Jesús Silva-Herzog Márquez

Se equivocan quienes piensan que la unidad fortalece. Hablar como si fuéramos uno nos debilitaría. Sería, por supuesto, una falsificación. Imposible hacer desaparecer las discrepancias, borrar las desigualdades y los agravios, negar la contraposición de nuestros propios intereses. Pero esa fingida cohesión no solamente sería una farsa, sería, sobre todo, una mala estrategia. El pluralismo no amenaza el interés nacional como nos quieren convencer quienes ven con sospecha el disenso ante la amenaza. Hay mil maneras de defender al país. Creer que la única forma de hacerlo es respaldar al gobierno o deponerlo es abdicar de las muchas formas en que podemos hacer valer los intereses nacionales. ¿En verdad creen los promotores de la unidad que tener una sola voz frente al patán nos permitiría defendernos mejor de su amenaza? La diversidad no nos hace vulnerables. Lo que nos debilita frente al agresor son nuestros fracasos no nuestras diferencias.

Nos tienta el pensamiento bélico, ese que tacha de antipatriótico al pluralismo. Se evoca la disciplina y el sacrificio del Ejército como si fueran el gran ejemplo cívico. El soldado como el ciudadano auténtico. Tal vez podría entenderse el recurso retórico por la gravedad de las ofensas, por la seriedad de la amenaza. Pero el reflejo es torpe. No enfrentamos una invasión militar. Los retos que tenemos son muy distintos y no podrán encararse si pretendemos postergar el desacuerdo. Pensemos en los retos más graves: el de los migrantes y el del comercio. Las comunidades de mexicanos que viven allá enfrentan el odio que Trump ha cultivado y viven con miedo de la deportación. La economía mexicana se tambalea ante la incertidumbre del nuevo proteccionismo. No hay embudo que pudiera concentrar las energías mexicanas de manera eficiente para defender a los migrantes y para cuidar la economía del país. No habría representante, por lúcido y patriótico que fuera, con la capacidad de encarnar la defensa del país. En ambas tareas se requiere lo contrario de la unión: el vivo conflicto por los derechos y los intereses.

Pienso en el Tratado de Libre Comercio. El acuerdo, como es natural, ha tenido en México ganadores y perdedores. Si bien hay regiones y sectores que han obtenido enormes provechos del arreglo comercial, también es cierto que hay zonas y sectores que están lejos de ser beneficiarios de la integración. Si el acuerdo se abre a la renegociación, sería inaceptable el silencio de los damnificados. En defensa del interés nacional, la desunión es necesaria. Quiero decir que la pretensión misma de la unidad niega las complejísimas contrariedades de nuestra relación con el vecino. Apostar a la armonía es silenciar (otra vez) a los perdedores. Si el gobierno mexicano habrá de sentarse a negociar reformas al Tratado, necesitaremos mucha desunión. Visible y ruidosa desunión. No hay motivo racional para confiar en los emisarios. Es irracional creer que este gobierno pueda descubrir, en la última hora, dignidad frente al agresor.

El anhelo mismo de la unidad es un agravio. Es la aceptación de que muchos han de callar sus exigencias para rendir honores a la abstracción nacional. No hay por qué lamentar nuestra desunión. Lo criticable es el colaboracionismo del gobierno federal, su apuesta por endulzar las ofensas, su disposición a pagar cualquier precio por mantener la apariencia del libre comercio. Lo criticable es la irrelevancia e, incluso, la indignidad de nuestras instituciones representativas. Lo criticable es el aldeanismo de los partidos de oposición. Lo criticable es la ausencia de un sindicalismo autónomo y potente. Que en la sociedad civil, que en la clase política, que en los foros de la opinión haya desacuerdos sobre el modo de encarar la amenaza no es mala cosa. Que haya distintas maneras de hacer visible la indignación por el xenófobo no me parece preocupante. El problema no es la desunión. El problema es la politiquería.
 
http://www.reforma.com/blogs/silvaherzog/

Reforma
Jesús Silva-Herzog Márquez
Ciudad de México
Lunes 13 de febrero de 2017.

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