El consumo de opiáceos en el mundo

Los opiáceos son de las drogas más consumidas del mundo, según el World Drug Report elaborado por Naciones Unidas. Sin embargo, al contrario que la cocaína o el cannabis, los opiáceos abarcan un conjunto de sustancias distintas, al igual que ocurre con los opioides. No obstante, todas ellas proceden del tratamiento del zumo de las semillas de la amapola dormidera. De ahí acaban originándose sustancias como la morfina o la codeína.

A pesar de que estas sustancias no son los derivados del opio más potentes, a menudo generan niveles de adicción importantes ya que también son relativamente baratos en comparación con opioides como la heroína o la metadona.

Así nos encontramos con que los países donde más se produce amapola adormidera, como Afganistán o Irán, son los que mayores niveles de consumo de opiáceos presentan. También aparecen, repartidos por los primeros puestos, países que son claves en la distribución del opio y sus derivados, como Rusia o Ucrania, y estados en los que existen importantes problemas derivados de la adicción a medicamentos, como ocurre con Estados Unidos.

el diario.es
Madrid, España
Viernes 29 de marzo de 2019.


México dejó de ser puente de tránsito de la droga hacia Estados Unidos para convertirse en uno de los principales países consumidores, según confirma hoy el influyente diario estadunidense The Washington Post.

En el texto titulado “El narcotráfico en México golpea su propio hogar”, el rotativo resalta que “si bien las tasas de consumo de drogas siguen siendo muy inferiores a las de Estados Unidos, el porcentaje de hombres mexicanos entre 12 y 65 años que consumieron drogas ilegales casi se duplicó en la última década (hasta el 15.8%) mientras que el porcentaje de mujeres aumentó más del doble (4.3%)”.

Con datos del Consejo Nacional contra las Adicciones (Conadic), el reportaje subraya que ahora los funcionarios mexicanos deben tener en cuenta el creciente consumo de heroína en la ciudad fronteriza de Ciudad Juárez; cocaína circulando en la escena playera de Acapulco; y adictos a la metanfetamina llenando centros de rehabilitación en el oeste del estado de Jalisco.

“Se produce en México, eso es un problema, y lo exportamos, pero cada año se quedan más personas aquí, y la gente comienza a consumirlo”, confirmó al diario estadunidense el propio titular del Conadic, Manuel Mondragón y Kalb.

El funcionario añadió que a pesar de “no tener un boom de consumo, en algunos estados sí tenemos un problema”.

En particular, mencionó el caso de la ciudad fronteriza de Tijuana que, en su opinión, se ha convertido en una de las áreas más problemáticas.

Según la Administración de Control de Drogas de Estados Unidos, fue entre 2013 y 2016, cuando impulsado por “el voraz apetito” de los estadunidenses, México triplicó la producción. Además, a medida que las autoridades de Estados Unidos tomaron medidas enérgicas contra los laboratorios de metanfetamina de ese país, la producción se trasladó a México.

El Washington Post señala que tras las medidas de seguridad que el gobierno estadunidense impuso luego del atentado del 9/11, las drogas se han agrupado del lado mexicano.

“Los cárteles han inundado la frontera “con enormes cantidades de metanfetamina que no pueden cruzarse a Estados Unidos, por lo que tan rápido como llegan, los distribuidores de nivel medio y bajo lo expulsan a los mercados locales”, señaló un funcionario de la fuerza pública estadunidense, en anonimato, con WP.

Las drogas se han convertido en algo cotidiano en el entorno mexicano a pesar de que los funcionarios mexicanos aseguren estar trabajando duro para crear conciencia sobre el problema de las drogas. Incluso, la Comisión Nacional contra las Adicciones ha desarrollado alianzas con las escuelas militares y públicas y ha establecido consejos a nivel estatal para promover la prevención.

Sin embargo, no hay señales de que la tendencia se revierta.

Proceso
Ciudad de México
Martes 26 diciembre 2017.


Estados Unidos, el principal consumidor de esa droga

Ginebra, Suiza. - México es el tercer productor de heroína en el mundo después de Afganistán y Myanmar, y el principal consumidor es Estados Unidos, según el Informe Mundial sobre Drogas 2017 de la Oficina de la ONU para las Drogas y el Delito (UNODC, por sus siglas en inglés) dado a conocer hoy.

"Estos datos corresponden a 2015 y en términos de producción no es poca cosa, México es el tercero en el mundo después de Afganistán y Myanmar", señaló en entrevista con Reforma Chloé Carpentier, jefe de la Sección de Investigación de Drogas de la UNODC.

Carpentier comentó que México es uno de los principales productores y uno de los principales corredores de tráfico de cocaína y cannabis hacia su vecino del norte, así como uno de los países más mencionados como lugar de origen o salida, tránsito y destino de metanfetamina.

Aldo Lale-Demoz, director ejecutivo adjunto de la UNODC dijo a Reforma que un gran paso para enfrentar el problema son las recientes declaraciones del gobierno de Washington reconociendo su corresponsabilidad en la materia al ser el principal consumidor de la droga que se produce en México.

