Acuerdo en pos de la unidad


René Delgado        

Siempre es difícil pedir a otro lo que uno niega a los demás.

Desde hace tiempo y de modos muy distintos se instó al presidente de la República a unirse a la nación y encarar, con ella, los problemas internos, causa del malestar social, el descreimiento en las instituciones, el abatimiento de la esperanza democrática y, desde luego, el descrédito de la propia figura presidencial. Se desoyó ese llamado y se desecharon las oportunidades que la propia adversidad ofrecía para girar y fortalecer los puntos de apoyo de la administración, acortando la distancia con la ciudadanía.

No por ello es momento de regatear la unidad nacional en torno al mandatario frente a la amenaza externa, pero tampoco de otorgarla sin impulsar un acuerdo al interior que, dentro y fuera, le dé perspectiva al país. Sí a la unidad nacional al exterior, pero a partir de un acuerdo al interior. Pedir lo uno sin lo otro es una ilusión.

No puede la administración convocar a la unidad nacional, sin acercarse a la nación.

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En medio de la circunstancia donde, hoy, se conjugan los problemas internos y externos en presagio de un tiempo mexicano atroz, lo único claro es que la política de siempre no va a arrojar el resultado pretendido.

Y el resultado pretendido no puede ser otro, sino el de asegurar la vigencia de las instituciones frente al desbocamiento del malestar, atemperar las medidas económicas que lastiman a la gente, fortalecer la seguridad pública y la estabilidad en los destinos turísticos que, hoy, son la única entrada regular de divisas, y cuidar con celo y honradez el proceso electoral del año entrante a fin de garantizar, lo mejor posible, la transmisión del poder.

Dicho en breve, la acción gubernamental en este último tramo del sexenio sólo puede tener por objeto fortalecer el Estado de derecho, dar congruencia y consonancia a la política interior y exterior, conducir la política económica y social sin tinte electoral, retomar el camino de la transición a la democracia y defender la soberanía.

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La política de siempre no sirve ante la realidad prevaleciente.

Es un sinsentido practicar una diplomacia reactiva y servil frente a un gobierno, como el de Donald Trump, que aún no se establece ni acaba de fijar sus posibilidades. Un sinsentido insistir en la comunicación oficial que confunde información con propaganda, lanza cada tercer día un mensaje sin contenido, y cierra el oído al reclamo de rendir cuentas. Un sinsentido continuar la política cupular que margina a la ciudadanía interesada en participar con propuestas. Un sinsentido cuidar al preferido a costa de la división y descoordinación del gabinete, creyendo que en cuanto pase lo que está ocurriendo habrá forma de reposicionar al favorito en las preferencias electorales.
Lo que está sucediendo demanda un gobierno y una estrategia de emergencia nacional y, para eso, no sirve la política de siempre. Esa política no atempera el problema, lo agrava... hacia adentro y hacia afuera.

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Hoy, hay quienes piden guardar la demanda ciudadana de atender el problema interno en favor de la unidad nacional que exige la amenaza externa.

Es imposible. Invocar a tener fe ciega en un gobierno ciego supone hacer de la ceguera generalizada el credo nacional. Supone renunciar a ver de lejos y de cerca, hacia adentro y hacia afuera, a darle la dimensión justa al problema y a tener perspectiva. La ceguera compartida es aceptar la oscuridad como hogar de las necesidades y los anhelos. Por lo demás, a nadie escapa el socorrido recurso político de crear o crecer artificialmente a un enemigo nacional interno o externo para, bajo la justificación de confrontarlo unidos, evadir la responsabilidad de atender los problemas que dividen al país y, en verdad, vulneran sus posibilidades.

Sí, Donald Trump es un peligro para México, pero también la pusilanimidad política, la corrupción voraz y la impunidad criminal, la negligencia. Y, mientras el gobierno estadounidense no se asiente y establezca el límite y el horizonte de su locura, es imposible determinar qué hacer y qué no.
Lo que sí es posible y realizable, justo para fortalecer la unidad ante el gobierno del troglodita, es actuar frente a los males nacionales cuyas variables se pueden controlar. Esa posibilidad depende en mucho de, vaya paradoja, la disposición presidencial para practicar la unidad con la nación y recibir, en reciprocidad, la unidad de la nación con él.

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El armado del acuerdo en favor de la unidad sí es posible.

Tal posibilidad exige, desde luego, abrir el gobierno a quienes revisten capacidad, credibilidad y dan confianza a la ciudadanía. Y, a la vez, cerrarlo en definitiva a quienes son emblema de pusilanimidad. ¿Cómo explicar la reincorporación de Luis Videgaray que hace de cada error su mejor acierto y de Virgilio Andrade que entiende la función pública como ejercicio de encubrimiento y complicidad? Se puede integrar un gabinete de emergencia, hay cuadros capaces y confiables. Hacer lo de siempre con los mismos, lejos está de ser fórmula de solución.

Si, al arranque de la administración, el presidente de la República tuvo la audacia de convocar a los partidos establecidos para pactar las reformas que consideraba fundamentales para su proyecto, hoy podría convocar no sólo a los partidos sino también a los grupos activos de la sociedad -ciudadanos, académicos, gremiales, patronales e intelectuales- para acordar un pacto integral de corto y mediano alcance no para la administración, sino para la nación en su conjunto.

Convocar a la unidad exige determinar en qué estamos de acuerdo. Sí a la unidad, sí al acuerdo. No hay tiempo, urge acordar para conjurar el desencuentro teniendo enfrente una amenaza que demanda unir esfuerzos.

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Reforma
Sobreaviso
René Delgado
Ciudad de México
Sábado 11 de febrero de 2017.

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