente, algo me hace sentir activa (autónoma). Eso es bueno”.

Ensayista, novelista, dramaturga, cineasta y activista política, Sontag, que nació en 1933 y murió en 2004, fue un testigo ejemplar del hecho de que vivir una vida pensante y pensar sobre la vida que se vive pueden ser actividades complementarias que mejoran la existencia.

Desde la publicación en 1966 de Contra la interpretación –su primera colección de ensayos, que oscilaba alegremente, sin condescendencia alguna, entre las Supremes y Simone Weil y entre películas como El increíble hombre menguante y Muriel–, Sontag nunca flaqueó en su lealtad tanto a la cultura “popular” como a la “alta” cultura. Como observaba en el prólogo a la reedición que celebró el trigésimo aniversario del libro, “si tuviera que elegir entre los Doors y Dostoievski, elegiría por supuesto a Dostoievski. Pero, ¿tengo que elegir?”.

Partidaria de una “erótica del arte”, Sontag compartía con el escritor francés Roland Barthes no solo lo que él llamaba “el placer del texto” sino también la idea que Barthes tenía de la vida de la mente, que ella describía como “una vida de deseo, de inteligencia y placer plenos”. En este sentido, Sontag seguía las huellas de William Wordsworth, que en su prólogo a las Baladas líricas definía el papel del poeta como el de “dar placer inmediato al ser humano”

–una tarea que él consideraba “un reconocimiento de la belleza del universo” y un “homenaje a la dignidad originaria y desnuda del hombre”– e insistía en que volver realidad ese principio era “una tarea leve y fácil para quien mire el mundo con el espíritu del amor”.

“¿Qué me hace sentir fuerte?”, se preguntaba Sontag en una de las entradas de su diario, y respondía: “Estar enamorada y trabajar”, y afirmaba su sumisión a “las ardientes exaltaciones de la mente”. Es claro que para Sontag, amar, desear y pensar eran de manera radical actividades esencialmente contiguas. En su fascinante libro Eros the Bittersweet, la poeta y especialista en literatura clásica Anne Carson –una escritora a la que Sontag admiraba mucho– sugería que puede haber “alguna semejanza entre el modo en que Eros actúa en la mente de un enamorado y el modo en que el conocimiento actúa en la mente de un pensador”.

Y Carson agregaba: “Cuando la mente alcanza el conocimiento, el espacio del deseo se abre”, un sentimiento del que Sontag se hace eco en su ensayo sobre Roland Barthes, cuando observa que “escribir es un abrazo, es ser abrazado; toda idea es una idea que extiende su brazo”.

En 1987, en un simposio sobre la obra de Henry James patrocinado por el Centro Americano PEN, Sontag desarrolló la idea de Carson sobre la conexión indisoluble entre desear y conocer. Rechazando las frecuentes críticas sufridas por el vocabulario árido y abstracto de James, Sontag retrucaba:

“Su vocabulario es, en realidad, el de la munificencia, la plenitud, el deseo, el júbilo, el éxtasis. En el mundo de James siempre hay más: más texto, más conciencia, más espacio, más complejidad en el espacio, más alimento para que la conciencia muerda. James instala en la novela un principio de deseo que me parece novedoso. Es el deseo epistemológico, el deseo de saber, que es como el deseo carnal, y a menudo mima o duplica el deseo carnal”. En sus diarios, Sontag describe la “vida de la mente” con las siguientes palabras: “avidez, apetito, ansia, anhelo, deseo, insaciabilidad, entusiasmo, disposición”. Y no es difícil suponer que Sontag debe de haber sentido que Anne Carson hablaba en realidad de ambas cuando confesaba que “enamorarse y llegar a conocer me hacen sentir genuinamente viva”.

