La fiscalía informa de que en el aeropuerto actuaron "probablemente" dos atacantes suicidas. Las autoridades buscan a un tercero

El terror ha golpeado Bruselas este martes con una serie de explosiones que han afectado el aeropuerto y una estación de metro y han causado al menos una treintena de muertos. La fiscalía belga ha informado de que en el aeropuerto actuaron "probablemente" dos terroristas suicidas. Las autoridades buscan ahora al tercer sospechoso.

El alcalde de Bruselas, Yvan Mayeur, ha informado en una rueda de prensa de que "unas 20 personas" han perdido la vida en el metro y fuentes del cuerpo de bomberos de la capital belga han indicado que otras 14 personas han fallecido en el aeropuerto. Más de 200 personas han resultado heridas.

El Estado Islámico (ISIS, por sus siglas en inglés) ha asumido la autoría de los atentados, apunta Reuters citando a su vez una información de la agencia Amaq, vinculada al ISIS. "Los combatientes del Estado Islámico han llevado a cabo una serie de explosiones este martes con cinturones explosivos y dispositivos. Los objetivos eran un aeropuerto, una céntrica estación de metro de la capital de Bélgica, un país que participa en la coalición internacional contra el Estado Islámico", se indica en el comunicado. "Los combatientes abrieron fuego en el interior del aeropuerto de Zaventem antes de que varios de ellos detonasen sus cinturones explosivos. Otro mártir detonó su cinturón explosivo en la estación de metro de Maelbeek. Los ataques han matado o herido a 230 personas", continúa.

La agencia France Presse ha difundido una imagen de este martes de los tres sospechosos del atentado en el aeropuerto de la capital belga en un momento previo a la comisión de los atentados. La policía ha emitido una orden de búsqueda contra uno de los hombres que aparece en la fotografía, que se ha dado a la fuga. En la imagen, grabada por las cámaras de seguridad del aeropuerto, viste una chaqueta blanca y un gorro negro.

"Temíamos un ataque terrorista y ha sucedido", ha afirmado esta mañana el primer ministro belga, Charles Michel, en una comparecencia pública junto al fiscal general, Frédéric Van Leeuw.

Una doble explosión en el área de salidas del aeropuerto de Bruselas-Zaventem poco antes de las ocho de la mañana causó víctimas mortales y provocó el cierre de las instalaciones y la cancelación de todos los vuelos. Apenas hora y media más tarde, se registró una nueva explosión en el metro de Bruselas, en la estación de Maelbeek, muy cerca de todas las instituciones europeas. La estación ha sido clausurada.

El primer ministro no ha precisado aún el número exacto de víctimas. Michel ha asegurado que la policía "está tratando de estabilizar la situación", además de desplegar a las fuerzas de seguridad, entre ellas el Ejército, en lugares donde "aún existe preocupación" de que pueda haber problemas. Esta mañana ha habido varios registros en la capital belga. Michel ha hablado de tragedia y ha instado a los ciudadanos a permanecer "unidos y solidarios".

Van Leeuw ha hablado de "heridos graves", sin más concreción. Testigos citados por medios belgas apuntan que antes de las detonaciones se oyeron gritos en árabe.

La policía federal, encargada del caso, se centra ahora en averiguar quiénes son los autores y en tratar de localizar al sospechoso huido. El fiscal también ha explicado que la policía ha tenido que realizar un trabajo enorme en esa explanada de salidas porque, tras la deflagración, todos los viajeros han huido y dejado abandonados los equipajes. Y la prioridad era, en ese momento, asegurar que ninguna de esas maletas pudiera contener explosivos. Fuentes policiales han indicado que la búsqueda de armas y de sospechosos en el aeropuerto concluyó alrededor de las tres y media de la tarde.