"Yo estoy muy contento de ver que las discusiones de fondo entre México y Estados Unidos en estas últimas semanas son más sinceras ya que EU empieza a darse cuenta que es corresponsable en este tema y que empiezan a ver las cosas en su justa dimensión con un sentido muy profundo, público y visible de corresponsabilidad", indicó.

"No veo de ninguna manera que en 2017 volvamos a la década de los 80 y 90 donde fácilmente se culpaba al sur por estar invadiendo el país con sus drogas, yo creo que eso ya lo hemos pasado, es un tema de corresponsabilidad", añadió Lale-Demoz.

Además, Carpentier señaló que otro de los puntos importantes del informe es el de la relación entre las drogas y la corrupción.

"La corrupción y el tráfico de drogas se refuerzan entre sí", observó Carpentier, quien hizo notar que no existen datos precisos sobre la relación entre el crimen organizado y la corrupción, ya que es algo muy difícil de comprobar.

"Si se quiere enfrentar este problema se tiene que reforzar el Estado de derecho, se deben mejorar las instituciones, transparencia, rendición de cuentas, porque entre más poder tengan los
capos de la droga, más posibilidades habrá de corromper a las altas esferas", consideró.

"La corrupción fomenta los mercados de sustancias ilícitas, lo que a su vez alimenta la corrupción", enfatizó Carpentier al señalar que existe corrupción a lo largo de toda la cadena de la oferta de drogas y en cada etapa de esta cadena se presentan oportunidades para caer en ella.

El informe sostiene que, en la etapa de producción, los agricultores pueden sobornar a los equipos encargados de la erradicación de cultivos; los productores pueden sobornar a los jueces y a los agentes de la ley y los fabricantes pueden aprovecharse de los trabajadores de las empresas de productos químicos para hacerse de precursores.

Más adelante en la cadena, los traficantes sobornan a los funcionarios aduaneros y sacan partido de los puntos débiles de las empresas de transporte. Y así sucesivamente.

Según investigaciones del Banco Mundial, la corrupción repercute en la pobreza al desalentar la inversión extranjera. Esto es doblemente cierto en la economía del narcotráfico, refiere el documento.

Las empresas extranjeras, al ver el sistema de justicia corrupto y el blanqueo de capitales generalizado que caracterizan a la narcoeconomía, muy probablemente no van a hacer nuevas inversiones ni van a aumentar las que ya hayan hecho.

En este sentido, de acuerdo a investigaciones del Fondo Monetario Internacional (FMI), la corrupción también aumenta la disparidad de ingresos.

"Es bien sabido que una mayor desigualdad de los ingresos fomenta el tráfico de drogas y la corrupción. De hecho, la industria de las drogas puede perpetuar y exacerbar la disparidad de ingresos, lo que, a su vez, puede causar la expansión de la producción y el tráfico de drogas", cita el informe.

De los estudios se desprende que una inyección de dinero blanqueado, incluido el obtenido de actividades relacionadas con sustancias ilícitas, puede acarrear la reducción de las tasas anuales de crecimiento económico global, especialmente en los países más pequeños y menos desarrollados.

Una estimación basada en un estudio de 17 países realizado por la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), parece indicar que un aumento del blanqueo de capitales por valor de mil millones de dólares podría mermar el crecimiento económico global entre el 0.03 por ciento y el 0.06 por ciento, refiere el informe de la UNODC.

A corto plazo, la afluencia de dinero obtenido de las drogas puede impulsar la inversión y aumentar el Producto Interno Bruto de los países. Pero sus efectos tienden a ser negativos a largo plazo, en particular cuando el producto de que se trata abarca un porcentaje considerable de la economía total de una comunidad o de un país.

"En ese proceso, las empresas legítimas, que no tienen acceso a fondos ilícitos, pueden verse desbancadas del mercado y es posible que no se hagan nuevas inversiones legítimas. El surgimiento de una economía ilícita contribuye a socavar el Estado de derecho y facilita la corrupción, lo que, a su vez, refuerza el sector de las sustancias ilícitas", concluyó la Oficina de la ONU para las Drogas y el Delito.

Reforma
Ginebra, Suiza
Jueves 22 de junio de 2017.


Un informe detalla el nexo del jefe de los Zetas en Europa con la clase política

Juan Manuel Muñoz Luévano, alias Mono Muñoz, presunto enlace del grupo criminal de Los Zetas en Europa, mantiene estrechas relaciones con importantes políticos y funcionarios de la Justicia de México, según asegura un informe de la Policía española al que ha tenido acceso EL PAÍS y que recoge numerosas intervenciones telefónicas grabadas al narcotraficante durante varios años en España. Muñoz fue detenido el pasado 18 de marzo en su lujosa casa de Madrid donde residía hacía varios años y desde donde coordinaba presuntamente la entrada de cocaína que la organización coloca en Europa. Las autoridades de EE UU han solicitado su extradición.