En todo lo que emprendió, Sontag intentó desafiar y derribar categorías estereotípicas como masculino/femenino y joven/viejo, que inducían a la gente a vivir vidas limitadas y a prueba de riesgos, y nunca dejó de examinar y poner en práctica su idea de que supuestas polaridades como pensamiento y sentimiento, forma y contenido, ética y estética, conciencia y sensualidad, podían pensarse en realidad como aspectos distintos de una misma cosa, igual que el terciopelo que, según la dirección en que lo acariciemos, ofrece dos texturas y dos sensaciones, dos tonos y dos percepciones.

En “Sobre el estilo”, su ensayo de 1965, por ejemplo, Sontag escribe: “Llamar obras maestras a las películas de Leni Riefenstahl El triunfo de la voluntad y Olympia no es disimular la propaganda nazi con indulgencias estéticas.

La propaganda nazi está allí. Pero allí también hay algo más... los movimientos complejos de la inteligencia y la gracia y la sensualidad”. Una década más tarde, en su ensayo “Fascinante fascismo”, Sontag comentaba a contrapelo que El triunfo de la voluntad era “la película de propaganda más pura jamás realizada, un filme cuya misma concepción negaba la posibilidad de que su realizadora tuviera una concepción estética o visual independiente de la propaganda”. Allí donde antes había hecho foco en “las implicaciones formales del contenido”, explicaba Sontag, más tarde investigaría “el contenido implícito en ciertas ideas formales”.

Al describirse a sí misma como una “esteta apasionada” y una “moralista obsesiva”, Sontag podría haber coincidido con la idea de Wordsworth de que “solo empatizamos con aquello que es propagado por el placer“, y que “siempre que empaticemos con el dolor, descubriremos que la empatía es producida y trasmitida por alguna sutil combinación con el placer”. De modo que no es de extrañar que mientras Sontag abrazaba de lleno los placeres de lo que llamaba “una cultura pluralista y polimorfa”, nunca fuera indiferente “ante el dolor de los demás” –el título que le puso al último libro que escribió– ni renunciara a tratar de aliviarlo.

En 1968, invitada por el gobierno norvietnamita, viajó a Hanoi como miembro de una delegación de activistas antibélicos norteamericanos, una experiencia que, como escribe en sus diarios, “me hizo reevaluar mi identidad, las formas de mi conciencia, las formas psíquicas de mi cultura, el sentido de sinceridad, lenguaje, decisión moral, expresividad psicológica”. Dos décadas después, a principios de los 90, visitó la maltrecha ciudad de Sarajevo en nueve ocasiones distintas, dando testimonio de los sufrimientos de sus 380 mil habitantes, que vivían bajo un sitio constante. En su segunda visita, en julio de 1993, conoció a un productor teatral nacido en Sarajevo que la invitó a dirigir Esperando a Godot, la obra de Samuel Beckett, con algunos de los actores profesionales más talentosos de la ciudad. El sonido de los disparos de los francotiradores y los estallidos de los proyectiles de morteros fueron el telón de fondo de los ensayos y las funciones, a las que asistieron funcionarios del gobierno, cirujanos del hospital más importante de la ciudad y soldados del frente, además de muchos sarajeveses discapacitados y afligidos. “Quien se sorprenda siempre ante la existencia de la depravación”, escribió en Ante el dolor de los demás, “quien siga sintiendo desilusión –y hasta incredulidad– al enfrentarse con la evidencia de las crueldades horrendas que los humanos son capaces de infligir a otros humanos, no ha alcanzado la adultez moral o psicológica”. Y, como declaró alguna vez: “Sin altruismo no hay posibilidad de cultura verdadera”.

Conocí a Susan Sontag a principios de los años 60, cuando ella enseñaba y yo estudiaba en la Universidad de Columbia. Durante tres años fui colaborador y uno de los editores del suplemento literario del Columbia Spectator –el diario del Columbia College–, para el cual Sontag había escrito en 1961 un ensayo sobre Life against Death, de Norman O. Brown, que incluiría luego en Contra la interpretación.

