Gilda Melgar      

Cuando ocurrió el terremoto de 1985 tenía apenas 19 años. Y aunque padecí el hecho y sus consecuencias, quedando “traumada” como cualquiera de mis contemporáneos, entonces yo era sólo una estudiante hija de familia.

El pasado 19 de septiembre, desde el momento en que la tierra brincó con fuerza y junto con otras personas traté, infructuosamente, de bajar rápidamente desde un tercer piso en la colonia Del Valle, mi cabeza daba vueltas pensando alternadamente, por un lado, que tenía que salir viva de ahí por mis hijos (que aún me necesitan), y por el otro, que seguramente esos eran los últimos momentos de mi vida, por lo que ésta se me reveló completa en cuestión de segundos.

Unas semanas después, sostuve una reunión catártica con la familia y los amigos más cercanos, en la que nos abrazamos, lloramos y compartimos no sólo las anécdotas de ese martes, sino también las reflexiones de lo que se estaba viviendo en la ciudad, especialmente sobre la actitud solidaria de los jóvenes y la capacidad de ”darse” de toda la gente.

Algunas filosofías budistas señalan que cuando sucede un temblor de gran magnitud, es porque de las entrañas de la tierra está surgiendo también un gran “ser trascendente” que viene a mover nuestras conciencias para que “despertemos” y “enmendemos” nuestras vidas para “ir por el camino correcto”.

No importa si esto es cierto o no. La verdad es que yo recordé esa analogía porque este sismo –en la medianía de mi vida– me sacudió más allá de lo físico.

Así que, reflexionando con una amiga acerca del sismo emocional que el S19 dejó en nosotras y en nuestros seres queridos, nos preguntamos cuáles serían las lecciones o decisiones más importantes para la mayoría de las personas, a partir de ese día.

Por supuesto que cada cabeza es un mundo, pero llegamos a la conclusión de que, quizás esa nueva conciencia que el terremoto nos dejó, oscila entre dos extremos. Por un lado, están lo que pensaron “sólo se vive una vez” y, por lo tanto, decidieron llevar a cabo con prontitud algunos planes postergados como viajar, casarse, tener hijos, comprar una casa, etcétera, porque “no vaya a ser que mañana tiemble otra vez y me arrepienta de no haber tenido el valor”.

Por el otro, están los precavidos. Los que se preocuparon por el mañana y “su futuro”, y decidieron ya no gastar más. Ahorrar, guardar, y apretarse porque “no vaya a ser que tiemble otra vez y me quede en la calle, sin techo, ni nada que ofrecer a mi familia”.

Nos pareció curioso y hasta divertido que, en algún punto, esos extremos se juntan en un mismo sentimiento: ofrendar-se. Darse con locura, sin medida y disfrutar los placeres de la vida, o bien, darse a la templanza, procurando lo que hay para los suyos.

Yo creo estar entre los primeros, pero no importa si uno decide despilfarrar o guardar. Lo único importante es darse a los demás, así como nos dimos todos en la emergencia, ayudando como cada quien quiso y pudo.

Por mi parte, decidí retomar mis “horneadas” y ofrendarme a los míos con lo que más me gusta hacer. Desde entonces, de mi cocina surgen pasteles, panqués, muffins, tartas y mermeladas.

Ignoro si, justo por la sensibilidad que me dejó el sismo, esta semana que vi “Coco” y su increíble recreación de la ofrenda del Día de Muertos, lloré sin parar, no sólo por los que este año se fueron en la familia y por todo el dolor post temblor, sino también porque su significado y gran lección me permitió confirmar que debo seguir ofrendándome a mis vivos, no vaya a ser que tiemble otra vez y no pueda más endulzarles la vida.

*Gilda Melgar

Diplomada en Pastelería y Panaderí­a. Gilda Melgar está siempre en busca del gozo culinario. Pone el ojo y el diente en nuevas propuestas para disfrutar y compartir su saber a través de los placeres de la mesa. A través de la literatura y del cine, evoca sensaciones y memorias gastronómicas que liga con sus recomendaciones.

Puebl@Media
Gilda Melgar
Ciudad de México
Miércoles 25 octubre 2017.