El informe policial no puede ser más rotundo: “A lo largo del periodo de intervención telefónica se ha puesto de manifiesto la proximidad de Juan Manuel Muñoz a la política y a la administración de Justicia mexicana. En relación con la política mexicana se encuentra muy relacionado con determinadas personas que desempeñan cargos en la administración municipal y regional, como es el caso de alcaldes o congresistas del Estado de Coahuila, así como candidatos a ocupar cargos”. “En relación con la administración de justicia se pone de manifiesto la relación de este (Muñoz) con procuradores y ex procuradores como Homero Ramos (procurador de Coahuila), Adrián de la Garza (procurador de Nuevo León) o Torres Charles (ex procurador de Coahuila). La influencia de esta persona en la vida política del Estado de Coahuila se extiende hasta el punto de intentar amedrentar al actual gobernador, Rubén Moreira, con informaciones reservadas que tiene en su poder”, señala textualmente.

El primer ejemplo que citan los agentes de la Unidad de Delincuencia Económica y Fiscal recoge una conversación del 27 de mayo de 2014 en la que se pone de manifestó la relación de Muñoz con Alejandro Froto García, que fue subsecretario de Hacienda en el Gobierno de Humberto Moreira, ex presidente del PRI. Según la conversación y la interpretación policial de la misma, el político “le solicita un préstamo de 10.000 pesos [sic] para la reparación de su barco”-

Decenas de intervenciones teléfonicas en España demuestran su relación con alcaldes, congresistas y jueces de Coahuila

La conversación intervenida a Muñoz dice así:

- Ok. Y me pidió que quiere diez mil pesos, que se los prestemos, que nos los paga, este, en quince días porque se le atoró el barco, dice

- ¿A Alejandro?, responde Muñoz.

-Si, a Alejandro

-Ah, bueno. Sí, sí, si. Ahí hay…. Pídeselos a Mireia.

El informe policial, fechado el pasado mes de marzo, destaca la presunta relación entre Muñoz y Jesús Torres Charles, ex fiscal del Gobierno de Coahuila durante el Gobierno de Humberto Moreira y ex consejero jurídico con el Gobierno de su hermano Rubén Moreira. El documento cita un informe de la UDEF del pasado 30 de junio en el que se recoge una conversación del 7 de junio de 2014 a las 18.54 horas en la que se hace mención a Jesús Torres como persona próxima a Rubén Moreira “para ser utilizada por Juan Manuel Muñoz en beneficio de sus propios intereses”.

Me pidió ( un juez) 10.000 pesos porque se le atoró el barco... Sí, sí... dáselos. Pídeselos a Mirea, respondió Muñoz

Humberto Moreira, ex presidente del Partido Revolucionario Institucional (PRI) y ex gobernador de Coahuila, fue detenido este año en Madrid bajo la acusación de blanqueo de capitales y supuesta vinculación con Los Zetas y puesto meses después en libertad al asegurar los magistrados que no hay ninguna prueba para acusarle de pertenecer a una organización criminal. Moreira, que en una carta dirigida a este periódico niega ninguna relación con los Zetas, vivía en Barcelona con su mujer y dos hijas tras su defenestración en la política mexicana después de que dejara un enorme agujero en las cuentas de Coahuila. La embajada de México en Madrid se volcó en atenciones y gestiones a favor de Moreira y de su familia tal y como desveló entonces este periódico.

La Policía destaca también la presunta vinculación entre el Mono Muñoz y Gerardo Garza Melo, secretario de Gestión Urbana, Agua y Ordenamiento Territorial del Gobierno de Coahuila. En este caso los agentes citan un oficio de la UDEF del 21 de octubre de 2015 al Juzgado Central de Instrucción número 2 de la Audiencia Nacional en el que se recoge una conversación de Humberto del 14 de octubre de 2013 a las 21.30 horas donde se hace mención a esta supuesta relación entre el narcotraficante y el alto funcionario.

- Humberto: “No, no, todo porque no dicen que Gerardo Garza Melo está con el Mono Muñoz metido, este, los va a investigar la CIA, ¿lo sabías eso?

-Varón desconocido: no sabía profe.

En otro informe de la UDEF del pasado 30 de mayo se cita otra conversación del 9 de mayo de 2015 a las 22.31 horas en la que una persona comenta desde México a Muñoz "que está batallando con temas de alcoholes con las autoridades administrativas”, a lo que Juan Manuel responde “que si el problema que tienen es con Garza Melo, él se lo arregla enseguida”.

Para los agentes, pese a su vida de lujo y ocio en España intenta aparentar ser un empresario medio

La Policía española ha observado con lupa a Juan Manuel Muñoz Luévano desde que se instaló en España y considera que su nivel de vida e inversiones en este país no se corresponden con la actividad que desarrolla. Los informes policiales afirman que ha creado sociedades “sin actividad comercial y sin capital suficiente para su desarrollo utilizando a terceras personas como administradores”. “Ausencia de una fuente de ingresos en España justificante de las inversiones realizadas y el nivel de vida mostrado, tanto por él como por su familia. No desarrolla en nuestro país una actividad remunerada lícita, ya sea empresarial, autónomo o asalariado, ni él ni ningún miembro de la familia”, afirma el documento oficial.

