Alicia Ahumada en su ensayo fotográfico, El bosque erotizado, nos propone un lenguaje pictórico que envuelve y convierte nuestra mirada en una mirada deseante. En este lenguaje natural, la experiencia activa de la mirada del observador lo involucra en el juego. Las fotografías seducen y el receptor interpreta los movimientos de la sensualidad en las curvas de lo vegetal.

Hablar del erotismo es un asunto complicado, sobre todo desde el lenguaje racional que nos limita, puesto que anula el arrebato y la pérdida de uno mismo. La angustia de lo sublime es difícil de expresar. No obstante, el arte apuesta por una forma de acercarnos a la experiencia, nos permite vivir la angustia del abismo sin ponernos en el peligro real. Así, Alicia Ahumada en su ensayo fotográfico, El bosque erotizado, nos propone un lenguaje pictórico que envuelve y convierte nuestra mirada en una mirada deseante.

En este lenguaje natural, la experiencia activa de la mirada del observador lo involucra en el juego. Las fotografías seducen y el receptor interpreta los movimientos de la sensualidad en las curvas de lo vegetal. En su propio acercamiento subjetivo al fenómeno erótico, Ahumada nos conecta con el nivel místico y sagrado de la experiencia de la naturaleza. No sólo en este libro, sino que gran parte de su labor fotográfica ha tenido que ver con una conexión mística a lo natural (su exposición Traspasando la bruma. Fotografías para sanar, por ejemplo, es una investigación exhaustiva sobre rituales de sanación). Ha recibido la Medalla al Mérito Fotográfico por parte del Instituto Nacional de Antropología e Historia; y fue reconocida como la mejor impresora de México, labor que tiene mucho de alquimia.

En este recorrido fotográfico, las aberturas y las bifurcaciones de las ramas reconstruyen el exceso de la carne. De cierta manera, el erotismo es una vuelta a la naturaleza, al desorden del exceso carnal. Bataille, en El erotismo, divide el ámbito humano en dos esferas. Por un lado, está el mundo profano, en el que domina la razón y la utilidad. Por el otro, el mundo sagrado, es decir, el tiempo de la violencia y el exceso, donde lo lúdico y el desperdicio pueden tomar por asalto al ser humano. Así, es significativo que en este ensayo pictórico sobre la esencia de lo erótico se conjuguen a un tiempo las formas antropomórficas con el mundo de la “violencia”. Como si Alicia, desde su mirada chamánica, nos diera la oportunidad de acercarnos a comprender la esencia misma del arrebato.

Alberto Ruy Sánchez habla de la conexión entre la carga sagrada del bosque y los primeros cultos a las divinidades sagradas. En su texto que acompaña la muestra fotográfica, “Alicia en el bosque de Eros”, se refiere a la fotógrafa como una chamana, oficiante de un ritual que nos permite acceder a los secretos de la naturaleza erotizada. Bataille afirma que los rituales de fertilidad conectan con la orgía, permitiendo el exceso y el crecimiento de la naturaleza. Vida y muerte se entrelazan en los rituales eróticos, de un lenguaje olvidado que es la sacralidad de lo voluptuoso.

La comunión entre el ritual y el erotismo se evidencia en estas páginas, acercándonos a la esencia transgresora del estremecimiento sensual. Lo erótico lo abarca todo, repta por las ramas y las raíces que se entrelazan, como extremidades desnudas que la mirada fotográfica acaricia. Las raíces penetran la tierra, como parte del ritual sagrado que es la exuberancia de la vida y la angustia de la muerte. Alicia es nuestra intermediaria, nos permite acceder a la experiencia mística de leer en la naturaleza las señas de “la fiesta que lleva en sí” (Bataille, Georges, El erotismo, p. 237.) y de la plétora sexual que permite el crecimiento y la destrucción, a un tiempo: la ambigüedad intrínseca de la vida llevada a su extremo.

Alicia nos expone de lleno a la exuberancia, significada aquí por medio de la esencia natural. Nos retiene en la contemplación de los movimientos, del crecimiento desbordado de la energía vegetal. Precisamente el movimiento es una de las características de sus fotografías, pues la mirada serpentea igual que las ramas de los árboles; no es un erotismo congelado sino retenido en su esencia.