"Ponemos todo de nuestra parte para normalizar la situación", ha asegurado el fiscal. La policía encontró un rifle Kaláshnikov en la zona y un cinturón de explosivos sin detonar. El gobernador de la provincia de Brabante, Lodewijk De Witte, ha informado además de que las autoridades belgas encontraron una tercera bomba que no llegó a explotar y que fue desactivado por los artificieros. "Tres bombas se introdujeron en el edificio, de las que una no llegó a explotar", ha dicho durante una rueda de prensa en el mismo aeropuerto.

Tras los atentados, el Gobierno de Bruselas cerró todas las líneas de transporte público. El centro de crisis en Bélgica informa de que las líneas dos y seis del metro ya vuelven a estar en funcionamiento, pero las demás continúan inactivas.

Después de las explosiones, dos estudiantes de enfermería que partían de viaje de estudios a Lisboa recorrían a pie el camino que separa el aeropuerto de la carretera, donde esperaban ser recogidas, informa Álvaro Sánchez. "Hemos oído dos fuertes explosiones y salía polvo y humo. Una compañera nuestra se ha ido en ambulancia herida en una pierna", han afirmado aún asustadas. En un momento se han detenido y el horror ha aparecido en la cara de una de ellas mientras miraba la pantalla de su móvil: "¡En el metro también!", ha dicho en referencia a los ataques en el suburbano bruselense.

"Estaba en la fila para registrarme y he escuchado una explosión. He visto humo y he visto a personas correr hacia la salida. Ha habido una segunda explosión mucho más cerca de mí después", ha explicado un testigo de los hechos a RTL. "Se ha ido todo el mundo del aeropuerto con pánico, la mayor parte de las personas han dejado sus maletas allí. Los coches han sido evacuados", ha asegurado. El servicio de trenes al aeropuerto ha sido suspendido.

Las explosiones en Bruselas se producen cuatro días después de la detención del yihadista Salah Abdeslam, huido tras los atentados del 13 de noviembre en París, que provocaron 130 muertos.

Varios países han reforzado al máximo las medidas de seguridad en los aeropuertos y han cancelado vuelos. Tras las explosiones, la frontera por carretera y tren entre Bélgica y Francia ha sido cerrada. Y la red europea de trenes de alta velocidad Thalys —con conexiones entre París y Bruselas, Colonia y Ámsterdam— ha anunciado que ha interrumpido por completo sus trayectos.

La compañía Eurostar ha informado de que reanuda su servicio "limitado" de trenes entre Londres y Bruselas, pasando por Lille, a aquellos pasajeros que deban viajar y tengan billete. Había sido suspendido tras los atentados. Las instituciones de la UE están en nivel naranja de alerta, las reuniones han sido suspendidas y solo se permite el acceso a los funcionarios identificados.

La alerta antiterrorista en Bélgica se encontraba en el nivel 3, pero después del atentado de este martes el Gobierno la ha elevado al 4, el máximo, que ya estuvo activado entre el 21 y el 25 de noviembre de 2015. Entonces, el primer ministro belga, Charles Michel, advirtió de la posibilidad de que se produjera un atentado similar al de París. El nivel actual indica la existencia de "una amenaza posible y creíble".

El País
Lucía Abellán
Bruselas, Bélgica
Martes 22 de marzo de 2016.

Antaño conocida como la pequeña Manchester, Molenbeek, la segunda zona más pobre y joven de Bruselas, es "un problema gigantesco", según el primer ministro

Bélgica tiene "un problema gigantesco con Molenbeek". La afirmación no es de los vecinos ni de la derecha flamenca. Es la constatación de una realidad en palabras del primer ministro del país, el liberal Charles Michel. Lo afirmó, sin pestañear, el sábado por la noche en la televisión local. "Casi siempre que pasa algo [vinculado con el terrorismo] está relacionado con Molenbeek. Se han tomado muchas iniciativas contra la radicalización pero necesitamos poner el acento más en la represión", añadió Michel.