Los agentes señalan que Muñoz exhibe un alto nivel de vida “que trata de ocultar tras la apariencia de un empresario mexicano medio". Utiliza coches de alta gama, pernocta en hoteles de cuatro y cinco estrellas, viajes nacionales e internacionales, “desembolso de importantes cantidades destinadas al ocio propio y de terceros, compra de artículos de lujo (relojes Rolex, Bulgari)”. En opinión de los investigadores, el capital que emplea en sus inversiones en España es de origen desconocido. En ocasiones utiliza a su hijo en sus inversiones.

El capital de Muñoz en México es conocido. Tiene alrededor de 30 gasolineras en Saltillo (México), ranchos, terrenos, inmuebles urbanos y hasta un avión privado, siempre según la investigación que dirige en España el juez Santiago Pedraz de la Audiencia Nacional y los fiscales anticorrupción José Grinda y Juan José Rosa. Durante su detención la Policía incautó en su domicilio de La Moraleja, una lujosa urbanización madrileña, un ordenador que contenía varias hojas de Excel donde el presunto enlace de Los Zetas en Europa anotó la entrega en céntricos hoteles de México de 63 millones de euros, convertidos en dólares, en 59 movimientos diferentes. Este dinero, según la contabilidad, reflejaba las ganancias obtenidas por esta organización criminal por la venta en Europa de 2.100 kilogramos de cocaína.

La Policía, en base a informes de las autoridades de EE UU, afirma que Muñoz colabora de forma independiente no solo con el sanguinario cartel de Los Zetas, también con el de Sinaloa, del Golfo y Beltrán-Leyva.

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El País
José María Irujo
Periodista de investigación
Madrid, España / Ciudad de México
Lunes 24 de octubre de 2016.

El amparo cuestiona la constitucionalidad del artículo 245, fracción I, de la Ley General de Salud, que clasifica al sicotrópico mezcalina como una sustancia sin valor terapéutico

Ciudad de México.- La Suprema Corte de Justicia discutirá este miércoles si revisa un amparo que busca el registro de una iglesia cuyos rituales incluyen el consumo de peyote, cactus alucinógeno prohibido por la Ley General de Salud.

El ministro Alfredo Gutiérrez Ortiz Mena propuso a sus colegas de la Primera Sala reasumir su competencia para resolver el amparo, promovido en 2013 después de que la Secretaría de Gobernación negó el registro como asociación religiosa al grupo denominado Iglesia Nativa Americana de México.

El amparo cuestiona la constitucionalidad del artículo 245, fracción I, de la Ley General de Salud, que clasifica al sicotrópico mezcalina –contenido en el peyote– como una sustancia sin valor terapéutico, susceptible de abuso y por tanto un grave problema para la salud pública.

Ese artículo es el que también lleva a la prohibición absoluta de la mariguana, que el ministro Arturo Zaldívar propone declarar inconstitucional en un proyecto de sentencia que también será debatido el miércoles.

Según los quejosos de la Iglesia Nativa, se les discrimina frente a comunidades indígenas a las que el Código Penal Federal exenta de sanción cuando usan peyote u hongos en ceremonias tradicionales.

“Haciendo una ponderación de derechos de los gobernados, en su libertad religiosa frente al derecho humano de la salud pública, ese órgano jurisdiccional considera que es legalmente válido y razonable no reconocer personalidad jurídica a una Iglesia que pretende utilizar substancias psicotrópicas en sus actos de culto público”, resolvió la jueza Ana Luisa Priego al negar el amparo en primera instancia.

Reforma
Ciudad de México
Martes 3 de noviembre de 2015.

Julio Glockner

Siguiendo los lineamientos de una política prohibicionista impuesta por los Estados Unidos, el Estado mexicano ha desatado en nuestro país una violencia nunca antes vista al haber iniciado un combate policiaco-militar contra la producción, distribución y consumo de drogas consideradas ilegales. Simultáneamente, en numerosas comunidades indígenas y campesinas de México se emplean ritualmente una variedad de plantas psicoactivas que se han sabido adaptar provechosamente a la vida de estos pueblos a lo largo de los siglos. Este contraste, por sí sólo, sugiere iniciar una reflexión sobre los conceptos de droga y enteógeno y las connotaciones culturales que conllevan, pues despliegan ante nosotros una amplia y compleja problemática que comprende diversos campos del conocimiento que van de la antropología a las neurociencias y de la psicología a la historia de las religiones.

Las consecuencias de la política prohibicionista están a la vista: violencia generalizada, inseguridad social, aumento en el consumo de drogas, desinformación total en la sociedad sobre la naturaleza del problema y proliferación de discursos morales y políticos que no se orientan a su solución sino que confunden y complican su esclarecimiento.

Hay dos grandes temas que quisiera proponer para su análisis y reflexión:

Pensando en las culturas indígenas y campesinas que en México han consumido sustancias psicoactivas desde hace miles de años, el primero tiene que ver con los límites referenciales de los conceptos de droga y de enteógeno.

