Dice el autor español en el Hay Festival, que acaba hoy

¿En qué sentido su último libro, ‘El impostor’, es una novela y en qué sentido podría no serlo?

El impostor es muchas cosas: es un ensayo literario, un ensayo filosófico, también es una crónica, un libro de historia, una biografía, una autobiografía. Al resultado yo le llamo novela, sólo que tenemos una idea de la novela un tanto restrictiva, que viene del siglo XIX. Mi idea de la novela quiere ser más amplia, más flexible, más plural, como lo que en España llaman “cocido” y aquí, “sancocho”. En el fondo esa es la idea anterior al XIX, la idea de Cervantes. Un gran banquete con muchos platos. Creo que la novela tiene la capacidad de incluirlo todo y eso hay que aprovecharlo. Es lo que yo intento. De todos modos, cada lector tiene derecho a leer el libro como le dé la gana.

Sí, en efecto esta novela se concibe como un texto de ficción.

Claro. ¿Y por qué tiene que ser así? Sí, esta no es como una novela del XIX, pero felizmente voy a confesar que los lectores la leen sin problema, al menos en España. A veces los profesores tienen problemas. “¿Y esto qué es?”, dicen. Me encanta que tengan problemas, cuantos más problemas mejor.

¿Por qué incluyó tanto de sí para hablar de la historia de Marco?

Por muchos motivos. Por un lado, muchas de mis novelas son novelas de aventuras sobre la aventura de escribir novelas. Yo nunca le ahorro al lector toda la aventura que conlleva escribir un libro, porque me parece que forma parte del libro. Por otra parte, por algo muy importante: yo soy el representante del lector en el libro. Yo soy eso que los ingleses llaman everymen, un hombre cualquiera. Lo que no quiero es que el lector quede al margen del libro, quiero meterlo en el libro, como si estuviera él mismo buscando las verdades. Además, el libro no habla de Enric Marco, habla de mí, de ti, de todos los que lo han leído y de los que no. Habla de todos nosotros. De te fabula narratur, dice Horacio: “La historia habla de ti”. Y la manera de decirle eso al lector y decirle “tú también eres un impostor”, es meterme a mí, y meterlo, así, a él.

¿Qué tipo de impostor es el escritor?

Es un impostor socialmente tolerado. La impostura de Marco es inaceptable. Mi impostura todos la aceptamos, y a veces la admiramos. Tú ahora me estás tratando a mí como si yo fuera un escritor, pero yo no soy un escritor. Sólo lo soy cuando escribo. En el momento del libro en que Marco me acusa y me ataca, porque llevo 300 páginas desentrañando su historia y contando cosas que tal vez él no quería que se supiesen, llega y me dice: “Pero usted sí que es un impostor de verdad, que hace creer a la gente que tiene cosas por decir. Eso es mentira, usted no tiene nada que decir, y se levanta por las mañanas a escribir desesperadamente, hasta las 8 de la noche, para que la gente no le pille, para que la gente no descubra que es usted un impostor”. En efecto, tiene algo de impostura lo nuestro. Yo fingía que era escritor antes de serlo. A mi mujer, por ejemplo, la seduje diciéndole que yo era escritor, y al final tuve que hacerme escritor para que se casase conmigo.

¿Usted cree en la verdad de los testigos?

Sí, pero debe ser contrastada con la de otros testigos, y la de otros documentos. Yo hablo en el libro del “chantaje del testigo”, la idea de que el testigo, por ser testigo, ya tiene la verdad, y eso no es así. Al testigo hay que escucharlo, y hay que tenerlo en cuenta. Sin él no se puede llegar a la verdad. Él es un instrumento muy útil para ello, pero el testigo no tiene la verdad, no necesariamente, porque puede intentar engañar, porque puede recordar mal.

La novela también es un juego entre la mentira y la verdad. ¿Qué noción de verdad está en juego?

Dos. Una es la verdad histórica, la verdad de los hechos. Qué ocurrió tal día, en tal momento, a tal hora. Yo intento desentrañar esa verdad, contrastarla con la ficción de Marco. Y luego está la verdad literaria, que es una verdad distinta, moral, no concreta como la verdad histórica, sino universal; una verdad ambigua, irónica, equívoca.

Pero sabiendo al final los detalles de la verdad histórica, ¿por qué decidió enfatizar en la duda?