Instituciones, empresas y organismos no gubernamentales buscan crear de 40 a 100 espacios habitables temporales para beneficiar a familias damnificadas de la comunidad de San Juan Pilcaya, Puebla


De 40 a 100 espacios habitables temporales hechos de bambú es la meta de 12 instituciones, empresas y organismos no gubernamentales que pretenden beneficiar a familias damnificadas de la comunidad de San Juan Pilcaya, perteneciente al municipio de Chiautla de Tapia, Puebla.

Aristarco Cortés Martín, director del Instituto de Diseño e Innovación Tecnológica (IDIT) de la Universidad Iberoamericana, informó que esta institución, junto con el Grupo Puebla Bambú, trabajan de manera coordinada para que en un corto plazo se dé respuesta a los damnificados tras el sismo del pasado 19 de septiembre.

Las construcciones se tratan de espacios habitables temporales, cómodos y frescos elaborados con bambú obtenido de la Sierra Nororiental de Puebla, para impulsar la recuperación de la comunidad y el regreso a las actividades cotidianas.

Actualmente hay una siembra aproximada de 800 hectáreas en la sierra nororiental de Puebla, que son susceptibles de aprovechamiento. En la zona de la Mixteca, también se cuenta con algunas variedades de bambú endémicas.

La propuesta de colaboración está elaborada con la comunidad y por el momento se tiene el diseño y construcción del prototipo, y el segundo paso es entregar y colocar los primeros 40 espacios habitables temporales, en un periodo de dos semanas, así como hacer los ajustes menores para que puedan ser viviendas permanentes.

San Juan Pilcaya es una comunidad de aproximadamente 900 habitantes y se localiza en la región Mixteca del estado de Puebla, donde de 353 viviendas, cerca del 85 por ciento del total en la localidad, resultaron dañadas por efecto del sismo.

Se trata de una comunidad rural que se sostiene alimentariamente del campo, condiciones de temperatura entre 20 y 38 grados centígrados. Las personas están viviendo en sus hogares y evitan el traslado a los albergues (públicos o familiares), por la noche duermen en los traspatios de sus viviendas.

De acuerdo con información de Grupo Puebla Bambú, el bambú tiene propiedades como resistencia a la tensión y a la compresión, y en el estado de Puebla se tiene una de las mayores producciones del material en México.

Este prototipo de vivienda puede albergar a una familia con infraestructura básica para pernoctar durante por lo menos un año. Esto ayudará a las familias a organizarse en comunidad para la reconstrucción permanente de sus viviendas, sin poner en riesgo su salud y sus pertenencias.

El costo por módulo oscila entre los 15 y 20 mil pesos dependiendo del tamaño requerido por familia.

El proyecto está planteado para tres etapas, en la primera, de forma inmediata colocar 40 espacios en la comunidad de Pilcaya en un plazo de dos semanas. En la segunda etapa se propone escalar a 100 o 200 módulos entre la semana 3 y la semana 12.

Durante la etapa 3 se considera realizar las colaboraciones y gestiones necesarias para la instalación de viviendas permanentes con uso estructural a base de bambú y adobe para las familias.

Notimex
Puebla, México
Domingo 1 de octubre de 2017.


Un plomero y luchador amateur viaja 500 kilómetros para auxiliar en el rescate de las víctimas del terremoto del 19 de septiembre


150 centímetros y 45 kilos. Basta echar una mirada a Juan Ramón Santos Silva para saber por qué un extraño lo bautizó como La Pulga. El apodo nació en medio del desastre. Un brigadista que trabajaba en las zonas de derrumbe tras el terremoto del pasado 19 de septiembre fue quien le encasquetó el mote después de verlo emerger de un hueco de 80 x 90 centímetros. En la emergencia no hubo tiempo para preguntarse los nombres. Fue la camaradería de quienes buscan salvar vidas la que permitió la confianza. “Así me empezaron a decir todos”, cuenta este hombre de 32 años con cuerpo de adolescente.

La vida de Juan Ramón cambió, como la de muchos, la tarde del 19 de septiembre. Aquella tarde estaba en Guadalajara, Jalisco, donde trabaja de fontanero instalando calentadores eléctricos. Los fines de semana, sin embargo, Juan Ramón cambia de llaves. Se enfunda una máscara y se convierte en Mini reo, un luchador amateur que divierte a los niños sobre el ring de una arena de Tlaquepaque.

