El vaso de leche y otras tragedias cubanas Featured

Como el producto más sensible para la alimentación de grupos vulnerables, la leche es una asignatura pendiente del Gobierno insular desde hace décadas. Foto: Sadiel Mederos. Como el producto más sensible para la alimentación de grupos vulnerables, la leche es una asignatura pendiente del Gobierno insular desde hace décadas. Foto: Sadiel Mederos.

Jesús Arencibia
Jéssica Domínguez

La improductividad en el campo cubano parece ser la regla general. Así lo demuestra lo que está ocurriendo con la leche y sus derivados. Las limitaciones tecnológicas, las trabas al pequeño productor y la ineficiencia del Estado los convirtieron en alimentos de lujo. El Gobierno anunció un nuevo paquete de medidas para estimular la producción, pero son pocos los cubanos optimistas.


Era la mañana del 26 de julio de 2007. El General Raúl Castro —que ocupaba por designio de su convaleciente hermano la presidencia interina de Cuba—, encabezaba el acto por el Día de la Rebeldía Nacional en la provincia de Camagüey. En el discurso de clausura, justo en el momento en que apuntaba la necesidad de producir más leche en el país, se salió del guion escrito y dijo con tono ofuscado: “Hay que borrarse eso de los siete años, llevamos cincuenta años diciendo que hasta los siete años. Hay que producir leche para que se la tome todo el que quiera tomarse un vaso de leche. Y hay tierras para producirla…”.

Esa misma tarde, en la retrasmisión televisiva del discurso y, al día siguiente, en las versiones taquigráficas aparecidas en los medios estatales, el fragmento improvisado del vaso de leche había desaparecido. Una edición así—dado el funcionamiento vertical de la prensa partidista cubana— solo el mismo General o su hermano, podrían haberla ordenado.

Más de 13 años después del incidente, no solo se mantiene la misma restricción de la leche estatal subsidiada únicamente para niños de 0 a 7 años, embarazadas y enfermos con dietas médicas; sino que cada vez se torna más difícil conseguir este alimento —en polvo, fluida, condensada— y sus derivados, para que las personas puedan consumirlos regularmente.

Percibida en Cuba, según expertos, “como el producto más sensible para la alimentación de grupos vulnerables”, la leche es una asignatura pendiente del Gobierno insular desde hace décadas. De ahí “la imperiosa necesidad” de aumentar “la captación de leche industrializada de buena calidad, que sustituya importaciones e incremente la disponibilidad de este vital alimento”.

Sin embargo, en los últimos tres decenios, mientras “la producción lechera mundial ha aumentado en más del 59 por ciento “; en la isla el decrecimiento ha sido notable. Según las estadísticas oficiales, de los 1131.3 millones de litros, en 1989, hasta bajar a la mitad en 2018, pasando por años críticos como el 2005, en el que tan solo se registraron 353.2 millones, la cuesta abajo evidencia serias fallas en este rubro. De tal suerte que la escasez y carestía de este producto y toda la gama de sus derivados es un muestrario de la ineficiencia de planes gubernamentales y las retrancas absurdas a la producción no estatal para suplir las ausencias.

De “ubre blanca” a ubres pobres

El 25 de enero de 1981, una vaca cubana entró al Libro Guinness de los récords. 110.9 litros de leche en un solo día, le valieron a Ubre Blanca para que su nombre le diera la vuelta al mundo. El propio Fidel Castro, había seguido minuciosamente el desarrollo del animal y más de una vez la rumiante fue mención en sus discursos, máxime porque destronó la marca mundial de una vaca estadounidense. Esta hazaña hizo pensar que el futuro de la producción lechera estaba garantizado en el país.

El artista plástico Rafael Zarza, en el documental La vaca de mármol, de Enrique Colina, recuerda que se llegó a generar una idea en la población de que Cuba iba a tener más leche, queso y mantequilla que Holanda; lo cual, bien mirado, también debía ser consecuencia lógica de los múltiples planes de mejoramiento genético vacuno que desde la década del 60 se estaban desarrollando.

La realidad, como siempre, puso las ilusiones en su sitio. “Ni siquiera en la llamada época soviética, con concentrados alimenticios baratos y después de invertir mucho en la mejora genética de la masa ganadera […] fue posible producir la leche que el país demandaba”, apunta el economista Juan Triana.