Después de leerlo, tomé la descarada decisión de interceptarla una tarde junto a su oficina para decirle lo admirable que me había parecido; tras ese primer encuentro nos encontramos algunas veces a tomar café.

Después de graduarme en el Columbia College en 1964, me mudé a Berkeley para estudiar literatura inglesa en la Universidad de California, y me encontré enseguida en medio de un nuevo gran despertar social, cultural y político norteamericano. “Qué bendición estar vivo en ese amanecer”, había escrito Wordsworth dos siglos antes, en los inicios de la Revolución Francesa. Ahora, una vez más, la gente experimentaba una verdadera dramatización de la vida, y allí donde uno fuera era como si “la música estuviera en los bares por las noches y la revolución en el aire”, como cantó Bob Dylan en Tangled up in Blue. Unos treinta años después, reflexionando sobre esos días en el prólogo de la reedición de Contra la interpretación, Sontag escribió: “Qué maravilloso parece todo, visto retrospectivamente.

Cuánto desearía uno que algo de esa audacia, ese optimismo, ese desdén por el comercio, hubiera sobrevivido. Los dos polos del sentimiento propiamente moderno son la nostalgia y la utopía. Quizás el rasgo más interesante de esa época que hoy llamamos los 60 fuera la poca nostalgia que había. En ese sentido, fue ciertamente un momento utópico”.

Una tarde de 1966 tuve la suerte de encontrarme con Susan en el campus de Berkeley. Me informó que la universidad la había invitado a dar una conferencia, y yo le dije que acababa de empezar a producir y conducir un programa de radio de trasnoche, de formato muy libre, para la KPFA; le conté que con mi amigo Tom Luddy –que pronto se convertiría en el curador del Pacific Film Archive– entrevistaríamos esa misma noche al cineasta Kenneth Anger por su película Scorpio Rising; y le pregunté si le gustaría venir y sumarse a la conversación, cosa que hizo (en sus diarios, Susan incluiría Inauguration of the Pleasure Dome, de Anger, en su lista de “mejores películas”).

En 1967 me mudé a Londres para ser el primer editor europeo de la revista Rolling Stone, y seguí trabajando y escribiendo en ella cuando volví a Nueva York en 1970. Susan y yo teníamos algunos amigos en común, así que a lo largo de los años siguientes, tanto en Nueva York como en Europa, nos encontramos ocasionalmente compartiendo cenas, proyecciones de películas, conciertos –tanto de rock como de música clásica– y eventos de derechos humanos. Siempre había querido entrevistar a Susan para Rolling Stone, pero no me había atrevido a plantear el tema con ella. En febrero de 1978, sin embargo, me pareció que tal vez el momento había llegado. El año anterior, Susan había publicado su celebrado libro Sobre la fotografía, y tenía otros dos a punto de aparecer: Yo, etcétera –una colección de ocho relatos que alguna vez describió como “una serie de aventuras con la primera persona”– y La enfermedad y sus metáforas. Susan se había operado y tratado por un cáncer de mama entre 1974 y 1977, y sus experiencias como paciente con cáncer fueron el catalizador para que escribiera el libro. Así que finalmente decidí preguntarle si consideraría la posibilidad de hacer una entrevista y le sugerí que usáramos esos tres libros como punto de partida para nuestra conversación.

Aceptó sin dudar.