Me apoyé en un árbol mirando abajo el cauce que era como el día. Sin que lo pensara, mis manos recorrieron la línea esbelta, voluptuosa y fina, y el áspero ardor de la corteza. Las ranas y la nota sostenida de un grillo, el río y mis manos conociendo el árbol. Caminos todos de la sangre ajena y mía, común y agolpada aquí, a esta hora, en esta margen oscura.
Inés Arredondo, Estío

El lente hace énfasis en escorzos de cuerpos vegetales, torsos en serpentinata, pliegues de un abdomen, invaginaciones, vulvas, labios. El cuerpo se evidencia por partes, su desnudez es tangible. Las texturas que recrean las fotografías de este ensayo emulan los accidentes del cuerpo; se juega con la (semi) desnudez, con los juegos de ocultar y mostrar que son propios del erotismo. La piel del árbol se descarapela para mostrar, a medias, el cuerpo deseado por la cámara. Nuestra mirada dialoga con las imágenes y completamos los mensajes dentro de esta lógica del universo erótico. Podríamos decir que, más allá de la prosopopeya, que nos relaciona directamente con los cuerpos vegetales, vivimos una exploración de la voluptuosidad del bosque. Experimentamos las ondulaciones y las penetraciones de la plétora de la vida natural, gracias a la inmersión que nos ofrece este ensayo fotográfico. La sacralidad de lo erótico va más allá de lo evidente; no son sólo formas antropomorfas, sino formas sugerentes de la esencia del estremecimiento.

Las pieles, con sus distintos matices, proponen distintas sendas para ser recorridas. Es, en efecto, un verdadero juego, en donde no es necesaria la identificación exacta del cuerpo, sino seguir su movimiento, experimentar la sensualidad de lo que se ondula, la penetración del cuerpo en la tierra. Todos los elementos de la naturaleza se erotizan. El agua, como símbolo de lo sensual, empapa una de las fotografías, muestra y oculta un cuerpo enterrado en la arena.

“Una especie de cordón umbilical une el cuerpo de la cosa fotografiada a mi mirada: la luz, aunque impalpable, es aquí un medio carnal, una piel que comparto con aquel o aquella que han sido fotografiados”. Estas palabras de Barthes en Cámara lúcida, bien se pueden aplicar a la experiencia de esta colección fotográfica. Aquí, la captura de la mirada erótica se convierte en un ejercicio carnal por naturaleza, que llega a sus extremos en el tema que ocupa a este ensayo. La autora explota esta característica de su quehacer artístico, captura el movimiento, las texturas, atrapa a nuestros sentidos. Traduce, ritualiza, invoca. Nos ayuda a comprender otro acercamiento de lo erótico, desde la mirada desnuda de la poesía fotográfica.

Sin Embargo
Guadalupe Donají Zavaleta
Ciudad de México
Viernes 19 de abril de 2019.

La fotógrafa chihuahuense Alicia Ahumada (1956) será galardonada con la Medalla al Mérito Fotográfico, que otorga el Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH).

El galardón, que recibirá la artista de la lente el 27 de agosto en Pachuca, Hidalgo, reconoce su visión humana y alquimista, además el hecho de ser una de las pioneras de la Fototeca Nacional.

En entrevista con el INAH, Ahumada reveló que la fotografía ha sido quizá su más fiel compañera, pues la ha seguido como una brújula que la guía desde sus 17 años; con ella se hizo valiente para afrontar viajes interiores.

En su carpeta fotográfica, “lo documental”, destacan sus proyectos en comunidades indígenas mayas, rarámuris, nahuas, otomíes y los “mundos imaginarios”, como bosques de madroños de exuberante sexualidad, que mantienen un poderoso hilo conductor.

Después de recibir el apoyo de sus hermanos para estudiar Comercio, Ahumada aprendió a usar la máquina de escribir y “algo de fotografía”, sin embargo, ella deseaba trasladarse a la Ciudad de México para tener nuevas experiencias de vida.