Y entre los factores que cita como causantes de tal carencia están las “restricciones y precios que lejos de incentivar a los productores los desincentivan y […] la no generalización de tecnologías propias con resultados probados, como, entre otras, el silvopastoreo”.

De estas malas hierbas bien conoce Jacinto, un ganadero de Bahía Honda, en Artemisa, que lleva más de una década dejando la piel, literalmente en los potreros. La faena de ordeño de este campesino comienza a las 4a.m., debe garantizar a una de las bodegas de su zona un promedio de 20 litros de leche fresca por día, con lo cual, cada mes aporta a su comunidad más de 600 litros. El Estado le paga cada litro a 4.50 pesos*, menos de 0.20 USD. Ese mismo litro, si lo vendiera en el mercado negro, por su cuenta, le reportaría más de 5 pesos y, en algunos casos hasta el doble.

“La leche de agosto, la cobré los primeros días de octubre —se duele el labriego—. Y la de septiembre, aún hoy (24 de octubre), no la he cobrado. Ese es uno de los problemas que enfrentamos, la demora injustificada con los pagos. Otra cosa es que en los últimos años el costo de los pocos insumos a los que le podemos llegar va para arriba, pero el precio del litro de leche sigue donde mismo”.

Él, confiesa, no es de los más afectados, pues pudo agenciarse un sistema de riego para sus pastos y una máquina para procesar forraje; pero comprende que otros campesinos tengan que “inventar”, para sobrevivir. De ahí que algunos vendan la leche “por la izquierda” y no la entreguen al Estado.

¿Qué cambiar en lo inmediato para que mejore la producción lechera?, le preguntó. “Que los productores les podamos llegar, directamente y sin mediaciones a un grupo de tecnologías y recursos. Para no ir muy lejos: sembrar caña y King Grass en grandes proporciones requiere de equipos pesados. Y la mayoría no tenemos tractores. Otra cosa que pudiera hacer el Gobierno para ayudarnos es vendernos algunos buenos sementales, pues el ganado que tenemos los campesinos no es abundante de leche”, analiza Jacinto.

Lejos están aquellos años en que parte de las prioridades económicas y políticas del país, pasaban también por cruzar toros Holstein con vacas Cebú criollas y obtener razas cubanas que fuesen resistentes al calor y a la vez de ubres generosas.

Si en 1989 la producción lechera estatal era 4.5 veces la no estatal; esa proporción se invirtió a partir de 1994 (año en que la económica nacional tocó fondo), y para 2018, los no estatales ya producían más de 5 veces lo que el Gobierno. La gran paradoja es que no se les faciliten, para ello, los caminos necesarios.

Polvo Amarillo

Si la leche natural fluida —base de la pirámide láctea— se torna incapturable, su “prima hermana” en polvo no menos esquiva. Solamente existe una fábrica que la produce en el país, inaugurada en 2015 en la provincia de Camagüey. Y de acuerdo con reportes para 2020 pronosticaba un plan “difícil de alcanzar” de 500 toneladas.

Este año, acota Granma, deben ingresar al país, según el plan de importación, 48.000 toneladas del demandado producto, y cada una cuesta entre 3.400 y 3.600 dólares. De acuerdo con la Oficina Nacional de Estadísticas e Información (ONEI), la importación de este rubro se mantuvo entre 2010 y 2018 en el orden de 37.924 toneladas el primer año y 49.192 el último, con costos de 104.073 y 145.852 USD, respectivamente.

Entre los proveedores más frecuentes de leche en polvo a la isla, destacan Nueva Zelanda, Argentina, Holanda y Polonia, comentó en septiembre Dailys Álvarez Delgado, directora de Calidad y Tecnología del Complejo Lácteo de La Habana.

El demandado polvo amarillo ha ido elevando su precio hasta límites casi inaccesibles para el común de los ciudadanos en el mercado subterráneo nacional. En Cabaiguán, Sancti Spíritus, por ejemplo, la bolsa pequeña, antes de la pandemia de la COVID-19, se conseguía entre 45 y 50 pesos (2 USD), pero ya sobrepasa los 80 pesos, refiere la lugareña Yohandra, trabajadora estatal y madre, quien no se las ve fácil para garantizar los lácteos en su casa.