Nos hemos acostumbrado a nombrar con la palabra droga las más diversas sustancias sin distinguir sus cualidades químicas, sin reparar en su origen natural o sintético, ni en sus efectos psicofisiológicos, ni en su contexto cultural y los usos que de él se derivan.   El origen de la palabra droga es oscuro. El Diccionario Etimológico de Corominas menciona como probable su ingreso al castellano a través de Francia y sostiene que su origen es incierto, concluyendo que tal vez proceda de una palabra céltica que significa ‘malo'”. El Diccionario de la Real Academia Española, después de ignorar el asunto durante veinte ediciones, en su última entrega amplía la variedad de opiniones diciendo que la palabra viene del árabe hispánico hatrúka, que significa “charlatanería”. Pero lo que llama la atención en este diccionario, es que después de referirse a la droga como una sustancia de efecto estimulante, deprimente, narcótico o alucinógeno, enseguida define el verbo drogar como “la administración de una droga por lo común con fines ilícitos”. Es decir, la Real Academia introduce, en la definición misma, un juicio de valor. Nos ofrece un punto de vista que expresa el sentir moral que la sociedad moderna tiene respecto a ciertas sustancias que han sido asociadas con la vida delictiva. Es claro que esta definición, al contener un juicio ético-jurídico, estigmatiza el uso de estas sustancias estableciendo su vinculación inmediata con el mundo del hampa. Y no sólo eso, coloca también en la misma dimensión a un adicto a la cocaína o la heroína en las calles de la ciudad de México o Nueva York, con un peregrino huichol que consume peyote en el desierto de San Luis Potosí, o con un chamán mazateco que utiliza los hongos en una ceremonia curativa. Para despejar un poco esta confusión que ha propiciado graves errores de apreciación, debemos comenzar por distinguir diversos aspectos del problema. El no haberlo hecho ha estimulado la proliferación de prejuicios morales y una absurda persecución policíaca a tradiciones mítico- religiosas de carácter milenario.

Antonio Escohotado nos recuerda que por droga, psicoactiva o no, seguimos entendiendo lo que pensaban los padres de la medicina científica, Hipócrates y Galeno, hace miles de años, es decir, una sustancia que en vez de “ser vencida” por el cuerpo y ser asimilada como si fuese un alimento, es capaz de “vencerle” temporalmente provocando en él cambios orgánicos, anímicos o de ambos tipos. En este sentido, estrictamente bioquímico, es evidente que el peyote y los hongos psicoactivos comparten las características de otras sustancias que provienen de la industria farmacéutica. Pero no podemos reducir a este único aspecto la comprensión del fenómeno. Debemos reparar también en los diversos contextos culturales en los que se produce el consumo de estas sustancias. En esta perspectiva, es notable que todas las culturas han hecho su propia distinción entre alimentos y plantas sagradas, pues con el empleo de éstas últimas han experimentado el éxtasis religioso, es decir, el uso de estas plantas se ha ritualizado para expresar su sacralidad, para expresar el advenimiento de lo divino que ocurre al consumirlas. La connotación social y ética que estas plantas tienen al interior de las sociedades que las consumen ni remotamente es semejante a la que tienen las “drogas” en la sociedad occidental. Por ello, en una sociedad multiétnica como la mexicana, se debe contemplar el problema en toda su complejidad y no soslayar por más tiempo una exigencia de respeto y consideración hacia estas expresiones de la religión indígena.

La desinformación es tanta, aun en sectores intelectuales que debían estar enterados, que se sigue hablando de “alucinógenos” más de tres décadas después de la propuesta de connotados etnomicólogos para utilizar el neologismo “enteógeno”, que nos aproxima a una mejor comprensión de la experiencia vivida y de la espiritualidad de los pueblos indígenas. No se trata de hacer circular un sinónimo más en el vocabulario, el neologismo viene de las raíces griegas en theos genos, que significa, “generar lo sagrado” o “engendrar dentro de sí lo sagrado”, sentido que apunta en una dirección muy distinta del término alucinógeno, que viene del latín allucinari, que significa ofuscar, seducir o engañar, haciendo que se tome una cosa por otra. Insistir en la utilización del término alucinógeno para designar a las plantas que la tradición de otras culturas ha sacralizado, significa apuntalar la persistencia de un término etnocentrista que juzga como representaciones falsas de la realidad las cosmovisiones y prácticas rituales dentro de las cuales se consumen. Entender las religiones de otros pueblos como una simple alucinación que propicia una idea falsa de la realidad, le puede sonar muy lógico a cualquier racionalista obtuso, pero es claro que ese tosco racionalismo le impedirá comprender el tema en toda su profundidad.

Es imperiosa, pues, la necesidad de distinguir entre los conceptos de droga y enteógeno.

