El santuario de los terroristas islámicos en el corazón de Europa

Mercado de Molenbeek, el barrio donde la policía realizó detenciones este domingo. YVES HERMANREUTERS Mercado de Molenbeek, el barrio donde la policía realizó detenciones este domingo. YVES HERMANREUTERS

Antaño conocida como la pequeña Manchester, Molenbeek, la segunda zona más pobre y joven de Bruselas, es "un problema gigantesco", según el primer ministro

Bélgica tiene "un problema gigantesco con Molenbeek". La afirmación no es de los vecinos ni de la derecha flamenca. Es la constatación de una realidad en palabras del primer ministro del país, el liberal Charles Michel. Lo afirmó, sin pestañear, el sábado por la noche en la televisión local. "Casi siempre que pasa algo [vinculado con el terrorismo] está relacionado con Molenbeek. Se han tomado muchas iniciativas contra la radicalización pero necesitamos poner el acento más en la represión", añadió Michel.

Cualquiera que pase más de unos meses en Bruselas sabe que el país tiene un problema con Molenbeek y el radicalismo. Pero no es fácil precisar hasta qué punto, de qué tipo y, sobre todo, qué se puede hacer. Molenbeek es una de las 19 comunas de Bruselas, uno de sus distritos o agrupación de barrios más problemáticos. Es la segunda más pobre y la segunda más joven de toda la capital. Se encuadra en el oeste de la ciudad, en una amplia área que alberga a más de 95.000 personas. El porcentaje de extranjeros es muy alto, superior al 27%. La tasa de paro roza el 31 y la de los jóvenes supera el 40%. Bélgica es un país de renta alta, pero la capital es uno de los lugares donde peor se vive y donde mucha población de origen foráneo, sin conocimiento de flamenco o inglés, tiene problemas para conseguir empleos.

Al barrio se llega tras caminar apenas unos minutos desde la iglesia de Sainte-Catherine y poco más desde la Grand Place. Limita al norte, más o menos, por el parque Elisabeth y por el Este con el canal de Charleroi, inaugurado hace casi dos siglos y que evoca el pasado industrial de lo que se conocía como Petit Manchester. Una parte histórica y ahora estigmatizada. Con algunas zonas tranquilas, residenciales. Y un núcleo masificado, con una densidad de población disparada de mayoría musulmana. Las zonas que acogieron en los 60 y los 70 a miles de marroquíes y norteafricanos y hoy son un quebradero de cabeza.

Durante años ha sido el blanco de ataques desde la derecha nacionalista. Hay una parte de mito y bastante de realidad. Barrios trabajadores con cientos de tiendas o locutorios y gente que se gana la vida con normalidad. Y zonas conflictivas, inseguras, radicalizadas.

Las autoridades han mirado para otro lado durante mucho tiempo, mientras la situación empeoraba y el clima se volvía más irrespirable. De una manera u otra, la lista de los principales atentados europeos del siglo XXI, y el glosario de sus autores, conduce una y otra vez a Molenbeek. El 11M madrileño, los atentados de Londres. El ataque al museo judío de Bruselas. Los asesinatos de Charlie Hebdo. Aquí vivieron los autores o las familias de buena parte de los yijadistas que han ido a combatir a Siria e Irak, que hacen de Bélgica el país con más combatientes per cápita de la UE.

El domingo por la mañana la comuna está tranquila. Día gris y de mucho viento hay más periodistas que nunca en busca de historias y explicaciones. Hay vecinos, musulmanes, que evitan las cámaras, y grupos de adolescentes que las buscan, desafiantes, para reventar los directos de las televisiones y tratar de amedrentar a los curiosos. El mercado está abierto y lleno. No es una zona feliz ni animada. Más deprimida que amenazante, más abandonada que perseguida y harta de ser vista con una mezcla de compasión, condescendencia y temor.

"Voy a limpiar Molenbeek. No podemos aceptar esta situación más tiempo, tenemos que ver cómo atajar el problema, cómo erradicarlo de una vez por todas", amenazó la víspera el ministro federal de interior, el nacionalista flamenco Jan Jambon, arremetiendo contra los gobiernos anteriores, contra las autoridades de la ciudad y de la comuna. El Ejecutivo cree que Molenbeek no está avanzando, a diferencia de otras zonas del país con problemas similares de radicalización. Hay un problema de recursos, de falta de voluntad, de miedo y de división política.