“La evaporada, cuando llegan algunas cajitas a TRD [tienda recaudadora de divisas] del pueblo es carísima, incomprable”, añade la mujer. Y explica que para su familia lo más rentable ha sido establecer contactos con campesinos de la zona para comprar la de vaca, de forma ilegal, entre 5 y 7 pesos el litro.

Por distorsiones económicas del país —explicó en el programa Mesa Redonda el miembro del Buró Político del gobernante Partido Comunista de Cuba (PCC), Marino Murillo Jorge—, a la industria nacional le da más resultado comprar y procesar leche en polvo a los altos costos internacionales que pagarla a 4.50 pesos a los ganaderos; cuestión que debe revertirse cuando avance la “Tarea Ordenamiento”, que incluirá, entre otros aspectos, la eliminación de la dualidad monetaria y cambiaria. Ojalá dicho paquete de medidas económicas estimule la producción nacional y la sustitución de innecesarias importaciones en este campo y sirva para resolver décadas de improductividad.

La vida (des)hecha un yogurt

Cuando en diciembre de 2016, el escritor Leonardo Padura deseaba felicidades a sus lectores, desde las páginas de El Mundo, cerraba su crónica con la siguiente confesión: “Lo que más me gustaría, para el año próximo, es que el hecho de encontrar el yogurt que tomo en el desayuno deje de ser un desafío cotidiano ¿Les parece poco? ¿Insignificante?… Pues vengan a recorrer La Habana en busca de yogures que, cuando aparecen, suelen ser caros, malos, con sabores como el de la medicina […]. Ahora mismo, si consiguiera un buen yogurt, aquí, en la esquina de mi casa, tendría un fin de año muy feliz y pensaría que me espera un próspero año nuevo”. Al cierre de 2020 este alimento probiótico, excelente para el tracto gastrointestinal, ha seguido ausente entre los cubanos.

El pomo reciclado de litro y medio, llamado popularmente “pepino”, de una versión casera de este producto, se solía comercializar alrededor de los 25 pesos (1 USD) en el mercado subterráneo de la isla, cuenta la espirituana Yohandra. A un poco más o menos circula en las demás ciudades del país. Generalmente se debe a las manos de algunos productores de leche que “escapan” de sus contratos estatales para dicha empresa y los intermediarios que lo comercializan.

No obstante, refieren varios consumidores, nunca la textura, el sabor, el olor son iguales al de producción industrial, cuyas bolsas se venden, esporádicamente y con tumultuosas colas a 0.70 USD en las TRD o 15 pesos en los mercados Ideal de la isla. Otras opciones como tanquetas de 10 litros, llegan a costar hasta 10 USD, en las tiendas recaudadoras de marras.

Es sintomático que, al menos hasta 2018, únicamente una industria en Cuba, La Hacienda, en la oriental provincia de Granma, era capaz de producir este alimento en su versión coagulada, o sea, espeso. Las demás solo lo generan fluido.

Para los niños de 7 a 13 años y los menores de esa edad intolerantes a la lactosa, la opción que ha encontrado el Estado es el yogurt de soya, un gran salvador ante la escasez, que también se expende “liberado” en algunos puntos de venta de varias provincias, de forma a granel o en bolsas de a 5 pesos; pero que en los últimos meses de 2020 también escaseó.

Luego de instaladas las tiendas en MLC (USD), inaccesibles para grandes sectores nacionales, con cierta frecuencia se surten en diminutos potes (125 g) de yogurt natural o saborizado de importación, a un costo de entre 0.40 y 0.55 USD.

De tal suerte que la popular frase de “la vida hecha un yogurt”, al menos en Cuba, solo podría resultar una ácida metáfora.

Casos y cosas del queso

El “Rey del queso”, así llamaban popularmente al campesino de la Finca Santa Ana cuyo negocio fue desmantelado por la policía en agosto último. De acuerdo con el reporte televisivo, este tenía que entregar al acopio estatal, 150 litros de leche diarios y estaba aportando solo 70. La diferencia, al parecer, la empleaba presuntamente en su minindustria ilegal de queso, con la cual abastecía a tres restaurantes de La Habana. En el sentir popular, no obstante, más que como delincuente, se le evoca ahora como osado emprendedor, incluso, con tintes heroicos.