Fue entonces que en una casa de la colonia Tacubaya ocurrió el encuentro con su compañera la fotografía; se la presentaron sus amigos, el físico y también fotógrafo Pedro Hiriart, y los hermanos Jorge y Guillermo Acevedo.

La primera cámara que Ahumado tuvo en sus manos fue prestada, una Yashica que tomaba imágenes con efecto “estelar”; sus primeras imágenes: indígenas de rostro sereno que deambulaban en la plaza de Cuetzalan, Puebla.

Con la cámara en sus manos, procedió a habilitar el closet de su habitación como cuarto oscuro y fumando tabaco, se hizo alquimista, labor que le valió ser considerada por Mariana Yampolsky (1925), sobresaliente fotógrafa de origen estadounidense, la mejor impresora de México.

Ahumada desarrolló gran empatía y amistad con Yampolsky, por lo cual, por más de 20 años, la chihuahuense fue impresora de las imágenes de Mariana.

Ahumada comentó entre nostálgica y abúlica que la medalla que recibirá, es un gesto de gratitud, por sus más de diez años de trabajo en el área de reproducción, dando luz a las imágenes de “los bigotones, de los sombrerudos, de los con escoba y sin escoba”.

A la par de su labor en la Fototeca, ella tomó otro sendero de la actividad fotográfica, en torno a otra leyenda de la fotografía mexicana, Nacho López (1923-1986), ya que en el arranque de la década de 1980 surgió el “Grupo de los Ocho”.

La agrupación estuvo compuesta por: David Maawad, Pedro Valtierra, Víctor León, Rubén Pax, Javier Lavanderos, Luis Humberto González y ella, la ahora galardonada, Alicia Ahumada.

El conjunto se asumió contestatario frente al Consejo Mexicano de Fotografía, pero a la distancia la única mujer del “Grupo de los Ocho” ve aquello como “pura tontera”, “no tienes que entrar en la lucha. Todo mundo hace foto y cada quien que la haga como quiera”.

La desilusión del proceder sindical, de la autoridad, y la frustración de sueños que esto conlleva le hicieron ver que sus alas “eran muy largas para quedarme en un cuarto oscuro o haciendo lo que la autoridad dice… ¡Y volé! Y fui a trabajar independiente”.

Con la ayuda de personas que fueron sumándose a su vida, Ahumada apostó por proyectos que la han llevado desde entonces, por todas partes.

Vio y registró los cambios en el paisaje del Valle del Mezquital cuando entró el canal de riego, tomó fotos de los pies agrietados de su gente, lo mismo hizo en la Barranca de Metztitlán y con migrantes en la frontera con Estados Unidos.

Posteriormente, con la llegada de la era digital a la fotografía, la artista de la imagen experimentó un periodo entre “divertido y tenebroso”, ya que fue ruptura y crisis, tecnológica y existencial.

“Me volví quejumbrosa, empecé a perder la vista y me sentí perdida”. Asistida por sus hijos, sobre todo Rodrigo, la alquimia ahora la cocina de otra manera.

Un ejemplo son las imágenes del libro “El bosque erotizado”, el cual la impresora describe como “una mezcolanza, parte son fotografías impresas en plata gelatina y después trabajadas con químicos, entonadas por zonas; parte son transparencias con colores similares a los que podía obtener mediante los químicos y otra más es digital, transformada en el Photoshop”.

La fotógrafa sobre su próximo libro: “Voces del corazón”, dijo que las primeras páginas contendrán una autobiografía y una reflexión sobre su compañera de viaje.

“Me siento totalmente poseída por la fotografía, aunque no haga fotos, está presente y regresa de diferentes formas, ha sido un sustento muy generoso. Nunca me ha abandonado y ha sido el hilo conductor en mi vida”, finalizó.

Notimex
Pachuca, Hidalgo
Ciudad de México
Domingo 16 de agosto de 2015.

 

El mundo es comprendido por el paradigma, es la forma por la cual es entendido el mundo, el hombre y por supuesto las realidades cercanas al conocimiento.

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