Coco, el retrato de un pueblo


Fabiola Guarneros Saavedra

Coco puede gustar o no, pero lo que es indiscutible es que se ha vuelto, con mérito propio, un tema dominante de conversación al que no es ajeno el análisis político.

Si usted, amigo lector, no ha visto la nueva película de Disney-Pixar, pero ya la odia después de leer las miles de reacciones en Twitter o Facebook de quienes la vieron una o más veces y lloran al final de la proyección, puede asomarse tranquilamente a esta columna, que promete no adelantar aspectos sustanciales de la trama.

Opino no sólo como oaxaqueña (por derecho de sangre) amante de mis tradiciones, sino como periodista y, como todos los de mi clan, suelo tener mis dosis de escepticismo. Soy crítica, en particular, de cierta predisposición de mis compatriotas a recibir con entusiasmo desenfrenado los guiños que nos lanza la industria hollywoodense, al grado de adoptar su mirada cuando cotidianamente solemos despreciar la nuestra. ¿O acaso tendríamos un desfile de Día de Muertos si no hubiera existido James Bond?

Pero el caso de Coco obliga a una lectura que vaya más allá (valga la metáfora). La reacción mayoritaria en las salas y en las redes sociales documenta que Disney-Pixar hizo muy bien su trabajo previo de investigación sociológica y conoció profundamente el grado de vinculación que tenemos los mexicanos con nuestras tradiciones más arraigadas. Y no me refiero a la obvia.

En la parte emocional, Coco es un melodrama perfectamente conectado con una de nuestras auténticas y reales telenovelas nacionales: la de clanes familiares marcados por historias de abandono, de madres que dijeron adiós al príncipe azul para criar hijos solas en los que se corta de tajo todo aquello que recordara a aquel que huyó —o que se fue por los cigarros—. Un trauma que se prolonga por generaciones y que, me atrevo a decir, es uno de los factores que explica el llanto que muchos espectadores son incapaces de contener en la sala.

Por eso importa menos qué tan fiel es la recreación animada del Día de Muertos —que desde mi punto de vista es buenísima—, cuando lo que está perfectamente retratada es la chancla como instrumento del poder ejercido por las abuelas y madres jefas de familia para mantener cohesionada a la tribu (mascotas incluidas), y la obediencia que implica regresarle la chancla. Misma autoridad que, desde una óptica más amable, se refleja en la obsesión de creer que la salud de los niños es directamente proporcional al número de tamales que coman.

Quien quiera encontrar clichés los hallará. Por ahí se verá alguna máscara de luchador sin venir mucho a cuento. También se retrata nuestro fervor por la música de banda, el charro mexicano y el ídolo aquél que hizo miles de películas en los años 50, sí, Pedro Infante. Y verán las pinceladas de Frida Kahlo y Diego Rivera… Pero a la par de eso, los realizadores de Disney-Pixar encontraron cómo está anclada la economía de su vecino a formas de subsistencia artesanal como la fabricación de zapatos, un destino de vida que no entusiasma al niño protagonista de la historia. Este último en realidad está atraído por la música, esa otra vocación que se abraza en los pueblos y pequeñas ciudades mexicanas como una esperanza para no caer en las garras del crimen organizado y para no optar por la migración, otro factor que cercena núcleos familiares.

Y este tema, el de la migración, es abordado de manera inevitable y jocosa, pues la visita temporal de los muertos cada 2 de noviembre al terreno de los vivos es una metáfora de quienes en la vida real se fueron al otro barrio, léase Estados Unidos. Llama la atención el grado de sofisticación de la “mejor vida” a la que ya pasaron nuestros ancestros que precisan ser recordados, incluidos los outsiders que tratan de burlar el filtro aduanal para recorrer el puente de cempasúchil que por unas horas los llevará a reencontrarse con los alimentos físicos y emocionales de los suyos (algo así como cuando nuestros paisanos del otro lado de la frontera nos visitan para las fiestas de Navidad).

Y más allá de las anécdotas propias de la cinta, no hay que dejar fuera el involuntario, pero oportuno, timing de su estreno. Es valorable el gesto de que una industria liberal como la cinematográfica dé un reclamo artístico al presidente Donald Trump por haber alimentado un odio irracional contra los mexicanos con fines electorales. Máxime si tomamos en cuenta que Estados Unidos tradicionalmente busca exportar su cultura para que el resto del mundo la adopte, no reivindicar la de otros países a las que, en el mejor de los casos, ha visto bajo la óptica del turista asombrado. Aquí hay puentes de cempasúchil, no muros.

Pero también creo que Coco es una lección para nuestros propios talibanes ideológicos, que en redes han buscado desacreditarla recordando la desafortunada decisión inicial de Disney de registrarla como propiedad privada, sin mencionar que fue revertida en su momento y por la cual los realizadores de la película han reiterado varias veces sus disculpas.

Y entiendo que no se trata de rendirse acríticamente a los productos de un emporio mediático global del tamaño de Disney. Pero, ciertamente, no está muy arraigada en México la tradición de debatir con argumentos, como sí lo está la de atacar con prejuicios.

DM

Por cierto, leo que también, gracias a la “presión” de las redes sociales, empresas exhibidoras de cine decidieron retirar un cortometraje de Frozen que se presentaba antes de la película Coco, alegando que se les hizo muy largo y les aburrió. ¡Ah, la intolerancia, esa también tan venerada tradición mexicana! Quizá en otros países sí aprecien la promoción de ver dos películas por una, y no quiero imaginar qué pensarán cuando se den cuenta de la piel tan sensible que tenemos para unos temas y lo fácil que se espantan ciertas marcas frente a las turbas cibernéticas de inconformes. De pena ajena, porque ni siquiera entendieron la lógica del corto de Frozen, cuyos personajes se dedican a buscar e identificar sus propias tradiciones, como la nuestra. Se trata del preámbulo para que el público de otros países entendiera que en México siguen muy vivas nuestras tradiciones. Morirse de la vergüenza debería ser otro atributo mexicano.

Excélsior
Mensaje directo
Ciudad de México
Fabiola Guarneros Saavedra
Domingo 5 de noviembre de 2017.

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