“La industria estatal nacional nunca fue capaz de cubrir la demanda de queso blanco existente en el país, ni tampoco la demanda de otros tipos y calidades de quesos”, reflexiona el profesor Juan Triana. “Era y es ilegal producir […] para la venta fuera del ámbito de las empresas del estado de la misma forma que comprarlo”, añade, en un artículo publicado a raíz del mencionado caso policial de Caimito.

Si la producción estatal de la isla no satisface la necesidad en este rubro, ¿cuál es la razón para que se prohíba a la otra parte de la industria: la no estatal; generarlo y venderlo?, se preguntaba entonces el economista.

Afirma la Agencia de Noticias Prensa Latina, que en los años anteriores a 1990, “Cuba llegó a elaborar 200 tipos de quesos”. Para las más jóvenes generaciones que apenas han alcanzado a comprar en mercados Ideal un queso fundido de dudosa calidad a precios entre 19 y 30 pesos la libra, aquel esplendor quesero es solo una remota y casi fantasiosa referencia.

En números redondos, solo sumando 2017 y 2018, Cuba importó más de 10.600 toneladas de queso y cuajada (La ONEI no desglosa ambos productos) por valor de más de 58.000 dólares. ¿Cuánto de este gasto pudo evitarse si se desataran amarras a los productores independientes?

Mantequilla y helado: delicia esquiva

El disfrute de las “minucias”, a juzgar por cierta filosofía extendida en el país, es nocivo “para la prestancia de espíritu y la disposición a la resistencia” bromeaba no hace mucho en un artículo el jurista y académico Julio Antonio Fernández Estrada.

La mantequilla, casi de lujo en estos tiempos, solo llega a la mayoría de la población en “versiones” caseras con propiedades muy por debajo del original de industria. Cualquier barra de este producto que apenas alcance para un par de meriendas en una casa, cuesta más de 1 USD en las tiendas nacionales.

“Mi familia lo que hace es comprarle de vez en cuando al vendedor de galletas (también ilegal), que trae a 10 pesos una barrita pequeña, porque cuando viene a la ‘shopping’ del pueblo es súper cara y con grandes colas”, sostiene la espiruana Yohandra.

—¿Y el helado? ¿Se consigue fácil?, inquiero.

— Bueno, aquí la opción es ir hasta el Coppelia, en el centro de la ciudad de Sancti Spiritus, a unos 20 km, si quieres comer del ‘original’ más barato. En el municipio las opciones son los helados particulares, a 3 pesos la bola, o los potecitos de la TRD (algunos Nestlé), entre 1 y 1.35 USD Y ahora en pandemia, imposibles de capturar.

Lejanos ya están los tiempos dorados en que la industria cubana del helado, entonces 100 por ciento estatal, producía “más de 22 millones de galones en una variedad de sabores hoy inalcanzable”, según explicaba un extenso reportaje en 2011. En la última década esa realidad no ha variado mucho y tomar helado suficiente—en calidad y variedad— para mitigar el caluroso clima parece ser una utopía.

No obstante, algunos negocios privados, sobre todo en La Habana, poco a poco han explorado este sector con resultados notables. Sin embargo, los emprendedores del ramo no dejan de alertar sobre las fuertes limitaciones y carencias de recursos y tecnologías para mantener su negocio.

En la última década tomar helado suficiente—en calidad y variedad— para mitigar el caluroso clima parece ser una utopía para los cubanos. Foto: Jorge Beltrán

Aunque, de acuerdo con especialistas citados por Juventud Rebelde, esta gélida crema es el producto “más rentable de la industria láctea a nivel mundial”, y en Cuba “sería una de las inversiones que más rápido se puede recuperar”, los altibajos, desequilibrios y carencias que se muestran en su producción, en distintas provincias del país, evidencian que la isla está bien lejos de potenciarlo y aprovecharlo al máximo.

Subproductos, sustitutos, sucedáneos…

En tanto la leche y su familia de derivados, se pierden en el bosque de las ineficiencias nacionales, para cubrir su ausencia, desde hace años se acude a subproductos, sustitutos, sucedáneos, que mal que bien, llenan el hueco; aunque no satisfagan el gusto.

“Leche saborizada de soya, requesón y crema bombón son los nuevos productos elaborados por la Industria Láctea espirituana que se ofertarán a la población todos los domingos en diferentes puntos de la ciudad cabecera provincial”, anunciaba Escambray en abril pasado. Para dichas producciones se empleaban subproductos como suero y maicena, informaba Saylí Cruz Álvarez, directora adjunta de la Empresa de Productos Lácteos Río Zaza, de la provincia.

