El sargento cincuentón

 La carátula del trabajo discográfico “Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band”, con la que los Beatles revolucionaron la música en 1967. / EMI La carátula del trabajo discográfico “Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band”, con la que los Beatles revolucionaron la música en 1967. / EMI


Se publicó el 1° de junio de 1967

Hay que regresar 50 años en la memoria (o en la imaginación), a ese momento en que se destapaba por primera vez el long-play de “Sgt. Pepper’s”, se sacaba el disco de la funda, se colocaba en el tornamesa y se ponía a sonar para no dar crédito a los oídos.

En realidad, todo estaba cambiando en 1967. La participación de tropas estadounidenses en la Guerra de Vietnam generó más resistencia que patriotismo, los hippies comenzaban a mostrar lo numerosos que eran y los movimientos de igualdad racial y de liberación femenina ganaban cada vez más poder. En ese contexto aparecieron varias grabaciones musicales importantes: los primeros discos de The Doors y Pink Floyd, Are you experienced, de Jimi Hendrix; Sell Out, de The Who, y John Wesley Harding, de Bob Dylan. Todos son imaginativos y rompieron fronteras a su modo. Pero el juicio de la historia le ha dado el primer lugar a un colorido álbum de los Beatles con un título extravagante: La banda del club de corazones solitarios del Sargento Pimienta.

Philip Norman, autor de una de las mejores biografías de los Beatles, señala que el contenido de aquella grabación “es una música con idéntica fuerza al asesinato de Kennedy o a la llegada del hombre a la Luna, que evoca un lugar y un momento y una emoción inalterada con el paso de los años”. ¿Pero qué la hace así de memorable? Para empezar, los Beatles estaban experimentando una libertad que no habían tenido antes: ya no tenían obligación de hacer giras ni de filmar películas. Podían dedicarse exclusivamente a la música.

Y a la música como laboratorio. Los sonidos de sus dos discos anteriores ya adelantaban algo de su carácter experimental. Instrumentos exóticos como el sitar en Love You To y trucos como una cinta grabada y reproducida al revés en Rain, se hicieron prácticamente imposibles de llevar a los conciertos en vivo. En cambio, encontraron en el estudio de grabación Abbey Road un refugio perfecto. Empezaron a llegar con ideas inacabadas para trabajarlas en el estudio, forzando al máximo las posibilidades de microfonía y las máquinas de escasos cuatro canales con que se contaba entonces. Como escribió en sus memorias el ingeniero de sonido Geoff Emerick, “fueron sesiones en las que se rozó la perfección”.

Hay que regresar 50 años en la memoria (o en la imaginación), a ese momento en que se destapaba por primera vez el long-play de Sgt. Pepper’s, se sacaba el disco de la funda, se colocaba en el tornamesa y se ponía a sonar para no dar crédito a los oídos. No hablemos de las canciones, sino de los átomos que las configuran: resulta que muchos de esos sonidos y microsonidos se oían por primera vez en la historia del disco.

John Lennon tenía una idea y la expresaba diciendo algo como “quiero un sonido que parta de la nada y llegue hasta el fin del mundo”. Y luego los ingenieros de sonido, comandados por el productor George Martin, se daban a la tarea de buscarlo, organizando hasta sesiones sinfónicas que, por cierto, retrasaron la salida del álbum y aumentaron el presupuesto del sello disquero EMI. Es increíble saber que, al final del tema A day in the life, el crescendo orquestal y la nota final (separados por un segundo) requirieron dos sesiones de grabación distintas, de varias horas cada una. Y solamente para esa nota final hubo que juntar tres pianos acústicos, uno eléctrico, un clavecín y un armonio.

Las cifras no tienen precedentes: cuatro meses y medio de trabajo y alrededor de 700 horas de grabaciones. El álbum final dura 40 minutos que se escuchan de forma ininterrumpida, como si se tratara de un concierto de la ficticia banda de los corazones solitarios. Hay momentos que evocan la música de los circos del siglo XIX (For the benefit of Mr. Kite) o los cantos sagrados de la India (Within You Without You), pero en general es un viaje por paisajes sonoros nuevos, unidos a imágenes surrealistas como esos cielos de mermelada y esas flores de celofán que se mencionan en la letra de Lucy in the Sky with Diamonds.

¿Influencia de las drogas que consumían los Beatles por aquella época? Seguramente, pero después de las alucinaciones venía un trabajo acucioso de arreglos, instrumentaciones, grabaciones en múltiples tomas y montaje final, que requerían tanta precisión que no podían hacerse en un estado alterado. Por eso decía el productor George Martin en una entrevista para la revista Esquire: “Si yo hubiera metido drogas en la época en que los Beatles metían drogas, dudo que hoy tuviéramos los discos que tenemos”.

En realidad, todo estaba cambiando en 1967. Recuerdo a George Harrison en un documental de la productora británica Granada TV diciendo que aquello fue como el Renacimiento italiano condensado en un solo año: una explosión de las artes, de las humanidades. Y entonces, en el calor del verano a comienzos de junio, apareció el Sgt. Peppers como la banda sonora perfecta.

El Espectador
Juan Carlos Garay
Bogotá, Colombia
Domingo 4 de junio de 2017.

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