Jorge Ibargüengoitia: “Transformaba la mala leche nacional en literatura es su gran mérito, su rasgo genial”, decía Margo Glantz del escritor. (Especial) Jorge Ibargüengoitia: “Transformaba la mala leche nacional en literatura es su gran mérito, su rasgo genial”, decía Margo Glantz del escritor. (Especial)


Tres obras del novelista, cuentista, dramaturgo y cronista Jorge Ibargüengoitia, figura original y notable de la literatura mexicana.

Los movimientos editoriales de nuestra época son difíciles de anticipar. En la medida en que los sellos se han aglutinado masivamente en grupos transnacionales, a veces los libros quedan encapsulados en el territorio de distribución de su propio país y otras veces, sin una lógica aparente, los textos más extraños saltan la frontera y llegan a otro país del continente, a otras librerías. Ese es el caso de tres libros del mexicano Jorge Ibargüengoitia que han aterrizado en estos días en las estanterías argentinas en ediciones de bolsillo. Los colofones indican que se trata de ediciones mexicanas, quizás un remanente que viajó en avión y que, más por accidente que por diseño, nos repone a un escritor importante del siglo XX mexicano.

Nacido en 1928 en Guanajuato, Ibargüengoitia empezó a estudiar ingeniería, pero el interés por esa disciplina no le duró demasiado. Se consagró entonces a la escritura, pero lo hizo primero desde el teatro, porque algunos amigos le habían dicho que tenía buen oído para los diálogos. En efecto, como novelista incorporaría como una marca de fábrica esa suerte de oído absoluto, aunque los suyos son textos que no están cargados de diálogo (no es Puig, digamos), sino que los usa en instancias narrativas muy puntuales, como si el diálogo fuera su bala de plata, el as de espada, una moneda que no hay que sobreimprimir para que no se devalúe. El teatro fue sin embargo un puente: duró poco y se pasó rápidamente a la escritura de prosas de todo tipo, de artículos a cuentos, de ensayos a novelas. Entró al mapa vivo de su época con Los relámpagos de agosto, para muchos su mejor novela, una parodia de la Revolución mexicana en la voz de un general caído en desgracia que dicta sus memorias. Publicado en 1964, no es tanto una desacralización de la Revolución como un giro paródico de la novela de revolución como género, muy difundida y prestigiosa en la literatura latinoamericana de aquellos años. En 1969 haría lo mismo con Maten al león, pero esta vez el género que se devora y escupe con una carcajada es la novela de dictadores, sacándole solemnidad a un tema del que todavía nadie se animaba a reírse.

En algún momento de su vida Ibargüengoitia se fue a vivir a Europa, a Londres y a París, y es posible que esa distancia con México, que fue siempre el territorio intelectual y emocional de sus textos, haya sido productiva para poder decir ciertas cosas que a veces es difícil enunciar cuando estamos muy cerca del objeto de nuestras críticas. Margo Glantz dijo que “Jorge tenía el don de la maledicencia, era terrible. Transformar esa maledicencia cotidiana, esa mala leche nacional en literatura es su gran mérito, su rasgo genial”. Hoy, quizás, muchos de sus textos se podrían leer bajo la categoría de la literatura antinacional que propone Josefina Ludmer, con Horacio Castellanos Moya o Fernando Vallejo, por caso. Para determinarlo, por lo pronto, hay que volver a leerlo desde el siglo XXI, bajo un nuevo cielo teórico, y la llegada de Los relámpagos de agosto, de los cuentos de Estas ruinas que ves y de los artículos de Instrucciones para vivir en México son el convite ideal para el que quiera acometer esa empresa.

Clarín
revista Ñ
Mauro Libertella
Buenos Aires, Argentina
Domingo 30 de octubre de 2016.

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