Nicaragua, el descaro de un régimen

Rosario Murillo y Daniel Ortega durante un aniversario del Frente Sandinista de Liberación Nacional. Foto: AP / Esteban Felix Rosario Murillo y Daniel Ortega durante un aniversario del Frente Sandinista de Liberación Nacional. Foto: AP / Esteban Felix

Daniel Ortega y su ‘revolución de pacotilla’

Muy lejano en el tiempo parece haber quedado el discurso revolucionario, progresista y democratizador de Daniel Ortega cuando era uno de los máximos dirigentes del Frente Sandinista de Liberación Nacional, que a finales de los setenta logró derrotar a la dictadura de Anastasio Somoza en Nicaragua. Hoy, ya como líder “omnímodo” del partido del mismo nombre y en su papel de presidente de ese país, Ortega se apresta a conformar una “dinastía” antidemocrática junto con Rosario Murillo, su compañera y quien ahora es candidata a la vicepresidencia. Eso es lo que aseguran sus adversarios políticos.

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- En julio de 1991, año y medio después de la primera derrota electoral que sacó a Daniel Ortega del poder, Rosario Murillo promovió su candidatura para ser miembro de la Asamblea Sandinista, el máximo órgano de consulta del Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN). Sin embargo, no fue elegida por los delegados al Primer Congreso de esta organización, quienes no reconocieron en ella la trayectoria de lucha suficiente para ser parte del selecto grupo de militantes, muchos de ellos con destacada trayectoria guerrillera contra el dictador Anastasio Somoza.

Murillo, hoy candidata a vicepresidenta de Nicaragua, compañera de fórmula y esposa del presidente Daniel Ortega, conformó entonces, sin éxito, un equipo para promoverse.

“Rosario se lanzó a la candidatura de la Asamblea Sandinista en el primer congreso en 1991 y quedó excluida por unos puntos. Entonces quisieron que Lea Guido, quien había quedado un lugar antes, renunciara para darle lugar a Rosario, cosa que Lea no hizo. Eso la resintió durante mucho tiempo con las estructuras. Se sintió humillada por esa derrota”, relata la comandante guerrillera Mónica Baltodano a Proceso.

Vilma Núñez, reconocida defensora de derechos humanos en Nicaragua y entonces presidenta del Comité Electoral del FSLN, sostiene: “No puedo decir si Daniel no la apoyó o si ella quiso independizarse de él, pero la criticaban porque era muy autoritaria, desordenada en varios aspectos. Era conflictiva, había tenido muchas contradicciones con el grupo de artistas. No sé si era eso o eran otras razones, pero realmente había gente que la adversaba en el FSLN”.

Veinticinco años después la situación ha cambiado drásticamente. Los críticos que Murillo tenía en el Frente Sandinista o ya no están o ahora la aceptan y se subordinan a sus preceptos. Su imagen es omnipresente en el gobierno que preside Daniel Ortega. Cada mediodía informa desde al menos tres televisoras y dos radios con cobertura nacional sobre todas las actividades gubernamentales y municipales que se desarrollan en el país. Ningún ministro ni alcalde puede hablar sin su aprobación.

Murillo ha sido una estrecha colaboradora de Ortega, sobre todo desde que regresó al poder en 2007, y es partícipe de los cambios institucionales que se registran en Nicaragua, país que entre el 8 de junio y el 2 de agosto ha vivido un retroceso institucional y una concentración de poder sin precedente.

En el periodo descrito la Corte Suprema de Justicia emitió una sentencia mediante la cual imposibilitó de participar en las elecciones generales de noviembre próximo a la coalición opositora con mayor fuerza; luego el Consejo Supremo Electoral les quitó la diputación a 28 legisladores opositores de la Asamblea Nacional, y finalmente Ortega proclamó como su compañera de fórmula a Murillo.

“Estamos frente a la culminación de un proceso de concentración de poder. Yo diría que estamos ya en la última etapa que comenzó en su parte más importante en 2007, cuando Ortega regresó el Poder Ejecutivo”, sostiene la política Dora María Téllez, exguerrillera y disidente del FSLN.

