Jesús Silva-Herzog

Nos dedicamos a la fuga. Nuestra historia reciente parece un relevo de huidas. Encontrarle a cada problema una evasión. Volteamos la cabeza para no ver lo que tenemos frente a nosotros. Inventamos palabras para no nombrar la realidad. Nos engañamos con proezas falsas para evadir la tareas ordinarias. Si hoy constatamos nuestra debilidad es porque llevamos décadas de cerrando los ojos, posponiendo lo inaplazable, escabullendo lo elemental.

Estos días se publicó un artículo en el New York Times sobre el agua en la ciudad de México. El reportaje se inscribe en una serie sobre el cambio climático y el desafío de las grandes ciudades en el mundo. No hay buenas noticias: la capital mexicana está al borde del desastre. El líquido escasea, la ciudad se hunde. Regala el agua a los más ricos y cobra fortunas por ella a los más pobres. Mientras el planeta se calienta, una catástrofe urbana se gesta bajo nuestro suelo. Torpe trabajo el del diario neoyorquino porque Michael Kimmelman, el reportero, no se percató que la ciudad de México se ha refundado. Es otra porque ya tiene constitución. Se nos dice que es ejemplar y modernísima. Que es el resumen de nuestras ilusiones, una brújula para orientar el paso y, además, un espejo en el que se contempla la república misma. Se nos dice que es el certificado de una nueva ciudad. No quisiera gastar más tinta en la crítica a la constitución capitalina. Hoy, a unos días de promulgada, ya nadie habla de ella. En lo que quisiera detenerme es en el acto legislativo como una forma de la evasión. Dictar leyes como una puesta en escena: hacer de la política, teatro. No hacer, decir que se hace. Y en ese decir, esconder que se hace poco.

Las últimas décadas han sido décadas de obsesión legislativa. Hemos llegado a identificar el éxito o el fracaso de los gobiernos con su capacidad para reformar las leyes. Hemos convertido al congreso en el certificado de eficacia gubernativa. La reforma de las reglas aparece como el único trofeo de la política. Verlo así es una confusión grave. Lo es porque desplaza la responsabilidad de gobernar al ámbito de la deliberación y del control. Porque desmerece el necesario antagonismo entre poderes. Es una trampa también porque la ley entre nosotros suele ser elusión. Legislar para escapar de los enredos de la gestión, del proyecto concreto o el remedio práctico y entretenerse en los vericuetos de la norma.

En el otro extremo de la acción política puede haber fuga también. Pienso en los actos de fuerza igualmente como actos que conducen a una huida frente a la complejidad. Arrebatos que generan un efecto político inmediato sin mejorar las capacidades del Estado. Pienso en concreto en el llamado de Felipe Calderón a la guerra, esa guerra que ha continuado el gobierno actual. La declaración de hace diez años no puede ser interpretada como una determinación afrontó el desafío con visión de Estado. Con su sangrienta secuela, aquella declaratoria fue otra forma de la evasión, una fuga de consecuencias funestas. Por supuesto, el presidente panista encaró la violencia. Pero al hacerlo evadió la tarea esencial: fortalecer las capacidades del Estado. La crisis de la violencia no condujo a la fortificación del estado de derecho sino a una expansión militar. El ejército mismo aborrece una misión que no le corresponde. El resultado es inocultable: más violencia y menos derechos, más sangre y menos ley. Tras una década no estamos siquiera en camino de acercarnos al orden con libertades. ¿Se puede negar que la verdadera tarea se pospuso? La emergencia no dio paso a una estrategia de Estado, sino una fuga de efectos dramáticos. La apuesta militar postergó, por enésima vez, la edificación de la ley.

Pensaba Ortega y Gasset que la política era el conjunto de problemas que se nos imponen y que no es posible eludir. Será que por acá no hay política, hay teatro. Teatros de saliva y de sangre.

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Silvaherzog/

Twitter: @jshm00

Reforma
Jesús Silva-Herzog Márquez
Ciudad de México
Lunes 20 de febrero de 2017.

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