Al menos tres aspectos me parecen fundamentales para establecer las diferencias culturales en los usos de las llamadas sustancias psicoactivas:

En primer lugar la procedencia del producto que va a consumirse, que puede ser natural o artificial, que puede tener su origen en la aridez del desierto, la humedad del bosque, o en la industria química. El consumo de plantas que han sido consideradas sagradas por las más diversas culturas en todo el mundo y en todos los tiempos ha hecho posible que esta flora psicoactiva sea portadora de una tradición mítico-religiosa y de un vínculo, mediante la ebriedad extática, con diversas deidades y seres sobrenaturales, cosa que no sucede con los productos que provienen de la industria química, de un mundo desacralizado e inmerso en la lógica del mercado.
En algunos casos, como entre los mazatecos, los coras y los huicholes, las plantas divinizadas son la encarnación misma de antiguas deidades que personifican la naturaleza. Cuando Albert Hoffman sintetizó en los laboratorios Sandoz la Dietilamida del Ácido Lisérgico, el famoso LSD, lo hizo con el avanzado instrumental técnico y teórico que le proporciona la moderna cultura Occidental. A partir del momento en que Hoffman sintetizó el LSD produjo una droga. Pero si la misma sustancia que consumían ritualmente los antiguos griegos en el culto a la diosa Demeter, obtenida del hongo que crece en el centeno y el trigo, fuera considerada como una droga, con la connotación moral que esta palabra tiene actualmente, juzgaríamos erróneamente a los asistentes a las ceremonias de iniciación de los misterios de Eleusis como a un conjunto de drogadictos, o peor aún, como una asociación delictiva, lo cual es un disparate por cualquier lado que se lo vea. Hoffman obtuvo, mediante el proceso químico de la síntesis, la formación artificial de una sustancia mediante la combinación de sus elementos. El mismo proceso ha seguido innumerables medicamentos que se emplean en la medicina moderna. Pero cuando esa misma sustancia permanece en la naturaleza, en el interior de un hongo, de un cactus como el peyote o de una enredadera como el ololiuhqui o el yagé, entonces su uso cultural es radicalmente distinto y sólo es posible comprenderlo plenamente en el contexto de una cosmovisión singular y una práctica médica tradicional. En este caso debemos referirnos no a una droga sino a un enteógeno.

La segunda diferencia tiene que ver con la finalidad con la cual se realiza el consumo. Si se trata de un ritual mágico-religioso con fines terapéuticos o adivinatorios, evidentemente el propósito es muy distinto al de un consumo de sustancias cuyas motivaciones son más bien placenteras, lúdicas o destinadas a satisfacer una adicción. Esto se vincula estrechamente con el tercer aspecto, que se refiere a los efectos individuales y colectivos que se derivan del consumo de drogas provenientes de la industria, por un lado, y de plantas enteogénicas por el otro. En un extremo, en las ciudades modernas, encontramos el consumo hedonista y festivo que puede conducir, mediante el exceso del consumo compulsivo, a la adicción, la marginación, y en el peor de los casos a su vinculación con la delincuencia y la persecución policíaca. En el otro polo, en los pueblos indígenas, encontramos una experiencia místico-terapéutica personal y colectiva, así como la adaptación del consumo de enteógenos a la vida comunal, tal es el caso, entre otros, de la ingestión ritual del peyote en los coras, tarahumaras y huicholes.
Circunstancias sociales, jurídico-políticas y policíacas han enturbiado el significado de la palabra droga, lo han desvirtuado alejándolo de su sentido original que lo identificaba con el concepto griego phármakon, que designa aquellas sustancias que en vez de “ser vencidas” por el cuerpo para transformarse en alimentos, son capaces de vencerle provocando en él cambios orgánicos y anímicos. Esta noción primigenia, farmacéutica, de la palabra droga, se ha desvanecido gradualmente y en su lugar ha surgido su asociación con las adicciones y el narcotráfico. La palabra droga se hunde cada vez más, en el ámbito de la conciencia popular, en un desprestigio que parece ya inevitable. De ahí la necesidad de optar por otra denominación para aquellas plantas cuyos vínculos culturales con otras sociedades les otorgan una dignidad que las ha elevado al ámbito de lo sagrado.

En el paso del sustantivo droga al verbo drogar quedan olvidados los procesos histórico-culturales que le otorgan pleno sentido a estas sustancias cuando permanecen en estado natural. Sucede entonces un desplazamiento en la significación y la palabra droga ya no remite a las cualidades químicas de la sustancia, sino a la dudosa calidad moral de quien la consume. El sustantivo se carga de una resonancia ilegal que le viene de la experiencia social de una cultura en la que el verbo drogarse está asociado con actos delictivos y conductas antisociales. Esta significación se ha popularizado a tal grado que lo entienden así desde un ama de casa hasta las autoridades de salud pública del país. Es aquí donde se genera uno de los mayores equívocos y donde debemos concentrar la atención para procurar una reflexión y una discusión bien sustentadas.