Cualquiera que pase más de unos meses en Bruselas sabe que el país tiene un problema con Molenbeek y el radicalismo. Pero no es fácil precisar hasta qué punto, de qué tipo y, sobre todo, qué se puede hacer. Molenbeek es una de las 19 comunas de Bruselas, uno de sus distritos o agrupación de barrios más problemáticos. Es la segunda más pobre y la segunda más joven de toda la capital. Se encuadra en el oeste de la ciudad, en una amplia área que alberga a más de 95.000 personas. El porcentaje de extranjeros es muy alto, superior al 27%. La tasa de paro roza el 31 y la de los jóvenes supera el 40%. Bélgica es un país de renta alta, pero la capital es uno de los lugares donde peor se vive y donde mucha población de origen foráneo, sin conocimiento de flamenco o inglés, tiene problemas para conseguir empleos.

Al barrio se llega tras caminar apenas unos minutos desde la iglesia de Sainte-Catherine y poco más desde la Grand Place. Limita al norte, más o menos, por el parque Elisabeth y por el Este con el canal de Charleroi, inaugurado hace casi dos siglos y que evoca el pasado industrial de lo que se conocía como Petit Manchester. Una parte histórica y ahora estigmatizada. Con algunas zonas tranquilas, residenciales. Y un núcleo masificado, con una densidad de población disparada de mayoría musulmana. Las zonas que acogieron en los 60 y los 70 a miles de marroquíes y norteafricanos y hoy son un quebradero de cabeza.

Durante años ha sido el blanco de ataques desde la derecha nacionalista. Hay una parte de mito y bastante de realidad. Barrios trabajadores con cientos de tiendas o locutorios y gente que se gana la vida con normalidad. Y zonas conflictivas, inseguras, radicalizadas.

Las autoridades han mirado para otro lado durante mucho tiempo, mientras la situación empeoraba y el clima se volvía más irrespirable. De una manera u otra, la lista de los principales atentados europeos del siglo XXI, y el glosario de sus autores, conduce una y otra vez a Molenbeek. El 11M madrileño, los atentados de Londres. El ataque al museo judío de Bruselas. Los asesinatos de Charlie Hebdo. Aquí vivieron los autores o las familias de buena parte de los yijadistas que han ido a combatir a Siria e Irak, que hacen de Bélgica el país con más combatientes per cápita de la UE.

El domingo por la mañana la comuna está tranquila. Día gris y de mucho viento hay más periodistas que nunca en busca de historias y explicaciones. Hay vecinos, musulmanes, que evitan las cámaras, y grupos de adolescentes que las buscan, desafiantes, para reventar los directos de las televisiones y tratar de amedrentar a los curiosos. El mercado está abierto y lleno. No es una zona feliz ni animada. Más deprimida que amenazante, más abandonada que perseguida y harta de ser vista con una mezcla de compasión, condescendencia y temor.

"Voy a limpiar Molenbeek. No podemos aceptar esta situación más tiempo, tenemos que ver cómo atajar el problema, cómo erradicarlo de una vez por todas", amenazó la víspera el ministro federal de interior, el nacionalista flamenco Jan Jambon, arremetiendo contra los gobiernos anteriores, contra las autoridades de la ciudad y de la comuna. El Ejecutivo cree que Molenbeek no está avanzando, a diferencia de otras zonas del país con problemas similares de radicalización. Hay un problema de recursos, de falta de voluntad, de miedo y de división política.

Hay un problema, enorme, estructural. "Bruselas es una ciudad relativamente pequeña, de 1,2 millones de habitantes, pero tenemos seis departamentos de policía y 19 autoridades municipales diferentes. Nueva York tiene 11 millones de habitantes y sólo tiene un departamento de Policía", se lamentaba hace apenas unos días en un foro organizado por 'Politico'. El intercambio de información es lento y la pugna por competencias continuas. Ahora hay mediadores, un esfuerzo conjunto de fuerzas del orden, políticos, colegios, asociaciones vecinales y religiosas, pero ha llegado tarde.

"El problema no es policial, es cultural. Han dejado morir Molenbeek y más policías no van a arreglarlo. Mire a su alrededor, no hay esperanza", explica un jubilado nacido en las afueras de Rabat.

