Los 40 ladrones


Jorge Volpi

Deberíamos recordar que, en este país de fábula, lo ocurrido con este gobernador no es una anomalía, sino un síntoma

Un gobernador es acusado, una y otra vez, de corrupción. Y no de la corrupción que en este país de fábula se asume como normal -un lugar en el que a nadie le sorprende que un funcionario público utilice el puesto en su provecho-, sino de una corrupción monstruosa. Valdría la pena preguntarse cuándo se pasa de una a otra y cuándo un político rebasa la paciencia de los ciudadanos y el límite de lo que éstos toleran. En fin. Ante las denuncias, el susodicho alega lo que todos los de su calaña: una campaña de linchamiento, motivos tenebrosos en las acusaciones y una vil conspiración de la prensa. Declara esto, muy orondo, en uno de los estados en donde más periodistas son asesinados. Y luego añade: "nada tengo que ocultar" y "mi conciencia está tranquila".

El listillo espera que, como les ocurre a casi todos sus colegas, esta cortina de humo disipe la atención, en espera de que otro escándalo -por doquier abundan- le arrebate los reflectores. Esta vez no ocurre así. La corrupción es tan monstruosa, que incluso el gobierno federal -de su mismo partido, el cual lo ha presumido como modelo de probidad- comienza a preocuparse. Porque, al parecer, nuestro amigo no se ha conformado con vaciar las arcas locales como la mayor parte de sus compinches, sino también los fondos que le llegan desde la capital.

Frente al acoso, el espabilado tampoco cede. Sabe que en este país ningún político de alto nivel va a la cárcel a menos que haya caído de la gracia presidencial. Y él, con una soberbia apenas inferior a su venalidad, confía en que el Presidente lo adora. De modo que, lleno de confianza, se echa para adelante. Valiéndose del enredadísimo y costosísimo y a fin de cuentas inútil sistema de transparencia de este país de fábula -diseñado para impedir pequeños desfalcos y castigar minucias administrativas, no para controlar a los peces gordos-, el gobernador hace pública su declaración patrimonial. Los ciudadanos descubren, azorados, que el miserable apenas tiene un departamentito y un par de coches viejos. Un político pobre es un pobre político.

¿Cinismo extremo? Ni siquiera. Apenas el habitual entre los políticos de su clase. Sólo que, en este caso, no repara en que ha empezado a convertirse en un lastre para el mismo gobierno que lo encumbró. Su vanidad, en este punto, supera a su desfachatez. Contra las cuerdas, contraataca. Se pasea de un noticiero a otro -y desembolsa millones para acallar a la prensa vendida- clamando su inocencia. Por primera vez rebasa a sus émulos: anuncia que pedirá licencia para enfrentar las calumnias. Y, en efecto, envía la solicitud al Congreso local. Pero no enfrenta calumnia alguna, sino que se escurre del país valiéndose de la red de complicidades que tejió durante años.

Lo digo de nuevo: el gobernador más vigilado simplemente se esfuma. El bochorno del gobierno federal parece sólo superar a su miedo. La persecución dura largas semanas, hasta que el prófugo es capturado al sur de la frontera. Y entonces, en vez de que sus perseguidores aprovechen la buena voluntad de los vecinos para expulsarlo fast track, le permiten quedarse y emprender un largo camino legal para detener la extradición.

Para explicarnos esta historia deberíamos recordar que, en este país de fábula, lo ocurrido con este gobernador no es una anomalía, sino un síntoma. Al menos desde la Revolución -ignoro los datos del siglo XIX-, este país ha sido administrado del mismo modo por unos gobernadores (de partidos opuestos pero intercambiables) que siempre, sí, siempre, han hecho fortuna adueñándose del dinero público. Que han usado su posición para emprender negocios, obtener concesiones, enriquecer a sus familias y a sus amigos. Y que jamás han temido represalias judiciales por su conducta.

Cuando a este país de fábula mejor le ha ido, ha sido cuando unos pocos de sus políticos han privilegiado el interés general frente al personal -los casos se cuentan con los dedos de una mano-, pero ésta sí es la excepción y no la regla. Ni democracia ni oligarquía. Los griegos la llamaban cleptocracia. El gobierno de los ladrones.

@jvolpi

Reforma
Jorge Volpi
Ciudad de México
Sábado 22 de abril de 2017.

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