Hay un problema, enorme, estructural. "Bruselas es una ciudad relativamente pequeña, de 1,2 millones de habitantes, pero tenemos seis departamentos de policía y 19 autoridades municipales diferentes. Nueva York tiene 11 millones de habitantes y sólo tiene un departamento de Policía", se lamentaba hace apenas unos días en un foro organizado por 'Politico'. El intercambio de información es lento y la pugna por competencias continuas. Ahora hay mediadores, un esfuerzo conjunto de fuerzas del orden, políticos, colegios, asociaciones vecinales y religiosas, pero ha llegado tarde.

"El problema no es policial, es cultural. Han dejado morir Molenbeek y más policías no van a arreglarlo. Mire a su alrededor, no hay esperanza", explica un jubilado nacido en las afueras de Rabat.

El centro neurálgico es moderno, pero alejándose un poco las calles están viejas, gastadas. Carnicerías, pequeñas tiendas de ropa sacadas de la máquina del tiempo y muchos ultramarinos. Hasta dos decenas de mezquitas registradas y quizás otras tantas que no lo están. "Ha habido cierta laxitud, cierto dejar hacer. Estamos pagando ahora la factura de no haber hecho nada en el pasado", se conjuró Michel ante los telespectadores.

Sus palabras de inversión para el futuro no suenan creíbles para los vecinos, Saben que están en el ojo del huracán, pero temen más vigilancia y presión policial, no más ayudas para evitar la radicalización. Han llegado muchos religiosos fanáticos y no fueron detenidos ni su efecto contrarrestado. "Los colegios no tienen la capacidad ni los medios, la formación es muy mala", se lamenta una madre que acude al mercado principal con su familia.

Es en Moleenbeek donde Fouad Belkacem, el líder de Sharia4Belgium, hoy condenado a 12 años de cárcel, recibía desafiante a los medios de comunicación y donde captó a decenas de jóvenes para la guerra santa en Siria. Pero el barrio no es una banlieue. Las operaciones policiales del fin de semana, con siete detenidos, junto al metro de Osseghem, se hicieron en calles calcadas a las de cualquier otro distrito capitalino.

Françoise Schepmans, la burgomaestre de la comuna, defiende estos días en todas las radios y televisiones que el barrio es "normal" y que los sospechosos y terroristas detenidos en los últimos años "no viven aquí, la mayoría de las veces están de paso". Pero es consciente de que todos, o casi, acaban pasando por ahí. De que su comuna es un santuario donde se sienten seguros, impunes.

Donde se pueden mezclar y pasar desapercibidos pese a las continuas vigilancias de los servicios de seguridad. Mehdi Nemmouche, el asesino que en mayo de 2014 hizo una masacre en el Museo Judío. Igual que Ayoub El-Khazzani, que intentó una carnicería este agosto en un tren Thalys, y su hermana. O Abdelkader Belliraj, condenado en 2009 en Marruecos por intentar un atentado. O Abdelhamid Abaaoud, conocido como Abou Omar Soussi, que se unió al ISIS.

Según el ministerio del Interior, una parte significativa de los cientos de combatientes que han ido a Siria e Irak o han muerto tenían lazos con Molenbeek. Incluyendo los 134 que han regresado al país. La Fiscalía abrió el año pasado casi 200 dosieres sobre terrorismo, según 'Le Soir'. Y las fuerzas del orden no han logrado penetrar hasta el corazón de los movimientos yihadista. Son una minoría, pero difícil de controlar, registrar y combatir.

Molenbeek no es, al menos todavía, una zona prohibida, donde no se pueda pasear, comprar o incluso entrar. Hay varias salas de conciertos muy conocidas y populares. Hay calles peligrosas y los jóvenes saben que por la noche es mejor evitar pasar, como ocurre en cualquier capital.

Pero la radicalización de los últimos años no la niega nadie. Hay imanes que captan combatientes, células durmientes como la que fue destripada en Verviers el pasado enero, según avisó ayer el ministro de Exteriores. Hay zonas donde la población extranjera supera el 90% y una evidente rabia en el ambiente. No hay esperanza, no hay medios ni hay voluntad. Los nacionalistas quieren mano dura y los vecinos temen "que eso lo empeore aún más. Los terroristas no se han criado aquí, vienen porque se pueden ocultar mejor, pero no son nuestros vecinos" lamenta Yussef, carnicero de 47 años.

La deriva era lenta pero se ha acelerado y no hay a la vista fuerzas para frenarlas. "Esto no es Bélgica" dice una pequeña pintada en uno de los callejos cerca del canal. No es un lamento, ni una amenaza, sino una constatación.

El Mundo
Pablo R. Suanzes
Corresponsal Bruselas
Domingo 15 de noviembre de 2015.

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