Hay escritores para los cuales una entrevista es una experiencia no muy distinta a “mascar vidrio antes de cenar”, como observó el poeta Kenneth Rexroth tras asistir a un cóctel particularmente nocivo. Italo Calvino era de esos escritores. En su breve texto “Pensamientos antes de una entrevista” se quejaba: “Cada mañana me digo: hoy tiene que ser un día productivo, y luego sucede algo que me impide escribir. Hoy... ¿qué es lo que tengo que hacer hoy? Ah, sí, se supone que vienen a entrevistarme... ¡Dios me ayude!”. Más reticente por lejos es el premio Nobel J. M. Coetzee, que, en medio de una entrevista con David Attwell, anunció: “Si fuera previsor, por lo pronto no tendría ninguna relación con periodistas. Nueve de cada diez veces una entrevista es un intercambio con un perfecto extraño, pero un extraño a quien las convenciones del género autorizan a cruzar los límites de lo que es apropiado en una conversación entre extraños... Para mí, por otro lado, la verdad está ligada al silencio, a la reflexión, a la práctica de la escritura. Hablar no es una fuente de verdad sino una versión pálida y provisional del escribir. Y el florete de sorpresas que blanden el magistrado o el entrevistador no es un instrumento de la verdad sino, por el contrario, un arma, el signo de la naturaleza intrínsecamente conflictiva de la transacción”.

Susan Sontag veía las cosas de otro modo. “Me gusta el género de la entrevista”, me dijo una vez, “y me gusta porque me gusta conversar. Me gusta el diálogo, y sé que mucho de lo que pienso es producto de conversaciones.

De cierto modo, lo más duro de escribir es que estás solo y debes entablar una conversación contigo mismo, una actividad que es fundamentalmente antinatural. Me gusta hablar con la gente –me salva de ser una ermitaña–, y conversar me da la posibilidad de saber qué pienso. No quiero saber sobre el público porque es una abstracción, pero ciertamente quiero saber qué piensa cada individuo, y eso requiere un encuentro cara a cara”.

En una entrada de su diario de 1965, Susan declara: “No dar más entrevistas hasta que pueda sonar tan clara + autorizada + directa como Lillian Hellmann en Paris Review”. Trece años después, una tarde soleada de mediados de junio, llegué al departamento de Susan en París, en el barrio XVI. Nos sentamos en dos sofás en la sala de estar, puse mi grabador en una mesa entre los sofás y mientras escuchaba sus respuestas claras, autorizadas y directas, me resultó obvio que había alcanzado el objetivo conversacional que se había impuesto muchos años atrás.

A diferencia de cualquier otra persona que haya entrevistado –la otra excepción fue el pianista Glenn Gould–, Susan no hablaba con frases sino con párrafos expansivos y mesurados. Y lo más llamativo para mí era la exactitud, la “afinación moral y lingüística” –como describió alguna vez el estilo de Henry James– con las que enmarcaba y elaboraba sus pensamientos, calibrando con precisión lo que se proponía decir con comentarios entre paréntesis y matices (“a veces”, “ocasionalmente”, “por lo general”, “en su mayor parte”, “en casi todos los casos”). La generosidad y fluidez de su conversación manifestaba lo que los franceses llaman ivresse du discours, una borrachera del habla. “Estoy enviciada con la charla como diálogo creativo”, comentó una vez en sus diarios, y agregó: “Es el medio principal de mi salvación”.

Pero después de hablar tres horas, Susan me dijo que necesitaba descansar un poco antes de salir a cenar. Yo sabía que ya había grabado material suficiente para mi entrevista para Rolling Stone. Para mi sorpresa, sin embargo, Susan me informó que pronto se mudaría a su departamento de Nueva York durante seis meses y, como había aún una cantidad de temas de los que quería hablar, me preguntó si no me molestaría que continuáramos y completáramos nuestra conversación en Nueva York.

Cinco meses después, en una helada tarde de noviembre, llegué al amplio penthouse con vista al río Hudson de Riverside Drive y la calle 106 donde vivía, rodeada de su biblioteca de ocho mil libros a la que llamaba “mi propio sistema de recuperación” y “mi archivo de anhelos”. Y en ese lugar consagrado, ella y yo nos sentamos y hablamos hasta muy entrada la noche.