El centro neurálgico es moderno, pero alejándose un poco las calles están viejas, gastadas. Carnicerías, pequeñas tiendas de ropa sacadas de la máquina del tiempo y muchos ultramarinos. Hasta dos decenas de mezquitas registradas y quizás otras tantas que no lo están. "Ha habido cierta laxitud, cierto dejar hacer. Estamos pagando ahora la factura de no haber hecho nada en el pasado", se conjuró Michel ante los telespectadores.

Sus palabras de inversión para el futuro no suenan creíbles para los vecinos, Saben que están en el ojo del huracán, pero temen más vigilancia y presión policial, no más ayudas para evitar la radicalización. Han llegado muchos religiosos fanáticos y no fueron detenidos ni su efecto contrarrestado. "Los colegios no tienen la capacidad ni los medios, la formación es muy mala", se lamenta una madre que acude al mercado principal con su familia.

Es en Moleenbeek donde Fouad Belkacem, el líder de Sharia4Belgium, hoy condenado a 12 años de cárcel, recibía desafiante a los medios de comunicación y donde captó a decenas de jóvenes para la guerra santa en Siria. Pero el barrio no es una banlieue. Las operaciones policiales del fin de semana, con siete detenidos, junto al metro de Osseghem, se hicieron en calles calcadas a las de cualquier otro distrito capitalino.

Françoise Schepmans, la burgomaestre de la comuna, defiende estos días en todas las radios y televisiones que el barrio es "normal" y que los sospechosos y terroristas detenidos en los últimos años "no viven aquí, la mayoría de las veces están de paso". Pero es consciente de que todos, o casi, acaban pasando por ahí. De que su comuna es un santuario donde se sienten seguros, impunes.

Donde se pueden mezclar y pasar desapercibidos pese a las continuas vigilancias de los servicios de seguridad. Mehdi Nemmouche, el asesino que en mayo de 2014 hizo una masacre en el Museo Judío. Igual que Ayoub El-Khazzani, que intentó una carnicería este agosto en un tren Thalys, y su hermana. O Abdelkader Belliraj, condenado en 2009 en Marruecos por intentar un atentado. O Abdelhamid Abaaoud, conocido como Abou Omar Soussi, que se unió al ISIS.

Según el ministerio del Interior, una parte significativa de los cientos de combatientes que han ido a Siria e Irak o han muerto tenían lazos con Molenbeek. Incluyendo los 134 que han regresado al país. La Fiscalía abrió el año pasado casi 200 dosieres sobre terrorismo, según 'Le Soir'. Y las fuerzas del orden no han logrado penetrar hasta el corazón de los movimientos yihadista. Son una minoría, pero difícil de controlar, registrar y combatir.

Molenbeek no es, al menos todavía, una zona prohibida, donde no se pueda pasear, comprar o incluso entrar. Hay varias salas de conciertos muy conocidas y populares. Hay calles peligrosas y los jóvenes saben que por la noche es mejor evitar pasar, como ocurre en cualquier capital.

Pero la radicalización de los últimos años no la niega nadie. Hay imanes que captan combatientes, células durmientes como la que fue destripada en Verviers el pasado enero, según avisó ayer el ministro de Exteriores. Hay zonas donde la población extranjera supera el 90% y una evidente rabia en el ambiente. No hay esperanza, no hay medios ni hay voluntad. Los nacionalistas quieren mano dura y los vecinos temen "que eso lo empeore aún más. Los terroristas no se han criado aquí, vienen porque se pueden ocultar mejor, pero no son nuestros vecinos" lamenta Yussef, carnicero de 47 años.

La deriva era lenta pero se ha acelerado y no hay a la vista fuerzas para frenarlas. "Esto no es Bélgica" dice una pequeña pintada en uno de los callejos cerca del canal. No es un lamento, ni una amenaza, sino una constatación.

El Mundo
Pablo R. Suanzes
Corresponsal Bruselas
Domingo 15 de noviembre de 2015.

 

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