La propuesta específica consiste, entonces en introducir el término enteógeno en la le legislación que reconoce el consumo ritual de estas plantas y diferenciarlo claramente del concepto “droga”. Esta distinción permitirá terminar con la ambigüedad existente en la legislación actual, que por una parte condena, mediante el Código Penal Federal y la Ley General de Salud, el consumo de plantas psicoactivas, mientras por otro lado reconoce su empleo tradicional a través del Convenio 169 de la Organización Internacional del Trabajo, ratificado por el senado de la república, en donde se protegen las prácticas religiosas de los pueblos indígenas. Estoy consciente de que lo que propongo pasa por encima de algunos criterios bioquímicos y farmacológicos, pero en cambio privilegia criterios antropológicos y éticos, además, quizá sea la única manera de salvar a estas virtuosas plantas de la estulticia moderna, que en su delirante “combate a las drogas y el narcotráfico” puede convertir el tema de la experiencia mística en un vulgar asunto de comisaría.

2) El otro gran tema que quisiera poner a su consideración es el que se refiere al derecho que los ciudadanos de la sociedad moderna tienen de consumir sustancias psicoactivas, tanto enteogénicas, como provenientes de la industria química y, en consecuencia, propiamente llamadas drogas.

Parto del principio de que a lo largo de la historia de la humanidad se han consumido sustancias psicoactivas y que en la antropología moderna tiene cada vez más aceptación la tesis de que el surgimiento del pensamiento religioso está vinculado al consumo de alguna sustancia visionaria. Prácticamente en todas las culturas de todos los tiempos y latitudes las sociedades han dispuesto de alguna sustancia para modificar el estado de ánimo y la percepción del individuo que la emplea. De modo que no estamos ante un fenómeno extraño, sino que llega hasta nosotros avalado, digámoslo así, por una tradición milenaria. Pero la familiaridad que cada cultura tiene con una sustancia se convierte en aversión y hasta horror por sustancias que le son culturalmente ajenas y desconocidas. Esto es precisamente lo que ocurrió con los frailes franciscanos, dominicos, agustinos y demás que evangelizaron el territorio mexicano. El horror que les causaba ver a los indios o escuchar relatos en los que se daba cuenta del consumo de ololiuhqui, peyote, hongos y otras plantas sacralizadas los llevó a asociarlas con engaños del Demonio y a considerar los ritos asociados a ellas como satánicos. Desde luego que la cultura occidental, la de los frailes y colonizadores, tenía su propia y privilegiada sustancia embriagadora, que era y sigue siendo, el alcohol.

El vino, proveniente de los cultos greco-latinos a Dionisos y Baco, fue adoptado por el cristianismo y sublimado por su propia mitología al grado de convertirlo en la sangre misma de Jesús. De esa lejana tradición derivan los miles de vinos, licores y aguardientes que proliferan y dan vida y alegría a las reuniones en el mundo occidental, pero también muerte, dolor y violencia. Sin embargo a nadie se le ocurre pensar en el alcohol como una droga. Esta sustancia queda fuera del estigma que la palabra droga impone porque nos es familiar culturalmente.

Tanto las tradiciones orientales que empleaban el opio y el hashish, como las mesoamericanas que utilizaban la mezcalina en el peyote, la psilocibina en los hongos, o la Dietilamida de ácido lisérgico en el ololiuhqui, o las grecolatinas que usaban plantas solanáceas o el cornezuelo de trigo, fueron satanizadas, literalmente, por la tradición judeocristiana, que sólo rescató de la antigua Grecia el vino. Ya en los ritos de Baco, Attis y Mitra, el vino se consideraba como sangre divina, y la gran cantidad de vasos hallados en las catacumbas revela la embriaguez ritual de los primeros cristianos que adoptaron algunas costumbres del mundo grecolatino. Esta es la razón, histórica y religiosa, que explica por qué el alcohol es una droga socialmente aceptada en Occidente, mientras se ve con desconfianza, se persigue y se castiga el empleo de otras sustancias .

En la tradición occidental, además de vinos y cervezas, los griegos usaron con fines ceremoniales y lúdicos el cáñamo y otras solanáceas como el beleño, la mandrágora y la belladona, en ocasiones colocándolas en las brasas ardientes de los sahumerios. Estas tres últimas plantas fueron muy utilizadas en el mundo europeo durante la edad media y hasta el siglo XVII asociadas por el cristianismo con la brujería. La imagen de la bruja volando en una escoba tiene precisamente que ver con los ungüentos y pomadas elaborados con estas potentes plantas psicoactivas que se aplicaban por vía vaginal mediante el palo de una escoba. La persecución de estas y otras prácticas que provenían del mundo greco-latino fue terrible: En una Europa que rondaba los 3 millones de habitantes, los inquisidores católicos y protestantes lograron quemar vivas a unas 500 mil personas entre los siglos XV y XVII, e incautar los bienes de varios millones más. (Escotado: 1996, p.58)

Los griegos conocían también un extracto de hachís con vino y mirra para estimular las reuniones privadas. Pero ninguna droga tuvo tanta popularidad entre ellos como el opio, planta que fue siempre un símbolo de Deméter, la diosa de la tierra y la fecundidad. Su empleo médico se remonta a los primeros tiempos de Esculapio, que eran instituciones algo parecidas a nuestros hospitales, donde el paciente, al llegar, era atendido sometiéndolo a un “ensueño sanador”.

