La imperturbable vida de Don Juan Nieto


Enrique Aguirre Nieto  
  
Hoy 24 de junio mi abuelo Juan Nieto Fierro cumple años en donde quiera que esté. Lo sé porque mi madre este día saca su veladora y la prende un rato y en silencio hace sus oraciones y plegarias al Dios benévolo que la ha guiado hasta ahora. No sé mucho de él, pero hasta donde sé era un hombre formidable, forjado en el férreo mundo de la minería en Pachuca, Hidalgo, en donde, por suerte pudo apartarse a tiempo de ese medio avasallador y transgresor.

Con los ahorros de toda su vida productiva y el incentivo de amigos, llegó a Zacatlán a probar suerte en una nueva vida dedicada al comercio. Su azarosa búsqueda del porvenir lo llevó a Las Lajas, una comunidad metida en medio del bosque, cercana a Piedras Encimadas; ahí adquirió un lote rustico a pie de amino y comenzó a construir lo que pocos años después sería la única y más prospera tienda de aquella ranchería. En plena madurez, habría dejado a su primera mujer e hijos adultos; y varios años después también de manera fortuita apareció María Álvarez, mujer recia, sobreviviente de la revolución de 1910, de larga cabellera negra, originaria de Pachuca; mi abuela, su compañera última y progenitora de mi tía Lupita y de María Flora Nieto Álvarez, mi madre.

El sino del México postrevolucionario haría todo lo impensable para sabotear la educación de mi madre y su hermana. Las Lajas apenas disponía de una escuela primaria, a donde acudieron las hijas de “Don Juanito” como era conocido el abuelo por todos los habitantes de esa demarcación. Mi madre recuerda con agrado que los días lluviosos, los más comunes en esa zona, llegaba hasta el portón el mozo de la tienda con una carretilla y una manga impermeable, para que ‘las niñas’ no se mojaran ni enlodaran los pies. Esa y otras muestras de ternura era el trato cotidiano del abuelo para con su hijas.

La tienda, en donde se encontraba absolutamente todo, fue el universo que hizo destacadas a las “Niñas Nieto”. Por la convivencia diaria o porque el abuelo se la pasaba gran parte del día en el almacén, mi tía y mi madre lo secundaban. Así, las pequeñas a manera de divertimento muy pronto se adentraron y dominaron equivalencias, pesos, medidas y las rigurosas matemáticas que obligan a cobrar exacto, que no justo.

Esa precocidad escolar precipitó las cosas en buena media, y la formación que debía tardar seis años en promedio, se acortó en por lo menos dos años. Así que el abuelo, contra su voluntad, debió de desprenderse de sus hijas, cuando estas todavía estaban muy pequeñas, para mandarlas a Puebla a terminar su instrucción primaria.

Don Juanito, no reparó en gastos y sus pequeñas que acudían a una buena escuela pública de día y por las tardes al Conservatorio de Música. Así transcurrieron varios meses, años tal vez de dicha, hasta que la fatalidad reviró de nuevo. La maestra con la que vivían y quien era su tutora fue atropellada por un autobús urbano.

Así, las hijas de Don Juanito, con más pena que gloria fueron devueltas a Las Lajas y todo se truncó. De las previsiones de Don Juanito para poderles ofrecer un mejor futuro a sus pequeñas, queda constancia de una caligrafía casi perfecta, gusto por el arte y la literatura. El abuelo, con 62 años y secuelas de una enfermedad de las vías respiratorias por su paso en la minería murió en Tulancingo, Hidalgo, centro comercial de la región en donde se surtía el almacén semanalmente.

El registro de dónde quedó sepultado se perdió con el tiempo, no así el recuerdo de un hombre bueno y cabal.  

Puebl@Media
Ciudad de Puebla
Miércoles 24 de junio de 2015.

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