Real y virtual


Jorge Volpi

Hace justo un año recibíamos las primeras advertencias: el virus ya se expandía desde China, silenciosa y traicioneramente, mientras nosotros lo ignorábamos y proseguíamos con nuestra rutina. Llevábamos un cuarto de siglo acostumbrándonos a combinar la vida -o eso que entonces nos parecía la vida- con simulacros de la vida -o eso que entonces nos parecían meros simulacros-, en un vaivén cada vez más acelerado. Primero fue el Internet, luego las redes sociales, al cabo las aplicaciones: una tríada que nos envolvía y difuminaba cada vez más los límites de lo real. Pensadores y escritores de ciencia ficción nos lo advertían por igual: pronto esa frontera se difuminaría y todos terminaríamos convertidos en parte de la malla: Matrix.

No podíamos imaginar, en cambio, que nuestra conversión en seres digitales se aceleraría a causa de un virus biológico en vez de uno informático: de pronto, la parte esencial de nuestras vidas debió trasladarse, súbita y alarmantemente, a las pantallas. La escuela, el trabajo, incluso la familia se convirtieron en pura información, pixeles igual que nosotros mismos. No ya los cíborgs en que nos íbamos convirtiendo poco a poco, sino más bien hikikomoris: doblemente encerrados, en nuestras casas con nuestras prótesis electrónicas y en nuestros dispositivos. Seres ya no de carne y huesos, sino de energía y luz.

Quizás en ningún otro ámbito haya sido tan patente esta transmutación como en la cultura. Sus espacios fueron los primeros en cerrarse, los últimos en reabrirse, y los primeros en volverse a cerrar con cada nueva ola de contagios. Mientras en otras profesiones millones debieron resignarse a seguir con sus vidas reales, los artistas y los trabajadores de la cultura debimos adaptarnos por fuerza a este entorno virtual. Con cines, teatros, salas de concierto y museos cerrados -o parcialmente cerrados, en cualquier caso convertidos en espacios peligrosos u hostiles-, toda nuestra actividad debió trasladarse a las pantallas.

El proceso fue tan veloz, tan inmediato, a fin de cuentas tan irracional, que apenas hemos tenido tiempo para reflexionar sobre sus consecuencias. De pronto, de la noche a la mañana, obras de teatro y piezas dancísticas, conciertos, presentaciones de libros, festivales, conferencias, incluso manifestaciones de protesta, terminaron confinadas al tamaño de nuestras computadoras, de nuestras tabletas o de nuestros teléfonos inteligentes. El mundo del arte y la cultura miniaturizado: todo cabe en estos incandescentes cuadrángulos de unos cuantos centímetros cuadrados, sometidos -para colmo- a los interminables desperfectos tecnológicos: la desigual distribución de conexiones de banda ancha y al pésimo servicio de nuestros proveedores de internet.

Al principio, atestiguamos la fiebre: miles de personas conectadas al mismo tiempo a una extraña función de teatro o a la inédita lectura de unos poemas -algo insólito en el mundo real-, síntoma de la magnitud de nuestra angustia y de nuestro desconcierto. Hasta que, lenta e inexorablemente, la sobreoferta -la urgencia por llevarlo todo, absolutamente todo, a lo virtual- y el hartazgo han terminado por minar aquel deslumbramiento. ¿De verdad podemos meterlo todo en una pantalla y asumir que tenemos una experiencia tan real como lo real? Peor: ¿nos queda otra salida?

Sin duda, en este año millones vieron y escucharon lo que nunca habrían podido ver o escuchar, pero ello no elimina el desconsuelo ante lo que se perdió, incluidos los ingresos de millones de personas dedicadas al arte y la cultura. 2020 quedará como una ruina -una ruina virtual, almacenada quién sabe dónde y quién sabe por quiénes- tras un experimento. Una ruina, sin embargo, de la que tendremos que aprender. La relación entre lo real y lo virtual no volverá a ser la misma incluso con las vacunas: estamos obligados a revisar procesos y mecanismos, a supervisar a las compañías tecnológicas, a pensar mejor lo que debemos trasladar a la pantalla, a reflexionar sobre lo que significan el arte y la cultura -y su capacidad para consolar y estremecer- en un mundo que ya nunca será el mismo.

  @jvolpi     

Reforma
Jorge Volpi
Ciudad de México
Domingo 3 de enero de 2021.

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