Primer paso: controlar el partido

Para entender cómo Daniel Ortega acumuló tanto poder en Nicaragua, al punto de controlar todos los poderes del Estado, es preciso remontarse a los años posteriores a la derrota electoral de 1990, que obligó al FSLN a reconfigurarse.

“El Congreso del FSLN de 1994 fue muy difícil para Daniel Ortega. Los resultados de las votaciones para el cargo de secretario general, que le disputó entonces el comandante de la revolución Henry Ruiz, respaldado por la disidencia, que al año siguiente se convirtió en Partido Movimiento Renovador Sandinista, fueron muy estrechos.

“En ese periodo yo fui una de las organizadoras de la corriente Izquierda Democrática, quienes entonces respaldamos a Ortega y tuvimos que trabajar arduamente. Yo creo que en ese momento Ortega se dio cuenta de lo que significaba el aparato partidario, al que nunca le había dado importancia, y se propuso seriamente controlarlo de forma personal”, relata Baltodano.

El 7 de mayo de 1994 el diario Barricada, que en la década de los ochenta fungió como aparato de propaganda del FSLN, abrió con una cita de Ortega a seis columnas: “No aspiro al 96”. Se refería a las elecciones generales de 1996. Pero sí aspiraba.

Baltodano recuerda que antes de esos comicios hubo varios precandidatos presidenciales. “Un año después, en 1995 la Dirección Nacional del FSLN, de la que yo formaba parte, habíamos llegado al consenso de que Daniel no debía ser de nuevo candidato a la Presidencia, y le planteamos el desafío a Mariano Fiallos, pero Mariano percibió que el propio Daniel no estaba de acuerdo y no aceptó. Daniel comenzó entonces a organizar su propia fuerza, pues nosotros ya no le resultábamos de confianza. Con este grupo controló el congreso de 1998, y a partir de entonces la Asamblea Sandinista y la dirección colectiva desaparecieron”, añade Baltodano.

Vilma Núñez fue una de las militantes que compitió con Ortega para ser candidata presidencial del FSLN en 1996. “Para entonces había aprendido a conocer la dinámica del partido y todo estaba controlado. Participé más que todo para aportar a la democratización y en un esfuerzo inútil de hacer ver que no sólo Daniel podía ser candidato. Obtuve 28% de los votos y eso lo tomó como un desafío, un irrespeto a su autoridad. En ese momento ya estaba completamente clara su hegemonía”, sostiene Núñez.

Según Mónica Baltodano, “en la medida en que iba controlando el aparato partidario, fue suprimiendo los mecanismos estatutarios de consulta democrática para elección de autoridades y para elección de candidatos a puestos públicos”.

La exguerrillera resalta que también comenzó a practicar el fraude interno, “como ocurrió en la consulta del año 2001, en que concurrieron disputándole el cargo de candidato a la Presidencia Víctor Hugo Tinoco y Alejandro Martínez Cuenca.

“En 2005, cuando Herty Lewites se quiso lanzar a disputarle la candidatura lo expulsó del FSLN junto a Tinoco, quien era su jefe de campaña, sin mediar proceso alguno. De un tajo suprimió la consulta y a partir de entonces todo quedó concentrado en sus manos.

“Al llegar al gobierno Rosario armó su propia estructura, con la que al final ha excluido a los que no son sus incondicionales. Ya ahora no existe congreso ni Asamblea Sandinista ni Dirección Nacional. Hacen teatro convocando a eventos con esos nombres, pero los integrantes son escogidos uno a uno por Rosario, y llegan sólo a levantar la mano y a fingir que hay órganos de conducción.”

La última Asamblea Sandinista de la que se tiene conocimiento ocurrió el 20 de mayo de este año. La presidieron Murillo, Ortega y otros cuadros del FSLN. En esta convocaron al Congreso Sandinista, que se efectuó el 4 de junio, en el que proclamaron a Daniel Ortega como candidato presidencial. A mano alzada votaron unánimemente a favor de que él eligiera a los candidatos a diputados ante la Asamblea Nacional y a su compañero de fórmula.