En octubre de 1979, la revista Rolling Stone publicó un tercio de mi entrevista con Susan Sontag. Ahora, por primera vez, estoy en condiciones de presentar completa la conversación de la que tuve el privilegio de participar treinta y cinco años atrás, en París y en Nueva York, con la persona notable e inspiradora cuyo credo intelectual –como he pensado siempre– nunca se expresó de un modo tan conmovedor como en un breve texto que escribió en 1996 y tituló “Una carta a Borges”:

Usted dice que le debemos a la literatura casi todo lo que somos y lo que hemos sido. Si los libros desaparecieran, la historia desaparecerá, y los seres humanos también desaparecerán. Estoy segura de que tiene usted razón. Los libros no son solo la suma arbitraria de nuestros sueños, y nuestra memoria. Nos dan también un modelo de la autotrascendencia. Algunos piensan que la lectura es solo una especie de evasión, una evasión del mundo “real” de todos los días a un mundo imaginario, el mundo de los libros. Los libros son mucho más. Son una manera de ser plenamente humanos.

La entrevista completa
de Rolling Stone

http://youtu.be/i5H7GJymQns

Puebl@Media
Rolling Stone
Susan Sontag
Santiago de Chile
Martes 30 de diciembre de 2014

En su libro, la autora revela las problemáticas de la sexualidad alrededor de los 40 años

La escritora Lydia Cacho, quien trabajó como asesora para el Fondo de Desarrollo de las Naciones Unidas para la Mujer (Unifem), en Nueva York, durante 1996 y 1997, orienta al lector sobre lo que debe hacer antes de cumplir 40 años en su libro “Sexo y amor en tiempos de crisis”.

No es un texto inscrito en el terreno de la ficción, advierte Lydia Cacho sobre el volumen de 544 páginas que también está editado en formato electrónico.

“Lo que debes saber antes de cumplir 40…”, reiteró con la autoridad y la experiencia que le han otorgado más de 200 entrevistas hechas, tanto a hombres como a mujeres, sobre ese tema tan humano.

La autora, quien tuvo entrenamiento en periodismo de salud y perspectiva de género, para lo cual viajó a África representando a Unifem, revela las problemáticas más representativas de la sexualidad a la que se enfrentan ambos géneros a partir de los 40.

Tras un profundo análisis de los datos y comentarios de especialistas, Lydia Cacho abre en este ensayo un espacio al diálogo sobre estas etapas en la vida de hombres y mujeres que, sorprendentemente, siguen siendo desconocidas: la Andropausia y la menopausia, acotó la también conferencista del Instituto Mexicano de Sexología (Imesex).

“Hablo de las crisis de la edad madura, sus implicaciones emocionales en el amor y la pasión, las fisiológicas, sociales y sexuales. También de mitos, mentiras y tonterías que repetimos respecto a lo que nos sucede cuando llegan los cambios fisiológicos que la industria médica y farmacéutica aprovecha para exprimirnos como naranjas dulces”.

Ganadora de 28 premios internacionales de periodismo y sobre derechos humanos, así como experta en asuntos de género, masculinidad y feminismo, Lydia Cacho es autora de siete libros, uno de ellos traducido a más de 12 idiomas y publicado en 30 países alrededor del mundo; se le considera una “best seller”.

“Espero que este libro haga pensar a los lectores cualquiera que sea su sexo. Deseo que se sorprenda, ría y comprenda muchas cosas. Sobre todo, que le ayude a entender que lo que había sentido y pensado, no sólo tiene razón de ser, sino que además le puede enseñar a convivir y a escuchar a su cuerpo para llevar una vida más plena, sana y feliz”, aseguró.

A raíz de su especialización, Cacho publicó la novela “Amor por ti daría yo la vida”, en la cual se explora la problemática del VIH-Sida y las relaciones de pareja en México; el volumen fue reeditado con el título “Muérdele el corazón”, de acuerdo con la hoja de vida de esta graduada del National Center on Domestic and Sexual Violence de Texas.

Notimex
Ciudad de México
Sábado 29 de noviembre de 2014.

 

El mundo es comprendido por el paradigma, es la forma por la cual es entendido el mundo, el hombre y por supuesto las realidades cercanas al conocimiento.

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