Juan Ramón intentaba digerir las malas noticias tras el terremoto a través de la pantalla del televisor. Fue el rescate de los menores del colegio Enrique Rébsamen el que lo llamó a la acción. “Soy de las personas que llora en silencio, no lloro delante de la gente. Dije: ‘tengo que estar ahí’. Me partió el alma”, dice. Empacó dos pequeñas mochilas: una con ropa y otra con material médico para donar.

Recorrió más de 500 kilómetros en autoestop. La crisis lo hizo visitar la capital mexicana por primera vez. Durante el camino se imaginó una y otra vez una escena donde salvaría a los niños atrapados bajo los escombros. Pero fue recibido por una ciudad inmovilizada por el caos. Nunca pudo dar con la escuela en la que soñó sus rescates. Le fue más fácil seguir las direcciones al derrumbe de Álvaro Obregón 286.

Zona cero. La pulga asciende el edificio en ruinas. “Cuando subí había un hueco y me metí sin protección y sin nada. Cuando me meto comencé a sentir partes humanas. Fueron las dos primeras personas que encontré”. El rescatista había pasado su bautismo de fuego. Un militar quedó sorprendido por su astucia para moverse entre los cascotes. El soldado le recomendó ir al derrumbe a espaldas del edificio, en Ámsterdam entre las calles de Huichapan y Cacahuamilpa.

“Cuando llegué me metí a un portón y empecé a oler como los chuchos. Empecé a mover piedras. Dos del Ejército venían detrás de mí. Cuando comencé a mover los escombros sentí pelo humano. Había una persona ahí”, relata. Juan Ramón pasó cerca de 72 horas sin dormir. Su combustible eran chocolates y bebidas de taurina y líquidos para prevenir la deshidratación.

- ¿Qué se ve allí adentro?

-No se ve nada, aunque tengas un sol esplendoroso o las luces más potentes. Adentro es totalmente oscuridad. Cuando estás allí los sentidos que debes tener muy presentes son el oído y la agilidad. Si oyes algún ruido te tienes que mover. Un segundo sonido quiere decir que la cosa va para abajo.

La Pulga dice no sentir miedo. “Antes de meterme me persigno porque yo soy católico. Pongo la mente en blanco de que nada va a pasar”. La inmersión es sin casco. Solo con cubrebocas y lentes. Ya entre los escombros va arrastrándose y dejando una marca, que él compara al rastro que van dejando las serpientes, y le sirve para volver. Al reptar avanza los brazos como si fueran pasos. Cuenta: uno, dos, tres… Toca algo. Lo marca. Marcha atrás.

El método es falible. El domingo se desorientó entre los escombros y se perdió durante dos horas. 120 minutos entre la destrucción. El laberinto se convirtió en una pesadilla. “Vi muchas cosas… más que nada cuerpos”, dice antes de hacer una pausa y tomar aire. El rostro muestra el esfuerzo por reprimir una arcada. No solo se le impregnaron las imágenes en la memoria. También el fuerte olor a muerte. “Allí adentro me mareé y quise perder el conocimiento”.

La Pulga está de vuelta en Guadalajara. La experiencia de esta semana le ha dejado muchas cosas. Las buenas, un grupo de nuevas amistades. Capitalinos que le abrieron las puertas de su casa para que pudiera descansar. La mala, un insomnio que lo hechiza con las terribles imágenes que vio en los sitios de la tragedia. Sus amigos citadinos confiesan que están buscando a un psicólogo que pueda tratarlo. El fontanero que llegó a México con lo puesto regresó a Jalisco con una pesada carga de estrés postraumático y una carrera de rescatista en ciernes.

“Mi manager de la lucha me va a pagar un regañadón, pero no importa. Lo importante es ayudar…. No importa si eres luchador con máscara o sin máscara o si eres un extraterrestre. Lo importante es que la sociedad sepa quién es La Pulga”.

El País
Luis Pablo Beauregard
Ciudad de México / Guadalajara
Sábado 30 de septiembre de 2017.

 

El mundo es comprendido por el paradigma, es la forma por la cual es entendido el mundo, el hombre y por supuesto las realidades cercanas al conocimiento.

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