Segundo paso: regresar al poder

Daniel Ortega ha sido el único candidato presidencial del Frente Sandinista desde 1984. Entre ese año y 2016 ha participado en siete comicios. Para regresar al poder pactó con su adversario político, Arnoldo Alemán, y juntos reformaron la Constitución Política.

A criterio de Vilma Núñez, este hecho fue el principal punto de quiebre en la historia reciente y es lo que provocó la situación actual. “Es ahí cuando se reforma la Constitución y se establece que con 35% de los votos puede salir electo, se reparten la composición de los poderes del Estado. Producto de este pacto logra tener acceso al poder. Cuando gana debido a todas esas maniobras legales, empieza el control del Ejército, de la Policía, y a ejercer más influencia sobre la Corte y todas las instituciones. Él toma el poder para no volverlo a soltar. Desde que asume y logra que el Consejo Supremo Electoral (CSE) declare que ganó las elecciones en 2006, su meta es no volver a entregar el poder jamás”, considera Núñez.

En sus discursos Ortega suele recordar los orígenes sandinistas de la Policía Nacional y del Ejército, y desde que regresó al poder ha alterado el escalafón militar y policial.

Pese a todo esto, “había dejado algunos espacios de ventilación de opiniones a la oposición”, considera Dora María Téllez, y uno de ellos era en la Asamblea Nacional. Eso cambió el 29 de julio de este año.

La mañana de ese día el diputado opositor Pedro Joaquín Chamorro intentó entrar a la Asamblea Nacional pero no le permitieron su ingreso. Dos días antes 16 diputados propietarios y 12 suplentes del Partido Liberal Independiente (PLI), al que pertenece Chamorro, se habían declarado independientes debido a que el 8 de junio el CSE le había quitado la representación legal del PLI al opositor Eduardo Montealegre. Decidieron declararse independientes para no plegarse a las órdenes del nuevo representante legal del PLI, Pedro Reyes.

Chamorro no lo sabía, pero el CSE aceptó la solicitud de Reyes de quitarle la diputación a los legisladores que no le obedecieran. El CSE había aceptado e informado a la Asamblea Nacional. Por eso no lo dejaron entrar.

De acuerdo con el político liberal José Pallais, la decisión del Consejo Supremo Electoral contraviene la Carta Magna: “Intentó fundamentar su decisión en un párrafo del artículo 131 de la Constitución que establece que los funcionarios electos por sufragio que se cambien de opción electoral perderán su condición, debiendo asumir sus suplentes.

“Este párrafo fue agregado mediante una reforma constitucional de 2014, posterior a la fecha en que los destituidos habían sido electos, por lo que tal disposición, de ser aplicable al caso concreto, no podía hacerse por violentar el principio constitucional de la irretroactividad de la ley.”

Adicionalmente, añade Pallais, los diputados destituidos no se cambiaron de opción electoral, no habían dejado de ser militantes del Partido Liberal Independiente, nunca fueron parte de otra franquicia electoral; “su único delito fue exigir elecciones libres, justas y transparentes, y disentir de la dirección de su partido, aunque la disposición constitucional que se les aplicó no castiga la disidencia, sino el transfuguismo, que nunca ocurrió”.

Al quitarle la representación legal del PLI a Eduardo Montealegre, quien disputó con Ortega la Presidencia en los comicios de 2006, los opositores se quedaron sin oportunidad de participar en la contienda electoral de noviembre próximo. No tienen partido para competir y tampoco confían en los demás opositores, a quienes califican de actuar en correspondencia con los intereses de Ortega.

Tercer paso: sucesión

Lo más grave ya ha sucedido, considera Dora María Téllez.

