Sometimiento

René Delgado

Quizá por la costumbre de someter desde el poder, la administración acepta sin mayor reparo el sometimiento ante el poder del gobierno de Estados Unidos. Sólo así se explica la actitud obsequiosa y conciliadora -dicho con suavidad- con que la administración priista atiende y recibe los insultos y las agresiones de Donald Trump y sus sheriffs.

No acaba Trump de establecer qué quiere y, sobre todo, qué puede, y la administración de acá se desvive en darle satisfacción. No acaba el hombre de sentarse y asentarse en la Oficina Oval -gobernar también es cuestión de asentaderas-, y ya se precipita la administración a negociar sus caprichos, mostrando comprensión. No acaba de integrar su equipo y fijar líneas de acción, y ya se calcula qué ofrecerle. No acaba el espontáneo de perfilar su grado de bipolaridad, y la administración ya se mueve al ritmo de su locura.

Al paso de los días, la conducta de la administración antes, durante y después de que Donald Trump asumiera el poder revela cómo venera el poder: con adoración y miedo. Imponiéndolo donde puede y doblegándose donde la somete.

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Sí, en estos últimos días, los operadores del presidente Enrique Peña Nieto han respingado ante el sometimiento, pero no se han resuelto a resistirlo.

Aceptan el muro, pero no pagarlo. Consienten reabrir el Tratado, pero no descartarlo. Toleran la deportación de nuestros paisanos y otros nacionales, pero no masiva. Admiten la criminalización de los indocumentados, pero piden no maltratarlos. Acuden allá y reciben aquí a los interlocutores, pese a los modales. Se declaran ahora orgullosos latinoamericanos, pero no dejan de mirar y anhelar el norte, pese al problema de seguridad nacional supuesto en depender de ese sólo polo. Piden la unidad ante el exterior, pero rechazan el acuerdo al interior.

Tan dados a plantarse en su postura hacia dentro del país, el mandatario y sus operadores se descuadran hacia afuera, y la duda los hace presa de sus titubeos e indecisiones, dentro y fuera. Tan dados a dar largas a la atención y solución de los problemas internos, se desbocan en resolver las intenciones de Donald Trump, aun cuando ni él las tenga claras.

Es el espectáculo del bufón que se burla de los siervos y teme no sacarle una sonrisa al rey... sin advertir que el rey va desnudo.

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Es temerario formular estos juicios a partir de lo que se alcanza a ver desde el graderío de la política, pero la administración no muestra interés en elaborar una política de información y comunicación ante la difícil circunstancia. Entre sus fracasos, el de la comunicación vulnera acelerada y brutalmente sus posibilidades.

Un ejemplo. Fuera de grabadora pero casi pidiendo publicarlo, se anuncia la petición presidencial al gobernador del Banco de México, Agustín Carstens, de permanecer en el puesto hasta noviembre. Se funda la solicitud en la idea de asegurar la estabilidad económica y financiera en la complicada coyuntura pero, sin explicación cabal y oficial del giro, la decisión abona las especulaciones. Hay quienes piensan que, como siempre, se patea el bote hacia adelante, en vez de encarar el problema desde ahora y perfilar manifiestamente al responsable de reemplazar a Carstens en el Banco. En ese contexto, hay quienes ligan la postergación de esa salida con la precipitación de tener claridad en la relación con Estados Unidos hacia finales de año y, así, tener margen de maniobra electoral ante el destape de quien, al final, abandere al tricolor en la contienda por la Presidencia de la República.

En esa lógica, estos últimos consideran que al Banco se iría José Antonio Meade que, como suspirante presidencial, se achicharró con el gasolinazo y, a sustituirlo en Hacienda, el hoy director de Pemex, José Antonio González. Se verían, entonces, las posibilidades del canciller Luis Videgaray que ha hecho del error su escalera al cielo o, en su caso, las de otros gallos propios o ajenos, por no decir empanizados.

Tal desinformación obliga a considerar que, tras el supuesto afán de fijar una política de Estado frente al imperio en decadencia, la administración juega a fijar una política (electoral) de partido. Y, ahí, cobra sentido la marginación del secretario Miguel Ángel Osorio Chong en la política estatal, a fin de anular su participación en la política electoral.

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¿La administración reconoce la frontera entre la precipitada política de Estado frente al vecino del norte y la angustiada política electoral del partido que pierde día a día la posibilidad de presentar un candidato presidencial competitivo? ¿Distingue lo estatal de lo electoral?

A finales de año se sabrá si la administración, ante el interés electoral, sacrificó o defendió el interés nacional.

· No todos los Ministros son iguales
 
A raíz de la crítica hecha en el Sobreaviso anterior a "los ministros de Justicia de un país injusto (que) declinan tener el gesto solidario de reducir su exorbitante sueldo porque irían contra la ley", una fuente respetada y respetable de la Suprema Corte proporcionó esta información:
 
Los ministros no fueron consultados sobre la petición de disminuir su salario. La respuesta fue firmada por el secretario general de la Corte, por instrucciones del presidente, sin conocimiento ni consentimiento del Pleno. Los ministros se enteraron por la prensa de esta situación. Hay malestar interno por haberse respondido sin considerar a los integrantes del Pleno. Algunos ministros estarían de acuerdo en una renuncia temporal a una parte de su salario como símbolo de solidaridad y sensibilidad social. En suma, los ministros no se han pronunciado sobre el tema de sus salarios.

¿Aclarará algo el ministro presidente de la Corte, Luis María Aguilar?

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Reforma
Sobreaviso
René Delgado
Sábado 25 Feb. 2017.

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