El término que usaron los antiguos griegos para designar a las sustancias que son un remedio y un veneno a la vez fue la palabra phármakon, que nosotros utilizamos castellanizada cuando hablamos de fármacos. Los griegos tenían muy claro que un fármaco era benéfico y dañino a la vez, no una cosa o la otra, sino las dos inseparablemente, dependiendo de la dosis que empleara el usuario. La frontera entre el daño y el beneficio no existe en la droga misma, sino en el uso excesivo de quien la emplea. Esta elemental sabiduría de los antiguos griegos se ha perdido en el mundo moderno. En la actualidad se actúa como si la sustancia fuera sólo benéfica, por parte del consumidor, o únicamente peligrosa, por parte de las autoridades que intentan evitar el consumo. El Estado y las instituciones de salud pública no parecen, en consecuencia, asumir la responsabilidad de informar al consumidor sobre las cualidades benéficas y perjudiciales de una sustancia, sino que se limitan a prohibirla y perseguir a los infractores. Los resultados de esta política están a la vista en nuestro país y han sido desastrosos.

Hace ya muchos años que Fernando Savater distinguió dos grandes campos que encierran actitudes distintas respecto al empleo de las drogas, sea cual fuere la definición que de ellas tengamos: una es la culpabilidad, que conduce ineludiblemente a su prohibición, y la otra es la responsabilidad, que va de la mano con la información bien sustentada y el ejercicio de la libertad individual. Es evidente que en nuestro país las políticas públicas han optado por la primera opción a pesar de que en esta especie de esquizofrenia institucional que vivimos existan algunos espacios, leyes y reglamentos que se proponen informar objetiva y verazmente sobre el tema.

La mancuerna culpabilidad-prohibición no sólo ha dado lugar a la tragedia nacional que conocemos como “Guerra contra las drogas”, que ha cobrado ya la vida de más de 50 mil personas, lo peor es que ha sido ineficaz porque carece de credibilidad. Los jóvenes, simplemente, desconfían de este discurso ambiguo y moralista y la prueba de ello es que no ha cesado el incremento en el consumo de drogas, al contrario, ha aumentado de modo alarmante.

Personalmente soy partidario de reconocer el derecho que los individuos tienen de modificar su estado de ánimo y su percepción mediante el consumo de alguna sustancia. El problema es que este derecho puede ser ejercido de un modo abusivo, desordenado e irresponsable si la persona carece de información confiable y bien sustentada.

La única manera de evitar este desbarajuste consiste no en prohibir y castigar severamente el consumo, que a todas luces ha sido un fracaso como política pública, sino más bien en informar debida y oportunamente al probable consumidor, a fin de anticiparle con toda claridad las consecuencias que puede tener el acto que está por realizar.

Y no me refiero, por supuesto, a la torpe propaganda que vemos en los medios actualmente, donde se pretende asustar a los jóvenes con la idea de que fumar marihuana los llevará inevitablemente a la perdición. Quienes han diseñado esta publicidad evidentemente no tienen idea de lo que son los jóvenes ni de lo que es la marihuana.

Necesitamos entonces exigir, como premisa, que quien hable del tema tenga una opinión bien sustentada en la información científica y deje de lado discursos morales o políticos propios de una parroquia o una campaña electoral. El problema es muy serio y muy complejo como para seguir dejándolo en manos de curas y políticos apoyados en campañas publicitarias.

Necesitamos funcionarios públicos y representantes populares bien informados que puedan abordar el problema con inteligencia y una sólida información y no con prejuicios y decisiones improvisadas. Los secretarios de salud y educación tienen en este sentido un papel fundamental que desempeñar. El tema del narcomenudeo no se resuelve poniendo policías a la entrada de las escuelas, se comenzará a resolver cuando se ponga al alcance de los adolescentes y los jóvenes información veraz y confiable y puedan comentar el tema en voz alta con sus maestros, sus compañeros y sus parientes. Solo el conocimiento auténtico crea ese ambiente de confianza mutua en el que pueden comentarse las experiencias, esclarecerse las dudas y buscar conjuntamente las soluciones. Como bien decía Kierkegaard, “La verdad sólo existe en el individuo cuando él mismo la produce actuando”.
 
(*) Julio Glockner es antropólogo, Investigador del Instituto de Ciencias Sociales y Humanidades de la Universidad Autónoma de Puebla. Autor de los libros: La realidad alterada. Drogas enteógenos y cultura, Debate, 2006; Los volcanes sagrados. Mitos y rituales en el Popocatépetl y la Iztaccíhuatl, Prisa 2012; La mirada interior. Plantas sagradas de los pueblos amerindios (próxima publicación en Debate).

Puebl@Media
DPC México-Brasil
Julio Glockner
(Septiembre 21, 2015)
Instituto de Ciencias Sociales y Humanidades
Universidad Autónoma de Puebla (BUAP)
Martes 3 de noviembre de 2015.

 

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