Dice: “Ortega tiene el poder, el control total. Lo que vemos con la candidatura de Rosario Murillo es el descaro de un régimen de dinastía familiar. Lo que nos dice es que hay un anuncio de una dinastía familiar. ¿Qué otra cosa dice? Que hay un Ortega profundamente debilitado en su salud, puesto que necesita una sucesión institucional definida en su familia; ya no la busca ni desde el propio círculo del FSLN. Tienes a un Ortega cuya misteriosa enfermedad lo ha minado bastante más de lo que se cree. La familia Ortega Murillo se ha impuesto sobre el FSLN, sobre la estructura que había del FSLN y sobre los viejos líderes”.

Rosario Murillo y Daniel Ortega tienen nueve hijos. De acuerdo con un perfil de Murillo escrito por el periodista Octavio Enríquez y publicado en la revista Magazine de Nicaragua, ambos iniciaron su relación en Costa Rica durante la lucha insurreccional que se vivía en Nicaragua en los años setenta. Murillo es poeta y estudió en su adolescencia en Inglaterra y Suiza.

“El nombramiento de Rosario es como un desafío: ‘yo hago lo que quiero y pongo a quien quiero’”, analiza Vilma Núñez, y agrega: “Pero para el FSLN el nombramiento significa una muestra de desconfianza”.

El pasado 2 de agosto Ortega y Murillo se presentaron en el CSE para registrar su candidatura. Al terminar de inscribirse, frente a un grupo de jóvenes vestidos de blanco, Ortega habló abundantemente sobre la necesidad de que las mujeres ejerzan papeles protagónicos y remató preguntando: “¿Quién va a asumir la vicepresidencia para continuar el buen gobierno en este país, para continuar trabajando por la paz, por la estabilidad? ¿Quién?”.

Acto seguido respondió: “No podíamos dudar que tenía que ser una mujer, ¡y quién mejor que la compañera que ha realizado ya una labor puesta a prueba, con mucha eficiencia, con mucha efectividad, con mucha disciplina, con mucho sacrificio! ¡sin horario!”.

A Murillo la llaman La Compañera. Frente a las cámaras todos los funcionarios mencionan que gracias a La Compañera y al presidente se logran grandes avances de la gestión pública.

En junio pasado 88.8% de los encuestados a nivel nacional por la firma M&R expresaban agrado por Murillo, un porcentaje mayor que el manifestado hacia Ortega.

Desde que se formalizó la candidatura de ambos, los medios de comunicación afines al gobierno realizan notas informativas en las que se exalta a una Rosario Murillo abnegada, cercana y trabajadora. Consultan a mujeres de los mercados, en los hospitales y en la calle, y todas coinciden en que Murillo las representa.

“Para mí él no confía en nadie más que en su mismo círculo familiar. Todas las señales apuntan a que se garantiza la sucesión porque según la Constitución el vicepresidente asume si a él le pasa algo, ¿pero estará pensando que los hijos asumirán después de Rosario?”, se pregunta Vilma Núñez.

En 1998 la hija mayor de Murillo, Zoilamérica Ortega Murillo, adoptada por Ortega cuando era una niña, lo acusó públicamente por violación. La acusación fue desestimada en los tribunales porque había prescrito la acción penal y Rosario Murillo se puso del lado de Ortega, calificando a su hija de mitómana.

Mónica Baltodano recuerda que por mucho tiempo, luego de que no resultó electa en la Asamblea Sandinista de 1991, Murillo estuvo desaparecida del ámbito público. “Volvió a aparecer en la tarima un 19 de julio en 1998, después de la denuncia de Zoilamérica. Como dice su hija: el respaldo que brindó a Ortega entonces explica su ascenso meteórico y los espacios que Ortega la abrió dentro de las estructuras. Al final Rosario ha ido apartando a todo cuadro con historia, humillándolos en posiciones secundarias, y construyéndose su propio aparato principalmente con jóvenes, recién nacidos a la vida política, más susceptibles de obedecerle”.

Proceso
Matilde Córdoba
REPORTAJE ESPECIAL
Managua, Nicaragua
Domingo 21 de agosto de 2016.

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