La duda es la única certeza que tenemos. Las cosas nunca se saben. Es decir, en mis libros siempre hay una encarnizada búsqueda de la verdad histórica. Pero al final la verdad siempre se escapa, como el agua en las manos. Sin embargo, la verdad no es sino la búsqueda de la verdad.

¿Usted cree que más de un español se ha inventado su propio pasado después del franquismo?

Muchos. Efectivamente, durante el cambio de la dictadura a la democracia en España, mucha gente se inventó un pasado para preparar un futuro. La gran mayoría de los españoles habían sido dóciles ante el franquismo, complacientes o simplemente habían callado por temor. Otros eran franquistas silenciosos, otros eran franquistas entusiastas. Pero cuando llegó la democracia, mucha gente de primer nivel, intelectuales, políticos y gente común y corriente, se inventó un pasado para preparar el futuro. El país entero en cierto sentido se reinventó, porque no quería mirar la realidad, que era demasiado dura. Es lo mismo que le ocurre a Marco. Su realidad es demasiado dura y entonces se inventa una realidad heroica, ficticia, brillante. De algún modo todos lo hacemos, en una medida u otra, y la literatura es su hipérbole: Macbeth es una hipérbole de la ambición, Hamlet es una hipérbole de la autoconciencia, Romeo y Julieta son una hipérbole del amor romántico. Pues Marco es una hipérbole de la impostura, una hipérbole monstruosa de lo que somos.

Esta historia lo acechó como un fantasma. ¿Se sintió aliviado cuando terminó de escribir?

Cuando la terminé de escribir me ocurrió lo que me ocurre con la mayoría de los libros. Por un lado me siento feliz, y por el otro, me siento angustiado, me pregunto qué va a pasar ahora. En este caso tuve la impresión de que lo había dejado todo ahí, porque es un libro que ha ido creciendo dentro de mí a lo largo de nueve años. Desde que estalló el caso en 2005 sentí que tenía que escribirlo. Tardé muchos años en ponerme a escribir, pero cuando lo hice, salió con una rapidez y una felicidad asombrosas, que nunca había experimentado. Sentía algo que había sentido alguna vez, pero muy fugazmente: yo no estaba escribiendo el libro, sino que el libro me estaba escribiendo a mí, era como si alguien me lo estuviese dictando. Fue como un parto, salió todo de una vez. Tuve la impresión, entonces, de que no me quedaba nada por decir, pero al parecer sí, porque ya estoy dándole vueltas a otro libro.

¿Pero por qué sentía que tenía que escribirlo?

En este hombre cristalizan muchas de las cosas que me han preocupado: nuestra relación con el pasado, la mentira, la verdad, la ficción, la realidad, el egoísmo… O sea, es como si los temas que yo había tratado de abordar antes cristalizasen en este hombre. No es que me sintiera obligado, ni elegido, pero sí sentía que era algo que me pertenecía muy íntimamente. Yo siempre dije que los temas no los eliges tú, te eligen a ti. Parece ciencia ficción, o una estupidez, pero es sencillo: tú tienes determinadas experiencias y hay ciertas cosas en las que tú ves o sientes que, si hurgas ahí y empiezas a excavar, allí encontrarás esas obsesiones. Cuando algo te interesa realmente, quiere decir que allí hay algo que te pertenece profundamente. Y eso yo lo sé, íntimamente.

¿Esas razones se hacen conscientes en la escritura?

En la escritura se manifiestan las obsesiones, se formalizan las cosas que te angustian, que son vitales para ti. Eso te procura cierto alivio. El cliché de que la literatura es terapéutica es obvio. Todos los clichés son clichés porque tienen una parte de verdad. Si quitas todos los clichés, te quedas con la mentira. ¡Mucho cuidado!

Esta búsqueda me hizo pensar en que uno podría reconstruir cualquier vida. ¿Es imposible llevar a buen término una mentira completa de vida?
Sería una mala mentira porque, como se dice en el libro (y es un elemento fundamental de la novela), las buenas mentiras se fabrican con pequeñas verdades. Una verdad pura no se la cree nadie. Eso los periodistas lo sabéis muy bien (risas). Esto ocurre también en las novelas: todas parten de una gran verdad, pero con ella se construye la ficción.

* Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo. / @saramala17

El Espectador
Sara Malagón Llano / Enviada
Cartagena de Indias, Colombia
Domingo 31 de enero de 2015.

 

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