Carlos Ferreyra Carrasco

El tan mencionado gasolinazo, repudiado en todos los tonos y por todos los habitantes del país, inclúyanse los que ni siquiera pueden soñar con algún día tener un coche, representa el principio de un alzamiento que habrá de manifestarse lo mismo en actos públicos que en hechos pasivos y, desde luego, boicot al gobierno federal y sus representantes más acabados y descastados: los legisladores.

Sabemos de sobra que con la modernidad y la apropiación de las decisiones de gobierno por parte de los grupos de alumnos harvardianos y de otras escuelas similares, que no les importa nada más allá que la oportunidad de salir un buen día de este país de mugrosos y llegar a la burocracia dorada, la internacional que les garantiza riqueza casi inmediata y jubilación eterna.

Con nuestras aportaciones a esos clubes tan exclusivos. Dos ejemplos de los cientos que se pueden aportar: la huida reciente de Agustín Carstens y la huida tiempo ha del Ángel de la Dependencia, Miguel Ángel Gurría.

Ambos, seguidores fieles de los dictados del Fondo Monetario Internacional, el primero en el Banco de Bancos y el segundo en la OCDE, organismo desde el que con inquietante periodicidad dicta senderos a la política social y económica del país.

De allí vienen, aseguran los que dicen saber, las líneas de conducta para privatizar el petróleo que de hecho ya estaba en manos de unos cuantos. Y de allí provino la prohibición para construir refinerías, supuestamente intención de Felipe Calderón que con sus fallidos propósitos lo único que logró fue repletarles la bolsa de dinero al gobernador de Guanajuato, panista, y a quienes están especulando en Hidalgo para la erección de una gran ciudad al estilo Tlatelolco. Él, entre los beneficiados.

Estamos importando el 65 por ciento de la gasolina que consumimos. Se le compra entre otros, a Shell uno de los tiburones energéticos del mundo y a con el que se negocia la apertura de cientos de estaciones de servicio. Las que distribuirán su producto según su conveniencia comercial. El consumidor, a la basura.

Estúpidamente el gobierno mexicano sostiene que las refinerías no son redituables, sin embargo tiene grandes inversiones de ese tipo en Texas de donde también importamos el combustible pero con una diferencia sustancial: en las gasolinerías que bajo franquicia de Pemex tenemos en el sur de Estados Unidos, nuestro producto se vende a menos de 8.00 (ocho pesos mexicanos) el litro que en México costará en adelante de 16 a 18 pesos litro.

Por cierto, publican por ahí, en Estados Unidos hay 140 refinerías mientras en Japón existen 50, pese a que los orientales no tienen fuentes propias para abastecerse de petróleo.

Para reforzar nuestra inconformidad, se denuncia en el oasis del norte que al anterior director general de la paraestatal, con extensión al actual y con supuesta anuencia del presidente de la República, se le entregaron sesenta millones de dólares de un cohecho.

Confesado por los empresarios brasileños concesionarios, beneficiarios y usufructuarios del petróleo de todos los mexicanos aunque en poder de uno cuantos rameros sindicalistas y funcionarios federales que les acompañan. Los norteños aplicarán multas y amenazan con penas hasta de cárcel a los que cometieron el delito de cohechar funcionarios mexicanos a los que en México nadie molestará ni con el pétalo de una investigación.

Las repercusiones del aumento en los combustibles será muy fácilmente predecible: al abandonar el Estado su tarea como rector de la marcha económica del país, y su obligación de proteger los intereses de los ciudadanos, está propiciando la liberación a la que se encuentran sometidos los sectores más bajos de la sociedad. El ejemplo clásico, la olla a presión.

Por lo pronto, los gerifaltes que se están enriqueciendo a ojos vista y que además lo presumen abierta y cínicamente, deberán tomar nota de que en donde se hagan presentes sufrirán toda suerte de desaires y ofensas, extensivas a todo lo que huela a político. Con el agravante de que crecen las dudas al no echarle mano a los increíbles ladrones que, como Duarte, afirman que entregaron 2,500 millones de pesos al hoy mandatario. Y por eso le permiten su huida con diez veces esa cantidad.

Y para mayor entendimiento, se sabe que salió del país y en el mismo momento se autorizó a sus suegros a salir de México.

A Granier, el hombre de las mil camisas y de los cinco mil millones robados al erario, se decide liberarle sus propiedades. Ya puede gozar de su riqueza como lo ha hecho Raúl Salinas.

Si en las alturas (todos viajan actualmente en helicóptero) no pueden registrar la ebullición popular, pronto tendrán noticias cuando empiecen a sentir en carne propia la furia de los frustrados habitantes del país. De todos.

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Puebl@Media
Carlos Ferreyra Carrasco
Miércoles 28 de diciembre de 2016.

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