En la apocalíptica Pantitlán, esta es una escena constante para abordar el tren férreo de la Línea A. Foto: GC/Sacniteil Sandoval. En la apocalíptica Pantitlán, esta es una escena constante para abordar el tren férreo de la Línea A. Foto: GC/Sacniteil Sandoval.


Autoridades registran 1,473 delitos de tipo sexual en la sardinera naranja
 
Descender a las catacumbas del Sistema de Transporte Colectivo Metro es llevar consigo el lastre que como ciudadano se carga en la superficie.

Acoso, inseguridad, insalubridad, sobrepoblación, hacinamiento, anarquía, pobreza, desolación y estrés. La mala calidad de vida se multiplica a lo largo de las 12 líneas del sistema administrado por el ex diputado de Nueva Alianza Jorge Gaviño.

Apenas suena la alarma que advierte la apertura de puertas, los usuarios padecen empujones, pisotones, acoso sexual; experimentan el temor de que sus cosas pueden ser tomadas por extraños; sufren un viaje incómodo y lento.

Abordar cualquiera de las 12 líneas del Sistema de Transporte Colectivo Metro de la Ciudad de México es, para los usuarios, tomar un pasaje al infierno.

Viajar en el Metro de la ciudad más grande del mundo no es experimentar el romance por chilangolandia, pues la sardinera naranja va saturada de enojo, frustración y contratiempos para llegar al trabajo, a la escuela, o al hogar.

Luis, estudiante universitario, todos los días sale de su casa con el temor a la indiferencia social que se vive en el Metro, al temor de encontrarse con otra balacera como la que vivió en Balderas.

Pasajeros que han sido víctimas de asaltos o ataques sexuales reprochan que la vigilancia sea nula, particularmente en estaciones donde existen luminarias fundidas, como en Isabel la Católica, Tacubaya y Merced.

“Un celular, me lo quitaron adentro, me enseñaron una punta y tuve que dejarlo. Cuando bajé del tren el policía sólo me dijo que era normal, que siempre asaltan ahí y que por eso debemos de tener más cuidado”, dijo un usuario a Gaceta Ciudadana.

En la estación Hidalgo de la Línea 3, un joven de 24 años, con la cara pálida, a punto de llorar, se sienta y empieza a maldecir a diestra y siniestra.

“No se vale. Antes de subirme, justo cuando se abren las puertas, me acorralaron como cuatro personas, se empujaban para supuestamente abordar el Metro, cuando siento una mano dentro de la bolsa del pantalón, yo tome por afuera de mi pantalón la mano del sujeto que estaba a punto de robarme para meterle un golpe en la cara cuando siento en mis costillas un objeto puntiagudo.

“Al voltear, otros dos me tenían entre sus manos, empujando una punta sobre mis costillas, ya no hice nada y sólo me dijeron ‘afloja y llégale’. Todavía alcancé a verlos riendo cuando se iban”, explicó con la cara desencajada por el enojo.

Otra de las estaciones a la que la gente le teme es a la de la Raza, donde Fany, otra usuaria, vivió una de las escenas más aterradoras de su vida.

“Caminaba sola por el Túnel de la Ciencia para ir a tomar el Metro con dirección a Universidad; eran como las nueve de la noche de un martes, detrás de mi venía un tipo muy sospecho. No le tomé importancia sino hasta cuando atravesamos el túnel y caminó aprisa para abrazarme por la espalda, como si fuera mi conocido. Me quedé petrificada y muerta de miedo. El hombre me dijo que sacara todas mis cosas y se las entregara, y para que no me hiciera nada le di todas mis cosas. Se fue corriendo en dirección contraria”, comentó a Gaceta Ciudadana.

Los ñus y los cocodrilos

La masa de usuarios en el Metro (5.5 millones por día) es como la migración de los ñus: el desafío consiste en librar el río (12 líneas, 198 estaciones) y no ser devorado por los cocodrilos.

