Tal vez convenga “colombianizar” nuestras elecciones

Enrique Aguirre N

La primavera de 1986 llegué a Colombia para participar como periodista en los comicios para renovar las alcaldías de prácticamente todo el país.  Un joven ex concejal y reconocido periodista era uno de los candidatos por el partido conservador que sumaba enormes simpatías. Andrés Pastrana, ganaría esas elecciones e iniciaba así una meteórica carrera política que, luego de su paso por el Senado, culminaría adjudicándose la presidencia de la república de 1988 a 2002.

Mi experiencia democrática para esas fechas se concretaba al mero territorio nacional mexicano y era una rara mezcla de cinismo y pesimismo por las prácticas regulares del PRI con sus recurrentes fraudes electorales.

Ciertamente me encontré en una ciudad conservadora como Bogotá, repleta de publicidad y propaganda electoral, tan desgarbada y vilipendiada como cualquier otra ciudad de México o Latinoamérica.

Sin embargo, comencé a notar marcadas diferencias respecto de nuestros procesos electorales. Por cuestiones propias de la logística de mi periódico -el viejo unomásuno- mi arribo a la capital colombiana demoró mucho y llegue con apenas tres días de anticipación a las elecciones. La lista de aspirantes a la alcaldía de Bogotá era inmensa, más de seis o siete candidatos de las más inesperadas corrientes políticas.

Ante la dificultad de entrevistar a todos, me concentré en los tres más más aventajados, entre ellos Pastrana, desde luego. Uno para cada día antes de la elección. Para mi sorpresa, encontré a una clase política con una enorme capacidad de convocar y manejarse con enorme lucidez. Todos ellos universitarios, algunos graduados en universidades de gran renombre en EU y Europa.

Cultos, bien informados y sin dificultades de llevar propuestas de gobierno para una mega ciudad con tantos problemas como el mismo Distrito Federal. Obvio, para mí eso era lo que contrastaba.

Para la época en México, como reportero yo cubría las fuentes obrera y agropecuaria. Con regularidad trataba con líderes sindicales con enorme poder, pero con una personalidad degradada por la corrupción y su descomunal ignorancia.

Lo mismo ocurría con los caciques regionales o lideres de productores, muchos de los cuales estaban a un paso de rebuznar. Pero eso no era lo paradójico o indignante, sino que a la vuelta de los años, uno los encontraba encabezando una banda con tambores y platillos, enfundados en sus trajes tricolores, como candidato al Congreso, como aspirantes a una alcaldía o ya como aspirantes a una gubernatura.

Otra de las cosas que gratamente me sorprendió es el sentido festivo que ponen los colombianos a las campañas electorales. Y es que las plazas públicas, los sitios de reunión se ven rebosados de jóvenes con el optimismo a flor de piel. Todo ese sentido festivo, desde luego, viene de la confianza en sus procesos electorales, en donde el fraude está lejos y cuando se presenta se castiga con severidad. Demócratas y conservadores, las dos fuerzas dominantes del panorama político colombiano, han marcado bien las reglas del juego y las respetan con honorabilidad.

El viejo sistema de escrutinio no ha cambiado mucho y se basa en la confianza y el respeto a los votantes. Por pintoresco que parezca, el proceso es muy económico. Las reglas para votar en Colombia son, hasta donde pude constatarlo, bastante simples.

El gobierno no hace un despilfarro enorme en boletas y urnas. Reciclan las urnas existentes. En las plazas y lugares públicos, los partidos políticos habilitan a varios cientos de “pregoneros”, personajes vistosos que se alquilan y encargan de promover el voto de ultima hora y entregan las boletas en favor de un candidato; voto que más tarde se va a depositar a la urna.

Colombia tiene tantos o más problemas que nosotros, pero por madurez, por naturaleza histórica o lo que se quiera considerar, no encaran el terrible desasosiego del fraude electoral como lo vivimos nosotros cada sexenio. No ha valido de nada construir el aparato electoral –IEE-- más grande y oneroso de la historia de la democracia.  Ya quedó demostrado que no sirve de mucho. Tal vez, por ello la modesta propuesta: Deberíamos de “colombianizar” no nuestra economía, pero sí nuestra democracia.

Puebl@Media
Enrique Aguirre
Jueves 28 de mayo de 2015.

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