En la Empresa de Productos Lácteos de Holguín, donde “es habitual convertir en cotidianas las proezas”, Migdalia Moreno Gómez, directora general, aseveraba en mayo que mantenían activas todas sus líneas, “a partir, fundamentalmente, del aprovechamiento de los subproductos del suero lácteo y los derivados del frijol de soya”.

También el Holguín, Migdalia Moreno Gómez directora de Empresa de Productos Lácteos, explicaba que “Este año [2020] se incorporó la crema bombón, (confeccionada a base de crema de soya, azúcar y chocolate) con muy buena aceptación y el dulce de suero lácteo. El dulce de leche en pomo no se realiza por la carencia del producto base, pero en su lugar elaboramos la crema fluida de soya, que saldrá próximamente”, sostenía la ejecutiva.

Y hasta para incorporar estos sucedáneos ha habido trabas innecesarias y poco sentido del desarrollo empresarial. Bien lo ilustra la historia del Miragurt, “mezcla elaborada a base de maicena, suero lácteo y sabor […] con alto valor nutritivo y bajo costo de producción y de precio de venta”, de acuerdo con un texto del semanario Opciones en 2019.

Resultado del ingenio del investigador Oscar Miranda (de ahí su nombre: mitad Miranda y mitad Yogurt) y un equipo de especialistas del Instituto de Investigaciones Agropecuarias Jorge Dimitrov y de la Empresa de Productos Lácteos de Bayamo, en la oriental provincia de Granma, el alimento fue creado en 1996; logró registrarse como marca de bebida aromatizada en 2003 y solo 15 años más tarde, pudo encontrar apoyo para expandirse en el país.

“¿La verdad? Me dejaron completamente solo, tanto en la gestión de todos los registros como en el interés de llevarlo a la industria”, contaría Miranda al Órgano oficial del PCC. Solo después de que “en la primera visita de Gobierno a Granma, en junio de 2018, el Presidente [Díaz Canel] probara y supiera las posibilidades del Miragurt”, comenzó a producirse en gran escala.

Pero ni siquiera invocando la insistencia del Mandatario “en el alto impacto que tienen los productos lácteos para la población”; o la ofuscación de Raúl Castro llamando a producir más y que todos pudiésemos tomarnos un vaso de leche; o las ilusiones de hegemonía lechera de Fidel, con Ubre Blanca como ícono marmóreo; parece poder conquistarse lo que sus respecticos gobiernos no han sabido enrumbar en la economía cubana. Que la leche y sus derivados, alguna vez, dejen de ser una angustia diaria.

*Con el reordenamiento monetario nacional, salarios y precios se multiplicaron, pero a los efectos de este trabajo se observaron las cifras vigentes hasta el 31 de diciembre de 2020.

** Los nombres de los entrevistados han sido cambiados para proteger su identidad.

La escasez de alimentos marca la cotidianidad de los hogares en Cuba. El agujero en la dieta, como el dinosaurio de Monterroso, sigue estando tristemente ahí; aunque el Gobierno declarase el tema como de “seguridad nacional”.

Las autoridades encargadas han proclamado estrategias para potenciar la producción agropecuaria y destinaron recursos financieros a la producción de arroz, frijoles, huevos, leche, carne de cerdo, ganado menor; pero muchos años de políticas fallidas, absurdos y burocracias incomprensibles han puesto a los cubanos en una situación de zozobra permanente.

El campo es un problema estructural en el país y para entender las complejidades de la producción, distribución y consumo de los productos agrícolas, el TOQUE, en alianza con CONNECTAS, continua con la serie de reportajes que permitirá responder algunas preguntas de primer orden sobre el tema:

¿Cuáles son los avatares cotidianos de la producción y el consumo de alimentos en la Isla? ¿Qué barreras y estímulos se encuentran quienes luchan por la tan deseada autonomía nutricional? ¿Cómo los megaproyectos económicos de estos rubros se aterrizan (o no) en las cocinas domésticas? ¿Qué soluciones a tan espinosos asuntos se avizoran a mediano y largo plazo?

El Toque
CONNECTAS
Jesús Arencibia
Jéssica Domínguez
La Habana, Cuba
Viernes 5 febrero 2021.

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