Tan solo en el 2016 hubo más de 1,600 detenciones de delincuentes, mayormente por robo.

El portal “Ciudadanos en Red”, publicó cifras de la Procuraduría General de Justicia de la Ciudad de México sobre la incidencia del delito de robo a pasajeros del Metro, y en ellos se menciona que en los primeros 11 meses de 2016 se iniciaron 673 averiguaciones. La cifra incluye robos cometidos con y sin violencia.

Esto representa un incremento del 66% en comparación con los 404 atracos registrados oficialmente por la Fiscalía Especializada en Delitos cometidos en el Metro en el mismo periodo de 2015.

La sensación de inseguridad se manifiesta tanto en la superficie como en el subterráneo.

Un estudio del Centro de Opinión Pública de la Universidad del Valle de México realizado en 2016 señala que el 70% de los capitalinos, independientemente de si utilizan el transporte público o privado, se preocupan por sufrir un asalto o robo.

Los delitos de tipo sexual (acoso, tocamientos y abusos) se han reducido 15 por ciento, según la Procuraduría local, aunque el Instituto de las Mujeres y el Consejo de Seguridad Pública llevan registrados mil 473 faltas en lo que va del año.

Sin embargo, a pesar de las acciones emprendidas, las acciones en contra de quienes realizan las mismas prácticas entre hombres brillan por su ausencia.

Durante el recorrido que realizó GC, el reportero vivió el acoso de un sujeto que en la estación Merced se le colocó atrás y al verse sorprendido sólo sonrió, acercándose más. En la siguiente estación se buscó a un policía para denunciar el acoso, pero ningún uniformado se encontraba en los andenes para recibir la queja.

Las cucarachas y el estrés

De todo ocurre en el Metro: una avería, un retraso en los convoyes, el desquicio de los usuarios que quieren llegar puntual a sus hogares, una horda iracunda apretujada sobre la puerta, una riña, un acoso, un robo, un accidente, una balacera, un desmayo, un suicidio, un concierto o el encuentro de dos miradas empáticas.

Sin embargo, la inseguridad en la sardinera naranja y sus situaciones cotidianas, afirman especialistas, genera estrés.

Y es que el desempeño del usuario en el Metro va desde el sprint de los 10 metros planos o la famosa lucha cuerpo a cuerpo para tomar la escalera, primero, y agarrar lugar (sentado) después.

“¿Me permites?, yo también voy a pasar”, le dice una mujer de cabellera china a otra delgada de lentes, quien no cede el paso y avanza para bajar en Chilpancingo.

“No mames”, ya se me hizo tarde, dice un usuario en Puebla. En la misma estación una señora se da por vencida: “ya perdí mi trabajo; es la tercera vez que llego tarde”.

Dentro del tren pocos usuarios ponen atención a lo que los rodea o pierden la mirada en un punto. Van pegados a sus celulares, escuchando música; sentados sobre la articulación del vagón de la Línea 2. Se encierran en juegos como “Piano keys” o en lecturas como “El nazi y el psiquiatra” o “Secretos de una mente millonaria” o, como si faltara tensión a la cosa, en lecturas de diarios de nota roja.

Esa “receta” la aplica Sirenia Antolín Álvarez, quien diario viaja de Culhuacán a las inmediaciones de la Voca 4 (una ocasión pretendió hacer el viaje en auto particular. No le quedaron ganas. Tres horas se tardó).

Cuando viaja en el Metro agarra su libro o escucha música para destensarse de su viaje que ahora “sólo” le ocupa hora y media.

Es consciente de los empujones, que los vagones vayan repletos porque, dice, “ya somos muchas cucarachas en la cocina”.

Gaceta Ciudadana
Por Cristian Núñez
Kevin Ruiz, Ernesto Osorio
y José Antonio Sandoval
Ciudad de México
Viernes 19 de mayo de 2017.

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